CELEBRAR TU VIDA

La queja: sobre Yita.
Por Milena Penstop
Fotografía: Diego Grispo

 

FLASHES

1. Cuando yo era chiquita y tenía que ir a la escuela muy temprano a la mañana, siempre le pedía el menú para el almuerzo. Ella, que debía usar bastón y no hacer mucha fuerza -fuera la hora que fuera- iba a comprar la comida para que estuviera lista cuando yo llegara a casa. En ese momento, no me daba cuenta del enorme esfuerzo que ella hacía para darme todos los gustos, aunque sí sentía su enorme amor. Aún lo siento.

2. Cuando yo era chiquita no tenía demasiadas cosas que hacer a la tarde, después de la escuela. Pero la merienda no me la salteaba, comía lo primero que encontraba en la heladera. Un día, al ver que en mi heladera no había nada que me gustara, fui a fijarme a la de ella. Y lo único que encontré fue un pote con queso rallado. Al principio, pensé en preguntarle si tenía algo más, pero sentía tanta hambre que, simplemente, agarré un poco de queso y me lo comí. Yo ya había comido queso rallado antes, sí, pero nunca solo. Al darme cuenta de que me gustaba, empecé a comer más y más, hasta terminarme el potecito. Ya no quedaba nada, cuando advertí que ella no me había dado permiso para agarrar comida de su heladera. Sin embrago, en vez de avisarle y pedirle perdón, solo dejé el pote vacío en donde lo encontré. Las siguientes tardes, a la hora de la merienda, volvía a agarrar queso rallado sin consultarle -y sin que ella se diera cuenta- y dejaba siempre vacío el pote. Una tarde, mientras volvía a emprenderla con mi robo habitual, ella entró en la cocina y me vio. En ese momento pensé que se iba a enojar, pero solo se rió y me pidió que le guardara un poco para sus comidas. Desde entonces, ya no solo agarraba queso a escondidas y sin consultarle, sino que lo hacía enfrente de su cara. En ese momento, no me daba cuenta: ella me dejaba hacer y alimentaba mi travesura al reponer, todos los días, el potecito de queso rallado.

3. Cuando yo era chica y estaba en la primaria, me gustaba mucho jugar con la pelota y trataba de usarla en las tardes libres. Mi mamá trabajaba y, si yo no tenía actividades extraescolares, a mí solo me tocaba hacer la tarea y entretenerme. Sin embargo, aunque era divertido jugar sola, en general, prefería hacerlo con alguien. Es por eso que decidí obligarla a ella a jugar a la pelota conmigo. Y ella, incluso con bastón, hacía lo que podía, siempre en el intento de complacerme. A veces jugábamos con la pelota de fútbol y otras, con las raquetas de tenis. Y, aunque para ella era muy difícil, rara vez me decía que no. Cuando se cansaba, me preguntaba si la quería ayudar a cocinar, por lo que juntas íbamos a su cocina y yo cumplía feliz y enchastrosamente mi rol de asistente en la tarea.

4. Cuando ya no era tan chiquita y estaba por empezar la secundaria, ella dejó de vivir en mi casa. Sin embargo, cada vez que podía, yo iba a visitarla. Incluso si ella ya no podía caminar ni jugar a la pelota como antes, era bastante entretenido hablar con ella y con Irma, la amiga que se hizo en su nuevo lugar de residencia. Ella me preguntaba cómo me iba en la secundaria, si seguía tocando la flauta y se interesaba por mis clases de teatro.

5. Una tarde llegué a visitarla con mis nuevos brackets. Cuando me sonreí, su cara se transformó. “¿Por qué te pusieron esos alambres en la boca?” Fue muy difícil hacerla entender que era necesario, que era por mi bien, así que terminé por decirle, “mirá, abuela, están de moda, se usan”.

