POR UNA SOCIEDAD DE COLOR

Ausencias: sobre el luchador Lucas Fernández.
Por Eduardo Garea

 

UN PERIODISTA OLVIDADO

2Buenos Aires, 18 de abril de 1858. Cada mañana, Lucas Fernández sale temprano de su casa de la calle Bolívar al 300. Es tipógrafo, encargado de montar los símbolos en la plancha, para que salga a tiempo el diario impreso por la noche, en la imprenta del francés, Bernheim. Hoy es un día importante. Palpita la repercusión en la sociedad. Ha pasado por innumerables dificultades, incluso, por largas disputas con su socio Zandulio.

El texto en cuestión es una denuncia formal ante las autoridades de la ciudad para exigir medidas sanitarias y así modificar las condiciones de higiene de los parroquianos de San Pedro Telmo. El temor ante una nueva epidemia de viruela es comprensible. Si bien gran parte de las calles está empedrada, durante las lluvias estivales de febrero, el río crece y toda la zona del Barrio Alto, desde la Plaza de la Victoria hasta la Quinta de los Ingleses, se convierte en un lodazal.

 

BLANCO ESPUMOSO, ROJO FEDERAL

Lucas desciende de una reciente familia trasplantada a la fuerza en América. Él es segunda generación nacida en el Río de la Plata. La herencia de sus abuelos esclavos le permitió entender el desarraigo y la astucia de ocultar las creencias ante los ojos inquisitivos de la iglesia. En una sala fría y estrecha, contigua al templo y construida para ser usada como depósito y luego destinada a la educación de los niños pobres, aprendió las primeras letras bajo la tutela de los monjes betlemitas.

Durante los años del Restaurador, acompañaba a su madre a las fiestas de Semana Santa. Desde la madrugada, mujeres vestidas de blanco y espumosa sonrisa tomaban las estrechas aceras y, sobre largas mesas improvisadas, armaban las banderas rojas federales. Al mediodía, una fragancia a locro y fritura emergía desde las fachadas de crudo adobe en los conventillos. En las pulperías, entre grapa y grapa, los hombres disputaban hazañas incomprensibles. El griterío de los niños anunciaba, como vanguardia, la llegada del gobernador. Una alegría visceral recorría las almas castigadas de los negros. Las distintas naciones presentaban sus estandartes y daban la bienvenida en sus propios idiomas. El negro Domiciano, degollador de unitarios, se mostraba junto a Don Juan Manuel, cuando un inmenso retumbar de tambores ascendía entre el adoquín, la piedra y el lodo hasta estremecer las barriadas más alejadas.

Fernández conocía bien la buena predisposición de Rosas y de sus aliados, los saladeros. Obviamente, no blandían ideas abolicionistas, aunque tampoco eran traficantes de esclavos como las familias de José Martínez de Hoz, Martín de Álzaga, Ventura Marcó del Pont, Tomás O´Gorman o Domingo Belgrano.

Ya en 1810, los esclavistas tenían una fuerte influencia sobre las decisiones del Cabildo y la necesidad de la guerra relegó sus intereses económicos para otro momento.

 

KALIMBA QUE LOS PARIÓ

Entre 1700 y 1800, la Compañía Portuguesa de Guinea desembarcó esclavos en el puerto para expandir su accionar comercial a regiones de habla hispana. El primer mercado de esclavos estaba ubicado en Retiro, pero fue trasladado al hoy llamado Parque Lezama, debido al temor que aquella gente salvaje estuviera a metros de la ciudad. Gracias a la poca eficacia de esta Compañía, se la reemplazó por la South Sea Company, uno de los mayores traficantes de aquellos tiempos.

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Parque Lezama

Estos hombres y mujeres eran desembarcados y se los drogaba para luego ser marcados en la frente o en la espalda con un hierro candente, que los negros llamaban: carimba o calimba (Kalimba:instrumento musical africano). La mayor parte de ellos eran vendidos al norte del Virreinato, (Santiago del Estero, Córdoba y Tucumán) a precios muy elevados, por la falta de mano de obra indígena. Por suerte, al no haber plantaciones, el tráfico no fue tan intenso como en otras regiones de América.

