CENICIENTA Y SUS BAILES NOCTURNOS

La decisión: sobre el programa radial  “Vayan a Laburar”

 SINTONÍA DE GOL

Es domingo por la tarde y transmiten un partido de Argentinos Juniors contra Boca.  Papá mueve la perilla de la Spica, hasta dar con la sintonía de los 4 goles que Maradona le metió a Gatti en la Bombonera. Los goles tienen esa capacidad de expresión corta y abundante. Intensa. Mi papá -Goyito- fruncía el ceño, se restregaba las manos con fuerza y sonreía. La radio hace feliz a la gente. Ser de Argentinos Juniors le cabía a su  bajo perfil, no era un tipo de enrostrarte los goles en la cara, pero eso sí, tenía una risita burlona. La sufrí ese día de 1980, porque yo soy de Boca.

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CONSPIRAN EN LA NOCHE

Voces aliadas con el insomnio demoran la madrugada. De 2 a 6, Martín Piqué, Juan Facundo Cardoso y, a veces, Jorge Dorio me hablan al oído desde de la almohada. Murmullos que hechizan la noche y desvanecen las horas.“Vayan a Laburar” es un espacio de intersección de ideas -política, filosofía e historia- que impide conciliar el sueño.

Hay cierta complicidad en las madrugadas, un cuidado en las palabras susurradas sin apuros, una dimensión diferente del tiempo: cada segundo es un universo que estalla. En esa tonalidad de bajo perfil, analiza la política Rodolfo Montes, los lunes a las 3.

MAR DE LAS UVAS

Otras veces la perilla gira de la mano de mi madre. Limpia, mientras suena Mercedes Sosa,

Cuando tenga la tierra
Te lo juro semilla que la vida
Será un dulce racimo y en el mar de las uvas
Nuestro vino, cantaré, cantaré.”

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Por aquel entonces, una radio en la cocina abría el camino directo a la música. Mamá buscaba las letras en el cancionero y cantaba afinada, con la escoba en mano. Yo la espiaba desde mi sillita de mimbre. Eran buenos tiempos. Quiero traer esa parte a la memoria. Aunque sean retazos.

TRIBU IMAGINARIA

“Vayan a laburar” es un programa de culto. Una tribu imaginaria a la que espío. Una referencia y un anclaje.

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Los  viernes a las 4, por ejemplo, Julián Fava hace delicias con la filosofía y el peronismo. Y yo subo el volumen, callo y escucho. O, mejor dicho,  dormito y escucho.  El otro día, junto a Martín Cardozo dieron una clase sobre Kusch, un antropólogo y pensador irreverente: “siempre vemos a América con un rostro sucio, que debe ser lavado para afirmar nuestra convicción y nuestra seguridad”. Cosas así pasan. Algunas ideas son bellezas de la imaginación.

https://radiocut.fm/audiocut/rodolfo-kusch-una-filosofia-desde-nuestra-america/

Ese entramado,  esas dimensiones de análisis, intensifican mi capacidad de entendimiento, pero, cual Cenicienta a medianoche, la lucidez cede lentamente y el sueño la difumina en imágenes oníricas que, durante el día, me llevarán a recordar la insistencia de alguna idea. A veces las palabras hacen lo suyo.

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GANATE ALGO

Hace unos años a mis padres se les dio  por llamar a las radios y participar de los concursos. Jugaban  a contestar preguntas y recibían premios de libros, entradas teatrales o  felicitaciones y saludos al aire. Buscaban esos inesperados momentos. Los provocaban. Eran temas de conversaciones familiares. Inclusive, trabaron amistad con una locutora, a la que a veces encontraban por el barrio y con quien tomaban un café. La radio hace feliz a la gente.

RETAZOS

Por la madrugada, en esa suave oscuridad, sueño mundos en las palabras. Decido estar despierta, mover yo también la sintonía, darle más volumen a la radio y saltar a otra orilla empapada de luz, sin destino, ni rutinas, con la ilusión de que la semilla dé, por fin, un dulce racimo. Es un agujero en la continuidad, una forma de desautomatizar lo actual. Se los recomiendo, aunque ojo, es adictivo abundante e intenso. La radio hace feliz a la gente. Así que ya saben, si me sorprenden por ahí papando moscas, es que me quedé escuchando, meta espiar las voces de “Vayan a Laburar”.

 

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EL BORDE DE LO REAL

La decisión: sobre un encuentro con Jaime Roos
Por Valeria Roig

 

 

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Candombe, Pedro Figari

 

A SUS ORILLAS                                                           

“No lo vieron a Molina que no pisa más el bar/ Donde está la gran muñeca/ Que no trilla el bulevard/ Esta noche es de recuerdos/ Este brindis por Pierrot…” (**).

Ya no recuerdo bien el año, creo que era el 2006, pudo ser el 2007. Pasó más de una década y aún me asombra sentir esta noche memorable, intacta en el recuerdo.

Un viaje por trabajo me llevó a la hermosa ciudad de Montevideo. Como jefa de producción de un comercial, trabajaba a destajo hacía ya más de dos semanas, en cientos de problemas a resolver. Me ocupaba de logística, de equipos, de cuestiones técnicas, del casting, de locaciones, de transporte y de alojamiento. Al haber recursos, estábamos alojados en el hotel “NH Montevideo”, en la Rambla Gran Bretaña frente a la Plaza Felipe V, en el barrio de la ciudad vieja.

El gran Río de la Plata me observaba desde los ventanales del hotel, mientras seguía ocupada en reuniones, llamadas telefónicas, y trabajo en la computadora. Necesitaba descansar. Todavía tenía temas que resolver y el rodaje iniciaba a las siete de la madrugada siguiente, pero el río y las lucecitas de algunas boyas y de barcos lejanos, me impulsaron a salir. Era una decisión difícil, aunque muy necesaria. Convencí a Magali, una compañera de trabajo, para que fuésemos a un barcito en la esquina del hotel, en la calle treinta y tres. Salimos. Nos acompañaban el olor a río, el viento húmedo y, las ganas de divertirnos. Solo caminamos unos trescientos metros.

 

PUENTES DE CARNAVAL

“Amor profundo/ Es lo que siento al cantar/ Poco hay en este mundo que me haga así vibrar/ En mi alegría/ Se esconde siempre un lagrimón/ De que todo termina….”

Llegamos al bar. Había alguna gente en la vereda y no hacía frío, Montevideo siempre me recuerda al carnaval, a los tambores de las murgas uruguayas y a la música de Jaime Roos. Eso comentábamos con Magali, cuando, lo descubrimos sentado en una mesa y solo: el mismísimo Jaime Roos. Tomaba una cerveza.

Creo que me acerqué tanto a él, que mi mirada intensa hizo que me mirara.

– Buenas noches.

Su voz, característica, profunda, grave. Quedé estupefacta. Pero yo latía de emoción, así que superé la vergüenza y lo saludé.

– Jaime, querido, buenas noches, qué maravilla verte en tu ciudad.

Y ahí nomás nos invitó a sentarnos con él. Creo que fue la mejor cerveza de mi vida.

CALLEJEAR DURAZNO

“La calle Durazno/ Atraviesa dos barrios/De chata figura/ De amarga dulzura/Son Sur y Palermo/Rivales y hermanos/ Que cruzan Durazno/ Camino del mar”

En un minuto, cansancio y obligaciones de trabajo se esfumaron. Contento, Jaime nos contó sobre su niñez en el barrio sur y sobre cómo sus vivencias lo llevaron a escribir el tema “Durazno y Convención”. Estábamos sentados a solo seis cuadras de esa esquina inmortalizada por su canción.

Habló de su vida en París y luego en Ámsterdam. Pero, a pesar de muchos buenos momentos vividos en el primer mundo, él había regresado a Montevideo y se había comprado su departamento frente al río, al lado del NH.

– Estos barrios de Montevideo fueron los barrios del nacimiento del candombe, acá vivían los negros uruguayos. En los setenta, la dictadura militar removió los conventillos y a sus antiguos habitantes para armar estos barrios paquetes.

Yo le hablé del exilio de mi familia -algunos en Canadá, otros en México o en Ecuador-, él nos contó más de su exilio en Europa, de lo difícil que era estar lejos de su ciudad, de su gente; de lo diferente que sentís lo cotidiano y la política, cuando vivís en un lugar que no es tuyo. Habló largo rato de su hijo, todo un holandés, de la virtud del fútbol, de esa pasión que se comparte con Europa y cómo la pelota lo unía a su hijo.

Atardecer-en-el-Río-de-la-Plata_-Marina-Vicente   Atardecer, Marina Vicente

  ANDARES INFINITOS

“Ayer recibí una carta directa de Nueva York/ de mi amigo el Horacio/ Trabaja de soldador/ Ahora tiene cola chata/ Alfombra y calefacción / Parece cosa de locos, le va cada vez peor/  Extraña la gente nuestra que le hable sin despreciar/extraña el aire del puerto cuando anuncia el temporal/Y sin embargo recuerda las cosas por la mitad/ Se olvida las que pasaba antes de irse para allá/Uruguayos, uruguayos dónde fueron a parar / Por los barrios más remotos de Colombres o Ámsterdam/Volver no tiene sentido/ Tampoco vivir allí/ El que se fue no es tan vivo/El que se fue no es tan gil/ Por eso, si alguien se borra, ¿qué le podemos decir?/ ¡No te olvides de nosotros y que seas muy feliz!”

La conversación pasó por recuerdos de Jaime en Buenos Aires y por charlas con otros grandes artistas como Adriana Varela, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. También nos puso al tanto de que, en ese mismo bar, se reunía muchas veces con la nueva banda uruguaya de ese momento, “La Vela Puerca”. La conversación fluía, cervezas de por medio, como si hubiéramos sido viejos amigos de antes.

73330099_1_x                                                 La Pareja. Osvaldo Guayasamín.

SURCOS DE SANGRE CON NOTAS

“Dale que sopla torcido/ No se te vaya a caer/ que cose y que pinta/ Y qué linda que está/ Que tira y que tira/ Y qué lindo que va/Polleras de trapo marcando el compás/ Cañas ligeras que saben volar/ Dale más piola que llega hasta el sol”

El olor del río y el sonido de sus olas daban la sensación de estar en el aire, como si no hubiera sido posible tener esta increíble charla y tanta conexión con alguien tan admirado, tan humano. Eran las tres de la mañana y Jaime nos invitó a caminar por la Rambla para ir hasta la Plazoleta frente al hotel.

Caminamos nuestro escaso equilibrio por el cordón de la vereda, durante trescientos metros. Ahí, en la plazoleta, dijo que, donde estaba el hotel y frente al río, había nacido el candombe en Uruguay. En ese lugar, para 1800, vivían los esclavos que llegaban forzados a trabajar y, en eso de su nueva vida, inventaron ritmos y cantos con sus herencias traídas del África. Danza y cantos desde las entrañas de los tambores.

PUNTOS CARDINALES SIN FIN

“Algún día sabrás lo que ha sido vivir/ amándote/amándote/ fue así que me dijo no te enamores de nadie me dijo/ mi vida mi amor”

Eran las cuatro de la mañana, el tiempo había desaparecido mientras conversábamos con él. Jaime se dirigió a la barra del bar del hotel, saludó a todos, como cliente habitual y se pidió un whisky antes de dormir.

Este gran amor platónico, que aún siento por Jaime, tuvo una noche compartida. Casi como un sueño, ese tiempo indeleble quedará siempre en mi corazón. Suerte que esa noche decidí salir, ¿una corazonada?, ¿el destino?, ¿cuántos encuentros tenemos en una vida? Creo que son pocos y la mayoría suceden accidentalmente, casi como una cosa del destino.
No creo en dios, apenas creo en algunos rasgos bellos de la humanidad, en la Pachamama, en el sol y en la luna. Entiendo que nuestra vida transcurre en un devenir de casualidades y también de muchísimas decisiones propias de caminos que se bifurcan.

Y a no confundir elecciones con decisiones: las elecciones las hacemos acerca del mundo que nos rodea: qué comemos (sano o no), qué vestimos (¿a la moda?) qué leemos (¿reflexiones o pasatiempos?). Hay elecciones más profundas: ¿qué profesión voy a estudiar?, ¿qué relaciones quiero/ puedo bancar? ¿Quiero ser madre o no? Pero las decisiones, diríamos en criollo, ocurren cuando te la jugás en serio por algo. Y así vamos construyéndonos como personas.

¡Zas! Esa noche, la decisión provino de un deseo. Podría no haber aprovechado ese azar que me invitó a salir. Sin embargo, nada, ni nadie pudo robar la alegría de este secreto momento vivido. El aire del Río de la Plata, una y otra vez, me devuelve acordes de guitarra, su hermosa poesía, abrazadas por el ritmo de los tambores y del candombe.

(**) Todos los epígrafes pertenecen a Jaime Roos

Imagen de Portada: Candombe, Eduardo Vernazza.




EL PERPETUO MOVIMIENTO

Claroscuros: sobre la casa de los padres de Perón, en el barrio de Flores.

Por Eugenia Casetta Buenanueva

 

A LOS BOTES

Hay 1589 textos sobre Juan Domingo Perón  y 1712 textos sobre Evita. Se puede concluir, entonces, una tentación imperiosa a escribir alrededor de la luz y la oscuridad irradiadas por ambos. Aunque intenten disimularlos con cifras y fórmulas político- económicas, estos textos siempre son volúmenes importantes de escritura empeñada en aprehender algo tan común, tan profundo, como el odio y el amor humano. Difícil entonces, intentar algo novedoso. A pesar de la repetición inevitable, uno se deja mecer por las suaves e intensas olas de peronismo y, bajo su lumbre, comienza a garabatear sensaciones. Como ríos centelleantes en primavera, a favor o en contra, se embarcan en el mundo de las palabras para llegar al puerto Perón. O al de Eva Duarte de Perón. Ni hablar de esa vana ambición de algunos, ese intento de interpretar el peronismo, como si hubiera algún modo de explicar sin falta, la naturaleza de la conducta humana. Así de vasto y complejo es este movimiento político. Por eso, yo también me sumo a remar.

 

FLORES PARA PERÓN

Un recorte, una noticia soslayada dentro del fragor Nacional. “Inauguran una muestra de arte en la casa donde vivieron los padres de Perón”.  La dirección señalada está a escasos 900 metros de mi casa. Tomé la bici y volé hacia allí. G. Laferrere 3259. En la primera visita sólo me recibió un árbol vetusto, testigo seguro de la visitas de Perón a sus padres, ya mayores. Los contadores de historias barriales afirman que, en el baldío pegado a esta vivienda, hasta hubo una suerte de club para los pibes del barrio, con pelotas y otros enseres indispensables a tal fin. Y, aquí, un dato llamativo: esos elementos fueron provistos por el mismísimo Perón. Por aquel entonces, Juan Domingo era un joven cadete militar. Por supuesto, con el tiempo, ese pequeño club futbolero llevó el nombre de ” Juan Domingo Perón”.  Así esas calles anchas, de cielo frondoso, ese caserío de fingida alcurnia, ante el primer gesto populista del General “oscurece” la vista de mucho gorilaje. Tal vez, ha de ser este el motivo por el cual esta pequeña epopeya entre unos pibes sin balón y Juan Domingo Sosa resultó celosamente escondida. Juan Domingo Sosa, sí. Ese fue su nombre durante los primeros años de vida, “hijo natural”, o sea, “ilegítimo”. Y vaya si le marcó el destino esta mancha infligida por los ejércitos de la moral. ¿Habrá sido ese el germen de sus designios políticos? ¿O quizás todo comenzó en otra anécdota, al cobijar en la casa familiar patagónica, a un indígena? Sin pilchas pero digno y orgulloso de su identidad, según palabras de Don Tomás Perón.

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A VOTAR, MI AMOR

Don Perón y Doña Sosa envejecieron en la casona de la calle Laferrere, en Flores, mientras recibían las visitas atronadoras y futboleras de su hijo cadete. Ni se imaginaron los sentimientos que provocaría, años más tarde, este muchacho de gesto adusto, o con una sonrisa presta a conquistar el mundo. Mirá vos: el ex cadete, vuelto teniente, coronel, secretario de trabajo y presidente de la Nación. Si es por inducir sentires, un campeón. Por ejemplo, a mi abuelo Buenanueva, orgulloso trabajador de YPF, peronista por agradecimiento y convicción, lo impulsó a cortar y arrojar el DNI de mi abuela, que se negaba a votar a Perón. El abuelo no se quedó ahí: también arrojó el colchón matrimonial. Como un acto definitivo, no iba a ser el esposo de alguien incapaz de amar a Perón o a Evita.

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Así, entre memorias de mi propia familia, finalmente, ingresé a la casa. En el salón de arte hay una penumbra, al parecer eterna. No importa si es noche o mediodía, los claroscuros permanecen estáticos y se pueden respirar en las fotografías blanco y negro del salón. Perón y Gatica, Perón y jugadores de fútbol, un corredor de autos y Perón. El costado más deportivo del General es un juego de sombras por toda la galería. En el rincón más iluminado está Eva Duarte, que patea una pelota. Pero estos no son los únicos sentimientos que merodean esta casa de Flores. Tanto recelo a responder al timbre, sólo indica que el temor se coló entre las sombras y permanece oculto en el atardecer de las ventanas.

 

NO ME DESLUMBRÓ JAMÁS LA GRANDEZA

Otro reducto para palpar los sentimientos que provoca el peronismo es el museo Evita. Este espacio decidió iluminar el corazón del barrio de Palermo con una casa para madres solteras. Según las damas de Palermo, estas ignominiosas debían quedar ocultas bajo las sombras de sus pecados. La ex actriz prefirió darles una casa de pasillos oscuros, gracias al terciopelo denso de las cortinas, y comedores amplios plenos de sol, vajilla gruesa, cacerolas metálicas que juegan con los reflejos solares. Yo seguí un haz de luz que reposaba sobre la mesa de grueso algarrobo. La toqué, por un instante, hice mía la sensación de aquellas jóvenes desgraciadas, al transitar cotidianamente el lujo que creyeron inalcanzable. En eso, volví a escuchar a la jovencísima guía. Sus palabras fluían como estribillos enamorados. Sus ojos irradiaban luz. Era claro que amaba a Eva. Uno avanza y el salón más iluminado es el de juegos. No existen sombras. Sólo juguetes, costosísimos en esa época, impensables para el hijo del obrero. Más aun, para hijos ilegítimos. Y, sí: ella deslumbró a algunos luz y otros quedaron allí, inmersos en la oscuridad del odio hacia Evita. El célebre “viva el cáncer” y otras barrabasadas son oscuridad también palpable, un sentir vivo y envolvente. La aman, la odian.

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DECIME QUE SE SIENTE

Una pregunta me acosó durante días. Yo la dejé en libertad, a ver si, así, me tiraba una punta de respuesta. ¿Qué te hace sentir el peronismo? No, ¿qué pensás? No, ¿qué es? Si no, ¿qué te hace sentir el peronismo? Salpiqué con la pregunta a diferentes personas. Nicolás, 55 años, psicólogo social, milita desde los 13 años. Él me dijo: “Me hace sentir sujeto, no objeto. Protagonista. Siento felicidad y angustia; pertenencia a la historia, siento la capacidad de hacer síntesis entre el sentir y el pensamiento, en definitiva, esa es para mí la esencia del peronismo. Mariana, 57 años, es arquitecta. Orgullosa bonaerense, declara: “Me hace sentir felicidad, me siento acompañada. Es una hermandad única, una fiesta, es abrazarse, ser parte de un colectivo. Ser peronista y bonaerense es sentir un doble abrazo colectivo”. Catalina, 12 años, estudiante: “El peronismo me hace sentir felicidad, porque todo es más barato, todos pueden comprar zapatillas y comida”. Lucrecia, 33 años, trabajadora privada pampeana: “Siento orgullo. Honor de pertenecer. Me hace sentir comprometida con los demás. Siento esa rebeldía contra la injusticia establecida y la necesidad y la angustia de los explotados, aunque yo nunca lo haya sido. Siento amor”. Agustín 41 años, asesor, hijo de un militante montonero desaparecido: “Por ejemplo, vos vas en el tren entre mujeres y hombres trabajadores y eso te hace sentir parte del pueblo. El peronismo nos iguala a todas y todos. Me siento parte de la historia de sus luchas, incluso desde antes del peronismo, ya que el movimiento toma las luchas anteriores y las reivindica. Me hace sentir parte del futuro, ya que el peronismo nos guía para salvar la patria.” María, 67 años, jubilada, ex militante de la contraofensiva montonera: su respuesta fue un silencio ensordecedor. Entonces, recordé que el 1 de mayo de 1974 ella salió de la plaza, echada por el General, junto a miles de compañeros. Siento que al balcón de la Rosada, sólo llegó la sombra de Perón ese día. La plaza dejó un claro, donde antes estaban los Montoneros.

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A partir de allí, quedamos en la penumbra de la clandestinidad. Mis primeros años transcurrieron bajo la sombra de Eva y de un Perón populista. Fueron meses plagados de ecos de felicidad y me dejaron la luz suficiente para atravesar la oscuridad que sobrevendría luego. Y acá, en Flores, esta silenciosa casa/galería de arte me remite a la semilla misma del peronismo. Entre sus penumbras luminosas, nos deja entrever más secretos por descubrir, instantes nimios de lejano presente. Instantes nimios pero reveladores, cautivadores. Un pasado fulgurante que ilumina y guía hacia el horizonte.




EL MEDIO DE LA CALLE

Claroscuros: sobre las drogas y la generacion X

Por Néstor Grossi

SIN VEREDAS

No hay peor huérfano que quien decide serlo, créanme, la calle está llena de ellos. Buenos Aires acuna el dolor de la muerte y el escape, el instante único de matar a los padres cuando es hora de saltar por la ventana y dejarlo todo atrás.

La orfandad es el punto más alto de la soledad absoluta, un estado de carencia extrema, es levantarte en medio de la noche y gritar el nombre de tus muertos. Y, en un segundo de silencio, sentir las manos de tu padre, el olor de una madre que baila siempre con la muerte.

ENTRE CIEGOS Y SORDOS

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Como la Rubia ya estaba bajo el ojo del nuevo novio, me tiró un “quizás” por la cabeza. El Yoni, junto a una esposa que lo odiaba, andaba con un crío de un año y otro por venir. Al Cuervo le había perdido el rastro. El Chelo, cabreadísimo, porque fui el borracho que arruinó su fiesta de casamiento: después de aquella noche, a Loli, al Bicho y al otro Negro no volví a verlos más: algo se había roto en nuestra esquina.

Y bue, ninguno iba estar en mi primer recital, sólo el Innombrable, pero daba igual porque ensayábamos en el sótano de su casa, en su sala.

Aunque no me sentía orgulloso de la banda  ni me gustaba tocar con ellos, “la 69 Rokanrolla Band” debutaba en un festival, y los pibes no estaban.

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Pero ese no era el único asunto que arruinaba la noche que había soñado toda mi vida: yo no podía estar ahí, ni en una fiesta, ni beber alcohol ni consumir. Cumplía una “Probation”, que se terminaba y que había modificado mis hábitos de consumo y toda mi puta vida. A pesar de no estar encerrado, la supuesta libertad no era para tanto. Solo tenía que asomar la nariz en una comisaría por cualquier motivo y quedaría detenido hasta que el juzgado fuera notificado. Si eso sucedía, todo el esfuerzo que soportaba desde noviembre del `94 habría sido al recontra pedo. Durante todo aquel año y medio, dejé de ir al Parque, al kiosko y a la esquina. Solo salía con mi novia y conseguía porro porque la Rubia me lo traía a mi casa.

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Me había perdido de todos, sólo contaba los días hasta que terminara la Probation o hasta que saliera y el juicio y todo se fuera al carajo de una maldita vez. Trabajaba, estudiaba, solo me ponía en pedo en mi casa o en la casa del Innombrable. En la calle, ya no fumaba marihuana, ni andaba con drogas encima. Una vida de mierda y paranoica. Si fumaba en los ensayos, era porque alguien siempre llevaba. En cuanto a beber, bebía como un “normal”.

Toda mi vida adictiva había cambiado. Eso  me llevó hacia una puerta que no volvería a cerrar jamás. Alejarme de la marihuana me acercó a las drogas legales: el Alplax y el alcohol comenzaron a mezclarse.

Entonces, apareció la zona oscura: tomar el poder de una soledad que nada tiene que ver con los estereotipos filosóficos de un puñado de putos intelectuales. La verdadera soledad es clavarte puñal por no por matarlos, sino por aprender a moverse entre los claroscuros de una noche tan vacía como eterna.

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A LA MIERDA CON EL SHOW

Nos sentamos en la mesa más cercana a la barra.

No había escenario. La batería estaba sobre una tarima de madera sostenida por cajones de cerveza. El resto de los equipos, en el suelo. Íbamos a estar cara a cara con la gente: la única banda rockera en un recital punk y hardcore. El lugar era una caserón de las épocas de los conventillos, las bandas tocábamos ahí afuera, en un patio lleno de mesas, a un costado y, vacío, de frente a los parlantes donde iban los parados con sus vasos en las manos. Parecía una unidad básica, pero era un local de la izquierda, en San Martín. Un festival contra la represión policial y por la libertad de un tal Panario. Nosotros tocábamos anteúltimos. Y no por buenos o por llevar gente. En verdad, cerraba una banda heavy. Y, como éramos los blandos de la noche, iba a ser lo mejor.

El plan que trazamos fue el siguiente: sacar el puto cover de Kiss que el bajista nos obligaba a tocar y mi balada “gay”. Era eso o salir de San Martín con el culo en flor. Cuando pedimos la tercera cerveza, aparecieron el Innombrable, su novia y Fabián. Más tarde, un par de amigos del bajista para cerrar el círculo de nuestra gente: siete personas, mi novia incluida, eso fue todo.

De fondo, sonaba la primera banda hardcore de la noche. Nuestra mesa estaba llena de botellas y ceniceros repletos. Las chicas hablaban entre ellas, los otros idiotas reían y conversaban y, a mí, me importaba una mierda no escuchar un carajo. Quería estar solo. Fumarme un caño. Quería disfrutar mi debut como esa noche lo merecía. Estaba a un rato de colgarme la Strato por primera vez en público y no sentía nada mío.

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Entonces, llegó el momento más temido en toda mi puta vida: “terminan estos pibes y van ustedes”, dijo el organizador. Pedimos más cerveza.

Basta para mí, basta para todos, le canté a mi cabeza. Ya no soportaba a nadie más.

—Vuelvo en cinco largos, cuidame la viola, —dije al oído de Sabi. Me paré, maté el trago y encaré hacia la calle.

Afuera, estaban todos con botellas de birra o plástico cortadas, olía a marihuana. Por primera vez en un año y medio, iba a fumarme un churro al aire libre. No tenía opción. Un par de secas y al carajo, pensé recontra cagado. Cinco minutos de paranoia total y todo terminaría, podía quedarme cerca de la puerta: si veía la lancha, me lo tragaba y volvía a entrar.

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Esa mierda no era vida, debería haber estado aterrorizado por la posibilidad de pifiar al tocar, porque se me cortara una cuerda, por perderme en medio del sonido o porque el estúpido de Leo llevara el tiempo. Gatillé dos veces el encendedor. Me lo fumé casi entero y entré cuando escuché a los que estaban sobre el escenario anunciar su último tema.

Había llegado el momento.

Cuándo enchufé la viola al Marshall, me desconecté de la realidad. Encendí un pucho sin mirar a nadie y, desde atrás, el batero gritó el “dos, tres ,va”. Y largamos la intro. De la media hora que tenía cada banda, los primeros quince minutos tocamos con el lugar lleno. Después, empezaron a verse más espacios libres en la zona de pogo. Afuera, la batalla entre las tribus había comenzado.

Tocamos diez canciones, una tras otra. Esos treinta minutos fueron los únicos en un año y medio que pude disfrutar. Pero no era ni libre ni feliz, y no volvería a serlo jamás. Al menos no, hasta entender que la luz y la oscuridad solo están ahí para cegarnos.

EL MEDIO DE LA CALLE

Hubiese querido estar en medio del show, levantar la cabeza y ver las caras de mis amigos, de los que me habían soportado desde que no podia encajar dos acordes bien, con los que habiamos estado en los Redondos y seguíamos a la Renga desde el Galpón. Hubiera querido no tener ese grillete mental que me unía desde San Martin a Tribunales.
No sabía si era por lo de los pibes, o por mi falsa libertad, pero la noche brillaba incompleta, casi vacía como aquel primer polvo a los catorce en el prostíbulo de Rincón. Había cumplido, nada más, la confirmación que ya podía mandar a la mierda a todos y formar mi banda, con mi gente, y no con dos tarados.
A fines de ese mismo año, volví a formar otra banda, una de blues y rocanroll, con amigos. Sin quererlo, terminé formando parte de la era del rock barrial… los pibes, tampoco estuvieron.
No recuerdo si Borges o Sartre, vale verga, pero alguno de los dos cabrones tuvo razón cuando aseveró que cada culiado que moría se llevaba un pedazo de nuestra historia…nunca toqué en vivo, porque sin ellos, no hay yo.
Nada sera completo jamas, moriremos con el culo pidiendo en un mundo bisexual; porque no hay grises, ni negros ni blancos hijos de puta: todos somos mestizos cuando abrimos esa puerta que nos lleva entre la luz y lo negro de una ciudad lista, siempre, a devorarnos.

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ÁLBUM DE VIDA ANDAR

Claroscuros: sobre la construcción de murales en dos escuelas públicas de CABA.
Por Estela Colángelo
Fotografía: Ana Blayer

 

A TODOS LOS CARLOS, SIN EXCEPCIÓN

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Dos escaleras laterales conducen a las aulas. Apenas comienza el ascenso, se divisa una pared de cada lado, con oscuro revoque grueso. “Caer en la escuela pública”, dijo el presidente que no supo conducir los destinos de las escuelas y de la ciudad, entre 2007 y 2016. La escuela pública se vive, se habita en espacios de encuentro, de reconocimiento. Cuerpo de poder, colchón mullido, oportunidad, cobijo.

Así lo entienden Carlos Patricio González y sus dos ayudantes, Enrique Pizarro y Julio Scibona, Tres años de trabajo (1997-2000). Muchos viajes en colectivo de Once a Villa Urquiza, caminar veinte cuadras, llegar tempranito, mate amargo, recibir con pudor algún bocado. Vivir la escuela pública, regalar su saber en historia plasmada para siempre. Transformar el paisaje, convertir revoque grueso en cuadro gigante. Encarnar al decir de Paulo Freire “No tengo derecho a hacer el mundo más feo, tengo el deber de hacerlo más bonito”.

Vaya el reconocimiento a todos los Carlos Patricio González.

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TUÑÓN CONVERSA CON EL MURAL

Hay un acto único, distintivo, el día del patrono. En ese marco, el viernes 1 de diciembre de 2000, se inauguran los únicos murales dedicados al barrio de Balvanera. La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires los declara de “Interés”. En el proyecto los legisladores destacan “el esfuerzo de los artistas plásticos como un acto generoso propio de los espíritus solidarios”.

Las condiciones sociales y económicas de ese momento eran casi idénticas a las que vivimos hoy. “Los docentes -continúa el documento-, colaboran con los artistas en un esfuerzo común por generar un espacio de encuentro que alimente el amor a su patria y la construcción de utopías hacia una sociedad diferente de los egoísmos y las exclusiones que nos plantea la globalización económica”. Así tenemos una muestra más del poder convocante de los acontecimientos culturales en momentos por demás críticos. Distintos tiempos históricos dialogan la escuela, ubicada en Saavedra 695, justo frente a la casa que fuera de la familia González Tuñón, cuyo bronce recordatorio tal vez se convirtió en alimento.

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Y LA NAVE VA

En 1997, se produjeron los primeros contactos con Patricio. La Supervisora, Ana María Martucci, evaluó, autorizó, apoyó y acompañó el proyecto. El Sr. González se reunió con padres, docentes, alumnos, ex alumnos. En varios encuentros se definió la temática: la historia del barrio de Balvanera. La investigación histórico-social se realizó junto a los CGP, bibliotecas y otras instituciones. Los artistas y ayudantes encaminaron la búsqueda a obtener los rasgos fisonómicos de Raúl González Tuñón, los hermanos Discépolo y Carlos de la Púa.

Por escrito, González definió la técnica: el mosaico. Él mismo trabaja en los bocetos y en todos los elementos formales que, según explica, constituyen el sostén estructural de la composición. Después, resuelve el color: figuras frías y fondos cálidos. Finalmente, presentó los bocetos a la comunidad y el cálculo aproximado del valor de los materiales.

Durante 1988 realizó los dibujos en tamaño definitivo, en pastel sepia y sobre papel de escenografía. En este período hizo las modificaciones a la obra original. Mientras tanto, en el año 1999, la escuela cumplió los cien años. Durante el acto Los Hermanos Ábalos ofrecieron su incomparable trayectoria con la música, la maestra Elvirita enseñó a bailar danzas folklóricas en los recreos y Víctor Heredia ofreció un recital solidario.

El mural avanza.

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NO ME TIRE LOS FALLADOS

González adquirió material documental y, también, los cerámicos de uso común para revestimiento de pisos y paredes. En la mayoría de los casos, las piezas tenían fallas y las había comprado de oferta. Así eligió los colores fríos que están en los murales en color original. Para crear todas las tonalidades necesarias, utilizó esmaltes horneados en el taller de Gunga Bourbotte. Cortados y preparados los cerámicos, hacia fines del mes de octubre y con colaboración de sus ayudantes, se armaron los murales en el taller de la calle Ceretti, propiedad de González. La tarea duró hasta junio de 2000. Las visitas de niños, maestros y padres se hicieron frecuentes. El asombro y la curiosidad crecieron con el avance de la obra. El artista “pintó” con mosaicos los dibujos definitivos. De junio a diciembre se programó la colocación en la escuela.

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CON CARTONEROS ADENTRO

Los padres observaban a distancia. Los niños, en cada pasada, llenaban los bolsillos blancos con el codiciado material. Los docentes organizaban una larga fila para la devolución. Ante el asombro adulto, intervino González y señaló las bolsas transparentes, cada una con el color específico.

– Si sacan de las bolsas donde hay poca cantidad, después las devuelven. Si sacan de donde hay muchas, se las pueden quedar.

Los chicos intervenían:

– ¿Esto que se forma en esta parte del mural es la carpa blanca?

– ¡Pusiste a los señores que revuelven la basura!

Y, González:

– Sí, sí.

La inolvidable fiesta de inauguración estuvo a cargo de la profesora de teatro. En la dramaturgia incorporó a las gallinas, a los vecinos con sus sillas en la vereda, a los poetas y al tango en los suburbios de Borges. El segundo acto se movió hacia un tiempo más cercano: hay edificios, desorden del tránsito, Salgán y su piano. Los grandes protagonistas, también en el mural, fueron los niños. Ellos guiaron el recorrido de los presentes y explicaron, con orgullo, las figuras representadas. Hay intercambio: González y ayudantes llevaron una réplica del mural, en versión dibujos infantiles. Pero esto no quedó acá. En 2004, el mural fue tapa de la publicación del Ministerio “El monitor de la educación”.

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VITROEMOCIÓN

En 2009, a trece cuadras de distancia, en Chile 1371 y en la Escuela “Provincia de Santiago del Estero”, el mismo autor realizó “Juego cromática”. Fue en el gimnasio del cuarto piso. El mural relata los juegos prehispánicos y también incluye juegos y deportes actuales. Los alumnos guiados por el muralista, pintaron algunos tramos.

No contento con esta labor, en 2013, González dijo “quiero retruco”: bajo su asesoramiento y supervisión, los niños realizaron dibujos. Luego, González seleccionó uno por cada grado, los llevó a mayor tamaño y, en el marco del proyecto de reciclado del vidrio, los chicos crearon la figura en vitrofusión.

Así se toma el espacio público. Aun por las noches, las imágenes de los murales devuelven las formas del barrio. Le dan contorno a su gente, la invitan a ser -a partir de lo que fueron- el futuro de nuestras calles. Modelos vivos tuercen la lógica oscura impuesta por los sectores dominantes. Cuando pase por esa zona, lector, no dejé de encender su mirada.

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UNA VIDA CRUZA LA CALLE

Ausencias: sobre el despido y posterior muerte de la trabajadora estatal Amalia Chaparro.

Por Pablo Soprano.

TESTIGO DEFORME

Un instante. Tan sólo un instante y todo cambió para siempre. Amalia se zambulló a la avenida Las Heras aferrada fuertemente a su caja navideña ¿Cuántas veces habrá cruzado por ese lugar? Es prepotente el destino cuando se lo propone. Quizá en ese momento pensó en su hijo. En los regalos, en los retazos de felicidad con los que, de tanto en tanto, la vida nos premia. Detrás, el majestuoso y deforme testigo, la Biblioteca Nacional. Si habrá caminado ese territorio, si habrá subido o bajado sus angostas y caracoladas escaleras. Conocía las entrañas mismas de ese armatoste. “Amalia Chaparro, Proyecto Crónica, tercer subsuelo” rezaba su legajo, tal su escalafón.

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ESE INSTANTE

Toda una vida como empleada pública, como trabajadora de la cultura, acostumbrada a la lucha gremial se disponía apenas a cruzar una calle. Algo que cualquiera puede hacer, aún una peleadora como ella. Cruzar una calle, una avenida. Jamás pudo. De la nada una moto la revoleó por el aire junto a su caja, a sus sueños. Revoleó su suerte como quien lanza una moneda sin cara ni seca. Sin importar cómo fuera a caer. De un golpe, esa moto le arrebató el derecho a ser feliz en vísperas de Navidad y preanunció lo por venir. Nada volvió a ser igual para Amalia. Terapia Intensiva no era lugar para pasar las fiestas. Sin embargo, allí estaba. Fueron seis meses y luego un año. Rehabilitación kinesiológica, le aconsejó el traumatólogo. Largo calvario atenuado por la solidaridad de sus compañeros, a su lado en todo momento e incondicionalmente.

La vida cacheteó muy temprano a Amalia, madre de un hijo con retraso madurativo. La viudez dejó la desoladora consecuencia de perder la casa propia. El dolor y la falta de dinero la instalaron a ella, a su propia madre y a su hijo en una pieza de Constitución. Por lo menos el trabajo ayudaba a sostener el penoso momento. Había un Estado para apuntalarla, para contenerla. Las arenas movedizas de la política y las malas decisiones colectivas decantaron en un sistema neoliberal e insolidario que ahondó las carencias. Con el nuevo gobierno llegaron otras autoridades en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Insensibles, sin el más mínimo conocimiento de la cultura, con manejo empresarial y un profundo resentimiento contra los y las laburantes del sector.

La Edad de la Ira Oswaldo Guayasamín, años 60

UNA PERSISTENCIA TRÁGICA

Hasta el año 2015, este ente estatal había cumplido una función básica en la difusión de programas de lectura, alfabetización, cursos de revisionismo histórico y de cinematografía, entre otros. Una verdadera renovación cultural y de avanzada sobrevolaba todos los estamentos de nuestra sociedad. La nueva dirección impuesta por el gobierno neoconservador de Mauricio Macri dio por terminado el ciclo anterior en la Biblioteca, paralizó las actividades hasta reducirlas a su mínima expresión, con eufemismos tales como “se hacía mucha ‘política’ “,“cuestión ideológica” y  “gasto público”. En 2016 hubo una primera etapa de 300 despidos. El fusible, una vez más, los trabajadores. Esteban Latorre, de Higiene y Seguridad Laboral, recibió el telegrama mientras cumplía con una licencia médica. Afiliado de ATE, Latorre fue obligado a presentar toda clase de comprobantes para demostrar que había sido operado de un triple bypass. Así, luego de idas y venidas obtuvo su reincorporación. Debido a esta angustia, finalmente murió de un paro cardíaco cuando volvía a su casa en José C. Paz. En este contexto y, de forma simultánea, falleció la madre de Amalia. Así, su entorno familiar quedó muy comprometido. Aún de licencia médica y tal cual había ocurrido años atrás con su compañero laboral, ella fue incluida en una nueva tanda de despidos, dada a conocer en una lista el pasado 1° de mayo. Atroz ironía de las autoridades, justo en el día del Trabajador. Además, aplicaron jubilaciones anticipadas y persecuciones a candidatos a la Junta Interna de ATE. Este cúmulo de infortunios e iniquidades sumió a Amalia en una profunda depresión que la devolvió a terapia intensiva. Amalia falleció el lunes 20 de mayo de 2019.

Los Hilos del Destino, Toni Guerrero

MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

Muchas y muchos de sus ex compañeros y de quienes aún forman parte de la planta de la Biblioteca Nacional han decidido no sólo mantener vigente la situación y el reclamo, sino también comprometerse a darle amparo a su hijo discapacitado pues, en estos momentos, no tiene cobertura social. Asumieron solidariamente el papel contenedor que el Estado debiera proveer a su población más vulnerable y, más aun, a quienes se desempeñan en él. A pesar de los infortunios, las desgracias, los despidos y los miedos -a los que ellos no escapan- han acompañado y acompañan a Amalia más allá de la vida, más allá de la muerte.

Si tan sólo uno pudiera volver el tiempo atrás y corregir esos instantes fatales donde todo cambia. Volver a la felicidad de los trabajadores, con la certeza de estar fuertes y bien parados, con las defensas altas para enfrentar a un vendaval trágico y personal si fuera a sobrevenir. Con la seguridad de lo previsible, a pesar de todo. Volver al rostro feliz de una mujer aferrada a su caja navideña, quizá, alejada de todo tipo de infortunios, con la mente puesta en la sonrisa de su hijo al abrir sus regalos. Cruzar una y mil avenidas sin temores, ni motos chocadoras conductoras de desdichas. Volver, al fin y al cabo, a un Estado protector, redistributivo e inclusivo. Porque ¿no es, acaso, la seguridad de la “vida hecha”, sin ambiciones, lo aspiracional en todo y toda laburante?

ANGOSTO SENDERO

Como un sendero que se angosta afectado por los accidentes del suelo, hasta perderse en la espesura de un bosque. Así se apagó Amalia Chaparro. Quedan sólo imágenes de muchas horas de trabajo, de luchas compartidas. Imágenes truncas por un instante irreversible. Florece entonces la solidaridad de los compañeros, sostén en las horas difíciles y futura protección para un hijo en el mayor de los desamparos. Aferrada a una caja llena de esperanzas, aquel momento devino en un camino bifurcado, sórdido hacia dolorosas geografías. Tercer subsuelo de una pesadilla neoliberal de la que no hay escalera caracolada por la cual subir, ni libro que indique cómo escapar.
Una vida cruza la calle, la suerte está echada.

Amalia Chaparro, @MauriElbueno, Mauricio Polchi, tuit del 22 de mayo de 2019

 

 

 




NUNCA LO OLVIDES

Rituales: sobre los recitales de “la Renga”.
Por Néstor Grossi

EPÍLOGO
Lo que para algunos es costumbre, para otros es ritual. Esa es la diferencia entre la vieja y la nueva escuela, entre la generación del final y la del nuevo siglo. Ese pequeño detalle derrumbó toda una cultura, hundió el último de los continentes, donde la magia del mundo volvía a renovarse para hacerse una con el todo.
Había cierta alquimia en los rituales, algo más allá de las velas y el deseo: eran hechizos de búsqueda, conjuros de invocación; eran pactos con el otro lado de una ciudad que agonizaba mientras las cabezas de una generación esperaban la guillotina y la traición de los “Ellos” y sus costumbres.
Y entonces no se trata sólo de palabras, hay una matemática enferma que nos conecta con los astros, hay un intercambio equivalente. Por eso es preciso estar listo y predispuesto, porque no alcanzan nuestros cuerpos cuando todo el universo está ahí solo para arrancarnos a tirones la piel.

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BAILAR EN UNA PATA
El prim2842971w380er recital de “La Renga” al que fui con todos mis amigos fue en una escuela primaria de Mataderos. Después llegó el “Club Larrazábal” y la fiesta del “Condon Clu”, en la Federación de Box, donde comenzó el boca a boca.
Ya para 1990, “La Renga” era la banda under que los pibes de Otamendi y Avellaneda íbamos a ver. Al año siguiente, teníamos clarísimo que, después de “Los Redondos”: “La Renga”.
La gira del primer disco comenzó en el “Galpón del Sur”, en abril de 1991 y siguió por todos reductos rockeros de la época, como “Die Shule”, “El Viejo Correo”, “BabilonB0UQ1I7IMAAvRkkia”, el “Arpegios” y varios boliches del conurbano. El asunto siempre volvía al “Galpón”, con varias fechas seguidas. Esa gira terminó en octubre de 1993, en “Stadium”, un ex cine y templo evangélico en la zona de Almagro, sobre Avenida Rivadavia.
En 1994 llegaría lo inevitable: “Obras”, el primer recital al que fui solo.
Pero, volvamos al “Galpón”, a una esquina de Humberto primo y Entre Ríos, plagada de heavys y rockeros que bebían y fumaban entre los surtidores de la estación. O no. Mejor volvamos a la esquina de Otamendi y Avellaneda, donde comenzaba el ritual.

EL CUERVO Y SU NOCHE

Como el Bicho y el 16002899_610062545870273_6310044372522059076_nVilla vivían a media cuadra del parque, nos juntábamos ahí a las tres de la tarde y salíamos, hacía el Centenario y en caravana, en busca de nuestras pepas para la noche. Tocaba “La Renga” y nada nos podía faltar. Con el botín en una bolsita de cigarrillos, volvíamos a lo de los hermanitos macana a seccionar los dos cartones, mientras fumábamos porro y tomábamos vino con naranja. Nos separábamos a las ocho para ir a comer a nuestras casas, jurándonos que no tomaríamos el ácido antes de las diez…creo que sólo el Chelo cumplía.

D4ePEYsXkAIlr4aEntre las diez y media y la once, nos juntábamos en el kiosco a esperar el milagro, entre cervezas y porros.
Siempre era igual. Yo ni tenía que caretearla con mis padres, subía a mi habitación con un tubo de papas y una lata de medio, me quedaba hasta las diez con la guitarra en la mano, tocaba encima de la radio hasta que me ponía el cuartito sobre la palma de la lengua y me apoyaba de codos sobre el marco de la ventana.
Era una noche tranquila. Una enorme luna blanca brillaba sobre la ciudad y se estaba de puta de madre, con “The Doors” de fondo y un faso en la mano, encerrado en ese único y primer piso de la casa, mi habitación. Desde ahí, sólo podía ver las copas de los árboles, las luces de los faroles y los techos vecinos. Diez y veinte salía, ya no me aguantaba, tenía que salir. De paso, me tomaba una birrita solo y en paz. Eso sí, el Cuervo ya no estaba ahí.
Me puse la leñadora sobre la remera de Zeppelin, me calcé la riñonera, el porro en las bolas y bajé. ManoD21fRCSVAAAOYkHteé una milanesa de la heladera y salí por el pasillo devorándola. Abrí la puerta cancel y vi la silueta negra que sostenía una botella.
Era fija: cuándo salí, el Cuervo estaba sentado en el umbral de mi casa.
-Nunca más -dijo, se puso de pie y me abrazó. -Vayamos por una birra ya, Negro putazo.
—-¿Te la tomaste a las diez, vos?
-Sí, el segundo cuarto, puto — dijo y comenzó a reírse. Y se rió por el pasaje Escribano hasta doblar en Numancia, siguió riéndose y recordándome lo puto que yo era, hasta que nos detuvimos frente al tráfico de Avellaneda. Y, entonces, estalló en carcajadas, al tiempo que me señalaba el kiosco y tenía la cara roja
-Mirá negro Néstor, mirá, jajajaja: parece un muñequito sentado ahí jajajajaja, miralo con su cervecita, pobrecito jajaja”.¡Loliiii! ¡Aguante la Renga, puto!
En segundos llegaría el Chelo; en minutos, el Bichito con su hermano y novia. Dos horas más y el “Galpón del Sur” nos abriría las puertas. “La Renga” se hizo grande en ese lugar y nosotros estuvimos ahí, recital tras recital, durante todo aquel 1991 y hasta el final de ese ciclo.

La Renga
Esa noche fue la primera vez que Robinson, el armoniquista de Pappo y de la “Chevy Rockets” tocaba con ellos. “El Galpón” se llenaba, pero no del todo, aún no explotaba. Tenía un escenario bajo, más cuadrado que rectangular, frente a los baños. Es decir, para mear, siempre tenías que rodear el escenario.
Nunca tocaban antes de las dos, nosotros llegamos a la una y algo, nos terminamos una cajita de vino mientas fumábamos uno y nos confirmábamos que las putas Budas pegaban mientras juntábamos el billete para la entrada.
Adentro, lo de siempre: tema tras tema entre porros y saltar abrazado con los pibes cuando llegaba el “Juicio del Ganso” o “Negra es mi alma, negro mi corazón”. A veces nos separábamos y nos volvíamos a encontrar porque sabíamos que en Buseca y Vino tinto, el Chizzo y el Tete aparecían con dos enormes bolsas de consorcio negras cargadas de tetras que le arrojaban al público.
Robinson era lo que “La Renga” necesitaba, el saxofonista de la banda. El Chiflo, a veces tocaba pero no era lo mismo. Robinson usaba un cinturón de armónicas y sabía qué hacer con cada una de ellas. Increíble, así sonaban como una banda de verdad. menu-icono-fotosY el Cuervo lo sabía, lo sentía y estaba insoportable ya: pegado al escenario golpeaba el piso, subía al escenario a cantar con el Chizzo y se volvía a tirar. Pedía faso, un trago y agitaba en medio del pogo, mientras todos cantaban con la banda.
No recuerdo en qué tema fue: yo puteaba a Loli porque tardaba demasiado en picar, cuando vimos al Cuervo sobre el escenario que intentaba abrazar al Chizzo y cantar con él, mientras nosotros nos cagábamos de risa. Al terminar la canción, Loli le pasaba la lengua a la seda, el Cuervo le arrebató el sombrero a Robinson, se lo puso y agitó hasta tropezar y desaparecer de nuestra vista. El tema terminó y la banda no arrancaba, el Chizzo se acercó al micrófono y llamó a los amigos de Martín, el Cuervo. ¿Qué pasó?: se había caído a un costado del escenario. Los plomos contaron que estuvo un rato, ahí, entre los cables y sobre unos pies de mics que no se usaban. Iban a llamar una ambulancia, pero el Cuervo se negaba y pedía un vino: “que no había pasado nada, que no se iba una mierda hasta que el ritual terminaba”. Juramos llevarlo al hospital, pero fue imposible. La banda siguió y nosotros rockeábamos con ella. El Cuervo agitaba menos, iba y venía con un tetra en la mano. Todos estábamos tan drogados que nadie se daba cuenta de cómo a nuestro amigo comenzaba a mutarle el brazo, hasta que ya no pudo ni sostener el vino y la mano le cambió de color.
A las cinco ya estábamos afuera, con todos los pájaros del amanecer pateándonos las cabezas y con una de las tres cajas manoteadas en “buseca y vino tinoD2tJ1ZTWoAAbwGK“.
-Che, boludo— dijo Chelo,- te rompiste el brazo, infeliz. O la mano. Vayamos a un hospital, pelotudo ¿cómo vas a castigarte esta noche, si no?
Encendí un pucho.
—La puta que te parió, Cuervito, busquemos un hospital por acá, loco.
El Cuervo se rió con las pocas fuerzas que le quedaban:
— El ritual termina el parque, loco: me la re banco hasta el Durand, ni hablar. Pasame el vino, Loli.
El Villa y Novia se pusieron a juntar el billete para la birra y la Uggis de Callao. Loli entregó el tinto, el Bichito me pidió un faso, mientras el Chelo le revisaba el brazo al Cuervo y yo gatillaba el encendedor.
Bajamos del 105 con sabor a tabaco y pizza en la boca, no había dónde pegar birra y no teníamos un peso ya. Tomamos agua del bebedero y nos sentamos a fumar un porro para levantar la pepa, mientras ninguno recordaba el brazo el cuervo . Sobre Díaz Vélez, el tráfico del domingo se mezclaba con los puesteros que comenzaban a llegar.
Amanecimos en la guardia del Durand, reíamos y vomitábamos, mientras le enyesaban el brazo a nuestro amado Cuervito y planeábamos un verano letal.

SER LO QUE PUDO SER
No sé cómo ni cuándo pero, de alguna manera, nuestro ritual terminó convirtiéndose en una simple “prevhay2ia”, en un acto vacío de búsquedas y leyendas, en un sinsentido de tragos y pastillas y de quién se coge a quién. Esta generación no sabe drogarse, creció encerrada, mientras veía a sus padres frente a una eterna hoja blanco.
Estamos jodidos. El mundo terminó cuando los hijos dejaron de huir de los padres, cuando la suma de todas las culpas y el temor destruyeron el sacro santo puente que los elevaba de una ciudad a la otra. Somos lo que pudo haber pasado y no pasó, sobrevivientes en este siglo que nació muerto y sin magia. La resistencia es el ritual, el momento donde nuestras personalidades se hacen una, un imprescindible acto individualista para después darlo todo en nombre de la revolución. Entonces, los sahumerios, las velas y el palo santo, lo necesario para alejarnos de los “Ellos” y sus parrillas cargadas de mierda. “Purple” o los “Doors” para no escuchar sus ridículas vidas frente a las putas noticias en el cable mientras masticaban en cuerpo y alma su basura de exportación.
Por eso el ritual, porque hay un instante donde somos uno con el todo, donde controlamos el tiempo y llamamos a nuestros muertos. Es el maldito momento de preguntase cuándo nos olvidamos de nosotros mismos. ¿Cuándo fue que nos traicionamos?
Durante los años que llevó en esta revista me lo pregunto, nota a nota.

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A COLA DE PERRO

Rituales: sobre la serie “After life”.
Por Diego Soria

POCAS PULGAS

Portrait of Maurice - Andy Warhol
Portrait of Maurice – Andy Warhol

¿Por dónde encarar la lectura de esta miniserie? Quizás la pregunta pueda ser otra, ¿dónde nos encuentra parado el último trabajo de Ricky Gervais? Al ser una serie con su dirección, guion y actuación, podemos esperar humor negro del mejor, provocativo. Como él mismo dice: se puede hacer humor con cualquier cosa o tema, como ya lo mostró en “Derek” (2012) o en “Extras” (2005). Sin embargo, este trabajo pone en juego otros matices que desmienten su tradicional nihilismo. “After Life” trata sobre las batallas minuto a minuto para continuar adelante a pesar de todo aunque, ¡ojo!: seguir, pero no en la concepción aburguesada de la vida del “todo pasa”.

LÉVINAS Y LOS PERROS

Perros y Sombras, foto de Bernardino Ávila
Perros y Sombras, foto de Bernardino Ávila

Ricky Gervais es Tony, un periodista del “Tambury Gazette”, un diario de distribución gratuita en un pequeño pueblo. Él ha perdido a Lisa -Kerry Godliman- su mujer durante 25 años. Ella ha tenido la precaución de grabar una serie de videos para su marido. Enferma de cáncer, sabe que su muerte podría cargarse también a Tony. Así, desde la pantalla, le pide a su marido que deje la cama. Si él la ve en la computadora, quiere decir que ella ya ha muerto, pero no que él deba dejarse caer en la tristeza. Sin embargo, Tony no quiere vivir más. En el diario donde trabaja, varios personajes hacen lo posible por no dejarlo solo, aunque él decidió que nada vale la pena. Hay acá un guiño a Lévinas, filósofo ruso de origen judío, que estuvo confinado en los campos de concentración nazis. Lévinas Perros y Sombras, foto de Bernardino Ávila, contaba que, en medio de aquel infierno, la única percepción de humanidad se la daba un perro, un animal, que les ladraba a los prisioneros, al regreso de los trabajos forzados. Así Tony se encuentra con que la perra lo observa, tiene hambre. Él entiende esa mirada, la perra aún lo necesita y no puede dejarla. Ella le devuelve la humanidad que él no encuentra en el mundo después de la muerte de su mujer. Al fin, se levanta de la cama.

EL COLMILLO PERDIDO

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Perro tirado en la nieve de Franz Marc

Alrededor del diario crecen muchos personajes muy deliciosos para la trama. El relato se agotaría muy pronto sin su ayuda. Ellos completan con pinceladas de humor y a veces patetismo el cuadro, donde Tony alterna buenas y malas. Un párrafo aparte merecen las personas que desean salir en el diario: “Ser portada”, como el bebé que se parece a Hitler, el hombre que toca dos flautas con las narices, la disparatada madre lactante que elabora postres con leche de su teta o el diente perdido de Freddie Mercury: todos, carne de cañón para el cinismo de Tony, quien hace las entrevistas. Junto a él, el fotógrafo Lenny -Tony Way- a quien no deja de fastidiar, aunque se retroalimentan. Tony es incapaz de no pasarlos por la picadora de carne de su resentimiento. No puede parar, solo la mirada de la perra por las mañanas logra que no intente suicidarse de una buena vez. Entonces, mientras permanezca en este mundo, ha decidido decir las cosas como le vengan en mente y, si no resulta, siempre está la muerte.

PASEAR AL PERRO

Tony mira los viejos videos. En el ritual de mantenerse dentro de una tristeza perpetua, desearía que la muerte hiciese lo suyo de una vez por todas. Ahí es donde el guion se apoya cHAREL wASE 2015en el resto de los personaje para esmerilar el granito, es decir, a Tony. Con mano excelente, Gervais mecha las intervenciones de las inolvidables figuras de pueblo: Tony se cruza en la trama a  Daphne -Roisin Conaty- la prostituta; a Julian -Tim Plester-, el repartidor de diarios; al cartero -Joe Wilkinson-; a su psicólogo – Paul Kaye-; a su padre -David Bradley-;  a la enfermera que lo cuida -Ashley Jensen- y a la viuda del cementerio -Dame Penelope Wilton-, quien habla con la lápida de su esposo. Todos funcionan como “Un cuento de navidad” de Dickens pero al revés. En el cuento el personaje de Scrooge es visitado por los fantasmas de las navidades pasadas, quienes lo aleccionan a cambiar su actitud frente a la vida. Aquí Tony va al encuentro de los fantasmas de su vida. En ellos descubre historias tan dolorosas como las de él.

PERRO QUE LADRA SOLO…

Ricky Gervais es un comediante de lo oscuro, con chistes provocativos y una lengua filosa que no suele ser bienvenida. En sus Shows suele “jugar” con Nietzsche o el nazimo, al tiempo que habla de los tiburones y del diluvio universal de Noé. Para él no hay jardín que no pueda pisarse en cuestión de humor, aunque esa es un asunto que aún se discute. En este caso, en su rol de director y escritor de la serie, mixturó su clásico humor corrosivo con una dosis de esperanza. Ha sabido dar en la tecla para que su nihilismo no se vuelva tan solo un grito de protesta, como decía Atahualpa Yupanqui:

“(…) Escribirás, acaso, tu drama de hombre huraño,

Solo sin soledad …450_1000

Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu grito

Será un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya

Entender (…)”

Ricky Gervais encontró que, a su discurso, le faltaba esa esperanza que los otros personajes le dan.

A OTRO HUESO CON ESE PERRO

La historia de Tony, destinado en principio a seguir los rituales del duelo, troca en horizonte. Cuando el ambiente no es de su domino es otro, él se transforma. Eso sucede en el geriátrico del padre o en el cementerio, cuando se ve superado por la filosofía de la prostituta. Puede que suene redentor. Y quizás sea así. Pero, en los tiempos que corren, una serie que se toma el tiempo de hablar de las asperezas del corazón, de cuerpos creíbles, con una empatía inmediata, es siempre más deseable que el sufrimiento por el sufrimiento mismo.

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GRUNGE CERO

La sospecha: Sobre GRUNGE CERO.
Por Néstor Grossi

 

EN EL OJO DEL HURACAN

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El grunge llegó como una patada a tu puerta, como un allanamiento a la estupidez musical que reinaba a finales de los ochenta. Todo era pop y glam metal. El rock sobrevivía con los restos de las viejas bandas inglesas que empezaban a ablandarse para entrar en un mercado que ya no pedía contenido ni ideologías y que apagaba las distorsiones de todas las guitarras.

Así nació un nuevo mercado paralelo, compuesto por nuevos sellos discográficos independientes: el rock alternativo.

El grunge apareció como parte de esa una nueva movida: era una mezcla de punk con metal y una estructura armónica rockera. Grunge significa mugriento o roñoso en espíritu, cuerpo y alma. Si el alternativo fue la voz de la generación X, el grunge fue su aullido final. Hartos de las bandas heavys disfrazadas, el grunge traía una propuesta anticomercial y antiestética que nada tenía que ver aquel presente del rock.

Nació a finales de los ochentas en el estado yanki de Washignton, pero se llamó el sonido de Seattle, gracias al sello independiente Sub Pop, el primero en apostar por las bandas del under local y su sonido. Green River, fue la primera banda en utilizar el término grunge y se hizo fuerte a finales de los ochentas, con bandas como Soundgarden, Nirvana, Alice in Chains y Pearl Jam. Más tarde, después de que las cuatro bestias del grunge se popularizaran, apareció Stone Temple Pilots y la mejor voz que dio el rock en los noventas: Scott Weiland, uno de los mejores performers que vi, después de Iggy pop.

Entonces, los escenarios empezaron a poblarse de muchachos en camisas leñadoras y zapatillas de lona, sin maquillaje ni producción escénica.

 

LA PANTALLA DEL MUNDO NUEVO

El Grunge llegó a Bs As justo cuando todas las tribus rockeras empezaban a negociar entre ellas, cuando todo era blues o heavy metal y el primer disco de Guns and Roses llevaba dos años limando las cabezas porteñas.5f31980dd8b838d54020d3f46071ecab--concert-flyer-concert-posters En estos pagos hizo pie con el nombre de Nirvana, el resto de la movida la conocimos a mediados de los noventas, cuando ya quedaba claro que el sonido de Seattle era apenas una parte de algo llamado rock alternativo.

En aquel Buenos Aires de los noventas, no hubo bandas grunge. Y el término alternativo comenzó a usarse para todos los grupos ni rockeros, ni punks ni metálicos. Y, mucho más, después de que las primeras tres bandas fundadoras del rock barrial se adueñaran de la escena rockera , para posicionarse en el mercado. La suma de todas estas pavadas da para nombrar a los Babasónicos, a la lamentable Bersuit, a Juana la Loca, a Los brujos y a alguna más…quizás en a esa lista deberíamos sumarle “ANIMAL” como banda alternativa dentro del metal.

El Gordo me hartaba con el grunge. Todo el tiempo caía con algo nuevo, y como en aquellas épocas pasábamos del cassette y los discos al CD, siempre tenía algo nuevo para hacerme escuchar. Tocábamos en la misma banda y lo que él quería era cambiar mi forma de tocar, sobre todo, desde que había cedido en lo de meter a otro guitarrista: era mi primera experiencia como única guitarra y me gustaba. Pero, en una banda de rock, dos violas, resultaba tentador. Dije que sí, una noche de 1993, mientras salíamos del “Monster of Rock, entre el gentío que doblaba por Avellaneda y yo buscaba un kiosko o algo para pegar una cerveza.

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Como ensayábamos los sábados y los martes, al otro díaa lo probamos. Era un pendejo de diecisiete años, con una Ibáñez negra y una pedalera zoom de moda. Yo usaba sólo mi strato y un wha wha y, por supuesto, la distorsión de Marshall al máximo. Zapamos algunas bases que veníamos armando y el pibe se enganchó a la perfección. Pero sonaba raro, no encajábamos como guitarristas.

Cuando salimos al patio a fumar y tomar birra, el Gordo me dijo que yo tenía que puntear y nada más y el pibe haría las bases. Y tuvo toda la razón del mundo, el pendejo aportaba todo ese sonido nuevo que la banda buscaba, mientras yo soleaba mi viejos blueses y rocanroles sobre todos ellos. Entonces dejamos de ser un trío y comenzamos a buscar un cantante. Para cuando llegó Claus a la banda, yo empezaba a darme cuenta: estaba de más.

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JIPI SUCIO, PACHULI PELO LARGO. EL BLUES DEL TRAIDOR

Amaba Nirvana, no se parecía a nada. De todas las bandas grunge, era las más cercana al punk en sonido y actitud. Pero yo estaba en otra: aunque me había comprado Nervermind, seguía totalmente deslumbrado por los solos de Slash y por los alaridos de Axel Rose.

1545417781445_0_6A6Y así quería sonar: me había vuelto un romántico; quizá, por eso, en aquel “Coca cola in concert ,del `92, cuando tuve que elegir un show, elegí el de Keith Richards. Entonces, me perdí el legendario show de “Nirvana en Vélez”, un concierto que Cobain intentó cancelar, furioso con el público argentino, que escupía, insultaba,y arrojaba botellas a la banda soporte “Kalamty Jane”, por un simple motivo: las minitas no tocaban punk. El Gordo nunca me perdonó haberme perdido ese recital, me lo echó en cara hasta la noche en que mandé al carajo a la banda…Ya había aprendido a tocar la guitarra, durante años me había preparado para ser la primera viola de una banda típica de rockanroll y blues. Para tocar punk rock, necesitaba dos dedos. Para tocar grunge, tres. Y yo sabía usar los cuatro, así que acepté ponerme a prueba en una banda de blues con saxo, piano, dos violas y tres coristas. “Señor Tickson” siguió con el pendejito en la guitarra, en busca del nuevo sonido de Seattle en nuestra entonces hermosa Capital Federal. Al igual que EEUU e Inglaterra, Buenos Aires formaba parte de la nueva movida. En los noventas, nuestro país era líder en la industria musical latinoamericana y nuestra ciudad, una máquina de crear bandas. No tuvimos grunge, ni Seattle, pero sí Mataderos y Lugano, donde nació el rock barrial.

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DE FINALES PARTIDOS

Aunque los primeros en firmar con una multinacional fueron Soundgarden, Nirvana con Nevermind fue quien puso al grunge en lo más alto. Kurt Cobain era el ángel maldito que el rock necesitaba.

En tan solo cuatro años, el mercado comercial se devoró al grunge y convirtió a aquellos inadaptados jóvenes en millonarios, sacándolos de la calles y de la noche para encerrarlos en oficinas o llevarlos en interminables gira mundiales. Aunque el contenido de sus letras seguía fuerte en lo social y las historias callejeras, y aunque seguían vistiéndose con ropas casuales, los pibes ya eran las estrellas de rock que odiaban.

Había llegado la hora de morir.

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ANGELITOS MALDITOS

Así como los setentas nos dejaron los mejores guitarristas de la historia, me atrevo a decir que el grunge tuvo las mejores voces del rock: Cris Cornell (1964-2017), Kurt Cobain (1967-1994), Layne Staley (1967-2002), Scott Weiland (1967-2015) y Ediee Vedder.PicsArt_12-21-09.05.57

Sí, todos muertos. Dos suicidios, dos sobredosis. La era grunge pasó con todo el vértigo y la volatilidad de los noventas; con toda la contaminación de las nuevas drogas químicas y con la certeza de que el rock ya no podría parir nada nuevo, nunca más. Y, hasta el día de hoy, no lo hizo.

De todas aquellas bandas sólo queda Pearl Jam y Stone Temple Pilots con un nuevo cantante. Por lo tanto, Eddie Vedder es la última voz del grunge. De todos aquellos cantantes, la vidas de Kurt Cobain y de Scott Weiland merecen un capítulo aparte. Las peleas de Cobain contra la mayoría de los músicos, retrógrados y machistas se sumaron a los excesos, a una sobredosis en Roma, y a una enfermedad estomacal, que decidió soportar con heroína y un escopetazo en la boca.

Cuando Cobain murió, en una nota muy conocida, un periodista pregunta a William Borroughs por Kurt :2_William_S_Burroughs_and_Kurt_Cobain

“Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto.”

Scott Weiland, a mi gusto, fue el mejor letrista de toda aquella generación y mi voz preferida del grunge. Las aventuras de Scott pasaban por el crack y los bares, por sus entradas a la cárcel y por las veces en que la banda tuvo que abandonar las giras, porque su voz estaba entre las rejas. Si no llevo mal la cuenta, creo que fue expulsado en dos ocasiones de la banda.

“Llevo bebiendo desde que tenía 15 años, drogándome desde los 16, consumiendo heroína desde los 23. A pesar de todo eso, he conseguido vender 25 millones de copias con Stone Temple Pilots y ganar millones de dólares. En este aspecto, mis adicciones no han afectado demasiado a mi carrera. Pero, si no lo dejo, puede que muera antes de cumplir los cincuenta o algo mucho peor. Lo único que me preocupa es cómo va a afectar todo esto a mis hijos, el niño tiene 3 y la niña 1. Quiero abandonar este infierno, de veras, no quiero seguir puteando a la gente que me quiere”.

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“Estuve 153 días en la cárcel y aquello fue una experiencia muy solitaria y muy dura. Pero está claro que saqué algo positivo de todo ello. Llegas a creer en la fe y piensas que dentro de ti existe un poder que puede ayudarte a superarlo todo. Cuando descubrí eso, me di cuenta de que ya no tenía que sentirme esclavizado por mis demonios personales. El hecho de estar en la cárcel me dio más fuerza para afrontar la vida y mirar hacia adelante y no hacia el pasado”.

Scott Weiland, entrevista mtv.

 

DE GUEYES PERDIDOS

Era un viernes de 1993, hacía calor y toda la banda de Otamendi y Avellaneda destapaba birras bajo un sol que empezaba a esconderse entre las terrazas de los edificios. El Cuervo fue el último en llegar, en jardinero y en cuero, pasado hasta el culo. Me abrazó:

—¿Qué haces, papá?, ¿que onda vos con esa remera? Tocas blues, te gustan Los Violadores y vas a ver Hermética—se río tanto que temblaron las veredas— sos un jipi punk, chabón. Decidite. Salu, negrita y me sacó la botella de la mano, mientras se reía.

Jipi punk…Tenías razón, Cuervito, eso era ser grunge.




TOCAR INFINITO

Lo inesperado: Entrevista al guitarrista Osvaldo Burucuá

Entrevista y edición: Diego Soria

 “La canción popular es síntesis de emoción y sabiduría, mensaje breve pero jamás de menor calidad ni trascendencia frente a las que muchos consideran grandes obras

Cuchi Leguizamón.

(…) Traveler en camiseta y pantalón de pijama silbaba prolongadamente La gayola y después proclamaba a gritos:” ¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!” (…)

Rayuela, cap 44, Julio Cortázar

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Pereza andaluza por Julio Romero de Torres

La guitarra es sabia en respuestas, pensaba Atahualpa Yupanqui. Pero también se alimenta de una buena ración de preguntas, hijas de un hambre curiosa y de un paralaje aparente entre quienes preguntan con el tañir de sus dedos y quienes ostentan “su guitarra oracularia”. Villa Urquiza alberga a uno de los intérpretes que ha sabido traducir sus respuestas en los muchos modos posibles de la encordada. Apenas al bajar del tren, un mural de un guitarrista se despinta en la tarde y anuncia -en secreto- que estamos en el camino correcto. En adoquines, las calles se alejan de las vías que serán, sin embargo, testigos omniscientes. Así como en la escritura se eligen con cuidado las palabras, Osvaldo elige sus notas en la pelea por hacer de este compás de tiempo algo imprevisto y revolucionario.

 

PATEAR EL TABLERO, DE RAÍZ

“Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra…

Cómo haré para que sientas mi torpe amor,

mis ganas de sonarte entera y mía…”
Alfredo Zitarrosa

 

Vos, que has investigado al Cuchi Leguizamón para tu libro “Los sonidos del Cuchi”, ¿crees que él fue un inesperado en la música nacional, en su momento?

Y sí, lo confirmas a medida que pasan de los años. Al acercarte a la obra de él, resalta más lo inesperado, lo repentino, lo audaz, que lo técnico, aunque tenía muy buen manejo de eso también. Pasa que el espíritu es mayor a ese conocimiento de los acordes, a la dinámica de la composición. Lo inesperado era la audacia, el arrojo, la inquietud del Cuchi. Muchas de las cosas que veía como admirables, luego de haber seguido esta música de cerca, me doy cuenta de que son fruto de patear tableros, de empujar los límites para “ver qué pasa”. Por ejemplo, él escuchaba música dodecafónica, ultra vanguardista, eso lo movilizaba para hacer, no unos ejercicios, sino una obra que tuviera algo del asunto.

Y lo hizo en un momento complicado, cuando la música folklórica era muy tradicionalista…

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Osvaldo Burucuá

¡Sí, seguro! Y en el ambiente salteño, el más conservador. Él pertenecía a una clase social que podía estudiar en una universidad, costearse una carrera de abogado. Es decir, en su caso no hablamos de un crecimiento como el de Atahualpa Yupanqui, signado por lo humilde, con una pobreza que él veía de un modo medio bendito. Hoy, al espíritu del artista contemporáneo, le falta esa actitud del Cuchi. Por ahí conocemos qué acorde usaba, por ejemplo, Bill Evans o cómo componía Jobim, pero hace falta algo más, ir más allá. Por otra parte, hay un respeto sagrado a la raíz, a la esencia. Lejos de hacer como Manolo Juárez, o quizás como los jazzeros cuando se toman la libertad de formas y duración e improvisan una zamba, el Cuchi no se te iba de la cantidad de compases de la zamba, él hablaba de la danza como la raíz de todo.

Pero, dentro de esos límites, el Cuchi revolucionaba…

Hizo cosas que siempre estaban fuera de lo esperado, él creó la “Zamba del pañuelo” en un lenguaje tradicional y, de golpe y porrazo, sale “Lavanderas de río Chico” con los bises de la zamba que se alteran, junto a la voz del Chacho (Echenique quien, junto a Patricio Jiménez, formó el Dúo Salteño, mítico grupo del folclore argentino). Eso le permite al Cuchi hacer uso de su segundo instrumento: “El Dúo Salteño”. Hay temas de esa época que solo los podía cantar el Chacho, por el rango vocal son aventuras tremendas… Vos pensá, hacer eso en Salta hace cincuenta años loco… No en Capital Federal, hablamos de Salta. Por ejemplo, ¿cómo llegaba “El Aveloriado” después de escuchar a Stravinsky? ¿Cómo llegó un disco de Stravinsky a Salta? Sé que la familia escuchaba mucha música clásica, mucha ópera, todo esto me lo contaron los hijos del Cuchi con quienes, a raíz de este libro, tuve un acercamiento más estrecho. Él hizo locuras – ¡Bah! locuras le digo yo en el mejor sentido que uno le da a la palabra, esas que tienden a mejorar un poco este mundo- como el concierto de campanas (organizado por Cuchi Leguizamón en la capital de Salta el 20 de febrero 1963). Yo incluí una crónica del diario “El tribuno” de Salta, vos la lees y aquello debió ser algo increíble. El Cuchi tenía ganas de hacer un concierto con los ferrocarriles, porque le gustaba mucho el sonido de los silbatos, las máquinas…

Habría terminado por tocar blues…

¿Y mirá…, sabés quién “jodía” con los ruidos de los ferrocarriles?  Duke Ellington, le “copaban” los trenes, viajaba en su vagón privado el tipo. Y, a la noche, se sentaba al piano y componía. Por eso, vos escuchás su Big Band y tiene temas dedicados al ferrocarril…

 

 

Osvaldo Burucuá – Corazonando (Gustavo Cuchi Leguizamón)

Y vos, Osvaldo, a primera vista, se podría decir que sos un guitarrista de raíz folclórica. Pero, en realidad, tenés muchas más influencias

Bueno, sí, me tocó eso…

No te cerrás a un solo género, al menos, eso se percibe en tu música, te nutrís de otros músicos.

Porque soy de aquí, viví en Capital toda la vida, si vos te fijas quiénes están en grandes centros urbanos como la Plata, Rosario, Córdoba, Mendoza, entre ellos hay una movida estudiantil infernal y un bombardeo de músicas permanente. Pertenezco a una generación de músicos llamados los “todo terreno”, ¿no? Mirá, hace una hora, me encontré en la calle a un librovecino guitarrista flamenco y hablábamos de esto, el tipo se sorprendía de que yo tocara tango… La primera guita que me puse en el bolsillo, a los diecisiete pirulos, fue por tocar tango, vivir acá, y que el tango te entre por un oído y te salga por el otro… Me parece que no se puede ignorar. Fui a un colegio industrial, éramos todos varones, imagínate, estaban los pibes que escuchaban bolichera, porque iban a bailar a “Musikats”, y los que escuchábamos rock. ¡Éramos todos machos!, yo tenía que decir que escuchaba rock pesado, tenía que escuchar a Pappo, aunque siempre me gustó más “El Reloj”, por su guitarrista Fernando “Willy” Gardi. Una vez dije que me gustaba “Arco Iris”: tenían un longplay, “Tiempo de resurrección”, un disco fantástico. Al escucharme, no me miraron bien, ¿me entendés lo que te digo? Había que pisar fuerte. Es imposible ser indiferente a todo eso, tocarlo, además me gusta, lo disfruto. La creencia de que uno escucha nada más que lo que toca es absolutamente errónea. Por ahí hay mucha gente que está especializada. Hoy, un tipo más joven va a estudiar un género y no sale de esa especialización. Yo lo comparo con los médicos, están quienes se especializan en el dedo gordo de la mano izquierda y los otros, los integrales. Soy de la época del médico de familia. Pero, fuera de joda, con mis coetáneos hablamos siempre de todas las músicas, aparte de lo que nos toca hacer porque lo elegimos. En la música que tocamos se meten elementos muy variados.

 EL OFICIO DE SER JOHN, PAUL, GEORGE, Y RINGO

 “Mi mano en el diapasón se afirma como una zarpa.

Es que voy gritando cosas que me dicta la guitarra”

Atahualpa Yupanqui.

Sos un guitarrista rítmico, como vos mismo alguna vez te has definido. Cuando tocás una chacarera o una cueca, en tu sonido se diferencian muy bien los paisajes.

Bueno, gracias por el piropo…

¿Cómo se transmuta el paisaje en la música?

Mucho ensayo y error más un amor infinito por lo que estás tocando, de otra manera no persistís. Mucho ensayo, mucho escucharte y escuchar a otros músicos. Tuve la experiencia de poder viajar por el país, merced a mi labor. Eso me hizo cotejar con otros músicos, en algún caso, con afán de investigar, como con el libro del Cuchi. Ahí tuve la posibilidad de hacer dos visitas a Salta para tocar y las aproveché para investigar sobre algunos tópicos. El trabajo consististe en acercarte con humildad, es decir, no poner el ego delante de la música. Sumale a eso, los grandes referentes con los que pude tocar y compartir. Digamos que tuve todo a favor, inclusive, el respeto de algunos importantes músicos, o su bendición. Son pistas, señales de que uno va por el buen camino. También fueron una suerte los buenos profesores, en ocasiones. no se tiene mucha fortuna con la gente que se elige para crecer, a veces te decepcionan y se pierde tiempo y energía, no fue mi caso.

Al ser un guitarrista instrumental, por qué vos no cantás,  ¿no?

Nooo, canto espantoso, la que canta es mi mujer. Me junto con gente que canta muy bien, me dan una envidia tremenda, casi maliciosa. Para mí, el tipo que tiene una buena voz es un dotado, un tocado por la varita mágica de Copperfield. Me junto mucho con gente que canta para paliar un poco ese agujero en mi música.

Pero, de alguna manera, vos cantas a través de tu instrumento, buscás algún modo…

Sí, creo que la preocupación del músico instrumentista es arrimarse a la voz cantada…

¿Hay una prosa del instrumento?

