Sobre El Anartista

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Quiénes somos:

 

Aún  siento la consistencia, los contornos de esas letras contra mi mirada. Allá por 1999,  encontré el término “Anartista”, en una nota firmada por Alan Pauls para el suplemento Radar. Era domingo a la mañana y andaba yo en busca de un nombre para bautizar  a una flamante revista.  Teníamos varios posibles, pero ninguno demasiado adecuado, nada como un “encuentro”. Incluso, después de pensar y repensar las implicancias de la palabra, el hueco no se llenaba.

Yo no era un duchampiana, no conocía de Duchamp más que el episodio del mingitorio por y  su obra, “Desnudo bajando una escalera”. La imagen del cuadro, sin embargo, se atesoraba en mi memoria. Y ella sí  insistía en recurrencias. Para mí se trataba de la arqueología de un cuerpo, una milhojas de siluetas, capas que mostraban y escondían la historia de las transformaciones  del deseo y sus ausencias. Desnudo y cubierto por sí mismo, el lenguaje también devenía en cuerpo. Los dos se cansaban después de los trajines cotidianos. Los dos se negaban a ceder a los huecos del hastío y  las obligaciones. Cuerpo y lenguaje se superponían: dos amantes en su modo de desencontrarse, mientras andan juntos por los días, alrededor del enigma de Spinoza, “nadie sabe lo que un cuerpo puede”.

 

duchamp

El “desnudo bajando una escalera” volvió, entonces, esa mañana de domingo, en la forma de una epifanía. Y el anartista  tomó los contornos  de un  hombre que no puede definirse ni como artista ni como su contrario. Un hombre superpuesto a sí mismo y a su vacío. Un sediento que busca bordes para decir lo que le duele, lo que le falta, lo que lo abisma. Lo busca, lo cerca, se enreda en los materiales de su búsqueda y se tropieza con el propio camino que él trazó.

En la nota de Alan Pauls, yo había encontrado  más que un bautismo para una revista. Había en el dibujo- incluso en la tipografía- de la palabra “anartista” la potencia de un atractor. Ahí dentro, guardé  los atajos y los desvíos del oficio de escribir. Oficio… “Tamaño oficio” se llamaba la primera revista donde mi maestra, Lucila Févola, me invitó a publicar. De la palabra oficio me gusta  casi todo, hasta su pariente, el oficiante. Salvo su primo lejano, “el oficial”, me gusta todo. Porque  oficio es la docencia, esa forma en que la escritura desespera en los huecos de otros para tenderle puentes; porque oficio es la madre  que se pierde en los huecos de tristeza de su hija; porque oficio es la forma de los solitarios que- aun acompañados, durante las vacaciones o los feriados- modelan con lenguaje las formas de su hueco.

Hubo una vez un hueco dentro de una flor. Ya desde el día en que se abrió el pimpollo, el hueco se había sentido incómodo dentro de ese cuerpo. El pistilo y los estambres  no ayudaban. Tan centrales, intentaban empujar la incomodidad del hueco en favor de su reinado dentro de la corola. Y, con desdén, ironía y repartos injustos, hacían lo posible para expulsarlo. Así, tocado en la fibra de la tristeza más que en la del resentimiento, el hueco dejó su cuerpo de origen, en busca de un contorno donde el desfasaje fuese menos doloroso.

Las cosas no resultaron nada sencillas desde entonces. Un pétalo fuera de corola que busca pétalos fuera de corolas se expone a grandes riesgos.

Un día hubo en que, agotado de tanta inconsistencia, se posó sobre cualquier perfume, con tal de trocar un poco la soledad en palabras. A punto estuvo de ahogarse, cuando se vio metido dentro de un red llena de huecos. Aparentemente, durante su exilio, alguien había iniciado una campaña de  limpieza de huecos independientes.

Una tarde, ya cansado de merodeos, intentó volver a su corola de origen, sólo para  llegar y encontrar su lugar ya ocupado por una falta. El hueco se quedó entonces en esos remolinos alrededor de un punto, que se desatan en cuanto uno permanece casi inmóvil, entre la memoria de lo que era y lo difuso del presente.

Quedaba nomás el horizonte. Y hacia allí se dirigió, cuando lo agarró la noche. Fue la mismísima noche quien lo dejó al borde del camino. Y ahí permaneció el hueco, acurrucadito sobre el filo del cordón,  sobre el trazo fino de una frontera. Y de tanto estarse ahí tan firme y tan ahuecado, se hizo él mismo cordón, borde y hasta pastito. Sobre el pastito, un día de esos, pasó campante una hormiga.  Iba ella con la intención de cruzar la ruta, pero se detuvo a esperar que cambiara el semáforo.

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Luz verde.

Aprovechamos.   Cruzamos con ella.

Con cautela,  hay mucho tránsito.

Con determinación, también: porque el hueco aún no se ha cerrado. Hay que volver, aunque el retorno sea sólo un viaje alrededor de un punto que también viaja.

Hay que volver como vuelven las palabras finales de aquella nota, leída en 1999. Una nota que aún leo:

“…  en una entrevista con Francis Steegmuller, (Duchamp) volvía a darlo vuelta todo. “Usted sabe que es uno de los artistas más famosos del mundo”, le comenta Steegmuller. Y Duchamp: “No sé nada de eso. En primer lugar, la gente común no conoce mi nombre, mientras que la mayoría ha oído hablar de Dalí y de Picasso, e incluso de Matisse. En segundo lugar, si alguien es famoso, creo que es imposible que lo sepa. Ser famoso es como estar muerto: no creo que los muertos sepan que están muertos. Y en tercer lugar, si fuera famoso, no podría enorgullecerme demasiado; la mía sería una fama payasesca, que se remontaría a la sensación causada por el Desnudo bajando una escalera. Aunque supongo, evidentemente, que si esa clase de infamia dura ya cincuenta años, es porque entonces hay algo más que el escándalo”. Steegmuller: “¿Qué otra cosa hay?”. Duchamp: “Hay eso”. “¿Eso?” “Eso. Lo que no tiene nombre”.

 

 

Cruzamos, entonces.

El anartista

 

Pd: Ah…con respecto a la pregunta quiénes somos, no tengo ilusiones de dar una respuesta. Entre lo que fuimos y lo que podemos ser, se abre otro hueco, donde escribiremos. Ni artistas ni su contrario. En todo caso, seremos la hormiguita que cruza, seremos las condiciones de nuestra ruta, la velocidad de nuestros pies, la multiplicación de una pregunta, dentro y contra el hastío.

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