6. Y ahora viene lo mejor: cuando crecí un poco más, en cada encuentro, comenzó a repetirse una escena extraña. Ya fuera en mis visitas o en las que le hacía mi mamá sola, la pregunta que nunca faltaba era “¿tenés novio?”. Cada vez que me lo preguntaba, le volvía a responder que no. Al principio, la pregunta aparecía de tanto en tanto. Por eso, yo no le daba importancia. Pero, cuando se puso insistente, simplemente me reía y le volvía a confirmar mi respuesta negativa. Lo peor del asunto estuvo a cargo de mi mamá. En varias ocasiones y como broma, “mamita” le contestaba a ella que “sí” para que, en mi siguiente visita, ella me acosara con comentarios acerca de mi nuevo noviecito. Una auténtica historia de nunca acabar.

 

 

 

 

 

EL REGRESO

Anoche soñé con ella. Yo estaba en mi casa con una amiga de la primaria y jugábamos. En un momento nos detuvimos y yo le pedí a mi amiga que me acompañara al cuarto de ella. Cuando llegamos, estaban las puertas abiertas, como siempre. Ella, acostada sobre su cama, apenas incorporada, buscaba sentarse con un poco de dificultad. Yo dije “feliz cumpleaños, abuela”. Mi abuela Yita ya no se acordaba que era su cumpleaños, pero aún así me sonreía y me agradecía.

Este sueño me hizo acordar a su último festejo. Cuando cumplió 88, con mi mamá y mi tío, fuimos al geriátrico y le llevamos una torta. Acompañados por Irma, le cantamos y nos quedamos charlando unas horas.

Aún siento el eco de esas charlas. Es verdad: me pone triste pensar que ya no voy a poder vivir esas cosas, que no voy a volver a jugar con mi abuela, que no le voy a volver a hablar. Sin embargo, también estoy feliz. Estoy feliz de haber compartido con ella 16 años de mi vida, de que me haya visto crecer y de que me haya querido tanto como yo la quise y la quiero. A ella.

En verdad, en vez de quejarme porque se fue, prefiero celebrar que la tuve. Y, aunque dentro de varios años, tal vez se desdibuje un poco su rostro en mi memoria, siempre voy a tenerla conmigo. Mi querida abuela.

 




FATIGADA TERSURA, OLOR AÑEJO

El Lecturista

Sobre: “Prohibido morir aquí”, de Elizabeth Taylor

Por Viviana García Arribas

NOMBRE PROPIO

Elizabeth Taylor
Elizabeth Taylor

Busco Elizabeth Taylor en Google y aparece una larga lista de entradas, todas referidas a una bella actriz de ojos color violeta, estrella de Hollywood desde los ‘40 -cuya tormentosa pareja con Richard Burton la hizo aun más famosa- fallecida en 2011. Nada más. Necesito forzar la búsqueda y agregar la palabra “escritora”, para encontrar a esta otra Elizabeth, a quien hemos descubierto tardíamente. Esta narradora publicó doce novelas, cuatro volúmenes de cuentos y un libro para jóvenes. Fue reconocida con el Whitebread-Prize recién en 1976, cuando se conoció “Blaming” -su último trabajo- en forma póstuma. El premio fue recibido por su esposo, Kendall Taylor.

Nacida como Dorothy Betty Coles, detestaba su primer nombre y decidió cambiarlo por Elizabeth. Le bastó casarse para que, del original, no sobreviviera ni el apellido, y pasó a llamarse Taylor, como su marido. Extraño encadenamiento de circunstancias para igualar su nombre con el de otra. Cuentan que era sumamente discreta, disfrutaba de la vida retirada y decía que los argumentos se le ocurrían mientras planchaba. Estaba muy lejos de la forma de vida de su tocaya. Además, odiaba que la confundieran con la actriz. Pese a haber tenido en su momento una gran cantidad de lectores, nunca fue una escritora famosa y, recién en 2012 -en oportunidad del centenario de su nacimiento-, fueron reeditados algunos de sus textos. A partir de entonces se la revalorizó y, en la actualidad, es considerada una de las mejores escritoras inglesas del Siglo XX.