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Guitarra y mantón mtzaballos

Sin duda hay, desconozco toda la técnica de la prosa, sé que, en técnica, la prosa la dan los recursos expresivos de la melodía, algo que a uno lo flecha enseguida. Hay, eso sí, una enorme inquietud, una gran ansiedad por hacer cantar a la melodía, por la interpretación. Yo he compartido mucho con Aníbal Arias, un guitarrista de tango fantástico- Su secreto era la interpretación. Por ejemplo, tocaba esas “pedorradas” que están en los libros de métodos y las interpretaba como si hubieran sido un tango de “Pichuco” en el Madison Square Garden, y vos te quedabas asombrado, ¿Cómo hace este? Y, bueno, tiene que ver con agregarle el sentimiento, la pasión al tiempo en que te pones con el instrumento. El caso de un solista, por ahí es muy especial, aquel que toca un piano o una guitarra se ocupa de todo: es John, Paul, George y Ringo, entonces está bueno desdoblar, las capas de esa cebolla. Siempre hay una preocupación por hacer sonar una melodía, de pensar en la letra.

Vos, junto a Aníbal y otros músicos, fundaron la Empa (Escuela de música popular de Avellaneda)…

Sí, en el grupo inicial éramos Aníbal, yo, Armando Alonso, Tristán Taboada, también estaba Arnedo Gallo, Virgilio Espósito. Entrábamos todos en una mesa de bar. Ahora es un edificio tremendo en Avellaneda, con cientos de alumnos.

Patearon el tablero ahí también.

También. Fue un hecho capital para nuestras vidas. A mí, por ejemplo, me agarró a los veintiséis “pirulos”, entonces tuve que ponerme no las pilas, sino la batería del V8, para ser un guitarrista capaz y poder transmitir en todo sentido. No te voy a decir si lo conseguí o no, me parece una pedantería. Lo hicimos de la nada, no había métodos, no había un “pito”, así que fue una pateada de tablero, que a nosotros nos marcó mucho. Hoy es un lugar más (La Empa) de los varios que hay, donde se estudia y explora sobre la música popular. En aquel momento, era una isla en medio del Pacifico.

¿Cómo eran las clases con Aníbal Arias?

Él tenía un curso, “Historia del tango”. No faltaba nada del tango, salvo Piazzolla- porque Aníbal no se lo bancaba, él era un ortodoxo…  era el tipo más querido de toda la escuela, lo amábamos. Una de las cosas que me fue quitando las ganas de ir a la escuela fue su muerte, un golpe durísimo, lo extrañamos hoy. Aníbal hablaba de la época de los cantores: Alberto Marino, Chanel, Jorge Casal, Rivero. Los bandoneonistas: Libertella, Pichuco eran todos tipos que tocaban con él, eran la historia de su vida. Él comenzó a tocar, de adolescente, en la década del treinta. Era como tener a Jorge Navarro contando la historia del jazz en Argentina.  Aníbal no tuvo hijos y, en cada alumno, veía a uno. Y con la guitarra tenía un método muy de él, muy ortodoxo, pero esos tres minutos de Aníbal tocando el tango delante tuyo eran las Escuelas Pitman, Las Leicesters, Berkley, todas multiplicadas por diez.

Tal vez haya sido el Atahualpa Yupanqui del tango…

¡Claro! Te ponía los pelos de punta. Hoy no sé, las chicas Mirta (Álvarez) Analía (Rego) patioFederico (Vallejos), hay un montonazo de guitaristas que siguen la influencia de Aníbal. Me toco estar ahí, fue una tirada a la pileta infernal. Sobre todo, en mi caso, porque era un pendejo sin chapa, sin nada. Eso despertó un poco de celos. No tanto, en primer año. Pero, en el segundo, entró mucha gente, linda y de la otra, en la escuela: matemática pura. Y eso despertó inquietud en un pequeño grupo de alumnos, de envidia, de malicia, que los llevó a cargar contra un grupo de profesores porque no teníamos “la” experiencia. Así que me tuve que apurar a hacerla, meterle pata, grabar un demo, en definitiva, me tuve que subir a una moto.

Siempre te tocó eso.

Y, la escuela fue un poco como el palo en el traste, el tener que justificar todo eso….

 REMOVER LOS ESCOMBROS Y DESPUÉS

“La guitarra me ha ofrecido la capacidad de poder expresarme

con el resto del mundo sin utilizar la palabra”.

Paco de Lucía

Pensar en la EMPA como un “patear el tablero en aquel tiempo” y pensar esta época, tan cuesta arriba políticamente… ¡Qué momento para tocar la viola!

Pero sabés qué pasa: lo peor que te puede ocurrir es la parálisis, quedarte en pausa, como un video, ¿viste? Hay una fuerza, una energía, algo te tiene que hacer subir encima de vos y hacer, en este caso, este libro, y algunas ideas más que tengo…

Como el homenaje a Baden Powell que dirigís, “Afrosambas” …

Lo de Baden fue una cosa a la que le di vuelta muchos años, aunque los tiempos cambien y uno piense en eso que vos dijiste, ¿en qué escenario me toca salir con todo esto?, ¿no? Lo del libro surgió, no pensaba en un libro de análisis musical en la Argentina. ¡Y, bueno! Tuvo buena acogida de entrada, está en algunos lugares donde circula este tipo de materiales, va a tener presentación oficial en tres semanas en la Biblioteca Nacional. Está bueno tenerlo, porque va abriendo otras puertas. Hay más gente que hace cosas sobre el Cuchi, como Leo Deza quien revisó sus canciones y las publicó. Por otro lado, Laura Princic grabó varios temas inéditos de Cuchi.

Hay algo que siempre palpita por debajo, venga como venga la mano…

Hay que sacar los escombros y empezar de nuevo, revolver, desenterrar y otra vez seguir. Recuerdo la sensación del 2001, luego de los disturbios, la sensación de abatimiento, de estar en el piso culo para arriba. Y, bueno, en un momento,

De: Renacer Humano Pintura: Oswaldo Guayasamin
De: Renacer Humano Pintura: Oswaldo Guayasamin

vos te sacudías la tierra y, de a poco, empezabas a caminar, a agarrar el ripio, luego el asfalto y ver qué se podía hacer. No está bueno quedarse con la sensación paralizante. Tiene que ver con el desafío del “a mí no me van a cagar” ¿no? Estos pelotudos no van a conseguir que yo me pase veinticuatro horas puteándolos, puedo pasar veintitrés. Pero, en esa hora que queda, me alcanza para sacar adelante esto y poder pensar qué va a ser de mí.

¿Para quién tocás, Osvaldo?

Buena pregunta. Te puedo decir para quién no toco: no toco para los músicos o para los entendidos, con esos solamente cerraría la cancha. Toco para la gente, quiero decir, para el tipo que se pone en frente de mí, un estudiante avezado de música, o cualquier hombre de a pie. Y para mí, porque si no estoy satisfecho con lo que hago, falta algo. Aun a aquellas cosas que puedo hacer con la guitarra, que no me representan un cien por ciento o no son las que yo elegiría para hacer, enseguida les busco la vuelta para poner algo mío, algo en lo que yo me vea reflejado. Entonces ahí siento que estoy tocando para mí. Y para ganar unos mangos: eso, después.

¿Hay algo que te rebela dentro de la música?

La medianía, la monotonía, la chatura, el “siempre lo mismo”, la receta. Estos últimos años estoy alarmado, el enemigo es la falta de objetividad, de autocrítica, observo el estrago que representa para mí y también para mis pares. Esto nunca lo dije, veo muchísima autocomplacencia. La conformidad en extremo, el no plantearse realmente qué pasa con todo esto, ¿no? La falta de reflexión. Te impide plantearte si hay contenido, sentimientos, si hay pasión que te lleve a plantearte muchas otras cosas. Entonces, el enemigo- más que estar arriba-, está en uno mismo. Veo un facilismo- y no digo que no se justifique-, en echarle la culpa al medio. Me parece que es un argumento muy fácil, muy trillado, que esconde y no permite dilucidar la raíz verdadera de este asunto. Te hablo de una raíz que observo desde hace décadas, donde influye también lo político, como esta pesadilla que estamos atravesando. Son cosas que no se crean de un día para el otro. Si vos examinas toda esta línea de tiempo, vas a entender un poco más por qué se dan las cosas así, también en una disciplina como ésta la falta de autocrítica te lleva al aislamiento, a no considerar el contexto, la época, el lugar, el saber que no sos un “coso” aislado, sino algo que forma parte de un entramado, de una urdimbre social. Y que vos ocupás un lugar ahí. Y, si te sacás de ahí, la estructura se tambalea.

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ANÉCDOTA: Osvaldo, artista plástico.Antes de lo de Avellaneda (La Empa), tuve una vida como artista plástico, hice un par de exposiciones y todo.Eso no se sabía.,No porque lo enterré después de la música, tengo dibujos enmarcados, envueltos, ¡Los guardé! Me había presentado en un salón y me rebotaron, eso me había desilusionado mucho. Y, encima, me había metido con “tutti” con la música, después Avellaneda… En el año ´80 había una banda independiente de Rosario, que a mí me gustaba muchísimo, Irreal”: el baterista era Daniel Wirtz, el hermano de Manuel. La primera voz y segunda guitarra era Baglietto. Y el capo de la banda era Mario Corradini, un músico de Mar del Plata. Yo me había copado con un tema de ellos y me había puesto a hacer un dibujo. Entonces, me dijeron- todo por carta, ¿no? – “che, por qué no lo hacés en treinta por treinta tamaño longplay, asi cuando lo editemos, lo usamos de tapa”. Bueno, bárbaro, me entusiasmé y terminé el dibujo. Ellos vinieron aquí a tocar en el teatro Lasalle, una sala chiquita donde tocaban las bandas “under”. Vieron el dibujo, les gustó y les mandé una copia fotográfica de buena factura. Al tiempo, el grupo se disolvió por problemas con los milicos. Hace un par de meses, se publicó en Youtube, el tema que yo ilustré, entones escribí, en un comentario: “mirá que yo les hice un dibujo, cuando vivía en tal y tal lado…” A los diez segundos me contestaron: “¿Es este?” ¡pum!  Ponen el dibujo mío en la pantalla… loco, ¡así de golpe!El dibujo tiene el nombre de la banda arriba, está diagramado como tapa del disco. Y, como no estaba firmado, no sabían de quién era. Pero ahora ya le dijeron al diseñador, y va a salir un disco el mes que viene ¡con una tapa dibujada por mí! Jajaja ¡Soy Roger Dean! El que le diseñaba las tapas al grupo “Yes”.¡Además va a ser la primera vez que salís en un disco sin tocar!  Al videoclip lo editaron: pusieron el dibujo al final, con el crédito “Dibujo de Osvaldo Burucuá” ¿Pero. ¿entendés? Yo ya dejé todo eso y eso volvió treinta y ocho años después. Se me dio. Muy loco, muy loco. Fui a Mar del Plata, estuve con el guitarrista tomando mate y hablando de esto. Cuando Baglietto empezó a cantar como solista hacía algunos temas de “Irreal”: “La censura no existe”, “El gigante de ojos azules”, cosas de Adrián Abonizio, gente de la trova rosarina, un grupo fantástico. Después de “Almendra”, esa música no había aparecido más.Irreal – Cucarachas para el desayuno.

 

 

 

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Osvaldo Burucuá – Diego Soria

 

 

 




¡ME SALIÓ!

Lo inesperado: Sobre el aprendizaje.
Por Mariana Paula Dosso

 

PRIMERAS PALABRAS

Disponer de los trazos, de líneas irregulares que trasgreden los renglones, de los sonidos –a veces entrecortados- y de los sentidos envueltos en las palabras, es uno de los desafíos más tiernos de apreciar. Los niños y las niñas juegan, también, con las letras y los espacios: encerrar vacíos, ponerles una “patita”, titubear en una “a” ensanchada en su mayúscula cursiva o en una “e” minúscula, como un rulito suelto de una niña dibujada. Cantar una sílaba difícil, repetir la última letra para avanzar hasta completar la frase es parte del juego del leer.

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Siempre comparé ese proceso con el aprender a caminar. El conocimiento de su propio cuerpo en los bebés, los giros, las rotaciones, el puente a “reptar” o gatear, el pararse y los primeros pasos hacen espejo entre el andar y la escritura. Lleva un tiempo hasta que “salen corriendo”. Nos podemos detener en cada sentada de “prepo” al piso, o en esos andares de una silla a otra, de una pared a los brazos de una tía. ¿Alguna vez se pensó exigir a una pequeña o a un pequeño que caminara con soltura sin pasar por ese proceso? ¿Por qué, entonces, la mirada que sanciona el “error” en los primeros pasos de la alfabetización?

Sin embargo, el error, también es errancia, vagabundeo. Podemos decir, además, que es un deambular por el lenguaje: transitar el mundo de los símbolos, tantear las expresiones, caerse en las faltas de ortografía y apropiarse de la palabra escrita.

Pero veamos. Estamos en un ambiente alfabetizador lleno de:

carteles construidos por los alumnos y alumnas,

la maestra a través de sus rutinas de escritura,

el conocimiento de las letras y del uso del lenguaje,

los juegos y solidaridad entre pares, que distribuyen los puntos de                                    apoyo de ese andar de la lectura y escritura.

Hasta que un día inesperado:

-¡Profe, pude leer esta hoja sola!

-Viste cómo se “largó”, ya escribe de forma autónoma- le dice una maestra a otra.

 

¿POR QUÉ MATERIA?

Un reloj redondo entre biblioratos anuncia las 18:15, mientras da paso a treinta personas entre 18 y 60 años. Se ubican en sillas, firman una hoja con su presente, guardan el DNI y, con un click, se disponen a elegir la respuesta correcta. Algunos se acercan a las pantallas titilantes de las computadoras para asegurarse de sus respuestas. Otros fijan la vista al buscar un dato entre los últimos días de repaso.

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Se sabe: dos estudiantes están próximas a recibirse de su nivel secundario. De rutina, la profesora insiste, ¿para quién es la última materia? Dos mujeres levantan la mano.

Salón de techo alto, algunas lámparas tubulares bajan hacia las computadoras. El escenario se dispone en cuatro hileras de mesas continuas. Dos de ellas ofician de escritorios desde la punta opuesta a la entrada. Una, con el bedel de turno al cuidado de la tecnología; la otra, para la profesora sorteada.

Quienes rinden matemática tienen papel y birome al lado, algunas cuentas garabateadas y una calculadora vieja. “No se puede usar celular” es la consigna. Tampoco anotar ítems o sacar fotos a los múltiples exámenes en formato virtual.

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La profesora camina por los pasillos, aclara dudas y orienta con algún contenido, si lo sabe. Chequea cuestiones de claves para ingresar a la plataforma y espera las dos horas previstas. Avanzados los treinta minutos, algunos se empiezan a parar.

-¿Cómo te fue?- Le pregunta la profesora al primer estudiante que finaliza.

-Mal, un cinco.

-Uhhh, casi, bueno la próxima, ¡te faltaba poco!

Otra estudiante se para.

-¿Y? ¿Cómo te fue?

-Bien, un seis, justo.

-¡Aplausos que se recibió! ¡Felicitaciones!

El bullicio generalizado ayuda a descomprimir algunas tensiones arrumbadas. Segundos después, cada mano derecha, al mouse.

La profesora se aproxima.

-¿Y ahora qué tenés ganas de hacer?

-No sé…

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Corre el mouse, la flechita apunta a “finalizar examen” y  la cara de sorpresa se apodera del estudiante. Está sentado cerca del escritorio, busca la mirada cómplice y dice “no lo puedo creer”.

Tampoco se puede creer, si una se detiene a pensar el nombre “materia”, ¿acaso para valorar un saber hay que darle consistencia? Y carrera, ¿correr atrás de qué o para ganar a quién?

 

 

SINO LO VEO, NO LO CREO

El estudiante de matemática continúa:

-Siempre tuve miedo de retomar la secundaria por esta materia. En las otras me iba bien, pero en esta… no quería volver, sabía que me iría mal.

-¿Qué te sacaste?

-Un nueve…

-¡Ah bien! ¡Muy bien! Con esa nota, toda la confianza para seguir con Matemática B y C.

-Cuando estaba en segundo año, mi papá falleció, se ve que no me podía concentrar, porque siempre en matemática me iba mal. Y después dejé el secundario.

-Mirá que el programa tiene consultorías con profesores de matemática.

– Sí, sí, sabía. Varios amigos me quisieron ayudar. Me preguntaban qué temas estaba viendo, para explicarme.

-Con más razón, si tenés amigos que te pueden dar una mano….

-Está bueno dejarse ayudar a veces, ¿no?

 

Aire

TAN CERCA, TAN LEJOS

“Yo vivía en el monte, en Formosa. Mis bisabuelos vinieron de Bolivia, les gustó la tierra y se quedaron allí. Vivíamos en pleno monte, había que inventar. Por ejemplo, para bajar algo, se trenzaban algunas hojas. Mis compañeros de trabajo, cuando les cuento, no me creen. Tardaba dos horas para llegar a la escuela, caminaba o iba a caballo. Estábamos todos los grados juntos.

Cuando me vine a Buenos Aires, no lo podía creer ¡trabajaba en el Cabildo! Siempre hacíamos el edificio del Cabildo en la escuela y yo, de repente, trabajo ¡ahí!, tantas veces lo dibujé… De grande, volví a mi escuela. En el aula llena de alumnos, mi maestra les contó: Ella vivía acá, vino de visita, y ¿saben dónde trabaja? En el Cabildo…”

-¿En el Cabildo?- Varias voces amontonadas.

-Sí, sí. En ese que está colgado en la pared.

La cara de sorpresa los mantuvo en silencio unos segundos.

 

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SALTOS

Una apuesta continua de parte de educadores y de estudiantes. Experiencias. Reflexiones. Errancias. Solo transitar. La apropiación de lo nuevo da un salto en el momento más inesperado.




TRASTUMBAR LA MEMORIA

Los exilios: sobre la muerte y sus pasajes

Por Mariana Paula Dosso

Fotografías: Mariana Paula Dosso

 

“Como cuervo: atravesé algo sin límites
el cielo y los augurios, en un ridículo
mecanismo emplumado, menudo, cerrado;
dispuesto a seducir al mundo como víctima
de una belleza negra,
de un pasajero temor.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

Si nos detenemos en la muerte y en el exilio, lo más común es pensar en el viaje del alma hacia otro tiempo-espacio. Así sucede en la película animada “Coco”, que retrata la festividad del día de los muertos, tan celebrada en México. Debo decir que un aire de enojo se apoderó de mí al verla: Hollywood puso imágenes a una experiencia tan ancestral y ¡latinoamericana! Pero, si se sortea esta desconfianza, bien vale esta película.

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En el más allá de “Coco”, han construido un mundo paralelo, que no escatima en calles, moradas, edificios voluptuosos, laberintos, divisiones geográficas según la clase social, conciertos de música y varias réplicas de una escenografía mundana. Calaveras por doquier continúan su existencia gracias a las ofrendas, amores y recuerdos, por los que los del más acá brindan el 2 de noviembre.

 

“Como lobo: creí poder nacer de mis dientes
y de mi baba, descansar en una garganta abierta,
correr con algunas vísceras, sorprendidas, humeantes
y nunca morder el corazón que ama,
repleto de llanto de opaca enfermedad.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

En nuestra cultura hegemónica occidental, la muerte suele estar asociada al final de un camino en vida. El tiempo cronológico, la insistencia entre causa y consecuencia, y la linealidad impregnada en cualquier experiencia hacen de la muerte la etapa final de un proceso acumulativo. La tensión entre la vida y la muerte o, mejor dicho, la convivencia entre ambas suele desconocerse, porque “necesitamos” establecer categorías precisas: plano de la vida y, a continuación, plano de la muerte.

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Sin embargo, hay muchos hilos sueltos en el entramado de culturas de nuestro territorio. Las experiencias vinculadas a poblaciones originarias conllevan ceremonias, ritos, concepciones sobre “el final de la vida” que impregnan variados significados. También las religiones hacen lo suyo: aquí suelen estar más ligadas a tradiciones, no necesariamente enlazadas con un estar-ser cotidiano. Otras tramas son más nuevas y se asocian a experiencias orientales traídas en containers.

 

Sólo para desacartonar un poco la mirada sobre la muerte, hagamos presente experiencias de los pueblos originarios que suelen remitirse a íntimas vinculaciones con la naturaleza. Por ejemplo, en algunas comunidades mapuches, la celebración de sus rituales se realiza en los claros entre los árboles.  Existe el Pu-Am, un ánima universal que permea todo lo viviente. De esta manera, cada ser humano -pero también cada ser- tiene su ánima. Además, los mapuches despiden a sus muertos entre risas y anécdotas: en el velorio se actúa como si el difunto estuviese presente: si se toma mate, se le deja uno. Si se come, se le reserva un plato de alimentos. La apuesta es que emprenda el viaje mediante el festejo.

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¿Podríamos pensarnos sin la idea de la acumulación terrenal? En las comunidades guaraníes, luego de fallecimientos, los familiares del muerto destruían sus pertenencias. Si el alma quedaba en el mundo terrenal por simpatía hacia algún objeto, se transformaba en un alma en pena.

Otra vivencia es la de comunidades Kollas: en este caso, conciben el alma como un “continuar activo”, con la posibilidad de intervenir concretamente en el mundo de los vivos. La despedida del ser querido es entre bailes y danzas propias del pueblo originario. Es motivo de alegría que el difunto haya concluido con su misión en la tierra y le toque un merecido descanso.

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El día de los “fieles difuntos”, para comunidades kollas, resulta el acontecimiento de comunicación entre vivos y muertos. Entonces, los familiares esperan el alma del difunto y le ofrendan aquello que, en vida, era apreciado por él. El alma puede ser invocada para la comida servida hasta el día 2 de noviembre después del mediodía, donde se reza y pide por el descanso de las almas: una jornada para compartir lo preparado en la mesa de ofrendas y luego regresar al cielo hasta el próximo año.

¿Desde cuándo las comunidades kollas celebran el día de los muertos? La historia de conquista y colonización ha calado hondo las culturas existentes. Así, sin querer o muchas veces sin poder acceder a conocimientos más genuinos, nos apropiamos de leyendas científicas. Frente a afirmaciones que ruedan, un relato de un mapuche chileno:

“Algunas investigaciones antropológicas nos informan que habría cuatro compartimientos del mundo en la cosmovisión mapuche: cielo, mediocielo, tierra y bajo tierra. Como se puede apreciar, estas categorías se aproximan bastante a las que plantea la religión católica: cielo, purgatorio, tierra e infierno. Subyace en esta clasificación un eje vertical que conecta la tierra con el cielo (Grebe). Este eje no existe entre los mapuche, donde más bien la clasificación tiene un sentido horizontal, a través del cual el muerto no asciende, sino que camina hasta llegar al kulchenmayeu, lugar donde llega después de haberse purificado” (Dominco Curaquero*).

Este susurro de reflexiones nos invita a sospechar sobre las similitudes que se identifican entre religiones ancestrales y el catolicismo. O bien, sobre la insistencia en la búsqueda de arquetipos donde prima las similitudes sin apreciar los matices. También, entre las culturas originarias existe gran diversidad entre los territorios, comunidades y personas.

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Sobre estas texturas que, por momentos enrendan o dejan traslucir agujeros, se asienta la muerte. A veces cobijada, otras rechazada. En fin, este tejido añoso poco incide en la vivencia de la muerte para los seres mundanos occidentalizados. Así, un simple ciudadano de Buenos Aires, sin conexión con la tierra, con una comunidad religiosa y/o con una pertenencia ancestral, queda tambaleante. ¿Qué vivencias colectivas -más allá del dolor, la ausencia y los recuerdos- se presentan ante la muerte? El camino suele quedar puertas adentro: algunos recursos rejuntados afrontan el desafío de dar sentido a tal misterioso hecho. Algunas constantes animan: el arte y el intento de rodear un vacío, gestos que acaricien lo incierto y la falta de respuestas.

 

“Inserto en cada porción mortal desgrané
uno a uno los días del escuerzo, la liebre y el cerdo.
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

¿Y el cuerpo? Cada cultura, cada tradición lo acompaña a su manera. Tal es la importancia de involucrarlo en el rito de pasaje que, sin él, algunos viven la muerte como una incertidumbre pesada, donde el sufrimiento se instala. El pueblo mapuche ha recuperado, en 2015, el cuerpo de Margarita, hija del lonko (cacique) Foyel. Esta mujer, prisionera durante el genocidio en la mal llamada “Campaña del desierto”, fue luego llevada al Museo de La Plata. Ahí, junto a otras personas nativas de nuestro territorio, debía trabajar y vivir en pésimas condiciones. Luego de morir de una enfermedad curable, su cuerpo fue exhibido en las vitrinas del museo. El pueblo mapuche resiste desde las entrañas al poner en el centro de su lucha a la tierra, la naturaleza y su gente. Así, Margarita Foyel fue enterrada en su territorio.

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En ese sentido, también está la gran batalla de los familiares de detenidos desaparecidos por la última dictadura cívico militar, por recuperar los cuerpos asesinados. La vida aún habla en sus huesos. Al encontrarlos, los familiares se abrazan y lloran más historias vividas por sus seres queridos. Y muchos, recién en ese momento, comienzan a cerrar un duelo que les trae algo más de paz.

 

Pronto mi destino será un residuo de cosa viva
que desde las ávidas sombras del planeta espera
una certeza más del desamparo.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

Por otra parte, está la tradición judía que indica enterrar los cuerpos a tierra, quitar el fondo del cajón y colocar el cuerpo bañado, purificado y envuelto en su talit –chal que en muchas ocasiones, para los varones, es el mismo que recibió en sus 13 años en el Bar Mitzvá- ¿Qué pasa cuando las tradiciones no coinciden con las leyes del lugar? Las prácticas se amoldan. El judaísmo indica respetar primero la ley del lugar. Entonces en la Argentina se quitan los herrajes del cajón, como un modo de remitir a la ley judía, ante la imposibilidad de enterrarlo en tierra.

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Y después de todo este recorrido, vuelvo a mi planteo inicial. Suele identificarse a la muerte como un punto final a la vida. Para muchas otras culturas, la muerte es un continuar de la propia existencia y/o se superpone en el plano de la vida entre seres espirituales de variadas formas y naturalezas. Tal vez, lo más cercano a la continuación de la vida en nuestros pueblos es la memoria.

Con mi mayor prejuicio a una súper producción estadunidense, debo admitir que el lugar de la memoria en “Coco” –tan bastardeada desde la hegemonía consumista- es crucial. Desde el instante en que las almas no son atraídas por algún ser y no tienen lugar en la memoria individual y/o colectiva, dejan de existir en el más allá. Hay una escena de la película donde esto se manifiesta sin rodeos: una despedida conmovedora entre dos amigos, un calavera a punto de desaparecer condenada a la no presencia. Ahí se materializa un exilio sin vuelta atrás: no hay fotos, anécdotas, flores para nutrir la existencia de un ser que, en instantes, se vuelve luz.

 

Ahora, como liendre, aspiro a recalentar mi sangre
en otra sangre, a poner fin a mi aventura en el más
dulce de todos los venenos
.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

¿Y si el exilio fuese al revés?, ¿si habitar estos cuerpos mundanos fuese parte de los exilios?

 

 

Referencias

*Domingo Curaquero, “Creencias religiosas mapuche. Revisión crítica de interpretaciones vigentes”. Revista Chilena de Antropología No 8, 1989-1990.27-33 Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile, Santiago-Chile

http://www.vocesporlajusticia.gob.ar/construyendo-comunidad/historias/margarita-foyel/

http://www.telam.com.ar/notas/201509/119216-la-hija-del-cacique-mapuche-foyel-fallecida-en-el-museo-de-la-plata-en-1887-sera-enterrada-en-su-comunidad.html

http://www.surysur.net/el-sentido-de-la-muerte-segun-relatos-mapuche/

https://pueblosoriginarios.com/sur/bosque_atlantico/guarani/religion.html

Melina Pozo, “Representaciones sociales acerca de la muerte en pueblos originarios de la provincia de Jujuy”, Licenciatura en Ciencias Religiosas UCSE – DASS.

 




PRESO EN MI CIUDAD

Los exilios: sobre exilios personales

Por Néstor Grossi

 

“Yo no creo en el exilio, sobre todo, no creo en el exilio

cuando esta palabra va junto a la palabra literatura.”

Roberto Bolaño.

 

HARTO, AMARGADO, Y CONFUNDIDO ¿ALGO MÁS?

Nunca necesité más que Buenos Aires, nunca sentí el deseo de estar bajo otra bandera ni de conocer nuevas culturas. Me importaba absolutamente una mierda todo lo que pasaba en Europa o en México o en Perú, los lugares a donde todos los conocidos viajaban. Creo que, desde 1992 hasta el 97, no hice otra cosa que escuchar las historias de los viajes de mis amigos, que el “uno a uno” había pagado. Yo no lo deseaba. De desearlo, tampoco hubiese podido: a partir del 94, me vi afectado por la ley 23737 que me prohibía salir de Buenos Aires sin pedir permiso en un juzgado de instrucción. Si mi cárcel era esta ciudad, la había sacado recontra barata.

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Recién con la llegada de este nuevo, estúpido y aburrido siglo, sentí la necesidad: no encajaba, estaba de más y sin ganas de seguir formando bandas o zapando con tarados. La gente del rock había comenzado a darme asco. Entonces conseguí una porta estudio de cuatro canales y me puse a grabar mis canciones sin necesitar de nadie, toqué varios instrumentos, grabé veinte temas, solo cinco tenían letra. Y eso fue todo. Sin saberlo, comenzaba a cavar la tumba donde un muy joven escribidor patearía a mi yo rockero. Y la nueva era comenzó, porque había llegado la hora de escribir, no existía otra forma de soportar toda la mierda que se avecinaba.

Una tarde de mayo, cuando andaba en busca de un hotel por la zona del Centenario y lamentándome por los precios, me vinieron a la cabeza dos cosas: que el precio de una habitación en el Parque costaba lo mismo que una San Bernardo o algo así; y que, para escribir, daba lo mismo en cualquier lugar, nadie me leería. Y bueno, si el mundo iba a cogerme, al menos, iba a decorar el lugar: con un par de velas y sahumerios todo cambia.

Busqué alquileres por el partido de la costa, hasta que Tandil apareció en mi cabeza como mi cielo salvador. Sí, tendría menos oportunidades, pero viviría en paz. Tenía que tomarme unas semi vacaciones y estudiar bien el lugar. Habían pasado quince años desde que había estado de campamento con los exploradores.

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Esas vacaciones de diez días en Tandil no me las pasé en medio de las sierras ni en la cabaña. En vez de hacer el recorrido turístico, salía a llenar solicitudes de laburo en los supermercados locales. También dejé mis datos en la telefónica de la zona y llené un currículum en el Carrefour. Después, me dediqué a disfrutar un poco más del lugar, a buscar la actividad cultural, todo rondaba en torno a la universidad; siempre tocaba alguna banda en algún club de barrio que venía de la capital. Ese mundo citadino estaba a tan solo 15 minutos en taxi o remis.PicsArt_08-23-09.15.56 Y todo, al mismo precio que en Mataderos, salvo por una cosa: en Tandil no había rastros de droga. Un faso, si lo conseguías, costaba igual que un 25 en capital. En diez días, fue lo único que pude averiguar. A pesar de eso, decisión tomada. Volvía a Buenos Aires unos meses a juntar billete, a vender unas cuántas cosas y listo.

Había hecho muy buena onda con los dueños del lugar. Cuando les conté mi plan, no dudaron en guardarme la cabaña. Como era fuera de temporada, iban a cobrarme más barato, me prometieron recomendarme entre sus contactos. Agregaron que había poco laburo pero que algo iba a salir. Eran dos hippiess cuarentones. Él, tan porteño como yo, se había instalado en Tandil a los veinte, por lo tanto me entendía. Como había dejado en los currículums el número del camping, le di el teléfono de mi vieja por si me llamaban de algún lugar. También les pedí dejar algunas cosas, agradecí por todo y me despedí hasta la primera semana de marzo, o antes.

BUENOS AIRES, PUTA MALA

Volví a la mierda en un tren fantasma. Oscuro y casi vacío hasta Azul y Rauch. Me la pasé empinando una botella de gaseosa con vino y fileteando uno de los salamines que llevaba mientras, a través de la ventana, no había nada que ver. 02a02666cdf977156453cb25e781023fEntonces imaginaba mi vida como parte activa de Tandil. No me importaba de qué mierda iba a laburar. Solo sabía que, al salir, mi paisaje sería serrano y no el lugar de mierda ese lleno de fábricas, talleres y carnicerías. Me veía estudiando algo en la universidad, quizá hasta volvería a formar una banda.

Cuando llegué a Constitución, entendí que mi verdadero exilio había comenzado: en la Capital no me esperaba nada.

La estación era el infierno temido. Odiaba estar de vuelta, eran las siete de la mañana de un lunes y mi pequeña vida salvaje murió bajo la suela de un Buenos Aires que despertaba siempre con resaca, donde no tenía nada que hacer y nadie me necesitaba.

Iba a vivir en las dos ciudades, punto final. Me bajé del Ferrobaires con la mochila vacía, había dejado el grabador, los borcegos y la guitarra en la casa de los dueños del camping. En el próximo viaje debería cargar con mi caja de herramientas, por si funcionaba el plan de sobrevivir  como instalador en Tandil.

Durante los tres meses en casa de mi vieja, laburé instalando marquesinas, vendía vhs, cds y auriculares de contrabando. No salía a ningún lado ni visitaba a nadie más que a mi puntero. Odiaba la vida en casa de mi madre y odiaba que mi paisaje de todos días fuese el barrio de Mataderos. Vivir con ella tres años había sido suficiente como para empezar a sentirme un estúpido que no servía más que para tocar la guitarrita. Para ella yo era un simple vago y un borracho igual que mi padre, que llevaba muerto 350 días, los únicos que justificaban mi estadía en esa casa. Pero ya estaba de más. Sólo mi adicción me ataba a Buenos Aires, me aterrorizaba la idea de estar sin fumar y sin pastillas; compensaba repitiéndome que, llegado el caso extremo, me subiría al tren y, en 48 hs, todo solucionado.

 

CON LAS BOLAS LLENAS

Tenía el billete para vivir tres meses sin laburar ¿cuánto más quería? Cada peso gastado en Mataderos era un peso menos en Tandil. Había llegado el momento de zafar y armarme esa nueva vida que tanto buscaba. Compré mi primer celular y lo principal: el faso, un ladrillito verde y bien compacto del tamaño de un Shot de largo y dos dedos de ancho, cien gramos de uno bien rico que, con algo de suerte, sobreviviría dos meses nada más.

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Estaba híper paranoico, desde aquella tarde de 1994 en que me habían agarrado con un kilo a la vuelta de la casa de Yoni, no había vuelto a tocar más que algún 25. Y pensar que debería viajar por más de cinco horas con eso encima me hacia mal. Si me agarraban con toda esa mierda, me revocaban la causa y todo se iba a la puta que lo parió, justo cuando aquel garrón estaba por terminarse. ¿Iba a soportar hacer un viajecito semejante cada dos o tres meses? Por un segundo, creí que había llegado la hora de limpiarme.

La noche antes del viaje apenas si pegué un ojo. Me la pasé metido en el plan de cómo llevarlo y cómo me descartaría si se pudría la cuestión. La mejor idea que tuve fue mantenerme alejado legalmente de los cien gramos, al menos, hasta llegar a la estación de Tandil. Y eso hice. Como pude, lo llevé en las pelotas hasta Liniers, después, lo encanuté arriba del micro a medio llenar y me quedé dormido hasta Rauch.

La roca y yo bajamos bajamos en la terminal, no había perros, apenas un poli gordo que hojeaba las revistas del quiosko y fumaba. A pesar de que Dios existía, recién cuando el remis entró al camping solté el aire en paz.

 

NO LLEGO CON EL CAMBIO, UNA NOCHE NO HACE MAL

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Los primeros quince días hice todos los deberes. Repartí volantes de electricista por  el centro y los barrios de la ciudad, busqué laburo en los bares y volví a pasar por todos los supermercados donde había dejado currículums. Nada. Era marzo del 2001 y el país estaba destrozado. A mí me daba igual ser pobre allá o acá, mientras tuviese un maldito porro para fumar a la noche…

Para ahorrar, empecé a quedarme más en el camping, a cocinarme en la parrilla mientras, de fondo, sonaban los Doors en medio de la nada y el frío. Colgaba frente al fuego, bebía vino y fumaba hasta que el sol se ocultaba en los cerros. De día, salía a caminar, desayunaba fuerte y encaraba hacia el Centinela a leer entre el ruido de los pájaros. Al atardecer, bajaba al parador a tomar una birra y entonces, comenzaba el regreso a casa

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Una tarde, cuando volvía de mi caminata, el dueño me vio pasar y me llamó. Me preguntó si me animaba a cambiar seis portatubos del comedor de la escuelita, en la rotonda. En una tarde lo hice. La mina de la cooperadora me dijo que la madre necesitaba un electricista para cambiar una llave de luz y, así, de boca en boca, empecé a agarrar algún curro de vez en cuando. Pero necesitaba un sueldo fijo, poder alquilar una casa en algún barrio o un departamento más en el centro. Esa plata que entraba, apenas me servía para cubrir el día a día, aunque había dejado de salir los sábados, mis ahorros se evaporaban.

Habían pasado marzo y abril y todavía me quedaban 50 gramos o más. Me sorprendía lo poco que fumaba, en capital  hubiera estado en bolas ya. Pero tenía que estirarlo más, así que decidí tomarme medio miligramo de Alplax todas las mañanas, fumarme medio a la tarde y mantenerme bebido hasta la noche, cuando me ponía a escribir. Sin darme cuenta, volvía s ser el tipo que había abandonado una tarde de 1994.

Cuando llegó el otoño, comencé a alejarme por completo de la ciudad. Pasaba todo el tiempo encerrado en la cabaña o frente al fuego de la parrilla. El frío te partía y si no llovía, lloviznaba; entonces, leía o escribía hasta que caía la noche, cuando me ponía a fumar y a beber. Solo en ese momento me daba por tocar la viola hasta que empezaba el programa de Dolina y cenaba solo, mientras miraba la oscuridad del cerro y las luces, a los lejos y en lo alto del castillo, en el Parque Independencia.

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En invierno, si no llovía, lloviznaba. Empecé a beber Brandy, compuse una canción, leí tres novelas de Philip Dick y, por segunda vez, Un Mago de Terramar. Me dediqué a Baudelaire y aumenté mi dosis medio miligramo más para ahorrar faso. Llegué al punto justo en que fumaba sólo si era necesario, los fines de semana. Para soportar las “ganas de”, si no llovía, salía a caminar por la ruta hasta la rotonda y doblaba hacia la derecha hasta el pie de Sierra del Tigre, donde había un almacén y teléfono público. Ida y vuelta al camping eran unos diez kilómetros en total, conectado a mi discman… sí, uno o dos meses, quizá podía soportar la abstinencia psicológica, pero erradicar la marihuana de mi vida era algo que no haría jamás.

Fue ahí, en mi pequeño exilio, cuando entendí que mi verdadera droga era el alcohol, que todo el garrón que me había comido por drogón solo sirvió para arruinarme los noventas.

Un atardecer de agosto frío y con sol, escuchaba a los Stones, mientras me tomaba un vino barato y me fumaba un porro ante el fuego, cuando escuché las hojas quebrarse bajo unas botas. Era el dueño, apagué como pude, al tiempo que el tipo me decía, todo bien ¿daba para una seca? Tenía un botella entre las manos. Licor del que preparaba la mujer. Nos quedamos tomando mi vino barato, hablamos del rock y de Tandil, del quilombo cuando habían tocado los Redondos y de la vez que fue Charly con alguna de sus bandas.

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EL CUENTO DEL IDIOTA (PARTE 1)

Llevaba siete meses en el lugar; entre una cosa y otra, por encajar en esa sociedad, no había pisado la cascada: Sierra de Las Ánimas, el lugar más alto de Tandil, el pozo del diablo donde nacía la leyenda del hechicero, la sacerdotisa y el enamorado del Fuerte Independencia. De ellos son los lamentos que se escuchan; de ellos, los fuegos fatuos.

Voy o voy, me dije cuando terminaba el primer mate lavado de mañana. Encendí la tuca de la noche anterior y comencé a prepararme. Pensé en sacar dos o tres churros y dejar el 25 en algún canuto en la cabaña, pero no: desde que el dueño del camping había fumado conmigo, me había quedado claro que en Tandil no había faso y, si alguien conseguía, costaba tres veces más caro que en la capital. Entonces lo guardé en la riñonera con los documentos y la plata. En el morral llevaba el disckman con parlante y algunos casetes, una bolsa con medio kilo de pan, dos latas de paté y mi cuchillo. Tenía que comprar un vino de camino y al carajo. Me ajusté los borcegos, me colgué el morral y manoteé la campera aviadora.

Había llegado septiembre. Afuera estaba nublado y hacía calor. Até la campera de mangas a la correa del morral, puse candado a la cabaña y me eché a andar. Iba a volver a llover, fija. Había llovido toda la maldita semana y ya no aguantaba más el encierro, así que pensaba aprovechar el día a como diera lugar y subir al maldito cerro de las Ánimas de una vez y por todas.

Después de la rotonda, encendí el que llevaba armado. En el morral el discman tenía conectados los mini parlantes y sonaba LA Woman, mi disco predilecto de los Doors. Estaba en armonía con el mundo, en medio de un paisaje serrano que era mío. Quizá lo de vivir en la ciudad era mala idea, quizá debía quedarme en medio la nada. En el almacén de sierra del tigre compré un salamín, una cerveza de litro, una de vino y una gaseosa, cuya mitad tiré. La otra la mezcle con el tinto. Guardé la botella de plástico en el morral, cambié el Cd y, al terminar la Bieckert, seguí: todavía tenía una hora o más a pie.

Iba a subirlo sí o sí, lo había hecho a los 13 años y volvería hacerlo a los 28PicsArt_08-23-09.18.20. Después de todo, por ese puto cerro había terminado en Tandil. A un kilómetro y monedas, empezó a lloviznar. Con Iggy Pop en mis orejas, con una birra, un faso y un miligramo de Alplax, me importaba una mierda; seguí adelante con el agua pegándome en la cara.  Saqué la botella del morral y le entré al vino hasta llegar y encontrarme con lo peor: un micro con turistas rubios que parecían quejarse y el guía que les negaba algo en un inglés de mierda.

Había dejado de lloviznar y el cielo amenazaba abrirse. Todos me miraron, yo parecía un ex combatiente, de verde oliva y con remera de Almafuerte negra, los saludé con la botella en alto, esquivé los caños que hacían de valla, crucé el puente sobre el arroyo y no me detuve hasta llegar a la cascadea. 94463431745c146a7d5d8719244c6997Encendí un pucho, todo estaba más resbaloso de lo habitual, debería pisar con el cerebro. Quizás sentarme a comer algo mientras el sol hacía su trabajo, pero iba a enfriarme, no tenia que parar. Además, ya se escuchaba al contingente de turistas acercarse. Quería estar solo, sentir ese  sitio regado con la sangre del indio. Existían cientos de historias que avalaban la carga energética del lugar. Era un día de semana húmedo, ¿qué mierda hacían todos esos imbéciles ahí? La puta madre.

Me ajusté al máximo el morral, me puse la campera y subí de la única manera posible: escalando entre las rocas mojadas con la cascada que caía a mi lado. Me protegía el dios de los alcohólicos, iba a estar todo bien, solo no tenía que mirar hacia abajo ni girar la cabeza. Estaba tan en pedo que jamás pensé que, después, debería hacer el mismo camino de vuelta. Recién al llegar a una vertiente me detuve a beber, a fumarme uno y a pensar qué carajo hacia ahí.

Abajo, a unos doscientos metros, muy chiquito, se veía el grupo de turistas. No iban a subir. Me quité el morral, saqué un salame, el pan de campo y me puse a morfar. Había bebido demás. Ni siquiera me convenía seguir subiendo, el viento soplaba fuerte y, tarde o temprano, las nubes volverían a cubrir el cielo.

Estaba tan alto que podía ver la ciudad. Si avanzaba hacia el otro lado del cerro, el camino no era empinado pero me llevaría horas bajar, y llegaría de noche. No me quedaba otra, desde la ciudad pegaba el bondi o un remis y al carajo.

20180824_11_48_35No, no iba a llegar a la cima, al menos, no ese día. Sólo necesitaba descansar un poco. Bajo el rayo de un sol que a veces se escondía, me puse el morral de almohada y cerré los ojos un rato.

Me despertó un temblor y, al segundo, un inmenso estallido. Tenía un conglomerado de nubes grises ante mis ojos. Entonces, me invadió el terror. Ahí estaba el cerro que tanto buscaba, toda la madre tierra en su máximo esplendor. Tenía que elegir entre bajar por unas rocas empinadas o buscar el camino paralelo entre las sierras y alejarme de la cascada. Entonces, comencé a rodear el cerro mientras volvía a tronar con tanta fuerza que todas las rocas temblaban.

Me eché a andar. La siesta me había arruinado y seguía medio ebrio, lo mejor era beber. Botella en mano, caminé hasta alejarme de las cascadas. No había ningún sendero, todo era roca y pasto, algún grupo de aromos o arbustos y nada más, ni una maldita cueva donde refugiarme si las cosas se complicaban. Por segunda vez en mi vida, sentí miedo total. Estaba solo en el cerro más alto del lugar, con una tormenta a punto de caer sobre toda mi maldita existencia. El fuego fatuo de las almas en pena de los indios masacrados podía irse a la mierda, porque el cerro me había rechazado, no tenía ni puta idea dónde estaba ni a dónde iba.

Comenzó a lloviznar.

Seguí siempre hacia adelante, durante horas caminé bajo una llovizna tan suave que flotaba en el aire. Yo subía y bajaba. Por momentos perdía el sentido hasta que, a los lejos, volvía a ver la ciudad y mi corazón se calmaba.

Aparecí en algo similar a un valle sin salida, tenía que volver a trepar si quería pasar. Y eso fue lo que hice. Debían ser unos diez metros. Justo cuando llegué al borde, del morral se me cayó la botella de plástico con el vino por la mitad. Antes de volver a bajar por el tinto, vi los campos descender entre cientos de alambrados hasta la ciudad, las luces comenzaban a encenderse. Debían de ser como las siete o algo así. Pero, sin mi vino, no seguía. Además tenía que brindar por mi sentido de orientación.

 

EL CUENTO DEL IDIOTA (PARTE 2)

 

Según el reloj de la primera1657ff449339162 rotisería que me crucé,  eran las ocho de la noche sobre la ciudad de Tandil. Compré un sánguche de milanesa y una lata de medio, me senté afuera, en el umbral de la puerta, junto al local y comencé a devorar.

—Eh, aguante Almafuerte—, dijeron un par de piernas con All Stars y jeans rotos. Me preguntó si era de capital. Él se llamaba Pablito y tenía una remera de los Sex Pistols. Después de toda la mierda por la que acababa de pasar, lo invité a una cerveza. Le conté todo lo que acabo de relatar y casi toda mi vida. Él me contó del ambiente rockero y que tocaba el bajo, tomaba “Rivo” con cerveza porque le costaba un huevo conseguir faso o pepas. Entonces, lo invité a fumar:

¿Hay algún lugar donde no bardiemos?

La Plaza, contestó. Y hacia allá fuimos.

Nos sentamos en un banco, en un lugar que parecía la plaza Irlanda rodeada de edificios, bancos, la iglesia. Idiota, estaba en la plaza del centro, pensé, mientras me abría la riñonera, le regalaba un faso y zafaba de toque.

Cuando tenía el 25 en la mano, en el momento en que pensaba sacarlo de la bolsa, vi cómo empezaba a rodearnos la policía: cerré el puño con la piedra en mano y todo mi mundo se detuvo. Había perdido, otra vez. Simplemente, tenían que revisar, llevarme detenido, pedir mis antecedentes a la capital y listo: a un penal marplatense, para un porteño de mierda, genial.

Nos pusimos de pie con las manos en alto. De, al menos 7 ratis, dos nos apuntaban. Al pankito lo pusieron contra un árbol. A mí, contra el otro. El 25 estaba entre la palma de mi mano y la corteza del árbol, el cana me decía que me quedara quieto, me pidió los documentos y me preguntó qué mierda hacía con el boludo más buscado de la ciudad en pleno centro. Y yo, que era turista, que recién lo había conocido y que tenía todo en el morral.

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El Principal le pidió mis documentos a uno de los polis, yo seguía con el porro en la mano y apoyado contra el árbol mientras me temblaban las rodillas. Quédate así, me dijo el Principal y escuché que se alejaba hacía el pendejo. Torcí la cabeza: todos estaban de espaldas o revisando el morral. En un segundo me metí el 25 en las pelotas, como pude y vi de costado cómo se llevaban al otro detenido.

El principal volvió con mi documento en la mano. Una pena, flaco, si no tenías nada te ibas. Bajá las manos y date la vuelta despacio.

El porro, pensé. Y dejé de respirar.

Me esposaron y me acompañaron hasta el patrullero. Fue un viaje silencioso, las nucas de los ratis no hablaban, sólo se escuchaba la radio y mi corazón: estaba detenido por tenencia de un arma de guerra y con marihuana en las pelotas. Nada más tenía que llegar a la comisaría y ser revisado a fondo, mientras pedían mis antecedentes a capital. Todos los caminos conducían a un penal. Estaba jodido, esa tarde mi estupidez y la mala suerte se habían dado la mano.

Me sacaron el cinto, los cordones y me arrojaron en una celda junto con el pendejo tarado. Durante una hora, estuvo disculpándose hasta que un poli se lo llevó. Al rato, volvió por mí, me sacó y me dejó sentado junto al poli de la recepción. De fondo, se escuchaba un partido de fútbol, yo estaba medio pila, pero mi cuerpo no. Le pedí como tres veces ir al baño y me decían que esperase a que alguien  me llevara. Quería meterme los dedos y lanzar. Y lo principal, descartar el 25 por el inodoro. Estaba a punto de entrar a declarar ante el taquero, jodí tanto, que el poli de la entrada salió de atrás de escritorio para acompañarme. Justo cuando estaba por parase frente a mí, no aguanté más y vomité todo el vino ahí nomás, a los pies del rati.

Mientras él me puteaba y yo me disculpaba, me acompañoó hasta la puerta del baño, no entró. Me saqué el faso de las bolas y me dolió descartarlo. Lo metí detrás de la mochila del baño, tiré la cadena y salí. Mi corazón volvió a latir. El rati me dio el secador, me señaló el balde y me puse a limpiar. Cuando terminé, entré a la oficina del comisario. Me la pasé hablando  de cuánto amaba la ciudad, de que había llegado para quedarme y de que me había parado de borracho y boludo a hablar con ese pendejo.

El taquero y el Principal me tomaron por un porteño con mala suerte, daba la casualidad que justo me había parado a chamuyar con el más bardito de Tandil. Pablito había roto el vidrio de la farmacia para entrar a robar unas cajas de pastillas y lo estaban buscando.

Me boludearon un rato largo, firmé papeles haciéndome cargo del maldito cuchillo. Puse la dirección de la casa de mi vieja. Tenía una causa en Tandil, nada grave, no quedaba detenido, sólo fichado y a la espera de una citación para pagar una multa. El comisario llamó de testigo a un remisero que nunca vio nada y listo.

No pidieron, no sé por qué, mis antecedentes. El faso seguía en el baño. Le pregunté al rati si podía pasar, al remisero si me llevaba… Salí de la comisaría con el faso de vuelta en mis pelotas, ya nadie iba a pararme.

Esa noche llegué a la cabaña, me fumé uno grande como un dedo, mientras escuchaba a Dolina en la radio. Intenté dormir, pero el miedo, el odio y la incertidumbre volvieron a visitarme.

Al otro día, hice la mochila, pagué la cabaña y le vendí el faso que me quedaba al dueño de camping.

Mi pequeño exilio había terminado. Entre Tandil y Buenos Aires, no había diferencias ya. Pero me había preparado, me había encontrado en este nuevo siglo de mierda. Era claro: esa sombra de la que huía siempre tendría mi rostro. Porque el miedo es el único disparador que nos aleja, es un pequeño acto de egoísmo y cobardía. Todo empieza y termina con un basta, como el amor y las revoluciones. Cuando todo está perdido, cuando queremos volver a casa.

Basta.100f4c5a8bf0d9a08fc8d50c4bcfa53b

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




CICATRICES

Los exilios: Sobre los lazos de familia.

Por Isabel D´Amico

 

OJOS TURQUESA

Gambatesa
Gambatesa

Despedí sus ojos una tarde cualquiera para mí, no recuerdo más que su mirada traslúcida. Mi abuelo no hablaba mucho; sus ojos, sí. Después de tantos años, los interpreté a través de la historia.

Italia había sido miembro de la Triple Alianza junto a Alemania y Austria-Hungría. La Triple Entente la formaron el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. Ambas alianzas sufrieron cambios. Como Italia, varias naciones acabaron por ingresar en las filas de uno y otro bando según avanzaba la guerra. Japón y Estados Unidos se unieron a la Tripe Entente, mientras el Imperio otomano y el Reino de Bulgaria se unieron a las potencias centrales.

Las potencias aliadas firmaron el armisticio con Alemania a fines de 1918. Así finalizó la Primera Guerra Mundial, después de casi cuatro años. Cifras como nueve millones de combatientes y siete millones de civiles muertos fueron la triste cosecha humana.

En esa convulsión de conflictos post-guerra mi abuelo tuvo a su primer hijo varón, Mici, para la familia.

 

LA FUGA INCOMPLETA

Roma, mayo de 1924. Giacomo Matteotti tomó la palabra en la Cámara para protestar por las elecciones recientemente celebradas. Fue una elección viciada de irregularidades. A los candidatos les impidieron hacer campaña en sus espacios electorales, los fascistas atemorizaban con dolor. De cien candidatos opositores, sesenta no pudieron presentarse en sus distritos electorales.WhatsApp Image 2018-08-14 at 15.55.20 (7)

Poco después, Matteotti fue secuestrado y asesinado por atreverse contra el temor fascista, por difamar al primer ministro Benito Mussolini y a su soberbia irrefrenable. Italia, en esos tiempos, se dejó gobernar por la violencia.

Entonces, entendí: los ojos más bellos, los de mi abuelo, no solo expresaban el hambre de su memoria, sino el miedo. En 1927, con la huida como única opción, escapó de la aventura fascista, con la mitad de su cría.

 

DE BEBÉ

Mici nació en Gambatesa, un sereno pueblo al sur este de Roma. Dos años más tarde, nació su hermano José, quien tomó la mano de Mici para nunca más soltarla. Las nenas, Chola y Mary, terminaron por coronar la descendencia de aquella familia italiana, desesperada por la crisis económica, social y por el movimiento fascista de Benito Mussolini.

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Mientras Mici afianzaba sus pasos de pan y vino, en 1921, se había creado el Partido Nacional Fascista. Gambatesa supo que los fascios intimidaban con prácticas brutales y con homicidios, siempre protegidos en la impunidad.

Los ojos oscuros de mi abuela se achicaban ante el abrazo apretado a su pollera de sus cuatro hijos. Los recursos eran escasos y el hambre sobraba.

 

GUACHOS

Un monólogo de Darío Fo, decía: “tal era la delgadez en aquellas épocas, que los hombres, para afeitarse, debían rellenar su boca con una pelota”.

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Por eso, pocos años más tarde, mi abuelo partió hacia el sueño americano. La familia rota se exilió en la Argentina, muy lejos de aquella colina, de aquel bello valle vecino al Lago di Occhito. Los familiares de Gambatesa se comprometieron a cuidar a los dos varoncitos. No lo hicieron, los trabajos forzados en la fragua y el descanso en los chiqueros fue todo lo ofrecido por la familia de sangre. A los siete años, Mici se hizo cargo de su hermano de cuatro, recorrieron juntos los pueblos más cercanos y, entre changas y compasiones, lograron sobrevivir.

A los dieciocho, Mici recibió dos pasajes de su padre, ya se olía a guerra en Europa, la búsqueda de los guachitos fue más que oportuna.

 

MICI Y EL EXILIO

WhatsApp Image 2018-08-14 at 15.55.20 (5)Uno puede exiliarse por propia voluntad, pero ninguna decisión es exclusivamente propia. Mici, mi papá, vivió sumergido en la nostalgia, por ausencia de familia o por ausencia de patria. Los sabores que conocí de pequeña, los paisajes de Gambatesa envueltos en cielo y verde, los aromas a viñas, el cansancio de sus piernas en el inmenso recorrido de las típicas subidas y bajadas del pueblo que no lo abrigó y hasta las canzonetas italianas que hoy silbo, sin darme cuenta, viven en mí por él.

A poco tiempo de llegar a Buenos Aires, nació la primera hermana argentina de Mici, se llamó Delia, poco después otro hermano varón, Lito. La familia por fin unida físicamente sufrió el tajo inevitable del distanciamiento.

 

ARGENTINA 2018

Soy hija y nieta de inmigrantes. Por cerrados, ni el abuelo ni Mici me contaron en detalle el por qué de sus exilios, solo busqué una línea de tiempo histórica para entender las causas. Soy hija y nieta de exiliados, llevo en mi piel más de un siglo de recuerdos de desigualdad social, de injusticias, de penas y abusos.

viborasHoy en la Argentina estamos invadidos por lenguas venenosas, ellas se enroscan en nuestros pies y nos envuelven hasta apoyar sus puntas en el cerebro, nos susurran y se lamen, nos escupen y se lamen, nos soplan su aliento pútrido y se lamen, como los tanques de guerra, avanzan. A algunos los atemorizan, a otros los someten, pero en todas las guerras estamos los que a pesar de todo seguimos soñando, como “Las Madres” y, ante el dolor moral, seguimos y seguiremos buscando desde la esperanza.

Soy hija y nieta de exiliados, estamos gobernados por la violencia pero no pienso abandonar mi país y, desde el lugar que me toque intentaré construir una y mil veces lo destruido.




DE ESO NO SE HABLA

Exilios: Sobre la destrucción de la familia de Mabel, durante la Dictadura civico-militar argentina.

 Por Carlos Coll

EL BRILLO DE LA CAOBA

“Farmer’s child” Autor: August Sander

Imposible dormir desde hacía varios días. Mabel se levantó de la cama con dificultad, apenas se podía tener parada. Caminó lentamente y cruzó el patio sin mirar al cuarto al lado de la cocina. Un murmullo asomaba por la puerta. No le prestó atención. Entró en el baño y se encerró. No necesitó encender la luz. El sol tempranero atravesaba los vidrios e iluminaba la figura tambaleante. Se paró frente al espejo manchado sin reconocerse. Una mujer ojerosa y muy blanca la miraba. El pelo era un enjambre gris, arremolinado sobre la frente. Lo acomodó y se mojó los ojos resecos. Las lágrimas habían desaparecido. Con los pies a la rastra, dentro de las chancletas de franela, entró a la habitación. Silencio. Estaba allí, contra la pared del fondo. Se acercó entre temblores y apoyó sus manos sobre el reflejo de la caoba brillante que, de inmediato, la encegueció. Trataba de encontrarla, por eso levantó la mirada y buscó más arriba, donde la tapa abierta le ofrecía una promesa. Tomó valor, cerró los ojos y lo rodeó. Después, solo fue dejar que la eternidad la cubriera. Cuando pudo deshacerse de ella, los abrió. El aire viciado de la habitación acariciaba sus mejillas mojadas. La neblina gris se apoyaba sobre Mabel, apretándola contra el piso de machimbre. Estaba allí, hermosa, rosada con los labios carmín. No la recordaba así. La última vez la había visto pálida y con el rostro contraído. En cambio ahora, relajada, liberada, a reconoció. Era su Lilianita, aquella que había abrazado, amamantado y cuidado. Había regresado después de aquella larga ausencia. Por fin, pudo llorar.

PERIQUITA

Rebelde, desde pequeña, siempre hacía lo que se le antojaba. A decir verdad, sus dos hijas mujeres le resultaron complicadas en la adolescencia. No así el varón. Sería que era el menor, el más protegido. Le contaba todo, buscaba su protección. Mabel era la gallina que levantaba sus alas y allí se refugiaba el pichón.

Portada de la revista Periquita #5 Autor: Ernie Bushmiller

Primero, Lilianita se mudó a la vuelta, a la casa de sus padres donde vive aún su herma menor, Luisa. Después, lo hizo Cora. Sin darse cuenta, Mabel las perdió de a poco. La tía las adoraba pero era demasiado floja y Mabel la dejó hacer. Le había resultado cómodo, ahora lo entendía. Cuando reaccionó, no sabía de la vida de sus hijas. No conocía sus gustos, ni sus costumbres, ni sus amigos.

Un día se enteró que, a veces, Lilianita no venía a dormir y desaparecía por días. Regresaba en las mañanas con su gran poncho salteño hasta los pies. Las ausencias se hacían cada vez más frecuentes. Aparecía en la casa paterna con amigos de su edad y mayores. Bigotes, barbas, pelos largos. Extensas noches materas, cantos, charlas en voces bajas. Luisa no hablaba y Cora la esquivaba.

Repentinamente, se esfumó. Nadie sabía dónde había ido. Mabel desgarró a su hermana y a su otra hija con preguntas. El silencio y la ignorancia ganaron la partida hasta que Mabel dejó de preguntar. Su vida continuó acallada. Las compras en busca de buenos precios, las visitas silenciosas a su primo Aníbal ahí, a unos metros de su casa. No salía del barrio, vivía enquistada entre las dos cuadras que la rodeaban, vivía dentro de su cuerpo regordete, al que arrastraba con dificultad.

 

EL SISMO

Ese domingo se había levantado temprano y se dirigía a la panadería. Al pasar por el quiosco, Don Juan la miró con angustia y le regaló el diario. No dijo una palabra, solo estiró la mano y se lo alcanzó. Mabel no entendía, se lo puso bajo el brazo y siguió su camino. Cuando llegó a la casa y entró al pasillo del PH oscuro, reparó que tenía un diario. Se sorprendió, no lo recordaba. Intrigada, trató de hojearlo. La luz no era suficiente. Entró en su casa, dejó la bolsa del pan y buscó los lentes

Un grito le arrancó la garganta y cayó al piso. Cuando despertó estaba en la cama. Luisa y Cora la miraban y le hacían oler un pañuelo con vinagre. La pieza la arrinconó entre giros urgentes. Se incorporó como un resorte y buscó el periódico. En la primera plana una foto de su Lilianita rodeada de letras oscuras:

“Una de las terroristas resultó muerta, al resistirse con armas de fuego, durante un allanamiento a una casa de Flores, efectuado por las fuerzas de seguridad”.

Fuente: Pixabay

La pieza desapareció. La noche se la tragó.

TEMBLOR BARRIAL

Mabel sobrellevó esos días de un constante gris nuboso. Le era imposible entender ni un poco qué ocurría. Su vida se convirtió en un devenir sin conciencia por las calles del barrio. No reconocía a la gente, no sentía.

“A dream on our way to death”} Autor: Foureyes

Esa mañana amaneció gris, como ella. El barrio se sobresaltó ante los golpes en la puerta y ante los gritos ahogados. Con armas y a empujones, entraron en la casa paterna, mientras destrozaban todo a su paso. Nadie supo bien qué había pasado, solo que se llevaron a Cora y a Luisa. La casa fue clausurada, enfajada. Nadie podía entrar.

Para Mabel resultó demasiado. Una hija muerta y la otra- junto a su hermana- sin destino conocido. Buscaron desesperados, revolvieron cielo y tierra. Nadie sabía nada, nadie decía nada.

Un día, esos aparecieron y sacaron las fajas. Los vecinos los vieron. Corrieron a buscar a Mabel quien, en camisón y en chancletas, trastabillaba las veredas desparejas y los acribilló a preguntas inútiles. Se marcharon. Ente lágrimas, entró a los restos de la casa dada vuelta, de altura a sótano, todo despanzurrado.

Mucho después, llegó la notificación. Estaban presas por sospecha de terrorismo. Habían encontrado armas de guerra en el sótano de la casa. Pero, ¡si estaban presas, estaban vivas! Y, desde entonces, todo fue gestión hasta lograr un permiso especial para, después de atravesar largas colas en la entrada de la cárcel, cacheos y humillación, verlas.

 

FANTASMAS

En el escenario de esa época, su querido primo Aníbal era el infaltable a visitarlas todos los domingos. Él las acompañaba en la cárcel, les llevaba dinero, noticias de Mabel, de la familia. La pobre no se atrevía a ir a verlas, a soportar aquel lugar. ¿Cuánto tiempo había pasado? No era fácil de precisar. Mabel vivió y vive en un estado de perturbación.

“Ausencia” Autora: Masipica

Un día, sin previa notificación, sin ningún aviso, aparecieron tía y sobrina en el PH de Mabel. Delgadas, calladas, ocuparon la pieza de la terraza.

No hubo comentarios ni preguntas. El barrio observaba y callaba. En silencio y en soledad, las dos mujeres arreglaron la casa de la vuelta y se volvieron a instalar. Nunca comentaron el tema con nadie. Seguramente entre huellas del tiempo pasado por las dos en la cárcel regresan salidas nocturnas sin destino definido, gritos desgarradores de los vecinos invisibles

Así las cosas, los trastornos fueron irreversibles pero la vida debía continuar y Mabel seguía y aún sigue yendo los domingos a Chacarita a visitar a su Lilianita.

 

 

EL DEVENIR

“La calandria canta
en la casa del gato”

                Elsie Vivanco

 

Mabel era calandria. Como todos nosotros, cuando cantaba, no pensaba que el gato andaba cerca. Pero, a su vez, sabía, como todos nosotros, que el gato -la muerte o su posibilidad- coexistía con ella.  Sin embargo, una cosa es la muerte y otra el asesinato de una hija y dos detenciones de otra hija y una hermana,Foto2 el exilio que bien pudieron haber terminado en muerte. Cora y Luisa regresaron. Pero algo de ellas quedó en el exilio para siempre. Un exilio que es casi un limbo, un espacio de ausencia de donde se retiró, incluso, la palabra. De eso no se habla, porque si hablamos, tal vez nos desmoronemos. Y el silencio de  quienes callan rebota en el silencio de quienes no pueden oír y necesitarían completar con lenguaje la cicatrización de tanta violencia. Mabel no pudo escuchar nada de Cora ni de Luisa. Cora y Luisa no pudieron decir. En cuanto a Liliana, su nombre en una lápida aún habla. Por no mencionar, la elocuencia casi ensordecedora de todos estos silencios.

Venimos desnudos y solos. Transcurrimos rodeándonos de sentimientos, bienes, objetos. Creemos que todo eso nos pertenece y perdurará eternamente, sin darnos cuenta que nos iremos como vinimos: en soledad y desnudos. Esquivamos al gato y siempre soñamos con matar al felino. Mientras tanto, quienes tenemos voz, cantamos. Y, al ser calandrias, probamos devolver un poco de lenguaje a quienes fueron exiliados en un silencio sin salida.

 

Foto de portada: “El presente del pasado” de Natalia Calabrese




RONDAR EL BARRIO

La orfandad: sobre cicatrices
Por Nora Lomberg

LOS OJOS DEL BARRIO

 

Tarde cálida. El viernes 16 de marzo cambia la rutina de Floresta, un barrio bullicioso, en el oeste de la ciudad. Unos cientos, reunidos en la esquina de Rivadavia y San Nicolás, nos disponemos a marchar y a hacer Memoria en acto, por las calles, como todos los años.
Calles que cuentan historias y fantasmas.
Liturgia de vecinos y militantes en pasos cortos, “a donde vayan, los iremos a buscar”.
Doblamos en Venancio Flores. Al 3519 funcionaba, durante la última dictadura militar, el Centro Clandestino de Detención y Exterminio, Automotores Orletti. Un taller mecánico, transformado en un espacio de tormentos, frente a la estación Floresta. 300 personas fueron secuestradas y torturadas ahí.
Se ven casas bajas y comercios. Sus habitantes, en la puerta, en silencio, testigos de nuestro paso. Todos, los nosotros y los otros. Todos, en la calle. Me pregunto si, por entonces, sus padres o sus abuelos habrán escuchado algo, si alguna unión de sospecha y coraje o de sospecha y miedo dio un paso adelante o hacia atrás del horror. Tal vez, alguna señora, con su changuito y al ir de compras, escuchó el llanto de esa muchacha, Ana, que murió con un tiro en la panza, embarazada de 9 meses. Tanto horror, en pocas cuadras. Un hombre, el de la carnicería, aplaude y saluda. Es un hombre bajito, lo conozco, tiene buena carne y sé que le fía a los conocidos. ¿Sabrá algo? ¿Recordará gritos, pedidos de auxilio? Por su lado, la señora de la casa de altos baja sus persianas de sopetón. Conozco a sus hijas, van a la escuela privada “Gente Nueva”. Y, por si esto fuera poco, otras ventanas de reojo desconfían con un “váyanse de acá”. Desde otro ángulo, los de la pensión -la mayoría extranjeros- son los más sorprendidos. Sacan fotos con sus celulares. A decir verdad, eso lo hacen casi todos. Incluso, cuando nos dirigimos a la calle Corro, un taxista de enojosos bocinazos por la Avenida Rivadavia, nos empieza a filmar. Y eso molesta. No es la única incomodidad por la zona.

Nuestro canto retumba.
Duelen los silencios.
Calles de piedra,
cordones altos,
veredas con rayitas.
Madres.

 

CUMPLIR LA MUERTE

La potencia del caminar ya habla a pasos de la casa de Vicky Walsh. “El verdadero cementerio es la memoria”, escribió su padre, quien usaba la máquina de escribir como un arma. “A escribir o morir”. Cuánta orfandad compartida.
Victoria, 26 años. Era su cumpleaños el día de su muerte. “Una muerte gloriosamente suya”, escribió Rodolfo Walsh. Todavía me tiemblan las piernas. Desde el escenario, su hermana Patricia recuerda que ella y otro compañero se matan en la terraza, “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Una lúcida muerte. “Libertad fatal”, dice María Moreno. Su pequeña beba estaba abajo, sentadita en una cama. Sola, entre tanta muerte.


La Avenida Corro, empedrado testigo. Una chica en bicicleta se anima y pregunta. ¿Qué es esta marcha, señora? Por los desaparecidos del barrio, le digo. Ah, sí, le voy a avisar a mi mamá, ¿yo puedo ir con ustedes? Se suma contenta y, a mí, me viene el nudo en la garganta otra vez.
Se hace silencio. De pronto, levantamos la vista y miramos hacia la terraza.

Hacéte nube o viento
hacéte manjar para los militantes,
inspiración para pueblo sin rumbo
querida, Victoria Walsh.

El Necio- Silvio Rodriguez (2013)

 

LA FE DE LOS CAÍDOS

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Ahora ya somos muchos y apretados. Una misteriosa fuerza nos hace seguir. Veo a la piba de la bicicleta, está con otras dos, y me sonríen. Ella me señala a una señora que porta una bandera Argentina, su madre, intuyo. Este barrio está pregnado de huellas con largas cicatrices. No sé ya cuál es el rumbo, pero seguimos. Cajaravilla y Medina, nuestros cuerpos son cartografía de poder en esta placita, diminuta, en ausencia de las monjas francesas desaparecidas. El comando anti-orfandad debió instar a reponer su placa, luego de ser vandalizada. El embajador de Francia tuvo que intervenir para defender sus nombres en la plazoleta.

“Dios puso en mí una semilla
de inquietud por mis hermanos
que tienen los mismos derechos
porque dios hizo la tierra para todos.
El puso en mí las ganas de compartir
lo poquito mío como lo hizo Cristo”.
Alice Domon

 

HACIA EL OLIMPO


Dicen que le pusieron “El Olimpo” porque en ese espeluznante mundo y, mientras sometían con los más crueles vejámenes a personas inocentes, los milicos se sentían dioses.
Una pareja de ancianos y un grupo de perros cuchichean en la esquina de Olivera. Es evidente, que nos esperan quiero hablar, quiero decirles algo como “Memoria, Verdad, Justicia”. Pero cuando pasamos a su lado, no me sale. Es por este nudo otra vez.
Finalmente, les pregunto
– ¿Falta mucho para “El Olimpo”?
– Dos cuadras, señora

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Desde una ventana escucho aplausos, los conozco, son los padres de una compañera de mi hija eso me anima aun más. En la vereda de enfrente se han juntado unos niños. Juegan con los volantes caídos que habíamos echado a volar. No arrastramos tristezas, caminamos y la gente nos reconoce, sabe que cantamos contra el olvido y acompaña nuestro paso.

“Ni olvido ni perdón”

Y que retumbe
Tumbe la muerte
Y que retumbe, tumbe, retumbe.

Me fui sola, tranquila, caminé hacia casa. Unos vecinos en la esquina me dicen que me vieron en la marcha y me hacen “chau” con la mano.




MURO ENREDADO EN FUEGO

Reflexiones acerca de la miseria: sobre los sometimientos del laburante actual.
Por Roberto Aguilar

“A la espera que acabe la opresión,/mi cuerpo dijo basta./Se arremolinó/trepó
sobre el muro enredado en fuego./Era una tormenta del trópico./Me
trajo ramas, hojas, frutos,/un pájaro de fuego,/y escapó.”

                           

NADIE ME CHIFLARÁ EL CULO

Un día en la vida de un trabajador obediente a las reglas esclavas de los amos del siglo XXI es un día más de cansancios y largos bostezos. Pero no fue tan así en el caso de una tarde en la vida del operario Pablo Schultz. Esta resultó una tarde de verdad crepuscular, cuando Pablo apuró la noche de sus horas estresantes, bajo el yugo del patrón.

Aquella jornada laboral, Schultz ingresó a su trabajo como electricista en una fábrica de tela, situada en uno de los centros fabriles más populosos del Gran Buenos Aires. Atrás había quedado su piezucha alquilada por dos mangos, dentro de una casa chorizo y de estilo colonial a medio derrumbar. Postergó para la noche su vida en familia, los recuerdos de su ex esposa, sus hijos y su actual novia venida hacía poco del Paraguay.

Era lunes. Ni bien ingresó, desde la portería, lo pararon con un “No se cambie, no fiche. Está suspendido por un día.” Cuando escuchó estas palabras, hizo todo lo contrario, no sin antes recriminar al portero: “Que manden carta documento. A mí no me llegó nada. Esto es ilegal.” Como un rayo, pasó por encima aquella orden, fichó, se fue a cambiar y esperó en el banco su hora de ingreso.

Al llegar el portero de la tarde, Schultz estaba acostado sobre el largo asiento del vestuario y lo saludó. Le guiño un ojo, se paró y le dijo con tono de amargura: “Me quieren suspender. No se los voy a permitir ¡Con qué razón! Ni siquiera me llegó una puta carta documento. Se lo dije al ortiva de tu compañero…” Entonces, el hombre de las mil llaves le sugirió: “Pablo, esta gente se maneja mal. Te lo mandan un fin de semana cuando no hay correo. Hacen lo La única luchaque quieren. De cualquier manera, hablá con el gerente de Recursos Humanos. Quejate, pero escuchá su directiva. La carta, por ahí, te llega más tarde. Total, es un día nomás. Después seguí con tu vida normal. La tormenta pasará.” Schultz le contestó, mientras le rodeaba los hombros con uno de sus brazos: “No te preocupes, compañero. Me sé cuidar solo. Estos hijos de puta no se van a salir con la suya. No es así como se trata al obrero. Si me van a bardear, yo sé qué decirles. Y, si me quieren pisar, gritaré y nadie me chiflará el culo.”

EL NO YA LO TENÉS

La ronda de los presos - Vincent Van Gogh
La ronda de los presos – Vincent Van Gogh

Era Pablo y su rebeldía contra todo tipo de discriminación. Pablo y su continua lucha contra la persecución laboral por “vago pagado por hora” o por amigo de los delincuentes y putas del bar de la esquina. Siempre señalado como peligroso, pese a su trabajo bien hecho y a su amabilidad. Allí, en un gallinero fabricador de huevos de oro, no importaba ser honesto, sólo importaban la imagen, “la buena moral”, las costumbres pulcras y, sobre todo, la disciplina. Esto último le faltaba a Schultz. No se callaba ni se sometía a las reglas doctrinales de sus jefes y compañeros. Finalmente, era su vida privada. Pero, en un gallinero, no prevalece la dignidad del trabajo, sino la moral, el acatamiento a un dios llamado dinero y el látigo sobre la espalda del negro cosechador de granos. Contra el tedio y el látigo, estaban Schultz y sus eternas discusiones. Era Pablo, el rebelde, algunas veces en silencio y otras mientras daba pelea. Hasta que, aquella tarde, estalló contra su pequeño mundo de paredes, pasillos sucios, polvo y pozos de desechos químicos. Ese mundo que se había constituido como una cadena de persecuciones, unos días antes de la persecución, vaya a saber por qué detalle, recibió la gota que desbordó el vaso.

EL CERCO

Alertado por el portero de la mañana, el jefe de Personal llamó a todos los encargados de áreas eléctricas y de producción para que le quitasen el trabajo. El paria enfermo estaba adentro del cuerpo capitalista y había que extirparlo definitivamente de la empresa. La consigna era: no a la entrada al taller eléctrico. No al uso de herramientas u otras propiedades de la fábrica. No al diálogo o aproximación corporal con el demonio. En las mentes de sus compañeros y jefes estaba el brazo extendido a la puerta de salida y un cartel que decía: “Andate”. Pero Pablo no se amilanó, caminaba por toda la fábrica, buscaba algo para hacer y, al no encontrarlo, volvía a su taller con las puertas cerradas para él. Después, retomaba su caminata en círculos. Hasta que, debajo de una escalera, encontró las alas de su liberación: una máquina de soldar y una máscara. Tomó el carrito con aquellas herramientas, se dirigió a sus tareas y fuck you, al mundo de los mandatos, fuck you, a la injusticia y fuck you, al no.

fack you

¿QUIÉN ES EL MONSTRUO?

Schultz se encontraba en el medio del campo enemigo. Y su verdadero lugar esperaba en la calle, en los pasajes de la protesta y la rebelión. Pero en ese momento no había nadie. El desierto de las avenidas lo reclamaba y, adentro de la fábrica, ardía el infierno. Estaba más solo que nunca.

Caminó hacia el sector de producción y se encontró con el jefe de personal que lo buscaba.

-¿Sabía usted que está suspendido? Aquí no puede circular. Le recomiendo que se retire- le ordenó el de Recursos humanos.

-Yo le diría que primero me mande la carta documento- le contestó Pablo.

-La carta le va a llegar, pero ahora retírese- volvió a insistir el bulldog. Atrás de él, se acercó el jefe del taller eléctrico, quien repetía como en un eco: “Andate, andate”.