 

LABURAR O MORIR

Cuando se realizó el censo de Buenos Aires, en 1778, sobre una población de 24.205 habitantes, 3.153 eran mulatos y 4.115 eran de origen negro. En su gran mayoría, reclutados para el mantenimiento de los caserones de las casas pudientes. Las mujeres se ocupaban como cocineras, mucamas, blanqueadoras. Y los varones quedaban en los puestos de jardineros, albañiles, cavadores de pozos, zapateros y changadores. Para mejorar los ingresos, las familias ricas alquilaban sus esclavos como mano de obra externa.

Movilizados a la fuerza durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, los cuerpos militares de pardos y morenos fueron elementos importantes para repeler al invasor. Cuando el Cabildo se pronunció en 1810, usados como infantería, se batieron en Chacabuco, Maipú y Cancha Rayada. Y, en la Campaña del Alto Perú, fueron encuadrados en los famosos Batallones 7 y 8. Todo esto ocurrió bajo la promesa de la libertad. Lo cierto fue que, en la Asamblea del Año 13, “la Libertad de vientre” no garantizó el fin del racismo.

San Martín reconoció el valor de las tropas negras, pero no logró unir los batallones negros, mulatos y blancos. El partido unitario, relacionado estrechamente con los comerciantes traficantes de esclavos, no pudo tolerar el apoyo incondicional de las masas de color al proyecto federal de Rosas. Este dato relevante definió el fin trágico de toda una población. Tras la derrota de 1851, la venganza no se hizo esperar. Abolida la esclavitud en la Constitución de 1853 y luego de 43 años de la emancipación, los esclavistas eran aún muy poderosos. 

 

PASADO DE FOURIER

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Parque Lezama

Es posible que, en la batalla de Caseros, el boletinero de Sarmiento, José Alejandro Bernheim, haya sido la influencia más determinante en el pensamiento del editor, Lucas Fernández. Lucas estaba empapado de las ideas fourieristas, que pregonaban la creación de asociaciones autónomas limitadas dentro de la sociedad, el sufragio universal y la educación igualitaria entre los niños de distinta condición. Las labores penosas serían repartidas y se organizaría el trabajo con una mayor equidad. Además, ponía énfasis en la higiene de los niños y, sobre todo, en la necesidad de liberarse de los infectos desperdicios de la ciudad. En definitiva el utopismo socialista de Lucas Fernández era más poderoso que el saintsimonismo de Echeverría.

Este intelectual de origen negro se opuso al rancio odio de las clases poderosas. Las comunidades, aún organizadas bajo las banderas de las diferentes naciones negras -como las del Congo, Mozambique, Mondongo, que habitaban el Barrio del Tambor-, exigían a las autoridades una democracia negra para defender los intereses de su clase.

El Proletario”, periódico semanal, político, literario y de variedades, apareció el 18 de abril de 1858. Salieron 8 números, pero su importancia fue capital por ser el primer diario socialista en este territorio.

 

SALIR CON TODO

Esta importante porción de la sociedad porteña no tiene un órgano que alivie las necesidades inherentes a toda clase desvalida (…) y vigile por sus intereses tan importantes y valiosos como los de las clases más acomodadas (…) En la situación actual nuestra clase está postergada (…) [y buscamos que] el progreso moral en que se halla el Estado de Buenos Aires (…) se ensanche por el camino de la educación y de la ciencia, un poco estrecho hasta aquí (…) Una poderosa valla se opone a la práctica de ciertas leyes que nos amparan, haciendo que no se cumpla porque hieren los intereses y el orgullo vano y malhabido de las clases elevadas”.

 

HEDOR, DE BOCA EN BOCA

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Sección Histórica, Archivo de Asunción – Investigación por la entrada de esclavos al Paraguay desde Buenos Aires

En el transcurso de la Guerra de la Triple Alianza, entre 1865-1870, hombres negros fueron reclutados para morir en los Esteros del Iberá. A los sobrevivientes de aquel horrendo conflicto, se los veía pedir limosna en las calles de Buenos Aires. Muchos de ellos mutilados o con cicatrices espantosas.

