EL MEDIO DE LA CALLE

Claroscuros: sobre las drogas y la generacion X

Por Néstor Grossi

SIN VEREDAS

No hay peor huérfano que quien decide serlo, créanme, la calle está llena de ellos. Buenos Aires acuna el dolor de la muerte y el escape, el instante único de matar a los padres cuando es hora de saltar por la ventana y dejarlo todo atrás.

La orfandad es el punto más alto de la soledad absoluta, un estado de carencia extrema, es levantarte en medio de la noche y gritar el nombre de tus muertos. Y, en un segundo de silencio, sentir las manos de tu padre, el olor de una madre que baila siempre con la muerte.

ENTRE CIEGOS Y SORDOS

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Como la Rubia ya estaba bajo el ojo del nuevo novio, me tiró un “quizás” por la cabeza. El Yoni, junto a una esposa que lo odiaba, andaba con un crío de un año y otro por venir. Al Cuervo le había perdido el rastro. El Chelo, cabreadísimo, porque fui el borracho que arruinó su fiesta de casamiento: después de aquella noche, a Loli, al Bicho y al otro Negro no volví a verlos más: algo se había roto en nuestra esquina.

Y bue, ninguno iba estar en mi primer recital, sólo el Innombrable, pero daba igual porque ensayábamos en el sótano de su casa, en su sala.

Aunque no me sentía orgulloso de la banda  ni me gustaba tocar con ellos, “la 69 Rokanrolla Band” debutaba en un festival, y los pibes no estaban.

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Pero ese no era el único asunto que arruinaba la noche que había soñado toda mi vida: yo no podía estar ahí, ni en una fiesta, ni beber alcohol ni consumir. Cumplía una “Probation”, que se terminaba y que había modificado mis hábitos de consumo y toda mi puta vida. A pesar de no estar encerrado, la supuesta libertad no era para tanto. Solo tenía que asomar la nariz en una comisaría por cualquier motivo y quedaría detenido hasta que el juzgado fuera notificado. Si eso sucedía, todo el esfuerzo que soportaba desde noviembre del `94 habría sido al recontra pedo. Durante todo aquel año y medio, dejé de ir al Parque, al kiosko y a la esquina. Solo salía con mi novia y conseguía porro porque la Rubia me lo traía a mi casa.

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Me había perdido de todos, sólo contaba los días hasta que terminara la Probation o hasta que saliera y el juicio y todo se fuera al carajo de una maldita vez. Trabajaba, estudiaba, solo me ponía en pedo en mi casa o en la casa del Innombrable. En la calle, ya no fumaba marihuana, ni andaba con drogas encima. Una vida de mierda y paranoica. Si fumaba en los ensayos, era porque alguien siempre llevaba. En cuanto a beber, bebía como un “normal”.

Toda mi vida adictiva había cambiado. Eso  me llevó hacia una puerta que no volvería a cerrar jamás. Alejarme de la marihuana me acercó a las drogas legales: el Alplax y el alcohol comenzaron a mezclarse.

Entonces, apareció la zona oscura: tomar el poder de una soledad que nada tiene que ver con los estereotipos filosóficos de un puñado de putos intelectuales. La verdadera soledad es clavarte puñal por no por matarlos, sino por aprender a moverse entre los claroscuros de una noche tan vacía como eterna.

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A LA MIERDA CON EL SHOW

Nos sentamos en la mesa más cercana a la barra.

No había escenario. La batería estaba sobre una tarima de madera sostenida por cajones de cerveza. El resto de los equipos, en el suelo. Íbamos a estar cara a cara con la gente: la única banda rockera en un recital punk y hardcore. El lugar era una caserón de las épocas de los conventillos, las bandas tocábamos ahí afuera, en un patio lleno de mesas, a un costado y, vacío, de frente a los parlantes donde iban los parados con sus vasos en las manos. Parecía una unidad básica, pero era un local de la izquierda, en San Martín. Un festival contra la represión policial y por la libertad de un tal Panario. Nosotros tocábamos anteúltimos. Y no por buenos o por llevar gente. En verdad, cerraba una banda heavy. Y, como éramos los blandos de la noche, iba a ser lo mejor.

El plan que trazamos fue el siguiente: sacar el puto cover de Kiss que el bajista nos obligaba a tocar y mi balada “gay”. Era eso o salir de San Martín con el culo en flor. Cuando pedimos la tercera cerveza, aparecieron el Innombrable, su novia y Fabián. Más tarde, un par de amigos del bajista para cerrar el círculo de nuestra gente: siete personas, mi novia incluida, eso fue todo.

De fondo, sonaba la primera banda hardcore de la noche. Nuestra mesa estaba llena de botellas y ceniceros repletos. Las chicas hablaban entre ellas, los otros idiotas reían y conversaban y, a mí, me importaba una mierda no escuchar un carajo. Quería estar solo. Fumarme un caño. Quería disfrutar mi debut como esa noche lo merecía. Estaba a un rato de colgarme la Strato por primera vez en público y no sentía nada mío.

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Entonces, llegó el momento más temido en toda mi puta vida: “terminan estos pibes y van ustedes”, dijo el organizador. Pedimos más cerveza.

Basta para mí, basta para todos, le canté a mi cabeza. Ya no soportaba a nadie más.

—Vuelvo en cinco largos, cuidame la viola, —dije al oído de Sabi. Me paré, maté el trago y encaré hacia la calle.

Afuera, estaban todos con botellas de birra o plástico cortadas, olía a marihuana. Por primera vez en un año y medio, iba a fumarme un churro al aire libre. No tenía opción. Un par de secas y al carajo, pensé recontra cagado. Cinco minutos de paranoia total y todo terminaría, podía quedarme cerca de la puerta: si veía la lancha, me lo tragaba y volvía a entrar.

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Esa mierda no era vida, debería haber estado aterrorizado por la posibilidad de pifiar al tocar, porque se me cortara una cuerda, por perderme en medio del sonido o porque el estúpido de Leo llevara el tiempo. Gatillé dos veces el encendedor. Me lo fumé casi entero y entré cuando escuché a los que estaban sobre el escenario anunciar su último tema.

Había llegado el momento.

Cuándo enchufé la viola al Marshall, me desconecté de la realidad. Encendí un pucho sin mirar a nadie y, desde atrás, el batero gritó el “dos, tres ,va”. Y largamos la intro. De la media hora que tenía cada banda, los primeros quince minutos tocamos con el lugar lleno. Después, empezaron a verse más espacios libres en la zona de pogo. Afuera, la batalla entre las tribus había comenzado.

Tocamos diez canciones, una tras otra. Esos treinta minutos fueron los únicos en un año y medio que pude disfrutar. Pero no era ni libre ni feliz, y no volvería a serlo jamás. Al menos no, hasta entender que la luz y la oscuridad solo están ahí para cegarnos.

EL MEDIO DE LA CALLE

Hubiese querido estar en medio del show, levantar la cabeza y ver las caras de mis amigos, de los que me habían soportado desde que no podia encajar dos acordes bien, con los que habiamos estado en los Redondos y seguíamos a la Renga desde el Galpón. Hubiera querido no tener ese grillete mental que me unía desde San Martin a Tribunales.
No sabía si era por lo de los pibes, o por mi falsa libertad, pero la noche brillaba incompleta, casi vacía como aquel primer polvo a los catorce en el prostíbulo de Rincón. Había cumplido, nada más, la confirmación que ya podía mandar a la mierda a todos y formar mi banda, con mi gente, y no con dos tarados.
A fines de ese mismo año, volví a formar otra banda, una de blues y rocanroll, con amigos. Sin quererlo, terminé formando parte de la era del rock barrial… los pibes, tampoco estuvieron.
No recuerdo si Borges o Sartre, vale verga, pero alguno de los dos cabrones tuvo razón cuando aseveró que cada culiado que moría se llevaba un pedazo de nuestra historia…nunca toqué en vivo, porque sin ellos, no hay yo.
Nada sera completo jamas, moriremos con el culo pidiendo en un mundo bisexual; porque no hay grises, ni negros ni blancos hijos de puta: todos somos mestizos cuando abrimos esa puerta que nos lleva entre la luz y lo negro de una ciudad lista, siempre, a devorarnos.

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OTRAS VOCES

Ausencias: sobre “The Doors”, en la Argentina.
Por Néstor Grossi

 

“Mi amor salvaje se fue a cabalgar,
cabalgó todo el día, cabalgó hasta el diablo,
y le pidió que le pagara.”
Jim Morrison

 

EPÍLOGO

En todas mis notas rockeras en las virtuales páginas de esta revista, decreto la muerte del rock en diciembre del año 2004, cuando “La Renga” estalló en Huracán, veintiséis días antes de la tragedia de Cromañón y a dos meses de la muerte de Pappo. De a poco, Buenos Aires se convirtió en una puta sin maquillaje, de duelo y rehabilitada, sin alcohol en los kioscos ni ceniceros en los bares. Una puta que no hacía más que gritarnos en la cara la muerte de toda una generación, que nos obligaba a cavar nuestras tumbas, mientras nos apuntaba en la cara y nos regalaba un último deseo, antes de encarcelarnos, para siempre, en una ciudad vacía, en una mierda de copia pirata.

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JINETES EN LA TORMENTA

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Después de aquel último show del 12 de diciembre de 1970, en un localcito de Nueva Orleans, Los Doors pactaron dejar de tocar hasta terminar las grabaciones de “L.A. Woman”. El estado mental de Morrison era incontrolable. Podía orinar al público o caer desmayado en medio del show, mientras la banda seguía improvisando, hasta que Jim volvía de entre los muertos. Ya no era un sex simbol, ni un chamán. Era un poeta y estaba harto de todos y del rocanroll. En enero del 71, finalizada la grabación del que sería su disco más blusero, Morrison desapareció y se ocultó en París para dedicarse por completo a su escritura.

Mientras tanto, los Doors decidieron seguir como trío y comenzaron con la grabación de un disco. “L.A. Woman” no tendría gira, Morrison murió tres meses después de que el disco saliera al mercado. En octubre de ese año, Ray Manzarek, Robby Krieger y John Desmore sacaron a la luz “Other Voices”, que seguía en la sintonía blusero rockera del disco anterior. En 1972, grabaron el último disco como banda, “Full Circle” y salieron de gira con Manzarek y Krieger en las voces. Al año siguiente, dejarían de existir. En 1978, los Doors vuelven a juntarse en un estudio para ponerle música a unos poemas que Jim había grabado a finales de 1970. El disco sale a la venta en 1979 bajo en nombre de “American Prayer” y es recibido con éxito, a diferencia de los otros dos discos post-mortem del Rey Lagarto. Ese mismo año, Francis Ford Coppola estrena “Apocalyse Now”, con “The End”, en el soundtrack de la película.

 

Si hay una banda que peleó por sobrevivir sin su voz, esa fue “The Doors”.20190620_203547 Morrison resultó irremplazable. Se dice que tenían los ojos puestos en Iggy Pop (y mal no hubiese estado), pero no pudo ser.

Con la aparición de MTV, en 1981, empezaron a pasarse videos de los Doors. Llegaron los 90 y de nuevo el cine mantendría viva a la banda: Oliver Stone, estrenó “The Doors” y generó una nueva ola de fanáticos y la re-edición de varios discos con piezas perdidas de la banda.

En el año 2002, Ray Manzarek​ y Robby Krieger se reunieron y crearon una nueva versión de “The Doors”, llamada “The Doors of the 21st Century”. La nueva formación contaba con Ian Astbury, como vocalista, y Angelo Barbera, de la banda de Krieger, en el bajo. En su primer concierto dieron a conocer que el baterista John Densmore no iba a tocar porque sufría de una enfermedad auditiva. Entonces, fue reemplazado por Stewart Copeland, antes miembro de “The Police”. Pero Stewart se rompió el brazo en una caída de su bicicleta. Entonces, llegó el turno de Ty Dennis, el baterista de la banda de Krieger.the_doors

John Densmore reclamó que él nunca fue invitado a tomar parte de la nueva reunión del grupo. En febrero de 2003, emitió una orden legal para evitar que sus ex-compañeros se autodenominaran “The Doors of the 21st Century”. Tanto el baterista original, como la familia de Morrison hicieron lo imposible para que no usaran el nombre “The Doors”. En julio de 2005, la banda se re-bautizó “D21C” y, más tarde, “Riders on the Storm”.

 

LA CELEBRACIÓN DEL LAGARTO

Había escuchado la noticia en la radio. Pero, hasta no ver el afiche sobre avenida Rivadavia, no reaccioné. Ya no me importaban los recitales en estadios, prefería lugares chicos y bandas desconocidas, aunque los Doors en Vélez eran un lujo. Y, encima, con Ian Ausbury en voz. Tenía que ir. doors_21De las dos bandas que me había perdido en los 90, una era The Cult. Y ver a Ausbury junto a las teclas de Manzarek y la SG de Robby Krieger era algo que no podía perderme, no me lo perdonaría jamás. A menos de treinta cuadras de mi casa, Los Doors tocarían por primera vez en la Argentina, en el estadio José Amalfitani.

 

Desde que la Rock and Pop había perdido el monopolio del mercado, la organización de los conciertos era un caos. La productora que trajo a la banda dividió el campo dos. El escenario se armó frente a una de las plateas hacia la avenida Juan B. Justo. Los precios de las entradas iban de los 30 pesos a 200. Con el costo del VIP, podías llevarte una sillita de mierda que en el respaldo decía “The Doors” y alguna gilada más. Odiaba la idea de un campo vallado, pero así de chotos se habían vuelto los conciertos internacionales. Compré dos plateas bajas y fui con mi compañera.

El plan era llegar tarde, hacer el mínimo de cola, o entrar de una, pero nos encontramos con otra situación. Lo primero que me llamó la atención fueron dos colas que llegaban, de diferentes direcciones, hacia las plateas: a algún genio de esa productora se le ocurrió que los de uno de los campos podrían entrar por la misma puerta.MV5BZjU1OGJiY2QtYTNjMy00OTI3LTkwNDMtODFhMjQ2NGNkOTY1XkEyXkFqcGdeQXVyNDQzNTQwMTY@._V1_

El show estaba anunciado a las 22 hs, eran y media, y afuera todavía quedaban dos colas de más de cien metros. Todos impacientes y cagándose en la maldita organización, mientras sacaban cuentas de la hora en que saldría la banda.

 

Plan B, le dije a mi novia. La tomé de la mano y encaramos hacia la puerta, donde la escena comenzaba a calentarse. Nos metimos entre la gente: era un nudo de cuerpos que puteaba y empezaba a presionar, sólo tuvimos que dejarnos llevar hasta aparecer frente a los boleteros, quienes no daban abasto con los tickets. No habremos hecho ni diez pasos, cuando la música en off del estadio dejó de sonar. Hubo un segundo de silencio, las luces se apagaron y la gente estalló. Comenzó a sonar el tema de una película de terror de los setentas. A nuestras espaldas, la avalancha se llevó por adelante la entrada, apreté la mano de Claudia y nos pusimos a correr o la estampida nos llevaba. Metros antes de llegar al último control, alguien tropezó y los dos caímos al suelo. Rodamos, mientras esquivábamos la turba y no sé cómo logré ponerme de pie al segundo y levantar a la pendeja de un tirón.

La avalancha había llegado al último control. Al igual que en la entrada al estadio, los accesos al campo y a las plateas estaban casi pegados. Entonces comenzaron los golpes mientras, de fondo, todavía sonaba la música de terror. Las vallas cayeron. Los de platea baja empezaron a colar al campo, los del campo común, al campo VIP. Y todo el mundo empezó a cagarse trompadas por un lugar abajo hasta que, de golpe, las luces se apagaron:

— ¡From Los Angeles California —Liniers tembló— The Doors of twenty century first!— Y comenzó el riff en mi mayor del “Blues de la casa rodante”. Entonces, todo se convirtió en un verdadero descontrol. La gente ya no pasaba por el acceso al campo y había empezado a romper los alambrados. Seguridad no daba abasto, había combates en cada rincón del lugar, era una batalla hermosa con el sello de los noventas.

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En medio de ese pequeño apocalipsis, divisé un agujero por donde todos los de la platea baja comenzaban a meterse al campo. Apreté la mano de mi novia y de nuevo a correr. En el momento en que cruzamos el alambrado, se me vino uno de seguridad encima, solté a la pendeja y me le planté: tiré dos piñas y una patada que nunca le dieron a nadie ni a nada. El de seguridad se había puesto en guardia y avanzaba. En ese segundo, apareció de costado un vago que le encajó una patada en los riñones al botón mandándolo al suelo.

Claudia me tomó del brazo y, de un tirón, me arrastró hasta el agujero en el alambrado, mientras yo seguía puteando a todos los botones y a ella porque casi estábamos. Entonces vi cómo empezaban a aparecer más tipos de seguridad por todos lados.

Terminó el Blues, Ian Asbury agradeció en castellano y Manzarek largó las primeras notas de “Break on through”, al tiempo que Claudia y yo subíamos las escaleras de la platea y todo el estadio coreaba. Nos detuvimos en la quinta fila y encendí el primer pucho desde que habíamos llegado. Por primera vez, en cuarenta años, los Doors estaban en la Argentina. Y sonaban genial, Robby Krieger y Ray Manzarek tocaban mejor que a los veinte años. Y el tono, la voz de Ian Ausbury fue mucho más de lo que yo esperaba. Aunque, recién cuando terminó el tema y las luces del escenario se encendieron por completo, entendí lo enorme de lo que sucedía. Asbury estaba loco: se había ondulado y cortado el pelo, usaba una campera negra de cuero, lentes, botas y jean. Nos regalaba una fantasía que algunos estúpidos fundamentalistas no llegaron a comprender.

 

Ray Manzarek saludó a Buenos Aires, mientras soltaba los primeros acordes de “L.A. Woman” y el José Amalfitani se encendía por completo. “Una canción de mi casa, su casa”, dijo Manzarek en un castellano cuadrado. “Jim Morrison, Jim Morrison”, gritaba Ian Asbury en la cara de unos cuántos tarados.gettyimages-112427595-612x612

Armé el porro más grande que pude. Eran los Doors, pensé, mientras pasaba la lengua por la seda y la viola de Robbie Krieger largaba el riff de “Loves to time”.

Y, a medida que la banda soltaba un hit atrás de otro y los del campo común empezaban a saltar las vallas al VIP, la pendeja y yo nos pasábamos el faso:

— Así pasaba con los Redondos —, le dije a mi compañera. Éramos la puta ley.

No recuerdo en qué tema fue, sólo que estábamos en la parte psicodélica del show, cuando alcé la vista y, sobre el cielo de Liniers, la luna comenzaba, de a poco, a teñir de rojo una noche tan violenta como mágica, donde todos invocábamos a un mismo nahual (1).

No creo en la casualidades, pero el eclipse llego a su etapa final justo cuando sonaba “Moonlight drive”, el poema que Jim Morrison le había mostrado a Manzarek en una playa de California, cuarenta años atrás, el primero de todos los temas de la banda: el legendario tecladista señaló el cielo.

Abajo, ya no había campo VIP, solo una montaña de sillas que ardían. Y la gente no paraba de saltar y bailar bajo una enorme luna roja. Eran los noventas. La fiesta de un montón de salvajes que se despedía y daba paso a una nueva generación de rockeros bien educaditos y de dientes blancos, que morirían potros, sin galopar.

Después de un gran deseo, queda solo el final.

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PARA LOS AMIGOS AUSENTES

Aquel 27 de Octubre del año 2004, fue el último round de toda una raza. El polvo de despedida entre el rock y la anarquía, la muerte de una generación que comenzaba a marchitarse a la sombra de cuatro paredes. Fue la orgía que Morrison habría organizado.

Cuatro años más tarde, los Doors volverían con otro cantante y bajo el nombre de “Riders of the Storm”. Sin Ian Asbury, mi deuda estaba saldada.thedoorsenvelez2-1 Ni siquiera intenté ir, leí que habían llenado el Luna Park en un setenta por ciento por rockeritos de la nueva generación, que les festejaron todos y cada uno de los temas.

Al año siguiente, se anunció otro concierto. Esa vez, en el estadio “Malvinas Argentinas”. No recuerdo por qué se suspendió, pero sí el porqué de la suspensión del concierto que darían en el 2013, de nuevo en el Luna Park: a comienzos de ese año, Ray Manzarek, el fundador de la banda junto con Jim, moría de cáncer de hígado, a los 74 años. El Viejo tocó, casi, hasta su final.

Esta no es la historia de Jim Morrison y de los Doors, fue la historia de Ray Manzarek y Robby Krieger, dos tipos que intentaron sobrevivir a la sombra de la más grande de todas las ausencias en la historia del rock y que, a pesar del Rey Lagarto, lo lograron. Y lo hicieron la con dignidad de quienes saben adaptarse a los tiempos, pero no a los cambios.

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The Doors fue una de las muy pocas bandas que logró un sonido propio y original, el blues hecho psicodelia, con toda la violencia del rock y la poesía beatnik. Y Manzarek fue el gran responsable: al no tener un bajista, él tocaba las partes del bajo con su teclado, hacía las melodías principales; y además, fue a quién Jim indicó que sus poemas deberían ser canciones. Ray Manzarek fue el director de la orquesta que pusó música a dos generaciones que se ahogarían en sus sueños.

A comienzos de este año, Robby Krieger volvió a aparecer junto a una banda, para homenajear a los Doors, en un concierto que duró casi dos horas. Tiene 73 años y sus manos, 20. Junto a Keith Richards, son los últimos guitarristas de una época donde solo existían los presentes, en un mundo inconstante.

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(1) Nahual o Nagual, dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. De acuerdo con algunas tradiciones, se dice que a cada persona, al momento de nacer, tiene ya el espíritu de un animal que se encarga de cuidarlo y guiarlo.




NUNCA LO OLVIDES

Rituales: sobre los recitales de “la Renga”.
Por Néstor Grossi

EPÍLOGO
Lo que para algunos es costumbre, para otros es ritual. Esa es la diferencia entre la vieja y la nueva escuela, entre la generación del final y la del nuevo siglo. Ese pequeño detalle derrumbó toda una cultura, hundió el último de los continentes, donde la magia del mundo volvía a renovarse para hacerse una con el todo.
Había cierta alquimia en los rituales, algo más allá de las velas y el deseo: eran hechizos de búsqueda, conjuros de invocación; eran pactos con el otro lado de una ciudad que agonizaba mientras las cabezas de una generación esperaban la guillotina y la traición de los “Ellos” y sus costumbres.
Y entonces no se trata sólo de palabras, hay una matemática enferma que nos conecta con los astros, hay un intercambio equivalente. Por eso es preciso estar listo y predispuesto, porque no alcanzan nuestros cuerpos cuando todo el universo está ahí solo para arrancarnos a tirones la piel.

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BAILAR EN UNA PATA
El prim2842971w380er recital de “La Renga” al que fui con todos mis amigos fue en una escuela primaria de Mataderos. Después llegó el “Club Larrazábal” y la fiesta del “Condon Clu”, en la Federación de Box, donde comenzó el boca a boca.
Ya para 1990, “La Renga” era la banda under que los pibes de Otamendi y Avellaneda íbamos a ver. Al año siguiente, teníamos clarísimo que, después de “Los Redondos”: “La Renga”.
La gira del primer disco comenzó en el “Galpón del Sur”, en abril de 1991 y siguió por todos reductos rockeros de la época, como “Die Shule”, “El Viejo Correo”, “BabilonB0UQ1I7IMAAvRkkia”, el “Arpegios” y varios boliches del conurbano. El asunto siempre volvía al “Galpón”, con varias fechas seguidas. Esa gira terminó en octubre de 1993, en “Stadium”, un ex cine y templo evangélico en la zona de Almagro, sobre Avenida Rivadavia.
En 1994 llegaría lo inevitable: “Obras”, el primer recital al que fui solo.
Pero, volvamos al “Galpón”, a una esquina de Humberto primo y Entre Ríos, plagada de heavys y rockeros que bebían y fumaban entre los surtidores de la estación. O no. Mejor volvamos a la esquina de Otamendi y Avellaneda, donde comenzaba el ritual.

EL CUERVO Y SU NOCHE

Como el Bicho y el 16002899_610062545870273_6310044372522059076_nVilla vivían a media cuadra del parque, nos juntábamos ahí a las tres de la tarde y salíamos, hacía el Centenario y en caravana, en busca de nuestras pepas para la noche. Tocaba “La Renga” y nada nos podía faltar. Con el botín en una bolsita de cigarrillos, volvíamos a lo de los hermanitos macana a seccionar los dos cartones, mientras fumábamos porro y tomábamos vino con naranja. Nos separábamos a las ocho para ir a comer a nuestras casas, jurándonos que no tomaríamos el ácido antes de las diez…creo que sólo el Chelo cumplía.

D4ePEYsXkAIlr4aEntre las diez y media y la once, nos juntábamos en el kiosco a esperar el milagro, entre cervezas y porros.
Siempre era igual. Yo ni tenía que caretearla con mis padres, subía a mi habitación con un tubo de papas y una lata de medio, me quedaba hasta las diez con la guitarra en la mano, tocaba encima de la radio hasta que me ponía el cuartito sobre la palma de la lengua y me apoyaba de codos sobre el marco de la ventana.
Era una noche tranquila. Una enorme luna blanca brillaba sobre la ciudad y se estaba de puta de madre, con “The Doors” de fondo y un faso en la mano, encerrado en ese único y primer piso de la casa, mi habitación. Desde ahí, sólo podía ver las copas de los árboles, las luces de los faroles y los techos vecinos. Diez y veinte salía, ya no me aguantaba, tenía que salir. De paso, me tomaba una birrita solo y en paz. Eso sí, el Cuervo ya no estaba ahí.
Me puse la leñadora sobre la remera de Zeppelin, me calcé la riñonera, el porro en las bolas y bajé. ManoD21fRCSVAAAOYkHteé una milanesa de la heladera y salí por el pasillo devorándola. Abrí la puerta cancel y vi la silueta negra que sostenía una botella.
Era fija: cuándo salí, el Cuervo estaba sentado en el umbral de mi casa.
-Nunca más -dijo, se puso de pie y me abrazó. -Vayamos por una birra ya, Negro putazo.
—-¿Te la tomaste a las diez, vos?
-Sí, el segundo cuarto, puto — dijo y comenzó a reírse. Y se rió por el pasaje Escribano hasta doblar en Numancia, siguió riéndose y recordándome lo puto que yo era, hasta que nos detuvimos frente al tráfico de Avellaneda. Y, entonces, estalló en carcajadas, al tiempo que me señalaba el kiosco y tenía la cara roja
-Mirá negro Néstor, mirá, jajajaja: parece un muñequito sentado ahí jajajajaja, miralo con su cervecita, pobrecito jajaja”.¡Loliiii! ¡Aguante la Renga, puto!
En segundos llegaría el Chelo; en minutos, el Bichito con su hermano y novia. Dos horas más y el “Galpón del Sur” nos abriría las puertas. “La Renga” se hizo grande en ese lugar y nosotros estuvimos ahí, recital tras recital, durante todo aquel 1991 y hasta el final de ese ciclo.

La Renga
Esa noche fue la primera vez que Robinson, el armoniquista de Pappo y de la “Chevy Rockets” tocaba con ellos. “El Galpón” se llenaba, pero no del todo, aún no explotaba. Tenía un escenario bajo, más cuadrado que rectangular, frente a los baños. Es decir, para mear, siempre tenías que rodear el escenario.
Nunca tocaban antes de las dos, nosotros llegamos a la una y algo, nos terminamos una cajita de vino mientas fumábamos uno y nos confirmábamos que las putas Budas pegaban mientras juntábamos el billete para la entrada.
Adentro, lo de siempre: tema tras tema entre porros y saltar abrazado con los pibes cuando llegaba el “Juicio del Ganso” o “Negra es mi alma, negro mi corazón”. A veces nos separábamos y nos volvíamos a encontrar porque sabíamos que en Buseca y Vino tinto, el Chizzo y el Tete aparecían con dos enormes bolsas de consorcio negras cargadas de tetras que le arrojaban al público.
Robinson era lo que “La Renga” necesitaba, el saxofonista de la banda. El Chiflo, a veces tocaba pero no era lo mismo. Robinson usaba un cinturón de armónicas y sabía qué hacer con cada una de ellas. Increíble, así sonaban como una banda de verdad. menu-icono-fotosY el Cuervo lo sabía, lo sentía y estaba insoportable ya: pegado al escenario golpeaba el piso, subía al escenario a cantar con el Chizzo y se volvía a tirar. Pedía faso, un trago y agitaba en medio del pogo, mientras todos cantaban con la banda.
No recuerdo en qué tema fue: yo puteaba a Loli porque tardaba demasiado en picar, cuando vimos al Cuervo sobre el escenario que intentaba abrazar al Chizzo y cantar con él, mientras nosotros nos cagábamos de risa. Al terminar la canción, Loli le pasaba la lengua a la seda, el Cuervo le arrebató el sombrero a Robinson, se lo puso y agitó hasta tropezar y desaparecer de nuestra vista. El tema terminó y la banda no arrancaba, el Chizzo se acercó al micrófono y llamó a los amigos de Martín, el Cuervo. ¿Qué pasó?: se había caído a un costado del escenario. Los plomos contaron que estuvo un rato, ahí, entre los cables y sobre unos pies de mics que no se usaban. Iban a llamar una ambulancia, pero el Cuervo se negaba y pedía un vino: “que no había pasado nada, que no se iba una mierda hasta que el ritual terminaba”. Juramos llevarlo al hospital, pero fue imposible. La banda siguió y nosotros rockeábamos con ella. El Cuervo agitaba menos, iba y venía con un tetra en la mano. Todos estábamos tan drogados que nadie se daba cuenta de cómo a nuestro amigo comenzaba a mutarle el brazo, hasta que ya no pudo ni sostener el vino y la mano le cambió de color.
A las cinco ya estábamos afuera, con todos los pájaros del amanecer pateándonos las cabezas y con una de las tres cajas manoteadas en “buseca y vino tinoD2tJ1ZTWoAAbwGK“.
-Che, boludo— dijo Chelo,- te rompiste el brazo, infeliz. O la mano. Vayamos a un hospital, pelotudo ¿cómo vas a castigarte esta noche, si no?
Encendí un pucho.
—La puta que te parió, Cuervito, busquemos un hospital por acá, loco.
El Cuervo se rió con las pocas fuerzas que le quedaban:
— El ritual termina el parque, loco: me la re banco hasta el Durand, ni hablar. Pasame el vino, Loli.
El Villa y Novia se pusieron a juntar el billete para la birra y la Uggis de Callao. Loli entregó el tinto, el Bichito me pidió un faso, mientras el Chelo le revisaba el brazo al Cuervo y yo gatillaba el encendedor.
Bajamos del 105 con sabor a tabaco y pizza en la boca, no había dónde pegar birra y no teníamos un peso ya. Tomamos agua del bebedero y nos sentamos a fumar un porro para levantar la pepa, mientras ninguno recordaba el brazo el cuervo . Sobre Díaz Vélez, el tráfico del domingo se mezclaba con los puesteros que comenzaban a llegar.
Amanecimos en la guardia del Durand, reíamos y vomitábamos, mientras le enyesaban el brazo a nuestro amado Cuervito y planeábamos un verano letal.

SER LO QUE PUDO SER
No sé cómo ni cuándo pero, de alguna manera, nuestro ritual terminó convirtiéndose en una simple “prevhay2ia”, en un acto vacío de búsquedas y leyendas, en un sinsentido de tragos y pastillas y de quién se coge a quién. Esta generación no sabe drogarse, creció encerrada, mientras veía a sus padres frente a una eterna hoja blanco.
Estamos jodidos. El mundo terminó cuando los hijos dejaron de huir de los padres, cuando la suma de todas las culpas y el temor destruyeron el sacro santo puente que los elevaba de una ciudad a la otra. Somos lo que pudo haber pasado y no pasó, sobrevivientes en este siglo que nació muerto y sin magia. La resistencia es el ritual, el momento donde nuestras personalidades se hacen una, un imprescindible acto individualista para después darlo todo en nombre de la revolución. Entonces, los sahumerios, las velas y el palo santo, lo necesario para alejarnos de los “Ellos” y sus parrillas cargadas de mierda. “Purple” o los “Doors” para no escuchar sus ridículas vidas frente a las putas noticias en el cable mientras masticaban en cuerpo y alma su basura de exportación.
Por eso el ritual, porque hay un instante donde somos uno con el todo, donde controlamos el tiempo y llamamos a nuestros muertos. Es el maldito momento de preguntase cuándo nos olvidamos de nosotros mismos. ¿Cuándo fue que nos traicionamos?
Durante los años que llevó en esta revista me lo pregunto, nota a nota.

Pque+Centenario+(2)




GRUNGE CERO

La sospecha: Sobre GRUNGE CERO.
Por Néstor Grossi

 

EN EL OJO DEL HURACAN

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El grunge llegó como una patada a tu puerta, como un allanamiento a la estupidez musical que reinaba a finales de los ochenta. Todo era pop y glam metal. El rock sobrevivía con los restos de las viejas bandas inglesas que empezaban a ablandarse para entrar en un mercado que ya no pedía contenido ni ideologías y que apagaba las distorsiones de todas las guitarras.

Así nació un nuevo mercado paralelo, compuesto por nuevos sellos discográficos independientes: el rock alternativo.

El grunge apareció como parte de esa una nueva movida: era una mezcla de punk con metal y una estructura armónica rockera. Grunge significa mugriento o roñoso en espíritu, cuerpo y alma. Si el alternativo fue la voz de la generación X, el grunge fue su aullido final. Hartos de las bandas heavys disfrazadas, el grunge traía una propuesta anticomercial y antiestética que nada tenía que ver aquel presente del rock.

Nació a finales de los ochentas en el estado yanki de Washignton, pero se llamó el sonido de Seattle, gracias al sello independiente Sub Pop, el primero en apostar por las bandas del under local y su sonido. Green River, fue la primera banda en utilizar el término grunge y se hizo fuerte a finales de los ochentas, con bandas como Soundgarden, Nirvana, Alice in Chains y Pearl Jam. Más tarde, después de que las cuatro bestias del grunge se popularizaran, apareció Stone Temple Pilots y la mejor voz que dio el rock en los noventas: Scott Weiland, uno de los mejores performers que vi, después de Iggy pop.

Entonces, los escenarios empezaron a poblarse de muchachos en camisas leñadoras y zapatillas de lona, sin maquillaje ni producción escénica.

 

LA PANTALLA DEL MUNDO NUEVO

El Grunge llegó a Bs As justo cuando todas las tribus rockeras empezaban a negociar entre ellas, cuando todo era blues o heavy metal y el primer disco de Guns and Roses llevaba dos años limando las cabezas porteñas.5f31980dd8b838d54020d3f46071ecab--concert-flyer-concert-posters En estos pagos hizo pie con el nombre de Nirvana, el resto de la movida la conocimos a mediados de los noventas, cuando ya quedaba claro que el sonido de Seattle era apenas una parte de algo llamado rock alternativo.

En aquel Buenos Aires de los noventas, no hubo bandas grunge. Y el término alternativo comenzó a usarse para todos los grupos ni rockeros, ni punks ni metálicos. Y, mucho más, después de que las primeras tres bandas fundadoras del rock barrial se adueñaran de la escena rockera , para posicionarse en el mercado. La suma de todas estas pavadas da para nombrar a los Babasónicos, a la lamentable Bersuit, a Juana la Loca, a Los brujos y a alguna más…quizás en a esa lista deberíamos sumarle “ANIMAL” como banda alternativa dentro del metal.

El Gordo me hartaba con el grunge. Todo el tiempo caía con algo nuevo, y como en aquellas épocas pasábamos del cassette y los discos al CD, siempre tenía algo nuevo para hacerme escuchar. Tocábamos en la misma banda y lo que él quería era cambiar mi forma de tocar, sobre todo, desde que había cedido en lo de meter a otro guitarrista: era mi primera experiencia como única guitarra y me gustaba. Pero, en una banda de rock, dos violas, resultaba tentador. Dije que sí, una noche de 1993, mientras salíamos del “Monster of Rock, entre el gentío que doblaba por Avellaneda y yo buscaba un kiosko o algo para pegar una cerveza.

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Como ensayábamos los sábados y los martes, al otro díaa lo probamos. Era un pendejo de diecisiete años, con una Ibáñez negra y una pedalera zoom de moda. Yo usaba sólo mi strato y un wha wha y, por supuesto, la distorsión de Marshall al máximo. Zapamos algunas bases que veníamos armando y el pibe se enganchó a la perfección. Pero sonaba raro, no encajábamos como guitarristas.

Cuando salimos al patio a fumar y tomar birra, el Gordo me dijo que yo tenía que puntear y nada más y el pibe haría las bases. Y tuvo toda la razón del mundo, el pendejo aportaba todo ese sonido nuevo que la banda buscaba, mientras yo soleaba mi viejos blueses y rocanroles sobre todos ellos. Entonces dejamos de ser un trío y comenzamos a buscar un cantante. Para cuando llegó Claus a la banda, yo empezaba a darme cuenta: estaba de más.

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JIPI SUCIO, PACHULI PELO LARGO. EL BLUES DEL TRAIDOR

Amaba Nirvana, no se parecía a nada. De todas las bandas grunge, era las más cercana al punk en sonido y actitud. Pero yo estaba en otra: aunque me había comprado Nervermind, seguía totalmente deslumbrado por los solos de Slash y por los alaridos de Axel Rose.

1545417781445_0_6A6Y así quería sonar: me había vuelto un romántico; quizá, por eso, en aquel “Coca cola in concert ,del `92, cuando tuve que elegir un show, elegí el de Keith Richards. Entonces, me perdí el legendario show de “Nirvana en Vélez”, un concierto que Cobain intentó cancelar, furioso con el público argentino, que escupía, insultaba,y arrojaba botellas a la banda soporte “Kalamty Jane”, por un simple motivo: las minitas no tocaban punk. El Gordo nunca me perdonó haberme perdido ese recital, me lo echó en cara hasta la noche en que mandé al carajo a la banda…Ya había aprendido a tocar la guitarra, durante años me había preparado para ser la primera viola de una banda típica de rockanroll y blues. Para tocar punk rock, necesitaba dos dedos. Para tocar grunge, tres. Y yo sabía usar los cuatro, así que acepté ponerme a prueba en una banda de blues con saxo, piano, dos violas y tres coristas. “Señor Tickson” siguió con el pendejito en la guitarra, en busca del nuevo sonido de Seattle en nuestra entonces hermosa Capital Federal. Al igual que EEUU e Inglaterra, Buenos Aires formaba parte de la nueva movida. En los noventas, nuestro país era líder en la industria musical latinoamericana y nuestra ciudad, una máquina de crear bandas. No tuvimos grunge, ni Seattle, pero sí Mataderos y Lugano, donde nació el rock barrial.

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DE FINALES PARTIDOS

Aunque los primeros en firmar con una multinacional fueron Soundgarden, Nirvana con Nevermind fue quien puso al grunge en lo más alto. Kurt Cobain era el ángel maldito que el rock necesitaba.

En tan solo cuatro años, el mercado comercial se devoró al grunge y convirtió a aquellos inadaptados jóvenes en millonarios, sacándolos de la calles y de la noche para encerrarlos en oficinas o llevarlos en interminables gira mundiales. Aunque el contenido de sus letras seguía fuerte en lo social y las historias callejeras, y aunque seguían vistiéndose con ropas casuales, los pibes ya eran las estrellas de rock que odiaban.

Había llegado la hora de morir.

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ANGELITOS MALDITOS

Así como los setentas nos dejaron los mejores guitarristas de la historia, me atrevo a decir que el grunge tuvo las mejores voces del rock: Cris Cornell (1964-2017), Kurt Cobain (1967-1994), Layne Staley (1967-2002), Scott Weiland (1967-2015) y Ediee Vedder.PicsArt_12-21-09.05.57

Sí, todos muertos. Dos suicidios, dos sobredosis. La era grunge pasó con todo el vértigo y la volatilidad de los noventas; con toda la contaminación de las nuevas drogas químicas y con la certeza de que el rock ya no podría parir nada nuevo, nunca más. Y, hasta el día de hoy, no lo hizo.

De todas aquellas bandas sólo queda Pearl Jam y Stone Temple Pilots con un nuevo cantante. Por lo tanto, Eddie Vedder es la última voz del grunge. De todos aquellos cantantes, la vidas de Kurt Cobain y de Scott Weiland merecen un capítulo aparte. Las peleas de Cobain contra la mayoría de los músicos, retrógrados y machistas se sumaron a los excesos, a una sobredosis en Roma, y a una enfermedad estomacal, que decidió soportar con heroína y un escopetazo en la boca.

Cuando Cobain murió, en una nota muy conocida, un periodista pregunta a William Borroughs por Kurt :2_William_S_Burroughs_and_Kurt_Cobain

“Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto.”

Scott Weiland, a mi gusto, fue el mejor letrista de toda aquella generación y mi voz preferida del grunge. Las aventuras de Scott pasaban por el crack y los bares, por sus entradas a la cárcel y por las veces en que la banda tuvo que abandonar las giras, porque su voz estaba entre las rejas. Si no llevo mal la cuenta, creo que fue expulsado en dos ocasiones de la banda.