Extracción de la piedra de la locura (detalle) - Jerome Bosch, el Bosco
Extracción de la piedra de la locura (detalle) – Jerome Bosch, el Bosco

Entonces, Pablo se subió a su rebeldía como a un caballo alado y pisó a los perros que le ladraban con varios insultos. Aquellos perros huyeron despavoridos y decididos a traer una jauría. Pero las bestias no aparecieron. Bajo el ruido de la bóveda negra de aquella fábrica, el miedo al rebelde tejía, en cada operario, un silencio aplastante como respuesta a todo mandato vinculado al cartel de expulsión de la patronal. Porque alguien estaba dispuesto a quemar aquella sentencia de siglos de repetición. Schultz, con su proceder, fabricaba otra consigna: “Me quedo y exijo lo que me deben’’. Sin embargo, el mutismo de aquellos autómatas venía cargado de desprecio y odio por el distinto, por el esclavo cortador de cadenas milenarias. Tenían repulsión a su cartel de justicia y libertad. No podía haber alguien así. Sus dueños de la era moderna se los prohibían. Los antiguos patroncitos de estancias devenidos en gerentes eran Frankensteins, creadores de nuevos monstruos buenos y obedientes. De esta manera, horrible lector, cada operario lacayo se escondía detrás de cada rollo de tela, de cada máquina. Y veían pasear al rebelde con su carrito de cuatro ruedas por los pasillos de la fábrica. Y los perros llegaron:

Varios guardias de seguridad, mandados por el portero de la tarde, se escondieron también detrás de las columnas y espiaron a Schultz. Lo vigilaban. La orden era: no asustar al monstruo. No aumentar su violencia anti institucional. Pero el monstruo se espantó, ya dentro de la locura. Él presintió aquellas sombras policíacas. Él supo que aquellos insultos al jefe de personal le habían abierto el camino al barranco y entonces lo empujaban hacia allí. Estaba en el horno del Dr. Frankenstein. En el fondo,  ya se sabía despedido, era su última tarde en aquella fábrica. No había suspensión ni carta documento que lo salvara. Así que, perdido por perdido, pasó por la columna donde se encontraba el tablero eléctrico principal y bajó la palanca de su sentencia al abismo. Las máquinas de todos los sectores productivos se pararon y el monstruo, cubierta su cara con la máscara de soldar, se puso a arreglar, debajo cuerpo enredador en fuegode unos caños del tren planchador de telas, un antiguo trabajo dejado días atrás. Su mente se negaba al despido, se negaba a la falta de empleo. La carta documento no le había llegado y el monstruo tenía la opción de hacer arte. El arte de la rebeldía.

¿LOCO YO?

Sin embargo, ese arte llevado al extremo por el opresor de turno, como un sol único del universo pintado por Van Gogh, hizo caer a Schultz. En esa tensión -entre la de la rebeldía contra aquel sistema y  la sumisión a las cadenas del trabajo-, terminó por ganar el sistema y lo enloqueció. Fue inevitable: por un lado, estaba su libertad individual y por el otro, la libertad de su ex esposa, de sus dos hijos pequeños y de su novia del Paraguay. Ellos dependían de su sueldito y de su cárcel de sucias reglas laborales. Era “libre de elegir” quemar los mandatos de los dueños de su vida o seguir bajo el yugo del empresario para evitar el hambre de su familia. Pero, en verdad, no tuvo ninguna de esas dos opciones. Le hicieron tomar un atajo: el de la locura.

Y entonces era Pablo con su máscara protectora contra los ojos rojos de los demonios de sus jefes y compañeros. Pablo, y un palo de escoba convertido en fusil en la guerra interminable. AbismoPablo, abrazado a un tanque de aceite, como si de su madre se hubiera tratado. Schultz fotografiado por sus compañeros, como una bestia africana detrás de una jaula. Pablo, el loco de la escoba espanta brujos y brujas del aquelarre del gerente de Recursos Humanos. Por momentos, era también el rebelde acuclillado contra una pared, abrazado a sus piernas. Sin querer, el empujón al abismo se convirtió en el primer vuelo de su vida contra el fondo sin fondo del aquel infierno.

AL LECTOR:

Y todo lo demás es relato casi conocido: la ambulancia que llega. Una enfermera que lo convence de sacarse la máscara protectora y deponer su arma contra el enemigo. El calvario hacia la enfermería, con los brazos extendidos sobre los hombros de un guardia de seguridad y de la enfermera. Schultz arrastrado por los pasillos como los ladrones o como Cristo después de su crucifixión. Y, de golpe, ante la vista de los doctores, Pablo fue la cara del ángel caído destruida por sus pensamientos, el antifaz y las horas de aquella tarde interminable que le dejó la piel hinchada, surcos rojos y amarillos en la frente, pómulos y pupilas dilatadas. Finalmente, el loco abrió la boca en un grito sin sonido, con la espuma de un perro rabioso. Así, el cuerpo débil del demonio estaba tirado sobre una camilla del consultorio médico de la fábrica. Se trataba de un cuerpo indefenso como  el de un niño. Su mirada pedía piedad.

Agencia de colocaciones        Tira ilustrada de Quino

¿Qué más le podemos pedir a Pablo, horrible lector? ¿Qué más le podemos pedir a ese cuerpo sanado por completo? ¿Y qué más te deseo, sino que inventés nuevos dioses o le des al dios todopoderoso de tu dinero un nuevo nombre? ¿Para qué? Para que te metas más en la locura de la esclavitud del aire que respiramos cada día. Que te sofoque y mate con desesperación. Te deseo lo peor. Tal vez, al borde del desfiladero, escucharás caer tu obsecuencia ante los poderosos. Y puede que sientas –y los que no, ya están condenados a la locura de la razón-, como Pablo, en algún momento de tu triste vida, que hay una salida donde podrías inventarte algún tipo de ala y un cuchillo redentores de tu prisión. Un ala para caer y un cuchillo para matar al dios opresor.

David y Goliat
David y Goliat – Gustave Doré




LOS MÉDICOS MALDITOS

Reflexiones acerca de la miseria: sobre los médicos de ficción.

Por Alicia Lapidus

¿Quién no se ha sentido vulnerable en la enfermedad? Hasta el más valiente se acobarda frente al médico, a quien algunos creen poseedor de un saber absoluto. Chamán que, con artes más o menos oscuras, puede disponer de nuestra salud, cuando no de nuestras vidas. Las épocas fueron cambiando, el otrora almidonado guardapolvo y su portador, ubicados varios escalones sobre nosotros, ahora es un ser más coloquial, tutea y hasta puede haber abandonado el clásico uniforme. Eso sí: no cambia el desvalimiento que la enfermedad produce y, cuando el mal no mejora, genera toda clase de paranoias.

Se dice que hay dos temas sobre los cuales hablan todos los seres humanos como si fueran expertos: las enfermedades y la economía. Ambos, caros a nuestra vida cotidiana.

Con estas verdades y estos miedos arcaicos, la ficción se hizo una fiesta. Infinidad de libros y películas crearon villanos médicos, viles seres. En su mayoría, enfermos mentales, con delirios de grandeza y ávidos de probar experimentos, muchos de ellos, sobre inermes pacientes. Pero no todas las ficciones propusieron  profesionales macabros, los hay también de excelencia. Para el desquicio o para la gloria, los médicos de ficción siempre tuvieron el color de la época en la que nacieron.

Evil doctors

Ahora: algo es seguro. Estos doctores de serie, de novela o de película no creen en el juramento hipocrático. Ante la elección del bien o el mal, casi siempre optan por el lado oscuro.

Por ejemplo, el Dr. No y su plan sórdido para cometer asesinatos en masa con un rayo  atómico. El buen doctor, como muchos de sus colegas literarios, encuentra un final un tanto pegajoso: enterrado vivo en un montículo de guano.También está el bueno del Dr. Jekyll, cuyos experimentos con un suero lo convierten en el maníaco homicida, Mr Hyde. Sin mencionar al Dr. Moreau, quien crea una súper raza de híbridos humanos/animales. O el insidioso Dr. Fu Manchú. O el nigromante vendedor de almas, el Dr. Fausto.

Los psiquiatras tienen una provincia especial en este asunto. Posiblemente, el protagonista más malvado de todos los tiempos sea el Dr. Hannibal Lecter, un psiquiatra forense que puede leer a sus víctimas como si leyera un libro. En “Los hombres que no amaban a las mujeres” hay psiquiatras violadores, asesinos y abusadores (2005, Stieg Larsson). Y, más atrás en el tiempo, la maravillosa película “Atrapado sin salida”, de Ken Kesey, con la inolvidable actuación de Jack Nicholson

Sería interminable enumerarlos a todos ellos, buenos y malos. Voy a detenerme en dos que, sin duda, reflejan su época.

EL MONSTRUO Y EL PADRE

Agujas plateadas de luz caían sobre el campo quirúrgico, donde el Dr. Frankenstein suturaba los últimos puntos de su creación. Y, entonces, la criatura despertó a la vida.

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En su libro, Mary Shelley no quiso -probablemente, no podía- explicar el misterio del aliento de la vida, dejó a la imaginación del lector (y a las futuras adaptaciones) la resolución del enigma.

Mucho se ha dicho sobre el Monstruo Frankenstein. Menos mirado, en cambio, ha sido su creador, cuyo nombre fue trasvasado a la bestia. Víctor Frankenstein nació en pleno romanticismo europeo, siglo XIX. El romanticismo se caracterizó por un subjetivismo con exaltación de la personalidad individual, la oposición a las normas clásicas y una revalorización del “ánima mundi” (egipcio y presocrático): la concepción del universo como un gran animal que nos respira. Un mundo de correspondencias ente lo macro y lo micro, que vuelve a filiar al hombre escindido con la naturaleza, a la vigilia con el sueño, a la conciencia con lo inconsciente (palabra que aparece por vez primera en boca de un romántico). Reacciona “contra el modo de reaccionar” contra el oscurantismo medieval, del racionalismo del siglo XVIII y XIX. Y recupera el yo, no como afirmación del individuo, sino como espacio atravesado por fuerzas, por ejemplo, la inspiración. Por otra parte también valora lo diferente en contraposición a lo común, lo que lleva una fuerte tendencia nacionalista. Esto tuvo su costado bélico, pero también una revalorización de las culturas singulares de cada lugar, una renovado interés por leer ruinas, por reivindicar el vínculo hombre-mundo, por rescatar el panteísmo. Los sentimientos -espacio siempre andado por el arte- adquirieron un nuevo modo de ser expresados. Sobre esta base, podemos entender mejor a este “Doctor”.

Ya de joven, Frankenstein fue influenciado por las lecturas de alquimistas como Paracelso y Alberto Magno, con intenciones de descubrir el fabuloso “elixir de la vida”. Poco después, perdió el interés tanto de esta búsqueda como de la ciencia en general. La cosa fue así: la observación de los restos de un árbol al ser golpeado por un relámpago ocurrió en simultáneo con la muerte de su madre. De este modo, Frankenstein sintió lo casual de la existencia frente a la naturaleza creadora y destructora. Sin embargo, en la Universidad dedoctor_frankenstein__peter_cushing__by_pidimoro-d5rzbe0 Ingolstadt, Víctor desarrolló una fuerte pasión por la química. Se obsesionó con la idea de crear vida con técnicas artificiales, a partir de materia inanimada. Por ese motivo- aparentemente- es expulsado de la escuela. Importa anotar que Víctor no era “un Doctor”, como es típicamente retratado, de hecho, llegó a serlo. Frankenstein terminó por conseguir algo parecido a lo que buscaba: creó una criatura humanoide. No explicó si lo logró a través del zurcido de trozos de cadáveres, si empleó alguna sustancia química o ambas cosas. Se lo preguntaron, pero evadió la respuesta en tres oportunidades. Es probable que Mary Shelley, como ya se dijo, no tuviera tampoco esa respuesta. Sin embargo, el corazón del conflicto quedó expuesto cuando Frankenstein comprendió el horror de su creación y huyó del laboratorio. El “engendro”, como él lo llamaba, escapó. La “bestia” era un ser sensible y emocional, anhelaba la compañía y el afecto pero era rechazada. Su fealdad monstruosa la alejaba de toda la sociedad. En su incesante intento por relacionarse, aprendió a hablar y a escribir -algo no retratado en la mayoría de las adaptaciones posteriores- y llegó a hacerlo con gran corrección en francés, y, quizás, también en alemán y en inglés.

Ya desde su “nacimiento”, Víctor no le puso nombre, todo un símbolo de la orfandad que acompañará a la criatura, quien terminará por odiar a su creador.  Así, en su periplo, dejará muerte y desolación.

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En la novela de Mary Shelley, Frankenstein es un hombre conducido por la ambición y la curiosidad científica, incapaz de tratar las consecuencias de sus acciones en “el juego de ser Dios”, y también un ser un irresponsable y padre negligente.

El Dr. Frankenstein presenta al mundo convulsionado con la aparición de la era industrial, el peligro de una ciencia que avanza hacia la deshumanización y un naciente capitalismo que no respeta al ser humano en su individualidad. El hombre no puede ser creador sin atenerse a las consecuencias de su obra. Y su criatura, inmersa bruscamente en ese mundo, muere y mata por soledad.

 EL DR. SARCASMO

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“Todas las hazañas heroicas requieren un precio. De otra manera no son realmente heroicas. Tiene que haber un dragón. Tiene que haber un riesgo. Tiene que haber dolor. Y él mantiene ese dolor. Y combate ese dragón. Él paga ese precio de muchas maneras distintas. Y lo paga por el bien de buscar verdades más grandes” Gregory House

Viajo en el tiempo hasta la actualidad. Ahí encuentro un personaje fascinante, complejo, inasible. No es malo, no es bueno en términos convencionales, su modo duro y carente -desaprensivo, la mayoría de las veces- se volvió un signo distintivo del personaje. No pasará mucho tiempo hasta que el lenguaje lo capture y llamemos a cualquier cínico, “un Dr House”.

¿Pero quién es Gregory House? En primera instancia es un médico enfermo. Ya no sólo psíquica, sino físicamente. Es un ser dañado en lo profundo. El ovillo de su propia historia se desenvuelve a lo largo de ocho años de serie televisiva. Este hombre es hijo de un padre golpeador. Él no cree que ese sea su padre biológico. A la muerte de aquel y antes de su entierro, Gregory le extrajo un fragmento de oreja al cadáver y realizó una prueba de ADN. Así demostró que John House no era su verdadero padre, lo que confirmó su teoría. Esa es sólo una transgresión pequeña. A lo largo de los años realizará innumerables otras.

House no reconoce los límites éticos concebidos socialmente. Para él, el fin -generalmente el diagnóstico- justifica cualquier medio.

House 3Es un maltratador verbal de sus colegas, sus superiores y de sus pacientes. Su inteligencia le permite, en todo caso, exceder toda convención social. Desprecia la relación médico/paciente. “Todos mienten” es su leitmotiv al que varias veces le agrega “incluso yo”. Ante los enfermos que caen en su órbita, usa métodos poco ortodoxos y tratamientos no convencionales. Sin embargo, sorprende con diagnósticos rápidos y acertados, después de simular desatender el asunto que se le plantea. Su aparente “devaneo” es un recurso teatral narrativo sin igual para evitar que su genialidad se explique sólo por una causa o por un trauma.  Muestra su habilidad , por ejemplo, en una escena en la que House diagnostica a una sala de espera completa en menos de un minuto, mientras sale del hospital.

Su ficha clínica dice: Adicto a la hidrocodona (Vicodin), un potente analgésico. Preso de un bastón a causa de una lesión muscular en una pierna. La adicción al analgésico es, sin lugar a dudas, un signo de los tiempos. A fin de 2016, se supo que el abuso de fármacos como Oxycontin y Vicodin causó la muerte de 17,536 personas ese año en Estados Unidos.

https://www.elconfidencial.com/mundo/2017-04-12/opiaceos-adiccion-heroina-estados-unidos-epidemia_1360874/

Sus vínculos con las mujeres tienen también ese sello de fragilidad  y desencuentro. House, con frecuencia, contrata prostitutas, un hábito que su amigo Wilson le reprende. Cada relación que ha intentado termina de forma violenta y en el lapso donde solo cabe lo fugaz (excepción de una relación un poco más larga con la directora del hospital). Siempre el final es debido a una combinación de su personalidad o a causa de algún obstáculo que condimenta su ya difícil figura, con la astucia de excelentes guiones. Lo único firme en ese universo es su amigo, Wilson.

El Dr. James Wilson es el jefe de oncología del hospital donde ejerce House. Por tratarse de su mejor amigo es el único que se atreve a hablarle con sinceridad. Es atildado, pulcro, intenta parecer normal a ultranza. Sin embargo, comparte algunos de los problemas de House con las mujeres. Se casó y divorció tres veces y no tiene hijos. Eso lo convierte en el compañero ideal de las charlas con House. No participa en los diagnósticos, lo que permite abrir un escenario, dentro de la serie, más íntimo, más personal.

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Se conocieron en una convención médica, cuando House le paga la fianza a Wilson para salir de la cárcel (detenido por agredir a una persona). Con su acidez habitual, House dice que lo hizo porque el Congreso era muy aburrido y necesitaba alguien con quien ir a beber. Wilson parece un hombre más lineal, sin embargo también él lucha con sus propios fantasmas, pero sirve de contrapunto al complejo doctor.

Sherlock Holmes moderno, House no resuelve crímenes, resuelve enfermedades extrañas. No trata pacientes, se enfrenta a sus patologías. Ese es su desafío y lo que da sentido a su existencia.

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Su autor, David Shore, reconoce la inspiración en el prestigioso investigador de ficción. “Holmes” en inglés es muy parecido a “Homes” (hogar) y “House” significa casa, un juego de palabras con el que el director hace un guiño acerca del origen de su criatura.  A Wilson, su amigo, en un principio se lo había pensado como  a una especie de Watson. Ambos, Holmes y House son adictos. Sherlock, a la cocaína y Gregory, a la hidrocodona. Ambos aman la música y tocan instrumentos.

Experimental como pocos, House ha probado todo tipo de drogas, sin privarse del LSD, en un intento por curarse una “migraña”. Tampoco esquivó usar su propio cuerpo como zona de prueba de alguna teoría, como cuando intentó “casi matarse” para comprobar si en realidad existía el cielo o el infierno.

Un punto central de su personalidad está en el modo astuto, incisivo y excéntrico de su ingenio. Disfruta al sembrar conflictos entre las personas y, a menudo, se burla de sus debilidades. Pero así como goza al verlos fracasar en sus encuentros, también descifra los misteriosos caminos de la enfermedad en el cuerpo, basándose en el aspecto o en la personalidad de sus pacientes. Igual método que el de su antecesor, el detective. Su amigo, el Dr. Wilson, dice que “mientras algunos médicos tienen el complejo de Dios, Gregory tiene el complejo del ‘Cubo de Rubik'; necesita resolver el acertijo”.

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Pero no podemos dejar de preguntarnos: ¿qué tiene House que encantó al público contemporáneo?

Este personaje podría considerarse un prototipo de la cultura occidental del siglo XX. Soberbio, presuntuoso, con un gran cúmulo de conocimientos científicos, arrogante por sus posibilidades informáticas, pedante y conocedor de grandes avances médicos,  aunque – también- un discapacitado emocional, hundido en las mismas preguntas existenciales que sus antecesores de épocas no tecnológicas.

House es capaz de buscar respuestas en Internet, pero no puede encontrar la verdad en sí. Cuanto más avanza en su destreza tecnológica, más se aleja de las relaciones humanas, que sólo establece si logra imponer su propio modelo. No se compromete con una pareja, ha perdido el erotismo del amor y sólo le queda el sexo físico. Lo cierto es que no podríamos decir que House es ni un inmoral ni un amoral. El tipo tiene su propia escala de valores y, podría afirmarse, que se comporta como un anarquista dentro de un rígido sistema médico, que sólo lo tolera por su brillantez.

LA SALUD SOCIAL

La salud y la vida individual transcurren siempre en un contexto que no puede deslindarse de la sociedad. Cada médico, bueno o malo, ya sea en la literatura como en la pantalla, es un reflejo de su época. Y, muchas veces, sin ser el objetivo principal de sus autores estos personajes nos han dejado frente a frente con las realidades feroces de la humanidad. Queda en nosotros, los lectores, los espectadores, descifrar a través de estos seres -benditos y miserables-, algo de nuestro mundo.

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EL RUIDO DE UNA LUZ

Reflexiones acerca de la miseria: Entrevista al director de cine y escritor Martín Rejtman.

Entrevista: Viviana García Arribas, Alicia Lapidus, Gabriela Stoppelman

Edición: Viviana García Arribas

Fotos: Anne Diestro Reategui y Matías Buselli

 

El faro de una moto enciende la noche. Dos jóvenes surcan la ciudad, mientras cabalgan sobre la ruidosa máquina. Atraviesan lo oscuro en perfecta armonía hasta que una nota disonante quiebra el ritmo del paseo: uno de ellos asalta al otro, le quita la moto y las zapatillas. En un cuadro del desamparo, un joven queda descalzo sobre el asfalto. En apariencia, no muy afectado, inicia el largo regreso hacia su casa. La cámara se queda con él y lo acompaña en su peregrinaje. ¿Qué pasaría si, en lugar de eso, seguimos a quien se va en la moto? Probemos… Otra vez la luz hiere la negrura. El corazón late -no mucho, lo suficiente para transmitir la excitación del momento-, las manos se cierran sobre el manubrio y conducen la moto robada. ¿El destino? Un barrio cualquiera de Buenos Aires, ni muy pobre ni muy rico. Al llegar, el ruido ronco del motor se aquieta y comienzan a escucharse otros sonidos: un televisor encendido, un teléfono que suena, la violenta estridencia de un tema musical. Tal vez viva solo, quizá lo reciban sus padres -quienes, casi seguro, apenas van a sorprenderse con la llegada del hijo-. Tal vez, la moto quede arrumbada, como un objeto sin destino, para ser robada otra vez y, así, circular y marcar el curso de otra historia. Pero, esto es solo fantasía. Quizá, la parte de la historia que Martín Rejtman decidió no contar. Sin embargo, se revela como un mundo posible dentro de su universo.

 

La primera secuencia de “Rapado” resume algunas recurrencias de su director: personajes en movimiento, un hecho fortuito que rompe la monotonía, la discordancia, el desamparo y la aparente desafección de los personajes. En nuestra charla, tratamos de acortar distancias y atenuar los ruidos, escuchar los silencios y capturar el azar. Así, armar familias casi perfectas… en función a aquello que las afecta.

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EL OÍDO OBSE

“Clay y Esteban desayunan con la sensación no de silencio sino de haberse quedado sordos, aturdidos, como si el departamento estuviera sellado, envasado al vacío. Por primera vez en mucho tiempo la falta de golpes les permitiría hablar y escucharse durante una comida, pero perdieron esa costumbre y no se dicen nada.”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Nos llamó la atención la insistencia de los ruidos en tus películas: los ringtones, los teléfonos de fondo, la música… A veces como irrupción y otras como aturdimiento.

fotolia-26710073-s-hearingchallenged-com_14696_gSoy bastante sensible a los ruidos. Vivo en una casa cuyo fondo daba a una planta del Ceamse, en Colegiales. El ruido que eso producía era terrible. Cuando llegué, contraté a una empresa para que midiera el nivel de ruidos –un servicio que me costó carísimo-, hice miles de quejas ante el Gobierno de la Ciudad junto con otro vecino, vinieron inspectores, etc. Bueno, es un ejemplo. Soy muy sensible al sonido y creo que por eso tengo más conciencia de eso que mucha gente. Incluso, el momento que más me gusta de una película es la mezcla de sonido. Me lo decía un ingeniero de sonido: yo escucho cosas que otra gente no. Pequeños errores, por ejemplo. Estoy obsesivamente atento a lo que suena.

Pero tus personajes no se alteran tanto como vos con los ruidos. Parecería que, en lo expresivo de sus cuerpos, no se alterasen casi con nada.

Sí y no. Creo que en el cuento “Eliana Goldstein”, hay un personaje que está completamente alterado por el sonido del piano que toca un vecino. Siempre me destacan que mis personajes son imperturbables, que nada los afecta. No creo que sea tan así, realmente. A lo mejor no son demostrativos o no los cambia demasiado lo que pasa, pero sí los afecta.

Es interesante lo que decís de tus personajes, que no es que no les pasa nada sino que no lo expresan con el rostro. Es cierto, no demuestran, pero finalmente entran en conflicto, se meten en problemas. Hay una tensión que no se manifiesta aunque está.

Sí. Aquello que no expresan con el rostro se transmite en acción pura. No vemos un efecto psicológico en los personajes, no a partir de las cosas que les pasan, pero sí en la progresión de la acción de las historias. Los hilos se van moviendo más por esas situaciones que por la voluntad de los personajes, quienes se ven envueltos en situaciones, en lugar de forjar o manejar su propio destino.

Esto libera del diagnóstico, digamos, de la lectura psicológica y de la causalidad.

Me parece que sí. Y también, la psicología de estos personajes se define por las cosas que hacen de maneras contradictorias, o absurdas o que no responden a una lógica clásica, pero que, al mismo tiempo, los impregna de una psicología atípica.

Una lógica inesperada. Una lógica alterada y en acción.

Exacto.

 

SILENCIOS FILMADOS, PALABRAS SOÑADAS

“¿Lo sabes, lo has pensado? … La noche fue silencio.

Precedió el silencio a la Creación.

Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio.”

“El silenciero”, Antonio Di Benedetto

 

Antonio Escalante - Ruido y silencio
Antonio Escalante – Ruido y silencio

Vuelvo al ruido, pero ahora vinculado al silencio. Hay muchas escenas muy silenciosas. En las películas y también en los textos.

Tengo menos precisión en el recuerdo de este tipo de referencias al sonido o al silencio en los diálogos o en los textos en general. Creo que tiene más que ver con pequeñas escenitas o frases. Sí lo tengo más claro en las películas.

“Debo haber soñado la palabra, no la imagen”, dice uno de los personajes de “Silvia Prieto”. 

Sí. Me pareció que era una reflexión más literaria que otra cosa.

Siendo escritor y cineasta, ¿con qué lenguaje te llevás mejor y en qué casos?

Son dos cosas muy diferentes. Empecé a escribir literatura nuevamente ayer, después de tres años. Estuve trabajando más en guiones de cine. Para escribir cine tengo que pensar un poco más en una situación visual, obviamente, pero que no sé muy bien cómo explicar. Creo que tiene más peso escribir para cine que escribir literatura. Esta es más liviana, para mí, porque tiene menos consecuencias.

¿Cuándo necesitás una u otra?

Forever bicycles - Ai Weiwei
Forever bicycles – Ai Weiwei

Necesito proyectos de cine. Cuando no tengo guión, tengo que escribir, buscar uno. Porque llevar adelante un proyecto de cine lleva mucho tiempo y necesitás el guión como herramienta para conseguir la financiación y poder filmar. Entonces, trato de no escribir literatura hasta no tener un guión de largometraje listo. Cuando tengo el guión, después sé que hay un tiempo largo hasta concretar el proyecto de la película, donde puedo escribir literatura. Lo que pasa ahora es que acabo de escribir un guión de un largo y, como sabía que iba a tardar mucho en filmarlo, escribí también un guión de un corto –algo para filmar enseguida-, cosa que no hacía desde los años ’80. Bueno, ahora estoy con eso.

 

ABSTINENCIA DE GUIÓN

“Viernes dice a domingo / quítate tú que me ponga yo /

Mas domingo ha salido de su cueva / y tapona la primavera / como mierda de perro

que ladrase tras / los martes, miércoles, jueves, sábados y lunes.”

“Nada”, Benjamin Péret


¿Qué pasaría si te quedaras sin un guión?

Angustia un poco la idea. Primero, no filmo guiones de otras personas. Además, me cuesta mucho terminar un guión, tardo un montón de tiempo.  Y, cuando estoy escribiendo, tengo siempre la duda respecto de si, de eso, va a salir algo interesante, si el guión va a estar bien o no, porque no pienso una historia de antemano, no tengo una trama previa que después desarrollaré en la escritura, sino que va surgiendo. Esto, tanto en la literatura como en los guiones, pero es más dramático en este último caso. En la literatura no dudo tanto de que voy a llegar a algo, porque hay muchas formas posibles. En cambio, la forma del cine es menos caprichosa.

¿Hay cosas que podés en la literatura y no en el cine y viceversa?

Fahrenheit magazine
Fahrenheit magazine

Sí, claro. En literatura uno puede escribir sin pensar si se va a poder producir o no. Este sí es un condicionante del cine. Igual, no escribí tampoco cuentos que sean tan caros de filmar. Aunque, en el último libro, “Tres cuentos”, sí hay muchos viajes en los cuentos. Filmar eso no sería fácil. El primero de los cuentos tiene una parte que transcurre en Los Ángeles. Yo conozco muy poco Los Ángeles. Estuve algunas veces, pero no es un lugar donde viví ni conozco el barrio donde transcurren algunas escenas del cuento. Lo escribí con el Google Maps, con las fotos. Eso me permitió viajar, ver locales, bares. Creo que se describe una especie de rotisería o lugar de comidas rápidas. Eso lo vi por internet.

 

LO INCONCLUIBLE

No quiere decir que esté triste, solo es un poco de agua en los ojos”

“Los guantes mágicos”, Martín Rejtman

 

¿Escribís poesía? Hemos visto que en tu narrativa aparece un trabajo con lo poético.

No, nunca lo hice. Pero, claro, lo poético aparece porque es inherente a cualquier obra, tiene que estar ahí. Pero la poesía es un género que, de algún modo, debería desprenderse de los otros géneros.

¿Qué es para vos lo poético?

No me lo he planteado antes… Es el misterio. Lo que uno no termina de decir, lo que queda en el aire. A veces funciona, para mí, como un adjetivo peyorativo: “exceso de poesía”, eso es algo que puedo rechazar. Trato de eludir la obviedad o la redundancia. Me parece que la única manera de que eso surja es en una especie de subtexto, en algo no dicho. Porque si no, siempre me parece un agregado de más. Trato de no enfatizar ni agregar nada, porque justamente me da miedo pasarme.

Arte con luz
Arte con luz

Me refiero no al adorno sino a lo poético como intensidad. Como cuando en una de tus películas el psicoanalista le propone al paciente novato: “hagamos un poco de diván”: la mujer se tira y está cinco minutos en silencio. Eso, el humor así dado, puede ser poético.

Sí, sí, claro. Pero lo hago involuntariamente, tratando de no poner la intención ahí. Quizás, no tanto por no recargar, sino porque no me gustaría a mí. A veces me encuentro con cosas con las que no me siento cómodo, sobre todo, cuando se trata de subrayar o poetizar con música o con una imagen muy embellecida. Son cosas con las que me sentiría como ridículo al filmarlas.

¿Leés poesía? 

A veces, pero no mucho.

Es el único género que uno no imagina filmable.

 

LA CAUSALIDAD CAPRICHOSA

“(…) cómo –/cómo cómo decir –/viendo todo esto –/todo esto esto –/

todo esto esto aquí –/locura para ver cómo –/entrever –/parecer entrever –

necesidad de parecer entrever –/desvaído a lo lejos lejos allá cómo –

una locura para necesitar parecer/entrever –/desvaído allá lejos lejos allá cómo –

cómo –/cómo decirlo –/cómo decirlo”

Cómo decirlo”, Samuel Beckett

 

Otra cuestión que nos llamó la atención son los espejos que hay en tus películas entre lo que se dice y lo que se hace. La palabra dentro de la película luego se convierte en acción, como cuando un personaje escucha el relato de un robo y después va y roba, intenta seguir los pasos de eso escuchado.

Bueno, funciona como un estímulo que lleva a la acción. Es esta cosa impulsiva que tienen los personajes de dejarse llevar por las cosas. El hacer algo, porque escuchaste que alguien habló de eso. Es medio azaroso, cualquier cosa puede ser causa de otra. No necesariamente alguien asesina a otra persona porque tiene una serie de motivos racionales o lógicos. “Dos disparos” comienza con un personaje que encuentra un revólver y se dispara dos veces. Es una cosa bien impulsiva. En ningún momento lo vi como una intención de suicidio. Es un impulso. Si uno tiene que encontrar una explicación, quizás tiene que ver más con haber estado toda la noche afuera, bailando, sin haber dormido, en una especie de trance en el que el personaje aún sigue.

Rejtman 6
Las manos de Martín

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Hay todo un entorno de monotonía y la sensación es que él rompe con eso.

Claro. Y lo raro es que es la primera escena de la película. Cuando, en realidad, esa es la típica escena de conclusión. Para mí eso fue raro y arriesgado.

  

EL ESTRATEGA NARRATIVO

“Y, cuando está, se queda inmóvil en algún rincón y prácticamente no dice una palabra. No parece estar pensando, ni observando, ni ausente. (…) como si esperara el próximo evento del día (…)”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Aparecen mucho las discotecas en tus películas

Sí. Pero no voy a discotecas. De hecho, ahora vengo de ver locaciones para el corto que vamos a filmar y el equipo con el que estoy trabajando me acaba de mostrar la foto de una discoteca… Las personas gritan en las discotecas. Normalmente, en las películas, se adapta el nivel de la música para que puedan hablar sin gritarse.

Hay una sensación de mucha orfandad, un alto grado de desaprensión. Los ruidos afectan a los personajes, pero entre los cuerpos hay una distancia enorme.

Es una estrategia narrativa. Todas lo son: la circulación de los objetos y de los personajes, por ejemplo, algo que me permite hacer avanzar la acción. Como yo no trabajo con una trama preestablecida, ¿cómo hago para pasar a la escena siguiente, para que suceda algo? Bueno, hago circular un objeto entre personajes. Lo pienso más en ese sentido que como una cuestión psicológica. El resultado puede dar un paisaje más o menos desolador.

Francis Bacon - Three figures in a room
Francis Bacon – Three figures in a room

Sí. Ese tipo que yira y busca dónde dormir, recién llegado del extranjero. O incluso esa ausencia de a dos, de quienes nunca sonríen. Hay un efecto de desolación.

Sí. Igual las películas tienen mucho humor. Hay como dos caminos que van en sentidos opuestos. Para mí, eso crea una tensión interesante. También en ese sentido hablo de estrategias narrativas. Los contrastes arman una trama que tiene vida. Lo mismo pasa con el ritmo: hay escenas más lentas, otras más habladas. Ritmos que se chocan a veces. No son películas contemplativas de principio a fin. Me interesa la mezcla.

 

ANCLAR LA CIFRA

“Por un segundo Florencia pensó que tenía que abrazarla pero se contuvo; era una imagen que correspondía más a la escena de una película que a la situación de esa mañana.”

“El diablo”, Martín Rejtman

 

Y la mezcla de lo absurdo, del tiempo y de las cifras (“¿Cuántos cafés sirvió?”), en cuántos trozos corta el pollo.

Sí. Lo de las cifras tiene que ver con buscar que los personajes tengan un anclaje, porque si no quedan en el aire. Hace falta algo que les dé cable a tierra, una cifra o las obsesiones, como la de la chica que corta pollo todo el tiempo.

¿Y el hastío?

Hay personajes que están particularmente deprimidos. Hay un monólogo que me hace reír mucho: “Tengo todo el día por delante. Mañana todo empieza de nuevo”. Es como el lugar común de la depresión. Una persona deprimida piensa en esos términos pero, visto desde afuera, puede darte risa.

Por eso digo que, aunque sean estrategias narrativas, los resultados son tipos deprimidos, desaprensivos, desencontrados, huérfanos, solos, desamparados… y son casi caricaturas. Un poco mueven a risa en realidad. Como el que queda afuera en la puerta del boliche, porque tiene una bala en el cuerpo y suena en el detector de metales. El amigo le explica al guardia de la puerta: tiene una bala en el cuerpo. Y el guardia dice: “Ah, bueno”.

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Martín Rejtman

Sí, ¿qué podría hacer el tipo? El argentino medio haría un escándalo. Creo que mis películas van en contra del carácter argentino. Son películas introvertidas, cuando la mayoría somos extrovertidos. Son como una reacción a todo eso: la pasión, los ruidos excesivos, los gritos, exteriorizar todo el tiempo todas las cosas y discutir, discutir por todo y a los gritos. Todos -me incluyo- somos bastante así. En mis personajes hay más control. Uno puede ver eso como una situación, ideal por un lado y, por otro, como un desastre.

No se los ve como controlados sino que parecen ser así, no sobreintervienen para no descontrolar.

Bueno, es el mejor de los controles, el no necesitarlo. Una especie de estado zen, si querés. En un punto uno dice “Ojalá fuéramos todos así” y en otro “¡No! ¿por qué?” Es un mundo donde todas las cosas tienen un valor similar: las emociones, los objetos… Una especie de utopía y, al mismo tiempo, ¿no es una catástrofe que todo tenga el mismo valor? Estarías siempre girando en una línea muy delgada.

 

CLUB DE AMIGOS 

“Pero sabe que así como nadie le preguntó nada cuando llegó, a nadie le va a afectar su ausencia cuando se vaya.”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Bueno, también hay gente mala. No hay abrazos, no hay caricias, no hay deseo… Hay traidores, abandonadores, indiferentes, siempre una distancia. En el número de esta revista, reflexionamos sobre la miseria.

sketch-1838278_960_720Siempre que hay dinero hay miseria y el cine depende del dinero. Cuando trabajás de manera profesional, en un esquema de cine más comercial, con sindicatos involucrados y demás, sucede que te encontrás con situaciones difíciles. Una vez me tocó escuchar una conversación entre algunos técnicos; decían que iban a parar la película por equis motivo, un conflicto con la producción que se podía solucionar. Pero estaban al lado mío y hablaban como si yo no existiera. En algún momento, tenía la ingenuidad de que éramos todos un grupo de amigos que está ahí haciendo una película porque quiere. Es como una ficción que me quiero creer, me gusta pensar que somos todos así, pero cuando escuché ese diálogo se me vino el alma al piso. Imaginate que el rodaje de una película son cinco, seis o siete semanas en las que convivís con todo un equipo de técnicos y de actores. Se arma una especie de falsa familia y hay algo de eso que uno se cree. En mi última película fuimos a filmar un poco más de una semana a Miramar. Como un grupo de vacaciones. En ese momento pensás que quienes están ahí son tus mejores amigos. Hacer una película para mí es trabajar en lo que quiero hacer, inventar un mundo y además, bien o mal, vivir de eso. Algo de utópico tiene ¿no? Y también hay algo utópico en los mundos que construís, porque tienen un equilibrio propio, son lo más perfecto que uno pudo hacerlos. Creo que ese equilibrio tiene que ver con la utopía.

 

¿TODO ES CUENTO?

“Con precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.”

Cómo acercarse a las fábulas”, Augusto Monterroso

 

¿En la escritura también?

Sí, también me pasa. Encontrar coincidencias, lograr simetrías en la estructura. Tomar algo del principio y hacerlo reaparecer al final de otra manera. Muchas veces me han dicho que mis cuentos no tienen final. Un escritor me dijo “Me encantan tus cuentos porque vos, cuando te cansás de escribir, dejás ahí y terminó el cuento”. Y no es así. Me acuerdo que “Eliana Goldstein” lo seguí escribiendo, y luego me di cuenta que el final ya estaba hacía dos páginas. El final es algo que cierra en la definición del personaje, en su trayectoria, porque los cuentos son la historia de un personaje que empieza en un lugar y va por un camino hacia otro. En “Este-Oeste” uno de los personajes termina en un departamento que comparte con un brasileño en Los Ángeles. Creo que termina con una reflexión bastante íntima, cuando hasta ese momento sólo habíamos visto cosas exteriores. Para mí es un cierre importante, porque si venís hablando solamente de tus acciones y en un momento llegás a una reflexión, es un cierre.

¿Como lector, hacés también esa lectura estructural? 

Sí, siempre. Y, como espectador de películas, también. Y, como di mucho tiempo clases, estoy atento a ese tipo de cosas. Si ponés algo en un lugar, lo pusiste por algo, no fue azaroso. Y si lo fue, bueno, pensá. Fijate si está bien o no el resultado. Pero no podés hacerte el distraído. Por otra parte, no podés controlar cómo va a leer otro tu trabajo. Y está bueno eso para mí. Si solamente se pudiera ver lo que yo escribí o pude leer de mí mismo, sería aburrido.

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FOGATA EN EL VIENTRE DE LA BALLENA

Deseantes: sobre la posverdad
Por Nora Lomberg

MENTIRIZADAMENTE

Nos construyen una memoria vaciada de contenido. Nos inoculan certezas en episodios.Compartimos creencias y estereotipos, se nos da por repetir cien veces una falacia hasta que se transforma en verdad. “Si mentís, te va a crecer la nariz”, nos decían. Las palabras se han vuelto globos, vaciedades capaces de significar a gusto del consumidor. La advertencia sobre la nariz ya no vale. Pobre, Pinocho se queda sin castigo y sin historia. La ballena nos devora, ¿hacia dónde nos conduce, ocultos en su vientre? ¿Qué ocultan estas falsedades? Algo hay en la mira, no es por el simple gusto de mentir. No son Angelitos en disputa por el poder.

Versiones falsas del mundo, del cotidiano andar: nos inventan escenas, conflictos, hechos. “Mapuches terroristas”, una mentira institucionalizada.

Así, la posverdad es una forma de dominación, una ofensiva contra los mutantes mentirizados. Las palabras se derrumban, se divorcian de su contexto. Ahora mismo nos transforman en acusados.Y quedamos indefensos, a la intemperie. Nadie está a salvo.

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LA LUNA EN TU CARA

El neoliberalismo transforma ciudadanos en meros consumidores, objetos de deseo del “Otro Mediático devorador”. Somos pensados por los objetos que construyen día a día un sujeto neoliberal. Hoy, desear es costoso, disruptor, tiene que ver con lo velado, en contraposición a la feria constante de lo que se nos ofrece deseable.

¿Qué tan libre es nuestro deseo si, de movida, se impone qué es lindo, qué es feo? Cómo deben ser un cuerpo, una pareja, una casa. Un twiter de Tinelli vale más que un libro de filosofía. La ley del mercado es la ley del éxito. Nos desnudamos en un panóptico digital, con nuestro propio consentimiento. Plagamos de fotos el universo, las enviamos al infinito mediático. Todo queda ahí.

Se me hace que deberíamos andar un poco más insatisfechos, más flacos de objetos. Se me ocurre que deberíamos portar deseos inalcanzables, como ver la luna en tu cara, por ejemplo.

Estar más incompletos de capitalismo, de ellos.

Desanudar sus telarañas.

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IRRUPCIÓN DE LAS PALABRAS


¿Qué podrá ayudarnos con tanto desespero?, ¿con esta oscuridad del lenguaje y palabras cansadas? EL TIEMPO, NO. Que nos dé envión la literatura y nos arrime al humor, a la poesía. Dejarse escribir y buscar intervalos en el territorio de palabras.

Reinventarnos en una épica subjetiva y poética. Tomar las riendas de las palabras, hacerles piquete, reconquistarlas. Narrar con horizonte la sumatoria de ausencias. Hablar, por ejemplo, de los días por venir, sin los objetos como protagonistas.

– Amores, amigos, amores: ¡un paso adelante! Hacer, como Pinocho, una buena fogata en el vientre de la ballena. Y que nos expulse hacia un mundo mejor. “Sacar la cabeza para respirar, frenético de ahogo”, decía Julio Cortázar.

 

 

 




LA REVOLUCIÓN DEL UMBRAL

Deseantes: Entrevista a Ana Prada

Entrevista: Marian Dosso, Gabriela Stoppelman
Edición: Mariana Dosso, Gabriela Stoppelman

 

El asfalto alardea cuando atardece. Sabe que las sombras mezclan la noche entre las baldosas y las cunetas, sabe que ellas esperan el momento preciso y se largan a  cruzar la calle. Del otro lado, justo en la vereda opuesta,  se extiende- infinito- el perfil de una chacra. No. No te des vuelta, no busques la delgada línea ni el ombligo de la metamorfosis. Así, sin fronteras, a golpes de música y verso, los paisajes se han dispuesto a continuarse. Podés despuntar la mañana con una fila de animales que van detrás de un tarareo, detrás de un alimento suficiente para que la música alcance, por lo menos, al tope de la luz. Y, cuando llegues a lo alto del mediodía, podés apurar la pereza de un semáforo, justo en la esquina donde el último de los animales que te seguía se echa a sestear. Quien pastorea entre la ciudad y el campo se balancea entre la cadencia de la palabra y el vientre del sonido. Allí se nace mujer de sonrisa amplia y a la vez niña que juega a repetir los sonidos de los animales, psicoanalista de lo incierto en los ecos del aire o compositora que tropieza con las flores de inviernos desprejuiciados. Entre manos dispuestas a la tierra y aquellas enredadas en los sonidos de la guitarra, crece  el propio deseo, la revolución del  paisaje.

El movimiento seduce a la palabra, se envalentona y desafía al viento. En ese vaivén de formas, surge la canción hecha paisaje, o el paisaje vuelto canción. Familias de libros, de mate, genealogías que leen los temblores de los árboles y otras que despuntan la erudición del sol. Ambas rondan lo poético sin reducirlo a una estrechez de bien hablados. Por el contrario, envuelven el movimiento de opuestos: de la Paysandú de su infancia a la Montevideo de joven, del ritmo urbano a la planicie litoraleña, de su presente chacra hasta los conciertos en Buenos Aires.

Transformar la tierra en frutos y cuidar a los animales con un nombre, guitarrear en manos singulares y crear en compañía. Así, en la deriva de la creación, del sin gobierno fijo del movimiento, Ana Prada recorre la revolución del umbral.

CAMALOTEAR EL PAISAJE

 “Camalotes sueltos van a derivar /en un chamamé liviano /como un panadero/que volando torpe /te quiere encontrar.”
“Camalotes sueltos”

 

En tus letras el paisaje se vuelve canción, como sucede con los camalotes que derivan en chamamé,  ¿te pasa también al revés?

Absolutamente. Componer es para mí ver primero la foto de un lugar y, luego, verme sentada, o a caballo o parada allí. Tengo que visualizar primero ese paisaje, que también tiene que ver con esa emoción que me lleva a hacer una canción. Uno hace canciones con cosas que te mueven la emoción. El paisaje también me mueve, pero no en el sentido de describirlo, el paisaje me lleva, me ayuda a la emoción. Entonces, cuando no encuentro el paisaje no puedo componer. Incluso un paisaje humano. En el último disco está esa canción que dice “No te podría quitar lo que ya no puedo darte”, que compuse en el departamentito sola, triste, extrañando todo lo que perdí por ganar este trabajo y esta vida. Bueno, esa nostalgia es bien urbana, de departamentito de Montserrat en esta ciudad que tiene esa cosa que te aturde…

Fotografía Alejandr
Fotografía Alejandro Diego Grispo

DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

Corre la canción /por mis pagos de allá /agua dulce y salada.
“Amargo de caña”

 

Eso nos recuerda cómo en tus letras siempre hay una transición entre opuestos: la ciudad, por un lado, el campo, por el otro. La pasión y el sacrificio en una especie de poética del umbral.

Es que mi vida ha sido siempre tomar riesgos con mucho miedo. No sé si soy valiente. En las grandes cosas, quizás, pero hay un montón de pequeñas valentías cotidianas que no atiendo. Me cuesta mucho la discusión y me gustaría decir las cosas a las personas antes que se me acumulen y me hagan dar un salto al vacío. Yo estudié una carrera y a la vez estaba con la música. Cosas que no son opuestas pero que, a la hora de tomar un camino, sí pueden llegar a serlo: ir a rendir un examen de psicología y, ante los nervios, decirme “¿Por qué me pongo nerviosa si yo soy música?” O estar por salir al escenario y pensar: “¿Qué me voy a poner nerviosa si yo soy psicóloga?” Era como una cinchada, una cosa tira de la otra y a la vez la protegía.

Y también un mestizaje, ¿no?

Sí. Esa mezcla del campo y la ciudad la he sentido siempre. Por otra parte, vengo de  una familia de intelectuales de élite, amigos de Cortázar, que diseñaron el Plan de Escuelas Rurales que hasta hoy rige en Uruguay, que han trabajado en toda América Latina. Maestros rurales, pero de aquellos de los años ’50, que iban a España a alfabetizar cuando Uruguay tenía un 0 %  de analfabetismo. Para mi abuelo, Benedetti escribía una poesía de poca monta, no sé si llegó a conocer mucho de Galeano, pero era de los tipos que discutían con Cortázar y con filósofos de la época. Es decir, esa parte de la familia estaba relacionada  con lo rural, pero desde un lugar urbano, intelectual.

El huerto
El huerto- Miró

Por otro lado, estaba la familia de mi madre. Mi abuelo era un gaucho con su bombacha de campo y su boina de vasco. Tenía un galponcito en el que yo me crié. La casa de mis padres conectaba con la de mis abuelos por el fondo compartido. Allí había una huerta donde convivían los rosales de mi abuela, los morrones que plantaba mi abuelo y un gallinero. Había también un microgalponcito de campo que mi abuelo levantó, con herramientas de todo tipo. Él te hacía el agujero del cinturón, te pegaba los zapatos, te confeccionaba el ponchito para bailar el carnavalito en la escuela, arreglaba todo. Ese abuelo contaba cuentos, con él aprendí a tomar mate. Me iba tempranito a su casa, él prendía el fogón, calentaba el agua y tomábamos unos mates mientras me contaba historias de campo, de campo cimarrón. Esa era la diferencia con el campo de mi padre, que era más bien de Montevideo y nunca se vistió de gaucho porque lo consideraba un disfraz. Era un ingeniero agrónomo sin campo, que trabajó para otro. Estos dos mundos familiares siempre convivieron. Y hay más mestizaje: Paysandú, pueblo, sobre todo desde el punto de vista cultural y musical, bastante mediocre. Luego, mis veraneos en La Paloma con el resto de la familia, con los Drexler, los Prada, con otro universo sonoro y musical. Ellos traían otros discos, compartíamos otras músicas y otras experiencias, así que yo volvía a Paysandú con otra cabeza. Siempre me sentí distinta de ellos y a la vez  muy de tierra adentro cuando estaba en la ciudad.

 A CABALLO ENTRE DOS MUNDOS

 “Nada más puedo ser el vaivén/entre pasión y sacrificio/suelo andar ya me ves/jugando al tentempié en el precipicio.”
“Tentempie”

 

Dijiste que sólo una vez sentiste el desarraigo. Pienso si todo mestizaje no es siempre, en parte, un desarraigo.

El desarraigo es el lugar donde uno rápidamente se acomoda en el caballo y sigue. Caigo en la ciudad: “¡Hola! ¿Qué tal, ciudad?” Llego, al campo, me pongo la ropa de trabajo y salgo a embarrarme hasta la cintura y no me importa nada. Aprendí la velocidad de cambiar el chip, la velocidad de un desarraigo sin dolor. Existe y existió un desprecio muy grande de parte de la gente de la ciudad hacia la que viene de afuera. Las personas se sorprendían de que yo participara, fuera más inteligente y supiera más que ellas en las clases. Raro: era de afuera, pero no parecía de afuera. Por otro lado, yo viví mi adolescencia con todo lo que tenía que ver con mi definición sexual, la cuestión de mi ser más profunda. Entonces viví la discriminación con un cierto temor por muchos lados.

Ana Prada - Tierra Adentro     

 

Hay un doble mito: la gente de la ciudad cree que puede jugar a lo salvaje, encontrar la conexión con la naturaleza sólo por cambiar de lugar…

He tenido grandes discusiones respecto del tema de la reforma agraria, incluso lo conversé con el Pepe Mujica y Lucía más de una vez. Se debe formar agrarios para que deseen, quieran y sepan de la reforma. Hay que trabajar muchísimo para poder mantener una familia con un pequeño predio. Tenés que tener planes de negocios adaptados para una microempresa rural. Es otra mentalidad.  Mirá, en “Puerca Tierra”, John  Berger hace un ensayo sobre la mentalidad del campesino europeo autosustentable -aquello a lo que todos queremos volver ahora: matar nuestros chanchos y colgar los jamones arriba de la cama-. Esa mentalidad absolutamente diferente a la de la gente de la ciudad se basa en sobrevivir. Después, se mezclan la plusvalía, el valor agregado, la comercialización del producto campesino, el arrendamiento, el tributo al patrón, los impuestos y el asunto se empieza a complicar. Con el tema de la ciudad y la creación, me pasa que lo vivo en carne propia: en Buenos Aires, compongo mucho más que en casa. Y es que en la chacra me entretengo demasiado en cierto estado de felicidad y aprendizaje, y la cabeza va entonces por otro lado.

Tierra
Tierra arada- Miró

John Berger reivindicaba mucho a la gente de los pueblos y del campo por la relación que ellos tenían con los objetos, decía que hay allí una poética del tacto, que lo poético se genera al tocar y trabajar la tierra.

Tengo que descubrir cómo es componer desde ahí. Tengo muy asociada la música al amor, al desamor, al desasosiego, a la ciudad. Si bien después me sitúo en paisajes que me dan calma, escribo a las pasiones, que tienen más relación con el aturdimiento de la ciudad. Hay canciones preciosas que me apasionan por cómo toman cosas de la naturaleza para describir metafóricamente comportamientos humanos. Yo hice una canción bastante mediocre que se llama “Cómo hace el tero”, pero es demasiado, estoy con mucha data en la cabeza y no sé cómo organizar eso. Quiere decir que estoy bastante feliz en estos días y eso es muy contraproducente para componer…

LA PUERTA VAIVÉN

 “Cambie de zapatos pero estoy en casa/si toco tu tierra habré cruzado mi mar/pase el meridiano/hasta el paralelo/mordiendo tus labios, engañando mi mal.”
“No me ves”

Mientras tanto Ana prada     

 

¿Hay un prejuicio con eso de que la felicidad no es buen lugar  de partida para crear?

Es difícil hacer una canción sobre la felicidad. El amor es lo más power de todo, implica ese interlocutor  por el cual movés montañas. Uno se toma un tren, un barco, viaja kilómetros para verse dos horas, no duerme… Cuando estás en ese estado psicótico que es el enamoramiento, hacés cualquier cosa. En cambio, en el estado psicótico del despecho, te pones las pilas porque, en el fondo, creés que el otro te va a escuchar. Si no fuera así, no sé si uno compondría.

En muchas entrevistas mencionás lo que te decía tu mamá sobre el imperativo de ser feliz. Imaginamos que se trata de la felicidad no como plenitud, porque tiene que tener un agujero por donde escribirla.

Totalmente. Yo estoy feliz pero, al mismo tiempo, me meto en las puertas del dolor que también son enormes. Desde que murió mi madre me cuesta mucho escribir sola. Aun estando re feliz como lo estoy ahora, tengo un montón de dolores que todavía no me sueltan del todo.

Como entre el campo y la ciudad.

Tal cual. Tengo que encontrar ese camino medio y creo que voy bien encaminada, lo intento escribiendo, girando como hicimos todo el año pasado en Argentina y Uruguay, componiendo bastante. Hay canciones que la gente ya las canta y todavía no las grabamos, pero me da un poco de pereza buscar un universo privado, me gusta componer con otra persona.

Fotografía Diego Alejandro Grispo
Fotografía Diego Alejandro Grispo

Componés sola y con otros.

Sí, pocas veces compongo sola. Estoy en siempre en coautoría, aunque sea con alguien que toma nota de las pavadas que yo voy tirando y luego me ayudan a armar el rompecabezas. Para mí eso tiene el mismo valor que tiene un compositor, porque sin esa persona la canción no hubiera existido. Yo necesito, además, alguien que me ordene, que me lleve y me azuce.

Pensaba en que creás siempre en o a partir del movimiento….

Me gusta mucho el movimiento. Cuando más compongo es cuando estoy haciendo otra cosa: cocino, barro, limpio y voy tirando data o notas. Y es que me cuesta concentrarme en una sola cosa, para tocar la guitarra prendo la tele, por ejemplo, y atiendo más a una u otra dependiendo de la dificultad. Me autorizo el vaivén, digamos.

Es interesante, porque el verbo “derivar” es el que más se repite en tus canciones

Es el verbo del dejarse llevar, del no tener gobierno del movimiento. Yo soy medio así al componer y te diría que en la vida también. Si tengo un músico enfrente que me tira acordes, encantada le devuelvo las melodías que quiera, dialogo.

SILENCIOS CANTADOS

“Será que me enseña a contar/ el dolor que llevo dentro/ será que me obliga a escuchar/ sabe que no voy a hablar.”
“Brillantina de agua”

“Se asoma su maleta pensativa/ no sabe si habrá sitio para todo,/ ahí tiene que entrar toda su vida / pero ella aún no encuentra de qué modo”.
“La maleta”

 ¿Cómo te llevás con el silencio?

Horrible. La ansiedad y el silencio no son buenos compañeros. Estoy mucho sola en el campo y allí hay mucho silencio, pero es un silencio de humanos habitado por infinitos sonidos.

En muchos temas tuyos nombrás objetos  impregnados de adherencias de otros, lo mismo que sucede con los paisajes. Esas adherencias tienen voz.

Los objetos tienen huellas. He convivido durante años con personas adoradas. Cuando se rompían esas relaciones, al irme, en mi mochilita me llevaba algunos objetos y siempre me voy con menos de lo que traía al llegar. Así que dejo muchas cosas, tal vez incluso dejo huellas que la otra persona no desea tener allí. Nunca tuve casa propia, ahora siento como mi lugar la chacra donde vivo, así como sentí el rancho de Paysandú y el departamentito de Buenos Aires. En cuanto a la posibilidad del silencio absoluto, la cabeza te habla siempre. Tengo dolores y vergüenzas que me cuesta tolerar y las hablo conmigo. Y cuanto más vieja más hablo sola. Terrible.

The
They ´re biting- Klee

RONDAR “ESO”

Y si la noche me presta su poncho /y si la luna me lava la piel/sigo bailando en la madrugada /hasta quedarme donde este usted”.
“Soy Sola”

 

Los títulos de tus tres discos como solista tienen el verbo ser, en primera persona, pero participan de un proceso que es el de dejar de ser, si lo consideramos completo.

Totalmente. Quizás porque las canciones son más propias de un ejercicio de desprendimiento que de una cuestión autorreferencial. Igual me resulta muy difícil componer en tercera, tengo incorporada a mi repertorio sólo una canción, “La payadita”, que no es mía. Debería imponerme el ejercicio de escribir en tercera, sobre todo a partir del campo, la gente del pueblo y sus historias que me emocionan tanto… Hay muy buenos narradores de historias de otros, como Teresa Parodi o Liliana Herrero que transforma primeras en terceras.

Vimos que te gusta leer poesía ¿Qué es lo poético?

Qué pregunta difícil. Quizás lo indecible, aquello que requiere de palabras tangentes, con la ilusión de arrimarse a un hecho poético. El verbo español es muy rico, pero lo poético no tiene palabras que lo digan salvo, rodeándolo de manera tal que quien se arrima a esas palabras entienda algo único en cada persona.

Pareciera que el nombre de tu espectáculo, “Va de ronda” tuviera que ver con eso.

Es muy interesante lo que decís, aunque la elección del nombre fue menos ambiciosa: “Va de ronda” viene más por la canción “Noche de ronda”, la idea era romper la distancia con la gente, bajarse del escenario y cantar a capela algunas canciones de Chavela, que la gente pudiera animarse y tomar la guitarra y cantar también. Que seamos todos artistas, amigos en el living de casa, cantando juntos. Con esto me han pasado cosas maravillosas con toda clase de gente y de canciones, incluso algunas inéditas.

Momento
Momentos de transición – Dalí

¿Cómo te llevás con lo indecible?

Tan bien que no me animo a decirlo. Convivo permanentemente con eso intangible, innombrable y mágico. Es lo que me da cosquillitas en la panza, felicidad todo el tiempo, esa conmoción que no podés nombrar sino aproximándote.

¿Te aproximás mejor con la música o con las palabras?

Creo que por la vía de la música. No considero que sea buena escritora. La música me conmueve mucho y siempre, la clásica, la de las películas. Mirá, en mi adolescencia, las radios FM pasaban esas canciones de músicas lentas, todas con letra en inglés que yo no entendía ni quería hacerlo porque, claro, era comunista y no iba a aprender el idioma del imperio, lo odiaba. Sin embargo, lloraba, me emocionaba, me calentaba y me pasaba de todo con esas melodías y las armonías.

EMBRIONCITO DE STANDAPERA

Todo lo que está naciendo es redondo/ o casi, como las hojas de un tilo. No busco tranquilidades si el cuerpo me pide trinos.”
“Hojas de tilo”

 

¿Escribiste poesía que no fuera en función de ser la letra de una canción?

No me he animado. Ahora creo que me van a proponer que escriba un libro de cuentos para niños, pero estoy esquivando a la entrevista con esa gente porque tengo un miedo bárbaro.

Pero te interesa la escritura, ella tiene también su música.

Sí, sí. Fantaseo con escribir un libro. Me han dicho que soy buena narradora oral. Tal vez tenga que ver con mis abuelos y abuela, excelentes con los cuentos del campo. Sobre todo, en aquella sociedad patriarcal, donde los hombres tenían la palabra mientras las mujeres,  que eran las más sabias, estaban haciendo los ravioles. El maestro Prada, con su frondosidad y riqueza de lenguaje, propia de aquellos viejos intelectuales, me hace pensar en la pobreza en nuestros discursos de hoy. Entonces, me crié en una familia muy oral en que los cuentos, las anécdotas y los chistes de salón eran una tradición. Esto lo desarrollo  en los shows, hablo mucho con la gente. Cuando me quede sin voz para cantar…,¡en una de esa me dedico al stand up!

La palabra escrita toma otro ritmo.

Es que soy muy ansiosa, un mar de ideas desordenadas que alguna gente ordena, como Pata- mi mujer- que escribe de maravilla, una compositora que te puede llegar a partir la cabeza con sus letras.

Condición humana- Magritte
Condición humana- Magritte

Bueno, pero tus letras tienen momentos muy poéticos: “…el viento mueve el perfume/ de las florcitas que tiro, todo lo que va creciendo te cubre/ o casi como la piel que se estira”.

Ah, la panza de la madre… Quise hacer una canción a un sobrino que no fuera “Oh, rayito de sol has venido a iluminar mi vida…” y me salió: “Dios, dame calma”. A mí, siendo atea. Mi hermana Margarita me decía “el pánico que tengo es que cuando nazca lo quiera tanto que deje de ser yo misma, como si me fuera a llevar el alma”. Eso me quedó, porque hay miedos dentro de esta cosa idealizada de la maternidad, la idea de dejar de ser una misma. Así armé la canción, con esa idea. Un día Fernando Cabrera me dijo que le gustaba mucho y yo había estado a punto de desecharla, justamente porque nombro a dios. Y él me dijo que ese dios estaba dicho en un contexto de clamor, que en algún momento todos decimos “Ay, dios mío” y eso no tiene nada que ver con que seas o no creyente. Eso me habilitó la canción y recién entonces la grabé.

ENTRE LOS FRÁGILES CONTORNOS DE ESTA PIEL

Soy… pecadora… / los santitos huyen de mi agenda/ soy mala/ dueña de todos los pecados/ perra, perra mala…
Y ya quisiera tu Dios/ ser parte de mi altarcito/ que aunque parezca chiquito/ de placeres sabe más
.”
“Soy pecadora”

 

Vos insistís con tu ateísmo pero hablás mucho de la espiritualidad.

Es que venimos de una civilización judeo- cristiana. Por más que me hubiera encantado no tener una cabeza científica, tener fe religiosa, no puedo. Sí creo en algo más allá de nosotros, llamémosle, biología o poesía. Somos seres absolutamente espirituales y necesitados de fe, somos muy desamparados, una existencia chiquita en un planetita en un universo gigante. Ese sentimiento te da un desasosiego y una angustia tales que, si alguien viene y te explica todo en una narración, en un delirio creíble e importante, te alivia. Yo respeto las creencias y la fe de las personas, pero de esa narración se apoderaron quienes están  al servicio de otros intereses.

Fotografía Alejandro Diego Grispo
Fotografía Alejandro Diego Grispo

Fotografía Alejandro Diego Grispo
Fotografía Alejandro Diego Grispo

Y si te olvidás de la religión como institución de poder, puede quedar la belleza de haberse querido  acercar al origen con una narración… hablo de quienes escribieron ese texto, no del que se hizo después con él ni de las lecturas posteriores.

Hay un libro muy interesante del escritor uruguayo Tomás de Mattos, “La puerta de la misericordia”: es una novela histórica contemporánea a la vida de Jesús. Ahí tenés todas las visiones de los maestros de la ley judíos, de los ateos, de él, de sus pasiones, sus amores. Hay tribulaciones, pasajes del Antiguo Testamento, un libro impresionante, como un tratado de filosofía para mí. De Mattos es católico y es tan buena la novela que, en un momento, tenés la esperanza de que no lo maten a Jesús. Aparte es toda una discusión histórica respecto de si él es o no el Mesías. Yo estoy absoluta y totalmente de acuerdo con todo lo que el loco predicaba. Los profetas eran, en ese momento, los medios de comunicación de la época. Ellos tenían ídolos que congregaban a las masas, caminaban de pueblo en pueblo, tenían carisma. Después se instauró una cosa muy poderosa, los maestros de la ley, una determinada élite del pueblo judío.

Hay una paradoja. El hecho de acercarse a la verdad y al origen con un relato demuestra que la verdad y el origen no existirían como absoluto, porque ningún relato lo es.

Estoy muy en contra de la devastación de la cultura y la sabiduría que habitaba el planeta antes del advenimiento de la religión católica.

Pensá que el judaísmo negó el cuerpo, no tuvo muchos artistas plásticos hasta el siglo XIX. Lo que sí hay, y hubo son muchos músicos.

Es cierto, hay mucha música y baile en los festejos ya desde las tribus nómades. Tal vez no tenían obras ni cuadros porque había que transportarlos.

O porque estaba prohibidas las imágenes.

Sí, pero muchas de las cosas prohibidas tienen que ver con la cuestión práctica. La circuncisión, por ejemplo, tiene relación con el desierto, la falta de agua, infecciones en el prepucio. No comer cerdo, con la triquinosis. Quizás la prohibición de un arte más de objeto esté relacionada con que no era transportable. Ellos transportaban cosas más pequeñas.

Como el lenguaje. Y lo llevaban en un arca, pesada.

El lenguaje, la música, las piedras preciosas, los números… Es muy interesante, me apasiona todo eso aunque no sé nada porque no nací con la fe en la familia primaria, pero me re interesa y me emociona. Cuando pasa algo, me persigno o por lo menos hago así con la manito, un gesto que signifique para mí que algo me proteja.

¿Y qué es la espiritualidad?

No sé… ¿Será lo que Freud llamó la sublimación?  Capaz que la espiritualidad es esa necesidad de desprenderse de lo material. Creo que todo radica en lo que Goethe llamó un “destello de celestial lumbre”, que es la conciencia. Creo que es la culpable de que nosotros necesitemos desprendernos y flotar por encima de nosotros, trascendernos, es  la conciencia de la finitud, eso terriblemente angustiante. Yo termino en esta piel, por suerte escucho, veo y camino…

Hablabas también de la inmanencia, del estar aquí y ahora.

Es la conciencia de estar, de ser ese ser que está bailando este baile que es finito y que podría no estar. Qué raro es estar y cómo sería no estar. A veces me imagino cómo sería morirme. Quiero estar muerta como ejercicio filosófico, ver cómo sería la no existencia. Pero llegás a un punto y no podés desdoblarte totalmente. Creo que en la espiritualidad hay una comunión con otra cuestión que no se toca y que entonces se mezcla más fácil con la otra sustancia de otro. Es eso que tenemos los seres humanos y que se nos va cuando nos morimos.

En tu caso esas sustancias quedan pegadas a los paisajes y a las cosas.

Creo que sí. Quizás la espiritualidad para mí es eso que flota alrededor de lo no material.

Pero que religa.

Religa, sí. Por eso los rituales son pertenencia, identificación, de crecimiento, de pasaje de etapa. 

A MAMÁ MONA CON LAS DICOTOMÍAS INEXISTENTES

Gota de rocío que se agranda en otra gota,/ es el charco frío que despeino de un soplido,/ quiero ver armarse lentamente, lo que ha sido,/ por si al aquietarse, te refleja, te refleja al lado mío.”
“Lo que viene”

 

¿Qué pasó con la comunista? Porque, en una entrevista decías que hoy en día habría que reconsiderar a las revoluciones como micro revoluciones.

Bueno, me desdigo absolutamente de eso de las micro revoluciones y de los individuos y de toda esa porquería. Sí creo que hay una búsqueda personal vinculada con la educación, las posibilidades y un montón de cosas más: se trata de generar el Hombre Nuevo y la Mujer Nueva, el Ser Humano Nuevo. Pero no desde la individualidad. Me parece que, cuando dije eso, se me malinterpretó. No se trata de uno con uno y su chacrita.

Gran
Gran torre Kiev- Kandinsky

El cambio tiene que ser un proyecto ideológico que ha caído en un manoseo y un desuso terrible. Lamentablemente, en el mundo votamos a personas y no a proyectos e ideologías de base. En Uruguay se discutió mucho: ¿gestión o ideología? Te venden la gestión, pero la gestión contiene ideología. Y para que suceda la ideología tiene que haber una muy buena gestión. Entonces te engañan de una manera atroz con esa dicotomía inexistente. Creo que esa cuestión individual de que “somos todos hojas”, que “yo soy tan zen conmigo mismo” y demás, que se hacen los buenos y después son los peores, ese fascismo hippie, el hippietalista, no estoy ni ahí con eso. ¿Querés la naturaleza? Vení al campo conmigo, te pongo a plantar boniato en Canelones, a arar con bueyes. Me parece un error garrafal. Creo que tenemos tecnología y ciencia para avanzar, preservar el planeta, cuidar nuestra casa y producir en grandes cantidades. Hay un montón de manoseos bastante ignorantes. Creo sobre todo en darle la oportunidad a los más débiles.

¿Qué está pasando que los más débiles votan en contra de sí mismos?

Ese es un tema de la democracia, que tiene que ir acompañada de futuro y de medios de comunicación justos, de capacidad crítica y de comprensión lectora. Los niños en la escuela no saben leer, repiten como loros algo que no comprenden. Ni qué hablar de un poema  o de una canción que no diga “¡Eh, mueve tu culo junto al mío!”. He andado mucho por Latinoamérica últimamente y lo que he visto es lamentable. No hay capacidad crítica.

Fotografía Alejandro Diego Grispo
Fotografía Alejandro Diego Grispo

¿Cómo se vuelve a eso?

Educación, educación y educación. Pero educación de nivel. Primero hay que educar a los maestros. Durante muchos años, el magisterio lo elegían las personas que querían hacer una carrera livianita y corta y ponerse a trabajar ya, aunque no tuvieran vocación ni conocimiento. Ahora hay un proyecto de ley en el Parlamento para crear la Universidad de la Educación, donde tendrían que estudiar todos los que quieran ser maestros. Este proyecto necesita mayoría especial para aprobarse, pero los de la oposición se la pasan criticando el sistema educativo y, cuando hay que votar este tipo de leyes, miran para otro lado. No me molesta tanto el que es de derecha y tiene un discurso político con el que podés discutir, como el indiferente pelotudo. Después, cuando digo educación y más educación, no me refiero a la cantidad, sino a la calidad de la educación.

Ta vez tiene que ver con el uso del lenguaje, que sea meramente instrumental y sin vuelo, …

Exactamente. Es fundamental enseñar a través de una manifestación artística. Hasta podés enseñar matemáticas con la música. La poesía te enseña a leer entrelíneas, te enseña la capacidad crítica, el análisis de las metáforas, de lo que te están queriendo decir sin decírtelo.

Aparte, los chicos son poéticos.

Claro, lo que pasa es que la educación trabaja en sacarles eso.

A CONTRA SERPIENTE

Toda la vida pensando que dirían los demás,/ toda la vida pensando canciones pa’ los demás,/ usted me llama señora, porque no me vio montar.”
“El Tero”

 

El tema de este número de El Anartista es “los deseantes”. Por eso te elegimos también.

Conquistar el deseo propio debe ser una de las cosas más difíciles del ser humano, psíquicamente hablando. Uno va años a terapia para poder encontrar su deseo propio, ponerlo en palabras y defenderlo. Ni qué hablar las mujeres, siempre es lo más complejo. Siempre deseamos lo que creemos que el otro desea que nosotros deseemos. Hay una vuelta enorme, al cabo de la cual terminamos reprochando que el otro no hace lo que nosotros, en el fondo, deseamos. Necesitamos alguien que nos diga qué es lo que carajo deseamos. Entonces, buscar, encontrar y sostener nuestro propio deseo puede ser eterno.

Aparte, ese deseo muta.

Muta en forma permanente y en un sistema absolutamente consumista.  No deberíamos desear ni la mitad de las cosas que creemos fundamentales para nuestra felicidad. Estas son felicidades muy inmediatas y efímeras. Lo peor de todo es que esa vorágine termina generándonos una angustia y un desasosiego inalienables.

Fotografía Alejandro Diego Grispo
Fotografía Alejandro Diego Grispo

Eso inalienable es lo contrario de lo indecible.

Sí. Y si entrás en esa lógica, es infinito. Pero uno es un montón de cosas que no tienen nada que ver con lo que uno tiene. Bueno, nos hemos estructurado de esa manera en los últimos cincuenta años y lo peor es que, cuando menos herramientas intelectuales tenemos, más víctimas somos de eso. Por lo tanto, las clases sociales menos privilegiadas son las más vulnerables a esto, al punto de dejarse matar por robarte un celular, porque creen que con eso van a formar parte de un ordenamiento que los escupe sistemáticamente. Es un círculo vicioso, como la serpiente urológica que se come su propia cola. Este capitalismo feroz va a su propia destrucción, ni siquiera es capaz de generar mano de obra especializada para trabajar en sus propias empresas. Es ridículo. La pregunta es qué hacemos para frenar esto.

Quizás tenga que estallar.

Por supuesto. Siempre ha pasado lo mismo. Construís algo que cuesta muchísimo, construís conciencia, sensación de igualdad, derechos y un montón de cosas que benefician a los más desfavorecidos y, cuando la cosa empieza a andar bien, se termina todo. Vuelve a ganar la derecha otra vez. Yo creo que deberíamos ir a un socialismo evolucionado, educado. Eso va a llevar mucho trabajo. ¡Qué  rápido vuelven los fachismos exacerbados! Estaban como encapsulados y, de repente, salen a pegarle a los gays, a maltratar a la gente. Tenían como un bozal puesto y ahora surgen  grupos neonazis  por todo el mundo, ultraderechas que ganan en Europa, todo para atrás.




PANTANO

Ultraviolento: sobre una realidad que agobia.

Por Nora Lomberg

1-UN DÍA CON EL AUTO
Voy a hacerme una tomografía. Me apura la vesícula y duele entre noticias: cerraron otra fábrica y hay un corte de calles en la esquina de Gascón y Córdoba, precisamente hacia donde me dirijo. Me maquillo en los semáforos. Para que me apure, el conductor de atrás hace luces, le revienta que me pinte los labios.Y, cuando en una esquina me sobrepasa, grita:
– ¡Boluda!- mientras acompaña con el infaltable dedito fuck you.
Me río por dentro. No sé por qué se enfurecen así. Arremeto con el delineador.
Sigue la radio, entre espasmos: parece que desaparecieron a un muchacho, en El Bolsón.
Pienso en qué calle doblar, no tengo margen de tiempo para un corte, un colectivero me cierra el paso y me toca la puerta del lado derecho.
– “No te hice nada, MAMÁ”-.
Se raja y no logro anotar su número de chapa ni su interno. Me bajo, miro la abolladura. Empiezo a sentir calor, a pesar de los tres grados y el viento.  Sigo, falta poco, el rouge con rojo furia se me corre de la comisura de los labios en un volantazo, cuando una moto me toca el espejito.
– Pelotudo- le grito sin razonar.
Desganadamente, aprieto el acelerador de una realidad que agobia. Qué habrá pasado con ese muchacho, pienso. Recuerdo esos días en el sur, la feria artesanal de la que hablan. Estuve ahí.
Pongo las balizas y un auto me ocupa el lugar, siento la furia, me duele el cuerpo, mientras entro a la playa de estacionamiento, cincuenta la hora. Pero llego a tiempo, presento mis papeles para el estudio, la señorita me indica que tengo una hora de demora. Le explico: estoy sin comer desde anoche. No me mira ni me escucha.Goza de su ventaja. Así es su juego, su adhesión a la causa. Me atiende un médico desganado, sin rostro: pase, acuéstese, gire a la derecha, ahora a la izquierda, no me gustan sus riñones, hágase ver. Quiero salirme, revelarme al final del periplo y esperar por un cielo mejor.

2- SANTIAGO MALDONADO: UNA ORFANDAD DE FUTURO
1 de Agosto.
Nos habita su ausencia en los bolsillos de sueños, tatuajes de rostros tristes, cielos repletos de humo, sonidos metaleros. Falta Santiago en las calles del Bolsón de los Cerros, allá, en el sur de las utopías, en los tatuajes y murales que proclaman silencios. Está desaparecido, no extraviado, ni ahogado, padecemos una orfandad de futuro, una sentencia. Su amigo Ariel lo buscó por la feria, lo llamó y le respondieron botas.
Falta a la mañana. En la ciudad, suena el despertador y no hay noticias. ¿Acaso importa qué día es?, ¿qué hora es? ¡Qué haremos con esta ausencia! Falta al mediodía entre churrascos con ensalada, paradas de subte, colectiveros malhumorados. Falta, mientras escribo estas líneas con dolor en el pecho, con lágrimas de espanto, otra vez un joven, -y solidario y hombro con hombro-.
Te estamos buscando, compañerito, en las miradas silenciosas, entre las barbas de tantos pibes que andan por ahí. Vos en ellos, ellos en vos.

3- ALELÍ
A Susana le pega el marido, el padre de sus hijos. Tiene miedo, baja la cabeza y sigue.
-Si lo denuncio, yo sé que me va a matar. Doctora, aguanto por ellos, esos niños de mirada traviesa que corretean el día. Juan no era así, empezó a ponerse malo cuando lo echaron de la empresa, hace tiempo ya. Se hizo remisero, en el barrio de enfrente. Ahí no hay buena junta, yo lo sé por mi primo, que se lo cruza por las tardes. Se emborrachan ahí y no sé qué más toma. Pero siempre anda enojado. Si no le gusta lo que cocino, me da un cintazo. Si me llaman de la escuela por Federico, me grita y me insulta, me dice puta, boluda. La más chiquita todavía se hace encima y le tiene miedo.
-¿Adónde nos vamos a ir nosotros, Doctora?-, me dice en la entrevista.- No sé qué puedo hacer, en la comisaría lo conocen todos. Le van a contar si lo denuncio. Yo lo que necesito es que me ayuden con Federico, porque le pega a los chicos en la escuela.

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4-NOS PEGAN

Somos pegados desde el fondo de nuestra historia. Ese apedreo nos viene de lejos. Cada uno con la medida de su tiempo, así aprendemos a leer nuestra hora y la de nuestros objetos. Entonces, llegan temprano o tarde. Cuántas veces danzan los malos tratos junto a las utopías, los golpes con los gritos de libertad. Con el horizonte fijo en lo que vendrá, se nos pierde el hoy en miras del mañana. Tal vez se trate de habitar el día de otra manera, de estallar emancipaciones cotidianas,  de hacer diferencias con los minutos. Al fin y al cabo, este pantano espeso es la vida, no una línea recta.

