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La lucha: sobre lenguaje inclusivo (segunda parte).
Por Verónica Pérez Lambrecht

 

Tal vez, con una pizca de suerte encuentre las palabras revitalizadas. Para mí, dedicada tantos años al culto del lenguaje técnico- con sus riquezas y sus limitaciones- escribir en una revista cultural abre un universo “no común”. Y es ahí cuando piso el palito y caigo en los nunca bien ponderados “lugares comunes”. La instancia de crecer, de ampliar vocabulario, el mundo de l@s entrevistad@s -de l@s cuales poco o nada sabía antes de esta existencia anartista- me significa enormes desafíos: desde encontrar un pedacito de tiempo fértil, analizar pasajes de entrevistas y textos siempre intensos, rediseñar mi lenguaje, extinguirme y volver, hasta encontrarme en el mundo de “Alicia en el país de las maravillas”, en el que los 6 imposibles se pueden hacer realidad.

En el balance de mis luchas, El Anartista es mi lucha menos pensada, porque todo lo que me trae es saludable. Sin embargo, me espolea todo el tiempo a estar despabilada. Y debo decir que, a veces, duermo. Siempre pugno por estar a la altura, e independientemente de lograrlo, escribir me implica esa bocanada de aire, en la que subyace mi alma.

El introito viene a título del devenir de neologismos, que siempre me fascinan. En particular, me urge nuevamente el uso del lenguaje inclusivo. La nota de la edición anterior, Las cuerpas, parecía inconclusa, como seguramente será esta, porque el tema no se agota nunca, aunque repitamos.

 

SEX O NO SEX, ESA ES LA CUETIÓN

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza;
y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados,
sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra.”
Gn. 1.26

“Y de la costilla que el SEÑOR Dios había tomado del hombre, formó una mujer
y la trajo al hombre.
Y el hombre dijo: Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne;
ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada.”
Gn. 2.22 y 2.23

 

La revolución del lenguaje inclusivo en el castellano es un evento político, en tanto acomete estructuras generadas y soportadas por siglos y siglos, en las que las palabras hembras -con a-, se desprenden de la costilla del macho, con o. Es cierto que el contexto define los cambios y, por ende, también las resistencias. Así, después de siglos de lenguaje andrógino y de un sistema patriarcal en cuestionamiento, las luchas denodadas llegan a las palabras: e hace su entrada y, como Cenicienta, genera admiración y bronca. Se sostiene que la introducción busca generar patrones no sexistas, sin embargo, puede ser bien distinto: el uso de la e, la x y el @, lo que hacen es incluir la multiplicidad de géneros y/o definiciones sexuales. Y es evidente que como sociedad todavía atrasamos en lo que, antaño, hubiéramos denominado, temas tabúes.

Sostener el lenguaje binario, con la o y la a, ciertamente permite no perder al sujeto que es la mujer. Pareciera que nadie quiere ceder. La e resulta destinada a quienes no se identifican entonces con la a o con la o. El abordaje del lenguaje con la e, x y/o @ intenta, desde su contenido político-social, no quedarse con una porción de la población sino abarcarla toda, naturalizar lo colectivo.

Pero el español se autodisputa, la RAE no reconoce el uso del inclusivo ni tampoco avala el uso binario. Argumenta la complejidad que implica al texto, ni qué decir, si se entabla un diálogo. Sin embargo, las generaciones nuevas no sólo no tienen problemas en usarlo, lo cual les agiliza el vocabulario, sino que tampoco tienen estigmas tabúes. El contexto cambió, y ya sabemos que salir de la costilla del hombre no es más que una construcción de sentido. Y eso, precisamente, es lo que hoy se intenta deconstruir.

 

CONSTRUCCIÓN DE UN LENGUAJE AMOROSO

El lenguaje no se corrompe, en todo caso, las mentes de las personas están corroídas. El lenguaje baila, se adapta, vibra con los movimientos, vive. Contribuye a saldar deudas, o las profundiza.

Naturalizar el amor, en la aceptación de la diversidad, desnaturalizar la violencia en el lenguaje y los modos de hablarnos.

Las afrentas del feminismo abren un abanico de tópicos, desde la despenalización del aborto, hasta la misoginia nuestra de cada día. El recorrido pasa, por supuesto, por el lenguaje. Si te detenés y observás alrededor, verás que muchas mujeres viven violencia de género de diversos tipos. ¡Contá, detenete y contá: visibilizalo!

El lenguaje inclusivo es aquel que busca romper con el paradigma pitocéntrico: la perspectiva que privilegia el punto de vista del varón y lo coloca como la medida de todas las cosas. Su uso rompe la jerarquización que otorga al masculino la cualidad de representarlo todo. Esa definición del todo es la misma que lleva a la violencia de género. Y está tan inoculada, que la hemos naturalizado: desde hablarnos en un tono elevado, cada estadio entremedio y hasta los golpes, nos parecen normales. Somos víctimas de algún tipo de sometimiento y, simplemente, lo asimilamos, no sin rebelión interna. Pero el asunto se nos salió del cuerpo, se manifestó, se desbocó, ¡qué maravilla! A pesar de eso, algunas mujeres, aún patriarcalizadas, rechazan esta pugna sin entenderla, o incluso la mancillan.