FRAGMENTOS DE VIDA

Istvan Reti - Old women
Istvan Reti – Old women

La novela, conocida en nuestro país el año pasado como “Prohibido morir aquí”, fue publicada en Gran Bretaña en 1971, bajo el nombre de “Mrs. Palfrey at the Claremont”. Una vez más, parece interminable la cadena de sustituciones pero, en verdad, el título que se le ha dado localmente contiene un misterioso atractivo y condensa uno de los temores manifiestos de la protagonista. En ese micromundo, morir es casi un acto de mal gusto.

La Sra. Palfrey se muda al Hotel Claremont, en Londres, con la idea de transformar su vida solitaria junto a otros ancianos. Ya nadie parece necesitarla demasiado: su marido -compañero durante muchos años- ha muerto. Su hija está casada y pendiente de sus propias obligaciones sociales. Ella misma ya no puede cuidar su casa como lo hacía cuando era joven. Su nieto estudia en Londres y ha prometido visitarla seguido, pero jamás cumple su promesa. “A veces, cuando estaba recién casada, anhelaba liberarme… liberarme de la crianza de mi hija, liberarme de las obligaciones sociales, liberarme de mis deberes, ¿entiendes? Y liberarme también de las preocupaciones que ocasionan los seres queridos (…) Pero en realidad no deberíamos desear eso, porque con el tiempo descubrí que solo podemos ser libres cuando nadie nos necesite” (1).

Poco se sabe de su vida antes de llegar al hotel, de los motivos de su hija para comportarse en forma tan distante o del abandono de su nieto. La autora, deliberadamente, escamotea estos datos. Hace un recorte y se enfoca en la descripción minuciosa de esa nueva vida y del conocimiento que, poco a poco, entabla con sus compañeros y compañeras. Igual que Ludo -un joven escritor que la Sra. Palfrey conoce por accidente-, Taylor parece observar “los pies que pasaban por la vereda (…) tratando de imaginar el resto de esos cuerpos que no podía ver” (1). Se detiene en los detalles del presente y, a través de ellos, vislumbra -apenas- el sesgo de un pasado que ya no cuenta, aunque ejerce su peso en cada movimiento de la protagonista. Ese pasado es el de las personas que no están -por muerte o abandono-, los objetos, las pertenencias y, aun, el prestigio.

EL ESPEJO DE LOS OTROS

watercolor-portrait-of-an-old-lady-greta-corens
Greta Corens – Portrait of an old lady

¿Cómo construir la propia imagen si durante la vida solo nos vemos a partir de una sombra proyectada por los demás? ¿Cómo ser una, luego de haber sido solo hija, esposa o madre? “En su juventud tenía que cuidar su imagen primero ante su marido, a quien admiraba, luego ante sí misma y por último ante los nativos (“Soy una mujer inglesa”). En la actualidad, esa imagen de sí misma ya no se reflejaba en nadie, y estaba disminuida: había perdido dos tercios de su antiguo valor (ya no había marido ni nativos)” (1). Conmueve el empleo de una fracción matemática al mencionar la merma de la propia imagen a la tercera parte del valor que tenía en su juventud.

En realidad, se hace evidente el sometimiento a la mirada de los demás por parte de todos los personajes reunidos en el hotel, donde los rituales de cada día, los saludos y las formalidades, sostienen una organización casi perfecta. Allí no falta la mirada condenatoria sobre quienes no siguen estrictamente las reglas. El pequeño universo de los viejos funciona también como una muestra de la sociedad londinense de la época. Elizabeth Taylor pinta “el mundo en un grano de arena”(2).

En este punto, vale preguntarnos: ¿las mujeres nos permitimos hoy pensarnos al margen de cualquier condicionamiento? ¿Nos concebimos madres “abnegadas” y, también deseantes? La dinámica social, a pesar del progreso y los cambios desde la aparición de esta novela, todavía mantiene lo femenino sujeto al rol maternal. Basta con ver algunas publicidades para comprenderlo.

