PESADILLA

La Decisión: sobre la marcha del millón.
Por Ramiro Gallardo.

Sábado 19, camino por Corrientes. Mi mujer me espera en un bar, a pocas cuadras del Obelisco. Son las cuatro de la tarde y todavía no almorcé. Llego al punto de encuentro, empujo la puerta de vidrio y camino hacia el fondo buscando la cara de mi hija, la sonrisa de mi mujer.

La sonrisa de mi mujer me dice:

–Hola, mi amor –y siento algo así como un calambre inquieto. Atrás, mi nena agita un globo amarrillo.

–Por fin llegaste, papi. Te estábamos esperando.

–¿Comiste? –pregunta mi mujer–. Quedó un poco de tostado. Metele. El acto arranca en una hora.

–¿El acto? –respondo con desconcierto, pero mi mujer ya no me mira, conversa con una señora de labios de silicona.

–Me molesta ver un grupo de gente que lleva el perro a la pileta –se queja la dama que dice ser cirujana– ¡Imaginate, estás en la piscina tomando sol y tenés que escuchar los ladridos! –Sus labios aumentan de espesor a medida que habla, como un hocico–. Ya bastante con tener que escuchar a esas bestias sin educación: ¡gritan y toman mate como si estuviéramos en la Bristol de Mar del Plata!

Sigue hablando de la gente grasa, de su campo. Entonces me doy cuenta: Avenida Corrientes rebosa de gente envuelta en banderas argentinas. Carteles en alto muy prolijos, muy ordenados. Y blanquitos. Mi mujer, mi hija y yo mismo no somos ni prolijos ni ordenados, mucho menos, blanquitos. Sin embargo, estoy de camisa, y eso que es sábado. Mi mujer luce espléndida.

–Antes de venir pasé por la peluquería, gordo.

–¿Gordo?

Salimos. Voy envuelto en una bandera argentina, camino como un zombie alzando un cartel.

“NOSOTROS DEFENDEMOS LA REPÚBLICA”.

No entiendo, ¿qué me pasa? Siento que mi cabeza queda vacía de todo pensamiento, dejo de tener sensaciones. Un hombre algo mayor, simpático, me da una palmada.

–Sí se puede –me anima. –Sí se puede.

–¿Qué es lo que se puede, señor? –pregunto, aunque, de a poco, voy comprendiendo. El escaparate de una vidriera devuelve mi imagen ebria de felicidad. Hacía tiempo que no me dejaba crecer el bigote. Tengo ganas de llorar.

–Se puede dar vuelta –responde el hombre lleno de júbilo. Una señora aparece por detrás. Me observa un momento, como quien duda, e, inmediatamente, comparte su pensamiento auténtico y positivo.

– En el año 68 toqué un pobre, estuve en una villa con un pobre. Los pobres de ahora son distintos, son pobres que se tiñen el pelo, que tienen celular. Son pobres que han avanzado, que se han insertado.

No llego a escuchar el final de la frase, la alegría inunda mis venas. Alguien me pega una calcomanía en la frente.

SÍ SE PUEDE.

Me cuesta caminar, la marea amarilla está por todas partes, todos con una misma cara igual a la mía. El horror, el horror. Despertar, parece que por fin estamos despertando, que termine esta pesadilla de una vez por todas.

Ya casi.

Marcha-del-millón-02-Micky-Vainilla




LA BODA Y LA CALLE

Claroscuros: sobre Venezuela, a través de la lente de Rodrigo Abd.

Por Ramiro Gallardo.

Fotografías: Rodrigo Abd.

 

Frente a una explicación poderosa, mi primer paso es preguntarme cuáles son los puntos oscuros. En cierto modo, cuanto más fuerza tiene la explicación, más difícil es ver lo que oculta en la penumbra de su propia luz.”

Saskia Sassen (entrevista), 2011.

 

Leo “Página 12” y Venezuela es víctima de una campaña mediática sin precedentes. Paso a “La Nación” y Maduro es un ogro maligno, más malo que Chucky, continuidad del más aun monstruoso Hugo Chávez, terror de los chicos que no toman la sopa, deformidad, engendro, leviatán. Regreso a “Página”, un nuevo intento de golpe de estado. Vuelvo a “La Nación” y Guaidó es el paladín de la democracia. Voy, vengo, voy, bailo entre noticias. Intento pararme en algún sitio.

Rodrigo Abd es fotógrafo, él también va y viene: de Guatemala a Lima, de la guerra en Siria a la de Afganistán, a Libia, a Haití. Entre 2007 y 2019 realizó nueve viajes a Venezuela. Sus fotos pueblan diarios y portales de internet en todo el mundo.

Nosotros hacemos las fotografías -que pueden ser parte de una historia o de una noticia- y escribimos un epígrafe. El epígrafe sirve para que los clientes, que son cientos, tengan una referencia: qué es lo que retrata la foto, en qué lugar fue hecha y qué día. Pero, claro, una vez que las enviamos al servicio, con su título y su epígrafe, pueden ser utilizadas en notas muy diversas, por medios con ideologías diferentes. Sobre esta cuestión no tenemos ningún control: una vez que los clientes tienen las fotos en su servidor pueden utilizarlas como quieran en sus páginas, en galerías de fotos, en notas periodísticas, etcétera. Con el título que ellos quieran, por más que nosotros les pongamos uno específico.

La agencia de noticias para la que trabaja, Associated Press, provee de imágenes a más de 1700 periódicos (su librería supera los diez millones de fotografías). Es decir, que las fotos de Rodrigo son soporte de notas muy diferentes, más allá de lo que él decida o quiera retratar.

Lo complicado para nosotros es que controlamos el epígrafe, pero no controlamos lo que ponen los clientes. Por otro lado, una vez que las fotos suben a la web, mucha gente que no es clienta de AP puede hacer un copy-paste y poner las fotos en sus blogs… sucede con frecuencia.

En paralelo a su trabajo con la agencia, Rodrigo Abd construye sus propias historias: desde las protestas de los ahorristas frente a los bancos en Buenos Aires en 2002 a la vida de las parteras rurales en Guatemala, pero eso es tela para otra nota. Acá, ahora, lo que me interesa es el contraste, ese ida y vuelta, las contradicciones, las simultaneidades. Para muestra, basta este botón venezolano…

Los invitados esperan la llegada de los novios Juan José Pocaterra y María Fernanda Vera. Acarigua, 15 de febrero de 2019.
Los invitados esperan la llegada de los novios Juan José Pocaterra y María Fernanda Vera. Acarigua, 15 de febrero de 2019.

Un hombre traslada a sus hijos por el centro de Caracas en un carrito de reciclaje. 14 de mayo de 2019.
Un hombre traslada a sus hijos por el centro de Caracas en un carrito de reciclaje. 14 de mayo de 2019.

Los novios se casaron al tercer día, tras dos días de fiesta en la hacienda Camburito, en Acarigua, entre el 15 y el 17 de febrero de 2019.
Los novios se casaron al tercer día, tras dos días de fiesta en la hacienda Camburito, en Acarigua, entre el 15 y el 17 de febrero de 2019.

Una mujer y su bebé frente a su choza en el barrio “Siembra Socialista”. Caracas, 9 de mayo de 2019.
Una mujer y su bebé frente a su choza en el barrio “Siembra Socialista”. Caracas, 9 de mayo de 2019.

Primera noche. Una pareja baila un joropo. 15 de febrero de 2019,
Primera noche. Una pareja baila un joropo. Acarigua, 15 de febrero de 2019.

Clase de baile en una casa parroquial en el barrio de Petare. Caracas, 3 de mayo de 2019.
Clase de baile en una casa parroquial en el barrio de Petare. Caracas, 3 de mayo de 2019.

Segunda noche de fiesta. Baile. 16 de febrero de 2019.
Segunda noche de fiesta. Baile. Acarigua, 16 de febrero de 2019.

Irene Vaamondez, derecha, baila con un vecino mientras los músicos tocan en vivo en una plaza pública. Caracas, 11 de mayo de 2019.
Irene Vaamondez, derecha, baila con un vecino mientras los músicos tocan en vivo en una plaza pública. Caracas, 11 de mayo de 2019.

Huéspedes de la boda se sirven comida en la Hacienda Camburito de Acarigua. 16 de febrero de 2019.
Huéspedes de la boda se sirven comida en la Hacienda Camburito de Acarigua. 16 de febrero de 2019.

Residentes del barrio Villa Esperanza transportan envases con agua potable. Maracaibo, XXX de 2019.
Residentes del barrio Villa Esperanza transportan envases con agua potable. Maracaibo, mayo de 2019.

Dos invitadas se preparan para arriar unos búfalos de agua hacia un corral. 15 de febrero de 2019.
Dos invitadas se preparan para arriar unos búfalos de agua hacia un corral. Acarigua, 15 de febrero de 2019.

Adriana Rodríguez se maquilla en la habitación que comparte con sus tres hijos y siete miembros de otra familia, en un edificio ocupado. Caracas, 6 de mayo de 2019.
Adriana Rodríguez se maquilla en la habitación que comparte con sus tres hijos y siete miembros de otra familia, en un edificio ocupado. Caracas, 6 de mayo de 2019.

Stefanía Fernández observa el trabajo de invitados a su boda que aceptaron decorar una escuela antes de la ceremonia.
Stefanía Fernández, ex Miss Universo, observa el trabajo de algunos invitados que aceptaron decorar una escuela antes de la ceremonia.

Partido de fútbol callejero en medio de billetes de 50 bolívares desechados, en el predio de un edificio ocupado. Caracas, 7 de mayo de 2019.
Partido de fútbol callejero en medio de billetes de 50 bolívares desechados, en el predio de un edificio ocupado. Caracas, 7 de mayo de 2019.

Los invitados disfrutan de la piscina.
Los invitados disfrutan de la piscina. Acarigua, 16 de febrero de 2019.

Niños que juegan con un auto abandonado en el barrio "Aguerridos Liberator". Caracas, 9 de mayo de 2019.
Niños que juegan con un auto abandonado en el barrio “Aguerridos Liberator”. Caracas, 9 de mayo de 2019.

Una pareja amiga de los novios posando con el lago de fondo.
Una pareja amiga de los novios posando con el lago de fondo. Acarigua, 17 de febrero de 2019.

Tumbas saqueadas en el cementerio de El Cuadrado. “De aquí se llevaron hasta los dientes de oro de los muertos” dijo José Antonio Ferrer, encargado de camposantos. Maracaibo, XXX 2019.
Tumbas saqueadas en el cementerio de El Cuadrado. “De aquí se llevaron hasta los dientes de oro de los muertos” dijo José Antonio Ferrer, encargado de camposantos. Maracaibo, julio de 2019.

 

MATRIMONIO NO CONSUMADO

Siempre fue complicado trabajar en Venezuela. Cuando cubrís una marcha chavista te acusan de hacer prensa oficialista; cuando cubrís una noticia de la oposición te agradecen, pero si vas un poco así… desalineado, te dicen que sos simpatizante de Chávez. Siempre fue complicado… Es un país muy quebrado, políticamente muy dividido.

Las fotos que componen esta nota aparecieron en distintos periódicos y sitios de internet, por separado: por un lado, la calle; por otro, la boda. Las de la boda forman parte de un artículo titulado Venezuela: Boda fastuosa en medio de la crisis [1]. Las de la calle fueron publicadas por el diario “El País” de España [2] y por muchos otros medios.

Al casamiento me invitan una semana antes. Estaba en una fiesta, había muchos periodistas de la prensa internacional. Fui el único que decidió ir, me pareció una muy buena idea. En ese momento se vivía una especie de euforia por la autoproclamación de Guaidó como presidente. Parecía que todo se terminaba, el chavismo se caía a pedazos. Creo que parte de aquella euforia motivó la invitación. Pero cuando apareció la primera publicación, la euforia había pasado: el gobierno había retomado la iniciativa política y la oposición se daba cuenta de que la cosa no era de un día para el otro.

Cuando los recién casados leyeron que “durante tres días, los huéspedes, incluidos una ex Miss Universo, grandes terratenientes y otros miembros del 1% de Venezuela, vaciaron botellas de whisky caro, arriaron búfalos montados a caballo y zapatearon al ritmo de la música de un popular cantante de música llanera”, no se sintieron del todo cómodos. Se vieron expuestos. ¿Cómo se nos ocurrió invitar a este fotógrafo? habrán pensado. A Rodrigo le llegó el comentario a través de un colega: la publicación no había caído nada bien. Por el contrario, de los retratados en “la calle”, no hay nadie que haya hecho sentir su descontento por la manera en que fue utilizada su imagen.

Siempre pasó en el periodismo: los poderosos tienen más herramientas. No sólo para no dejarnos “entrar” a sus espacios: también para denunciarnos, acusarnos… Los poderosos siempre ejercen sus capacidades para censurar a la prensa. Los pobres no. Uno camina por los barrios marginales con total naturalidad, pero no puede andar sacando fotos en un club privado, un country o un espacio cerrado: hay vigilancia, hay seguridad. Nos es más fácil meternos en el mundo de la pobreza que en el mundo de la riqueza. No sólo en Venezuela: nos pasa en todos lados.

 

[1] Luis Andrés Henao, Venezuela: Boda fastuosa en medio de la crisis. Yahoo noticias, 25 de marzo de 2019.  https://es-us.noticias.yahoo.com/venezuela-boda-fastuosa-en-medio-la-crisis-174528573.html

[2] Maracaibo: ciudad en ruinas. Diario El País, España, 20 de junio de 2019. https://elpais.com/elpais/2019/06/18/album/1560849621_806575.html#foto_gal_1




OLAVARRÍA. O EL VACÍO

Rituales: sobre el último recital del Indio Solari.

Por Ramiro Gallardo

 

Olavarría estaba envuelta por una niebla propia. Autogestionada. Rara. Como la escenografía de un sueño precario. La parte de atrás de la vida normal. Lo sucio y lo exuberante. Nos permitía ser felices. A todos.*

Fragmento de “Olavarría”, crónica incompleta de Esteban Serrano

Olavarría o el vacío 00

Brindamos con la décimo cuarta cerveza, es de noche, las calles de Olavarría explotan de gente. No fue fácil encontrar este sector de suelo libre: los lugares en los que puede hacerse un asado están casi todos ocupados. Vale todo, desde los que amontonan unos cuantos hierros e improvisan una parrilla a quienes llegaron en casa rodante, con sillas, mesas, toldos, un buen chulengo. A esto hay que sumar los cientos de puestos que armaron los vecinos para ofrecer empanadas, paty, bondiola, lomito, milanesa, agua caliente, vino, hielo. Chorizo del Indio, birra fría como culo de pingüino, Panchos Fantasma, Licuados Pantera, Vamos a volver. Nuestro brindis es por haber llegado, por sentarnos alrededor de un fuego, salir un fin de semana, juntos, detrás del Indio, aunque es mucho más que venir a ver al Indio: es calle, rock, fiesta popular, caminar y caminar, dos chicas bailando pogo entre treinta y cinco pibes, cerveza que cae como una lluvia de verano, la ruta, banderas, cantar como locos, volver a hablar de ciertas cosas, reírnos de nosotros mismos, dormir en cualquier lado, ji ji ji.

Esa noche, en Olavarría, hablábamos cosas para la posteridad, para trascender, para Dios. Vicios católicos. Como si nos hubieran estado filmando. De chico creía que Dios me grababa las 24 horas y que, cuando hacía falta dirimir alguna cuestión, se sentaba a ver mi película.*

Ahora que no toca más, ¿cómo vamos a llenar ese vacío?