“Llevo bebiendo desde que tenía 15 años, drogándome desde los 16, consumiendo heroína desde los 23. A pesar de todo eso, he conseguido vender 25 millones de copias con Stone Temple Pilots y ganar millones de dólares. En este aspecto, mis adicciones no han afectado demasiado a mi carrera. Pero, si no lo dejo, puede que muera antes de cumplir los cincuenta o algo mucho peor. Lo único que me preocupa es cómo va a afectar todo esto a mis hijos, el niño tiene 3 y la niña 1. Quiero abandonar este infierno, de veras, no quiero seguir puteando a la gente que me quiere”.

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“Estuve 153 días en la cárcel y aquello fue una experiencia muy solitaria y muy dura. Pero está claro que saqué algo positivo de todo ello. Llegas a creer en la fe y piensas que dentro de ti existe un poder que puede ayudarte a superarlo todo. Cuando descubrí eso, me di cuenta de que ya no tenía que sentirme esclavizado por mis demonios personales. El hecho de estar en la cárcel me dio más fuerza para afrontar la vida y mirar hacia adelante y no hacia el pasado”.

Scott Weiland, entrevista mtv.

 

DE GUEYES PERDIDOS

Era un viernes de 1993, hacía calor y toda la banda de Otamendi y Avellaneda destapaba birras bajo un sol que empezaba a esconderse entre las terrazas de los edificios. El Cuervo fue el último en llegar, en jardinero y en cuero, pasado hasta el culo. Me abrazó:

—¿Qué haces, papá?, ¿que onda vos con esa remera? Tocas blues, te gustan Los Violadores y vas a ver Hermética—se río tanto que temblaron las veredas— sos un jipi punk, chabón. Decidite. Salu, negrita y me sacó la botella de la mano, mientras se reía.

Jipi punk…Tenías razón, Cuervito, eso era ser grunge.




PRESO EN MI CIUDAD

Los exilios: sobre exilios personales

Por Néstor Grossi

 

“Yo no creo en el exilio, sobre todo, no creo en el exilio

cuando esta palabra va junto a la palabra literatura.”

Roberto Bolaño.

 

HARTO, AMARGADO, Y CONFUNDIDO ¿ALGO MÁS?

Nunca necesité más que Buenos Aires, nunca sentí el deseo de estar bajo otra bandera ni de conocer nuevas culturas. Me importaba absolutamente una mierda todo lo que pasaba en Europa o en México o en Perú, los lugares a donde todos los conocidos viajaban. Creo que, desde 1992 hasta el 97, no hice otra cosa que escuchar las historias de los viajes de mis amigos, que el “uno a uno” había pagado. Yo no lo deseaba. De desearlo, tampoco hubiese podido: a partir del 94, me vi afectado por la ley 23737 que me prohibía salir de Buenos Aires sin pedir permiso en un juzgado de instrucción. Si mi cárcel era esta ciudad, la había sacado recontra barata.

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Recién con la llegada de este nuevo, estúpido y aburrido siglo, sentí la necesidad: no encajaba, estaba de más y sin ganas de seguir formando bandas o zapando con tarados. La gente del rock había comenzado a darme asco. Entonces conseguí una porta estudio de cuatro canales y me puse a grabar mis canciones sin necesitar de nadie, toqué varios instrumentos, grabé veinte temas, solo cinco tenían letra. Y eso fue todo. Sin saberlo, comenzaba a cavar la tumba donde un muy joven escribidor patearía a mi yo rockero. Y la nueva era comenzó, porque había llegado la hora de escribir, no existía otra forma de soportar toda la mierda que se avecinaba.

Una tarde de mayo, cuando andaba en busca de un hotel por la zona del Centenario y lamentándome por los precios, me vinieron a la cabeza dos cosas: que el precio de una habitación en el Parque costaba lo mismo que una San Bernardo o algo así; y que, para escribir, daba lo mismo en cualquier lugar, nadie me leería. Y bueno, si el mundo iba a cogerme, al menos, iba a decorar el lugar: con un par de velas y sahumerios todo cambia.

Busqué alquileres por el partido de la costa, hasta que Tandil apareció en mi cabeza como mi cielo salvador. Sí, tendría menos oportunidades, pero viviría en paz. Tenía que tomarme unas semi vacaciones y estudiar bien el lugar. Habían pasado quince años desde que había estado de campamento con los exploradores.

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Esas vacaciones de diez días en Tandil no me las pasé en medio de las sierras ni en la cabaña. En vez de hacer el recorrido turístico, salía a llenar solicitudes de laburo en los supermercados locales. También dejé mis datos en la telefónica de la zona y llené un currículum en el Carrefour. Después, me dediqué a disfrutar un poco más del lugar, a buscar la actividad cultural, todo rondaba en torno a la universidad; siempre tocaba alguna banda en algún club de barrio que venía de la capital. Ese mundo citadino estaba a tan solo 15 minutos en taxi o remis.PicsArt_08-23-09.15.56 Y todo, al mismo precio que en Mataderos, salvo por una cosa: en Tandil no había rastros de droga. Un faso, si lo conseguías, costaba igual que un 25 en capital. En diez días, fue lo único que pude averiguar. A pesar de eso, decisión tomada. Volvía a Buenos Aires unos meses a juntar billete, a vender unas cuántas cosas y listo.

Había hecho muy buena onda con los dueños del lugar. Cuando les conté mi plan, no dudaron en guardarme la cabaña. Como era fuera de temporada, iban a cobrarme más barato, me prometieron recomendarme entre sus contactos. Agregaron que había poco laburo pero que algo iba a salir. Eran dos hippiess cuarentones. Él, tan porteño como yo, se había instalado en Tandil a los veinte, por lo tanto me entendía. Como había dejado en los currículums el número del camping, le di el teléfono de mi vieja por si me llamaban de algún lugar. También les pedí dejar algunas cosas, agradecí por todo y me despedí hasta la primera semana de marzo, o antes.

BUENOS AIRES, PUTA MALA

Volví a la mierda en un tren fantasma. Oscuro y casi vacío hasta Azul y Rauch. Me la pasé empinando una botella de gaseosa con vino y fileteando uno de los salamines que llevaba mientras, a través de la ventana, no había nada que ver. 02a02666cdf977156453cb25e781023fEntonces imaginaba mi vida como parte activa de Tandil. No me importaba de qué mierda iba a laburar. Solo sabía que, al salir, mi paisaje sería serrano y no el lugar de mierda ese lleno de fábricas, talleres y carnicerías. Me veía estudiando algo en la universidad, quizá hasta volvería a formar una banda.

Cuando llegué a Constitución, entendí que mi verdadero exilio había comenzado: en la Capital no me esperaba nada.

La estación era el infierno temido. Odiaba estar de vuelta, eran las siete de la mañana de un lunes y mi pequeña vida salvaje murió bajo la suela de un Buenos Aires que despertaba siempre con resaca, donde no tenía nada que hacer y nadie me necesitaba.

Iba a vivir en las dos ciudades, punto final. Me bajé del Ferrobaires con la mochila vacía, había dejado el grabador, los borcegos y la guitarra en la casa de los dueños del camping. En el próximo viaje debería cargar con mi caja de herramientas, por si funcionaba el plan de sobrevivir  como instalador en Tandil.

Durante los tres meses en casa de mi vieja, laburé instalando marquesinas, vendía vhs, cds y auriculares de contrabando. No salía a ningún lado ni visitaba a nadie más que a mi puntero. Odiaba la vida en casa de mi madre y odiaba que mi paisaje de todos días fuese el barrio de Mataderos. Vivir con ella tres años había sido suficiente como para empezar a sentirme un estúpido que no servía más que para tocar la guitarrita. Para ella yo era un simple vago y un borracho igual que mi padre, que llevaba muerto 350 días, los únicos que justificaban mi estadía en esa casa. Pero ya estaba de más. Sólo mi adicción me ataba a Buenos Aires, me aterrorizaba la idea de estar sin fumar y sin pastillas; compensaba repitiéndome que, llegado el caso extremo, me subiría al tren y, en 48 hs, todo solucionado.

 

CON LAS BOLAS LLENAS

Tenía el billete para vivir tres meses sin laburar ¿cuánto más quería? Cada peso gastado en Mataderos era un peso menos en Tandil. Había llegado el momento de zafar y armarme esa nueva vida que tanto buscaba. Compré mi primer celular y lo principal: el faso, un ladrillito verde y bien compacto del tamaño de un Shot de largo y dos dedos de ancho, cien gramos de uno bien rico que, con algo de suerte, sobreviviría dos meses nada más.

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Estaba híper paranoico, desde aquella tarde de 1994 en que me habían agarrado con un kilo a la vuelta de la casa de Yoni, no había vuelto a tocar más que algún 25. Y pensar que debería viajar por más de cinco horas con eso encima me hacia mal. Si me agarraban con toda esa mierda, me revocaban la causa y todo se iba a la puta que lo parió, justo cuando aquel garrón estaba por terminarse. ¿Iba a soportar hacer un viajecito semejante cada dos o tres meses? Por un segundo, creí que había llegado la hora de limpiarme.

La noche antes del viaje apenas si pegué un ojo. Me la pasé metido en el plan de cómo llevarlo y cómo me descartaría si se pudría la cuestión. La mejor idea que tuve fue mantenerme alejado legalmente de los cien gramos, al menos, hasta llegar a la estación de Tandil. Y eso hice. Como pude, lo llevé en las pelotas hasta Liniers, después, lo encanuté arriba del micro a medio llenar y me quedé dormido hasta Rauch.

La roca y yo bajamos bajamos en la terminal, no había perros, apenas un poli gordo que hojeaba las revistas del quiosko y fumaba. A pesar de que Dios existía, recién cuando el remis entró al camping solté el aire en paz.

 

NO LLEGO CON EL CAMBIO, UNA NOCHE NO HACE MAL

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Los primeros quince días hice todos los deberes. Repartí volantes de electricista por  el centro y los barrios de la ciudad, busqué laburo en los bares y volví a pasar por todos los supermercados donde había dejado currículums. Nada. Era marzo del 2001 y el país estaba destrozado. A mí me daba igual ser pobre allá o acá, mientras tuviese un maldito porro para fumar a la noche…

Para ahorrar, empecé a quedarme más en el camping, a cocinarme en la parrilla mientras, de fondo, sonaban los Doors en medio de la nada y el frío. Colgaba frente al fuego, bebía vino y fumaba hasta que el sol se ocultaba en los cerros. De día, salía a caminar, desayunaba fuerte y encaraba hacia el Centinela a leer entre el ruido de los pájaros. Al atardecer, bajaba al parador a tomar una birra y entonces, comenzaba el regreso a casa

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Una tarde, cuando volvía de mi caminata, el dueño me vio pasar y me llamó. Me preguntó si me animaba a cambiar seis portatubos del comedor de la escuelita, en la rotonda. En una tarde lo hice. La mina de la cooperadora me dijo que la madre necesitaba un electricista para cambiar una llave de luz y, así, de boca en boca, empecé a agarrar algún curro de vez en cuando. Pero necesitaba un sueldo fijo, poder alquilar una casa en algún barrio o un departamento más en el centro. Esa plata que entraba, apenas me servía para cubrir el día a día, aunque había dejado de salir los sábados, mis ahorros se evaporaban.

Habían pasado marzo y abril y todavía me quedaban 50 gramos o más. Me sorprendía lo poco que fumaba, en capital  hubiera estado en bolas ya. Pero tenía que estirarlo más, así que decidí tomarme medio miligramo de Alplax todas las mañanas, fumarme medio a la tarde y mantenerme bebido hasta la noche, cuando me ponía a escribir. Sin darme cuenta, volvía s ser el tipo que había abandonado una tarde de 1994.

Cuando llegó el otoño, comencé a alejarme por completo de la ciudad. Pasaba todo el tiempo encerrado en la cabaña o frente al fuego de la parrilla. El frío te partía y si no llovía, lloviznaba; entonces, leía o escribía hasta que caía la noche, cuando me ponía a fumar y a beber. Solo en ese momento me daba por tocar la viola hasta que empezaba el programa de Dolina y cenaba solo, mientras miraba la oscuridad del cerro y las luces, a los lejos y en lo alto del castillo, en el Parque Independencia.

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En invierno, si no llovía, lloviznaba. Empecé a beber Brandy, compuse una canción, leí tres novelas de Philip Dick y, por segunda vez, Un Mago de Terramar. Me dediqué a Baudelaire y aumenté mi dosis medio miligramo más para ahorrar faso. Llegué al punto justo en que fumaba sólo si era necesario, los fines de semana. Para soportar las “ganas de”, si no llovía, salía a caminar por la ruta hasta la rotonda y doblaba hacia la derecha hasta el pie de Sierra del Tigre, donde había un almacén y teléfono público. Ida y vuelta al camping eran unos diez kilómetros en total, conectado a mi discman… sí, uno o dos meses, quizá podía soportar la abstinencia psicológica, pero erradicar la marihuana de mi vida era algo que no haría jamás.

Fue ahí, en mi pequeño exilio, cuando entendí que mi verdadera droga era el alcohol, que todo el garrón que me había comido por drogón solo sirvió para arruinarme los noventas.

Un atardecer de agosto frío y con sol, escuchaba a los Stones, mientras me tomaba un vino barato y me fumaba un porro ante el fuego, cuando escuché las hojas quebrarse bajo unas botas. Era el dueño, apagué como pude, al tiempo que el tipo me decía, todo bien ¿daba para una seca? Tenía un botella entre las manos. Licor del que preparaba la mujer. Nos quedamos tomando mi vino barato, hablamos del rock y de Tandil, del quilombo cuando habían tocado los Redondos y de la vez que fue Charly con alguna de sus bandas.

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EL CUENTO DEL IDIOTA (PARTE 1)

Llevaba siete meses en el lugar; entre una cosa y otra, por encajar en esa sociedad, no había pisado la cascada: Sierra de Las Ánimas, el lugar más alto de Tandil, el pozo del diablo donde nacía la leyenda del hechicero, la sacerdotisa y el enamorado del Fuerte Independencia. De ellos son los lamentos que se escuchan; de ellos, los fuegos fatuos.

Voy o voy, me dije cuando terminaba el primer mate lavado de mañana. Encendí la tuca de la noche anterior y comencé a prepararme. Pensé en sacar dos o tres churros y dejar el 25 en algún canuto en la cabaña, pero no: desde que el dueño del camping había fumado conmigo, me había quedado claro que en Tandil no había faso y, si alguien conseguía, costaba tres veces más caro que en la capital. Entonces lo guardé en la riñonera con los documentos y la plata. En el morral llevaba el disckman con parlante y algunos casetes, una bolsa con medio kilo de pan, dos latas de paté y mi cuchillo. Tenía que comprar un vino de camino y al carajo. Me ajusté los borcegos, me colgué el morral y manoteé la campera aviadora.

Había llegado septiembre. Afuera estaba nublado y hacía calor. Até la campera de mangas a la correa del morral, puse candado a la cabaña y me eché a andar. Iba a volver a llover, fija. Había llovido toda la maldita semana y ya no aguantaba más el encierro, así que pensaba aprovechar el día a como diera lugar y subir al maldito cerro de las Ánimas de una vez y por todas.

Después de la rotonda, encendí el que llevaba armado. En el morral el discman tenía conectados los mini parlantes y sonaba LA Woman, mi disco predilecto de los Doors. Estaba en armonía con el mundo, en medio de un paisaje serrano que era mío. Quizá lo de vivir en la ciudad era mala idea, quizá debía quedarme en medio la nada. En el almacén de sierra del tigre compré un salamín, una cerveza de litro, una de vino y una gaseosa, cuya mitad tiré. La otra la mezcle con el tinto. Guardé la botella de plástico en el morral, cambié el Cd y, al terminar la Bieckert, seguí: todavía tenía una hora o más a pie.

Iba a subirlo sí o sí, lo había hecho a los 13 años y volvería hacerlo a los 28PicsArt_08-23-09.18.20. Después de todo, por ese puto cerro había terminado en Tandil. A un kilómetro y monedas, empezó a lloviznar. Con Iggy Pop en mis orejas, con una birra, un faso y un miligramo de Alplax, me importaba una mierda; seguí adelante con el agua pegándome en la cara.  Saqué la botella del morral y le entré al vino hasta llegar y encontrarme con lo peor: un micro con turistas rubios que parecían quejarse y el guía que les negaba algo en un inglés de mierda.

Había dejado de lloviznar y el cielo amenazaba abrirse. Todos me miraron, yo parecía un ex combatiente, de verde oliva y con remera de Almafuerte negra, los saludé con la botella en alto, esquivé los caños que hacían de valla, crucé el puente sobre el arroyo y no me detuve hasta llegar a la cascadea. 94463431745c146a7d5d8719244c6997Encendí un pucho, todo estaba más resbaloso de lo habitual, debería pisar con el cerebro. Quizás sentarme a comer algo mientras el sol hacía su trabajo, pero iba a enfriarme, no tenia que parar. Además, ya se escuchaba al contingente de turistas acercarse. Quería estar solo, sentir ese  sitio regado con la sangre del indio. Existían cientos de historias que avalaban la carga energética del lugar. Era un día de semana húmedo, ¿qué mierda hacían todos esos imbéciles ahí? La puta madre.

Me ajusté al máximo el morral, me puse la campera y subí de la única manera posible: escalando entre las rocas mojadas con la cascada que caía a mi lado. Me protegía el dios de los alcohólicos, iba a estar todo bien, solo no tenía que mirar hacia abajo ni girar la cabeza. Estaba tan en pedo que jamás pensé que, después, debería hacer el mismo camino de vuelta. Recién al llegar a una vertiente me detuve a beber, a fumarme uno y a pensar qué carajo hacia ahí.

Abajo, a unos doscientos metros, muy chiquito, se veía el grupo de turistas. No iban a subir. Me quité el morral, saqué un salame, el pan de campo y me puse a morfar. Había bebido demás. Ni siquiera me convenía seguir subiendo, el viento soplaba fuerte y, tarde o temprano, las nubes volverían a cubrir el cielo.

Estaba tan alto que podía ver la ciudad. Si avanzaba hacia el otro lado del cerro, el camino no era empinado pero me llevaría horas bajar, y llegaría de noche. No me quedaba otra, desde la ciudad pegaba el bondi o un remis y al carajo.

20180824_11_48_35No, no iba a llegar a la cima, al menos, no ese día. Sólo necesitaba descansar un poco. Bajo el rayo de un sol que a veces se escondía, me puse el morral de almohada y cerré los ojos un rato.

Me despertó un temblor y, al segundo, un inmenso estallido. Tenía un conglomerado de nubes grises ante mis ojos. Entonces, me invadió el terror. Ahí estaba el cerro que tanto buscaba, toda la madre tierra en su máximo esplendor. Tenía que elegir entre bajar por unas rocas empinadas o buscar el camino paralelo entre las sierras y alejarme de la cascada. Entonces, comencé a rodear el cerro mientras volvía a tronar con tanta fuerza que todas las rocas temblaban.

Me eché a andar. La siesta me había arruinado y seguía medio ebrio, lo mejor era beber. Botella en mano, caminé hasta alejarme de las cascadas. No había ningún sendero, todo era roca y pasto, algún grupo de aromos o arbustos y nada más, ni una maldita cueva donde refugiarme si las cosas se complicaban. Por segunda vez en mi vida, sentí miedo total. Estaba solo en el cerro más alto del lugar, con una tormenta a punto de caer sobre toda mi maldita existencia. El fuego fatuo de las almas en pena de los indios masacrados podía irse a la mierda, porque el cerro me había rechazado, no tenía ni puta idea dónde estaba ni a dónde iba.

Comenzó a lloviznar.

Seguí siempre hacia adelante, durante horas caminé bajo una llovizna tan suave que flotaba en el aire. Yo subía y bajaba. Por momentos perdía el sentido hasta que, a los lejos, volvía a ver la ciudad y mi corazón se calmaba.

Aparecí en algo similar a un valle sin salida, tenía que volver a trepar si quería pasar. Y eso fue lo que hice. Debían ser unos diez metros. Justo cuando llegué al borde, del morral se me cayó la botella de plástico con el vino por la mitad. Antes de volver a bajar por el tinto, vi los campos descender entre cientos de alambrados hasta la ciudad, las luces comenzaban a encenderse. Debían de ser como las siete o algo así. Pero, sin mi vino, no seguía. Además tenía que brindar por mi sentido de orientación.

 

EL CUENTO DEL IDIOTA (PARTE 2)

 

Según el reloj de la primera1657ff449339162 rotisería que me crucé,  eran las ocho de la noche sobre la ciudad de Tandil. Compré un sánguche de milanesa y una lata de medio, me senté afuera, en el umbral de la puerta, junto al local y comencé a devorar.

—Eh, aguante Almafuerte—, dijeron un par de piernas con All Stars y jeans rotos. Me preguntó si era de capital. Él se llamaba Pablito y tenía una remera de los Sex Pistols. Después de toda la mierda por la que acababa de pasar, lo invité a una cerveza. Le conté todo lo que acabo de relatar y casi toda mi vida. Él me contó del ambiente rockero y que tocaba el bajo, tomaba “Rivo” con cerveza porque le costaba un huevo conseguir faso o pepas. Entonces, lo invité a fumar:

¿Hay algún lugar donde no bardiemos?

La Plaza, contestó. Y hacia allá fuimos.

Nos sentamos en un banco, en un lugar que parecía la plaza Irlanda rodeada de edificios, bancos, la iglesia. Idiota, estaba en la plaza del centro, pensé, mientras me abría la riñonera, le regalaba un faso y zafaba de toque.

Cuando tenía el 25 en la mano, en el momento en que pensaba sacarlo de la bolsa, vi cómo empezaba a rodearnos la policía: cerré el puño con la piedra en mano y todo mi mundo se detuvo. Había perdido, otra vez. Simplemente, tenían que revisar, llevarme detenido, pedir mis antecedentes a la capital y listo: a un penal marplatense, para un porteño de mierda, genial.

Nos pusimos de pie con las manos en alto. De, al menos 7 ratis, dos nos apuntaban. Al pankito lo pusieron contra un árbol. A mí, contra el otro. El 25 estaba entre la palma de mi mano y la corteza del árbol, el cana me decía que me quedara quieto, me pidió los documentos y me preguntó qué mierda hacía con el boludo más buscado de la ciudad en pleno centro. Y yo, que era turista, que recién lo había conocido y que tenía todo en el morral.

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El Principal le pidió mis documentos a uno de los polis, yo seguía con el porro en la mano y apoyado contra el árbol mientras me temblaban las rodillas. Quédate así, me dijo el Principal y escuché que se alejaba hacía el pendejo. Torcí la cabeza: todos estaban de espaldas o revisando el morral. En un segundo me metí el 25 en las pelotas, como pude y vi de costado cómo se llevaban al otro detenido.

El principal volvió con mi documento en la mano. Una pena, flaco, si no tenías nada te ibas. Bajá las manos y date la vuelta despacio.

El porro, pensé. Y dejé de respirar.

Me esposaron y me acompañaron hasta el patrullero. Fue un viaje silencioso, las nucas de los ratis no hablaban, sólo se escuchaba la radio y mi corazón: estaba detenido por tenencia de un arma de guerra y con marihuana en las pelotas. Nada más tenía que llegar a la comisaría y ser revisado a fondo, mientras pedían mis antecedentes a capital. Todos los caminos conducían a un penal. Estaba jodido, esa tarde mi estupidez y la mala suerte se habían dado la mano.

Me sacaron el cinto, los cordones y me arrojaron en una celda junto con el pendejo tarado. Durante una hora, estuvo disculpándose hasta que un poli se lo llevó. Al rato, volvió por mí, me sacó y me dejó sentado junto al poli de la recepción. De fondo, se escuchaba un partido de fútbol, yo estaba medio pila, pero mi cuerpo no. Le pedí como tres veces ir al baño y me decían que esperase a que alguien  me llevara. Quería meterme los dedos y lanzar. Y lo principal, descartar el 25 por el inodoro. Estaba a punto de entrar a declarar ante el taquero, jodí tanto, que el poli de la entrada salió de atrás de escritorio para acompañarme. Justo cuando estaba por parase frente a mí, no aguanté más y vomité todo el vino ahí nomás, a los pies del rati.

Mientras él me puteaba y yo me disculpaba, me acompañoó hasta la puerta del baño, no entró. Me saqué el faso de las bolas y me dolió descartarlo. Lo metí detrás de la mochila del baño, tiré la cadena y salí. Mi corazón volvió a latir. El rati me dio el secador, me señaló el balde y me puse a limpiar. Cuando terminé, entré a la oficina del comisario. Me la pasé hablando  de cuánto amaba la ciudad, de que había llegado para quedarme y de que me había parado de borracho y boludo a hablar con ese pendejo.

El taquero y el Principal me tomaron por un porteño con mala suerte, daba la casualidad que justo me había parado a chamuyar con el más bardito de Tandil. Pablito había roto el vidrio de la farmacia para entrar a robar unas cajas de pastillas y lo estaban buscando.

Me boludearon un rato largo, firmé papeles haciéndome cargo del maldito cuchillo. Puse la dirección de la casa de mi vieja. Tenía una causa en Tandil, nada grave, no quedaba detenido, sólo fichado y a la espera de una citación para pagar una multa. El comisario llamó de testigo a un remisero que nunca vio nada y listo.

No pidieron, no sé por qué, mis antecedentes. El faso seguía en el baño. Le pregunté al rati si podía pasar, al remisero si me llevaba… Salí de la comisaría con el faso de vuelta en mis pelotas, ya nadie iba a pararme.

Esa noche llegué a la cabaña, me fumé uno grande como un dedo, mientras escuchaba a Dolina en la radio. Intenté dormir, pero el miedo, el odio y la incertidumbre volvieron a visitarme.

Al otro día, hice la mochila, pagué la cabaña y le vendí el faso que me quedaba al dueño de camping.

Mi pequeño exilio había terminado. Entre Tandil y Buenos Aires, no había diferencias ya. Pero me había preparado, me había encontrado en este nuevo siglo de mierda. Era claro: esa sombra de la que huía siempre tendría mi rostro. Porque el miedo es el único disparador que nos aleja, es un pequeño acto de egoísmo y cobardía. Todo empieza y termina con un basta, como el amor y las revoluciones. Cuando todo está perdido, cuando queremos volver a casa.

Basta.100f4c5a8bf0d9a08fc8d50c4bcfa53b

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




LA HIJA QUE NO ESPERA, LA CANCIÓN SIN FIN

El cuerpo: sobre el machismo en el rock

Por Néstor Grossi

LILY MALONE

En algún rincón de mi basurero, lo sé: el volante debe estar. Voy a ponerme a buscarlo papel tras papel hasta encontrarlo antes de terminar esta nota. Ahí me reecontraría con la letra de “El blues del parque”, el único tema que la dejaban cantar. Lily era la segunda voz de “Don Jefe”, la banda que íbamos a ver los pibes del parque. Era la banda under que estaba por estallar, ganaba concursos y tocaba todos los fines de semanas por el circuito enorme de pubs, que crecía a cada noche cuando los ochenta terminaban. Pero no tenían el rock suficiente para afrontar lo por venir: el rock barrial, la explosión de metal y la “Ramones-manía”. Eran casi una banda familiar: el Bajista era padre del baterista, uno de los violeros tenía 30 y era mi profe, el otro 48 y las dos minitas 25. Hacían rocanroll clásico, medio Beatle, medio Stone. Y naif. Cuando la cantante se fue a vivir a otro país, todos los seguidores de la banda festejamos porque al fin llegaba el momento de Lily, la que cantaba de verdad, a la que todos íbamos a ver porque estaba terriblemente buena. Pero no, a finales de 1989 o a comienzo de los noventas, la banda desapareció por completo sin dejar ningún rastro discográfico más que un demo con cuatro temas y un cassette, grabado por uno de nosotros con un walkman unisef. Ese puto TDK de noventa incluía el recital de “Don jefe”, en “Caras más caras”, más los cuatro temas del demo. Ahí estaba “El blues del parque”. Y sí, lo regalé ebrio, a un imbécil mas imbécil que yo.
Liliana Patricia Fernández no sólo fue la reina del blues de Flores y el Bajo, también fue mi amiga, la única ante quien nunca me bajé los pantalones. La primera ante quien me saqué el sombrero al verla enfrentarse ante toda una marea de salvajes, llegada para adueñarse, a fuerza de pijazos, de la escena rockera nacional. Porque el rock barrial fue de cancha, macho y facho. Pero, a Lily, le importaba una mierda, ella se calzaba sus medias de red y las botas, se bajaba el cierre de la campera, la arrojaba a un costado del escenario cuando más la bardeaban y se comía de un bocado, al menos por una hora, a todos los idiotas del lugar.

SOLO DE VERGA

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Hasta comienzos de los ochentas, las mujeres ocupaban un lugar folclórico dentro de aquel rock jipi de la época. Recién cuando, en 1982, apareció el primer disco de “La Torre” y “Me vuelvo cada día más loca”, de Celeste Carballo, se escuchó la voz de una argentina grabada sobre guitarras distorsionadas. Malvinas y la prohibición del rock en inglés le habían abierto las puertas a los nuevos sonidos. Por un lado, estaban todos los poperos ochentosos y la nueva camada intregrada por “Soda”, ”Los Cadillacs”, “Los Ratones” y “Los Pericos”. Por el otro, Pappo y sus bandas, “Sumo”, “Los Violadores” y “V8”. Y “Los Redondos”, quienes ya habían creado su propio mundo. La semilla plantada por Patricia Sosa y Celeste también dio vida, aparecieron bandas como “Metrópoli”, “Sissi Hansen” y las caricaturescas “Viudas e Hijas”.

A medida que el rock empezaba a endurecerse, las mujeres se corrían al pop, o al melódico. Comenzaba el auge de las FM y había mercado para todos: sellos independientes que serían los cimientos del rock barrial y editarían a las banditas que sonaban en los nuevos bares, multiplicados por toda la ciudad. En 1989, las mujeres comenzaban a desaparecer de la escena rockera. Celeste se enamoró, “La Torre” se disolvió y Patricia Sosa se corrió de lleno al género melódico. El resto de las bandas desaparecieron como si nada. El Rock se ponía chabón, minas con el talento de Fabiana Cantilo o Claudia Puyó quedaban relegadas, haciéndole coros a los yupis de los setenta. A medida que el público femenino aumentaba en los conciertos rockeros, las mujeres desaparecían de los escenarios.

En 1990, Buenos Aires hablaba de “La Renga”, de “Los Piojos” y de “Los Caballeros”, lo mejor que dio el rock barrial, la primera ola. No solo el rock, el puto mundo era machista. Y no voy a ponerme a analizar el contenido de algunas letras, no soy nadie para juzgar la semántica de una obra. Menos, en estos momentos de cambio y aprendizaje para todos nosotros. Sí puedo hablar de la actitud que tuvimos los músicos, los productores y toda la gente que laburaba en el rock.

Las chicas no cantaban ni heavy metal ni punk. El rock de los noventa las necesitaba en pollerita y a un costado: que movieran el orto, que hicieran coros o que gritaran entre la gente. Nunca fui la clase de idiota que insultaba a Celeste cuando subía a zapar con Pappo. Nunca bardié a ninguna mujer sobre un escenario. Varias veces me peleé con imbéciles que le hacían su mierda a Lily. Pero las desestimaba, porque las minitas no podían cargar equipos, no eran ni plomos ni Stages. Como músico de la segunda ola de rock barrial, yo no quería minitas en la banda, era para bardo. Y lo más asqueroso: en verdad sostenía la idea que una perra jamás tocaría la viola como un chabón.

Okey, quizás en un grado menor, pero fui parte de aquella dictadura.

 

MAMA ROCK

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La última primavera de los ochenta, dejamos de ser Diosa y Fan.

-Naaaa -dijo la primera vez—, ¿así que vos sos el novio de Juli?

Me quedé helado, no la había visto nunca de día, ni de civil: y tenía entre mis manos su guitarra. Los dos meses que estuve encerrado en la casa de las chicas, ella nunca había estado.

Lily tiró la mochila en el sillón del patio y se metió en la cocina.

-¿Tomamos unos mates? Yo te tenía de vista, ¿sos amigo de Jenri y alumno del Gordo, no?

Que sí, le dije. Ella obvió cuando me disculpé por tomar su viola. Le agregué que era mi cantante predilecta, que hubiese debido cantar más temas ella sola o tener su propia banda; que “El blues del parque” era mi tema preferido de la banda y que, desde Patricia Sosa, no escuchaba a alguien con esa voz. Lily rió, ¿Dulce o amargo? Le contesté que dulce porque sí. Me daba igual: era la primera vez que iba a tomar esa basura y, además, las pastillas comenzaban a pegarme.

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Por algún motivo que aún desconozco, Lily se había convertido en mi verdadera maestra, en mi sensei. Pericles me había enseñado acordes y cadencias, pero ella me enseñó a pensar en rock. Ella trabajó con el sonido que había  entre las paredes de mi cabeza y me dio acceso a sus cajones llenos de cassettes y a las columnas de revistas. También me hizo escuchar música como músico. Me explicó la diferencia entre teoría y realidad.

Así pasaban las tardes de 1989 en el PH del Bajo. Hablábamos de los diferentes estilos de guitarristas y sus sonidos, me mostraba cómo se armaban las canciones, mientras yo esperaba a que Julia volviese de laburar para seguir en mi papel de joven enamorado y fornicador ¿Qué iba a hacer? Tenía 17 y los noventa ni siquera estaban en mis planes.

Entonces, Lily, un buen, día decidió adoptarme.

Y empezó lo de Flores. Cada vez había más bandas, más lugares donde tocar sin tener que alejarse del barrio. La escena rockera comenzaba a descentralizarse. Y, antes de los unplagged de MTV, Lily salió por Flores y el Bajo con dos guitarras, un tecladito y yo. Lo del set acústico de blues antes de la banda de rockanroll funcionaba. Hacía “Cry baby”, de Janis, “Natural Women”, de Aretha, dos temas de ella y “Wating on the friends” de los Stones. Como siempre, todo terminaba con “El blues del parque”. Era ideal, el set empezaba temprano, antes de que estuvieran todos en pedo. Y la gente la escuchaba, aunque siempre había algún pelotudo que ubicar. Durante meses, conseguimos fechas por toda la capital hasta que un día, Lily me dijo que lo mejor era un lugar fijo, que Flores estaba lleno de lugares. “Dejemos que vengan ellos mejor”, insistió. Mientras tanto,  escribía canciones nuevas, buscaba la que sería su primera banda como voz líder.

“Lily and the babosos” comenzó a correrse de boca, aunque no tenía un público fijo. Todos conocían a la petisita rubia que cantaba como Janis, el corchito erótico que tocaba en el bar de Carabobo.

En 1991, formó “Urus”, dejó las zapadas bluseras y se dedicó de lleno a su banda de puro hard Rock. Seguía cantando “El blues del parque”, pero ya no apuntaba al rock tradicional. “Urus” debutó en “Medio Mundo Varieté”, la gente de Flores y su viejo séquito de Don jefe estuvo ahí, y los siguieron por toda la capital hasta que el fuego se fue apagando y solo quedamos Jenri, Julia y yo.

Ese mismo año terminé por vivir con ellas. Y conocí al novio, un tarado sin nada que ver con el rock, un merquero que se tomaba la plata que hacía con el taxi y que, cuando estaba puesto, se la hacía pagar a Lily.

Julia me había contado del tipo, yo sabía que casi siempre discutían, que la zamarreaba. El boludo ese odiaba a Lily, odiaba su libertad y lo sexy que era. Odiaba que ella tuviese los ovarios para subirse a un escenario y poner al palo a todos los presentes. Todo eso era algo que ese machote argento no podía soportar.

 

ROCK DEL PEDAZO

Me lo fumé hasta el recital de “Cemento”, el festival under que pondría a Lily en vidriera.

Desde que llegamos, el chabón tiró mierda: que había poca gente, que eran todas bandas re pesadas, que a la hora  de tocar “Urus” sería muy tarde. Bueno, el imbécil tenía razón, de todos modos, pero debería haber cerrado el maldito culo. En 1992, el público rockero era violento, cerrado, etiquetado. “Urus”  fue la primera banda de hard rock, después de una larga noche punk, heavy y hardcore. Lily pisó el escenario de ”Cemento” a las dos y media de la mañana, en medio de silbidos, escupidas y algún vaso que voló contra la banda. PicsArt_06-28-09.54.17Ella estaba acostumbrada a las puteadas y a que los tipos del público le gritaran lo puta que era y por todos los lugares que la penetrarían o lo que harían con sus leches. Pero esa noche era especial. Soportó hasta el cuarto tema: alguien le arrojó un vaso de plástico con meo y le dio en los pechos. Tardó un segundo en entender. Lily estaba ahí, quieta y sin abandonar el escenario, sentía el líquido caliente bajarle desde las tetas hacia el ombligo, lloraba mientras esperaba el final del tema y todos se burlaban. El novio de Lily se abrió paso entre los pendejitos hardcore, por la zona de donde habían arrojado el meo, y empezó a cagarse a trompadas con todos. De un salto, trepé al escenario. Julia me siguió. La tomamos de brazo y la sacamos, mientras la banda terminaba el tema.

En camarines, Julia la ayudó a cambiarse. Nos quedamos puteando al mundo y a la gente. El violero abrió un vodka, llevado para festejar y lo besamos entre todos, mientras esperábamos que los cien imbéciles restantes se fueran. El show había terminado.

Entonces, con un ojo rojo y el labio hinchado, apareció el novio en el camarín. Lily se paró y se le tiró encima para abrazarlo. Él la tomó del pelo y la arrojó contra la pared “te das cuenta lo puta que sos, ¿no?”. Lily golpeó con la cabeza, el chabón levantó la mano para rematarla. Ni siquiera llegué a tiempo, me ganaron los tres de la banda que le cayeron encima. “Llevátela”, dijo alguien y tomé a Julia de una mano, a Lily de la otra y salimos sin mirar atrás. Las arrastré por un “Cemento” vacío hasta llegar a la calle.

Un hilo de sangre corría por la frente de mi amiga.

Eran las tres mañana y una luna congelada flotaba sobre la ciudad, todavía quedaban patrulleros en la puerta.

No quiso denunciarlo, no quiso ir al hospital; solo quería volver a casa.

En la estación de servicio de Lima e Independencia, Lily se lavó el raspón; y la vida siguió como si nada.

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SIEMPRE ES LO MISMO, NENA

“Urus” tocó cada vez menos, Lily y yo salíamos a pegar afiches y calcos por Flores y el Centenario, pero la gente no aumentaba. Unos meses después de lo de “Cemento”, Lily y el tarado se arreglaron.

Cuando el contrato del PH se venció, Julia buscó su propio departamento. Por un conocido, consiguió un dos ambientes en Barrio Norte y me fui a vivir con ella. Lily había heredado la casa de una tía en Ramos, su barrio natal. Como Julia y yo no teníamos teléfono, nos empezamos a alejar. Me enteraba de Lily cuando me sobraba algún cospel o cuando iba a lo de mi vieja, siempre me dejaba algún mensaje: si iba a tocar o si el finde pensaba darse una vuelta por el Parque.

Pero yo empezaba a aislarme de la gente, había vuelto a vivir en Parque Centenario, con mis viejos. Julia me había arrancado el corazón: se había ido a vivir a México, con el que era mi profesor de guitarra. Y yo empezaba a drogarme con todo lo que me cruzaba. Había dejado de estudiar y tocaba la viola todo el tiempo que no laburaba como un animal. El mundo era una puta mierda, el amor y la amistad no existían, yo sólo quería tener mi puta banda y ya.

Además, tenía una Stratocaster y la sabía usar. Una noche que estaba en pedo, la llamé para contárselo. Si necesitaba una viola, yo ya la podía acompañar.

Volvimos a vernos un domingo del 94. Nos encontramos en el mástil del parque y la llevé a la parrilla del Tucumano. Me contó que ya no veía al tarado, estaba de novia con un guitarrista de una banda muy conocida, que había puesto un local de ropa y daba clases de canto los sábados, en su casa. Me dijo que no tenía banda, que se había hartado, que zapaba con el novio y amigos y que así estaba bien. Planeaba grabar un disco independiente:

-Obvio que vas a grabar un solo, ¿te animas con “El blues del parque”?

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A PURA TETA

En 1995, las primeras bandas del rock barrial comenzaron a llenar estadios. Al mando de la segunda ola, aparecieron “Las Viejas locas”, el resumen de lo que hoy en día se entiende como rock de barrio. Y, atrás de ellos, cientos de banditas mediocres que irían de mal en peor hasta convertir el rockanroll en la mierda que es actualmente. Pero, por otro lado, aparecía un sonido alternativo, donde las mujeres comenzaron de a poco a volver al rock, y no como las cantantes objeto de una banda, sino como instrumentistas. “Actitud María Marta” apareció sobre la escena rockera, con un hip hop furioso en medio de Buenos Aires rockero y cuadrado, que se caía a pedazos  entre avalanchas de una tribuna llena de idiotas.

El siglo XXI llegó estúpido, gordo y aburrido. El neoliberalismo destruyó la industria discográfica y sólo los gigantes sobrevivieron: dos o tres de esas bandas de mierda que habían seguidos a “Las Viejas Locas” cuando abrieron las puertas del infierno, y las chicas… Me duele que Lily no haya visto eso: las chicas, calladitas, dejaban de anotarse en el conservatorio nacional. Empezaron a meterse en Sadem, en la Escuela de música popular de Avellaneda. Era normal ver bandas mixtas. Minitas con un saxo o con un bajo, como María Gabriela Epumer como primera viola de Charly. Durante el nuevo siglo, los hombres no hicimos ningún aporte al rock. Y, cuando el rockanroll murió en Cromañón, solo ellas quedaron. Desde el año 2005 hasta el día de hoy, el rock es cosa de chicas, “Utopians”, “Eruca”, “Circe”, “Marilina Bertoldi”: las chicas tan solo las chicas salvaron la escena del rock local.

