"Línea transversal" de V. Kandinsky
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El azar: sobre los encuentros y desencuentros.
Por Carlos Coll

 

EL GIRO DE LA RULETA

En mi época de juventud, el servicio militar era obligatorio. Uno podía exceptuarse por problemas físicos, ser hijo único de madre viuda o, finalmente, resultar afortunado a través de un sorteo, en función de tu número de la libreta de enrolamiento: aquel documento tan parecido al soporte donde los almaceneros anotaban “los fiados”, en los tiempos de mis padres. A mí me tocó el número 531: adentro, ejército durante un año y un mes. Todo empezó en Ciudadela sin destino conocido subido a un camión tipo ganado un día caluroso de enero.

Entonces tuve la noticia: iría al Colegio Militar de la Nación como soldado raso. Allí llegamos tambaleantes. En un pasillo del primer piso nos hicieron desnudar contra la pared y nos repartieron la ropa de fajina: a mí, me tocó un calzoncillo percudido que me llegaba a la rodilla. Para abrocharlo, me daba dos vueltas a la cintura. También me entregaron una bombacha marrón descolorida y un buzo caqui donde entraba dos veces. Así, emperifollados, nos arrastraron a un lugar en medio de la nada que, después supe, era un campo del ejército en Don Torcuato, al borde de un alambrado custodiado por eucaliptos. Un mes de fajina intensa sin agua, con cardos y culetazos de Máuser.

En esas circunstancias, mis padres me sorprendieron un domingo con abrazos, llantos y comida tan diferente a los pastichos del ejército. Al baño no lo vi más que en una oportunidad, cuando trajeron un camión cisterna y armaron arcos con caños agujereados. Nos alinearon de a ocho y, al sonido del silbato a la carrera, como peces boqueantes, debimos cazar un hilo de agua. Yo ligué un chorrito que me humedeció apenas el pecho en líneas marrones de mugre.

“Caballo viejo” de Hugo Bolano

En cuanto a la rutina, desde temprano, comenzaban los “cuerpo a tierra”, “carrera march” y “cardos afilados”. Sub oficiales de vozarrones despiados nos sacaban de las carpas de campaña para ofrecernos mate cocido en jarros de lata y pan duro. Sucesos repetidos que anestesiaban nuestras penas.

Todo pasa. De ese modo volvimos al Colegio Militar. Fue entonces que la ruleta corrió. Repartían los puestos de trabajo y yo no calzaba en ninguno. Desesperado, ya me veía entre la bosta de los caballos en las caballerizas. Fui el último a quien llamaron:

“Carlos Coll. Destino: Asistente personal del General, director del Colegio”.

El mejor y más anhelado puesto para un soldado. Nunca supe cómo fue, mi familia no tenía ninguna relación con personajes de las Fuerzas Armadas.

 

LOS SUCESOS ATROPELLAN

Conseguí un permiso especial para salir del Colegio Militar en El Palomar desde las 17 a las 24 horas. Así podía estudiar. Eso sí, tenía guardia uno de los dos días de todos los fines de semana.

Llegaba con tren y colectivo a Paseo Colon, a mi querida Facultad de Ingeniería de la UBA, donde pude cursar solo dos materias: Análisis Matemático II y Física II. Había perdido a todos mis compañeros del año anterior y me arrastraba por los rincones del edificio a punto de llanto. Pero, esa tarde cambié de clase teórica de Matemáticas II porque el docente que me había tocado primero me resultaba muy confuso. Me senté desolado al lado de una desconocida de antojitos y cara de traga, que me sonrió: era Susana y cursaba la materia con su novio, Nicolás. Allí comenzó todo.

La sonrisa me volvió a la cara. Susana y Nicolás se transformaron en grandes amigos con quienes estudiaba uno de los días de los fines de semana, cuando no tenía guardia. Nos reuníamos en Villa Urquiza, barrio desconocido para mí. El escritorio estaba al frente de un hermoso chalet desde donde veíamos pasar el colectivo 108. Susana era una campeona del orden y la programación. Lo tenía todo organizado, ni siquiera se paraba para darnos el café con leche y las galletitas, preparado con antelación en una mesa detrás del escritorio.