Como si eso hubiera sido poco, aquel verano ardiente y poco común se extendió hasta abril de 1871. El calor en la ciudad era sofocante, un amargo sudor penetraba hasta ser imposible vestir prenda alguna. Incluso las lluvias estivales habían convertido los barrios en una cueva pestilente. En el transcurso de aquellos meses fastidiosos, un extraño vapor había invadido todo. La tan temida marisma flotaba como un anuncio de desgracia.

Crónicas escritas en periódicos habían informado sobre una epidemia de fiebre amarilla en la provincia de Corrientes. Tropas de regreso de Paraguay habían recalado en el lugar y se dirigían a Buenos Aires. Una honda conmoción se extendía, de boca en boca, como una mancha de aceite.

Mientras tanto, los indolentes gobernantes que habían hecho oídos sordos a los reclamos de Lucas Fernández, ahora afrontarían la mayor catástrofe humana. Desesperadas por los acontecimientos, el 10 de abril de 1871, las autoridades promulgaron feriado hasta fin de mes. El Hospital de Fiebre Amarilla en la calle Cuyo no daba abasto, más de 500 personas habían muerto ese día, la mayoría del barrio San Telmo Sur.

Contrariamente a lo esperado, muchos habían evacuado sus caserones para refugiarse al norte de la ciudad, más aireado, con jardines y anchas avenidas. Desde allí presionaban al comité sanitario para decretar la cuarentena. Ante la falta de hospitales y lazaretos, pedían dejar morir a los enfermos, y a los sanos, morir de hambre.

Ante la gravedad de los hechos, desalojaron a los inmigrantes, quienes fueron llevados a la periferia de la ciudad sin sus pertenencias. Sólo quedaban 60.000 de los 190.000 habitantes. Era una ciudad fantasma, sin autoridades, sin alimentos, virtualmente sitiada. Los diarios dejaron de circular, sólo Mardoqueo Navarro, un judío sefaradí, dejó a la posteridad una crónica de los hechos: “Una ciudad socavada por 30.000 pozos ciegos completos y 15.000 hasta la mitad, sumadas la lluvia, el calor y los desperdicios produjeron la temida epidemia”.

Batallones del Ejército de Línea rodearon los barrios negros y a nadie se le permitió escapar al Barrio Norte, construido por los blancos. Allí murieron en masa y sepultados en fosas comunes, una de las cuales aún ubicada en Plaza Dorrego. Así, El movimiento Democracia Negra sucumbió por la epidemia.

Se cree que Lucas Fernández cayó enfermo durante aquellos días, en su domicilio de la calle Bolívar.

En un discurso, Sarmiento dijo: “Llego feliz a la Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres. Somos gente decente, es decir patriota”.




OTROS MUNDOS POSIBLES

Rituales: sobre la ceguera a los colores.
Por Eduardo Garea

 

UN HECHO INESPERADO

¿Qué ocurriría si el hombre perdiera la capacidad de ver los colores? Esta pregunta es para mí una motivación constante. En principio, no tan sencilla de responder porque, de inmediato, surgen incontables respuestas desde distintos ángulos.

Durante años de labor como colorista de un laboratorio y, luego de desarrollar miles de fórmulas, sucedió una anécdota que me hizo reflexionar sobre el tema. Así, una tarde de verano, un nuevo cliente visitó la planta para elegir, de la tablilla de colores, tres tonos de rojo. Cuando le ofrecí la variedad disponible y, después de una conversación sobre la calidad de los pigmentos, el cliente -de manera muy amable- cedió a que yo seleccionara el producto para sus envases, dado que era daltónico.

EL ISMO DE DALTON

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John Dalton

El daltonismo es una alteración genética descubierta por el matemático y químico, John Dalton. Durante sus investigaciones pudo determinar los distintos grados de pérdida para identificar el rojo, el verde y -en algunos casos- el azul.

Por otra parte, la falta de gama cromática no afecta el desarrollo de los otros sentidos, como ocurre en ciertas cegueras. Es decir, las habilidades motrices no se alteran.