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Y la reina se lo perdió.

Dicen que la contagió ese último novio, que el tipo sabía que estaba infectado y se la cogía sin forro igual.

Lily murió en 1996, sin dejar ningún registro musical, sin siquiera imaginar que soportar todos esos insultos, esos botellazos y los golpes de un tarado, que toda esa mierda hubiese servido para algo. Liliana Patricia Fernández no solo fue la reina del Blues del Flores y el Bajo, fue un bastión de resistencia, mucho antes de que la marea verde llegara llevándose todo por delante, incluso, hasta a este estúpido escribidor de rock.

 

 




REY DE BARRIO

La orfandad: sobre Pappo

Por Néstor Grossi

 

PALABRAS MENOS

«Supimos de la existencia de Pappo a través de la recomendación de Héctor Pomo Lorenzo, ambos eran amigos y vecinos. A Pomo ya lo habíamos integrado a Los Abuelos de la Nada. Era impresionante, hacía los solos de Clapton y Hendrix con una criolla desvencijada; lo más notable de Pappo es que practicaba y practicaba, y sin formación previa podía reproducir cualquier solo de guitarra».
Pipo Lernoud.
Pappo debe ser el mejor guitarrista blanco de blues del mundo”
B.B King.
“Aguante, Pappo, la concha de tu madre, puto.”
El Cuervo.

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Con eso alcanza. No creo en la biografías, así que no voy a contarles la historia del chico malo del rock, ni de cómo un pibe de barrio que quería ser el mejor guitarrista de blues de la Argentina llegó al Madison Square Garden para ser ungido por el rey de reyes. No vamos a hablar de Pappo: el tema somos nosotros, los huerfanitos de una generación que siempre estuvo perdida.

 

VOLUMEN UNO

 

0004596931Me repito, siempre lo hago, y al carajo una vez más: sí, “la Renga en el ojo del Huracán” fue la última fiesta rocanrolera. Y Pappo estuvo ahí, despidiéndose en casa de sus mejores alumnos ante un público cosechado por más de treinta años. Veintiséis días después, la desgracia caía sobre el barrio de Once: “Cromañón” sellaba la muerte de 194 personas y de las ideologías en el mundo de un rock agonizante desde la década pasada. Todo había terminado el 25 de febrero del 2005, en un estúpido y confuso episodio automovilístico que le costó la vida a nuestro rey de la guitarra.untitled_54-9 En menos de tres meses, el rock había muerto para siempre en Buenos Aires. Aquel viejo cadáver que apenas latía, desde los setenta, dejó de respirar al mismo tiempo que Norberto Aníbal Napolitano.
Pappo fue el Unificador, el Hegemón de todas las tribus rockeras argentinas. Sin saberlo, resultó quizás, el creador del rock barrial, quien puso la distorsión en todas las guitarras porteñas, quien le abrió las puertas a bandas como “V8” y “Los Violadores”. Sin Norberto Napolitano, nuestro rock se hubiese parecido al del resto de Latinoamérica, muy semejante a lo que es hoy en día: un montón de nada.

 

RUEDAS DE METAL

 

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Después del de Perón, la segunda vuelta de Pappo fue el regreso más esperado. Volvía con disco nuevo y al mando de una banda heavy yanki: “The Widowmakers” (los hacedores de viudas). Para finales de diciembre, hicieron cinco shows en “Satisfaction”. La banda soporte fue “Hermética”, que era la revelación del momento en el mundo metalero. Imperdible. El 30 de diciembre de 1989, el heavy del Parque, el Innombrable y yo compramos una caja de Termidor en el quiosco de Rosario y Av. La Plata, le metimos tres Lexotas y nos subimos al 86 con destino al mismo lugar donde, exactamente un año atrás, me habían llevado detenido por primera vez en un recital de los Redondos.

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“Satisfaction” fue uno de los primeros cines en perder sus butacas para convertirse en algo que bien podía ser un boliche o una sala para conciertos. Resultó un aviso al resto de los cines barriales, que caerían ante el rock y los evangelistas y ante toda esa sabrosa mierda que traerían los noventas.
Después del demoledor show de “Hermética” y del Termidor recargado, me separé de mis amigos. Esa noche, quedamos tan puestos que cada cual se fue para su lado sin importarle una mierda de nada.

Alguien me invitó a fumar.

Alguien me convidó un trago.

Y entonces se apagaron las luces. Y el “dale, Pappo” estalló por todos los rincones. La banda abrió con la clásica zapada de introducción, a la que le siguieron dos temas de “Riff” pegados, más el hit de los “Widowmakers”. Recién ahí, veinte minutos después de haber salido al escenario, Pappo paró para intentar presentar a la banda. Pero, no: cuando abrió la boca, se echó dos eructos bien largos frente al micrófono y lanzó los acordes de “Macadam 3, 2, 1, 0″ (nombre del primer asfalto, que aceleró el ritmo de las ciudades, con el advenimiento de los autos).

riff81 Era la versión que más me gustaba de Pappo, la pesada, la heavy rockera. Fue una noche plagada de temas de Riff, que terminó con “Sucio y desprolijo”, lo único de Pappo’s Blues que se escuchó esa noche. Me había quedado con las ganas de “El hombre suburbano”, tema con el que aprendí a tocar la viola después de haberle dicho a mi profe de guitarra “Beatles, no”. Obvio, quería rockanrol pesado.

Salí de “Satisfaction” y busqué a los pibes entre la gente. Mientras me hartaba de esperarlos, solo una cosa daba vueltas por mi estúpida y drogada cabeza: ¿Skay o Stuka?, ¿quién iría a ocupar el segundo lugar? Creo que hasta llegar a la Ugis del centro, y empujar “una media” con una Brahma, no podría contestar.

 

QUE SEA ROCK

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Y, aunque el Rey había vuelto, lo de los “Widowmakers” no funcionó. La gente quería a “Riff”, quería a “Pappo’s Blues” y no a una banda californiana. Pappo siempre había estado en el momento y en el lugar indicado, si de rock hablamos. Ese 1989, no sólo salió el disco de “The Widowmakers”. También fue el año en que los “Guns and Roses” aparecieron para salvar el mundo del rock con “Apettite for destruccion”. No me extraña que el Carpo haya estado justo en ese momento de la historia en Los Ángeles. Pappo siempre volvía de sus viajes como un gran padre cargado de regalos. Así fue que, de su estadía en Londres, regresó decidido a cambiar la escena rockera de este país, que hasta el momento tenía a Seru Giran como banda rockera. Entonces, junto a Vitico, en 1980, formaron la mejor banda de rock que dio esta nación.

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“Riff” había llegado para re fundar el rock nacional. “Widowmakers” pasó sin pena ni gloria, aunque sonaban de puta madre. Pero la gente no estaba preparada y, además, no hacían falta. A comienzo de los noventas había toda una nueva movida metalera. Pappo sólo debía ocupar el trono y gobernar, no tenía opción: se acercaba la era del rock barrial, levantado a imagen y semejanza de él. Llegaba el momento en que todas las tribus rockeras de Buenos Aires se unirían, y había un solo músico argentino que los punks, los metaleros, los rokeros y los jipis respetaban por igual.

Los noventas estaban ahí, a la espera del Carpo, para festejar los diez años de “Riff”, en Obras.

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VOLUMEN OCHOOCHO

pappo-042-091973-23x31No me acuerdo qué hacía yo el día en que murió Pappo. Era fin de semana y yo volvía con Claudita a casa. Destapamos un vino y metimos una vela adentro de la copa. Brindamos por el Carpo y bebimos. No lo podíamos creer, dos meses atrás, lo habíamos visto tocar con “La Renga” en Huracán. Lloramos a Pappo, lloramos a los 194 pibes de “Cromañón”, nosotros habíamos estado ahí una semana antes de la tragedia, en el recital de “Intoxicados”. Y si no fuimos la noche del drama fue porque habíamos visto a la banda del desastre en los “8km por el Sida” y el cantante nos había parecido un idiota egocéntrico…

El último gran show de Pappo fue con Riff en un Cosquín Rock “que no les dio el escenario central”. Días después, el accidente.2269-bbkingpappo
Sobre la muerte del Carpo se dijeron muchas cosas. Los huerfanitos nos conformábamos con un “murió en su ley”. Algunos decían que el tipo había manejado re loco por la ruta, que chocó al intentar pasarle algo al otro que venía con él. Hasta que salió el libro de Marchi, en el 2011, y el hijo de Pappo lo tildó de pasquín amarillista. Entonces, Luciano Napolitano contó qué había pasado esa noche. El hijo no podía saber qué le había pasado por la cabeza a su padre, se quedó con la duda: si el Viejo había hecho esa maniobra para meterse un cabaret de la ruta o si quería retomar por donde venían para cambiarse de ropa: estaba en pantalones cortos y mocasines cuando el Renault Clío lo arrolló. La muerte es así, siempre nos sorprende de una manera estúpida y ridícula.

Pasaron trece años de la muerte de Pappo. Y nada. No apareció ni siquiera una copia barata. El espíritu rockero murió por completo. Sin ideologías es imposible transmitir ninguna cosa. El rock sólo funcionó cuando fue herramienta: letras y banderas. Cuando había un rey.

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Aunque todo siempre se repite, el rock nunca volverá a ser un fenómeno social; “Cromañón” arrancó del rulo cíclico de la historia un momento que no volverá a repetirse. Ya hay toda una generación que creció sin rocanrol, sin dios del fútbol ni rey de la guitarra. Huérfanos de plástico, criados en un Buenos Aires con gorra y celular.

Hey, hey, mai mai, el rocanrol no volverá jamás.

 

ARCHIVO ROCKANROLLERO: BONUS TRACK

Tres discos esenciales para descargar, ni lo duden. Que sea rock.

 

 

 

 




EL MUNDO TERMINA EN FLORES

Reflexiones acerca de la miseria: sobre putas de barrio

Por Néstor Grossi

 

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MANO A MANO, GUACHO

Ante todo, tengo muy muy claro el tema de la prostitución y la esclavitud en la Argentina de hoy y de siempre. No voy a hacer más declaraciones, porque esta es solo la historia de una persona que una vez fue mi amiga. Y de la noche en que ella me hizo Dios, que tuve una Claudia, una Dalma y una Yanina, nada más: goles con la mano ya tenía, y en contra también.

Como vivo en un país donde más de la mitad de los idiotas votó a un tarado, por las dudas, aclaro: No, este texto no avala la prostitución, pero si la legalización y el reconocimiento jurídico y social de un laburo que existe desde el comienzo de los tiempos.

—Desde ya, talibanes: “No a la trata”, ¿lo tengo que aclarar?

COSA DE NEGROS

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Aunque había dejado las pastillas por segunda vez, en 2010, fumaba más marihuana que en los noventa y bebía tanto, que podía emborracharme hasta dos veces en un mismo día. Entonces, me resultaba normal pensar que una buena puta era la solución para mediar el problema entre mis huevos y mi cabeza. Sí, además ya no tenía ni tiempo ni paciencia y no creía en el amor, pero, por sobre todas las cosas, los números cerraban.

Hasta ese momento, en mi legajo prostibulario sólo figuraba la señora sin diente que me había desvirgado a mis dulces catorce.

Las revoluciones tienen un costo, por sexo o por amor, entre el hombre y la mujer siempre flota un enorme signo de “pesos”.

Decisión tomada. No tenía más ganas de seguirle el juego a ninguna minita, ya me parecía estúpido todo el maldito ritual de apareamiento. Estúpido y demasiado caro. Entonces, la onda era lo de siempre: salir de “Dalton” medio puesto, fumar de camino a “Planta Alta” por Yerbal y llegar bien del culo a escuchar una banda, chamuyar con minitas sin la presión de tener que cogerlas, sin dejarme sacar tragos…

Una de esas noches, cuando el mundo terminaba en Flores, salí de “Planta Alta”, comí en la panchería de siempre, donde la birra es de litro y las chicas llevan rodete: necesitaba coger, pensé, pero quería fumarme uno antes, estaba demasiado ebrio y un par de secas vendrían bien para aclarar la mente. El porro me saca las ganas de coger, siempre. Funciono así. Ni en pedo encaraba una puta, ya no quería hablar con nadie, solo necesitaba volver a la paz de Mataderos con un trago para clavarme en casa y a la mierda. Conocía un kiosco que vendía latas a esa hora, y me quedaba a metros de la parada del 92. Fumé, mientras caminaba por Yerbal, un par de secas y encendí un pucho.

—¿Me convida uno, papi?—me dijo que había terminado su turno pero que, conmigo, podía hacer una excepción.

Que no podía ni hacerme una paja, le contesté y le pasé el atado de puchos con el encendedor.

—Voy al “Chino” por una birra ¿vamos?—  Tiré, de  puro borracho. Y ella dijo sí, que vivía en el hotel justo enfrente.

Era una negra caderona y con dos tetas enormes, usaba una musculosa y un mini short con cinturón de tres tachas, tenía el pelo corto y rubio. En la puerta del único súper abierto un sábado a las cero horas en Flores, todos me miraban. Y nos quedamos ahí, sentados en un umbral, a unos metros del Chino. Fumamos el medio faso y hablamos de todo, mientras bebíamos y nos metíamos puñados de papas pay en la boca. De fondo, sonaba esa salsa medio tecno desde el celular: la Negra era pura  buena onda. La invité a comer en “Dalton”,  el único lugar de Flores donde se puede fumar. Intercambiamos teléfonos; sí, laburaba a domicilio me contestó.

—Pero usté no se iba a ir así nomas, papi, usté ya me pagó.— Y me besó hasta que llegamos de nuevo al Chino y me metió en la pieza del hotel. Obvio, no pude. Lina me dijo que no importaba, y me abrazó. Me dormí entre los brazos de una puta que recién había conocido mientras, desde la calle, llegaba el ruido de la avenida, el murmullo de los ebrios en el súper. Cuando desperté al otro día, lo primero que hice fue encontrarme con los ojos de Lina entre mis piernas, que no bajaría la mirada hasta asegurarse de haber terminado su trabajo a la perfección.

 

NO ES TAN GRANDE EL INFIERNO

 

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Lina se movía en un mundo donde no dejaba que nadie la manejase, no le daba su dinero a ninguno. Por supuesto, que se pagaba por poder laburar, sobre todo, las extranjeras, pero ella no trabajaba para nadie, ni en ningún prostíbulo de la zona. Sólo le pagaba al poronga que hacía de intermediario con la comisaría.

—Está lleno de mierdas, la mayoría de las “casas” son lugares de gente mala ¿me entiendes, sí? yo evito todo eso, amor. Es cuestión de saber trabajar.

 

Para el ojo del ciudadano sin calle, para el imbécil que vive adentro de una pantalla, todos los puteríos son la misma cosa: lugares donde se mantiene a las chicas a base de golpes y dosis de cocaína intravenosa. Toda esa mierda se encuentra en los prostíbulos de provincia, en los departamentos privados del microcentro. La mayoría de esos lugares pertenecen a polis de altos rangos ya retirados, quienes se valen del engaño y del secuestro para llenar sus lugares.

Con Lina aprendí a caminar por sitios donde la prostitución no era marginal, donde había mujeres que les hacían creer a sus esposos que tenían laburos de oficina o de vendedoras o de promotoras o de dios sabe qué mierda, pero laburaban entre 7 u 8 horas cogiendo fuera de sus casas. Conocí chicas que trabajaban para no pedirles dinero a sus machos proveedores, para cubrir necesidades, para pagarse carreras o viajes. Uno siempre coge por algo, coger es morir o negociar.

 

UN DIOS MISERABLE

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Habíamos quedado  en un “quizás” casi improbable, iba a salir con unas amigas. así que me sorprendió el mensaje de texto:

—Si querés, pasate, vamos a estar a partir de las cinco. no creo que las chicas se queden hasta tarde—.

Joya, pensé: garchaba. Guardé el celular en el morral junto a todas las porquerías que me había comprado en el parque y le di un trago a mi heineken de medio, mientras el 92 doblaba por avenida directorio y yo me imaginaba enfiestado con lina y sus amigas.  No tenía que fumar ni una seca. Me bañé, me puse talco en los pies y mis Toppers blancas, una bermuda oliva nueva y el toque final: mi camisa narco, una angelo paolo que conservaba desde los noventa y la usaba sólo si estaba muy ebrio.

José León Suarez al 400, ahí era la onda, en pleno la paz, lejos del estúpido argento promedio, uno de los pocos lugares de este país donde aún existe el respeto y donde no me siento un criminal. Lo primero que hice al bajarme del 80 fue buscar un “Chino” y comparar una birra de medio y bien barata, forros de los texturados y un encendedor bic, porque los otros son una mierda. Hacía un calor insoportable, eran las seis y algo y el sol caía sobre los techos de un barrio que ya no era Buenos Aires. Sobre las veredas, los puestos comenzaban a levantar. El bar quedaba en el primer piso de una galería, me dijo Lina cuando la llamé desde el bondi.

Tenía razón, entré por lo que hoy llamamos una “saladita”. Pregunté y llegué hasta unas escaleras que estaban a mitad de pasillo entre puestos de ropa. Subí. El lugar estaba lleno. Lina y las chicas, sentadas al fondo, contra la ventana que daba a León Suárez. Sonaba una cumbia norteña, me acerqué al mostrador, pedí que me enviasen dos heineken heladas y señalé las ventanas, donde una negra hermosa se había parado para saludarme.

No me acuerdo el nombre de la peruana, ni el de la argentina, solo recuerdo que bebimos hasta que se hizo de noche y a la argentina se le ocurrió ir a bailar. Las otras dos ni lo dudaron, yo no estaba para eso. Pero, con tal de terminar en pelotas con las tres, acepté como un idiota.

El boliche era lo más bizarro que había visto en mi vida, una especie de salón de fiestas maquillado como una nena. Tenía un escenario que parecía un balcón con un caño a un costado. También quedaba en un primer piso, a unos metros de la terminal de ómnibus. El de seguridad nos recibió como si  hubiéramos sido los dueños. Lina me dijo que ya habían venido antes. Era un boliche boliviano, no una bailanta, un lugar donde se juntaba la comunidad joven en el país.

Ocupamos una mesa cerca del escenario. Ya me había acostumbrado a las miradas del mundo cuando estaba con ella, así que no me importaba nada, pedimos heineken, algo para picar. Me dijeron que sí, que se podía fumar. Lina se colgó de mi cuello. Las chicas no paraban de hablar. Estaban todas hermosas, pensé. Había un presentador, tocaría una banda llegada desde Bolivia para festejar el primer aniversario de x y j. Lo celebraban ese día en ese lugar. El presentador pidió un aplauso. nosotros a los gritos, nos habíamos sentado demasiado cerca de la pista de baile. Para cuando llegaron las cervezas, las rabas y las fritas para diez, ya nos habíamos corrido a una mesa más alejada del quilombo, contra la pared. Por cinco consumiciones, nuestro bizarro presentador invitó a alguna belleza a mover el culo en el caño, sobre el escenario, donde había dos plomos arrastrándose y tirando cables. Se subió una bolivianita hermosa con vestido cortito  y empezó a hacerse la gata al ritmo de la música de “nueve semanas…”. no había nada de sexy, era una pendeja  que jugaba ante sus amigos.

No sé que decían las chicas, yo tenía la boca llena de rabas. ellas reían.

—¿No te enojas, papi?— Lina se paró.

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—Cógetelos a todos—, le dije y brindé con ella. me besó y encaró el escenario. Cuando vieron una negra, los vagos estallaron. Lina se acercó al disc jockey y comenzó a sonar un reggaetón casi porno. Entonces, ella empezó a bailar, a mover esas terribles caderas dominicanas de un lado hacia el otro. No hacía piruetas ni nada, Lina sólo se sostenía del caño para agacharse, después seguía moviendo el culo sobre el escenario mientras los vagos empezaban a tirar billetes y ella se quitaba el corpiño con la musculosa puesta. Lo arrojó entre el público y la gente estalló, mientras le tiraban plata. Lina hacía señas de más y amenazaba con quedarse en tetas, mientras el disc jockey estiraba el tema y el presentador arengaba. Yo filmaba todo con un teléfono viejo de mierda. Los últimos 30 segundos del reggaetón, los bailó mostrando las tetas. Después, se bajó la musculosa, recogió los billetes con la ayuda de los plomos de la banda y, cuando bajó del escenario, me besó bien escandalosamente. Listo, era dios, y podía sentir las miradas de todo el lugar mientras volvíamos a sentarnos y a esperar mi coronación, a punto de llegar en manos del mozo del lugar. En vez de las tres consumiciones, nos dejaron un cajón de cerveza a nuestros pies, así, tal cual. No entendía por qué cada vez que queríamos una fría teníamos que cambiarla por una del cajón. No pregunté, la birra era gratis y con eso me sobraba; me quedé escuchando a las tres minitas hablar hasta que me llené la boca de comida. La banda salió a escena, las luces del lugar no se apagaron. Todo era muy bizarro. Varias veces se acercaba a nuestra mesa algún ebrio para tirar un piropo y seguir: los bolivianos siempre son respetuosos, hasta ebrios. El chabón que había capturado el corpiño de lina se acercó y pidió una foto, nos matábamos de risa. Y todos  quienes se acercaban me pedían permiso para hablarles a las chicas. Después me agradecían  y se disculpaban. Era temprano y yo estaba en pedo, tenía que ponerme media pila.

—Ya vengo—, les dije y me paré. Mientras me abría paso entre la gente, algunos me abrazaban al pasar, me felicitaban como si hubiese hecho un gol en una final de algo. Yo le pegué derecho hasta abajo, hasta donde estaba el tipo de la puerta. Lo charlé un toque y le pregunté dónde podía pegar un papel. Como a más de una raya larga o dos cortas no me animé nunca, le dejé la mitad de la falopa. Volví a la mesa duro a morir y ahí me quedé con mis amigas, echado como un dios, bebiendo la birra que bien Lina nos había regalado, mientras fumaba un philip atrás de otro.

Cuando todo el mundo ya andaba parado y daba vueltas por el lugar, la peruana y la argentina desaparecieron. Lina se quedo besándome, fumaba a medias conmigo, me llenaba el vaso.  Iban demasiado al baño, ¿estarían tomando? y los ebrios que aún llegaban a mi mesa a rendirme pleitesía.

Me vi de lejos. ahí estaba yo, recostado contra la pared con una negra adolescente entre mis brazos, una bermuda nueva y mi camisa narco. Rapado y con canas, era poli o un jodido de mierda. Era el único argentino del lugar. claro. Y con tres putas alrededor, el cuadro estaba pintado. Yo sólo quería llevarme a Lina de ahí y cogérmela de una vez. Tenía que comenzar a cerrar la noche para terminarla perfecta. Pero en el cajón, todavía quedaban 4 botellas y un saque en mi papel. Además, las chicas iban y venían todo el tiempo, bailaban. Lina se quedaba conmigo llenándome el vaso y contándome historias de cuando era pendeja en dominicana. La liberé de tener que soportar a un veterano amargado ex punk como yo, era fija que moría por ir a mover el culo con sus amigas.

Y, después, a garchar. —Te lo suplico—, le dije.

Saqué  un billete de cien, lo enrosqué y abrí el papel ahí nomas, me agaché y raquetazo hasta el final. De fondo, sonaba cumbia de los noventas, era la única señal de que todavía seguía en Buenos Aires. Liniers era el único lugar en el mundo donde no sentía deseos de matar. Y esa noche estaba como quería, pedí  otra heineken helada y entonces entendí que no era dios. Se me apareció la cara de Pablo Escobar para recordarme de qué lado estaba. Ante mi mesa se detuvo otro borracho zarpado en educación, yo me sentía un sorete porteño, pero era el dueño del lugar, al parecer. Yo le contestaba todo que sí, me había puesto el casete hasta que el tipo se sentó a mi lado y sacó la billetera. Me trataba con miedo y de usted ¿qué mierda quería?

—A una de las chicas—, me contestó—  la de pelo castaño.

—La argentina—, le contesté—hoy no están laburando, amigo, lo siento mucho.

—¿Cómo así?  las chicas me echaron del baño, usted me desprecia la plata…

Y soltó toda una historia  de que él era boliviano y yo argentino, y que estaba en mi país y bla bla. bla. Yo le hablé de Bolívar y de San Martín, de Chávez y de Néstor, de la patria grande. Pero el chabón solo quería entender por qué no iba a ponerla como el resto de sus amigos. La cosa era que las chicas estaban en el baño laburando, no le pregunté qué hacían ni en cuál de los dos baños. Sólo me disculpé, le llené un vaso y lo mandé a pasear.

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Al parecer, todas las imágenes que me habían caído entre los ojos eran por algo. Resultaba evidente que era el único que no entendía qué carajo pasaba.

Las chicas volvieron con unos vagos, dijeron que iban a bailar. Lina se me acercó.

No te enojes, papi, me besó esto es tuyo. dejó un fajo chico de billetes junto a mi vaso y se fue con sus amigas y los tres chabones hacia la pista. Sólo por ese segundo lamenté haber regalado la mitad de mi papel. No conté el billete, miré el cajón de birras, quedaban tres. Bajé a chamuyarme al tipo de seguridad: quería otro papel; y mientras el chabón llamaba al puntero, aproveché para fumar un pucho en la calle, para ver cómo Lina y las amigas bajaban por las escaleras con los vagos que habían conocido.

—Pensé que nos íbamos juntos— le dije y tiré el pucho.

—Es trabajo, papi.

Quedamos en vernos el martes, se subieron a un coche que apareció de la nada y me quedé mirando al de seguridad negar con la cabeza. Nada. Eran las cinco de la mañana y yo volvía a ser cenicienta. Estaba demasiado ebrio para seguir bebiendo; sólo necesitaba drogarme o comer algo antes de sentirme un verdadero tarado. Plata tenía. Después de todo era un cafishio barato, ¿no?

Me quedaba un porro, recordé. Lo encendí ahi nomas, en la puerta del boliche y me fui como si nada, como si hubiera llevado un phillip en la mano. Era increíble que me fuese sin coger, pensaba en eso y en una milanga completa en los puestos de comida barata sobre Rivadavia, cuando doble por Caruhé. No había un alma en la calle y me sentía un idiota marca cañón. me habían usado, el precio fue hermoso, pero yo volvía a mi casa en Mataderos con las pelotas cargadas y no era justo tener que acabar solo en el inodoro en una noche como esa.

 

Hacía calor. Llegué a Caruhé  y Falcón quemándome los dedos, apagué la tuca, encendí un pucho y me puse a mear contra un contenedor de basura. Los pájaros del amanecer cantaban como hijos de puta cuando, a lo lejos, vi la silueta de dos hermosas putas que se recortaban contra la noche de una historia perdida.

Demasiado grandotas,  pensé, a medida que las veía acercarse y me subía el cierre.

—Qué cochino, mi amor.

—¿Tomamos mucho negrito?—dijo la rubia que se parecía a Susana, sí, Giménez. La otra, la morocha que tenía el pelo tan planchado que no me dejo tocárselo, me aseguró que por 35 pesos me la chupaba ahí nomas, mejor que cualquier minita, que no iba a durarle ni dos minutos, y que me lo iba a acordar por siempre. Y tenía razón, me apoyó contra un coche y se agachó bajándome de una la bermuda nueva, sin sacarme el cinturón.

—Lo mío es gratis— dijo Susana y me besó mientras la morocha me la chupaba y la ciudad despertaba.

Cien metros después me reía solo. Estaba sentado en el peor lugar del planeta con una lata de medio y un sánguche de milanesa artificial; la avenida se llenaba de laburantes, era lunes ya. Le solté un billete de diez mangos al chabón que atendía y le pedí que me pusiera música en la máquina: los Redondos. Y, mientras “Motorpsico” sonaba de fondo, entre los motores de una Rivadavia que hacía de puente hacia el otro lado de la Argentina, comprendí que esa era mi última noche de putas en la ciudad y, que sí, que el mundo terminaba en Flores.

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SORDOS Y MANCOS

Deseantes: sobre el Yoni

Por Néstor Grossi

DÍAS DE GARAGE

Llegaron de a poco, entre las sombras de una noche que los llevaba hacia un mismo lugar, donde el deseo de quienes nunca tuvieron nada y las sobras de quienes lo tuvieron se mezclaban. Entonces el Hotel y los deseantes, el reino de un loco que se alzaba al final de un pasillo, en Colegiales.

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Ya había escrito dos o tres canciones y quería más, quería un disco entero. Ya había aprendido a puntear, tenía una SG Hagstrom y un pedal de distorsión que enchufaba en un equipo Alarsonik hiper nacional. Yo no hacía otra cosa que escuchar música y tocar sobre discos, sobre la radio o con la TV de fondo.

Hasta ese momento, en mi legajo rocanrollero había participado en dos bandas punks, otras dos de hard rock y Sr Tickson grunge. O, al menos, eso intentábamos en pleno 1993 el Gordo Ale, Negro Nievas y yo. Y tengo que incluirlo: Yoni, quien en ese momento de su vida seguía siendo un niño rico, que se había nombrado nuestro representante y empezó a pagar los ensayos y el vicio de todos. Justo, cuando más locos estábamos.

Sr Tickson sonaba genial. Pudimos habernos convertido en la banda del barrio, del Centenario; era nuestro tiempo, nuestro momento, pero había un problema: yo, que estaba en contra de todo, hasta de nosotros mismos y me moría por tocar blues.

Y me sacaba el gusto los viernes, con un rejunte de amigos todos músicos de estudio, zapábamos en el sótano de el Innombrable hasta después de la media noche y salíamos de tragos.

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Si algún día Sr Tickson se separaba, yo la próxima haría rocanroll. Me daría igual si fuera blues o punk, la cuestión pasaría en cuánta distorsión pondría a mi guitarra. Mi primer disco sería una mezcla de los géneros.

Escuchar mis canciones grabadas, solo eso deseaba. Y pensaba hacerlo realidad. Hasta que, una tarde de 1994, todo se fue a la putísima mierda en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de que nunca abandonaría mis sueños, mi deseo terminó disparado en otra dirección, hacia otro objetivo: mi maldita mente y su libertad.

Hasta la tarde del 24 de octubre de 1994, me decía: no había perdido jamás con faso encima, había dejado el vicio de vender y tenía el mejor laburo que podía tener un repetidor hijo de dos empleados municipales. Comenzaba a ponerme flaco, a ganar buena plata y a vestirme mejor. Ese fue mi único y último laburo de oficina. Esa puta tarde de octubre se me dio por llamar a la casa de Yoni para ver cómo iban las cosas y el embarazo de su mujer. Me atendió la madre, me pidió que fuera. Le pregunté si había pasado algo y me contestó que a María se la había llevado la policía y que Yoni había desaparecido. Me insistió en que necesitaba preguntarme algo… y no sé por qué o a cuál código respondí -a Yoni apenas hacía 2 años que lo conocía-. Pero fui.

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ME MATA EL LIMÓN

Debí haberlo tirado por el incinerador, pero no pude. Eran 700 gramos de marihuana en bloque que Yoni había traído de Paraguay. Metí el ladrillo en mi mochila toda escrita con liquid paper. Tuve que hacer fuerza para poder pasar el cierre y bajé los cinco pisos por la escalera. Ni siquiera se me había cruzado la idea de qué estaba a punto de pasar. Abrí la puerta del edificio y salí, tenía unos metros hasta Aranguren, después derecho cinco cuadras y mi casa. Cuando doblé, vi un Renault 12 a contra mano por Ambrosetti. No me apuré, me metí un Phillip en la boca y abrí bien los oídos: pasos que se apuraban. Un Duna gris y un Peugeot 504 que venían por Aranguren bajaron la marcha. Escuché la voz de alto, el resto fue un griterío.

Dos horas más tarde, mi vieja se enteraba por Nueve Diario. Me reconoció por la campera de jean que tenía sobre la cabeza cuando me ingresaban al Duna gris con una licuadora azul sobre el techo.

Pasé los peores nueve días de mi vida, casi sin dormir, en guardia todo el tiempo, aterrorizado, asfixiado. Salí de toda esa mierda con una causa judicial por encubrimiento y tenencia de drogas.

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María se llevó lo peor. Por aquel entonces, ella era la única de los tres que tenía antecedentes. Lo de Yoni fue corto, dos días a lo sumo. Y la poli no lo había capturado, él solo se entregó al comisario de la 11 y se hizo cargo de todo el faso con el que me habían agarrado. Hasta el día del juicio estábamos bajo el ojo del juez.

Después del allanamiento en el piso de Caballito, los padres no encontraron otra forma de sacarse a Yoni de encima más que regalándole la casa que había pertenecido a su tía y llevaba unos años deshabitada.

Lo primero que hicimos fue encender uno. Una casa enorme para Yoni, María y a quien ella estaba a punto de parir. Tenía tres habitaciones y un baño conectados por un vestíbulo hacia una cocina comedor bien grande, un patio trasero con otra habitación y el clásico lugar donde uno metería las herramientas o las cosas del patio.

-Joya, Negro, esa es nuestra sala de ensayo- me dijo mientras subíamos la escalera hacia la terraza.

Además fue mi habitación. Ese mismo verano me fui a vivir con ellos.

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LA SUERTE DE EL REY

En 1995 toda la gente con la que me relacionaba tenía una banda o eran músicos de estudio. Y también estaba El Yoni, que no era ninguna de las dos cosas, pero sí el único que me entendía sin mirarnos. De alguna manera, el siempre adivinaba a dónde iban a caer mis dedos sobre el diapasón. Y, como vivíamos juntos, no hacíamos otra cosa que zapar hasta que se nos acababa el whisky y el porro o los pájaros comenzaban a cantar y ya no servíamos para nada. Si se consideraba a Vitico un bajista cuadrado por tocar con dos dedos, no sé cómo calificar a Yoni, que tocaba con un dedo, pero era un reloj. Yo le pasaba las bases de mis canciones y él las rasgueaba en la criolla mientras esperábamos literalmente el día del juicio. A pesar de todo, se recontra puso las pilas y compró un bajo Faim, empezó a estudiar música y a juntar billetes para un equipo, aunque fuera nacional. Una tarde de marzo, apareció con un 25 y la plata para ir de compras. Fumamos una vela mientras yo me cambiaba y después salimos directo para el centro: lo que no recuerdo es por qué María estaba con nosotros, tenía una panza que estaba a punto de estallar.

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Por Talcahuano vimos una oferta en vidriera y entramos; como yo era el que sabía, me hice cargo de la operación. Todos los vendedores estaban ocupados, así que nos atendió el dueño. Le pidió a un empleado buscar en el depósito y, mientras el chabón nos terminaba de cobrar y entregar la boleta, Yoni miraba guitarras drogado y con su bajo en la espalda. El Dueño nos dijo que podíamos retirar el equipo en embalajes, al final del mostrador. Lo que pasó a continuación, hasta el día de hoy no lo entiendo: el empleado del depósito apareció y le mostró la caja de un equipo Fender de 40 watts a su jefe. Éste asintió, entonces el pibe fue por equipo nacional y nosotros tres al final del mostrador, donde el pibe del depósito había dejado la caja. No sé dónde estuvo la confusión o si fue sólo un milagro. Vi con propios al empleado tomar de la manija al equipito nacional y venir hacia donde estábamos; como el mostrador tapaba la vista, pareció apoyarlo en suelo y se puso a buscar cinta y cúter. Cuando tuvo todo, volvió a agacharse, levantó un equipo y lo metió de una en la caja.

– Perdón – dijo -, ¿querés verlo?

Y, sin soltarlo de la manija, apenas lo asomó de la caja, lo suficiente como para ver las letras plateadas que comenzaban con una F, y lo volvió a meter en la caja.

El mundo y mi corazón se detuvieron un segundo: vi al vendedor meter un equipo Fender en la bendita caja y cerrarla con cinta, mientras yo aguantaba el infarto y lo miraba esmerarse en pasar el hilo para hacernos una manija y que lo podamos cargar. Ni sé qué hacía el dueño, cuando el pobre vendedor empujó la caja sobre el mostrador. La tomé de la atadura y volví a respirar. Le agradecí de corazón y me di media vuelta.

Vamos -dije a Yoni y Maria-. Y vámonos ya -solté por lo bajo, dos pasos después.

Quizás fue por como lo dije, pero Yoni y María salieron como si hubiésemos asaltado el lugar.

Vi todo —dijo ella, ni bien cruzamos la puerta-, salgamos para Corrientes.

Caminamos media cuadra apurados y nos echamos a correr por Talcahuano. Yoni, que no entendía nada, con el bajo en sus espaldas, María con la panza y yo, con el equipo Fender que diosito nos había regalado. Pero eso no era todo, porque el Fender vendría con un pan bajo el brazo.

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Llegamos y el 25 todavía estaba ahí. Compramos cerveza para mí, whisky para Yoni, enchufamos todo y nos pusimos a tocar durante horas, hasta que María empezó a romper las pelotas con la puerta, como siempre. Nosotros estábamos tan locos que no le dábamos bola, sabíamos que no nos dejaría estrenar el equipo en paz; pero golpeó tanto, que dejamos de tocar y mientras nos meábamos de risa, le abrimos: estaba ahí, sosteniéndose la panza con las dos manos bajo el marco de la puerta y furiosa. Y nosotros que no podíamos parar de reír, por el faso o por el pedo, mientras ella nos decía que estaba por parir y no le creíamos nada. Yoni le recomendó acostarse, ella lo puteó y seguimos tocando un rato… Volvió diez minutos más tarde y esa vez le creímos.

—Fue la corrida — dijo en el taxi, mientras íbamos a toda velocidad desde Colegiales hacia el Hospital Durand.

EN VIVO Y RUIDOSO

Quizá fue la llegada de Fidel, pero durante un buen tiempo reinó la paz; Yoni y yo tocábamos todas las noches, siempre venía algún amigo y pintaba un asado improvisado, que terminaba en un amanecer de Redondos y merca.

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En enero del ´96, por primera vez en mi vida, tocaría en vivo con una banda, la peor que tuve: la 69 Rokanrolla band. El lugar sería un local de la Izquierda. Era un festival en contra la represión policial y por la libertad de un tal Panario. Fue en San Martín, todas bandas punks, metaleras y nosotros, con “la balada”  cantada por mí. La banda era un asco y teníamos un repertorio horrible, variado en estilos a causa de las diferencias musicales. El repertorio constaba de cuatro covers, tres canciones del bajista y una mía, la balada. A pesar de toda esa mierda, fue una de las mejores noches de mi vida, sólo faltaron todos mis amigos, los pibes del barrio que me habían soportado cuando no sabía ni armar un acorde. Del Centenario ya no quedaba nadie. Mientras tocaba pensaba en Loli, en el Cuervo y en Chelo, en el Bicho, en cómo ese año se habían separado nuestras rutas. Yoni tampoco fue a la tocada, la Rubia estaba en Gessell todo el verano. Mi novia fue la única testigo de aquella noche. Y, aunque dábamos asco, no pifiamos; hasta la mitad del show, el público agitaba y pogueaba. Después, cuando empezamos con una zapada muy viajada, la gente se calmaba, iba por cerveza o empezaba a discutir. Mientras tocaba se veía que algo pasaba. Terminado el instrumental, llegaba mi momento, quedaba solo al frente de la banda y tenía que cantar: Revolución Interior, de los Violadores, y mi balada adolescente que no recuerdo ni de qué hablaba, sólo que era en La menor. Después del solo vi cómo el público, de golpe, salió como absorbido por la entrada. Canté la puta balada ante cinco o seis personas y mi novia. Los últimos dos temas los hicimos mientras, en la calle, el mundo se cagaba a trompadas y yo terminaba mi bautismo de fuego tocando como nunca.

Fue como tenía que ser, puro punk rock, pero los pibes no estaban.

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Ni bien dejamos el escenario, salí a la calle al tiempo que los de afuera comenzaban a entrar. Tocaba la banda que habían venido a ver todos, la del barrio.

Me fui hacia la esquina más oscura y encendí el fino. Después de la noche que había deseado toda mi vida, supe que tenía que armar una banda de verdad. Fumaba rápido, miraba el tráfico. Cien metros después, al llegar a la otra esquina, me escupí los dedos y lo apagué. Una sola lancha y no necesitaba tener el porro en la mano para perder. En ese instante, entendí que, desde aquel octubre del ´94, no encendía un porro en la calle, que estaba en mitad de la “probation” y de un tratamiento de rehabilitación ambulatorio. Y todavía restaban seis meses de trabajo comunitario antes del juicio. Un juicio que podía cambiar mi perra vida para siempre.

No, esa no era la noche que había deseado desde que mis quince años. No era libre de nada, aunque estaba en la calle, no podía ir a fiestas ni beber alcohol. Y ni hablar de drogas. Si quería salir de Bs As, tenía que pedirle permiso a un juez. Simplemente, con caerle mal a un poli, estaría jodidísimo.

Había mi cumplido mi sueño más grande. Pero hablar de deseo, en ese momento, era hablar de otra cosa, porque lo único que yo más quería era mi libertad. Que llegase el día del juicio y al carajo.

SÓLO POR ELLA

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En Colegiales la paz llegaba a su fin. A las batallas entre Yoni y María se le sumaba la familia de El Enano, recién mudada. Ya eran tres pibes y dos parejas que peleaban la mayor parte del tiempo. Siempre había alguien a mano para rompernos las pelotas cuando nos poníamos a tocar. Entonces, decidimos redoblar la apuesta y en lo que era el comedor metimos una batería, dos equipos de guitarra y el de bajo que diosito nos había regalado. Listo, nos ahorrábamos un dineral en sala de ensayo y no teníamos que mover el culo para nada. Ya no éramos un dúo, teníamos una banda.