 

LA RUTA. NOS MERECEMOS BELLOS MILAGROS

Se hacía de noche y los autos embanderados o tatuados de plotter se multiplicaban. Marchaban como un cardumen regando frases ricoteras. Marcas de la vida de la tribu, un discurso con velocímetro. Decenas de versos se pasaban unos a otros zigzagueando por los dos carriles de la ruta.*

Olavarría o el vacío 01

Peregrinar es errar, vagar, huir, atravesar. Ir con otros hacia un sitio cualquiera, el punto de llegada no importa demasiado: el creyente que, en la Baja Edad Media, hacía el Camino de Santiago, le dedicaba mucho más tiempo al trayecto que a visitar la cripta con los restos del apóstol o abrazar su estatua. El destino es la zanahoria, pero lo que te transforma es el camino.

¿Qué ofrendas llevamos a la misa ricotera? ¿Cuáles son nuestras promesas?

Avanzábamos felices. Comíamos pizza y tomábamos cerveza. Éramos el pueblo elegido. Escapando. Gris, inmensa, una cinta de Moebius moderna y asfaltada nos transportaba. Con la baba reflejo y espejismo vibrando en un inalcanzable punto de fuga.
La ruta era un túnel verde de árboles desparejos. Un techo incompleto, frondoso, que se me desarmaba en los ojos cuando lo miraba.  Parábamos a mear cada 20 kilómetros. Flameaban nuestros pitos, de nuevo jóvenes, al costado de la ruta.
En el auto escuchamos el mismo tema del Indio durante más de una hora: “Pabellón Séptimo”. Mauro ponía pause a cada rato para explicar o interpretar los versos. Es un teórico. El Gallo dijo que el significado del tema era re sabido, que había leído en muchos lugares la misma interpretación, casi científica, de la letra. Al rato admitió que la información provenía de una nota de Página/12. Jorge lo trató de boludo: Mauro, de burro. Nos quedamos callados, un momento, escuchando. Notamos que lo que había dicho el Gallo no era tan boludo ni tan burro. Agrandado, interrumpió el silencio señalándonos con su dedo esquelético de vieja cosechera: ¡vieron forros, se los dije!. No le contestó nadie. Tenían razón. Él y su diario.
Bajó la euforia. Escuchamos la canción, una vez más. Se congeló el silencio y nos encadenó el relato. Mauro se pasó la mano por el brazo: —se me puso la piel de gallina, boludo—. Me hice el gil, le contesté que aflojara. Me agarraron unas tremendas ganas de llorar.
El Gallo ya no se reía más. Miraba por la ventana, jugaba con un nacho de queso y con el seguro de la puerta.*

 

EL ACAMPE. LA CALLE. PEREGRINOS

Por 200 pesos aseguramos dos noches de sueño protegido, en pleno centro, en el salón de usos múltiples del club F. C. Ferrocarril Sud de Olavarría. Cuando llegamos, ya había 15 bolsas de dormir, cuatro carpas sin estacas y tres colchones inflables. El lugar ofrecía dos baños de uso común, higienizados periódicamente por la mismísima Comisión Directiva. Nos confiaron, además, la existencia de un baño oculto. En una ciudad que colapsaría, teníamos bastante.
En el hall, dos viejos envueltos en frazadas se peleaban por ver a quién le tocaba ir a buscar agua para el mate. Escuchaban “Maná”. Vendían pajaritos de juguete. —Son tuqueras, nabo— me explicó más tarde Jorge.
El lugar tenía el tamaño de una cancha de básquet, bastante grande. Sobre el escenario de madera del fondo una familia había instalado su carpa: era lo más VIP a lo que se podía aspirar. Sobre las paredes laterales caían unas cortinas claras, sucias y pesadas. Nos instalamos cerca de la entrada, a la derecha. Pusimos nuestras 5 bolsas de dormir, perpendiculares a la pared, vecinas a las bolsas y a los cachivaches de los vendedores de tuqueras.*

Olavarría o el vacío 02

Camino hacia ninguna parte, mato el tiempo, escucho a una banda que toca temas de “Patricio Rey”, tomo una cerveza. Una furgoneta estaciona al costado de una plaza, es de esas que sirven para transportar productos congelados: carne, pollos, lácteos. Un “camión congelador”. La parte de atrás no tiene ventanas, apenas dos puertas que se abren cuando las miro, como por arte de magia. Adentro uno, dos, cuatro, siete, pibes grandotes, morochos, musculosos, ardientes, borrachos, fumados, amigos del freezer. Se ponen de pie y, sin abandonar la caja de aislamiento térmico, saltan y cantan: “oh, soy redondo, es un sentimiento…” La furgoneta les sigue el ritmo, se balancea de izquierda a derecha, feliz.

Los temas que suenan son ricoteros, pero también se escuchan consignas políticas más explícitas. Olavarría rebosa de gente, se trata a todas luces de una fiesta popular. ¿Nacional y popular? Branca Coca $300 Macri gato. La calle, la ciudad entera, es como una gran pancarta. Incluso, el límite entre lo público y lo privado se transformó en una línea ancha y difusa, con gente acampando en las plazas, salones y jardines, vecinos que extienden el límite de sus casas sobre la vereda para vender choris o cerveza. El espacio público es un lugar de disputa, siempre. En la penumbra de sus formas se desenvuelven todo tipo de intereses contrapuestos: baño $20 ducha $50 recarga de celular $15, alquilo vereda.

Olavarría o el vacío 03

 

LA FIESTA. EL RECITAL. LA CEREMONIA

La ciudad estaba invadida por miles de desclasados. Miles. Chicos y chicas tomando fernet en botellas de plástico cortadas por la mitad. Muchos más chicos que chicas. 30 70, para Jorge. 25 75, para Lucas, Mauro y el Gallo. Yo no supe decir nada. Chicos con caras crudas, idos. Chicos de la popular, visitante o local, de zonas feas, de zonas peligrosas. Chicos de mal ambiente. Chicos de los que te hacen cruzar la vereda. Trapitos, negros, cabezas, monchos, villeros. Pungas y rolingas. Pibes del conurbano. Grasas, borrachos, faloperos. Desempleados, precarizados, repitentes, changarines, chicos con planes. Madres y padres solteros. Con sus bebitos sin futuro en sus cochecitos sucios de migas y yogur cortado. Gastaban sus últimos pocos mangos en comida de mierda, faso, fernet, coca cola, cocaína y birra. Bailaban, cantaban y me daban la bienvenida. Amigo, cheto, campera, dibujante. Yo llevaba mi cuaderno, me sentaba a dibujar lo que veía y me rodeaban como moscas interesadas y divertidas. Tenía puesta una campera entallada, creo que se dice así, canchera, de Bensimon. Me la regaló mi vieja, marrón, como de cuero. El Gallo me miró y me dijo: “sos el único tipo con cuellito, en todo Olavarría”. Esta era la fiesta. La recepción. La previa del apocalípsis.*

Olavarría o el vacío 04Los recitales de “Los Redonditos de Ricota” anticiparon en mucho la versión popular del Himno Nacional Argentino que se corea en los Mundiales. Todo tema ricotero tiene su propio “oh oh oh”.

Al acercarse el momento del concierto, los ritos ricoteros se multiplican. No se trata sólo del final, de la comunión más grande del mundo, ese enardecimiento colectivo que llega cuando las piernas ya no te sostienen y una especie de fe delirante reactiva los cuerpos agotados. Mucho antes de que arranque el concierto, se canta, como en la cancha. Cuando “Los Redondos” todavía estaban juntos, el ritual era todavía más futbolero porque, aunque no había público visitante, las canciones iban contra el equipo contrario: “Soda”. Sonaba mucho un cantito que, tras la muerte de Cerati, todos recordamos con dolor. Había personajes que se repetían, como el falso indio que colocaba la mano sobre su boca y pegaba unos tremendos alaridos, o el paralítico heavy metal en silla de ruedas, en medio de todos los pogos. Antes de arrancar no faltaba, nunca, el “paredón paredón, paredón paredón, para todos los milicos que vendieron la nación”. En los 90, después del asesinato de Walter Bulacio, el cantito fue otro. Sonaba religiosamente: “yo sabía, yo sabía, que a Bulacio, lo mató la policía”. El himno ricotero por excelencia no tenía un tinte político: “olé olé olé, olé olé olé olá, olé olé olé, cada día te quiero más. Oh, soy redondo, es un sentimiento, no puedo parar…” Lo lindo era que la banda se prendía. Se trataba de un tema más, y sonaba varias veces en una misma noche.

Decir que no tenía un tinte político es un error: todo canto es político. El canto ricotero es político, de clase, una clase inventada: ni obrera ni burguesa ni alta ni media ni baja. O todas juntas. Es también saltitos de puños apretados, ojos entrecerrados, retozar eufórico y “ohh ohh ohh” en todos los temas. Es un alarido de alguien que hace reír a montones de gargantas desconocidas, aprovechando un momento de silencio. Es aquel tipo que estuvo todo el recital de espaldas al escenario, deletreando la letra de cada tema a su hijo de 5 años que lo miraba desde abajo, agarrado de la mano de su mamá. Es abrazarse con un desconocido. Es Jorge, que se pierde y lo encontramos al final. Desear que suene “Ropa sucia”. Montañas de zapatillas cuando el predio se vacía. Barro. El cansancio. Clavarse un chori. Dormir reventado.

Todo eso y todo lo anterior -y lo otro- se terminó en Olavarría.

¿Qué pasaría si se suspendiera de un día para el otro la Peregrinación a Luján? No más caminata, agua bendita, rezarle a la Virgen, ampollas en los pies, descanso en La Reja, promesas, ofrendas, éxtasis. ¿Y si los cristianos no recuperaban el norte de la Península Ibérica, en manos de los Moros, durante la Edad Media? ¿Qué hubiera sido de todos aquellos devotos de Santiago? No tengo dudas, se hubieran buscado otro santo. Un peregrino necesita desplazarse: hacia Compostela, Luján, Olavarría, Jerusalén o la Meca.

Ahora, para nosotros, el vacío. Necesitamos llenarlo. Ese vacío peregrino, rockero, santificado y popular. Es justo y necesario.

 

(todos los fragmentos marcados con * son de “Olavarría”, crónica incompleta de Esteban Serrano)




EL TAXISTA GRACIOSO Y LAS MANOS ROSAS

La sospecha: Sobre contradicciones y prejuicios.
Por Ramiro Gallardo
Dibujos: Ramiro Gallardo

 

Sube al colectivo el ratero de siempre, a quien conozco, pero cambiado. Viejo y con anteojos. Es sábado por la noche, tarde, no es horario de laburo.

Lo observo. Dudo que sea él, pero miro sus manos.
Rosas.

Hinchadas.
Es él.

 

EL CHISTE DEL TAXISTA

Viajo en taxi, es de noche y el chofer tiene muchas ganas de hablar. Lo escucho, aunque preferiría que no me hablara, estoy cansado. Intervengo lo mínimo posible. Avanza por Loyola. Tema obligado, River‑Boca: el micro, la emboscada, las piedras, la policía, los salvajes. Frunzo el ceño. Asiento, más que nada para evitar una discusión a la que no tengo ganas de entrar. No vale la pena, pienso. Dobla en Malabia y agarra Corrientes. Suspiro por una porción de pizza de Pin‑Pun al cruzar Medrano, lo advierte.

–Excelente pizza– dice. –De lo mejor de la ciudad.

–En especial la de muzza. La fugazetta no es taaaan buena– respondo, y remato con pretensiones de experto y de poeta. –Para fugazetta la de la Mezzetta.

–Discrepo– indica con seriedad– demasiado boliche por esa zona. Mucho trasnochado. Justamente, en esa pizzería que usted menciona entra el otro día un tipo acompañado por dos señoritas y pide dos pizzas cuatro quesos. –¿Familiares?– pregunta el de la caja. –No, son putas, pero tienen hambre.

Miro por la ventana. No respondo. El taxista estalla de la risa.

–Ja ja ja, “son putas”, ¿entiende?– Relojea por el espejo retrovisor. Esquivo su mirada.

–Le cuento otro.

Mi silencio no parece amedrentarlo.

–Dice que un golfista llega al club y pide los servicios de un caddie. El de la administración le informa que ya salieron todos, entonces va y le ofrece uno de los nuevos caddie-robots, recién llegado de los Estados Unidos.

–Lo conozco– interrumpo. –Es un chiste racista, no me resulta nada gracioso.

–Tengo un amigo que lo cuenta, usted no sabe… Cómo me hace cagar de risa el hijo de puta[1].

Doblamos por Pueyrredón y avanzamos hacia Plaza Miserere.

–No comparto la ideología del chiste– insisto.

–Ah, bueno… usted es de los que defienden a todos estos…

No termina de cerrar la frase y señala a los vendedores ambulantes que dormitan cerca de la estación, en posiciones incómodas. Velan por la mercadería de sus puestos precarios, embalados a la espera de una nueva jornada.

–Bajo acá.

Falta bastante para llegar a mi casa, pero no estoy dispuesto a escuchar a este tipo. Tampoco tengo ganas de discutir, no me interesa. Mucho menos, quiero que siga marcando la maquinita: que su racismo le haga perder unos pesos, por lo menos.

En Plaza Miserere tomo el 168 para cubrir el resto de trayecto hasta mi casa.

manos-rosas-taxi

 

 

EL CARTERISTA DEL 37

Viajo hacia casa en un colectivo repleto. Sube un tipo, lo reconozco. Es el chorro aquel, con quien me crucé hace años y en varias ocasiones. Tres, para ser exacto. Ahora y después de tanto tiempo, una vez más…

La primera fue en el trayecto que recorre el 37 desde el Congreso hasta Las Heras. El tipo había subido en la parada que está cruzando Corrientes, sobre Callao. A esa altura, temprano, el Ramal 3 a Ciudad Universitaria va repleto. Recuerdo que se había parado al lado de una chica que llevaba un bolso y una maqueta, bastante incómoda. Relativamente cerca, detuve mi atención en él: su piel era de un rosa intenso y sus manos enormes. Los dedos parecían inyectados, inflados con algún líquido viscoso, como a punto de explotar. Resulta curioso que manos tan toscas sean la herramienta fundamental de un carterista aunque, en aquel momento, mientras lo observaba, todavía no sabía nada acerca de su oficio. Lo miraba con disimulo, probablemente atravesado por alguna intuición pero, sobre todo, atraído por el color de su piel. Así estaba, sumido en mis pensamientos, cuando veo que aquellas manos rústicas se mueven con agilidad sorprendente en dirección al bolso de la chica. Automáticamente, sin reflexionar y exagerando la voz, le pregunto si está buscando algo. No recuerdo su respuesta, incómoda. Sí que, pasados unos minutos, bajó, a la altura del Palacio Pizzurno. La chica de la maqueta no dijo nada.

La segunda vez fue en el colectivo 60. Pasaron tantos años que me resulta imposible afirmar si llegó a concretar algún robo. Creo que no. En mi fantasía de súper héroe, tengo el convencimiento de que mi tenacidad lo impidió. Esta vez iba acompañado por otro hombre rosa de manos hinchadas, algún pariente. Lo seguro es que este segundo personaje cubría al primero de mi mirada, resueltamente posada sobre él. Intencionalmente, como quien dice “te estoy mirando”. Creo que se bajaron, sin más.