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Salvador Dalí. La persistencia de la Memoria. 1931

 

 



EL FRACASO DE LA RED

Ultraviolento: sobre la película “La Red” de Kim Ki-Duk.
Por Gabriela Ramos

LA MAÑANA DEL PESCADOR

Una mañana gris esconde a Nam Chul-woo, su mujer y su hija, en una casita cerca del lago, a metros de la garita que vigila. Es Corea del Norte. Hace frío, el cielo indolente y el pescador se desliza dentro de su bote y sobre la inmensidad del agua, para hacer el trabajo de todos los días. Siempre. Ha hecho el amor con su amada y ella ha cosido meticulosamente el osito de peluche de su pequeña hija. La tierra promiscua en sus vaivenes de barro, el agua virgen, la oleada de silencio y el frío de la mañana. El pescador va en su bote, en la cotidianeidad o un tiempo perpetuo, firme, donde él puede hacer pie. Entonces el caudal del agua parece proteger al pescador diminuto en la inmensidad del paisaje y del futuro. Pero las hebras de la red se atrofian en el motor de la vieja lancha. Y, desde la garita, los hombres de verde anuncian el límite: él ha pasado de lado, el límite, la frontera clavada en el espesor del agua entre peces y cielo. En cada revolcón de las ondas: el bote y él han fracasado. Ahora, en el Sur, el fracaso del hombre, de la frontera, de la prepotente sencillez del pescador, se lo ha llevado. Ha quedado lejos de los revolcones del agua, de la casita de palo, de los hombres verdes, de los rifles y del muelle. El hombre detenido ha dejado pasar el tiempo de los pequeños remolinos, ha violado el movimiento de los juncos y ha llegado a tierra, a la del Sur.

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EL SUR O EL FRACASO DE LA LÍNEA. LOS HOMBRES DE TRAJE AZUL

“La Red” ha hecho tropezar al pescador con la línea. Y la línea, con el Sur. El pescador es llevado por unos hombres de traje azul. Él ya no es inmenso como cuando el agua lo llevaba. Los hombres de traje lo han vuelto pequeño. La inquisición de las preguntas, los golpes, la grandilocuencia insensata de la incertidumbre se instala como un hacha en la leña. El pescador debe escribir su historia. Una y otra vez. Debe confesar. Una, dos veces, tres. Debe amar al Sur. Debe confesar y debe fracasar. Con los ojos tapados, en el centro de la Ciudad, los hombres de traje azul dejan a su merced al pescador. Casi. Quiere ser ciego, se niega a abrir sus ojos. Los abre. Ve a la multitud indiferente. El caudal de los productos en las vitrinas, las luces, la moda y la basura como estandarte dejan atónito al hombre. Y escapa. Al llegar a un callejón, ve cómo una patota golpea a una mujer. Sin entreveros golpea a los matones para defenderla. Entonces la mujer- una prostituta- y el pescador escapan. Ella- sucia, harta de golpes, el cuerpo cansado de sexo-, le explica: prostituirse es el único trabajo para poder mantener a su familia. El pescador comprende: el Sur lo ha atrapado.

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QUEDARSE EN EL SUR

Nam Chul-woo es encontrado de nuevo por los hombres de traje azul. Una vez más, debe confesar. Su cuerpo ya no aguanta, ha quedado sin fuerzas. Debe decir que es espía o que no lo es. La propuesta de los hombres es que podrá ser el hombre de una bella mujer, tener dinero: será el hombre que eligió el Sur luego de vivir en el Norte. Uno de los hombres de traje azul comprende, casi del lado del pescador, insiste: deben dejarlo en paz. Y el hombre del Norte ha visto suficiente, ha padecido la brutalidad, la amoralidad y la indolencia. Pero este monstruo insiste en el dolor, no quieren que vuelva, hasta que un posible conflicto entre ambos lados hace que sea liberado. El Sur como fiera ha amedrentado al hombre, lo ha llevado a caer en embudo. El hombre resiste.

UN DÓLAR Y MEDALLAS

Finalmente, el pescador es liberado, en el Sur recibe regalos y un osito a pilas. De vuelta al bote, tira todo, desnudo, de vuelta a las aguas, a la línea, la traspasa. Está en el Norte. El Norte lo agasaja con medallas y fotografías. Ahora, debe anunciar que ama el Norte. Pero la historia se repite: el osito a pilas, guardaba el dólar que el pescador había guardado en su caja. El oficial del servicio de seguridad del Norte lo descubre: a los agasajos le sigue, entonces, más golpes y una cruenta exigencia de confesión. Entre los párpados del pescador ya no cabe más. La brutalidad lo ha destruido, ha comprendido y prefiere morir. En la humilde habitación de la familia solo queda con vida la pequeña niña, quien toma el oso a pilas, lo mira y lo tira a un lado. Toma su viejo oso de peluche, ese que su madre remendaba con cariño, lo observa y sonríe, poderosa.

A PESAR DE LA RED

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El hombre ha resistido hasta el final, las hebras de la indolencia lo han querido atrapar, lo han envuelto, lo han manoseado; la indolencia sacó su lengua filosa y su brutalidad: sin embargo, el hombre ha sido libre hasta el final a la monstruosidad. La amoralidad no pudo destruir al hombre, porque él ha hecho una ultra apuesta a la vida. En cada toma de la película la mirada del pescador despierta ternura, en sus ojos se manifiesta su entereza; la bestialidad jugó con el destino, pero él siempre hizo pie en el horizonte, a pesar de los densos movimientos de la ultraviolencia: no se consume ni se desintegra, ha permanecido vertical ante la fiera.

https://www.youtube.com/watch?v=3k9BftXMBJ0




COSA E´ MANDINGA

Ultraviolento: Sobre el match Karpov-Korchnoi

Por Horacio Intorre

ME RÍO A LA DISTANCIA

Es 1978, estamos en Baguio, Filipinas. El match entre los rusos Anatoly Karpov, entonces campeón del mundo de ajedrez, y Viktor Korchnoi dio lugar a numerosas controversias. Para empezar, Korchnoi era considerado por muchos un traidor a su patria, por haber desertado en 1976 de la Unión Soviética. Sumado a esto, otros condimentos “picantes” que rodearon al encuentro hicieron que el ajedrez quedara en segundo lugar, eclipsado por intrigas, espías, poder mental, amenazas y agresiones.

Para los amantes del juego de las 64 casillas, esto fue un verdadero bochorno, algo muy triste, donde la caballerosidad y el respeto estuvieron ausentes. Aunque, a la distancia, algunos sucesos durante la disputa no dejan de resultar graciosos.

SE VIENE

Quihoracio1definitivaimagesen aquí escribe, amante del ajedrez, imagina. Todo aquello que la información no da estimula el imaginario. Por las fotos existentes, es claro que el auditorio estaba colmado de aficionados, ansiosos y entusiastas, quienes deseaban ver en acción inmediata a los grandes gladiadores. En el ambiente se podía respirar un aire de guerra fría y angustia. El escenario lucía impecablemente iluminado. Arriba, solitario, el tablero de ajedrez, cómodo y prestigioso, sobre la mesa reluciente. Algunos espectadores movían sus pies nerviosamente y las voces cuchicheaban las cuerdas de la tensión para aliviar la atmósfera. En eso, las autoridades pidieron silencio: hizo su aparición, Karpov, recibido con grandes aplausos, por espacio de varios minutos. Se sentó frente el tablero y entró en estado de concentración absoluta. A los pocos minutos, hizo lo propio Korchnoi, también  recibido con entusiasmo por el público.

El ansiado match había comenzado.

horacio 2final_Karpov-y-Korchnoi-en-la-Final-de-Candidatos-de-1978EL SHOW EXTRA-AJEDRECÍSTICO

Korchnoi se quejó airadamente ante el árbitro por la presencia, en una butaca muy cercana a los jugadores, del parapsicólogo de Karpov. Adujo que aquel influía sobre su concentración, mediante el envío de mensajes telepáticos, tales como: “eres un traidor”, “no puedes vencer a Karpov”, y cosas por estilo.

horacio3finaldescargaComprenderá el lector, que esto fue incomprobable. Y la cosa fue subiendo en decibles. Korchnoi se enojó mucho y, con gestos airados, advirtió al árbitro:

-Si ese sujeto no se retira, yo mismo lo sacaré-

Esto puso nervioso a Karpov pues, mientras la discusión continuaba, su reloj era el que estaba corriendo. Ante semejante desbarajuste, se decidió que el parapsicólogo se sentara en las últimas filas del auditorio. Y la partida continuó.

horacio4finalOTRA QUE OSOS YOGUIS

Ni tibio ni perezoso, Korchnoi convocó al recinto a un par de yoguis, con el fin de contrarrestar las nefastas influencias mentales del siniestro parapsicólogo. Ambos yoguis se sentaron en las butacas, cerca del escenario. Comenzaron a meditar, mientras sus túnicas casi rozaban el aire respirado por los contendientes. Entonces, fue el grupo que acompañaba al campeón el que se quejó. La acusación era grave.

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– Esos dos disfrazados con túnicas, están procesados por asesinato, en Filipinas, ¡lindo ambiente para una partida de ajedrez!, ¿no?

Korchnoi minimizó el hecho, -qué otra le quedaba-. Dijo que, en realidad, las imputaciones formaban parte de una persecución religiosa. Los yoguis eran nomás “un par de dulces personas”.

Dulces o salados, ambas túnicas fueron expulsadas del país.

ME TOMO CINCO MINUTOS, ME TOMO UN YOGURT

Pero no sehoraciofinal6Korchnoi yoga(1) relaje, querido lector. Luego de lo anterior, un nuevo incidente tuvo lugar. A Karpov y cada tanto, le servían un vaso con yogurt durante las partidas. Korchnoi detuvo nuevamente el encuentro, alterado porque los vasos de los que bebía su rival eran de distinto color, y aquello tenía tufillo a una especie de código secreto que advertía a Karpov si estaba en mejor posición, o si debía buscar las tablas.

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Además, exigió que le trajeran siempre el vaso del mismo tono. Y, si por algún motivo, se cambiaba el color, el árbitro y su entrenador debían avisarle a él, antes. Al parecer, Korchnoi sospechaba que se trataba del nuevo código secreto de la KGB. Supongo que, a esta altura, los EEUU estaban muy preocupados. A partir de ese momento, Karpov recibió su bebida siempre en un vaso del mismo color.

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LENTES ESPEJADOS

En una partida, Korchnoi apareció luciendo unos grandes lentes espejados. Karpov se quejó nuevamente, pues decía que los lentes reflejaban las luces del escenario y  le molestaban. Se iniciaron, así, nuevas conversaciones por el tema.

 

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Korchnoi dijo que los usaba porque le molestaba que Karpov lo mirara fijo a los ojos mientras jugaba. La controversia se zanjó y Korchnoi pudo seguir con sus grandes lentes espejados a cuestas. Pero la sangre en el ojo continuaría su curso.

PATADITAS BAJO LA MESA

Como dos señoras que, una a la otra, se propinaran pataditas por debajo de la mesa, estos dos niños grandes lo hacían, hasta que el árbitro les llamó la atención y debieron disimular sus infancias maduras, restringidos y con los dientes rechinantes, dentro de un recato que no se correspondía con sus estados de ánimo.

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NEGATIVA A LA CEREMONIA

Karpov ganaba 4-1. Korchnoi estaba deprimido ya que, con seis victorias, el otro se proclamaría ganador. Pero, para sorpresa del mundo entero, Korchnoi emparejó el match, 5-5. Como en un quiero retruco, Karpov se impuso después de tres meses de enfrentamiento. El match era al mejor de 6 partidas y las tablas no se contabilizaban. Se jugaron más de treinta partidas. A medida que los enfrentamientos avanzaban, los nervios de Korchnoi estaban destrozados: Karpov era mucho más joven y resistente. Korchnoi renunció, no aceptaba la contienda como válida, razón por la cual, no sólo no asistió a la ceremonia de consagración, sino que renunció al premio que le correspondía.

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Así las cosas, este encuentro entre dos de los mejores jugadores de ajedrez de la historia, lamentablemente, es recordado por todo lo que lo rodeó: intrigas, amenazas y paranoia. Korchnoi pensaba que, si ganaba el trofeo mundial, lo iban a asesinar. Si sus sospechas eran válidas, menos mal que perdió. Para rematar el asunto, en el mundillo del ajedrez se comentaba que algunos jugadores -colaboracionistas del régimen- fueron a menos frente a Karpov. La violencia estuvo al borde de la ultraviolencia. Pero la sangre no llegó al Volga.

 

Bibliografía:

“El antiajedrez”, Viktor Korchnoi




ROMANCERO DE GOLONDRINA

Ultraviolento: Entrevista a  Miguel Ángel Estrella

Entrevista: Mariana Dosso, Anne Diestro, Gabriela Stoppelman
Edición: Gabriela Stoppelman, Mariana Dosso

Caminito del indio,/ sendero coya/ sembrado de piedras./ Caminito del indio/que junta el valle/con las estrellas.

“Camino del Indio”, Atahualpa Yupanqui

Nashem, astro del cielo. “Estrella” han elegido los funcionarios de migraciones en la Argentina. Por cierto es que Nashem- apellido de su abuelo paterno, abre al misterio del universo. Quién sino los astros del cielo nos palpitan ese enigma. Tal vez las conversaciones de Miguel Ángel se acercan también a ese mundo sin respuestas “tradicionales”. Charlas con su Jesusito, con Marta -su amada esposa- con la voz madre, con una voz maestra en intuiciones, con otra experta en precisión técnica y una más, dada a ajustar detalles del espíritu. Miguel elige el anecdotario, esquiva teorizar, prefiere las escenas, dar a ver,  poner en juego a entrevistadores- y aquí también con los lectores- y conmover con pulsos cotidianos.

Así, constela sonidos, forma, nombre y palabras. Pero también las hace estallar en plenitud y densidad, escurridizas, inaprensibles. Del vientre de la palabra- más allá de toda madre, incluso- nace lo poético. Desde allí reclama, piano adentro y, entonces, asciende la música. Sube la mano, baja el dedo índice, acaricia la mesa como a una tecla más. El tacto está conmovido de vida densa, lleno de niños que anecdotean la música, de hombres simples que enriquecen la armonía con su lejana voz, muertos queridos, quienes desde los retratos, aplauden la insistencia de la vida. El aire se pone rico, con una densidad que no pesa. El latido, sin desestimarla, le saca el pecho a la técnica que, admirada, se rinde a sus manos. Estamos lejos de los vaivenes del trabajo matutino o del cansancio de la noche, del amor vuelto deseo y tan dentro de ellos, como el misterio del universo dentro del pulsar de cada estrella.

Y cuando el astro está en lo más alto, una altura todavía más arriba, se desoculta. Por allí revolotea un romance entre sonido y palabra. Escuchen con atención qué se dice. Escuchen.

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 LA PIEL DEL PIANO

 “me pasea los dedos por la piel y me dibuja/ en el espacio, en vilo, hasta que el beso/ se posa curvo y recurrente/ para que a fuego lento empiece/ la danza cadenciosa de la hoguera/ tejiéndose en ráfagas, en hélices,/ ir y venir de un huracán de humo.”

“El breve amor”, Julio Cortázar

Hay aquí un romance. El piano del fondo respira profundo el aire que durante tantos años le quitó la tumba. Goza cada sorbo de libertad, a pulmón lleno. Mientras en eso anda, se le escapa un suspiro hacia el piano de adelante, que se despereza, como si jugara a una cierta indiferencia inicial. Entonces, el otro arremete desde una montaña de libros, fotos y papeles que sostiene sobre su lomo, se alía a los marcos de los portarretratos, a las letras de viejas escrituras, al papel nuevo y al papel amarillento. Y, ente todos, se ofrecen como un cielo. Titilan un cielo de entrecasa para que el piano de adelante conceda y diga. Y él o ella (hay pianos “ella”) concede toda la partitura de su piel, en luz y sonido.

Este piano me lo regaló una amiga. Yo iba a estudiar a su casa, en Ginebra, vivía cerca de un lago.  Estaba enferma, me llamaba a su cama y me decía “Estoy como si tuviera quince años, enamorada”. Ella tenía ochenta. Yo, treinta. Cuando se murió, yo no estaba en París, así que fue mi hijo. Él la quería mucho. Mi hija Paula, también. Mi hijo tenía aventuras con una nieta de ella. ¡No perdonaba ni una mi hijo Javier!

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¿Ese es otro piano?

Sí. Ese es un piano que yo reencontré en Montevideo. Me lo habían robado los milicos junto con todo lo que había en la casa. El piano tenía un afinador, que era amigo mío. Entonces, durante mis años de prisión, él y algunos alumnos míos de Montevideo, le seguían la pista. Los milicos lo habían enterrado en un lugar en construcción, como para venderlo algún día. Así como escuchan, enterrado, sí. Así que, cuando volvió la democracia a Uruguay, allá por el ’85, me escribió el afinador: “Tu piano está intacto, pero tenés que venir a buscarlo vos”. Era en tiempos de Alfonsín. Un día me encontré al canciller Dante Caputo en un avión y le dije que necesitaba que me diera una mano. “Te doy las dos”, me dijo, extendiéndome ambas palmas. “En Uruguay está mi piano, el que me afanaron los milicos y lo extraño. Tiene un sonido hermoso”. “Lo vas a tener dentro de muy poquito”, me contestó. Y me lo trajo. Lo mandó vía Leonardo Franco, un diplomático amigo que venía a la Argentina. Historias.

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Fotografía Anne Diestro

Cada piano tiene un sonido único, ¿no?

Ahora, este que me regaló mi amiga tiene un sonido extraño. Pobrecito, está todo desdentado como estaba mi amiga, la dueña del piano, en sus últimos tiempos. Desde que volví, estoy llamando al afinador para que venga a colocar los marfiles.

Miguel Ángel Estrella: Estudios y preludios (Chopin) | La Ballena Azul

DESTELLOS DIVINOS                                  

                        Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al    margen de la vida.”

Antonin Artaud

 De pronto, la sala invita a los cuerpos. Dentro de una esfera inesperada de luz, bailan Dinu y Nadie. A su lado, se enciende otro círculo para Miguel y Marta. No hay música de tocadiscos,  y los pianos están ahora ocupados con su intercambio de murmullos. Pero los pies agitan las cuerdas del silencio y, entonces, los acordes suenan a cada roce de las suelas contra el parquet. Giran alrededor del sonido. Hasta ser ellos mismos música. Giran intensamente, hasta que un círculo toca la circunferencia del otro. Son dos pares de estrellas binarias que, en la danza, constelan.

 ¿Los milicos te soltaron en el  ’80?

 Sí, me habían secuestrado en el ’77. Al día siguiente, Nadia Boulanger(1) hizo el primer comité por mi liberación. Ella estaba ya yéndose de este mundo, pero me quería a montones. Fue una historia bella cómo yo entré en su vida: un golpe de Estado fue a meterme en su existencia.

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Es una cosa llamativa, cómo vos la admiraste tanto siempre y ella terminó constituyéndose en la líder de tu salvación.

Mi mujer nació en la otra cuadra de esta casa. Como no teníamos guita, mis suegros nos dieron la parte de arriba, que eran dos habitaciones. También nos hicieron una cocinita en un rincón y compartíamos un baño, abajo. En esas dos piezas, testigos de un amor fulminante, de ese estar todo el día deseándonos el uno al otro, la música de fondo era Nadia Boulanger, a dos pianos, con mi pianista preferido: Dinu Lipatti, un rumano maravilloso, un poeta del piano. Después, los dos empezamos a tomar clases con Luisa Sorín, que vivía en Caballito. Ella había trabajado con Nadia cosas esenciales que nos las transmitió. Ahí, los dos empezamos a soñar con Nadia Boulanger. Uno de nuestros maestros acá era un líder de la dimensión de Nadia Boulanger, pero sólo en lo intelectual: Erwin Leuster, un tipo de la judería austríaca que había estudiado, nada menos, con Arnold Schöenberg y nos transmitió todo ese saber. Schöenberg amaba a Bach y se incrustó en el arquitecto Bach, en cómo construía Bach: un campesino dotado de una iluminación espiritual fantástica porque vivía improvisando y se le ocurrían melodías todo el tiempo. Entonces, Leuster aportó un componente: para mí la música es una inspiración divina. Seas o no religioso tiene que ver con algo muy grande que, de pronto, te envía. Mirá, hace dos años me invitaron a la inmensa Universidad de Lyon para inaugurar la Sala, una  parte de la Universidad que antes había sido una cárcel, donde yo había tocado el piano diez años atrás para los presos. A manera de símbolo, para inaugurarla, querían que fuera otra vez yo. Así que me pidieron una obra específica de Chopin: la “Sonata fúnebre”. Entonces hice una revisión de esa sonata que, en otros tiempos, yo había tocado mucho y hasta ganado premios con ella- aquí y en el extranjero-. En esta revisión me encontré con otra obra. Es decir, la fuente era la misma, las notas eran las mismas, pero la intensidad tenía otra cosa. Empecé a hurgar, a mí me gusta mucho la correspondencia de los compositores. En este caso,  la de la mujer que vivía con Chopin, George Sand, una mina fascinante, colega de ustedes. Creo que era sesenta kilos de hormonas, una mina que se vestía de hombre. En una de sus notas, ella decía que esta “Sonata Fúnebre” la había escrito Chopin a los 29 años; que la obsesión con la muerte le traía pesadillas terribles durante las cuales gritaba salvajemente. Ella “sabía, sentía que en su vida no había esperanzas”. Chopin era tuberculoso y, en esa época, no había penicilina. Murió a los treinta y nueve años. Ahí está esa figura de Chopin enfermo, pero también del Chopin tremendo poeta del piano…

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DESTELLAR, ENTRE DOS AMBIENTES

 “Iba en un paso rítmico y felino/ a avances dulces, ágiles o rudos, / con algo de animal y de divino,/  la bailarina de los pies desnudos.”

“La bailarina de los pies desnudos”, Rubén Darío

Ponele, dos piecitas nomás, como de acá hasta allá, hasta unas pocas veces el ancho que alcanza el máximo de amplitud de mi abrazo. Ponele, ese breve espacio y todo el universo dentro. Ponele que no hay gran cosa para comer, ni para beber. Pero en este recorte de tiempo, la vida late un banquete. Si hasta aún se escucha el tintinear de copas, el sonido metálico del cuchillo contra la mesa, el modo en que el tenedor se hundía entre el ovillo de los fideos. Cómo se impregna la memoria en el sonido. Cómo toca el sonido el compás de la memoria.

¿Qué es la poesía en la música?

Es darle un vuelo divino a la música. Chopin era religioso al igual que Liszt. Beethoven, también, de otro modo. Pero, mirá, George Sand había sido amante de Liszt, tuvo muchos amantes, muy elegidos. Es una linda historia que me hace quererlo mucho a Liszt. De adolescente, yo ponía a Lizt al costado, como uno que tocaba maravillosamente el piano y nada más: Liszt era el pianista de moda en toda Europa, vivía en París, en un castillo que aún existe- hoy es la embajada de Polonia. George Sand organizaba sesiones de poesía y de música donde, entre otras cosas, tocaba Liszt. Ella invitaba a la gente encumbrada a escuchar a su marido, música  y poemas. El que en realidad estaba en el piano era Chopin, no Liszt. Y todo a oscuras. Sólo las minas son capaces de inventar estas cosas. Ustedes tienen una intuición, ven cosas que nosotros no. Cosas que se nos escapan.

estrella11delichon-urbica (1)En mi vida con mi mujer, Marta, la he visto tantas veces razonar con esa intuición. Te voy a contar algo que pasó con mi hermana Antonia, que estaba estudiando para ser monja. Antonia, una mujer muy bella, con unos ojazos verdes, muy árabe, aunque no lo es, Marta era como una hermana. Marta, embarazada de Paula, estaba en un momento de su formación vocal fuerte, que prometía mucho. La habían elegido como una de las mejores voces argentinas. Digamos, los mercaderes querían armar una pareja ideal con nosotros. Éramos jóvenes, lindos, teníamos talento. Y Antonia quería ser monja. Entonces Marta le dijo: “Antonia, a los dieciocho años, no te podés encerrar en un convento, no conocés la vida todavía. Mirá, yo tengo que parir y seguir cantando. Vení a ayudarme dos años”. Para Antonia, Marta era una mina que veía más lejos que ella. Los dos teníamos alumnos. Entre ellos había un muchacho, Ricardo, de zona sur,  pobre, loco por el piano y por la música. Obrero de Clarín, se había llegado a comprar un piano. No eran todavía los tiempos de Magnetto. Un día, Ricardo estaba tomando clase y Antonia pasó con Paula bebita en brazos. Recordá que vivíamos en dos piezas. El piano estaba por un lado, el chico tocaba en su clase y, por allá, había una cocinita. Entonces, Marta sorprendió un sonrojamiento del varón al piano. Ricardo vio pasar esos ojazos de Antonia y se puso rojo como tu pullover. ¿Cómo vio eso ella? A mí se me hubiera pasado de largo. Cuando Antonia salió de aquella pieza y levantó la vista para ver a quien tocaba, también marta detectó lo que yo no veía. Terminada la clase dijo: “Ricardo, nunca te invitamos a comer. Es la una y no hay nada más que fideos y un café. Ya sabés que andamos justitos con los gastos”. Él, tímido: “No, no quiero molestar”. Entonces, Marta: “Ricardo, hace un año y medio que estudiás conmigo, ¿por qué la maestra y el alumno no van a almorzar juntos? Están mi marido y mi cuñada. Sacate esa timidez de encima, muchacho”. Así que se sacó su timidez. La cocinita era mínima, entraba una mesita chica, ahí estábamos los cuatro. El rojo de los dos seguía imperturbable. Cuando terminó el almuerzo -y acá viene la historia- Marta le dijo a Ricardo: “Antonia no conoce Buenos Aires. Vos que la conocés de memoria, ¿por qué no la llevás a dar una vuelta, al Teatro Colón, sé que no no te perdés ni una función, ¡con lo que te gusta la música!, llevala a Plaza San Martín, qué se yo. Mostrale un poco a esta chica que viene del norte. Y de ahí, hasta que, hace pocos meses Ricardo murió, Antonia y él fueron como novios. Ella no entró al convento, aunque sigue con su fe inquebrantable. Se casaron, tuvieron hijos, tienen nietos, vivieron acá cuarenta años, en la casa de abajo.

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Fotografía Anne Diestro

TE CUENTO UN ÁNGEL, ¿DALE?

“El alma que entra allí debe ir desnuda/ temblando de deseo y fiebre santa/ sobre cardo heridor y/espina aguda:/ así sueña, así vibra y así canta.”

“Yo soy aquel”, Rubén Darío

Bueno, a ver, contame, contame de ese aleteo a ras de la tierra, de esa forma en que lo angelical se vuelve mate y palabra a tiempo, amistad en el vino, música tocada, café de por medio. Contame el modo en que las voces orbitan el planeta siempre solitario de un hombre, pero también decí cómo esa coreografía de los otros alrededor de tu propia sombra compone la más bella partitura de cuerpos entrelazados. Filiaciones del dolor, del tiempo y la alegría, ángeles que intermedian entre la altura y los pozos y nos religan, de raíz.

Desde que llegamos nos hablás de mujeres. Nadia Boulanger, organizó el primer comité por tu liberación. Marta, tu esposa, con quien formabas un dúo voz instrumento. En otras entrevistas has nombrado a tu madre y sus consejos: “no hay que andar con herrumbre en el alma”. Evita, que parece haberte enseñado que cada cual puede elegir su destino. Milagro Sala: después del recital que diste allá, muchos de los presentes comentaron que era la primera vez en su vida que escuchaban en vivo a un pianista interpretando a Chopin, Mozart, Yupanqui y Villoldo, entre otros autores. “Milagro representa el coraje de esas hembras que ha parido nuestra tierra como Evita, Cristina, como tantas que son odiadas por burdos personajes de la historia de hoy”. Todas, de algún modo, están vinculadas a la liberación. Conversemos.

Sí. Pero también hay un hombre allí, que es Yves Haguenauer, de la judería parisina. ¿Cómo lo conocí? En París, Nadia había sido para Marta y para mí como nuestra madre. Aún muy enferma,  llamaba todos los días a los médicos para ver cómo iba el tratamiento del cáncer y si mi mujer se iba a salvar. En un momento, a Marta le entra una desesperación por ver a sus hijos, pero los médicos pensaban que era peligroso un viaje a Buenos Aires. Aun así, me decían que la podían recauchutar para que los viera, porque estaba muy desesperada, soñaba, gritaba dormida… Marta era una madraza. Entonces, la recauchutan y me advierten que, en el siguiente mes, no le podía pasar nada. Podía viajar y abrazar a los chicos, pero después debía volver. Nunca más volvió. Ahora bien, yo había ganado una beca del British Council, entonces me tenía que a ir a Londres a hacer un curso. Antes de irme, Nadia me pidió que tocara, donde ella daba un curso de verano. Me dijo: “Después del concierto voy a hacer una cena e invitaré a una pareja interesante: Los Haguenauer. Son judíos, muy inteligentes, muy lectores. Él ha sido prisionero del nazismo, se escapó siete veces, pero siempre lo encontraron y lo llevaron de vuelta. Ellos van a estar sentados a tu lado en la cena”. Bueno, di el concierto y en la cena estaban Yves y su mujer, Martina. En esa cena nos enamoramos. Me decían que nunca habían escuchado tocar a Beethoven como lo hacía yo en el piano. Me llevaron a casa, al día siguiente, al aeropuerto, y ahí nació una amistad. Les conté mi angustia  por la enfermedad de Marta y la posibilidad de que muriera. Bueno, me fui a Londres y allí me habló César Civita, el dueño de Editorial Abril. Civita nos amaba a los dos, nos decía: “Ustedes son una pareja como nunca he visto y agradezco al cielo haberlos conocido”. Yo le decía “¿No estarás enamorado de mi mujer, no?” Y él: “La verdad es que los ojos de Marta son perturbadores”… Bueno, entonces me llamó por teléfono a Londres y me dijo: Miguel Ángel, respirá hondo y tranquilo, no pasa nada grave, está todo controlado, pero Marta está hospitalizada”.  Y era que ella, con tal desesperación de mostrar al mundo entero a sus dos hijos, que eran los más lindos del mundo, salía para todos lados con ellos. Se agarró una gripe tremenda, mucho más fuerte que las habituales, todo eso en contradicción con el tratamiento que venían haciéndole en Francia, en fin… “Te mandé un pasaje Londres-Buenos Aires. Vení. Es muy necesaria tu presencia porque vos sos el hombre de su vida”. Retiré el pasaje y me vine a Buenos Aires. La vi en el hospital Tornú. Marta parecía María Callas, estaba bárbara. La hija de Civita iba todas las mañanas a peinarla y a maquillarla. Entonces entró un médico y dijo “¿Qué es esto, va a cantar Carmen?”

estrella29525163ec0ff931f84223423edaaa791¿Nunca pensaste en escribir esta y otras historias?

No. La cuento muchas veces, no con tantos detalles como con ustedes. Tengo una memoria enorme.  Volviendo a Haguenauer, cuando a mí me preguntan quién me cuidó, porque parezco un hombre muy cuidado, contesto que fue Yves, mi ángel liberador.  En la tortura, yo tenía otros ángeles, no estaba Yves ahí. Él, Martina y su hijo Jean Louis, que era pianista y alumno de Nadia. Ella le dijo que a él le faltaba una cosa y esa cosa era el sonido para tocar Beethoven, que ese sonido se lo podía dar yo. Y es así que Louis vino a estudiar a Buenos Aires con otro chico inglés, también alumno de Nadia.

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Fotografía Anne Diestro

¿Y cómo se enseña un sonido para tocar Beethoven?

Bueno, eso tiene que ver con la densidad de tu vida, con las cosas densas que vos vivís. Podés tocar muy bien el piano y escuchar a diez pianistas que tocan maravillosamente bien y todos tienen sonidos diferentes. El sonido es una cosa que viene de adentro, de las tripas. Ayer escuchaba a un pianista que toca maravillosamente bien pero, como comentaba con Paula- mi hija-, es una lástima que, con semejante posibilidad técnica, no transmite el drama de la gran Sonata Patética de Beethoven. Estaban todas las notas, pero faltaba eso. Paula me decía: “Papá, Horacio es pianísticamente impecable, aunque es joven y no sé si conoce el amor. Esa densidad que te da el amor, el deseo cumplido. No sé si coge, por ejemplo.” En una época yo estudiaba como un animal el piano, diez horas por día. Imposible para los vecinos. Entonces Marta me consiguió cincuenta pianos distribuidos por toda la ciudad: en la Boca, en Haedo, en todos los barrios. Yo trabajaba con el maestro de Marta, Castronovo, de la judería porteña. Y, en un momento, perdí el deseo de tocar. El deseo es como un instinto erótico.

New Pavilion by Renzo Piano in Chateau La Coste

¿Eso fue antes del secuestro?

Sí, tenía veintitrés años. Entonces le dije a mi maestro: “usted sabe que he perdido la alegría de tocar. Ahora ya sé cómo se toca todo en el piano, domino el instrumento pero no tengo esa pulsión erótica con el piano”. Él me dijo: “No, usted -nunca me tuteó- nació para esto, usted es un hombre de escena. Lo que pasa es que su relación conmigo tiene un límite. Yo no le puedo dar más”.

“EL SONIDO, MI PRIMO NACIDO MUY LEJOS”, DIJO LA PALABRA

 “el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;/ mi infancia, tan cercana,/ en el mismo jardín donde la hierba canta todavía/ y donde tantas veces tu cabeza reposaba/ de pronto junto a mí,/ entre los matorrales de la sombra.”

“Aquí están tus recuerdos”, Olga Orozco

La lejanía es justo esa esquina donde la música se vuelve poema, el poema invita a la frase, la frase coreografea una relato y, cuando la prosa llega al borde, ya estás en la siguiente esquina. Entonces, doblás otra vez y suena la música, toda muy cerca, toda lejanía.

El no tocar, o el dejar de tener la pulsión para tocar, ¿no sería parte del tocar? Como  una pausa que el deseo hace para que las cosas decanten…

 Sí, pero yo estoy pensando constantemente en música y mis oídos registran todo el tiempo si lo que suena es un do sostenido o algo. Entonces, siempre tengo deseos de tocar. Sé cómo pedirle al piano que me dé densidad. Porque una cosa es tocar y otra es sacarlo del piano. Ese do, en el caso de lo que estoy pensando en este momento, que es una Fantasía de Mozart, es del inicio de algo que va a ser muy doloroso. Entonces, tiene que venir de los huevos. El maestro este me decía  “Creo que es el momento de que usted se vaya a Europa. En todo caso tiene que cambiar de maestro”. Mirá qué generosidad la del tipo, porque yo era su mejor alumno, el que ganaba premios, el que le daba lustre. Sintió que habíamos llegado a un límite. Así llegué a Celia, una mujer extraña. Ella me hacía buscar. El asunto de buscar es un desafío, es como la conquista de algo, de una mujer también. Buscar, buscar, buscar. Celia de Bronstein era una musa. No era linda, pero sí bella. Una mujer enorme, siempre vestida de largo., Hablaba como chilena, un español muy depurado. Yo le dije: “Mire señora, yo tengo veintitrés años, soy casado…” Ella: “Sí, sí. Conozco su nombre y sé que ha tenido tal y tal premio.” Entonces le agregué: “Yo puedo tocar todo lo que quiero, pero tengo ganas de ver algunas obras con usted”. “¿Así que usted puede tocar todo lo que quiere?” “Sí,” contesté. “¡Qué pretensión!” Yo pensaba en las sonatas de Beethoven, cosas bravas. Pero ella marcó enseguida la cancha. Me hizo sentar al piano y se sentó a  mi lado. Empecé con una de las obras más trágicas de Mozart, la Fantasía en Do Menor. Mozart no escribió, para clavicordio, nada de esa dimensión patética. Toqué la primera frase. Ella me levantó delicadamente las manos y me dijo: “¿Qué ve usted ahí?”. “Misterio”, dije. Me hizo tocar diez veces y empezó a darme en las pelotas: “¿Cómo es ese misterio?” “Es misterioso, Celia.” “No, no. Pero hay muchas clases de misterios”. Esta clase, sobre una obra que dura catorce minutos, se extendió por tres horas y media. Al final me decía “¿Qué ves tú ahí?” Ya me tuteaba…

 estrellas610374889e0d5b825e3e84c424ef4b38Una relación cargada de sonido y palabra.

Había de las dos cosas. El sonido y la palabra son complementarios, como ustedes dicen. Si no hubiera esa palabra, no habría ese sonido. La palabra te lleva a una convicción y esta se concreta cuando vos sacás el sonido que querías obtener de ahí.

Entonces, ¿en el origen fue la palabra y después el sonido?

Eso no te lo podría definir por el momento. Cuando sea más grande, quizás. La palabra siempre tuvo que ver. Además, en mi relación con el público, la palabra cuenta, la mía y la del público.

Leímos que, cuando vos descubriste lo social, escribías en un diario universitario.

 Sí. Si no pudiera tocar más el piano, escribiría. Me gusta escribir.

Contabas que, después de la tortura, la sensibilidad tardó nueve meses en volver, como un embarazo, agrego yo. En esos momentos no sabías qué iba a pasar en el futuro.

Claro, porque era todo el aparato pianístico: brazo, antebrazo y manos. No sentía nada, absolutamente nada. No sé cómo hubiera sido de no volver esa sensibilidad, porque sin música yo no sé vivir. Es como un vicio vinculado al erotismo, al sonido. Y lo que tiene de diferente a la palabra es que el sonido es más fuerte. El sonido es fruto de algo que viene de muy lejos y que a veces no se puede decir con palabras.

ARIAS DE  SUEÑOS DAR

“Es mi destino/ Piedra y camino/ De un sueño lejano y bello, vi day/ Soy peregrino./ Por más que la dicha busco,/ Vivo penando/ Y       cuando debo quedarme, viday/ Me voy andando./ A veces soy como el río/ Llego cantando/ Y sin que nadie lo sepa, viday/Me voy llorando.”

“Piedra y camino”, Atahualpa Yumpanqui

¿Cuál es la nota justa de un sueño?, ¿cuál, el acorde que tensa el aire en el pasaje del sueño a la vigilia?, ¿qué vigilia  no acompasa el modo de soñar? La memoria se atrinchera en las lindes de entre mundos. Y, aliada a la ensoñación, combate con la espada, el sonido y la palabra. Dicen algunos parroquianos, que el dúo siempre está a punto de dar el batacazo. Luces o sueños, acordes del deseo, siempre en tono mayor.

¿Eso no será lo poético, allí donde no llega la palabra? Me llama mucho la atención la historia de cuando vos diste ese concierto que duró nueve horas y, en un momento en que la gente te pedía que volviera y te querías ir a comer, un hombre te pregunta “¿qué vamos a hacer sin eso?” señalando al piano sin nombrar la música. Eso que sale del piano, algo innombrable.

Claro. Es el misterio de la música. Ellos, los campesinos de los valles Calchaquíes, que estaban ese día, le ponían nombres a las músicas. Fue una experiencia extraordinaria en mi vida. Yo ya era conocido. Fue así: un día me hablan unos chicos cristianos de Tucumán, de trece y catorce años, contándome que  les había gustado lo mío, que había sembrado algo en ellos con mi preocupación social. Así que habían ido a los valles Calchaquíes y querían defender la cultura autóctona calchaquí. Esa fue la base de lo que luego fue “La voz de los sin voz” (2). Me contaban que, en ciudades turísticas, como Cafayate o Tafí del Valle, los comerciantes de la zona querían que las vasijas tuvieran otras formas, con otros colores y figuras más exóticas o con algún erotismo para vender más a los turistas. Ellos consideraban eso como intocable, cualquier cambio lo debían decidir los propios artesanos y artistas calchaquíes. Me pareció hermoso. Por eso fui. No tenían un piano y yo, como era el pianista de moda en ese momento, en cada entrevista que me hacían decía que andaba buscando un piano para los valles Calchaquíes. De pronto, apareció un piano de un rosarino que conocía los Valles, al que le pregunté dónde había que ir a buscarlo. No quiso, lo mandó directamente a la escuelita de El Mollar. Estos chicos que me convocaron no eran pobres, pero tampoco tenían plata para pagarme ni el pasaje. Entonces, fui por las mías. Me esperaban en el aeropuerto para llevarme a los valles. En el camino, me dijeron: “No les dijimos quién sos, porque en Tucumán uno dice Estrella y tiene una resonancia inmediata con el piano. Entonces les dijimos que sos el chango que toca el piano y punto. No dimos ningún nombre, queremos ver qué pasa con la música si ellos no tienen la más puta idea de quién sos”. Me hice cómplice total de eso.

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Fotografía Anne Diestro

Estos chicos estaban yendo mucho más allá de lo que habitualmente va la militancia. Entonces empezó el concierto a las dos de la tarde y terminó como a las once de la noche. No estaba cansado, estaba en estado de seductor.

O sea que hay otra dimensión del tiempo.

Cuando estoy tocando ni  me doy cuenta. Me pasa también en el teatro o en el cine. Cuando algo me copa. También cuando me piden que escriba algo sobre un tema, me lleva mucho tiempo pero me gusta mucho escribir.

¿Hay como una deuda ahí con la escritura? Porque vuelve todo el tiempo, está en los orígenes, en cada anécdota que contás…

Sí, sí. Yo nací en una casa de muchos libros. Mi viejo era poeta y mi vieja una campesina muy letrada. Ella nos educó con Rubén Darío y hasta que se murió podía recitar cien poemas de Rubén de memoria, era su preferido, pero también Neruda, Almafuerte, los poemas de Yupanqui. Todo eso tiene que ver con lo que  fui viviendo después. En la tortura yo escuchaba la voz de Marta. Esa locura, estaba en chupadero donde no veía a nadie, teníamos vendas  muy gruesas y una capucha, todos estábamos desnudos. Colgado de las muñecas, yo oía la voz de Marta cantando un aria de Bach y también, la de mi madre. Por supuesto que yo pensaba “Si los pudiera matar a estos”. Había una mujer que se ensañaba con mi sexo diciéndome “¡Te voy a reventar, te voy a reventar!”. Lo de la venganza a esta mina, de poder estrangularla, iba de suyo.

estrella9imagesDijiste que no podías vivir sin sonido y  que, en el borde de la muerte, estas voces eran el único acercamiento a un lenguaje posible que no te pusiera en riesgo. No podías hablar ni cantar ni tocar, pero ¿quién te privaba de recordar?

Por supuesto. Aparecían voces y yo me concentraba como un hijo de puta, porque era un aria que ella cantaba que es como hablar con Dios. Marta lo cantaba y te ponía los pelos de punta. Esa aria la cantaba Christiane Legrand, que creó los “Swingle Singers”, donde las voces hacían las cuerdas que acompañaban. Entonces, el ejercicio en medio de la tortura era detectar qué tocaban los violines primeros, los segundos, el violoncello y la viola. Un ejercicio mental enorme. Me concentraba tanto que sentía menos los castigos que me propinaban esas bestias. También oía voces, pero que no eran físicas, eran voces interiores. Por ejemplo, Jesús era un personaje muy fuerte en mi vida, como Nadia. Pero es otra cosa. Nadia era una madre en la música y Jesús, cuando yo le digo padre, en la mirada él me dice: “No soy tu padre, soy tu hermano”, me encanta que me diga eso. El Jesús que viaja conmigo es un Jesusito hermoso que conocí en Ucrania. La Unesco me había mandado para una misión Chernobyl en toda la región para ver qué se podía hacer con los artistas para  ayudar a las víctimas. Ahí tuve una relación amorosa con una ucraniana muy bella, psicoanalista. Vivimos tres días juntos. Ella,  en su living, tenía es este Jesús y, en los arrumacos, él me miraba. Yo lo miraba también y eso me interpelaba un poco. Yo le decía: “Papá, esto no es pecado. Vos sabés que no se inventó nada mejor”. La chica era psicoanalista y me contó que me escuchaba hablar dormido, cosa que yo sabía, porque a veces me despierta mi propia voz. Me preguntó si soñaba con la tortura. “No”. “¿Y con la cárcel?”. “Tampoco”. “Pero no me digas que nunca soñaste con la cárcel”. “Sí, una vez soñé”, le dije. Una sola vez. “En la cárcel, teníamos un hábito militante que era contarle a tu compañero de celda tu sueño. Te llevaras bien o mal con él, para hacerlo entrar en ese mundo onírico tuyo. Cosas de los Tupas, reglas fijas. Contar tus sueños y contar tus visitas…

Es otra vez dar la voz.

Sí. Tenías que describir las visitas que tuviste y describir a las mujeres que habías visto. Las visitas eran con un vidrio de por medio. Cada preso, detrás, tenía o un milico con una ametralladora y cada visitante, lo mismo. Hablabas por un teléfono y te grababan las conversaciones. Así que había que contar todo eso, encontrar las palabras para calentarlo a tu compañero de celda y que pudiera hacerse la paja. Naturalmente, la única solución que teníamos era la masturbación, no había casos de homosexualidad, éramos dos mil y pico de tipos. Tenías que aprovechar el momento en que a tu compañero lo sacaban a limpiar los baños para masturbarte.

LAVAME EL ALMA

 “Noble peregrino de los peregrinos,/ que santificastetodos los caminos/ con el paso augusto de tu heroicidad,/ contra las certezas, contra las conciencias/ y contra las leyes y contra las ciencias,/ contra la mentira, contra la verdad…”

“Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, Rubén Darío

Posado en lo remoto y muy cerca a la vez, un ángel recorre las fotos, les conversa a destiempo. Y juega, en los valles calchaquíes, en  Francia, en  China o en Palestina, juega tan niño y con niños a ponerles nombres a lo que suena. Un ángel de piso, Miguel, una estrella al piano salta  la rayuela del misterio.

¿Y qué te sugirió la ucraniana de tu sueño de la prisión?

Ah, sí. Le dije que había soñado una sola vez con la cárcel. En ese sueño entro a la cárcel y por primera, vez veo la entrada desde afuera- porque cuando nos llevaron desde el chupadero íbamos a ciegas, los ojos tapados, capucha, engrillados, en fin-. Nunca había visto la entrada. No había un alma, ni perros ni soldados ni ametralladoras ni presos. Era un campo inmenso. Llego al edificio, subo las escaleras, los cuatro pisos hasta mi celda, la última, la cuarta izquierda. “¿Y ahí no encontraste nada?”, me pregunta la ucraniana. “Nada”, le dije. Entré a mi celda y no había nada. Estaba la mesita empotrada donde yo escribía, pero no había papeles ni nada más. Había  una latita de betún que era mi cenicero. “¿Y a dentro de ese cenicero?”. “Cenizas”, le digo. Ella interpretó que ese pasado para mí ya era cenizas. Que, de algún modo, lo habría tocado en el piano y me saqué así todo eso de adentro. Atahualpa, un gran maestro mío, festejaba siempre su cumpleaños en casa en París. Lo conozco desde que era gurí, era un personaje de la familia. Mi vieja decía sus poemas y yo cantaba todas sus cosas y encontraba en todo eso la poesía, la inspiración de este hombre. Bueno, Atahualpa iba a almorzar los sábados con nosotros. Era todo un ritual. Él llamaba el viernes y les decía a los chicos “Mañana iré a almorzar con ustedes pollito sin sal, que es mi enemiga. Al mediodía estaré allí para que el chango -o sea, yo- me lave el alma”. Llegaba y se sentaba al lado del piano donde yo estaba: “Lavame el alma, changuito, tocame Bach”.

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 Una vez un obrero te dijo que escucharte tocar le quitaba el cansancio.

Sí, una historia hermosa la de don Fernández, de un ingenio de Tucumán. Yo tenía que tocar un 26 de julio en recuerdo de Evita allí. Fui, pero no sabía qué mierda iba a tocar. Era un pianito de cuarto de cola, no eléctrico, cosa que siempre es más saludable, porque al piano normal vos le podés hablar y pedirle ese sonido que buscás.

Qué importante es la conversación para vos. Hablás con tus voces, con tu piano, con Jesús, hablás en tus conciertos…

Bueno, eso es parte de mi Macondo. Hay un mundo que existe y es imaginario. Vuelvo a Don Fernández. Yo me había preparado un programa con Grieg, Chopin, música romántica, piezas cortas, ¿no? Entonces, cuando iba a tocar, aparece un hombrecito de sesenta largos años y se anuncia así: “A mí me dicen Don Fernández. Yo, de música clásica, no sabía nada. Un día llego de trabajar como a las once de la noche a casa. Mi mujer, que es muy cariñosa y tiene que levantarse temprano, me deja la comida al rescoldo y una radio prendida para que no esté solo”. Mirá qué hermosura. Esos detalles en la forma de contar de Don Fernández. Y me agrega: “Y había una música que sonaba, más bien, me molestaba. Pero, cuando terminé de comer, en la radio decían: Acaban de escuchar a Fulano que tocó tal cosa de Juan Sebastián Bach. ¡Eras vos! En ese momento sentí que estaba tranquilo, se me había ido la bronca de la jornada de trabajo.

 estrella2 yacek Yerkad3fcf0ef2eea0160f096c37771444d14Me iba a acostar al lado de mi mujercita todo calentito, pero me quedó esa cosa de Juan Sebastián Bach. ¿Quién será este mozo? Pensaba. Pregunté en el ingenio y nadie lo conocía. Era un tipo bárbaro, parece que es de lo mejor que hay. Se me hizo como una obsesión, creía que era un tucumano de Mataderos, de algún lado de esos. Un día, fui al banco por una gestión y le pregunté al bancario: Disculpe la pregunta, no tiene nada que ver con mi trámite. Dígame, ¿usted conoce un músico de acá, de Tucumán, un chango que se llama Juan Sebastián Bach? ¡Se largó a reír este bancario! No me tome el pelo, le dije. ‘No me río, no. Lo que le quiero decir es que, por supuesto, sé quién fue’ ¿Qué, se ha muerto?  ‘Claro, pero hace siglos, porque vivió en 1700. Vaya a una librería, verá que todo el mundo conoce a Bach’. Yo, primera vez. Entonces leí un libro. Usted sabe que este Juan Sebastián era uno de los nuestros. Si viviera hoy, sería peronista. Era campesino, era cristiano, era laburante, tuvo veinte hijos. Como nosotros, que no tenemos veinte, pero tenemos once o doce. Pero era una vida como la nuestra. Y el laburo que tenía era escribir para que los que íbamos a la iglesia cantáramos las cosas que él escribía, que era música divina. Entonces, eso le quería decir. puesto que hoy recordamos a una mujer que se mató trabajando por nosotros, que nos amó, te pido que nos devuelvas esa música que también es nuestra”. Esas son cosas que te enseña la gente con la palabra. Él dijo “Juan Sebastián Bach era como nosotros…” Yo tendría que reencontrar alguna vez a Don Fernández.

A  PURO MACONDEAR

           “ Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,/  en el árbol en flor, junto a la poma/  llena de miel, junto al retoño suave/  y húmedo por las gotas de rocío, tengo mi hogar./ Y vuelo/ con mis anhelos de ave,/ del amado árbol mío/  hasta el bosque lejano (…)”

“Ananké”, Rubén Darío

El día en que el Coronel Aureliano Buendía estuvo frente al pelotón de fusilamiento, no podía imaginar que, por un pasillo de realidad paralela, el Doctor Negrete apuraba el viaje de las preguntas.  Seguía el rastro de los pájaros en las voces, pájaros que ni por  asomo estallaban contra las ventanas. Por el contrario, susurran al oídos de los marcos, para que lo real no se viniera abajo, por pura falta de sueños.

Vuelvo a la pregunta, ¿no te dan ganas de escribir estas historias?

Me gusta más contarlas, porque para escribir le tengo que sacar horas al piano. Me encanta escribir, pero me lleva mucho tiempo. Además, lo que escribí un lunes, ya el miércoles es diferente.

¿Y con la música no es así?

Claro, es también así, en más tiempo. Redescubrís y vas cada vez más hondo. Acá hay algo de mágico.


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Hablando de lo mágico, me ibas a contar lo de Macondo. Decías que tus razones de Macondo son tus razones de infancia.

Y que viven hoy. El lugar donde nació mi vieja se llama Vinará. Con mi viejo, decidieron que sus hijos nacieran en una ciudad donde hubiera Universidad y ese lugar era Tucumán. Mi mamá estaba a cien kilómetros de allí, en un caserío, donde no había ni calles. El rancho donde nació mi vieja era un rancho de adobe, que es hoy la casa de Música Esperanza. Yo heredé esa casa y la hice reconstruir. Mi vieja fue un bicho fantástico. Cuando te recitaba a Rubén Darío, lo hacía con un garbo… “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el dulce y mínimo Francisco de Asís está con un rudo animal”. Y ahí nos contaba que Francisco quería convencer al lobo y demás. Y, después, cuando aprendimos a leer, lo leíamos en “El Tesoro de la Juventud”, que formaba parte de nuestras lecturas. No eran las historietas. Nosotros leíamos Jorge Amado, lo devorábamos así como a Romain Rolland, que había escrito “Juan Cristóbal: un poco la historia de Beethoven. Y también, “El alma encantada”, la historia de la mujer.

¿Nunca escribiste ficción?

No.

¿Y componés música?

No, mi rubro es la interpretación, esto de jugar con el piano y sentir la materia. Escribir me gusta pero el piano es lo más fuerte en mi necesidad de poesía, de expresar. También esto me viene de Macondo. A la mañana, siempre empiezo tocando Bach. Antes de ayer. era un aniversario del asesinato de Ortega Peña, con quien milité. En el grupo de abogados, yo era músico y me llamaba “el Dr. Negrete”. Yo hacía de  un joven abogado, nexo de Mario Hernández, -uno de los abogados defensores de los presos políticos en aquellos tiempos- y las preguntas que hacían los Montoneros a Perón. Entonces, Mario viajaba y el doctor Negrete- yo, que vivía en París, hablaba a la residencia de Perón y arreglaba para a que Hernández lo viera a Perón. Me tocaba eso, digamos. Y cuando estaba acá, lo mío era dar conciertos en casas donde se juntaba bastante guita. Todo, para que los abogados pudieran viajar a Rawson, a todas las cárceles del país sin distinción de que los presos fueran del ERP, de Montoneros, Descamisados u otras organizaciones. Presos políticos.  A Mario le gustaba ir a la casa, en esas dos piezas que vivíamos. Él era el marido de Bárbara Civita,  la vida de ellos era otro mundo, el mundo de la opulencia. Y, sin embargo, cuando mi vieja se ponía a hablar de Moreno, de Belgrano, de los negros que peleaban con Belgrano, de la batalla de Tucumán, Mario decía: “Qué bárbaro, Bárbara. Estos son amigos. Esta es la gente que tenemos que frecuentar. Esta mujer nos enseña historia”.

A CONTRA HERRUMBE

“Cuando me cansa el camino/  me pongo a mirar p’adentro/ como quien arrima leñas/ al fogón de unos recuerdos.”

“La huella”, Atahualpa Yupanqui

El óxido del alma chamuscado entre las notas. Una pátina, de verbo, otra de sonido. Dar, como un don, la nota.

De todas maneras, esa lucha que tu madre tenía contra el resentimiento, me parece precursora para esos tiempos, esto de no andar con herrumbres en el alma.

Eso era admirable. Desde muy chicos, cuando nos peleábamos con las bolitas o con el fútbol; o, más tarde, cuando nos gustaba la misma chica y éramos rivales los dos hermanos, nos decía: “No acumulen herrumbre en el alma, porque así no se puede ser feliz”.

Vos encontraste cómo sacártela de encima, pero ¿qué te pasa cuando suceden cosas como la propuesta el 2×1?

Tengo herrumbre. A mí hermano le digo “¿Qué es esto, hermano?”. “Boludito”, me dice. “¿No te diste cuenta? ¿Cuántas veces te dije que la vida es un desafío? En este caso, la lucha”. De mí mismo sale esa respuesta, ¿no? Pasa que nos toca esta podredumbre que estamos viviendo hoy y contra esto hay que luchar y no de cualquier manera. Se ha sofisticado mucho la cosa. Tenemos una mina como el “hada buena”, es  una mentirosa serial igual a todos ellos. Dice: “Porque yo amo tanto al pueblo, amo tanto al Gran Buenos Aires y yo quiero la felicidad y esto nos va a llevar tiempo, pero estamos haciéndolo entre todos”. Ellos han encontrado las frases que hay que decir.

Una estrategia verbal. ¿No te parece que nosotros no tenemos una contra estrategia para disputar ahí?

Anoche estuve en un acto donde hablaban algunos candidatos, Mariano Recalde por ejemplo, que es un tipo bastante inteligente y ¿qué mensaje daba él? Que nosotros, ante esta habilidad que tiene el macrismo para vender mentiras, tenemos que hablar de cosas concretas. Porque vamos a ganar, pero nos va a ser difícil.

¿Esto lo tenés conversado con tu Jesús…?

Sí, pero él en esto no me da tanta bola. Anoche, al acostarme lo miré, y me recordó que Mariano tenía razón en lo que decía: “no tenemos que culpar a los que votaron a Macri”. Tenemos que preguntarles cómo se arreglan con los tarifazos.

estrellas7imagesEste número nuestro es la ultra violencia ¿qué sería para vos ultraviolento en este momento?

Que esta gente sigue herrumbrada totalmente en el alma. Un tipo que me gusta de estos tiempos es Bergoglio. Me he reconciliado con el Vaticano. En la lucha aquí y en la lucha para apoyar a los migrantes en Europa, las frases de él me sirven mucho. En Lourdes, tengo una monja amiga, muy linda persona. Me llama por teléfono hace unos meses y me dice que no hay más izquierda en Europa y tenemos que ganar las elecciones: “Negrito, he visto que andás haciendo encuentros con niños de tres, cuatro, cinco años y llegás a hablar de los migrantes con tu piano y con las palabras. Quiero que vengas a Lourdes, te voy a armar un encuentro con chicos de seis a once años”. Voy. En muchas ocasiones, para los encuentros que va a hacer, con cristianos de todos los bordes: protestantes, católicos, jóvenes, estudiantes, me dice: “Te necesito con tu piano y con tu lengua”. Y vamos, ¿no? Hay un sociólogo muy célebre allá. Un tipo al que hombres como Filmus  estudiaron mucho. Tiene noventa y algo de años y es de lo que dicen “No tenemos más izquierda en Europa”. Con él vamos a las Universidades, yo toco el piano y, después, dialogamos con los estudiantes. Conversamos hasta poder meter el tema de los migrantes. Esto es una militancia de los últimos años. ¿Por qué me sirve tanto Bergoglio? Primero, lo conozco. Es de acá, del barrio y era el confesor de mi hermana que no llegó a ser monja. A los chicos (seis a once años) les digo “Yo tengo un año más que ustedes”. Risa general. “¿Por qué se ríen? Tengo un año más que ustedes porque me gusta jugar. En los pueblos originarios aprendí a jugar un juego”. Ahí preguntan: “¿Qué son los pueblos originarios?” Bueno, les cuento de la colonización, de los hijos de puta que llegaron a colonizar- como hoy Estados Unidos nos quiere arrancar el petróleo de Venezuela- todo eso, cosas que me vienen en el momento. Creo que me viene de mi vieja, que buscaba la poesía para enseñarnos algo.

LA CIFRA DEL CAMINO

“Caminito que anduvo/ de sur a norte/ mi raza vieja/ antes que en la montaña la Pachamama se ensombreciera./ Cantando en el cerro/ llorando en el río,/ se agranda en la noche la pena del indio.”

“Camino del indio”, Atahualpa Yupanqui

El 7 es la cifra en que dios puso a descansar le verbo mientras  tocaba el piano y después puso a descansar el piano mientras decía. Y mayo es la cifra de patria nacer.

En este proyecto de “La Voz de los sin voz” nos llamó la atención que varios de los lugares a donde van a buscar la música son lugares donde no hay acceso vehicular, como si ese proyecto abriera el camino para llegar. Por ejemplo, los valles de Jujuy y lo de Bejuco,  la música tumba francesa, que me dejó estupefacta. La Tumba Francesa es una manifestación de música y danza originada en el sincretismo cultural, donde los esclavos tocan música negra pero la bailan vestidos de cortesanos franceses.  La figura de abrir el camino se repite en todos los proyectos que abordás, como el camino grande en Sud América.

El camino del Inca. Yo trabajé mucho en la Unesco para que se considere el camino del Inca como un monumento histórico. Fue el camino más largo de la historia y abarca diferentes culturas, lenguas y creencias. También, estaban las postas, lugares de intercambio entre una etnia y otra, y de arreglos económicos. Néstor Kirchner me estimulaba con esto porque se trataba  de la Patria Grande. Así, con una convicción total, peleé por eso y lo ganamos.

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Y más allá de eso, la figura es como una metáfora de tu trabajo.

Sí. Me acordé de historias viejas, como cuando empecé a armar la orquesta para la paz de Medio Oriente, una misión que me dio la Unesco como Embajador de Buena Voluntad.

 

¿Esto fue con Barenboim?

No, esto fue mucho antes. Me cuesta decirlo, pero yo a Barenboim le escribí sobre el proyecto de la Orquesta para la Paz, tres veces. Nunca me contestó y después salió con su proyecto. Esos son las herrumbres de la sociedad actual, la competencia. Recuerdo que, una vez en la Sorbona, me pidieron hacer un concierto de homenaje a una mujer venida de Grecia. Después que toqué, había una comida. Me tocó un médico, al lado y le conté de mi trabajo como Embajador de Buena Voluntad en la Unesco en Medio Oriente. Le hablé de mi Macondo y le dije que esto me había surgido un 7 de mayo, cumpleaños de Evita: “Evita me tiró esto y ahora me tira la idea de una orquesta para la paz”. Empecé a trabajar. Tenía dos polos que eran mis cuarteles generales: Marruecos y Jordania.

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Piano surrealista, Salvador Dalí

Por ahí anda una foto de Simone Weil, una hermosa mujer a quien yo a veces  reto. Se murió, pero me gusta mirarla todos los días. “Cada vez es más linda tu mirada”, le digo, “¿pero te acordás cómo te enojabas en las reuniones para la orquesta para la paz?”. Decías, incómoda con tu coquetería insoportable, “No podemos comenzar porque no está el embajador de Israel”. Y el embajador de Marruecos me decía: “Tomala con calma, la vamos a domar”.

Lo cual no ocurrió…

No, porque ella sabía que nosotros teníamos razón. El que no sabe ni lo va a saber nunca es Netanyahu. Es, como dice Bergoglio, la gente que no sabe amar. Tiene una relación erótica con la plata. Mirá qué frase, ¿no? El Papa es una figura que se ha vuelto mundial. Él reacciona a estas cosas que yo le cuento en las pocas líneas para no quitarle tiempo. Pero estaba hablando de los chicos. Vuelvo a eso. Les digo: “Yo toco algo y ustedes le ponen un nombre”. Entonces toco un preludio terrible de Chopin, breve. Me doy vuelta y veo dos ojos  llenos de respuestas. Me dirijo a una chica de once años: “¿encontraste un nombre?”. “Sí”, me dijo. “Lo leo en tus ojos ¿Qué nombre le ponés?”. “Grave”, me dijo. Rarísimo. Grave. Porque eso lo puede decir un adulto. Impresionante. Al de al lado: “había pensado en otra palabra, pero esa me gusta más”. Y todos: “Grave, grave”. De pronto un pendejo de seis años me dice: “el Papa es argentino”. “Sí, Messi también y Maradona”. “Dicen que vos sos el Maradona del piano”. No me la creo. “¿Qué te parece a vos el Papa?”.”A mí me gusta y vos me hacés acordar a él. ¿Lo conocés?”.”Sí, somos del mismo barrio, era confesor de mi hermana, hemos estado en manifestaciones juntos… ¿Y a vos qué te parece?”.”A mí me gusta”. “¿Y por qué?”. “Me gusta cuando habla del individualismo”. Claro, la frase de él es “No globalicemos la indiferencia” y el mundo está lleno de indiferencia. Hablemos de eso. La indiferencia es una cosa brutal. Entonces, cada uno de los chicos empezó a dar ejemplos y yo también. En París, una pobre mujer que apenas habla el francés, anda pidiendo por favor,  cómo llegar a un lugar y la gente pasa a su lado y sigue de largo. Eso es la indiferencia. Entonces les hablo de Venezuela: “Yo lo conocí a Chávez y me parece que fue un tipo extraordinario con un amor adentro de la san puta”.

¿Nunca tuviste un amor contradictorio, por alguien que te resultara musicalmente fabuloso y que el encuentro, como personas no se diera?

Estuve enamorado de Marta Argerich y me falló a tres citas.

EL CHAMULLO

“Vuela, vuela, vuela, golondrina,/ vuelve del más allá./ Vuelve desde el fondo de la vida/ sobre la luz,/ cruzando el mar…/ cruzando el mar.”

“La golondrina”, Jaime Dávalos

Desde el comienzo del día, supo que la cosa venía de pájaros. Desde el inicio del encuentro las manos revoloteaban las teclas del aire y lo agitaban engolondrinas. Cuando el encuentro ya haya transcurrido, el romancero seguirá su paso, verso a nota, nota a verso. Para inquietar, siempre, toda la herrumbre de los días. 

Un día me preparan un encuentro para tocar para niños palestinos de un campo en Jordania.  Bueno, voy. Al llegar veo que los adultos están sentados adelante y los niños todos detrás. Pedí que se pusieran al revés. A mí me encanta ver a los chicos, me inspira ver sus ojos. El problema -y lo dije al final del concierto- era que no había niñas, sólo varones. Empiezo a tocar y les pido que luego me digan qué veían allí. Toco una pieza barroca francesa. Pregunto y me dicen que habían visto un pájaro. La pieza se llama “La golondrina”. Otro me dice: “Hay más de uno. A ver, empezá a tocar de vuelta”. Entonces toco la primera frase y el chico me dice: “Esa es ella”. Seguí tocando, y entonces: “Ese es él”.”¿Y cómo es él?” Respuesta: “Hermoso”. Fantástico. Seguimos y vieron “el chamuyo”, cosa que anoté en la partitura para no olvidarlo nunca. Y después, vino el amor; las coqueterías de ella y demás hasta que se volaron. Luego aparece una cosa en tono menor. El mismo tema pero más tristongo. Pregunto: “¿Y acá qué pasó?”. “Está embarazada…” Luego aparecen como ruiditos picarones, digamos, pero apetitosos. “¿Y aquí?”. “Está chupando la teta”. Con el piano me ha tocado vivir cosas enormes, muy fuertes. Pero eso lo aprendí militando con esos cristianos adolescentes que me llevaron al valle calchaquí. Después fue pasando lo mismo en otros lugares y en otras etnias. Y de pronto tocaba algo y un campesino me dice: “Chango, seguí rezando”. Yo soy consciente que rezo cuando toco.


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Pero tenés una noción de lo sagrado muy material.

Claro. Yo a la mañana siempre toco y digo: “Milagro, toco para vos”. Fui a tocar para ella y se puso a llorar: “Es la primera vez que escucho a alguien como vos. Estas lágrimas son de agradecimiento porque pensás en mí”. Palabras que vienen de la música y música que lleva a expresar algo. En China, también. Sobre el mismo preludio al que una chiquita en Francia llamó “Grave”, ellos dijeron “Estabas enojado ahí”. Bueno, hoy a la mañana empecé a tocar esto por buscar una música alegre para el día. Encuentro una partitura donde dice “Esta es ella y este es él. Acá se chamuyan”.

Toca “La golondrina”.

Miguel Ángel Estrella interpreta “La Golondrina” para El Anartista

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1-3 - copia (2) Fotografía Anne Diestro

1) Nadia Boulanger (1887- 1979). Mujer parisina, fue compositora, pianista y organista, directora de orquesta, intelectual y profesora.

2)  “La Voz de los sin Voz” busca promover y preservar las expresiones de música, “rituales” y danza que integran el patrimonio cultural de América Latina, dándole voz a su identidad artístico-musical. Se propone documentar aquellos fenómenos que, siendo representativos de tradiciones culturales determinadas, hayan quedado no solamente indocumentados, sino también desconocidos o no valorizados tanto en sus mismas áreas de vigencia como en los centros de consumo económico y cultural de América Latina. http://www.lavozdelossinvoz.gob.ar/

 

 

 

 




EDITORIAL

Ultraviolento
Por Gabriela Stoppelman

MUTTI, MUTTI

Para Lothar
Para Lotti

 

Hay crujidos que pican en la piel, mordiditas de una memoria que busca pero no encuentra las palabras apropiadas. Esta es la historia de un crujido que ha intentado escribirse muchas veces, aunque la horma siempre le sobra a la huella o la huella se agranda y nunca encaja en el pie.

editorial1descargaPodría comenzar así: cuenta el relato familiar que Lothar zarpó desde Hamburgo, a fines de 1938, en el último barco que se atrevió a permitir pasajeros judíos, en la Alemania nazi de aquellos años.  No es fácil saber quién habla en el relato familiar. La Omi, la abuelita alemana, seguro que no, porque hasta su último día rehusaba expresarse en “argentino”- salvo lo indispensable para subsistir- como quien se desembaraza de un insecto verbal, que una y otra vez le revoloteaba “impurezas” sobre su idioma madre-. Lothar, tampoco: su infancia era un rincón urticante que nunca traducía a demasiadas palabras. Pudo haber sido Yita, su mujer, quien veía en el exilio de su marido un motivo más para admirarlo y amarlo. O pudo haber sido una mezcla de todas esas voces, que un día regresaron en la textura amable de un fajo de papeles de carta “vía aérea”.

Las cosas sucedieron en la casa materna, justo detrás de un mueble donde el tiempo supo esperar el momento en que dos lenguas se cruzaron. Y la espera fue larga: primero, la muerte de Lothar, que suceditorial2descargaedió en alemán, porque el dolor de la agonía era tan grande que desesperaba entre palabras de la infancia: “Mutti, mutti, ich kann nicht mehr”, “mamá, mamá, no puedo más”,  balbuceaba el hombre adulto, mientras un pinzamiento del ciático lo volvía a zarandear entre los mareos del barco que lo había traído a estas tierras. Después, vino un largo desorden de ausencias en los hijos y en la esposa. Más tarde, apareció una beca para viajar a Alemania. La hija estaba convencida de que su padre había vivido como un ser entre lenguas, incapaz de volver del todo al puerto de partida del alemán y, a su vez, reacio a afincarse por completo en el puerto de llegada argentino. Así que debió pasarse la vida traduciendo. Y, para entender cómo oscilaba la mecedora bilingüe del padre, la hija decidió estudiar en el instituto Goethe. Allí, un examen con una nota mediocre, el ser descendiente de un alemán judío expulsado de Alemania y cierta vinculación con el mundo de la cultura conmovieron las fibras de una decisión. Y, en poco tiempo, la hija estuvo en Dresden. Mientras tanto, los papeles vía área continuaban su guardia, firmes aunque asfixiados, en un hueco entre la madera y la pared. De tanto en tanto, a causa de la estrechez y el picoteo de algunos mínimos insectos, no podían siquiera desperezar un leve crujido: cumplían con la decisión de no dejar asomar ni una mínima señal  antes de tiempo.

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En Dresden esperaba un  tren que llevaba a Hamburgo. Y, en Hamburgo, sobre un puente, aguardaba la prima Lotti. Bajo un paraguas y con una cajita de mazapanes en la mano libre y temblorosa, su silueta se recortaba dentro de la lluvia fría, como el contorno de una Miss Daissy local, o mejor, como una perfecta Frau Lotti.  Sus 84 años abrieron pasajes de tiempo por las calles. “Y aquí tu abuelo me regalaba un leverbursch, cuando me veía pasar”, “y allá estaba la carnicería de tu familia paterna”, “y ahí era el Talmud Torá”, “entre estas esquinas fue la noche de los cristales, donde los alemanes rompieron vidrieras judías y quemaron libros en hogares inolvidables”.  La lluvia entonces se adhería en trizas de memoria y centelleaba en los ojos de Lotti. Al final, la ganó un cansancio enhiesto, orgulloso hasta para no aceptar que la ayudaran a tomar su té: “traiga un sorbete, por favor”, le pidió a la moza.  Lotti quedó atrás en el paisaje y la hija continuó sola por los pasadizos del pasado, inaugurados por la prima.

Muchos años después, cuando los papeles vía área ya estuvieron en sus manos, advirtió la hija la similitud fonética ente el nombre de su padre, Lothar, y el de quien le acercó las memorias de aquella lejana infancia, “Lotti”. Una raíz los unía desde el bautismo. Ella había logrado sobrevivir a los nazis, porque era hija de un judío y de una cristiana. Así que le permitieron permanecer en la ciudad, a condición de usar su brazalete con la estrella de David. Él había logrado huir y hacer su vida en el exilio. Ella había podido llegar a la vejez  dentro de su lengua madre. Él había muerto a los 64 años dentro de un tou va bou, un caos de siempre origen del mundo, de lenguas mezcladas.

Así las cosas, dentro de Alemania sólo quedaba llegar hasta el sitio donde, en el 38, se levantaba la casa paterna. Era el año 2000. La casa había sido demolida y, en su lugar, había una estación de servicios. La inteligencia de la abuelita alemana- La Omi- había logrado que la casa no hubiera sido confiscada. La abuelita era soberbia, nacionalista, antipática, pero no comía vidrio. Rápidamente advirtió que la opción era huir o morir. Vendió la casa, se mudó al gueto- por entonces, un barrio de judíos, pero no cerrado ni militarizado- y compró un salvo conducto para salir del país.editorial 4ocupacion, Lester rodríguez

Un día golpearon a la puerta del gueto. Era la Gestapo. El abuelo se  escondió en el placar. La Omi les hizo frente. “Señora, hemos interceptado una llamada suya en donde le dice a una vecina: las piedras ya salieron, suponemos entonces que usted esconde piedras preciosas”. Las piedras eran cálculos renales que tenía el padre de Lothar- el Opi-. Pero no había modo de convencer a los nazis de semejante argumento. Así que la Omi puso un fajo grueso sobre la mesa y cerró: “si ustedes no quieren judíos en Alemania, nos vamos hoy mismo”.

Pero estos últimos datos los conocería la hija mucho después, cuando supiera el suficiente alemán para entender el peso de la letra de su padre en los papeles de carta vía aérea. Parada frente al lugar donde una vez estuvo la casa de Lothar, imaginó su correteo infantil por esas calles, vio entre las motas del aire el borde de una infancia quebrada por el exilio,  obligó al viento a soplar desde la garganta y volvió a escuchar la “errrre” gutural de su padre, entre las ráfagas de ese frío enero. Y luego la sorpresa: frente a la estación de servicios, sobre la vereda, la hija encontró tirado un zapatito. De un nene como de 8 o 9 años, la edad que tenía su padre al partir de Alemania. En Alemania no hay nada que permanezca tirado sobre las veredas por mucho rato. Pero allí estaba, bien dispuesto a la foto. O así parecía. Porque, de todos los rollos que la hija sacó durante ese viaje, solo ese se veló y, con él, quedó ocluida la imagen de ese zapatito sin pie, posado ante la cámara de una hija, que apenas podía sostenerse sobre sus piernas temblorosas.

Aún sostenida en ese temblor, la hija enfrentó el regreso. Un día corrió un mueble de su infancia. Y allí estaban. Las hojas “papel vía aérea”, las mismas que su padre usaba para escribirle cartas a Lotti, crujían entonces entre sus manos. Y leyó que sus abuelos, junto a su padre y su tía, habían dejado el juego porcelana, habían partido en un rápido tren a Génova, habían tomado un barco de segunda que pagaron como de primera. En el barco, Lothar se mareaba y gritaba “Mutti, mutti ich kann nicht mehr”.

editorial655ce419be8f67Allí, detrás del mueble, la esperaban los papeles, en el cruce justo entre dos lenguas: era la historia de Lothar contada por Lothar a un profesor alemán que recopilaba historias de judíos en el exilio. Apenas zarpó, el barco había recibido la orden de regresar: cierta información sostenía que viajaban judíos a bordo. El Capitán se negó y siguió viaje.

  • Viejo, ¿qué te acordás de Alemania, de cuando eras chico?

(mirada reticente que, de pronto, se vuelve brillante)

  • Mmm, Karttofelpuffer, unas croquetas de papa y cebolla picantitas, inolvidables.

Desde entonces y para la hija, ese Capitán- quien al negarse a regresar al puerto de partida salvó a su padre- es el Capitán Karttoffelpuffer. El nombre de un desconocido sabor de infancia, un picor de historia contra toda ultraviolencia.




UN HUESO BLANDO EN LA GARGANTA

El olvido: Entrevista a Mempo Giardinelli

Entrevista: Víctor Dupont, Isabel D´Amico, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman, Víctor Dupont

 

                                                           ¿Cómo es posible que yo aguante tanta noche?”

                                                                                   Giusseppe Ungaretti

Por ahí debía estar. Toda ella, detrás de un marco de ventana amable, justo hacia un silencio cantarino. Era solo cuestión de perseverar dentro de la mañana apenas despuntada y la tendría. La muy astuta, fugaba de una línea a una curva del cuadro. Fugaba o jugaba, quién sabe. Y el hombre persistía en prenderse a su presencia, allí donde ella no terminaba de estar. Cuando la mirada creía haberla capturado en una instantánea, un imprevisto fuera de foco la difuminaba entre los caprichos del paisaje. Y ahí permanecía, como un hueso blando en medio de la garganta. Ay, “Esa costumbre de eternidad: la poesía”. A medida que la luz se hacía más nítida, ella se tornaba más escurridiza. Pero el hombre, ya enmarcada su firmeza dentro de la silueta de la ventana, la deseaba con todo el rostro, como quien anda en busca de un panadero del que dependiera toda su suerte. Los ojos no tenían pausa en ese ir de acá para allá que, a esa altura, ya había dibujado una trama enmarañada de caminos, siempre hacia el sitio donde ella se escabullía. Entre una cuneta del canto y el filo de un balbuceo, la atrevida serpenteaba el tiempo de no dejarse atrapar. Por un instante, el hombre pensó que era mejor dejarla allí, sueltita en su propia coreografía de esquives y quebraduras. Aunque eso fue solo durante un breve desvío. De inmediato, se rescató entre sus propios versos: “¿Qué es un poema sino miedo, /Trompetazo, pétalo, /Incorpórea genealogía?/ ¿Qué es la poesía /Sino la emoción violenta /Que produce el punto de partida /Hacia lo nunca visto, lo improbable /O el ocaso?”. Y, entonces, se dejó de esperas y contemplaciones y se marchó a escribir. Era evidente que a ella no le gustaba que la desearan de esa manera tan imperiosa, como si el verso logrado fuese más importante que el horizonte de la búsqueda, como si pudiera soslayarse la cadencia en la mañana ya avanzada en su luz plena, como si las voces entremezcladas de la excepción y la rutina no fuesen ellas mismas la ofrenda de un ritmo a atender. Mejor buscarla entre las pausas del tipeo, mejor dejarla advenir de a retacitos de sueños y ponerse en franco movimiento. No sea cosa que a uno lo agarre “la tantidad” de la noche sin si quiera haber andado una hendija de vigilia. Esa hendija donde, seguramente, el hueso blando se hace carne, letra, verso. Y ella se deja vislumbrar.

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OLVIDOS INNOBLES Y MEZQUINOS

Porque la memoria está antes de la palabra. Es la que permite el uso de la palabra. La justifica; la ensancha. No hay palabra sin memoria. Digo yo. Me gustaría que lo pienses. Por eso vengo. Para contarte estas cosas.”

 Mempo Giardinelli, “El santo oficio de la memoria”.

 

En “El Santo Oficio de la memoria” un personaje tuyo dice: “la memoria es previa al lenguaje”

Y también al olvido. Para que haya olvido tiene que haber el deseo de no recordar. El olvido es como un borrador de pizarrón. Es una manera de tapar, de negar, de desmerecer una situación evocada o vivida. Obviamente, su característica es negativa. Es anterior al lenguaje, porque si vos querés evocar un hecho, metaforizarlo o transfigurarlo en esa evocación, tenés que ponerlo en palabras. La palabra está siempre y es el fruto de una conjunción de emociones, de cultura, de lenguaje aprendido, de historias. Es la expresión de esa memoria y, también, la del olvido. El lenguaje es la expresión. La memoria, la fuente. Y, el olvido, sería la acción negativa. Ahora que lo hablamos, me gustaría poder crear un personaje que reflexione esto.