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Aunque María intentaba disimularlo, estaba furiosa. Ensayábamos cuando ella no estaba, dos veces en la semana y el domingo, en su único día de descanso. Tarde o temprano, iba a estallar y yo esperaba no estar ahí cuando eso sucediera. Ya había sofocado suficientes peleas entre ellos. María era gruesa, fuerte y tenía más combates que cualquiera de los hombres que vivíamos en esa casa.

Por suerte, la mañana que explotó no estuve. Llegué varias horas después. Entré a la casa. En el comedor, Yoni se clavaba una chocolatada. En el cenicero, había medio porro encendido. Tenía el pulgar izquierdo vendado, cubierto de cinta blanca de hospital. ¿Qué mierda le había pasado? El vendaje estaba manchado, la cara de orto de Yoni era total:

-Van a tener que buscar otro bajista – dijo, se limpió el Nesquick de la boca y fumó.

Discutieron, se fueron a las manos. Y, en un intento por zafarse de él, María, con un mordiscón, terminó con todos los deseos del Yoni. Fue un ataque directo y final. Hasta podría decirse que pensado. Para cualquier persona que deba sujetar el mango de un instrumento de cuerdas, el pulgar izquierdo es la vida misma. Yoni estaba Out. Buscamos otro bajista, uno que usaba todos los dedos. Y la banda siguió. Con ellos cumplí el sueño de armar mi banda de rockanroll y blues, salir a tocar casi todos los fines de semana y tener un grupo de seguidores.

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Mientras tanto, Yoni se dejó caer en la cama. Nunca lo había visto tan deprimido en mi vida. Sólo se levantaba a las cinco de la tarde para ir a comprar cocaína a Boedo y volvía a tomársela en su casa, con el Enano. Entonces se quedaban con las ganas y salían a buscar puntero por el barrio. Conocieron gente nueva que empezó a visitarnos todo el tiempo, a consumir o a vendernos. Sin embargo, mi ciclo en Colegiales había terminado. Tarde o temprano, caeríamos presos otra vez. Además, faltaba un mes para el maldito juicio y no era mala idea estar en mi domicilio legal por si las cosas salían mal.

En lo que iba de ese siglo, Yoni no volvería a hablarme de zapar. Para cuando tuvo el dedo totalmente sano, ya se había tomado el bajo y el equipo Fender que diosito nos había regalado.

LA CANCIÓN SIGUE SIENDO LA MISMA

Voy a ahorrarme los detalles, pero del juicio salí -dentro de todo- bien parado. Al menos algo de mi pequeña libertad mental estaba recuperada. Y no pensaba arruinarlo, el ´97 fue mi año. Tenía mi banda a full, Mandrágora -una banda donde era asistente, comenzaba un nuevo ciclo-, laburaba y estudiaba por las noches.

Con el tiempo empezamos a vernos menos. Ya no tenía tanto tiempo como antes para ir durante horas a Colegiales a drogarme con mi amigo. En 1998 ya casi no nos veíamos, lo visitaba una vez por mes y cada vez menos.

Cuando el siglo terminaba, me llamó una tarde para contarme que se iba a vivir con sus padres, que lo bancara en Colegiales. Esa fue la última vez que vi a María. Después de la muerte del padre de Yoni, la madre vendió el piso en Caballito y compró una casa enorme en Boedo y él volvió a su barrio natal, con sus amigos de la primera adolescencia.

Durante unos años nos perdimos el rastro.

Un par de años más tarde, pasé por su casa a ver si seguía vivo. Obvio.

Después del primer porro juntos -en años- lo primero que hizo fue proponerme que volviéramos a armar una banda, a revivir aquel dúo que, en joda, llamábamos “Sordos y Mancos”. Y también me preguntó lo que me pregunta hasta el día de hoy: ¿todavía tenés los cassettes? Esa tarde me contó que militaba con el Partido Humanista, que, en un mes, habría un evento muy grande en el local, que iban a cortar Chiclana, que iría la murga, asado, tango, dos bandas de rock.

¿Por qué no tocamos?

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Yoni estaba loco, pero le seguí la corriente. Yo terminaba de grabar en CD mis canciones de forma casera, ya había decido no saber nada de tocar en bandas. Me la pasaba más frente a la máquina de escribir que con una guitarra en la mano. Pero tenía el oficio y nadie conocía mis canciones como Yoni. Y lo que no conocía lo adivinaba. ¿Existía otra persona que musicalmente me conociera tanto? Sí, el Gordo Ale, el batero de todas mis bandas.

Durante treinta días, ensayamos cuatro covers y cuatro canciones mías. Yoni había dicho la verdad, el lugar era una peña, con mesas en las veredas y la calle cortada, con dos parrillas enormes afuera y los vecinos que empezaban a sentarse. Saldríamos bajo el nombre de Sordos y Mancos. Primero iban los tangueros, después las dos bandas de rock; entre ellas, nosotros. Mientras esperaba, no hacía otra cosa que ir y venir a fumar porro con los amigos de Yoni al pasaje, comerme un chori picante y seguir bebiendo. A la once de la noche, cuando nos llamaron al escenario, ya estaba demasiado ebrio para todo. Yoni, duro como una piedra.

Hicimos los temas que teníamos armados, uno atrás del otro, como los Ramones. Yo bebía un vino del pico. Antes del final, se me ocurrió improvisar en la menor. La gente comenzaba a hablar, a pararse y acercarse a la parrilla. Yoni me gritaba al oído que no podía más con la mano. Yo estaba tan borracho que nadie iba a bajarme de ahí. Y el Gordo, siguiéndome, como siempre. Terminado el show, le insistí a Yoni uno más, Blues en mi, le dije. Y arranqué. A mitad del tema, se descolgó el bajo y se lo pasó a un pibe que estaba sentado cerca, en una mesa. Ale y el desconocido me siguieron hasta que terminé, después quedé solo en el escenario, muy en pedo para entender lo que pasaba. La gente se iba. A lo lejos, se escuchaba la murga que se acercaba a puro bombo sobre la avenida. Yo, seguía en medio del escenario, con la guitarra que acoplaba, y los tres tiros que sonaban en el cielo de una noche calurosa.

Última tocada, Negro; recogí la botella que estaba a mis pies, bebí un sorbo largo y metí mi Strato en el estuche para no volver a verla jamás. En ese instante, comprendí que todo esto era gracias a Yoni, que su deseo no había muerto jamás, que era el mismo de siempre; y que esa noche el deseo se había hecho realidad. Era La primera vez que Yoni tocaba con una banda ante un público; y, para mí, el final de toda una época.

El círculo había cerrado y, entonces sí, ninguno de los dos volvió a tocar. Núnca más.

Hasta el día de hoy cada una y todas las veces en que lo veo, me sigue preguntando por los cassettes, insiste en que deberíamos digitalizarlos. Y yo lo escucho mientras retengo el humo y pienso que está loco, que el muy hijo de puta, de algún modo, se sale siempre con la suya.




PUNK CERO

Ultraviolento: sobre el punk- rock en Buenos Aires

Por Néstor Grossi, el Moncho

 

TONTOS POBRES TONTOS

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Las redes pueden transformar a cualquier mediocre en músico o, peor aun, en escritor. Hoy en día cualquier payaso convierte a Mp3 aquel CD que grabó con sus amigos del barrio en los noventa y se cree parte de una historia que siempre les cobró entrada. Lo peor de todo es que hablamos de gente grande, muchachones de entre 40 y 50 años quienes, de vez en cuando, se juntan en salas de ensayo a preparar el regreso o a festejar los 25 años de una banda que nunca pasó de tocar en cumpleaños; o que, con suerte, alguna vez tocó como soporte de alguien en algún pub de segunda. Eso quedó de mi generación. Y, si algo le faltaba a esta gran estafa, era conectar a todos estos imbéciles a través de la red.

Cuando el gran ojo del dios Google apareció en el cielo, sólo lo hizo para bendecirnos con aquellos discos que nunca pudimos tener. Pero pagamos el precio, aceptamos una historia distorsionada. Porque, en aquellos tiempos en que todos estábamos divididos, en la calle no sonaba eso que dice youtube.

 

DE VIOLADORES Y VIOLADOS

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Cuando era muy pendejo, en aquel ciclo de películas de terror que emitía canal 13 los sábados por la noche, me encontré con la escena más cruel que había visto en mi vida: un auto azul que, por algún desperfecto mecánico, se detiene en medio de una ruta desierta. Una pareja de adolescentes rubios se baja y se pone a revisar el motor. Es de noche, a lo lejos se ven los faros de otro vehículo que se acerca. La parejita agradece a Dios y, segundos después, cinco o seis vagos se bajan de un Camaro. Al Romeo rubio le meten unos cachetazos y lo obligan a mirar cómo someten a su chica sobre el capot del auto azul, cómo le arrancan el pantalón para violarla, todos y cada uno de ellos, mientras ríen y se pasan las botellas. Lo peor fue cuando la novia comenzó a gemir y a moverse… La escena terminaba en un primer plano de la cara del pobre chabón. Yo estaba horrorizado frente al ITT Drean de 20 pulgadas y era tan crío, que ni se me hubiera ocurrido lo que seguía después: porque luego le tocaba a ella mirar cómo le harían lo mismo a él. Con apenas doce añitos, era demasiado.

Por todo eso, aunque habían pasado ya algunos años, no me hizo gracia el nombre de la banda ni los colores rosa y amarillo que usaban para el afiche, no encajaba. Y me lo repetía todos los días mientras cargaba mi tablero y mi regla por Av. Jujuy. Tocaban en un lugar llamado Palladium, el disco que presentaban se llamaba “¿Y ahora qué pasa, eh?”. La banda: Los Violadores.

Los Violadores circa 1984

En uno de los recreos de la mañana en el industrial, le pregunté al tipo que más sabía de rock y a quien yo conocía, Roque Mastrocolla. Me dijo que estaba loco, que tenía que escuchar el disco entero y que, si podía conseguir el primero, mucho mejor. Me habló de un tema sobre Malvinas y de “Represión” y prometió grabarme algo si le llevaba un cassette. Pero no hizo falta, yo tenía unas monedas ahorradas, así que esa misma tarde, cuando volví a mi casa, agarré mi plata y me fui a la Galería París, entré en “Musiquita” y compré. “¿Y ahora que pasa, eh?”.

Pil y Stuka habían llegado para salvarme de la idiotez. Tenía 14 años y me gustaban Fito, Soda y Zas. Al menos hasta esa tarde en que metí mi cassette nuevo y le di play: “¿A dónde estás, qué quieres hacer de tu vida esta vez? ¿A dónde vas, cuál es tu revolución? Si no la tienes, a tu lado no estoy. ¿Dónde estás, qué quiero saber de las guerras que son tu deber? No hay opción, tenés que luchar por tu vida o por tu libertad. Dime dónde estás dime dónde vas.”

Eso fue lo primero que Pil y Stuka me gritaron en la cara. Y le seguían: “Como la primera vez”, Somos Latinoamérica, Sin ataduras”. Y entonces saltaba la tecla de Play y había que girar el cassette para encontrarse con el lado B, que abría con “Comunicado 166″, el tema de Malvinas, seguido por una canción que cambiaría mi vida, toda, para siempre: “Quiero ser yo, quiero ser libre”: “Voy caminando por la calle / nada afecta a mi mente / veo gente que me observa / como si yo fuera un demente. / Ya no quiero ser más un marginado / tampoco quiero ser dulce y limpio / no quiero ser hermoso y gentil / no quiero que vivan mi vida por mí. / Ya no quiero más mirar televisión. / Ya no quiero más ir a trabajar. / Ya no quiero más seguridad / todo lo que quiero es posibilidad / todo lo que quiero es elegir / y solo nos ofrecen sobrevivir. / Quiero ser yo, quiero ser libre. / Todas las cosas en la vida / serán libres oh no / tendremos que vivir y dejar vivir / y entonces todos / viviremos nuestros sueños / no lo creemos, pero dicen que es así. / Yo soy yo, vos sos vos. / El aburrimiento me está carcomiendo / sólo nos queda mofarnos de este mundo / y a mí que me importa, sí, sí, que me importa / esta es nuestra única forma de ser. / Ya no quiero más viejos uniformes. / Ya no quiero más ir a trabajar. / Ya no quiero más seguridad / todo lo que quiero es posibilidad / todo lo que quiero es elegir / y solo nos ofrecen sobrevivir. / Quiero ser yo, quiero ser libre.”

A continuación venía el hit, el tema que había sacado a una banda punk del under: “Uno, dos, ultraviolento”. Luego, “Espera y veras”. Y el gran final, el tema que hasta el día de hoy sigue siendo mi himno de batalla: “Nada ni nadie, nos puede doblegar”.

Así llegó el punk rock a mi puta vida.

 

NOCHES AL PEDO

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Roque Mastrocolla había tenido razón. Por eso mismo, en invierno de 1987 decidimos que iríamos a Prix D’ami, un boliche nuevo en Belgrano. Tocaban los Viola y nunca habíamos salido de noche todos juntos. Éramos cinco: Roque, Garrafa, Rubén Bleizaga, uno más que no puedo recordar su nombre y yo.

Nos encontramos en la estación, en Barrancas de Belgrano. Era un sábado frío y nos tomamos un cartón de vino en la plaza, mientras planeábamos cómo entrar sin un peso. Cuando se nos acabó el vino, al pibe de quien no recuerdo cómo se llamaba se le ocurrió que podíamos comprar una petaca en el kiosko y, de paso,o lo robábamos. Y eso fue lo que hicimos. Después nos vimos corriendo por las calles de Belgrano hasta parar en un pasaje a contar el botín: una petaca de Mariposa, varios paquetes de puchos y chocolates. Éramos unos pendejos, teníamos apenas 15 años y estábamos borrachos y solos en medio de una ciudad que se preparaba para recibir a toda la magia del mundo, mientras el país comenzaba a desmembrarse y a nosotros nos importaba una mierda.

Nos tomamos la petaca con plata que pedimos pidiendo plata en Cabildo. Nos compramos otro vino y nos sentamos en la vereda de enfrente a Prix D’ami. Roque le puso una “pasta” al cartón y ahí nos quedamos todos en una escalinata de lo que parecía ser un estacionamiento o uno de esos colegios nuevos de ladrillitos.

Sólo Roque zafaba de la pinta de pendejito. No pasaríamos ni con entrada. La única posibilidad era durante los dos últimos temas cuando abrían las puertas del boliche y entonces colar. Pero nada, lo más cerca que estuvimos de los Viola fue ver a Stuka doblar la esquina y acercarnos hasta él junto al montón de gente. El resto de la noche la pasamos en esa vereda de enfrente, tomándonos el tetra y fumando Derbv suaves, mientras veíamos crecer la tensión entre la gente sobre Ciudad de Paz.

Es que, por aquellos tiempos, recién comenzaban a mezclarse las tribus. A los Viola iban a verlos muchos rockeros, heavys y los pocos punks con crestas que flotaban sobre Buenos Aires. Así que nunca faltaban las peleas.

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En todo el tiempo que pasamos en esas escalinatas, un rockero gordo y un heavy se rompieron la cara en medio la calle, mientras el tráfico de Ciudad de la Paz los esquivaba. Más tarde otros dos del mismo barrio peleaban por un vino o por un tajo y así, hasta que una bandita de Lugano le zarpó la campera a un cheto que pasaba por la esquina menos indicada. Y, como el cheto era del barrio, volvió con todos sus amigos más tarde, cuando ya habían dado puerta y la gente comenzaba a entrar. Hubo una corrida, se escucharon vidrios rotos y bocinas y todo terminó en una batalla campal, a piedrazos entre el público de los Viola y los al menos 30 vagos que había traído el cheto de Belgrano. Cuando empezaron a escucharse las sirenas de la poli, nos fuimos al carajo. Nos detuvimos en la puerta de una pizzería chiquita y contamos cuáanto podía poner cada uno. Para una pizza y una birra, daba. Tomamos tres.

-¿Saben qué es un paga dios?-— Dijo Roque.

Y esa fue la primera noche de rock en mi vida. La terminamos como la empezamos, huyendo de los buenos. Corrimos todos en direcciones distintas hasta nuestras paradas. Amanecía sobre Belgrano, era la primera vez que estaba solo, borracho y medio drogado en la madrugada de Buenos Aires. Solo el frío me mantenía despierto, mientras esperaba el 65 y el cielo comenzaba a ponerse azul entre los árboles.

Me subí al bondi, después de tres puchos.

A pesar de no haber podido siquiera escucharlos desde afuera, había sido una noche perfecta, todo eso era lo que yo quería para mis fines de semana. Pero me faltaban al menos dos años más para poder entrar a los boliches. En ese entonces, para un mocoso de mi edad, solo existían “Cemento” y “Obras” para ver un banda. Así que debería enganchar a “Los Violadores” en “Cemento” o rezar porque algún día volvieran a tocar en “Obras”, pero solos, sin ser teloneros de nadie. Porque el primer Obras” de los “Viola” fue con” Los Ramones”, pero yo los odiaba en ese momento. No me quedaba otra. Y recé, hasta que el 2 de agosto de 1988 pude verlos por primera vez en el mejor lugar del mundo.

Cuando me bajé en el Parque Centenario, ya sonaban los malditos pájaros del amanecer. Encendí un tucón que me había encanutado y, mientras Eduardo Acevedo flotaba bajo mis pies, caí en que jamás volvería a calzarme una campera de jean. Aunque no era Punk, para agosto del 88, usaba borcegos hasta las rodillas y pantalones rotos, tenía una campera verde y militar con dos pins en la solapa. Uno era la SG doble mango; el otro, uno redondo y negro, con una A en rojo mal dibujada.

Sí, estaba perdido. Y me gustaba.

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A LA MIERDA

Mi generación no sólo envejeció de una manera ridícula, también fuimos los responsables de desetiquetar al rock. Fuimos, fuimos criados durante el auge de la FM´s, en medio de una marea de bandas y los primeros festivales. “Los Violadores” fueron la primera banda punk en nuestro idioma y que llegaba al oído del rocanrolero. Muchos de los que llevábamos lenguas stones en nuestras espaldas comenzamos a escuchar a “Los Ramones”. Entonces, logramos filtrar el mensaje, encontrar la misma ideología en otros sonidos. Podíamos ser punkis sin escuchar a “Los Pistols” ni a “GBH”. Sin pertenecer a ese mundo de fanzines y alfileres de gancho, sentía el mismo asco: mis amigos me parecían unos tarados, no soportaba a nadie y odiaba estudiar, me daba náuseas la vida en familia y no creía en nada, salvo en que no había un futuro, en que sólo estábamos vivos para morirnos y nos importaba un carajo.

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LA CULPA DEL BASTARDO

 El olvido: sobre Jesús del bajo

 

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VERANO DEL ’92

No hay marihuanero noventoso que no recuerde aquel verano de la sequía, sin un puto porro en toda la maldita ciudad, ni en las afueras, nada. Entonces había que moverse de un barrio a otro, en busca del Santo Grial o morirse de viejos en una esquina del parque, mientras veíamos la vida pasar y le pedíamos una moneda para el trago.
Justo ese verano, menos la Rubia y Yoni, todos teníamos un pasaje en Ferrobaires para el 15 de enero, con destino a Mar del plata. Pero faltaba lo esencial:

Faso, no sé, pero no perdemos nada. Cuando no había droga en ningún lado, el Bajo no fallaba, les dije después de toda una tarde de vueltas. La clave era el Gordo, mi compañero del secundario y batero de Sr Tickson. El flaco Oscar nunca lo había dejado careta, siempre tenía. Y, además, no íbamos por porro, pero si pintaba, pintaba.
Llegamos al Bajo Flores cuándo el sol caía entre la autopista y Eva Perón. No me acuerdo cuánto nos hizo esperar. El chabón cayó cuando ya casi no teníamos para la última cerveza. Era de noche, tarde ya. Faso: nada, en ningún lugar. Pero el ácido estaba, sólo había que ir hasta la casa del transa.maxresdefault

El Villa y la Novia se ocuparon de la cuestión, mientras nosotros quedábamos en el almacén para planear el viaje y tratar de sacarle al Gallego una birra por unas monedas menos. Media hora más tarde, la feliz parejita volvía sola. Y el Villa agitaba con una sonrisa de oreja a oreja. Todo había salido bien, nuestras diez pepas descansaban en las tetas de Cecilia; por lo tanto, ni siquiera teníamos que preocuparnos por la yuta. Los verdaderos problemas empezarían una semana después, durante el viaje, cuando ya estábamos en el Partido de la costa y la pepa que habíamos tomado en Constitución no pegaba.

CRÓNICA DE UNA BARDO ANUNCIADO

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Era fija. Sin ácido, el porro se moría en tres días. Entonces, hicimos lo peor: racionar. Sabíamos que el Villa tenía su propio pedazo, además de lo que había puesto para el comunal. Así que, llegado el momento, dependeríamos de él. Y eso le encantaba.
Era fija: iba a terminar todo mal. Él y yo, algún día, volveríamos a rompernos la cara.
La mañana del quinto día nos fumamos el último porro del “de todos” en la playa. Solo nos quedaban las damajuanas y las pepas chupadas. Entonces, empezamos a vivir de la caridad del Villa, que se armaba uno a la mañana y otro a la noche, después se escapaba para fumar con la novia por ahí. Chelo, Loli, el Bicho y yo nos pasábamos el día escabiando. Enfermábamos a Bichito para que le pidiera faso al hermano o que, al menos, nos vendiera algo. Y así estaríamos los tres días que faltaban hasta la escena del lago, cuando la abstinencia se hizo insoportable.
-¡Daaale, pedazo de Negro puto! – le gritó el Chelo a el Villa y se puso de pie.
La canoa tembló.
-Pará, forro- le dijimos.
A dos metros de nosotros el Villa se cagaba de risa, tosía y le pasaba el churro a la novia que soltaba los remos para fumar. Loli también se paró y la canoa volvió a temblar. Chelo se sentó de una para equilibrar y, de un manotazo, bajó a Loli; en frente, los otros tres explotaban de risa en nuestras caras, mientas ellos fumaban y nosotros nada. Estábamos tan puestos que empezamos a discutir sin darnos cuenta de que el enemigo era el Villa. Y, entonces, de borracho, Loli volvió a pararse de golpe y le arrojó, a la otra canoa, la botella cortada llena de tinto y hielo. Cuando dejó caer el culo de nuevo, la canoa se dio vuelta y todos fuimos directo a esa laguna asquerosa: Loli, con el agua hasta las tetillas, sostenía la damajuana en alto para que no se mojara. Yo nadé hasta él para cagarlo a trompadas, me tenían todos hartos. Bicho y Chelo me frenaron el manoteo. El Villa y la mujer se reían a carcajadas, el amigo de Loli se arrojó al agua. Y, mientras todos me frenaban, Loli salía del lago con la damajuana en alto pateando el agua para alejar a los putos bichos.
Basta. Me zafé y encaré con los pies en el barro del fondo hasta llegar a la orilla plagada de cangrejos y ahí me quedé7wO5Npj. Cuando me di la vuelta para mirar hacia atrás; el Villa y compañía seguían su curso hacia una especie de islita, en medio del lago. El resto de los pibes intentaba dar vuelta la canoa, Loli esperaba en la playa con la damajuana a sus pies.
Me voy, pensé. Y empecé a esquivar cangrejos, a alejarlos, a dar saltos a medida que podía pisar mejor. De milagro, ninguno me pico. Cuando llegué al campamento, lo primero que hice fue meterme en la carpa del Villa y buscarle el porro, le robé dos o tres y después hice mi mochila, les dejé una nota y me fui a hacer dedo a la ruta.
Quince días más tarde, en la esquina de avellaneda y Otamendi, nos cagábamos de risa de todo. El Villa sentenció que ese hijo de puta del Bajo nos había cagado las vacaciones y que, tarde o temprano, se la teníamos que cobrar. Boqueaba como siempre, pensé. En ese momento no recordé que El Villa había hecho la onda con la chabón y sabía dónde encontrarlo.
El resto de la historia es pura coincidencia nomás. O eso creo.

UN HOMBRE DE MIL NOMBRES NACE YA

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Dicen que comenzó a predicar en la esquina de Mariano Acosta y Eva Perón, que leía salmos en voz alta, que se metía entre el tráfico y se acercaba a los autos en el semáforo, arrancaba una hoja de su Biblia y la entregaba como volantes entre los conductores.
Con el tiempo, empezó a caminar el barrio y a predicar, paraba en todas las esquinas donde estaban los pibes y se ponía a hablarles de dios hasta que lo echaban. Dormía en la plaza, comía lo que la gente le daba, pero no mendigaba. Nunca nadie lo vio beber alcohol, no era un loco peligroso, y— dios sabe cómo — estaba siempre limpio; algunos decían que se trataba de un pibe de buena familia, que se le habían muerto los padres en un accidente de tráfico y que él había sido el único sobreviviente: no pudiendo soportar la carga, había enloquecido de culpa y de dolor. Otros afirmaban que era un drogadicto hijo puta: “simplemente, limó”. Pero cierto sector del barrio sostenía la teoría de que había sido un puntero, uno al que se la habían dado por garca. Le habían metido como diez pepas en el trago y, de ese viaje, ya no había vuelto jamás.
Siempre que le preguntaban su nombre, decía que tenía miles, que era un hijo de dios. Entonces, los vecinos lo bautizaron Jesús, Jesús del Bajo. Y así empezó la leyenda.

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Yo me lo crucé varias veces a mediados de los noventa. En esa época era común verlo predicar en la noche de Flores, en pleno Nazca y Rivadavia o por la zona de la Plaza. Vagaba por la avenida hablando solo, hasta que se detenía en una esquina o en la puerta de algún boliche y empezaba a recitar la palabra de dios. Por supuesto, la mayoría de la gente se burlaba de él, usaba ojotas hasta en invierno, un jean sucio y una especie de túnica blanca hecha de seguro por él mismo, con una tela similar a la de las toallas. El pelo le llegaba casi hasta la cintura y, desde ya, tenía una terrible barba a lo Castro.
Nunca respondió a ninguna agresión. Sin embargo, una noche se lo vio lastimado, tenía media cara inflada y el labio roto. Se cuenta que andaba con la túnica manchada, parecía llorar sangre del estado en que lo habían dejado. Aunque lo veían así, nadie le dijo nada, ni se burlaron, ni le ofrecieron ayuda: era su cruz, pensaron. Lo habrían cagado a trompadas algunos pendejos hijos de puta para sacárselo de encima o le habrían querido robar dios sabe qué. Entonces, por primera vez subió las escalinatas de la iglesia de Flores.

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Más tarde se supo: no le habían pegado por pesado ni habían intentado robarle. Peor. Mucho peor. Se lo habían querido coger. ¡A Jesús del Bajo! No se sabe con qué excusa, tres mierdas, zarpados y borrachos, se lo llevaron para Yerbal, hacia las vías y ahí empezaron a pegarle, a decirle que iban a crucificarlo otra vez, mientras dos los sostenían y uno sacaba la verga. Y Jesús se defendió. No se sabe más.
Dicen que a la hora en que entró a la iglesia de Flores aquella noche, el servicio del Sarmiento se cortó por un cadáver en las vías. Sólo el cura que lo confesó sabe qué paso esa noche. Jesús no volvió a Flores nunca más, se quedó en el Bajo un tiempo y después se fue solo a internarse al Borda. Por supuesto, no necesitaron mucho tiempo para olvidarlo.

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TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

Volví a recordarlo una tarde de marzo, diez años después de aquellas frustradas vacaciones donde casi nos matamos entre amigos. El 55 se detuvo en la esquina de Nazca y Rivadavia y, a través de la ventana, pude ver a otro loco que se creía el hijo de dios.
Un domingo que fui a almorzar a la casa del Gordo, en el Bajo, le pregunté si había vuelto a aparecer el loquito ese, Jesús.
¿Vos lo conocías, no?
El Gordo soltó una carcajada y volvió a llenarme el vaso.
Boludo, ¿te acordas de mi amigo el puntero? Yo te había contado que se la pusieron por cagador, el que te cagó a vos y a los pibes del parque con unas pepas un verano, ¿lo ubicás? Lo agarraron entre bocha de pibes del barrio y lo obligaron a tragarse diez pepas al mismo tiempo.
¿Diez? pensé. Y entonces recordé la cara del Villa, al jurar que iba a cobrársela de una manera u otra. El Negro Villa era más hijo de puta y lo bastante inteligente como para organizar a todos los damnificados… ¿por qué me venía eso a mente?
Salú, Gordo, por Jesús del Bajo.
Y los dos brindamos.

Se cuenta que a comienzos del 2009 dos autos que venían picando por Rivadavia una madrugada lo atropellaron; el primero lo hizo volar por los aires, imagino que ya habrá estado muerto al caer contra el asfalto de la avenida y ser arrastrado por el segundo, desde José Martí hasta Nazca.

Ahí terminó una leyenda que no era urbana ni popular, porque la historia de Jesús del bajo es sólo otro simple relato de drogadictos, que habitaron en otro tiempo y otro lugar.

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LA HORA DEL CORDERO

El cuidado del otro: Sobre el Indio

Por Néstor Grossi

YO SOY NADIE, EL MONSTRUO NO MUERDE MÁS

Sí, puede que cuidarse uno mismo sea cuidar al otro. Pero, desde cierto ángulo, cuidarse uno mismo es el pilar de toda anarquía. Cuidarnos entre nosotros era no llamar la atención de la poli, siempre ahí afuera, esperándonos, no responder a las agresiones y volvernos a nuestros barrios en paz. Todo eso lo aprendimos del Indio, que, después de veintisiete años renegando desde un escenario, logró adoctrinarnos.

Hablar de todo esto a tan solo un mes de lo sucedido en Olavarría no es tomar una posición. Yo no estoy en condiciones de analizar el “fenómeno sociológico” del Indio, ni de filosofar sobre el tema. De toda esa mierda ya tuvimos lo suficiente estos últimos días. La verdad, nada me sorprendió. Ni cómo lo despedazaron al Indio ni lo que pasó durante el show. Sólo me vino a la mente el recuerdo de aquel primer “Obras” al aire libre, un gran ensayo general de lo que serían las futuras misas o, como prefiero llamarlo: el primero de todos los rituales.

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EL INFIERNO, SIEMPRE ENCANTADOR. ESA NOCHE

La primera vez que vi a los Redondos fue el 27 de octubre de 1989, en “Satisfaction pub”, un cine transformado en un boliche rockero a gran escala, sobre Lima, a dos cuadras de avenida San Juan. Comenzaba la gira de “Bang bang, estás liquidado”, una serie de conciertos que pasaría por el Estadio Obras, por el Parque Sarmiento en un par de fechas y que volvería a Obras, en diciembre de 1990, para cerrar el año y terminar la grabación del nuevo disco. Menos el que hicieron en Uruguay, creo que no me perdí ni un recital de la gira.

La noche de Satisfaction fui con el bajista de mi banda de entonces: “Asistencia Kriminal”. Y sí, éramos punks. Pero “Los Redondos” nos volaban la cabeza y nos mandamos después de haber hecho una previa en mi casa con Lexotanil y Zumuva en tetra. Recuerdo haberme subido al 86, deambular por San Telmo; recuerdo una lluvia de botellas por la lomada, que caía desde la 9 de julio hacia los patrulleros que estaban estacionados sobre Lima. Recuerdo la entrada a las corridas y que los Redondos ya estaban sobre el escenario, recuerdo “Todo preso es político” y “La Vaca”, después de “Vamos la bandas”, perdí la noción de todo.

PicsArt_04-21-09.10.09Abrí los ojos en una celda, sin mi broder bajista y con un desconocido que dormía en posición fetal sobre el cemento y sostenía una foto arrugada del Indio, todavía con bigotes y corbata. Según le dijeron en la comisaría a mi vieja, me había desmayado en el baño del lugar. Lo que no le dijeron es que me habían metido en un buzón: andaba tan violento que quise pegarle al cana que me sacó las esposas. Y, aunque no le contaron nada de eso, mi vieja me cagó a trompadas mientras salíamos de la 16 y los putos ratis se reían de mí.

En Parque Sarmiento, igual, la misma mierda, salvo que no me mandé ninguna cagada, terminé en la 49 limpiando la taquería porque un imbécil muy zarpado, rompió la luneta del bondi y fuimos todos presos. No recuerdo de qué línea era, solo que fuimos directo a la comisaría, nos bajaron y ahí quedamos.

Al menos, ya había cumplido los 18 y nadie tenía que ir a sacarme.

SOLDADITOS, BRAVOS MUCHACHITOS

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La era de Patricio Rey en Obras duró apenas dos años. Abarcó el cierre de La gira de “Bang Bang, estás liquidado” a fines del ’89, y toda la de “La mosca y la sopa”, que finalizó en diciembre de 1991 cuando se despidieron del Templo para convertirse en una mega banda. Aquella serie de conciertos fue lo mejor de los Redondos y estuve en todos. Y, de todos, solo recuerdo las previas y los primeros temas. Después caía en trance como el resto de la tribu y aparecía, sin saber cómo, en mí casa. Sin embargo, hay un Obras que jamás voy a olvidar. Fue el primer concierto al aire libre de los Redondos ante unas veinticuatro mil personas que, por supuesto, desbordaron el lugar, no cabía un rolinga más. Esa noche la avenida Libertador pasó a convertirse en el patio trasero del estadio.

Era el cierre de la gira de “Bang Bang” y el comienzo del caos en el mundo de Patricio Rey. Llegué a él en un bondi de línea que venía de otra realidad, donde la gente bebía y fumaba, donde los civiles no tenían lugar y donde todo el mundo alentaba a los golpes, tres cantos a los redondos y uno al chofer, hasta bajar en Belgrano, que ya estaba bajo el mando de las tribus y sus banderas.

En un bar de Juramento pedimos hielo para el vino. Doblamos por la avenida y nos unimos a todas las columnas que avanzaban por Libertador entre las explosiones de los tres tiros, los cánticos y los trapos, que empezaban a alzarse a medida que llegábamos rodeados de patrulleros.

Era el último fin de semana de los ochenta.

Esa noche del 29 de diciembre de 1989, fue el primer ritual, la primera de todas las misas y el primer concierto masivo de Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Habían montado el escenario a un costado del estadio cerrado, sobre la cancha de hockey del club. Me veo correr por el campo hacia adelante, hasta chocarme contra la valla de madera que nos separa de una estructura de caños gigante, veo un malón de gente y el Chelo que gritaba: “trepemos o nos matan”. Así como nosotros, cientos comenzaron a trepar entre los caños.

Los-Redondos

La noche empezaba a caer sobre el estadio y de los Redondos, nada. Sólo aparecían los plomos para pedir que se bajaran del escenario o la onda no empezaba… Pero era imposible. Yo estuve ahí, parado sobre un caño de metal y sosteniéndome de otro para no caer. Cuando me daba vuelta para mirar, hacia atrás solo veía un mar de cabecitas, incluso sobre los puestos de comida, que debieron cerrar.

Cuando el Indio y Skay aparecieron en escena, todo comenzó a temblar en medio de la ovación. Literalmente. Me sostuve fuerte y traté de cubrirme el oído izquierdo con el hombro. Tenía toda una columna de parlantes a un costado y a los Redondos, ahí nomás, frente a mis ojos.  A mis espaldas, dos metros abajo: las tribus, todas.

Y a medida que pasaba el recital, los monos no paraban de avanzar, de colgarse por los caños y trepar. El Indio ya no sabía cómo pedir que se bajasen, que no transformásemos una fiesta en una desgracia.

Entre tema y tema, pasaba una eternidad.

Yo estaba tan cerca que veía a la Negra Poli gesticular al tiempo que hablaba con el Indio y con Skay; algo pasaba, estaba todo mal de verdad. Había tanta gente sobre el escenario y colgada de la estructura de hierro frontal que los caños se doblaron y todo quedó en un leve pero molesto plano inclinado.

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La Negra Poli se acercó hasta el micrófono del Indio y fue al grano. Si se venía todo abajo no iban a poder seguir tocando. Los Redondos hacían un tema más y se iban al entretiempo. No sabían si iban a volver, la continuidad del show dependía de nosotros y de que el escenario soportase. Lo repitió unas veces. El Indio la siguió, se lo veía furioso. Skay se plantó en su costado del escenario y le dedicó a los idiotas un solo híper agudo y largo, que terminó en “Aurora”. Pegaron no recuerdo qué tema y se fueron sin despedirse ni advertir nada más. Las luces del estadio se encendieron todas. Desde los parlantes, una voz en off pedía a la gente que bajase de a poco del escenario o no podría continuar el show por motivos de seguridad.

Yo no podía más, los Redondos no volvían, me dolían las manos, me dolían las plantas de los pies de estar parado en un caño y, por sobre todas las cosas, necesitaba un maldito pucho y mear. Teníamos que aprovechar que la monada empezaba a bajar, le dije a Chelo. Debíamos de estar a unos dos o tres metros del suelo, me contestó… Hice un par de señas a los de abajo, grité. Y, entonces saltamos.

Una vez en tierra, nos sobró el tiempo para recomponernos como personas: meamos hasta el dolor, bebimos litros de agua del pico de las canillas y nos armamos el primer puto porro desde que habíamos llegado. Nos fumamos un cigarro tras otro sin poder creer que habíamos estados colgados ahí, en ese escenario torcido que se mantenía en pie de milagro.

Después del entretiempo más largo de su carrera, los Redondos volvieron sólo para conformarnos y que no terminase todo en una catástrofe peor. Hicieron unos cuantos temas y cerraron el show como siempre, con un Indio que pedía desconcentrar en paz porque afuera estaba la mierda esperándonos. Y, como siempre, se fue con el deseo de un buen año y una buena década, “no nos olvidemos de nosotros” dijo. Y desapareció.

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Todo terminó en un clima de mierda. De no ser por los talibanes que no paraban de agitar, el resto de las tribus se retiraban inconformes, faltaron temas, faltó buena onda. La gente empezó a dar vuelta los puestos de comida, de helados y gaseosas. Había algunos drogados que reían con tiras de chorizos alrededor de sus cuellos, con bolsas transparentes de hamburguesas crudas y otros que repartían latas de Pepsi y helados entre la gente.

Afuera, sobre la avenida, todo era un caos de rolingas que intercambiaban sus botines. Los Torpedos, Llolipops y alfajores helados eran free porque se derretían, pero la gaseosa serviría para el vino. La carne era carne. Y, nosotros, la generación de genios que daría a luz la cumbia villera y el rock barrial. Ahí estábamos, en plena acción; peposos y empastillados, todos fumando para nivelar mientras nos dispersábamos en busca de alcohol por una avenida arrancada de este plano. El Chelo encendió uno mientras yo terminaba mi segundo Torpedo de limón, cuando un vago con una remera de “Oktubre” y una larga tira de choris al cuello se acercó para manguearnos una seca. Odio que me pidan una seca y se lo dije, una seca no pega: se pide una fumada, así que lo invité. Nos convidó un vino con Fanta caliente y, en una esquina, le cambié un bagullo de dos o tres fasos que me quedaban por la tira de chorizos.

Entre mi amigo y yo, apenas si llegábamos a un vino y a un paquete de cigarros. Nos perdimos por Libertador hacia Belgrano, conocíamos un kiosco que vendía birra toda la noche cuando había conciertos en Obras. El chabón que atendía, al vernos en ese estado y arrastrando con nosotros 24 choris unidos x un hilo, nos dio la mejor la idea de la noche. Una hora después, en una de esas parrillitas al paso que había sobre la vereda en la estación, negociamos 20 choris para el dueño a cambio de dos birras de litro, una porción triple de papas y dos choris para cada uno. Excelente.

A pesar de que aquella noche resultó todo mal, y hasta quizás fue el peor concierto de Patricio Rey, ése fue el primer ritual, un gran ensayo lisérgico de lo que serían las futuras misas ricoteras y la década que llegaba; porque los noventas comenzaron esa noche, cuando el Indio y Skay pisaron el escenario del estadio Obras.

LA PUERTA INALCANZABLE. ADIÓS A TODO AQUELLO

893d89abdc0a1c3d1e6c6d70154d41f1Después de aquellos Obras que duraron hasta diciembre del 91, fui a verlos una vez más, al Centro Municipal de Exposiciones. Una noche fatal, un lugar que no servía para conciertos, la banda sonaba mal, la acústica era una mierda y, a los costados, estaba lleno de columnas que no facilitaban en nada la salida. El lugar había colapsado; con La mosca y la sopa, los Redondos sonaban hasta en la FM 100. El público comenzaba a cambiar y cada vez eran más y más. Recuerdo salir del lugar sin tocar el piso, presionado por una masa de gente que se movía en bloque hacia una puerta que parecía no llegar jamás.

Para mí ya estaba bien, al menos, por un tiempo. Además, cada vez se ponía más denso el ambiente. Al descontrol, se le sumaban los robos entre el mismo público, las peleas de borrachos y, por supuesto, siempre la policía, para terminar de arruinarlo todo.

