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La confianza: sobre el uso de las palabras.
Por Liliana Franchi

 

LA LECHITA DE LA MEMA ES POPÓ DE LENGUAJE
Agachada, cuan junco doblado, casi a la par del niño de unos cuatro años, Amelia habla con persistentes diminutivos. Distorsiona palabras que luego el niño deberá re-aprender: “mema” o “baubau” por mamadera y perro. A su vez, se dirige a una vaca de tamaño importante como “vaquita” que nos da la “lechita”. Matías, en perplejidad absoluta, escucha sonidos agudos en estéreo una y otra vez. La mirada adulta y su ceño de incomprensión quedan dibujadas en el patio de la casa: ¿cuánto confía ese pequeño en la palabra de una señora quien, además de distorsionar la realidad, insiste en el grito casi pecaminoso de alivianar los tamaños de las cosas, o en minimizar sus significados? Sin riesgo a confundirme, pienso que la sensación de Matías es de certidumbre incierta.

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UN CADÁVER FLAQUITO
El slogan cotidiano de la publicidad sobre el cuerpo propone una figura ideal, por lo general, delgada. Ese es el estereotipo de mujer impuesto por el sistema que llevó a Clarita a la anorexia. Palabras y más palabras con incidencia nociva. Lejos de una vida saludable, su cabeza, poco a poco, se llenó de una estética imposible, endemoniada, letal. Esta adolescente no pudo desovillar el discurso. Y, lamentablemente, para cuando ella se acomode a su mundo real, otras jóvenes serán víctimas de la misma perorata estremecedora.

 

LA PARRESÍA (1)

El poder del lenguaje irrumpe en nuestras vidas, como un salvoconducto transformado por nosotros mismos. Hiriente, emerge de una garganta oscura y tenebrosa. No obstante, nosotros poseemos otra herramienta frente a este influjo; creer o dudar. Ceder, ser obedientes a la plática del otro, o criticarla CON una propuesta superadora que, como tal, desvirtúe la primera. Conquistar la lengua a modo de imperio en contraposición a evaluar esa dialéctica como disfrute. Ubicarnos definitivamente en el hablar que construye, motiva y convoca. Esto va de la mano del sujeto quien, al hacer uso de una jerga noble, produce una reacción de creencia. Una fe irresistible. Tengo la convicción puesta en aquel que pueda ejercer sobre mí la franqueza de un modo dúctil, afable del “decir”.
La duda deja lugar a una crítica convocante, una evidencia sincera que invita a relacionarse desde un lugar sin construcciones válidas para el prejuicio. Entonces, ¿es el modo más importante que el contenido mismo? Quizás lo sea. Decimos las peores cosas en tono afable, y el receptor no pone en evidencia su enojo, por lo menos, no lo hace al instante. Por el contrario una pavada dicha irritantemente, enuncia una barrera difícil de sortear.

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UN AHORITA DÍSCOLO

Colombia, 1999.
Sentados a la mesa de una barcito rústico, los cinco escaladores pidieron café caliente. -Ahorita vengo- dijo el hombre, mientras levantaba una mano. Así fue que pasaron largo rato esperando la bebida caliente, por desconocer el significado de ahorita, o por asociarlo al sentido que le damos en Argentina.
Preocupado, Montalvo vino a decirme que una profesora lo había insultado. Sorprendidos ambos, trataba de explicarme toda la situación. Es un buen alumno, pensé, y “la de lengua”, como él la llamaba, era tranquila. Eso sí, cargaba el peso de los años en su espalda, a punto de jubilarse. Entre idas y vueltas logré sacarle la palabra agraviante que resultó ser una ofensa para él. Me dijo “díscolo”. Fin del cuento.

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CULTO SIN RELIGIÓN
Entonces, pensamos en las palabras que recibimos y confiamos en ellas. A menudo, mal interpretamos. Lo hacemos significativamente. Somos conscientes: el lenguaje podría ser cálido hasta el abrazo, ruin incluso hasta a las lágrimas, indefinido en su contexto, sensible. Moldeamos lo que golpea por fuerte, desposeído o vulgar, a veces lo transformamos, otras nos deja desolados. Es el punto en el cual ya no tenemos más seguridad. El lenguaje puede ser disidente, pero agradable y bondadoso, con intensas superpoblaciones de letras que se conjugan en forma dócil, donde nos sentimos animados, aceptamos con humildad el fortalecimiento. Nos tranquiliza el aliento, la cordialidad, la llaneza. No validamos la agresión ni la presunción de aquello que resquebraja el empuje. La desconfianza es una máquina improductiva, con costos elevados.
Hagamos de las palabras dichas y escuchadas un culto sin religión. Si creemos en algo o alguien es porque confiamos. Este “confiar” nos posibilita un aprendizaje en la vida cotidiana. Alcanza el amar, el compartir, el crecer, el arriesgarse. Si no lo hacemos, quedamos con una certeza estéril. Construyamos confianza, tengamos la positiva expectativa de quien nos deposita con humildad, sabiduría o altivez, su propia palabra.

 

 

(1) En la retórica clásica, la parresía era una manera de «hablar con franqueza o de excusarse por hablar así».

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