Composición VII - Vasili Kandinsky
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Lo inesperado: Sobre escenas de violencia cotidiana.
Por Roberto Aguilar

                                                       

Sobre la tierra desgarrada,

                                                        los harapos asfixian nuestros

                                                       corazones.

                                                       Contra las sombras, el frío y el sol,

                                                       nos sacamos los ojos por un abrigo

                                                       y cerramos los oídos

                                                       a la intemperie.

                                                       Nada hace posible una última cena,

                                                       una tregua, un adiós.

                                                       Quizás otros cuerpos,

                                                       unidos para la noche,

                                                       con el último

                                                       manto rosa de

                                                       la tarde,

                                                       escucharán desnudos

                                                       el canto de un gorrión.

 

AMIGOS NO SON LOS AMIGOS

 

SenegalésUf, la vida de los amigos. Pero ¡cuidado! El ser más despreciable puede estar a tu lado. Cuanto más cerca esté, los intereses por tu bolsillo se incrementarán. Si te descuidas, irán también por tu carne, tus huesos, tu sexo y tus saberes. Así las cosas, benditos y benditas sean los hombres y mujeres que no se sacan los ojos. Quizás exista más de un milagro, pero la desdicha del hombre o mujer encadenada a la nave del naufragio urbano, en busca de una moneda para comer, es funesta. Les será difícil que las ‘hadas buenas’ o ‘faunos nobles’ de la amistad vayan a visitarlos a sus casas pobres. Sin embargo, la combinación de un senegalés con un argentino, esa relación, esa ‘unión’, sí que no tiene desperdicio. El argentino le comprará relojes, pulseras, anillos, lo tratará de amigo, de hermano de toda la vida. El senegalés creerá en eso. Y sonará. Hace pocos días olí la muerte cerca del puesto de bijouterie del senegalés. Y lo más triste es que el verdugo que lo mandó en cana es un conocido mío. Trabaja en la misma empresa, donde me desempeño como portero diurno. Resulta que los otros días vino, entró a mi ‘consultorio sentimental’ lleno de llaves, carpetas y plasmas con cámaras de video, y me lanzó, un tanto nervioso:

-¿Podés creer que hice meter en cana al grone?

Le iba a contestar que sí. Pero no quise herir su susceptibilidad. En cambio, le dije asombrado:

-¡No! ¿Por qué?

-Se pasó de listo con una menor. Le acariciaba las manos, mientras le ajustaba un reloj en su muñeca izquierda.

-¿Cuántos años le dabas?- Le pregunté con dudas acerca de sus dichos tan contundentes y veraces, más que nada, venidos de su exacerbación contra los negros.

– No sé. Yo calculo, entre 15 y 18 años. Sin embargo, parecía de más edad. ¡Vos viste cómo están las mujeres hoy en día! ¡Pechugonas, culonas!¡ De unos físicos, que vos decís, ¡cómo pueden ser tan pendejas!

Y ahí confirmé mis suposiciones acerca de su ataque pernicioso contra la gente de color. Entonces, indagué un poco más:

-¿La chica se quejó, gritó, hizo algo contra el senegalés?

-¿Y eso qué tiene que ver? Era menor. ¿O acaso vos vas a permitir algo así?

-No, claro. Por supuesto que no -le dije descaradamente-. pero, si eran amigos, por lo menos, antes de acusarlo, hubieras impedido el abuso y hubieses apartado al hombre de esa situación. Después, discutirían. Eso hubiera sido otro cantar.

Luego, él desembuchó todo:

-…y más, si se trata de una conocida mía. ¿Vos lo permitirías? Ponele: ¿Vos permitirías que tu amigo se garche a tu novia? Ahí nomás cacé el celular y llamé al 911. Vinieron en seguida ¡Y cuando llegaron, hermano! ¡No te imaginás! Le dieron para que tenga y guarde. Le secuestraron todo lo que tenía. Se lo pusieron en una camioneta y a él se lo llevaron desmayado en el auto de la yuta. ¡Se lo merece el hijo de puta!

