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La queja: sobre las quejas frecuentes en la cuarentena salliquelense.

Por Cecilia Miano

BANDOÑONEAR

Ricardo Ávalo
Ricardo Ávalo

La queja, esa herramienta expresiva para calmar el malestar que nos rodea o para aliviar cualquier motivo que altere la paz; esa, que casi nunca logramos los humanos de a pie. Las nubes siguen su camino, porque siempre hay un viento capaz de disipar la sombra. Entonces, de a ratos, podemos ver el sol.

Algo muy habitual es sentir en la queja un vehículo posible para el bienestar. Cuando los problemas nos rodean, muchas veces ponemos la culpa fuera de nosotros y logramos ubicarla fácilmente en cualquier ámbito de nuestra cotidianeidad. Hasta el bandoneón se queja en ese tango tan exquisito, “Queja de un bandoneón”, donde los golpeteos del ritmo intentan recrear los propios pulsos al quejar: más livianos o más espesos, allí, los argumentos se vuelven imposibles. Así y todo, en el tango, los males son el sentido de muchas de las letras. Escuchar quejarse a un bandoneón es una sensación sanadora, como si el instrumento nos interpelara, nos atravesara para que podamos entender algunas cosas.

Ahora bien, el ego es el principal orquestador de este sistema de defensa tan habitual: me quejo de algo o de alguien e, inmediatamente, logro quitar de encima esa molestia o dolor agobiante. Así, en un mundo ególatra, los aires de los quejosos se alimentan de todo lo que encuentran.

Imagino a la queja como un elemento propio de la fantasía, un ente hambriento, con incalculables deseos de bienestar, hinchándose en cada movimiento. De cualquier manera, siempre creemos que, desde la queja,  podremos vehiculizar la energía hacia un lugar de encontronazo con el cambio.  Sin embargo, en tiempo de pandemia, la queja anda en la calle, en la casa, en el pasar cotidiano con otros.  Donde antes ella no era convocada, hoy se despereza oronda.

 

LAS SESIONES DE FAMILIA

Este tiempo del planeta, el encierro, provoca preguntas caídas acerca del devenir de nuestros vínculos. La razón se vuelve caprichosa. Si las relaciones intrafamiliares siempre han sido complejas,  ahora se han complicado más.

Hace tiempo, los miedos de mi papá hicieron estragos en su endeble salud. Un hombre luchador hasta ahora, como ninguno que yo haya conocido. El Covid 19 comenzó a estrangular su convicción de poder ganar esta batalla. Y esto hace que mis piernas se vuelvan blandas en muchos momentos. Verlo desde ese lugar tan vulnerable me transfiere su dolor. Entonces, quienes lo rodeamos luchamos como lo hizo él. Desde el amor, desde el miedo más brutal, desde la inteligencia y desde el desencanto.

Lo mágico es que, en mi papá, se despertó un mecanismo de defensa y, por ratos, vuelve a la queja la espada para seguir. Descubrió cómo posar la culpa en detalles menores, siempre ajenos. Una febrícula se instaló en su sistema y, hace más de treinta días, azota la cabeza de todos. Sobre todo, la de él, el mayor de la familia. El termómetro es el elemento vital para sostener cada embate y controlar el pulso de la amenaza permanente. Así transcurrimos los días, entre cinco y siete centésimas de diferencia, que disponen el ánimo familiar. Ante este cuadro, la necesidad de estudiarlo se hizo indispensable y allí marchamos hacia nuevos desafíos en época de pandemia: permisos nacionales y distritales para circular, entrar y salir de cada localidad. En cada estudio médico, el enfermo debe entrar solo a los lugares de atención. Así las cosas, debí idear una nueva forma de acompañarlo. Cuando llegamos al centro de estudios, lo vi salir del auto, con decisión de quién busca certezas. Los pasos de mi papá, ahora flacos, se deslizaron por la calle húmeda para entrar a la clínica. Entonces, un suspiro me atravesó, y eso cambió todo.

Pero no todo es alivio. Sus lamentos se despiertan en ráfagas inesperadas que, a esta altura, ya me resultan divertidas. Por ejemplo, en una ocasión, íbamos a concretar nuestro turismo sanitario, cuando resonó su voz entrecortada, en un decir casi inaudible:

El camionero que baja por un camino rural es un delincuente incumplidor de protocolos vigentes, no pasa por el control policial, no entra en horario al pueblo; los responsables de los permisos no tienen idea cómo hacer las cosas más difíciles, el control policial de la entrada y la salida tarda mucho. Es preferible hacer los permisos en papel y no mirarlos desde el celular, como hice yo. La gente sale mucho, mirá la cantidad de autos que cruzamos en la ruta.”

Debo aclarar que, también según sentencia de mi padre, los termómetros no son buenos como antes, porque se le han roto varios en estos días. Eso, por no hablar de que las líneas de temperatura se mueven, aparentemente, de acuerdo a quién mira el aparato con mercurio. Si lo mira otro que no sea él, puede que marque menos temperatura…

La sonrisa me puede en memoria de otros tiempos, cuando su lucha pasaba por el optimismo. Ahora, si el control lo abandona, estamos en problemas.

