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La sospecha: Sobre el estado de coma y el lenguaje.
Por Liliana Franchi

 

PLUMAS EN BUSCA DE ALAS

Un cuadrito torcido adornaba la pared descascarada de la habitación principal. Lentamente giraba, para pedir aliento a aquel ventilador lleno de polvo, sucio e inalcanzable. Sobre la almohada mullida en silencios, dormía Sara, mi madre. Sin expresión alguna y con un rictus de atención, se hundía entre las plumas. La lectura siempre había sido su fuerte, así las horas pasaban, con sucesivos cambios de lector, entre versos de Galeano, textos de Bayer, poemas de Whitman y otros seleccionados. Claro, eso cuando aún podía hacerlo. En algún rincón, su alma sonreía. Sórdidas pasaban las horas, iguales unas a otras, mientras salpicaban hastío. Una luz casi imperceptible entraba por la ventana pequeña y rústica. Bondadosamente, mostraba unas manos cansadas al costado de un cuerpo casi inerte, delgado y blanco. Cuánto de irrespetuoso tiene un final sin final.

Mientras los otros jugaban, Sara dormía. Tal vez escuchaba, quizás algún día respondiese. No es la mejor presentación de una mujer que, durante tantos años, se mantuvo digna emprendedora, tenaz, con un dominio absolutamente sensual. Pero el contraste entre las épocas hace aún más largo y lento el tiempo de descuento.

 

FLORES LEJANAS

Detrás del deseo de otros -distintos, ajenos- conocí a Sofía. Adornada, envuelta en colores, con su cabello peinado estrictamente en cola de caballo y un sutil rosado artificial en sus mejillas, yacía sobre una cama diseñada especialmente para ella. Coloridas paredes rodeaban la magia del lugar. Dos estrictos turnos acompañaban su soledad, permanente, hacía ya varios años. Ahora, esta escritura y ciertas miradas podrían resignificar este dolor en magia. Tal vez porque era muy joven, o por el recuerdo de sus pies al sortear aire, en forma emocionante, mantenía la fortaleza y la belleza de la juventud, aunque poco podía hacer con ellas. A Sofía había que hablarle, contarle rutinas cotidianas en tono de música débil, compartir y hasta escucharla. En su silencio, se podían percibir palabras.

Camino al despertar

Las flores de su cuarto no se permitían marchitarse. Pasaron años de idéntica dedicación y con la misma sospecha de un despertar entre rosas, orquídeas y margaritas. Permítanme dudar de esa sensación un poco sufrida -pero no por eso menos inflexible-, de percibir lo que el espacio centrifuga y escupe lejos. Lastima, duele, pero a la vez empuja, revive expectativas dormidas, muere y nace cada mañana. Su cuidador aseguraba que despertaría porque “el hablarle produce ese efecto”.

 

DONDE NO DUERMEN LOS TRENES

Una tarde calurosa de setiembre enterraron a Sofía, quien pareció haberse llevado todas las palabras con ella. Volaban flores perfumadas, la primavera desplegaba toda su audacia. Sólo para verla por última vez, concurrí a su adiós glamoroso, que simulaba victoria. Nada había triunfado, nada teníamos para festejar. No obstante, un brillo etéreo rondaba el aire. La gente se escondía tras unas gafas oscuras, no querían ver lo que ella tampoco había visto. Salí despacio, caminé sin sentido. Y, así, sin proponérmelo, como un inconsciente exorcismo que impidiera la repetición de las historias, mis pasos me llevaron a la casa de Sara.

Cuánto de dolor hay en un despertar y cuánto de sospecha de qué sucedería si alguien que está en coma, por fin, lo lograra. A unas flores que me habían quedado, por inercia, las puse en un viejo jarrón y comencé a leerle a Neruda.