El cuidarnos entre nosotros del Indio ya comenzaba a dejar de causar efecto. En 1992 estábamos todos muy drogados y violentos, éramos los chicos malos. Y a mí cada vez me gustaban menos las multitudes, y no soportaba el bardo al pedo. Dejé de ir a ver conciertos de rock nacional en estadios. Con los Redondos fuera de mi escena mental y con los Violadores recién separados, solo me quedaban la Renga y Pappo.

patricio-rey-y-sus-redonditos-de-ricota-2246474w640La última vez que vi a los Redondos fue en misa, con todo el circo de la mochila y la carpa. Presentaban “Luzbelito”, en el Anfiteatro de Villa Maria, Córdoba. Uno de los mejores conciertos que vi y en un lugar de película. Todo fue en un clima de paz y amor, con gente que acampaba en las plazas y a los costados de la ruta, otros dormían en las veredas. No hubo destrozos ni peleas. El mensaje del Indio parecía haber sentado al fin y todo fue una fiesta antes, durante y sobre todo después. Fue la mejor despedida que podía llevarme y mi última postal. No volvería a hacer otro viaje. Además, esa no era mi onda ya. Ni siquiera iba a ver a la Renga, que también llenaba estadios.

09FEn Abril del 2000 las tribus coparon River, fueron dos shows plagados de peleas, navajazos y robos dentro del estadio, al mismo tiempo que los Redondos estaban sobre el escenario. De nuevo otra mala noche para el Indio que se la pasó puteando y amenazaba con cortar a cada rato. Los Redondos se despidieron de Buenos Aires con ese River a luces encendidas y con heridos de armas blancas.

Un año después, presentaron su último disco, en Montevideo, dos fechas que juntaron cien mil personas. En agosto del 2001, todo terminó en el Chateau Carreras, en Córdoba. La leyenda urbana de que los Redondos se separaban se hizo realidad: no era una banda para este nuevo siglo, ni para su gente.

Al año siguiente, el rock argentino comenzó a involucionar hasta convertirse en pura mierda.

PATRICIO DISCO SHOW

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Creo que el chabón sabía que ese era su último show, que entendía que ese público no era aquel de los ’90, se perdía control, esa no era la murga de los renegados. El público rockero ya no se revienta, al menos no con aquella maldad del siglo pasado. El descontrol está en otro lado. Durante los conciertos de su etapa solista, a pesar de la híper masividad, nunca hubo problemas de tachos y cabinas telefónicas encendidas. No había enfrentamientos contra la ley ni gente cortada. Todo era paz, amor y rocanrol. Sobre el escenario, un Indio que no tenia que cabrearse, que disfrutaba del show. Abajo, todo era vino, asado, banderas y marihuana. Quien haya inventado el termino “misa” dio en el clavo, la palabra del Indio era sagrada y, sobre el aire, flotaba cierto respeto entre la gente que antes no existía. Porque “los de antes” eran rituales, no tenían la liturgia de las misas. Sólo era sexo, droga y rocanrol, el mundo olía a santería barata y ahí estaba la cuestión. Todo eso había terminado.
PicsArt_04-22-12.39.27El Indio no tenia pruebas para pensar que algo podía salir mal, al menos no hasta unos días antes del show, cuando nada podía detenerse, cuando ya había gente acampando en el lugar. En los medios apareció un comunicado donde el Indio instaba a cuidarnos entre todos, advertía que podría haber infiltrados con malas intenciones. Nada nuevo para el público de siempre, el mensaje solo alertó a la mierda amarillista de la televisión que se hizo todo un banquete hasta el hartazgo, hasta que los forenses comprobaron que los dos muertos no fueron por asfixia. Lo de los medios se tornó repulsivo. No me imagino a un Indio Solari planear la muerte de nadie junto a su contador mientras bebían whisky y trataban de dibujar números para ahorrar gastos. No puedo imaginarme al Indio diciéndole a la productora “como sea, pero que salga”.

En tres décadas que llevo en conciertos de rock de todos los géneros, nunca vi a un músico preocuparse tanto por la integridad física y mental de su público. Lo que pasó en Olavarría fue una mierda donde el descuido personal y la mala suerte se dieron la mano para llevarse por delante lo que podría haber sido la despedida de una leyenda en vida. Entonces, al Indio le pasó lo peor que podía pasarle: sus propios demonios lo alcanzaron, había llegado la hora del cordero, el lobo seguía suelto y el bosque era suyo.
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UN PACTO, UN PARQUE Y UNA PROMESA

El Lado B: Sobre los portales

Por Néstor Grossi

 

DEL LADO DE ACÁ

Hay un momento, un lugar, una hora del atardecer, en que el sol se deshace sobre el oeste de la ciudad. En ese instante se revelan todos los pasajes. Es el segundo de silencio donde el aliento del mundo se apodera de las calles y enciende, uno a uno, los faroles de una avenida que muere a los pies de un parque que ya no está. Y entonces, habrá que buscar, seguir el aullido de los perros y saber que el lado B es solo un estado, que no hay mejor lugar que uno mismo, para renacer en dos ciudades.

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Más allá de ese estado, existen los portales, los puentes que conducen hacia esa nueva tierra, a ese continente que se levanta sobre las ruinas de una vieja leyenda de amor. Porque, solamente eso buscamos del otro lado.

 

SUCIO Y DESPROLIJO

Los portales escapan a la vista del hombre común y, aunque todos pueden llegar al otro lado, para los vulgares no hay séptimo cielo. El resto solo debe buscar, llegar a ese estado. Yo nunca vi uno, pero se dice que algunos logran cruzar en total estado de sobriedad. La verdad, me cuesta creerlo. Del otro lado no me topé con un limpio jamás. Del lado de allá todos estamos sucios, con el norte puesto en el deseo, los sueños y todas nuestras perversiones que laten al día, como la primera vez. Por eso no podemos parar, por eso buscamos. Porque, después de todo, no sabemos cuál es nuestro lado, solo intentamos salir de ahí y evitar que la vida nos convierta en unos verdaderos tarados.

IMG_20161221_093513Hay sanos que buscan a través de la meditación y el ayuno, ese también es el otro lado, pero no es el B. Al nuestro, se llega de una sola manera, al menos para mí, y es tan personal como esa hora del día en que se abren todas las puertas, porque la ciudad está ahí, lista para devorarnos. Amor, escritura, marihuana; en ese orden. La verdad, no sé qué carajo harán los sanos, pero yo no conozco otra forma.

Sin embargo, aquella última navidad del ´95, con la Rubia, aprendí que, a pesar de todo, el otro lado es un Ella.

Algunos, por naturaleza, elegimos siempre el lado B de todas las cosas: complementarnos, ser uno con el otro, olvidarnos por un rato de este mar lleno de mierda.

 

SHANGRI LA

Mirá, yo creo que deberías probar otra cosa. No sé, buscar en otro lugar. Vos necesitás una perra de verdad y no a la putita de Sonia, ¿se entiende? Una mina que haga algo: te veo con una rockerita, pero creo que vas a tener más éxito con las intelectuales mientras decía esto se corría el pelo de la cara— Por eso siempre te digo que deberías ser escritor. Bebió un trago corto y me pasó la botella. —Esa mina, la Ideal de la que hablas en tus canciones, existe, loco. Pero estás en el lado equivocado, te lo aseguro. Todo tiene dos lados ,  A y B, como los discos, chabón… vos no caés todavía: somos dos ciudades en una. —Hizo una pausa, sonrió. —Ya vas a entender, y yo voy a ayudarte. Palabra.

IMG_20161219_201020—¿A encontrar ese lugar?

A encontrarla. A ella, la mina que pueda llevarte al otro lado; yo no puedo, creo que apenas puedo explicártelo. Y no es un lugar, es otro plano, pero ya basta. Se ató el pelo, su sonrisa era más grande. Nene: eso ya pegó, era cuestión de esperar ¿viste?

Salud, mujer le dije mientras soltaba el humo por la nariz y bebía. Ella me sacó el Phillip de entre los dedos. Yo no sabía de qué carajo hablábamos ya. —Feliz navidad, amiga. Y le pasé el trago. —Te juro que vamos a encontrarla. —Dejó la botella en el suelo, me tomó de la nuca y me dio un beso demasiado corto. —Feliz navidad.

¿Es una promesa eso?

La Rubia me miró a los ojos. —Imagino que sí, solo sé que no es otro pacto ¿está bien? Hay una gran diferencia: ¿cerramos ahí? ¿vos qué pensás?

Pensaba que sólo me importaba reafirmar nuestro pacto, la verdadera promesa, terminar nuestras vidas juntos , si a los cuarenta seguíamos sin encontrar. Y sí, cerrábamos ahí.

A lo lejos, se escuchó el estallido de una ráfaga de fuegos artificiales sobre la noche del parque Centenario; después volvió el silencio, era la madrugada y ya no quedaba nadie. Volvimos a besarnos sin saber que esa era nuestra última navidad; que, a nuestras espaldas, la luna brillaba blanca sobre el lago y que no volveríamos a vernos jamás.

 

CABALLOS, CABALLOS, CABALLOS

Hay días en que se abren todas las puertas, en que una ciudad se come a otra. Y, entonces, los lados se mezclan, es una de esas noches en que el viento mágico del mundo se apodera de las calles, devora de a poco el otro lado. Una de esas noches es la navidad y, entonces, el A es el lado devorado. Quizás es por eso que las promesas y los deseos se hacen uno, es el poder de la madre tierra sin los designios de un dios, es la anarquía en la naturaleza.

La Rubia se murió sin poder cumplir el pacto, pero su promesa la cerró veintidós años después. Porque esa Mujer que me ayudó a terminar de cruzar el puente no llegaba por casualidad: con ella pasaría al otro lado – la ideal- como me decía a por aquellos días en que no hacíamos más que tomar cerveza y fumar porro en el parque.

_20161221_102313Después de todo mi amada amiga, había tenido razón: el otro lado es un estado al que se llega para hacerse uno con el otro. Su profecía de cómo sería mi Ella se cumplió, al igual que su palabra. Porque no creo en las casualidades y éstas eran muchas. Además, fue una promesa de navidad.

Mi otro lado es una perra, una de verdad. Es tan fría como mala e intelectual. Con ella, trabajamos juntos a la perfección y podemos superar cualquier cosa. Nos amamos y no nos soportamos. Encajamos, así de simple. Y, de alguna extraña forma, llevamos mucho tiempo juntos ya. Fue un enamoramiento complicado y fatal que, por momentos, parecía acabarse cuando en realidad solo se convertía en verdadero amor. Pero esa será otra historia: el verdadero final de este Centenario.

Porque, si muero al despertar, que sea del otro lado.

Muerto el amor, hundido el continente, no hacía falta más que resistir; recordar el verdadero nombre de todas las cosas, cada pasaje, cada maldita esquina y cada puto rincón de esa ciudad donde había que bajar y hacerse uno con los portales, seguir a la jauría, porque solo los perros podían atravesar hacia ese otro lado, donde todavía la magia del mundo se movía entre el viento de los faroles de una ciudad que comenzaba a encenderse; donde los muertos y los libres beberán del mismo pico a la hora en que regresan todos los rituales.

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EL ÁNGEL DE LOS PERDEDORES

El Desaliento: Sobre la banda “Insecticidio”.

Por Néstor Grossi

SMELLS LIKE TEEN SPIRIT

5Tuve la suerte de verlos dos veces en vivo, nada más. Fue durante la primavera del 88 en Plaza Francia. Tocaban “Don jefe” (la banda de mi profesor de guitarra) “Hermes”, “Estado mayor” y la primera formación de “La Renga”, cuando tenía la otra pata. Y, por supuesto, “Insecticidio”: esa fue la primera vez y me volaron la cabeza. No tenían la apariencia de una banda punk, ni sonaban como “Los Pistol” ni como “Los Ramones”, mucho menos, como “Los Clash”. Sonaban raro, pero el cantante tenía una escena hipnótica y un violero que pelaba demasiado para ser el clásico guitarrista punk. Con el tiempo, me daría cuenta: esa fue la primera vez que escuché grunge, cuando ni siquiera existía o no se usaba el término.
La segunda vez resultó la mejor: no estábamos al aire libre, bajo el sol de la plaza: el lugar era Cemento. Un festival del bandas under, que cerraba un 1988, donde todavía me enfundaba en una campera militar y borcegos, fumaba particulares 30 y llevaba clavado un pin negro con una A roja y mal hecha en mi solapa.
Ese año fue el comienzo de un recorrido que empezó con la primera vez de Los Violadores en Obras y que terminó con Insecticidio en Cemento. Creo que hasta el inicio de la nueva década, no hice otra cosa que seguir a esas dos bandas. Si vi alguna otra, los 90 se encargarían de borrármelo.
Pero vuelvo al festival donde, de pura casualidad, volvía a cruzarme con la banda que me había partido la cabeza. Era gratis y en Cemento. No sabíamos nada más. Cuando “Insecticidio” subió al escenario y durante los dos temas que siguieron me la pasé codeándolo al Loli, repitiéndole que eran los de Plaza Francia y que no podían sonar tan bien los hijos de puta. Geniales: así de simple, lo tenían todo. El violero era una bestia con Les Paul negra que se deshacía entre yeites a contrapunto con la voz del pelado que cantaba al colapso de un ataque hasta encenderse durante los largos solos de guitarra, robarse el show y el festival entero. A partir de aquella noche, para mí, ya eran tres los pelados del rock.
Cuando terminó el set de “Insecticidio”, el Loli encendió el medio porro que nos quedaba:
—Che, esto es Blues punk, boludo -le dije- Es totalmente original, loco.
—¿Nunca escuchaste a los Stooges, Negro?
No, y aunque tenía un disco de Iggy Pop, no tenía ni la más puta idea que él era el padre del punk rock. Por aquel entonces, las únicas bandas punk que escuchaba eran “Los Violadores”, “La polla records” y “Los Ramones”.
De Cemento, se salía siempre de día y sin un peso. Vaciamos los bolsillos y las billeteras: juntamos para una Ugis y una cerveza. Entonces, encaramos para Cerrito. Era un lunes, el mundo comenzaba a despertarse, sobre la 9 de julio los malditos pájaros del amanecer nos destrozaban la cabeza aislándonos del ruido del tráfico en la avenida. Caminamos con el silencio de la fisura y el cuelgue, fumábamos un pucho atrás de otro, sin importarnos que las luces de los faroles comenzaran a apagarse, ni que sobre las veredas la maquinaria de la rutina hubiera comenzado, ni que nuestra pequeña murga muriera de a poco.

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Antes de entrar a “la” Ugis, le aseguré a Loli que iría al próximo recital de “Insecticidio” sí o sí.

YA NADIE VA A ESCUCHAR TU REMERA

Duranel 89 seguí a “Insecticidio” por todos lados, se presentaban en locales del Partido Comunista y en todo tipo de festivales. No se movían por los circuitos de pubs y boliches habituales, tenían un contenido social y contra cultural que irritaba al mercado: ni siquiera les importaba grabar por su cuenta. Recién a comienzos de los 90, salió un demo con cuatro temas, grabados en una portaestudio de dos canales, que regalaban en los recitales en un cassette TDK. Era para los diez primeros que llegaran.
Les chupaba un huevo todo, creo que fue eso lo que los hizo resistir a la constante falta de aliento que reinaba a fines de los ochenta en el mundo rockanrollero. Ellos sólo querían salir a tocar, a distribuir su fanzine, a juntar gente. A pesar de su postura anti sistema, si la suerte les llegaba, la pensaban aprovechar, pero no irían por ella. Tocaban gratis y llenaron cada lugar hasta llamar la atención. El demo comenzó a aparecer en la feria del Parque Rivadavia, también aparecían cassettes de los recitales, grabados con un walkman o dios sabe con qué. Empezaron a salir en algunos programas de la Rock and Pop y dieron una que otra nota para algunas revistas de rock. Una vez aparecieron en la sección de bandas nuevas en la “Pelo”, que los ponía como banda revelación de 1990 y aseguraba que tenían todo para ser estrellas.
Pero eso nunca ocurrió. En 1991 no salieron a tocar. Se decía que al fin estaban grabando un disco, que si interrumpían la grabación era para hacer de soporte de “Los Violadores” en Obras y nada más. Pero eso tampoco, nunca pasó. Ni editaron el disco, ni fueron teloneros de nadie. Un buen día, desaparecieron de la escena local y nunca se supo más nada de ellos.

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Yo esperaba, leía el suplemento todos los viernes. Los domingos a la mañana me la pasaba en el Rivadavia buscando entre los discos y recibiendo todos los volantes que me daban. Nada. Solo me queda aquel demo que regalaban en los recitales. Nunca más supe nada de ellos ni de ninguno de sus músicos, al menos, hasta una tarde de marzo del 2015.

NO TE VA A GUSTAR

2Me fumaba un pucho en la parada del 80 de Lope de Vega y Beiró cuando lo vi. Como si nada hubiera pasado, volví en un segundo veintisiete años atrás. Seguía pelado y flaco, debía tener al menos diez años más que yo, pero estaba impecable. Sobre la avenida, el tráfico era un infierno y el bondi no aparecía. Me acerqué dos pasos:
-Vos cantabas en “Insecticidio”- le aseguré.
El pelado me miró a los ojos y sonrió, claro que era él. Y estaba en verdad sorprendido de que alguien le mencionara a su banda. Le conté que todavía recordaba esa noche en Cemento como si hubiera sido ese mismo día, que en alguno de mis cajones guardaba aquel demo en 2 canales y que, de vez en cuando, le daba play. El Pelado me invitó una cerveza en la pizzería de en frente.

6La segunda y la tercera las pagué yo, entonces me animé a preguntarle qué había pasado, por qué habían desaparecido así, de una. Y, obviamente, también le pregunté qué había pasado con el disco.
—Perdimos la viola, Gus se nos fue y no pudimos reemplazarlo. Otra guitarra, otro sonido, eso es así, amigo. Durante la grabación del disco, todo se complicó. Aunque intentamos meter otro violero para no perder la oportunidad de grabar, la cosa se fue al carajo. Gustavo componía sobre mis letras. Éramos él. Así que abandonamos la grabación. Perder tiempo en un estudio es perder plata y no podíamos seguir sin Gustavo. Era una mierda mirar al costado y encontrarse tocando con una imitación bizarra de un Jimmy Page porteño. Se nos había muerto un hermano, loco, no lo pudimos superar. Pero tampoco queríamos dejar morir a la banda. Quedamos en hacer el duelo, tomarnos un tiempo y después seguir con el disco. Ya ni recuerdo qué le dijimos al nuevo. Ni volví a hablarme por teléfono con ese chabón. Apenas si nos hablábamos entre nosotros. El Negro se fue a trabajar a Córdoba por un tiempo y no volvió más. Y Claus se hizo cargo de una fábrica medio pelo, que le ocupaba todo su tiempo. Era hijo único, así que cuando el padre murió, no tuvo más opciones…
El pelado lo intentó, siguió, formó dos bandas más. Una, en 1994: hacían rock pesado. Con esa no pasó nada. En 1996 apareció “Sed Roja”, una banda de Flores, que hacia un rock and roll muy al estilo Zeppelin. Habían grabado un CD independiente. Fueron los teloneros nacionales en varios conciertos organizados por la Rock and Pop. El pelado no se bancaba la onda que generaban, entonces, comenzó a discutir con todos hasta que se fue de la banda y, en 1998, volvió a formar “Insecticidio” con músicos nuevos. Con la nueva tecnología y el profesionalismo que reinaba en el ambiente, la formación sonaba excelente. Además, tenían dos guitarras. Volvieron a los festivales, grabaron un demo para pasar en las radios. Pero la magia no estaba. Ya nada era igual.
—Por otra parte no había nada que decir, ni a quiénes. Tocamos por última vez en noviembre del 99, en un festi punk en Cemento. Por primera vez en nuestra vida cerramos nosotros. Esa noche salí del boliche, mientras todavía el público estaba adentro y la banda, en camarines. Me metí en un barcito de minutas a la vuelta de Cemento y pedí un sánguche de milanesa con una cerveza de litro. Te juro que sentí que todo era al pedo, que el rock se había vuelto una mierda. Me dolían la cabeza y los pies, solo quería estar en mi casa, ver una película mientras me tomaba una cerveza y picaba algo para el bajón. Entonces, entendí que me había llegado la jubilación y se me ocurrió que “Insecticidio” debía quedar en el siglo XX. Mirá: creo que fue la mejor decisión que tomé por respeto a Gus. No quise volver a Cemento, sólo tenía el micrófono ahí. Así que me terminé la birra y me fui a mi casa. No volví a cantar nunca más.
7Se había hartado de remar, de tener que salir a buscar lugares y pagar para poder tocar. Se había cansado de caminar por discográficas, dejando demos que nadie iba a escuchar. Ya no podía pasar una noche más entre pegatinas de afiches o repartos de volantes.
Quería saber más, pero sólo le pregunté si pedíamos otra. Me dijo que tenía que irse en ese mismo momento, se puso de pie y se echó la mochila al hombro. Encendimos un pucho en la puerta del bar y cruzamos nuevamente Beiró, de vuelta a las paradas de los bondis.
Tiró el Phillip por la mitad y levantó el brazo.
—”Nos vemos, loco, y gracias”. Después, bajó el cordón para asegurarse el 109. Mientras dejaba subir a la gente, se descolgó la mochila, la puso al revés- sobre el pecho- y subió. No sacó boleto y, como el semáforo todavía estaba en rojo, el colectivero no cerró la puerta. El pelado abrió la mochila, sacó un blister de auriculares y se apoyó contra la máquina de las monedas. Lo escuché saludar a los pasajeros cuando la puerta se cerró y el 109 arrancó para perderse entre el tránsito que iba hacia la General Paz.




CUANDO LOS PUENTES CAEN

El Hastío: Sobre la muerte.

Por Néstor Grossi

EL CÍRCULO MALDITO

En algún lugar leí que el hastío es una tristeza sin amor. Todo bien. Pero, ¿qué mierda es el amor? y lo más importante, ¿quién dijo semejante pavada?
Mientras tanto, tenemos frascos llenos de marihuana, botellas de vino acumuladas y la ilusión que se nos muere entre las manos; entonces, comenzamos a soportarlo todo. Si del odio al amor hay un paso, ese puente se llama hastío.


SOLO Y MAL ACOMPAÑADO

1151-istock-000007737926xsmall-s-Llegó un momento en que ya no podía caretearle a la vida nada. No me molestaba perder a los amigos que me habían quedado porque siempre fueron de paso. Para colmo, venía de una relación espantosa con una mujer hermosísima, nunca iba a poder comprometerme con alguien de verdad. No podía vivir con otro ser bajo mi techo. Dormir con la misma persona más de dos noches seguidas se me hacía insoportable: amarla sí, eso, eso puedo. Pero nada más.
Desterré el mito de la amistad.
Arranqué el amor de mi vida, no había otra forma de atravesar el camino. Eso que yo buscaba solo se encontraba en las películas y en la narrativa, nada más. Así que, en ese terreno, iría a buscarlo. Yo tenía una historia que terminar, mi primera novela: “Hasta las estrellas”. Una novela futurista en tiempos de pos guerra y una historia de amor del carajo entre una oficial del ejército, un cadete y una adolescente que había llegado a cantar a la ciudad. Toda la historia sucede bajo un clima de tensión militar entre dos estados, que obliga a nuestro héroe, Luca, a robar un arma al ejército para, después, traicionar a su propio estado y tener que cerrar ese triángulo de una forma fatal.
Entonces, elegí la soledad, elegí dedicarle mi vida por completo a la escritura. No me interesaba otra cosa. Ya había creado un mundo, tenía un equipo de personajes que esperaban todos los días sentados en el banco a que yo apoyara mi maldito culo en nuestro escritorio y los pusiera en acción. Había invertido tantos años en esa historia, que soñaba verla terminada.
Sí, no había tiempo para nada y no vi a nadie más.
Escribía. Me levantaba y me acostaba pensando en mi historia. De seis y media a cuatro de la tarde, atendía un bar sobre la colectora en Gral. Paz. Después de las dos, me ponía a beber y llegaba puesto a mi casa desesperado por llegar a Ciudad Central y encontrarme con Luca, Erika, Marzia y Rahiz.
Por aquel entonces, mi concepto de la escritura era escapar a la realidad, simplemente me drogaba con ella.
A los 35 años, descubrí que nunca había estado lúcido y centrado como a los 20. La vida no apestaba de la misma manera, pero seguía siendo una mierda. Tampoco volvería a tomar una postura punk, ya estaba crecidito para eso y tenía un arma letal: había aprendido algo solo, como escribidor, sin la ayuda de nadie: la historia de fondo no importaba, solo era un recurso para llevar el paso del tiempo.
Entonces empecé a escribir de verdad.


HIJO DE PUTA

Una tarde, mi vieja dijo que tenía que hablarme:segunda cadera, tardaría más tiempo enPicsArt_08-20-02.22.12-1 recuperarse. En paralelo a la operación, su enfermedad avanzaba y ya se sabía que la invalidez era el final. Me pidió que dejara de trabajar, me ofreció mantenerme y pagarme el profesorado de literatura en el que me había anotado para justificar mi vida de escritor.
¿Mantenerme?, ¿para qué? Si, de todos modos, le hacía las compras y la llevaba al médico cuando lo necesitaba. Para la recuperación, la obra social le enviaba un enfermero diurno. De noche la cuidaría yo, como la primera vez. Pero no, ella quería compañía, quería algo que nunca le había podido dar. Empecé a visitarla dos veces por día, a la mañana y a última hora de la tarde. Yo no era la clase de hijo que se sienta a comer o tomar mate con su madre. Apenas si hablábamos del país o de Boca. Para ser hijo único, era bastante especial, o como decía ella: era un mal hijo y nada más. Un hijo de puta.
Abandoné el profesorado, sólo necesitaba hacer billete y escribir. Tarde o temprano iba a hacerlo, además, otra no me quedaba. Yo estaba ahí, vivía a unos metros de la casa de mi vieja.
Recibí la Navidad del 2010 con mi madre recién operada de su primera cadera, fue una de las peores que recuerdo. Los dos solos, ella y su pierna levantada brindando frente al televisor, mientras daban las doce en el mundo. Sin embargo, hubo una navidad todavía más terrible: la del 2011, la última que pasé con mi vieja a pesar de vivir tan sólo a unos metros de su casa. Y, hasta el día de hoy, ya no festejo nada más.
Ese mismo año el rock me dijo basta… entonces comencé el descenso.


Y ENTONCES EL MUNDO TERMINÓ EN FLORES

Como a comienzos de siglo, bebía de la noche a la mañana, podía emborracharme hasta dos veces por día y me armaba uno por hora o cada vez que me hartaba del tabaco. Y escribía, sólo me paraba de mala gana para ver si mi vieja necesitaba algo. Llegaba a escribir hasta diez horas diarias. Estaba a un paso de terminar mi novela, no iba a frenar justo en ese momento.
Sin darme cuenta, perdí de a poco la noción del tiempo, mi parámetro eran los jueves, día en que iba a ver a mi puntero, aunque el frasco estuviera lleno. Muy colgado; tanto, que casi pierdo mi cumpleaños 40.
Necesitaba aire. Necesitaba coger y empezar a tomar un poco de agua. Una cosa era elegir la soledad y otra muy distinta dejar que la puta vida te absorbiera hasta sentir asco por todo. Algo no estaba funcionando.
Cuando terminé “Hasta las estrellas” empecé a salir otra vez. No tenía que ir muy lejos, el mundo del rock se reducía al barrio de Flores. Los viernes y sábados salía a escuchar bandas under ( bueno, “indie”, el under ya no existía). Nunca me costó acercarme a una mujer en un boliche o en cualquier situación, simplemente las había estado evitando. Pero ya me sentía listo para volver a buscar.
Agité hasta que el rock me jubiló, dos veces. Y, una de esas dos, casi pierdo la vida de la forma más idiota. La noche en que tocaron las Pelotas, por primera vez después de la muerte de Sokol, fue en Ciudad del rock, en el estadio de tenis. Llegué tan ebrio y tan drogado que no me gustó la platea alta que me habían conseguido. La lógica indicaba que había lugar en el campo todavía, simplemente, tenía que saltar. Y eso hice, aunque no tuve en cuenta que estaba casi a la altura de un segundo piso. Caí en un techo, de ahí al pasillo de acceso al campo. Dos monos gigantes de seguridad se me abalanzaron, la fuerza del alcohol me levantó y corrí hacia el campo mezclándome con la gente. Encendí uno y busqué un vendedor de cerveza por sobre las cabezas.
Salí peor de lo que entré…me equivoque de puerta y de camino, terminé en la villa de Soldati tomando merca y birra en un kioskito ventana con gente desconocida. Estaba claro: esa noche era inmortal. La luna brillaba gigante y blanca sobre un cielo cruzado de antenas y de cables. De fondo, comenzaba a sonar el rallador de una cumbia que crecía entre las paredes de ese reino de ladrillos huecos y anunciaba que el único muerto era el rock, que yo volvería sano y salvo.
Que la vida me tenía reservado algo peor.


EL VERDADERO ORIGEN DE LA TRISTEZA

Tardé un par de cachetazos en entender que, para la obra social, no era negocio invertir en15406-944-550 una persona de la edad de mi vieja y con una artrosis reumatoidea que ya le había tomado casi todo el cuerpo. Entonces, comprendí que, después de la operación, la cosa no terminaba para mí. Ni para ella, pobrecita.
A partir de aquel día, comencé a vivir con la muerte respirándome en la nuca. Se siente. Uno sabe que está ahí, es como un vacío. Es la que cierra el triángulo mientras el cuidador y el enfermo luchan cada batalla. Ella es la única cuerda en una relación tan enfermiza. Sólo quien haya cuidado una persona hasta verla morir puede saber de qué hablo. Mi madre peleó contra la invalidez hasta el final. Se recuperaba de las operaciones como Palermo ante las gallinas, pero de esta última no zafó así nomás. Aunque podía pararse y moverse con ayuda de un andador, ya necesitaba asistencia para todo.
Yo sabía qué era el encierro y estar sometido. Me rompía el alma pensar que tenía que meterla en un geriátrico. El mundo se convirtió en un infierno, todos los días volvieron a ser iguales y el tiempo corría diferente. De nuevo, no me quedaba otra que escribir. Y eso hice mientras la relación de dependencia con mi madre se volvía insoportable, con visitas largas que terminaban en discusiones por pavadas. A medida que pasaban los días, ella perdía movilidad, pero no se entregaba. Sentía el dolor del mundo sobre sus huesos, pero, mientras le quedase un gramo de fuerza, se esforzaría para pararse…dos años después, intentando levantarse de la cama sin ayuda, se cayó por última vez.
Pasó casi tres semanas internada, ni se le corrieron las prótesis, ni se rompió ningún hueso, increíblemente resistió el golpe en las piernas. Pero el de la cabeza, no. Además, traía un Alzheimer que aún no se había manifestado y entonces se precipitó, por el golpe: las horas que pasó a los gritos hasta que los bomberos llegaron, mientras yo estaba fisurado en mi departamento a unos metros de su casa, resultaron letales. Los días que siguieron fueron de un terror que no estoy capacitado para contar.
Todavía recuerdo la mirada de mi vieja cuando el Alzheimer le ganó en el último round: sus ojos se transformaron en los de una nena, era ella pero a los doce. Vovió a sonreír. Esa fue la última vez que conversamos. Después, la escuché agonizar durante días, hasta que los médicos me pusieron en lugar de Dios: tenía que decidir yo si vivía o moría, había que desconectarla. Fue la decisión más difícil de mi vida. Pero ya no soportaba verla sufrir.
Me recuerdo parado en la puerta de una clínica en Ciudad Evita, acompañado por cinco perros que andaban en banda y se tiraban ahí nomás, a mi pies. No lloraba, me fumaba un porro en la puerta sin que me importara un carajo: en unas horas más, vería a dos tipos de grafa azul que empujarían el cajón de mi vieja, mientras el cura de un cementerio privado me diría que, desde el cielo, ella me lo iba a perdonar todo. Estaba claro, mi vieja no perdonaría jamás.
Por primera vez me sentí solo en el mundo de verdad. Soy huérfano, pensé.
No la lloré nunca, ni siquiera la primera navidad que pasé solo veinte días después de su muerte. Ni tiempo tuve. Me habían quedado deudas, estaba sin laburo y con una casa para alquilar. Durante un buen tiempo, la seguí puteando hasta que alquilé la casa. Cuando más o menos acomodé algo, me puse a escribir, tenía que encontrar un nuevo narrador. Un día, la soñé y me desperté agitado. Soñé que discutía con ella. Esa mañana la nombré, después de dos meses, volví a llamarla en voz alta…grité su nombre. Esa ausencia de respuesta me knoqueó por primera vez.
Dejé de leer. Solo escribía, buscaba una historia nueva; algo real, no una novela futurista, mucho menos una de amor. Había llegado el momento de escribir de verdad, de meterme en las historias.


EL ESCRIBIDOR

Empecé a beber más y a fumar como un condenado. Sabía que no quería volver a aislarme del mundo, menos cuando volvía a ser libre. Hice todo lo posible por no morir de tristeza, pero caí en una depresión silenciosa, de la cual no fui consciente hasta que saqué la cuenta del tiempo que llevaba sin bañarme. Cuando logré pagarme la vida, me puse a escribir de verdad. Esa historia de rock en los 90, en el parque Centenario me daba un nuevo narrador: era mi primer texto realista y en primera persona.
Después de siglos, algo me motivaba. También comencé a escribir una sección de comics en esta revista. Sólo tenía que esperar mi momento. Fue en el tercer número, “el abuso”, cuando estrené mi narrador. Yo sabía algo del tema. Cuando terminé de escribir “Centenario Blues” sentí algo que imagino se llama felicidad. Encendí “Uno” y abrí el freezer. Lo había logrado. Me clavé media lata frente a la heladera y, mientras fumaba el porro más gordo que pude armar, saqué de la caja el calefón eléctrico que había comprado, lo coloqué y me quedé escuchando a La Renga” mientras el agua se calentaba. Después de seis meses me di un baño como un verdadero cabrón y cristiano.
Las dos notas de comics y Centenario las escribí totalmente sucio y pasado. ”Centenario” me salvó la vida, fue la antesala del final de un ciclo. Me habían leído todos mis amigos, me llegaron comentarios de gente ni conocida. Pero, de todos, el mensaje que terminó de levantarme fue el de una compañera de la primaria, una de esas personas que guardo en una cajita de sándalo. No podía pedir más.
13895250_1782387738646509_3133311827864400122_nSin embargo, lo que más disfruté fue la jugada planeada: faltaban dos días para entregar y el relato no explotaba. Entonces se me ocurrió utilizar el primer recurso de aspirante a novelista: la historia de amor, eso faltaba. Agradecí al cielo ser un lector de basura y, en unas cuántas imágenes que meché en el lugar justo, en el momento indicado, encendí el texto. Fue eso, Ella, la Rubia salvó la historia. Y, como le debía una, escribí “Centenario not dead”, el relato de un amor adolescente. Por el momento, de lo publicado, es mi preferido.
Esas dos historias fueron botellas arrojadas al mar. A veces pienso que fue la Rubia, pero al otro lado de ese mar, el mensaje fue recibido.
Entonces el Escribidor Negro conoció a la Lectora Blanca.


EL JUICIO DEL GANSO

Quizás, el estúpido que dijo que el hastío es una tristeza sin amor tenía razón. Y, aunque sigo sin saber qué carajo es el amor, ahora sé de cuál y qué clase hace falta para atravesar ese puente, ese hastío que puede hacerse un infierno de hielo al andar. Es un amor del que uno no puede apropiarse; un amor que nace y renace del deseo, que explota en un big bang cuando cogemos sin pensarnos, solo necesitándonos, y sin más dependencia que ese segundo de silencio, cuando muero en tu espalda.




PLOMO EN SANGRE

La Celebración: Sobre los Plomos

Por Néstor Grossi

SEGÚN LOS MUCHACHOS

CajasSegún el Consejo de Ancianos, el término Plomo no es cosa del rock; lo inventó el maestro Darienzo para bautizar a Carlitos, el camillero del Argerich que siempre andaba metido en medio de su orquesta, dándole letra a los músicos, mientras llenaba los vasos. Un hincha pelotas  hasta en los ensayos. Para justificar al “pesado” lo empezaron a cargar con los instrumentos.

Según los viejos, el primer Plomo fue tanguero: a la mierda con el rock.

 

PRIMER ASALTO

No tengo la más puta idea cómo me decían los chicos de la banda antes de que Damián me diese el título de Moncho, a fines de los 80. Pero, a partir de aquel día,  recibí  más que un sobrenombre, recibí un rango de batalla, porque así se preparaba un plomo para el ritual: uno no lo tomaba como un trabajo, uno estaba ahí porque era un fan de la banda, amigo de algún músico o, simplemente, un pibe del barrio. Todavía no existía el mercado casi monopólico de hoy. Por aquel entonces, la palabra “Stage” no significaba nada.

Ekipo MonchosMi bautismo de fuego fue en Babilonia, una tarde de invierno y lluvia. Yo no sabía qué hacer parado en la puerta del boliche, mientras fumaba bajo el agua y me decía: solo debo manotear la primera caja que vea y después seguir a los demás. El resto sería ayudar con el armado de los equipos. Pero Mandrágora no era una banda muy normal para su época. En pleno nacimiento del rock barrial, Pombo y Cía hacían “rock sinfónico” y todavía no habían conseguido un violero en esa década de guitarras. Era claro: yo no sería un plomo corriente, mucho menos, normal.

Bueno, pensé, mientras encendía el tercer pucho y ya me importaba un carajo el agua que comenzaba a entrarme por el cuello, al menos no tendría que afinar ni cambiar cuerdas. En eso, apareció una gastada F-100, un flete de barrio que rompía contra la lluvia incesante sobre una Guardia Vieja aún de adoquines.

Cuando la camioneta se detuvo, el corazón se me pegó al pecho. Las puertas se abrieron y la magia comenzó. Todo era cuestión de convertirme en la bestia de carga de un tren que apenas comenzaba a elevarse, en un recorrido que nos llevaría por el sueño del under porteño.

 

BESTIAS DE CARGA

5311099306_05444f19edSomos los antihéroes, los hermosos perdedores entre cientos de cables, hasta mezclarnos con las sombras de unas bambalinas vacías mientras, sobre el escenario, todo.

Somos los que encendemos y apagamos la luz, los primeros en llegar y los últimos en irse, somos los que nunca nos llevamos una presa. Somos los que,  a las diez de la mañana, comienzan a llenar el camión para volverlo a descargar y cruzar pasillos y puertas, hasta llegar al vacío de una sala y a un escenario negro.

Pero antes hablemos de rangos. Porque no es lo mismo Plomo que Stage. Y la diferencia es simple: el Stage se preocupa por los equipos, por los instrumentos. El Plomo, por el músico. El Plomo es parte de la banda, el quinto Stone y quien se lleva siempre la peor parte.

Uno se convierte en Stage manager cuando la banda comienza a crecer. Un día te daban unos auriculares y te colgaban una credencial: comenzaban a pagarte y, entonces, hacían falta más brazos. Y, así como uno llegaba a una banda porque era alumno de algún músico o- simplemente- un amigo, uno tenía que comenzar a reclutar, porque ya no era un simple Plomo de barrio. Cuando una banda  graba un disco y   comienza a tocar en teatros con capacidades de quinientas a mil personas, ya necesita un buen sonido, iluminación y -al menos -un Stage por cada músico.

1333890558_mandragoraY, así como las bandas tienen su formación, el equipo de Stages, también. Por Mandrágora desfiló tanta gente, que ya ni recuerdo sus nombres. Pero, de todos los equipos solo recuerdo dos: el que formé con Tito y con el primo de Damián en mis épocas de Plomo. Y sí, en lo que a mí respecta, esa fue la mejor parte de la historia; cuando todo el ritual era mío…Pero, mierda,  eso fue hace mucho, todavía quedaba algo de rock en el mundo. Entonces, había nada que celebrar porque éramos parte de todo, una unidad conectada por ese lazo negro que formaba todo un continente.

 

EL VIEJO ROKE

El Rock está muerto. Los Rituales no existen más, hoy solo son celebraciones vacías, copias piratas de un pasado incierto. Pero nada más. No sé cuándo la gente perdió el toque, cuándo carajo fue que se olvidaron de ellos mismos y decidieron abortar la misión. Sin el ritual, celebrar no vale nada. La primera puñalada que recibió el viejo Rock fue por la espalda. “El disco es cultura”, le escribieron en la frente, mientras el pobre agonizaba. Pero la estocada  final se la asestó un imbécil  al llamar “familia” a todo aquello, al institucionalizar y cortar todos los lazos, al convertir a todos los débiles en un ladrillo más. Lo que podría haberse  convertido en un estado mental, en un verdadero paraíso artificial, terminó impreso en tarjetas de crédito o en las vidrieras de la estupidez…poetas, músicos, novelistas, dibujantes y pintores, nada ni nadie está conectado ya por aquel lazo.

Pero, bueno, esa es otra historia.

La única forma de celebrar el rock hoy en  día es individual. La otra, al menos hasta que aparezca un héroe o nos pongamos las pilas en otra dirección, es pura mierda y nada más. Es el caso perfecto donde el término  “Celebración” se confunde  al pasar de un estado a otro de la palabra. Hoy el rock es  solo eso, una fiesta. No puede pedirse más…,¿o sí?

Hablemos del “mundo Plomos”, mejor.

 

CERATI SE LA COME, EL INDIO SE LA DA
Cuando me convertí en Stage, empecé a trabajar con otras bandas. Ahí me enteré que la mayoría de  quienes  habían sido mis héroes de la niñez y la pre adolescencia eran unos verdaderos tarados. Así que mi atención sólo debía apuntar a los equipos, al  suelo del escenario y a nada más.  Fue durante un parate de Mandrágora que duró casi dos años. Y yo aproveché una oferta de trabajar en el  teatro Regio, durante un ciclo de Rock and Pop por los viejos teatros porteños. Entonces, jugué en Primera un tiempo.