Otro personaje defiende un costado positivo del olvido y hace referencia a Nietzsche, como si el olvido fuera un limpiaparabrisas que impide quedarse atrapado atrás.

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Marc Chagall 

No estoy muy seguro. Creo que es genuino o legítimo que alguien no quiera acordarse de algo que le fastidia o le complica la vida. Esto, en un plano existencial, es inocuo. Hay algo que me puede afectar en el plano personal y, entonces, negocio conmigo a ver de qué manera lo olvido. Ese no es un olvido innoble. Pero, si estamos hablando del olvido vinculado a comportamientos sociales, a la historia de la humanidad, cambia. Si vos le dijeras a un turco: “Mire, lo mejor que podría hacer con la cuestión de los armenios es no negarla. No lo niegue. Asúmalo, pueden hacer una autocrítica histórica”. Yo le diría eso al presidente turco: “Vea, es incómodo para ustedes y es agraviante para una comunidad vecina de ustedes, los armenios. No es un olvido conducente”. Lo vemos hoy con los negacionistas en Argentina. Con la supuesta “reconciliación” que está en todos los diarios y con los disparates que sale a decir cualquier funcionario. No sé, a lo mejor sí se podría hablar de reconciliación, pero primero debería haber un arrepentimiento sincero, público, y un pedido de perdón a las víctimas del terrorismo de estado y a la sociedad. A mí lo que me preocupa del olvido son dos cosas: lo innoble y lo mezquino.

 

 TRANSTERRADOS Y TRANSPORTADOS

 “La transterración es un concepto que vincula al ser humano en su andar itinerante sobre la tierra. Para el transterrado es el piso que pisa el que va cambiando, la base de sustentación, digamos, el lugar donde uno está parado y mira el mundo.”

Mempo Giardinelli, “Final de novela en Patagonia”.

 Marcamos varias cosas recurrentes que encontramos en tus textos.

Me sorprendió el trabajo que hicieron para la entrevista. Esto me hace dar cuenta de que, muchas veces, las ideas, las frases, las reflexiones que escogieron corresponden a otras épocas de mi vida y del país. Cuando escribí “Santo oficio de la memoria”, por caso, el país era uno que hoy ya no es. Me sorprende encontrarme con estas cosas, porque nunca reviso mis libros, salvo cuando aparece un traductor que me consulta sobre algo. El traductor es, de hecho, un cuestionador que te obliga a revisar cosas que escribiste o expresiones que tomás como naturales porque son de tu lengua; pero que, en otra lengua, terminan siendo otra cosa. Ustedes me metieron un poco en el túnel del tiempo.

Ansel Adams
Ansel Adams

Hay un concepto muy interesante, la transterración. Pensaba si para vos y para muchos la transterración no será una condición para la escritura, metafóricamente.

No estoy muy seguro. No sé qué hubiera escrito de no haber estado exiliado. No sé… Uno sigue las circunstancias que le plantea la vida. El término lo adopté en México, donde -si no me equivoco- es un vocablo que se le atribuye a Max Aub, un filósofo republicano español muy importante en México. Los catalanes y españoles republicanos -que tuvieron mucha influencia en la cultura mexicana moderna- usaban ese término para el cambiado de lugar, el transportado a otra tierra. A mí me atrajo mucho ese vocablo y lo adopté.

Sí. Y también decís que el escritor necesita, de algún modo, que se le mueva el piso. Y también de lo imprevisible.

Sí, eso lo pensaba cuando era muy joven. Ahora no depende de eso, creo. Me fui convirtiendo en un hombre más profesional, en el mal sentido. Hoy escribo en cualquier lugar, especialmente en los aeropuertos. No hay mejor sitio para escribir, aunque es sólo un símbolo. Puede ser también una estación de trenes y también escribo en el micro, cuando vengo del Chaco. De Resistencia hasta acá son trece horas de viaje. Coche cama y todo lo que quieras, ahí laburo que es una gloria. Me siento en la fila con asientos individuales, pongo la cortinita, saco la computadora y trabajo. Me encanta.

Un escritor en tránsito.

Quien está en tránsito va a algún lado. Yo diría que soy un escritor en movimiento. Un motor encendido también.

Bueno, tiene algo de transterración eso.

mempo7 de Génesis, de Sebastiao Salgado
Génesis – Sebastiao Salgado

Una idea de movimiento, ¿no? Pero fíjate: ese movimiento a mí me serena, me aquieta. Yo viajo permanentemente. Para mí ir a un aeropuerto es ir dos o tres horas antes del horario en que tengo que estar. Me siento, me tomo un cafecito, nadie me jode y es cuando mejor me concentro para leer, para escribir o para pensar, a veces. Son espacios ausentes en la vida cotidiana. Muy necesarios, porque soy un tipo que escribo, doy clases, presido una Fundación, dirijo un posgrado, hago política, tengo familia y una hija de quince años. Mi vida es muy compleja. Me encantaría levantarme, escuchar los pajaritos, tomar unos mates y ponerme a escribir, pero no es así la cosa. Y además -y esto tiene que ver con los años- perdí la costumbre de la noche. Yo fui muy nocturno durante muchísimos años y la noche era el ámbito ideal de creación serena y en calma. Osvaldo Soriano fue una especie de hermano mayor mío, y nos hablábamos por teléfono, a veces, a las tres de la mañana. Uno en la Boca y, el otro, en Belgrano. Y teníamos charlas extensísimas porque claro, después podíamos levantarnos a las doce del mediodía, los dos trabajábamos en revistas, en redacciones a las que uno llegaba a la una o dos de la tarde y se quedaba trabajando hasta las diez u once de la noche. Cerraba el diario o la revista y nos íbamos a comer y, a la una de la mañana, yo ya estaba en mi casa escribiendo hasta las cinco, a veces, seis de la mañana. Era fantástico. Pero perdí esa costumbre, un poco por la familia y otro poco porque me volví al Chaco. Y ahora me encanta trabajar al alba. Me levanto tipo cinco o seis de la mañana, cuando todos duermen. Es una maravilla.

¿Mejor que el aeropuerto?

Y… Casi. Por lo menos hasta las siete y media u ocho, sí, ese par de horas me siento descansado y en plenitud. Unos mates, los pajaritos, los árboles del fondo… Una gloria. Pero, claro, son etapas de la vida.

 

SILENCIOS CANTADITOS

Pero ahora quiero hablarte de padre. Porque no todos estaremos. Él no. Y porque también nosotros tenemos necesidad de hablar. Es tan largo, tan profundo, el silencio. Acaso sea lo único que no se acaba jamás

          Mempo Giardinelli, “El santo oficio de la memoria”.

Sucede de pronto: al girar en una de las tantas curvas del camino, se topa uno con todo el esplendor de esa pared de hielo que sólo pudieron construir los siglos y el silencio. Al ver esa mole, uno empieza a sentir que en efecto se puede ser testigo de la maravilla.”

                        Mempo Giardinelli, “Final de novela en Patagonia”.

 

En tu obra encontramos varias modalidades del silencio. Nos interesó uno que es muy parecido al concepto de la memoria. Este silencio es -también- previo al lenguaje.

Física y filosóficamente, el silencio es una especie de totalidad inicial. Si al principio fue el Verbo, antes estuvo el silencio. Y, si es verdad que venimos de un Big Bang, seguramente antes de eso no había nada. Y, la nada, es el silencio. Y, si algo hubo después de que se aquietó el bolonqui del Big Bang, fue el silencio. El silencio me importa, y me interesa como una mutación que siento en mi vida. Hoy necesito silencio y tranquilidad para escribir. Puedo abstraerme del ruido ambiente en un bar o un aeropuerto, pero el silencio verdadero -la ausencia de sonido- es mejor y me resulta muy estimulante.

O sea que no es la nada. Es una presencia importante.

 

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Robert Doisneau

Sí. Además, hay silencios que uno se inventa. Hace años que no veo televisión, salvo algún partido de fútbol. Pero es una decisión que tomamos hace muchos años en mi casa. Nadie ve tele, salvo en ocasiones especiales. Lo que potencia el ambiente en que yo vivo, en el Chaco, que es muy propicio para un silencio armónico. Me hace mucho, mucho bien. Hay muchos pájaros que dan vida a una especie de silencio cantadito, hermoso. Puedo trabajar muy bien allí. Y es raro, porque empecé a escribir de muchacho en ambientes muy ruidosos. A los dieciseis años entré a trabajar en los Tribunales del Chaco. Sabía escribir a máquina con los diez dedos, casi como un taquígrafo. Esto me permitió tener ese trabajo y, de ahí, pasé a las redacciones de diarios o revistas. Toda mi vida escribí en ambientes absolutamente bullangueros. Cuarenta o cincuenta Olivettis aporreadas, los teléfonos sonando frenéticos… Ahí, uno le gritaba a otro para que mandara tal foto o cortara diez líneas, y un jefe, a las dieciocho y veinticinco, te gritaba que a las dieciocho y treinta tenías que entregar dos carillas. Un quilombo en el que no había excusas, de manera que uno se concentraba igual. Ese fue mi medio de vida durante treinta años. Tuve todos los puestos. He dirigido periódicos y revistas, y en puestos rasos o de dirección, siempre la pasé entre ruido. Cuando fui abandonando esos laburos, comencé a apreciar el silencio. Hoy lo adoro. Lo cual no quiere decir que solamente escribo cuando hay silencio, ojo, porque vos podés tener todo –los pajaritos, los árboles, el mate y todo lindo– pero si no se te ocurre una puta idea, chau, estás frito. No me pasa mucho, en general, porque mi modo de trabajar parte de no confiar en mi memoria. Cuando me agarre el Alzheimer, voy a estar tan acostumbrado a no acordarme, que no me voy a dar cuenta… Tengo mi libretita llena de papelitos, apuntes e ideas, porque si no anoto, estoy perdido. Me mortifica tanto olvidar que, cada vez que se me ocurre algo, lo anoto en un papelito. Entonces, cuando se da ese silencio yo sé que tengo mis papelitos, mi libreta y siempre alguna cosa voy a tener ganas de hacer con eso… Pero además, y esto es fundamental, suponete que no se me ocurriera absolutamente nada más, nunca más una idea de nada… Bueno, yo tengo mi alma en paz. Ya tengo una producción importante, al menos en cantidad. Numerosa, nutrida. Y sé que el mundo no está esperando mi nueva obra… Eso es tranquilizador, y además están los artículos que escribo para Página12, por ejemplo, que son mi laburo. A mí me pagan por eso. Hace treinta años que trabajo allí y es una responsabilidad profesional, aunque de otra índole. Yo empiezo los viernes tomando apuntes, pensando dos o tres ideas para el artículo del lunes. El sábado me dedico más a leer y hago anotaciones. Y el domingo me siento cuatro o cinco horas a escribir el artículo, que debo enviar a las seis de la tarde a más tardar. Y sale. Pero es otra escritura. Creativa, también, pero no ficcional, aunque a veces sea muy difícil separar la escritura periodística de la literaria.

  

DIME CON QUIÉN VARAS…

 Para definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo.”

Ricardo Piglia, “El último lector”.

Vos das clases, charlas y sos periodista. Tenés muchos modos de relación con el lenguaje, ¿Que te da la ficción que no te da ningún otro de esos vínculos?

La ficción me gusta mucho y creo que es lo mío. Contar, inventar. Aunque también es cierto que soy moroso para escribir, inseguro y dubitativo. Quizás porque varios de mis cuentos narran traiciones, muertes, situaciones de mierda. Algunas de las cuales son las cosas que me pasaron en la vida. Hay colegas que vivirán mucho más tranquilos consigo mismos, desde ya. Pero cada quien narra desde su experiencia -que en mi caso no es poca-y desde su imaginación, que en mi caso no es superlativa. Me hubiese encantado tener una imaginación calvinista, o de obispo ultramontano, pero no la tengo. Pero, como sea, y aunque jamás diría que soy un atormentado, el mundo ficcional que a mí me surge suele ir más para el lado del conflicto. Y como sea, la literatura que yo quisiera alcanzar, la significante, es una literatura en la que tenés que romperte el alma formalmente y también conceptualmente. Si vos querés que sea significante, tiene que significar. Además, la historia de la literatura es tan rica y maravillosa. Algo he leído y tengo claro cuáles son las varas que quisiera arañar desde abajito. Yo he sido muy afortunado en la literatura, no así en mi vida. No he sido un hombre feliz. Ahora estoy bien. Tranqui. Pero mi vida no fue fácil y sin embargo, y acaso por pudor, nunca hice de eso un leit motiv. He sido mucho mejor lector y puedo decir que me enorgullezco más de lo leído que de lo escrito, como estableció Borges. Siempre he sentido un enorme respeto por la gran literatura y he tenido la fortuna de estar cerca de grandes maestros. Entonces, soy consciente de que no me da el cuero para jugar en las grandes ligas. Quién sabe si tendré razón, pero suelo pensar que quizás sólo soy un buen escritor de Primera B.

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Brassaï

Si uno tiene un gran deseo de escribir, ¿importa si va a terminar escribiendo en Primera A o en Primera B? ¿Por qué importaría?

A mí me importa. Y como lector experimentado sé que jugar en Primera A es muy groso. La vara me ha resultado muy importante porque hubiera querido llegar a ser un gran escritor y he envidiado admirativamente a Dostoievski, a Faulkner, a Borges y a otros tipos que me secaban la boca. He tenido muy buenas lecturas y muy buena orientación para esas lecturas. Mi mamá era una gran lectora y también mi hermana mayor, quien, cuando murió mamá, ocupó su lugar. Y era, además, una gran bibliotecaria. De manera que puedo afirmar que me crié en un ambiente muy libresco. De hecho, lo más importante que tengo para dejar a mi gente es la enorme biblioteca de nuestra Fundación en el Chaco. Entonces, yo vengo de ahí, así que las varas necesariamente son altas. Tengo un par de cuentos de los que se podría decir que secretamente homenajean a Juan Rulfo, o a Borges, o a Faulkner. Siempre he sido muy consciente de que he dado lo máximo que podía dar, pero también sé que, frente a esos grandes, y sobre todo cuando uno es un joven escritor, tiene que mirarse al espejo todas las mañanas y decirse “No seas imbécil, no te la creas”. Uno tiene que tirar abajo el narcisismo. La creación estética siempre está vinculada a impulsos narcisistas, pero yo he trabajado bien ese punto con los treinta y pico de años de análisis que cargo encima. Por eso no me resulta desdeñoso decir que soy un buen escritor de Primera B. No quiero que mis libros queden para la posteridad o para el mármol. Una de las cosas que me produce hoy un inmenso placer es ver cómo las nuevas generaciones siguen gustando de mis textos. Ya hay tres generaciones que leen “Luna caliente”. Y no es ni siquiera mi mejor novela, no es una gran novela, pero es a la que estoy quizás más agradecido. Ustedes no se imaginan el placer que me produce esto.

 

Chema Madoz
Chema Madoz

Bueno, pero sos un gran lector y los grandes lectores que escriben buscan todo el tiempo.

Sí, pero cuando yo digo buscar, me refiero a una trama, a una situación. Tengo un cuento que se titula “El duelo”. Transcurre en el interior de Corrientes, entre dos gauchos que se odian de toda la vida, hasta que un día se encuentran. Un cuento borgeano. De alguna manera, se trata de dos pasiones, dos dignidades al encuentro. Eso es lo que me interesa. La dignidad, el cumplimiento de la palabra, el amor, la pasión, el erotismo. Ahora, ¿cómo se hace? No lo sé. No escribo pensando en si será una tragedia o un texto erótico. Tengo una idea que he repetido muchas veces: yo escribo para saber por qué escribo. Es decir, la escritura misma va a develar si debe serlo y, si no, no. Por suerte no tengo esa ansiedad. Jamás entré a un grupo literario, nunca formé parte de un colectivo literario ni me parece mal que existan. Jamás pedí que me hicieran una entrevista o disputé un micrófono con nadie. Nunca me quedé enamorado de mis palabras ni de mis ideas. Tengo una enorme tranquilidad al respecto. Mi preocupación central es qué buena historia se me podría ocurrir y cómo hacer para escribirla de la mejor manera. Como todo está escrito, toda idea o argumento remite a algo. Aun las cosas que uno se reprime, para no caer en la repetición, son versiones. Me parece que lo central es poder parirlo. Además, yo escribo relativamente poco. En primer lugar, ya dije que soy muy moroso, escribo muy lentamente. Otra cosa es que, a medida que escribo, releo y cuestiono lo que queda. Así se me hace un lío a veces entre lo anterior y lo que va a venir, la próxima frase. Ese ir y venir, me parece, es parte saludable de nuestro laburo. Es esa cosa entre placentera y masoquista de la creación. Me gustaría transmitir esa idea.

 

INQUIETANTE POÉTICO

Como no hay viento nos detenemos a contemplar las cenizas que lo cubren todo. Es aterrador: esas cenizas de apariencia inocente representan a la Muerte, a una de sus formas más horribles: la silenciosa y lenta caída del cielo. La soledad no me impresiona. Lo sobrecogedor es la tristeza. Como para esquivar la muerte, como para burlarme de ella, evoco un cuentito.”

 Mempo Giardinelli, “Final de novela en Patagonia”.

¿Y tu relación con lo poético? Hay varias referencias al tema en tus novelas. Nos llamó la atención el verso de Ungaretti que citás, porque ahí se concentra gran parte de tu poética: “¿Cómo es posible que yo aguante tanta noche?”

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Marc Chagall

Yo hubiese querido ser poeta. Empecé vendiendo poesía, soy lector de poesía. Los grandes poemas me parecen sublimes. La emoción que me produce un soneto perfecto, me mata. Te voy a contar algo: en esta misma semana está saliendo en España mi primer libro de poemas, titulado “Tanta noche”. He sido toda mi vida un poeta autorreprimido, frustrado, acomplejado, enamorado. Nunca me atreví. Mi parte narcisista, que no he sabido combatir, no hubiera aguantado. Porque si de algo estoy convencido es que, para ser poeta, tenés que ser un poeta enorme. Poetas mediocres, el mundo tiene tantos como adoquines tenía la vieja avenida Cabildo. Algunos, con hallazgos, lindos versos e incluso premios literarios. Algunos otros, reconocidos casi mundialmente, pero…

¿No creés, como Fogwill, que los malos poetas son también necesarios?

No conocía esa idea de Fogwill, pero si lo pensaba él, yo -seguramente- no estaría de acuerdo. Fue el único colega con el que nunca tuvimos buena onda. Que en paz descanse.

Hablanos de tu libro de poemas.

Es una auto-antología de viejo. Creo que puede estar más o menos digno. La poesía es una cosa muy seria y un estado vital. Pensá en Jacques Prévert o en Juan Gelman. Hay que tener mucho cuidado con lo que uno hace. Yo he leído mucho a Virgilio, he leído “La divina comedia”, la poesía clásica española, Góngora, Sor Juana. Entonces, cuando vos leés todo eso y después, de pronto un día estás escribiendo un poema, o sentís la necesidad de hacerlo, es saludable que aparezca tu otro yo y te diga “Pero dejate de joder…”. Grandes poetas contemporáneos se permitieron ser irregulares, como Neruda. Yo no me lo hubiera permitido. Pero es todo un tema.

¿Hay alguna diferencia entre lo poético y la poesía?

Debe haber. Un gran poema, que yo llamo perfecto, por sonido, por ritmo, por trascendencia, por sugerencia, me deja temblando. Con una gran novela o con un gran cuento es otra la emoción. Anoche releí “Talpa”, de Juan Rulfo. ¡Qué cuento! Pero no me produce lo que un poema perfecto, que es una especie de fulgor. A mí me gusta leer la poesía de pie y en voz alta. Sentir el tañido, como de una campana perfecta. En cambio, la poética en una novela, por ejemplo, requiere otra artesanía. Si uno se pasa tres años escribiendo una novela de cuatrocientas ochenta mil palabras, necesariamente no suena igual, aunque sea una buena novela.

 ¿Cuándo se te hace necesario el poema?

 

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Lee Miller – Images

La verdad es que no lo sé. La poesía se me da muy de vez en cuando. Y también me pasa algo que viene con los años. Uno se profesionaliza. Si me dijeran que tengo que escribir un cuento de cuatro carillas en cuarenta y cinco minutos, a lo mejor lo hago por puro oficio. He escrito relativamente pocos cuentos, siendo el género que más me gusta. Creo que soy más cuentista que novelista, pero debo haber escrito unos setenta cuentos en toda mi vida. No es mucho. Conozco colegas que han escrito más de trescientos. Quizá lo mío se deba a que no escribo nada por encargo, salvo cuando en el diario me piden algo sobre un tema puntual y, aun así, no se da muy seguido. No critico a los colegas que son tan prolíficos para ganarse el puchero. Yo también, de joven, alguna vez fui escritor fantasma, en México y aquí también, porque no tenía un mango.

 

EXTREMAR

“¿Cuál es el verso final, /El imprecisable verso final /Que sintetiza el ansia del regreso? /¿Qué queda del poema, finalmente, /Cuando se ha pensado todo, /Se ha decidido nada? / Y apenas sobreviven /Preguntas inseguridades soledad fracaso dudas /O sea palabras, sueños, nada?”

                                       Mempo Giardinelli

Hay en tu obra muchas referencias al vacío y a la nada. Otra cosa son las referencias a lo extremo, por ejemplo en “Santo Oficio…” la familia Domeniconelle es una familia extrema y sin matices.

Eso no deja de ser una ironía, me arriesgo a decir, porque los Domeniconelle son una familia de extremos pero están llenos de matices. Está Nunzia, que es una especie de bestia desenfrenada en lo que dice, en sus maneras, su conducta, su resentimiento. Pero está también Aída, que es dulce y sabia, y suave. Son veinticuatro mujeres, ahí… Para mí fue apasionante trabajar esa novela. Fue un capolavoro lograr que todas esas mujeres fueran mujeres, pensaran como mujeres y hablaran como mujeres y no todas igual. Un trabajo tremendo, fascinante, que me hizo dar cuenta de que no se trataba de que yo escribiera “como” mujer, sino de ser mujer, llegar a “ser” cada una de esas mujeres, porque de lo contrario no hubiera podido terminar la novela. Tuve que sacar todo lo femenino que había en mí, como lo hay en todo varón. Esa novela me cambió realmente la vida. Por eso la valoro más allá de que a mucha gente le gusta. La estimo porque me cambió la vida.

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El cuello de Lee Mileer – Man Ray

Un buen golpe al narcicismo.

Sí. Se trataba no de vincularse con la otra persona, sino de ser la otra persona. El más macho de los hombres tiene una mujer adentro, así como la mujer más mina tiene un varón adentro. Eso somos.

 Y hay allí un ejercicio de heterónimos…

 mempo3Claro, y por eso digo que el tour de force fue hacerlo en cada caso. Escribir cada personaje, el monólogo de cada una con la arquitectura de un sentir y un pensar que tenían que ser propios y diferentes… Me costó muchísimo y, también por eso, demoré tanto en escribir esa novela, cuyo retardo se debió también a ciertas investigaciones históricas que me demandó la composición de la Argentina a lo largo de cada momento familiar. Son como ciento veinte años y cuatro o cinco generaciones, y yo quería que cada una tuviera una relación con el entorno, con la vida política nacional. En esa época no había Google, no había Wikipedia. Y en México, si quería saber algo de la guerra con el Paraguay o precisar cómo había sido el roquismo, ¿de dónde lo sacaba? Había montones de cosas sobre las que yo tenía cierta información, pero era muy difícil investigar y verificar. Por eso tardé tanto: por la cuestión del lenguaje y por lo que llamaría necesidades ontológicas de cada uno de los personajes.

Una imagen del “Santo oficio…” que me impactó mucho fue la del hombre que lloraba con lágrimas impares: “Hasta que un día que él estaba muy triste, ella le zampó que lo único en que era original era en que debía ser uno de los pocos hombres de este mundo capaces de llorar lágrimas impares, y que eso debía ser porque además tenía la leche débil, y dale con fregarlo con que no había tenido más que un solo varón”.

Suena lindo, sí. No me acordaba… Me alegra que lo traigas. Lo tomo como a esos pequeños hallazgos que a uno le regalan los lectores.

Y, entonces, de a pequeños hallazgos, ella apareció. Sin darse del todo, por supuesto. Y dijo:Que la palabra es viento que habla. Música y modulación. Fuego frío; calor nevado; hielo ardiente; agua seca; desierto de granos multiplicados hasta un número finito. Que la palabra es el aire que nos envuelve. Que es agua; bramido de mar y silencio de estanque. Que es tierra, madre, domicilio, material del amor y la desdicha, ladrillo, piedra, argamasa, construcción, quebradura, camino. Que es el valor de los cobardes y el temor de los valientes. Que la palabra es cifra. Verbo. Dios. (1) Sí, claro. Dios. Qué palabrita. “…hay otros para quienes la lectura y la escritura son, con Dios, la vida misma; esos son los poetas” (2) Bueno, la vida misma, ¿cómo cuál?, ¿en qué desfigura entre memoria y olvido?, ¿en qué regresos?:en los ojos de Enrico estaban los de Gaetano, y en los de éste los del abuelo Antonio, y en los tuyos, ahora que me miras así, están los de los tres, yo no sé, caramba, realmente uno va descubriendo que el que se fue siempre vuelve, de alguna manera, en otros.”(1) Y es en esos retornos de la mirada donde ella aparecía, como en “un silencio (…) lunar, quebrado sólo por el rumor del Polara. El camino es curvoso y de repente hace frío. La vista se pierde en el desierto que hay abajo; uno es incapaz de abarcar la dimensión de un desierto. Es el espectáculo más sobrenatural que he visto en mi vida” (1) Y cuando la luna mete la cola, “por el miedo y la excitación (…) sólo podía escapar actuando, sin pensar, porque la luna del Chaco estaba caliente esa noche, y el calor era abrasador” (3). Entonces, al calor del territorio y antes de escurrirse otra vez entre el paisaje, ella recordó un verso, como una “especie del símil, de la metáfora, del hablarnos y entendernos en la alusión, en la elusión y en la ilusión, para que nada sea, siendo, y todo deje de ser, siendo” (2) Y “las palabras salían como mecidas en una hamaca” (4):

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Raúl Alonso – Figura inútil

                      “Silencio la tierra va a dar a luz un árbol”.                                                                                Vicente Huidobro

 

  • “El santo oficio de la memoria”
  • (Libro de doctrina y comportamiento, de Fray Julio Ignacio Gómez de Oro y Saavedra, 1740) citado en “Final de novela en Patagonia”
  • “Luna caliente”
  • “¿Por qué prohibieron el circo?”

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CALLES DE LA MIRADA

 

El olvido: Entrevista a Eduardo Longoni

Entrevista: Isabel D´Amico, Carolina Diéguez, Gabriela Stoppelman
Edición: Gabriela Stoppelman

 

                                               “En lo que a mí respecta, la toma de fotografías es un medio de conocimiento que no puede ser separado de otros medios de expresión visual.
Es una forma de gritar, de liberarse, no de probar o hacer valer la propia
originalidad. Es un estilo de vida.”
   Henri Cartier-Bresson

La mañana despereza la primera luz del día. Bajo los párpados,  se inquietan las últimas imágenes del último sueño y se mezclan con los primeros anuncios de la vigilia. Desde el desván de la memoria, algo aprovecha el enredo de imágenes e irrumpe. Por ejemplo, un hombre: la silueta de un hombre en medio de una niebla costanera. O un camino de parque, que angosta el otoño hacia el fondo de la escena. O el esqueleto ruinoso de un edificio, abierto en un impensado marco de ventana, se agacha a husmear un cuerpo entre los escombros. De pronto, el paisaje desenrolla una calle, como quien despliega una alfombra de adoquines para que prepoteen por ahí las urgencias de la jornada. El tiempo es a veces muy hostil. Entonces, la calle – aún  a medio extenderse- se multiplica en capas. Sobre un pliegue del asfalto, hay un hombre de espaldas. Lee. Ahí la calle desciende en un valle y vuelve a ascender por una pequeña loma. En ese punto hay otro hombre que lee. De frente. Desde este momento, un raro espejo de opuestos y matices despliega atajos, esquinas, avenidas y bulevares. Y así la calle de la mirada se vuelve un pulpo, diseminado en años de historia y en fugacidades del instante. Quién hubiera dicho que habría tanto para andar por un espacio de apariencia tan estrecha. Pero el paso no se amilana y se atreve en interiores. Adentro, una hilera de luces encapuchadas custodia un silencio. Adentro, una abuela sueña con el rostro de su nieto. Y no va que su nieto despierta, cámara en mano, con la mirada impregnada  por el rostro de su abuela. Y mirá: la abuela también lee. O busca dentro de un libro la voz justa, una voz capaz de sonar desde la ausencia, una voz que convoque a todas las voces cercenadas, a las mañanas mutiladas, a los sueños quebrados antes del amanecer. Una voz que les devuelva el paso por las calles de donde fueron expulsados. Un timbre, una cadencia. Aunque más no fuera, un contorno de niebla, una hilacha de cuerpo que funcione como palabra, como imagen, restitución.

Camina la abuela por la calle y busca. Parece que aún no ha encontrado. Pero extiende la voz hacia la esquina, extiende la esquina hacia el horizonte, extiende el horizonte hasta el margen de una costanera donde, entre lo difuminado, aparece – por fin- el contorno de una figura humana. Entonces, Eduardo Longoni  también se echa a andar.

E. Longoni, “Aires de buenos tangos”

 

RELATO DE TRIPLE VÍA                                                                                                                       

“Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.”
Roland Barthes, “La cámara lúcida”

Nos llamó la atención el epígrafe del libro: “La vida no es lo que uno vivió sino lo que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. ¿Cómo influye el olvido en tu modo de contar lo que viene alrededor de las fotos?

Esa es una frase de García Márquez que me pareció genial. Cuando contás una anécdota de tu pasado, desde el primer instante, la anécdota reemplaza al hecho que contás. Uno luego va haciendo variaciones sobre la anécdota y no sobre el hecho. El libro empezó en una doble vía que en un momento se unificó. Por un lado, yo estaba dando una charla sobre un libro anterior, “Violencia”, que recoge la mayoría de mis fotos periodísticas. Esto fue en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. Me dije: las fotos están aquí, van a quedar cuando yo me vaya, pero lo que acabo de contar se va a ir conmigo, salvo que alguien lo haya grabado. A partir de eso, recordé que, en mis comienzos- allá por el ’79-, yo veía los primeros libros de fotos y me quedaba con las ganas de saber qué cosas rodeaban a esas fotos, qué sentía el fotógrafo. Esos alrededores, escritos en primera persona por fotógrafos, casi no existen, hay muy poco. Está “Ligeramente desenfocado”, de Robert Capa, que hace un racconto de sus aventuras durante la guerra, más que sobre sus fotos puntuales. Esos relatos tienen mujeres, tienen juego, tienen todo lo que tenía él: un tipo con glamour y, seguramente, encantador. Bueno, se unieron la charla y ese deseo de conocer qué sucedía alrededor, mientras el fotógrafo sacaba la foto, y decidí ponerme a escribir. Aparte, había una tercera vía: yo pasaba un momento malo en el diario Clarín, me estaba yendo después de mucho tiempo de trabajar allí. Las internas de las empresas grandes son matadoras. Trabajé veinticinco años en Clarín: empecé como editor de fotografía de la revista “Viva”, me peleé con el director del diario, volví, fui, vine, bueno… En un momento me quedé haciendo casi nada y recordé que, cuando yo entré -con toda la potencia del mundo-, había mucha gente en esta misma situación, como de vuelta. Había un editor a quien yo quise mucho, Miguel Ángel Cuarterola. En aquellos tiempos, yo le decía a Miguel Ángel que, a nosotros, quienes entrábamos a reemplazar a esa gente que estaba como vencida, nos iba a pasar igual que a ellos, al cabo de un tiempo. Él no llegó a verlo porque murió muy joven de un ACV, pero yo sí lo viví. Entonces, como no tenía nada para hacer en el diario y siempre pensé que en este tipo de crisis hay otras oportunidades, me puse a escribir. Este libro está íntegramente escrito en el diario. Lo tomé como una especie de cábala, sólo escribía en el diario. Cuando terminé de hacerlo, se me ocurrió lo del epígrafe, porque no podría asegurar que las cosas fueron como las estoy contando, son mi recuerdo, mi relato. Tal vez, me quedó alguna cuestión de mi carrera inconclusa, la de historiador: esto de intentar ser lo más preciso posible en el relato de un hecho histórico. Yo no me permití ser preciso ni pretendo tener un lenguaje de escritor, porque no lo soy. Quise que no perdiera esa frescura. Fue como contar veintipico de anécdotas, nada más, no es un intento de tomar un nuevo oficio. Me encanta mi oficio de fotógrafo, más allá de que estoy escribiendo un libro de mis anécdotas con Sábato y Benedetti, con quienes tengo montones. Pero, en lo esencial, no intento de ninguna manera reemplazar lo que está en las fotos con mis recuerdos. Ahí está lo que las fotos no pueden mostrar. Entre otras cosas, está la anécdota de cuando Benedetti me dice “Bueno, si vos no venís, yo no podré escaparme a comer”.

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E.Longoni, “Benedetti en su tierra”

 

UNA ABUELA EN VOZ ALTA


“En mi corazón sonaba/el reloj sobredorado /de mi abuelita.”
 Federico García Lorca, “La hora esfinge”


Me quedan varias cosas de lo que dijiste. En principio, la diferencia de cómo suceden las cosas con la escritura- en relación a la memoria verbal de lo que uno vivió- y lo que pasa con la foto. La escritura se da siempre después del hecho. En la foto, con el tiempo, puede cambiar la percepción al mirarla, pero no la foto en sí, ella no es un “después”.

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E.Longoni, “Lezama”

 Es que la fotografía es el plano, el momento y el lugar donde elegís tomarla. Ahí ya está tu subjetividad. Eso sólo se resignifica con la historia de la foto, sobre todo, cuando es documental. La foto del Parque Lezama, por ejemplo, yo la tomé cuando era relativamente joven, creo que acababa de nacer mi hija, Paloma. 

A los ochenta años, quizás esa foto me genere mayor nostalgia que ahora, cuando no pasó mucho desde que murió mi viejo. Esa foto tiene como única posibilidad resignificarse. La cosa queda clara en la foto de Videla rezando. Lo que uno puede escribir sobre lo sucedido pasó alrededor tiene varios estadios.

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E.Longoni,”El gran dictador Videla”

Y, en el libro, la escritura tiene varias funciones. En algunos casos das un contexto con palabras, en otros las palabras transforman la foto en un documento. Por ejemplo, la foto del pulóver devuelto a sus dueños kelpers, por un solado de Malvinas que se lo había llevado sin permiso de esa casa.

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E.Longoni. “La historia de un                             pulover”

La escritura también restituye sonido, olores… ¿Cómo podríamos saber que vos te aliviaste por la muerte de tu papá cuando apareció ese hombre en el medio de la foto, si la escritura no lo hubiera agregado? En ese sentido, el texto parece como una continuación de la imagen por otros medios, no como dice al principio Pigna, que todos los textos son un epígrafe de la foto, nosotros no lo vivimos así en la lectura. Creo que, si uno le saca el texto al libro, el libro se cae.

Sí, claro. Sería otro libro, totalmente. Todas estas fotos, salvo la última de Estela, estuvieron publicadas en medios periodísticos o en otros libros míos.

  

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E.Longoni. “El sueno de Estela”

Las fotos sobre la situación social y política, por ejemplo, estaban en mi libro “Violencias”, o las de los monjes, en “Destiempos”. El único sentido que tiene que estén juntas son los textos. Y, además, es el recorrido. Lo que me empezó a interesar al compás de ir escribiéndolo, es el recorrido de un fotógrafo. Cuando empecé a trabajar en Noticias Argentinas, en el ’79, jamás se me hubiera ocurrido la foto de la niebla en Buenos Aires porque el paisaje no era lo que me interesaba, ni tampoco Sábato o Benedetti y mucho menos la fe. Hay un recorrido ahí vinculado a las obsesiones de cada uno. Últimamente creo que uno gira sobre dos o tres cosas, incluidas en la infancia y en la adolescencia. Siempre me preguntan qué me pasó con la fe, si me volví místico. Qué sé yo. En las últimas charlas que estoy dando, empiezo por mostrar una foto que no está en este libro, que es la primera de la que tengo recuerdo haber hecho: una foto de mi abuela.

E.Longoni. “Mi abuela Manuela”

 

Ella era una andaluza nacida en Jaén, venida a los diecisiete años a Buenos Aires. Aquí no frecuentaba mucho la calle: se había metido en su casa y había tenido sus hijos. En el año ’50 echó a su marido de la casa y mantuvo la familia unida. No es que haya mantenido a sus hijos porque los mandó a laburar a todos: mi viejo dejó la escuela en 2° grado, fue a trabajar a panadería y laburó toda su vida. Pero mi abuela mantuvo unida esa familia, en cuyo seno yo nací, entre un montón de gente: mi tío, mi tía, mi prima, una especie de conventillo de clase media. En sus últimos años, mi abuela se había vuelto una especie de mística, que solamente escuchaba ópera y leía La Biblia en continuado. Un personaje. Yo hice el secundario en el Nacional Buenos Aires, así que estaba muy politizado desde chico. Militaba en el PC y, cuando volvía de las marchas en los ’70, mi abuela estaba leyendo La Biblia y yo le pedía que me la leyera en voz alta. Entonces, nunca leí La Biblia pero mi abuela me la leyó toda y me la explicaba, además.

¿Toda la Biblia?

 

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E.Longoni. “Hábito Benedictino”

Toda. No sé si ella la habrá entendido. Yo tampoco. En esa época intentaba con todas mis fuerzas leer y entender “El Capital”, cosa que no logré nunca, así que esto era La Biblia y la Militancia, más que la “biblia y el calefón”. Entonces, la fe -como tema presente en mis fotos- tiene que ver con recuperar quién era mi abuela y tratar un poco de entenderla. Más allá de que ella era súper católica, de que yo fui obligado a tomar la comunión. En la iglesia me aburría muchísimo y nunca más volví -nadie volvió a la iglesia de mi familia-. La fe tiene que ver con acercarme a un tema que desde chico me fue caro, pero por mi abuela. Recorrí cinco años la Argentina, fui a toda clase de manifestaciones de fe, a monasterios y demás. Era como perseguir una quimera, ¿cómo iba a entender la fe desde las fotos? La fe se siente o no se siente. Pero, bueno, me sigue produciendo una fuerte inclinación. En enero de este año decidí ir a dar vueltas por la Argentina sólo, en mi auto. El primer lugar al que fui fue un monasterio benedictino en el que me quedé tres días encerrado.

Me parece mágico lo que hay allí. Nunca más mágico que los cartujos, que es como retroceder al medioevo. Mi experiencia con los cartujos es como una de las más fuertes que tuve.

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E.Longoni, “El secreto de los monjes “

A esto me llevó la fotografía, siempre digo que recorrer el mundo, entrar al Vaticano, estar en La Tablada o dentro del monasterio de los cartujos es algo que vino agregado en mi cámara.

EL ESPEJO BIFRONTE

Vas como la canción en el silencio/y como van las nubes en la lluvia./
Vas como va el recuerdo en el olvido”
Salvador Elizondo, “Contubernio de espejos”

La reflexión que hacés sobre el tiempo que se suspende, respecto del monasterio, la relacionamos con la vivencia de la fiesta del Gauchito Gil, que llamás la fiesta de la fe bestial. 

La observación sería: ¿qué fe no es bestial?

Cierto. La del Gauchito parece una celebración festiva y placentera. Y si uno lo compara con Abraham yendo a matar a su hijo por orden de su Dios o con el Cristo sangrante… 

Sí, es verdad. Cuando hablo de una cuestión de fe bestial hago como un corte en el tiempo. Los cartujos tienen una especie de fe recatada en su cotidianidad, mientras que- en el Gauchito Gil- está el chancho asándose en la parrilla, la gente que toma vino y fuman porro.

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E. Longoni, “La argentina profunda”

Están los que le llevan la botella de vino al santo y quienes, como es un santo vinculado también a la cosa tumbera, se la llevan, porque es lícito hacerlo, no es un robo. Uno deja y otro lleva. En ese ese corte del tiempo lo viví yo. Pero, reflexionando, es cierto que es mucho menos bestial asar un par de chanchos, fumarse un porro y robarse un vino que quemar en la hoguera a una persona porque alguien dijo de ella que es una bruja.

E. Longoni, “El secreto de los monjes”

Esas dos fotos son como un espejo de opuestos. Una cosa muy recatada y silenciosa, por un lado, y otra muy exuberante y desbordada, por otro. Ese espejo se ve también en las fotos donde aparecen multitudes – donde el amontonamiento apenas permite, acá y allá, una ventanita-, en oposición a esos hombres solos. ¿Hubo un criterio de edición respecto de esto?

Longoni, “Vista al frente”                                                         Longoni, “La batalla de la plaza”

No. Siempre me resulta interesante el análisis que se hace a posteriori de algo que sale medio verborrágicamente. Si tengo que decir por dónde vino la selección de fotos, empezó en esa charla de la Universidad que te contaba al principio. Ahí comencé a escribir a ver qué me salía. Empecé con algunas fotos que tenían una historia, como la de Maradona. Sobre esa, conté diez millones de veces la anécdota.

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E.Longoni, “Maradona”

Después, me di cuenta de que había cuatro o cinco fotos que me funcionaban como historia. También decidí que no podía dejar afuera ninguna de mis fotos más conocidas o clásicas: la de La Tablada, la de las Madres y los militares y otras.

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E.Longoni, “Desaparecidos. La Tablada”

A su vez, sucedió que hay más de una foto que representa el mismo momento de mi vida o el mismo contexto, entonces tuve que tomar la decisión de poner sólo una de ellas. Es decir: no hubo un criterio previo sobre multitudes o soledades. Lo que más me sigue atrayendo de la vida de fotógrafo es el poder estar en un montón de lugares distintos, donde me siento igualmente cómodo: en el Vaticano con el Papa, en el barro de una villa, en La Tablada en medio de las balas y en el monasterio. Un fotógrafo documentalista tiene que ser curioso.

Y nómade.

Sí. Los hay más nómades que otros. Cartier Bresson estuvo en un montón de lugares, pero no hizo lo mismo que Koudelka que se fue con los gitanos y vivía en una bolsa de dormir a la intemperie porque se la bancaba. No lo veo a Cartier Bresson haciendo eso.

¿Y a vos?

No sé si ahora, pero lo he hecho en otros momentos. El primer alzamiento carapintada en la Escuela de Infantería duró cuatro días, durante los cuales yo me quedé durmiendo dentro de un auto. Quienes estábamos allí no entrábamos todos en los autos que había así que dormíamos por turnos. Supongo que la fotografía de la calle te resta más potencia física. Si yo fotografiara en un estudio -no tengo ni la menor idea cómo se hace eso-, podría conservar más tiempo intacta la cuestión física. En la época de la dictadura, de las marchas y de la represión. Yo iba a entrenar para poder correr más rápido que la policía, para mi laburo. Eso seguramente no me va a pasar ahora. El otro día estuve en la Panamericana y Ruta 197, pero a uno ya lo ubica la intuición. Ya no corro más rápido que los fotógrafos más jóvenes o que la Gendarmería, excepto su jefe que era un panzón.

 

SIN LUZ A LA LUZ

                                   “De la noche vengo. A la noche voy. Un solo relámpago
de luz turbia mi cuerpo.”

Miguel Ángel Bustos

 

Varias veces nombrás a Cartier Bresson, hay una frase muy bella sobre el respeto a la luz…

Sí. Él decía que no hay que usar flash por respeto a la luz. Yo doy talleres y trabajamos mucho sobre monstruos de la fotografía. Siempre me interesa contar la extracción social de cada uno de estos fotógrafos. Cartier Bresson era un tipo de una cultura vastísima, tenía mucho dinero y empezó pintando con un pintor surrealista, André Lhote. Su familia tiene la hilandería Cartier Bresson, muy prestigiosa allá. Él hacía fotos en los lugares que elegía, porque no tenía que vivir de la fotografía. Entonces fotografiaba lo bello. Mirá, yo nunca hice un taller de fotografía, salvo un breve curso de cómo revelar y copiar, en el Foto Club de Buenos Aires. Cuando empecé, en el ’79, no sabía nada. Mi escuela fue “Noticias Argentinas”, entre gente experimentada. A ellos les gustaban algunos autores, entre quienes figuraba Cartier Bresson. Había una librería muy cerca de “Noticias Argentinas”, se llamaba “Documenta” y allí me compré mi primer libro de fotografía: uno de Cartier Bresson. Lo dejaba en mi mesita de luz a ver si me entraba, algo aunque fuera por ósmosis. Pero, claro, para mí la fotografía era la fotografía de Koudelka, que había fotografiado los tanques del Pacto de Varsovia entrando a su ciudad, Praga, y había hecho de eso un documento único. Acá, la invasión a mi país era del propio ejército argentino, eso me interesaba entonces y no la belleza de la fotografía por sí misma. Pero agradezco a los fotógrafos que me “obligaron” a comprar ese libro, porque si hoy, por alguna razón entro en crisis con la fotografía, agarro ese libro. Muchos dicen que Cartier Bresson es el padre del fotoperiodismo y yo creo que no. Su fotografía no tenía que ver exactamente con eso. Sí creo que él es la mirada del siglo XX. Cuando hablaba de la luz decía: siempre hay luz para fotografiar, la del mediodía será más dura y la de la noche más débil o artificial, pero no hay que agregarle luz a esa que ya hay. Por ese motivo, en mi vida, yo traté de usar lo menos posible el flash. A veces, es imposible. En la foto de Mercedes Sosa y Charly García cuento esa historia. Sólo había una luz cenital, tan pobre, que fotografía iba a ser hasta fantasmagórica. Así que, con todo el dolor de mi alma, tuve que usar un flash.

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Longoni, “Hablando a tu corazón. Mercedes y Charly”

 Pienso que, para Cartier Bresson, esa no hubiera sido una escena bella y no la hubiera fotografiado. Yo tenía que hacerlo, entre otras cosas, porque era para una nota de Clarín.

 

EL OFICIANTE DE LA MIRADA

           

                                               “Anotar: en la siesta que arde/la noche voluntaria hace señas, /desde lejos, ubicua, /en la constancia amarilla./Anotar:/viñas verdes sobre tierra roja. /Anotar que la liebre, presa y escándalo, /desea al faro que la inmoviliza. / Anotar: abismos soleados/ en días cuyo nombre es legión.”
 Juan José Saer

Bresson también decía que la cámara es una libreta de apuntes. Si lo entendimos bien, y siguiendo la metáfora cuando sacás la foto, ¿tenés nada más que el apunte y después viene la escritura? 

Tengo la sensación que, sobre todo ahora, en la época de la digitalización, hay gente que fotografía todo el tiempo. Hago un paralelismo con un cronista que va a una marcha y está toma nota sin parar, metido en su libreta. Así deja de ver qué está pasando a su alrededor. Yo siempre hice pocas fotos. La Final del Mundo de Argentina en México, para mí se redujo a cuatro rollos, cuando había gente que sacó cincuenta. Quizás en ese momento tuvo que ver con una economía de recursos porque trabajaba para una agencia y era yo quien tenía que revelar, mirar, copiar. Pero, en definitiva, me parece bueno que haya sido así, porque fotografiar poco me permite mirar mucho. Y en ese sentido hablo de la libreta de apuntes, en el sentido de tomar la menor cantidad de fotos posibles, para poder mirar el hecho. Yo creo que el fotógrafo trabaja mucho más sin la cámara que con ella. La cuestión es mirar y saber dónde estar, buscar una posición, meterse en un tema. No es que yo le haya tocado timbre a los cartujos para pedirles fotografiarlos. Me costó mucho poder entrar ahí, años de ganarme su confianzas. No hace mucho leí una nota que, en tono de broma, decía: si Cartier Bresson hizo quinientas mil fotos en su vida, a 125° de segundo por cada una, habría trabajado quince minutos en toda su vida. Es un chiste, pero me sirve para decir que lo más importante que hace un fotógrafo, lo hace antes de la cámara. Es vivir, digamos. Y también está la paciencia. A veces estás horas en un lugar y no lográs la foto que querías.

Contás un par de cosas extrañas sobre la relación entre el deseo y la foto conseguida. En algún momento decís que se filtran cosas en la foto como si metiera la cola el azar, cosas que no ves cuando la sacás como lo del fiscal Strassrera. Y en otro momento volvés al cementerio de Malvinas y la realidad que tenías ahí se adecua a tu ideación.

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E. Longoni. “Nunca màs. Juicio a las juntas”

Bueno, no es que imaginaba la foto que finalmente hice. Esta se adecuaba a la sensación de tristeza que yo tenía en ese cementerio. Había algo que me estaba ocurriendo y no lo podía trasladar a mi cámara. Hay un fotógrafo mexicano, Francisco Mata Rosas, que fotografía mucho la calle, un tipo muy interesante. En un reportaje dice que, cuando él está en una situación donde sucede algo y no lo puede traducir con su cámara en una imagen, se relaja. Guarda la cámara en el bolso y se dedica a disfrutar, eso que ve le va a servir en otra ocasión. Creo que, junto con lo que hablábamos de Cartier Besson, son de esos preceptos que se dan en condiciones de humedad y temperatura de laboratorio. Si vos estás trabajando para un medio, eso no te lo podés permitir. Yo estaba en Malvinas trabajando para Clarín y no podía decir que no podía traducir el momento en una imagen y que mejor volvía dentro de un tiempo a continuar el trabajo. 

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E.longoni, “Tumbas de la guerra. Malvinas”

Ahí apelás a tu oficio. Con un montón de años encima, hacer una foto de un cementerio no es tan complicado, pero no era la foto que yo quería. Yo estaba consciente de que me iba de ese lugar sin haber podido captar algo que era mi estado de ánimo. Bueno, finalmente, se dio esta historia del auto y de la lluvia y entonces sí pude concretar eso.

Después de caminar entre restos de artillería en Monte Longdon, de encontrar lo que fue una cocina de campaña en el Tumbledown y de sentir escalofríos ante una trinchera que, en algún momento, funcionó como el refugio de un soldado argentino, llegué al cementerio de Darwin. Era un día nublado, amenazante. Bajé de la camioneta de Patrick Watts, el guía que había conocido en mi primer viaje a las islas, y me paré a cierta distancia de las cruces. Tomé fotos durante una media hora. No encontraba el ángulo o la lente indicados. Algo pasaba. Caminé por el cementerio, di vueltas y más vueltas. La escena en vivo y en directo me emocionaba mucho más que lo que lograba retener en la cámara. No podía transmitir mis sensaciones. No podía traducir mi ánimo ante la desolación. Seguí intentando y bajé la cámara. Encendí un cigarrillo. No creo en la inspiración divina. Patrick se había puesto impaciente, me apuraba. A nuestro plan para ese día le faltaban varios kilómetros y si no arrancábamos nos iba a tapar la noche. Ya rumbo a la Bahía de San Carlos, lugar donde desembarcaron los ingleses, comenzó a diluviar. Yo iba con los ojos cerrados. Adormilado y con bronca por no haber logrado una foto que me gustara del cementerio. Abrí los ojos en una frenada. Delante, el parabrisas de la camioneta estaba empapado; la luz, bajísima; la tormenta, en su máxima expresión. En ese momento se me superpusieron dos imágenes: el cementerio que había dejado atrás y la lluvia que se transformaba en llanto. Lágrimas torrenciales. “Volvamos al cementerio”, le pedí ansioso al conductor. Llegamos y el agua caía a cántaros. Estacionamos a unos cinco metros de la cerca del cementerio, de frente a las cruces. En mi pésimo inglés le indiqué a Patrick que apagara el limpiaparabrisas. El agua se fue acumulando y las imágenes que había superpuesto en mi mente empezaron a corporizarse. Comencé a fotografiar desde adentro de la camioneta. Veía cómo las gruesas gotas iban deformando la imagen de algunas cruces y cómo realzaban otras. Al fin pude volcar en mi cámara, convertida en libreta de apuntes, lo que sentía

A veces no se dan las cosas. Mirá, el otro día fui a la plaza del 2×1 y no estoy contento con las fotos que hice. Yo confié en que toda la gente en un momento se iba a poner los pañuelos en la cabeza y entonces elegí una posición- no arriba del escenario- que me parecía la mejor para esa foto. Bueno, no sucedió como pensaba. La gente agitó los pañuelos y la mejor foto estaba, efectivamente, desde arriba del escenario. 

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E.Longoni. “No al 2×1″

Vos fuiste como fotógrafo, pero también como ciudadano.

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E. Longoni.”Ataque guerrillero a La Tablada”

Sí. Pero esto no genera contradicción. A las marchas también iba como ciudadano y fotógrafo a la vez, pero tenía claro quién era el enemigo. Lo mismo con Videla rezando, no es que yo iba a hacer propaganda de la dictadura, sino que pensaba: en algún punto, eso me iba a servir para simbolizar la connivencia de la Iglesia con los milicos. La fotografía no demuestra sino que simboliza, salvo pocas veces, como la fotografía de La Tablada. Allí hay dos tipos que se rinden y después desaparecen, eso demuestra que los mataron. Uno más uno es dos. De hecho, el Mayor que se hizo cargo de ellos dos y el General al que Alfonsín le encomendó recuperar La Tablada están presos por esta foto.

 

A la Iglesia no se le hizo un juicio por la connivencia con la dictadura, esa otra foto es un símbolo.

  

LA INVISIBLE COTIDIANA

 

                                                           “Una buena foto es la que no puedes olvidar”
  Josef Koudelka

 

Es la foto de Videla rezando, él está arrodillado y vos en cuclillas, tu presencia es evidente. Hay otras fotos donde parece que quisieras invisibilizarte y el texto restituye tu presencia como imagen dentro de todo esto.

Yo trabajé toda mi vida como fotógrafo documentalista, más allá de los retratos de Sábato y Benedetti u otros. Siempre traté de invisibilizarme, intenté que la cámara se hiciera invisible a través de ser cotidiana. Con Sábato, estuve dos años casi conviviendo y la cámara era parte de mí, digamos. La cámara siempre cambia la escena. Si yo levanto una cámara ahora, vos cambiás tu postura, aunque sea instintivamente. Pero si nosotros convivimos dos años y mi cámara está siempre conmigo, cuando yo la levante ya será parte del paisaje. Otra cosa es tratar de pasar desapercibido en la sorpresa, en el hecho puntual. Evidentemente, en la foto de Videla yo pasé desapercibido para él, pero no para sus custodios. Sin embargo, para ellos, mi trabajo no era algo que tuvieran que impedir. La Capilla Stella Maris estaba llena de fotógrafos, todos ubicados del otro lado, yo ya había hecho dos millones de fotos de Videla en la comunión y cosas así. Esto tiene que ver también con la observación. Yo ya había pasado por situaciones así, donde no me dejaban pasar o no podía cruzarme y no había podido hacerlo. Ese día decidí arriesgarme y salió.

Hay entonces un riesgo que corrés y que puede o no resultar finalmente.

Claro. Cuando, en la plaza del 2×1, levantaron los pañuelos en vez de ponérselos, me di cuenta: elegí mal. Hice otras fotos -buenas-, pero no coincidían con lo que yo quería.

¿Eso es frustrante?

Sí lo es. Yo hice ese día una foto que me gusta mucho, pero el problema es que compite con la que no está, con la que no pude hacer.

¿Te pasó alguna vez de hacer una foto que se te desvío del deseo, pero que resultó mejor que la deseada?

Muchas veces pasó. Y muchas veces, arriesgando, perdí la posibilidad de la foto que quería hacer. Además, los fotógrafos mostramos las fotos que hicimos y conservamos, no podemos mostrar las que nos llevó la policía. Ahora me estás haciendo pensar en la frustración por las fotos incautadas. Son fotos que yo hice aunque no las pueda ver y con las que estaba medianamente conforme, según recuerdo, pero el acto de fotografiar y de estar en el lugar indicado estuvo. Es buen tema para una charla… Cuando yo empecé a trabajar en “Noticias Argentinas” éramos un grupo reducido, de diez fotógrafos, suponte. Había mucha reflexión sobre la producción. Por ejemplo -lo cuento en el libro-, en la foto de las Madres con el policía caballo, ellos me decían que no tendría que haber estado en esa posición, porque la foto estaba hecha desde el lugar de un manifestante. El discurso de ellos era que, estando en ese lugar, son más las veces en que uno va a cobrar un palazo y le van a sacar la cámara que las que va a lograr la foto.

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E. Longoni, “Marcha por la vida. 1982″

 

En realidad, te estaban bajando la línea de cuál debía ser tu posición en el conflicto.

Sí, puede ser. Desde que dejé Clarín, ya no hago fotos por encargo, vivo de los talleres que doy y veo si puedo colocar mis fotos a coleccionistas. Ahora estoy armando algo con la calle, veo que hay mucha más gente viviendo en la calle con este gobierno y además veo más gente dirimiendo las cosas en la calle, desde movidas a favor de Macri o en contra del 2×1, paros, lo que fuera. La gente está en la calle de nuevo. Lejos de lo que le parece a muchas personas, yo creo que eso está muy bueno, quiere decir que la olla no está tan a presión. Mirá, uno de los logros más lindos que uno puede tener dando un taller es que la gente que lo hace después empiece a laburar y hacer algo con la fotografía. El día del paro nacional, en Ruta 197 y Panamericana, que la última represión grande de este gobierno, me encontré a dos chicos que, en años diferentes, habían hecho mi taller donde yo muchas veces hablo de mi experiencia como fotógrafo de prensa. Entonces, estaba claro que ahí iba a haber represión, me di cuenta apenas llegué. Me pasaron varias cosas: una es que algún fotógrafo que estaba dando vueltas por ahí dijo que se iba porque allí no pasaba nada. Yo le dije “No te vaya…” Ahí me encontré con estos chicos, empezó el quilombo y yo me puse a hacer fotos. En una, está la Gendarmería y el arco iris, se formó porque estaban reprimiendo con agua y había sol. Una foto rara, qué se yo.

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E. Longoni, “Gendarmería y arco iris”

Bueno, los dos chicos estaban del lado de los manifestantes y quedaron casi ciegos tres horas, porque Gendarmería tiró gas pimienta. En ese sentido recordé lo que me decían en “Noticias argentinas” sobre la posición. No te podés quedar del lado del manifestante. 

Bueno, una cosa es que te lo diga el jefe y otra que lo diga el coordinador del taller…. 

Sí, pero en “Noticias argentinas” éramos un colectivo de fotógrafos opinando sobre el trabajo. Había un jefe pero, más allá de las posiciones y filiaciones políticas, todos estábamos en contra de la dictadura. Esto venía a cuento de la invisibilidad de la cámara. Cuando te pusiste en la posición equivocada, tu cámara empieza a ser visible. O vos. Bueno, estos alumnos míos que se quedaron del lado de los manifestantes se hicieron visibles para la Gendarmería y recibieron los mismos gases que los manifestantes. Yo estaba en otro lugar donde era posible hacer una foto, pero era invisible. Ahora ¿cómo se hace eso? Hay una cuestión ahí de intuición, de olfato o de mucha práctica. No lo sé bien.

 

LUZ, CÁMARA, VOZ

 

                      “Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje”.
                                                                                                Henri Cartier-Bresson

 

¿Y tu intuición cambió con el tiempo?

No. Mirá, hace un tiempo me dije que no iba a hacer más fotos en manifestaciones. Ahora volví a hacerlo. Estoy invicto en cuanto a que nunca ligué un balazo de goma o un palazo. Lo más cercano fue que la policía me haya llevado una película. Creo mucho en la suerte, mucho. Sobre todo, cuando recopilo las fotos y veo que se filtró Strassera entre dos comandantes, que Maradona hizo el gol con la mano cuando yo estaba ubicado en un mal lugar y registré eso en una foto… En La Tablada,  tuve un momento de inspiración y también de apuesta. En ese lugar estuve durante horas y no pasaba nada, veía a otros fotógrafos sacar fotos de alguien que salía en una camilla o de una detención -porque detuvieron a mucha gente ahí-, veía que me perdía esas fotos porque no es lo mismo la potencia de la foto de un herido en una camilla desde un metro de distancia con un gran angular que con un teleobjetivo a dos cuadras .Pero, finalmente, se dio, casi como una escena teatral. 

Esto de la intuición lo relaciono con lo que escribís al final del libro sobre Estela, que venías de mucho tiempo sin fotografiar y sentías que habías perdido la voz ¿Qué es perder la voz para un fotógrafo?

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E.Longoni, Tapa de su libro “Imágenes apuntadas”

Perder la voz es no fotografiar. No había perdido la intuición, pero sí las ganas de fotografiar, los temas. Me había invadido algo negativo. A mí me costó mucho competir con mis primeras fotos. A lo largo de treinta y ocho años, tengo la sensación de que- por lecturas, por reflexión o por mirar fotos- soy mejor fotógrafo ahora de lo que era a mis veinte años. Pero no puedo competir con aquellas fotos, por lo que pasaba en el país o por lo que fuera. Mis fotos son muchísimo más conocidas que yo y esto es por la circulación que tuvieron, por lo que significaron, por el conocimiento. La del gol con la mano, la de las Madres y el policía a caballo y la de los militares: no es extraño que se hable de esas tres fotos, creo que la noche más oscura de la Argentina es la dictadura. Y el último día en que la mayoría de los argentinos estuvo feliz fue cuando Maradona le ganó a los ingleses con ese gol. Son como dos polos de la argentinidad. El año pasado se cumplieron treinta años de ese partido con Inglaterra y me llamaron veinticinco radios para hablar sobre la foto de ese gol. A los siete días, se cumplieron treinta años de la final de ese mismo campeonato y nadie se acordó, porque el partido histórico es ese, el del gol con la mano. Entonces, esas fotos tienen atrás hechos muy significativos para nosotros…

Pero también hay una significación para vos, para tu vivencia. En ese momento no sabías cuál iba a ser la repercusión y qué iban a significar. ¿Fueron esas las más intensas para vos?

Seguramente, no. En el acto de fotografiar uno nunca sabe qué es lo que va a resultar. Cuando hice la foto de Maradona, pensé que todo el mundo la tenía. Después reflexioné: yo estaba mal ubicado, los demás estaban en la ubicación correcta. Es una foto insólita. Si te ponés en una cancha, vas a ver que nadie hace una foto de un defensor dándole la pelota al arquero o, por lo menos, ningún fotógrafo apunta la cámara al arquero en ese momento. El arquero puede caerse y la pelota seguir y convertirse un gol, puede pasar en un partido de la B o en un campeonato del mundo, pero nadie va a estar ahí para sacar esa foto.

 

 NIEBLAS DE AUSENCIA

 

Entre las muchas formas de combatir la nada, una de las mejores es hacer fotografías.”
                  Julio Cortázar

 

En los relatos se siente que las fotos más intensas son las de las ausencias.

Muchos fotógrafos han intentado fotografiar la ausencia. Lo hablo mucho en mis talleres. Tal vez lo hice, sin tener mucha conciencia de eso. Se han hecho grandes ensayos fotográficos acerca de la dictadura y la ausencia que eso significó: Martín Acosta, Pantoja, un montó trabajaron sobre escenarios de la dictadura, sobre el Río de la Plata, sobre Hijos. Lucía Quieto es hija del Negro Quieto, militante montonero desaparecido y asesinado cuando su mamá estaba embarazada de ella. Para un trabajo práctico de una escuela de fotografía- y desesperada porque no lo podía entregar- se le ocurrió proyectar dos fotos que tenía de su papá sobre una pared y fotografiarse al lado de esa imagen. A partir de eso, hizo un ensayo monumental, súper duro y súper conmovedor. Creo que ahí se está fotografiando la ausencia. Yo nunca pude hacer eso, fotografíé como pude a la dictadura. Nunca se me ocurrió fotografiarlo a posteriori porque, una vez más: sentía que no iba a poder competir con mis propias fotos.

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E.Longoni, “Aires de buenos tangos”

 

El paisaje estuvo desierto hasta que apareció una figura humana difusa, solitaria. Era el pequeño punto que equilibraba la imagen, que la habitaba. Resultó una foto serena que me tranquilizó. Esa sensación me invadió de a poco. Las fotos de ese Buenos Aires nostálgico me fueron, así, calmando. A la vez, me empezó a entusiasmar pensarlas en conjunto, un proyecto que algunos meses después se convirtió en libro. Aires de buenos tangos, el título, se le ocurrió a mi amigo Guillermo en una de esas sobremesas nocturnas infinitas. Ya tenía un título. Después de revisar decenas de rollos, de probar con varias imágenes, me quedé con la foto de la costanera. En esa mañana de niebla, con sus grises en armonía, había encontrado la tapa del libro

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Longoni con El Anartista




TODO AL 17

El olvido: Entrevista a Taty Almeida

Entrevista: Lourdes Landeira, Nicolás Sada, Víctor Dupont, Gabriela Stoppelman
Edición: Gabriela Stoppleman
Fotografía: Anne Diestro Reátegui

 

TODO AL 17

Si la muerte me sorprende/de esta forma tan amarga, pero honesta, /
si no me 
da tiempo a un último grito desesperado y sincero, /
dejaré el aliento, el último aliento, para decir te quiero.”
Alejandro Almeida

Sucede más a menudo de lo que imaginamos. Todo comienza con una fecha, un número se asocia a un amanecer y se extingue con la llegada de la noche. Hasta ahí es tan sólo un dígito, que sucede y antecede a un infinito. Pero, de pronto, entre tantas cantidades, hay una que se sacude el tiempo, se desata el nudo de su destino y se vuelve historia. Entonces, ya no es una simple fecha. Se ha vuelto cifra, misterio y escritura. Así, trasmutada, sale a la calle y se mezcla con el paso de los transeúntes, con la urgencia del tránsito, con el enredo de ausencias y presencias de toda ciudad. A la noche, incansable, escurre su eco dentro de la letra y se vuelve escritura. Como es cifra y no un simple número, late. Y en verso y jadeos, restituye un modo del tiempo a todos los espacios donde anduvo la muerte. Decidida y prolija, avanza sin tachadura y sin enmienda. Una coreografía la circula alrededor de un nombre y, donde no está el cuerpo, sacude el aire y combate los vacíos. Y, aunque el vacío arremete -porque es un prepotente del día a día y de falta en falta- el poema le presenta combate y le inquieta sus soberbias. Y no vaya a creer que es fácil ser cifra enredada en un nombre. El ciclo se transita palabra a palabra, porcioncita a porcioncita de eternidades. Nada se le escapa. A veces comienza como vuelo, “Pero recuerda paloma, que tal vez mañana/ al despertar/ dejes de volar y comiences a hablar”. Y, ni bien empieza a hablar, dobla una esquina y se le cruza uno de esos vértigos del tiempo, “rodando venía/ con una niña/ hoy regreso con una mujer”. Y, “aunque el invierno trae frío caliente”, la cifra sabe que “tu verdad quedó en la niebla/ y el tiempo la hará germinar”.

Querida Taty: esta introducción suspende acá toda literatura. Lo que de verdad quisiéramos devolverte es cada segundo acumulado sobre cada segundo de años, meta acariciar con las yemas de los dedos el trazo de Alejandro. Lo que de verdad quisiéramos devolverte -devolvernos- es una historia donde no hubieran faltado ni Alejandro ni los otros. Sin poder intervenir el pasado, lo que de verdad quisiéramos darte, a puro presente, es la puerta donde nuestra escritura redoble la apuesta por nombrar lo indecible, sin amilanarse ni ante el dolor cavado ni ante la cima del dolor. El abrazo que nos diste es eterno. Y lo vamos a multiplicar en el abrazo a nuestros hijos, para que ellos se impregnen el tacto y el paso con la intensidad de ser contemporáneos de las Madres. Cuando el cielo apriete, vamos a intentar desear con un verso de Alejandro: “Yo quiero por un instante parar el reloj del tiempo”. Una detención pequeña, cada tanto, mientras continúa el trote de la historia. Será justo un 17 de cualquier mes y de cualquier año. Entonces, una fecha va a sacudirse el polvo de toda cantidad, de toda muerte, de cualquier pequeña simbología o estrechez en el destino. Y se volverá una cifra y reabrirá el ciclo. Y, así, en la insistencia de la lectura, refundaremos la familia. Y, allí, en el fondo del día, habrá “un niño que en su aldea ve mezclarse la luna con la marea”.

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Gustav Klimt, , óleo sobre lienzo, 1913

 

VIENTRE LIBRO

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre/, porque para vos
los tres seguimos en él/, si me sorprende lejos de tus caricias/ que tanto me hacen falta, / si la muerte me abrazara fuerte/como recompensa por haber querido la libertad/, y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos/, llantos y consejos que no quise seguir/, quisiera decirte mamá que parte de lo que fui/ lo vas a encontrar en mis compañeros. La cita de control, la última, se la llevaron ellos, / los caídos, / nuestros caídos, mi control, nuestro control está en el cielo, / nos está esperando.

  Alejandro Almeida 

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Miren, este libro que acabo de recibir, es de Julián Scher. Trata sobre los desaparecidos de Racing. Es la primera vez que sale un libro de este tipo. Cuando se cumplieron, creo que treinta años, del Mundial, el padre de Julián me hizo una entrevista con Villa, el jugador. Era la primera vez que le hacían una entrevista a una Madre con un jugador… ¡Después me contaba Villa que tenía un miedo…! Me acuerdo… salió en Clarín. Esto fue hace mucho tiempo, y ahora el hijo, Julián Scher, empezó a investigar a todos los desaparecidos de La Academia.

Nicolás Sada, un Anartista, está escribiendo una nota, entre otras cosas, sobre algunos futbolistas desaparecidos, siempre de equipos chicos. Nosotros pensamos que no se hablaba mucho de los desaparecidos del fútbol porque la mayoría no eran de River ni de Boca.

Se va a presentar ahora el libro de Julián, el 12 o 13 de junio. El otro día estuve en la Feria del Libro, con Carlitos Ulanovsky, presentando el libro de Hugo Soriani, “Los días eran así”. Carlos se sentía re contento con la aparición del libro de Julián, porque él es de Racing. Aparte no sabía que mi hijo, Alejandro, también. El trabajo de Julián hace muy bien, hay que mostrar que los chicos, los desaparecidos, eran pibes comunes -entre otras cosas- hinchas de un equipo de fútbol.

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Nos recibís con un libro en la mano, parece que los libros son muy importantes para vos, ¿y la escritura?

¡Yo no soy escritora! Hace poco estuve en San Juan y me presentaron: “Fulana, escritora” ¡Y yo no soy escritora!

Pero tenés una relación con los libros.

¡Ah, sí! Me encanta leer. Yo era de las que decía: “jamás voy a tener una tablet con libros adentro” ¡Pues la tengo! ¡Estoy fascinada! Lo mismo me pasaba con el celular, hasta que mi hija me dijo “Mamá, tomá, porque no sé nunca donde mierda estás, ¡nunca te encuentro!” y me dio un celular.

 

EN EL VIENTRE DE UN MUEBLE

                                             Te voy a escribir/ mi canto, mi ser/mi persona/ tu nombre/mi ayer/ mi afán de vivir/ mi hoy de papel/ que se borra”
  Alejandro Almeida
 

Te vimos arengando a la gente el otro día, en la Plaza de los pañuelos, contra el 2×1. Después, cuando todos estábamos ya arruinados de cansancio, estabas en C5N con Sylvestre. Y, después, en lo de Navarro.

Muchas veces me preguntan de dónde saco fuerzas… De ustedes las saco, de la gente. Porque uno da, ¡pero lo que recibe…! Cuando vos vas a algún lugar y ellos te escuchan, se emocionan, te apoyan. Yo siempre digo que no me reconocen a mí, sino a todas las Madres y, sobre todo, a nuestros hijos. Porque existimos por ellos.

¿Alejandro se te multiplica en toda esta gente?

Totalmente. Son los treinta mil, porque ¿qué chica o chico de esa generación no sentía y pensaba como Alejandro? Algunos lo habrán expresado de una manera, otros de otra. Mirá, en ese mueble, encontré la agenda de teléfonos de él, ahí estaban sus poemas.

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Leímos por ahí que vos sentiste que algo grave pasaba, porque Alejandro siempre te dejaba una notita y ese día no la dejó. Ese día no hubo escritura, desapreció la letra de Alejandro…

Exacto. Cuando Alejandro no venía a dormir, me ponía una nota. Y, cuando ese día, me pongo a buscar y no encuentro nada, me encuentro la agenda de teléfonos. En las últimas veinticuatro hojas, estaban los poemas. Eso fue el 17 de junio, él vino y me dijo: “mamá, mañana no voy a trabajar porque tengo un parcial.” Después agregó: “esperá que ya vengo”. Y eso fue lo último. Al otro día, encontré la agenda. Cuando leí los poemas, recién empecé a conocer otra faceta de Alejandro. Porque yo era gorila antiperonista, tenía pelos por todos lados. Ahora no soy más gorila, ¡me afeité hace rato! Por eso, cuando Alejandro me abrazaba, me decía: “esta gorilita de mierda y, sin embargo, la quiero”. Yo me reía, no entendía nada. Él no me contaba nada, me preservaba, me cuidaba, ¿viste? Una vez, sobre una tabla de planchar, encontré una estrella dibujada con una birome y dije “Ale, ¿esta es la estrella judía? ¡Era la del ERP! Lo único que yo sabía de política es que era antiperonista. Ahora me afeité, pero tampoco soy peronista. No hablo como Madre ni institucionalmente. Hablo yo, ciudadana. Para mí hay un antes y un después con los Kirchner. Néstor fue el primer presidente que tomó los derechos humanos como política de Estado, entre otras cosas, logró anular las leyes de impunidad.

Los poemas aparecen el día en que Alejandro desaparece. No hubo nota, pero su escritura esperaba en ese mueble. En ese momento sale a la luz este libro.

Sí, claro. Fijate vos que pasaron treinta años y todos los amigos me decían “Taty, esos poemas…” Y yo, que no los voy a publicar, que son de Alejandro. Pero, después, las Madres todas entendimos que nuestros hijos ya pertenecen a la historia y hay que compartirlo. Y qué mejor, en este caso, a través de la poesía de Alejandro. Y así lo han conocido y así la gente se vuelve loca, no puede pensar que tenía veinte años… Y empezó antes a escribir porque, cuando escribe el poema sobre Trelew él tenía 17 años.

Cuando se inauguró el museo del aeropuerto viejo en Trelew fue impresionante. Fueron cantidad de presos que habían estado allá. Me acuerdo que Luis Duhalde –el Duhalde bueno- me dijo: “Taty, antes de cortar la cinta y de entrar, quiero que vos leas la poesía de Alejandro”. Y la leí. Fue impresionante… La poesía de él está en el museo, ampliada.

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ABRAZADOS A TU TRAZO                             

“El sol del verano/ me ayuda en la soledad/ (…) / y a veces me doy cuenta que
estoy llorando/ ¿Pero en invierno, compañera?, / ¿en invierno, cómo hago?”
 Alejandro Almeida

Este libro no está hecho sólo de poemas de Alejandro. Hay varios textos de familiares, amigos y conocidos, que anteceden a los poemas. Y también hay cartas y textos, después. Da la sensación de que lo abrazaron, lo rodearon con escritura.

Esa fue la idea y el mérito de Pascual Spinelli, el editor. Un militante de aquellos, que tiene la misma edad de Alejandro con unos días de diferencia en febrero.

 

EL POEMA DE UNA CIFRA

                                          (…) negrita sigue soñando/ que ya algún padre te despertará”
   Alejandro Almeida


¿Alejandro tendría…?

Tiene sesenta y dos años. Y, a Pascual, que ya había editado otros libros de Madres, se le ocurrió empezar a pedir textos a amigos y familiares. Yo tengo tres hijos: Jorge, que vive en España, casado con una bellísima catalana, -¡tengo nietos catalanes!-, Alejandro y Fabiana, que es madre de cuatro varones: el mayor, de treinta y ocho años. ¡Te imaginás, cuando mi nieto mayor -se llama Alejandro también- nos anunció que iba a ser papá de una nena: luego de seis nietos varones, llegó Juanita, mi primera bisnieta. Y, después, Uma, de dos… ¡Dos bisnietas ya tengo! En fin, en lo que escriben mis nietos sobre Alejandro, su tío, está la evidencia de algo que siempre cuento: nunca les hice sentir a mis otros hijos que Alejandro es el mejor porque no está. No es así. Los tres son exactamente iguales. Por supuesto, el agujero no me lo llena nadie, desde ya. Pero yo nunca les exigí que fueran a la Plaza. Y, de ahí, seguramente, que siempre van conmigo. Fabiana tampoco les insistió a mis nietos. Y lo mismo: ellos siempre van con ella. Y el 17 de febrero que es el cumpleaños de Alejandro siempre nos juntamos acá o en lo de Fabiana o salimos a comer. Así lo recordamos siempre.

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Un 17 se lo llevan y un 17 nació.

Hay cosas que no son casuales, sino causales. Mis dos hijos se llaman, de segundo nombre, Martín: Jorge Martín y Alejandro Martín. Porque, para mi padre, salteño, Martín Güemes era un ídolo. Y mi suegro -al que no conocí- se llamaba Abel Martín. Entonces, con Jorge, mi ex marido, decidimos ponerles Martín a los chicos para quedar bien con los dos abuelos. Un 17 de junio lo desaparecen. A Güemes lo asesinan en la misma fecha.

Es también mi cumpleaños… (Gabriela Stoppelman)

¡No te puedo creer… igual que el hijo de una íntima amiga de Fabiana y el día de cumpleaños de la mamá de Eduardo Anguita, que está desaparecida!

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Jaume Plensa, “Hombre en cuclillas”

 

CUERPO DE LETRA

                            “Para agarrarla y abrazarla/ fuerte contra el pecho/ para morir sin soltarla/ de las manos, para vencer/ para llegar y seguir/ hacemos falta todos”
  Alejandro Almeida

Otra cosa -que no sé si es una decisión tuya o de Spinelli- es poner la cursiva de él, porque ahí está su cuerpo. Es el trazo que él hizo, lo más parecido al cuerpo de tu hijo que tenés hasta que encuentres sus huesos. ¿Fue una decisión tuya?

Pascual me dijo y yo estuve de acuerdo porque ahí tiene que estar Alejandro.

¿Y las notitas? El libro trae imágenes de varias notitas que Alejandro te dejaba, notitas de la vida cotidiana.

Todo es idea de Pascual. Él fue, él me pidió datos. Es una maravilla lo que ha hecho, con un amor y un convencimiento…

Esas notitas, como la que dice “Despertame a las ocho”, se resignifican después de la muerte de él, ¿no?

