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El azar: sobre “Herencia”, álbum de “Tangos Infames”.

Por Pablo Soprano

 

“Y a veces me parece como si yo hubiese probado —si es que ello en realidad necesitaba tal demostración— que entre la gloria y la infamia solo media un paso, y tal vez todavía menos.”
Oscar Wilde, escritor, poeta y dramaturgo irlandés, 1854-1900.

 

 

EL ADN DEL 2X4

En ocasiones es menester determinar qué hacer con lo heredado. Cuál es su utilidad. Esos flujos codificados son transmitidos de generación en generación, se adhieren a la genética. Como mandatos no impuestos o como partes que se han de constituir en el devenir de la vida. El tango es un conjunto de bienes que espera el momento oportuno para ser recibido. Un rasgo determinante hecho a base de paciencia. De mucha paciencia. La juventud suele chocarse con la madurez a la vuelta de la esquina y, ahí nomás, toma posesión de aquello que aguardó tanto tiempo. La constancia de un linaje que, aunque no sea familiarmente artístico, retrotrae el eco de una vieja canción silbada por un abuelo, al tarareo remoto de algún valsecito rodeado de sábanas blancas, mientras la abuela las colgaba en la soga. Así se extiende un decurso atávico, personal y también colectivo, al momento de darle forma a ese conglomerado de sentires hecho canción. A la vez, cada uno de ellos desciende de otras músicas, de otros versos compuestos por ilustres creadores, de donde despunta esta tradición sucesoria.

En “Herencia” permanece la atmósfera infame del álbum anterior de este trío. Hay una continuidad entre aquellas piezas bellamente ejecutadas y las nuevas. Seguramente, “Ahora vayamos por la nuestra con lo nuestro”, fue la consigna en este quiero retruco. Aun con excelentes músicos, en un principio, no debe haber sido nada fácil encarar composiciones como “Infamia” o “Tormenta”, de Enrique Santos Discépolo; “Pan”, de Gardel y Celedonio Flores; también del Negro Cele, “Gorriones”, “Acquaforte”, de Marambio Catán, “El aguacero” de Cátulo Castillo y José González Castillo; “Olvidao”, de Barbieri y Cadícamo. Y, de Ramón Collazo, “Pato”. Se necesitó poner la vara bien alta para que “Herencia” fuera la prolongación generacional exacta de “Tangos Infames” y mantuviera el clima desgarrado -y por momentos épico- de las composiciones anteriores. Vaya si lo han logrado con canciones que van del tango a la milonga, del vals a la zamba, con títulos como “ET”, “Carmelita”, “Herencia”, “Juguetes de Navidad”, “Zamba para Santiago”, “Monas de cotillón” y “Jazmines en las manos”.

 

PUERTO DE PALOS

“¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? /¿En qué rincón, luna mía, volcás como entonces tu clara alegría?”
                                     Tinta Roja, Cátulo Castillo

En “ET”, se presiente un clima de llegada y, paradójicamente, de inicio. El puerto es la boca de entrada a un continente pintado de blanco y negro. Como en aquellas fotos de principio del siglo XX, cuando todo estaba por hacerse. Esos orígenes confluyen en un punto y se extienden hasta el silencio, entre espumas y distracciones. El aire espeso domina los contornos arrabaleros y es cortado por barcos que acarrean nadas inseparables en la dársena de las heridas. Ahí, en seco. Un fuelle rezongón cuenta la historia y las notas se acomodan solas, sin remedio en manos ajenas. Recuerdos amarrados a sueños viejos, de carnavales de antaño con cantor y orquesta típica, encapsulados. Ataduras de un tiempo que pasó.

 

CARMELITA DESCALZA

“Era un poco del loco extramuro / que se hamaca en la tarde perdiz, / con las casas bajitas y el muro, y un silencio vestido de gris…”
Triqui-Traca, Cátulo Castillo

Entre la delicadeza del taco aguja y la pollera-pantalón y la rudeza de cargar medias reses sobre una voz bien gruesa, existe una milonga. Confianza trágica en el Mercado de Hacienda de Liniers, donde la protagonista, Carmelita, es de armas tomar. Y, si la apuran un poco, puede ensartar a cualquier ‘jilguero’ ante la menor insinuación o falta de respeto. Invariablemente, un taxi-boy fiestero termina mal cuando no cuida las palabras. Para la fascinación de Borges por los malevos como Jacinto Chiclana, la categoría de travesti cuchillera era impensada. Cierto es que el ritmo del 2×4 nos debía una sórdida historia trans, atemporal, de labios pintados en los pabellones de Sierra Chica. Allí donde cayó quien ha perdido la fe y, aun así, mantiene intacta la convicción de género. La esperanza nunca es vana, siempre el coraje es mejor.

