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Ausencias: sobre la irrupción de daños a la salud

Por Nicolás Estanislao

PUNTO CRUZADO

“En el punto donde silencio y soledad / se cruzan con la noche y con el frío / esperé como quien espera en vano, / tan nítido y preciso era el vacío”   

 “En el punto”, de Sophia de Mello Breyner Andresen

El vacío concentra frío y soledad. Cruza noche y silencio. El vacío se completa en la sucesión de puntos móviles. De secuencias que le pertenecen.

Este extraordinario y potente poema de esta escritora portuguesa me acompañó en silencio durante setenta y dos horas. Me acompañó en la nitidez de la noche más absoluta. Me acompañó para entender de qué se trata el vacío más completo de todos.

 

 

LOS SILENCIOS EN LOS BORDES

 Lo niego todo /Aquellos polvos y estos lodosLo niego todo /Incluso la verdad”     

Joaquín Sabina, “Lo niego todo”

Si me hubiera tocado a mí, estoy seguro: me hubiese sido imposible seguir. Quizás, por eso escribo.

Era una tarde tranquila cuando el azar irrumpió y la pasividad que habitaba en el mundo pareció cerrarse para siempre. No me quedó otra: tuve que meterme hacia adentro, como quien se esconde de ese vecino gruñón de la vereda de enfrente.

Las cosas fueron así: llegó la noticia que nunca hubiera querido oír. Quise negarla con hidalguía, para que trascurrieran del mejor modo posible esos segundos imposibles, ese maldito instante cuando el equipo contrario tiene ese córner a favor, ese instante donde todo parece derrumbarse.

¿Hasta dónde se puede negar?, ¿hasta dónde, la pretensión de retener a cualquier costo un lugar en la tabla de posiciones de la vida?

Cuando irrumpe el azar, se despeina la lógica, efectos secundarios y primarios se desordenan como se desordena esa misma tabla de posiciones, al perder tres partidos seguidos e ir a parar sin contemplación, otra vez, a mitad de camino.

Ahora se hizo viernes y escribo aquí adentro del auto, rodeado por cientos de otros. Me asomo: los demás coches forman una masa entretejida. Estoy convencido que somos un fragmento, un mosaico, unas piezas de un puzzle que alguien armó, en silencio, durante la noche anterior. La ciudad a esta hora es desmesurada, oscura y poco amable. A pesar de todo y en medio de este caos, necesito tomar nota, eso me distrae de cualquier otra cosa. Así puedo darle forma al dolor contenido. Huir a ninguna parte.

EL TIEMPO EN LOS BORDES

Por esas cosas del deseo o de la memoria, en los bordes, el tiempo no se resigna a detenerse. La palabra se topa con el destino siempre irreverente, se trasmuta en texto, en río múltiple, siempre en expansión. El cuerpo calmo se acomoda en la camilla. Las manos, sobre el vientre. Entonces, el vientre se contrae en el imperceptible movimiento de la ausencia, que intuye el futuro de una falta. Afuera el sol dejó de brillar. Un otoño sobrio se difumina en la noche que resulta, incluso, poco nocturna. Las hojas danzan el silencio del aire sobre un vuelo finito. Los silencios retumban a lo largo del inmenso pasillo que va desde la habitación hacia el quirófano. Abruman como en un estadio vacío, como cuando el resultado comienza a pesar y las piernas ya están agotadas. El escenario de tensiones y cansancios deviene en silencios que se compactan en el ínfimo espacio del punto inicial.

veronica gerber bicecci

 

DESBORDES DE CIUDAD

                                                                                                                               “De la noche vengo. A la noche  voy. Un solo relámpago de luz turbia mi cuerpo.”   

 Miguel Ángel Bustos, “Fragmentos”

Pienso en las setenta y dos las horas que transcurrieron desde el momento de la internación hasta la salida. No había sol. Estaba nublado y hacía un frío inoportuno. Uno de los días llovió. Llovió fuerte, bien fuerte, con truenos y relámpagos. Todo terminó inundado. Siempre que llueve fuerte termina la ciudad inundada. La ciudad otra vez sumergida. Me asusté afuera, nos asustamos adentro. Hay quienes dicen que la lluvia fue una oportuna bendición para limpiarlo todo. Sin embargo, algunas cosas quedaron turbias. Entre ellas, el tiempo. Porque repito: el tiempo se detuvo en la infinitud de las cuatro paredes del cuarto del sanatorio. Lo real se vio alterado. Gise también. Yo me defendí como pude. Escribí para desordenarme y ganarle minutos a la contradicción nacida de la ausencia del orden y la rutina.

Escribo con la necesidad de distraerme de cualquier otra cosa. El conocido deseo de escapar. Pero me quedo en mi casa temporaria, el improvisado escritorio – habitación. Desde la enorme ventana contemplo, como quien lee un mensaje, el aspecto noctámbulo de un barrio que huele distinto. Una vez más, me convida Sophia de Mello Breyner, la poeta portuguesa:

                                  “Apenas se oye latir el reloj del tiempo”

 

 

 

TUVIMOS MEJORES TEMPORADAS

                              

                                  “Al escribir trato de narrar algo de lo cual he sido testigo real, algo que ocurrió en mi entrono o que inventé y me impresionó y que da una versión subjetiva, tal vez parcial, pero nunca falsa de mi realidad…”  

Julio Ramón Ribeyro

 

Hoy está más fresco de lo habitual, me gusta. Un otoño que se resiste. El aire liviano en la cara me hace bien, el sol aún no asoma. Un gris oscuro copa la parada. Atemporal, invisible. El barrio cambió de ruidos, tonos y sentidos.

Cruzo el solitario patio del sanatorio rumbo a la recepción, escribo con la mente, no sé por qué pienso en los “Diarios” de Ricardo Piglia, quizás por su obsesión de narrar la vida en capítulos. Me gustaría mucho que leyera los míos, por fortuna, no será posible. Hoy terminamos un comienzo. Nos vamos de alta. Nos liberan del deambular estático, de la impaciencia que produce el dolor.

Escribir es habitar en este paralelo, leer es merodearlo. Cuántas veces miramos sin mirar, enfocados en un punto infinito en busca del escape. Mientras firmo el papeleo de salida, observo de reojo a través de un punto ciego que deja el vértice de la puerta entreabierta: Gise entre fajas, dolores, con la mirada perdida y sin brillo – nunca tiene la mirada perdida y sin brillo – espera en la sala de “estar”. Como fuga fallida, la felicidad se desdibuja entre los halos de luz que se dispersan en la última sala antes de partir.

El regreso a la rutina no será dinámico, los engranajes no se acoplarán de manera sencilla. El cuerpo asume la memoria de los golpes, los tajos, las ausencias. La pretemporada – recuperación que tenemos por delante será incierta, extensa y sobre todo sacrificada. Escribir y luchar me resulta idéntico. Haya o no haya algo contra qué hacerlo. No aguardo nada importante, ni tregua, ni triunfos. Este es mi lugar en el mundo, eso es todo.

 

 Francis Bacon

 

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