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Lo inesperado: Sobre ubicaciones, anteojudos perversos y anzuelos epifánicos.
Por Martín Pinus

 

LUGARES INESPERADOS

Las cosas

Foto: Fer Vélez. Relato perteneciente al libro “Flores para Abraham”. Editorial Babel. 2017.
Foto: Fer Vélez. Relato perteneciente al libro “Flores para Abraham”. Editorial Babel. 2017.

Sexos nacidos en el cuerpo equivocado. Los halagos. Las raíces de un árbol que buscan desperezarse bajo el cemento. Las miles de horas de trabajo perdidas en algo que no. Los reproches. Las empanadas en frascos. Las estatuas. El bien y el mal en boca de las sotanas. El bien y el mal en boca de las balanzas. El bien y el mal. Los adolescentes hasta que dejan de serlo. Las balas. Los besos que duermen por miedo a nacer en el momento equivocado. Las nacionalidades. Las profesiones como objetivo de vida. Las iglesias. El arte que mueve más las argumentaciones que las tripas. Los países. Los cuerpos que duermen al lado de otros por costumbre. La riqueza. El agua a la espera de una canilla para seguir su viaje. Ganar. La infelicidad con cara de persona. Perder. La música que sube solo hasta los pies. Los manuales. Los turrones, chocolates y trajes rojos con barbas blancas con los treinta grados de diciembre. Las fotocopiadoras. El cuerpo como becerro de oro. Las familias. La gente que elegimos para que elija lo mejor para los que los eligen. Las fuerzas armadas. Las palabras que no debieron haber salido y lo advertís una vez que están en el aire y a punto de estallar. Los textos como este. A veces las cosas parecen estar fuera de lugar.

 

INESPERADA PERVERSIDAD

Un cenicero de bronce

A veces me ataca una imagen. Un cenicero de bronce repleto de colillas de cigarrillos Parliament retorcidas, con marcas de lápiz labial fucsia. Eso es casi una figura materna para mí. Noches enteras jugando a la canasta los dos.

Yo era casi un adolescente. Debo haber tenido trece o catorce años, a lo sumo quince. Y el cenicero se vaciaba y se volvía a llenar de puchos. Sonó el teléfono. Atendió mi madre. Era para mí. Miré extrañado. Ella también. Casi nunca recibía llamadas y, menos, un fin de semana. Siempre quise que me llamaran o que me visitaran, pero debo admitir que no era muy popular. Era una noche de sábado. Atendí. Un amigo de la secundaria. Me preguntó qué hacía y qué pensaba hacer. No eran cosas que yo me preguntara habitualmente. Nada, contesté. Me invitaba a salir. Con dos amigas. El chico no era exactamente un amigo. Era un gordito con unos anteojos tremendos, con un nombre muy extraño que no puedo descifrar. A veces mis recuerdos son como esas colillas, retorcidos en distintos rincones de mi cerebro. Me decía que fuera a su casa y que, de ahí, saldríamos para algún lado, que le prestaban el auto y todo. Éramos compañeros, pero no compartíamos banco ni muchas horas juntos. Conocía su casa, enorme, con un gran parque y pileta y quedaba en el otro costado de la ciudad. Dudé. Por un momento no supe qué contestar. Yo nunca había salido con él. En realidad nunca salía con amigos. Ni con chicas, todavía. Lo hice esperar en el teléfono mientras me daba vuelta para preguntarle a mi madre. No sé si tuve la precaución de tapar el tubo con la mano para que no se escuchara mi voz mientras preguntaba. Mi madre me miró sorprendida. Me preguntó quién era el chico, no se acordaba de él. Le expliqué. Me preguntó hacia dónde iríamos. Le dije que no sabía, que por ahí. Insistió en conocer el destino. El gordito esperaba del otro lado del teléfono y todo se extendía demasiado. Me volví hacia el teléfono y le pedí precisiones. Un bar cerca de su casa, me dijo. Vamos a ir a una lomitería, le dije a mi madre. Bueno, me dijo, está bien. Lucía tan sorprendida de la situación como yo. Aunque no podría asegurar de que haya sido exactamente eso lo que transmitía su expresión. Nadie aprieta así las mandíbulas por una sorpresa. Le confirmé mi “sí” al gordito. Te esperamos, me dijo. Fui a mi habitación a vestirme más apropiadamente para la ocasión. Probé distintas camisas, pantalones y zapatos. Terminé por ponerme una camisa de mi hermano mayor. No sé por qué uno cree que, al usar las cosas de los hermanos mayores se vuelve como cree que son ellos, más grandes y seguros. Como los que comían el corazón de sus víctimas para adquirir sus fuerzas. Mientras estaba frente al espejo, volvió a sonar el teléfono. Subí corriendo a atender. Mi madre jugaba un solitario y miraba algo en la televisión. Era nuevamente el gordito. Creo que el nombre empezaba con O. No vamos a poder salir, me dijo, se suspende. No supe qué contestar. Me dio alguna fundamentación vaga, que las chicas no podían o que él se tenía que quedar a cuidar a su hermanita. No importa, dije, no hay problema. Nos despedimos. Un instante antes de colgar, me pareció escuchar risas detrás de su voz.

Ilustración: Martín Pinus. Relato perteneciente al libro “Adioses, colillas y estocadas”. Editorial Alción. 2016.
Ilustración: Martín Pinus. Relato perteneciente al libro “Adioses, colillas y estocadas”. Editorial Alción. 2016.

 

INESPERADA RESISTENCIA

Ramilletes

Una vez tuve un pez que moría entre mis manos. No he podido olvidar ese momento. Sí, decime flojo, adjetivá como se te ocurra, dale. Pero el pez boqueaba y yo no encontraba la manera de soltarle el anzuelo. Yo maniobraba como un payaso de cumpleaños que no se conoce los trucos y transpira vergüenza bajo el gorrito de plástico. Recuerdo la sangre roja mientras invadía mis manos, aunque a eso probablemente lo haya inventado, desde hace un tiempo no sé muy bien qué invento y qué recupero. Vinieron a ayudarme los pescadores expertos, esos a los que había acompañado por el sólo hecho de acompañar, y lo devolvimos al agua. Al principio se movió lento, titubeaba. A mí me pareció que estaba mareado. De pronto, fue como si se hubiera enchufado, y luego desapareció. Pero el recuerdo, no. Creo que desde entonces intento que las cosas no mueran en mis manos. Trato de cuidarlas. Pero, bueno, no soy un experto.

Foto: Martín Pinus.
Foto: Martín Pinus.

Nací flaco de manos y de voluntad en algunas situaciones. Tampoco puedo culparlos de todo, pobres ramilletes de dedos eternos. Quizá los huesos -o los átomos, las luces y las sombras que les dan forma- no están hechos de la materia correcta. Y, por eso, les cuesta resistir y terminan por doblarse cuando el peso que les cae encima es muy grande, o incómodo. De todas maneras, he decidido seguir creyendo en ustedes, nudosas manos, venosas manos, pajarosas manos. Quizás, sólo en algunas ocasiones se encuentren algo más lejos de mí de lo que deberían.

 

Foto de portada: Martín Pinus.

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