No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,
porque, no sé decírtelo, es largo el día,
y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

 

UN DÍA MÁS

Yo quería dormirme con ella, sentirla como ella sentía, saberla presente. Con una señal hubiera bastado, con un guiño, con un apretón de mano, con un movimiento involuntario. Me conformé con la sospecha, desde siempre supe que alguna vez -en silencio- abriría los ojos y me hablaría. Entonces, continuaríamos una conversación pendiente hacía ya dos años. Lo haría sin fantasías, sin rumores, de manera simple y sencilla.

Un día más de lectura, de costumbres adquiridas. Abrir y cerrar las ventanas para que ese sol efímero entrara, cerrar las puertas para que la felicidad no se escapase, tomar su mano, elevar la voz para saludarla. Un día más, entre tantos otros.

 

EL PUJO DE LO IRREAL

Poemas de Jorge Guillen

En voz alta pensaba, ¿quién nos encadena y quién puede liberarnos?, ¿quién nos muestra el camino y quién lo cierra?, ¿quién se apodera de los otros y quién decide sobre estos?, ¿quién puede dar origen y quién, abruptamente, quitarlo?, ¿quiénes son, dónde están? Lo irreal se impone para que podamos hacerlo real, nos libera para crear y hasta para amar. Quizás, después te lo quiten, pero has conocido el sentimiento, la esperanza y otros fuegos del instante. No somos dueños de nada y, a la vez, podemos serlo de todo, ¡qué paradoja soberbia! ¡Cuánto camino hay en el camino elegido! A su vez cuan largo o cuan corto sea, ¿depende de nosotros?

Todo este balbuceo interrogante brotaba, por entonces, casi sin quererlo. Creo que producto de “habla sola”. Por eso, creo que de nada sirve hablar con ellos, no hay respuesta. Es un mero regodeo de sospechas alentadas por la urgencia del deseo. Leerles es otra cosa, les llega un sonido armónico que complace, sin entendimiento. Por supuesto, nada doy por cierto.

 

PALABRA DE JAZMÍN

Sospeché que lo haría. Entonces, si así hubiera sucedido, seguramente nos hubiésemos podido decir algunas cosas antes de que ella partiera. Los atajos de mis pensamientos me llevaban directo al deseo. Y así es, siempre queremos una última vez, aun después de la última. Sentía un fuego intenso en el pecho, tal vez fuera mi corazón. Algo se avecinaba. Su presencia ausente fue una dentellada a mi entendimiento y también, a mi voluntad.

Pero sucedió. Fue mientras le leía. Sin incorporarse siquiera, Sara abrió los ojos y comenzó a hablar, en una dimensión diferente. El tiempo no había pasado para ella, me di cuenta porque pidió el té que había dejado meses atrás. Hablamos con la cotidianidad habitual. Me mostré con la inconmensurable alegría de tener, al menos, ese regreso. Temor y dolor fueron mis sentires más expuestos. Allí permanecimos horas. Entre el cansancio visible y la pérdida de fuerzas, logramos comunicarnos y querernos entre palabras. ¿Qué voy a hacer ahora? Murmuré.

Estimo que, casi sin quererlo, con tono pausado y bajo, Sara inició una sutil despedida, de esas que no se notan, pero se palpitan. Me acerqué para escucharla mejor y le tomé las manos, ni siquiera logró apretarlas, sólo se dejó acariciar: “estoy muy cansada, quiero descansar”. Me atravesaron de lado a lado sus palabras, sabía qué significaba, quería acabar con el sufrimiento y partir. Entonces, le susurré: “descansá, tranquila, mami”. No obstante, no se aventuraba. Entendí entonces que faltaba algo para que por fin se permitiera su descanso. Cuando ingresó a la habitación su nieta, las dejé solas, estuvieron largo rato, apenas las escuchaba desde lejos. A los pocos instantes de aquella charla, desistió.

“Quedate conmigo”, quise gritarle. Pero la humildad de perderla pudo más que el egoísmo de saberla quebrantada. Amaba los jazmines que acompañaron su partida. Un sol débil iluminó su viaje.

 

Amarse con los ojos abiretos- Jorge Bucay

 

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