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La confianza: sobre cómo se vive la pandemia en Salliqueló.
Por Cecilia Miano

 

GUARDA CON LAS CURVAS

Los acontecimientos por el pueblo siempre encuentran un ritmo diferente del resto del mundo. No importa si se trata de festejar un cumpleaños, de hacer circular un chisme o de afrontar la pandemia mundial del coronavirus.

Antoine Pevsner
Antoine Pevsner

Salliqueló dista de la cuidad más importante del país un poco más de quinientos km. En esa lejanía o en esa cercanía, según convenga apreciar, se produce un compás caprichoso, donde las noticias llegan pronto, pero las curvas tergiversan el sentido. La pandemia no podía ser la excepción. Cuando se decretó el aislamiento social obligatorio, los ojos se posaron en las posibles amenazas que pudieran acechar al pueblo. Las miradas, de por sí virulentas para opinar, se volvieron agudas y punzantes en este tiempo de cuidados. Recordemos que todo empezó el 20 de marzo: listas de quienes entraban al pueblo y vigilancia sanitaria son modos decorosos del decir, para describir qué pasaba en esos días por estos pagos.

Aquí, casi toda la población está nominalizada por portación de cara o de auto. Acá todos nos conocemos, sabemos o creemos saber sobre la vida de cada uno de los habitantes. Opinamos y, en muchas ocasiones, decidimos por ellos. Si esto les parece una exageración, los invito a pasar una temporada en mi pueblo y verán cómo funciona.

  

LA MIRADA PUESTA EN EL OTRO

Desde el día uno del aislamiento, se trabajó denodadamente en todos los aspectos de la vida puebleril. Cada uno de nosotros encontró la necesidad imperiosa de estar muy atentos, ya que la estructura sanitaria no cuenta con la complejidad suficiente para dar batalla a un virus desconocido. Este es el fundamento, real y tan poderoso, que hace al pánico mezclarse con escenas dantescas.

Remolino.
Remolino.

Las causas para desatar denuncias se encuentran en el mercado de la esquina, o en la tienda de ropa. El espanto hace que la mirada se mida por metros de desconfianza. La policía corre tras la voz de alarma de un vecino o de una remisera, que importa a su amante de una localidad aledaña, con tan poca astucia, que lo hace esconder en el baúl del auto ante la mirada atónita de un camionero. Claro, el camionero va y la denuncia ante el control policial de la entrada al pueblo. Y, así, ir tras ciudadanos que “escapan a comprar algo innecesario”, se vuelve una consecuencia de un círculo de delaciones, donde el cuidado es lo que menos importa. Estas noticias toman estado público, alimentan el aburrimiento de la gente. Entre tanto, continúan los descargos en las redes sociales para divertimento de quienes leemos esto el domingo.

Salliqueló es un mundo casi irreal, si lo mira un citadino. Las cruzadas que se desataron durante este aislamiento hablan de la raíz del pensamiento salliquelense: todo está bien, pero lo que pasa afuera es un desastre. Como “si los de adentro” guardasen todas las medidas de seguridad requeridas e hicieran las cosas bien y “los de afuera” fueran todos delincuentes y faltos de amor por el otro. Este adentro y afuera se replica en cada casa: hacia el interior, vive el bien. Hacia el exterior, solo queda estar pendientes de los demás, en nombre de sostener un sospechoso equilibrio.

 

UNA CORONA MERECE UNA BOCA ROJA

Mi hija más chica se recibió y, con mucha ilusión, se fue de viaje a Europa con dos amigas. Casi de mochileras, llenas de ansias por recorrer ese mundo tan lejano desde acá, y tan venturoso, para sus veinticinco años.

oleoDespués de veinte días de viaje, las chicas llegaron a Venecia, que las recibió en pleno domingo de carnaval con una noticia, en ese entonces, leída con un tinte casi irreal: un virus daba vueltas y el carnaval se suspendía.

En esa ocasión primó la confianza: las noticias no se anunciaban con la potencia de una pandemia. En los sitios informativos el asunto no se encontraba en primer plano todavía, apenas se susurraba entre dientes. Así se decía: “España no tiene casos…”. De ese modo, el viaje era puras fotos llenas de alegría en ojos, chispas y sonrisas con bocas de color intenso por la emoción. Nada podía salir mal…. ¿O sí?

 

MATE EUROPEO

Para abaratar costos, planearon el viajen en autobús, desde Venecia a Madrid. El destino se adelantaba por esa sombra con aroma oriental. Parecía que una enfermedad iba a llegar desde China, pero no había mucha precisión. Y, siempre que leemos noticias, pensamos: tal vez, no son verdad. Ya incorporamos el ejercicio de leer con una desconfianza fundada en tantas mentiras. En los audios de ese entonces, aún se escuchan los ecos de una palabra hoy tan usual: CUARENTENA. Poco a poco, ella se volvía lenguaje cotidiano. Los chinos eran los señalados con el dedo: cincuenta chinos se iban de la ciudad, me dijo Malena.

Así las cosas, llegaron a destino, España iba a cobijarlas. Sin embargo, cuando fueron a retirar su equipaje, se encontraron con la realidad: les habían robado todas las pertenencias. Parece ser que los robos en España son muy frecuentes, sobre todo a los turistas.

abstracto
Abstracto.

