Fotografía: Fer Vélez.
image_pdfimage_print

Exilios: sobre escapes mentales, de obligaciones laborales y expulsiones del sistema.
Por Martín Pinus.

EXILIO DE LA MENTE, COMO RECREO.
Nunca conoceré sus pies.

Frenó a dos metros del cordón. La cabeza de un chico, ocho, diez años, se asomó por la puerta abierta. La imagen me recordó a un pez al besar el filo del agua para tomar aire. El pez me llevó a los cisnes que, ebrios de besos, sumergían la cabeza en el agua, según Hölderlin, claro. El poeta, a su vez, me llevó a Miguel Abuelo y a pensar qué clase de rico será quien no lleve todo junto y en un sólo puño. Otra vez había amanecido con la mente desbocada. Rebelde. Como teclado mojado. Hay días en que se despierta así, con ganas de molestar.

Señor, una pregunta: ¿este colectivo pasa cerca de mi casa? dijo el chico. Pero a lo mejor no fue tan claramente eso lo que dijo, porque el chofer respondió: No, el dieciocho. Aunque yo escuché que el chico había preguntado eso y estaba segurísimo de que el chofer iba a responder: este colectivo siempre pasa cerca de la casa de alguien, todo el tiempo, nene. Sonreí con la respuesta del chofer, cómo se le ocurre. Y la casa de alguien me llevó a una calle oscura de México, a Octavio Paz y a su tipo amenazando con un machete por un ramito de ojos azules para su novia. Cuando sea grande me gustaría escribir un cuento como ese, uno solo.

El chico no subió. Nunca conoceré sus pies. Ahora, aquí sentado, colecciono nucas, en este momento, digo. Y el lado oculto de las orejas. Duraznos pelones. Trompetas, trompetas de bronce, tubas, trombones, bajos y el punteo de la guitarra me lleva y me trae a “Bye Bye Love”, la versión que tocan al final de “All That Jazz”, los instrumentos se apoyan en mis tripas y me descubro tarareando casi a todo volumen, cuando el chofer dobla por Avellaneda hacia Colón, ¿en qué momento llegamos hasta acá? Ustedes me engañan, me engañan porque saben cómo suena esa orquesta, escuchen, escuchen ese piano, te lleva como zanahoria al burro.

El tipo del primer asiento, de pelada lustrosa y ojos inyectados como si recién terminara de soldar, se levanta y comienza a dar unos pasos horribles, que la mujer con el pantalón rojo y la camisa con rosas verdes de todas maneras interpreta como un baile y decide acompañarlo con movimientos que alguien podría juzgar como voluptuosos o provocativos, cuando lo único que quiere es abrazarse a la música; aunque el resto de los pasajeros parece no verlos, ¿o no les interesa? Les prestaría mis ojos pero los necesito un rato más.

Con sacudones esqueléticos desenfrenados, llegan hasta mi posición, peleados con el ritmo justo en la parte en que se escucha al tipo cantar “ByeByehappiness, helloloneliness” (mientras arrastra el bye hasta lo insostenible), ¡no es posible! no es justo bailar mal esa parte. Decido levantarme del asiento para comenzar a dirigirlos, porque es claro, no lo están haciendo todo lo bien que podrían, pero veo por la ventana que ya llegamos a General Paz, más allá de la 9 de Julio, y acá es donde me tengo que bajar, acá en la esquina, chofer, gracias.

Fotografía: Fer Vélez.
Fotografía: Fer Vélez.


EXILIO DEL TRABAJO.
No sé.

No sé descansar. No estoy preparado para eso. Estoy seteado para hacer, para producir. De alguna forma, para mi mente esta cosa de no hacer viene a ser algo así como perder el tiempo. En vacaciones hago una lista de cosas para mantenerme ocupado. Tampoco sé disfrutar el dinero, cuando tengo algo en el bolsillo. Sean cinco pesos, quinientos o cinco mil. No me sale, no aprendí. Lo de relacionarme, tampoco me va muy bien. Me cuesta interesarme en lo que se habla, pierdo el hilo, me pierdo en pensamientos propios y termino por asentir ante cualquier declaración, sin siquiera haberla escuchado. Así voy perdiendo gente, que no cultivo. Eso me pasa por tratarlos como plantas. Se me secan, al tiempo dejo de parecerles algo simpático o lo que fuere. Aburro. Canso. Anoto cosas, todo el tiempo. En papelitos, en el celular, en libretas que se amontonan sobre la mesa de luz. A la mayoría de las anotaciones ni siquiera vuelvo, al menos no de manera consciente. Tengo la extraña capacidad de darme cuenta de qué hay que hacer y no hacerlo. La distancia entre mi mente y mis brazos da una vuelta y media a la tierra. Y, sin embargo, hasta ahora me he desenvuelto como una persona a quien a primera vista, no tendrías problema en aceptarle una copa de vino. Tengo otra curiosa habilidad, la de romper cosas sin tocarlas. Soy un maestro en eso. Si nos cruzáramos en la calle, no me seguirías con la mirada. Puedo hablar de corrido con seguridad, en esa forma que da la falsa impresión de alguien que sabe lo que dice. Escribo, porque así es más fácil. Así me pregunto, me respondo, soy uno, soy otros, soy muchos, me divierto, vomito, me vacío, escupo palabras o las acomodo como piedras en fila para cruzar el río, de acuerdo a cómo me haya levantado esa mañana. Algunas veces consigo llegar hasta la otra orilla. Y, cuando levanto la cabeza, veo que hay otro río. Y tomo aire para volver a empezar. No sé descansar. No estoy preparado para eso.

Fotografía: Fer Vélez.
Fotografía: Fer Vélez.


EXILIO DEL SISTEMA
Basta.

El tipo, tiene un bastón que le ayuda poco con las piernas. Pero necesita algunos bastones más, eso está claro. O no revisaría la basura a las siete y media de la mañana. Debe sumar entre sesenta y setenta años, a juzgar por lo blanco del pelo y lo lento de los movimientos. A media calle de distancia, y mientras manejo, no se puede ser más preciso. Llevo a mi hijo al cole. Hace minutos nomás me quejaba de tener que levantarme tan temprano hace tantos años. Qué podía saber yo a esa hora, la queja nunca es comparativa. Ahora las piñas me pegan por todos lados, como boxeador amateur. Zurdazo de mi culpa judía por no detenerme a ayudar. Derechazo de un estado que no camina por las veredas de los barrios para encontrarse con sus vecinos, meta manosear latas de arvejas vacías. Gancho al estómago de una sociedad que asimila la desigualdad como parte del paisaje urbano. Cabezazo artero de una misantropía demasiado amarga para no haber tomado ni un solo mate todavía. El tipo sigue caminando, con las manos más vacías que antes. Ni siquiera el tacho le da algo. Sí, necesita bastones por todos lados. Está vestido con un pulóver a rayas en distintos tonos de marrón. Pantalón marrón. Boina marrón. Guardo esa información para ver si lo encuentro a la vuelta. En diez minutos no va a llegar muy lejos. Me pasó lo mismo con la última señora que encontré revolviendo la basura en la avenida Colón pasando el CPC, y me acerqué a darle un billete con algo de temor. Sólo que la mujer era más grande de edad que este tipo, me parece. Pero qué linda sonrisa tenía. Debo averiguar si bastón tiene algo que ver con la palabra basta.

Fotografía: Fer Vélez.
Fotografía: Fer Vélez.
Print Friendly, PDF & Email

Dejar respuesta

Please enter your name here
Please enter your comment!