Nunca me tocaron bandas rockeras ni heavys. Quizás, fue la época, porque el rock barrial comenzaba a morirse y ya daba a luz a una segunda generación, que no 2111627serviría para mucho. La única banda de rock para la que trabajé fue también mi única experiencia con un grupo extranjero: El Tri, de México,  banda de la que realmente fui un fan. La música de Centenario Blues podría estar a cargo de Alex Lora y su gente, sin dudarlo. Era la primera vez que iba a trabajar para unos de quienes me había comprado un disco original.

Esa noche de abril en Cemento, entendí  qué era ser un verdadero Stage Manager. De alguna manera, logré arrancarme el corazón y no sentir demasiado. Simplemente, estaba concentrado en que a Alex Lora no le fallara ninguna cosa y que el guitarrista de la banda no tuviera problemas con mi equipo de guitarra. Además de  todo, los solos de la primera viola del Tri en Argentina sonaron a través de mi Lab Series.

Pero lo de “El Tri” fue después de aquel ciclo Rock and Pop. Volvamos al Regio, a finales del ’98, cuando descubría  que mis héroes eran unos completos imbéciles y  que,  el chabón que había insultado más que al presidente durante los conciertos era el dueño del verdadero rock.

Una noche, durante lo que sería la grabación de un disco en vivo de Los Siete Delfines, me tocó asistir al violero invitado. Ese laburo se lo dan siempre al Plomo nuevo. Y ahí estaba el Moncho, arrastrándose por el escenario,  en un intento por entender por qué la viola del invitado acoplaba.  “Es tu cable”, le dije a unas rodillas de jogging  y a unas alpargatas con cordones. “Bancame”. Y me paré  con destino al Anvil. De reojo, miré a mi “cliente” Naaaa, “¿será?” Pinta de músico no tenía, pensé al tiempo que revolvía entre los cables, con medio cuerpo dentro del Anvil. Tomé dos cables y volví a mi puesto de combate para confirmarle a mi estúpida cabeza que sí: estaba a punto de “cablear” al tipo que acababa de disolver a la banda más grande de Latinoamérica; ese chaboncito había grabado “Signos” y “Nada personal”. Nunca suelo deslumbrarme ante nadie, pero ahí estaba, era  Cerati.

Por un solo un segundo, dejé de ser el Moncho para comprender el calibre de la situación. Después, durante una hora y cuarto, fui el Stage del músico más grande que dio el país.

 

GRACIAS TOTALES

Cuando terminó la prueba de sonido, me fui a la terraza del Regio. Ya conocía el lugar a la perfección después del ciclo de Mandrágora, así que  junaba a todos los rincones donde fumarme uno sin llamar la atención. Después salí por comida: dos pebetes de salame y una birra de litro, en un kiosko, unos metros antes  de llegar a Lacroze.foto FINAL CERATI

Debían  ser las siete y media ya, hacía frío y no había nadie sobre Córdoba.  El teatro parecía vacío, salvo por la luces del hall. Me detuve a masticar el último pedazo de pebete, mientras destapaba mi lata para empujar el bolo. “Un pucho antes de entrar”… En ese momento, detrás de los afiches pegados sobre el vidrio de las puertas, surgió una silueta:

-Uuuh, ¿me convidás uno?

De nuevo, Cerati. Me limpié la boca con la manga, le di el atado de Phillips y, de un trago, maté la lata que dejé apoyada por ahí y le pasé fuego. Ni siquiera llegué a ofrecerle el encendedor, cuando apareció una mina con una pendejita de la mano y le pidió una foto. El chabón aceptó, me devolvió los puchos y me pidió  que les tomase la foto. Habían venido al show porque sabían que él tocaba de invitado. Cuando la secuencia terminó, Cerati sacó el pucho que había metido en el bolsillo de la campera y le volví a pasar el fuego:

-Mejor, entrá,  loco; en cualquier momento, cae la gente, ¿viste? Esto parece un cementerio, pero tipo 8 y cuarto empieza a llenarse.

– Pucho y adentro- me contestó- ¿Sabías que acá tocó Gardel?- y me devolvió el encendedor.

No recuerdo qué detalles me dio acerca de esa historia. Por momentos giraba mi cabeza y era Gustavo Cerati quien me hablaba de Gardel. ¿Toda una ironía, no? Después, le pregunté  por esa viola tan rara que usaba y me contó que se la había fabricado un luthier amigo. Me pidió que estuviera atento durante el show, si empezaban los problemas otra vez, tenía que pasarle una viola de Richard, sin dudar.

No se parecía en nada al tipo que me imaginaba. De todos los personajes que conocí durante esos diez años, ese chaboncito que acababa de dejar la banda más grande de la Latinoamérica y de grabar a fuego el “Gracias totales” fue el único músico que vi comportarse sin amaneramientos de rock star.

Le pedí perdón por haberlo insultado más que al pelotudo de presidente que teníamos. Si hubo una persona quien los rockeros puteamos durante los noventa, fue a él.

Me disculpó con una sonrisa y nos quedamos terminando el pucho en silencio, mientras el tráfico del mundo rodaba sobre la avenida y el  viento se adueñaba de las veredas, golpeaba las boleterías  y anunciaba la hora prevista.

 

ESE SEGUNDO DESPUÉS DEL SEGUNDO

Cuando la batería queda armada y todos los equipos conectados, solo queda esperar al sonidista y a  su único esclavo. Hay que  microfonear todo y a conectar los monitores para cada músico. Después, llega la prueba de sonido con  nosotros repartidos estratégicamente, con los ojos clavados en nuestro músico y dispuestos a morir en batalla.

Se acerca el momento en que la banda comienza a pasar los temas casi completos, el trabajo está hecho.

El Primero- quien fue Plomo alguna vez- lleva la banda de Stages abajo  donde, en unas horas, estarán los celebrantes y- entre mates y bizcochitos, cervezas y algún churro- empezará el descanso  previo al show. Entonces, el Primero junta a los Stages hacia Uggis, a buscar cerveza barata antes que todo comience. Hay que juntar fuerzas, porque falta lo peor: el desarmado, volver a llenar camiones de madrugada, mientras la gente vuelve a sus barrios y las parejitas se van de la mano, pelean sus instantes, para terminar cogiendo sus historias.

Y, mientras  toda la maquinaría de la noche llega a su  fin, todavía nos queda una batalla.

Hay una hora de la noche donde las sombras y un silencio de transistores se apoderan del lugar, las luces de los equipos brillan rojas, hundidas en la oscuridad de un vacío que late negro, que se prepara para mezclarse con la ciudad y su último aliento

que cae a los pies del altar,

cuando Buenos Aires está maldita y el escenario nos llama.




EL QUE CAMINA ENTRE DIOSES

Por Néstor Grossi

La celebración: Sobre el regreso del caballero de la noche

HÉROE URGENTE, SE NECESITA

BatmanTDKR4-190TheDarkKnightFalls-1“The Dark Knight Returns” es una miniserie de cuatro libros, publicada entre febrero y junio de 1986 por DC Comics. Es considerada la mejor obra en la historia de Batman. Escrita y dibujada por Frank Miller, esta producción lo llevó a la cumbre de su carrera como autor y lo convirtió en un maestro de las ucronías.

La historia transcurre diez años después de que Bruce Wayne decidiera colgar el traje para convertirse en un alcohólico y en un casi sexagenario corredor de autos, que pisaba el acelerador para ahuyentar el recuerdo de Jason Todd (Robin), de las alucinaciones que padecía despierto sobre el asesinato de sus padres y esa fobia a los murciélagos que había soportado de chico. Mientras tanto, Ciudad Gótica estaba  tomada por las mafias locales y las pandillas callejeras; James Gordon, casi a punto de jubilarse como jefe de policía, trazaba su plan final, al tiempo que Harvey Dent (Dos Caras) se redimía de todos sus crímenes para convertirse en el nuevo alcalde de Gotham.

Una vez más, la Ciudad necesitaba un héroe.

Algo viejo, medio panzón y con una petaca que besaba de a ratos, el Caballero de la noche volvió para un último asalto; volvió con una cintura que lo tenía a mal traer, con unas manos que muy bien no le obedecían y más violento que nunca… bats1

A 30 años de esta genialidad, a uno de la creación de esta sección, el Anartista celebra el regreso del caballero oscuro, del señor de la noche.

PRIMERO LO PRIMERO

Batman apareció por primera vez en mayo de 1939, en el número 27 de Detective Comics, creado por Bob Kane y Bill Finger. Se volvió tan popular entre los lectores de la revista que, en 1940, comenzaron a publicarse sus primeras aventuras de forma trimestral y con un propio formato. Más tarde, se convirtió en una serie bi-mensual,  hasta llegar la década de 1950 y, de ahí en más, transformarse en una serie mensual hasta su final en el 2011.

bob-kane Era el segundo súper héroe que DC publicaría y, a diferencia del granjerito de Kansas que había llegado del espacio exterior, Batman era un humano sin poderes. Bruce Wayne resultaba un experto en artes marciales y un escapista perfecto. El primer detective científico que utilizaba la tecnología para poder combatir al crimen.

Hubo un periodo, entre 1965 y 1985, en que Batman había decaído en ventas. Toda la estupidez de los sesentas no le había olido bien a los lectores y el hombre murciélago comenzaba a ser olvidado, hasta que apareció Frank Miller, recién cocinadito como la nueva promesa de Marvel, para unirse a las filas de DC Comics y crear la obra que nos devolvería al verdadero Batman, el Señor de la noche.

dark_knight_return2s VENCEDORES VENCIDOS

“El Regreso del Caballero de la Noche” está formado, como dije antes, por cuatro libros que más tarde se editarían en una sola novela gráfica:

1) El regreso del caballero oscuro

2) El triunfo del señor de la noche

3) A la caza del señor de la noche

4) La caída del señor de la noche.

Más tarde, en el 2002, saldría “El señor de la noche contraataca”, que no tendría la repercusión de la anterior._20160618_195624

En 2012 y el 2013, se publican dos películas animadas producidas por Warner, que adapta a la perfección  toda la obra de Miller.

No voy a spoilear, pero no puedo despedirme sin contarles que, a través de toda la historia, veremos a Bruce Wyne enfrentar todos sus demonios internos y también a sus  viejos rivales: Superman y The Joker. Con los dos librará batallas épicas que, hasta ahora, ni siquiera en las películas pudieron lograrse. El regreso del caballero oscuro, partes 1 y 2 son las mejores películas de Batman que vi hasta el momento. Resultan un millón de veces mejores que la recién salida ” Batman v Superman”,  basada en el mismo comic.

e96dbf0921b1e69640c2342a6750b0beVeremos así, a un Joker que, con el pasar de la historia y tras haberse enterado del regreso de Batman, despierta de un estado catatónico que había durado 10 años y sale en busca de su amor, para jugar su última partida. Todavía tiene miles de ases bajo la manga…y es que su amorcito estaba viejo ya: tenía que ocuparse antes de que fuese tarde. Debía obligarlo a matar.

No piensen que voy a contarles el final de una historia de amor que reduce a basura Romeo y Julieta. En este final Frank Miller le pisa la mano al amigo William.

¿Que quién gana? Todos mueren, menos el único perdedor, el chico de Kansas, el granjerito inmortal.Batman-Dark-Knight-Returns-01-022

Por supuesto, aparecerá Oliver Queen (Green Arrow) también retirado, para acudir en ayuda de Bruce Wayne contra Clark Kent en una batalla final. Y basta. No puedo seguir contando…pero las últimas palabras del Murciélago al morir lo dejan muy claro:

“Quiero que me recuerdes… en todos los años por venir… en tus momentos más íntimos… como el único hombre que te derrotó”

En cualquier  encuesta, en todos los foros donde se haga la pregunta “¿Cuál es tu héroe favorito?” siempre ganará Batman, incluso por sobre Superman. Porque el hombre murciélago  es un ser humano, sin poderes, lleno de odio y resentimiento, de venganza y de una lucha interna con ese deseo de sangre que comienza a apoderarse de él con el transcurso de los años; y que, en The dark knight, se hace centro con un desenlace fatal.

El caballero de la noche es el único mortal  que camina entre los dioses, por eso lo celebramos.




200 MIL PARES DE TOPPERS GASTADAS

Por Néstor Grossi

Desamor: BAJO SU PULGAR.

No sé cuándo dejó de tener cara de gnomo y de rubia tarada. Ni siquiera sé si en verdad alguna vez llegué a amarla. Lo que puedo asegurar es que me enamoré de ella porque otra no me quedaba, porque el continente había desaparecido, yo tenía un sólo disparo y hay ofertas que no se podían rechazar. Ella tenía 19 y dos tetas enormes, era más blanca que Dios. Y, aunque se había cortado el pelo y se lo había pintado de negro, yo sabía: era otra rubiecita de Toppers sucias jugando a la revolución.

2Q==Hasta que se hizo imposible, traté de evitar relacionarme con actores, no los soportaba ni a ellos ni a toda su maquinaria sexo-intelectualoide. Así y todo, a mediados de los noventa, estaba rodeado de una mayoría de actrices. Under, claro está, aunque no tanto. La obra que hacían contaba con un apoyo decente en los suplementos culturales y tenía el sello de “aprobado” del Teatro San Martín. La banda se llamaba Mandrágora, la obra “Rictus” y el lugar donde se hacía, el Centro Cultural Recoleta. 25 actores en escena, 5 músicos, un ejército de muñecos y yo.

EL CLUB DE LAS CINCO.

Caí en la trampa por culpa de El Yoni, que aprovechaba sus casi dos metros para echarse una buena paja mental, mientras la Pendeja luchaba por un reemplazo sobre dos zancos. Me acerqué para boludearlo un rato. Además, era nuestro descanso antes del show y la hora de fumarnos un buen caño.  El Yoni invitó a la Pendejita, entonces, los llevé a fumar a la terraza del Recoleta. Yo tenía esa llave que abría la puerta del último acceso a la azotea: el lugar más alto del Centro Cultural. Recién cuando ese churro nos silenció, nos dimos cuenta de que abajo, a un costado, estaba todo el cementerio derrumbándose frente a nuestros ojos y, hacia el otro el lado, el Elefante Blanco de los ricos: el Museo de Bellas Artes . —Y aquello era el Ital Park—, dijo Yoni, mientras señalaba la tarde que caía tan lenta sobre los árboles de la Recoleta. Cuando bajamos, todavía faltaba una hora para el show. Mi hora de estar solo y en paz antes de que todo comenzara. —Vayamos por una birra, ¿dale? —¿Sedienta?, yo voy para el quiosco. —Y yo por las empanadas del mediodía – dijo el Yoni- —te guardo un par, Negro.— Y se perdió entre la gente, bajo los tilos del centro cultural. La puta madre, Yoni. —Moncho, te invito un trago. La puta madre, pendeja. Y, a partir de aquel día, si no invitaba uno, invitaba el otro.  Ese fue nuestro Club de las Cinco y Media durante todo el ciclo del dos mil.

VIDRIO PARA TODOS.

Terminó convirtiéndose en mi amiguita de Mandrágora. Pero como ella pertenecía al grupo de las calienta pijas y por aquel entonces yo tenía dominio absoluto de mis pelotas, acepté la situación: una nenita  me invitaba un trago y, algún día, podría regalarme una mamada con gusto a cerveza en el banco de la plaza. Después de todo, esa era su gracia, según varios del staff. Después de doce años en Mandrágora, este era el último ciclo: necesitaba llevarme una actriz, tenía que hacerlo, pero no iba a ser tan básico de llevarme a la Pendeja. Mejor la dejaba ahí y me retiraba de una manera digna. Bueno, faltaban dos semanas para el final y salí de caza. Durante la fiesta de fin de ciclo, en el patio del tanque, sólo apunté a la minita que me venía trabajando, hasta que todo el cóctel me subió a la cabeza y decidí arreglar mis asuntos pendientes con cierta parte del elenco de actores. Entonces, le di un último trago al vino, rompí la botella contra la parrilla, llené de vidrios los choris e invité a pelear a 25 personas al mismo tiempo. Eso sí, les pedí que hicieran fila, de dos en dos. La actriz que pensaba clavarme huyó espantada, diciéndome que estaba loco. De la Pendeja no me acuerdo ni haberme despedido, solo el momento que me sacó el pico de la mano y me dijo vamos. Y mientras salíamos del patio de tanque, le dije que se parecía a ella: ¿A quién? ¿Le habré dicho que a mi Rubia? A mi forma de ver las cosas, el último concierto de Mandrágora fue en el Centro Cultural Recoleta, a fines del 2000. Lo de Obras, después, sería un ataque suicida de Pombo contra todo, una forma de quemar las naves antes del exilio final. También era mi última 20160414_010023oportunidad para despedirme de una buena parte de mi vida, quizás, la mejor.

¡MUERE MONCHO, MUERE!

Dos años después, volví a enfundarme en mi traje de Sancho para acompañar a la Gaviota Mayor en una última cruzada contra el señor de todos los Molinos. Y a la Pendeja volví a verla la tarde que los Chilipperpers tocaron en River y Mandrágora abría oficialmente Obras 2002, volanteando a morir todo el día. Íbamos a estar la banda y dos actrices. La verdad, en ningún momento pensé que podía ser ella. La había borrado de mi registro mental. Cuando llegó la noche, ya habíamos conocido gente suficiente para poder entrar gratis al concierto de los Chilippers. Yo dije, no. ¿Posta que no entrás? Que no me gustaban y que tenía un par de cosas que hacer, dije, pero insistí en que  ella entrase sí o sí.  Sin embargo, ella pensaba tomarse una cerveza conmigo después de tanto tiempo. Si todavía vivía en Caballito, podía ofrecerle que tomar el 55 juntos y comprar unas latas para el viaje. La verdad, me importaba un carajo, no quería quilombos, menos en ese momento en que estaba aprendiendo a escribir con una novela. Tenía cabeza solo para eso y nada más, no iba a dejar que me calentasen las pelotas de nuevo al pedo. Pero la Pendeja me dijo vamos, y otra vez volvimos al ritual del fasito y a la birra después de cada ensayo, al estúpido ritual de apareamiento hasta el día del último show. —Tenemos una heladera llena de cerveza gratis en camarines. Fue lo primero que le dije al verla esa noche. Y ahí estábamos, a una hora de la última presentación de Mandrágora en los escenarios porteños, hablando lo de siempre: libros, música, ¿qué haríamos después de todo esto? Le conté: había dejado la música, había empezado a escribir de verdad. Ella me contó: seguía con el de siempre y, como siempre, lo estaba por dejar. Yo me inventé una minita para que no sintiera la presión de estar hablando con un tipo que debía pedirle permiso a sus huevos para poder sentarse. Como ya no estábamos en el Recoleta ni teníamos las cinco y media para salir a fumar a la plaza, quemamos ahí nomas, en las gradas, a espaladas de un escenario listo y a un campo que comenzaba, de a poco, a llenarse. Yo llevaba dos días despierto y esa era mi última oportunidad, porque después de aquella noche en el templo del rock, Mandrágora sonaría una vez más para desaparecer por siempre. Entonces la besé, porque el Moncho se moría, porque al salir el sol, el sueño se terminaba, porque si había un hora de traicionarse era esa.20160414_002918 Desde 1988 hasta el 2002 mantuve mi palabra de no enroscarme con ninguna de las actrices. Pero estaba hecho ya. Cuando terminó el show, le anuncié que el juego se había terminado, yo tenía que saludar a mis amigos y ella despedirse de su novio. De alguna manera que ya no recuerdo, amanecimos tirados en el Parque Rivadavia, detrás de los puestos cerca de Rosario. Tomamos una cerveza caliente y fumamos el último en una pipa que ella había cargado toda la noche. Era un regalo del novio y ella me la regalaba. Mientras, yo la besaba y rezaba soportar, al menos, una hora más. Solo recuerdo que la tomé del brazo, paré un taxi y la llevé al telo del pasaje Escribano, mi lugar seguro: en la esquina de la que había sido mi casa, a metros de la casa de la Rubia. Cogimos horrible pero volvimos a vernos igual.

CIEGUITOS VOLADORES.

Desde lo alto, Ella podía ver de nuevo el Centenario, podía escuchar la jauría que indicaba el camino al pasaje, a cientos de pasajes que volvían a revelarse ante mis ojos cuando todo comenzaba a hundirse.  A la mierda, me había enamorado de una actriz que todavía se pisaba los pantalones con las Toppers grises y rotas. Con ella, se cerraba un círculo imperfecto: tenía un poco de todas la mujeres que me habían gustado pero, sin lugar a dudas, me hacía recordar siempre a la misma. Una tarde se me escapó un “Pasame la birra, Rubia”. Que no era rubia, me contestó, que era castaña, que el verano la ponía así. Pero igual empezó a llamarme Negro. Entonces, el Moncho y la Pendeja se tomaron el último trago. ¿Para qué seguía con ese tarado? Salíamos juntos, nos emborráchabamos y drogábamos, acabábamos juntos ¿Hasta cuándo iba a tener que seguir compartiéndola? A mí no me quedaba  una puta carta para seguir careteándola de tipo abierto. La quería solo para mí.  Entonces, le pedí que se dejara de joder y fuera mi novia. Basta para mí, rubiecita, basta para todos. Obvio, me contestó, me rogó, que no la presionara, que le hiciese el aguante al menos hasta la siguiente vez que se cruzara al chabón y pudiera cortarlo. Nadie la había amado como yo. Le creí, aunque nunca cumplió su palabra; jamás pudo dejarlo: una noche, el noviecito apareció para despedirse, se iba a vivir al sur. Recién ahí entendí que la había compartido por más de un año. El tipo le pidió despedirse a solas; no le bajé los dientes sin pensar porque pensé; y ella me pidió los diez minutos más humillantes que no estaba dispuesto a esperar. Simplemente, cuando tuvo que elegir, optó por el otro; porque aunque el tipo se iba, quedaba bien claro que yo sólo era una segunda opción segura. ¿Cómo había podido cederle el título de Rubia a una pendeja así de débil y de cobarde? ¿Saben?, por un segundo y solo por un segundo, había logrado volver al continente. Por un momento pude escuchar la voz del viento al encender los faroles del parque. Y, entonces, de nuevo el aullido de los perros y la luna blanca, siempre sobre el lago. Pero no, ella era nada y su ser tan estándar. —Rubiecita, tenemos que hablar, le dije a la noche siguiente. No podía caretearla un segundo más. Pero no, la maldita Pendeja decidió- en una noche- que me amaba. Me lo decía por primera vez, entonces, como un idiota, me permití ser su segundo de una vez y para siempre.

EL AMOR DESPUÉS DEL DESAMOR.

Cuando por fin la Pendeja logró convencerme de que me amaba, todo empezó a derrumbarse, el dinero entró en nuestras vidas para resaltar nuestras vulgaridades de una manera violenta y repugnante. Un mediodía de invierno, llegamos a la conclusión de que era más barato alquilar un departamento, que pagar hoteles. Cualquiera de nuestros viejos podría salir de garante y asunto arreglado. Pero yo buscaba un lugar donde poder escribir y levantar campamento en segundos, si la situación lo requería. Sabía que la salud de mi madre empezaba a deteriorarse a pasos agigantados y, tarde o temprano, terminaría haciéndome cargo de ella. No estaba en condiciones de prometerle nada ni siquiera a la Pendeja que decía amarme. Si alguna vez nos amamos al unísono fue ese día y nunca más. Después, ella se puso a hacer planes que yo no podría solventar. Ya había vendido hasta la última caja de vhs que me quedaba y sobrevivía con trabajitos para dos sonidistas, para bandas y presentaciones. Dos noches por semana atendía una sala de ensayos.  Estaba en quiebra absoluta, ya era un pelotudo grande y sin futuro que todos los días se volvía un poco más adicto. Ya podía oler a la muerte. Y la Pendeja planeaba, todo el tiempo encontraba objetivos diferentes y acumulaba títulos. Yo perdía trabajos, al tiempo que veía a mi vieja marchitarse en una silla, de a poco. No sé si todavía la amaba, pero los negros no dejamos rubias ni abandonamos madres. Igual, no sé cuánto tardó la Rubiecita en darse cuenta: no iba a ser yo quien  le pudiese cumplir todos sus sueños. Una buena noche, la minita decretó que yo no tenía futuro,  que usaba la excusa de escritor para rascarme bien las pelotas, que usaba la enfermedad de mi vieja porque simplemente era un vago. Al principio, yo solo la escuchaba. Ya no era la actriz débil de Mandrágora, nos seguíamos queriendo, pero la rubiecita no se sentía mi amiga. Sin amistad, no quedó más nada. Solo esperar al fin de semana, a sabiendas de que alguno de los dos no podría quedarse callado y el escabio se nos subía y terminábamos a los gritos por Rivadavia cuando el sol salía.20160411_174400 (1) Después de dos películas, me ofreció dejar de beber. Y ese fue mi último acto de amor para con ella. Solo quince días soporté. Dos semanas me alcanzaron para entender que, al final, ella era tan alcohólica y adicta como yo. Al mes, ya estábamos de joda de nuevo.

 

 

ULTRAVIOLENTO.

Llegó un punto en que, si salíamos a rockear, la cagábamos. Cada vez tenía menos plata  así que esas birritas en paz, en mi casa o en la suya, eran económicamente viables. No me quedaban joyas para vender. Y, como ella se había hecho cargo de su adicción, me atrevía  a pedirle plata para el faso.  Desde que le tocó colaborar, empezó a tomar y a fumar a la altura de uno que le llevaba casi diez años en el asunto. A la hora de pisar el bar, sonaba la campana y empezaba con  los proyectos que yo no podría compartir con ella y, cuando se daba cuenta, estallaba el despecho. El segundo round era en la calle, todo un espectáculo de insultos y  reproches. El tercer round, en casa, cuando la Pendeja se quedaba con la mandíbula trabada y entendía que su gracia ya no funcionaba. Se nos volcaba la birra, se caía el porro. Y, en el medio, el griterío y las puteadeas. Una vez me enterró las uñas, hasta sacar sangre. Un fuego eléctrico me recorrió todo el cuerpo. Le arrebaté el Phillips que tenia entre los dedos y mirándola directo a esos dos ojos azules, me hundí el pucho en el brazo mientras, de fondo, sonaban Los Redondos y el olor de mi carne flotaba en el altillo. Basta, Rubia. Nunca en la vida había pasado algo así con una mujer, menos con una novia. Me había flagelado por no matarla. Esa noche comenzó a tenerme a miedo; y yo también. Sin embargo seguimos y fueron unos meses donde no volvimos a pelear, donde volvimos a ser el Moncho y la Pendejita que acababan afinados, en una misma noche, en solo lugar…pero  no confiaba en ella. Hasta que descubrí donde estaba el truco. Era evidente que andaba con uno de la Facultad. Yo sabía que no iba a dejarme jamás como nunca lo había hecho con su antiguo novio. De nuevo, la humillación por la que ya había pasado cuatro años atrás.

PERRA BUENA, PERRO MALO.

La última vez que la vi fue el día que cumplí 35 años. En mi casa, dos birras y unos porros. Me había enamorado de ella, había remado su necesidad de un padre, de un héroe que la bajara de esa puta torre y se cargara a todos los dragones. Y yo era el Moncho de Mandrágora. Me deseó feliz año, bebimos y cogimos tan mal, que tuve que decirle que ya lo sabía, que lo había visto con mis propios ojos. Que ya no podía careterala más. Le pedí perdón, después de todo, era mi culpa, ¿no?. Una cosa llevó a la otra y terminamos  en la última de todas la batallas. Otra vez, el truco del pucho y el brazo. Pero no funcionó. Comenzó a gritar que era un enfermo hijo de puuutaaa, me revoleó lo que encontró a mano mientras  me recordaba que era un vago de mierda. Empezó  a patear, a revolear cosas. La sacudí y pateaba: “poco hombre, andáa a cuidar a tu mamita” ” Ponete las pilas” “A ver: ¡ Pegame, pegame, hijo de puta!”. Le había hecho perder cuatro años de su vida y no dejaba de patear. Mientras, abajo, estaba mi vieja recién salida de la operación. Los golpes de la obra de al lado le hacían recordar a cuando el traumatólogo le martillaba la cadera. Como si eso hubiera sido poco, escuchaba a la Pendeja insultarla  desde la habitación de arriba. La Pendeja estaba más poseída que otras veces y yo, a un paso de matarla. La tomé de los hombros “Paará, basta” y pedía perdón, mientras insultaba. Tenía que irse sí o sí. La bajé por las escaleras mientras mi veja amenazaba con llamar a la policía, decía que éramos unos drogadictos de mierda. Una vez en la puerta, terminé de rebajarme. En ese segundo, ella entendió mi mirada y se metió en su auto con un pedo que apenas si le permitió meter la llave y encender el motor. Entonces, dejé de controlarme y le agarré a trompadas el coche. De una patada, le rompí el giro trasero y salió andando. Sé que ella hizo todo lo posible, al menos por un rato lo intentó: pero nunca llegó a amarme. No volví a verla jamás.

20160414_003035 Y nunca volví a tener una novia, ni la tendría: no podría pagarlo. Ella me enseñó que el desamor podía volverse verbo, que era el puente entre el amor y el odio, un odio que se fundamenta hasta hacerse carne, se pudre hasta tomarnos de a poco y hasta  arrebatarnos todas las palabras, entonces no pueden urdirse los sortilegios, entonces se pierden los pasajes, y, sin ciudades que bajar, no hay portales; sin portales, no quedan noches, sólo el recuerdo de un continente hundido, un destierro, un tajo en la cara, que en algunas noches de lluvia me hace recordarla. Muerto el amor, hundido el continente, solo queda el lado B de una ciudad que puede invocarse cuando la magia se vuelve las garras de un bosque seco y los perros no dejan de ladrar. Cuando la Luna Blanca nos dice: es la noche de pagar por aquellas vacaciones.




PACTO ENTRE CABALLEROS

Por Néstor Grossi

Los anormales: Sobre El Guasón                             

SOY LA FOTO CENTRAAAL !!!!!!!!!-1

Está bien, lo admito: de nuevo no voy a hablarles de la historieta Argentina ni del cómic europeo. Y agradezcan que, al menos, volvemos a este continente. Si fuese por mí, dejábamos nuestras tropas en tierra japonesa.

Está bien, lo admito: después de leer Manga me resulta algo pesado el ritmo denso del Cómic yanqui. A mi gusto la diferencia está en la calidad narrativa…en fin, no sé por qué les cuento esto. Hasta el momento vengo bien intentando esquivar ese  problema. Además tenemos nuestro objetivo. Y la palabra de clave de este mes es “Anormal”.

Bueno, no hay que pensar mucho, ¿no? No sé ustedes, pero yo ya estoy escuchando el eco de una risa que empieza a convertirse en una carcajada mortal.

 PRIMERO LO PRIMERO.

 La primera aparición fue en 1940, en el número 1 de Batman. Y no se trataba del estúpido payaso al que solo le gustaba robar y sacar de quicio al hombre murciélago. Tampoco era el 19dgl5o9nsfe9jpgGuasón. The Joker era un maníaco, un asesino despiadado y el único lo suficientemente inteligente como para lograr confundir y hasta sacar de quicio al detective más grande en la historia del cómic.

Fue el rival por excelencia de Batman, un antagonismo perfecto del Caballero de la Noche. Ninguno de los dos tenía súper poderes; el Guasón utilizaba toda su inteligencia para fabricar sus armas: el “gas de la risa” y otras, de fabricación personal. Pero nada como su navaja. Amaba los cuchillos más que ninguna cosa. Tanto, que a veces prefería no dejar el asunto en manos de su amado gas y ser él mismo quien dibujara de un tajo la sonrisa de sus  víctimas.

La creación del personaje estuvo a cargo de Bill Finger, los dibujos de Bob Kane y un colado: Jerry Robinson.

Que lo explique Kane, mejor, ¿no?:

Yo lo resumo así: Bill Finger y yo creamos al Joker. Bill fue el guionista. Jerry Robinson vino a verme con la carta de una baraja que tenía al Joker (comodín). Se parece a Conrad Veidt… ya sabes, el actor de “El hombre que ríe”, la película de 1928 basada en la novela, de Víctor Hugo (…. Bill Finger tenía un libro con una fotografía de Conrad Veidt y me lo mostró y dijo «Aquí está el Joker». Jerry Robinson no tuvo absolutamente nada que ver, pero dirá que sí hasta que muera. Él introdujo una carta de juego que usamos un par de números para que el Guasón la usara como su carta”.

Nuestra generación conoció al payaso idiota y a un “Bruno Díaz” panzón, quienes bailaban al ritmo del Flower Power, mientras uno pensaba si el “chico mantequilla” se la comía o no.

Hubo un motivo para eso, un motivo que hasta incluso no nació de las editoriales. Fue la pacatería barata derechista y asquerosa de la sociedad estadounidense de aquella época, que obligó a crear una ley para regular el contenido en la industria del Cómic. Esa ley se basaba en una inglesa que, a su vez, se basaba en una  de un código de producción hollywoodense de los años 30.

EN LA TIERRA DE LOS SUEÑOS.

El ”’Comics Code Authority”’ (Autoridad del Código de Cómics) es parte de la Asociación de Revistas de Cómics de los Estados Unidos.  The-Joker-Dc-Comics-walking-out-of--1Fue creado para regular el contenido de cómic yanqui. Las editoriales- miembro mandaban sus comics a la CCA, donde los revisaban para comprobar que se ajustaran a las normas. Si cumplían con los requisitos, autorizaban el uso de su sello en la portada.  Fue el censor de facto para la industria del cómic estadounidense.

Las editoriales no estaban obligadas. Pero, sin ese sello en la portada, no había negocio, ya que el único medio de distribución era a través de los Quioscos.

A continuación voy a dejarles un resumen del código censor yanqui en 1954. Aquél, además de representar perfectamente a una sociedad asquerosamente conservadora,  explica a la perfección por qué todos nuestros héroes y villanos comenzaron a convertirse en unos idiotas.

  • Los crímenes nunca serán presentados de modo que creen simpatía por el criminal, promuevan desconfianza de las fuerzas de seguridad o inspiren a desear imitar a los criminales.
  • Si el crimen es representado, lo será como una actividad sórdida y desagradable.
  • Los criminales no serán presentados como glamurosos o que ocupen una posición que cree el deseo de emularlos.
  • En cada momento, el bien triunfará sobre el mal y los criminales serán castigados por sus acciones.
  • Las escenas de excesiva violencia serán prohibidas. Las escenas de tortura brutal, el excesivo e innecesario uso de pistolas y cuchillos, la agonía física y los crímenes sangrientos y truculentos serán eliminados.
  • Ninguna revista de cómics usará la palabra horror o terror en su título.
  • Todas las escenas de horror, demasiado sangrientas o repelentes, la depravación, la lujuria, el sadismo y el masoquismo no serán permitidos.
  • Las escenas que incluyan instrumentos asociados con muertos vivientes, tortura, vampiros y vampirismo, ghouls, canibalismo y licantropismo están prohibidas.
  • La profanación, obscenidad, el lenguaje soez, la vulgaridad, las palabras o símbolos que puedan adquirir significados indeseables están prohibidos.
  • La desnudez en cualquier forma está prohibida, así como las poses indecentes o inapropiadas.
  • Las ilustraciones sugerentes o libidinosas son inaceptables.
  • Las mujeres serán dibujadas realísticamente, sin exageración de ninguna cualidad física.
  • Las relaciones sexuales ilícitas no serán retratadas ni insinuadas. Las escenas de amor violento, así como las anormalidades sexuales son inaceptables.
  • La seducción y la violación nunca serán mostradas o sugeridas.
  • La desnudez con intenciones de prostituir y las posturas soeces no serán permitidas en la publicidad de ningún producto. Las figuras vestidas nunca serán presentadas de modo tal que sean ofensivas o contrarias al buen gusto y a la moral.

Recién en 1971 y gracias a varios autores que se empezaron a poner pesados con sus editores, el Código volvió a revisarse y un soplo de cordura ventiló las  viejas oficinas de la CCA. Aunque tampoco fue para tanto. Sólo se retocaron las prohibiciones concernientes a lo relacionado con los excesos de violencia y las escenas simpáticas con delincuentes. Y es de no creer: en 1989 comenzó a revisarse el veto en lo referente al tema lésbico- gay.

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Había que encontrar nuevas formas de distribución. Y así aparecieron las casas de cómics que uno veía en las series yanquis. En el 2000, comenzaron a poblar el centro porteño.

La nueva generación de editoriales surgidas en los años 1980 y 1990 distribuyó únicamente a tiendas especializadas. No deseaban pertenecer al Comics Code, ni les interesaba su aprobación. Marvel y DC comenzaron a publicar títulos para adultos sin el consentimiento del Código.

Después del abandono de Marvel, en el 2001, la CCA comenzó a debilitarse. DC siguió enviando sus comics hasta el 2007. Aunque ya nadie le preste atención, el estúpido código sigue existiendo.

UNA OFERTA IMPOSIBLE DE RECHAZAR.

El tipo era un ayudante de laboratorio en una planta química. Un buen día decidió seguir sus sueños y convertirse en un comediante lo bastante famoso como para poder vivir de eso. Pero la suerte nunca estuvo de su lado. Jack Napier lo intentó hasta que su mujer quedó embarazada y, de una patada en el culo, fue enviado al mundo real.

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A medida que la panza de su esposa crecía y las necesidades ahorcaban, Jack comenzaba a desesperarse: necesitaba una salida rápida. Y en Gótica ese deseo podía cumplirse. Simplemente, necesitaba un plan y mano de obra que, por supuesto, sobraba. Entonces se unió a la famosa banda de Red Hood o Capucha Roja: un grupo de asaltantes sin un líder fijo. El casco rojo solo era un símbolo que se intercambiaba entre atraco y atraco.

De ese modo, la policía nunca capturaría al verdadero jefe de la banda, si es que lo tenían.

Red Hood le hizo una oferta que Jack debía aceptar para ganarse la confianza de la banda. Tenían planeado asaltar la empresa Monarch, junto al laboratorio donde él antes trabajaba. Para legar allí, debía guiarlos a través de la planta química. El resto sería cosa de los muchachos. Y, como él los guiaría, debería llevar puesto el casco rojo. Así lo decidieron todos.

Y ese fue el comienzo de todas sus desgracias.  El día del robo, mientras se preparaban para dar el golpe, la policía le informó que su esposa había muerto electrocutada en un accidente casual. Ya no tenía sentido lo de Monarch, aunque era demasiado tarde para echarse atrás. Entonces se puso a guiar al grupo. En eso estaba, cuando un vigilante los descubrió y llamó a la policía. Allí comenzó un tiroteo donde cayó toda la banda. Jack quedó para el final: tenía la capucha roja,  estaban a un instante de matarlo: era Red Hood y no había testigos para opinar lo contrario.comic-joker-1

Que disparen de una vez la puta madre, pensó ¿qué importaba ya? Podía irse todo a la mierda, su vida había perdido sentido esa misma tarde. Cuando la policía estaba a punto de disparar, Batman lo impidió y Jack, en un intento por escapar, cayó a un río cerca de las tuberías donde se vertían los residuos químicos. Al  salir del río y sacarse la máscara roja, se dio cuenta de que había cambiado el color de su piel y sus facciones se habían trastocado. Le dolían las comisuras de los labios, una enorme ira lo invadía, ¡pero le causaba gracia!

Esa noche, por primera vez, Ciudad Gótica escuchó una risa que comenzaba a crecer hasta transformarse en una carcajada maniaca. Así recorría las calles de la ciudad.

¿QUIÉN RIE AL ÚLTIMO? ¿Y RÍE MEJOR?

           Más o menos esta es la versión oficial, también está la otra, donde el Guasón cae directamente en el depósito de residuos tóxicos de la planta y después sale por una tubería que desembocaba en el río.

Como sea, al salir de ese río, no volvió a ser el mismo jamás. Y el Guasón siempre culpó a Batman por su destino. Debería de haber muerto esa misma noche, pero no. Un estúpido gigante disfrazado de murciélago se había interpuesto entre él y las balas.

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Entonces empezó el juego, el genio criminal contra el detective más grande de la historia, una saga de cadáveres con una mueca idiota dibujada… El Guasón sólo quería sacar de quicio Batman, verlo desesperado y, por sobre todas las cosas, obligarlo a matar. Su némesis y más grande enemigo. Sin embargo, el caballero de la noche nunca mataría al Guasón. Entonces el comediante frustrado soltaría todo su sadismo y llevaría al murciélago a extremos insoportables. Dañaría a todos sus queridos. Mataría al segundo Robin; al tercero, lo torturaría hasta volverlo un pequeño demente, réplica de él. Mató a la esposa del comisionado Gordon y dejó paralítica a su hija Bárbara (Batichica), para después violarla mientras tomaba fotos que usaría más tarde, al momento de torturar hasta la locura al mismísimo jefe de la policía de Ciudad Gótica.

Aun así, Batman no lo mataría jamás. Su moral siempre lo impediría, luchaba todo el tiempo por no convertirse en un asesino, aunque más de una vez debió controlarse para no terminar matando a su maldito payaso.

Y el Guasón tampoco podía eliminarlo. ¿Qué hubiera sido de él? Era su mejor amigo y lo necesitaba.