 

ROJO Y NEGRO

Pasé las otras noches por el puesto del senegalés, cerca de la estación de trenes, y ya no estaba más. Lo digo con suma tristeza. Y no se trataba de que el senegalés no vendría más o de haber pasado a una hora inconveniente para cruzármelo. No, lo más triste fue ver una flor roja atada a una foto de Cristo, apoyada sobre un cartelito, iluminado por una vela. Con faltas de ortografía, decía:

‘Te bamos a estrañar’.

homenaje

SUBAMOS AL TREN

Buenos Aires da para cualquier hecho violento o anécdota surrealista. Pero voy a intensificar el foco de la mirada y a estas dos circunstancias le agregaré el adjetivo de gracioso:

Como todos los días que voy al trabajo, me subí en la estación Federico Lacroze. Me senté en los asientos de a cuatro, al lado de la ventanilla. A mi derecha, se sentó un anciano y, en frente, un estudiante universitario con un celular en su mano izquierda. Guardó el teléfono en la mochila azul y se puso a leer un “Clarín” sacado de una de sus anchas carpetas. Quedaba poco espacio libre para que otro se sentara junto a él. La gente pasaba y nadie se atrevía a ocupar ese pequeño espacio. En la estación Devoto subió un muchacho joven, llevaba una caja llena de herramientas. Bien morocho, el hombre, se ve que venía estacion-lacroze-ferrocarrilde trabajar en algunos de los chalets de aquella zona. Ni bien identificó el lugar vacío, se sentó. Para eso corrió al estudiante contra la ventanilla con un empujón de su pierna derecha. El estudiante hizo lo mismo con su pierna izquierda, el muchacho replicó y así se desató una inusitada pelea de gambas. Después, cuando sus piernas no quedaron ni para un lado ni para el otro, sino en una posición intermedia, tensa y expectante, discutieron:

-¿Podés correr las piernas?’- el albañil, al estudiante, casi como en una orden.

-¿Y vos podés pedirlo de mejor manera?- el universitario.

-No te tengo que pedir nada-, el albañil.

Ni bien dijo esto, el estudiante lo increpó:

-Sucio, negro de mierda.

Y entonces la bomba-riña explotó en el vagón. El obrero de Devoto se paró junto con el joven de Federico Lacroze y se agarraron a golpes. Me paré de inmediato y los quise separar, pero una piña mal dada por uno de los contrincantes –por la confusión no recuerdo quién fue- llegó hasta mi nariz. Semejante ñoqui me hizo ver las estrellas y me acordé de casi todos los réferis de boxeo que había visto y abucheado por televisión, cuando era chico. Tambaleé y subí la cabeza enseguida. Un chorro de sangre saltó de mi naso. Los jóvenes interrumpieron su pelea para atenderme. En la estación Lourdes, el tren se detuvo. El guarda vino con un policía y quisieron llamar a una ambulancia. Yo no quise: llegaba tarde al trabajo. Con calma, alegué que se me iba a pasar. Cosa que ocurrió. La sangré se detuvo y todos continuamos el viaje. Mientras el tren seguía su viaje, el policía les aconsejaba a los peleadores no discutir más y ellos escuchaban con aparentes oídos atentos. Yo ya estaba sentado: la cabeza en posición vertical, con una servilleta de papel en mi nariz sostenida por una de mis manos. Dadas las casualidades nefastas –y, para decirlo con más precisión, cuando llega una mala, detrás vienen cuatro peores- los tres -el estudiante, el muchacho y yo- nos bajamos en Tropezón. Ellos discutían atrás de mí, mientras me repetía casi en voz alta, ‘este es el precio a pagar por una tregua. Este es el precio…’ Estaba dispuesto a separarlos por segunda vez, incluso con el riesgo de recibir otro piñón. Marqué mi Sube en una de las columnas del fondo de la estación, mientras ellos se volvieron a empujar. Esta vez, para marcar las tarjetas. Entonces, el estudiante de Lacroze y el obrero de Devoto comenzaron la eterna riña. Cayeron al suelo, se enredaron con sus piernas, sus brazos y sus cuerpos en un ovillo de violencia tal, que ya no pude hacer nada más para salvarlos.