Contra cualquier estadística razonable, a las dos semanas volví a verlo. Otra vez en el 37, hacia Ciudad Universitaria. ¿Se trataba acaso de un escenario conveniente para sus quehaceres? Resulta muy probable, dado el apretujamiento habitual de esa línea entre las 8 y las 9 de la mañana, sumado a las maquetas de los chicos que van a arquitectura. En esta ocasión yo iba sentado, en la segunda o tercera fila, del lado de la ventana. Repitiendo el proceder que ya le había visto, se para cerca de una estudiante cargada de bolsas y carpetas. Anticipándome a lo siguiente, y sin enfrentarlo, la llamo y le ofrezco mi asiento. Ella, un poco sorprendida ante este rapto de repentina caballerosidad, acepta. El Señor Rosa me clava la mirada. Sin decir una palabra se acerca hasta el chofer y le pide que lo deje ahí mismo, sin llegar a la parada. Cruzábamos Córdoba. Baja los dos primeros peldaños y frena en seco.

–La próxima vez, te clavo– me dice desde el último escalón. –¿Me escuchaste?

Algo alcanzo a responder, sobrando un poco la situación, ocultando mi nerviosismo. Los pasajeros observan sin comprender lo que sucede.

manos-rosas-colectivo

 

 

EL CHISTOSO ROSA DEL 168

El 168 avanza hacia mi barrio. Muy atrás en mis pensamientos quedó el taxista: no puedo despegar la mirada del ratero rosa. Está avejentado, pero su piel mantiene el color intenso y sus dedos continúan igual de hinchados. Descubro un temblor en mi estómago; en mis hombros, un estremecimiento. Parece mentira, pasaron tantos años… No recuerdo haberme encontrado con ningún conocido más de dos veces en el bondi. ¿Será posible que a este tipo me lo cruce tanto? No puedo creerlo. Imagino que va a pasar algo. Lo miro con atención, aunque disimulo. No parece un chorro. ¿Quién “parece” un chorro?, me increpo. Dudo. ¿Será él,viajando como pasajero más? Seguramente. ¿Me habrá reconocido? Es poco probable.

Desde lejos, una chica joven le ofrece el asiento. Se ríe.

–¿Me viste cara de jubilado?– objeta con chispa, ironizando sobre sí mismo. Un tipo agradable. No es, definitivamente, aquel de hace años. Un carterista no puede ser un tipo simpático. Repito esta última frase para mis adentros, intento desmenuzarla. Mis reflexiones se ahogan en contradicciones de todo tipo, ¿me parezco al taxista? Estoy en falta. Debo redimirme conmigo mismo, en contra de mis prejuicios, de esta manía de catalogar a la gente, de encasillarla en un lugar a priori, de juzgarla sin conocerla. Para sacarme de una vez este temblor, esta sospecha que me incomoda, me sumo a su comentario:

–¡Te jubilaron antes de tiempo, che!

Subrayo el “che”, quiero parecer simpático. Responde algo divertido y pienso en lo mal pensado que soy.

El viaje prosigue. Ya sin la carga de suspicacias sobre mi espalda, me pierdo en mis pensamientos, divago sobre temas que nada tienen que ver con carteristas, dedos hinchados o pieles rosas. El bondi, el subte, el tren y la bici son lugares perfectos para viajar mentalmente, para eternizarse en divagaciones, para escribir historias imaginarias. Llegamos a avenida San Juan, es mi parada, bajo. Activo el micrófono de mi teléfono y grabo parte de este relato. Camino un par de cuadras, vuelvo a reírme de mis prejuicios.

Instintivamente, me llevo la mano al bolsillo trasero.

.
[1] El chiste en cuestión puede encontrarse, en versiones más o menos parecidas, en muchas webs, e incluso en youtube, relatado por algún gracioso y festejado, con gran alboroto, por grupos de amigos alrededor de una parrilla: Va un golfista a un club en el Gran Buenos Aires, estaba de vacaciones. Pide los servicios de un caddie. En la Administración le dicen que ya salieron todos a la cancha y no queda ninguno disponible, pero pueden ofrecerle uno de los caddie-robots que trajeron recientemente de USA.
El golfista no tiene conocimiento de su existencia pero, como no acostumbra a jugar sin caddie, lo acepta. Le traen un robot color plateado y sale a la cancha.
En el tee del primer hoyo, el robot le indica hierro 9, tomándola de abajo, con comba hacia la izquierda, pasando por sobre la copa de los árboles. El hombre lo mira desconfiado, pero le hace caso. Tira, mete un hoyo en uno. Grita de alegría. A partir de entonces, en cada hoyo, el robot le da indicaciones y el golfista va haciendo las mejores jugadas que recuerda de toda su carrera. Termina la vuelta con varios golpes bajo el par de la cancha y vuelve eufórico al club house. Alaba al robot y paga la vuelta de whisky, como es habitual.
Tras varios meses vuelve al club, ansioso por jugar con la asistencia de uno de los robots, pero el encargado le dice que, lamentablemente, los tuvieron que sacar, ya que en paralelo a la cancha de golf corre una autopista. Como los robots eran de color plateado, reflejaban el sol y encandilaban a los automovilistas. A raíz de ello se habían producido varios accidentes.
Al escuchar el relato, el golfista estalla de furia: –Pero, ¡pedazo de inútiles! ¿Por qué no los pintaron de negro?
A lo que el encargado del club le contesta: –Sí, claro, es lo que hicimos en un primer momento, pero surgieron complicaciones.
–¿Cuáles?– pregunta el golfista.
El encargado le responde: –primero empezaron a llegar tarde, después a faltar, luego pedían descansar cada 6 hoyos y no trabajar más de 6 horas diarias, consideraban que era trabajo insalubre ya que se desarrollaba a la intemperie. Francos compensatorios por los sábados y domingos que les tocaba trabajar, vacaciones y, finalmente, formaron un sindicato y nombraron un delegado con licencia gremial.




JUANA

Los exilios: sobre una historia toda al medio.

Por María Calvete y Ramiro Gallardo.

Fotografías: Tomás García Puente.

Y es la pregunta del extranjero -de la extranjera. Esas lágrimas ¿quién las ha visto alguna vez?”

“La hospitalidad”, Jacques Derrida.

Dos días antes de la entrevista, Juana nos envió un audio por watsapp: Hola, buen día. Estuve pensando de lo que vamos a escribir. Creo que mi historia no… yo… para mí no está tan cerrada, recién empiezo el estudio bíblico, estoy en segundo año, y mi casa no está terminada taaan bien. O sea, creo que está todo al medio. Algunas cosas  no… Tal vez más para allá me gustaría hacerla, pero parece que estoy toda al medio. Me di cuenta de eso… A mí me gustaría esperar, qué sé yo, tres cinco años, para hacerla, porque siempre una historia termina con un final más o menos tranquilo,… Pensalo vos, eh… Bueno, si quieres sacar fotos a mi casa la puedes sacar, no hay problema. Bueno, eso te quería decir. Después me escribís. Chau, un beso.

Juana Guanto nació en La Paz, en el Alto, en 1968. Vino a Buenos Aires con 16 años. Vive en su casa de Villa Lugano. Trabaja como empleada doméstica. Tiene un hijo que se llama Jonathan.

Juana 02

 

UNA HISTORIA AL MEDIO

¿Por qué viniste a la Argentina?

Yo había quedado sin mi padre, mis padres no estaban juntos. Mi madre se embarazó muy joven y no la aceptaban los padres de mi padre. Me crié sola con la abuela, y con mi madre. Después, mi madre se hizo de pareja, se casó con uno nuevo que era muy maltratador. Yo quería huir de ese plano. Entonces, conocí a una señora que venía acá y necesitaba a una chica para cuidar a un niño. Me agarré a eso para salir de la situación, pero finalmente mi mamá se viene, se vienen los dos. Fue una liberación. Me quedé con mi hermanita muy chica, de nueve años. A mi padre no lo veía. Vivía. Después sí lo vi, cuando se vino mi mamá. Charlamos, todo eso, pero…

¿Estaba tu abuela también?

No, ya había fallecido hacía tres años. En la casa de mi abuela no había nadie, estábamos nosotras dos. Yo y mi hermanita, Irene.

La historia de Juana es parecida a la de muchos inmigrantes y también a ninguna. Una epopeya garabateada.

“¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla 
China?[1]

¿Cómo hacías para cuidar a Irene?, ¿trabajabas?

Trabajaba.

¿Irene se quedaba sola?

Le dejaba sola, o iba a la escuela.

¿Tu papá se conectó con vos?

Sí, pero tenía hecha otra familia. Igual, tuvimos diálogoEn un momento decidí mandarla a Irene acá. Porque me di cuenta, a los días que pasaban, que el asunto de asumir una nena no era tan sencillo. Cuidarla, tratarla, llevarla al médico, todo eso. Así que la mandé, y acá Carmen la recibió.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que la mandaste a la Argentina?

Un año.

Hiciste de madre durante un año.

Sí. No había otra salida, porque no teníamos nadie.

Una vez que se fue Irene, ¿cuánto tiempo más te quedaste?

Me quedé un año más. Después, volvió Irene y contó que era lindo, y yo vine a ver. Yo vine a ver, no a quedarme. Y me gustó. Me quedé para tres meses, me quedé para seis meses, me quedé para un año… y hasta hoy.

¿Por qué regresó Irene a La Paz?

Había vuelto para quedarse, y yo dije que no. No. Ya entonces me había dado cuenta de que la madre tenía que ser responsable de la niña, yo no. Entonces traté de acompañarla hasta acá, y fue así que me quedé.

 

DESTIERRO

¿Qué te gustó de la Argentina?

Me gustó el trabajo en realidad.

¿Y la ciudad?                                                          

Sí. La gente era muy cálida y vi que acá se podía preparar un poco más. Como para estudiar. Había posibilidades de salida de laburo también, había… cómo se llama… textil. Yo trabajé con los coreanos unos años, y así fueron pasando los años y dejé cuando tuve a mi niño. Y volví a trabajar en casas de familia. El primer trabajo que tuve cuando vine a la Argentina fue en casa de familia, con la mamá de Ramiro.

Destierro. Estar en suspenso. Ser es estar, si no estás no sos. Construir una casa desde cero.

En Bolivia, ¿cómo estaba la situación en ese momento?

Era dura. Hoy hay tantas atenciones como acá… pero antes no había. Había niños que trabajaban desde los siete años. Yo no pude estudiar porque tenía que cuidar a mi hermanita. Dejé a los 10 años y nunca más, y empecé a trabajar hasta ahora.

Acá encontraste posibilidades, formaste una vida nueva. ¿Qué dejaste allá?

Extraño. Como toda persona, su país. La gente que dejé. Cuando volví, yo ya no estaba en los planes de ellos. También inmigraron algunos parientes. Fue así: tengo mi familia acá, y sigo para adelante.

¿Dejaste amigos?

Ah, sí. Dejé el novio (risas). Estuve en contacto, si no me equivoco, 9 años. Volví, lo charlamos y la situación no daba más. Yo tenía a mi familia acá, él tenía el trabajo allá, tenía un trabajo seguro. No quería que lo perdiera. Así que dejé. Yo ya tenía a mi chico

¿Alguna vez él te dijo que fueras para allá?

Sí. Pero yo también tenía a la gente instalada acá, la nueva amistad, todo eso. Mi hermana que estaba acá, mi madre… Y bueno, quedé acá.

Construir un lugar propio en otro lugar.

¿Imaginaste volver alguna vez?

No. Hoy ya no tengo planes. Porque yo asisto a la Iglesia Evangélica y vivo día a día. Planes ya no hago, uno hace planes y no salen tal como quieres.

Juana 03

 

MISIONERA

¿Cómo llegaste a la Iglesia?

Hace cinco años. Llegué una vez que había una prédica en la calle. Yo estaba pasando un mal momento, ¡tan mal! Pero Dios te busca de alguna manera. Encontré un refugio ahí y me siento feliz. Me contienen. La verdad, me siento más que en mi casa.

¿También te estás formando?

Sí, como misionera.

Misionera… ¿qué significa?

Llevar la palabra de Dios, ir a donde los más necesitados, escuchar a la otra persona, acompañarlo en sus circunstancias… eso. Eso me motiva más. Los sábados voy a cocinar para los jóvenes, a la iglesia. Para los chicos que hacen reuniones, planificaciones.

Para vos la iglesia fue encontrar un nuevo universo, no es solamente creer en Dios…

No, es prepararse… hay chicas que se están preparando para maestra jardinera, los que no han terminado la primaria terminaron acá. Y los que no han terminado la secundaria también terminaron, y se recibieron de enfermería, optaron por la medicina y hoy trabajan.

 

EXILIO

¿Pensás que sos exiliada?

No.

¿Qué idea tenes sobre el exilio?

No… No entiendo eso. Perdón.

Pensamos una entrevista sobre el exilio. Juana no sabe qué es el exilio.

Exiliado es alguien que se va de su país obligado por determinadas circunstancias.

Vine acá impulsada por la situación económica, pero de la familia también. Las dos cosas. Era un momento económico crítico también.

Todo exilio es político.

¿Te costó venir?

Sí, sí. Era una ciudad grande, Bolivia no es tan grande. Donde yo vivía era más chico, acá la gente vivía más acelerada. Me costó un poco.

¿Te generaba angustia?

Sí, un poco de angustia, porque extrañaba a mi gente. Realmente, sí.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que volviste a Bolivia?

Dos años.

¿Hay algo en especial que te gustara de allá?

La casa de mi abuela. La de mi abuela querida, fue mi hogar, mi patria. Hubiera hecho de ella un lugar para vivir…

Hay ritos, celebraciones, diferentes… ¿Celebrás la Pacha Mama?

Celebraba. Allá sí, porque era una costumbre, yo veía de que era normal, pero hoy ya no.

¿Por qué dejaste esas creencias de lado?

Es una creencia pagana. Yo lo veo así.

 

JONATHAN

¿Seguís hablando aymara?

Sí. Y a mi hijo le hablo. Alguna vez yo pienso que va a ir allá y la va a tener que usar.

¿Habla bien?

Entiende. No habla perfecto, pero sabe.

¿Con la gente de tu comunidad hablan en aymara?

Sí.

¿Querés contarnos algo de tu hijo?

Está estudiando. Tengo que apoyarlo. En un momento se perdía, quería ser arquitecto sí o sí. Cuando entró a la secundaria, hizo la técnica y después dijo que iba a darse un año sabático. Y bueno, se lo dio, porque nunca repitió. Entonces lo contrataron los arquitectos, en un trabajo grande, y en un momento dijo “no voy a estudiar porque yo tengo mi obra social, y voy a seguir ahí”. Y dejó dos años. Y bueno, la empresa quebró con el gobierno este, ¿vio? Así que quedó sin laburo, tuvo que retomar. Ahora está estudiando…Los dos primeros años no pudo entrar y el tercer año sí, entró. Al profesorado de educación física, del Estado. Entró entre los cincuenta primeros.

¿Está trabajando?

No, no está trabajando. Algunas veces, los domingos va a hacer una changarina, sí. Pero en estas fechas no, porque justo está rindiendo los exámenes, está en eso.

 

BOLIVIA

Dejar tu ciudad te habrá costado.

Me dolió dejar la casa de mi abuela. En un momento dije: ¿por qué en lo de mi abuela una casa, yo no me puse a hacer una casa esta? ¿Por qué, acá, la estoy haciendo?, me pregunté. Pero, bueno, se dieron las cosas así. Cuando tenía 16, decía que iba a hacer la casita ahí, pero en un momento mi madre también me había dicho que no era mía. Entonces dije, no es mío, es verdad, no es mío.