JUGAR CON LUDO

que-hacer-en-paris-calleUna caída callejera propicia el encuentro de la protagonista con un escritor, joven y solitario, llamado Ludo. Él la ayuda a recuperarse. El azar favorece una relación fuera del hotel, que se ha transformado en su único universo posible, y les brinda beneficios a ambos. A Ludo, observar de cerca a la Sra. Palfrey le permite tomar notas para una futura novela. Y ella lo busca para presentarlo como su nieto en el hotel. Los dos, a su manera, inventan historias en torno al otro y construyen una ficción a partir de una falta. La relación reúne elementos de amistad, replica el lazo entre abuela y nieto o entre madre e hijo y, también, juega -un poco, apenas- con la seducción. A través de Ludo, Laura Palfrey recupera una pequeña porción de la mirada de un otro sobre sí.

El personaje del joven incorpora el afuera, lo externo y lo diferente. Su forma de vida da a ver un cambio que, para la fecha de publicación de la novela -1971-, se daba en la sociedad. De este modo, en el relato pendulan vejez y juventud, formalidad y distensión.

LAS HORAS… ¿PASAN?

Algo morosa en su inicio, la novela se centra en la adaptación de la Sra. Palfrey a su nuevo hogar: en sus experiencias durante los primeros días en el hotel y en la observación de las costumbres de sus nuevos compañeros de vida. Una vez que se siente parte del grupo, los acontecimientos se aceleran: la muerte de una ex compañera, la visita a la nueva casa de otra o el acercamiento (subtrama que oscila entre la comedia y la tragedia) del Sr. Osmond. Este ritmo, calmo en un principio y más acelerado sobre el final, aporta la idea de temporalidades diferentes, donde pasado, presente y futuro pueden estirarse o contraerse. “El tiempo pasaba. Era un hecho nada difícil de probar llegado el caso, aunque sucedían muy pocas cosas” (1).

cerebro-slideSolemos dar por sentado la existencia del tiempo cronológico. Tal vez se trate solo de una forma de medir nuestra duración. Sin embargo, existen otras concepciones: puede ser cíclico o también simultáneo. También plegarse, doblarse y curvarse. En todo caso, no sólo en forma lineal.

¿VIEJOS TRAPOS?

Elizabeth Taylor tenía cincuenta y nueve años cuando se publicó esta novela. Se diría, pocos, para pensar la vejez, pero su propia muerte sobrevendría cuatro años más tarde. Quizás, el pasaje por la enfermedad haya entrenado su mirada sobre soledades y deterioros. ¿Cómo pensar la propia ausencia? El cuerpo que cargamos, mal o bien, de pronto, carente de su chispa vital, es quitado de circulación. Ya nada dependerá de nosotros, ajenos a la vida de los demás, que seguirá su curso, como si nada. En el mejor de los casos, podremos volvernos presencia en el recuerdo de quienes nos conocieron.

Varias sombras sobrevuelan la vejez de la Sra. Palfrey: su hija apenas le escribe alguna carta, su marido ha muerto, su nieto ni aparece, a pesar de vivir muy cerca del hotel. También le faltan su hogar, sus muebles y sus pertenencias. Ella es, apenas, un reflejo de su antigua vida. Sin embargo, ha formado en el hotel nuevos lazos.

Tal vez, perdurar en la memoria de los seres queridos sea una forma de la eternidad.

Banksy
Banksy

(1) “Prohibido morir aquí”, Elizabeth Taylor, 1971

(2) “Auguries of innocence”, William Blake




UNA VIDA CRUZA LA CALLE

Ausencias: sobre el despido y posterior muerte de la trabajadora estatal Amalia Chaparro.

Por Pablo Soprano.

