JOYA (alguna vez, taxi)

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JOYA (alguna vez, taxi)

No hay talón que refute un problema de siglos.El bello y alto Zenón lo pensó como una de las paradojas con que intentaba probar la inexistencia del movimiento en la Grecia presocrática.La carrera imaginaria entre los pies ligeros de Aquiles y la lentísima tortuga tenía como premisa la condición de que la más débil saliera adelantada, ventaja concedida por su inferioridad ante el poderoso rival. Según Zenón, Aquiles nunca la alcanzaría. Cada vez que recorriera la distancia que lo separaba de la tortuga, ella ya no estaría allí. Contra todo sentido común, el filósofo pretendía probar lo ilusorio del movimiento. Mediante el absurdo.Algunos siglos después los matemáticos se ocuparon de los asuntos infinitesimales y decidieron que aunque los puntos de separación en la ruta de la carrera entre el héroe y la quelonia sean infinitos, son, al mismo tiempo, cada vez más menores en tamaño. La infinitud de divisibilidad del espacio está limitada por la finitud del tiempo necesario para recorrerla; tiempo, en sí mismo, divisible hasta el infinito; pero finito al fin. Así, Aquiles es número puesto; vencedor indiscutido.

Entonces, llegó Borges y saludó como joya inmortal a la paradoja de Zenón, el discípulo de Parménides, negador de que pudiera suceder algo en el universo. Y escribió.

Aquiles, símbolo de rapidez, tiene que alcanzar a la tortuga, símbolo de morosidad. Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da diez metros de ventaja. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro; Aquiles el milímetro, la tortuga un décimo de milímetro, y así infinitamente, de modo que Aquiles puede correr para siempre sin alcanzarla. Así la paradoja inmortal.

                Como es posible que tanta erudición universal intimide, para apaciguar angustias a quienes las tengan o para quienes no resistan la tentación de curiosear, se ofrece un alto en el camino:

Siglos de refutaciones argumentaron sobre la quietud y el movimiento, sobre el tiempo y el espacio: los números y las cualidades del infinito estable y del creciente.

Una genial aceptación de estos hechos ha inspirado la fórmula de que una colección infinita —verbigracia, la serie de los números naturales— es una colección cuyos miembros pueden desdoblarse a su vez en series infinitas. La parte, en esas elevadas latitudes de la numeración, no es menos copiosa que el todo: la cantidad precisa de puntos que hay en el universo es la que hay en un metro de universo, o en un decímetro, o en la más honda trayectoria estelar.

Al final de la noticia ( no yo que todavía seco la transpiración de mi frente cada vez que el ascensor recorre la distancia – tiempo entre el piso nueve y el piso diez) Borges  arriba a la respuesta concluida en pregunta.

Zenón es incontestable, salvo que confesemos la idealidad del espacio y del tiempo. Aceptemos el idealismo, aceptemos el crecimiento concreto de lo percibido, y eludiremos la pululación de abismos de la paradoja.

¿Tocar a nuestro concepto del universo, por ese pedacito de tiniebla griega?, interrogará mi lector.