¿Y qué te gusta de Buenos Aires?

La gente amable. Eso me gusta.

Hace un rato dijiste que, al venir, veías oportunidades de trabajo, de estudio, que no había en Bolivia, aunque ahora sí. ¿Cómo ves la situación política actual, en Argentina y en Bolivia?

Y, está bueno. Yo estoy muy agradecida al Presidente de Bolivia, Evo Morales. Estando acá me eligieron para una mesa electoral para elecciones en Bolivia, ¡y me sentí tan bien! Eso no pasaba antes. Por primera vez pude votar, después tantos años que no había votado en mi país, porque vine muy joven, muy chica. Estoy muy agradecida a Evo Morales. Tantos políticos que hacen el mal y él veo que ha hecho varias cosas buenas. Allá no se podían preparar los jóvenes, no tenían esa posibilidad, ahora la tienen….Como líder indígena de Bolivia, sé a qué se parece la exclusión. Antes de 1952, a mi pueblo no se le permitía ni siquiera entrar en las principales plazas de las ciudades, y casi no había políticos en el Gobierno hasta finales de 1990.

¿Sigue viniendo gente? Los que están acá, ¿cómo los reciben?

Sigue viniendo gente, tanto no. Le damos una mano. Vino un chico, a un hijo boliviano, inmigró a España y, de España volvió a Bolivia y vino acá, donde no tenía a nadie. Yo lo encontré en la calle y me lo traje, porque había pasado muchas cosas malas. Los padres se separaron en España y él se fue a la droga. ¡Y estaba tan mal! Y con la palabra de Dios, cambió la manera de vivir. Trabajó en Once, en una fábrica textil, y ahora se fue a Brasil, tiene su familia. Estaba acá porque no tenía a nadie, a nadie. Y yo dije, bueno, yo siempre había dicho a Dios que si alguien va a venir, voy a dar la parte esta (señala el espacio de su casa). Entonces fue así, le di la parte esta y yo fui abajo.

Carmen vive adelante. Irene construyó al fondo, más allá de la huerta y el árbol de palta. La casa de Juana, en el medio del lote, es sólida y prolija. La construyó de cero. Le costó sudor, esfuerzo, años de trabajo. La hizo de dos plantas, para que su hijo viviese arriba cuando fuera mayor. Pero, al final, ella se quedó con la planta superior. Juana no necesita tanto espacio. Se arregla.

Toda una decisión la de traer a este chico a vivir a tu casa. ¿Cómo se lo tomó Jonathan?

Bien, porque yo siempre dije: la casa de arriba era de él, habíamos pensado eso originalmente. Pero después no, él estudia, trae… necesita la cocina… entonces yo dije: vivo en mi trabajo, yo no necesito tantas cosas.

¡Tuvo suerte este muchacho de encontrarse con vos en la calle!

No, fue muy amoroso el chico, fue amoroso. Fue a la iglesia… Él me contó las verdades, que no quería ver con vida al padre… le dejó en España, en esa época que pasó allá, tan mal… y durmió en la calle, en cartones, y tocó el fondo. Y se rehabilitó. Hoy por hoy, es un muchacho, de lo que dicen, no se puede creer. Y él siempre dice que uno tiene que poner voluntad para cambiar.

Juana 05

 

TERMINAR MI HISTORIA

Tengo una pregunta más vinculada a tu mensaje del otro día, que proponía esperar para tener esta charla…

Juana nos cuenta su historia al medio. Es un deseo contar-nos su historia completa. Aunque tarde días, tres, cinco años. Quizá. Se trata de un tiempo, otro, por fuera de la inmediatez. Nos habla de su vida, de su porvenir.

Sí, con María un día lo hablábamos. Le digo: María, a mí me gustaría hacer mi historia. Pero viste, desde chica, cómo fue mi mamá… mi mamá fue adoptada, no tuvo a su padre de crianza, entonces desde ahí… Y que mi hijo se reciba en el profesorado. Y yo también, terminar el seminario, trabajando con chicas jóvenes que tienen el hijo y, hoy por hoy, viven en la iglesia. Cuando consiguen el laburo, van saliendo. Otros, a través del matrimonio. Es muy lindo que el pastor las ayude para llevar la familia adelante. Algunos tienen un negocio por el centro, todo eso les dan… cómo lo puedo decir: los preparan. Terminar mi historia, a eso me refería con el mensaje, que mi hijo se reciba y yo haya terminado el seminario. Esa fue la historia.

Me encanta tener esta charla, Juani, te conozco hace años. María es más charleta, te conoce más, pero yo soy más duro, así que… mirá qué lindo.

Escuchar la vida de otra persona.

 

[1] Fragmento de Preguntas de un obrero que lee, Bertolt Brecht.




TOTEM. INVENTO ARGENTINO.

El cuerpo: sobre seguridades, aparatos y un poco de amor.

Por Ramiro Gallardo

Fotografías: Rodrigo Abd

 

Max_HeadroomA finales de los años 80, en pleno auge del videoclip, se estrenaba Max Headroom, una serie futurista de estética cyberpunk. En un contexto donde la información es manipulada por grandes corporaciones y la calle lugar de criminales e indigentes, la gente con cierto poder adquisitivo se refugia en edificios importantes. Los 14 capítulos emitidos mostraban tecnologías de avanzada como el seguimiento por satélite, cámaras activadas por control remoto y redes cibernéticas. El protagonista, una imagen digital con gafas de sol y peinado a la gomina, interactuaba desde la pantalla de una computadora enmarcada por una caja metálica. Canchero, rápido, irreverente, sintetizaba una visión posible de futuro. Cuenta Rocky Morton, el director de la película previa a la serie, que las pruebas con animación 2D, títeres de tela y títeres de goma fueron un fracaso. Así, terminaron por convocar un actor. El resultado final fue alcanzado con sesiones de maquillaje, iluminación y efectos de sonido. Hoy sería mucho más fácil, la tecnología permite hacer casi cualquier cosa. Sin ir más lejos, acá mismo, en la Argentina, hemos inventado el Tótem.

 

PRIMERA SALIDA. TÓTEM.

Totem_02

Rodrigo Abd hace foco e invade el hall vidriado con su lente enorme. Es temprano. Sale el encargado.

-¿Qué hacés, pibe?
-Hola. Soy fotógrafo. Estoy haciendo un reportaje sobre estas cosas, este… las pantallas…
-¡Ah, el Tótem!

 

SEGUNDA SALIDA. PROXIMIDAD, INCOMODIDAD, SIRENA. FUTURO.

Totem_03

El primer hallazgo es en un edificio de esos, de los que ya quedan pocos, donde uno puede entrar a un espacio semi-público sin necesidad de trasponer ninguna reja. Del otro lado del vidrio una mujer nos mira, o mejor dicho: la imagen de una mujer nos mira desde una pantalla. Se la nota incómoda. Mi primo Rodrigo, el fotógrafo que me propuso esta salida clase B, se acerca de manera obscena. Cierra un ojo, hace foco, saca una foto, dos, diez. Busca otro ángulo, la luz, un reflejo. Discutimos la toma, ¿mejor más de cerca? Que se vea el escritorio vacío, la mesita, la reproducción del cuadro de Quinquela Martín. Confieso que también me siento raro ejerciendo esta cercanía, me escudo detrás de mi cuaderno  e intento aparentar profesionalismo. La mujer se cansa, o se enoja, o se avergüenza. Coloca su mano frente a la cámara.

Una mano gigante ocupa todo el espacio de la pantalla.

¿Se le habría podido ocurrir a un autor de ciencia ficción futurista, en el pasado, semejante tecnología? ¿Qué muestra este invento del futuro que llegó hace rato?: un guardia de seguridad. Un tipo que está para intimidar a los ladrones logra, de alguna manera, su propósito. Mete miedo. Te quiero ver ahí, llegás medio distraído a tu casa, y te encontrás con semejante jeta. De yapa, está fuera de escala, mínimamente agigantada.

Si este artificio perdura en el tiempo ¿qué tipo de relaciones nuevas aparecerán? ¿Amistades entre tótems y vecinos, acaso? ¿Historias de amor? ¿Cómo competirán las empresas que ofrecen el mismo servicio? Tótem con forma humana, no más toscas pantallas con sirena. Tótem táctil. Tótem en tu teléfono móvil. Tótem que rota sobre su eje, 180 grados, abarca un espectro más amplio, saluda cuando entrás y te despide cuando subís al ascensor. Tótem temático, podés elegir el tipo de guardia, cómo va vestido, corte de pelo, máscara Darth Vader. Perro guardián tótem con forma de perro guardián.

Totem_estacionamiento

Rodrigo propone quedarnos unos diez o quince minutos en cada sitio. No hay mucho que registrar, los escenarios son demasiado estáticos. Sin embargo, pasa el tiempo y comenzamos a percibir algunas cosas. La cara en la pantalla conversa con alguien, saluda, sonríe. Una persona camina por detrás de la cara. Una cara es relevada por otra, en el interín se descubren cuerpos que antes no estaban, movimientos inesperados, instantes de vacío y el respaldo de una silla. Auriculares. Miradas de reojo. Manos fuera de escala una y otra vez. Unas cuántas horas de registros y se repiten las caras, la de 11 de Septiembre es la misma que la de Seguí, la mina de Melo estaba en Belgrano, a este tipo con cara de Bull Dog de Recoleta lo vimos cerca de la cancha de Racing. Mis notas son tan insípidas como las fotos.

Mina muy incómoda. El auto nunca entró. El guardia más relajado sonríe, nos mira de reojo y habla con alguien, ¿con quién? Saludó a alguien, le sonrió y charló, probablemente a algún vecino de otro edificio. Salen vecinos, Rodrigo les explica, la mujer vovió y se metió rápido en el ascensor. Rodrigo ya la conoce, entra un vecino, charla, mano, el vecino llama por teléfono. Cambio de guardia, el cuerpo se agranda y se achica. Tapa la pantalla con la mano, ¡sirena! ¡Sirena!, pero sólo la luz, de nuevo con sirena. Nos encontramos con Isabel y mi mamá, “tiene una cara de Bull Dog, pobrecito”. ¿Para qué le habrán puesto a Norma una máquina de café? Charla sobre Burman y Lucrecia Martel con Isa y con mamá. Volvemos a Melo. ¿Es la de Melo?, sonríe. ¡Sirena!
Billingurst. Otra empresa. Más cuerpo, más chica la escala. Parlantes que parecen orejas. Encargado. Se esconde. Rodrigo saca a través del espejo y el tipo se ríe, saluda. Vecinos entran y salen. Una chica pregunta: ¿pasa algo?
French. Pasan bicis. El encargado saca la basura. Anécdota de la mudanza: el Tótem llamó a la policía. Un chico juega con una pelotita.
French. Foto de cerca. De espaldas. Rodrigo intenta una foto abstracta. Sale fantasmagórica. Madre e hija suben al ascensor.
Libertador. Foto entre las plantas. Olor a veneno para hormigas. Hace sonar la sirena y con mímica dice fotos no. La mano gigante. El dedito hace “no”.

Caminamos hasta la plaza Vicente López y Planes. Suponemos que dando un rodeo encontraremos de a montones, pero no hay ninguno. Sobre Juncal, un agraciado hall pulcro y transparente, elevado un metro por sobre el nivel de la vereda, nos regala un buen ejemplar. Subimos los cinco escalones de la entrada y observamos de cerca. Discutimos. Que el espejo, que la lámpara, que la situación de living, que mejor darle un carácter más urbano. Del otro lado, la cara nos observa. ¿Estará escuchando? La tenemos a pocos metros y, como es algo más grande que una cabeza normal, da la sensación de estar aún más cerca. Tenemos algo que se asemeja a una intimidad, aunque apenas nos saludamos: ellos no contestan (¡qué maleducados!). Son casi las dos de la madrugada, hace rato que me deshice del pudor inicial. Ya no me intimida pensar en la persona del otro lado de la pantalla. No toma mate, no conversa, no fuma, no mastica chicle, no pestañea.

Totem_05Pienso: no soy el único que se amoldó a esta situación de proximidad extraña. Del otro lado, los tótems nos ven emerger en distintas pantallas. ¿Adivinarán por cuál vamos a asomarnos? Somos Droopy, ¡podemos aparecer por cualquier lado! Control, divisamos otra vez a los masculinos. Asunto: fotógrafo en contratos. Sujeto 1 porta cámara Nikon. Sujeto 2 porta cuadernillo con tapa de “Alicia en el país de las maravillas”. Ambos masculinos portan barba. Barbudos, sí. Procedan con la sirena. ¿Otra vez? Ya hace rato suena en cada edificio que visitamos; a veces gira muda, sólo la luz. Será porque es tarde, no querrán despertar a los vecinos con tanto barullo, digo yo. Rodrigo intenta captar el ambiente teatral (¿o bolichero?) que aporta el farol giratorio. Cuánta tecnología. Es como estar con el Súper Agente 86, o adentro de una película futurista de los años 50. Robot Monster. La luz naranja se multiplica en los espejos, tiñe de color las pantallas de tela de las lámparas, suaviza el terciopelo de los sillones. Quisiera poder escribir sobre una viejita simpática y solitaria mientras charla con el tótem de su edificio, el señor de saco y corbata que lo saluda con la mano izquierda en alto, dos chicos traviesos pegan una nariz de payaso en la pantalla, una pareja se besa y se descubre observada. Logramos unas sirenas, algo es algo. Nos vamos contentos.

Espero ansioso la salida de mañana. Tenemos planeada una entrevista…

 

TERCERA SALIDA. ENTREVISTAS.

Nos recibe Carlos, en su edificio hay uno de estos aparatos. Así los llama. Una vez una mujer se quedó encerrada en el ascensor, vinieron los bomberos. El aparato no pudo ayudarla. Charlamos un rato y bajamos al hall, Carlos se para frente al Tótem. Te quiero presentar a unos amigos… pero el aparato no tiene ganas de charlar con nosotros. Más aun, reclama una autorización del consorcio. Carlos se enoja, este es su edificio y puede sacar fotos, filmar o rajarse un pedo. No, yo estoy acá, vivo acá, por lo tanto puedo filmar y… es libre esto. Es democrático. Abre un poco las manos, como para que se entienda a qué se refiere con “esto”. El Tótem responde: Tiene que estar autorizado por Prosegur… ¿A que yo hable? interrumpe Carlos, indignado. ¿A que yo hable? repite con énfasis. Me podés contestar o no me podés contestar, pero yo soy libre de hablar en este lugar, es un espacio del edificio donde yo vivo. Bueno, no entremos en polémica, simplemente quería presentarlos.

El aire es libre, falta que diga.

Me he dado cuenta con el tiempo de que ya la gente lo incorporó. Es  un simple aparato que no sé si custodia, está ahí, mira, hay un observador.
El día a día de la gente es el pasar. Lo difícil, lo extraño, es el silencio del fin de semana, a la noche, y encontrarte con una voz en la penumbra. (Risas).
Me gustan más los contactos humanos. Esta relación, con un aparato, no es buena para mí.