Después del robo pudieron rescatar los vínculos que hacemos en todo el mundo, porque no los hacemos directamente. Entonces, los amigos de los amigos salieron rápidamente en auxilio: invitaciones a tomar mate, a dormir en casas de desconocidos, a suspender una reunión para charlar con Luli y Male y hacerlas sentir mejor. La confianza acercó los corazones y trajo un piso firme otra vez. Cuando todo estaba programado para hacer realidad el proyecto más aventurero de sus vidas, el horizonte se tornaba enfermedad y robo. La angustia de esos días se despejó con música y mucha charla, ya que adelantar el regreso a casa era demasiado costoso.

 

TORTAS Y MISERIAS

El 9 de marzo, el aislamiento ya era un compromiso moral, aunque tantos días sin ver a los seres más queridos generase resistencia.

Las indicaciones las daba Leticia, mi prima, quien sostuvo la parte médica con el amor de familia y la insistencia de protocolos díscolos, que avanzaban de a poco y se flexibilizaban por ratos. Las dudas, se sintieron a cada paso. Como si el camino a casa hubiera estado lleno de obstáculos no muy identificables. Todo teñido de oscuridad pegajosa.

Malena y Lucila llegaron a Ezeiza de madrugada. La angustia iba a pasos cortos, con golpeteos inaudibles.

David Smith
David Smith

Dos días después de la llegada, apareció la fiebre. El miedo ronroneaba y se hacía cuerpo en temperatura. Malena y su internación, en absoluta soledad, daban más miedo aún. Aunque Leticia estaba presente, Malena no podía tener contacto con nadie. Una mamá enloquece con cualquier fiebre pero, en tiempos de coronavirus la racionalidad es aniquilada más fácilmente. El pensamiento desespera en kilómetros de ruta, en piruetas con las ruedas que anduvieron muy rápido. Llegué a Buenos Aires, casi a través del aire porque supe dónde estaba el piso firme. La incertidumbre del peligro, la desconfianza de las noticias, qué era cierto; qué exagerado; cuánto, el peligro real.

El jueves a la tarde llegué a CABA y fui a la clínica donde Malena estaba internada. Parecía que mis ojos destellaran virus, y pocos entendían que no había tenido contacto con mi hija, que ella había estado sola desde su llegada. Todo fue confuso, gobernaba un miedo indecible.

Desnuda. Piere Lenoir
Desnuda. Piere Lenoir

Así pasaron siete días, de llevar ropa nueva -la de ella no la podía usar-, de viodeollamadas y ninguna comunicación con los médicos. Claro, como ella es mayor de edad, yo no accedí a ninguna información de su evolución.

Después de cambios casi diarios en los protocolos, el día número ocho, se anunció que volvía a su casa, sin permitir el contacto con nadie.

Ese fue el momento culminante de descontrol en el edificio. Ya hacía muchos días que las miradas me esquivaban, nadie usaba el ascensor. Las llamadas de la administración sirvieron solo para que la tensión fuese en aumento. El miedo era todo lo que nos rodeaba hasta que una vecina, una mujer joven del quinto piso, dejó en la puerta de Malena un recipiente con torta para hacerla sentir mejor. Ese acto tan cercano con lo amoroso nos llenó de emoción en tiempo de amenazas.

En el edificio, el revuelo siguió hasta hacernos sentir que no teníamos derecho a vivir allí. Nunca estuvo tan limpio, nunca hubo tanto silencio en los lugares comunes. El vacío fue profundo. Ya ni las miradas se cruzaron.

 

MUNDO SALLIQUELÓ

Atravesar una pandemia es como jugar un mundial sin haber recibido una invitación.

Malena es conocida en el pueblo. El problema es que habían confundido su nombre con el de su hermana mayor, que reside aquí. Eso despertó una locura casi generalizada en la población. Algunos la vieron en el mercado, todos aseguraban que haber estado en contacto con ella, por lo que la posibilidad de estar todos infectados era casi una aseveración.

Nada de eso pasó, pero Malena es la contagiada número treinta en Argentina. Y otra vez, Salliqueló, pueblo chiquito si los hay, con una coronada nativa, daba qué hablar. Todo un suceso.

 

TENGO UNA SOBRINA CON CORONA

Después de la recuperación de Malena, mi amiga Silvina la llamó. Con la voz aturdida de alegría por la recuperación, le dijo:

– Estoy muy contenta de tener una sobrina que tuvo coronavirus. Puedo hablar con todos y me escuchan con atención.- Decía entre risas mezcladas con palabras.

Malena se río un poco, primero. Después, mucho más. Un rato más después me dijo:

– Es lo mejor que me pasó en este tiempo, saber que alguien pudo servirse de esto para sentirse bien por un rato, para divertirse de este desastre, para poner un poco de color en este gris oscuro que no nos quiere dejar.

Espiral.
Espiral.

Las amenazas están, por la pandemia y por la vida misma. Las desgracias y las alegrías se viven diferentes. Las percibimos con otro aroma.

El mundo era uno, y desde ahora será otro para todos.

En Salliqueló muchas cosas nunca cambiarán.

 

 

 

 

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