Dentro de la sociedad, el comportamiento de un daltónico no presenta mayores singularidades, pero muchas veces se sienten relegados en algunas tareas puntuales: policías, pilotos de avión, automovilistas, o trabajadores de riesgo tienen obstáculos en zonas donde hay distintas alarmas lumínicas y auditivas. Estas alteraciones condicionan sus vidas.

El asunto toma otra perspectiva cuando un mal genético individual se traslada a un grupo social. Sin embargo, hoy existen territorios, donde una parte importante de la población afectada de una disminución visual logra convivir, junto a otro segmento mayoritario de los nativos llamados “normales”.

LA ÍNSULA ENCANTADA

En una remota isla del Océano Pacífico llamada Pingelap y perteneciente a Los Estados Federados de Micronesia, una serie de acontecimientos poco comunes provocó uno de los misterios más estudiados por los actuales científicos. Este pequeño atolón de 1,8 km cuadrados, cuya población es de alrededor de seiscientos nativos, fue descubierto por Torilio Alonso Salazar, en 1526.

La cantidad de islas diseminadas por el Océano Pacífico y su posterior identificación sólo pueden ser comparadas a los nuevos miembros de la familia astral hallados en actuales exploraciones del sistema planetario. En esta zona del hemisferio, las continuas tormentas y terremotos dejan a su paso un tendal de destrucción.

Se conoce que, en el año 1775, el terrible tifón de Lienkieki arrasó el atolón. La mortandad fue casi total. Sólo sobrevivieron 20 pobladores, incluidos el nahmnawarki (rey hereditario), llamado Mwaneinised y algunos integrantes de la familia real.

SINFONÍA VERDE

La vegetación se extiende sobre un espacio de tierra fértil. Cantidad de cocoteros y pandanes crecen sin intervención alguna del hombre. Otros, cerca de la costa, se inclinan ante los fuertes vientos. Restos de cortezas y hojas aún flotan en la orilla. Se desprende un penetrante vaho que, junto al perlino pescado, da la sensación de habitar en el paraíso perdido. A pocos metros, desde una isla sin caminos, se abre la única plantación del ñame, principal alimento comunitario. En la precaria aldea reina la miseria. Los niños corretean de aquí para allá: varios parpadean intensamente por el efecto del sol abrasador y otros se cubren la cabeza con una tela negra. Parece no haber adultos. Los cerdos blancos y negros son protegidos por el rey nahanmwarki: sólo él puede sacrificar uno para dedicarlo a su divinidad Isoahpahu y calmar la ira de la naturaleza.

Una mítica historia relatada oralmente por un viejo nahnmwarki habla sobre el poderoso dios Isoahpahu, quien regía los destinos de los nativos, hasta la aparición de un dios venido de una isla lejana. El advenedizo separó en dos la isla de Pingelap. En un nuevo combate entre Isoahpahu y el dios extranjero aquel arrojó un manotazo de arena y, así, se crearon las tres islas que forman Pingelap.

LOS SERES DE LA NOCHE

rivieramayablog.comMientras cae el sol, la estampa plomiza del cielo se ahoga en el mar. Durante algunos lánguidos minutos, la esfera dorada se demora un instante antes de ocultarse en las tibias aguas tropicales. Sobre la playa, los pescadores enrollan las redes en un ajetreo silencioso y, más acá, un arponero afila sobre una piedra la hoja de su dardo. Cuatro hombres arrastran una barca. Es un tronco enorme ahuecado: una vara a cada margen permite mantener la estabilidad de la embarcación. La marea baja les ayuda a dar un salto y abordan.

En la noche cerrada se descubre un escenario infinito. La luna, suspendida como un reloj de bolsillo, incrementa la ansiedad de los pecadores. Ellos ven sólo de noche. Es el mejor tiempo para atrapar el atún. El timonel conoce la posición de las estrellas en el firmamento, sabe conducir la canoa a través del Pacífico. Dice: “Los mejores navegantes son aquellos que aprendieron de sus padres. En mi familia, somos todos makun. Nuestra estirpe puede ver el tenue brillo platinado de los peces y cómo se desplaza bajo las aguas el resplandor de sus alas cuando saltan fuera del mar.”

