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La queja: sobre largar todo y mandarse a mudar.
Por Nicolas Estanislao Sada

 

 “la costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas”
Oliverio Girondo

 

PUNK ROCK “FÜTBOL”

Escribir sobre fútbol equivale a recrear de otro modo lo que los espectadores – los hinchas- ya conocen. ¿Quién, con la posibilidad de asistir a un estadio, desea que le cuenten el partido? No, no es esa la función de la palabra. Ningún libro descubrirá quién fue Diego A. Maradona, Johan Cruyff o José Santos “Pepe” Romero. Eso habita en la mente del hincha. O, en el anecdótico imaginario.

O, incluso, en el murmullo inexorable de la tribuna.

El raro misterio de las palabras consiste en darle valor y emoción a lo que ya sabíamos.

El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. No estamos seguros de encontrar tiempo para ir al dentista o ir a lavar el auto después de trabajar todo el día, o a visitar algún pariente de los más cercanos. Pero sabemos, con estratégica anticipación, a qué hora o dónde nos encontraremos para la comida previa a la cancha.

El fútbol, decía, puede ser predecible. El resto de la vida, en general, no. Y es ahí donde las cosas se desencajan.

En esta crónica,  voy a intentar vincular  la estrecha relación entre la “queja” – tema de este número –  el fútbol y- un poco- la filosofía. Por supuesto, voy a referirme al fútbol menos convencional de todos. El fútbol de las orillas. El fútbol refugio. Ese que desarticula hasta la propia matriz y desafía lo establecido.

Y a la queja, en cuanto motora: esa, de pase hacia adelante. No la queja ocasional, la queja por la queja misma en cuanto un gol que no fue, o aquella por una expulsión mal convalidada.

 

PIRATAS DE LAS ORILLAS GERMANAS

“Hells bells”
Canción de AD/DC con que ingresa el equipo al estadio

 

Años 80: Volker Ippig, el cancerbero, el abanderado de la revolución que transformó al Sankt Pauli Futbol Club en una gran referencia del fútbol a contracorriente.

Me detengo brevemente para narrar el contexto.

Sankt Pauli es un pequeño club con sede en San Pauli, el barrio del puerto de Hamburgo. El club cuenta con muchísimas particularidades, entre ellas, el haberse convertido en el primer equipo alemán en prohibir oficialmente los cánticos racistas y las banderas neonazis en su estadio. Excepto fascistas y racistas, todo el mundo es bienvenido en las tribunas de Millernto Stadiumsr: punkis, okupas, anarcos, ultras, aficionados venidos desde todos los confines del mapa, hinchas de cualquier raza o religión. Y mujeres, sobre todo, mujeres. No en vano es el equipo europeo que cuenta con mayor presencia femenina en su estadio. Los estadios existen para jugar a la magia. El mundo, para vivirla. Y el Sankt Pauli los aglomera.

Volker Ippig, arquero y okupa en el barrio. Contracultural. Durante diez temporadas militó y revolucionó al equipo pirata. Incluso logró el ascenso en la temporada 1988/1989: acontecimiento total en la vida del pequeño barrio obrero.

 

TROTABUNDES

Ippig, arquero titular y protagonista de una transformación, descubrió que su compromiso social y su particular forma de entender la vida condujeron su carrera futbolística hacia senderos insospechados.

Así, en el año 1983: sin previo aviso, decidió dejar provisionalmente el fútbol profesional para trabajar como voluntario en una guardería de niños discapacitados«Estaba disgustado con el fútbol. Estaba cansado de perder mi tiempo pateando un balón. Quería vivir nuevas experiencias. La gente pensó que era una locura desaprovechar una oportunidad única en el Sankt Pauli»

 

Para Ipping, Sankt Pauli era su lugar en el mundo. Pero su corazón- como él mismo admitió hace unos años- latía hacia el lado izquierdo. Así que, a mediados de los 80, decidió volver a anteponer su compromiso social a su carrera deportiva y se alistó en una brigada de trabajo voluntario en la Nicaragua sandinista, país que acababa de vivir sus primeras elecciones democráticas, tras el derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.

 

 

PUÑOS BIEN ABIERTOS

Volker regresó a Hamburgo después de colaborar en la construcción de un hospital en la Nicaragua sandinista, pero las cosas no fueron nada fáciles. «Nicaragua me había cambiado. Los nicaragüenses tenían menos dinero que los alemanes, pero eran mucho más felices y vivían mucho más relajados que nosotros. Sentía que ya no encajaba en el mundo del fútbol. Me había acostumbrado a ser libre, a ser independiente. Salí del Sankt Pauli y volví a Lensahn, con mis padres. Ya no entendía el mundo. Ya no me entendía a mí mismo. Todo era contradicciones, estaba deprimido. Al final, pensé: ‘Volveré a intentar disfrutar del fútbol, volveré empezar de cero’. El fútbol me salvó»

El fútbol es la expresión impensada de un deporte colectivo. En su concepción habita el submundo arquero: precisión en el detalle, fuerza de piernas, exceso de atención, conquista de lo imposible, descolgar con las manos bien abiertas cualquier angustia – en forma de centro – que llegue a su solitaria posición.

 

NOTIFICACIÓN SIN DOBLE CHECK AZUL

Desde que me topé con las diferentes lecturas de Ipping, no hago otra cosa que darle vuelta al asunto para encontrar cómo conectarme con él, cómo echar andar algunos sabuesos 2.0. Pero la empresa no es nada sencilla.

La fe no se pierde cuando la osadía es grande. Y, mientras leo, construyo y narro la nota, entrada la madrugada de un domingo en cuarentena, pispeo de reojo si me llega alguna notificación de contacto con el amigo portero alemán.

La posibilidad última de una cosa siempre puede alterar la realidad en forma inexplicable. Esto no significa que la magia sea parte de la lógica.

También, luego de escribir algunas otras crónicas, donde precisamente se presentan arqueros, ver por ejemplo: El olvido hecho pelota – pienso ahora, que el arquero es un gran solitario de la contienda, dispone de más tiempo para la reflexión, por eso suele, quizás, ser un intelectual – uno que lee entre líneas – el excéntrico del equipo. Ningún arquero es ajeno a su vida interior, orilleada adentro de la inmensidad tras la línea de cal.

En este caso, Volker y sus concretas formas de vivir me llevan a Diógenes de Sinope – lo expresa mejor que yo – filósofo griego perteneciente a la escuela cínica. Su idea de libertad consistía en tener una vida natural e independiente a los lujos de la sociedad. Según él, la virtud es el soberano bien. Pero, ¿qué es la virtud? Aquella que comprende: los honores y las riquezas son falsos bienes, trampas a despreciar. El principio de su filosofía consiste en renunciar en todos los ámbitos a lo convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades.

Así es, somos un fragmento en el camino, somos pasiones imaginarias, la queja quizás nos esclavice, nos paralice, pero su superación, en forma de protesta, como experiencia de potencia creativa, nos moviliza a romper, a salir al juego de toda la cancha. Los antihéroes no suelen aparecer en las fotos y, menos, contestar mensajes. Pero, para siempre, quedan  en el registro singular de quienes amamos tanto el tempestivo grito de gol como la palabra justa.

 

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