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Los exilios: sobre el Flaco Nitilo, militante de los ´70

Por Juan Pepe Carvalho

 

¿DÓNDE ESTÁN LOS PARTEROS?

Por ese tiempo, varios dirigentes de distintos grupos políticos de izquierda viajaron a visitar a Fidel Castro, a fin de explicarle la situación en la Argentina y ver en qué podría ayudar Cuba. Dicen que Fidel los escuchó atentamente y reflexionó en voz alta: “el tema es que, en todo este proceso en Argentina, yo no veo  a los parteros de la revolución”. Estas expresiones fueron lapidarias para los visitantes. Algunos de ellos, con indisimulado malestar, se retiraron de la reunión. Lo cierto es que, si observamos por el retrovisor, Fidel parece haber tenido razón. Esta anécdota me recuerda el caso del compañero Flaco Nitilo, quien  siempre tuvo necesidad de protagonismo. En los 70, él  militaba en un grupo,  del que nunca conocí el  nombre. Era uno de esos grupos que se colocaban a la izquierda de todo el espectro político y se caracterizaban por una gran producción de documentos coyunturales y propuestas para la revolución.

Una vez, estábamos reunidos, clandestinamente, para escuchar las últimas canciones de la trova cubana, prohibidas durante la dictadura. En determinado momento entró a la reunión el compañero Nitilo. Él estaba invitado, pero había comunicado que no podía venir. Su aparición trajo, entonces, un momento de incertidumbre. Ni bien entró dijo algo así como: “Compañeros, compañeros, me tengo que ir del país, mi responsable político cayó preso anoche y, hasta hace dos horas, aún no había noticias de él. Todo mi grupo decidió pasar a la clandestinidad y yo, por la relación que tenía con el jefe, tengo temor de que lo hayan agarrado con mis papeles. Además, él conocía mi domicilio. En principio, yo me escondo diez días. Tengo algunos contactos en España, ese será mi destino. Realmente me molesta muchísimo abandonar todo el trabajo político en Argentina, son cinco años de laburo y un espacio ganado”. Entonces, le preguntamos qué necesitaba. Y pidió algo de plata, sacar el pasaje y que alguien le guardara sus muebles, no sabía por cuánto tiempo. Una compañera se ofreció a  tenérselos y también ofreció su dirección para que Nitilo enviara cartas y estuviera en contacto con nosotros.

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La compañera, sin embargo, le advirtió a Nitilo que se fijara qué mandaba, por lo que había sucedido con el portero de su departamento. No era menor la advertencia. La historia del portero merece un aparte.

 

LEER LA BASURA

Nitilo, mientras escribía notas manuscritas en su departamento, desechaba las que no le satisfacían y tiraba los bollos de papel en una bolsa de basura. Eso iba hacia el hueco del incinerador, hasta llegar al sótano, a manos del portero. Este juntaba toda la basura y la quemaba. Pero, como todo portero, era curioso.

Al día siguiente, al salir del edificio, el portero Manuel le dijo a Nitilo: “Bueno, que yo también fui revolucionario en España, fui republicano y mi padre, socialista. Estoy muy de acuerdo con lo que usted ha planteado, hombre”.

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Era evidente que el portero, antes de quemar la basura del día, había leído los bollos tirados por Nitilo quien, encima, había escrito sobre papeles con el membrete de la empresa donde trabajaba. De ahí que el portero -conocedor del lugar de empleo de Nitilo-  pudo reconocer de quién era esa escritura.

No era muy cuidadoso Nitilo. Y la compañera se ofreció a ser solidaria, pero no quería correr riesgos innecesarios.

 

EXILIADOS CUERPO ADENTRO

Como todos sabemos,  por aquellos tiempos, los exiliados fueron muchísimos. También resultamos un montón quienes nos quedamos en el autoexilio en el país y soportamos las prohibiciones, el silencio, la imposibilidad siquiera de escuchar -sin precaución extrema- la música que nos representaba: la trova cubana, Zitarrosa, Viglietti. La desaparición y la muerte eran noticia cotidiana, los retenes policiales y militares  formaban el paisaje identificador del país. Un ejemplo, pequeño, dentro de la enorme barbarie de esos tiempos, ilustra hasta qué punto el lenguaje debió exiliarse cuerpo adentro para preservar la vida. Una pareja de estudiantes con un par de aerosoles en sus bolsos se disponía a escribir sobre una pared céntrica en Buenos Aires “Militares hijos…”. Por supuesto, fueron detenidos y juzgados por intento de vilipendio a las FFAA. Su destino consistió en dos años de prisión. Y la sacaron barata.

 

DIEZ EN DESPROLIJIDAD  pepe12cd1725bd0875a9c2fff92e36047d67

Lo cierto es que el Flaco se fue. Entre los muebles que dejó, había una hermosa cómoda de roble trabajada por estilistas de época. Con el tiempo, la revisamos y allí encontramos varios pasaportes falsos y en blanco escondidos en un doble fondo. Algo comprensible dada su militancia. ¡Pero una vez más, qué descuido! Nosotros, sus compañeros, nos quedamos en el país. El miedo al allanamiento era permanente. Un doble fondo en un mueble no era un gran refugio. Una vez más Nitilo, el descuidado, salvó su pellejo sin pensar en el riesgo al que nos sometía. Usted, lector, podrá pensar, fue por el apuro de partir. Pero Nitilo ya venía sumando puntos en su materia preferida: desprolijidad. Con sus cosas en nuestra custodia, el Flaco llegó a España, a  Barcelona, puntualmente. Se daba, entonces, un fenómeno muy especial entre los exiliados, ratificado por relatos de muchos de ellos al retornar al país. En las organizaciones políticas de izquierda no estaba bien visto drogarse, se tomaba esa actitud como una debilidad contrarrevolucionaria. Y esto no está exagerado “ni un tantito así”. Pero, de todos modos, en el exilio, muchos de ellos sí se abrazaron a la marihuana y al hachís. Entre ellos estaba Nitilo. Y pensar que, cuando estaba en Buenos Aires, reivindicaba con ardor moral la abstinencia a las sustancias.

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EXILIO  ENTRE RINCONES

Con el tiempo llegaron noticias del Flaco. Juntó unos mangos y puso un negocio de esparcimiento en la zona de la movida playera en Barcelona. Era un pub, o “paf” –en pronunciación del lugar- y aparentemente su experiencia capitalista fue buena. Se compró un autito y, con los años, falleció en un accidente rutero. Sus muebles pasaron a formar parte del patrimonio de un compañero necesitado. Ya la incomodidad de la cómoda dejó de ser tal. Tal vez hoy, las desprolijidades que cito no parezcan más que descuidos. Pero, para quienes vivimos la militancia de aquellos tiempos, podían significar la vida o la muerte de muchos. Igual que detalles como la impuntualidad o la no presencia en una cita. Todo lo que en la vida democrática resulta una nimiedad, en el exilio entre rincones, donde vivimos aquellos años, implicaba  un riesgo mortal.

 

NO HAY EXILIO EN LA MEMORIA

Los que no están ni estarán siguen presentes entre sus huesos. Son tu hermana, tu  hermano, tu padre, tu madre. Yo estoy, podría no estar. A muchos de los que me acompañaban los alojo en mi memoria. Mi cuerpo se ha ensanchado para darles un lugarcito, una casa, porque han sido arrancados con raíces muy jóvenes. A mí me han salvado de encrucijadas difíciles otros compañeros. Yo reivindico nuestra lucha. Y mi escritura es un modo de repatriarlos, hasta donde sea posible, de las manos de los asesinos.

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