Totem_06

Inesperadamente, a unas cuadras logramos nuestra segunda entrevista. Tomás, sentado en una escalera con su caniche, es vecino. Alguna vez pensó también en una serie de fotos de Tótems. ¿Molesto? ¿Qué es, un retrato? Ah, sí, la pantalla, ¡a lo que hemos llegado! Increíble. Teníamos dos guardias de seguridad, una muy buena relación, de muchos años. De repente, de un día para el otro, nos cayeron con el nuevo sistema de seguridad. Señala al Tótem. Del otro lado, la cara de una mujer mira hacia lo alto. Yo no puedo creer esto, cómo pueden llegar a suplantar al humano por una máquina. Saluda al Tótem inclinando su cuerpo como para entrar en cámara, con ironía. Una vez quise sacarme una selfie y sonó la alarma. Te ponen la mano. Está indignado. En la pantalla, la cara enojadísima. Tomás mira a su mascota. Dale la patita. Risas.

Un encargado saca la basura. Charla con el Tótem. Mira de reojo. Otro se esconde detrás del aparato. Regresamos a Libertador, el Tótem a la izquierda, el encargado sentado en su escritorio mal iluminado. Rodrigo saca fotos entre las plantas, intenta lograr una trama de sombras y de hojas. Una voz nos increpa desde algún parlante. No está permitido sacar fotos. ¡Mierda, creímos que sólo podían hablar y escuchar adentro del hall! Un escalofrío recorre mi columna vertebral, acomodo el cuello de mi remera, me acerco hasta la puerta de entrada. La voz sale del parlante del portero eléctrico, es el encargado: los vi anoche a ustedes, no tiene permiso para sacar fotos. No se preocupe, señor, estamos haciendo un reportaje sobre los sistemas de seguridad.

Totem_07

Caminamos por la zona de la Biblioteca Nacional, clase pudiente, no hay Tótems. Un gran hall vidriado nos devuelve la escena de una reunión de consorcio. ¿Cómo sería con el Tótem al lado? Días más tarde charlamos en familia, surgen escenas imaginadas, preguntas, digresiones. Es invento argentino, lo chequeamos. El colectivo, la birome, la identificación de personas por sus huellas dactilares. El Tótem. Me quedo con el dulce de leche. ¿Qué nos dice de nosotros mismos, como sociedad? La pregunta queda flotando en el aire. ¿Es un producto local?, ¿latinoamericano? Que sea argentino, ¿indica algo o se trata de puro y simple azar? Es un invento de y para la clase media, abunda por estos pagos. Tía Norma tuvo uno en su edificio, en la calle Peña. Algunos vecinos protestaron y finalmente lo desconectaron.

¿Siente algo cuando lo desenchufan?

La decisión fue tomada tras una reunión entre propietarios, en el hall. Estaban quienes querían conservarlo, resulta más barato que un guardia. Además, si algo sucediera –Dios no lo permita– el vigilante está a resguardo. Es una pantalla, nada puede sucederle. Del otro lado, quienes objetan lo impersonal, la vigilancia desmedida, la excesiva automatización. La aparatización. El Tótem escucha el debate sin tomar parte. No tiene voto. No firma el acta. Xime, mi prima, indignada: Pero cómo, ¿no lo apagaron durante la reunión?

Totem_08

 

OJO DE HALCÓN. ALEPH DE TÓTEMS.

Rodrigo está trabajando, yo escribo por amor al arte. ¡Van demasiadas horas por este amor! Un placer las derivas nocturnas, los encargados, las manos gigantescas, las sirenas, los livings con sus sillones y sus cuadros y sus plantas y sus lámparas. Ir hasta la central de Pro-Segur es otra cosa. Además, ya avisaron que no van a dejarnos entrar a la Central de Monitoreo. Andá vos, Lilo, después me contás.

¿Un Tótem vigila en Pro-Segur? Le dicen Tótem, los encargados, sí. Ja. Es el Ojo de Halcón. ¿Hay otra central que vigila centrales? Una cadena borgiana de Tótems y salas y nuevos Tótems y nuevas salas…

Totem_09

Lo primero: nos tienen fichados. No entendíamos qué hacían esos dos tipos, meta sacar fotos y escribiendo en una libretita. Rodrigo descubre que estamos escrachados, tienen registros nuestros en cada hall que visitamos. También hay historias. Un pibe autista en el hall de un edificio, la puerta está abierta, va a salir a la calle solo. El Tótem lo ve y le da charla, alguna vez oyó que estos chicos sienten cierta atracción por las pantallas. La mamá regresa a tiempo, el pibe está ahí. Para el 24 de diciembre, vecinos lo adornan con motivos navideños. Unos chicos no tan chicos llegan de madrugada, un tanto alegres. Bailan frente al aparato, se abrazan, uno se baja los pantalones y muestra el culo. El escritorio vacío contempla el ridículo acto, ¿al guardia le hubieran brindado ese espectáculo? La cara pudorosa desvía la mirada.

Qué bajón, ¡quiero estar ahí!: Rodrigo entra a la Central de Monitoreo. Comprueba, de entrada, que las caras pertenecen a personas reales. ¡Despejamos así las inquietudes de alguno de nuestros queridos lectores! Efectivamente, se mueven, están vivas. Sonríen. Hablan. Saludan a algún remoto vecino moviendo la mano frente a la cámara. Una mano , otra mano, otra, conversaciones superpuestas en una burbuja de silencio, cientos de vecinos del otro lado, pantallitas chiquitas adentro de otra más grande adentro de la cámara de mi primo. ¿Cómo te fue en el colegio? ¿Llegó bien? Hola. Me alegro. Sí. Hola. Muchas gracias. Hola. ¿Cómo está? Hola. Hola. Sí.

Hay una historia, la que quiero contar, la imaginé para un cuento. Había una vez… Se generan todo tipo de situaciones en el día a día, en el vínculo de nuestro vigilador, u operador, con los clientes. Tenemos que pensar que ellos velan por su seguridad, por su vida. Hay cierto rol de protección también. Y la cotidianeidad ha generado, en algún que otro caso, que un cliente ha invitado a cenar a una de nuestras operadoras, para agradecerle el gesto de cuidarlo. Le ha consultado a qué horario terminaba su turno para invitarla a cenar. Ya está, valieron la pena todas las salidas, las fotos, las notas, las largas horas de caminata nocturna. ¿Puedo hablar con esa chica? pregunta Rodrigo. No, no trabaja más acá. Se impone una imagen ingrata, probablemente injusta: la piba salió con el vecino y la echaron. Quisiera entrevistarla, saber cómo les fue. ¿Se besaron a través de la pantalla?

Totem_04

 

UNA HISTORIA DE AMOR.

No tengo la entrevista. Podría intentar rastrear a esa chica. Si lo hago alguna vez, será arena para otro texto. Me conformo con pensar en el cuento que no voy a escribir. La chica en la pantalla, el cambio de caras cada cuarenta minutos, el vecino que intenta descifrar la rutina. Comienza a pasar “casualmente”, siempre que está ella. Una sonrisa. Una señal. Una breve conversación, la excitación, las ganas. ¿A qué hora salís? Te paso a buscar, ¿estás muy lejos de acá? Pero la relación no funciona, la atracción de los cuerpos es otra y esa relación se construyó de una manera diferente. Necesitan la pantalla, el aparato. Que suene la sirena cuando hacen el amor. Pasan los días y él evita los horarios en que ella trabaja. Sabe dónde están instaladas las cámaras, baja por la escalera en medias y espía a escondidas. Ella no puede verlo, pero imagina que él está del otro lado. No se anima a pedirle a sus compañeros que le cuenten si entró o salió, ahí todo es tan serio, tan sin charla. Además, algunas cuchichean. Mirala a esta, tan mosquita muerta, ¡no pierde el tiempo la muy turrita! El ansia crece a uno y otro lado de la pantalla, se transmite por redes invisibles, telepáticas, penetra en los cuerpos, hierve la sangre. Solo en su departamento, triste, no se la puede sacar de la cabeza. Es su horario, ella está ahí abajo, lo espera. Piensa. Y se levanta sobresaltado, excitado. Baja corriendo las escaleras, tiene la solución, esa misma noche pasa a buscarla a la salida del trabajo: la lleva a pasear por Costanera Norte, van a tomar un helado, escuchan música juntos, la invita a su casa. No es fácil, por la movilidad, pero el amor todo lo puede. Las ruedas atornilladas a la base del Tótem ayudan bastante.




STARSKY Y HUTCH

La Orfandad: Sobre dos camilleros que saben del oficio.

Por Ramiro Gallardo.

Dibujos: Gustavo Nielsen

 

Hace nueve años, un 29 de octubre, mi papá estaba internado en una clínica, muriéndose, aunque todavía no lo sabíamos. Pasadas las 12 de la noche logré que mi mamá fuera un rato a descansar a su casa. Llevaba demasiado tiempo ahí, junto a su marido, que no abría los ojos hacía más de veinticuatro horas. Costó convencerla, quería quedarse, así que decidí acompañarla. A la media hora de llegar al departamento de la calle Melo, sonó el teléfono: papá había muerto.

 

CALIDEZ Y RESPETO.

El momento del duelo dura poco, hay que cambiar el chip y enfrentar una serie de cuestiones. Inmediatamente. No hay tiempo, el velatorio va a ser ahí mismo, por la tarde. Un par de llamados y el tema familiar está finiquitado, los más íntimos podrán venir por la mañana, del cuerpo se encargan, por el momento, los de la clínica. Entonces, paños fríos y ponerse a organizar un montón de cosas, como en el cuento de Cortázar. Claro: de lo que no nos habla el bueno de Julio es de toda la parte burocrática, del certificado médico, de la cochería, de bla bla bla y de blu blu blu. Tu papá murió hace un par de horas y vos, a las tres de la mañana, te das cuenta de que no tenés la menor idea de lo que hay que hacer. Es la primera vez que se te muere tu papá. De yapa, el horario no acompaña, no da que llames por teléfono a algún tío con experiencia para que te aconseje, o a un amigo que haya pasado antes que vos por esta adversidad. La persona que tenés a tu lado es quien la tiene más clara. Casualmente, es la esposa del reciente difunto, tampoco pareciera conveniente pedirle que te dé una mano.

Se nos ocurre ir a la casa de sepelios más próxima, la que siempre estuvo ahí, en la esquina de Callao y Santa Fe, ¡incluso desde antes de que existiese esa misma esquina! Como buen porteño, habitualmente uno comenta lo maravilloso de la avenida Corrientes, con sus teatros y sus librerías abiertas de par en par hasta altas horas de la madrugada, y se olvida de estos buenos lugares que atienden las 24 horas. Y cómo te atienden: una seriedad para aplaudir. Y ahí estamos, mamá y yo sentados, escritorio de por medio, frente a un experto en sepelios que te resuelve absolutamente todo: los papeles, el traslado, el agua de rosas, la cremación. Eso sí: tu precaria economía ese buen señor no te la soluciona.

-¿Y algo un poco más…? Digamos, eh, me refiero a…- Se te tuerce la lengua y las palabras no logran traspasar la barrera de los labios, inseguros. Una mirada de reojo con tu vieja y ya sabés que está de acuerdo, no hacía falta mirarla. Ok, muchas gracias, cualquier cosa lo llamamos. Gracias. Muchas gracias. Nomás volver, te descubrís con las páginas amarillas abiertas de par en par: llamás a otras casas, preguntás precios, pichuleás por los servicios funerarios para tu viejo que acaba de exhalar el último suspiro. Nadie te da un presupuesto por teléfono y van pasando los minutos, preciosos. El cuerpo no espera, hay que despachar el asunto. Aquella casa, sí, en la que velaron a Tío Osvaldo, ahí parecen serios. Y otra vez a la carga, en esta oportunidad, solo. Dejá mamá, no te preocupes, tranquila, yo me encargo. Apenas entrar, te das cuenta de que la pegaste, ¡esto seguro es mucho más barato! Pobre papá, pero él entendería. Los tipos son de diez, pura calidez y respeto, entienden todo: la situación por la que estás pasando, el dolor reciente, lo incómodo de tener que hablar de plata en un momento como éste. Por supuesto, señor, podemos ofrecerle una amplia gama de servicios, siempre, dentro de los parámetros que exige la dignidad. Se acuerdan el horario, la cantidad de coches para el traslado, los arreglos florales, y llega el momento de elegir el ataúd. El muestrario da cuenta de la diversidad de ofertas. Cajones variados, uno al lado del otro, prolijos y en orden decreciente. De izquierda a derecha, el último da un salto de calidad… hacia el abismo. Casi casi que está hecho con cajones de esos que pedís en la verdulería para el asado. Total, pensás: si lo vamos a cremar… Pero ese féretro destartalado está ahí para frenarte, tanto no, no podés ser tan miserable. A mamá no le va a gustar. Ese es el límite. Un sarcófago más arriba, muy buena elección, señor, sobria pero digna.

Starsky-y-Hutch-02
dibujo de Gustavo Nielsen

Amanece. Con la satisfacción del deber cumplido regreso a mi función de hijo acompañante, ya habrá tiempo para llorar más tarde. Listo mamá, todo solucionado, podemos dedicarnos a llorar, pero suena el portero eléctrico. Es la ambulancia, papá está abajo. Los papeles, todos en orden: los de la casa de sepelios hicieron la tarea. Bien. Yo me ocupo de todo, mami, vos esperá acá. Bajo.

 

PARA MORIRSE DE LA RISA.

Reunión de primos en casa de Flor. Vino mi hermana, la que vive en Granada. No nos vemos desde la muerte de papá. Los recuerdos invaden la escena. Una conversación oída a medias entre la abuela Sarita y la tía Nelly. Ladrillos que forman cuadrados en el solado de la Avenida 3. El televisor marrón adentro del mueble adentro del cuarto al lado de la pieza de servicio. El perro que cae desde el balcón del sexto piso, suena el timbre, el encargado del edificio de al lado y el hilo de sangre. Mi papá llega en la camilla a las siete de la mañana, está muerto, lo traen dos capos camilleros, re-capos.

Lo bajan de la ambulancia, viene acostado en una camilla. Así como está, no van a poder meterlo en el ascensor. Por suerte traen una silla de ruedas plegadiza, la abren. Los miro trabajar, admiro la serenidad con la que se mueven. Su templanza, incluso su displicencia, me da confianza. Saben. Para ellos esto es algo de todos los días, el pan nuestro de cada siete de la mañana, a pesar de lo cual pareciera que la cosa se les complica un poco: mi viejo se puso duro, ¡a vos te parece!, justo ahora. No hay manera de sentarlo en la silla de ruedas. Y mirá que los tipos empujan y empujan, pero no hay caso. Mi prima Ximena contiene la risa, mi hermana tiene los ojos abiertos como dos ciruelas a punto de explotar, los tipos saben, pero mi viejo está bien plantado. Como nunca lo vi. Plan B. Si fueran unos improvisados, no tendrían plan B, pero tienen plan B. Colchas. Un poco con olor a muerto, pero a mi viejo mucho no le importa, acaba de perder el olfato, se deja envolver. Es notable el despliegue, la maestría con que manejan las mantas y, en un tris tras, papá parece una oruga. Más bien, un bicho canasto. Meten al bicho canasto en el ascensor. Pero hay algo que no dije: es algo chico, los cuatro no entramos. Por un momento dudo, pero arriba espera mamá, tengo que acompañar a papá. Sube uno de los camilleros, sube papá, subo yo. Hay poco espacio, el camillero está contra el espejo, papá y yo pegados a la puerta. Aprieto el botón. El sexto.

Primer piso. El sonido rítmico del ascensor va a acompañarnos hasta el final. Hasta acá, todo bien.