 

MIDNIGHT RAMBLER

“Cuando me vaya del todo, te dejaré, con mi ausencia, / con mi nombre y mi recuerdo, / la mejor de las herencias.
                                                       ” Herencia”, Lorenzo Spanu

La voz publicitaria anticipa el destino de quien por propia voluntad será cremado. Absorberá fácilmente las irregularidades de un camino de fuego. Que del polvo vino y al polvo volverá.  Enfilemos pa’l garaje total, a Rambler regalado y sin deudas, no se le mira la carrocería. Herencia en tiempo de vals, tango y milonga, de un padre a un hijo, bendecida por Santa Rita, ´que así como te lo da, te lo quita´. Mientras tanto, una canción en flor, acurrucada, como para aguantar las heridas hasta que llegue la Parca en una ambulancia del SAME. Cuando te cierren los ojos y, entre la morsa y la llave inglesa, solo quede una irreversible sentencia.

 

TOY STORY

“Y hoy que puedo, / que la suerte me sonríe / yo no quiero que haya un pibe / que no tenga ni un juguete pa’ jugar”
El bazar de los juguetes”, Reinaldo Yiso

El fuelle marca los contornos, describe, relata. Al fin y al cabo es un juguete más. En inglés el verbo “to play” se traduce como “tocar”, pero también quiere decir “jugar”. La misma duplicidad de sentido suceden en francés. ¿Qué mejor que un juguete para contar el pasaje de mano en mano de tesoros?  Ellos esperan, siempre. En una vidriera, debajo de un árbol de Navidad, en un cajón o en algún rincón en pena. A veces no califican ni como partenaire del Niño Jesús, discriminados por ser de estopa, con ojitos abotonados y no estar a la altura de una Tablet o de un camión semi remolque con control remoto. No importa, esperan. Tal vez, en un futuro, la noche de guirnalda, nos encuentre a todos encerrados, sin poder pisar la calle y, aburridos y del fondo de un canasto, rescatemos al juguete de ocasión.

 

GRITA TU NOMBRE

“Milagro peregrino / que un llanto combinó; / tu canto, como yo, se cansa de vivir / y rueda sin saber dónde morir”
                                       “Carrillón de la Merced”, Enrique Santos Discépolo

Las cuerdas suenan como gotitas en cascada y chocan con la cara visible de las piedras semi sumergidas en un río. Ese repiqueteo es el arrullo de la naturaleza. La corriente imparable desemboca en una voz dolida, sin romper el clima. Una voz que nos habla de gritos entre trampas y persecuciones. Grita el viento su nombre, testigo de la caza furtiva contra una idea. Grita la Plaza su nombre. Yesos ojos claros, enormes, exigen respuesta desde el cemento hasta la montaña. Las aguas heladas no alcanzan a apagar el fuego de las razones justas y los cardos en flor creen contener al sacrificio de la melodía, en pos de la causa. La zamba, lamento de brazos abiertos, sale al encuentro de Santiago.

 

ZORBA EL VINO

“Cada cual tiene sus penas / y nosotros las tenemos / Esta noche beberemos porque ya / no volveremos a vernos más…”
Los Mareados”, Enrique Cadícamo

Más que olor a limón sobre la huerta, desde los primeros compases de acá falta algo…, hay aroma a música griega. Y no falta ninguno de los ingredientes: el vino, el olvido, la alegría. El acordeón y el trémolo de la guitarra sostienen a este valsecito cantado a coro por todos los integrantes, a quienes se suman los invitados. Mantienen ese clima de borrachera al entonar: “Y si un día la buena vida te marea, quedarás con mucha seda –‘¡están hablando del faso!’, diría el personaje rasta de Capusotto- entre monas de cotillón”. Y rematan con – ¿por qué no? – con unos segunditos de “Hey Jude”, de The Beatles. La joda sigue entre parras, manchas y patio de tinajas hasta el final. Porque así se divierten, enfurecidos, los que cantan y bailan en la única baldosa del mundo.

 

TARDE ME DI CUENTA QUE AL FINAL

“Hojarasca que la vida, arremolina sin fe, / por el frío veredón, va su dolor haciendo pie” Hojarasca”, Enrique Cadícamo

Qué mejor que una ruptura para el final. Un cambio de rumbo musical justo en el cierre. Versos que flotan en medio de la fantasía y la pérdida. En la incerteza de cuándo llegarán las tardes a la espera de próximos mundos abiertos en dos, partidos. Una hojarasca cruenta lo cubre todo, a pesar de la comprensión postrera, de las miradas de yacimiento. Aunque de ello nada quede. Ni siquiera un ramito de jazmines en la mano.

https://www.youtube.com/watch?v=PhUoF71qTuY

“Herencia” es un álbum de siete canciones distribuidas con precisión e inteligencia. Nada quedó librado al azar en´Tangos Infames´. Se nota. Gran trabajo vocal y compositivo de Adrián Martel, de arreglos de Guillermo Martel y acompañados por Amalia Escobar, Gerardo de Mónaco, Pedro Sotelo, Ezequiel Uhart, Guadalupe Hidalgo, Damián Pastorino, Gabriela Moyano, Florencia Amengual, Florencio Justo, Lionel Mórtola, Mario Barassi , Ricardo Culotta y Las Guitarras Sensibles de Flores. Se lo puede disfrutar en https://open.spotify.com/album/3s0OnDseD4vSy7wt0g3YQV?si=9y-7F60EQzCzO1atVoSiVg         

Adrián Martel – Facebook

 

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