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Lo inesperado: Sobre el aprendizaje.
Por Mariana Paula Dosso

 

PRIMERAS PALABRAS

Disponer de los trazos, de líneas irregulares que trasgreden los renglones, de los sonidos –a veces entrecortados- y de los sentidos envueltos en las palabras, es uno de los desafíos más tiernos de apreciar. Los niños y las niñas juegan, también, con las letras y los espacios: encerrar vacíos, ponerles una “patita”, titubear en una “a” ensanchada en su mayúscula cursiva o en una “e” minúscula, como un rulito suelto de una niña dibujada. Cantar una sílaba difícil, repetir la última letra para avanzar hasta completar la frase es parte del juego del leer.

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Siempre comparé ese proceso con el aprender a caminar. El conocimiento de su propio cuerpo en los bebés, los giros, las rotaciones, el puente a “reptar” o gatear, el pararse y los primeros pasos hacen espejo entre el andar y la escritura. Lleva un tiempo hasta que “salen corriendo”. Nos podemos detener en cada sentada de “prepo” al piso, o en esos andares de una silla a otra, de una pared a los brazos de una tía. ¿Alguna vez se pensó exigir a una pequeña o a un pequeño que caminara con soltura sin pasar por ese proceso? ¿Por qué, entonces, la mirada que sanciona el “error” en los primeros pasos de la alfabetización?

Sin embargo, el error, también es errancia, vagabundeo. Podemos decir, además, que es un deambular por el lenguaje: transitar el mundo de los símbolos, tantear las expresiones, caerse en las faltas de ortografía y apropiarse de la palabra escrita.

Pero veamos. Estamos en un ambiente alfabetizador lleno de:

carteles construidos por los alumnos y alumnas,

la maestra a través de sus rutinas de escritura,

el conocimiento de las letras y del uso del lenguaje,

los juegos y solidaridad entre pares, que distribuyen los puntos de                                    apoyo de ese andar de la lectura y escritura.

Hasta que un día inesperado:

-¡Profe, pude leer esta hoja sola!

-Viste cómo se “largó”, ya escribe de forma autónoma- le dice una maestra a otra.

 

¿POR QUÉ MATERIA?

Un reloj redondo entre biblioratos anuncia las 18:15, mientras da paso a treinta personas entre 18 y 60 años. Se ubican en sillas, firman una hoja con su presente, guardan el DNI y, con un click, se disponen a elegir la respuesta correcta. Algunos se acercan a las pantallas titilantes de las computadoras para asegurarse de sus respuestas. Otros fijan la vista al buscar un dato entre los últimos días de repaso.

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Se sabe: dos estudiantes están próximas a recibirse de su nivel secundario. De rutina, la profesora insiste, ¿para quién es la última materia? Dos mujeres levantan la mano.

Salón de techo alto, algunas lámparas tubulares bajan hacia las computadoras. El escenario se dispone en cuatro hileras de mesas continuas. Dos de ellas ofician de escritorios desde la punta opuesta a la entrada. Una, con el bedel de turno al cuidado de la tecnología; la otra, para la profesora sorteada.

Quienes rinden matemática tienen papel y birome al lado, algunas cuentas garabateadas y una calculadora vieja. “No se puede usar celular” es la consigna. Tampoco anotar ítems o sacar fotos a los múltiples exámenes en formato virtual.

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La profesora camina por los pasillos, aclara dudas y orienta con algún contenido, si lo sabe. Chequea cuestiones de claves para ingresar a la plataforma y espera las dos horas previstas. Avanzados los treinta minutos, algunos se empiezan a parar.

-¿Cómo te fue?- Le pregunta la profesora al primer estudiante que finaliza.

-Mal, un cinco.

-Uhhh, casi, bueno la próxima, ¡te faltaba poco!

Otra estudiante se para.

-¿Y? ¿Cómo te fue?

-Bien, un seis, justo.

-¡Aplausos que se recibió! ¡Felicitaciones!

El bullicio generalizado ayuda a descomprimir algunas tensiones arrumbadas. Segundos después, cada mano derecha, al mouse.

La profesora se aproxima.

-¿Y ahora qué tenés ganas de hacer?

-No sé…

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Corre el mouse, la flechita apunta a “finalizar examen” y  la cara de sorpresa se apodera del estudiante. Está sentado cerca del escritorio, busca la mirada cómplice y dice “no lo puedo creer”.

Tampoco se puede creer, si una se detiene a pensar el nombre “materia”, ¿acaso para valorar un saber hay que darle consistencia? Y carrera, ¿correr atrás de qué o para ganar a quién?

 

 

SINO LO VEO, NO LO CREO

El estudiante de matemática continúa:

-Siempre tuve miedo de retomar la secundaria por esta materia. En las otras me iba bien, pero en esta… no quería volver, sabía que me iría mal.

-¿Qué te sacaste?

-Un nueve…

-¡Ah bien! ¡Muy bien! Con esa nota, toda la confianza para seguir con Matemática B y C.

-Cuando estaba en segundo año, mi papá falleció, se ve que no me podía concentrar, porque siempre en matemática me iba mal. Y después dejé el secundario.

-Mirá que el programa tiene consultorías con profesores de matemática.

– Sí, sí, sabía. Varios amigos me quisieron ayudar. Me preguntaban qué temas estaba viendo, para explicarme.

-Con más razón, si tenés amigos que te pueden dar una mano….

-Está bueno dejarse ayudar a veces, ¿no?

 

Aire

TAN CERCA, TAN LEJOS

“Yo vivía en el monte, en Formosa. Mis bisabuelos vinieron de Bolivia, les gustó la tierra y se quedaron allí. Vivíamos en pleno monte, había que inventar. Por ejemplo, para bajar algo, se trenzaban algunas hojas. Mis compañeros de trabajo, cuando les cuento, no me creen. Tardaba dos horas para llegar a la escuela, caminaba o iba a caballo. Estábamos todos los grados juntos.

Cuando me vine a Buenos Aires, no lo podía creer ¡trabajaba en el Cabildo! Siempre hacíamos el edificio del Cabildo en la escuela y yo, de repente, trabajo ¡ahí!, tantas veces lo dibujé… De grande, volví a mi escuela. En el aula llena de alumnos, mi maestra les contó: Ella vivía acá, vino de visita, y ¿saben dónde trabaja? En el Cabildo…”

-¿En el Cabildo?- Varias voces amontonadas.

-Sí, sí. En ese que está colgado en la pared.

La cara de sorpresa los mantuvo en silencio unos segundos.

 

cof

SALTOS

Una apuesta continua de parte de educadores y de estudiantes. Experiencias. Reflexiones. Errancias. Solo transitar. La apropiación de lo nuevo da un salto en el momento más inesperado.

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