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Es verdad. Vos sabés que todos los cumpleaños de Ale, él me regalaba una flor y me decía “Gracias, mamá”. Te cuento: yo hice un viaje de placer a Europa. Volví el siete de junio de 1975 y el día ocho, mi hermana me hace un asado de bienvenida -acá está la foto- y el diecisiete lo desaparecen a Alejandro, esta es la última foto, la que se eligió para poner en la tapa del libro. Una vez, cuando eran chiquitos los tres, los llevé para navidad a Harrod’s. Estaba el Papá Noel y todos los chicos hacían cola para verlo. Entonces, pasa Alejandro, que tenía cuatro años y Papá Noel se lo sienta a upa y le dice: “Oh, jo, jo! Qué chico lindo ¿Y cómo te portás?” Y Alejandro, con esa voz ronca que tenía ya de chiquito, le dice “¿Yo? Como el culo.” Y el papá Noel: “¡Oh, jo jo!, ¡me parece que no te portás muy bien!”. Él era así, totalmente espontáneo. Teníamos una perra Boxer, divina. A su tiempo le viene el período -“el asunto”, como decíamos antes- y yo le expliqué que a la perra le sucedía igual que a las mujeres y todo eso. Pasa un mes y nuevamente le viene. Vivíamos en Martínez, yo estaba arriba en el dormitorio y Alejandro, después de la explicación esa y todo, me llama y me grita: “¡Mamá, mamá, se le rajó el culo a la perra otra vez!”

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BITÁCORA PARA RECORDARME                                                           

                         “Y ya anocheciendo/ la esperan tres espigas/ que quieren seguir creciendo, / tres que no saben de cañas/ no de flores ni de espinas”
 Alejandro Almeida 

        

Jaume Plensa

Lo que se ve acá de Alejandro es una enorme lucidez, porque él casi marcó el camino de cómo lo iban a recordar. En un momento dice en un poema dedicado a vos: “quisiera decirte mamá que parte de lo que fui/ lo vas a encontrar en mis compañeros.” Tenía certeza de que lo iban a matar. Incluso, en otro poema él dice “Hombre, yo no te conozco pero hoy escribo porque te siento”. Y, en eso de sentir que lo que no está presente, el círculo se completa en la memoria, por ejemplo, de los sobrinos que no lo conocieron vivo. Ellos escriben como si respondieran -dentro del libro- al consejo que Alejandro mismo les da, dentro de un poema.

Cuando Pacho O’Donnel leyó el libro, me invitó al programa que tenía en Radio Nacional y me dijo “Mirá, Taty: hay muchas personas que escriben poesía. Alejandro es un poeta”. Además, ¿viste la actualidad que tienen sus poemas? Cuando dice “para hacer la revolución hacés falta vos, vos y vos” ¡Cristina lo dijo en un momento! ¡De no creer! Cuando estuve una vez con ella se lo dije: “Vos leíste el libro de Alejandro”.

¿Fue especial el hecho de que él escribiera poesía y no prosa por ejemplo?

Bueno, la verdad, no soy muy experta en eso, pero no se olviden que ahí lo conocí desde ese punto de vista. Yo no sabía que él escribía poesía. El padre recitaba muy bien y había escrito algunas cosas pero de otro tipo, desde ya.

¿Vos pudiste, a través del tiempo, saber de dónde se nutría él?

De su militancia, de su amor por su novia, Silvia. ¡Qué maravilla! Fijate que el padre de Silvia era un físico eminente que se fue en el año 73. Volvió al poco tiempo y les dijo a los dos: “Váyanse, no saben la que se viene”. Silvia, gracias a Dios se salvó, se exilió. Y él se quedó. Yo no la quería para nada porque sentía que ella era la culpable. Cuando ella volvió del exilio, no nos podía ver ni a mí ni a la prima de Alejandro, de la que era íntima amiga y por quien se conocieron -eran todos militantes-. Pasó el tiempo y, en una marcha enorme que no recuerdo si era en la época de Menem (se toca una teta) o de quién…

¡Ahí entendí el gesto!

¡Sí, y los hombres ni hablemos…! Vos sabés que, una vez estaba en una conferencia de prensa, y lo nombran a ése y yo –disimuladamente- me toco. Al terminar no sé quién me dijo: ¿vos te creés que no nos dimos cuenta?… Bueno, el tema es que íbamos en esa marcha, con mi nieto Alejandro a mi lado, llevando la bandera y qué se yo. Silvia hacía poco que había vuelto, hacía poco de la democracia. Estábamos llegando a la Plaza y la veo a Silvia. Me hice la burra pero noté que ella puso una cara como de ¡ohhhh!… estaba viendo a Alejandro. Claro, mi nieto es muy, pero muy parecido a Alejandro, aparte de llevar el mismo nombre. Después, nos acercamos. También se dio otra causalidad: estábamos en Madres y teníamos que decidir quién iba al Alto Palermo, donde iban a estar todos los chicos del colegio Nicolás Avellaneda, porque había un tipo de ahí adentro que había acusado a un pibe de tener drogas y qué se yo, sólo porque el chico estaba ahí militando. Entonces fui, porque estoy cerca de ahí. En eso, me la encuentro a Silvia. Ella me pregunta “¿Qué hacés acá?”. Le digo “Bueno, yo vengo por ese pibe. ¿Y vos?” “Ese pibe es mi hijo”, me contesta. “Quiero que lo conozcas, Taty”. Entonces cuando llegan los pibes, ella le dice quién era yo, la madre de Alejandro. El chico me abrazó, pero yo me fui… Pensé: podía haber sido mi nieto ese chico. Después, con Silvia nos seguimos viendo, pero nunca vino acá. Con lo del libro, yo la llamé, el día que lo presenté en Madres ella vino. Y su escrito forma parte del libro, claro.

Silvia escribe muy bien.

Maravillosamente bien.

 

MUJERES DE HERMOSURA GUARDADA                          

                           “Quisiera decirte negra/que estaremos juntos/ cuando me vaya
lejos, / que estarás conmigo/ si te vas primero”
Alejandro Almeida

Gustave Klimt, “La esperanza II”, 1907-1908

 

En el texto de Silvia para el libro, ella empieza con un epígrafe de Osip Mandelstam que dice: “Quién puede saber, cuando dice la palabra adiós, qué clase de separación le aguarda”

El padre de Silvia se separó, hizo pareja otra vez y, después de muchos años, tuvo otra hija. Una vez estábamos en el colegio a donde iban mis nietos y Fabiana me dice: “Mamá, mirá quién está ahí” Era el padre de Silvia. Su hija -la hermana de Silvia- era compañera de uno de mis nietos. Es como que siempre está ahí. Impresionante.

Ella también habrá tenido su duelo. Sobrevivió, y eso hay que sobrellevarlo…

Es esa culpa que una trata de sacársela a todos. Me acuerdo, cuando empezaron a salir, pobrecitos, algunos presos, o volvían. Y nosotras todavía no nos habíamos separado con Bonafini, me van a perdonar pero ella decía “Por algo será que están vivos”. Bueno… Cosas muy feas. Pero decía, esa culpa de estar vivos… ¡En buena hora que estaban vivos!

¿No creés que cada uno hace lo que puede con el dolor?

Mirá, en general, las Madres transformamos la rabia en amor a nuestros hijos. Y en una lucha, siempre pidiendo justicia legal. De ahí que a ninguna de nosotras se nos ocurrió tomar justicia por mano propia. Tenés que pasar por eso. Yo no te puedo decir qué hubiera hecho si se me ponía enfrente el que torturó y mató a mi hijo. Tal vez le pego una patada en cierto lugar donde más le duela… pero matarlo, ¡no!

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Esta belleza amorosa que se constituye en el colectivo, él la preanunció de alguna manera cuando habla de su preferencia por ciertas mujeres “prefiero a las mujeres con cara de nada, prefiero a las que llevan la hermosura guardada” ¿Nunca lo relacionaste con ustedes las Madres, todas unificadas o mimetizadas en el pañuelo?

Bueno, eso él se lo imaginó. En el año 75 no existía nada. Estaban la Liga y la APDH, creo. En mi caso, cuando me dijeron que fuera a la Liga a averiguar algo, pensé- en mi desconocimiento-, en la Liga de Amas de Casa. La mayoría de las Madres eran profesionales o amas de casa, no políticas. Sólo algunas estaban consustanciadas con esa lucha de sus hijos. Y creo que ese es el mérito, si se quiere, de las “Locas de la Plaza”, porque nos transformamos, sacamos fuerza de cualquier lado. Heroínas jamás: hicimos lo que cualquier madre haría por un hijo. Y hay muchas maneras de reclamar. Es un acto hasta inconsciente, porque muchas creíamos que estaban presos, incomunicados o muertos. Esa palabra, ¡Dios mío!, “desaparecidos”, no existía.

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Alejandra Carambia, de la serie “Miradas                                  seriales”, 2017

 

RENACIDA EN EL VIENTRE DEL POEMA Y LA CANCIÓN

               “Menos tu vientre/todo es oscuro, /menos tu vientre/ claro y profundo.”
Miguel Hernández

 

¿Cuándo pensaste que no ibas a volver a verlo?

Pasó un tiempo. El 28 de junio es mi cumpleaños. Los 28 llamaban y yo corría como loca, esperaba…. Y así fue por mucho tiempo. Eso me pasó a mí pero se ve en tantos cuadros pintados sobre el tema: la silla vacía…Y en tantas cosas escritas. Al no tener el cuerpo, uno no tiene la certeza total de la muerte nunca. Te decía, como mi otro hijo vive allá, en España, una vez hice un viaje a Marruecos y estaban los tipos con la hiyab, y yo les descorría ese velo, buscándolo a él.

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Pero vos, a diferencia de otras Madres tenés el cuerpo de la letra, la huella del cuerpo en el trazo de él. ¿Volvés a leer estos poemas cada tanto?

Los leo, los lloro, los asimilo… qué se yo… Es muy fuerte. Tantas veces lo he presentado, en Italia, en España, en Chile. Y, sobre todo, con el video que lo acompaña. Una vez presentábamos el libro en la Biblioteca Nacional y yo invité a Cristina Banegas. Ella leyó tres o cuatro poemas. Fue tal el impacto que Nora Anchart me dijo ¿Y por qué no hacen algo diferente? Y así fue. Llamé a veinticuatro personas famosas que quiero y que me quieren y cada una pasó por Radio Nacional. Allí, Pascual los grabó,cuando cada uno leía un poema de Alejandro. ¡Una joya el cd!  Pero yo elegí quién iba a leer qué poesía. Y al Nano, que lo amo y nos amamos, le pedí grabara el poema que Alejandro me dejó a mí.

Y Alejandro amaba su música.

Bueno, yo lo conocí a Serrat por Alejandro. No sé en qué año vino por primera vez, 72, quizás. Ale trabajaba en Télam y tenía un carnet. Se hizo pasar por periodista y le hizo una entrevista a Serrat. En esa época, Alejandro hacía pulseritas que vendía en la costa -yo creía que iba a vender nada más, pero se ve que iba a hacer de todo un poco- y le regaló una pulsera a Serrat. Viene y me dice “Mamá, conocí a un tipo, Serrat” y ahí yo empecé más o menos a conocer al Nano. Cuando terminó la gira, Alejandro fue a verlo de nuevo y el Nano tenía la pulserita puesta. Cuando lo conocí, le conté ¡Y Serrat se quería morir!

Es como si hubiera desperdigado sus huellas y las hubiera guardado entre ustedes. Una herencia al revés: vos heredaste de él la poesía y el gusto por la música.

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Yo estoy feliz de haber parido a mis tres hijos. pero Alejandro me parió a mí. Alejandro parió a Taty Almeida.

Y tan sólo con veinte años.

Hay un antes y un después. Me acuerdo que, luego de muchos años, Horacio Embón -un divino- me pregunta “¿Qué sintió el 24 de marzo?” Yo le dije “Te voy a contestar con la mente de la Taty de antes de ser parida por Alejandro: ¡Al fin se van estos negros de mierda y vienen mis conocidos! ¡Yo lo voy a recuperar a Alejandro!”. Es lo que yo sentía. Mi padre, coronel. Mi hermano, coronel. Mis cuñados, tenientes coroneles. ¡Todos!… A Agosti lo conocía de jovencito. A Camps, de Paraná. Por parte de madre, soy de una familia tradicional de Paraná. Mi tío fue gobernador con Frondizi. Bueno, por entonces lo llamé a Camps. Chicho, le decíamos. Galtieri fue jefe de mi hermano. A Harguindeguy, jefe de policía en el 75, quien había sido oficial de mi padre, lo fui a ver con mi cuñado ¿Cómo me iba a imaginar que ellos eran los desgraciados que ya estaban actuando en el 75? Para mí, los únicos culpables eran los peronistas.

Es evidente que vos cortaste con toda esa familia. O sea que, por un lado, tu hijo te parió. Y, por otro, quedaste huérfana.

Los dos hermanos militares de mi ex marido -que era civil-, los maridos de mis hermanas que eran de Aeronáutica, se ocuparon. Ayudaron, digamos. Una vez vino uno de ellos y me dijo “Taty, si Alejandro aparece, se van de acá, nos ocupamos”. Era su sobrino y se ocupó. Con el que lamentablemente corté fue con mi hermano. Carlos era del Ejército. En una oportunidad, allá por el 83 u 84, hablamos y él me dijo: “Bueno, vos te pensás que yo soy un hijo de puta”. “Eso lo sabrás vos” le dije, “vos te quedaste”. Él fue jefe de policía en Córdoba. Pero, cuando se enfermó de leucemia de joven, que estaba en el Hospital Militar, por supuesto, pidió por mí y yo estuve ahí. Estábamos con mi hija el día que murió. Todos lo hemos pasado. Por eso es que a mí me costaba acercarme a Madres. Creía que iban a pensar que yo era una espía. La verdad, había de todo, mujeres de embajadores, de todo. Me acuerdo que, cuando me decidí, en el año 80, fui a la casa de Madres y estaba “la Madre” con mayúsculas, María Adela Gard de Antokoletz, una de las fundadoras. Ella buscaba a su hijo, abogado desparecido hasta hoy. Ella me recibió. Lo único que me preguntó fue quién me faltaba. Ni política, ni religión ni nada. Ahí hice por fin mi catarsis. Fue muy fuerte. Le dije “He sido una estúpida”. Y ella, con ese modo que tenía de decir, me dijo: “No m’ hijita. No digas eso. Toda madre que se acercó lo hizo en su momento, este es el tuyo, Taty” 

¿Vos recibiste a otras después?

No, me tuve que ir informando. Pero hice lo mejor que podía hacer: Compartir.

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ABRAZADA A LA ILUSIÓN DE TUS HUESOS

                                                           “Que venga la vida y me golpee/ de nada vale cerrar los ojos/ un hombre dormido/ es un dolor que descansa”
  Roberto Santoro

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¿Todavía conversás con Alejandro?

Más de una vez. Yo no rezo, converso con el Sagrado Corazón. Y con Alejandro tenemos nuestra comunicación.

¿Pensaste en escribirle?

No. Es fuerte… Yo le respondo con todas las charlas a donde voy. Por eso digo que, desde donde esté, muerto de risa, dirá “Miren la gorilita de mierda, en qué se transformó”. Él está tan orgulloso de mí. Eso lo siento.

Hace cuarenta años que están hablando y pasando la posta a los jóvenes. En un momento dijiste que, si un hijo muere por enfermedad, se lo puede cuidar, hacer lo indecible, se lo puede enterrar. Pero lo más cruel que hay es el desaparecido ¿Qué es para vos lo indecible?

No tiene límites. No hay límites para ese dolor que uno siente. No hay una palabra que signifique esto. Vos decís “huérfano”, “viuda”, “viudo”, pero no se va a poder encontrar una palabra que signifique la pérdida de un hijo. En cualquier circunstancia, es lo más horroroso, pero en la nuestra… Yo no me quiero ir sin antes encontrar los restos de Alejandro. Quiero tocar, aunque sea, los huesos. No pierdo las esperanzas. porque ese trabajo que hacen los antropólogos forenses es una maravilla. Están encontrando restos del 75. Lo que pasa es que, según me dicen todos, como Alejandro era del ERP y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar, seguro que ha pasado por Campo de Mayo. Y de ahí también salían los aviones que los tiraban al mar. Sin embargo, no pierdo las esperanzas. Con mis hijos hemos decidido que, cuando aparezcan los restos de Alejandro, no los vamos a incinerar, sería como desaparecerlo otra vez. Así como aparezcan sus huesos, los vamos a enterrar.

Él decía “las cosas que se sienten son muy difíciles de expresar en palabras orales o escritas. No quisiera desvalorizar estos sentimientos escribiendo cosas de menor intensidad. Por eso es que me queda mucho por sentir y poco por escribir.” Es casi la misma respuesta que diste. Te queda mucho por sentir…

Creo que sí. Es que nunca se termina este sentimiento hacia la gente, no sólo hacia Alejandro. En el caso de los genocidas, el sentimiento va a ser exactamente igual, siempre: rechazo y repudio. Pero, en el resto de la gente, uno va descubriendo cosas maravillosas, ese gesto, esa lágrima, esa foto… Yo siento que lo están abrazando a Alejandro. Eso decimos siempre las Madres, que todos esos reconocimientos que nos hacen son para nuestros hijos. Cuando me abrazan, yo siento que está ahí Alejandro.

Jaume Plensa

 

 CHICAS DE JUVENTUD ACUMULADA

                            “lo volvería a mi vientre / a mi abrigo / a mi mar / otra vez lo nacería”
 La junta luz. Oratorio a las Madres de Plaza de Mayo, Juan Gelman

 

Más allá de que nos dejan un legado inmenso, muchas veces nos preguntamos qué sucederá cuando ustedes no estén.

Mirá, están los jóvenes, Esta juventud maravillosa y militante que tenemos. No hay que tener miedo a la palabra militancia. Militancia es compromiso, compañerismo, ocuparse del otro. Y política es la vida, es esta charla. Ayer estuve con Eduardo Jozami en una charla buenísima y dije: “Viva la militancia política, la setentista y la de hoy”. En buena hora existe la militancia. A ellos les vamos pasando de a poquito la posta. Porque, a pesar de los bastones y de las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie.

En un momento aparecieron los Hijos reivindicando a sus padres. ¿Ves alguna diferencia en el lenguaje o un encarar la militancia de otro modo, en estos nuevos jóvenes?

Y, el entorno es diferente completamente. El momento en que se vive no es el momento -en buena hora- de los setenta.

Tampoco es el mejor.

Claro. Pero, cuando el pueblo es atacado, tiene derecho a defenderse, lo dice la Constitución. Por eso, la teoría de los dos demonios -que estos desgraciados están dale que va para instalarla- no va: Son delitos de lesa humanidad, porque el terrorismo viene del Estado, son delitos que no prescriben, no son amnistiables. A nuestros chicos no les dieron la facilidad y las garantías de juzgarlos como nosotros ahora les damos a ellos.

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En este número de la revista el tema es el olvido. Ya sabemos contra qué vos estás, qué cosas no querés que se olviden. ¿Pero qué cosas te gustaría olvidar?

Absolutamente nada. Hay que recordar todo. Si no traés el pasado al presente, no podés construir un futuro. Hay que acordarse permanentemente. No quiere decir que te quedás ahí, en recordar. Por eso las Madres estamos permanentemente apoyando y marchando. Con la Marcha Federal, con los maestros, con todo. No es una memoria melancólica, es una memoria hacia adelante. No nos bajamos de lo que ocurrió, desde ya, pero también estamos pisando el hoy, repudiamos la violación a los derechos humanos actual, repudiamos que, en un gobierno constitucional, haya presos políticos como Milagro Sala. Estamos actualizadas. Ocurre que cada vez somos menos y es natural: ¡tenemos muuuucha juventud acumulada (para no decir viejas)!.

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¡IO SONO ALEJANDRO!

                                               “Yo es otro”
Arthur Rimbaud
                                                                                   

 ¿Y qué te levanta cuando te cansás?

El compromiso que hemos hecho. El hecho de que nos inviten en Argentina y en todos lados, el recibimiento al pañuelo blanco… Me pasó en Italia. Yo soy presidenta honoraria y qué se yo, en Torino. Fue maravilloso. No sé hablar un pito en italiano. Me invitan a un colegio, donde había como ochenta chicos de 16, 17 años. Yo empecé a hablar pausadamente. Ellos hablaban entre ellos pero se iban enganchando. Cuando terminé de hablar, se hizo un silencio y uno empezó: “Io sono Alejandro” y otro: “Io sono Alejandro” y todos así… ¡Eso es lo que te levanta! El saber cómo van a recibir la historia en directo de una Madre. Esa reacción de la gente ante el pañuelo blanco. Es lo que nosotras tenemos que aprovechar mientras hablemos de corrido.

Es muy difícil agradecerle a una Madre…

Ese cariño, esa comprensión, esas lágrimas tuyas son las que levantan. Damos y recibimos. Eso nos ayuda, chicos, a seguir.

El encuentro con Taty Almeida y El Anartista se realizó un 17 de mayo a las 17 hs.

Taty con El Anartista

 

 

 

 

 




HUSMEAR LA BORRADURA

El olvido: sobre Anselm Kiefer.
Por Carolina Diéguez

 

Corteza del árbol de la noche, cuchillos oxidados de nacimiento/ te susurran los
nombres, el tiempo y los corazones./ Una palabra que dormía cuando
la escuchamos /se desliza bajo el follaje…”
P.Celan, “La eternidad”

PALIMPSESTOS

Chapa, tela, brea, papel, arena, plomo, cenizas, virutas de madera, paja, plomo, arcilla, pintura, “restos” se acumulan capa sobre capa. Muros hechos de montones que se imbrincan en temporalidad y transformación. Pero, ¿de qué son realmente esas capas?

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Anselm Kiefer. “El susurro del otoño”

Enormes superficies de tela recrean el interior de una bóveda. Bosques nevados y campos  de sangre seca, caminos hacia un horizonte oscuro empastado de cenizas entre serpientes,  extensiones áridas con surcos, vías que parecen avanzar hacia los hornos crematorios; la cábala, paisajes aparentemente extenuados con flores y girasoles. El horizonte  se pierde y, con él, su punto de fuga. Entonces, el cielo y la tierra se tocan, se continúan uno en otro. ¿Qué hay entre “la ilusión de la pintura” y la materialidad de esos lienzos?

De golpe, la mirada sobre el cuadro choca con una palabra en el extremo superior derecho del cuadro. El texto se vuelve énfasis, desvío, vértice, esquina y se constituye a su vez en otra capa. Así, la memoria en la ilusión pintada de Kiefer, se estratifica. Y, entre superficies superpuestas, se cuelan los olvidos, los matices de las remembranzas y todas las combinaciones de evocación y pérdida. El campo, amarilleado de tiempo, admite aún franjas delimitadas de espacio. Como pentagramas, vías, carriles por donde fugar o internarse dentro del laberinto de la muerte. Del laberinto decía Borges, sólo se escapa por arriba. Pero fugar, en Kiefer, no es sinónimo de escapatoria. Fugar, un poco como en lo musical, es esquivar lentamente un destino inexorable. Quedar y salir, a la vez.

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Kiefer. “Nuremberg”

Kiefer nació en Alemania en 1945. No nació durante el horror nazi, pero lo vivió, lo habitó. Cómo no cuestionar, entonces, a través de su obra, las grietas en la memoria alemana. No hay liberación sin desocultamiento. Por eso, Kiefer confronta la memoria elidida a través de los mitos. El mito reinstala un tiempo presente en su eternidad. No es universal, es singular en cada tiempo. Es otra vez histórico, cuando se lo rescata del mero relato, de la mera imaginería y se lo dispone en capas con lo real.

Anselm Kiefer nació en 1945 en Alemania, ya finalizada la Segura Guerra mundial. Pasó su infancia en Rastatt. Se trasladó para estudiar artes plásticas en Friburgo de Brisgovia, en Karlsruhe, con el profesor Horst Antes y, en Düsseldorf, con Joseph Beuys. También estudió derecho y lengua francesa. Es uno de los más importantes exponentes del neoexpresionismo, movimiento artístico que surgió en la década de 1980, tanto en la pintura como en la escultura. Kiefer es considerado uno de los artistas alemanes de post guerra más notable, conocidos y controvertidos a nivel internacional. Desde 1993 Kiefer vive y trabaja en Barjac, un pequeño pueblo francés, cerca de Avignon, donde ha creado un laboratorio artístico.


“Mis cuadros -afirma el pintor- funcionan como un palimpsesto, como un texto que borra otros textos originales y que a su vez están siempre en peligro de ser borrados”. [1]

Aschenblume (Ash Flower, por Anselm Kiefer (2004). Óleo, acrílico y emulsión (243 x 281,5 cm).
Anselm Kiefer. “Aschenblume. Ash Flower,” (Flor de ceniza). öleo, acrílico y emuslión, 243×281.5cm, 2004.

La borradura, ¿es en Kiefer un modo del olvido? Lo es, en tanto que el olvido se presenta en forma de huellas, difuminaciones, veladuras que, de pronto, toman consistencia y permiten ser leídas. Más tenue que la tachadura (que permite leer debajo) la borradura es una niebla donde el ojo observador se puede internar.

Mientras el ojo husmea, la materia se acumula. Kiefer la somete a la erosión y al tiempo. Se seca, se resquebraja, se transforma. Se acumula y se desecha. Entonces, aparece el fuego, su imagen y su plena materialidad. El fuego como idea de ascenso y de transformación ilimitada. Porque Kiefer es un alquimista. En estas obras, todos los materiales son sometidos a un cambio constante. Para él “pintar” = “quemar”.  Del residuo de las llamas, brotará la obra. Nada más elocuente que los restos, las ruinas. Y puede que, desde el fragor de las llamas, algo resurja con contornos de marco. Una ventana. Una ventana como un ojo, una ventana enrejada cuya oscuridad puede verse a través. Una ventana entre una noche y lo quemado. Una rasgadura del cielo que se hace mirada por efecto de un corte. Un pozo ciego en el aire. Un sitio por donde ver o por donde caer.

VENTANA SOBRE VENTANA

La “ventana” opera también como capa. Hay en ella por lo menos tres  niveles: el adentro, el afuera, el contorno mismo.

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Anselm Kiefer. “Los Valientes duermen solos”

A veces, el contorno se cierra sobre sí mismo y el plano se vuelve figura. Figura de imposible equilibro, poliedro que pende de una nube tachada, de chorreaduras de plomo, donde los huecos muestran un a través. El otro a través es la figura misma, que permite ver sus aristas por transparencia. Hay algo en la figura que promete amenaza. Y también, del otro lado de los sentidos, algo protector, en ese dios geométrico que custodia, desde un extremo profundo los restos de lo arrasado. ¿Pasó el fuego por aquí? Si así fue, habrá sido como sucede en el proceso alquímico. Un esfuerzo del calor y las llamas por llegar la nigredo: la oscuridad absoluta, desde la cual volverán  los vapores de color. Mientras tanto, el espacio se cubre de lo resquebrajado, de cenizas vitales, del otro lado de su gris. Pero la inversión vía muerte no depende de la voluntad, ni siquiera de las condiciones posibles a construir. Hay más un azar de formas y vientos en medio de esta inestabilidad, con frágiles puntos de equilibrio. Lo posible y lo arruinado gotean, se derraman en hilachas.

FLOR DE CENIZA

“Negra leche del alba te bebemos de noche / te bebemos al mediodía la muerte
es un Maestro Alemán (…) él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú/
…tu pelo de oro Margarete / tu pelo de ceniza Sulamit”

Paul Celan, “Fuga de Muerte”

La obra poética de Celan late en las pinturas de Kiefer. Paul Celan sobrevivió al campo de exterminio y su poesía inspiró a Kiefer. Los versos de “Amapola y memoria” y la obra de Anselm se conjugan en una serie en memoria de la tragedia judía. Enormes paisajes donde la paja brota hacia el cielo, como los dorados cabellos de Margarethe, y los oscuros cabellos de Sulamith que brillan sobre el oscuro fondo de cenizas. “…subiréis como humo en el aire / así tendréis una fosa en las nubes.”  En una de las chimeneas de los crematorios, Kiefer monta el espectáculo de la tumba en el aire. Un espacio de duelo e inconstancias. Una nube que el viento puede arrastrar si la ilusión de la pintura no lo detiene.

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Anselm Kiefer. “Sulamit”

La mujer Margarethe y la mujer Sulamith son paisaje y nombre. Parientas de las figuras en el aire y de las ventanas en suspenso, todas forman una genealogía de lo inestable y la promesa, a la vez.

Margarethe. Acrílico-emulsión-paja sobre lienzo 280x400cm 1981
Anselm Kiefer. “Margarethe”. Acrílico, emulsión, paja sobre lienzo,280×400 cm, 1981


A CADA QUIEN SU ESTRELLA

Cielo y tierra son en Kiefer una continuidad con numerosos puntos de contacto: “Si no hay metamorfosis, no hay nada que esperar después de la muerte…eso es lo que medita el personaje que se ve en algunos de mis cuadros…”  [2]

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Kiefer. “Las órdenes de la noche”

¿Pero de qué tipo de espera hablamos? De una sin pasividad, de un tránsito activo de la mirada y la palabra. De un tender cabezas de girasoles hacia lo alto, aun mustios, aun incinerados, como si la savia de la imagen les impidiera detener su dirección al cielo. Se trata de una espera de finos tallos que sostienen lastimadas cabezas, de cuerpos yacentes hacia la altura, de un velar en flores inclinadas hacia un cuerpo que no se resigna a desaparecer: “Los girasoles se convirtieron en un tema mitológico desde Van Gogh. (…) a mí el girasol cuando (…)  mira hacia el sol con los granos muy grandes negros en su corona, me hace ver el firmamento con sus estrellas… Ya Robert Fludd[3] había establecido esta correspondencia: Si cada planta es guiada por una estrella, todas las cosas tienen su correspondencia o ligazón tanto en la tierra como en el cielo. Un romanticismo a lo Friedrich, en pleno siglo XX.

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Kiefer- De la serie “Los valientes duermen solos”


CAPAS DE MEMORIA-OLVIDO

Volvamos a la pregunta inicial ¿de qué son realmente esas capas? La memoria tiene más prestigio que el olvido. Pero lo que habilita a la memoria es un corrimiento de ese inmaterial, inaprehensible olvido. ¿Cómo opera el olvido?  Un modo es obstruir la rememoración. Entonces, sólo queda inventarnos una memoria y creer que le ganamos a toda pérdida.

Sin embargo, el olvido puede irrumpir y desocultarse. La imagen de desocultar es la menos  usual, aunque vuelve al olvido imprescindible para poder hablar de algo como irrupción por capas. En cambio, la memoria opera a modo de nebulosa. Es como si la grieta se abriera para que el olvido dejara de existir. “No pinto para pintar un cuadro. Para mí pintar es pensar, investigar (…) y no precisamente investigar sobre la pintura.
Una de mis motivaciones para pintar es la historia de Alemania. Es una investigación sobre mí mismo, sobre lo que soy, sobre dónde nací. [4]

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Anselm Kiefer.

 

[4] KIEFER. En: http://blogs.20minutos.es/trasdos/2017/04/06/anselm-kiefer-louis-ferdinand-celine/
[3] Robert Fludd (1574-1637): médico paracélsicoastrólogomístico y alquimista de origen inglés.
[2] COMMENT, Bernard. “Anselm Kiefer: Los que hablan sin ironía son fanáticos”. Traducc: María Valeria Battista (para  Art Press, septiembre 1996), La Maga, Buenos Aires, 1998
[1] Anselm kiefer. Nunca lo transmitido nos llega en su forma auténtica. En: http://losvalientesduermensolos.blogspot.com.ar/2012/08/anselm-kiefer.html




CASAS TOMADAS

El olvido: Entrevista a Jorge Schussheim

 

Entrevista: Alicia Lapidus, Lourdes Landeira, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman

 

“(…) hace muchísimo que no sabemos nada yo de mí ni mí de yo ¿quiero venir a casa? sí, dije yo y volvimos a encontrarnos con paz

                        Susana Thenon, “Canto nupcial”

 

 

Quién hubiera podido imaginarlo: rincones apiñados detrás de esa puerta, justo hacia el pasillo de la infancia, justo hacia el hilito aferrado –eternamente aferrado, el muy tenaz- al eco de la voz tía que siempre comienza con había una vez. Imposible de prever. Quién hubiera podido sospechar una esquina -muy oronda- bien metida en el corazón de la casa, dale caminar tus pasos, de una punta a la otra de todo el territorio, dueña y señora. A quién le habrá pedido permiso el mishigener ése, Léibchick, para meterse en tu cuarto de trabajo, servirse bebidas de tu heladerita y bajarse medio termo del café que el día preparaba para sostener tu tiempo. Por no hablar de esa ventana pintada en un cuadro, abierta en pleno invierno, sin que a nadie se le mueva un pelo. Meta derramar chorros de luz sobre mi propia lámpara, la ventanita. Es increíble cómo se mezcla la luz y te hace una ensalada de tiempo, que no figura en las recetas de ninguno de mis libros de cocina. Mirá que la biblioteca gastronómica es abundante, ¿eh? Y ya que toco el tema, por esa zona de la casa las cosas también se han puesto raras. Las páginas de los libros han comenzado a oler. Y cada aroma desemboca en otra puerta y arma una biografía de marcos y espacios que ya parece un laberinto. Mientras tanto, la única impasible en este espacio es la guitarra. Paradita en su sitial, mira toda la escena desde su posición estratégica y solo conversa, de tanto en tanto, con la mesa de la calle Olaguer, que apenas si responde con algún extraño crujir de madera contra el piso…, ¡Y andá entender qué te quiso decir! Eso sí: no se te vaya ocurrir acercarte al balcón. Recién nomás lo vi. Obstinado en un recorrido interminable, pasó un tranvía con carteles de propaganda de yerba schuscheimguitarra20170526_161045Salus. Y, aunque nadie me lo vaya a creer -porque hay que haberlo visto para creerlo- justo en la parada de acá en frente, bajó la abuela. Con el dedo dibujaba la figura de la “S” y decía: “la s es una viborita”. ¡Y para qué la habrá nombrado! Ahí nomás, el reptil salió arrastrándose y me dejó en Díaz Vélez, entre Bustamante y Bulnes, enroscado en un miedo inolvidable, del que solo pude salir de regreso a casa. Es decir, de regreso, por ejemplo, a la versión del Bolero de Ravel de Sergiu Celibidache, “una comprensión musical única…hace que te enamores”. Escuchá, ahí suena. Toda la casa está tomada por la música en un abrazo que no te suelta. Escuchá.

 

 

CASA DE CUENTOS

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.”

Casa tomada”, Julio Cortázar

 

 

¿Cómo escribir memorias sin que sea un libro de memorias?

 

No son memorias, son recuerdos. Recuerdos de chico, de adolescente, de grande, de viajes. Memorias es una palabra muy grande. Malraux podía escribir memorias, Neruda. Yo soy muy chico aún para escribirlas. Cuando sea grande lo voy a pensar.

 

Igual, no parece un libro melancólico.

 

Es que yo no soy una persona melancólica, soy muy de mi tiempo. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Sigo siendo un moderno, nunca un post moderno. Recuerdo con dulzura, con ternura. Creo que tuve una buena vida y la sigo teniendo.

 

Hablás de tu relación con la escritura “Siempre hay un motivo para escribir, el mío es simple y complicado: para salir de la depresión y de la oscuridad”.

 

Es un chiste. Mi viejo tuvo varias quiebras en su vida hasta que, en el ’58, se hizo millonario. Pero, en la época en que yo nací, él tuvo que volver a la casa de sus padres en Corrientes y Pueyrredón, donde viví hasta mis seis años. Una casa muy grande, de muchos cuartos. Estaban mi tía soltera, mi tío soltero -el papá de Renata- mis abuelos, un inquilino, mi mamá, mi papá y yo. Mi cuna y después mi camita -hasta los seis- estaba en la biblioteca de mi abuelo. Era enorme esa biblioteca, libros del piso al techo, con una escalerita con riel. Me crié con el piano y con libros.

 

¿Era la casa donde una tía tuya tenía el oficio de contarte cuentos?

 

Exactamente. Corrientes 2791, ya fue demolida. Era una réplica chiquita de la casa de los sesenta balcones y ninguna flor. Nosotros vivíamos en el primer piso, que daba a Corrientes y a Pueyrredón. En la ochava, tenía un gran comedor. Yo fui el primer nieto de mi abuela nacido en schuscheim1Argentina. Encima, varón. Imaginate: el Príncipe Kalender era un boludo al lado mío. Tengo recuerdos muy vívidos de estar sentado a upa de mi abuela en esa ochava y que, abajo, por la calle Corrientes, pasaran los tranvías con carteles de propaganda de yerba Salus. Mi abuela entonces me decía “La S es una viborita” se sacaba su alianza y otra vez decía: “esta es la O”. Así que, a los tres años, sabía leer y leía John Dos Pasos, cosas tremendas. También me llevaron a tocar el piano a esa edad, así que era natural que yo saliera músico y lector. No soy escritor, escribo porque leí mucho. Era y es así.

 

 

LA CASA, DE A CUARTITOS.

 

                                               “Ventanas de mi cuarto, /de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es/ (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)”

                                               Fernando Pessoa, “La tabaquería”

 

 

¿Es cierto que te cuesta arrancar para escribir?

 

A todo el mundo le cuesta. El síndrome de la hoja en blanco es muy terrible. Pero dura una palabra, la primera. Luego, la primera palabra escribe la segunda y esas dos escriben la tercera. El tema siempre fue el tema. Una vez estaba esperando para mi sesión en Villa Freud y, sentado ahí, me dije “Quiero escribir una canción”. Pero no se me ocurría nada. Entonces escribí “No tengo nada que decir”. Y, de ahí, salió un tema bueno. Lo difícil es encontrar un tema sin tener nada para decir.

 

En estos textos -y también en Facebook, donde escribís todos los días- tu escritura es fragmentaria.

 

Mirá, yo sé muy poco de muchísimas cosas porque siempre fui muy curioso. Entonces, en una reunión de plastiqueros, me puedo excitar como loco hablando de moldes de extrusión de plásticos, porque leí sobre eso. No lo puedo hacer, claro. Soy muy disperso. Una vez justifiqué eso diciendo que el eclecticismo es también un estilo. Entonces, mi estilo es ser ecléctico. Además, me aburro muy fácil de las cosas: me pongo a hacer reflexiones políticas y, de repente, me atrae contar un chiste judío que acabo de recordar, o hacer alguna provocación. Yo soy muy provocador, me gusta mucho tirar mierda a ver qué pasa. Y me parece que Facebook es para eso. No es un medio serio. No es un medio, en realidad. A mí me gusta escribir pelotudeces, algunas serias y otras en broma, pero siempre son pelotudeces. No son cosas profundas aunque suenen como tales. Facebook es light.

 

 

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Paul Klee – La casa giratoria

¿Es light siempre o es rápido? ¿No es un lugar trivial donde puede aparecer algo?

 

Es muy efímero. Vos escribís y… Mirá, el otro día escribí una respuesta a Rozitchner sobre esa estúpida declaración que hizo sobre los intelectuales y los artistas populares: “La diferencia es que los artistas y los intelectuales, sentimos, pensamos y recordamos”, puse. Eso fue compartido mil cuatrocientas veces. Gracias a eso podés mantenerte algunos días, pero ya nadie se acuerda de ese posteo porque hay cientos y miles todo el tiempo. El Facebook me viene muy bien, es como un frontón donde uno va y juega al tenis, otras veces al ping pong, a veces tirás unas estocadas de esgrima, otras bailás un poco o cantás. Creo que es un tema de narcicismo. Todo el mundo escribe algo porque quiere que la gente le ponga “Me gusta”. El negro Dolina decía que uno hace todo para levantarse minas y yo creo que uno hace todo lo que hace para que te digan “te quiero”. Ese es el único propósito en la vida y Facebook es un poco eso. El narcicismo. Que te digan: “¡Ah, qué hijo de puta! ¡Qué divino! ¡Genio!” Yo no trabajé nunca con un horario. En mi época de publicitario he trabajado cuarenta y ocho o sesenta horas seguidas, pero nunca con rigor, nunca de manera sistemática. Ahora estoy todo el día en la máquina. Me levanto tarde, de ser posible de diez y media en adelante, porque me gusta dormir bien. En casa hay dos personas de servicio y tengo a la mañana un termo de café recién molido junto a la computadora. Cuando me despierto, después de hacer pis, voy a la máquina, tomo mis medicamentos del día, me meto a leer los diarios y me meto en Facebook. A la noche pongo la máquina en “dormir” -no se apaga nunca- y me meto en la cama. Puedo pasar días sin salir de casa y no me aburro nunca.

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O sea que la escritura, incluso de a cachitos, es una constante en vos.

 

Sí. Como ejercicio me viene bien.

 

 

LA CASA LIBRO

 

                                    “¡Despierta, viene el día, un pájaro se suelta de los ríos, despierta! Le van quedando dos velas a la luna, vela del sur, vela del oeste, mariposa, mariposa enloquecida con su sombra descubierta. ¡No queda nadie en casa! ¡No duermas más, despierta, el agua no tiene imágenes, los caballos no imaginan!…”

                                    Arnaldo Calveyra, “Diario del fumigador de guardia” 

 

 

¿Y por qué armar un libro?

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Laura Lima – El mago desnudo

No sé, esto vino como una idea de una amiga de Facebook, muy buena mina, Gaby Conte, que trabajaba en una editorial de las españolas y un día me propuso hacer un libro de recetas judías. Yo sé bastante, tengo una biblioteca con seiscientos libros sobre gastronomía. Así que empecé a escribir recetas con anécdotas. De golpe, recordé una anécdota y la escribí, pero no tenía que ver con la gastronomía y empecé a hacer otra cosa. El libro se fue escribiendo así. Me remonté a mi primer recuerdo, era muy chiquito, en el Correo Central, donde por cinco centavos podías grabar en unos discos muy chiquitos que había, de cartón. Entonces, yo grabé algo sobre submarinos y dirigibles y dinamita. Escribí eso y, después, fui ordenando los textos cronológicamente y Marcos Meyer, mi editor, los ordenó de una manera inteligente y salió el libro.

 

¿No hiciste vos la edición del libro?

 

No. Fue Meyer.

 

Nos llamó la atención el texto final. Dice: “¿Por qué crees que un genio como De la Vega murió a los 41 años? Porque ya había dicho todo lo que tenía para decir -le contesté sin pensar.” Pensamos, qué bien pensado, vos como autor declarás que llega el final porque vos tampoco tenés más nada para decir, igual que le pasó a De La Vega.

 

Yo decidí terminar el libro en el año 2000, cuando tuve una crisis personal muy fuerte. La década 2000-2010 fue para mí una década perdida, en la que no hice nada y lo que hice lo hice mal. Entonces, decidí terminar mi vida a los sesenta años. Tengo mucho material para otro libro, pero no tiene nada que ver con los recuerdos o con las cosas que me pasaron.

 

¿No te interesó escribir una novela, por ejemplo?

 

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Laura Lima – El Mago

No. Soy muy bueno para algunas cosas como estacionar, por ejemplo. Soy muy bueno escribiendo monólogos o haciendo publicidad. Soy más o menos bueno componiendo y muy malo dibujando y escribiendo diálogos. Pero, sobre todo, soy muy malo escribiendo ficción. Y una novela es ficción. Además, yo leo novelas desde muy chiquito. La última la leí hace más de diez años, fue “El último encuentro”, de Marai, que me deslumbró. La anterior fue “El nombre de la rosa”, creo que en el ’86. Me pareció aburridísima, hasta que me di cuenta que era un policial y estaba Borges y ahí me apasioné, era un viaje. Pero no leo más novelas, me aburren mucho. Leo ensayo, historia, política, economía.

 

Pero hay muchos recursos de la ficción puestos en tu escritura.

 

Puede ser. Aunque yo nunca estudié escritura. Sé escribir porque siempre fui un muy buen lector y aprendí a escribir bien porque leí a gente que escribía bien. Escribo de oído, digamos. Sé leer música, estudié eso, pero escribo de oreja.

 

A LA INTEMPERIE

                                   

Nadie pudo ver nunca la incesante morada/donde todo repite nuestros nombre más allá de latierra./mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,/por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del polvo y la tristeza,/aquello que quisimos./Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno/el porvenir se alzó como una nube del último recinto,/el oculto, el vedado,/con nuestra sombra eterna entre la sombra./Acaso lo sabían ya nuestros corazones.”

                                  Olga Orozco, “La casa”

 

 

¿Y poesía?

 

Soy lector de poesía, no muy consecuente, pero la poesía no es lo mío. No soy un poeta. Poeta es Gelman. Yo escribo letras de canciones. Es como con la publicidad, la publicidad no tiene nada de arte, usa recursos del arte: la música, el dibujo, la literatura. Las letras de las canciones también usan los recursos del arte-poesía, pero no son poesía.

 

Pero, combinada con la música, la letra puede generar arte: la canción.

 

En algunos casos, sí. ¿Discepolín u Homero Manzi eran poetas o letristas? Las cosas se confunden. Yo soy un letrista de café. Me gusta escribir en los cafés, aunque ahora soy muy vago y escribo en casa, siempre a mano.

 

El letrismo es un género en sí. Pero vuelvo a lo de antes: hay muchas referencias a lo poético en tus textos. Por ejemplo, citas a Porchia, a sus pensamientos–poemas, los versos de “mi querido amigo Quesada”, hablas de musicalizar poemas. Más allá de la poesía o de escribir versos, ¿qué es lo poético para vos?

 

No me hicieron nunca esta pregunta, no es fácil. Creo que lo poético tiene que ver con lo ético. En este caso, con no hacerle al otro lo que no querés que te hagan a vos, tiene que ver con la alteridad.

 

Citás a Hillel, que dice que toda la ética judía se resume en ese concepto que acabas de mencionar…

 

Ah, sí. Para mí es un principio muy importante que me inculcó mi viejo cuando yo tenía unos diecisiete años y era un pendejo de mierda, soberbio. Mi viejo, en el año ’58, descubrió los transistores e inundó el país con ellos. Pasó de no tener un mango a tener un Cadillac último modelo. Una vez, volviendo del Once a casa en el Cadillac que él me dejaba manejar, veníamos por la calle Larrea, entre Tucumán y Lavalle. Adelante, había un tipo empujando un carrito. Yo le toqué la bocina, apenas. Pero mi viejo me dijo: “pará, bajáte”. Me bajé y agregó muy seriamente “Nunca te aproveches de alguien más débil que vos. Esto no se hace”. Eso me quedó para siempre. Yo descubrí que el judaísmo es eso, no hacerle al otro lo que no querés que te hagan a vos.

 

Eso sería como si uno fuera la referencia de le ética ¿la ética no sería en realidad no hacerle al otro lo que uno imagina que al otro no le gusta que le hagan?

 

Es que la ética es propia, no se inculca como la moral. En la moral no creo, creo en la ética. No es que mi viejo me enseñó ética, me abrió una puerta hacia el pensamiento ético. Así, lo que tengo de ético lo busqué y lo aprendí sólo. Una vez, a principio de los ’80, le pisé (metafóricamente) la cabeza a un tipo que había sido compañero de laburo. Él me contó una idea que tuvo, a mí me gustó mucho y me la olvidé. Luego de un año, la recordé para un cliente mío y la usé. No recordé que me la había contado este muchacho, o me acordé pero no me pareció relevante. Él me encontró un día y me lo reprochó, me dijo que yo le había sacado el único gran negocio de su vida. No supe cómo compensarlo y no me olvido más de eso, porque fue aprovecharme de un tipo más débil que yo en ese momento. No recuerdo otras veces. No soy un dechado de virtudes, en muchas ocasiones trato mal a la gente, puedo ser muy jodido, pero cosas como esa no las hago.

 

 

EN EL PROBLEMA, COMO EN CASA

“Un Tedio, desolado por crueles esperanzas/Cree aún en el supremo adiós de los pañuelos/ Aunque, tal vez, los mástiles que invitan huracanes/Son aquellos que el viento doblega en los naufragios/Perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes…/ ¡Mas, oh corazón mío, escucha la canción de los marinos!”

                          Stephan Mallarmé, “Brisa marina”

 

 

¿Y cómo vinculás eso con lo poético?

 

Quizás como un juego de palabras, yo que detesto los juegos de palabras… Pero, un gran poeta no puede ser una mala persona.

 

Schuscheim - Biblioteca
Schuscheim – Biblioteca

Sí, puede. Uno no los ha conocido, pero se podría decir que Celine, en su posición política era una mala persona. O Gabriele D’annunzio, si consideramos que ellos tomaban partido por ideas que llevaron gente a la muerte… También pueden no ser coherentes con lo que escriben. Pero igual la pregunta iba más allá del poeta, íbamos a lo poético como esa conmoción del lenguaje, como el ver en un texto algo donde el sentido se contrae, se condensa, eso que puede aparecer en una película, en un concierto…

 

Eso te puede pasar con cualquier cosa. Lo poético como obra de la imaginación sensible sucede en cualquier lado, excepto en la mesa de laburo. Yo me dediqué a imaginar toda mi vida, gracias a esa tía que me contaba cuentos y me volvió loco. He tenido algunas muy buenas ideas. No se si alguna fue en el escritorio, salvo una sola que recuerdo bien por la excitación que me dio haber resuelto el problema. Claro, después está la depresión que te da el haber resuelto el problema. Lo mejor es el problema, la solución es una mierda. Eyaculaste, se terminó y viene la depresión post coito. Lo que te mantiene vivo, la pasión, está en el problema.

 

 

LA PATRIA, DE A RINCONES

 

                                    “Bajo la patria o tierrecita/que leopoldo regó y amó/y levantaba ciudadelas/para cuidarla humanamente/y dejándose bien atrás/se puso delante de todos/y así le crecieron noches/al bueno bello verdadero/un gran silencio lo cubrió/un gran amor lo destapó /y de sus brazos descendían/calores para la mitad herida/donde se inclinaba/ pasaba como ungüentos sobre los como tristes leopardos/ que crepitan en el país”

                                                           Juan Gelman, “Caras”

 

 

En tu libro y también en tus relatos hay muchas referencias a direcciones concretas, a esquinas específicas, ¿esos lugares son un territorio especial para lo poético?

 

Son la patria, te diría. La patria son los rincones de la infancia, el lenguaje, las comidas, los olores, los lugarcitos, las relaciones. Yo no creo en la patria como concepto, me molesta mucho. Ahí está, me parece, lo poético de la vida, en el poder rescatar esas cosas. Eso no es nostalgia, es sentirse cómodo. En alemán es Gemutlichkeit es sentirse cómodo. En idish es heimlich, “cómodo en tu lugar”. Acogedor.

 

 Un mediodía del ’75, te encontraste con Abrasha Rotenberg, le preguntaste cómo estaba y él te contestó “Muchísimo mejor que el año que viene”. “Me respondió con la más perfecta síntesis”, escribiste sobre esta anécdota. ¿No hay algo de lo poético allí en esa síntesis de sentido?

 

Es como la publicidad. La publicidad usa recursos poéticos, recursos filosóficos, pero no es poesía ni filosofía. Esto es un recurso, quizás, poético. Como publicitario yo aprendí a ser sintético. Había un director rumano, Sergiu Celibidache, con una comprensión musical única. Tiene una versión del Bolero de Ravel que hace que te enamores. Recuerdo que, con Lía, íbamos a uno de los cines Santa Fe 1 y Santa Fe 2, hace cuarenta y cinco años de esto. Llovía, yo tenía un Fiat 1100, la dejé en la boletería y di la vuelta para estacionar. Puse Radio Nacional y escuché: Tum…, tum…, tum… , tuuuuuum… Nunca había escuchado un tempo así. Yo había nacido con la bestia de Toscanini, que te liquida la 5ª Sinfonía en dieciséis minutos. ¡Y esta duraba veinticuatro! Me quedé… No fui al cine, la clavé. Y un día, en mi casa, charlando con una enorme pianista, que se volvió loca y me saltó al cuello, le dije: el arte consiste en dejar caer, dejar caer, dejar caer y, cuando se está por caer, sostener. Porque yo creo que menos es más, como Mies van der Rohe. Entonces, la síntesis es eso: quitar. Y, en el momento en que se está por caer, lo sostenés. Quitar, arte no es agregar. Cualquiera puede agregar. Palabras escribe cualquiera. Por eso me volvía loco Antonio Porchia, a quien conocí. No era un poeta, era un filósofo, un gran pensador que usaba esa forma de cinco palabras. Cuando vos decís “Todo es como los ríos, obra de las pendientes” es un pensamiento de una profundidad… Creo que ahí está lo poético, la profundidad de eso dicho en cinco palabras. No hace falta más. El arte es así. En “Amadeus” el emperador Federico le dice a Mozart: “Son demasiadas notas” y Mozart le dice: “No, no hay ninguna más de las necesarias” Había muchas notas, pero él había ya sacado las que sobraban. Eso es arte: despojar.

 

Schuscheim - Escritorio
Schuscheim – Escritorio

 

AMUCHADÍSIMOS

 

                                    “Según el viento que a empujones te aparta, /se amontona la nieve en torno a la palabra.”

                                   Paul Celan, “Con llave cambiante”

 

 

¿Y el recurso de juntar las palabras quitando todos los espacios?

 

Una sola cosa hice así. “El nombre del enemigo”.

Hitlerstalincampsgoliathtorquemadaesterhaysatánpetainmasserarosenegvi delahafezelassdemngelabucodonossssorhimmlerkhomeinigoerinhezbollahs uárezmasonboriamenviellahessbattistachmielnickamanhamaslopezregaant epavelicstroesnermussoliniwalteulrichmichaeltownleyhelmuftifrancosalazar galtieribormannentasineldíngoelbbelsloshijosdeputaquevolaronlaembajadal oshijosdeputaquevolaronlaamipinochethugawastjeanmarielepenymillonesd ehijosdeputamás.

 

Y lo de las tres marquesinas que leías como una sola.

Boioslamjmauinknishesserviciodelunchbarmitzvácasamientosnoviasmadrin as tocadosviudasliquidaciónnosvamostodoalcosto

 

Eso me causó mucha gracia, fue en los años ’80. De ahí saqué el título de “Todo al costo” es muy judío. Esas cosas me parecen graciosas.

 

Otra referencia tuya respecto de juntar las palabras: “Hoy, como diría Juan Gelman, todo es “sueñonieblafantasmapoesía”

 

Es una palabra de él, del poema “El caballo de la calesita”, de su primer libro “Violín y otras cuestiones”. Yo lo descubrí a Juan en los años ’60, cuando publicó ese libro y me deslumbró. Le puse música inclusive. Les puse música a varios poetas. Ellos estaban chochos porque eso significa difusión. Luis Alberto Quesada, que murió hace poco -a los ochenta y ocho años y fue compañero de Marcos Ana, un argentino preso en la guerra civil catorce años, un tipo divino- una vez escribió una cancioncita a la que yo le puse música “Yo quiero salir y verte/ quiero salir de esta rueda/ salir en brazos, besarte/ aunque al ratito me muera”. Salió una cancioncita española, supongo que por mis raíces andaluzas. Quesada estaba chocho, Marcos Ana estaba chocho, Gelman estaba chocho cuando yo hice la música del “Llamamiento contra la preparación de una guerra atómica”. Sin embargo, yo una vez me dije: ¿Esto no es pintar esculturas? ¿La poesía no es una obra terminada? Me pareció como una irreverencia. Ahí decidí escribir, con mucho esfuerzo, mis propias letras. Supongo que Machado hubiera estado contentísimo de que Serrat haya musicalizado poemas de él, pero no corresponde.

 

Bueno, los poemas no necesitan música, tienen la suya propia. Cuando vos les agregás música, hacés otra cosa, lo homenajeás al poeta. Es como hacer una lectura. Es otra cosa.

 

Claro. Pero yo ya dejé ese camino.

 

LA CASA MEMORIA

En el sueño eterno, la eternidad es lo mismo que un instante. Quizá yo vuelva dentro de un instante.”

            Antonio Porchia

 

 

Dijiste “decidí escribir mis propias letras”. Antes hablamos del nombre propio de las calles, de las personas, también. Hay muchas referencias en tu libro, a nombrar contra la ausencia “Cuando Bérale (pronúnciese Bernie) (…) Celia (pronúnciese Jessica) (…) Sami (pronúnciese Gonzalo) (…) Esther (pronúnciese Romina) (…) Pésaj (pronúnciese pizza, pero como aspirada) (…) afikonim (pronúnciese portafolios) Y Bérale, Cecilia, Sami y Esther (ahora sí pronúnciense sus verdaderos nombres), como si los zeides y las bobes a los que ni siquiera conocieron estuvieran presentes, y sin saber una sola palabra de hebreo, comprendieron sin entender, retrocedieron decenas, cientos, miles de años en el tiempo y por un breve momento se reunieron con vieja y distante identidad.” Pensábamos en el territorio del lenguaje y la identidad y en el hecho de nombrarlos como una manera de darles voz.

 

Es una manera de darles eternidad, vigencia. Mi viejo era un tipo extraordinariamente culto. Era un self-made-man que no terminó la escuela primaria porque mi abuelo en Polonia, era canastero y escritor, y mi viejo tenía que trabajar. Hablaba nueve idiomas correctamente. Vino acá y, a los tres meses, era jefe de ingenieros de la RCA Víctor, con lo que él sabía de radiocomunicaciones, de física…. Papá se iba a la cama con un libro de matemáticas, de cálculo infinitesimal para leer. Yo me acuerdo que pensaba: ¿qué va a pasar con todo este conocimiento cuando él se muera? Tengo un cuento que él me contó que se llama:Léibchick der Meshíguener” “Luisito, el loco”.

 

 

 

 Y yo puse ahí que el día en que se pierda la memoria de este héroe, no quedará nada ya de él. Yo no lo conocí. Lo conoció mi viejo cuando era muy chico, en su shtetl, en Galitzia. Estos polacos, vinieron acá después de la guerra, donde habían sobrevivido tres años encerrados en un sótano, en el que una tía mía tuvo un bebé, mientras estaban los nazis revisando. Al bebé tuvieron que sofocarlo hasta matarlo para que no llorara. Había cuarenta judíos escondidos en esa casa de un buen católico que después, acá, tuvo un hijo al que le pusieron Jorge, por mí. Es mi única manera de evocarlos y recordarlos. Pasa con las calles. Cuando César Tiempo escribe sobre Junín y Lavalle -una esquina prostibularia que Hugo Wast denostaba- “Baila Lavalle y reza Junín”, es una manera de mantener aquella esquina que yo tuve la fortuna de recordar y conocer. Hoy es una esquina más, pero la única manera de mantenerla en el tiempo es nombrándola. Entonces, las palabras son la manera de mantener vivas las cosas.

 

CICATRICES

En la calleja solitaria y triste de este fosco arrabal, como un ladrón acecho agazapada la ocasión de saltar sobre mi presa.”

                            César Tiempo

 

 

Esa es una vertiente de tu escritura, darle voz a los ausentes. La otra es la presencia de los bucles del tiempo. Las cosas que te suceden y, mucho tiempo después, entendés su significado. Como cuando te cruzaste con el capitancito al que le hiciste la venia burlándolo y, mucho tiempo después, te diste cuenta que era Videla.

 

Friedensreich Hundertwasser - El pequeño camino
Friedensreich Hundertwasser – El pequeño camino

No sabés el susto que tenía yo. Tendría doce o trece años. Usaba pantalón corto, era muy petiso, gordo y lleno de granos. Volvía del colegio por Díaz Vélez, por la vereda impar -no sé por qué, no era esa mi vereda- y, entre Bustamante y Bulnes, venía este tipo, flaquito, con bigotitos y con una marcialidad que a mí me causó gracia. Lo miro, me mira. Y, cuando hace tres o cuatro pasos, yo hago la venia y el tipo se da vuelta. Me cagó a gritos “¡El uniforme de la patria se respeta, carajo!”. Me aterroricé como nunca después en mi vida. La cara me quedó grabada para siempre. Yo me decía: ¡qué tipo cobarde sos! Pero un día me di cuenta: tener miedo es lógico. Hacer las cosas a pesar del miedo es ser valiente. Pocas veces tuve miedo en serio. Y creo que esa fue la vez en que tuve lo que llaman miedo cerval.

 

¿Y la experiencia con Tato en la ruta?

 

Fue en el ’76, después del golpe. En el teatro del Globo hacíamos un espectáculo que se llamaba “Pobre Tato”. Y Tato quería ablandar los monólogos. Íbamos al interior: a Cipolletti, a Rosario y qué sé yo. Yo iba con la guitarrita y cantaba mientras Tato se cambiaba. En Rosario, tocaba primero el Mono Villegas. Luego íbamos nosotros y, al final, cerraba el Dúo Salgán-De Lío. Imaginate el nivel de esa época. Una y pico de la mañana. Terminamos, cobramos, volvemos. Tato tenía un Peugeot 403. Ruta 9, salíamos de Rosario, junio del ’76: boca de lobo. Vemos un retén del ejército, cuarenta tipos con ametralladoras. Tato baja la velocidad y nos pasa, justo y con prepotencia, un Torino. Era el gordo José María Muñoz, el relator de fútbol. Se nos pone adelante, lo que hizo era como para putearlo. Veo que el tipo baja la ventanilla, pasa despacito y sonríe. El soldado lo reconoce, sonríe también y Muñoz pasa. Tato, con cara de loco, baja la ventanilla y dice “¡Custodia!” y aprieta el acelerador. Le digo: “Tato, ¡nos podían haber fusilado!” “Ma, que se vayan a la puta que los parió. Me quiero ir a mi casa”, me contestó. Era un tipo muy valiente.

 

En el texto hay muchas referencias a las cicatrices que no se borran, como cuando contás que pisaste el ratoncito de lata y te dejó una cicatriz profunda.

 

Sí, en toda la planta del pie. Ahora se borró ya la cicatriz pero no su recuerdo. Fue mi primera herida. Yo tenía una cuna con barrotes y lógicamente quería rajar.

 

 

LA CASA, AL DETALLE

 

 “… si regresaba tarde a su casa era porque se quedaba dándole cuerda a la luna”

                                         César Tiempo, refiriéndose a Gardel                     

                                                          

 

Hay muchos textos tuyos que se detienen en los detalles: ”El mozo del Dora, cuando se le pedía la cuenta, la escribía con un cachito de lápiz que guardaba detrás de su oreja”

 

Como todo tipo grande, me lavo los dientes y, a los cinco minutos, no recuerdo si lo hice o no. Pero tengo una memoria absoluta de los recuerdos viejos. Lamentablemente, no sé dibujar. Pero si pudiera, te dibujaría ahora mismo la cara del mozo del Dora, por ejemplo. Tengo registro fotográfico de detalles así. Lomos de libros, como uno de leyes, polaco, encuadernado en piel humana en el año mil setecientos. Recuerdo la textura un poco rasposa, color marfil. Lo recuerdo táctilmente. Recuerdo olores, sabores, tengo esa memoria formidable.

 

¿Los cinco minutos que le pedís al público en el libro?: “Quédense cinco minutos sentados en sus asientos, / no se levanten, amigos, que les debo el último cuento, / son solo cinco minutos de atención que les pido, / no se vayan todavía, por favor, no hagan ruido…”

 

¡Ah, sí! Es una canción que no fue cantada nunca. Me la pidió Cipe Lincovsky hace como treinta años, en su casa de Viamonte y Larrea. Ella cocinaba maravillosamente. En esa época, Cipe cantaba en los boliches de Lino Patalano: “La gallina embarazada”, “El gallo cojo”, unos café concert muy famosos. Ella agarró una canción mía “Las cosas que pasan” y me pidió que se la hiciera periodística. Entonces, todas las semanas le escribía tres o cuatro estrofas sobre lo que estaba pasando. Recuerdo que Juan Pablo II viajaba mucho y yo le puse: “Pasa viajando el Santo Papa/ hace otro viaje y se cae del mapa.” La gente se cagaba de risa. Un día, estábamos en su casa y me pidió que le escribiera una canción para darle las gracias al público. Le dije: “Leí una frase de Picasso que me impresiona mucho: “La obra de arte no está terminada hasta que la ve el ojo del otro” Entonces escribí esa canción, que no era buena. Me dijo: “¡esto es una mierda!” Tenía razón. Así que le hice otra, pero me llevó un año. Se la llevé, la canté, pero es una canción que tiene un registro de dos octavas y a Cipe no le daba la voz. Nunca la cantó. Yo tampoco. Es decir, la canté en un DVD pero con el ladrido que tengo… Es como un himno muy celebratorio que va subiendo de a tono y medio, hasta que llega a una octava completa. Muy duro de cantar. Traté de dárselo a la Negra Sosa, pero no conseguí que la cantara.

 

 

LIMPIAR LA CASA

“Para que tu tristeza muda no oyese mis palabras,
te hablé bajito.”

                                                                                               Antonio Porchia      

 

 

Otros cinco minutos son los de tu mamá: “Después de mi visita de segundos, minutos, horas, mi mamá siempre decía lo mismo: Quedate cinco minutos más… Interminables cinco minutos más.”. Y ahí aparece otro tema que también vemos picoteado por aquí y por allá, que es el de la imagen de la decadencia.

 

Era una casa muy linda en la calle Olaguer, a la cual nos mudamos el 1° de enero del ’58. Yo fui a dormir solo esa noche. Esta mesa que ven en el living era de esa casa. Mi viejo se rajó, al año siguiente, con su secretaria. Pero mantenía la casa. Mi vieja se murió de un ataque del schuscheim2escargacorazón que le duró veinte años desde que anunció por primera vez que se estaba muriendo de un ataque. Entonces dejó que todo se fuera cayendo. Había personal de servicio, con lo que la casa estaba limpia, pero el yeso se desprendía del cielorraso. Arriba de la chimenea colgaba un cuadro de Pío Collivadino, negro de humo. Un abandono total. Yo sueño con mi papá todas las noches. Con mi mamá, nunca. Quise mucho a mi viejo, no así a mi mamá. Cuando ella murió y la enterramos en Tablada -contra su voluntad, porque ella quería ser cremada. Y, aunque soy blasfemamente anti religioso, acepté un cantor por la familia y demás ritual-. Cuando la estaban bajando al cajón, el flaco me pregunta por el nombre de la difunta. “Luba”, le dije. “Luba, la perdonamos por todo lo malo que usted hizo, así como le pedimos perdón por todo lo malo que le hicimos a usted.” Recién ahí me puse a llorar, porque estaba enterrando todos mis malos recuerdos. Tengo muchos, pero ya están borrados. Decidí quedarme con los buenos. Pero esa casa me resultaba insoportable. Durara lo que durara la visita, mi vieja decía “Quedate cinco minutos más”. Y yo lo único que quería era rajarme. Tengo un primer recuerdo muy terrible, tendría menos de dos años. Estábamos en la playa, Miramar o Piriápolis, no sé. Yo quería irme al mar y mi mamá no me dejaba y me tenía. Yo sentía el olor a su teta y no podía respirar porque me tenía así. Esa casa me asfixiaba como esa teta, no sé si el olor a la leche o a un perfume o a su piel, no sé. Lo de los cinco minutos y el jarrón es cierto. Era un día de agosto frío y muy lindo. Estábamos Lía y yo solos. Pablito era chico, se había quedado con amigos, creo. Yo no voy a cementerios ni a funerales. Como dice Woody Allen “No tengo ningún problema con la muerte, pero quisiera no estar ahí cuando eso ocurra”. Además, no creo en las flores, aunque mi mujer había comprado fresias afuera. Vimos un jarroncito. Aparte, ella se robó una lata de otra tumba y puso ahí las fresias. Le dije: “Bueno, vamos”. En eso vino una ráfaga de viento y se cayeron los dos jarroncitos. Se volcó toda el agua y, como había que ir hasta la canilla a llenarlos de nuevo, pasaron esos cinco minutos más. Y nos tuvimos que quedar frente a la tumba ese tiempo. Así fue.

 

El olvido tiene mala prensa.

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Schuscheim, Reservas de alegría

 

Como el cáncer. Yo tuve tres veces cáncer y me lo tomé con humor. El humor judío es una herramienta de supervivencia. Durante el primer cáncer me hicieron tres sesiones de quimioterapia. El pelo se me raleó un poco. Pero después me creció más tupido. Así que, a mis amigos pelados, les decía: “Chicos, quimioterapia”. Me lo tomé así, no hay otra manera. ¿Encima que tenés cáncer vas a sufrir?, ¿sufrir dos veces? No.

 

¿Hay cosas que merecerían ser olvidadas?

 

No. Me puedo olvidar cosas importantes como a qué hora me lavé los dientes hoy. Cosas nimias como el recuerdo de mi mamá, no.

***

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¡QUÉ TABLAS!

El olvido: sobre el ajedrez

Por Horacio Intorre

 

UNA FAMILIA DE TABLEROS TENER

horacio49313Desde los seis años fui un amante del ajedrez. Mi padre, un buen jugador aficionado, me incentivaba a jugar y a estudiar con él. Todas las noches al regresar de su trabajo, se sentaba  a enseñarme  lo que sabía. Él tenía tableros de ajedrez de todo tipo. Uno especialmente apreciado vivía sobre el modular de mi casa de infancia. Era de origen hindú. Ese tablero sólo lo usaba para jugar  con su mejor amigo Pablo. Por suerte, la casa era amplia, espaciosa y muy luminosa, por lo tanto los tableros de ajedrez se acomodaban  por acá y por allá y lejos de molestar, construían la escenografía del lugar. A veces me parecía que todo el espacio era un gran tablero donde, de tanto en tanto, yo era rey  o peón o alfil. Y, en ocasiones, hasta era reina.

 

EL VISITANTE ILUSTRE

A los ocho años, mi padre me hizo socio del Club Argentino de Ajedrez, a su gusto, el mejor club de ajedrez de Latinoamérica. Allí  pude estudiar con grandes maestros, jugar torneos juveniles y también de mayores, con suerte cambiante. Mi juego comenzó a mejorar drásticamente. No paraba de jugar y estudiar: el ajedrez se  había vuelto una  pasión.

Un día de calor bochornoso de enero en Buenos Aires, ingresé al club como todos los días. Pero no iba a ser uno más. Todo el mundo estaba excitado y conversaba acaloradamente, y no debido al calor de enero. La noticia había agitado los ánimos: en el mes de septiembre visitaría el club Garry Kasparov, para jugar partidas simultáneas con veinte tableros seleccionados especialmente para la ocasión. Kasparov era, en ese momento, el  campeón mundial de ajedrez. Y resultaba toda una aventura poder verlo en acción.

horacio1garry-1997

La atmósfera en el club se había transformado. Un perfume inspirador lo habitaba, los colores de los cuadros en  las blancas paredes lucían más brillantes. Vistos  desde los ventanales, los árboles sobre la calle Paraguay extendían sus ramas, aparentemente enteradas de la noticia. Y de ese modo pugnaban por penetrar hasta los tableros, para hacer ellos también alguna movida y participar de la fiesta.

 

EL DÍA K

Por fin llegó el día o, mejor dicho, la noche. Era el 9 de Septiembre del año 1997. Kasparov ingresó al club acompañado de varias personas. Saludó a todos los participantes con un apretón de manos y una amplia sonrisa. Se lo veía muy feliz, amable y simpático. Además, sumamente respetuoso. Había tanta gente que no pude acercarme a saludarlo. Después de agradecer el recibimiento, hubo aplausos y emoción. Para qué negarlo. Unas lágrimas se soltaron de mis ojos hasta llegar a mi remera azul.

 

LA VENIA DEMOCRÁTICA

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Las veinte mesas con sus respectivos tableros relucientes ya estaban listas para que comenzara la exhibición del campeón. Las pieza de ajedrez bailaban su danza blanca y negra, impacientes   a la espera del gran momento  en que Kasparov las hiciera hechizo en sus manos. El aire que entraba por las ventanas era agradable y  movía apenas las cortinas blancas. Kasparov se acercó al primer tablero e hizo su movida. Luego avanzó hacia otro y hacia otro más hasta completar los veinte, para volver al primero.

El encuentro duró varias horas. El campeón se impuso cómodamente en casi todas las partidas, menos en una, donde zafó de una derrota por un pacto de caballeros. La cosa fue así: Kasparov, con ventaja en el tablero, cometió la imprudencia de levantar un peón. Luego de advertir que ese movimiento le costaría perder su dama y por lo tanto la partida, volvió a colocar la pieza en su lugar. Si el aficionado hacía el reclamo, ganaba la partida. En lugar de eso, el aficionado le hizo la venia y le ofreció tablas al campeón. Este que no había tenido buenas relaciones con los militares, se asustó. Al advertirlo al aficionado, se apresuró en agregar:

-Mire que la mía es una venia democrática-  sonrió.

Kasparov le preguntó:

– ¿Cuál es su nombre?

-Martín Balza- contestó el otro.

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PALPITACIONES

El olvido: sobre “Patriotismo”, de Yukio Mishima.

Por Carlos Coll

ESCRITOR RESORTE

Mishima es un escritor que abisma en tensiones. En “Patriotismo”, las fuerzas en disputa son suicidio, amor, honor. Livianito, nomás, en lo argumental. No conforme, el narrador japonés también aprieta el puño en la estructura: este cuento encierra una narración dentro de otra. Es un resorte donde cada nodo vuelve al conflicto original, como en un anticipo, aunque con sutiles matices. Pero, ¿cuál es el conflicto del que hablamos?  Digo: no el tema, no el argumento, ¿cuáles son las cuerdas, los tensores con los que Mishima fabrica su texto – resorte?

UNA NOTA CIRCULAR

carlos coll5 amor y dolor ( el vampiro)  Edvard Munch“La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: “¡Vivan las Fuerzas Imperiales!” La de su esposa -luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba- concluía: “Ha llegado el día para la mujer de un soldado”. Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés”. La escritura dentro de la escritura muestra el material con que teje Mishima. Escribir una nota de despedida es parte del rito. Perfecto. Es, también, parte de lo esperable en la escenografía del suicidio. Perfecto. Lo que está lleno de irregularidades y, por eso permite- por transparencia-, múltiples lecturas es el hecho de que esta nota- tan breve- sea también una especie de mini biografía de último momento. ¡Vivan las fuerzas imperiales!, debe leerse así: para que las fuerzas imperiales vivan, el personaje debe morir. No puede traicionar a su patria, pero tampoco puede reprimir a sus compañeros, quienes –sin avisarle- han desatado una rebelión contra el orden establecido. Y, en “sin avisarle”, hay una señal.

Y A MÍ, ¿POR QUÉ NO ME AVISARON?

W.A.MOZART.DON_GIOVANNI._OBERTURA (1)     

“Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente”. Tal vez, Don, a usted nada le avisaron, por ese modo que ahora muestra en “librarse milagrosamente de la desesperada fatiga”. Tal vez, Don, no tenían por qué avisarle. A aquello solo era un levantamiento contra el régimen imperante, como su ceremonia solo sería un rito íntimo entre usted, teniente, y su esposa. La explicación a los otros la dejarían en sus notas. Y la historia se encargaría de contar el destino de la asonada. En la batalla todo sería revuelo, despojos, pérdida. En interiores, para empezar, pulcritud. Ambos deberían estar perfectos, contorneados en su más pura imagen. Es por eso, Don, que usted y ella se afeitan, se maquillan. Esta será su última presentación en público. Debe ser prolija, ordenada. Es una manera de desafiar, aunque sea un poco, la fealdad desgarradora de la muerte.

LOS CINCO LATIDOS DEL CORAZÓN

 PRIMER LATIDO

carlos coll4El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir”. Ve, Don, ya desde la primera línea, Mishima presenta el desenlace. Brutal, preciso, sangriento. Y, no solo eso, parece querer que los lectores nos enteremos de la totalidad del cuento, en esa primera frase. Sin embargo, tanto usted como yo seguimos leyéndolo porque, en cada nueva frase, renace el drama. Son círculos concéntricos que se desplazan a lo largo del desarrollo del cuento.

SEGUNDO LATIDO

Constantin Brancusi.
Constantin Brancusi.

“En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla. Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.” Aquí vuelve Mishima al nodo corazón del cuento. Ve, Don, las blancas vestiduras ya anuncian, años antes del final, el desenlace inexorable. Hasta uno podría aventurarse a imaginar el erotismo posterior a la ceremonia. Los movimientos de aquella mano tímida deslizándose por la piel tensa del teniente. La dominación del soldado al poseer a aquella criatura de dedos  en flor, su mujer. Don, ¿le parece casual que Mishima haya puesto aquello del capullo de una flor de luna? No, claro que no. Vamos bien, Don. El teniente iba a alcanzar el capullo en aquel momento y lo iba a transformar en una flor abierta, olorosa, plena. Justo al borde de la muerte.

TERCER LATIDO

“Tomó la ardilla en su mano y la observó. Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en lontananza los principios vitales, como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado”. Fíjese cómo vuelve Mishima al nudo: la muerte como única alternativa, como la salida anunciada. En este latido resuena la imposibilidad que tiene Reiko de descartarse de su suicidio. Se da cuenta, ¿no? Lo está anunciando a través de la despedida de sus entrañables bagatelas de la niñez.

Сarlos coll1CUARTO LATIDO

“Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.(…) El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil”. Don, usted se da cuenta. Amor, Don, amor. Lo sangriento, a eso que nos han metido como  para verlo sólo terrible y pavoroso, Mishima lo transforma en un acto ético y de amor. ¿Se da cuenta el modo en que él logra arrinconar nuestros principios? Pero hay más: su respeto por el orden imperial, su orgullo por el uniforme. Y, para ella, igual. Nunca había visto algo tan maravilloso en este mundo. La bella muerte.

QUINTO LATIDO

“El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aun. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por última vez”. Ve, Don, lo que le decía: el amor. La muerte la transforma. La sangre deja de tener el significado oloroso y nauseabundo con que la registramos, para pasar a formar  parte de una unidad vital.  Ella lo besa en un acto de despedida, pero sin el desgarro de la pérdida.

INVERSIONES DEL ESPEJO

Aparte de la estructura resorte  Mishima es también un cultor del detalle. No leemos sobre ellos, estamos con ellos. A su lado, sentimos el sabor dulce de la sangre, nos estremecemos al disparo de su último acto sexual. Morimos con ellos. La muerte se invierte hacia el espejo de la vida, en una última apuesta de fusión, confusión, transmutación y unidad.

El relato es pulcro y excesivo. Detallado y exuberante. Cruel y amoroso.

Pareciera un último anuncio de la memoria que se descarga de su peso y retiene su tesoro. Olvido los transcursos y rescata el instante.  Así, el resorte hace sonar su último acorde. Después, el aire descansa en paz.

 




CICATRIZ DE PÁJARO

El olvido: entrevista a Alejandro Ester, director del documental “Imprescriptible”.

Entrevista: Viviana García Arribas, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman

Himalaya boca callada, piedra mentira. Ah, moral de los pájaros: sí, ilumina.
Que recuerde, el primer juego-juguete que vino a mí y ya no se irá de mí por nunca fue un cristal; pero qué cristal; algo líquido y duro que no caía por milagro del arco bronce que lo ataba.
Bajo el agua es más que el agua porque está detenido y es móvil. Si toco una llama con mi cristal, soy invierno: el fuego gira y no es su resplandor ya más. Por hábito y piedad cada tanto lo arrojo en las brasas para que devore y llene el Fulgor con su siesta de infierno.”

Miguel Ángel Bustos, “El Himalaya o la moral de los pájaros”

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En lo más alto del pájaro el vuelo va al ras del suelo. Atraviesa, firme y discreto, los recovecos de la voz y sus quebraduras. Allí donde se detiene, estampa su curso sobre la audacia de una piedra y, cuando el aire ralea, se atraganta con pillajes y saqueos. Pero cuenta. En la curva de los relatos, levanta la mirada y se topa con una avalancha de parloteos leguleyos, fórmulas mal habladas en dilaciones y prepotencias. El juicio y su obscenidad de duraciones y maneras no impiden que el vuelo se atreva, vertical, y parta la pantalla. Es una enorme cicatriz de pájaro que arrincona al verdugo contra el extremo de su voz, lo expone fláccido de argumentos, patético en proclamas. En la otra mitad del cuadro, titilan intermitencias de la memoria, el trazo último de una carta padre, una muñeca impregnada de días y días de espera y, aun así, dispuesta a un tacto más, siempre a un tacto más. La trayectoria, de pronto, se torna cornisa, borde sinuoso, filo solapado entre el horror y el modo de darlo a ver. Pero el vuelo, “Imprescriptible” encuentra la justa medida y el paso se pone a contra ritmo del morbo y las generalizaciones. Sobre la piel de las voces, la cicatriz es trazo singular, filigrana única para cada voz, para cada rostro. Ella es la marca de una ausencia, de un hueco en la historia, de una falta que, en su silueta, obliga al pasado hacia el presente y reubica todas las figuras del porvenir. La cicatriz pájaro circula un texto que se ofrece como viaje, como canto. Y su lectura regresa, una y otra vez, a la forma de aletear de una mirada.