 

pelea en el tren

QUÉ TREN, QUÉ TREN

Bajé las escaleras de la estación, camino hacia mi trabajo. Chiflé a un policía para que fuera a separar a los ‘gladiadores’ y seguí mi rumbo con algún pensamiento distraído en mi ex novia, en la última cena con asado que hice en mi casa. Y me alenté a mí mismo y a los demás en una empatía total ante la crisis económica y social de este país. Me alenté a seguir así, por lo menos, con algún recuerdo de felicidad del pasado bien pasado, que nos lleve por un instante al placer, antes de estallar en crisis nerviosas en un tren del infierno, en el vagón de la vida cotidiana.

 

bihar-train-accident

 

VIAJE AL FUEGO DE LO INESPERADO

jardín de rosas negrasEl hombre es un animal de costumbre, dijeron por ahí. Pero, ¡al diablo con todo esto! ¡Al carajo con el poder de los manipuladores sociales y al diablo con los psicópatas llevados con piolines que deambulan de a miles por las calles y los trenes! Este mismo pensamiento llevaba el viejito ciego con acordeón que viajaba en la línea del tren Urquiza. Una tarde me lo dijo, cuando lo ayudaba a bajar las escalinatas de la estación Tropezón. Me lo dijo sobre la tierra, por suerte, y no debajo de ella, donde me lo hubiese dicho, si el puto destino –destino roto por el ciego- hubiera convertido el drama en tragedia. Porque, en aquellos días, la realidad de los psicópatas callejeros tal vez era distinta a la de ahora. Por los menos, en lo que se refiere a sus formas de comportamientos sociales. Para ellos, el país era todavía una primavera con jardines regados por un hombre con globo amarillo. Quizás, ahora, que les tocaron los bolsillos hasta agujereárselos, sus gestos sociales sean, en apariencia, solidarios y humanitarios, si les queda un poco de dinero en sus tarjetas de débito. Y tal vez, algunos o muchos, ahora se den cuenta de que los jardines, en realidad, estaban plagados de rosas negras sembradas en el frente del palacio de Nerón. Y que, en una mañana interminable el emperador, con su lira y su canto, se levantó a quemarlas, a quemarte. Es por esto que vemos el copete bajo con el que andan los ridículos blancos de piel oscura, pobres con su ego subido hasta el confort de los ricos y la maldita clase media a la que todo le chupa un huevo –salvo sus preocupaciones por sus ídolos o muñecos, cómplices de alimentar a los grandes titiriteros de la televisión- mientras sus dólares producen más mierda verde a costilla de la mano de obra bien, pero bien barata de la clase baja.

Si el músico ciego hubiera salido por estas horas a tocar su acordeón, la comedia dramática del tren Urquiza ni siquiera hubiera comenzado. Pero la historia fue distinta y esto ocurrió:

 

Martial Roels - Kamikaze
Martial Roels – Kamikaze

Por aquellos días, al cieguito yo lo llamaba ‘El kamikaze’. Un apodo ordinario que cualquiera le hubiera puesto al verlo con su acordeón, una camisa blanca, la latita con monedas sacudida por su mano izquierda, una bandera argentina sobre su espalda y una gran foto de Cristina Kirchner, que cubría gran parte de la tela celeste y blanca. Y si a eso le añadimos sus discursos –peroratas hechas antes de tocar el acordeón-, políticos, históricos y antisociales en los vagones de los trenes, el apodo de kamikaze me queda corto.

 

UN PÁJARO CIEGO SIEMPRE TRINA

PajaritocantandoSe pueden imaginar, entonces, asquerosos arrepentidos -por sus votos sin fundamentos el rey loco vive en agonía, pero vive- y hermanos de lucha de siempre, que la tragedia estaba a la vuelta del vagón.

Una tarde, subí al anteúltimo coche. Todos estaban llenos de gente. En el último iba el cieguito. Allí daba su mejor discurso contra el gobierno. Desde donde yo estaba, se podían escuchar sus gritos:

“¡Qué estamos esperando compatriotas! ¡No nos dejemos engañar más! La historia es sabia. Estamos gobernados por oligarcas que quieren vender nuestras tierras al gringo, como siempre quisieron hacerlo. Quieren excluirnos, hambrearnos, matar a nuestros cerebros con mentiras, mientras ellos se llenan los bolsillos con nuestro dinero. ¡Qué estamos esperando, compatriotas, para sacarlos del forro del culo! La historia nos llama a levantarnos contra el poderoso asesino de niños, de pobres, abuelos e indigentes, con la última llamita de dignidad que nos queda. Y todo lo que hacen estos chupa sangre es para el beneficio de unos pocos, de muy pocas familias, con sus raíces abrazadas al mismo árbol genealógico de la rata de Macri. ¡No sean cobardes, compatriotas! ¡Ya lo decían el General Perón y el Che Guevara…!”