TESTIGO DEFORME

Un instante. Tan sólo un instante y todo cambió para siempre. Amalia se zambulló a la avenida Las Heras aferrada fuertemente a su caja navideña ¿Cuántas veces habrá cruzado por ese lugar? Es prepotente el destino cuando se lo propone. Quizá en ese momento pensó en su hijo. En los regalos, en los retazos de felicidad con los que, de tanto en tanto, la vida nos premia. Detrás, el majestuoso y deforme testigo, la Biblioteca Nacional. Si habrá caminado ese territorio, si habrá subido o bajado sus angostas y caracoladas escaleras. Conocía las entrañas mismas de ese armatoste. “Amalia Chaparro, Proyecto Crónica, tercer subsuelo” rezaba su legajo, tal su escalafón.

8550377210621644

ESE INSTANTE

Toda una vida como empleada pública, como trabajadora de la cultura, acostumbrada a la lucha gremial se disponía apenas a cruzar una calle. Algo que cualquiera puede hacer, aún una peleadora como ella. Cruzar una calle, una avenida. Jamás pudo. De la nada una moto la revoleó por el aire junto a su caja, a sus sueños. Revoleó su suerte como quien lanza una moneda sin cara ni seca. Sin importar cómo fuera a caer. De un golpe, esa moto le arrebató el derecho a ser feliz en vísperas de Navidad y preanunció lo por venir. Nada volvió a ser igual para Amalia. Terapia Intensiva no era lugar para pasar las fiestas. Sin embargo, allí estaba. Fueron seis meses y luego un año. Rehabilitación kinesiológica, le aconsejó el traumatólogo. Largo calvario atenuado por la solidaridad de sus compañeros, a su lado en todo momento e incondicionalmente.

La vida cacheteó muy temprano a Amalia, madre de un hijo con retraso madurativo. La viudez dejó la desoladora consecuencia de perder la casa propia. El dolor y la falta de dinero la instalaron a ella, a su propia madre y a su hijo en una pieza de Constitución. Por lo menos el trabajo ayudaba a sostener el penoso momento. Había un Estado para apuntalarla, para contenerla. Las arenas movedizas de la política y las malas decisiones colectivas decantaron en un sistema neoliberal e insolidario que ahondó las carencias. Con el nuevo gobierno llegaron otras autoridades en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Insensibles, sin el más mínimo conocimiento de la cultura, con manejo empresarial y un profundo resentimiento contra los y las laburantes del sector.

La Edad de la Ira Oswaldo Guayasamín, años 60

UNA PERSISTENCIA TRÁGICA

Hasta el año 2015, este ente estatal había cumplido una función básica en la difusión de programas de lectura, alfabetización, cursos de revisionismo histórico y de cinematografía, entre otros. Una verdadera renovación cultural y de avanzada sobrevolaba todos los estamentos de nuestra sociedad. La nueva dirección impuesta por el gobierno neoconservador de Mauricio Macri dio por terminado el ciclo anterior en la Biblioteca, paralizó las actividades hasta reducirlas a su mínima expresión, con eufemismos tales como “se hacía mucha ‘política’ “,“cuestión ideológica” y  “gasto público”. En 2016 hubo una primera etapa de 300 despidos. El fusible, una vez más, los trabajadores. Esteban Latorre, de Higiene y Seguridad Laboral, recibió el telegrama mientras cumplía con una licencia médica. Afiliado de ATE, Latorre fue obligado a presentar toda clase de comprobantes para demostrar que había sido operado de un triple bypass. Así, luego de idas y venidas obtuvo su reincorporación. Debido a esta angustia, finalmente murió de un paro cardíaco cuando volvía a su casa en José C. Paz. En este contexto y, de forma simultánea, falleció la madre de Amalia. Así, su entorno familiar quedó muy comprometido. Aún de licencia médica y tal cual había ocurrido años atrás con su compañero laboral, ella fue incluida en una nueva tanda de despidos, dada a conocer en una lista el pasado 1° de mayo. Atroz ironía de las autoridades, justo en el día del Trabajador. Además, aplicaron jubilaciones anticipadas y persecuciones a candidatos a la Junta Interna de ATE. Este cúmulo de infortunios e iniquidades sumió a Amalia en una profunda depresión que la devolvió a terapia intensiva. Amalia falleció el lunes 20 de mayo de 2019.