“Dallas Sun”  de Julia Pappas

El año transcurrió muy satisfactoriamente. Cursé las dos materias y, en la colimba, mi tarea principal era escribir y armar el libro histórico del establecimiento. Trabajaba en una misma oficina, pegada al escritorio del Director del Colegio Militar de la Nación, con un capitán excepcional que había estado en la Antártida. Este caballero fue como mi “Ángel de la guarda”: compartíamos almuerzos, música, comentarios de cine, sus fantásticas experiencias en el sur. Todos los días me alcanzaba al centro en su auto. Me había tomado simpatía hasta tal punto de cometer ciertas acciones imperdonables para las reglas del ejercito: en una oportunidad, recibió una cana consistente en un fin de semana sin poder salir del colegio, por haberme invitado a cenar al casino de oficiales un viernes, cuando estaba por su culpa sin permiso, por haberme olvidado de comprarle alfileres de gancho para no sé qué pelotudez.

La pasamos muy bien. Pero, el sábado, cuando lo vi y me enteré, me miró y me dijo: “Soldado vaya a su escritorio y no me dirija la palabra este fin de semana”. Por supuesto, no le hablé hasta el lunes. Al poco tiempo lo trasladaron a otro destino. Supongo que habrá hecho carrera en el ejército, se lo merecía era un buen tipo.

Y por fin llegó mi baja un día de febrero del año siguiente.

 

RAMOS MEJÍA EN PICK-UP

“Barcos en reposo” de Paul Klee

Flaco, pelado y desgarbado, ese marzo, Susana y Nicolás me arrastraron a un baile de carnaval en Ramos Mejía. En esa época los boliches de ese barrio eran lo top: “El barco Pirata”, “El Far West”, “Lo de Hansen”, “El Pinar de Rocha” con su pileta iluminada y muchos otros más.

Como siempre, llegué cansado a la casa de Susana en la calle Echeverría en Villa Urquiza. Y allí la vi por primera vez: estaba en la puerta a punto de tocar el timbre. Me sorprendió con una sonrisa arisca y una mueca como quien dice: “que me mirás con esa cara de infeliz”.

Susana me la presentó entre pícara y entusiasmada: “Ella es Cristina, viene con nosotros a bailar”. Le di un beso en la mejilla y nos subimos a la caja de la pick up de Nicolás, agarrados de la baranda y, a los saltos, en cada cuneta. Así llegamos al boliche esa noche de carnaval, bailamos, nos divertimos, la pasamos de diez. Sin embargo, dejé de recordar ese rostro por mucho tiempo. Me había resultado bastante imbancable aquella señorita tan soberbia y presumida.

 

CAMPING, SOL Y ALFOMBRA MÁGICA

Susana, Nicolás y yo seguimos estudiando aquel año en el que reencontré alguno de mis antiguos amigos. Me dediqué a recuperar el tiempo perdido en la facultad debido a la maldita la colimba y, por fin, llegó fin de año con los exámenes finales, las angustias y las alegrías.

En febrero, empeñados en conseguirme novia, mis amigos organizaron una ida a Villa Gesell en carpa, a la que iría una joven con la que me querían enganchar, Dorita. Ella vivía en Olavarría y era amiga de Ana María, una parienta de Susana.

Sin un mango, acepté. En aquel momento no imaginé a qué me exponía.

Y llegó el día. Saldríamos de la casa de Villa Urquiza con Ana María y nos encontraríamos en la villa con la gente de Olavarría. Estuve en la casa de Susana, temprano. Ella y Nicolás no irían. Cómo habrá sido mi cara de sorpresa cuando en la puerta de la casa de mi amiga me encuentro con la imbancable: Cristina, mi vieja y erizante mascarita del carnaval del año anterior. Venía con nosotros a Gesell. Por supuesto, toda obra de Susana. Me quise morir: aguantarla en mis vacaciones. Pero, bueno, a esa altura, no tenía alternativa.

