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Anartista Juvenil
La confianza: sobre cómo pelear contra las inseguridades en la adolescencia.
Por Milena Penstop.

 

HACERSE EL BOCHO

A lo largo de mi vida, me di cuenta que la confianza es algo que se construye y se pierde poco a poco. De ida y de vuelta. Cuando era más chica, cuando estaba en el jardín y en la primaria, tenía otra noción de la confianza. No existía en mí la inseguridad de pensar que yo sería capaz de hacer alguna cosa. Existían inseguridades, sí, pero débiles.  Y desde mi último año de primaria, en el umbral de la adolescencia, empecé a fijarme más en cuestiones a las que antes no les daba importancia: mi forma de vestir, de peinarme e incluso de hablar. Claro, no era yo la única que prestaba atención a estos asuntos: mis amigas también andaban en lo mismo. Y, como compartía tanto tiempo con ellas, empecé a compararme. Comparaba casi todo, hasta llegar al punto de empezar a sentirme mal por no ser como ellas. ¿Se habrán sentido  ellas mal por no ser como otros o como yo?  Más adelante, en la secundaria, me di cuenta que no está mal ser diferente, que cada uno es como es y que nadie debería juzgarte. Pero aun ahora, cuando sé que no debería hacerme la cabeza, me la hago.

Glen Tarnowski
Glen Tarnowski

En esta etapa de mi vida, es muy usual que aparezcan muchas inseguridades, tanto en lo físico como en lo emocional. Pero lo que no debería ser usual es que pierda tanto la confianza en mí misma. En estos años de mi adolescencia, de a poco, formé y reforcé amistades que me hacen sentir bien,  me dan confianza. Pero eso no evitó que, en un punto,  las comparaciones siguieran, que criticara mi forma de ser y de vestir y que muchas veces sintiera que no soy capaz de nada. Muchos dicen que es cosa de la edad, pero yo creo que la confianza depende, sobre todo, en cuánta complacencia le de uno a la mirada de los demás. Y, sí, por comparar demasiado, muchas veces no confío en mi misma para cosas de las que sé que soy completamente capaz. Pero, como crecí en un entorno de mucho apoyo, cuando logro identificar mis inseguridades tengo la voluntad necesaria para, poco a poco, ir venciéndolas.

ARRIBA EL TELÓN, ABAJO LA INSEGURIDAD

Una de las cosas que me hizo ganar confianza fue el teatro.  Pero, por supuesto, la cosa no se dio de manera inmediata. Al principio, yo era muy tímida y me costaba participar en las actividades. Me sentía excluida del grupo porque casi todos se conocían desde antes y no me animaba a ponerme a charlar con ellos. Pero, a medida que fui tomando más clases, empecé a soltarme un poco más.  Advertí que, aunque ya estaban formados los “grupitos”, muchos eran buena onda y trataban de integrarme. Así, de a poco, gané más confianza y  participé  mucho más.

René Magritte
René Magritte

A pesar de que, durante mucho tiempo,  tomé clases de teatro en el mismo lugar,  cada año cambiaban los compañeros. Por eso, no fue hasta mi cuarto año, que conocí a mis mejores amigos. Ahí sí me sentí parte del grupo. Me sentí cada vez más libre para pasarla bien sin preocuparme tanto por lo que pensaran los demás. De ese modo, no solo avancé en cuanto a vencer mi inseguridad, sino también descubrí que realmente me encanta actuar. La confianza y los amigos me permitieron avanzar mucho actoralmente.

De todas maneras, a la hora de ir al escenario y comenzar a interpretar un personaje, siempre hay un pequeño nerviosismo. Pero tener personas que me apoyan hace que pueda dar lo mejor de mí. Ya no me comparo, soy buena de una manera distinta, como creo que lo son todos.

LA ERA  DE LA VAGANCIA, ¿O LA VAGANCIA ERA DE ELLOS?

Otro ámbito en el que se desarrolla mucho- o no-  nuestra confianza es en la escuela.  El sistema que marca que sólo sos “buen alumno” si te sacas 10 no falta ni en la escuela pública ni en la privada. Por lo menos en mi experiencia, durante la primaria no se hacía notar tanto. Sí, nos calificaban y varias veces vi a compañeritos míos ponerse mal por una nota. Pero era cuestión de contestar tres preguntas más que te daba el profesor y ya podías sentirte bien otra vez.

Glen Tarnowski
Glen Tarnowski

En la secundaria es bastante distinto. Varias veces me ha pasado tener que estudiar sin explicación previa del docente, estar sobrepasada de tareas y pruebas, y frustrarme por no poder entender un tema. Esto es algo horrible, que suele pasarles a muchos adolescentes. Y claro, los profesores muchas veces se quejan de que no estudiamos, porque estamos en la “etapa de la rebeldía” o en la “etapa de la vagancia”. Pero nunca se pusieron a pensar por un segundo que quizás alguno de nosotros esté pasando por cosas que nos afectan y que, aunque muchas veces nos encantaría tener la capacidad de olvidar todo y concentrarnos en aprobar, nuestro cerebro no funciona así: no somos robots que controlamos cuando queremos nuestras emociones. Además, está el hecho obvio de que no somos máquinas de grabar y repetir, por lo que varios docentes deberían replantearse si realmente enseñan o si solo están sacándose de encima el trabajo. ¿No estarán ellos en la etapa de la vagancia?

Y, así, todo junto: el poco apoyo de los docentes, la presión que genera el tener que estudiar sin explicación alguna, sumado a la presión de que si no te va bien te llevas una materia- y, en el peor de los casos, repetís el año-, genera bastante inseguridad.

NO EXPERIMENTES CONMIGO

Estas inseguridades  pueden surgir, en adolescentes o a cualquier edad, y no son imposibles de vencer. Pero en una situación como la que  vivimos ahora, las inseguridades se hacen más complejas. Para mí, uno de los “remedios” más efectivos  cuando me encuentro mal son mis amigos. Todos tratamos de seguir en contacto, mediante video-llamadas, mensajes y  redes sociales. Pero, claramente, no es lo mismo. No se puede reemplazar un abrazo con un mensaje o una foto. En esta situación, nuestras emociones están mucho más sensibles y, al no poder ayudarnos de la manera que necesitamos, nos hacemos mal. Nadie estaba preparado para esto, por lo que el distanciamiento social no es lo único que nos afecta. Los docentes no tenían planeado dar clases por internet, por lo que muchos “experimentan” y, como los estudiantes tampoco sabemos manejar esta situación, terminamos aún más frustrados de lo que podemos llegar a estar en circunstancias normales. Todo eso, sumado a que no todos mis compañeros viven en un ambiente familiar sano, hace que -en un punto- perdamos la cabeza. Así,  muchas de las inseguridades que habíamos logrado vencer vuelven y, a veces, nos encontramos en la situación de no saber cómo seguir.

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Así y todo, cuando me siento naufragar, recuerdo qué balsa me salvó en otros naufragios: la palabra. Entonces, hablo con mis amigos o con mi mamá o escribo esta nota. De ese modo, como cada cual atiende su juego, hasta que todo pase,  yo atiendo el mío. Después, volveremos a jugar entre todos.

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