Los Hilos del Destino, Toni Guerrero

MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

Muchas y muchos de sus ex compañeros y de quienes aún forman parte de la planta de la Biblioteca Nacional han decidido no sólo mantener vigente la situación y el reclamo, sino también comprometerse a darle amparo a su hijo discapacitado pues, en estos momentos, no tiene cobertura social. Asumieron solidariamente el papel contenedor que el Estado debiera proveer a su población más vulnerable y, más aun, a quienes se desempeñan en él. A pesar de los infortunios, las desgracias, los despidos y los miedos -a los que ellos no escapan- han acompañado y acompañan a Amalia más allá de la vida, más allá de la muerte.

Si tan sólo uno pudiera volver el tiempo atrás y corregir esos instantes fatales donde todo cambia. Volver a la felicidad de los trabajadores, con la certeza de estar fuertes y bien parados, con las defensas altas para enfrentar a un vendaval trágico y personal si fuera a sobrevenir. Con la seguridad de lo previsible, a pesar de todo. Volver al rostro feliz de una mujer aferrada a su caja navideña, quizá, alejada de todo tipo de infortunios, con la mente puesta en la sonrisa de su hijo al abrir sus regalos. Cruzar una y mil avenidas sin temores, ni motos chocadoras conductoras de desdichas. Volver, al fin y al cabo, a un Estado protector, redistributivo e inclusivo. Porque ¿no es, acaso, la seguridad de la “vida hecha”, sin ambiciones, lo aspiracional en todo y toda laburante?

ANGOSTO SENDERO

Como un sendero que se angosta afectado por los accidentes del suelo, hasta perderse en la espesura de un bosque. Así se apagó Amalia Chaparro. Quedan sólo imágenes de muchas horas de trabajo, de luchas compartidas. Imágenes truncas por un instante irreversible. Florece entonces la solidaridad de los compañeros, sostén en las horas difíciles y futura protección para un hijo en el mayor de los desamparos. Aferrada a una caja llena de esperanzas, aquel momento devino en un camino bifurcado, sórdido hacia dolorosas geografías. Tercer subsuelo de una pesadilla neoliberal de la que no hay escalera caracolada por la cual subir, ni libro que indique cómo escapar.
Una vida cruza la calle, la suerte está echada.

Amalia Chaparro, @MauriElbueno, Mauricio Polchi, tuit del 22 de mayo de 2019

 

 

 




DE ESO NO SE HABLA

Exilios: Sobre la destrucción de la familia de Mabel, durante la Dictadura civico-militar argentina.

 Por Carlos Coll

EL BRILLO DE LA CAOBA

“Farmer’s child” Autor: August Sander

Imposible dormir desde hacía varios días. Mabel se levantó de la cama con dificultad, apenas se podía tener parada. Caminó lentamente y cruzó el patio sin mirar al cuarto al lado de la cocina. Un murmullo asomaba por la puerta. No le prestó atención. Entró en el baño y se encerró. No necesitó encender la luz. El sol tempranero atravesaba los vidrios e iluminaba la figura tambaleante. Se paró frente al espejo manchado sin reconocerse. Una mujer ojerosa y muy blanca la miraba. El pelo era un enjambre gris, arremolinado sobre la frente. Lo acomodó y se mojó los ojos resecos. Las lágrimas habían desaparecido. Con los pies a la rastra, dentro de las chancletas de franela, entró a la habitación. Silencio. Estaba allí, contra la pared del fondo. Se acercó entre temblores y apoyó sus manos sobre el reflejo de la caoba brillante que, de inmediato, la encegueció. Trataba de encontrarla, por eso levantó la mirada y buscó más arriba, donde la tapa abierta le ofrecía una promesa. Tomó valor, cerró los ojos y lo rodeó. Después, solo fue dejar que la eternidad la cubriera. Cuando pudo deshacerse de ella, los abrió. El aire viciado de la habitación acariciaba sus mejillas mojadas. La neblina gris se apoyaba sobre Mabel, apretándola contra el piso de machimbre. Estaba allí, hermosa, rosada con los labios carmín. No la recordaba así. La última vez la había visto pálida y con el rostro contraído. En cambio ahora, relajada, liberada, a reconoció. Era su Lilianita, aquella que había abrazado, amamantado y cuidado. Había regresado después de aquella larga ausencia. Por fin, pudo llorar.