Viajamos en ómnibus sin que la damisela me dirigiese la palabra. La miraba de reojo y ella, como si yo no hubiese existido. Además, en Gesell, me esperaba Dorita.

Todo fue diferente a lo programado. La rueda gira y no podemos hacerla frenar.

Ese día, Cristina había ido a la peluquería de la villa y lucía su cabellera renegrida como un trofeo y, a mí, solo a mí, se me pudo haber ocurrido salpicarla con el agua del mar. Se transformó en una fiera de ojos inyectados. Sentí que me iba a matar.

Alfombra mágica – Mendoza

Así y todo, por la noche, fuimos a divertirnos con un juego al aire libre de aquella época: “La alfombra mágica”. Consistía en una estructura de metal de varios metros de altura. Desde allí, sentado o parado, debías deslizarte sobre un piso de tablas de madera en forma de ondas pronunciadas, para terminar estrellado sobre la arena de la playa.  Se subía por escaleras hasta la cima y te dejabas caer en vértigo. En ese momento llegó la primera señal. Todos se sentaron en lo alto y yo, para hacerme el piola, me acosté apoyado en las faldas del grupo con el cuello en el regazo de Cristina. En la caída, sentí sus manos sobre mi cabeza pelada y lo supe: no íbamos a poder escapar, ni ella ni yo, del giro de la ruleta.

 

EL CULTO DE LA CALLE CORRIENTES

Susana y Nicolás sabían que a mí me gustaba mucho el cine de culto y no me extrañó cuando, varios meses después del regreso de Gesell, armaron una salida para ver “El bebé de Rosemary”, una de las grandes películas de Román Polanski.

Nicolás había sacado entradas para ese sábado. Fui hasta la casa de Susana y, en subte, llegamos al centro. La calle corrientes estaba en su máximo esplendor y, al caminar bajo los carteles luminosos, se podía sentir el fluir de la gente al deambular sus veredas. Con ansiedad, yo esperaba la película de la cual había leído comentarios increíbles: la obra endemoniada de Polanski.

Por fin llegamos al cine. Me disponía a acercarme a leer el resumen del film en las puertas, cuando me la topé a Cristina. ¿Qué hacía esta en ese lugar? Habían pasado varios meses desde Gesell y no había tenido noticias suyas.  Me quedé aturdido, creo que ella también. Susana y Nicolás se miraron, cómplices.

Vimos la película y salimos en shock. El film era único, diabólico, espeluznante. No podíamos dejar de comentarlo. Cuando reaccionamos, Susana y Nicolás habían desaparecido. Solo quedamos Cristina y yo. Caminamos, hablamos de la película, caminamos, hablamos. Yo le había pagado la entrada a Nico y no tenía un peso más. Aunque sí, muchas ganas de un café. Ella me invitó.

Afiche de la película “El bebé de Rosemary”

Fueron varios cafés. Finalmente, me dio dinero para poder volver a casa con el compromiso de devolvérselo y nos separamos en la boca del subte de Callao y Corrientes.

Hoy aún caminamos de la mano por la esa calle luminosa de Buenos Aires sin saber qué encontraremos debajo de cada marquesina.

 

DE ÁTOMOS Y MOLÉCULAS

Se han sucedido diferentes casas, hijos, vacaciones, nietos, viajes. Aunque a veces da la impresión de que todo lo podemos programar para que la rueda funcione, nunca sabremos dónde se detendrá la bolita de metal. Gira lenta o rápidamente sin saber cuándo para. Esto es lo maravilloso. Como átomos y moléculas, nos unimos o nos desunimos y, aunque existan condiciones que podemos implementar para manejarnos mejor, las transformaciones nos suceden y devienen fuera de nuestro control. A veces parece que estuviésemos suspendidos por un hilo invisible que gira, tensa, se comba y al que no podemos dominar.

“Pareja de tango” de Paola Mikiej

Pero, en verdad, ¿es así? ¿Somos solo espectadores arrastrados por una sucesión de relaciones que se transforman? o, realmente, ¿manejamos las condiciones para ser los artífices de estos movimientos?

 

Portada: “Transvers Line” óleo de Wassily Kandisnsky

 

 

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