Segundo piso. El ascensor no es de esos súper silenciosos que ni se sienten. Tampoco de aquellos antiguos tipo jaula aunque, de todas maneras, vibra. Un poco. Lo suficiente como para que la colcha se caiga y mi papá pierda súbitamente su carcasa protectora. Quisiera agacharme a recogerla, volver a ponerle ese disfraz de momia peluda, pero no tengo espacio suficiente.

Piso tres. Papá y yo estamos cara a cara. Mi nariz y su nariz  separadas apenas por unos centímetros. Podría sentir su respiración, si la tuviera, ¡hace tanto que no estamos tan cerca el uno del otro! ¿Qué estará haciendo el camillero en este momento? No quiero mirarlo. Este instante de intimidad es nuestro, de padre e hijo.

Piso cuatro, mi prima se descontroló, está tentada, no puede parar. Mi hermana llora. Si me descuido, el vaivén que produce el ascensor podría hacer que se me venga encima. Lo tengo bien sujeto, ya falta menos. Se me ocurre pensar que la situación es absolutamente bizarra, ¿cómo llegué ahí? ¿No hubiera sido más lógico que yo subiese primero, solo, y los dos capos con mi papá después? Mi viejo me mira, porque vino con los ojos abiertos, ¿se estará cagando de la risa en el más allá? En el más acá, la situación es como para morirse.

Quinto piso, falta menos que antes, en un toque llegamos, entonces pienso en mi mamá que espera y, efectivamente, ahí está, la veo. Por suerte, estos ascensores tienen una puerta de madera maciza, que tapa todo, y una ventanita mínima de siete centímetros de alto por quince de ancho. Alcanzo a verla del otro lado en camisón, aturdida, y le digo que se vaya, que no se preocupe,  está todo bien, me ocupo de todo. Y por una vez en la vida me hace caso, sin preguntar. Sexto piso, llegamos, papá. Dentro de ocho años voy a escribir un poema, podría llamarse “último viaje con mi papá en el ascensor hasta el sexto piso”, pero no tiene título. Y dentro de nueve, una nota, la segunda consecutiva en la que aparecés vos: un claro indicio de que debo retomar de manera urgente las sesiones de terapia.

Dibujo de Gustavo Nielsen
Dibujo de Gustavo Nielsen

 

POEMA SIN TÍTULO.

Cómo puede ser que tanta risa
y mi papá que llega en una silla de ruedas, está pálido, murió hace cuatro horas.
Los camilleros me dicen que no me preocupe, ellos saben qué  hacer, pero por más que empujan y quieren doblarlo no consiguen sentarlo en la silla de ruedas.
Mi papá muerto tiene una actitud mucho más entera que la de los dos últimos años.

Los camilleros saben lo que hacen, los dejo que se ocupen y vos no podés parar de reírte.
Tenés una escena para una película. Mi mamá espera arriba, en el departamento del 6ºA.
Pero por más que intenten doblarlo no lo consiguen, andá a traer unas mantas, y traen dos mantas que tenían guardadas en la ambulancia para estas ocasiones.

Qué olor a cadáveres tienen esas colchas.

En el ascensor no entramos todos,
CAPACIDAD MÁXIMA 3 PERSONAS
Mi papá ya no es una persona, pero de todas formas subimos solamente un camillero, papá y yo. Lo envolvieron con esmero, se nota que se dedican a esto.
Para ellos es lo mismo que para mí atarme los cordones de las zapatillas
Siempre me costó el nudo doble, ¿por qué carajo hacen cordones tan largos digo yo?
Entramos justos en el ascensor, papá de pie, muy riguroso, muy quieto. Cuando vamos por el segundo piso las mantas caen al suelo, papá me mira, estamos frente a frente. Nunca estuvo tan tranquilo como hoy.
(Pienso)
¿Por qué tengo que estar cara a cara a diez centímetros de mi papá recién muerto?
(Pienso)
¿Acaso estos tipos no tienen experiencia?
(Pienso)
Esto es como para llorar o recagarse de la risa.
(Pienso, llegando al 6º piso)
Mamá espera al otro lado de la puerta del ascensor.
Mamá, dejá, yo me ocupo, vos andá a dormir, estos tipos son los Starsky y Hutch de la camilla, la tienen clara. No te preocupes, está todo bajo control.

Cómo puede ser que tanta risa.




POEMA PARA LEERSE LEJOS

Reflexiones acerca de la miseria: sobre tres libros y un recital que se coló en esta nota.

Por Ramiro Gallardo.

Termino de leer “Las primas”, de Aurora Venturini, y la sensación de angustia mezclada con primavera trae a mi memoria aquel libro que escribió mi papá en 1952, tirado sobre una cama para pobres, rodeado de pobres, pobres tuberculosos moribundos, y que también terminé de leer hace unos días.

“Mis hijos van a leerme una vez muerto”, solía repetir mi viejo.

El tercer libro lo escribió un amigo y también está repleto de seres grotescos.

 

UN HILO MUY FINO O UNA RED DEMASIADO DÉBIL.

La protagonista del libro de Aurora Venturini se llama Yuna y es, probablemente, disléxica. Como el relato está escrito en primera persona y Yuna tiene serios problemas de lenguaje, a cada momento, recurre al diccionario. La rodean seres enfermos y deformes, personajes muy oscuros, no se salva nadie: si no acarrean alguna enfermedad o malformación, son monstruosos por dentro. Como ese profesor que, al principio, parece piola y termina por embarazar a la hermana deficiente, la adolescente con tres años de edad mental,  a quien no puede retener. No sé por qué Aurora habrá escrito esta novela, no la conozco, no leí reseñas o ninguna otra cosa de ella. Solo sé que, al llegar al final, se me ocurrió tejer una red, con hilos muy delgados,  entre su relato y dos libros más.

“Capacidades diferentes lo escribió un amigo, Sergio Zicovich Wilson, y también está repleto de desgraciados.  Por esa razón lo incluyo en esta trilogía. Pero, ¿cuál es el motivo de esta nota? ¿Escribir una reseña acerca de tres libros que, de alguna manera, se conectan? Por supuesto que no. Probablemente, se trate de una excusa para darme el gusto de cerrar con un poema de “Hombre caído. Un poema, una de las cosas más lindas que escribió mi viejo. También una de las más tristes. Cuando lo leí, finalmente, entendí qué es esto de la poesía. Toda mi infancia y adolescencia rodeado de escritores y nunca logré saber de qué se trataba. Hasta este libro. Hasta este poema.

Pero volvamos al libro de Sergio, que lamentablemente no está publicado. Un grupo de tullidos y seres  llenos de desdicha secuestra a la hija de un empresario de zona norte. La yunta de lisiados está compuesta por un ciego bíblico, un boxeador travesti sordomudo, un paralítico heavy metal, su ex novia renga y tuerta y una mogólica lazarillo o hija o amante del ciego. Los dirige un cana machista y golpeador, que termina culeado por el travelo. En la punta de la pirámidem un comisario cinéfilo que se cree vivísimo.

04 noticia 2b
Diario La Razón, 3 de junio de 2004.

Por supuesto, como en un buen policial, se cumple la regla de que algo sale mal, aunque en este relato disparatado prácticamente TODO sale mal. No hace falta que el bandido tropiece con el perrito justo cuando estaba por subir al avión y que salgan volando todos los dólares[1]. O que un integrante de la banda le regale un anillo robado a la prostituta que quiere seducir[2]. En esta novela todo se hace para el orto y, sin embargo, la trama avanza. La escena del secuestro, muy cinematográfica, es un desastre.  De cualquier forma, el paralítico logra llevarse a la pendeja:

“El auto no llegaba. No sabían que había quedado varado por el choque que habían oído. Apenas un roce, en realidad, pero una oportunidad para que los que manejaban se enfrascaran en una discusión tan inútil como interminable con sus autos bloqueando la calle. Algunas caras ya aparecían en las ventanas, curiosas por el jaleo que, ese anochecer, alteraba a una calle usualmente serena como un cementerio. Tras una breve vacilación, el Harley y Manuela cruzaron una mirada de acuerdo y, sin más, el paralítico se largó rodando calle abajo con Bernarda encima. La fuerte pendiente de la barranca lo hizo alcanzar velocidad inmediatamente. Manuela corrió a su lado hasta la esquina. Doblaron en direcciones opuestas y se alejaron.

El Harley -exultante por la velocidad que le regalaba un pobre remedo de su época de motoquero- frenaba, avanzaba y doblaba las esquinas en una rueda y, al mismo tiempo, hablaba por teléfono con Poli, explicándole la situación. Se pusieron de acuerdo y, unos minutos después, Poli los recogió a varias cuadras.”

La idea surgió de la mente retorcida de Sergio, pero contó con la siempre bien dispuesta colaboración de la realidad. Unas cuantas noticias del diario, como él mismo dice, lo “iluminaron”. Las dos que acá aparecen pueden verse reflejadas en los capítulos “La gran oportunidad de otro Charles Bronson” y en “Lo nuestro es el deporte”.

04-noticia-1
Diario La Nación, viernes 6 de febrero de 2004.

 

PALO PANDOLFO EN EL CLUB TUCUMÁN, DE QUILMES

Mientras la red se iba tejiendo, con este texto a medio camino, se me ocurrió ir a un recital de Palo Pandolfo. Tocaba en Quilmes. De yapa, podía escuchar a  “Las Manos de Filipi”. Cuando salí del recital agarré el teléfono y grabé algunos audios, para no olvidar ciertos detalles. En ese momento ya sabía que Palo se había colado en esta nota.

La noche arrancó con un paralítico y terminó con una operación de hernia.

El recital estaba anunciado a las 22.30, fui con un amigo, Jorge. Como no confiábamos en la puntualidad de Palo, llegamos media hora tarde. Poca gente en la vereda, nos acercamos al tipo que cuidaba la entrada y nos dijo que todavía faltaba, estaban tocando “Peligrosos Gorriones”.  Opa, un continuado, pensé. Cruzamos hacia un kiosco y regresamos cerveza en mano. Por estas latitudes no hace falta ir a un bar si querés tomar una bebida con alcohol pasadas las 10 de la noche. Todavía se conservan algunas buenas costumbres (como decía el Flaco, “no todo tiempo pasado fue mejor”). Así que ahí estábamos, compartiendo la vereda junto a unas 7 u 8 personas que esperaban como nosotros. En eso llegó un pequeño tumulto de gente, decían figurar en una lista de diez invitados. Serían unos quince. Tras una breve discusión, el grupo se ordenó en fila india. A la cabeza, un viejo con muletas.

Lo de viejo es un decir, una especie de auto-salvataje: hasta ese momento, los jovatos éramos Jorge y yo. El resto, alta pendejada. La aparición de este tipo, de unos 50 y pico pirulos, nos ponía -o eso pretendimos- del lado del divino tesoro.

El viejo, muleta en mano, al frente de la fila de la lista de invitados. Por supuesto, lo dejaron pasar: no se niega la entrada a un viejo con muletas que dice estar en una lista. El salón estaba en un segundo piso por escalera, eso lo supe después. Y, mientras subía, pensaba en  cuánto le habría costado al viejo llegar. Pero volvamos a la vereda y a la fila. Entró un fotógrafo. De la lista, quedaban ocho. Uno, un pibe alto, grandote, con gorrita al mejor estilo wachiturro, recibió de una piba una lata de cerveza a medio empezar: no voy a llegar a tomarla, le dijo. El pibe, que también tenía su propia lata, apuró el trago. No se permite el ingreso con bebidas alcohólicas. Pero, como no llegó a liquidarlas, se nos acercó y, adelantando ambos brazos, ofreció las latas a medio empezar. Re llenas y bien frías. Un pibe agarró al toque y otro, a mi lado, aceptó la segunda. Pero, cuando ya la rozaba el grandote, se arrepintió y se la sacó. Perdón: esta, mejor para mi viejo. Besó la lata y arrojó el contenido a la cuneta. Mientras la cerveza resbalaba hacia un sumidero, el pibe se santiguó y miró hacia el cielo. Para vos, viejo.

Ya adentro, descubrí que la cosa arrancaba con una tercera banda, local: “Los Pacientes”. Un viejo canchero bailaba con un trago en una mano y un teléfono en la otra. Estaba filmando. Jeans achupinados, camiseta ajustada y zapatillas tipo All Star.  Algo me llamaba la atención, pero no llegué a dilucidar qué. ¿Era el tipo de la fila? ¿Dónde estaban las muletas? Se lo comenté a Jorge y una obsesión repentina se apoderó de mí. Tenía que encontrar las muletas. No podía regresar a casa sin saber dónde estaban las muletas.

El lugar era chico, contamos unas doscientas personas con toda la furia. No había otro viejo. No había muletas.

Salió Palo con “La Hermandad”. Contrariamente a lo que suponía, Palo era la segunda banda, el plato fuerte serían “Las Manos”. Todas las luces para “Cabra y su pandilla”.  Ya era la una de la madrugada y sentí que volví a ser un pibe, cuando iba a ver a “Los Visitantes” al Bar Bolivia o al Parakultural, a los “Redondos”, al Santa Lucía de Florencio Varela, o a “Cabra”, en la esquina de Diagonal y Florida. Sonaba “Tazas de té chino” y bailé como loco. Jorge también, los dos cuarentones, a full. Un par de pendejas con medias de red nos sacaban fotos. ¿Les  habrá causado gracia ver a dos tipos grandes, saltar desaforados al son de un hit de los 80´? Dos especímenes de aquellos tiempos, habrán pensado. Dos viejos con onda.

04 Palo en Club Tucumán de Quilmes
Palo Pandolfo y la Hermandad en el Club Tucumán de Quilmes.

Palo pasó por lo mejor de su repertorio, sonaron todos sus éxitos. Un pendejo que llevaba una camiseta de Miguel Abuelo subió al escenario, le robó el micrófono al del bajo y cantó “Antojo”, a capela con Palo.

“Te estoy esperando ansiosamente
No puedo creer que me estés fallando.
¿Por qué no venís ya? Vení pronto, que estoy perfumado, estoy picante.”

Una pelea y unos cuantos borrachos completaron la noche. Llegados al final, Palo abrió su camisa, se levantó la remera y mostró una faja azul. “La semana pasada me operaron de la hernia. Está todo bien. Muchas gracias a todos”. Corrió un poco la faja para que se viera su torso vendado, un pedazo de momia, cuando el público pidió una más y la banda arrancó con el bis, cosa que impidió que Palo acomodara las cosas como estaban. Tocó el último tema con la faja azul y las vendas a la vista.

Mientras salíamos, tras el recital de “Las Manos de Filipi”, vimos irse al viejo. Iba lo más pancho por el Boulevard Varela camino a su casa, o andá a saber dónde.  Eran apenas las 4 de la mañana. Llevaba su muleta colgada de la espalda.

 

HOMBRE CAÍDO

En la España de 1953, caer internado en un sanatorio para tuberculosos era una sentencia segura de muerte. Si, además eras pobre, el panorama resultaba mucho peor. Y ahí estaba mi viejo, José Carlos, con 38 años y una incipiente carrera como poeta. “Hombre caído es el fruto de aquella experiencia. “Entré para morir y salí con el libro bajo el brazo”. Fue siempre su poemario más querido, probablemente, lo mejor que escribió. Es curiosoe, de todos sus libros, es el único que no está en mi biblioteca. Nunca hubo muchos ejemplares. Uno lo tiene mi mamá, se lo regaló Paco Izquierdo a mi papá, en 1984. Lo tengo ahora entre mis manos: “Don José, después de tres años tirados en busca de este ejemplar, y cuando ya lo daba por desaparecido…” La dedicatoria de otro poeta está dirigida a mi viejo en un libro escrito por él, cosa rara. Nunca entendí esto de la poesía, hasta ahora. Hasta que leí uno de los poemas de este libro. “Otoño del 53 (Poema para leerse lejos).”

