SIN LENTES

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Claroscuros: Editorial

Por Gabriela Stoppelman

Hay que mirar sin lentes para que se abra ante la mirada el vacío de la luz. Allí, lo más campante, se entrevé un ojo hueco, una ausencia infinita, eterna y concentrada en un punto. Enorme en su pequeña geometría, alberga -sin ninguna respuesta- todas las figuras de la incompletud:

Rhui Pala. Fotografía.
Rhui Pala. Fotografía.

el sesgo entre dos cuerpos en el máximo entusiasmo del abrazo,

la noche entera en que intentaste palabrear en el silencio la filigrana de alguna letra,

la muerte misma, dale coquetear con sus fantasmas,

la acritud del miedo, aferrado sin piedad a la mano del accidente, al cruzar la vereda,

la mano que vino mala, entre  inmigración y postergaciones,

el día en que el nombre de Santiago inauguró el puente de orfandad entre los hermanos,

la inversión sublime de la ausencia en la multiplicación de las huellas,

la lluvia que gotea  persistencia sobre todas las ventanas de infancias clandestinas,

el nombre “Sara” que, como madre primera de pueblo originario, empaña los cristales, para que los dedos niños la descubran en el dibujo,

la cobardía de las justificaciones, las avalanchas sin justificación,

la tarde en que el silencio se alió a la canción, durante siete increíbles minutos de un nuevo génesis,

el mismo mundo de siempre, unos días después de la canción,

la intención tropezada con los días,

los días revolcados en la cuneta, en busca de aliento.

Eduardo Longoni. Fotografía.
Eduardo Longoni. Fotografía.

Y también:

el horizonte que, en un verso, acercaste hasta enhebrarlo entre tus manos

la hilacha que desmadejó lo ausente, en una breve negligencia del olvido

la ronda quebrada en el punto justo donde estaba el capullo del hastío

la falta trunca y necesaria para que hubiera un futuro

la diferencia entre el contorno de su espalda y la amplitud de tu abrazo

la niña al abrirse paso entre tus piernas: un desperece de mundo, ¡uno, en medio de  muchas oclusiones!

la llave de la casa al abrir el enorme pasillo que llevaba hasta una pava, donde el agua  burbujeaba y buburjeaba, sin disponerse jamás a hervir

la forma distorsionada de un cuerpo en el colchón después del largo combate por el salario

la última luz en una línea de texto, antes de dormir

Y por supuesto: la calle llagada de bultos asomados entre el hedor de cobijas viejas y bolsas, el odio embadurnado en el precio de sus perfumes, el horror ante los años a puro maquillar el rostro de tu muerte, el secador del peluquero que atorbellina agujeros entre la pretendida unidad de esa cabellera, todos los deslices de las miradas sin sedimento, la liviandad del hambre que adelgaza la palabra y la memoria, esta sed  borroneada dentro de la abundancia de un vaso, el fuego al despedazar los cuerpos, la historia repartida en porciones de biografías y  mamarrachos de ablaciones, la palabra al abrirse paso entre dos volúmenes pesados de suspiros densos, dos columnas grises de aire atorado entre la insoportable pura luz y la ameba pegajosa del todo oscuridad

Claroscuros, pues.

Alberto Verdú. Fotografía.
Alberto Verdú. Fotografía.

 

 

 

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