image_pdfimage_print

LECTURISTA: sobre “Lawfare, o la continuación de la política por otros medios”, de Gabriel Chamorro.
Por Gabriela Stoppelman

 

LA MAQUINITA DE LOS CICLOS SIN CANDADO

Llegó a mis manos el libro de Gabriel, justo cuando leía un fragmento de “El Anti Edipo”, de Deleuze. Decía el agudísimo Gilles, que el capitalismo es una máquina que ha sustituido los códigos por una axiomática. Sí, una axiomática. Como quien dice, una producción de normas a la carta. Ya bastante mal nos iba con los códigos, como para “evolucionar” tan desgraciadamente. En la sociedad de códigos, la injusticia era explícita, la repartición inequitativa no se disimulaba y la familia resultaba el centro desde el cual se pactaban alianzas y filiaciones. Decodificados los flujos de dinero y desterritorializada la fuerza de trabajo, la máquina comenzó a funcionar al revés y a reproducir capital, poder y prepotencia, al infinito. Las alianzas y las filiaciones quedaron, entonces, en manos del capital financiero, del bancario y del comercial. Y la familia se volvió el blanco contra el cual inyectar las codificaciones imprescindibles para alimentar al monstruo. Así, perder la capacidad crítica, levantar fogatas furiosas contra enemigos (de quienes se conoce poco menos que el titular martilleante de un diario), o sostener un aparato como el del lawfare, “una violencia material y simbólica, que se fortalece en el escenario ficcional de la democracia representativa, de falsificación de la política (su negación) y de desarme discursivo” (1), son parte de esa misma perversa máquina: un bicho diseñado para devorarse, con urgencia, cualquier intento de desmontarla. Sin embargo, ¿qué asunto más imperioso tenemos en agenda, que intentar torcer esos pandémicos engranajes? ¿Podríamos eludir a la máquina sin eludirnos?, ¿podríamos replegarnos en lo íntimo y en lo privado, como un castor temeroso de sus predadores?, ¿inmolarnos solitos contra un enemigo que puede pisotearnos en un instante, como a una hormiga? No. Mejor buscar un camino que abra las puertas a la potencia colectiva. Un curso que, para empezar, rasgue las imposturas del lenguaje. Porque, si conversamos y escribimos con moneda falsa, no podemos pretender conseguir mercadería de primera.

 

CON PÁTINA DE GUERRA

El libro “Lawfare o la continuación de la política por otros medios” tiene muchas puertas de entrada. Reflexiones, información, desarrollo de casos, puesta en contexto histórico, acercamientos a una posible definición del asunto y, por si fuera poco, un prólogo de Pedro Brieger. A mí me interesó entrar por el enorme portal que el texto abre hacia la cuestión del lenguaje. Un tema bastante soslayado, un problemita aparentemente secundario, como si se tratase apenas de una cuestión de herramientas y no de un territorio que es, a la vez, el árbol, el serrucho, la madera, la mesa y hasta el modo de sentarnos alrededor de ella. Ya en la introducción nomás, leemos: “Nótese que se extiende a múltiples usos la noción de guerra. Así tenemos ‘guerra contra el crimen’, la de ‘pobres contra pobres’, contra las drogas, del petróleo, por el agua, por el litio, ‘guerra de pandillas’, ‘guerra bacteriológica’, contra el narcotráfico, la inmigración y el terrorismo. Cualquier querella tiene derivaciones de lenguaje blindado: ‘desembarco de tal o cual empresa en determinado país’, ‘ultimátum frente a los subsidios’ por ‘aumentos de tarifas’, ‘batallas contra el hambre’.” (1). Y, de esta pátina bélica, no se salvan ni las épocas electorales, esos aparentes umbrales que garantizarían el funcionamiento de un Estado, por lo menos, democrático: “los candidatos esperan resultados en sus ‘bunkers’, ‘se alistan’ y se ‘pertrechan’.” (1). Así, el lenguaje avanza como una babosa aérea, que no respeta fronteras ni particularidades, y viene a caer siempre en la punta de nuestro aliento. Así de disponible, nuestro aliento lo cocina, lo adoba y se nutre de él. De ese modo, comercio, política, guerra y derecho se intrincan en una sospechosa cinta de Moebius, donde el reenvío y envío de enlaces no tienen fin. ¿Dónde cortar el movimiento?, ¿dónde detener la continuidad entre táctica y estrategia? ¿Cómo impedir, por ejemplo, “una práctica de persecución y destrucción de adversarios o enemigos políticos, empleando como arma los procesos judiciatorios. La intención de esta práctica persecutoria, gestada en la academia militar estadounidense, es la de perseguir opositores mediante mecanismos que no generen la mala prensa que tienen los atentados, asesinatos, desapariciones.” (2)?