04 lectura en Granada
Lectura de poemas de José Carlos Gallardo en Granada, años 50´

No sé por qué, cada vez que lo leo me cae una lágrima. Probé, acaso para exorcizarme, acaso para llorar más, transcribir unos versos en un cuaderno, con lapicera. Como antes, cuando se escribía a mano.

Como antes cuando no sabía qué era esto de la poesía. Sigo sin saberlo, y ahora creo que justamente de eso se trata. “Recuerdo que vivir era besar, / y dinero, y tabaco, y la ciudad. / Vivir era tener una mujer cada día / y un dinero, también, cada momento. / Estar acompañado…” Cuando mi viejo escribía esto ya le habían dado la extremaunción. En un viejo hospital de Granada, en una sala para tuberculosos con 20 camas con 20 futuros muertos, le pedía papel y tinta a la monja que los cuidaba y escribía sobre la muerte con la sangre que le brotaba de la boca.

Acaso un día, esté escuchando / cómo se para todo en el camino, / cómo se callan las muchachas, y / cómo la vida arría el movimiento.
cómo me tiran a la tierra para / definitivamente irme olvidando. / …cómo se cierra / el mundo sobre el hombre…

Eloísa Cartonera organiza, cada tanto, unas charlas con escritores. Se titulan “¿Qué es la poesía?”. Nunca fui, pero la pregunta me resulta disparadora. Después de leer este libro, me doy cuenta: en realidad, siempre supe la respuesta. La poesía es no entender qué es la poesía, no saber  del todo qué quiso decir el poeta, no poder explicar por qué me caen estas lágrimas.

04 lectura en Buenos Aires 2004
Lectura de poemas de José Carlos Gallardo en Buenos Aires, 30 de agosto de 2004

Mi viejo se despidió de los recitales en 2007, en un salón del primer piso de “El gato negro”. Leyó, entre otras cosas, algún poema de “Hombre Caído”. Leía increíblemente bien, pero esa fue una de sus peores noches: se trababa, emocionado, ante algunos versos. Tal vez fue justo por eso una gran lectura.

Alguien, al terminar el recital, se robó el libro, justo ese libro. Quisiera que lo devuelva, me gustaría tenerlo en mi biblioteca.

 

OTOÑO DEL 53
(POEMA PARA LEERSE LEJOS)

Yo no sé quién me ha dicho que era Otoño
y que las playas se han quedado solas.
(Octubre es un pulmón del tiempo. El otro pulmón está en Abril).
Y por eso se caen las hojas, ahora,
como se cae la sangre desde algunos hombres.
Sólo porque es Octubre.
Otoño.
Porque la vida busca su última calle
y se retira, como un perro apedreado.
Sólo porque es Otoño.
Octubre.

Debemos procurar no andar descalzos.
(Octubre pone el suelo frío);
ni abrir la boca cuando salgamos del amor,
(Octubre tiene el aire frío);
ni soñar con el alma destapada,
(Octubre tiene noches frías);
ni vivir como viven los demás,
(Octubre tiene muertes frías).

Otoño.
Sólo porque es Octubre,
porque la sangre se deshoja, y cae.

Pienso en el día trece de septiembre.
Pienso en mi juventud conteniendo las ramas
de los árboles
para que no cayera ni una hoja,
para que no bajase ni una sangre,
sólo porque era Otoño.
Octubre.

Pero miro hacia ti, que tienes la Primavera
-¡antorcha, olor, ventana, corazón!-
encendida en la mano,
y me olvido de todo este silencio
tendido de cama a cama,
de hombre a hombre, de una tristeza a otra tristeza
porque estás en Abril,
¡Primavera!
Y no es el golpe ya de un cuerpo duro
que se quedó amarillo, como un árbol
dentro de Octubre.
Es el ponerse en pié
y alcanzar a tu mano,
solo por la ventana, amor, por la ventana,
para asomarme de una vez al mundo
y verlo desde ti
antes, amor, de que las hojas caigan;
antes, amor, de que los labios digan “es Octubre”.

Otoño.

 

[1] En alusión a la película de Stanley Kubric, “The killing”, 1956.

[2] En alusión a la película de Jules Dassin, “Rififí”, 1955




MOLAN LAS MOSCAS

Ultraviolento: Sobre los sitios preferidos de las moscas.
Por Ramiro Gallardo
Fotografías: Enrico Rovaletti y Ramiro Gallardo

 

MUJER CON LOS BRAZOS LEVANTADOS
New Kapiri, Zambia, abril de 2001.

03 Mujer con los brazos levantados

Mirá la sombra de esta mujer que se queja: igualita a la tuya. Si entrecierro un poco los ojos, casi que podría dibujarte dentro de ese perfil horizontal con los brazos levantados. Mirá ahora todo lo demás: la palangana, los bidones amarillos, la casa de palos, el chiquito escondido detrás de la madre. ¿Por qué ya no te reconozco? Es lo que me pregunto a cada rato por estas tierras. Y, de tan obvia, la respuesta aburre. De tan obvia, la respuesta no aburre.

CORAZA ANTI JAMBO
Nairobi, Kenia, mayo de 2001

03 coraza anti jambo

Los chicos de la calle son unos jodidos, te parten el alma los muy turros. Hay que hacerse el duro y poner cara de nada. Llegan corriendo para darte un abrazo. ¡Jambo! Clavan sus ojos, mendigan one shilling. Es apenas una moneda, pero vos vas para adelante, te hacés el enojado y seguís y te sentís para la mierda cuando por fin se van.

Algunos son muy persistentes, caminan pegados a tu lado y, si estás distraído, agarran tu mano y no te la sueltan por cuadras y cuadras. Andan así, esquivando piernas y portafolios que vienen contracorriente por la calle. Todos en la suya en esta ciudad de locos llena de chicos que te obligan a tratarlos con indiferencia. Si dejás escapar una mínima mueca de ternura, te sacan la ficha y se acercan a los saltos mientras vos cambiás tu cara por tu mejor orto de cara, sintiéndote víctima de estos niños pesados. Víctima. Pesados.

Hoy volví a ver a aquel pibe. Supongo que era el mismo del otro día, aunque no puedo asegurarlo, no me atrevo a mirarlo. Cobardía. Un segundo fugaz y nos reconocimos. Una foto mutua. Pasos más adelante un tipo cruzaba la calle apoyándose en un pie y en una mano, retorcía su cuerpo, difícil describir su andar. Ahora, mientras escribo en Heshima, típico bar de la esquina- celeste por fuera naranja por dentro-, me acercan la caja de pajitas. Straws. Desde la calle llega una voz agresiva, siempre lamentos en esta ciudad: un viejo con turbante y palo al hombro. No entiendo qué dice, habla en swahili. Nadie le presta atención. Tampoco yo: cuatro días en Nairobi alcanzan para que se te apaguen los sentidos y no escuches más de lo que ves, ciudad superpoblada de gritos, gritos violentos, gritos violentos: y es que tanto dolor termina por partirte en dos, mil, pedazos. Entonces, te cubrís para poder andar sin sentir a estos chicos que te miran en silencio: porque esta violencia ciudad gritos no se oye: salta a la cara y rompe cualquier escudo cada vez que uno de estos ángeles te ve y corre hacia vos y te abraza y te sonríe y junta sus manitos con las tuyas para no despegarlas hasta que le pongas tu mejor peor cara, tu coraza anti-niños, coraza anti-mutilados, anti-enfermedades, anti-miseria, anti-jambo, anti-jambo.

Aunque no funciona. Cada jambo me recorre y estalla y no tengo defensa. Dejarse atravesar, esa tal vez sea la única coraza posible, la única que quiero. La que me protege de escudos, de esos que te impiden escuchar a estas manitos que se te pegan, a las sonrisas que intentan conseguir unos shillings y no saben cuánto me dan cada vez que me quiebran.

CHOCLO QUEMADO
Addis Abeba, Etiopía, junio 2001

03 choclo quemado

Está quemado, no hace falta decirlo. También un poco duro y le falta sal. Ni hablemos de pedir manteca para que se derrita cuando todavía está calentito, imposible por acá… Pero viene servido con sonrisa, ¡es el más tierno de todos los choclos! Los granos son puro néctar, grandes y graciosos y jugosos y sabrosos y todos los “y”. Me encanta, riquísimo: es que estos chicos etíopes cuando te regalan su alegría no se dan cuenta de todo lo que te dan: se creen pobres porque viven en chozas precarias y andan mal vestidos y sus padres no tienen auto o están enfermos o porque comen lo mismo todos los días. Pero son inmensamente ricos. Tienen algo re lindo y, como son generosos, lo comparten con vos y te regalan un poco. Entonces, por un momento, yo también me vuelvo rico, en ese y a cada instante en que recuerdo tantos y tantos regalos que me dio esta tierra negra, cientos de sonrisas que lo transforman todo, que te llegan al alma y que hacen de este el más rico choclo que nunca probé.

Quiero otro…

MUJERES DE CARGA
Etiopía, junio de 2001

03 Mujeres de carga

Miran hacia adelante, por fuera de la foto. Y yo los pongo dentro de este 10 x 15 brillo color diafragma 8 tiempo 60 y me parece que van a quedar así, para siempre. Pero no me refiero a lo estático de una imagen, no. La foto no fija la escena: son estos dos chiquilines que van anticipando los pasos que darán cuando sean grandes. Es ella la que carga. Tal vez mañana la compañía sea otra y el peso diferente, pero seguro ella lo llevará. Es así en esta y en todas las fotos, en Etiopía o en Bolivia, en Addis Abeba o en la Paz: mujeres que, desde chiquitas, ponen la espalda. Mujeres de carga.

MOLAN LAS MOSCAS
Dessie, Etiopía, junio 2001

03 Molan las moscas

Si recorro la sonrisa de uno cualquiera de estos 20 o 25 chiquitos, veo labios veo hoyuelos veo muecas veo dientes escondidos veo piel veo ternura veo moscas, una mosca y otra mosca al lado y al lado de las dos primeras otra mosca, las tres bien juntitas charlan como tres señoras coquetas, seguro hablan de otras moscas, de esa que siempre anda de comisura en comisura o de aquella que revolotea sobre la llaga del labio. Ah, sí, porque me olvidaba: veo llagas veo labios secos veo resquebrajados veo pegajosos veo más moscas. Una mosca camina apenas y por fin reposa en ese huequito acogedor en la unión del labio superior con el labio inferior, parece ser que este lugar es el preferido de las moscas que, aunque parecen encontrarse cómodas en las partes secas, se agolpan en estos lugares tal vez mas calentitos, tal vez en busca de un poco de sombra, aunque para sombra no hay mejor opción que los ojos de este uno cualquiera de estos 20 o 25 chiquitos que en su Mirada guarda sonrisas guarda tristeza guarda ganas de jugar guarda el regalo de su Mirada Linda y fresca guarda moscas, una y otra y otra y otra y muchas más otras que allá abajo en el labio, mejor acá, tenemos sombra, tenemos más espacio para más moscas y tenemos lagaña fresca de lo mejor, no nos falta nada y para colmo estos ojos no pestañean, parecen pegados párpados inmóviles y acogedores para nosotras las moscas y linda vista, che, hasta espejo, me veo reflejada en el vidrio del lente de la cámara de este barbudo que se aproxima a admirar de cerca nuestra belleza mosca, inmejorable panorama, de acá no nos mueve nadie y vengan, vengan, vengan moscas, llegó la moda mosca, Mirada Mosca pero mosca posta, nada de Bono ni moscas en la sopa ni atrás de la oreja y quedate mosca, carpusa, moda mosca posta.




COMO LA LLUVIA EN LAS LÁGRIMAS

El olvido: sobre lo que se pierde.

Por Ramiro Gallardo

Ilustraciones: Esteban Serrano

Hay una historieta que siempre tuve ganas de escribir. Arranca con un hombre parado en la cornisa de un edificio, en el último piso. En la calle, una pequeña multitud espera el momento en que se tire. En una segunda o tercera viñeta se lo ve en primer plano. Está tranquilo, diría que hasta feliz. Mira hacia adelante, pensativo. Observa su pasado.

Después de un rato salta, abre los brazos como un ángel y se deja caer. Tiene los ojos cerrados y sonríe. Disfruta del viento que choca contra su cara y del hormigueo que recorre su cuerpo, por el vértigo. Hace mucho calor y el aire fresco es un alivio. Otra vez una viñeta hace un zoom, podemos verlo de cerca, recordando. Los globitos, este recurso de la historieta con el que un personaje habla o piensa, nos muestran algunos momentos felices de su vida. Un cumpleaños en el colegio, el timbre debajo de la mesa del comedor en Arribeños, Victoria que se le declara en Villa Gesell, una madrugada al llegar a casa y el viejo escribiendo. Aparecen más y más recuerdos y más globitos, llenos de imágenes, repletos de cosas. Son su pasado, su memoria que va colmando el espacio de las viñetas. El último dibujo muestra cómo tanto globo lo salvó de reventarse contra el asfalto.

Le pido a Esteban que dibuje alguna de las viñetas.

IMAGEN 1

En la escena final de “Blade Runner”, Roy Batty se lamenta más por los recuerdos (que están) a punto de irse con él, que por su propia muerte. I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die[1]. Con Roy, se van cosas sublimes, que ustedes, gente, no podrían siquiera creer. Esas memorias irrepetibles van a desaparecer como lágrimas que se mezclan con el agua de la lluvia, tontas lágrimas, pobres, frágiles. ¿Nunca lloraste durante una tormenta por esa chica que no te dio bola? Las lágrimas usadas por Roy como metáfora son algo de todos los días, nada que hacer al lado de las naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. Pero yo quiero quedarme un rato con ellas, antes de que la lluvia se diluya en las lágrimas.

 

DONDE SE GUARDAN LOS RECUERDOS

A Roy Batty lo conoce todo el mundo, y hay demasiado escrito sobre ese monólogo maravilloso como para decir algo más. A Tomi lo conocemos unos pocos. Tomi es un amigo con quien viví hace algunos años. Una vez me dijo que los recuerdos están guardados en una repisa y, cada tanto, sin que sepamos bien cómo ni por qué, invaden nuestros sentidos. Tomi es uno de esos sabios que podés encontrar en un bar de mala muerte a las 4 de la mañana. Tuve la suerte de compartir con él muchos momentos en los que me revelaba unas chiquitas partes de su pericia y su secreto. Nocturno y versado, había mucho en él para aprender, aunque no entendía nada de cocina, opinión ésta con la que él no coincidía. ¡Al contrario!, las únicas palabras que regalaba en forma de enseñanza eran acerca de condimentos, cocción de hamburguesas gigantes o salsas boloñesas mezcladas con sopa de crema de choclo Knorr instantánea. Afirmaba que, tras cocinar un bife, jamás debe lavarse la plancha, así conserva la grasita, transmitiéndose cierto tinte gustativo día a día, semana tras semana y año tras año. Más bien tradicional a la hora del almuerzo, preferí priorizar sus comentarios nocturnos por sobre los culinarios.