La lucha trasciende la cuestión lingüística, por eso es tan nutricia. Es por la dignidad de los cuerpos violentados, cosificados y degradados de mujeres y seres que se asumen con identidades diferentes. Es por la dignidad de las almas, que no tienen sexo. Es una lucha no por representatividad, sino por cambio de paradigma, de discurso, en el que los valores son el amor, la sororidad, el deseo genuino, la maternidad, deseada y no deseada, la feminización.

“El amor para Lacan se inscribe a partir de la falta estructural del sujeto:
dar lo que no se tiene, lo que no entra en ninguna contabilidad ni cálculo,
no se compra ni se vende;
resiste la lógica del discurso capitalista que consiste en un rechazo del amor.”
“El feminismo”, Nora Merlin, P|12

 

EDUCAR EN EL AMOR: EDUCAR EN LA INCLUSIÓN

Algunas instituciones educativas presentan un compromiso tal con la ESI (Educación Sexual Integral) que es gratificante. Lamentablemente, aunque es ley desde 2006, no se aplica en todas las escuelas, jardines y colegios.

La ausencia o relativización de ESI quedó expuesta en la discusión por el aborto legal, seguro y gratuito, cuando se hablaba con displicencia de las opciones de cuidados integrales para evitar los embarazos no deseados. La ley es clara, está bien diseñada, no habilita situaciones de sexismo expreso, como suelen pensar quienes no la conocen y la denostan, per se.

La ESI es una de las leyes más íntegras y vanguardistas. A partir de su buen desarrollo en las aulas, permite prevenir el abuso sexual en la infancia que, la mayoría de las veces, sucede en el entorno intrafamiliar. Es importante darles a l@s niñ@s herramientas para que puedan identificar esas situaciones. Es importante abordar temas de cuidados en la adolescencia y la futura adultez. Y, como no podía ser de otra manera, la ESI es inclusiva. Plantea la salud sexual desde lo biológico, lo conductual, lo emocional, aporta valores de tolerancia con la disidencia, respeto mutuo. L@s niñ@s se sienten predispuest@s a aprender y terminan por ser educador@s por transitividad: abordan en sus casas temas tales como la aceptación del cuerpo, el respeto a otras etnias. Verdaderamente, viven en una sintonía mucho más armoniosa con la otredad y el planeta.

 

VISIBILIZAR: OJOS QUE NO VEN…

“Lo esencial es invisible a los ojos”
“El principito”, Antoine de Saint-Exupéry

El lenguaje inclusivo implica un corrimiento, no solo de las normas establecidas a nivel de lingüística -lo que para los fundamentalistas es una afrenta inenarrable-, sino también un conflicto de competencias. Vale insistir, en un mundo dirimido por varones. La inserción de estos neologismos permite visibilizar el historial de ostracismo hacia la mujer, en primer lugar, y la lucha por el reconocimiento de todas las posibles variantes de género, ya no binarias. “Ver”, abrir los ojos del corazón es el primer paso; incluir es la acción.

Abundan la paranoia con las cuestiones del lenguaje, con argumentos provenientes no precisamente por lingüistas. Estas luchas se escapan de la academia, toman la calle, ¡y sí que la toman! Nos falta sensibilidad para hacer visibles estas problemáticas, por ignorancia, alienación, indiferencia, conservadorismo.

Mujeres y trans pugnan, incluso, por un lugar en este sistema, tal como el que ocupa el hombre. Para que se entienda: el machismo es expulsivo y discriminador, en tanto que el feminismo jamás apunta contra el varón, en el feminismo estamos todos, todas y todes. El rol de la mujer, y de toda otra identidad que se precie, no es el del hombre que trajo el mundo de hoy -un mundo huérfano de amor, autodestructivo- sino un mundo más comunitario.

Hace un tiempo me llegó un TEDx, propio de mi submundo laboral –y me disculpo por el idioma- en el que se expresa claramente que el giro no es que las mujeres ocupemos el lugar de los hombres en los puestos jerárquicos, sino que revolucionemos el modo de ocuparnos y provoquemos en ellos giros hacia una identidad más competente, humilde e íntegra:

El viraje se refleja en todos los aspectos y no reconoce clases sociales –aun cuando las haya más conservadoras-. El idioma, por tanto, no puede ser ajeno.

 

A la sombra del baobab del fondo de la casa, desanudo la expandida frase de “El principito” -y me meto en camisa de 11 varas-: ¿no es acaso un dejo de arenga de la invisibilidad?

 

 

COROLARIO

Como manifesté al inicio, el tema no se agota. Desde lo lingüístico, hay mucha tela para cortar: la glotopolítica, los cambios que ha sufrido el castellano, la anulación del neutro con u en el latín como idioma predecesor, los neutros en los idiomas anglosajones, en el francés, ¿cómo serían los giros en los pueblos originarios?, ¿y en sánscrito? ¿De dónde venimos y por qué llegamos acá? La respuesta está escrita en nuestra historia y la transitamos a medida que nos comunicamos con este lenguaje, este idioma, estas sintaxis. El sentido hacia dónde vamos, sin dudas, parece ser a algún sitio evolutivo, que cuesta, como todo, crecimiento.

 

 

Fotografía Juan José Stork, FOTOMONTAJES

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