Hay un pájaro frente al Palacio de Tribunales. Su canto hace eco en un trino que aún reverbera en algún rincón de la ESMA. Hay una inquietud en el aire de cualquier centro clandestino, un hilo de voz pende en cada viaje truncado, en cada tajo sobre cada biografía mutilada. Hay una cifra en la hendidura de cada cicatriz. Como estoma, el surco abre y cierra en un batir urgente, en una zozobra del lenguaje que intenta aproximar a lo indecible. Al ras de ese vuelo, en lo más alto del pájaro, va la intensidad de “Imprescriptible”, documental de Alejandro Ester.

afiche ImprescriptibleDAR LA VOZ

“el corazón que no canta
no ejerce su oficio con altura.”

“Tango y lo demás”, Roberto Santoro

Para ubicarte en el contexto en que nace este documental y en cuáles fueron las dificultades para llegar a hacerla, te cuento que esta película rara nace en México. Es como una continuación de otras. La tía de Lucero, mi mujer Shula Erenberg, también cineasta, hizo una película sobre de la detención de Ricardo Cavallo en México. A él lo detienen en el ’98, se había reconvertido en empresario y hacía negocios con el Estado. Igual que en la ESMA, se ocupaba de hacer documentos de identidad. En México, cuando gobernaba el PRI, él ganó una licitación. Es decir, el negocio que le dejaron al último presidente del PRI, antes que ganara Fox, fue el maneo de la renovación de todas las licencias del parque automotor y de las personas. Había que hacer de vuelta todas las licencias de millones de autos y de personas, un negocio monstruoso. El hijo de Cedillo y Cavallo montaron una empresa hecha a medida para ganar esta licitación. La ganaron, por supuesto. Parece que alguien de adentro del PRI sabía quién era Cavallo y, aparentemente en medio de internas del PRI, lo desliza, y les caga el negocio. Así es como Baltazar Garzón pide la captura internacional de Cavallo. Él quiere huir a Argentina y llega a tomar un avión, pero hace escala en Cancún y allí lo detienen por la aplicación de la Justicia Universal. Desde acá, viajan varios sobrevivientes de la ESMA a declarar en México. Y lo reconocen. Iba a ser el segundo genocida juzgado en España, después de Scilingo. En ese momento Shula hace una segunda película sobre el caso. Cuando el juicio estaba por suceder en España, se caen en Argentina las leyes de Impunidad y eso permite que pidan la extradición de Cavallo y lo juzguen acá. Hubo toda una movida para lograrlo. Cavallo pensaba que, en Argentina, le iba a ir mejor que en España -recordá que a Scilingo le dieron como quinientos años de condena en España-. Ahí nace la idea de hacer “Imprescriptible”, como la tercera parte de una trilogía. Yo había participado en la primera, en la búsqueda de material de archivo en Argentina. Y, también, durante muchos años, trabajé como camarógrafo en un archivo oral, “Memoria Abierta”. Se trataba de hacer entrevistas largas a militantes, a víctimas de la dictadura.

aleester3Chris-Maynard-Plumas-de-aves-convertidas-en-arte2¿Por qué estás especialmente involucrado con este tema?

La vida me fue llevando a este lugar. Empecé desde el secundario a leer y sensibilizarme sobre el tema.

¿Vinculás eso con alguna sensación de orfandad tuya?

La vinculación es, primero que nada, histórica. Pensar que estas cosas pasaban cuando yo tenía cinco o seis años…, no tengo recuerdos firmes de esa época, pero sí la sensación de vivir en un lugar opresivo, la sensación de ese e miedo que nadie te explicaba pero estaba ahí. O el recuerdo de mi viejo cuando puteaba a Videla, eso es lo que tengo vivencialmente. Después, no sé decirte por qué, empecé a interesarme. Creo que los primeros relatos directos de algunas personas fueron determinantes. Yo había leído mucho acerca del tema, pero no tenía aún la voz de nadie.

El asunto fue de lo general a lo singular.

Sí. Conocer a la persona, conocer la historia de un sobreviviente, de un hijo de desaparecidos, el nombre de esa que empezó a ser contemporánea mía. De ahí salió todo.

El modo de afectar del recorte se ve muy claro en “Imprescriptible”. Tomaste un puñado de casos. ¿Cómo fue elegir el recorte?

Hubo criterios. Hubo un plan de trabajo con Shula, con quien empezamos con el documental de Cavallo. Mientras lo escribíamos, nos dimos cuenta de que Cavallo era un detalle dentro de una maquinaria. Ahí decidimos hablar del juicio de la ESMA. Estaba claro que el trabajo iba a ser gigante, inabarcable. No queríamos hacer algo de ocho horas como lo de Nüremberg, sino algo que pudiera mirar cualquier persona.

 

Abby Diamond, Pájaros con sangre de acuarela.
Abby Diamond, Pájaros con sangre de acuarela.

Esa es la diferencia entre un documental y documentar la historia.

Claro, nosotros elegimos el documental. Un documental accesible a quien no conozca o conozca poco de esta historia. Que lo pueda ver un pibe que tenga una noción, o alguien de afuera.

Que singularice, como te pasó a vos.

Sí, que escuche de primera mano a alguien contar un relato; eso a mí me parece lo más potente. El relato sin artilugio. De ese grupo de gente a algunos los elegimos y a otros, no. Para empezar, de entrada surgió el problema de no poder grabar en la sala de juicio, no nos permitían acceder con una cámara. Entonces conseguimos un acuerdo: nos pasarían el material una vez que terminara todo. Luego, se complicó un poco….

¿Te dieron todo el material grabado?

No. Conseguí lo que pude, pero eso como otra historia. Se complicó entre otras cosas porque yo tenía una idea de que el juicio duraría unos ocho meses, digamos. Nosotros concursamos en el Incaa y ganamos una “quinta vía” o vía digital para documentales. Una vez que se juntan cuarenta proyectos, eligen cuatro. Y nosotros ganamos el concurso. La pregunta era sobre el tamaño del proyecto y la plata que había disponible. Nosotros fuimos todos ad honorem para que la plata alcanzara. Pero el juicio duró dos años. El primer problema fue la maquinaria insoportable de la justicia, con la que enfrentás en este tipo de trabajos.

AJUSTE DE FOCO, AJUSTE CUENTAS

Imprescriptible 02“Quiero saber cómo se ve el mundo/ me olvidé de su forma/ de su insaciable boca/ de sus destructoras manos/ me olvidé de la noche y el día/ me olvidé de las calles recorridas” (…) “y estoy, a pesar de todo esto/ a pesar de no creerlo/ estoy juntando unas palabras/ unas infieles palabras/ que me dejen recordar/ cómo podría verse el mundo.

Loli Ponce, detenida desaparecida, poema escrito durante su cautiverio en la ESMA

Una de las cosas que más nos gustó del documental es cómo lograste meter reflexiones propiamente cinematográficas, es decir, con imágenes que operan como opiniones y sin un narrador en off. Por ejemplo, cuando están agotados los testigos superpones a sus rostros cansados las voces de los jueces y los fiscales, que anuncian postergaciones e insoportables cuestiones procesales.

Sí, la verdad es que cuando uno pide “Memoria, Verdad y Justicia”, justicia es esto. Hay que pasar por este proceso que no es lo justo, sino simplemente “lo que hay”: el Poder Judicial, los fiscales, abogados, jueces, códigos insoportables.

Testigos que ya habían pasado por la tortura- salvadas las diferencias- tenían que aguantar esto sólo por ser el único modo de lograr algún castigo para sus torturadores…

Sí. El tribunal hizo lugar a todos los pedidos de las defensas para demorar el juicio. Fueron semanas y semanas de gente que leía, por ejemplo, los autos de elevación. Y los testigos, padeciendo. Y, en general, los testigos ya habían declarado en otros juicios, como el juicio a las Juntas u otros que se iniciaron, pero fueron interrumpidos por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Es decir, la mayoría de ellos ya tiene varias declaraciones encima, salvo algunos más jóvenes, o testigos presenciales de detenciones, por ejemplo, importantes en cuanto terminan de completar el cuadro de una detención. También vecinos de los campos de concentración.

Entonces, ¿el criterio de selección?

Por la experiencia previa de Shula y mía, conocíamos a varios de los testigos en el caso. El primero que viaja es Víctor. Él era uno de los testigos claves, porque aportó todas las fotos que fue tomando durante su cautiverio en la ESMA. Siempre se dice que si hubiera sobrevivido una sola persona y esa persona hubiese sido Víctor, el juicio hubiese sido posible igual. Él aporta una cantidad de material real impresionante. Él tiene una historia rarísima porque cae en el ’79 y se va el 10 de diciembre del ’83. Es el último que sale, hacía un año y medio que estaba solo allí. Ya no había nadie en la ESMA.

Obligado a sustituir la realidad por la ficción. Tuvo que actuar.

Durante dos años, Víctor iba de lunes a viernes a la ESMA y los fines de semana los pasaba en su casa. Los milicos creían que el nivel de sometimiento había transformado a Víctor Basterra en eso. En un zombie. Y él, de a poquito, iba sacando las fotos de todas las documentaciones falsas que ellos necesitaban.

O sea que, en esa vida que Víctor ficcionaba, lo único real eran las fotos.

Lo que lo sostenía era esa voluntad de cagarlos. De cada foto que sacaba en la ESMA, hacía siempre una copia de más y se las iba dando a su mujer.

Qué temple. Una apuesta a un futuro que tal vez no iba a tener.

Bueno, él tenía un acuerdo con la mujer: si lo mataban, ella podía aportar las fotos. Sobrevivió. Él cree que por la omnipotencia de los milicos, ellos pensaron que Víctor jamás los iba a cagar. Y los cagó.

SE ARMÓ LA TROSKA

Henri Cartier Bresson.
Henri Cartier Bresson.

 Porque las masacres,/las redenciones, pertenecen a la realidad/como la esperanza recatada de la pólvora, de la inocencia/estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia/del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro/como los designios de todo un pueblo que marcha hacia la victoria/o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse, a rescatar/lo suyo, su/realidad./Aunque parezca a veces una mentira, la única/mentira no es siquiera la traición, es/simplemente una reja que no pertenece a la realidad. “ 

Paco Urondo, “la única verdad es la realidad”

Imprescriptible 01 ¿Y cómo se te ocurrió el “etcétera, etcétera”, la aceleración de las imágenes, en el momento en el que se vuelve insoportable el pasaje de fotos de represores?

Eso surgió cuando lo íbamos montando con Diego Olmos, quien fue fundamental para organizar este caos. Imaginate que Víctor muestra y describe con detalle unas noventa y siete fotos. En un momento, decidimos mostrar la maquinaria: son estos y hacían tal cosa. Hay también cosas que la película logró sin proponérselo. Por ejemplo, Víctor dice al final: “De este último no sé el nombre, es una deuda pendiente para mí”. Y mirá, hace unos meses me escribió Graciela Daleo, diciéndome que- gracias a la peli- descubrieron quién era el tipo. Una mujer que vio la peli le escribió a Graciela contándole que ese tipo era su primo y había muerto hacía unos años. Tenemos el nombre ahora.

Entonces la peli funcionó como un rastreador también.

Sí. Víctor, además, se obsesionó en descubrir quién era cada uno, porque a muchos no les conocía el nombre. Él fue investigando.

Son botellas al mar. Adonde llegan, llegan.

Tal cual. Volviendo al criterio de selección, dijimos: “este puñado de personas”, pero después aparecieron otros conflictos, porque la política había llevado a mucha gente a separarse y nosotros no queríamos dejar afuera a nadie. Así que hubo que mantener un equilibrio entre la fracción más troska y la más peronista. Yo quise dejar la mayor cantidad de voces y a la vez evitar quedarme en un detalle y que, por eso, se perdiera el relato de gente que es importante para mí. Pasó, por ejemplo que el grupo de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos fue desmembrándose con el correr de los años y la política, ahí había sobrevivientes de la ESMA que podían dar testimonios importantes. Yo quería que estuvieran representados troskos y los peronistas. Y la verdad es que no los podía juntar. Igual, en cada uno de los grupos en que los separé, se pelearon entre ellos… un quilombo. Pensá que yo no podía entrar al juicio, entonces la pregunta era cómo cubrir lo que ocurría en “el mientras tanto” con reuniones.  Esta es una película sobre el juicio, no hay detalles de política- digamos- partidaria. Obviamente es una película política porque lo es el tema, pero no es coyuntural, a pesar de que tiene algunos momentos, como cuando Néstor reabre la ESMA. Sin embargo, es un momento histórico y hubiera sido una estupidez no ponerlo. Una ausencia. Y, como contrapartida, también está el hecho de la desaparición de Julio López.

Complicado hacer un documental durante mucho tiempo, porque la historia sigue y te aparecen cosas que pueden modificar todo. Igual, es loco que no se admita que un documentalista es un artista. Un tipo que está haciendo una narración con un criterio estético. Te puede no gustar, pero no le podés cuestionar por qué esto sí y esto no.

FISURAS DEL CANTO

Henri Cartier Bresson.
Henri Cartier Bresson.

Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal.”

“El Himalaya o la moral de los pájaros”, Miguel Ángel Bustos

 

Nosotros vimos que en este documental hay mucho criterio artístico puesto en un material muy duro, con el que había que ser muy cuidadoso, porque una cosa es ponerle arte y otra es tergiversar. ¿Cómo decidieron el criterio para que la selección no fuera más horrorosa que los hechos?

Fue un límite que nos autoimpusimos con el montajista. No pasar la línea del morbo. No es fácil porque todo acá es muy grave. Hay cosas que me parecían más duras y había que contarlas sin perder esa dureza. Y otros hechos, como la tortura psicológica- más sutil- igualmente son crueles y horribles. Eso es lo que finalmente impacta más del documental.

¿Podríamos, por esa concentración de sentido, por esa intensidad en esos puntos del documental, llamar a esos momentos “poéticos”?

Sí. Yo fui al ochenta por ciento de las audiencias a tomar nota. Lo intenso es lo que me impactó en el momento, eso tenía que estar. Tal testimonio de gente que no conocía antes, que contacté ahí y la incluí. Hay otros relatos a los que estaba ya un poco acostumbrado por los años de hacer Memoria Abierta.

Esos pequeños detalles… Nos llamaba la atención cuando Graciela Daleo y otros hablan del momento en que se quiebra la cotidianeidad. Se dicen, por ejemplo: “No voy a hacer más el amor”, “no voy a ver más a mi ahijada”, “te dejo el bebé”. Es una rajadura entre la vida que tenían antes y el desastre que vino después, ese instante en que perdés toda la cotidianeidad sin que puedas despedirte de nada. ¿Eso fue elegido como criterio?

Sí. Momentos que quizás ellos elaboraron después. Cuando ya estaban adentro y veían que habían perdido todo, que ya no tenían decisión no solo sobre tu muerte, sino tampoco sobre tu vida. Se habían transformado en un número, fue una despersonalización total. Después, la obligación de simular, que te despersonaliza incluso más. Eso es algo particular de la ESMA, no es que ocurrió en todos los campos de concentración, esta cosa del guerrillero recuperado era lo que ellos querían exhibir, algo muy religioso, donde poder decir “Los curamos”, “de acá van a salir buenos, los convertimos”.

Y la capacidad de Víctor Basterra de graduar su conversión con inteligencia, mostrarse medio arrepentido, poco arrepentido. Parece que los que más lograron sobrevivir fueron quienes más capacidad actoral tenían.

Una capacidad y, además, en ese juego donde el otro también está interpretando un papel. Es muy perverso. No había un acuerdo tácito acerca de qué iban a hacer ni ninguna garantía de que, si se sometían, sobrevivirían. Fue una rareza que ocurrió. Esta idea de recuperarlos, tan singular de la ESMA, comenzó de manera muy sutil. Esa historia de cómo comenzó este asunto no se cuenta en la peli porque me excede. Pero ellos se creían realmente semidioses. Hubo un cambio de cúpula en la cúpula de la ESMA a partir de que hieren a quien la manejaba antes. Era un tipo de Inteligencia, con quien nadie hubiera sobrevivido, los torturaban hasta que largaban todo y después los mataban. Ese era el plan original en el resto de los centros clandestinos. Bueno, a ese lo hieren en un enfrentamiento y le dan la baja. Ahí queda a cargo el Tigre Acosta, un tipo operativo, un psicópata que planifica esto de la recuperación, un poco por tratar de ubicarse mejor, y se lo hace creer a Massera. Los militares se creen eso y los secuestrados estuvieron de acuerdo en actuar de recuperados. Es verdad que para sobrevivir en un campo, a alguien tenés que entregar. No es que hacés de bueno nomás. Hay testimonios sobre esto último y creo que, a esta altura, no podemos juzgar esas cosas. Se trataba de sobrevivir tratando de hacer el menor daño posible.

VUELO AL RAS

Ricardo Chávez Méndez, México.
Ricardo Chávez Méndez, México.

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Joan Miró.

Nunca nos habíamos detenido a pensar que, por más lejos que sonara, el pájaro debía hallarse en algún lugar del monte. Por el contrario, nos sentíamos inclinados a pensar que se trataba de un presagio, de un anuncio desde otro tiempo de alguna manera situado delante del nuestro y en marcha hacia nosotros. Era muy dulce aquella suerte de anticipo y aquella espera, fluctuando entre el invierno y el verano.”

“Todos los veranos”, Haroldo Conti

Una cosa interesante es el paneo rápido de la ESMA, la intención de evitar el morbo. Uno hubiera esperado un paseo terrible y nos pareció brillante darle más protagonismo a las palabras de los testigos, que a las cicatrices de ese espacio.

De hecho, lo que se ve en el documental es una reconstrucción en 3D, esa fue la única manera de volver a meterse en ese lugar. Es fría, en el sentido de que es una cosa mediatizada imposible de pensarla ahora. La reconstrucción en 3D la hicimos con una gente que ya lo había hecho con otro centro clandestino, el que estaba abajo de la autopista en Paseo Colón. Tenía que aparecer la ESMA de aquél entonces. Al edificio de ahora yo no lo sentía representativo.

¿Y los pájaros?

Surgieron ahí, con el montajista. No tenía una idea muy clara de cómo arrancar el documental. Sí estaba el testimonio de Celeste. Cuando vimos los pájaros, grabamos. Está la torre, el árbol, un pájaro que se posa. Me parecía que el relato de Celeste, que abría, tenía algo de simbólico, quizás por ser medio contemporáneo a mí, quizás porque incluía la mirada de un niño de esos tiempos.

Chris Maynard.
Chris Maynard.

 

Aparte de haber recortado el pájaro dibujado de la única carta recibida de sus padres en cautiverio, dice: “La guardé tan profundamente que no la pude encontrar más”.

Claro. Eso fue tremendo. Es un relato bastante corto el de los hijos. Cuentan vivencias o imágenes o reconstruyen algunas cosas, leen algunas cartas como Laura Villaflor o Celeste. Después, la tenía a Marianela que, en principio tenía un relato breve, porque ella era muy chiquita. Al final, el tribunal le pregunta “¿Quiere decir algo más?” Y ahí se despachó. Ahí dijo.

Y vos tenías-metafóricamente- el pájaro que se le perdió a Celeste.

Sí. Cuando lo vimos por primera vez montado hubo una duda. Después, en perspectiva, me pareció súper acertado. También tuve algunas vacilaciones con el cierre. Obviamente, cerraba con la sentencia, pero después de eso, ¿qué? La plaza frente a Comodoro Py. Todos hablaban, Taty, qué sé yo… En esto volvió a surgir lo del pájaro, que es como una metáfora.

Se hizo una estructura de cuento. Absolutamente circular. Acá el gran tema son los desaparecidos y lo que ella perdió, el pajarito ese de la carta, es un desaparecido más al que ustedes le dieron presencia.

Sí…, esa poesía en que un padre escribe para relatarle a una nena de tres años desde una situación horrible… y, sin embargo, consigue algo muy emotivo. Rescatar esa imagen del tipo que, en un centro clandestino, escribió una carta que pasó los filtros que pudo no haber pasado y que, finalmente, llegó a la hija… Es casi un azar que lo posible…

¿Y la decisión de mostrar la letra de la carta?

Eso lo ves cuando estás ahí. Ocurre en el juicio. Ponen las pruebas todas ahí. Fotos, grilletes.

Cuando fuimos a lo de Taty, ella trajo la agenda con los poemas del hijo y me la hizo tocar. Yo pensé que ahí está la única huella del cuerpo. Y en la letra y en el pajarito, que apareció ahora en la película, también.

Lo pensamos así, como algo mágico quizás. Algo poético. Hay un algo que no tiene un por qué tan claro o al menos yo no lo tuve tan claro. Pero cuando escuché a Celeste con la historia del pájaro, vi que la película tenía que arrancar con eso. Así entramos como en otro viaje, que es el viaje de Víctor que nos lleva y nos trae en el tiempo.

VIAJAR LOS BACHES

Joan Miró.
Joan Miró.

“Y mientras sucediera esto, nadie lo vería, nadie sabría de ese vertiginoso viaje circular, prolongado a lo largo de semanas y de meses”

        “El viaje circular”, Rodolfo Walsh

 

Como la de los pájaros, la figura del viaje recurre bastante en el documental. Está el viaje inicial hacia Tribunales, con Víctor. Después, el de las chicas testigos, que también viajan hacia su declaración. Y, a su vez, hay un fragmento titulado “El viaje” Da la sensación de que esto fue para ustedes, como narradores, un viaje también.

Sí. Un viaje complejo. Me llevó cuatro años, más una previa. Dos años de ir al juicio hasta que terminó. No daba más, quería que terminara de una vez. Todo empezó en 2009, yo ya tenía a mis tres hijos. El mismo día que empieza el juicio, Renata termina el jardín de infantes y yo tenía que decidir si iba al festejo o al juicio. Fui a los dos lados, un ratito a cada uno. Luego de eso, dos años de asistir al juicio todos los martes y jueves. Después, un año entero de no saber qué hacer. Me dejó paralizado, no podía enfrentar el material.

EL MURMULLO DE LA MAQUINARIA

Joan Miró
Joan Miró

“La cita de control, la última, se la llevaron ellos, /los caídos, nuestros caídos, mi control, /nuestro control está en el cielo, /y nos está esperando. /Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta, /si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, /dejaré el aliento el último aliento, /para decir te quiero.”

Alejandro Almeida, último poema escrito antes de su desaparición, el 17/06/1975

¿Decías que tuviste más problemas con la peli, aun después de obtener los testimonios?

Terminé la película y la entregué al Instituto en un último plazo, después de pedir una prórroga de un mes más. Una vez entregada iba a recibir la última cuota de parte del Incaa, con lo que iba a pagarle a la gente de post producción que no había cobrado un peso todavía: el editor, el sonido, el responsable de la música. En ese momento, justo cerraba el festival de Mar del Plata. La peli, en realidad, no estaba terminada, faltaba la mezcla de sonido, cosas gráficas, definir los capítulos con sus títulos y demás.

Esto de las voces superpuestas, esa coralidad que hacés con las pantallas partidas. ¿Qué sentido le dan ustedes a este armado?

Ahí hay como un murmullo que son los sonidos de la maquinaria. Voces que se te atraviesan todo el tiempo. Y después, hacia el final, enfrentamos a Astiz con Marianela. La decisión de superponer surgió en el montaje. Resolvimos al estilo clásico de la estructura cinematográfica: usamos eso en en el momento más alto, donde las fuerzas se enfrentan y finalmente ganan los buenos después de haberla pasado mal. Se hace justicia, digamos, que es la guía de Memoria, Verdad y Justicia.


Nosotros lo asociamos con lo de los pájaros, porque toda la película es como un enfrentamiento de voces donde cada uno canta su parte y, en este caso, ganó el pajarito bueno.

Sí. O por lo menos mostró cuáles son los argumentos y desde qué lugar está hablando. No ganó porque cantaba mejor, sino porque del otro lado no hay más que un cúmulo de palabras vacías sin asidero en la realidad.

DE CARROÑAS Y DE ABISMOS

Imprescriptible 03

Sol antiverbal./ Sol carnívoro en sonidos o silencios en el horizonte frío de la tierra sin pájaros. Sol tigre”

“El Himalaya o la moral de los pájaros”, Miguel Ángel Bustos

Joan Miró.
Joan Miró.

El problema que plantea la película es muy actual, sobre todo después del reflote del 2×1 por parte del gobierno. La postura de ellos es una absoluta convicción, casi una cuestión de fe.

Hay de todo. Creo que hay gente que en algún momento se habrá refugiado en algo así. No cualquiera es torturador y, si estás en ese lugar, te tenés a enfrentar a ese momento, apretar el gatillo o darle máquina a alguien o empujarlo desde un avión al río. Y después tenés que sostenerlo. ¿Cómo hacés para no quebrarte?

¿Y la mujer del “Decálogo marxista”?

Bueno, esa es una señora importante. No puse el nombre porque no quería darle más entidad de la que tiene. Pando es conocida y le gusta ir al frente, pero esta señora es más siniestra aun porque es la mujer del Nabo Barreiro, el jefe de La Perla.

Ahí vimos un convencimiento de un “Decálogo marxista” que no existe. Ella habla de su existencia con la misma convicción que hablamos nosotros de nuestras ideas. Ahí vimos que no hay nada para intercambiar, un abismo absoluto.

Sí. Y creo que también el pensamiento religioso extremo es así. Ante eso, monolítico, no vamos a discutir nada. Nosotros, al menos yo, soy un tipo muy contradictorio y me pongo en cuestión, evalúo, escucho a otros, retrocedo, no era el mismo a los veinte que ahora. No sé si la coherencia es un valor en sí.

Y ahí también es donde nosotros tenemos que repensar aquellos años…

Sí. Hay mucho trabajo de los sobrevivientes. No es el mismo discurso. Yo entrevisté a un montón de militantes muy críticos consigo mismos, con ese militarismo que los llevó al desastre.

El hijo de Taty en un momento de un poema dice “Feliz voy a estar de que me abrace la muerte”. Mugica: “Si Dios me elige para morir luchando por los pobres yo seré feliz”.

Hay algo de inmolarse ahí, sobre todo, cuando la derrota era más cercana. Creo que ellos llegaron a un punto de aislamiento muy fuerte que los llevó a perder un poco la noción de qué ocurría alrededor. La muerte estaba muy ahí, idealizada. Hay otra idea, la del Hombre Nuevo: si te la creés tenés veintidós años y tenés la Revolución Cubana recién hecha, bueno… Uno escucha ahora sobre cosas como la proletarización y no termina de entender que eso sucedió. No sé, estuvo cerca, no estuvo cerca, es a lo que se pudo llegar y terminó horrible. Pero creo que también se construyeron muchas cosas interesantes.

DE PÁJAROS A PÁJAROS

Desenrollar los barriletes de los cables/caminar las veredas desparejas/atornillar el maullido de los gatos/al silencio de la noche/amanecer tantas veces como amaneceres entren/en una sola historia/desnudar el odio y el amor/odiar el color oscuro de las iglesias/y sacarle la lengua a Dios/por ser el primer gil/que se tragó lo del paraíso.”

“Aquellas costumbres”, Osvaldo Domingo Balbi, detenido desaparecido en 1978. También está el problema de mostrar qué cosa singular aporta este documental sobre un tema acerca del cual muchos hemos leído, escuchado y visto. Es como decir: “¡Otra del Holocausto!”

Bueno, ¡pero esta tiene un final feliz!

Claro. Y tiene pájaros. Creo que en los pájaros se ve la mirada singular de un narrador.

 




DESINTEGRACIÓN

El olvido: sobre la serie The Leftovers

Por Pablo Arahuete

Los amigos del barrio pueden desaparecer
Los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
La persona que amas puede desaparecer
Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire
Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle
Los amigos del barrio pueden desaparecer
Pero los dinosaurios van a desaparecer

Los dinosaurios: letra y música Charly García

REALISMO- OVER

En un parpadeo, desaparecieron. Ellos y los otros, quienes no están y  quienes se quedaron. Pero lo que no desapareció es el duelo, el esfuerzo por sobrellevar la pérdida del otro. Y, en esa dirección, se encaminó una serie de HBO que llegó a imponerse en la grilla, a sabiendas del riesgo asumido: un drama existencial llamado “The Leftovers”, inspirado en la novela homónima de Tom Perrotta,  escritor norteamericano de best sellers que ya habían sido llevados a la pantalla grande en varias ocasiones.

La primera temporada de la serie es la que tomó como punto de partida la historia central de la novela. Mientras que, en su segunda y en la  tercera y última temporada la inspiración de los guionistas apostó a  llevar la acción y la profundidad de las emociones hacia zonas permeables para las interpretaciones y las incertezas. Todo con una lógica de los acontecimientos completamente arbitraria y sin necesidad  de realismo, desde el inicio y hasta el final.

pablete2Chase-Jarvis-1024x660A PATEAR HUELLAS

La ascensión es un pasaje bíblico que también inspiró frescos de la pintura en Occidente. El relato refiere al llamado o rapto de los mortales antes del juicio final. Precisamente eso sucede al comienzo de esta intrigante historia, donde el 2% de toda la población mundial – algo así como 140 millones de personas- desaparecen un 14 de octubre de 2011. Las especulaciones sobre el fenómeno sobrenatural  llegan rapidísimo, por la doble vía:

  1. la ciencia y su razonamiento impecable, que pone el ojo en los restos de cada lugar – una huella radioactiva, por ejemplo-
  2. y la de carácter religioso, en consonancia con aquel pasaje de la Biblia, aunque acá está en juego  el valor de la fe o la creencia -no necesariamente católica- como vía de sanación para los espíritus dolientes no ascendidos, aquellos que no fueron alcanzados o seleccionados en la Marcha Repentina.

UN  CAMINITO LARGO Y ESCABROSO

pablete3 The leftoversdescargaEsa dialéctica no es otra que la del olvido contra el recuerdo y se reproduce en un micro universo de un pueblo ficticio llamado Mapleton, en la primera temporada, Jarden en la segunda y Melbourne (Australia) en la tercera. El foco recae sobre quienes  permanecieron y además sobre el derrotero de cada uno  en el transcurrir cotidiano. La serie también echa luz sobre los grupos separados ante la crisis emocional, aunque las familias no hayan perdido a ninguno de sus miembros en manos de la muerte. Las desapariciones de los Ascendidos son el reflejo distorsionado de las disgregaciones de las familias. La falta de rumbo conduce muchas veces a la desesperación, aunque también a los salvoconductos místicos. La puesta en escena de lo inexplicable y lo desconocido se reconfigura en la búsqueda de respuestas o en la propia negación de las respuestas. Fe contra hechos y nada más en que creer, cuando nadie cree en nosotros.

Sin antagonismos ni maniqueísmos representados, cada personaje es faro y guía de un modelo para afrontar la pérdida de un ser querido. Sin respuestas facilistas, el camino brumoso de cada quien- con su propia historia y vínculo con la fe o el escepticismo- se define por el abandono y por la falta de horizonte.  También implica un viaje hacia el pasado, donde los recuerdos no conectan únicamente con la ausencia, sino con el presente, transformado tras la ruptura y la incertidumbre por lo desconocido.

LA TRAMPA DEL PENSAMIENTO

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Ellos se visten de blanco y no hablan, salvo por los mensajes escritos en papeles, en plena  época de celulares y redes. Dejan algún mensaje u orden. Siempre fuman, bajo la consigna de no malgastar el aire. Ellos surgen en la vida de cada sobreviviente con una única premisa: no gastes tu aliento y recuerda a los que no están. Pasan los años y el color de la ausencia es cada vez más blanco. Se llaman Culpables Remanentes sólo están, también con un estar blanco. Perturban, molestan y resultan unánimemente rechazados por una comunidad que construye héroes para homenajearlos cada 14 de octubre; o, en su defecto,  chivos expiatorios: porque muchos de los que desaparecieron no siguieron a rajatabla los 10 mandamientos.

Entonces, ¿cuál es el sentido del dolor, si del otro lado no hay recompensa?, se pregunta un pastor cada domingo, cuando intenta calmar la angustia de sus feligreses, a quien solo atienden “esos de blanco”. Ellos no responden preguntas: saben que pensar es la trampa del olvido. Se fuman el aire para generar  vacío. Y así y la ausencia se ve, se toca, se huele. Habrá una máquina para ir a buscarlos, aunque ¿adónde? Creer o desaparecer, olvidar o renacer. Compartir el dolor resulta el mejor antídoto y, en definitiva, lo único que une cuando todo está  desintegrado.

 




VIVIR A LOS SALTOS

El olvido: sobre Barbara McClintock y sus estudios en botánica.

Por Noemí B. Pomi

 

DOMINANTE-DOMINANTE

¿Qué genética barajó y dio de nuevo en la tercera hija del médico Thomas Henry McClintock y de Sara Handy, poeta y música? ¿Cuánto fue herencia?, ¿cuánto, determinación del medio y cuánto, deseo propio? En aquellos años no existían estudios que permitieran determinar esos porcentajes. La realidad es que el cruce de los genes McClintock-Handy dio a luz una Doctora en botánica y una genetista de avanzada. Barbara se apasionó por descubrir qué pasaba dentro de los orgánulos que llevan el material genético de las células del maíz. Durante décadas, los resultados de sus investigaciones fueron casi “revolucionarios”. Y, digo casi, porque la recepción de estas investigaciones generó, como toda sacudida de piso profunda, mucha resistencia. Pero empecemos por el comienzo. Había nacido un 16 de junio de 1902, en Connecticut, Estados Unidos. Inquieta, curiosa y amante de los deportes resultó la pequeña. En solitario vagaba por el campo y miraba las plantas. Las de maíz la atraían en especial. Desde las ventanas de la casa de sus tíos en Brooklyn, extendía su vista hacia el maizal. También allí desplegó habilidades impensables en una jovencita de comienzos del siglo XIX. Pues sí, aprendió a reparar máquinas y acentuó más su amor por la naturaleza.

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Ernest Descals, El árbol de la vida, Arte-Sumeria.

 

AUNQUE NO QUIERA MAMÁ

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres
Simone de Beauvoir

El campo y el maizal parecen haber influido a la hora de elegir la carrera universitaria. Cuando Barbara dijo: “quiero estudiar botánica”, de su madre, recibió un no rotundo. La mujer temía que su hija fuera calificada de “rara” y, sobre todo, que su profesión ahuyentara a futuros pretendientes. ¿Una mujer se opuso al avance intelectual de otra? Sí, seguramente, esa oposición fue la resultante de las ideas inculcadas a las mujeres por una sociedad creada por hombres: un mundo que, durante siglos, menospreció la capacidad intelectual femenina, asignándole, como rol casi excluyente, el de concebir. Por suerte, no todo fue adverso para Barbarita, el padre movió influencias y su nena consiguió el ansiado ingreso universitario.

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MI AMIGO EL MICROSCOPIO

La soledad quizás fue su signo desde niña. Con los años encontró un amigo incondicional: el microscopio. Horas y horas de trabajo juntos en diálogos intensos, en descenso por el tubo. Siempre en camino a huellas y a cifras de ese micromundo llamado la célula. De la mano de su compañero, Barbara volvió a sus amores: el campo y el maíz. El estudio de esa gramínea la atrapó para siempre.

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Pasó mucha agua bajo el puente después de las primeras investigaciones de la Doctora McClintock. Con los años, los velos comenzaron a correrse. Ella estuvo abocada al estudio del maíz a lo largo de toda su vida. Para explicarlo un poco: los genes son las unidades de almacenamiento genético, segmentos de ADN que contienen la información sobre morfología, funcionamiento y caracteres de las células. Los genes tienen como un índice e indican de dónde a dónde se debe leer su código. Entre otras cosas, su “texto” determina la composición de las proteínas. Él habita en los cromosomas, dentro del núcleo de las células. Los cromosomas contienen ADN altamente empaquetado.

Genética del maíz

Desde el vamos nomás, como estudiante avanzada, Barbara consiguió identificar 10 cromosomas (1) del maíz. Esa fue su primera gran contribución a la ciencia. Recién doctorada en botánica, formó un círculo infranqueable entre laboratorio, microscopio y cereal. La morfología de los diez cromosomas del maíz. Estudió su genoma (2), es decir, la “base de datos” natural en la que está contenida toda la información de una generación. Ese conjunto de genes le eran esquivos, saltaban ante sus ojos sin poder seguirlos. Perseverante, volvió en una y otra ocasión hasta que pudo atraparlos. Por primera vez vio la serie de secuencias genéticas que podían determinar aspectos, considerados hasta entonces hereditarios. Por ejemplo, el color de los granos.

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Marlos de maíz con alteraciones genéticas

 

NO TODO ES HERENCIA

Y, con las pruebas visuales, pudo determinar que el entrecruzamiento de organismos no siempre venía acompañado por un intercambio físico entre los cromosomas homólogos. En la primera división meiótica, (que ocurre durante la reproducción celular), los cromosomas intercambian fragmentos de ADN, por un mecanismo que se denomina recombinación genética.

Fue en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial (y no es menor el dato para contextualizar históricamente), cuando pudo afirmar la existencia de genes (3) “controladores”: estos pillos activan o desactivan a otros genes. Mirá si no resultó determinante Barbarita. Y, al final, mujer y todo, sus descubrimientos, la llevaron a obtener un cargo de tiempo completo como investigadora, en el Instituto Carnegie. Demás está decir que en esa época había muy poco cupo femenino en la ciencia.

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Barbara McClintock y sus amigos

 

EXTRAÑA TEORÍA

Pequeña, ágil, vivaz, en las repetidas ocasiones en que consiguió ver de golpe lo que escapó a otros durante años, daba a entender que todo consistía en descender por el tubo del microscopio, atravesar la pared y las membranas celulares e instalarse en el núcleo con los ojos bien abiertos.

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Imagen del genoma humano.

 

ROMPER Y SOLDAR

Incansable, durante las décadas de 1940 y 1950, Barbara McClintock puso blanco sobre negro: ahí adentro, en el profundo núcleo, la jugada consistía en que los elementos genéticos a veces pueden cambiar de posición en un cromosoma, hacer que los genes cercanos se vuelvan recesivos y, en consecuencia, se manifiesten en otra forma. Se denomina alelo a cada gen que, en un par, parece en el mismo sitio. Si un alelo es dominante significa que prevalece sobre el otro alelo y lo modifica. Los maíces tenían una rara mezcla de información genética, repetían una y olvidaban otra. A estos genes “saltarines” se los llamó transposiciones. Demostrar su teoría le llevó mucho trabajo. En verdad, comenzó a fructificar en 1948, cuando describió por primera vez la existencia de elementos transponibles en el genoma del maíz. La única explicación posible para el fenómeno era aceptar que los genes se rompían en determinados puntos y volvían a soldarse en lugares diferentes. Como consecuencia de tales anomalías, los mensajes genéticos resultaban alterados, al punto de ordenar la producción de pigmentos en cantidades y localizaciones distintas a las esperadas por las leyes de la genética. La teoría de Barbara resultaba muy compleja, aun para los propios científicos. Cuando advirtió la hostilidad e indiferencia de sus colegas, la respuesta no se hizo esperar: “se olvidó” de publicar sus trabajos.

 

LA MONJITA TIBETANA

La Doctora McClintock rompía moldes. Para los experimentos de campo, se la veía enfundada en mamelucos. Por otra parte, la coquetería no estaba entre sus intereses, en lo más mínimo. La belleza se encontraba a través del microscopio. La estética, también. Su carácter excéntrico, el lenguaje y lo avanzado de sus propuestas hicieron que se ganara el respeto de una minoría selecta entre sus colegas. Extrañísima, intentaba levitar en playas solitarias, imitaba las prácticas de ciertos monjes tibetanos, salía envuelta en una manta mojada en pleno invierno, o entraba en su despacho, a puro trepar por la fachada. Entre osadía y osadía, continuó con sus investigaciones: agregó el estudio de la citogenética y etnobotánica de las razas sudamericanas de maíz. En la década de los ´60 y ´70 otros científicos publicaron los mecanismos de regulación de la expresión génica que ella había descrito décadas antes.

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Árbol de la vida. Genética  Anunnaki. Símbolos- Sumeria, Ernest Descals.

 

LUCIDEZ DE NÚCLEO ADENTRO

Barbara realizó contribuciones fundamentales al conocimiento genético: entre otras, se destacan la correspondencia física del sobrecruzamiento cromosómico y la recombinación génica (1931). El entrecruzamiento se produce cuando se aparean las regiones en las rupturas del cromosoma y, luego, se reconectan al otro cromosoma. El resultado de este proceso es un intercambio de genes llamado recombinación genética. El descubrimiento de los transposones, elementos genéticos transponibles o sea, una secuencia de ADN que puede moverse de manera autosuficiente a diferentes partes del genoma de una célula, un fenómeno también conocido como transposición. En este proceso, se pueden causar mutaciones y cambio en la cantidad de ADN del genoma. Anteriormente fueron conocidos como “genes saltarines” y son ejemplos de elementos genéticos móviles, cuya relevancia pasó olvidada durante años. Con el descubrimiento de los transposones, obtuvo en 1983 el Premio Nobel.

 

NEUROSPORA, DE TAQUITO

Entre el anecdotario destaca cómo no tuvo empacho en echar de su laboratorio a quien ya era Premio Nobel, Joshua Lederberg (4), por arrogante. Y, en cambio, escuchó con atención y respeto el seminario de una joven investigadora española, absolutamente desconocida.
Otra perlita: Su amigo George W. Beadle (5) la invitó a California para ver si resolvía el problema de cómo era la meiosis (proceso de división celular, propio de las reproductoras) (6) en el hongo Neurospora (7). Y, en menos de una semana, lo dilucidó. Cuando un asombrado Beadle le preguntó cómo lo había conseguido, ella le contestó: “simplemente me senté en un banco del campus, me imaginé en el interior del núcleo y lo vi todo claro”.
Entre una anécdota y otra, en alguna medida, los miedos de su madre tuvieron asidero: la científica escapó a los cánones impuestos para la época y no se casó. Pero, si existe el paraíso, ella parece haberlo encontrado en la soledad de su laboratorio.

 

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Barbara McClintock recibe el Premio Nobel en 1983.

 

REMAR CONTRA LA CORRIENTE

A lo largo de los años he descubierto que es difícil, si no imposible, hacer que otra persona sea consciente de sus suposiciones tácitas sólo porque, a través de mis experiencias, yo lo he sido. Esto se hizo dolorosamente evidente en la década de los 50, cuando intenté convencer a mis colegas de que la acción de los genes tenía que estar y estaba controlada. Hoy día es igualmente doloroso reconocer la inmovilidad de las suposiciones que otras personas mantenían respecto de los elementos reguladores en el maíz y su modo de acción. Uno debe esperar al momento idóneo para un cambio conceptual.

Barbara McClintock

La relación entre los genes recesivos y dominantes al igual que la otra memoria y el otro olvido están sometidos al azar, a los caprichos de la naturaleza, a la determinación del medio y, por qué no, también a la historia. Parece ser que el estilo de vivir a los saltos es nuestra información más secreta.

(1) Cromosoma: Los cromosomas están presentes en las células eucariotas, que son las encargadas de administrar el material genético y hereditario en el proceso de reproducción sexual.
(2) Genoma: Es la “Base de datos” natural en la que está contenida toda la información de una generación. Es el conjunto de genes y disposición de los mismos en la célula.
(3) Genes: Los genes son las unidades de almacenamiento de información genética, segmentos de ADN que contienen la información sobre cómo deben funcionar las células del organismo.
(4) Joshua Lederberg: Premio Nobel de Fisiología o Medicina 1958.
(5) George W. Beadle: En 1958 recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina compartido con Edward Lawrie Tatum y Joshua Lederberg .
(6) Meiosis: Proceso de división celular, propio de las células reproductoras, en el que se reduce a la mitad el número de cromosomas.
(7) Neuroespora: Es un tipo de hongo que ha sido protagonista de más de 5.000 artículos científicos.




EL OLVIDO HECHO PELOTA

El olvido: Sobre el dolor y algunas derrotas…

Por Nicolás Sada

                  “Mientras haya una esquina y a pesar de todo/y  una luna y un tiempo y un bolsillo/mientras haya una mano y una calle/y una boca y un grito/Una ventana/ Mientras estemos”

(Roberto Santoro)

 

ATAJAR CONTRA EL DESTINO

Una danza de sombras se arremolina en silencio detrás de la última valla. Los suspiros entrecortados anuncian el cercano final. Mientras, la penumbra se hace eco entre la tarde que no termina de caer. Las tribunas son testigos mudas de toda coreografía.

La Plata, diciembre de 1977, al “Tano”, a Piovoso, lo cargan “por pelo largo, por estudiante, porque sí”, recuerda su amigo de la infancia, quien estuvo con él en aquel desgraciado momento. Arquero discreto de Gimnasia de La Plata, se conocía su fanatismo por el legendario Hugo Orlando, “El Loco” Gatti. A decir verdad, solo atajó en tres oportunidades y, siempre, después de haber entrado desde el banco de suplentes, como detalle destacado entre las estadísticas. Un dato más para la historia: su destino singular lo hizo entrar a los 75 minutos en reemplazo de su ídolo. Y, entonces, el  2 a 2  parcial con All Boys se convirtió en derrota al poco de su fugaz ingreso. Él no lo sabía, pero ese sería su último intento por defender el arco del Lobo.

Paradojalmente,  había muchos “lobos” sueltos por toda la ciudad de La Plata. Y así fue como la derrota se impregnó adentro y afuera “Del Bosque”. Era Antonio Enrique Piovoso Mengarelli, (así figura El Tano, en el “Nunca Más”; el segundo apellido es de su madre). Un tipo con una historia, con sueños; un tipo que, además, fue arquero de fútbol y hoy continúa desaparecido. La cruel dictadura se lo llevó, una tarde no cualquiera. Y, a las memorias  del fútbol, aquella desgracia pareciera no importale.

(Sentado, de frente a estos recuerdos, no puedo desprenderme de las imágenes alrededor, una tras otra. Imagino el fútbol como otra cosa. Con su propia dinámica de lo impensado, su vocación y constitución de juego. Tomo aire, respiro y se me viene a la memoria; Jorge Carrascosa, “el lobo”, a quien la historia guardó y poco difundió. Con él la historia aplicó “modo silencio”. Fue el capitán de la selección que se negó a jugar el “Mundial” del ´78).

 

LA MANSIÓN DEL INFIERNO

                         “El peligro es imaginario,/pero el miedo es real”     

(Juan José Saer)

 

El puesto era mío. Había esperado mi oportunidad desde hacía meses. Una lesión había obligado al arquero titular a un retiro forzado…”.  Así comienza “Pase libre. Crónica de una fuga.”, escrito en primera persona por Claudio M. Tamburrini. Claudio fue secuestrado en pleno 23 de noviembre de 1977, por un grupo de tareas de la Fuerza Aérea Argentina. Estudiante de filosofía, acusado de revolucionario y de ser partícipe activo del grupo MIR. Se sabe que los comandos no discriminaban si la víctima venía con o sin inquietudes académicas. De hecho, ese tipo de inquietud podía funcionar como un agravante para su saña.  Por eso, Tamburrini fue sometido a todo tipo de vejámenes, palizas y torturas. Estuvo cautivo durante cuatro meses en un viejo caserón de la zona Oeste del Gran Buenos Aires. Resistió aquellos insoportables días de finales del ‘77 y principios del ’78, con el dolor entre los dientes, con el ardor en el pecho, con los ojos enrojecidos de llanto. La violencia estaba desatada, eran bestias que echaban sangre por la boca, ensañados con la debilidad de los prisioneros. Desplegaban una fuerza anclada en el centro de una frustración arrogante y brutal. Salvaje. Unidos por la oscuridad de las sombras, por la profundidad única del miedo. “El pánico es más difícil de soportar que el dolor físico…”. Las paredes, testigos silenciosas de tanto alarido sordo, de tanto tormento, eran la única consistencia que indicaba la posibilidad de un mundo real, más allá de la supervivencia en la cual se resumía: aquel aquí y ese ahora.

Después de 120 días de feroz encierro, otro 24 de marzo, pero de 1978 -como otra ironía del propio destino- con la esperanza hecha moretones en la piel y en medio de una noche que explotaba pánico oscuro y lluvia torrencial, Claudio Tamburrini, Gallego, Vasco y Guillermo lograron una fuga cuyo relato hiela la sangre:

“…las hojas de las ventanas abiertas de par en par emanan la claridad potente del cuarto iluminado. Un halo de luz se escapa de la pieza como una herida abierta y, en medio de esa claridad, se ve la sombra negra de las frazadas anudadas que, como testigos mudos de un linchamiento aplazado, penden del balcón, mecidas por el viento.” (Pase Libre. Crónica de una fuga)

La “Mansión Seré” (Atila) quedaría atrás, ya no sería la salvaje dueña de sus vidas. Días después de la fuga, la Mansión será cerrada, dinamitada, quemada. Así se pulverizaron, en parte, las huellas del horror. El resto de los prisioneros fueron trasladados a otros infiernos.

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(Los veo bajar, desnudos temblorosos, descienden por esas  frazadas anudadas de esperanzas y urgencias. Un nudo de esa tela se traba en mi garganta. Respiro con ellos todo ese aire denso que  se extiende desde Morón a Estocolmo, sin escalas. Como un viaje dentro del propio tiempo).

 

LOS GUANTES DEL CORAZÓN

“No quiero negociar con el olvido ni hacerme el distraído”. Se suman de a uno los dedos de cada mano. La imagen se aleja en plano corto. La intensidad no pierde sentido. Unos guantes comienzan a entrar en cuadro, unos guantes que hablan por sí solos. Unos guantes que quieren volar y atajar el olvido para siempre. Esos guantes aparecen enormes y únicos. Atraviesan la historia, son la voz de un olvido que no se negocia. Son la reivindicación pura de la lucha social, del compromiso con los 30.000 detenidos desaparecidos. Tienen un único dueño, pero tejen millones de esperanzas: Nahuel “Patón” Guzmán, rosarino de pura cepa, arquero único de “Selección”. Arquero de la vida, de la resistencia. “Aguanten las Abuelas” y “Aguanten las Madres” como reza la exultación sobre sus propios guantes.

Los guantes envuelven las manos. Las manos escriben abrazan y atajan. Son lenguaje. Estos guantes van atajarlo todo. Cargados de Verdad, Memoria y Justicia. Cada atajada vale por 30.000. Por 30.000 voces en el viento. Por 30.000 sueños truncos. Un torbellino de ilusión, se levanta por las espaldas, el arco se infla, enorme. El arco, destino de alegrías y penas en el mismo momento. Un relato tan probable como nítido, de existencia autónoma. Un valeroso tendido de memoria en tenues hilos de red.

 Guantes del corazón

(Afuera deambulan las hojas de un otoño en la piel. La memoria se arremolina en la esquina de mi cuadra. En las orillas del barrio poblado de sosiego. El eterno rodar de una pelota que se clava en el asombro de los ojos. La lucha, el compromiso siempre vigente. Se vibra. No hay espacio para que el olvido se filtre por entre los dedos de las manos).

 

FÚTBOL, A SOL Y A SOMBRA

“No sé qué cosa queda entre vos y yo/Barrio/pero me da miedo saber que un día pueda/irme/y no haya locos que te canten…”

(Roberto Santoro)

 

Y así es como estas historias se tejen en el silencio oscuro del relato: tres arqueros, tres instancias, tres convergencias. Un prisma traslúcido de manos libres. Aunque la historia del fútbol se desarrolla, también, como un viaje triste de placer. La memoria, sin embargo, no es tan corta como suponen los especuladores. Paradójicamente, el fútbol fue lo único que la dictadura no “prohibió”, aunque sí puso a este entrañable deporte al servicio del terror.

Memoria

(Afuera cae la tarde disfrazada de noche, entre relámpagos el viento se completa sereno. Invita. Adentro, esta nota me atraviesa, la suelto en cada tipeo en cada configuración de palabra, de idea, de forma. Como la necesidad propia de meter ese pase sutil al vacío que exige la propia jugada. Exhalo memorias de heridas que aún no cierran. Entonces, sucede que, no hablar o no escribir es no tener presente. La voz hace que un cuerpo pertenezca al universo de lo actual. De la acción. En cambio, quizás, el silencio es el lenguaje al borde de la eternidad.)

 

ESCUCHEMOS SUS LATIDOS

 

https://www.youtube.com/watch?v=mC3eGj1ojoU

 

 

 HAY UN FUSILADO QUE VIVE: la voz de Tamburrini para El Anartista

¿Qué espacios deja el espectáculo del fútbol para la búsqueda verdad histórica y  las reivindicaciones políticas?

El fútbol y el deporte en general dejan pocos espacios para las reivindicaciones políticas y para la búsqueda de la verdad sobre hechos históricos particularmente traumáticos de un país. Eso depende en gran medida de que el fútbol profesional es un espectáculo comercial. ¿En qué espectáculos profesionales hay espacio para la verdad y las reivindicaciones políticas? Con esto apunto a señalar que lo que sucede en el fútbol no es peor que lo que sucede en otras actividades profesionales. Y a, a mi juicio, se lo acusa injustamente de negar la memoria histórica, mientras que otras áreas profesionales ni siquiera son cuestionadas. En el mundo del fútbol no parece haber actitud de recuperar la memoria política de los países. Debería haberla. Existe, sí, una subordinación imperante del show, como vos la llamás.  En líneas generales, esta subordinación refuerza la tendencia natural de los humanos a querer olvidar (recordar traumas personales o sociales es muy pesado y, sin duda, resulta racional olvidar). Pero no se trata  sólo de una tendencia negativa: reiterar continuamente una reivindicación social, por muy justa que sea, en ocasión de cada evento deportivo es la mejor manera de hastiar a la gente, al punto de que ya ni escuchen. Se trata aquí, como en todas las áreas de la vida, de encontrar el justo balance entre dejar ciertas cosas atrás y reivindicar la memoria de otras.

 Si tuvieras que elegir una  “voz”  para  los que no están ¿cuál sería?

No sería de ninguna manera –quiero enfatizar esto: de ninguna manera– politizar el fútbol. Es decir, ponerlo al servicio de un programa o partido político. Eso significaría restarle autarquía e independencia del poder político al fútbol, que es un fenómeno popular de gran influencia en la gente. Subordinar el fútbol a un proyecto político determinado significaría ponerlo al servicio de un partido o un líder, lo cual equivale a correr el riesgo de ser utilizado políticamente. Lo mismo vale para otros movimientos sociales, como organizaciones de derechos humanos, de familiares de desaparecidos, etc. Es primordial que esas organizaciones, incluido el deporte, conserven su independencia del poder político que, por lógica política, solo beneficiará la causa de un movimiento u otro mientras le favorezca políticamente. En el mismo momento en que deje de hacerlo, el poder político sacrificará el deporte o cualquier otro movimiento social. Concretamente, significa esto que es correcto reivindicar la memoria de los desaparecidos, sobre todo deportistas, en el marco del deporte, pero sin subordinar el deporte al partido político de turno que, en esta coyuntura política, juzgue que le conviene levantar esas banderas.

¿Cuánta oscilación de ambigüedad y certeza se requiere para escribir? ¿Y para fugar?

Para escribir, la ambigüedad –yo llamaría al asunto ”dejar el texto abierto”– es fundamental. Un escritor debe plantear dilemas y cuestiones, pero jamás ofrecer soluciones o respuestas a los mismos. Eso no sería literatura, sino escritos panfletarios. La denominada certeza es, entonces, desde este punto de vista, nada más que la renuncia consciente o inconsciente a continuar reflexionando sobre una determinada cuestión. Personalmente, me coloco en estado de alerta intelectual cuando escucho a alguien decir:”Estoy completamente convencido de que…” Y, por contrapartida, me siento predispuesto a escuchar y a dialogar, cuando alguien abre su expresión de opiniones con frases como ”Posiblemente me equivoque, quisiera en tal caso poder discutir esta cuestión más a fondo, pero de todas maneras opino que…”

                                                           ***

 

 




VEROSÍMIIL DE ESPEJO

El olvido: Entrevista a Jessica Schultz, Carlo Argento y Jorge Palant, actores, director y escritor de “Requiem”

Entrevista: Viviana García Arribas, Lourdes Landeira, Gabriela Stoppleman

Edición: Gabriela Stoppelman

 

 

“Hasta que una noche, mientras jugaba con mi rostro… detuve mis gestos. Y dentro

del último gesto, encontré una risa, que no salía en el espejo”

                                                                      “Réquiem”, Jorge Palant

 

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Milena Jesenska

Kevin Carter
Kevin Carter

 

   

 

 

 

 

Patearon la puerta y la muerte se hizo a un lado. Un inmenso día de escritura los sostuvo en la cornisa de entre-mundos. Apenas podían verse, así, tan mezclados con las ausencias dispersas entre los papeles. De a poco, se animaron a alzar la mirada. Y, en los ojos del otro, advirtieron la falta del espejo. El perfil del vacío era un contorno perfecto, al fondo de la imagen. La noche de los cuerpos, retirada en el azogue de la memoria, arriesgaba un paso y trastabillaba al borde del sacrificio. El transcurso fue un duelo de reproches y desafíos, hasta que pudieron descansar en el vientre de una caricia. Salvo por el abrazo de un vals, allí donde las palabras chirriaban, los cuerpos se retiraban. Y, donde los cuerpos se aproximaban, las palabras se repelían. Como si la muerte se hubiera arrepentido de sus intermitencias, el apagón los sorprendía cada tanto. Pero la luz arremetía en siluetas de franja, pasillo y pasadizo. En alguna foto -infinitamente repetida en desdichas- Kevin buscaba un resto para completar el sentido. En cambio, Milena Jesenská se reconocía sin rencores en aquello que no estaba. Cincharon de un extremo al otro de la cornisa, tensaron las palabras hasta el borde de lo real -de lo “insoportablemente real”- y luego pronunciaron un nombre. El director miraba desde un extremo, desplegado en trazos, bien adentro de la escena. Recogía los pedazos de espejo que las palabras astillaban mientras transcurrían: “¡Alguien me dio un empujón al infierno…! Sino ¿a quién se le hubiera ocurrido este encuentro, entre usted y yo?”.  Acostumbrado a las invectivas de sus personajes, el director no se amilanaba. Por el contrario, ese fragmento que no terminaba de encajar en la forma del espejo le daba su verosímil. Para colmo de males, la imagen reflejada no quería adecuarse a una sola forma. Y, en una alquimia constante, dale y dale contra la puerta de la muerte, mutaba. Con la ilusión de siempre -tan clásica, tan moderna- de tirarla abajo, de una patada.

 

PASIONAR, SIEMPRE

                “Porque… ¿dónde, cómo concluyen las cosas que siguen, aun cuando sigan en otra parte…?

                                 “Madre sin pañuelo”, Jorge Palant

Jessica, cuando hacías “Somos teatro”, en la tele decías: “Tengo la chance de mostrar a dramaturgos nacionales, abordamos obras que hablen de nosotros”. Pero, en otros sitios, leímos que  vos insistís en tu relación con los clásicos. Ahora: los clásicos, cuando nacieron, también nacieron como obra nacional. Después, por la forma de distribución en sociedad, se volvieron clásicos. ¿Qué considerás un clásico, qué te da el teatro clásico y qué ese otro que llamás “nacional”?

Jessica: Un clásico es aquello que permanece vigente porque habla de lo universal y puede trasladarse a otras sociedades, es la obra que puede perdurar en el tiempo, rescata lo más universal de lo humano, como las grandes pasiones, que son las mismas en la época de Shakespeare y ahora. Para mí clásicos también son autores como Discépolo, quien escribe sobre la estructura de nuestra sociedad que, si bien ha cambiado, aún habla de nosotros como argentinos. Particularmente, en ese ciclo, me interesaba poner el acento en la dramaturgia nacional, tanto en los clásicos como en los dramaturgos noveles.

Entonces, una obra nacional bien podría transformarse en un clásico porque, aparte de la cosa nacional, todas están llenas de pasiones que podríamos llamar universales.

Jessica: Absolutamente.

¿Carlo?

Carlo: Coincido en esas obras que perduran en el tiempo porque tienen vigencia, están escritas como en el hoy. Me ha pasado. He hecho algunos autores no argentinos como Shakespeare y ahí encontrás esa vigencia. También me ha pasado con temas clásicos, tal vez. Yo era un niño y adolescente durante la dictadura y me tocó hacer obras de teatro danza, nada fácil. Durante toda mi trayectoria en ese teatro danza -en esas obras de creación propia que íbamos haciendo- siempre surgían cosas sobre la dictadura. Y yo no he vivido esos años con terror, era muy chico, pero evidentemente había algo en mi inconsciente que necesitaba ser expresado. En eso también resuena la palabra clásico. Siempre resurgía algo a seguir contando, a seguir manifestando artísticamente en este caso. Creo que, con los clásicos, pasa algo parecido.

Daniel Rozin
Daniel Rozin

Es interesante esto que decís, Alejandro Ester, quien hizo, “Imprescriptible” -un documental sobre el segundo juicio a la ex ESMA- decía que él tampoco tenía una relación de pérdida personal -en tanto que no hubo víctimas en su familia de origen- con la dictadura. Pero, en el juicio, se le singularizó la historia de cada uno. Ya no eran sólo treinta mil. Eran uno por uno. Pensaba si el teatro clásico no hará eso, singularizar las pasiones, más allá de lo universal.

Jessica: Claro, cuando te llega un material de un autor que considerás un clásico, uno se pregunta por qué hacerlo hoy. Necesariamente, uno tiene que encontrar ese nexo con la actualidad. Qué nos está diciendo de nuestra realidad hoy ese clásico.

Jorge: Estaba recordando una frase creo que de Gogol: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Hay algo allí que tiene que ver con lo nacional y con lo universal. En ese sentido el acercamiento que hace Jessica sobre lo universal toma esas cosas que estuvieron, están y van a estar todo el tiempo. Tienen que ver con conductas, hábitos, pasiones humanas que se mantienen. En todo caso, pueden cambiar las formas, los estilos. No es lo mismo una comedia de Aristófanes que una de Moliere. La comedia es la comedia y trata los temas de la comedia de acuerdo al momento a lo que está sucediendo en la sociedad en la que transcurre. Lo mismo sucede con el resto del teatro: la tragedia, el drama. Hay cambios, pero el tema son las pasiones. Siempre.

 

HABLAR EL INFIERNO

                “¿Y por qué elegiste este lugar para que nos encontráramos?”

                                                      “Judith”, Jorge Palant

Hay una pasión que vos tratás en tus obras, que aparece en Shakespeare, en los griegos y también lo vimos en la puesta en escena de “Réquiem”, y es el límite entre el riesgo y el sacrificio. Lo vimos por lo angosto de las tarimas sobre las que ustedes caminan, donde apenas pasan los dos actores. En casi todas tus obras, Jorge, aparece ese borde difuso. Particularmente en esta, esa zona está partida como en dos visiones ¿A quién le queda el sacrificio y quién el riesgo en “Réquiem”?

Jorge: Es una buena pregunta…

Esta es una lectura que hicimos a partir de algunas citas, como la interpelación permanente que Kevin le hace a Milena. Por ejemplos, “Y usted se metió en el despacho de ese comandante nazi, y pidió, de manera muy natural, que liberara a su amiga…” Y lo dice muy enojado. Eso llama la atención. Uno piensa ¿Por qué se enoja? Si finalmente ella hizo el bien, hizo algo que tenía que hacer. Parece que ahí estuviera latente la interpelación de “¿Te das cuenta en el lugar en que te pusiste? La ingenuidad de ese parlamento…

Jorge: Vos sabés que yo traté de recalcar ese enojo de Kevin quien, desde el punto de vista de la puesta en escena, es vengativo. Esto es de esta puesta, no de la anterior -que no la dirigí yo-. Kevin, además de culpabilizado por las cosas que le pasaron en su vida, cuando la enfrenta a Milena dice “¿quién me tiró a este infierno?”, rápidamente se pone en una actitud de desafiarla. Y se lo dice “¿Cómo? Usted apenas me vio me preguntó si yo me hubiera suicidado igual si no me hubiesen dado el premio por la foto que saqué de la niña en África. Después me preguntó por el buitre, por la nena, por qué me fui a llorar bajo un árbol. Y yo le dije ¡Basta! Y usted no se detuvo. Bueno, ahora hablo yo.” y eso es lo que marca el carácter que vos ves como un punto de enojo de él. Esa modalidad se fue consolidando durante los ensayos, yo vi la venganza en los ensayos.

Escultura espejos.
Escultura espejos.

Eso provoca un extrañamiento en el espectador, que coagula en el momento en que Milena dice: “Es que cuando recorría mi vida, algo me parecía coherente con el recuerdo que tenía de mi misma…” Ella encuentra, en el recorrido de su vida, huellas de la imagen que puede construir de sí misma. En cambio, Kevin es incapaz de hacer eso, quizás es el motivo por el cual está tan enojado ¿Cuál es la relación que vos, Carlo, sentís que Kevin tiene con las palabras? En un momento dice: y el único rasgo humano reconocible hubiera sido ese silencio opresivo, apenas desafiado por un grito que no terminaba de producirse, ni en la niña, ni en mí…”

Carlo: Creo que él se manifestaba a través de sus fotos y no pudo hacerlo a través de las palabras. No pudo exorcizar todo lo que le pasaba desde su infancia y su adolescencia, cuando enfrentaba a su padre, quien estaba de acuerdo en eliminar a los negros. Ahí ya aparece el tema del desencanto. De hecho, se va de su casa pero no enfrenta a su familia. Yo me estoy haciendo mi historia con Kevin, ¿sí? Y es cierto que habla poco con la hija y con su mujer… Lo que se da en este encuentro con Milena, gracias al artificio del autor, es que yo -Kevin- siento que me voy amigando con las palabras durante la obra. Creo que Kevin nunca hubiera llegado a contar todo el relato de las horas previas al suicidio. Y en la obra lo logra. De hecho, el fotógrafo Kevin lo escribió, no lo pudo decir.

¿Y cómo se relaciona Milena con las palabras?

Jessica: Creo que ella es la palabra. Es traductora, escritora, periodista, creaba el mundo a través de las palabras. Y también su romance con Kafka se da entre palabras, por cartas. Igual, en el caso de ella, va un poco más allá de eso. Ella ponía el cuerpo, se exponía, se ofrecía en sacrificio por un pueblo al que no pertenecía. No hacía diferencia ni entre las clases sociales ni entre las religiones. En ese sentido, era como muy avanzada.

Era casi provocativo, porque salía con una estrella de David a la calle, sin ser judía, en pleno nazismo…

Jessica: Por eso te digo, se ofrendaba al sacrificio.

Y eso es lo que lo saca de quicio a Kevin.

Carlo: No solo eso. En realidad, creo que hay ese sentimiento de venganza… creo que no me enojo con ella, sino con quien me puso a ella adelante. La venganza viene también por ahí. En un momento digo “Ah… ahora entiendo, Milena Jesenská”, se lo digo a ella, pero la frase no va en esa dirección. Es casi a mí mismo. Alguien me puso esto para que yo me dé cuenta de millones de cosas. Y, después, con la insistencia de preguntas de Milena digo, “Bueno en qué me puedo vengar de esta mujer que me está cacheteando”.

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CARA Y CECA DE LA DESDICHA

                 “Si desnudo mi alma, tú también te ves… ¿Voy bien…?”

          “Al pasar por un cuartel”, Jorge Palant


Jessica: Hay algo que sí pertenece al orden de lo estrictamente real y es que, en el campo de concentración, ella desarrollaba una actividad destinada a preservar la vida, aun cuando se sabía que las mujeres iban a morir en la cámara de gas. Ella defendía la vida hasta las últimas consecuencias. En cambio, él decide terminar con su vida como un acto de extrema ética y hace, además, una apología del suicidio: frente a esta realidad de mierda, yo tengo derecho, resulta ético matarse, parece decir. Eso fue real. Él decide terminar con su vida, cree que su obra no ha servido para nada.

Jorge: Yo creo que él sí defendía la vida. No la suya, pero sí la de los demás. Porque, si no, durante la guerra civil, no se hubiera metido con sus compañeros en lugares donde las balas les rozaban la oreja a cada rato. Él quería exponer eso, mostrar qué pasaba ahí. Sucede que no se lo bancó en sí mismo, pero sí defendía la vida de los demás.

Entonces, iba a lugares de riesgo y, en un punto, también estaba en cierto lugar de sacrificio.

Carlo: Paradójicamente, yo no veo sacrificial a Milena. La veo como un personaje que asume riesgos y los atraviesa.

Con una impronta muy esperanzadora, porque dice “Siempre hay algo para hacer” aún en Ravensbrück, en el campo.

Jorge: Eso yo lo he tomado del libro “Milena” escrito por su amiga, quien sobrevivió al campo. Justamente. Con las mujeres que estaban en las barracas, Milena armaba grupos de política, de filosofía, de literatura. Si el pasaje es entre el riesgo y el sacrificio, yo la veo más en relación al riesgo que ella decide tomar. Más allá de que la hayan capturado, ella siguió apostando. Más sacrificial lo veo a él, porque se suicida.

¿Sólo porque se suicida? Hablo no de Kevin, sino de lo que se escucha en la obra. Digo que en la obra hay muchísimas referencias de Kevin al sinsentido, a la desolación, a la soledad. Y siendo que ella también vivió entre despojos, toda la alacena de palabras que va en los parlamentos de Milena es mucho más vital: algo para hacer, la esperanza, abrazar… Ve mujeres colgantes y se imagina una coreografía. Hay que poder, ¿no? En ese sentido es como más afirmativa.

Carlo: Sí. Él está más tomado. Por eso, él le dice, “lo mío fue… mucho más que una cuestión de conciencia. Fue otra cosa… fueron derrotas, que se sumaron(…). La desesperanza que da la soledad, cuando todo lo que te rodea se alimenta de… una sordidez que te envuelve de a poco (…) el encuentro con una desdicha que explotó en medio de tanto paisaje desolado.”

Eso era algo que se había ido metiendo en el alma de él y en su historia. Es la manera en que él tiene de contar su historia.

 

HABITAR LA AUSENCIA

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¡Tantas veces me pregunto por qué nuestras cartas son tan cariñosas y nuestros encuentros son siempre tan difíciles…! No consigo entenderlo. ¿Acaso sea algo que nos dice que nuestras vidas se acercan en la ausencia? Pero… ¿no sería demasiado cruel pensarlo de esa manera? ¿No sería aceptar una injusta condena…?”

          “Réquiem”, Jorge Palant

Para nosotras, hay dos escenas muy significativas en Kevin y en Milena. En Milena, esa imagen frente al espejo: “Hasta que una noche, mientras jugaba con mi rostro…detuve mis gestos. Y dentro del último gesto, encontré una risa, que no salía en el espejo”. Ella, entonces, se reconoce en una ausencia. En cambio, Kevin no se podía reconocer en ninguna ausencia. ¿Cómo ves la relación de Kevin y la de Milena con esas faltas, con el vacío? Porque los dos están en escenarios de despojo, donde el vacío se escenifica…

Jorge: Esa escena es muy controvertida, esto lo hablamos bastante con Jessica. Jessica decía que había un punto al que no podía llegar, una zona difícil. Lo que importa en teatro es la verosimilitud. La verosimilitud se la dio la actuación extraordinaria de ella en esa escena.

Aparte, en ese espejo se miraban todas las otras.

Jorge: Sí. Sólo que ella lo miraba sola. Y dice algo “Llegué a pensar que siendo mía no terminaba de pertenecerme”. Otra apuesta al verosímil y después dice una frase que la define mucho “¿Sería un llamado de los otros? Y también es difícil para él escuchar este relato. Kevin: “vamos, ¿qué quiere de mí?” “Que me crea”, le replica ella. Es interesante, en el sentido que quienes sobrevivieron a los campos se encontraron con gente que no les creyó nunca las historias que contaron. Ella cuenta esa historia del espejo, que es un poco más sofisticada. Pero quiere que le crean. Y después agrega “¿Sería una marca de los otros? ¿Un llamado que me hacía saber que mi lugar estaría ahí, que yo al día siguiente estaría ahí, donde debería estar?” Me parece que en este punto está la marca ética.

En tu obra hay muchas referencias a este tipo de espejos donde las imágenes están en otro lugar y no donde deberían reflejar. Por ejemplo en Judith, cuando él vuelve y le dice: “Volví para verme en el espejo de tus ojos” como si él hubiera quedado impregnado en sus ojos.

Jorge: En la mirada de ella. “Vine para que tu mirada me devolviera una imagen mía y perdida”

Jessica: Cuando leí la escena del espejo, pensé: bueno, enloqueció y está tratando de encontrarle un sentido a esa locura. Ella está en la situación más extrema que una persona pueda vivir, el encierro, el sometimiento y la pérdida de la identidad. Incluso ahí encuentra el verdadero espíritu y el verdadero sentido de su vida, halla ese límite. Podrán quitarme todo, pero hay algo que va a seguir pujando por apostar a la vida.

Jorge: En ese sentido, en el difícil verosímil del espejo, el personaje transmite que ese objeto le permite recuperar su narcisismo. “Mientras jugaba con mi rostro”, eso le da la chance de reconocerse. Es ella misma. ¿Cuánto hace que no se veía en un espejo?

Jessica: ¡Imaginate: una mujer, luego de años o meses de no verse en un espejo, volver a reconocerse con esa degradación del cuerpo!

Jorge: No le pasó a Milena. El espejo sí le permite jugar con su rostro pero, al mismo tiempo, esa risa que aparece -que ella no ve y de la que dice que sería una marca de los otros-, es la imagen narcisista necesaria para reconocerse porque ubica a los otros ahí.

 

EN EL VIENTRE DE UNA CARICIA

Paulo Futre.
Paulo Futre.

         “¿No podría pertenecerme tanto que fuera absolutamente mía?”

                        “Encuentro en Roma”, Jorge Palant

Jessica, antes dijiste que Milena era la palabra. En las relaciones que ella tenía siempre había una ausencia donde podía reconocerse, aún con la falta de su risa en el espejo. Te quería preguntar, Carlo. ¿Dónde se leía Kevin? Porque él tenía una relación más cercana con las imágenes, aunque no parecía verse ni reflejarse en ninguna parte.

Carlo: Yo siempre lo noto escapando. No solo de la vida, de sus padres, de su esposa, de su hija, escapa también de su lugar. Escapa con el alcohol, con la droga. En el momento de disfrutar algo, le da al whisky, al Mandrax, a la marihuana, a todo junto, creo que lidia -mal o bien- con las ausencias.

Él dice: “¡Alguien me dio un empujón al infierno…! Sino ¿a quién se le hubiera ocurrido este encuentro, entre usted y yo?” Y, sin embargo, ella es muy reveladora para él. Es como si el infierno fuera muy iluminador en este sentido.

Carlo: Sí, por supuesto. Kevin encuentra la paz sobre el final, una sensación de volver al seno materno por un momento. Y, por otro, un volver a alguien que me hace una caricia cuando la necesitaba, la que no tuve cuando estaba a punto de morir o suicidarme. Esa paz solo la logro en este encuentro con Milena.

Y ella te nombra, con toda la dificultad que vos tenías con las palabras, le pedís que te nombre.

Carlo: Y ella me nombra.

Jorge: En relación a esa escena, yo tuve distintas ideas. Me pasa que algunas preguntas que estás haciendo tienen que ver con cosas que yo nunca pensé. Sobre todo, las relacionadas con los personajes, porque yo no parto de ahí. Los encuentro y después dirán sobre ellos los otros. Una vez alguien me dijo que era interesante la escenografía, porque se ve un tren, como los que llevaban a la gente a los campos. Otra persona me dijo que le había impactado que la obra, en realidad, es una metáfora del psicoanálisis. Y el psicoanálisis es eso: que quien carga consigo culpas, remordimientos, dolores, sufrimientos, consiga hacer un recorrido como el de Kevin para conseguir la paz. Ella actúa intentando liberarlo. “No me justifique ni me compadezca” “No, no es eso lo que quiero, no se trata de eso, se trata de otra cosa” Y él va llegando de a poco, va contando los últimos momentos de su vida y llega al final con una calma que al comienzo no tenía. Esta fue una manera de trabajar a Kevin. Desde la culpabilidad y la desesperación, a la calma final, donde llega gracias a ella.

Antes dijiste que hubo una puesta anterior. ¿La disposición era la misma?

Jorge: No. Era un banco de unos siete metros, giratorio, porque el director había querido dar la dimensión del tiempo circular. Y el personaje de Kevin estaba mucho más victimizado. Eso fue el trabajo que yo quise modificar, que no respondiera desde la victimización. Para decirlo en católico: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Traté de que no fuera así, que estuviera más enojado con la vida.

No lo habíamos pensado como un tren, sino como una cornisa donde hay, encima, alguna imposibilidad del encuentro pleno…

Carlo: Salvo en el vals.

Claro, salvo en el momento en que se tocan y bailan. Pero dura poco… es como si fuera un sueño dentro de la muerte. Es justo cuando no hablan, los cuerpos y las palabras no pueden coincidir. Esa coincidencia se da solo en el final de la obra. Cuando conversan y ella lo acaricia.

Jorge: Algo como lo que le pasaba a Kafka con Milena: Milena quiere sacarlo de su miedo, sacarlo de su angustia. Y él le dice “¿Pero cómo me vas a sacar mi miedo si es lo único digno de ser amado? Claro, ella que es muy distinta y va hacia adelante lo quiere sacar de esa fobia, de esa timidez.

 

LA CORNISA REAL

 Claude Chaun.
Claude Chaun.

“(…) siempre trato de averiguar qué hay detrás de los ojos del otro (…)”

             “Griselda en la cuerda”, Jorge Palant

Otra cosa que vimos en esa disposición tan angosta, tiene que ver con esta frase. Él dice: “Una foto que para mí nunca llegó a ser sólo una imagen, fue siempre real. La foto delante de mí era real. ¡El recuerdo era real…! ¡Es insoportable que algo sea siempre real…!” ¿Qué real sería no insoportable?

Jorge: Pero sí. Lo real es insoportable.

Carlo: La foto es real. Para mí era real porque estuve y seguí estando, porque de esa realidad nuca pude salir…

El dolor de no haber hecho nada para ayudar a esa nena. Y, sin embargo, él ve que para Milena sí tiene sentido aliviar al otro, aunque sea por un instante

Jorge: En ese punto hay algo que puede resultar inexplicable de entrada. Él saca la foto, se va a sentar bajo la sombra de un árbol, y llora ¿Qué le pasó?

Ese llanto ya indica que no olvidará. Él dice: ¿No le espanta que haya visto negra a una niña negra?… ¿Kevin tiene alguna capacidad de olvido?

Carlo: No. Y eso algo muy importante en su vida. Va acarreando dolor de muchos años, pero en ese momento detona. Si no, no hubiera recordado las palabras del padre cundo le decía “Con los negros no hay nada que hacer”. Después se le muere su mejor amigo, los otros -por distintas circunstancias- se van. Y él siempre con la culpa a cuestas.