Una noche de vino y de guitarra me habló de los estantes que guardan los recuerdos. Yo le contaba acerca de mi nostalgia con algunos pasajes felices de mi vida: los despierto contento, aunque sé que no podré revivirlos con aquella plenitud. Intento reconstruir paso a paso aquella noche: tu camisa azul y los jeans apretados, la charla en el balcón, el beso de tu amiga, las canciones de Creedence en el Falcon destartalado de Jero, el hielo en tu boca, agarrarte por la cintura y apretarte fuerte y después caminar un montón de cuadras hasta tu casa y que no me dejes subir, hasta mañana, te veo mañana. En el camino se pierden muchas y tantas otras músicas, risas y besos con los ojos tapados, aunque eso no me angustia. Me mata saber que mis recuerdos llegan transformados. Son una nueva intensidad, una lindísima estela, sí, radiante, pero sólo eso, apenas un vestigio si la comparo con aquel instante tuyo.

 

ESOS MOMENTOS INSIGNIFICANTES

A veces me detengo en una escena cotidiana, irrelevante, y casi como situándome por fuera del cuadro pienso que todo se va a perder. Entonces intento apuntar cada detalle con la certeza de que voy a fallar y, paradójicamente, sabiendo también que esta imposibilidad hace que cada recordar sea diferente: lo que queda es una imagen con poco de lo que intento retener. ¿Se trata de un fracaso? Úrsula me respondería que podré volver hacia el pasado siempre y cuando comprenda que ese punto en mi memoria es el lugar en el que nunca estuve[2].

Tomi es uno de esos eruditos de todos los días que anidan en kioscos, taxis y bares nocturnos. No los vemos, pero están ahí. Ocupados como estamos en cosas importantes, pasamos indiferentes a su lado. Sabios solitarios, pululan por la ciudad y pintan el mundo con su color. Cada uno encierra mil misterios, la historia de lo que pasa por las calles, por esa calle, banco de plaza, baldosa, reflejo en el borde pegajoso y húmedo de la vereda. Para descubrirlos, sólo tenemos que saltar de la realidad a esa otra realidad y encontrarlos ahí, en nuestras narices todo el tiempo, por todos lados. Nos acechan con indiferencia. En cuanto posemos la mirada sobre ellos nos van a atacar, pero no violentamente: asaltarán nuestros sentidos, nuestra percepción sobre lo que pasa en lo más inmediato, ahí, apenas, cruzar el umbral, salir a la vereda y abrir los ojos para dejar de ver y empezar a mirar.

Dar cuenta acá de su inquieta chispa me resulta imposible, apenas si me atrevo a transcribir alguna alegre nota acerca de sus peculiares recetas como aquella, la de la súper-hamburguesa-gigante tamaño plancha que precocinó, enharinó, carbonizó y despedazó y degustó con ánimo saliente. Pero eso ya es arena de otras páginas…

IMAGEN 2

Tomi por Esteban Serrano, 2002

 RECETA PARA COCINAR UNA SÚPER HAMBURGUESA GIGANTE.

Por Tomi.

INGREDIENTES

Carne picada freezada. Cebolla. Perejil. Condimentos a gusto.

PROCEDIMIENTO

  1. Sacás los cachos congelados del freezer, los tenés que sacar con el cuchillo, rompiendo como si fuera un cacho de hielo.
  2. El hielo se derrite más rápido con el agua que con cualquier otra cosa. Al principio metía la carne congelada en una olla con agua caliente, al fuego. Ahora simplemente agua caliente de la canilla. La sumerjo un poco y la dejo ahí, tres minutos. Cuando la ponía en el fuego directamente, se cocinaba.
  3. Se descongela perfecto, pero queda muy mojada, entonces la tenés que poner entre tus manos, apretarla fuerte y que vaya chorreando. De paso cae un poco de sangre.
  4. Antes le ponía mucha verdura, en una proporción exasperada. Ahora la cebollita va más picadita, si es que hay, y los condimentos también, son una cosa ya que ni la tengo que probar.
  5. Listo, le das la forma del tamaño de la plancha… El problema es levantarla una vez que la armaste, sacarla de donde la pusiste. De la mesada, de donde sea. Hay que improvisar.
  6. Y, a eso iba, eso es justo lo que viene. Cuando ya está cocinado un lado la das vuelta como una tortilla, la tirás para arriba.

Las tortillas… o lo hacés con un plato si no tenés el valor de animarte a dar la… ¿Nunca la diste vuelta vos que tanto hablás de la tortilla?

¿Quién te dijo que nunca en mi vida cociné una tortilla?

Pero, mil veces cociné una tortilla. Tortillas posta, de papa.

Vos sos fana de la tortilla, yo también. Me encanta hacer tortilla. Bueno, eso, un día me tuve que animar. Como la cuneta esa que no te animás a saltar con la bicicleta: también te tenés que animar.

  1. Y listo, pum, ¡schiu! Y además le das el ancho que querés. O sea, hay que calcular las cantidades de carne y todo de otra manera. Es otra concepción del asunto.

 

Ahora quedó asentado. ¿Tas seguro que era ese lado? Porque no quiero estar desgrabando un recital para hablar de una hamburguesa.  ¿Cómo que lo estamos desgrabando? ¿De quién era? Te iba a decir, sabés que no sé porqué sentía que era de Los Visitantes.

[1] He visto cosas que vosotros, gente, no creeríais: naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

[2] Úrsula Le Guin en “Los desposeídos”, 1974.




CUTER & PROFET

El cuidado del otro: sobre el reverendo policía.

Por Ramiro Gallardo, 2001

Tengo una fascinación especial por las peluquerías, hechizo con el que cargo desde un viaje a Bolivia. En África, lo que me atrae especialmente son los dibujos que las decoran.

Peluquerías africanas. Kenia y Zambia.
Peluquerías africanas. Kenia y Zambia.

En Harare, Zimbabwe, esta curiosa manía hizo que conociera a una serie de personajes poco comunes. El primero fue Garikai Muchabayiwa, peluquero con máquina propia y secadora tipo campana de señora coqueta. Llegué a su barbery con Shephard, un amigo de Brillant que me acompañaba a sacar fotos a todos lados. Me había pedido que le hiciera una sesión de naked fotographies con su novia, cosa a la que accedí gustoso, no así su novia. Mi modelo porno se cortaba el poco pelo que cubría su cabeza con tal de ser tomado por la cámara mientras Garikai enjugaba la cabeza de una chica encorvada sobre una palangana situada en la vereda. Vereda, bah… Posaba contento y sin sombrero a espaldas de un grotesco cartel con diferentes cortes y peinados que hacía las veces de fachada de su precario salón de belleza. Por supuesto, Shephard también posó delante del cartel, esta vez sosteniendo una calabaza.

Garikai y Shepard. Budiriro II, Zimbabwe.
Garikai y Shepard. Budiriro II, Zimbabwe.

Volviendo y casi como al pasar, en el transcurso de una charla diáfana, Shephard deslizó un pequeño dato que para él carecía de importancia. A mí, en cambio, me dejó estupefacto: su amigo era profeta.

–He is a profet.

Atraído por esta insólita y milagrosa combinación fue que este último domingo, 15 de abril, fui con mi cámara y mi cuaderno a presenciar la ceremonia que precedería este iluminado peluquero. Tenía su permiso para sacar todas las fotos que quisiera.

* * *

Lo encontré temprano en la peluquería, llevaba la ropa del día anterior. Jeans, zapatillas, una remera.

–¿Vas a ir así nomás?

–Sí, no hace falta ninguna ropa en especial–. Me sorprendió su respuesta, pero evidentemente se trataba de un prejuicio mío. Al fin y al cabo, ¿cómo debe ir vestido un profeta? ¿Túnica y sandalias? ¿Sombreros exóticos? ¿Dibujos en la piel, máscaras, huesos?

–Bueno, let´s go–, y ahí vamos el actor porno, el profeta y yo caminando hacia la church. Son casi las dos de la tarde y hace mucho calor, frenamos a tomar una naranja en un kiosquito. Para mi sorpresa, lo atiende un cana. El policeman, con su uniforme, me sonríe. Edmond Tsoka. Mucho gusto. Seguimos. No parece haber un clima muy santo en torno a nosotros, desconfío de este improvisado profeta, mi actor porno y el cana, que camina también en dirección a la misa.

–He is a reverend-, me dice Shephard, señalándolo. A reverend, ¡qué lo parió! El milico que va ahí adelante es reverendo, el peluquero que va a mi lado es un profeta… La cosa promete.

* * *

Llegamos con la celebración ya comenzada. El profeta se sentó en el piso, como cualquier hijo de vecino. Había algo que no cerraba. Resultaba evidente que mi precario inglés me había jugado una mala pasada. No le di importancia, al fin y al cabo había llegado a este lugar poco común gracias a este malentendido. Me entretenía sacando fotos a las mujeres cubiertas del sol con sus pañuelos blancos o con paraguas, y a los tres tipos que gritaban enfurecidos ininteligibles prosas en yona que la pequeña multitud, sentada en bancos improvisados con ladrillos, recibía con esmerada atención. Saqué una, saqué dos, se me acerca un tipo y me pregunta qué estoy haciendo sacando fotos, le pregunto ¿no se puede? vine con Garicai y ahí aparece Garicai. Hablan un poco, no hay problema, y sigo con lo mío. En eso estaba, foto tras foto, cuando lo veo al profeta en primera fila, cabeza gacha, sermoneado por un anciano. El arrugado sacerdote hace un gesto con la mano y automáticamente la ceremonia se detiene. En ese momento veo a Shephard, paradito junto al peluquero, los dos ahí al frente. El vetusto predicador dice cosas que no entiendo, pero es obvio que algo hice mal. Todas las miradas se posan sobre mi tímida persona. La corto con las fotos.

Hoy no hay fotos. Me quedo ahí sentado con mi cuaderno…

En esta explanada de cemento, bajo el sol, mujeres con sus niños a la izquierda y hombres a la derecha cantan y dan forma a un gospell´s lindo como pocos. Cantan. Bailan. Mujeres sentadas sobre telas en el piso se cubren del sol con pañuelos blancos, madres de plaza de mayo negras y descalzas escuchan atentas a estos pastores que gritan y se posesionan en nombre de dios.

Ahora una mujer, repentinamente y sola, canta. Osana. La siguen, todos, de a poco, se suman a su melodía, cada uno en una voz distinta componen cánones y la acompañan en su fuga. Esta mujer tiene una voz que me llega, linda. Baila. Baila y no para. Sigue. Los pastores la esperan, la dejan y ella sigue, sigue. Esto está bárbaro.

Ahora el negro con delantal de médico y corbata ajustada pregona en yona: creo que toda esta ceremonia es en yona.

Hace calor. Los ancianos (old men) se fueron hace unos momentos a una choza, única construcción en este paraje con techo de chapa y paredes de ladrillos que no hacen de asientos. Los imagino con una vidurria, y escribo vidurria porque temo que al finalizar esta misa me pidan leer estas notas. Dudo que hablen español, de todas formas, y pienso ahora que si alguno sí lee va a entender, no “vidurria” pero sí todo esto que escribo.

Lo que suena ahora es sencillamente hermoso.

CEREMONIA_II

Así estaba, escribiendo al ritmo de estas loas, cuando me interrumpió Shephard.

–We have to go with the Old Men.

Dejé mi cuaderno y lo seguí hasta la casita. A pesar de ser diminuta estaba repleta de gente. Agrupados alrededor de una mesa, bien pegaditos uno al lado del otro, estos curas o reverendos o andá a saber qué me miraban interrogantes mientras escuchaban a Garikai que les hablaba muy aceleradamente, bastante nervioso. De más está decir que yo no me enteraba de nada. Entre otros, vestido de blanco, estaba el policía. Debí explayarme en mi precario inglés contando quién era, qué hacía allí y por qué quería escribir y sacar fotos, tras lo cual se mostraron todos muy amigables y hasta me invitaron a la ceremonia del domingo siguiente, en la que podría moverme con total libertad. Volví aliviado a la explanada de cemento que hacía las veces de centro ceremonial y seguí escuchando y disfrutando de la música.

La misa duró cuatro horas, o debería decir el concierto. De cantos y plegarias. Al finalizar encaré al personaje que más me había interesado, el reverendo- policía. Le dije de mi interés por hacerle una entrevista. Quedamos para el miércoles.

Reverendo Policía

Ramiro Gallardo, 2001.

Por las calles de Glen View anda un tipo de cara redonda, nariz gruesa, anteojos finitos y labios amables que vela por la vida y las almas de los vecinos del barrio. Lo conocí una tarde de muchísimo calor cuando me refugié a la sombra de una chabola. La atendía Edmond, vendía gaseosas y refrescos y llevaba puesto el uniforme de policía. Ese domingo, yendo a una ceremonia religiosa con Garikai Muchabayiwa, el cuter & profet que había conocido días atrás, lo reconocí. Me saludó con un apretón de manos, esta vez llevaba un guardapolvo blanco. Apenas nos dejó, Garikai me susurró: “he is a reverend”.

Peluquero-profeta, reverendo-policía. “La cosa promete”, pensé.

CEREMONIA_I

* * *

En los alrededores del Cemento Ceremonial se ubica la casita de los religiosos en la que vive. Edmond, cura y cana. La biblia en una mano y el código civil en la otra… a este punto quiero llegar en esta entrevista y voy de a poco. Se me aparece un tipo sencillo abierto a todo tipo de preguntas. Vamos pasando por su casamiento, su mujer y los tres chicos, las creencias religiosas, la vestimenta, los adornos ausentes… Just a watch. A los profetas los describe como iluminados a quienes Dios les da “cualifate”. Nadie les asigna su rol. Tienen visiones y advierten sobre choques, viajes, tragedias… Son pocos y entre ellos, en efecto, está Garikai el peluquero. No toman cerveza, chibuki o cualquier otra bebida con alcohol. Una vez al año beben vino, el 14 de abril, pero en realidad no es vino. Es tutti frutti.

REVERENDO_POLICIA_I

–Soy sacerdote por talento. Cuando tenía 14 años bebía, me divertía, fumaba mbange y nadie me decía que parara. Caía enfermo por tres días y luego otra vez. Hasta que tuve visiones y el Holy Spirit me dio poder: soy reverendo desde 1985.

–Policía desde 1986, necesitaba un trabajo y me reclutaron. Me pongo el uniforme de 20 a 23. Entre las 5 y las 14 trabajo en un hotel como supervisor de chef. Descanso entre horas.

Miro mi reloj, son las 4 de la tarde.

Lee la biblia y predica en nombre de Dios. Tiene un arma pero jamás la utilizó. De hecho, no lleva siquiera porra, apenas unas esposas o la Biblia, según el caso. Extraña paradoja la de este hombre que no dispararía aunque se encontrase en una situación comprometida. “Todo hombre tiene derecho a decidir y yo jamás le apuntaré a nadie”, dice intentando explicar lo que para él es normal pero que no me entra en la cabeza tratándose de un agente de la fuerza pública, el brazo de la ley, el brazo secular y uniformado de la ley.

–Soy amigo de la gente.

Mientras te escucho, Edmond, pienso en tanto cura y tanto cana e imagino que en mi país este mix tuyo daría como resultado un ser de miedo, terrible monstruo. Tu sorpresa ante mi interés por tu rara miscelánea revela que vivimos existencias completamente distintas. Sos un ser libre y estás lejos del abuso de poder que te podrían dar tus uniformes. No vendría mal que fueras a predicar un poco por mis pagos che.

REVERENDO_POLICIA_II

Edmond Tsoka,3403 44 Crescent, Glen View 4, Harare, Zimbabwe

Mayo de 2001