Hay algo importante para destacar: él es el hombre más cumplidor de reglas que conozco, nunca lo vi incumplir ninguna. Sin embargo, en estos tiempos y con su dependencia de unos grados en el termómetro, las reglas se volvieron casi indiferentes para mi papá. Las esquiva sin decir, sin reconocer, cuando no le conviene. Es como un niño travieso contra avatares fantasmagóricos.

Peine de los vientos

LA QUEJA PERDIDA

Ella se vuelve más sencilla sin queja. Es docente desde chica. La carrera comenzó en  el fondo de su casa, cuando jugaba a ser la señorita de la escuela. Siempre tomó los referentes más amorosos de la institución donde iba.  Así, los modos dulces se volvieron lenguaje, en busca perpetua de nuevos desafíos.

Nunca nadie, ni ella que es muy fantasiosa, imaginó algo parecido a la realidad de estos días. Dar clases sin escuela, sin alumnos a quienes que mirar a los ojos, sin medios con los que compartir tonos y muecas. En muchas ocasiones, los retos demandaron de sus habilidades para concretar sueños. Pero el de este año parece haber salido de una película de las que no le gusta ver.

Los alumnos en medio de la angustia y las familias en un intento por sostener lo posible, hacen de sus días una aventura escabrosa. Los comunicados, los videos, las explicaciones en el papel- porque hay muchos chicos que no cuentan con  recursos virtuales-  la ubican en la mesa de la cocina, con un norte fijo: lograr que sus alumnos aprendan. Se olvida del cansancio, casi todos los días, a eso de las ocho. Es decir, nomás al comenzar su jornada. Y termina cuando la última familia da fin a sus actividades. Porque ella sostiene a alumnos, a padres y a tutores, a hermanos mayores y a todo el circuito que circunda lo escolar.  Entre sus tareas, orienta las lecturas, hace sonidos guturales y muecas extrañas con las que las líneas en su cara se profundizan casi tanto como su preocupación. Sus preguntas envuelven las pesadillas de la noche. Los pensamientos se agolpan para salir, entre llamado y llamado.  Claro, en la escuela todo era diferente. Eso no es una novedad pero, ¿dimensionamos de qué manera cambió todo?, ¿cómo vamos a continuar al regreso?, ¿cuáles son los niños que pudieron sostener sus aprendizajes?, ¿cómo está cada familia en su casa para ayudar a sus alumnos a aprender?

Aquí se vuelve dramático el panorama. Nadie tiene certezas de nada, ni del virus ni de cómo será nuestro futuro inmediato. Sólo sabemos de hoy. Pero un docente está formado para ser previsor, para evaluar cada día el aprendizaje, el ánimo, y el punto de encrucijada de esos términos en cada alumno.

Así, actualmente, se intenta llegar a comprender qué sucede en cada familia. Porque si la familia tiene problemas vinculares, económicos, sociales, otros o todos juntos, la docente es la encargada de indagar, abordar y acompañar. ¿Alguien dimensiona la tarea en la que se encuentra un docente hoy?, ¿de qué manera se afecta su psiquis?

En tres días, los docentes debieron readaptar la profesión, los saberes, las sombras y salir al ruedo con herramientas inventadas a cada paso. Porque lo que funcionó en marzo, hoy ya no.

En este contexto, contra la queja, nada mejor que afirmar la acción. Por eso, a partir del aislamiento social, sus días se llenan de llamados telefónicos: voces de alumnos en busca de respuestas a un sistema de enseñanza que no encuentra certezas. Así, la señorita de primer año intenta resolver la  lectoescritura por clases de zoom y a distancia infinita.

LA GUERRA SILENCIOSA

Los pobladores de Salliqueló pronostican contagios masivos y la queja se instala en las calles de asfalto y en las de tierra. En cada ocasión que les es posible, dibujan realidades paralelas. La normalidad hace meses que se estacionó en la banquina. Acá nos quejamos de todo y con todos, siempre, es parte del folclore que, por estos días, se ha vuelto religión.

Tanto es el malestar que auguramos días de lucha entre nosotros. El espejo es un pueblo vecino, donde un trabajador esencial contrajo el virus. El hombre no solo carga la angustia de estar en una comunidad donde los recursos sanitarios son escasos, sino que también sintió la necesidad de salir a disculparse por estar enfermo, por traer el virus al pueblo, por hacer que todos entren en un pánico alocado. Tirada la bola, los mensajes se contraponen, entre quienes intentan defenderlo y quienes lo culpan sin ningún gramo de empatía. Llegamos a una guerra donde el virus es la excusa.

Poco a poco, los ancianos se  mueren en silencio y los bebés crecen como si los días hamacaran sus sueños en despertares tibios de julio.

De cualquier manera, cuando logramos vivir sin la queja como escaparate, conseguimos curvas. Así, se abre la puerta al deseo, en vez de tanto patalear. Yo no estoy para concluir ni dar consejos, pero quejarse no es negocio en ningún momento. El parloteo constante en nuestro interior nos guía hacia una vida pesada y tumultuosa.

El estar en un pueblo chico hace que la potencia de los reclamos rebote con el límite cercano del paisaje rural. Las quejas buscan un resquicio por dónde fugar. Toda una máquina salvaje y fantasmagórica contra la adversidad.

 

 

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