ENTRETEJIDOS

El lawfare no debilita a la democracia, sino que es una consecuencia de la debilidad de la democracia”. Y, más adelante, el texto agrega: “el lawfare requiere de la menor cantidad de controles posibles (…) de la menor cantidad de exigencias en materia de garantías, reglas, controles”. Interesante cuestión para volver a la problemática de las palabras. Hoy el manual que marca los caminos de la escritura está en manos de gifts, stickers, abreviaturas de abreviatura de palabras, recorte y disminución sin síntesis, enfáticos que no enfatizan nada: ‘¿Cómo andas?’ ‘Bien. Nada’. ‘Está todo bien, nada’. Curioso que, de todas las palabras posibles para muletilla, se imponga una arrasadora, vaciadora, nulificadora de todo contenido. Lo que quiero significar no es que sea necesario inmovilizar al lenguaje en el corsé de una academia ni someter a nuestros niños a la repetición de tediosas reglas. Digo que el vale todo es la ausencia de todo. Y esa ‘nada’ es lo contrario de la multiplicidad, espacio único donde el lenguaje se enriquecería. De otro modo, es solo tierra arrasada, libre para pesticidas y monocultivos, libre para la descomposición del cuerpo social, con la mera excusa de un pretendido paso a una nueva y súper modernidad. Es decir, a más y de lo mismo, cada vez con peor olor.

No, el lenguaje no es un tema aparte. No hay ninguna cosa aparte en un mundo, como nunca, estandarizado. Un universo obsceno, donde la única posibilidad de diferencia es la novedad y nunca lo nuevo. La novedad, el viejo cliché vestido con otro glamour.

Sí es cierto, que aquello que les sucede hoy a las palabras -aquello que hacemos que les suceda-, no explicaría demasiado, si no lo entretejemos con las otras puntadas decisorias implicadas en el desabrigo actual. “Otro error difundido consiste en suponer que una información calumniosa, falsa o distorsionada constituye un ejercicio de lawfare. Para que ello suceda deberán existir ciertas condiciones necesarias previas: presión comunicacional intimidante con resonancia judicial; actuación en pinzas. El grupo o la persona deben percibir acciones y amenazas coordinadas entre las empresas periodísticas y el Poder Judicial de una entidad tal que pongan en peligro efectivo los bienes, la libertad y la seguridad de los afectados.” (1)

Salvadas las enormes distancias, pero siempre dentro de la misma cinta retorcida de Moebius, ¿cómo opera la amenaza a la hora de intentar escribir, cantar o componer una voz propia?, ¿no es idéntica la forma en que se levanta el dedo admonitorio del mercado, el de los deseos codificados, el del top trending de las redes sociales?, ¿ no es un calco el modo en que se pone en peligro nuestra seguridad económica, nuestro pertenecer al mundo, cuando intentamos hacer una curva en la forma de disponer, distribuir y compartir nuestra escritura? Salvadas, salvadísimas las distancias. Claro. En principio, no iremos en cana, no amenazarán a nuestros hijos, no estaremos entre los contactos de la famosa “espiadura”. Cierto. Pero, finalmente ¿no habrán logrado sacarnos de nuestro sitio?, ¿no habrán dispuesto el orden de nuestra gramática, el rumbo de nuestros versos y hasta los temas convenientes para que nuestro pulso no se quede afuera de la ‘fiesta’?

La poesía acomplejada, que cuenta y no canta -sólo para que se entienda más-, el docente que no atiende ni a qué ni a cómo escribe sobre el pizarrón, el analista que vuelve funcional la inoperancia de ciertos deseos, el jefe que dice que no es jefe y el empleado sometido a su sueño de ser jefe, ¿quién se escapa de la cinta de Moebius?

 

DE MALA FE

Opera en la Región un deliberado y acelerado intento por retrotraer al proceso penal al espacio de la creencia
Yo creo que Lula es culpable”
“Yo creo al fiscal federal Alberto Nisman lo asesinaron.
No hay pruebas de terceras personas en el departamento de Nisman al momento del hecho, lo avalan las pruebas balísticas, planos, reconstrucciones, testigos, etc.”
No importa, yo creo que lo mataron.” (1)

La banda de Moebius. Una superficie de una sola cara, reglada. Para construirla, se toma una tira de papel, se da media vuelta a uno de sus extremos y se los pega. Se puede usar papel de diario, papel judicial, papel mitológico. Puede usted, incluso, usar el resto de una leyenda si, previamente, la escurre de todo potencial de verdad.

Eso sí, no use el soporte de una buena novela, porque suelen estar llenas de ideas, que no admiten ningún dios a la carta capaz de detenerlas. No use papel sobre el cual se haya atrevido un buen poema, porque se le puede venir abajo toda teología. Tampoco intente vehiculizar una auténtica reforma judicial, ni un auténtico proyecto para terminar con la tenebrosa axiomática. No haga eso. Puede funcionarle como una filosa tijera. Y hasta podría dejar a las claras, que no hay ningún destino oprobioso que sea necesario soportar para siempre. Que no hay ningún destino.

 

(1) Gabriel Chamorro, “Lawfare, o la continuación de la política por otros medios”.
(2) Eduardo Barcesat.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here