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La decisión: sobre otros aspectos de la vida en el pueblo de Salliqueló

Por Cecilia Miano

 

PUEBLO DE PUEBLOS

ARCOHablar de mi pueblo es casi una obviedad para mí. Pero, en cada anécdota, descubro que las decisiones en Salliqueló se basan en principios que rigen, en forma estricta, solo por estos pagos.

Hace unos días fuimos noticia en los medios nacionales. La nueva contaba que, en Salliqueló, se puede dormir con la puerta sin llave y dejar la bici en la vereda sin que nadie la robe. Eso es así, aunque no tanto como hace unos años, porque todo cambia, el pueblo crece un poco y hay que andar con más cuidado.

Las celebraciones y los encuentros para festejar son algo habitual, como en todos los poblados, tengan pocos o muchos habitantes. Por acá, las calles de tierra abundan. Imagínese, lector, que a cuatro o cinco cuadras de la plaza ya no hay asfalto. La tierra arenosa y densa se remueve con el paso de los autos, de las motos, de los caballos y de otros medios de transporte, habituales en el pueblo. Hasta tractores es usual ver circular, aunque estén prohibidos por la reglamentación municipal. Como en tanto lugares, siempre algunas cosas se escabullen de la ley.

El paisaje se puebla de casas, distintas pero iguales. Las manzanas se completan con terrenos baldíos, aún sin esperanza de habitantes.

Por otra parte, es fácil ubicarse en Salliqueló. Las referencias siempre son “enfrente de la casa de”, “contiguo al mercado de”. Todo queda cerca, es sencillo. Aunque, para un nuevo vecino, se vuelva complicado indicar una dirección. En Salliqueló casi nadie conoce el nombre de las calles.

 

CUMPLEAÑOS, HOY MÁXIMO

GUIRNALDAEl sábado por la mañana, en el mes de marzo, Máximo festeja su cumple número cinco. Los preparativos se arrastran desde la semana pasada, la torta se hincha en el horno con aroma a vainilla, los globos esperan su destino en una bolsa desapercibida, los banderines y la pelota de fútbol están dispuestos para la diversión.

Todo se organizara de a poco hasta el sábado a las nueve. La mamá de Máximo se levanta, ya un poco apurada para que todo esté ordenado, brillante de colores, rebosante de comida. Así, los invitados -en su mayoría, de cinco años- podrán disfrutar de la celebración.

 

MÁXIMO FESTEJO

VÍAS DE TRESNLa casa de Máximo está casi en el borde del pueblo. Se puede ver el campo en la esquina, donde pasa la calle de circunvalación, ancha y arenosa, con alambrado para dividir el pueblo del campo. El horizonte se hace cercano y los pastizales decoran el suelo para dar ese color amarillento, tan áspero en invierno.

En el portón del garaje, por lo general, se estila poner globos para indicar que -en esa casa, en ese momento- se festeja un cumpleaños. Es un código salliquelense, para que todos los que pasen por la calle sepan en qué andamos ese día.

El código es más amplio, claro. Por ejemplo: las persianas cerradas indican que no hay nadie. El secador de piso en la puerta del costado de la casa avisa que vino tu amiga y no te encontró. Saludar con la mano cuando vas en el auto y te cruzas con otro auto indica que conoces mucho a la persona. En cambio, saludar con la cabeza, es menos personal, es solo para cumplir con la regla del saludo. ¡Imagínense cuando vamos del pueblo a CABA!…

En el año 1978 fui a CABA con mis abuelos, paramos en Caballito, en el departamento de una prima de mi abuela. Ella salía a la calle y saludaba a todos los transeúntes, con paciencia, con respeto, nadie decía nada, como si la loca del pueblo hablara sola. Yo, que era chica y caminaba unos cuantos centímetros debajo de ella, ya armaba el paisaje de la ciudad: hay mucha gente y acá no se saluda.

 

BUSCONAS

SALLIOtras mañas que encontramos en el pueblo son mirar cómo limpia la vereda la dueña de la casa: ese simple detalle provoca interpretaciones varias. Si la limpias mucho, es que sos histérica y te falta algo. Si tenés los yuyos crecidos, sos una atorranta que anda en otras cosas, en lugar de hacer lo importante -sacar los yuyos-. Nunca o casi nunca se piensa bien en el pueblo. Y, obvio, el detalle de escribir acerca de esta situación solo en relación a las mujeres es porque los hombres de la casa no limpian por estos pagos.

Y hay más: no pasees mucho en el auto sola porque andas buscando -léase, buscás un hombre, porque los hombres no pasean, solo las mujeres lo hacen-. Sociedad machista, dirán los lectores: sí, algunos resabios quedan, fuertes y casi imperceptibles para la mayoría de los salliquelenses. No quiero decir con esto que no tengamos modernidad, pero lo nuevo convive con marcas indelebles que, en algunos casos, son imperceptibles para nosotros.