PERIQUITA

Rebelde, desde pequeña, siempre hacía lo que se le antojaba. A decir verdad, sus dos hijas mujeres le resultaron complicadas en la adolescencia. No así el varón. Sería que era el menor, el más protegido. Le contaba todo, buscaba su protección. Mabel era la gallina que levantaba sus alas y allí se refugiaba el pichón.

Portada de la revista Periquita #5 Autor: Ernie Bushmiller

Primero, Lilianita se mudó a la vuelta, a la casa de sus padres donde vive aún su herma menor, Luisa. Después, lo hizo Cora. Sin darse cuenta, Mabel las perdió de a poco. La tía las adoraba pero era demasiado floja y Mabel la dejó hacer. Le había resultado cómodo, ahora lo entendía. Cuando reaccionó, no sabía de la vida de sus hijas. No conocía sus gustos, ni sus costumbres, ni sus amigos.

Un día se enteró que, a veces, Lilianita no venía a dormir y desaparecía por días. Regresaba en las mañanas con su gran poncho salteño hasta los pies. Las ausencias se hacían cada vez más frecuentes. Aparecía en la casa paterna con amigos de su edad y mayores. Bigotes, barbas, pelos largos. Extensas noches materas, cantos, charlas en voces bajas. Luisa no hablaba y Cora la esquivaba.

Repentinamente, se esfumó. Nadie sabía dónde había ido. Mabel desgarró a su hermana y a su otra hija con preguntas. El silencio y la ignorancia ganaron la partida hasta que Mabel dejó de preguntar. Su vida continuó acallada. Las compras en busca de buenos precios, las visitas silenciosas a su primo Aníbal ahí, a unos metros de su casa. No salía del barrio, vivía enquistada entre las dos cuadras que la rodeaban, vivía dentro de su cuerpo regordete, al que arrastraba con dificultad.

 

EL SISMO

Ese domingo se había levantado temprano y se dirigía a la panadería. Al pasar por el quiosco, Don Juan la miró con angustia y le regaló el diario. No dijo una palabra, solo estiró la mano y se lo alcanzó. Mabel no entendía, se lo puso bajo el brazo y siguió su camino. Cuando llegó a la casa y entró al pasillo del PH oscuro, reparó que tenía un diario. Se sorprendió, no lo recordaba. Intrigada, trató de hojearlo. La luz no era suficiente. Entró en su casa, dejó la bolsa del pan y buscó los lentes

Un grito le arrancó la garganta y cayó al piso. Cuando despertó estaba en la cama. Luisa y Cora la miraban y le hacían oler un pañuelo con vinagre. La pieza la arrinconó entre giros urgentes. Se incorporó como un resorte y buscó el periódico. En la primera plana una foto de su Lilianita rodeada de letras oscuras:

“Una de las terroristas resultó muerta, al resistirse con armas de fuego, durante un allanamiento a una casa de Flores, efectuado por las fuerzas de seguridad”.

Fuente: Pixabay

La pieza desapareció. La noche se la tragó.

TEMBLOR BARRIAL

Mabel sobrellevó esos días de un constante gris nuboso. Le era imposible entender ni un poco qué ocurría. Su vida se convirtió en un devenir sin conciencia por las calles del barrio. No reconocía a la gente, no sentía.

“A dream on our way to death”} Autor: Foureyes

Esa mañana amaneció gris, como ella. El barrio se sobresaltó ante los golpes en la puerta y ante los gritos ahogados. Con armas y a empujones, entraron en la casa paterna, mientras destrozaban todo a su paso. Nadie supo bien qué había pasado, solo que se llevaron a Cora y a Luisa. La casa fue clausurada, enfajada. Nadie podía entrar.

