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La confianza: sobre algunas imágenes de la cuarentena.
Por Ana Blayer

 

Hace ya meses que todes, todas y todos transitamos un aislamiento social, preventivo y obligatorio por la pandemia de coronavirus en Argentina y el mundo. Así es como lo inesperado de este no-visible virus me lleva, con la misma velocidad de un disparo fotográfico, a mirar por la ventana del lavadero de mi departamento para leer una imagen.
La iniciativa de esta rutina se cumple con la precaución de hacer una toma diaria, preferentemente, en un mismo horario, y de mantener un punto fijo de apoyo e idéntico cuadro para capturar la imagen.

Este bicho invisible
Recorre todo el planeta
Tan fulminante que es
Me recuerda a los ‘90

 

 

 

En la década del ’90, a modo de “virus”, fue instalado el término “globalización”. Tiempos aquellos, cuando podías quedar afuera de la historia, si no hacías alguna alusión a este sustantivo visual-digital que, por otra parte, marcó la pertenencia a una determinada clase social.
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Comienzo a colarme son sigilo, un día, otro y otros más. La intriga corre el velo cuando advierto que todo está delante de mis ojos.

La globalización nacida en el pasado siglo invade como un reguero de hormigas y da inicio a un corrimiento de la palabra. Y así, por distinción de sus bordes, el término vuelve a la escena en el siglo XXI, el COVID-19 nos globaliza en silencio y sin distinguir clases sociales.
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Imagino qué pasa allá enfrente. Mientras tanto, juego con las barajas, una vez más mezclo, corto, vuelvo a repartir.

¿Cuántos interrogantes trae este virus?
La respuesta más incómoda -que además nos alarma- es la de pelear con lo invisible. Todos, todas, todes padecemos de ceguera ante el arribo no deseado de este bicho maldito.
¿Tiene algo de religioso el Coronavirus?
A dios no lo vemos, sin embargo, la popularidad de su “existencia” entre sus fieles ya no se cuestiona su invisibilidad. Tantas frases a diario repetidas como mantras: ¡Ay, dios nos libre! ¡Bendito sea, dios! ¡dios, mío!…
20200411_093502Igualados bajo un mismo manto, invierto la mirada, me interrogo acerca de cómo se siente esa capa esponjosa, trepo a las antenas como zancos y me echo a andar.

¿Qué enigma trae el Covid-19?
Le damos crédito a la confianza del #quedatencasa, apostamos a hacer caso y a bancarnos la incomodidad de la prevención social obligatoria. Entramos en disputa con “el deber ser”, damos estricto cumplimiento a todo lo que nos dicen que hagamos cuando el invisible bicho merodea.

20200410_083303Disciplinada rutina la de mirar y observar cada día…
Regar las plantas del balcón, arrancar algunas hojas de las macetas, caminar de un lado a otro.”Al entrar, bajaste la persiana. Todavía no la volviste a subir”.

Estamos cómodos en casa, pero otros, otras, otres… no tanto. ¡Gozamos de buenas tecnologías! -llámese Smart, microondas, tablet, celular, delivery, pedís lo que se te antoja y llega a tu barrio sin impedimento alguno, ¡desde la compu!- consumís todo lo que se te canta, mientras otros, otras y otres, no. Es como cuando Papá Noel o los Reyes: te despertabas temprano y corrías a buscar en tus zapatos qué te habían dejado… y como el dicho bien lo dice: “vuelta la chancha al barro”, una vez más, la lucha de clases se pone de manifiesto… el juguete presente versus la zapatilla rota vacía.
20200407_123749“Levanto la mano repetidas veces, pero no hay caso. No me llegás a ver. Cuando salís al balcón, prendes un cigarrillo, humo que se eleva hacia alguna nube. Después, caminás con algo de torpeza, estirás los brazos, el cuello, quizás esa es tu rutina. Aunque ayer tenías una bata colorada ¡catarsis!… hoy no.”

Hoy, el Coronavirus no excluye a nadie. Es un distribuidor que, mientras merodea, delata a gritos silenciosos la desigualdad social.

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