 

Nerón

 

ENTERREMOS AL BULTO CIEGO

Y, entonces, queridos y odiados hipócritas de la imagen, el oro y el bolsillo, lo peor pasó. Alrededor del ciego, parado en el fondo del último vagón había un montón de mujeres entre los 40 y los 50 años. Más adelante, trabajadores, estudiantes, amas de casa, gente al pedo, sentados y parados, llenaban el tren en un día soleado y caluroso de febrero. Desde mi vagón, podía ver a través de la puerta abierta hacia el pasillo del último furgón, al viejo ciego con su bastón y acordeón colgados de las manos y escuchar los gritos desbordantes de su boca filosa. La gente alrededor de mí, estaba nerviosa. Algunos y algunas se levantaban de sus asientos para ir más adelante, donde no se escuchara las arengas. Pero, ese movimiento de huida no se producía en las cercanías del ciego, llenas de gente parada. Entonces, lo inaudito, lo que ya sabés o imaginás, hipócrita lector, pasó. Empezó con una vieja sentada del lado de la ventanilla, muy cerca de él, que se dio vuelta y le gritó: ¡Callate! Se le sumaron otras más y muchos jóvenes que lo silbaban. El primer arañazo le cruzó la cara –llena de manchas blancas- hasta ladearle la cabeza por el golpe. Después vinieron otros manotazos y lo empujaron. Así, se cayeron sentados él y su acordeón en el poco espacio que había. Luego lo lincharon. Por suerte para el orador, los arañazos de las mujeres solo fueron eso, sumados a algunas agarradas y tironeadas del poco pelo del músico. No todos estaban en contra de él. Otras mujeres más jóvenes y algunos hombres intentaron separar a la gente amontonada sobre el bulto ciego. Y una vez que lo lograron, lo levantaron en el medio de peleas y forcejeos, entre la mayoría en su contra y la minoría que rogaba que la estación Moreno llegara lo más pronto posible. Y así fue. El tren paró, se abrieron las puertas y ya estaba la policía adentro del vagón. Agarraron al músico de los brazos y lo sacaron de un empujón salvador hacia fuera del tren, mientras otros poli separaban a la gente, en plena discusión sobre qué estaba bien y qué estaba mal de un linchamiento.

 

Composición VII - Vasili Kandinsky
Composición VII – Vasili Kandinsky

 

NO CALLARÁN MI CANTO

Mucho tiempo después –unos cuatro meses- encontré al ciego en el último coche. Se bajaba siempre en la estación Tropezón y pedía que alguien lo acompañara hasta cruzar las vías. Por aquellos tiempos, antes del linchamiento, alguno se apiadaba de él y lo llevaba hasta el final del andén. Pero, en aquel momento cuando lo vi de nuevo, no. Así que lo tomé del brazo y caminamos juntos. Hablamos de política, de historia y recordamos aquel linchamiento con mucha amargura. El ciego no había aparecido por meses en la línea de aquel ferrocarril ni en el subte tampoco. Eran lugares donde se lo había considerado persona no grata y peligrosa para la tranquilidad de la vida social y del viaje de la gente.

Dejamos de quejarnos por un momento. El ciego se interrumpió con un ‘Bueno, basta. Vamos por la música’. Bajamos las escaleras de la estación. Dejé de agarrarlo. Me separé un tanto de él y el ciego comenzó a arquear su acordeón antiguo en una melodía simple, mientras caminábamos bajo las sombras de los techos de los negocios. Caminamos con la música hasta la parada del colectivo azul cuyo número capicúa -343- nos hizo rogar por la suerte de mejores momentos por venir. El colectivo llegó, bufó ante la presencia del ciego y paró. Entonces, lo saludé con un fuerte abrazo y lo subí al coche casi vacío. El viejo no se sentó, pidió al chofer tocar su música. El conductor accedió amablemente. Pero el ciego, antes de tocar, dio su discurso.

 

Acodeonista ciego en el subte

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