¿Saben? Este asunto sí tiene un final. Y les aseguro que es un final tan digno como esta historia de amor. Sí, Batman muere. El Guasón también. Pero esta vez, no soy digno de contarlo, creo que no estaría a la altura de una muerte tan shakesperiana, ¿lo imaginan? ¿Y quién creen que gana esa eterna batalla?

Les dejo el link del final, yo ya no puedo hacer más nada.

EPÍLOGO KOMIQUERO.

Ante todo, gracias. A todos y todas. Gracias de verdad a los que soportaron todos mis delirios y MI alcohólica manera de tratar de introducirlos en el mundo del Comic. Y espero haberlo logrado, caballeros. Abordé esta sección en un intento por evitar todo tipo de convencionalismos y teniendo en cuenta que el lector de esta revista no es asiduo del mundo de los Comics y los Mangas. Espero haberles explicado, al menos, la diferencia entre ambos.

Como sea, GRACIAS.

Por sobre todas las cosas, gracias a El Anartista por publicarme y dejarme dar vida a esta sección,  dentro de una revista de contra cultura general. Gracias, Diego Soria, por soportarme. A la Directora no  tengo más que gracias para devolverle. A Mi Profe, trabajo. mandarle todos los ejercicios que le debo desde 1999.

Y de ustedes me despido hasta el año que viene, como siempre, con mi constante promesa de hablarles de la historieta europea y de la argentina. Quizá les esté mintiendo. Decídanlo ustedes, si es que tengo algún lector. Ahí abajo pueden dejarse comentarios. De verdad: pidan, gente; o solo les daré Manga. Y, por supuesto y siempre, DC.

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MONCHO´S BLUES

Por Nestor Grossi, alias, “El Moncho”

Los anormales: sobre la extrañeza de días que parecen finales.

LA MAREA VA A ESTALLAR.

No existen las muertes buenas. El Centenario agonizó, se retorció durante siete largos años, mientras todos evacuaban y las sirenas comenzaban a sonar lentamente, hasta transformarse en un puente hacia otro siglo; en ese último blues, cuando la multitud saltaba a los botes y ya no quedaba nada.

IMG_20151220_192528Los primeros en saltar fueron los arrepentidos y las embarazadas. Siguieron los traidores y los garcas; solo los locos, los enfermitos y los raros se quedaron a recibir el nuevo siglo, mientras la magia del viejo mundo se secaba y las aguas subían.

Dos años tardaron en evacuarse los anormales…los locos, no, ellos no lo harían jamás.

Yo me quedé hasta el final, traté de aprender los conjuros, el verdadero nombre de Luna Blanca; traté de invocar al viento que recorría las calles del mundo, pero no. Nunca había tiempo, no lo hay.

Metí cuanto pude en el morral, dejé todo mi porro a los locos…

Muerto el amor, hundido el continente, abandoné el Centenario sin saber que ese sería mi propio Vietnam, nuestras eternas Malvinas.

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YA NADIE VA A ESCUCHAR TU REMERA.

No sé si no se buscaron o el error estuvo en llegar separados. Sólo sé que, a pesar de mantener los rituales, los viejos sortilegios no funcionaban. Así, de a poco, todos los pasajes comenzaban a cerrarse y entonces había que crear portales para poder robarle otra noche al Centenario; o, al menos, intentarlo.

Cultivados en el individualismo, nunca tuvimos un plan: fin de la charla. Del resto se encargaron los templos y los centros de rehabilitación, la culpa, el temor a la soledad y a la muerte. Y entonces llegaron ellas, dispuestas a escuchar, a envolvernos entre sus brazos llenos de amor y de proyectos. Estaban listas a restablecer el orden, a respetar nuestros rituales hasta que el despertador natural se clavase para siempre en las doce y uno se convirtiera en eternas cenicienta.

Es todo lo que necesita después de tanta muerte, ¿no?

Pero de las guerras no se vuelve, mucho menos, después de haber visto cómo todo un continente se hundía tragándose las esquinas, desmantelando adoquín por adoquín, hasta que las ciudades se hicieron una. De a poco, se perdieron las palabras y la forma de andar. Ya no buscábamos la membresía del club entre las miradas. Nadie buscaba nada porque no había qué encontrar. Las bandas sobrevivientes se habían perdido o llenaban estadios. No quedaba un solo pub, nada, no había un puto rincón donde los sortilegios volviesen a funcionar, aunque fuera por un rato. Uno salía a la calle solo para cruzarse con contenedores llenos de cajas y cassettes, de vh-eses y viejas Commodores 64, mujercitas que habían bajado el tiro de sus pantalones y pelotudos que llevaban colgando, a modo de verga, sus primeros celulares del cinturón.

Un buen día, la leyenda urbana se hizo verdad: los Redondos se separaron en medio de una Argentina que olía a mierda y a gomas quemadas.

En el 2004, el cadáver del rock dejó de moverse. La Renga en el ojo del Huracán fue el último concierto de rock and roll en la Argentina. Después, pagamos el precio de nuestros errores. Y entonces Cromañón se robó todas las noches.

El estadio Obras le había cerrado las puertas al rock.

El gobierno se adueñó de Cemento.

Una noche, los últimos anormales volvieron a urdir el sortilegio: un falso ritual y la última de todas las traiciones. Entonces, invocaron las esquinas, recitaron el mantra bajo una luna falsa. Y, de un tajo, le cortaron el cuello a todos sus nahuales.

IMG_20151220_192542DÍAS EXTRAÑOS.

Yo ya no soportaba a nadie, la gente cada día me daba más asco y no me molestaba en disimularlo para nada. Dejé de tocar la guitarra en banda, ¿para qué?; sobre todo, ¿para quiénes? Además, cada día pasaba más horas con la escritura que con la Strato entre las manos. Mi relación con la música se convirtió, a penas, en una manera de sobrevivir. Lo mío era tirar claves, así que fui asistente de algunas bandas y de algunos disc- jockey barriales. Todo sumaba. Todo, menos seguir rodeado de hipócritas.

Nunca más volví a formar una banda. Toqué con unos amigos de invitado, grabé un demo casero y no más. Mis sueños de grabar un disco y tener una banda reconocida habían quedado en el viejo continente.

¿Y qué mierda iba a hacer con todas esas canciones escritas? Eran historias, igual que las historietas que había dibujado hasta que me compré la primera guitarra.

IMG_20151220_192446Y, entonces, empecé a tratar de escribir de verdad, con toda esa idiota parafernalia de los principiantes, esa mierdita de andar con la libreta en el bolsillo trasero del jean y de hacer poesía de cada pavada. Eso de sentirse más allá de la maquinaria, de creer que la palabra era una arma, como dignos caballeros de la palabra escarlata, que se pasearan por los patios de Puán con el premio Clarín entre los ojos y trataran de jugar a la rayuela con el Ángel Gris.

Aunque en ese panal estaban las mejores culeadoras, conmigo la teoría Dolina no funcionaba: tenía control sobre mi verga y total conciencia de que bastaba solo un estornudo in door para terminar encadenado de por vida en un mundo de fábricas y hojas en blanco.

Lo bueno de jugar a escribir era que no necesitaba a nadie. Y yo ya no soportaba a nadie. Simplemente, caí en que había llegado el momento de estar solo, que ya no podía caretearla más. No era una persona apta para el consumo humano, nunca iba a encajar en ese mundo de imbéciles que se creían artistas sin entender siquiera que la literatura era otra mierda de institución; que escribir es otra cosa, una artesanía, algo tan barato y vulgar como un collar de macramé.

Voy a publicar una novela, me juré.

Y, entonces, cayó el látigo.

SOLO.

IMG_20151220_192507No hay otra forma de volver, ni de buscar. Uno no puede arrastrar a nadie. Bajar a la ciudad se baja solo, no puede haber testigos al invocar los portales que se abren en los pasajes. Nadie puede escuchar el nombre del Centenario en el lenguaje de la creación.

Hay que pagar el precio, antes. Intercambio equivalente, una noche por un viaje hacia el fin de los recuerdos, hacia la hoguera de todos los símbolos y estandartes; hasta cortar los lazos y volverse uno con todo. Sin Dios, sin Patria y sin hogar. Es el precio por cruzar, por haber dejado que el amor se independice del cuerpo para convertirse en el fuego sagrado; uno que encienda todos los faroles de una ciudad muerta; ésa, que me deja llegar hasta los pasajes y arrodillarme solo ante el portal.IMG_20151220_192811

Entonces trazo el círculo en un suelo de adoquines, invoco a Lilith y a su luna blanca. Dejo caer mi sangre cuando la jauría aúlla y el viento huele a un sahumerio barato que llega desde otro universo, desde otro continente. Desde el parque.

Y, al llamar a todos y a cada uno de los muertos, suena un coro de guitarras distorsionadas, mientras los pasajes del mundo comienzan a temblar, los portales se abren y Ella no aparece…nunca lo hace.

— ¿Y si la Rubia no murió?

 

 

 

 

 

 




CENTENARIO NOT DEAD

Persistencia: sobre amores eternos

Por Néstor Grossi

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¿Hasta dónde podía durar una estúpida promesa adolescente?, ¿hubiese resistido al hundimiento del planeta?, ¿hubiésemos estado ahí cuándo ya no importase nada?

Yo estaba seguro que sí. Nuestro pacto comenzaba, ya sin ninguna cosa que perder. Además no era amor: sólo una simple cuestión de estrategia, de logística para cuando fuéramos dos viejos inservibles. Un pacto entre amigos, nada más. Cosa de pendejos,  no sabíamos qué era el tiempo, ni el amor- el verdadero-, ese que va a más allá de la muerte,  que puede cagarse en las cronologías y puede atravesar portales entre un millón de pasajes sin agujas del reloj ni  calendarios.

Después, simplemente, darte cuenta IMG_20151026_102822que estás ahí, solo, ella ya no está, que podés seguir amándola y cada vez más.

Pensar que nos burlábamos de la muerte, Rubia. Justo  me dijo que me amaba en el momento que descubría  el primer amor como una polaroid entre las páginas de algún libro viejo.

Pero volvamos a los noventas,  al Parque Centenario. Sentémonos de espaldas al lago, bajo nuestro árbol de moras, rebobinemos hasta diciembre del 91. Un día después del gran pacto, de pedirte casamiento, de echarle como siempre la culpa de todo al alcohol. ¿Pero te acordas, Rubia, o no? porque también coincidíamos es eso, odiábamos la idea de tener que formar algún día una familia: a la mierda con todo eso. Ninguno de los dos era tan careta como declararle amor eterno a nadie. Hijos, jamás, gracias. El sistema era una maldita verga y no teníamos ganas de joderle la vida nadie. Yo solo quería grabar un disco con mi banda y vos, manejar tu prostíbulo, el mejor de la ciudad.  Ninguno de los dos quería respirar  tuco el domingo a la mañana ni tener que terminar un día sin haber hecho algo nuevo.

¿Te acordás, Rubia?

No iba a importarnos el tiempo ni la distancia, ni los cómos, ni los cuándos, ni los por qué ni los quiénes. Si a los cuarenta no encontrábamos “a esa persona”, solo debíamos buscarnos y terminar la vida juntos. Tendríamos nuestra propia casa y un perro, dscf4923tendríamos habitaciones separadas y podríamos salir con quien se nos antojase; pero bajo nuestro techo, nada. Serían asados todos los domingos y fiestas los sábados, los viernes los dos solos, como siempre. Y sí que lo mereceríamos, de lunes a viernes, estaríamos manejando nuestro Cabernet, el mejor de la ciudad.

              Ella sacó un boleto, hizo un cañito y metió el tucón.

—Tomá. Feliz navidad.

—Te quiero boluda, feliz navidad—le dije mientras agarraba el porro y ella sonreía- ¿te vas a acordar, no?

—Con que te acuerdes vos que sos quien sufre amnesia alcohólica, ya tenemos un pacto- Dicen que  los pactos de navidad se transforman en una magia que puede volverse en tu contra y hasta va más allá de la muerte. Así que arrepentite ahora o jodete, esto nos une para siempre ¿viste?

“Veo”, pensé, mientras retenía el humo en los pulmones y. a lo lejos, volvía a explotar otra ráfaga de fuegos artificiales, en dirección a la luna blanca, que siempre colgaba sobre el parque.

MANUAL DEL IDIOTA BÁSICO: EL AMOR Y LA TABLA DEL TIEMPO.          

El primer amor es una mierda, es la primera vez que te marcan como a una bestia. El manual del idiota básico señala: es uno de los amores que suelen sostenerse en la memoria hasta la muerte. Llamémosle el recuerdo de la primera vez que cogiste al mismo que sentías amor por la persona embestida.IMG_20151026_104550 Es un recuerdo acompañado de una banda sonora épica y miles de instantáneas, de las que solo quedarán tres o cuatro. El primer amor es un error alrededor del cual edificamos nuestro futuro genital, es la idealización de una mujer que amaba tanto tu yo de aquel entonces, como vos lo amas ahora. Nuestro primer amor no es otra que adorar nuestro pasado,  un recuerdo algo vanidoso y egoísta, suficiente para durar “hasta la muerte”…pero solo “Hasta”.

Otro capítulo del manual indica a la primera noviecita como otro de esos amores que no pueden olvidarse: básico, cursi, idiota por demás. Y lógico, es la primera vez que uno volvía con su presa a cuestas. La primera vez que te rozaban las pelotas con el tiempo necesario como para poder disfrutarlo y eyacular a manos ajenas. Otro recuerdo  viene acompañado de un teleteatro eterno y de la memoria  de tu barrio y el colegio, los chicos de la calle y esas primeras salidas, donde ella te dejaba chuparle las tetas en algún reservado, para después volver inválido con un rayo de fuego que subía desde las pelotas hasta el pecho. Así, casi cortándote la respiración, hasta que ni siquiera podías pisar: la primera novia es la que te enseña que el hombre también eyacula por sanidad.

En el tercer puesto, el Manual hace especial hincapié en esos amores de no más de seis meses—y señálese “amores”, no hablamos de polvos: A-MO-RESSS, — esas pequeñas batallas donde uno vuelve a hacerle una marca al fusil, como recuerdo de una buena campaña, y  donde generalmente las diferencias sociales juegan un papel fundamental. Son esas historias, esos pocos momentos en la vida de un hombre, cuando los huevos y la razón suenan un toque afinados. Son esas putas hermosas que alivianan las horas de trabajo y de facultad. Es la mejor amiga de tu mujer o la maestra de tu hijo, o la hija  de algún conocido.IMG_20151026_104231

Hasta el amor más estúpido prevalece en el tiempo. Porque somos idiotas, asquerosamente básicos y traidores; porque somos tan cobardes que nos agrupamos para sobrevivir, nos inventamos un sistema que encaja a la perfección con los mandatos del establishment,  hasta el punto de etiquetar nuestras derrotas de una manera hermosa. Ya fuimos reiniciados tantas veces que no tenemos ni puta idea de cuál es el verdadero amor.

Cerremos este estúpido manual, del amor verdadero no dice nada.

EL DROGADICTO  Y LA PUTA.

Por supuesto, que la tenía vista. Todos la conocían, una chica como ella no pasaba desapercibida jamás. Y el chico que era yo en aquel entonces tampoco. Podría decirse que era casi ridículo vernos un martes a la mañana en la panadería de la esquina, los dos de cuero y con botas, entre las viejas del barrio. Las miradas nos decían todo, el drogadicto y la puta.

Hasta que nos presentó el Gordo Marcelo, ella apenas si me dedicaba una mirada. Se sabía que era la novia de una poronga de la hinchada de PicsArt_10-04-03.56.49 (1)Racing, se la veía siempre sola o con los pibes del parque, así que nunca nadie jodía con ella. Yo solo buscaba su mirada con una sonrisa idiota, cuando nos cruzábamos en algún negocio y la vieja nos miraba. Además,  algunos decían que movía faso y yo era casi nuevecito en ese lado del barrio. Me la cruzaba todo el maldito tiempo. Demasiado, tanto que parecíamos vecinos. Y, a mí, una punta nueva no me venía nada mal.

Después de aquel día no volvimos a separarnos jamás.

Yo nunca me hubiese atrevido a besarla. Lo único que hacíamos era pasar el día juntos,  fumar mucha marihuana, ver películas y escuchar música la mayor parte del tiempo. Hasta las tres de la tarde estábamos siempre en mi casa, después llegaban mis viejos. Entonces salíamos a hacer negocios por todo el barrio hasta eso de las siete, hora en que yo me iba a la nocturna.

Solo los fines de semana no nos juntábamos. Así que los viernes eran nuestros y sagrados. Arrancábamos fumando en el puente de Yerbal, pasábamos por el Sacoa de Rivadavia y, después, volvíamos por Acoyte hasta “casa”. Siempre hacíamos la parada obligada con los pibes, en el quiosco de Otamendi: dos birras y a nuestro paraíso privado.

Yo tenía el dato: “La Renga” podría llegar a tocar en el Condon. Pero uno de esos viernes, no me acuerdo cuál de los pibes, lo confirmó. Tocaría la viernes siguiente, podíamos ir todos, incluso ella.

UNA NOCHE EN EL CONDON.

Esa noche, la fiesta era en la Federación de box, así que estábamos muy cerca y fuimos todos caminando. Y cuando digo todos, digo el Bicho y su hermano el Villa, el chelo, Yoni, Loli y el cuervo Martín. Llevamos todo y ella llevó su bolsa de merca. A la Rubia le gustaba demasiado la falopa, esa noche todos tenían su bolsa personal. Bueno, ese era el plan, además de la fiesta y de “La Renga.”

Adentro  había un maldito quilombo, apenas si se podía caminar. “Vamos para allá”, señaló el Villa. La banda del Centenario comenzaba a abrirse paso hacia la barra. Y a la Rubia le decían de todo, tiraban manos, trataban de tocarle el pelo. Si no hubiera sido que ella ya nos había acostumbrado a no cagarnos a trompadas en esas situaciones, esa noche hubiese sido un verdadero puti club. “No te separes de mí”, le dije y la tomé del brazo. Ella se soltó y, al segundo, unos dedos que no conocía se entrelazaban con los míos. Y nos echamos a andar.

20151004_125009Era la primera vez que sentía su cuerpo, nunca la había tocado, nuestro único roce venía cuando ella me pasaba una tuca y nada más. Su mano fría y delgada era una parte de mi cuerpo y hasta el día de hoy puedo sentir su contacto. Así anduvimos por la Federación, mientras esquivábamos cuerpos y rescatábamos tragos, hasta que el show terminó y nosotros sin enterarnos de nada.

No sé quién de los dos empezó todo este quilombo. Yo solo la cuidaba porque era mi mejor y única amiga y la quería mucho, mucho de verdad y nada más. Nunca me había preguntado cómo la chupaba ni me había masturbado en su honor: Dios mío, ¡imposible! qué asco. La Rubia era una parte de mi familia, era mía. Y, además, yo ni siquiera sabía qué era coger. Los chicos de mi época “hacíamos el amor”, y mi amor ya debía estar en las playas de México.

Vamos a casa”

No sé quién fue primero, sólo recuerdo el frío del otoño, una avenida Rivadavia desierta y el beso más largo y  tierno  que me dieron jamás. Hubo un segundo de silencio entre los dos, sin soltarnos, caminamos hasta llegar al Roberto Arlt y doblar por Otamendi, siempre sin decirnos una palabra.

Comenzaba a amanecer. Siempre nos fumábamos el último porro en la puerta de mi casa. Le dimos un par de secas y largamos otro largo round de besos, ante las miradas de los vecinos que salían a comprar el pan y confirmaban lo que siempre habían sospechado.

—No te emociones—me dijo, al tiempo que me acariciaba la cara. Me aseguré que al otro día no pensaba acordarse nada, que era sólo una confirmación de nuestro pacto y nada más.

Nos besamos hasta que dijo basta. Después, simplemente se paró, nunca me dejaba acompañarla. Y yo me quedaba mirándola irse por el pasaje que apenas nos separaba. Los putos pájaros del amanecer resonaban en mi hueca cabeza y, en la esquina de mi casa, con la tuca en la mano, solo se escuchaba el taconeo de la Rubia que movía sus flacas caderas hasta perderse por Rio de Janeiro. Otra vez.

Nunca pude olvidar el contacto de sus labios, jamás.

Sin dudas, el `92 fue nuestro año.

EL ÚLTIMO BLUES EN  EL PARQUE.

En el `93 me conseguí un trabajo digno y dejé la secundaria. Ya estaba decidido: iba a dedicarme a juntar algo de plata, mientras me dedicaba a la música ciento por ciento. Ella también consiguió algo entonces. De a poco, empezamos a vernos menos. Yo me conseguí una novia y ella se fue un tiempo con su novio para tratar de mejorar una relación de años ya agonizante.

Anduvimos  meses sin vernos, hasta que un día sonó el timbre, saqué la cabeza por la ventana y todo volvió a la normalidad. Como si no hubiesen pasado ni dos minutos entre nosotros.

De nuevo, era sólo el pasaje que volvía a separarnos.

Nuestros viernes habían dejado de ser la esquina de kiosko y Sacoa. Nos íbamos a una parrilla  junto al “Poli”; después nos volvíamos cruzando el parque, bordeábamos  el lago bajo la luna siempre blanca. Y, entonces, esa noche fui yo quien pidió confirmar el pacto. Pero algo había cambiado y rozaba la traición. Porque yo había empezado a escuchar la voz:  cogétela, mirala: está hermosa. Y empieza a tener tetas, fíjate: estaba esperándote para desarrollarse. No vas a romper el pacto, loco. Cogétela, es pasar otra prueba, nada más. Mirálo de esa forma.

                  Por supuesto, teníamos que cagarla.

Cuando por fin estuvimos desnudos, después de tantos años, ni siquiera me dejó terminar de besarla donde y como era debido. Me llevó con sus manos y con esa mirada, directo a penetrarla. Un segundo y solo por un segundo, lloramos juntos. Entonces, simplemente fue seguir, tenerla tomada de la cintura mientras la escuchaba gemir y yo trataba de contar los lunares de su espalda.

Esa noche en verdad aprendí a amarla.

Después, el continente empezó a hundirse. El Centenario temblaba. Yo fui arrestado por tenencia de drogas y ella, al fin, se separó de aquel novio de tantos años para meterse con un diller de los más chetos del barrio. Obvio, al tipo no le gustaba mucho mi situación. Imagino que solo por eso dejamos de vernos. Al tiempo me mudé y apenas si nos hablamos por teléfono.

Una tarde que nos costó combinar, volvimos a encontrarnos.

Era la primera vez que la veía enamorada, IMG_20150925_095928ese tipo le gustaba de verdad. Y el chabón parecía quererla bien. Pero la cosa no me cerraba y se lo dije. También le dije que era evidente que a él mucho no le gustaba nuestra relación, se notaba a la legua.

No te pierdas- le pedí.

Ella me tomó de las manos.

—Vos y yo tenemos una promesa, un pacto de navidad. Nunca te olvides de eso.

—Sin críos

—Perros, al menos tres.

¿Por qué no le dije que la amaba? ¿Por qué mierda no intenté besarla?

Después de aquella tarde, no volvimos a vernos jamás.

Aparecí un año después, a finales del 96, con dos entradas para el debut de mi banda. Me atendió el tipo, me despachó al carajo, aunque la Rubia estaba

Y eso fue todo, así de fácil.

Según los pibes, ella moriría dos años más tarde.

 CORAZONES EN ATLÁNTIDA

El siglo terminaba y el Centenario se hundía como un viejo continente maldito, llevándoselo todo. De a poco, perdíamos la manera de hablar y de movernos, se borraban los caminos, el tiempo nos marcaba la diferencia entre el sexo y el amor. Mientras afuera, las noches se iban perdiendo hasta dejar a la ciudad como una mueca idiota  y sin dientes.  Nuestro mundo desaparecía de a poco. A veces pienso que fue eso, que Mi Rubia no lo pudo soportar y  se murió de tristeza.

Nunca conocí a otra mujer como ella. Y, aunque volví a enamorarme mil veces más, no tuve jamás otra amiga. Hasta el día de hoy, no me casé ni tuve hijos, y sigo con la idea de no bancarme vivir con alguien.

Nuestro secreto fue la amistad, una estúpida promesa adolescente y un pacto que nos protegía de la idiotez, cuando nos perdíamos en las noches.

Porque hay un amor que sobrepasa al tiempo, que va más allá de la muerte y a pesar de ella, quizá por eso bajo a mi ciudad. Quizá sólo soy un simple idiota que siempre cumple su palabra.

LA NOCHE EN QUE SE PIERDEN LOS IDIOTAS.

Solo a través de la noche encuentro tus ojos, por eso bajo a la ciudad y a tantas cosas que no recuerdo, cuando cruzo el pasaje donde fui jefe una vez y ahora soy un extraño en mi maldito y puto barrio.

Quizá por eso te busco.

Porque tengo que atravesar la noche para encontrarte detrás de todas las ventanillas de los bondis que se pierden por la avenida, mientras no hago otra cosa que mezclarme en un mar de luces y miles de cuerpos que arrastran el odio de mi alma en llamas; mientras me atraviesa el humo que desprenden los motores y se roba mi aliento de farmacia.

Quizá por eso te busco.

Porque sabía que siempre ibas a estar entre las sombras del pasaje, que podías hacer crecer ahí nomás un árbol de moras con tan solo desearlo.

Por eso te busco,

Porque somos la ciudad que invocaste,

—Somos la noche en que se pierden los idiotas— somos los faroles que se pierden en la avenida y no terminan de revelarme tu figura dentro de esa luna siempre blanca;

Por eso te busco, porque vivir era esperar la noche, por eso bajo a mi ciudad aunque tenga que arrastrarme por tus calles hasta perderme en la amnesia oscura de una noche infinita donde nos negamos por última vez.

Y donde nos negaríamos por siempre.




BIENVENIDOS A LA ALDEA OCULTA DE LA HOJA

La persistencia:  Sobre Naruto Uzumaki.

Por Néstor Grossi

Y sí, voy a empezar con el discurso de siempre, con la constante promesa de algún día hablar de la historieta europea y de la nacional: quiero creer que, a esta altura del partido, ya tenemos un asunto pendiente con el Gran Corto y con Juan Salvo; sobre todo, un asunto con la segunda parte de “El Eternauta”. Pero se las debo. Y juro pagar. Así que dejaremos nuestras tropas donde el número anterior. De nuevo nuestro destino es el Imperio del sol; el objetivo: la persistencia.IMG_20151021_010559

Duración o existencia de una cosa por largo tiempo; firmeza y constancia en la manera de ser u obrar: esa es la definición de persistir según google y el maldito diccionario. También es la forma de describir a un joven ninja que juró convertirse en el Hokage de su aldea y no rendirse nunca ante nada ni nadie, jamás. Voy a contarles la historia del ninja idiota y de un manga que creció junto a sus lectores, mientras atravesó quince años de historia, hasta finalizar, hace casi menos de un año.

Bienvenidos a la Aldea Oculta de la Hoja. Ese muchachito rubio que ven ahí, con la sonrisa dibujada y los dedos en “V”, no pertenece a ninguna agrupación, es Naruto Uzumaki: el héroe más grande de todos los tiempos.

PRIMERO, LO PRIMERO.

En agosto de 1997, el dibujante de manga, Masashi Kishimoto, se encontraba trabajando en una one-shot , (historieta de un sólo capítulo) titulada “Naruto”. Era para la revista” Akamaru Jump”. Su lanzamiento fue perfectamente recibido. Aun así, Kishimoto reveló que trabajaría en una nueva historieta, “Karakuri”, con la cual competiría por el premio IMG_20151021_010514Hop Step Award: y, aunque lo ganó, el proyecto no llegó a conformarlo. A decir verdad, a los lectores, tampoco. Ok, pensó, de todos modos no se sentía cómodo con los personajes femeninos. A Masashi le gustaba crear personajes masculinos adolescentes, con preferencia por el estilo pandillero o por los viejos  oscuros. Así que no se anduvo con vueltas para retomar aquella historia del pequeño ninja cabrón, que tan bien había sido recibida.

Kishimoto es un autor y dibujante contemporáneo, nacido en la ciudad japonesa de Nagi en 1974.Un declarado fanático de Akira Toriyama y de Dragon Ball. Y un eterno enamorado de la obra suprema “Akira”, de Katsuhiro Otomo.

Tenía 25 años cuando publicó a Naruto. Así, cambió el estilo de las historias de ninjas que se habían publicado hasta ese momento. Por supuesto, lo increparon al respecto, a lo que él contestó:

Al principio, me sentía un tanto rebelde; me parecía innecesario que un japonés hiciera un ninja típico de su país. El protagonista es rubio y tiene los ojos azules. Pensaba que un ninja no tenía por qué esconderse en las sombras por el mero hecho de serlo. Decidí que llevara ropa de color naranja para hacerlo llamativo; y que fuera ninja abiertamente. En otras palabras, quería hacer un manga sobre ninjas de estilo pop, que representara lo contrario a los convencionales

Y, obviamente, lo logró.

RAMEN PARA TODOS.

El manga” Naruto” fue publicado por primera vez en 1999, por la editorial japonesa Shueisha, en la edición número 43 de la revista “ Shonen Jump”. Desde entonces, su publicación continuó con un nuevo capítulo por semana.

Los primeros 483 capítulos se encuentran IMG_20151017_113247recopilados en 51 volúmenes; el primero fue lanzado el 3 de marzo de 2000 y el último, el 30 de abril de 2010. Los primeros 238 relatos son conocidos como la “primera parte” y constituyen el inicio de la cronología de “Naruto”. Mientras que los números 239 a 244 comprenden una serie enfocada principalmente en la juventud de Kakashi Hatake, el primer maestro de “Naruto”. Todos los capítulos subsecuentes corresponden a la “segunda parte”, que continúa la narración original.

Hasta el volumen 70, “Naruto” ha vendido alrededor de 200 millones de copias impresas en todo el mundo, con más de 130 millones de copias en Japón y 75 millones, en otros 35 países. Por lo que es la tercera serie de manga más vendida de la historia.

“”Solía bromear acerca de lo mucho que me gustaría que este manga tuviera éxito en el extranjero, pero no me imaginaba que fuera a gustar tanto en todo el mundo. Después de empezar la serie, me di cuenta de que para las personas de otros países los ninjas son fascinantes“, aseguró Kishimoto, a un medio de su país, ya a sus 41 años.

Sin embargo, la historia no termina en el volumen 70. El oficialmente último tomo, el 72, fue publicado en febrero del 2015 en Japón. Después de 700 capítulos y 15 años de historia, el manga de “Naruto” llegó a su final.

Si, dije “oficialmente”, porque hay un tomo 73 con diez anexos o capítulos más. No lo sé, en realidad: no los leí, ni pienso leerlos. Al menos, hasta que la serie llegue a su final en la tv. Solo en este caso, prefiero ver el final en formato animé.

EL ZORRO MALDITO.

Era una noche de luna llena cuando, en el horizonte de Konhoa, apareció una enorme bestia que aullaba, decidida a destruirlo todo. Fue esa la primera vez que la Aldea Oculta de la Hoja recibía un ataque directo, a cargo de un demonio llamado Kyubi: el zorro de las nueve colas.

IMG_20151017_112113Las tropas de Konhoa no podían hacer mucho. El Kyubi tenía el poder de arrasar la Aldea en minutos. Así  que el Cuarto Hokage tuvo que tomar la peor decisión: no había otra que enviar a la muerte a sus tropas, solo para detener a la bestia. Eso hizo, mientras él y su esposa encontraban al portador del demonio, para arráncaselo y sellarlo en otro cuerpo. Ese fue el último gran acto del líder de la aldea. Un  Hokage debe sacrificarlo todo por su gente. Y, para crear un sello de invocación, debería utilizar todo su chakra hasta morir. Pero eso no era ni lo peor ni el sacrificio más grande. El cuerpo:  el recipiente donde volvería a encerrar al demonio sería el cuerpo de su propio hijo, un recién nacido  al que habían llamado “Naruto”. Uzumaki de apellido, como su madre.

La noche del Kyubi fue la tragedia más inmensa en la historia de Konoha. Se habían perdido cientos de vidas, incluidas las de la familia del Hokage. Minato y Kushina estaban muertos y no habían dejado descendientes.

Con la Muerte del Cuarto, el Tercero tuvo que reasumir b00114_ph03-680x453el puesto de Hokage y ocuparse del hijo de Minato y Kushina. Tenía que ocultar la identidad del chico: aunque la aldea estaba al tanto de que, en el interior de Naruto, estaba la bestia, nadie tenía el dato de quiénes eran sus padres. Así que El tercero publicó un decreto con la prohibición de hablar sobre el ataque del Kyubi. Nadie debía saber quién era Naruto en realidad, ni siquiera él mismo.

Naruto Umazaki creció solo y odiado por todo el pueblo. Ajeno a sus raíces y sin un amigo, sin nadie que lo esperase al llegar a su casa, pasaba sus días en las hamacas del parque, preguntándose por qué la gente tenía esa mirada hacia él; por qué los padres tomaban a sus hijos de la mano y apuraban el paso cuando lo veían de lejos. Nadie quería permanecer en su presencia.

Eran unos idiotas. Naruto pensaba convertirse en el más fuerte de todos los ninjas de la aldea, pensaba ser el Hokage y ganarse los corazones de todos: ese era su objetivo, su camino ninja. Y nada ni nadie iban a detenerlo jamás. Tarde o temprano, lo reconocerían. Mientras tanto y para llamar la atención, se la pasaba por el pueblo, cagada tras cagada.

HOKAGE

En el mundo de Naruto, los ninjas – además de dominar las armas y la lucha cuerpo a cuerpo- poseen el don de manejar el Chakra que los recorre y los transforma en energía. Esa energía es la que utilizan para trazar manualmente los sellos que pertenecen al zodíaco chino.

Un verdadero ninja tiene un camino y una ley. Su camino es personal, pero la ley es siempre la misma: “La Voluntad de Fuego” afirma que todo verdadero ninja de Konoha debe amar, creer, proteger y luchar por el bien del pueblo y de lo que cree. Y debe IMG_20151021_010635hacerlo siguiendo las hazañas de las generaciones anteriores.

La Voluntad de Fuego da al ninja verdadero la fuerza para persistir en su lucha, contra viento y marea, con una total fuerza de voluntad y carácter.

Los países operan como entidades políticas separadas, gobernadas por señores feudales. Dentro de estos países, están las aldeas ocultas (asentamientos de viviendas ninjas). Una aldea oculta mantiene la economía del país, mediante la formación de jóvenes ninja. Los instruye para realizar misiones en otros países y cobrar por ellas. El ninja de una aldea oculta también sirve como fuerza militar para el país de origen. Los líderes de las aldeas ocultas están en igual posición que los líderes de sus países respectivos. En la trama, existen hasta cinco países diferentes: el País del Viento, el País del Fuego, el País del Relámpago, el País del Agua y el País de la Tierra, conocidos- en su conjunto- como las «Cinco Grandes Naciones Shinobi». Estos países son los más poderosos en el mundo de Naruto y son gobernados por un señor feudal. Y en las aldeas ocultas administran los Kage.

La Aldea oculta de la Hoja es la más poderosa de las 5 naciones y está ubicada en el País de Fuego. Y, sí, no era casualidad que la nación más poderosa  contratase al Kyubi. Cada demonio tiene una cola y, a mayor número de colas, mayor poder.

¿Podrá Naruto dominar la bestia Kyubi que lleva adentro?

¿Se convertirá en Hokage?

BASTA, una línea más y la cago contando cómo Naruto terminó por unir las cincos naciones y  cómo acabó convirtiéndose en el héroe de su aldea.

MEJOR, NOS VAMOS.

Ya estoy al borde del spoiler o de contar el argumento, cosa a la que nunca llego. Además, hundimos ahora el pucho en el cenicero, por una simple razón. Hasta acá nos animamos. Hora de levantar campamento y volver a casa. Esta vez voy a cumplir mi palabra, nos vamos de Japón. Ésta fue la segunda y última nota de sobre manga, por ahora. Gracias por soportar, mi querido Anartista, pero me resultó imposible otra cosa.

El tema fue la persistencia y, de todos los héroes de IMG_20151021_011938comics, Naruto era el único que encajaba a la perfección. Además de manejar todas las técnicas y jutsus ninjas, además de lograr controlar al zorro de 9 colas y abastecerse de su poder, la verdadera fuerza de Naruto reside en dos simples cosas: era la clase de personaje que podía saber cómo se sentía un enemigo, nunca hubiese humillado a nadie. Y esa voluntad de fuego- su camino ninja- lo obligó a cumplir por siempre su palabra. Naruto nunca se rindió ante nadie. A través de quince años, mantuvo su palabra de nunca dejarse vencer para convertirse en el Hokage. Batalla tras batalla, se levantaba hasta vencer. Si no lo hacía por la fuerza, se arreglaba con la palabra.

Naruto Uzumaki tenía un don: la persistencia. Inteligente no era, salvo por momentos y en batalla. Todo lo que logró fue por mantenerse firme en sus ideales. En pocas palabras, a puro huevo y constancia: la única manera que encontró de convertirse en el ninja más poderoso y en el héroe más grande y glorioso de todos los tiempos.

Y otra cosa: las aventuras de Narauto quedarán por siempre. Sobre todo, para los lectores que, literalmente, crecieron con su héroe. Me atrevo a decir que Naruto permanecerá en la historia del comic mundial, a la altura de Superman y Batman. Será  algo parecido a lo que Robin Hood  es para la literatura inglesa.

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CENTENARIO BLUES

Abuso: sobre drogas.

Por Néstor Grossi

Dicen que la primera droga es el porro: mentira, al menos para los de mi generación…

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Los noventa no empezaron cuando debían, ni terminaron en el dos mil. Fue la década más larga de toda la maldita historia, se los puedo y voy a asegurar. Pero, ante todo, afinemos,  ¿no?  Tuviste que tener  unos dieciséis o diecisiete en 1988,  tuviste que pintarte tus remeras  y pararte los pelos con jabón, era eso o ser un Rollin: o peor,  podías haber sido víctima de toda la1412488_292153447661186_2568126513401798002_o “mierda nacionalista” que Malvinas había dejado en las radios. PUTA MADRE, veníamos de abrirnos de piernas  ante la primera colonización y estábamos a un paso de conocer el término: mundo globalizado. Éramos unos pelotudos pero, al menos, no éramos unos hippies de mierda: eso nunca, así que chala, las pelotas…Artanes, Ciclopentolato Poen,  Tamilán, Akineton, las akinetas, dios mío, por 20. Y, por supuesto, el Aseptobrón, cuando venía con la bendita codeína…Aaaaah, esas fueron épocas, amigos.

Con un ojo puesto en el norte y el otro en el pasado, veníamos de ver a la generación de oro convertirse en unos imbéciles capitalistas. Los vimos dejar sus sandalias y ocupar oficinas en distintos puestos, los vimos convertirse en maestros y profesores, los vimos crear empresas y convertirse en patrones.

¿Esta gente no tenía palabra? Pero no importaba ya, nosotros tomaríamos la posta y cambiaríamos  lo que estos giles habían hecho mal. Así que  nos llevamos lo del amor libre como pudimos, lo de las drogas- a la perfección- y al rock: había que cambiarlo.

LOS VIEJOS DE ANTES TENÍAN RAZÓN

Hasta que escuché la canción de los Pericos, “La chala” para mí era eso que envolvía al choclo y nada más. La Primera vez que vi un recital de Charly, escuché hablar de drogas y todavía recuerdo el impacto que me causó. CementoFue en la cancha de Ferro, durante un acto de la UCR, tocaban un montón de músicos. Apoyaban, creo, a  Angeloz o a algunos de esos que iban a competir contra el candidato del PJ ( “mano a los huevos, a las tetas, ya”). La cosa es que Charly estaba sobre el escenario, en una terrible versión del  “Rap de la hormigas”. Se lo sentía en su mejor momento, venía de arrasar con “Parte de la Religión” y andaba a pasos de formar “Los Enfermeros”.

Entonces, la magia: hubo un momento en que Charly  paró el show y se puso a hablar de no sé qué mierda sobre no sé qué carajo de quilombo mediático y, mientras puteaba,  empezaban los acordes de “No voy en tren…”. Tocó poseído hasta el estribo, ese lo cambió y así hizo caer mi quijada contra el verde césped de Ferro:  “cuando era chico nunca fui muy listo, tocaba el piano como un animal” (lo alteró un poco), “cuando era chico era drogadicto, y ahora también lo soy”.  Lo repitió tanto que no me quedaron dudas.  Después, siguió hablando de su sexualidad y de que todo debería ser libre.

Era la primera vez que escuchaba a alguien asumirlo y hablarme de ese tipo de cosas con tanta libertad.

El Gran Yoni.. Lo primero que hice fue darme la vuelta y mirar al Sapo, al Chelo y a las hermanitas uruguayas, que eran nuestras novias: Charly es un genio, les dije, y estaba loco.

Y, mientras volvíamos por Avellaneda, esas diez cuadras que nos separaban de Eleodoro Lobos, no pude pensar en otra cosa ¿Todas las canciones hablaban de drogas?

Hasta el día de hoy, ese sigue siendo uno de los mejores conciertos que vi de Charly. Y muy educativo. Y otra cosa, ese fue al último concierto al que fui sobrio, quizá por eso lo recuerdo.

Ese mismo año dejé la escuela de dibujo y me compré una guitarra eléctrica, la más barata, una Faim Mustang, con un solo micrófono de doble bobina, que pagué en australes.

