La intensidad: sobre la presencia de los ausentes.

Por Cecilia Miano

GALLETITAS POR CUARTOS

Mi hermano nació cuando yo tenía dos años y medio. Su llegada no la recuerdo sino por relatos de mi mamá que, año tras año, repetía la historia. Esto construyó mi mundo en imágenes detalladas, sonoras y dispuestas a aparecer como si hubieran sido vividas.

Un capítulo de esos recuerdos eran los preparativos de una casa para la familia, todo un proyecto, un sueño en busca de apropiarse de un territorio. Mi mamá, con su panza muy grande y mientras sostenía una bolsa de galletitas- que, por esa época, se vendían sueltas y se rompían bastante- declaraba que iba a pintar las paredes. Mientras la casa se movilizaba, el triciclo resultaba mi parque de diversiones vespertino.

Los olores de esa casa son presente para mí: sus paredes anchas en ambientes grandes, los pisos de madera que rechinaban y los gatos que corrían subterráneamente, entre la tierra y debajo del parquet. Lo más curioso de esos pisos era la ventilación: consistía en unas rejillas metálicas, decorativas y en mal estado. Por ese motivo, los gatos podían colarse desde la galería y, como en un universo paralelo, correr por debajo de nuestras pisadas.

APUNTES DESDE EL FUEGO

Pasaron casi cincuenta años desde ese entonces. Valga insistir, la vida es un ratito, mi ratito. En ese fragmentito de eternidad no puedo dejar de sentir ese antes, en tantos detalles. Ahí, en el umbral de mi memoria, están estacionadas la textura de la tierra del patio del fondo y los yuyos que sacaba para hacer una choza y jugar por mil tardes.

Sin embargo y sin mucho anuncio, llegó el embate de las horas. Yo jugaba con mi amiga Cristina, en un triciclo, dentro de esas habitaciones grandes, que eran pistas excelentes para la hora de la siesta. Mi inquietud y mis ganas de ganar no pudieron impedir que ese día de mucho frío, en mi camino, se atravesara la estufa de querosene. La choqué y se prendió fuego. Como era seguro que me retarían, no tuve mejor idea que acostarme en la cama y taparme con mi colcha, así nadie podía verme. Mi cama, con colcha de color naranja, abanicaba los sueños. Nunca fui una nena tranquila, siempre en movimiento, de acá para allá.

No sé si la recuerdo la escena por mí o por otro relato de mi mamá. Pero es como si, ahora mismo, la mirase y viera venir, desde lejos, hacia mi presente: el olor a humo, el piso marrón con la rugosidad de la pinotea gastada y los gritos que a se sumaban a los de mi mamá, los de la vecina, los de la abuela Dominga, los de la Nona.

 

VISTA AZUL

Entre otras memorias, el avión de mi hermano Sebastián todavía destella su azul gastado. En los vaivenes de los vuelos, podía marcar cicatrices en el cielo. Siempre, desde sus dedos firmes, lograba piruetas extrañas y aterrizajes impecables. Su boca fruncida, con ese ruido hueco de turbinas caseras, todavía resuena en mí. Él, siempre apocado, concentrado, sin mucho impacto en sus movimientos. Todo en mi hermano resultaba meticulosamente articulado. A diferencia de lo que sucedía conmigo, la mayoría de las veces, sus juegos transcurrían en espacios cubiertos. Y sus amigos más cercanos eran libros,  ladrillitos. Ese avión azul, desde su operación de vista a los cinco, siempre estuvo cerca de él.

Parece que la vida fuese como un juego de vuelta al mundo de un extraño parque de diversiones (nada que ver con mi singular triciclo), donde partimos casi al ras de la superficie, subimos, esperamos el tope de la altura, donde el aire nos llena y, en ese instante, sabemos que vamos a descender. O a caer.

UN HUECO PARA ACUNAR A SEBASTIÁN

Y a veces qué pronta y qué violenta es la caída.

A mis dieciocho y a los dieciséis de Sebastián la vida se le voló. Él se fue subido a la insolencia de un disparo, quedó sin rumbo. Y la sensación de dolor eterno no se va. Vivir con la falta es pesado, se hace duro pensar en lo que podría haber sido y no fue.  Cada tanto, sentir otra vez ganas de él e, inmediatamente, tomar conciencia del sin regreso. Así, oscilo entre tiempos, con la alegría que se tiñe un poco de antaño, de esos días de triciclo y avioncito azul, de peleas porque sí.

Lo busco todavía, con esperanzas tontas de encontrarlo en una voz parecida, en un caminante lejano. La fantasía es un refugio por instantes. No más. No puedo creer cómo hice para seguir sin él. Lo arrastro en mis pensamientos, le hablo dormida y, a veces, despierta. Cuando la vida se me pone difícil, le pido consejos. Luego resuelvo sola, con la sensación de su presencia en ese hueco que le dejé en los recuerdos, en los deseos.

LA ETERNIDAD ES INFINITA

Los dramas existen. Las caídas y los vuelos dependen de nuestra mirada, de cómo resolvemos nuestros sentires. Nada es fácil porque los vericuetos de la vida desafían todo el tiempo. La intensidad del dolor es tan fuerte como la del amor, de las ganas de seguir, y de las posibilidades de lograrlo depende nuestro futuro.

Cada uno de mis días, mi hermano Sebastián viene conmigo, en algunos momentos del día, aparece con su voz clara, su mirada marrón, su nariz respingada, nuestras peleas de chicos y el encuentro adolescente que me permitió tener la certeza del amor incondicional. Este vínculo no se extinguió con su muerte, sigue de alguna manera vivo y pasado, presente y oscuro, firme en un tiempo atrapado, sin movimiento expreso pero con un meneo distinto. Las dimensiones en las que las palabras no son necesarias, hoy ya son mías. Las expresiones de la cara ahora son sólo mías, mis manos y mi pelo se mueven como en ese entonces, con más arrugas y con más mañas. Con una compañía permanente de cercanía intocable.

 

 

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