Para Mabel resultó demasiado. Una hija muerta y la otra- junto a su hermana- sin destino conocido. Buscaron desesperados, revolvieron cielo y tierra. Nadie sabía nada, nadie decía nada.

Un día, esos aparecieron y sacaron las fajas. Los vecinos los vieron. Corrieron a buscar a Mabel quien, en camisón y en chancletas, trastabillaba las veredas desparejas y los acribilló a preguntas inútiles. Se marcharon. Ente lágrimas, entró a los restos de la casa dada vuelta, de altura a sótano, todo despanzurrado.

Mucho después, llegó la notificación. Estaban presas por sospecha de terrorismo. Habían encontrado armas de guerra en el sótano de la casa. Pero, ¡si estaban presas, estaban vivas! Y, desde entonces, todo fue gestión hasta lograr un permiso especial para, después de atravesar largas colas en la entrada de la cárcel, cacheos y humillación, verlas.

 

FANTASMAS

En el escenario de esa época, su querido primo Aníbal era el infaltable a visitarlas todos los domingos. Él las acompañaba en la cárcel, les llevaba dinero, noticias de Mabel, de la familia. La pobre no se atrevía a ir a verlas, a soportar aquel lugar. ¿Cuánto tiempo había pasado? No era fácil de precisar. Mabel vivió y vive en un estado de perturbación.

“Ausencia” Autora: Masipica

Un día, sin previa notificación, sin ningún aviso, aparecieron tía y sobrina en el PH de Mabel. Delgadas, calladas, ocuparon la pieza de la terraza.

No hubo comentarios ni preguntas. El barrio observaba y callaba. En silencio y en soledad, las dos mujeres arreglaron la casa de la vuelta y se volvieron a instalar. Nunca comentaron el tema con nadie. Seguramente entre huellas del tiempo pasado por las dos en la cárcel regresan salidas nocturnas sin destino definido, gritos desgarradores de los vecinos invisibles

Así las cosas, los trastornos fueron irreversibles pero la vida debía continuar y Mabel seguía y aún sigue yendo los domingos a Chacarita a visitar a su Lilianita.

 

 

EL DEVENIR

“La calandria canta
en la casa del gato”

                Elsie Vivanco

 

Mabel era calandria. Como todos nosotros, cuando cantaba, no pensaba que el gato andaba cerca. Pero, a su vez, sabía, como todos nosotros, que el gato -la muerte o su posibilidad- coexistía con ella.  Sin embargo, una cosa es la muerte y otra el asesinato de una hija y dos detenciones de otra hija y una hermana,Foto2 el exilio que bien pudieron haber terminado en muerte. Cora y Luisa regresaron. Pero algo de ellas quedó en el exilio para siempre. Un exilio que es casi un limbo, un espacio de ausencia de donde se retiró, incluso, la palabra. De eso no se habla, porque si hablamos, tal vez nos desmoronemos. Y el silencio de  quienes callan rebota en el silencio de quienes no pueden oír y necesitarían completar con lenguaje la cicatrización de tanta violencia. Mabel no pudo escuchar nada de Cora ni de Luisa. Cora y Luisa no pudieron decir. En cuanto a Liliana, su nombre en una lápida aún habla. Por no mencionar, la elocuencia casi ensordecedora de todos estos silencios.

Venimos desnudos y solos. Transcurrimos rodeándonos de sentimientos, bienes, objetos. Creemos que todo eso nos pertenece y perdurará eternamente, sin darnos cuenta que nos iremos como vinimos: en soledad y desnudos. Esquivamos al gato y siempre soñamos con matar al felino. Mientras tanto, quienes tenemos voz, cantamos. Y, al ser calandrias, probamos devolver un poco de lenguaje a quienes fueron exiliados en un silencio sin salida.

 

Foto de portada: “El presente del pasado” de Natalia Calabrese