En 1988 tuve mi primera banda, la formamos con los compañeros del industrial. Ninguno sabía tocar ni un acorde y, en común, solo teníamos a Los Violadores, a Los Pistols y a Maiden. Ok, nuestra banda sería punk y nos llamamos “Asistencia Kriminal”, igual que nuestro primer tema. Eran tres notas; una  que no me salía y las dos que conocía. El estribillo en la y sol menor, decía esto:

“Necesito una asistencia, necesito una asistencia”

Y el coro de todos nosotros gritaba “Kriminal:

Necesito una asistencia, necesito una asitencia;

                “Necesito sal de anfeta necesito sal de anfeta”

Y de nuevo el coro, “¡Pa tomar!”

Listo, yo ya había firmado: sin Dios, sin patria y sin hogar.

Mi viaje había comenzado. Y  yo  estaba perdido.

 

1989, EL NÚMERO MÁGICO.

 

Con tanta dictadura en este país, no quedaron muchos registros de la historia de las drogas en Argentina. De seguro, alguna boludez en IMG_20150816_115717algún libro de psiquiatría o algo por estilo, pero no hay ningún registro del impacto que produjeron a nivel social.

Yo sólo puedo hablar de los noventa.

De alguna manera, el “uno a uno” aumentó la variedad de drogas que uno podía conseguir, renovó un mercado que no iba a más allá del peor faso del mundo y cocaína con geniol. El valor del dólar, amigos, cambia la calidad de la droga; así que no tardaron en aparecer el porro  colombiano y el brasilero para competir con el mercado paraguayo. Empezaron a conseguirse  bolas de seda paraguaya, (resina en su máxima y riquisima expresión), el hash local y hasta había mezcalina. Si tenías algún amigo  en España, llegaban -en pequeñas dosis- barritas de hash. Y la merca…mucho no puedo hablar del tema, nunca pudo gustarme y miren que lo intenté, juro que hice todo lo posible.

“Soda” explotaba en Latinoamérica; “Los Redondos”, acá. Había un Pappo recién llegado, tocaba por ahí y planeaba juntar Riff. Había cientos de pubs con bandas tocando todo el tiempo y empezaban a venir los grupos y solistas que nunca pensamos ver jamás. Y todo un arsenal de estimulantes disponible  que, por supuesto, supimos usar.

                   La cultura Barra se había apoderado del rock y uno seguía su banda a morir. Así IMG_20150816_124029que, después de la entrada, el próximo gasto era la piedra, las pepas y una pequeña vaca para el escabio. Los pibes comenzaban a pintar sus primeras banderas, mientras abrían los cartones  de vino y los llenaban de frutas y de hielo…a veces, algún cabeza tiraba un chorro de alcohol puro. Y por qué no, algún Rohypnol.

                  En los noventa uno podía pasar de fumarse un cucuruchito de hash a tomarse un tetra con pastillas. Menos heroína, podía conseguirse cualquier cosa. Fue el auge de los locales que vendían pipas y sedas importadas y, generalmente, estaban en galerías, muy cerca de las disquerías.

Pero no todo fue descontrol, muchos de nosotros hicimos cierto uso del abuso y empezamos a buscar nuevos sonidos con nuestras bandas, a combinar colores y buscar nuevos trazos. Leíamos a Castañeda y a Baudelaire. Nuestra biblia era Flash, de Charles Duchaussois, y todos éramos músicos. Como nuestros antecesores, esperábamos el verano para cargar las mochilas y salir para el sur, para Gessell o hacia Córdoba. Los que elegíamos las montañas, de camino, bajábamos  un día en Rosario para meternos en las afueras y buscar cucumelos entre las mierda del cebú. Y, recién entonces, seguir el viaje…

Al igual que en los setenta, los noventa fueron ese punto donde las cosas se renuevan. El abuso al extremo de  todos los sentidos; La refundación del rock en la Argentina, el tridente de lo que sería el rock barrial: “La Renga”, “Los Piojos” y  “Los Caballeros…” eran  las tres bandas que se venían. Cualquiera de los primeros tres discos de esas bandas son un clarísimo pantallazo de qué fueron los 90 en Bs As.

 

AULLIDO

 

No sé si fueron las mejores mentes de mi época, pero los vi echarse a perder mezclando diferentes drogas, los ayudé  a inyectarse cocaína, los vi mezclar Ketalar. Los vi tomar pastillas o ácido hasta terminar internados en algún lugar y a cargo de algún  juzgado.

Se terminaba en un hospital,  en la cárcel o bajo tierra, así eran las cosas para los adictos de mi época. Así eran las cosas en mi barrio, ningún lugar marginal: hasta los 25, nunca viví  a más de cuatro cuadras del Parque Centenario. De mis amigos y compañeros de aquel viaje, quedaron tres nada más; a uno, prefiero ni recordarlo, se hacía llamar el Sacerdote del Rock, el muy imbécil,  y fue el primero en traicionarse. El otro es el Chelo,  un amigo de la infancia también y ahora es colectivero de alguna línea.  Cuando hablé con él, hace un par de años,  me dio todas las malas noticias juntas. Al único que sigo viendo es a Yoni.

El Yoni  es el único ser humano,  que pudo sobrevivir al abuso de todas- todas- las drogas y no tuvo que soportar ninguna de las consecuencias: ni se murió ni terminó en ningún hospital y, mucho menos, preso. Detenido un rato, muy largo, sí. También, es el tipo más fiel a sus principios que conozco. Y hay algo que puedo asegurarles: mientras existan las drogas y el Yoni esté ahí, el mundo seguirá girando.  Amén.

El resto de aquella gente y de esa época  murió.

Por eso mi plural, durante toda la nota,  porque esta historia va en la memoria del Bichito y de su hermano, el Negro Villa, que murió de sida. Y el otro lo siguió atrás, de pura  tristeza. Y si tuviese, ni hablar, peinaría acá nomás en nombre del Dani, pero no.

Y no quiero hablar mucho de ella. No voy a aceptarlo jamás, hasta que toque su timbre o averigüe en la cuadra, voy a seguir pensando que soy un cagón que no cumplió su palabra, que todavía puedo pararme ante su puerta

que ibas a estar ahí siempre para salvarme

que todavía hoy nos separa tan un solo un pasaje,

que ibas a estar para colgarte de mi brazo y llevarme del kiosko al parque hasta convertirte en esa luna blanca que siempre brilla sobre el Centenario y

que me obligara a amarte más allá de la muerte.

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DIS DI EN MAY ONLI FREN, THE END…

Me quedo con las ganas de hablar de Obras, de los bardos en Cemento; de los primeros conciertos de “Los Ramones”, del Fernet que tomé abrazado a las piernas de Iggy Pop en el Roxy y de aquel primer “Guns”, en River. Pero, bueno, esta nota no habla ni de mí, ni del rock en Bs As. Y, mucho menos, de cómo fracasamos. Hasta cierto punto, fuimos una copia mejorada, pero nada más, no estuvimos a la altura de nuestros antecesores. La prueba está en que creamos la generación que mató al rocanrol: mejor ejemplo, no se puede encontrar. Al menos,  los setentosos, hippies del orto, habían sido lo suficientemente estrategas como para crear una raza que siguiera  su legado.

Mejor volvamos a la falopa, ¿no?

El exceso y el abuso de las drogas son cosas diferentes, aunque suenen casi igual. La diferencia  es una sola: uno puede excederse de vez en cuando y no está mal,  pero el abuso implica otras cosas, amigos, es una adicción. El exceso es algo momentáneo y más cabeza, pero abusar de una droga es algo más especulativo, algo que se arrastra con el tiempo y trae consecuencias que echan raíz en la vida de uno para siempre. Yo pagué. Y, como verán, muerto no estoy. De los hospitales, zafé, gracias a dios.

Solo me tocó un tiempo de encierro; y perder a mi amor, la primera de todas las Rubias, la única mujer que valió la pena amar.




EL BLUES DEL ÁNGEL MALDITO

Abuso:  Sobre el Manga

Por  Néstor Grossi

EL BLUES DEL ÁNGEL MALDITO.

Juro que intento evitarme el problema,  que iba a soltar la carta de la historieta europea y, entonces,  ponerme a hablar de Hugo Pratt y Milo Manara. Iba a hacer un paralelo con el mercado yanki  y  atomar a nuestro amadísimo Corto Maltese, como héroe en este lío.

Pero no.

Algunas cosas tuvieron que adelantarse y Corto tendrá que esperar. Es que, al encender mi pantalla, el mensaje era simple y el continente del objetivo era otro: “el abuso”, firmaba @ElAnartista. Y, entonces, todos los caminos  conducen a Japón,  a la ciudad de Tokyo. Tokyo 3, para ser más exacto, quince años  después del  “segundo impacto”. Fue cuando  el primer Ángel”  apareció  sobre la bahía japonesa.

Así que, al hablar de comic japonés, hablamos del “Manga”, de un mercado interior totalmente diferente al yankyi que, después de la pos guerra, comezó a adaptarse. En la vereda de enfrente,  estaba el gigante de  Disney, detrás Walt, los hermanos Warner,  los de la Metro y los Paramount.

¿Dos atómicas no alcanzaban?

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PRIMERO LO PRIMERO

Según los que saben, la raiz del término Manga sería: “Man”, informal y “Ga”, dibujo.  Dicen que, literalmente, se traduce “dibujo caprichoso” o “BosquejoVolumen 1 ed. Arg.  resbuscado”. En este caso, llamaremos a los dibujantes “Mangakas” y,  en vez de “Nerd”, la palabra sera “Otaku”. Listo.  Y empezaremos con un trago de historia: uno solo, lo juro, nada más.

Según los que saben, podemos rastrear los comienzos del Manga a fines del siglo XIX y durante la primera década del XX, con la llegada de Occidente al gran imperio del sol. Se comenta que el Manga es la mezcla de las tradiciones gráficas japonesas con la historieta yanki y la francesa- la más poderosa en Europa y las más cercana al Japón, por aquel entonces-.

Pero el manga de  hoy, el verdadero,  comenzó  después de la segunda guerra mundial, de la mano de Ozamu Tezuka, un oriental mezcla de Mr Disney y Stan Lee, otro fan de la revolución encapotada, que habia comenzado en las editoriales americanas a fines de los años 30. Al igual que en la madre patria, la segunda guerra mundial fue el primer y principall disparador de ventas en el mercado del comic mundial.

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Ozamu Tezuka

Tezuka debuta en 1945, a sus 17 años, como caricaturista del diario Mainichi, de Tokonaya, su ciudad natal. En 1946, publica “La nueva isla del tesoro”, el primer manga manga de la era moderna. Fueron   200 páginas   que lo llevaron al reconocimiento total en su país.  Resultó pioneroen dibujar esos enormes ojos redondos, característicos del dibujo nipón; fue el primero en imponer el estilo cinemético, los primeros planos y el despojo total en los fondos de la viñetas. La fama total y el reconocimieto mundial le llegarian  después, con “Kimba, el león blanco”- que Disney robaría unas décadas más tarde, trannsformándolo en  “El rey león”. Y, por supuesto, el primer dibujo animé de ciencia ficcion “Astroboy”.

Shinji  (1)Tezuka también fue el pionero del manga para chicas. En 1954 publica “El caballero del lazo” y, con el crecimiento de su público, algunas obras comenzaron a tomar un tono más zarpado y erótico, al tono de “Cleopatra” y “Las mil y una noches”.  A partir de los 60, y cansado de la onda Disney que tanto habia alentado en su país, sus historias comienzan a tornarse más complejas. Él comienza a llevar su dibujo hacia destinos  un poco más realistas.

Ozamu Tenzuka no solo fue el creador del maga moderno, resultó el responsable de expandir el mercado oriental. Hasta su muerte, en 1989, dibujó 150 mil páginas de manga, produjo 60 películas y publicó 700 títulos. Amén.

 

SEGUNDO LO SEGUNDO

Por último, me queda contarles qué carajo es un manga, ¿no?

Una revista.  Una simple revista impresa a una sola tinta y en papel de baja calidad, con una de sus tapas a color. Contiene más o menos entre 10 y 25 capítulos de historias que se desarrallon en 300 o 400 páginas, a lo sumo . Y su costo es tan bajo que están hechas para leerse y tirarse. Las historias de mayor éxito se compilan en libros de tapa dura y, por supuesto, en mejor papel.

El manga abarca una amplia variedad de géneros para todo tipo de público. Tantos, que hasta hay diferentes formas de clasificarlos:  para niños, para adolescentes y para adultos..

Hay para todos, amigos.

El Manga es una sana costumbre  nipona y constituye una parte muy importante del mercado editorial japónes  ( hoy en dia, un 25%). Y, obvio, motiva varias adaptaciones a series de animación- Animé-, películas, videojuegos y novelas. Cada semana o cada mes se editan nuevas revistas con entregas de cada serie, al más puro estilo del fanzine. Hay héroes y aventuras que, en algunos casos, atrapan  a los lectores durante años.

En 1988, gracias al éxito de la versión  cinematográfica de EVA11-1Akira, basada en el manga del dibujante Katsuhiro Otomo- publicado en 1982, en la revista Young Magazine de la editorial Kodansha- la difusión internacional del comic japonés comenzó a aumentar de forma explosiva. De este lado del planeta, los primeros en verse contagiados fueron los yankis. Recordemos que Tezuka habia vendido los derechos de Kimba y Astroboy a la cadena NBC, así que ya se había hecho costumbre en las pantallas norteamericanas, en series como Capitán Harlock, Mazinger Z, Heidi, The super dimensional fortres Macross, Robotech y Gundam.

Otro de los autores de finales de los ochenta y principios de los noventa fue el mangaka Akira Toriyama, creador de las famosas series Dragon Ball y Dr. Slump. Ambas caracterizadas por un humor medio zarpado y absurdo . Como sea, estas dos obras, en algunos países europeos, llegaron a desbancar de las listas de ventas al cómic estadounidense y nacional durante muchos, muchos años. En el propio Japón, la revista Shonen Jump,en momentos puntuales-, especialmente durante algunas semanas en que coincidía con episodios decisivos de la serie Dragon Ball- llegó a aumentar su tirada semanal en 6 millones de ejemplares.eva20

OK, hasta acá llegamos; intentar explicar cómo el mercado de una cultura  toltalmente diferente a la nuestra fue desarrollándose en Occidente o a la inversa  se complica un poco, amigos: Vivo en Mataderos y soy de color marrón.  Además, si mal no recuerdo, el objetivo es el abuso ¿no?

 

      TOMEN ASIENTO, POR FAVOR…      

Como verán,  todavía no  hablé de los géneros del maga  a  fondo,  ni pienso hacerlo, con un recuadro que encontrarán por ahí basta y sobra. Pero, como de abuso se trata, solo quiero apuntar al “Hentai”, uno de los estilos más controvertidos en este momento. 3Hentai sígnifica pervertido, pajero, degenerado; son básicamente historias porno, donde la psiquis del personaje pesa tanto como el mismo acto sexual: un mar de violaciones y el sexo entre parientes está a la orden del día…

Y sí : abuso, en el manga, hay de sobra. Sobre todo, el abuso psicológico, el sexual y el tecnológico. Hay historias como la de Elfen lied, donde la discriminación racial, la tortura y la violencia psicológica nos acompañan del primero al último capítulo. Y no es cosa de esta ápoca nada más. Ya, en los 70, la pobrecita Heidi era una mocosa abusada- menos  carnalmante- de todas las restantes formas posibles ¿la recuerdan, no?

Podría dar varios ejemplos más y hacer esto interminable.  Pero, bueno, voy a ir al maldito grano. Desde que el manga desembarcó en Bs As, a comienzos de este siglo, abandoné por completo la lectura del cómic yanki y el nacional . Creo que, puesto a elegir,  a la hora de hablar de abusos impresos a una sola tinta y en papel barato, debo hablar del primer manga que superó a la serie animada.

 

BIENVENIDOS AL BANQUETE.

Amigos:

—Estamos reunidos en la casa del señor,  para hablar de Hideaki Anno, de Yoshiyuki Sadamoto y del dueño de la historia: Gendo Ikari, el hombre que torturó a su hijo hasta convertirlo en dios.

Evangelion es como un rompecabezas. Cualquiera puede verlo y encontrar sus propias respuestas. En otras palabras, permite pensar por sí mismo, de modo que cada uno crea su propio mundo. Nunca se darán todas las respuestas, ni siquiera en las películas. Muchos fans de Evangelion tienen la esperanza de que se lance una suerte de libro, “ todo sobre Evangelion”, pero eso no ocurrirá. No esperes a que otros te den la respuesta a tus preguntas, que te lo pongan todo delante. Todos tenemos nuestras propias respuestas”.

Hideaki Anno.

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Hideaki – Anno

Los planes para hacer la serie en el estudio Gainax comenzaron en julio de 1993 y se extendieron hasta 1996. Hideaki Anno trabajó como director, coproductor, codiseñador y coescritor de personajes, con Yoshiyuki Sadamoto.

El manga de Neon Genesis Evangelion fue creado por Yoshiyuki Sadamoto,  encargado de diseñar los personajes para el animé. Publicó el manga en Kadokawa Shoten y su primera aparición se lució  en la revista Shonen Ace, en diciembre de 1994. Su publicación, anterior al animé, aumentó el interés del público.  En 2008, llegó el anuncio: pasaría a la revista de Kadokawa Young Ace hasta su finalizacion en el 2013.

Algunos enfermitos dicen que el manga no sigue fielmente los hechos de la serie, o que es una segunda interpretación de la historia. Pero no. Al tener la posibilidad de narrar la historia en formato manga, Sadamoto optó por crear algunas escenas nuevas y más clarificadoras, dio explicaciones más directas a enigmas que, en el animé, solo se podían imaginar… A mi gusto, el manga es muy superior a la serie.  O, digámoslo de otra manera, Sadamoto es un poco menos enfermo.

Evangelion está lleno de alusiones a la biología, a conceptos militares, a símbolos religiosos y psicológicos; no es otra historia de robots. Y el abuso de poder- todo tipo de poder- es tema constante. Aunque, en esta novelita, amigos, el abuso central es  tecnológico y el científico… ¿Llegaríamos al punto de crear un dios a nuestra propia imagen y semejanza?

¿Hasta dónde podría abusar una raza tan estúpida como la nuestra si tuviese el conocimiento suficiente para poder clonar a un dios?

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Sadamoto

En el año 2000 de la era cristiana, un enorme asteroide entra en la atmósfera terrestre y choca directamente contra el polo sur. Ocasiona así un levantamiento en el nivel del mar que reduce la población mundial a la mitad.  A este hecho  se lo llamó “segundo Impacto”, el primero fue el que acabó con la vida de los dinosaurios en el planeta.  Pero, por supuesto, ningún cuerpo celeste  cayó del espacio, fue un cuerpo celestial. Y, claro, los gobiernos del mundo lo ocultaron.

 

LOS ESCRITOS DEL MAR MUERTO.

El grupo SEELE lo sabía, lo decían los  escritos del Mar Muerto:  asÍ que, cuando la ONU puso a la organización NERV al frente del proyecto, Gendo Ikari fue, el comondante impuesto por  Seele.  A Ikari: el encargado de llevar a cargo el” Proyecto de Complementación Humana”,le faltaban dos piezas, nada más.

¿Para qué usarían una copia de Adán?

¿Crearíamos un ejército para enfrentarnos a Dios?

¿Quién es Dios?

¿Por qué está crucificado Adán?

Quince años después del segundo impacto, el primer “Ángel”  apareció sobre la bahía de Tokyo, justo el mismo tiempo que Shinji llegaba Tokyo 3.ch_431193_0-1

 EL ÁNGEL MALDITO.

Hay un millón de notas sobre Evangelion, todas son absolutamente iguales,  solo hablan de la simbología religiosa, de los dramas psicológicos entre los personajes y de sus conflictos internos. Así que tranquil: esta es una sobre el cómic y el abuso nada más. Quienes quieran Evangelion, remitanse al manga, vean el animé, son 26 capítulos, solo eso. Ya lo dijo Mr Anno: “al pedo analizarlo”.

Y si elegí Evangelion, fue simplemente por la relación entre Shinji y su padre, siempre hay una situación de abuso cuando un hijo agacha la cabeza. Oferta y demanda. Los padres son los primeros en abusarse de uno. Realmente, no sé hasta qué punto fue tan cruel Gendo Ikari al abandonar a su hijo, quizá eso resultó lo mejor para él.

Shinji creció con el rumor de que su padre había matado a su madre; de que lo había abandonado para trabajar en un proyecto militar. Su padre era un gran hombre que hacía cosas  grandes y,  simplemente, no tenía tiempo para el niño. Durante diez años, no recibió noticias, no hubieron cumpleaños ni navidades para ellos dos, estaban a una década de distancia.  Shinji era un pendejo cagón y depresivo, sumiso como una perra castrada; solo sabía obdecer y escapar de los problemas. Sin embargo, cuando recibió el llamado de su padre, el muy idiota acudió.

¿Y qué esperaba?, ¿ el  abrazo de un padre?, ¿quedarse charlando hasta la madrugada para ponerse al tanto?

Y eso fue lo primero que le pregunté.

—No quiero hablar de Evangelion, dijo Shinji, mientras se acomodaba en la silla y miraba el reloj.

—Genial, yo tampoco.—Saqué mi credencial y la dejé sobre la mesa. Solo me gustaría saber un poco más de vos. Esta nota no es para la revista de NERV, es para una revista de cultura, bah, de contra cultura. El tema de este número es  “el abuso”,  aclaré, como un tarado.

—Tengo cinco minutos, nada más. Miraba la credencial.  Haceme una sola pregunta o perderás tu tiempo, amigo. Y que no sea de Evangelion, por favor.

En lo único que se parecía al Shinji de la tele y las revistas era en que todo aparentaba chuparle un huevo. Pero ya no era la cara de un chico.  Esta tenía la oscuridad de haberlo visto todo.

De los mil abusos que tu padre cometió sobre sobre vos, ¿ cuál fue el peor?

—¿Peor? Mató a mi madre. Se aprovechó de mi confusión, de las ganas de volver a tener una familia, se abusó de mis ganas de amar, de mis dudas. Utilizó mis manos para casi matar a Touji…quizá eso fue lo peor, al menos, resultó el detonante. Ese día me harté de todos los abusos de mi padre y descubrí una sola forma para enfrentarlo:  pasar de presa a cazador ¿Me explico? El abuso es parte de  nuestro instinto. Después de la supervivencia, creo,  el más importante.—Se paró, los gorilas que estaban atrás de él se acercaron.—Ahora que me hiciste pensar, sabes qué creo: su peor abuso fue el tecnológico. Yo soy nada. Solo fui engendrado como una herramientas más del “Programa de complementación Humana”, la parte biológica del proyecto, nada más.  Ya soy un hombre y sé algo más: hasta mi madre estuvo de acuerdo con todo esto, ¿no?

No supe qué decir.

“Es hora señor”, dijo uno de los gorilas. Shinji me estrechó la mano.

-Fue un gusto, me dijo—Espero haberte sido útil, amigo.

Necesitaba un trago, pensé, mientras veía a Shinji alejarse por donde había llegado. Ok, ya tenía lo del abuso. Ahora era cuestión de llegar a casa y ponerme a escribir.

Todavía siento siento su mano fría entre la mía.

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BAJO LA ESTELA ROJA DEL RAYO

Por Néstor Grossi

Velocidad: sobre súper héroes de comics.

 

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Cuando hablamos de comics, hablamos de historietas yanquis, de dos editoriales que se adueñaron del mercado a finales de los años treinta: MARVEL y DC comics. La guerra en eterno retorno, un permanente River-Boca con incidentes afuera y adentro de la cancha.

Pero no quiero ponerme a hablar de la rivalidad entre ambas compañías, ni de si Marvel es más juvenil o DC más oscuro; tampoco quiero saber quién empezó la guerra, si los lectores o las editoriales. Y otra cosa que no quiero hacer – aunque es inevitable al hablar de comics y gente disfrazada – es caer en estúpidos debates nerds y comparaciones del calibre ¿quién es más fuerte o más resistente?, ¿quién puede volar más alto o más rápido? O, ¿qué pasaría si se enfrentasen, en un callejón oscuro, los Avengers contra la Liga de La Justicia? ¿Arreglarían a puñetazos las diferencias entre las editoriales?

Y, aunque no quiero, de todas esas preguntas, hay una que importa. Sobre todo, al hablar de la velocidad en el mundo del comic: lo primero que me viene a la mente, ¿hay algo más que pueda saberse, además de cuál de todos es el más rápido?

—Obvio. Pero primero lo primero, y un poco de historia no viene mal.

En abril de 1938, la revista “Action Comics” da a luz al primer gran superhéroe de la historia. Justo cuando medio planeta se preparaba para la guerra más grande y cruel, el mundo conocía a Superman. Quizá ese contraste fortaleció el concepto de súper héroe disparando las ventas y dio comienzo a lo que se llamó “la edad de oro”. Entonces aparecieron Batman, la mujer maravilla, Linterna verde y hasta la mismísima “Liga de la justicia de América”. Fueron diez años de ventas aseguradas hasta que, al final de la década del cuarenta, las ventas comenzaron a caer y obligaron a DC comics a centrarse en historias de ciencia ficción, westerns y humor. flash_62735-2Hasta llegaron a publicar una que otra comedia romántica. Por aquel entonces empezaban a ponerse de moda las historias policiales y de terror, pero DC se mantuvo al margen, así que, cuando sus historias se volvieron impopulares, regresaron los héroes… A finales de los 50,en un rebrote de la industria del comic conocida como “la edad de plata”, la compañía resucitó a los viejos héroes: el Hombre Halcón, Linterna verde, Átomo y un Flash moderno y adaptado a los nuevos tiempos. Todos ellos, con un tinte más cercano a la ciencia ficción.

Recién a comienzos de los ´60, Marvel estaría en condiciones de competir con DC; entonces, en noviembre del 61, aparecen “Los 4 fantásticos”. De ese modo, abren paso a Hulk, Thor, Iron Man, el Dr. Extraño y el increíble Hombre araña. Dos años más tarde, y para afianzarse en el mercado, llegan The Avegenrs, X-Men y un inesperado superhéroe: Daredevil.

Había un chico nuevo en la cuadra, que comenzaba a robarse todos los suspiros y las malas miradas. Él soñaba convertirse en un “escritor” de la talla de Conan Doyle, de R. Louis Stevenson, o de Stanley Lieber. Para no quemarse en el maldito ambiente literario, firmaba bajo el seudónimo de Stan Lee. Marvel estaba lista para ocupar el puesto de reina.

Así terminaba la edad de plata: con un mercado dividido, ejércitos de nerds de ambos bandos y las cien mil preguntas más estúpidas que se han hecho jamás.

La batalla editorial había comenzado.

La de los lectores, también.

 

¡OH! ¿Y AHORA QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?

Para Marvel, los ´70 fueron la explosión de Stan Lee; para DC, que había comenzado antes, llegaban los despidos, las jubilaciones y los recambios de personal. Eso repercutiría en los guiones y en la línea editorial. Tarde o temprano habría que solucionar la confusión. Y, si a todo eso, se le sumaban las series de tv que habían comenzado a emitirse y que no seguían las líneas de las historias originales, todo se complicaba más y los fans no entendían nada: DC estaba en problemas, Garrick_rossDC necesitaba un héroe; en lo posible uno que pudiera superar la velocidad de la luz. Había que dominar el espacio y el tiempo para unir todos esos universos paralelos. Superman solo, esta vez, no podría nada. Además el hombrecito de acero no era más rápido que la luz, ni qué hablar.

Barry Allen – el segundo Flash en todo este quilombo- resulta el hombre más rápido sobre el maldito planeta tierra. Amén.

¿Sí? ¿Flash es más rápido que Superman?

¿Y de todos los, cuál es el más veloz?

—Bienvenidos al mundo de los nerds.

 PRIMERO LO PRIMERO.

Ante todo, en el universo Marvel-DC, la velocidad tiene diferentes significados. Para Marvel, como para el resto del mundo, la velocidad es algo que no puede alterarse, movimiento y nada más; para DC es algo un poco más complicado de explicar. Se trata de algo más complejo que una ley de la física: es un concepto, un puente a un estado espiritual.

Y no me atrevo a decir “todos” pero, al menos el 90% de los superhéroes, tienen súper velocidad como parte de sus poderes. Voy a separarlos en tres grupos:

  1. Quienes pueden moverse mucho más rápido que un ser humano, incluso hasta alcanzar la barrera del sonido, pero nunca por medios propios. Estoy hablando de Wonder Woman, de Cyborg, de Hawkman, de Starfire, de Black Canary, de Green Lantern y de alguno más.
  2. Los usuarios de la súper velocidad, que pueden alcanzar y superar la barrera del sonido, pero no pueden ni acercarse a la velocidad de la luz; salvo, claro está, Superman. El resto del grupo está integrado por Aquaman, Captain Marvel, Martian Manhunter, Apollo y Black Adam.
  3. Por último, los primeros en la pirámide de los más rápidos: “los Velocistas”, quienes tienen la velocidad como único poder y pueden moverse a velocidades cercanas a la luz, hasta incluso superarla. Este es el grupo de los que toman su poder de una fuente de energía llamada Speed Force. Salvo el Profesor Zoom- el Flash inverso- todos los descendientes de Barry Allen son los usuarios de esta fuerza. Un Velocista no solo un simple corredor, el verdadero poder de la Speed Force es el control sobre la vibración de las moléculas, ya sea de su propio cuerpo o de algún objeto sólido. Flash podía vibrar hasta separar las moléculas de su cuerpo y atravesar paredes; podía regenerar sus heridas y hacer lo mismo con la de sus aliados. Cualquier Velocista puede repeler balas creando escudos con la Speed Force o golpear con la fuerza de la velocidad acumulada en el puño.flash-2

Los Velocistas – gracias a la naturaleza extra dimensional de la Speed Force – pueden superar las barreras del espacio-tiempo y viajar al pasado, al futuro y a otras dimensiones.

Bueno, para terminar, la gran pregunta ¿qué es la Speed Force? Y, aunque no hay mucho que explicar ni entender, digamos: es un campo de energía extra dimensional, al que se conectan todos “los Velocistas” y de donde obtienen sus poderes. También es un concepto abstracto y un lugar místico donde se reúnen las almas de los Velocistas muertos. Barry Allen, el segundo Flash de la era plateada, fue su creador… Cada paso de Barry hace crecer la Speed Force en espacio y en tiempo.

Creo que ya no tiene sentido preguntarse quién es el más veloz ni a cuál editorial pertenece; así que voy a simplificar a mansalva.

Si organizamos una carrera de cien mil kilómetros llanos entre los súper héroes de Marvel y los de DC, deberíamos considerar a los dos más rápidos por editorial: Quicksilver y Northstar de un lado, Superman y Flash, del otro. El resultado sería obvio, ajustado, pero obvio. Y ajustado sólo para tres de ellos. Barry Allen los miraría desde la línea de llegada, con los brazos en jarra y cagándose de risa, alentando a Quicksilver para boludear un rato a Superman. El título queda en casa (uh, mostré la camiseta).

Entonces, gracias viejo Stan Lee, te debemos mil cervezas y te amamos.

TORNEO LOCAL.

 

La primera partida data de agosto 1967, en el número 199, del comic Superman. Ya ONU organizó una carrera alrededor del planeta para recaudar fondos. Superman y Flash debían enfrentarse a diferentes ataques durante la competencia. El resultado fue un empate. El chico de acero tenía prohibido volar.

La segunda fue en el número 175 de Flash, en diciembre del 67. Unos extraterrestres apuestan por la misma pregunta que nos estamos haciendo. Entonces secuestran a nuestros héroes y los obligarlos a competir entre ellos a través de la Vía Láctea. Si perdía Superman, Metrópolis sería destruida; y, si perdía Flash, Central city acabaría bajo las ruinas. Empate otra vez.

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La tercera llegaría en diciembre de 1970, en los números 198 y 199 de “World`s finest”. Por iniciativa de los Guardianes del Universo, dos seres súper rápidos deberían cruzar la galaxia desde diferentes puntos, alcanzar y vencer a los “Aracnoides”, que viajaban a la velocidad de la luz para destruir a la tierra. La carrera la ganó Flash. Sin embargo, debido a la fluctuación de la frecuencia del color de una supernova, Superman se veía debilitado y perdía de a ratos su poder.

Y la última carrera aparece en el número 463 de Superman, en febrero del 90. El duende dimensional Mr. Mxyzptlk (¿lo recuerdan? había que pronunciar su nombre al revés para volverlo a su mundo) logra enfrentar de nuevo a nuestros héroes y esta vez gana Flash por pulgadas y sin ninguna excusa por parte de Superman.

Hubo un quinto round, pero no cuenta en las estadísticas y, además, gana Flash.

El corredor escarlata es el superhéroe más veloz del planeta. Punto final.

CORRE, BARRY, CORRE

Y sí, hablar de la velocidad en el mundo del comic es hablar de Flash. Hablar de cómo DC comics solucionó todos sus quilombos editoriales es hablar de Flash. Y, para quienes todavía sientan ruido en la cabeza por palabras como Velocistas” o “Speed Force”, no queda otra que hablar de flash.

Hubo tres. De la mano de Harry Lampert y Gardener Fox, en enero de 1940, aparecía el número 1 de Flash: Jay Garrick sufre un accidente en un laboratorio. Lo hacen inhalar unos químicos que le otorgan el poder de la velocidad y reflejos sobrehumanos (quizá este sea el primero de todos los clichés en la historia del comic). Es el Flash de camiseta roja y un casco de metal, basado en el mismo casco del dios Hermes.

A mediados de los ´50 aparece el segundo: Barry Allen, el primer gran héroe de la edad de plata: mi Flash preferido, el creador y hacedor de toda la Speed Force que existe y existirá. El más rápido de todos Velocistas y el primer muerto “famoso” en la historia del comic. La muerte de Barry unía esos mundos paralelos que las crisis financieras habían creado y cerraba el concepto de la Speed Force y de cómo los “Velocistas” obtenían sus poderes.

Todos los grandes cambios y los momentos cruciales en el mundo DC han pasado por el Flash de Barry Allen. Porque él hizo un verdadero mito del corredor escarlata. A diferencia de Jay Garrick un científico ex jugador de fútbol americano- Barry era un policía científico, un forense, que investigaba la muerte de su madre para probar la inocencia de su padre. Todo este combo hacía mucho más interesantes sus aventuras que las de su antecesor, ya no era cuestión sólo de disfrazarse para combatir a los villanos. Además, de no ser por Barry Allen, Garrick estaría cajoneado en el olvido.

Fue Barry quien hizo grande la leyenda de Flash, quien tuvo que correr hasta romper las barreras del espacio-tiempo y crear un agujero de gusano para volver al pasado y evitar la muerte de su madre a manos del Dr. Eobard Thawne: el Flash inverso, llegado del futuro para hacer sufrir Barry, para mostrarle al Barry niño cómo apuñalaba a la señora Allen en el corazón. Buscaba destruirlo psicológicamente y que nunca se convirtiera en Flash.

Algo así, dijo Thawne, cuando Barry por fin pudo alcanzarlo. Porque, hasta ese momento de la historia, el Flash inverso era más rápido que él.

—Me tuviste ahí ¿por qué a ella?, ¿por qué mierda no me mataste?

—Porque simplemente te odio, no a vos, al Flash de mi época, pero no puedo separar las cosas. Si lograba matarte, no tendría que verte la cara en mi presente. Pero las cosas no salieron como esperaba, al viajar en el tiempo, de alguna forma perdí el poder sobre la fuerza de la velocidad y quedé atrapado en este mundo. Así que, si te mataba en ese momento, ¿cómo iba a poder volver? Maté a tu mamá para acelerar lo inevitable. Barry necesitaba que corrieras, que te convirtieras en Flash y que pusieras en movimiento toda la maquinaria de la Speed Force. Nosotros no podemos matarnos, Sr Allen, ¿lo entendés?

Barry le soltó una trompada, Thawne la esquivó y sonrió. Barry entendía: le estaba dando la oportunidad de volver en el tiempo y arreglarlo todo, de crecer con su padre y con su madre como una familia normal. Nada habría pasado. ¿Qué iba a hacer?

—Tenés dos opciones, matarme y terminar lo nuestro acá- aun así tu padre seguiría preso y tu madre muerta- o correr, Barry. Correr hasta romper la barrera del espacio-tiempo y abrir un agujero de gusano por el cual vuelva a mis horas. Y, en ese mismo instante, vas a tener unos segundos para volver al instante en que ese mató a tu madre y detenerlo todo. Sé qué estás pensando, señor Allen: podés, sos el único que puede hacerlo, por eso perdí mis poderes sobre la Fuerza de velocidad. En este mundo, sos el creador de la Fuerza, el único que puede usarla ¿Qué vas a hacer, Barry? Si vas a matarme, que sea ahora.

Hubo un segundo de silencio entre los dos. Barry Allen llevó las manos a la nuca, volvió a encapucharse. Thawne no podía borrar la sonrisa de su cara, le clavó la mirada:

-¡Corre! ¡Vamos, Barry, corre!

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DEL SACRIFICIO AL BULLYING EDITORIAL.  

      Marvel llevaba más de una década en el trono y, con Disney de aliado, proyectaba quedarse y seguir creciendo hasta adueñarse del mundo.

Los personajes DC ya empezaban a tomarse como clásicos. Batman y Superman eran “una fija”; pero eso no alcanzaba para mantenerse en el mercado con cierta solidez y prestigio. DC necesitaba un aliado y también, un plan. Entonces, los hermanos Warner entraron en acción para equilibrar un poco la balanza. Y el plan era simple, no enfrentarse al mejor general del rey. Hubiera sido estúpido e imposible. El Viejo Stan pasaba por su momento; era toda una maldita estrella de rock escupiendo a cada segundo historias nuevas. Para DC comics el desafío pasaba por renovarse: había que sacrificar un personaje, a alguno de los más queridos.

Barry Allen debía morir. Y había que crucificarlo a delante de todos para que comenzara la verdadera leyenda. Había que preparar una corona de espinas y dejarlo correr por última vez.

A mediados de los ´80, en la novela gráfica “Crisis Infinita”, Barry Allen muere mientras salva al mundo y a sus compañeros. Por supuesto, muere corriendo hasta superarse. Quiebra los límites de la Speed Force hasta convertirse en energía cinética pura y así viajar treinta años en el pasado y devenir en el rayo que le había otorgado sus poderes.

Tanto de “Crisis en las tierras infinitas” como de “Crisis Final” voy a dar los menores datos posibles. Contar exactamente cómo muere Barry seria contarles el final de la saga. Y, además, resultaría casi imposible sin ocupar, al menos, veinte páginas. Así que para terminar con Flash, hablemos del último.

Wally West es el Flash de la era moderna, el tercero en usar el manto del corredor escarlata. Apareció por primera vez en 1959, en el número 110 de la revista, como el joven Kid Flash. Obtiene sus poderes de la misma forma que Barry: una tarde, mientras visitaba el laboratorio de su tío. Así, después de la muerte de nuestro segundo Flash, Wally fue perfectamente bien recibido por el público: ya hacía más de veinte años que lo veían correr viñeta tras viñeta junto a su tío. Y hasta el día de hoy lo siguen haciendo.

Wally West es uno de los mejores y el más veloz de todos los Flash. Por más de veinte años, el único en usar el traje del corredor escarlata. Aun así, los fans no podían quitarse de la mente el recuerdo de Barry Allen.

Entonces, DC- fiel a su estilo- en julio del 2008, lanza la serie “Crisis final” y devuelve a nuestro gran héroe a la vida. Correría junto a Jay Garrick y Wally West para evitar la muerte de Orión y para terminar con las secuelas de un asunto sindical, que los había azotado a finales de los ´60. Los tres universos se habían juntado, todas las historias empezaban a encajar. Aunque, a la fuerza, todo el universo DC volvía a cobrar sentido.

El Universo estaba en orden. Y Barry Allen- vivo- gracias a que una “fuerza de ingeniería inversa lo revivió con un rayo de partículas más rápidas que la luz, un proceso inverso de la Speed Force”.

Esa fue la explicación que escuchó Wally West, de boca de su tío, en el final de la saga. La única que consta en actas. Y la última que puedo dar.

Por-que-Flash-es-tan-rapido-La-Fuerza-de-la-Velocidad-explicada-9

BANDERA DE LLEGADA

Listo, hasta acá llegamos. Y, si alguien espera una reflexión inteligente acerca de la velocidad en el mundo del comic, olvídenlo: no hay nada más. Todos los caminos conducen a Flash…o, ¡por, dios! ¿Quedaron dudas?

¿Volvemos a lo de la Speed Force y a los Velocistas?

Barry Allen, ¿recuerdan ese nombre, no? Porque puedo, de veras, volver a contarte esa historia.

 

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        Y da la maldita casualidad de que, mientras escribo esta oda a Barry Allen, en la tele termina la primera temporada de “The Flash”, que emite la pantalla de Warner Channel todos los jueves, a las nueve de la noche. Y me permito decir: fue un final de temporada genial. No quiero contar mucho. Pero, si alguien se engancha con las repeticiones o la descarga, podrá ver cómo Barry obtiene sus poderes, cómo logra vencer al Profesor Zoom (ahora Dr. Wells, en la serie) y, al mismo tiempo, cómo es capaz de poner en funcionamiento la Speed Force. Hasta el día de hoy, esta es la mejor versión de Flash.

Para terminar: acerca de la Guerra Marvel-Dc, sólo puedo decir que continúa, pero, al menos, ya lograron definir sus zonas: Marvel se quedó con la pantalla grande, Warner y DC son los dueños de “la chica”.