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El azar: los encuentros humanos.
Por Estela Colángelo

 

¿ASAR, AZAHAR, O AZAR?

Azahar, óleo de Rafael Plaza Membrive

Cocinar con fuegos, oler, admirar o tomar un tecito para calmar los nervios solo suenan igual al tema que nos  convoca: lo impredecible. Algunos dicen que el azar está escrito en las líneas de las manos o en la lectura del cielo al nacer. Es nombrado de muchos modos: karma, destino, dios, suerte, fatalidad. Mágica, hechicera o adivina, la vida se encarga de repartir bondades y miserias. Hace imposible lo accesible y viceversa, ante nuestro asombro y estupor.  En este caso nos referimos a los casuales encuentros humanos. Al decir de Cortázar, en Rayuela, “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

 

RAMO DE CAMELIAS Y  SOPITA CALIENTE

Camelias, acrílico de Alex Vázquez Palacios

Antes de cumplir veinte años, cuando aún no conocíamos a la dictadura sangrienta y mientras daba clases en la escuela del Parque Avellaneda- el más hermoso de la ciudad y único libre de rejas- Olga Chimento, representante gremial, otorgaría a mi familia un departamento construido por la Comisión de la Vivienda de la Municipalidad. Todo por iniciativa de la directora de la escuela. En esa época la ciudad de Buenos Aires era distrito federal, estaba prohibido vender los edificios públicos y ahogar con negocios inmobiliarios a los vecinos de la capital. Había cielo y sol para todos y, también, Banco Hipotecario estatal y otras instituciones empeñadas en combatir el déficit habitacional. Olga averiguó que, tanto mamá como yo, éramos  aptas laboralmente para acceder a la titularidad del inmueble. Sin dudar le dije: hay que poner el inmueble a nombre de mi mamá. A la semana llegó la carta más ansiada. La ahora vecina Olga recibió, como única contribución material, un ramo de camelias, colmadas de gratitud y  alegrías.

Casi simultáneamente, en la sala de maestros, Marta Farrugio de Tajes, a sabiendas de mi noviazgo y mediante un ingeniero amigo, me ofreció un departamento a construir en la estación de Témperley. “Preguntale a tu novio si le interesa el lugar. Lo construye la mutual de Y.P.F. con financiación del Hipotecario, a los socios no les gusta vivir allí, por eso hay disponibilidad”. Mi novio era de la zona sur, de Ezeiza, le encantaba el lugar. La ansiedad de ambos no podía esperar. Esa misma noche, con un frío rabioso, fuimos a la escuela de  agronomía, donde el padre de Marta era casero. “¿Qué quieren tomar?”, dijo el hombre, con una calidez inusual. “Sopa”, dije sin vergüenza y sin pensar. Me reconcilié con los jesucitos de todo el sitio cuando el  humeante alimento se postró ante mí. Era el preludio del abrigo, el anuncio certero de casa propia a compartir con mi amor. ¿Qué más podía pedir?

The Lost Jockey, René Magritte (1948)

 

LA VOZ, LA INALTERABLE Y ÚNICA VOZ

En la sede del Equipo de Orientación Escolar, se apersonó una colega para tratar el caso de un niño. Cosa común y por demás habitual. Me inquietó la voz de esa  profesional. Luego de la entrevista le dije: “hablamos mucho nosotras dos”. Ella respondió con mirada de asombro y ternura. Durante  una semana, en las noches, con insistencia, resonó su voz. “¿De dónde la conozco?” Supe de inmediato que era importante descubrirlo.”¡Es Nelly!”, me dije. Busqué compañía en mis aliadas, las flores, y con ellas fui a su encuentro. Se trataba, nada más y nada menos, que de la trabajadora social de la villa, la esposa de Jorge Fasce, una eminente figura de la educación quien, a pedido de Nelly, preparó todas las clases requeridas en las prácticas del magisterio. A su vez, pude participar en cursos valiosísimos con el privilegio de la gratuidad. Nunca más dejamos de hablar. Somos profundamente amigas.

