Editorial

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No puedo agarrar  la palabra péndulo, alguna mano miserable la puso a oscilar entre lo más pobre de lo pobre y lo más vil de lo vil, la puso a sembrar semillitas de miserables conclusiones, representaciones que se escurren del colador de la palabra, no de la vida,  hilos que anudan el sentido sin consentimiento: ¿usamos la misma palabra para hablar de quien ha caído o ha sido lanzado por debajo de toda pobreza y para nombrar a un mal sujeto?  Entonces, ¿pendularemos así nomás  entre la idea de que un pobre siempre es un feo bicho y, por inversión de la moneda, que todo mal bicho es pobre?

collage, Randy Mora
collage, Randy Mora

 

Buscamos a quien mueve el fiel del lenguaje y se escurre, se ha vuelto él mismo péndulo, marea rapaz que se superpone al metal y se indistingue en las pantallas multiplicadas de siempre lo mismo, de solo lo único, indetenida, la calle misma oscila, rueda, dobla, trepa una ladera, apura el paso detrás de los que huyen, un  péndulo ideal está constituido por un hilo inextensible de masa despreciable, sostenido por su extremo superior de un punto fijo, con una masa puntual sujeta en su extremo inferior que oscila libremente en un plano vertical, este no es un péndulo ni de cerca ideal,  el hilo se estira y deja rajaduras en el aire, está sostenido en un extremo por varios puntos disciplinadamente viles y armados y su masa puntual es de plomo,

Lana Tustich
Lana Tustich

 

 

sobre ella va montado el nombre de una muerte, y uno apura el paso ladera arriba, resuello abajo y quiere llegar hasta el muchacho, desviarlo de  esa trayectoria, el yuyaje y el frío acompañan, la tarde baja la altura del cielo hasta casi amarronarla de huellas, pero no hay caso, la muy maldita arremete y hace blanco, Nahuel cae dentro de su nombre, se hermanan a su agonía algunas manos, ciertos temblores, los gritos no conmueven la impavidez del péndulo que oscila sin paz, de un lado carga la pólvora, del otro la dispara, no respira, no respira el cielo terroso de este día,  el frío se achicharra con el fuego que lo atraviesa, el yuyaje está mareado de dolor, sobrepasada su materia de aquello que es capaz de percibir, se desborda en contracciones que no alcanzan para evitar que la muerte circule las bala en retracciones, el contorno entero del territorio convulsiona, hay algo dentro del agua helada que denuncia una violencia de orilla, una violencia tal vez sin marcas, pero que no vengan ahora a absolver la miseria con  la ausencia de  “pruebas”, pendula la muerte desde la superficie hasta el fondo del río, no necesita ir muy profundo, simplemente aprieta la amenaza en el punto fijo sobre  una margen y  la muerte móvil en el fondo,  así Santiago es un eco que espera a su biógrafo de último momento, allí estaban de testigos los arbustos, la enramada guarda el relato en el corazón del follaje, para cuando llegue el día, para cuando sea propicio, para cuando el péndulo deje de oscilar en seco en las piletas huérfanas de Milagro Sala, para cuando ella misma reponga el agua y la buena sed entre el aire repleto de brazadas que la reclaman, para que los Inmorales caigan, de una vez por siempre, bajo el peso de su mismo péndulo, suspendidos en la bruta creencia de pensar que ellos mueven el destino sin ser movidos, obnubilados por la absurda idea de que la montaña acumulada y saqueada, cuando llega al máximo de altura, elude la muerte, porque llegará el momento, aunque no sea ya mismo, llegará el momento en que  tendremos agua  para despertar el cuerpo dormido en la ducha,  luz para combatir el fuego del verano,

péndulo del deseo, Alex Stevenson Díaz, Colombia
péndulo del deseo, Alex Stevenson Díaz, Colombia

gas para que la olla humee en variedades en todas las hornallas, serán entonces, “servicios” y no serviles, traerán frescura, alimento, cuidado,  esta carga aliada del tirano péndulo, llegará el día en que podremos separar las aguas sin ser dioses y pasarán, sin prisa y sin desierto, los orfebres, los oficiantes de las manos, los que sudan las máquinas y trajinan los trenes, eso sí, llegará el día, siempre y cuando no pendulemos así nomás entre asociaciones mafiosas del lenguaje, mientras no cedamos el hacer obstinado en nuestro territorio- que no se trata solo de un pedazo de tierra, sino de esta página inmensa y fértil donde vamos a labrar las palabras- mientras no creamos que detendremos el péndulo solo por prepotencias del deseo, mientras el deseo no sea un punto fijo, sino ese devenir del horizonte que hace la multitud y no la masa, el abrazo y no el arreglo, mientras estemos atentos y activos y, cuando el péndulo oscile, podamos apretar los dientes y decir, momentito, que un extremo es un extremo y el otro es bien otra cosa, que cuando hay gente caída por debajo de la pobreza es siempre porque algo o algunos lo han empujado y que lo otro, tal vez de carambola, sí es cierto, todo miserable es una montaña de pobreza, una montaña que terminará por cubrirlo cuando la masa puntual, sujeta en su extremo, siempre inferior, le estrelle el rostro contra la inevitable elocuencia de los mejores espejos.