Sobre las olas flotan luciérnagas marinas de un azul encendido. A lo lejos, en la isla de Rongelap, la nieve rosada ilumina el horizonte como un faro artificial, herencia de la lluvia radiactiva.

Los makun captan mejor el resplandor de los objetos. Es la herramienta usada para clasificar su mundo. También perciben los contornos a partir de las diferentes sombras. No conocen los colores. Pero se potencian sus otras sensibilidades sensoriales, de ahí, que pueden identificar las texturas suaves o ásperas, húmedas o secas. Las marcas de las superficies son sellos invaluables. Quizás, el fenómeno de mayor importancia es poder identificar una sustancia transparente: cuando esta es atravesada por un haz de luz, el observador acromático sabe que está en presencia de la traslucidez, una característica diferente, que le permite ver las variantes de un mismo color gris y su diversidad tonal.

CONVIVIR EN PINGELAP

A mediados del siglo XIX, un barco ballenero tuvo una avería al intentar atrapar a una ballena de gran tamaño. Entre los nativos, circula una leyenda y dice que los tripulantes de aquella nave descendieron para abastecerse de agua fresca y fruta. El contacto entre las dos civilizaciones produjo un fatídico hecho contagioso: “la ceguera a los colores”.

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Ortelius – Maris Pacifici 1589

Se sabe que hay un 5 % de la población portadora del gen degenerativo. Los niños de dos años comienzan a parpadear y giran la cabeza ante la luz intensa. Cuando llegan a los tres años, no logran distinguir los detalles ni pequeños objetos a cierta distancia. Al cumplir los cuatro, ya no pueden ver los colores.

Dentro de una inmensa monocromía, entre el follaje verde, pueden identificar distintas variedades de plantas. Pero el asunto se les dificulta si hay una fruta roja o cuando el verde pálido se confunde con el amarillo. En el caso de la banana, recurren a otros medios más sutiles: sienten, huelen y utilizan el gusto.

La mayoría no logra aprender a leer, ya que no pueden ver las palabras en la pizarra.

Existe otro oficio practicado por los maskun, es el tejido de alfombras, en tonos que van del marrón oscuro hasta el púrpura. En la tela, la representación tiene poco contraste cromático. Estos dibujos solo pueden ser vistos por los ciegos del color en un ambiente de escasa luz.

Para poder entender cómo visualizan la realidad en blanco y negro, los colores se agrupan del siguiente modo: para el blanco, se juntan el amarillo y el azul pálido; para el negro, se juntan el rojo y el verde.

VER EN FORMA

Al carecer de la capacidad para identificar colores, los maskun prestan atención a las formas. De ese modo, reproducen los primeros pasos del hombre en el campo de la pintura. Según cita Plinio el Viejo (25-79 d.C), en su obra “Historia Natural”, los egipcios fueron los primeros en inventar, hace 6000 años, la técnica de dibujar los contornos de hombre y animales. La segunda etapa fue pintar en interior de los contornos utilizando un color por vez. Los pigmentos (en general óxidos férricos) aplicados eran los más cercanos al lugar.

¿Es posible que el hombre haya evolucionado en su capacidad visual y esto haya instalado el peso de un nuevo paradigma? Filósofos, científicos y escritores se han interesado en describir la utilidad biológica o la importancia de la visión como ventana al mundo exterior. Pero, creo yo, aún no se ha materializado un estudio más exhaustivo, sólo contamos con buenas investigaciones centradas en temas aislados.

En un estudio científico realizado entre animales se pudo establecer una idea básica para entender los diferentes grados de capacidad visual.

Los acromáticos carecen de la posibilidad de identificar colores y ponen énfasis en las formas.

Los dicromáticos, se cree, se desarrollaron en el paleozoico, tienen dificultad para detectar frutos de colores entre un paisaje verde donde la luminosidad es variada.

Los frutos pudieron evolucionar de modo tricromático y los monos adaptados a este sistema lograron, incluso, reconocer detalles faciales, estados emocionales y diferencias biológicas.