 

No se culpa a nadie, ilustración Victoria MacRae Moir

LA HERENCIA DEL TRABAJO VIAJA A LA TIERRA PROMETIDA

Conversábamos con mi madre en su casa. Hablamos de viajes.

-¿Dónde te gustaría ir, mamá?

-Lejos… muy lejos, a Israel

Inmediatamente, se me aparece el motivo. Había heredado el trabajo de su madre, mi abuela. Se trataba de la limpieza de dos negocios, una óptica y una zapatería. Una o dos veces al año nos trasladábamos a la casa de los dueños de los comercios porque ellos viajaban a Israel. Familia numerosa. Mamá quedaba a cargo de la casa y de los hijos, por entonces, niños. Entonces, uno de ellos- su preferido Gusi- vivía con su familia en Tel Aviv. Mamá cumplió el deseo de visitarlo. Llevó de obsequio un mantel tejido por mujeres en la Isla de Malta, comprado  días antes. Gusi, visiblemente emocionado, le recordó otro mantel que le había regalado, y todavía usaba, desde su casamiento. Viajamos juntas en un tour por Oriente Medio. Maravilloso.

 PICÓ EL BICHITO

Dos supervisoras visitaron la escuela que yo dirigía. La primera contó que venía de la inauguración de una escuela invivible para los niños, llena de peligros. Se marchó y llegó otra que narró el acto de inauguración. “Estuve en la escuela más fantástica que haya visto. El ideal”. El bicho de la curiosidad picó fuerte. ¿Cómo podía ser? Tenía que ir a ver.

 

Peces de colores, óleo de Marta Lucía Vélez Moreno

SOMOS RICOS DE ESCUELA

Visité la escuela, me enamoré de ella y de su hacedor. El director estuvo dispuesto a realizar la permuta. Así fue.      Convenio mediante, el edificio se había realizado con una universidad privada en constante expansión. Obreros y estudiantes hacían florecer todos los comercios barriales.  Detalles de belleza, confort y cuidados abundaban en el edificio que, con placer, estrené. Parques con añosos árboles se transformaron en jardín y estanque con peces de colores, nenúfares y otras acuáticas. Fue alucinante ofrecer muchas opciones plasmadas en proyectos que supieron hermanar el arte y las ciencias.                                                                                      Leo, de primer grado, me miró a los ojos y dijo:

-Somos ricos de escuela.

-¿Cómo es eso? -pregunté.

-¿No te diste cuenta? Somos ricos de escuela -repitió.

Con siete años de su sufrida infancia, descubrió que al caerse sobre los pisos de goma, sus rodillas no se rayaban. Disfrutaba de la luz que cruzaba enormes ventanales y las paredes de doble altura, vidriadas, que hasta entonces siempre habían sido propiedad exclusiva de los ricos, igual que las tablas de madera en los inodoros.

-Sí, Leo, somos ricos de escuela.

 

Hommage à Spinoza, Théophile Delaine (2018)

LA MAÑANA

Blanquita hace sonar su reloj muy temprano. Ya no trabaja, pero tiene una cita cotidiana con Víctor Hugo Morales y su equipo, en la 750. Escucha allí cómo se promociona cada número de esta revista. Hace un par de años, esta amiga me llamó entusiasmada. ¡Encontré el espacio para vos! Y tuvo razón. Pertenezco a este colectivo diverso y solidario, participo de las entrevistas.                                              La yapa: desde el año pasado Gabriela dicta cursos de filosofía, sobre el gran Baruch Spinoza. El filósofo vino a rescatar los encuentros que aquí narro. Estos espacios y una gata caída del cielo de un octavo piso alivian la preocupación, el miedo y el aislamiento en tiempos de pandemia. Vuelvo al comienzo y al deseo de unir lo que suena igual: los asados, debajo del naranjo en flor, en multitud de pasiones alegres.

Julio Cortazar, Carmen Salcedo

1 Comentario

  1. Querida Estela el azar de la Rayuela de nuestras vidas acerto’. Cada vez que te encuentro disfruto del primer reencuentro … sos confiable, vibrante y nos certificaz que el deseo orienta y reorienta dónde va a caer la piedra para encontrarnos sin buscarnos…

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