 

EL NUEVO

REGALOCuando alguien llega a Salliqueló, algo en el aire o en los árboles -tal vez en los pobladores- hace que todos se sientan muy bien. Las miradas enmarcan la complicidad de la aceptación y dan inicio a la bienvenida.

Máximo invita a todos los compañeros del jardín a su cumpleaños. Son conocidos de siempre, desde la panza de la mamá. Está todo listo: globos en puerta, pantalón nuevo, regalo de la abuela, el perfume después del baño y el pelo liso esperan a los invitados.

El papá de Máximo se dedica a las hamburguesas. La mamá, a todo lo demás. Las abuelas, las tías y las amigas de la mamá circulan con decisión por la casa. En el patio, la mesa vestida con mantel de River Plate aletea con entusiasmo, en espera del festejo.

En eso, un niño entra. No, no es cara conocida para nadie. Entra con cierta vergüenza, su altura lo delata y encuentra en las miradas exploratorias una incomodidad que se mitiga con sonrisas de los adultos. Todos piensan sin decirlo, “es el nuevo…”

La mamá lo ha advertido y piensa: ¡cuánto más alto es que los demás! Pero su pensamiento se desvía rápido, no hay tiempo de pavadas y lo invita a reunirse con el cumpleañero, quien parece no conocerlo. Maxi tampoco da cuenta de haberlo visto antes. Sin embargo, como somos todos muy educados en el pueblo, el recibimiento fue rápido, con ganas agarradas de los pelos y la alegría entre dientes enredados en confusión. El niño le entrega con desconfianza el regalo a Maxi, quien lo abre con la mirada puesta en ese nuevo rostro. Nadie pregunta. Cuando el papel del regalo descubre un diario lleno de flores de color rosado, la mamá de Maxi lo mira y su mirada lo induce a “hacer lo que se debe”. Maxi cumple, pero el agradecimiento se torna soplido. Después, salen a jugar.

Minutos más tarde, el “nuevo” llora sin sonido, en un rincón del patio. La hamburguesa llega para calmar la angustia. Las lágrimas se mezclan con la mayonesa y el gusto amargo de la situación. Un ratito más y el “nuevo” no está en el patio, el papá de Maxi lo busca con tranquilidad, como quien juega a las escondidas. Ha pensado en muchas cosas: en la adaptación a un grupo de amigos, en el pueblo, en el jardín de infantes, hasta ha hecho tiempo de recordar algo de su historia, cuando vino de Mendoza y cuánto le costó adaptarse a la llanura llena de polvo. Todo tiene solución, se dice.

El papá de Maxi encuentra al “nuevo” sentado en el pilar, a la entrada de la casa, casi sin hamburguesa y con más lágrimas en los cachetes. Cuando se acerca para acompañarlo al patio, el nuevo balbucea algo que, en el primer momento, el adulto no puede comprender. Después, no puede creer la confusión.

 

CAMINO DE VUELTA

PLAZALa moto salió en medio de una humareda gris. El casco del papá de Maxi ahora está en la cabeza del nuevo. La esquina esconde el destino final: unas cuadras más adelante, una casa de color marrón claro, con plantas pequeñas y adorno en la puerta se presenta ante ellos. El nuevo se ilumina con sonrisa incluida. El cumpleaños de Florencia está adornado con flamencos de color rosa chicle. La mamá de la nena recibe con un abrazo a Juan, quien no puede hablar de la emoción. El papá de Maxi toma la palabra y cuenta que, mientras festejaban el cumple de su hijo, llegó este niño y todos creyeron que era el compañero nuevo de Maxi. Nadie reparó en que los niños no lo reconocían, pero lo adjudicaron a la emoción del festejo. Tampoco hubo escándalo ante “el supuesto regalo de nena”. Por fin, cuando Juan pudo dar su versión, advirtieron el error. Todos corrieron en la casa de Maxi. La abuela planchó con la mano un papel de regalo y volvió a envolver el diario. El moño salió de otro regalo y así emprendieron el viaje al verdadero destino de Juan, la casa de Florencia. Sí, se había equivocado de cumpleaños.

Nota: en Salliqueló una abuela puede equivocarse de casa al llevar a un niño al festejo de un cumpleaños. Lo que suelen hacer los adultos es dejar al niño bajar solo del auto que lo trasladó hasta el sitio indicado. La garantía de estar en el lugar correcto es el cartel de la puerta que indica el festejo. Acá nos conocemos todos. Por supuesto, como en todas partes, a veces suceden dos cumples a la vez. No hay problema: si dejaste al crío en casa incorrecta, con la ayuda de lágrimas y moto, con un regalo envuelto, abierto y vuelto a envolver, la criatura será reubicada en su destino. Todo sucede así y a nadie se le ocurre hacer una denuncia policial en el medio. Buchones, no.

Pueblo intenso en muchas cosas, pueblo apacible en la mayoría de su andar.

MAPA DE SALLIQUELÓ