Jorge: Lo que le da presente a los distintos momentos que él vivió. Lo dice en dos oportunidades: “Las voces, las voces” Las voces son las que no te permiten olvidar, lo reenvían al lugar del sufrimiento y del trauma. Las voces: “¿Qué hizo el fotógrafo?, ¿ayudó a la chica, la salvó?”

Este número de El Anartista tiene como tema el olvido desde todas sus aristas. Pensaba que no sé si Milena se relaciona en la obra con alguien…

Jessica: Sí, Grete Neumann salió con vida del campo y escribió un libro. Ella se lo pidió ¿Y para qué? Para no olvidar lo que se vivió.

Justo tocaste una escena que es muy impactante y que se repite en todas tus obras. Kevin, por su incapacidad de olvidar, hace un voluntario ejercicio de memoria. En cambio, a Milena le irrumpen los recuerdos y la alterna, hasta físicamente, “Mi muy querida amiga (Pausa sostenida y transición. Ha quedado impactada por su recuerdo. Papeles en la mano)”

Jorge: Y, sí. Y allí ella dice algo que, si uno se pone muy realista en cuanto a los tiempos cronológicos es un poco inverosímil. Le pregunta a él “¿Oyó hablar de Grete Neumann? ¿No sabe si sobrevivió?” Pero es como decís vos: eso le irrumpe. Yo le señalo a Jessica muchas veces que Milena queda muy afectada por eso. Lo mismo cuando le dice a Kevin: “¿Pero usted se hubiera suicidado si no le hubieran dado el premio”? ¡Brruum! “Disculpe, era un pensamiento que tenía para mí.”

Esos recuerdos que irrumpen son un contra olvido, el cuerpo recuerda de golpe y dice: “¡Grete!”. Y Kevin está todo el tiempo volviendo para atrás. Ahí se contraponen. Él está todo el tiempo volviendo al pasado y a ella el pasado le irrumpe más allá de su voluntad.

Jorge: Así empieza Judith. “Cuando las cosas vuelven y los recuerdos se agitan…”

 

EL INMENSO DÍA DE LA ESCRITURA

Julio - Le Parc
Julio – Le Parc

(En ese espacio, el lenguaje debería tener estas características: por momentos, la señora levanta la voz, grita, exagera. Por momentos, pareciera correr, deslizarse encima de las palabras que dice, totalmente al margen del contenido emocional que pudieran tener. La criada, salvo acotación especialmente marcada, es parca, sobria, contrastante)

“Al pasar por un cuartel”, Jorge Palant

Quería destacar, Jorge, cómo vos escribís las didascalias. No es muy común en los dramaturgos. Hay allí mucha mechada de mundo, de retrato, mucha tensión narrativa puesta ahí, no simplemente informativa.

Jorge: Esto tiene una respuesta. Un jugador de fútbol ¿cómo quién querría ser? Maradona. Ya sabemos. Yo, durante no sé cuánto tiempo de mi vida quise escribir “Un largo viaje de un día hacia la noche” porque O’ Neill era lo más grande. Y si te ponés a leer las didascalias de O’ Neill son impresionantes. Si tomás Beckett, en cambio, no tiene ni una didascalia.

¿Vos escribís narrativa aparte?

Jorge: Muy poco. Debo tener siete u ocho novelas que llegaron a la página siete y se fueron al demonio, digamos. Pero me gusta. El otro día vino Héctor Oligoni a ver la obra y me dijo, al cruzarse conmigo en la escalera: “Un bello texto. Lo digo en el sentido literario” ¡Me estaba diciendo que no era una buena obra de teatro!

¿Ustedes escriben?

Carlo: Yo dirijo mucho. Mi contacto con la escritura fue más bien desde la dirección, porque estuve muchos años con un grupo que se llamaba “Carne de crítica”, donde los textos eran propios, pero colectivos. Tal vez lo que yo hacía era unir textos, tengo esa capacidad de amalgamar. Me reconozco como generador de textos, pero nunca me puse a escribir una obra completa.

Jessica: Yo escribí una sola obra. Tengo un pasado de poemas y cuentos, pero llegué hasta ahí. En realidad lo de la obra fue una respuesta a un vacío y a una ausencia de proyectos: al no tenerlos, me escribí yo una obra. Ahí empecé y se me abrió un mundo. Descubrí que donde pueda vivir en un mundo de ficción, ahí está mi lugar. Ya tengo ideas para una segunda obra. Se llama Berlín en Buenos Aires, la va a dirigir Carlo.

FRAGMENTO DE “Berlín en Buenos Aires”, de Jessica SchultzBerlín, 3 de mayo de 1945. Helga: – Soy lo que queda de Berlín, un esqueleto vacío, una estructura en pie, hueca, quebradiza, que a través de sus puertas y ventanas deja ver el cielo límpido celeste…todo lo demás es de un mismo color mustio, como si los colores también hubieran desaparecido para siempre. Un permanente invierno viste las calles de Berlín y mi alma. Soy la ciudad entera que aún se sigue derrumbando y también este aire rancio y espeso que no quiere entrar en mis pulmones. Hay en Berlín un silencio sepulcral, pero hermoso, que no cesa de lastimarme los oídos. Soy el recuerdo de ese cielo puro que jamás imaginó ser la ruta de la tormenta más poderosa. ¿Dónde están todos los que habitaban tus edificios, tus casas, tus teatros y cines, tus bares?… ¿cómo es posible que yo aún siga respirando? Llevo varias horas caminando por Berlín y descubro que las plazas también desaparecieron. Todos los árboles han muerto. No he escuchado en mi camino una sola voz, como si tuviéramos miedo de romper el hechizo del silencio y descubrir que no es verdad que la guerra ha terminado. No he escuchado mi propia voz en varios días, tengo miedo de haber perdido su música, su risa… ¿hasta dónde podría llegar caminando si nunca me detuviera? ¿Podría conocer otras ciudades de Europa también destruidas como esta? ¿Existe otro mundo que haya quedado intacto? ¿Ese mundo es América?”

 

Jorge: Hay una frase de Lacan que siempre me gustó mucho: “Nada más temible que decir algo que podría ser verdad. Porque podría llegar a serlo del todo, si lo fuese, y Dios sabe lo que sucede cuando algo, por ser verdad, no puede ya volver a entrar en la duda”.

 

LA MIRADA TOTAL

¿No dicen que el buitre, cuando lo espanté, voló un segundo y se detuvo apenas unos metros más atrás…? (Leve pausa) ¿No dicen que el buitre empezó a esperar a la niña… desde otra parte? (Leve pausa) ¿No dicen que estaba lleno de niños a punto de caerse? ¿No dicen que estaba lleno de buitres volando en círculo…? ¿Puede creerlo…? ¡Nada más que cuatro veces…! (Leve pausa)”

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               “Réquiem”, Jorge Palant

Carlo, ¿Qué te da la dirección que la actuación no te da?

Carlo: A mí me encanta actuar, es el presente, es estar aquí y ahora. Cuando dirijo añoro eso. Pero, con la actuación, no podés tener esa sensación de totalidad y, con la dirección, lo intentás. ¡Es una creación tan particular y compleja! Me fascina el unir todas las partes que crea una puesta en escena. Yo necesito de las dos. La actuación y la dirección se retroalimentan. En especial, la dirección necesita de todos esos componentes: el texto, la música, los actores, la iluminación, lo corporal. Todo eso me encanta.

¿Y a vos, Jorge?

Jorge: Bueno, yo no soy un director de teatro, ni siquiera un hombre de teatro. Soy alguien que escribe desde muy joven obras de teatro y que las ha ido estrenando en distintos momentos de su vida. En un momento dado tuve ganas de dirigir mis obras. En 2005 empecé y, desde entonces, dirigí seis de ellas. Tengo cierta pretensión que a veces genera enojo en algunos actores: que las palabras sean dichas de una determinada manera y no de otra, que la frase tenga ese sonido y no otro.

Jessica: Es que nadie puede entender mejor que los dramaturgos sus propias obras. ¿Te acordás que antes la gente no conocía ni la cara de los dramaturgos? Creo que, allá por los ’80 y quizás en respuesta a una especie de monopolio de las temáticas teatrales, impuesto por los dramaturgos de Teatro Abierto, muchos autores, como Veronese y otros, empezaron a dirigir sus obras.

Carlo, lo que decías de la sensación de totalidad, ¿esa sensación te la da la escritura?

Carlo: Lo que pasa es que una cosa es el texto escrito y otra el mundo que vos creás a partir de ese texto. Hay que crear el mundo, le tenés que sumar la creatividad personal de los actores, la voz, el cuerpo. No es solo tu imaginario…

***

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Equipo Anartista y entrevistados.
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LA PIEDRA ABSOLUTA

El olvido: Sobre Martín Adán (Rafael de la Fuente Benavides).

Por Anne Diestro

Quise morir la vez sobre los espaldares
De los asientos, y era otra vez otra vida,
Quise morir mi vida, ¡y es tantas, y se olvida!… Porque yo soy el otro cada vez, y me mato como a eterno enemigo y me huyo por los mares y las tierras y los cielos, sí, de mi arrebato…”

Diario de Poeta, (fragmento) 1966-1973

LOS NIÑOS

Barranco es un distrito de la ciudad de Lima, Perú. Lo contonea el mar del Pacífico y los vientos que corren en el litoral. Así venía Rafael, de caminata por los bordes barranquinos. Rafael de la Fuente Benavides fue Martín Adán. A pesar de ser un escritor con una poética tan filosófica y de haberse constituido en una revelación literaria en 1950, en las escuelas donde yo asistí nunca lo mencionaron. Por eso, voy en su búsqueda.

Rafael, el niño, nació en una familia de fuerte poder adquisitivo. La escritura y la lectura estuvieron en confianza con él, desde muy pequeño. Escribió su primer libro, “La casa de cartón”, siendo un adolescente, como ejercicio de gramática y entusiasmado por el estímulo de su profesor de Lengua. “Y pensar que yo escribí «La Casa de Cartón» como un ejercicio de gramática. Mi profesor de gramática fue un español, Emilio Huidobro, el más grande gramático que ha venido jamás al Perú. Me enseñó en el Colegio Alemán.”Martin-adan

De todas maneras, salvo por su profesor de gramática, la escuela no le gustaba mucho: “Ahora hay que ir al colegio con frío en las manos. El desayuno es una bola caliente en el estómago y una dureza de silla de comedor en las posaderas y unas ganas solemnes de no ir al colegio en todo el cuerpo. Tú no comprendes cómo se puede ir al colegio tan de mañana y habiendo malecones con mar abajo”.

Fíjate cómo es la vida. De niña, a mí tampoco me gustaba ir a la escuela. Le decía a mamá que me sentía enferma y, con poner algunas excusas poco creíbles, ya era suficiente. No entendía la necesidad de despertarme tan temprano, ni la de esperar la movilidad en una esquina. La primera vez que leí ese párrafo de “La casa de cartón”, supe que no era la única. Entonces, la lectura de Adán ofició, primero, como una complicidad. Pero la cosa no quedó allí.

EL BIFRONTE

Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmo los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.
Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo
”. Poemas Underwood (fragmento), Martín Adán.

jRafael se exilió en Martín y a Martín lo olvidaron. Entonces, pocos se enteraron quién era quién. Todo sucedió en Lima, una ciudad que, en 1908, era una señorita recatada y no usaba minifalda. Así y todo, la familia de Rafael pertenecía a la alta burguesía de la ciudad. Él decidió dejar a un lado las dádivas e hizo de esa ciudad su jardín literario, se internó por voluntad en un sanatorio mental y dio luz a Martín Adán: el escritor.

Rafael vivió en Barranco1, Martín Adán en Magdalena2. ¿Cómo fueron las cosas? Existen dos versiones. Rafael fue rebautizado como Martín Adán, intentó ponerse una máscara y olvidar a Rafael. El “primer hombre”- Adán- combinado con el supuesto nombre del primer mono -Martín-, imposible saber de dónde proviene esta data, pero esto lo declara Armando Bazán, su biógrafo. Este renombrarse tenía una función heterónima. Es decir, la necesidad de siempre ser otro al escribir. Y resultó, también, una estrategia política. Rafael había nacido, como ya dije, en el seno de una familia de la alta burguesía. A su vez, el director de “El amauta”, José Carlos Mariátegui- una revista claramente de izquierda- había leído “La casa de cartón”. Fue el mismo Mariátegui quien le propuso buscarse un seudónimo para protegerse y no irritar a “las fieras”. Casi al final de su vida, declaró: “(Mi vida ha sido un error) en el sentido real, en el sentido social. Pertenezco a una antigua familia de Lima y debía ser ahora, por lo menos, un vocal de la Corte Superior. ¿Y qué?: estoy de ex-bohemio, ni siquiera de bohemio.”

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Martín Adán.

Sin embargo, hablábamos del nombre. Y ocultar a Rafael detrás de Martín no resultó una tarea ni fácil ni definitiva. En 1956, le preguntaron por el significado de ese cambio y él, tan directamente, respondió: “No sea huachafo. ¿Eso a quién importa o qué importancia tiene?”.
En la última entrevista que dio, en 1983, a Mario Campos, se produjo el siguiente diálogo:

M.A: ¿Usted cree? ¿Se lee todavía en Lima? ¿Me leen?…

¡Por supuesto!

M.A: Muchas gracias. ¿Pero cuántos conocen mi nombre verdadero?

Hay mucha gente que sigue su poesía, lo que le ocurre a usted, ¿no lo cree, verdad?

M.A: No, no, no, admito plenamente lo que usted me dice. Pero me extraña.

¿Por qué?

M.A: Porque creo que la gente de Lima lee poco, o nada. Lee noticias excitantes, o interesantes desde el punto de vista personal de cada cual. Pero no en sentido universal ¿no?”

REBAUTIZO

José Carlos Mariátegui fue una persona cercana a Rafael y dio fe de la creación de Martín Adán, a quien se refirió como a un “personaje”. Además, escribió el colofón3 de “La Casa de cartón”, donde expresó haber sido parte de la gestación de ese texto. Mariátegui sería el padrino de un rebautizo existencial y comprometido con las letras adánicas. Martín Adán dijo ser un apolítico. Pero Mariátegui lo contradijo: manifiestó que su literatura, sin que él lo sepa, decide factores políticos. ¿Se refería acaso a algo como “una militancia literaria”?

LÍMPIATE DE ENTUSIASMO LOS OJOS

Cuando sepas no preguntar, entonces te diré mi vida”.

Escrito a ciegas, 1961

Martín Adán utiliza en diferentes escritos y entrevistas la palabra “entusiasmo”, la primera vez fue en “Poemas de Underwood”:

Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
límpiate de entusiasmo los ojos.
Los automóviles te soban las caderas volviendo la cabeza”

Tenía 20 años cuando habló de esta manera. A los 75,le hacieron una entrevista y el tema regresó.

–“Los críticos franceses se han admirado de la sabiduría de un muchacho que escribió «La Casa de Cartón». A los 75 años, ¿se considera más sabio que ese lejano adolescente?

M.A: La principal sabiduría es el entusiasmo. Y yo no tengo entusiasmo para nada. Definitivamente, el entusiasmo es la mayor sabiduría. A los 75 años ya no hay entusiasmo.

¿Qué hay, Martín?

M.A: Resignación, ganas de vivir en paz con lo que queda. Soledad.

¿Cuándo se le fue el entusiasmó, Martín?

M.A: No sé cuándo, pero hace muchos años que estoy apartado de la Literatura.

La literatura era su principal entusiasmo…

M.A: Sí, mis ganas de vivir.

¿Nada le haría recuperar el entusiasmo, Martín? ¿Nada?

M.A: Yo no he estado escribiendo y han ido acumulándose poemas míos para Juan Mejía Baca, él es quien los ha recogido, y los ha transcrito a máquina.”

Martín había perdido el entusiasmo, ya no escribía y ni leía. Pero, la etimología de la palabra entusiasmo, estar tomado por los dioses, había estado presente cuando él renació en su rebautizo, entre las palabras y el mar de barranco.

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Portada de “La República”, 29 de enero 1985.

MARTÍN Y LOS OTROS

Empezaré con una pregunta, ¿cuántos Martín Adán existieron?
El escritor fue siempre una persona alejada de los grupos de entrevistadores. Aun así, dio unas cuantas entrevistas y, cuando sentía que se incomodaba, la cortaba sin problema. En una ocasión, Laura Paschero
4 (colaboradora de Jorge Luis Borges) hacía su tesis doctoral sobre literatura latinoamericana y le escribió a Martín Adán. Él respondió así:

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.

Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que, en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,
De desengranar infinitudes,
No sino un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?

¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es ayuntamiento de muerte y vida!
¡Entonces te diré quién soy,
¡Seguro sí, que ya sin voz, Amiga!”

Escrito a ciegas (fragmento), 1961

LOS 20

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Foto: Pestana.

A los 20 años yo ya había ingresado a la universidad. El tiempo que estuve, traté de trabajar proyectos de mi interés. A esa edad conocí a Martín Adán. La edad que tuvo él cuando publicó “La casa de Cartón”, su primer libro. En mi entorno universitario no había mucho interés por la literatura, excepto por un par de personas con quienes compartía mi entusiasmo por la lectura y el aprendizaje.

Con Martín adán conocí a Federic Chopin. “Travesías en extramares (Sonetos a Chopin)”, es un poemario que él publicó en 1950 y yo leí 60 años después. Iba al malecón de Barranco, lugar al que también iba él, y pensaba que podría caminar por sus pasos y saber de su vida en el oleaje del Pacífico.

Cada vez que escucho decir en primer término que Martín Adán fue un bohemio, me río. Él llegó a ser más, aunque no lo aceptara en entrevistas. Él jugaba con los entrevistadores, decía que no recordaba cómo nació el seudónimo y luego, que esa era una pregunta “huachafa”. Martín Adán era un díscolo e irreverente, nunca aceptó el premio del Congreso de la República y se mantuvo alejado de los reconocimientos públicos. Su caminar por las calles de Barranco, con un bastón y siempre vestido de traje, era propio de un Dandy. Fue Martín Adán. Ramón Rafael de la Fuente Benavides seguirá sus pasos, entre la lectura de los otros. Nosotros somos esos, los de afuera. Los que entramos por el puño de su militancia literaria y hacemos frente en su escritura. Nos detenemos y decimos:

Poesía no dice nada:
Poesía se está callada,
Escuchando a su propia voz”

La piedra absoluta (fragmento) 1966

Martín Adán – Lectura: Escrito a ciegas.

1 Distrito de la ciudad de Lima, Perú.

2 Distrito de la ciudad de Lima, Perú.

3 La casa de cartón – Colofón, página: 81.

4 Laura Paschero responde a Martín Adán: https://barrancodecarton.lamula.pe/2016/03/10/el-leopardo-enjaulado-celia-paschero/barrancodecarton/




MI DÍA

El olvido: Sobre las dificultades al momento de querer escribir.

Por Sol Bonavoglia

EL CULO CUADRADO

sol1Ya van tres semanas y cuatro madrugadas que no puedo hacer lo que amo, no encuentro las ganas y, por más que quiera, no puedo conseguirlo. Prendo la computadora y me clavo una hora y media sentada, miro la página en blanco de Word, sin poder escribir siquiera una palabra. Cuando ya  el culo está hecho un cuadrado, me voy a dormir y me pregunto: ¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida? Me acuesto, cierro los ojos y espero a que sea otro día, que sea “MI día”. Y poder, finalmente, escribir.

Cuando me despierto, todo sigue igual, no siento nada especial, sigo sin poder inspirarme.

-Aún sin ganas -me digo en voz alta.

Y, antes de seguir lamentándome, escucho un ruido en mi comedor. Y yo estaba sola.

NADIE ESTÁ SOLO

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-Ya no, querida. -me dice un señor con traje, sentado en mi sillón. Me presento. Me estrecha la mano, yo no entiendo nada.

-Mucho gusto, soy Ganas.

-Eeeh…

-¿Qué? ¿No querías estar con Ganas? -dice otro tipo, mientras sale de mi cocina y mastica una manzana.

Ganas asiente, dándole la razón. Pero ya veo que estás con Aburrimiento… Entonces, el otro asiente y yo me quedo petrificada, mirándolos.

-Entonces… ¿ustedes son Ganas y Aburrimiento? Ellos vuelven a afirmar. -Ehh, a lo que me refiero es al sentimiento ganas, quiero tener ganas, no a estar con un tipo que se llama Ganas.

Ganas y Aburrimiento se ríen.

-Empezá a sentirlo en serio. -me responden al mismo tiempo.

-Pero no puedo.

-Sí que podes. Ponele ganas. – dice y se empieza a reír con Aburrimiento.

EL TRÍO DINÁMICO

EDUARDO KINGMAN RIOFRIO. (Ecuadorean, 1913-1997). Arpista, 1963.
EDUARDO KINGMAN RIOFRIO. (Ecuadorean, 1913-1997). Arpista, 1963.

Yo alzo una ceja y los miro con enojo.

-Ah, pero ustedes son unos pelotudos.

Y, de repente, cuando pienso que esto no puede ser más loco, alguien sale del baño y se acerca a nosotros.

-¡Mala Onda! –dicen, mientras saludan a la mujer que se une a nosotros.

-¿Mala Onda? -pregunto mientras la veo. -¿Qué carajo…? ¿Por qué estabas en mi baño?

Ella no me responde hasta que pasan como treinta segundos y se acomoda en una silla.

-¿Es necesario responder a eso?

Yo niego con la cabeza.

-¿Qué haces en mi casa?

Ella suelta una carcajada.

-Estoy en tu casa desde que tenés cinco años.

Debe ser por eso que soy tan ortiva.

-Entonces, Mala Onda esta acá porque… bueno, ¿soy mala onda? -Ellos asienten. ¿Aburrimiento, ¿lo mismo?, ¿y Ganas?

-No podía evitar tus llamadas, la verdad es que estás tan acomodada en Aburrimiento, que yo acá sobro.

LA QUE FALTABA

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Y amaga con irse, pero yo le pido por favor que se quede y que me haga sentir las ganas. Quiero escribir, solo necesito las ganas.

-No puedo ayudar en nada, eso lo hacés vos, intentá buscar la inspiración. ¡Ah, Inspiración!

Y alguien me toca la puerta de casa. Al abrirla, hay otra mujer.

-¿Alguien me llamó?

Se saludan entre todos y yo sigo sin creer lo qué sucede, aunque necesito las ganas, así que no digo nada.

-¿Inspiración, no? -Ella ni se inmuta. -Te necesito, necesito inspiración.

Se queda en silencio, mira a los otros y se ríen todos juntos.

-¿Inspiración? -responde entre risas. -Soy el Olvido.

-¿El qué? -pregunto confundida- ¿qué hace acá?

-El Olvido, nena. Te lo acabo de decir, ¿ya te olvidaste?

Y, entre las risas bobas de los otros, se me ocurre algo.

-Haceme olvidar del aburrimiento.

El aburrimiento levanta una ceja y niega.

-¿Por qué, te aburriste de mí?

Yo pongo los ojos en blanco y espero una respuesta del olvido.

-No.

Al escuchar la respuesta negativa, me rindo. Dejo caer la cabeza en mis manos y, al levantarla, no hay nadie más que yo. Confundida, miro para todos lados, hasta que una mujer aparece frente a mí. ¿Quién es esta?  Como si leyera mis pensamientos, dice:

-Soy la escritura. Y una vez que entro yo, ni el Aburrimiento, ni la Mala Onda, ni las Ganas, ni el Olvido, tienen qué hacer.

-¿Y por qué?

-Porque soy lo único que sentís en serio y, aunque no tengas las ganas, te aburras, o lo que fuere, yo voy a estar ahí.

Y desaparece.

No puedo olvidarme que fui capaz de sacarme a toda esa mufa de encima. Si lo hice una vez, lo puedo volver a hacer.

sol4 Tomás Saraceno




GALERÍA DE HUELLAS

El olvido: sobre algunas huellas que ya no abundan en el paisaje.

Por Pepe Carvalho

A BOCA DE BUZÓN

Voy por la avenida Corrientes y llego a Callao. Algo en la memoria se agita e irrumpe. Algo que reclama una forma que ya no veo. ¿Dónde están los buzones?, ¿los compraron todos?  Objetos dilectos de muchos museos de antigüedades, ya no es posible verlos por las calles de nuestra ciudad. Nuestro carteros traen casi exclusivamente facturas a pagar e intimaciones judiciales. ¿Quién manda cartas por correos? Pocos. Aunque quedan. Los internos en las unidades penitencPEPE1descargaiarias, los románticos del papel vía aérea, lo que prefieren que la letra atraviese un tiempo más largo antes de llegar al remitente.

Es cierto los cambios tecnológicos, el mail, las redes sociales, los celulares abruman con su presencia la realidad del mundo. A tal punto invaden que ya ni asociamos la palabra mail, con el término “correo”. Porque, de verdad, son dos cosas diferentes. El mail no llega a tener la velocidad de intercambio de una conversación, pero está más cerca de una charla que del tiempo más lento de la escritura. En una de sus modalidades, resulta estar un cambio “más abajo” en la palanca de lapep2cs urgencias de comunicación que el chat.

El buzón implicaba un traslado. Salir de interiores. Vestirse, caminar hacia la esquina, ver como la boca se devoraba en su oscuridad el sobre blanco, poner el cuerpo y hasta el beso en la pegatina de la estampilla, imaginar cuántas más cartas habría en ese vientre invisible, especular con el viaje que nuestra letra haría sin nosotros y con el tiempo en que tardaría en llegar.

Dentro del buzón vivía todo un rito, alimento de un enorme imaginario y una gran ilusión expectante.

CANTINAS

¿Qué pasó con  las cantinas de la Boca, tan llenas de agasajos de fin de año, despedidas de solteros, casamientos?  Había en esos espacios un lugar para lo íntimo y lo ruidoso: La tarantela, los acordeones, mucha alegría. Allí, entre sonidos y sabores, se ponía en escena el origen y el crisol de idiomas que, aún mezclaba afluentes italianos, rusos, españoles. Todos irían a confluir al gran océano del “argentino”. Para los cumpleaños infantiles, el pelotero hoy se lleva todos los laureles. Y, detrás de una cortina del barrio de la Boca, aún resiste un eco de cantina encendida en fiesta.

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NAFTALINA

Olía mal, olía horrible. Pero ante la sola amenaza de las polillas, uno era capaz de soportar que la primera puesta de ppepe4ulóver de invierno viniera con ese tufo a veneno, capaz de eliminar al insecto y también al hombre que luciera la prenda. Bolitas, bolitas blancas, apiñadas dentro de una bolsita de nylon. Bolitas que se disponían sobre una canasta de la farmacia, sobre todo, cuando la primavera pisaba los talones de la ciudad, y la gente sentía que las prendas del año pasado debían ser guardadas para el siguiente.

 

TELÉFONOS PÚBLICOS Y COSPELES

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Ayer les presenté a mis hijos la reliquia: un cospel. La escena no fue para nada emotiva. En sus rostros se veía una cierta sensación de engorro, de complicación, de alivio por ser de esta generación a la que le vibra la urgencia ajena en el bolsillo del celular y no tiene necesidad de caminar en busca de un teléfono público, ni de conseguir el cospel que lo habilite a  buscar la voz deseada. Aún subsisten, por acá y por allá, algunas cabinas abandonadas. Ya nadie hace cola a sus puertas. Una silueta, el resto de una silueta pepe6aaún se guarece del frío dentro de una de ella y, aprovecha la excusa de llamar a cualquier para hacer una pausa en el camino. Imagina que afuera, otros cospeles lo urgen a abandonar su sitio, porque no hay quien no tenga una llamada apuradísima que hacer y los celulares aún ni están en camino.

 

MEDIO HUEVO AL BOCHO

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La toca. Los ruleros. La redecilla que cubría la cabeza aumentada en ancho y en altura. El secador enorme, la parte superior de una gran cáscara  de huevo tira aire caliente, debajo de la cual desaparecía el rostro de la vecina. Aun bajo el aparato, la mujer resispepe8tía en abandonar el cotorrerío del resto y levantaba la voz bajo su nave espacial, para no quedarse afuera. La voz salía llena de ecos y deformaciones. Hasta que la peluquera se apiadaba, decía que ya era hora de emerger al aire fresco. Y, entonces, la clienta se sentía renacer, y arremetía con el cotorrerío como si hubiera sido la primera oportunidad de hablar de la primera mujer del mundo.

EL PROGRESO A MENSAJITOS

Llegó el tiempo y dijo: algunas cosas no van más. Llegó una velocidad que no ha mejorado para nada nuestra paz, aunque parece haber contribuido a nuestro bienestar. Tenemos celulares, ya no debemos hacer cola frente a la cabina de teléfono. Ahora nos pueden pisar mientras cruzamos la calle o al manejar, sin ningún problema. No me quejo: estoy en muchos grupos de WhatsApp y jamás me siento sol. Lo que sí ando es un poco aturdido. Extraño el silencio. Ahora entiendo a mi viejo, cuando me contaba acerca del tranvía, acerca de cómo se e ponía el sombrero para ir a todos lados, el tiempo que se tomaba frente al espejo…La frase de la nostalgia no es mi punto. No todo tiempo pasado fue mejor. Pero tampoco lo nuevo es necesariamente una panacea, solo por ser posterior a lo que ya no forma parte del paisaje. Más allá de su bondad, hay sonidos, olores y formas que constituyen nuestra biografía tanto como algunos sucesos. Los objetos llevan nuestras huellas y ellos imprimen la suya en nuestra memoria.

El olvido cincha con el recuerdo. Camino cuatro cuadras más y me tomo un café en el ex bar la Paz: cuántas revoluciones se pensaron y discutieron sobre sus mesas. Ahora es un bar plástico, como el Ramos.  Hay veces que el olvido nos seduce hasta el hastío. Y nos convierte en extraños. Casi sin pasado, en nuestro propio suelo.




COMO LA LLUVIA EN LAS LÁGRIMAS

El olvido: sobre lo que se pierde.

Por Ramiro Gallardo

Ilustraciones: Esteban Serrano

Hay una historieta que siempre tuve ganas de escribir. Arranca con un hombre parado en la cornisa de un edificio, en el último piso. En la calle, una pequeña multitud espera el momento en que se tire. En una segunda o tercera viñeta se lo ve en primer plano. Está tranquilo, diría que hasta feliz. Mira hacia adelante, pensativo. Observa su pasado.

Después de un rato salta, abre los brazos como un ángel y se deja caer. Tiene los ojos cerrados y sonríe. Disfruta del viento que choca contra su cara y del hormigueo que recorre su cuerpo, por el vértigo. Hace mucho calor y el aire fresco es un alivio. Otra vez una viñeta hace un zoom, podemos verlo de cerca, recordando. Los globitos, este recurso de la historieta con el que un personaje habla o piensa, nos muestran algunos momentos felices de su vida. Un cumpleaños en el colegio, el timbre debajo de la mesa del comedor en Arribeños, Victoria que se le declara en Villa Gesell, una madrugada al llegar a casa y el viejo escribiendo. Aparecen más y más recuerdos y más globitos, llenos de imágenes, repletos de cosas. Son su pasado, su memoria que va colmando el espacio de las viñetas. El último dibujo muestra cómo tanto globo lo salvó de reventarse contra el asfalto.

Le pido a Esteban que dibuje alguna de las viñetas.

IMAGEN 1

En la escena final de “Blade Runner”, Roy Batty se lamenta más por los recuerdos (que están) a punto de irse con él, que por su propia muerte. I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die[1]. Con Roy, se van cosas sublimes, que ustedes, gente, no podrían siquiera creer. Esas memorias irrepetibles van a desaparecer como lágrimas que se mezclan con el agua de la lluvia, tontas lágrimas, pobres, frágiles. ¿Nunca lloraste durante una tormenta por esa chica que no te dio bola? Las lágrimas usadas por Roy como metáfora son algo de todos los días, nada que hacer al lado de las naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. Pero yo quiero quedarme un rato con ellas, antes de que la lluvia se diluya en las lágrimas.

 

DONDE SE GUARDAN LOS RECUERDOS

A Roy Batty lo conoce todo el mundo, y hay demasiado escrito sobre ese monólogo maravilloso como para decir algo más. A Tomi lo conocemos unos pocos. Tomi es un amigo con quien viví hace algunos años. Una vez me dijo que los recuerdos están guardados en una repisa y, cada tanto, sin que sepamos bien cómo ni por qué, invaden nuestros sentidos. Tomi es uno de esos sabios que podés encontrar en un bar de mala muerte a las 4 de la mañana. Tuve la suerte de compartir con él muchos momentos en los que me revelaba unas chiquitas partes de su pericia y su secreto. Nocturno y versado, había mucho en él para aprender, aunque no entendía nada de cocina, opinión ésta con la que él no coincidía. ¡Al contrario!, las únicas palabras que regalaba en forma de enseñanza eran acerca de condimentos, cocción de hamburguesas gigantes o salsas boloñesas mezcladas con sopa de crema de choclo Knorr instantánea. Afirmaba que, tras cocinar un bife, jamás debe lavarse la plancha, así conserva la grasita, transmitiéndose cierto tinte gustativo día a día, semana tras semana y año tras año. Más bien tradicional a la hora del almuerzo, preferí priorizar sus comentarios nocturnos por sobre los culinarios.

Una noche de vino y de guitarra me habló de los estantes que guardan los recuerdos. Yo le contaba acerca de mi nostalgia con algunos pasajes felices de mi vida: los despierto contento, aunque sé que no podré revivirlos con aquella plenitud. Intento reconstruir paso a paso aquella noche: tu camisa azul y los jeans apretados, la charla en el balcón, el beso de tu amiga, las canciones de Creedence en el Falcon destartalado de Jero, el hielo en tu boca, agarrarte por la cintura y apretarte fuerte y después caminar un montón de cuadras hasta tu casa y que no me dejes subir, hasta mañana, te veo mañana. En el camino se pierden muchas y tantas otras músicas, risas y besos con los ojos tapados, aunque eso no me angustia. Me mata saber que mis recuerdos llegan transformados. Son una nueva intensidad, una lindísima estela, sí, radiante, pero sólo eso, apenas un vestigio si la comparo con aquel instante tuyo.

 

ESOS MOMENTOS INSIGNIFICANTES

A veces me detengo en una escena cotidiana, irrelevante, y casi como situándome por fuera del cuadro pienso que todo se va a perder. Entonces intento apuntar cada detalle con la certeza de que voy a fallar y, paradójicamente, sabiendo también que esta imposibilidad hace que cada recordar sea diferente: lo que queda es una imagen con poco de lo que intento retener. ¿Se trata de un fracaso? Úrsula me respondería que podré volver hacia el pasado siempre y cuando comprenda que ese punto en mi memoria es el lugar en el que nunca estuve[2].

Tomi es uno de esos eruditos de todos los días que anidan en kioscos, taxis y bares nocturnos. No los vemos, pero están ahí. Ocupados como estamos en cosas importantes, pasamos indiferentes a su lado. Sabios solitarios, pululan por la ciudad y pintan el mundo con su color. Cada uno encierra mil misterios, la historia de lo que pasa por las calles, por esa calle, banco de plaza, baldosa, reflejo en el borde pegajoso y húmedo de la vereda. Para descubrirlos, sólo tenemos que saltar de la realidad a esa otra realidad y encontrarlos ahí, en nuestras narices todo el tiempo, por todos lados. Nos acechan con indiferencia. En cuanto posemos la mirada sobre ellos nos van a atacar, pero no violentamente: asaltarán nuestros sentidos, nuestra percepción sobre lo que pasa en lo más inmediato, ahí, apenas, cruzar el umbral, salir a la vereda y abrir los ojos para dejar de ver y empezar a mirar.

Dar cuenta acá de su inquieta chispa me resulta imposible, apenas si me atrevo a transcribir alguna alegre nota acerca de sus peculiares recetas como aquella, la de la súper-hamburguesa-gigante tamaño plancha que precocinó, enharinó, carbonizó y despedazó y degustó con ánimo saliente. Pero eso ya es arena de otras páginas…

IMAGEN 2

Tomi por Esteban Serrano, 2002

 RECETA PARA COCINAR UNA SÚPER HAMBURGUESA GIGANTE.

Por Tomi.

INGREDIENTES

Carne picada freezada. Cebolla. Perejil. Condimentos a gusto.

PROCEDIMIENTO

  1. Sacás los cachos congelados del freezer, los tenés que sacar con el cuchillo, rompiendo como si fuera un cacho de hielo.
  2. El hielo se derrite más rápido con el agua que con cualquier otra cosa. Al principio metía la carne congelada en una olla con agua caliente, al fuego. Ahora simplemente agua caliente de la canilla. La sumerjo un poco y la dejo ahí, tres minutos. Cuando la ponía en el fuego directamente, se cocinaba.
  3. Se descongela perfecto, pero queda muy mojada, entonces la tenés que poner entre tus manos, apretarla fuerte y que vaya chorreando. De paso cae un poco de sangre.
  4. Antes le ponía mucha verdura, en una proporción exasperada. Ahora la cebollita va más picadita, si es que hay, y los condimentos también, son una cosa ya que ni la tengo que probar.
  5. Listo, le das la forma del tamaño de la plancha… El problema es levantarla una vez que la armaste, sacarla de donde la pusiste. De la mesada, de donde sea. Hay que improvisar.
  6. Y, a eso iba, eso es justo lo que viene. Cuando ya está cocinado un lado la das vuelta como una tortilla, la tirás para arriba.

Las tortillas… o lo hacés con un plato si no tenés el valor de animarte a dar la… ¿Nunca la diste vuelta vos que tanto hablás de la tortilla?

¿Quién te dijo que nunca en mi vida cociné una tortilla?

Pero, mil veces cociné una tortilla. Tortillas posta, de papa.

Vos sos fana de la tortilla, yo también. Me encanta hacer tortilla. Bueno, eso, un día me tuve que animar. Como la cuneta esa que no te animás a saltar con la bicicleta: también te tenés que animar.

  1. Y listo, pum, ¡schiu! Y además le das el ancho que querés. O sea, hay que calcular las cantidades de carne y todo de otra manera. Es otra concepción del asunto.

 

Ahora quedó asentado. ¿Tas seguro que era ese lado? Porque no quiero estar desgrabando un recital para hablar de una hamburguesa.  ¿Cómo que lo estamos desgrabando? ¿De quién era? Te iba a decir, sabés que no sé porqué sentía que era de Los Visitantes.

[1] He visto cosas que vosotros, gente, no creeríais: naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

[2] Úrsula Le Guin en “Los desposeídos”, 1974.




EDITORIAL

editorial1Me prendo de esa telaraña aferrada al botón que ya sobra de cualquier ojal, de ese ojal que es tan solo un agujero más grande que cualquier ojo, más pequeño que cualquier mirada. Me prendo de esa telaraña porque ella escribe un texto donde puedo reencontrar a mi madre, la Tejedora.

Ella dejó marcas para seguirla en su ausencia. Ella organizó las huellas del futuro donde no estará. La vieja telaraña Tejedora ahora espera que el dios de los arácnidos decida cuándo dar el envión a las dos ruedas que la circulan, porque ninguna de sus tantas patitas ya puede siquiera dar un paso.

Me aferro al día en que vi cómo hacía el punto, el atroz nudo indesatable donde yo hubiera podido quedarme, de no haber sido por esa suerte de encontrar mi propia hebra en la escritura.

Me aferro a la noche en que, detrás de un ejemplar de su tejidoteca, encontré un hueco enorme, adherido a un gran rótulo: la trama que falta. Y, por allí, partí a encontrar otras voces, otros chasquidos de aguja contra aguja, algún reverbero que permitiera comprender el modo en que la orfandad destejía los bordes, aunque jamás las raíces. Cómo se aferraba el punto al sitio donde la savia ascendía por el cuerpo vegetal hasta el espacio de la luz; cómo buscaba el calor para cocer el alimento.

Subí con el jugo delicioso, aunque apenas me atreví a probarlo. Y, en lo más alto, encontré la forma difuminada del poema, las nieblas de una imagen que apenas titilaba a infancia. Había también una ventana encandilada de luz y una agenda llena de trazos de un ausente. Más arriba- porque siempre hay un peldaño más en lo real- alguien cantaba a la curva de un río,  uno que desorillaba apenas se le atrevía un silencio. Así que la cantora debía empecinarse sobre su cansancio y arremeter con la melodía para que el agua no se devorara los bordes.

EDITORIAL2Si bien la altura no era de las que mareaban, decidí bajar. En cada piso había un estante con un nombre. Sobre el estante se acumulaban letras y letras, montones de atrevimientos de la lengua, imprescriptibles arrebatos de la voz y de la luz, empacados en orientar el día hacia el ejemplar que siempre falta.

Era claro: la vieja Tejedora merodeaba su propia ausencia. Era claro: ella no se dejaba apabullar por la enfermedad del olvido que le acechaba los puntos. Con el pulso reumático y tembloroso, dibujaba en el aire caminos para la lana, se aferraba a la telaraña de viejos recuerdos y agitaba los recientes, ya en franca huida. Lloraba sin poder encontrar el motivo de su llanto cuando, justo entre dos formas de la red, sobrevenía el hueco. Porque una cosa es una tachadura, donde poder entrever el trazo, y otra muy distinta, ese pozo sin nombre, esa zanja a destiempo, donde se traba la luz.

¿Había algo más triste que una tristeza sin origen, que ese desvaimiento del día entre manotazos de otras historias?

Yo caminaba sobre las huellas de sus desvíos. Sobre sus líneas rectas, no. Esas sí que eran planas, como filos al borde de una voz ajena, donde el punto en singular se deshacía de miedo y previsiones. Yo debía olvidar su ritmo, escribir mi trenza y empecinarme en la memoria de su fuerza para no caer en la pura ostentación de bella pasamanería. En esas me entreveré sin mucho recaudo. Y hubo días de quedarme atrapada entre agujas. Y hubo otros de aguja suelta, días con grafitos de lana que contorneaban los huecos sin recordar ni astillitas de los terrores. Entre punto atrás y adelante, llegó el tiempo de ponerle pausa a mi tejido. De limpiar el espejo y comenzar a leer las tramas de los otros. En eso, me dio por juntarme con otros huérfanos y salir de entrevista en entrevista. Salvo al dios de los arácnidos, que no atendía, tendimos hebras en todas las posibles direcciones. A veces preguntábamos, a veces mirábamos, a veces el oído nos daba una clave para los puntos del silencio. Y, desde entonces, no paramos.

editorial3Ahora estamos acá, prendidos a esta telaraña de la que somos parte. La trama es la forma en que nuestra memoria puede. La trama es el modo en que rememora el espejo vaciado de siempre nuestra misma  imagen. El olvido se arrincona en el cierre de cada acorde. De tanto en tanto,  nos limpia el terreno, nos desempolva de rencores y malas remembranzas.  En otras ocasiones, nos desafía con puntitas de tejidos, orlas de un nuevo origen al que no renunciamos.

Y si el botón aferrado a la telaraña se descose, iremos a saco abierto: juntos, a reescribir los olvidos del invierno.

Vieja Tejedora de puño cerrado.  Madre- poema de todos nuestros textos: empecinados como vos en la amistad de la fuerza, no olvidamos.

 

Elodie Antoine.
Elodie Antoine.

 




EL CANTO DEL RÍO

El Olvido: Sobre la marcha de los pañuelos.

Por Patricia Tombetta

Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de Plaza de                          Mayo, gente de pluma y de palabra. Exiliados de adentro y de afuera. Sigamos siendo locos argentinos (…) Sigamos lanzando palomas de la verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de todo el mundo” Julio Cortazar en “Nuevo elogio de la locura” 1.982.

SIEMPRE LISTA new babylon-constant nieuwenhuys foto 1

Buscar la  verdad por vía de la justicia asegura, como mínimo, un trayecto largo y con menor número de muertos (además de ser lo acordado desde que nos organizamos para acotar la venganza de unos contra otros). No se trata de hacer una apología de la vida a cualquier precio. No. En este caso es sólo una defensa para que la vida valga la pena, la de todos. Y algunos recorridos son, en sí mismos, el único camino con buen final sea cual sea el resultado. Ya dije, son trayectos largos, también tienen vueltas y recovecos, se andan y se desandan. Aunque, esto último suele ponerme de mal humor, como si prefiriera andar a las andadas.

Y en eso llega el día que soñé nunca llegaría. Soñé, digo bien. Pero no me toma desprevenida, antes bien lista para la defensa. Cambio la cartera por una pequeña mochila,  con lo necesario: un poco de plata para el choripán, el teléfono para lograr los encuentros, los cigarrillos y la Sube, claro. Hoy se agrega un pañuelo blanco que llevo todo el tiempo con algún temor a faltarle el respeto. Tan lleno de significados y sufrimiento, pesa el doble de mi peso. A último momento, decido ponerme un par de zapatillas, por si las corridas (algunas precauciones nunca se abandonan). Ni bien subo al subte, siento una molestia en el talón que me recuerda por qué hace tiempo no las uso. La formación (me encanta esa palabra) sólo logra llegar a Plaza Miserere.

- ¡Todo colapsado!- Se escucha la voz del guarda.

Y, sí, es cierto, algo no fluye y no queremos que lo haga. A un atisbo de fastidio, para qué negarlo, se le impone más decisión: a caminar las trece o catorce cuadras que me faltan. Una nada al lado de las que “Esas Mujeres” marchan para alcanzar un poco de dignidad, de justicia y de amor incluso. Esas son las únicas gestas que se recuerdan por siempre, para bien o para mal, aquellas que no se detienen. Y si de gestas hablamos, es bueno separar ya que algunas son  llevadas por el odio y otras por el amor. Las primeras matan, las segundas cuentan sus muertos: muertos injustificables que llenan de miedo a quienes permanecen; muertos que desaniman de no mediar el amor. Único barco por el que vale la pena dejarse llevar. Una y otra vez cantará León “…Y mañana seguirán con fuego en los pies quemando olvido, silencio y perdón, van saltando todos los charcos del dolor que sangró, desparramando fe, las madres del amor…”

 

UN PAÑUELO NO SIEMPRE ES UN PAÑUELO

Camino, estoy un poco más cerca y el pañuelo se hace más pesado porque sé de la ausencia de Hebe. No me gusta alejarme de esa mujer, ni de ninguna de ellas. Hace mucho, mucho, aprendí que me equivoco si algo, por más mísero que sea, me toma a una imprudente distancia.

El talón izquierdo comienza a hacerse sentir cada vez más. ¿Cómo se me ocurre ponerme un calzado incómodo? El olvido, claro. Me calmo con la idea de que no es comodidad lo buscado ese día, sino justamente la eterna piedra en el zapato. Ya no del mío, sino el de este país desde su fundación: algunos lo pensaron con grandeza y otros se convirtieron en la piedra que detiene la marcha. Esa fue la grieta. Es antigua.

Camino y, sin darme cuenta, ya no voy por la vereda. ¿Cortaron el tránsito? No. Ganamos la calle y de pronto me encuentro cantando…”como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar”… y al dolor del talón se superpone el del estómago. ¿Otra vez? Algunas cuestiones no se saldan nunca, los pasos pueden ser desandados. Soy grande, debería saberlo. Soy pequeña y me ilusiono.

 

UNA BLANCA INFLAMACIÓN

jim warren foto2Ahora con el pañuelo sobre los hombros nos convertimos, poco a poco, en gotas de un río con desembocadura en la Plaza. Es uno de formación espontánea que, cada tanto, lava las calles, hace mar y se retira. Luego, nada es igual, una inflamación perdura y se incorpora. ¿Otra ilusión de las mías? ¿Acaso las paredes y el asfalto son capaces de absorber la potencia de los sentires?

Sí, por supuesto.

Se llama espíritu de las ciudades. Es lo que buscan algunos turistas con sus cámaras de fotos. Sólo búsqueda. Yo también puedo sacar fotos en la Plaza Tiananmén o en Machu Pichu. Es un reflejo. Sólo cuando se es parte y se comparte, sólo así se imprimen algunas imágenes.

 

LUNA LLENA

Me encuentro con los míos, continuamos, sorteamos pozos y algunas obras que necesita la ciudad (eso espero). Es difícil llegar hasta la Plaza, hasta el mar. Y seguimos cantando. El talón me duele y lo imagino en carne viva. Un señor me avisa de la cercanía de un escalón y me salva de una caída.

Hebe no está en la Plaza y eso me da miedo.

TN anuncia desde la pantalla de un bar… multitudinaria marcha… eso también me da miedo.

Sé dónde estoy, sé muy bien el por qué y sin embargo.

Falta Hebe y el pie izquierdo late a un ritmo cardíaco. Nos salimos de la avenida y tomamos por una calle paralela. Queremos llegar lo más lejos posible, queremos estar lo más cerca posible. Un colectivo con hinchas de River trata de hacerse paso. Temerario, sube a una vereda apenas más ancha que una rama. Los cantos continúan y, ahora, agitamos los pañuelos. Al principio es confuso, una inmaculada confusión. Un efecto inesperado me hace pensar en artificios tecnológicos. Como si todo quedara cubierto por una bandada de aves blancas en vuelo bajo, sobre las cabezas. No estoy allí, me llega una foto y la convicción de que ese vuelo llega lejos, lejísimo. Luego comprendo, es tan sólo la espuma, la blanca espuma de las olas del mar embravecido que otra vez ocupa la Plaza.  ivan-aivazovsky-ocean-1896, olvido

Una columna de la izquierda (no sé bien cuál) se retira muy temprano, los manteros continúan en sus puestos y los apretujones son abrazos. Hay cruces fraternales. Miradas con quienes están y con los ausentes. Sólo un camino acerca a los muertos y los hace amigos: el recuerdo. Sólo así ellos comienzan a formar parte de la vida, de quienes permanecemos, sólo así perdemos el miedo y nos vacunamos contra el olvido, nos regalan sus ideales. Sólo así ellos pierden el peligro de llevarse alguna porción de materia gris y de sangre.

 

ALREDEDOR DE LA LLAGA

A una cuadra del mar, nos detenemos. Seremos parte de ese tramo del río. Se hizo de noche hace rato y una luna llena, enorme, se presenta en el fondo, en el horizonte detrás del mar. El talón me recuerda que, debajo de tanta poesía, una llaga no cerrará pronto.

No llegamos a escuchar los discursos, ya habrá tiempo. Tomo un par de fotos, filmo incluso y lo comparto con mi hermana. Ella me devuelve imágenes desde Rosario. Ampliamos la cobertura, jugamos a las periodistas, nos consolamos. No es sencillo defender las banderas contra un Estado caprichoso. Sus pies son grandes y su boca impredecible. Fantaseo con una gran inundación de agua clara que se lleve la eterna mugre. Con la naturaleza y su fuerza. Pero no queremos eso. Mejor un río limpio y constante. Seamos la gota que orada la piedra.




LA CULPA DEL BASTARDO

 El olvido: sobre Jesús del bajo

 

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VERANO DEL ’92

No hay marihuanero noventoso que no recuerde aquel verano de la sequía, sin un puto porro en toda la maldita ciudad, ni en las afueras, nada. Entonces había que moverse de un barrio a otro, en busca del Santo Grial o morirse de viejos en una esquina del parque, mientras veíamos la vida pasar y le pedíamos una moneda para el trago.
Justo ese verano, menos la Rubia y Yoni, todos teníamos un pasaje en Ferrobaires para el 15 de enero, con destino a Mar del plata. Pero faltaba lo esencial:

Faso, no sé, pero no perdemos nada. Cuando no había droga en ningún lado, el Bajo no fallaba, les dije después de toda una tarde de vueltas. La clave era el Gordo, mi compañero del secundario y batero de Sr Tickson. El flaco Oscar nunca lo había dejado careta, siempre tenía. Y, además, no íbamos por porro, pero si pintaba, pintaba.
Llegamos al Bajo Flores cuándo el sol caía entre la autopista y Eva Perón. No me acuerdo cuánto nos hizo esperar. El chabón cayó cuando ya casi no teníamos para la última cerveza. Era de noche, tarde ya. Faso: nada, en ningún lugar. Pero el ácido estaba, sólo había que ir hasta la casa del transa.maxresdefault

El Villa y la Novia se ocuparon de la cuestión, mientras nosotros quedábamos en el almacén para planear el viaje y tratar de sacarle al Gallego una birra por unas monedas menos. Media hora más tarde, la feliz parejita volvía sola. Y el Villa agitaba con una sonrisa de oreja a oreja. Todo había salido bien, nuestras diez pepas descansaban en las tetas de Cecilia; por lo tanto, ni siquiera teníamos que preocuparnos por la yuta. Los verdaderos problemas empezarían una semana después, durante el viaje, cuando ya estábamos en el Partido de la costa y la pepa que habíamos tomado en Constitución no pegaba.

CRÓNICA DE UNA BARDO ANUNCIADO

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Era fija. Sin ácido, el porro se moría en tres días. Entonces, hicimos lo peor: racionar. Sabíamos que el Villa tenía su propio pedazo, además de lo que había puesto para el comunal. Así que, llegado el momento, dependeríamos de él. Y eso le encantaba.
Era fija: iba a terminar todo mal. Él y yo, algún día, volveríamos a rompernos la cara.
La mañana del quinto día nos fumamos el último porro del “de todos” en la playa. Solo nos quedaban las damajuanas y las pepas chupadas. Entonces, empezamos a vivir de la caridad del Villa, que se armaba uno a la mañana y otro a la noche, después se escapaba para fumar con la novia por ahí. Chelo, Loli, el Bicho y yo nos pasábamos el día escabiando. Enfermábamos a Bichito para que le pidiera faso al hermano o que, al menos, nos vendiera algo. Y así estaríamos los tres días que faltaban hasta la escena del lago, cuando la abstinencia se hizo insoportable.
-¡Daaale, pedazo de Negro puto! – le gritó el Chelo a el Villa y se puso de pie.
La canoa tembló.
-Pará, forro- le dijimos.
A dos metros de nosotros el Villa se cagaba de risa, tosía y le pasaba el churro a la novia que soltaba los remos para fumar. Loli también se paró y la canoa volvió a temblar. Chelo se sentó de una para equilibrar y, de un manotazo, bajó a Loli; en frente, los otros tres explotaban de risa en nuestras caras, mientas ellos fumaban y nosotros nada. Estábamos tan puestos que empezamos a discutir sin darnos cuenta de que el enemigo era el Villa. Y, entonces, de borracho, Loli volvió a pararse de golpe y le arrojó, a la otra canoa, la botella cortada llena de tinto y hielo. Cuando dejó caer el culo de nuevo, la canoa se dio vuelta y todos fuimos directo a esa laguna asquerosa: Loli, con el agua hasta las tetillas, sostenía la damajuana en alto para que no se mojara. Yo nadé hasta él para cagarlo a trompadas, me tenían todos hartos. Bicho y Chelo me frenaron el manoteo. El Villa y la mujer se reían a carcajadas, el amigo de Loli se arrojó al agua. Y, mientras todos me frenaban, Loli salía del lago con la damajuana en alto pateando el agua para alejar a los putos bichos.
Basta. Me zafé y encaré con los pies en el barro del fondo hasta llegar a la orilla plagada de cangrejos y ahí me quedé7wO5Npj. Cuando me di la vuelta para mirar hacia atrás; el Villa y compañía seguían su curso hacia una especie de islita, en medio del lago. El resto de los pibes intentaba dar vuelta la canoa, Loli esperaba en la playa con la damajuana a sus pies.
Me voy, pensé. Y empecé a esquivar cangrejos, a alejarlos, a dar saltos a medida que podía pisar mejor. De milagro, ninguno me pico. Cuando llegué al campamento, lo primero que hice fue meterme en la carpa del Villa y buscarle el porro, le robé dos o tres y después hice mi mochila, les dejé una nota y me fui a hacer dedo a la ruta.
Quince días más tarde, en la esquina de avellaneda y Otamendi, nos cagábamos de risa de todo. El Villa sentenció que ese hijo de puta del Bajo nos había cagado las vacaciones y que, tarde o temprano, se la teníamos que cobrar. Boqueaba como siempre, pensé. En ese momento no recordé que El Villa había hecho la onda con la chabón y sabía dónde encontrarlo.
El resto de la historia es pura coincidencia nomás. O eso creo.

UN HOMBRE DE MIL NOMBRES NACE YA

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Dicen que comenzó a predicar en la esquina de Mariano Acosta y Eva Perón, que leía salmos en voz alta, que se metía entre el tráfico y se acercaba a los autos en el semáforo, arrancaba una hoja de su Biblia y la entregaba como volantes entre los conductores.
Con el tiempo, empezó a caminar el barrio y a predicar, paraba en todas las esquinas donde estaban los pibes y se ponía a hablarles de dios hasta que lo echaban. Dormía en la plaza, comía lo que la gente le daba, pero no mendigaba. Nunca nadie lo vio beber alcohol, no era un loco peligroso, y— dios sabe cómo — estaba siempre limpio; algunos decían que se trataba de un pibe de buena familia, que se le habían muerto los padres en un accidente de tráfico y que él había sido el único sobreviviente: no pudiendo soportar la carga, había enloquecido de culpa y de dolor. Otros afirmaban que era un drogadicto hijo puta: “simplemente, limó”. Pero cierto sector del barrio sostenía la teoría de que había sido un puntero, uno al que se la habían dado por garca. Le habían metido como diez pepas en el trago y, de ese viaje, ya no había vuelto jamás.
Siempre que le preguntaban su nombre, decía que tenía miles, que era un hijo de dios. Entonces, los vecinos lo bautizaron Jesús, Jesús del Bajo. Y así empezó la leyenda.

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Yo me lo crucé varias veces a mediados de los noventa. En esa época era común verlo predicar en la noche de Flores, en pleno Nazca y Rivadavia o por la zona de la Plaza. Vagaba por la avenida hablando solo, hasta que se detenía en una esquina o en la puerta de algún boliche y empezaba a recitar la palabra de dios. Por supuesto, la mayoría de la gente se burlaba de él, usaba ojotas hasta en invierno, un jean sucio y una especie de túnica blanca hecha de seguro por él mismo, con una tela similar a la de las toallas. El pelo le llegaba casi hasta la cintura y, desde ya, tenía una terrible barba a lo Castro.
Nunca respondió a ninguna agresión. Sin embargo, una noche se lo vio lastimado, tenía media cara inflada y el labio roto. Se cuenta que andaba con la túnica manchada, parecía llorar sangre del estado en que lo habían dejado. Aunque lo veían así, nadie le dijo nada, ni se burlaron, ni le ofrecieron ayuda: era su cruz, pensaron. Lo habrían cagado a trompadas algunos pendejos hijos de puta para sacárselo de encima o le habrían querido robar dios sabe qué. Entonces, por primera vez subió las escalinatas de la iglesia de Flores.

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Más tarde se supo: no le habían pegado por pesado ni habían intentado robarle. Peor. Mucho peor. Se lo habían querido coger. ¡A Jesús del Bajo! No se sabe con qué excusa, tres mierdas, zarpados y borrachos, se lo llevaron para Yerbal, hacia las vías y ahí empezaron a pegarle, a decirle que iban a crucificarlo otra vez, mientras dos los sostenían y uno sacaba la verga. Y Jesús se defendió. No se sabe más.
Dicen que a la hora en que entró a la iglesia de Flores aquella noche, el servicio del Sarmiento se cortó por un cadáver en las vías. Sólo el cura que lo confesó sabe qué paso esa noche. Jesús no volvió a Flores nunca más, se quedó en el Bajo un tiempo y después se fue solo a internarse al Borda. Por supuesto, no necesitaron mucho tiempo para olvidarlo.

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TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

Volví a recordarlo una tarde de marzo, diez años después de aquellas frustradas vacaciones donde casi nos matamos entre amigos. El 55 se detuvo en la esquina de Nazca y Rivadavia y, a través de la ventana, pude ver a otro loco que se creía el hijo de dios.
Un domingo que fui a almorzar a la casa del Gordo, en el Bajo, le pregunté si había vuelto a aparecer el loquito ese, Jesús.
¿Vos lo conocías, no?
El Gordo soltó una carcajada y volvió a llenarme el vaso.
Boludo, ¿te acordas de mi amigo el puntero? Yo te había contado que se la pusieron por cagador, el que te cagó a vos y a los pibes del parque con unas pepas un verano, ¿lo ubicás? Lo agarraron entre bocha de pibes del barrio y lo obligaron a tragarse diez pepas al mismo tiempo.
¿Diez? pensé. Y entonces recordé la cara del Villa, al jurar que iba a cobrársela de una manera u otra. El Negro Villa era más hijo de puta y lo bastante inteligente como para organizar a todos los damnificados… ¿por qué me venía eso a mente?
Salú, Gordo, por Jesús del Bajo.
Y los dos brindamos.

Se cuenta que a comienzos del 2009 dos autos que venían picando por Rivadavia una madrugada lo atropellaron; el primero lo hizo volar por los aires, imagino que ya habrá estado muerto al caer contra el asfalto de la avenida y ser arrastrado por el segundo, desde José Martí hasta Nazca.

Ahí terminó una leyenda que no era urbana ni popular, porque la historia de Jesús del bajo es sólo otro simple relato de drogadictos, que habitaron en otro tiempo y otro lugar.

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DRENAR LOS AÑOS

El olvido: Entrevista a Ernesto Jodos.

 DRENAR LOS AÑOS

Entrevista y edición: Gabriela Stoppelman

“I don’t know where jazz is going. Maybe it’s going to hell. You can’t make anything go anywhere. It just happens.”(1)
Thelonious Monk

“(…) una lengua que viene de muy lejos y de muy adentro. La única posible para la condensación de su poética: en un tiempo sorpresivamente reversible, cada palabra recupera, con intimidad y dolor, lo que ya no existe. Se trata del movimiento de la memoria que se cierra como un círculo sobre los orígenes y apresa para siempre esas cosas tan fugaces como la luz misma”,

Pablo Gianera, sobre Arnaldo Calveyra, en “TXT”, 2004.

Algún mito perdido en el olvido se desoculta y cuenta que, a un golpe de música, el cuerpo se

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Xul-Solar

impregnó de piel, la piel se impregnó de memoria y, de allí, partieron canales a serpentear acordes por toda la extensión del tiempo. El curso nacido decidía el rumbo, entre leyes y azares. Pero, sobre todo, de acuerdo, a la torsión, el ánimo y la apuesta de otros rumbos. Ante un horizonte enorme, el andar fundaba territorio a medida que sonaba. Y sucedía que, de tanto en tanto, el devenir se volvía más fluido y conversaba entre el don y el desafío. Entonces, el espacio se contraía en un punto e imprimía una huella. En esos momentos, la memoria agradecía, anchísima en sus estanterías, y se disponía -esponjosa y bien dispuesta- al juego. Retenía y daba según la singularidad del latido. Una cosa era el recorrido del tacto; otra, la intensidad del plexo. Una cosa era el golpe en la mirada; otra, la inclinación del temple. Al final, cada zona fue una presencia tocada por el matiz de los otros, una lista de posibilidades, un ensayo que jamás se volvía general, para una puesta siempre generosa en intersticios. Por una de esas hendijas, en el vientre del cuerpo musical, una idea se hizo clara. Y fue “eso”, eso que debía ser tocado justo en ese momento. Dentro de ese instante, los años drenaron en una noche inmensa. La “palabra kilómetros” se quedó verdaderamente corta, aunque comenzaron a resonar otras. Sin demasiadas pretensiones, se adhirieron a distintos fragmentos musicales. Y no importó si la alianza había comenzado con pocos o muchos anhelos: de un golpe de palabra, el nombre impregnó la música y la música impregnó la piel, que ya impregnaba el cuerpo. En eso, la memoria arremetió y se puso a tocar el piano. Un día, por ejemplo, la memoria tocó con Ernesto Jodos. Y sonó así:

CUERPO DE MÚSICA

“Ella había dejado abandonada en medio de su cara una sonrisa tan inocente como la del piano; pero su cabello rubio y desteñido y su cuerpo delgado también parecían haber sido abandonados desde mucho tiempo. Ya empezaba a explicar por qué el piano no era tan amigo suyo como el balcón, cuando el anciano salió casi en puntas de pie.”
Felisberto Hernández, “El Balcón”

 

Una de las cosas que se repite, en las entrevistas y charlas que leímos, es la idea de que no se improvisa sobre la nada, sino sobre una estructura o sobre un standard. También decís por ahí: “Y hablar, de algún modo, es improvisar. En los dos casos, uno trata de que tenga sentido y de que sea verdad” ¿Se puede pensar la improvisación como una especie de diálogo con una estructura previa?

Sí. En el jazz y en mucha música derivada del jazz, hasta Ornette Coleman, una de las maneras de improvisar tenía que ver con hacerlo sobre una estructura –armónica, en principio-. Esa estructura es una forma con cierta cantidad de compases que se repite al infinito, sobre la cual se hacen variaciones. Primero, se trataba de variaciones de la melodía original -básicamente así era en los comienzos-; después, sobre la estructura armónica. Y, finalmente, sobre las dos cosas. Ese tipo de improvisación tan jazzística se puede usar también en toda música que tenga una estructura armónica definida. Es decir, hay otras estructuras sobre las que se puede improvisar: son las que fueron generando los improvisadores a partir de fines del ’50 hasta el día de hoy. Tienen que ver con una idea rítmica y con una mínima (o ninguna) armonía dada, o con una estructura melódica, quizás más compleja, sin vincularse con una armonía definida. Todas las estructuras melódicas dicen una o varias posibles armonías. Esa última es la manera en que a mí más me gusta o más me interesa improvisar últimamente. En muchos casos, esa estructura melódica dice cosas de una posible armonía o de un posible contrapunto rítmico. Es como más abierto. Luego, existe la situación de improvisar sin ninguna estructura previa. Lo que pasa es que las estructuras siguen estando igual. Improvisar es un acto tan físico que la idea de improvisar algo que no tocaste antes, al menos en un gran porcentaje, es algo prácticamente imposible, salvo en momentos muy determinados. La memoria física está siempre.

Hal Lotterman
Hal Lotterman

Vos hablás, en la charla en el Centro de investigaciones artísticas, de una memoria física: “La improvisación tiene algunos problemas con respecto a eso, con respecto a cómo es el funcionamiento. Es un acto muy físico, es tremendamente físico. Que es algo que muchos no consideran. Si vos estas tocando un instrumento o cantando, la respuesta rápida tiene mucho que ver con lo físico, (…) que tiene mucho que ver con lo rítmico también y con la memoria física” ¿Se trata de algo como el sonido impreso en el cuerpo?

Los instrumentos se tocan con el cuerpo, ahí es donde nace esa memoria.

¿Y hay olvidos, cosas que quedan como en el desván y de golpe pueden irrumpir?

No sé. Nunca se sabe a ciencia cierta de dónde viene todo lo que uno improvisa. Lo que definitivamente no hay en la improvisación es un acto de reflexión. Muchas veces son impulsos físicos, que tienen que ver con escuchar algo y tocarlo, y otras con hacer algo de lo que está pasando en el momento. El olvido consiste en que el improvisador toca algo y no sabe exactamente de dónde viene, uno no es consciente de esas cosas.

Jodos 6

                                       Libros en casa de Ernesto Jodos

LA ESPONJA ANARQUISTA

“Todo eso ocurrió en el tiempo que tardaría un secante en absorber la tinta derramada.” 

                                                                    Felisberto Hernández 

A partir del contexto, ¿se modifican las posibilidades de improvisación?  

Deberían, al menos. El contexto es, primero, la música que se está tocando. Después, los músicos con los que tocás. Y, luego, cosas aparentemente lejanas como el lugar donde estás tocando y la gente que está allí. También el instrumento, porque los pianistas nunca tocamos  el mismo piano. Todo eso debería ser una influencia en el momento de improvisar.

¿Y el contexto histórico?

No lo veo tan así. Al menos, no veo una relación tan directa entre notas – situación social. Sí hay razones por las cuales determinados instrumentos se tocan en el jazz de tal o cual forma. Un músico sin formación occidental se encuentra con un instrumento occidental y hace con él determinadas cosas que ese instrumento antes no hacía en manos de músicos con

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Kandisnky, Improvisaciones

formación occidental. El jazz tiene influencia de un montón de otras músicas. Yo digo, medio en chiste, que es una música imperial, que absorbe otras músicas, como han hecho los imperios con los conocimientos de los pueblos conquistados, cambiándolos, por supuesto.

¿El jazz absorbió a la música negra?

El jazz es una música creada por los músicos negros. Una vez que el jazz empezó a andar absorbió cosas de la música europea, sonoridades del rock o de músicas de otros lugares del mundo que antes no habían llegado ahí tan claramente. El jazz absorbe y, sin embargo, de alguna manera simple, siempre sigue siendo jazz. Creo que la improvisación, por tener tanto que ver con el momento y con el contexto, es lo que hace al jazz tan inclusivo. Entonces, muchas cosas que aparentemente son de afuera de la música terminan incluidas, justamente, porque la improvisación tiene tanto que ver con el momento y con el contexto.

En contraposición a la definición del jazz como música imperial, está lo que decís de “tomar en cuenta al otro” en la ejecución de la música de jazz: “Pero como el jazz es una música básicamente grupal, si alguno del grupo va a romper por completo (digo romper por completo, no modificar) con todo lo que se espera, resulta riesgoso. Hace falta un grado muy alto de confianza entre los que tocan para que se entienda que esa persona no se volvió loca sino que pretende buscar algo distinto.”

Bueno, lo imperial es la historia, o cómo fue la evolución de esta música. Pero siempre tuvo que ver con tener en cuenta al otro, a la otra cultura. Hay una cosa que dijo Saer alguna vez: Los colonizadores no tienen miedo de perder lo que tienen y por eso pueden absorber cosas de afuera. En cambio, los lugares de las orillas son más reacios a aceptar lo que viene de afuera porque perderían su identidad. En ese sentido, el jazz es una música esponjosa.

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Iimprovisación 30 Kandisnsky

Hablás de la confianza y de la previsibilidad respecto del otro al momento de la ejecución de la música en la improvisación. Parecería algo muy democrático. No me puedo imaginar otro arte en el que el tener en cuenta al otro vaya tan al instante…

Creo que en toda la música grupal pasa esto. En el jazz en particular una diferencia sería que hay mucha menos información musical pactada de antemano.

¿Eso da una libertad?

Así está dada la cosa. Si escuchás un dúo de cello y piano o un cuarteto de cuerdas, te das cuenta de que es bueno porque cada músico está teniendo en cuenta al otro. Lo que sucede es que la mayor cantidad de la información en cuanto a alturas y ritmo está dada de antemano, aunque el fraseo o la expresión puedan surgir en el momento. En el jazz, tener en cuenta al otro es básicamente lo mismo, pero también está en juego la elección de notas, ritmos, timbres y orquestación, parámetros mucho más abiertos. Tener cuenta significa que lo que vos tocás tiene que funcionar con lo que está pensando el otro. Hay roles y momentos, claro, que se cumplen y también se rompen. Muchas de esas rupturas de roles fueron quedando como parte de un uso común en el jazz.

LA LEY DEL MÁS CLARO

“Basta un soplo de arena, un encuentro de lazos desatados/una palabra fría como la lija y la sospecha, /y esa urdimbre de lámpara y vapor se desmorona con un crujido de alas”
Olga Orozco

Por allí decís: “Siempre gana el más fuerte, el que toca con mayor decisión y más claridad. En un grupo, yo puedo querer ir a muchos lugares musicales, pero si los demás no están capacitados no lo van a hacer, ni siquiera se van a dar cuenta. A veces, pasa que uno no es lo suficientemente claro; otras, que los demás músicos no ven o no entienden, mientras que con otros músicos propongo esa misma cosa y enseguida aparece”. Siempre gana el más fuerte ¿Cómo sería eso?

El más fuerte es el que toca la idea más clara.

Ivey Hayes
Ivey Hayes

Y si los otros no lo siguen, si no gana el conjunto, ¿ganó igual?

Igual ganó. Tocó la idea más clara. Si los demás no lo siguen es un problema de los demás, que no reconocieron  la idea más clara.

¿Y para el oyente?

Bueno, si el que toca la idea más clara ve que los demás no lo siguen tiene que cambiar. Pero la idea fue la más clara. No necesariamente es la que más persiste ni tampoco es una cuestión de demostrar fortaleza musical. La fortaleza musical significa un sentido de momento para que algo aparezca y claridad al mostrarlo. Lo que los músicos llamamos” fuerte” musicalmente, algo reconocible, el posible germen de otra cosa, pero no porque tocó más fuerte o insistió más que los otros. También es un error musical no reconocer una buena idea en otro.

¿Y no es un error también, cuando vos conocés a los otros, tocar algo en lo que sabés que no te van a poder seguir?

Es que nunca pensás que no te van a poder seguir.

LA SEGURIDAD DE ESO

“La noche abierta se astilla entre la garganta y el ojo.”
Carolina Diéguez, en una nota de El Anartista

Estuido para una  improvisacion KANDINSKY
Estudio para una improvisación, Kandinsky

“Además, cuando escuchás algo que sabés que no funcionó, te queda. Entonces, en el momento de tocar, cuando vas a reaccionar de esa misma manera, estás alerta para cortarla.” ¿Cómo condice esto con la idea de que en la improvisación no hay reflexión?

Que no haya reflexión no quiere decir que no haya toma de decisiones. Vos no tenés mucho tiempo de pensar si vas a hacer A o B. Es una decisión que depende de la intuición, que es algo que se trabaja musicalmente.

¿Qué es la intuición musical?

Es la seguridad de que “eso” es lo que tiene que venir. No se trata de pensar o de estar seguro de que eso es lo mejor. Son herramientas que se trabajan con la experiencia. Lo que no funcionó en un momento puede funcionar en otro. No hay garantías, claro. En determinados lenguajes un poquito más tradicionales el conocimiento estilístico y la experiencia de haber escuchado el modo en que otro soluciona ciertos problemas te sirve, obviamente. La improvisación no es sólo la idea de que dos o cuatro personas se sientan a tocar algo que no saben. Hay un montón de improvisaciones que tienen estructuras. Allí hay un montón de experiencias de haber tocado esas estructuras y escuchado a otros también.

¿Y el jazz brillaría cuando a todo eso se le imprime el vértigo?

Aún una decisión contraria a la experiencia está determinada por la experiencia.

 

POETICUS JUNTITUS

Piano de colores y texturas de Xul Solar
Piano de colores y texturas de Xul Solar

No para los soberbios/ aparte de la rabiosa luna escribo/ en estas páginas rociadas por las espumas del mar /ni para los encumbrados muertos/con sus ruiseñores y salmos/sino para los amantes, /sus brazos
abarcando las penas de los siglos, /que no elogian ni pagan/ni hacen caso de mi oficio o arte.

Dylan Thomas, “En mi oficio u arte sombrío”

 

 

¿Y cómo entra el azar en todo esto?

En que vos no sabés lo que va a tocar el otro en el mismo momento en que lo está tocando. La improvisación no es que uno toca y el otro toca. No es una charla, digamos.

Nosotros pensamos desde la escritura: vos podés tener recursos sobre cómo responder a determinado devenir del lenguaje, pero siempre puede advenir algo muy novedoso del otro, algo singular.

Son muy pocos esos momentos. Cuando pasa algo así y no se te ocurre algo concreto, la mejor reacción es no tocar.

¿Alguna vez pensaste qué es lo poético en la música?

Un momento donde sentís una comunicación muy fluida con los demás, con los que estás tocando. Cuando lo que vos tocás le sirve al otro para tocar algo y ese algo que vuelve te inspira a vos para tocar. Encontrarse en situaciones de llegar juntos a algún lado musical o formal sin esfuerzo.

Por eso te decía que esto del compartir entre todos parece muy singular en el jazz.

Sí. La música funciona y existe igual y puede ser que ese momento no pase nunca en una noche.

Xul Solar
Xul Solar

LÍNEAS DE LO POSIBLE

“La clara distinción de los diversos posibles, el don de llegar hasta el último confín, son resultado de la atención serena
George Bataille

¿Qué es un ensayo en el jazz?

Los músicos somos muy diferentes en cuanto a eso. A algunos les gusta ensayar y juntarse a tocar o para aprender un repertorio -si hay uno-, internalizar bien las estructuras y tener una comunión más asidua con la gente. Muchos quizás no se juntan a tocar el repertorio que luego tocarán, pero sí otras cosas. Por ejemplo, aprender qué es lo que puede tocar el otro. Es una forma conocerse. Hay gente a la que no le gusta tanto esto, le parece que es un desperdicio de energía o de notas, contrario a la improvisación.

En un momento hablas de tirar líneas de posibilidad: “En general, el ensayo sirve para reconocer la estructura sobre la que se va a tocar, mirar las notas de la parte escrita (si hay algo escrito), conocer a los demás músicos, tratar de saber cómo pueden reaccionar. Básicamente, consiste en abrir una lista de posibilidades

Ah, sí. Eso sería una manera de tirar posibles estructuras. Podés tener una música, como sucede en un par de cositas que estoy escribiendo ahora, que tienen varias posibilidades. ¿Qué se usa para improvisar?, ¿sobre qué improvisamos? Bueno, sobre esto y aquello sin ningún orden específico. Puede haber dos o más al mismo tiempo. Uno tira esas líneas, te aprendés la música sobre la cual vas a tocar. Eso puede pasar en los ensayos.

DIOS, ¿HA MUERTO?

“y los lirios evaporan el agua destilada faltan palabras y finalmente falto yo.”
George Bataille

Hay varios comentarios respecto de la cuestión de la autoría. En música de extracción jazzística vos podes escribir tres redondas así en un papel, y decir, bueno, este es mi tema, se llama birimbimbimbim, y hacer veinte minutos de música, grabarlo y anotarlo a tu nombre. Y ningún músico de jazz se va a preocupar por un derecho de autor de eso. ¿Entendés? Y en realidad eso… de esos veinte minutos, esos fueron diez segundos, y el resto que quedó lo hicieron todos. Es decir, les correspondería un derecho de autor. Como es parte de la tradición jazzística, que eso es así, no hay problema. Pero sí con músicos de otras disciplinas, cuando improvisan, si aparece ese problema. ¿De quién es? Desde alguna lectura se podría pensar que la noción de propiedad se pierde.

A ver: si la versión de Miles Davis -y muchas otras- casi no guarda nada de la melodía original, entonces, ¿por qué se llama “My Funny Valentine”? Quiero decir: esa versión podría tener otro nombre y cobrar los derechos de autor Miles o todo el grupo que la toca,  ya que la composición está hecha por todo el grupo. Esto pasa con muchas otras versiones dentro del jazz. Por ejemplo, el solo de “Body and Soul”, de Coleman Hawkins, en 1939,  donde las referencias a la melodía son mínimas. ¿Por qué seguir llamando a eso “Body and soul”?

 

Claro, por qué remitir al original cuando ese original ya está difuminado.

 

Podría haber alguna razón. Puede ser una manera que tiene el jazz de comparar qué pueden hacer los improvisadores con un tema original. Pero, en sí, si vos transcribís eso como música, te encontrás con otra cosa que, obviamente, tiene otro autor.

No es una comparación, sino que simplemente se usó el original como punto de partida para construir otra cosa.

 Exacto.

¿Hay algo en el jazz parecido a un anarquismo del arte?

Sí. Prefiero pensarlo más como un anarquismo que como una democracia. Me parece que en la situación más anárquica hay más responsabilidad individual de que la cosa funcione: somos todos todo el tiempo, aunque estés acompañando. En cambio, en la democracia está siempre la opción de deslindar responsabilidades.

Alejo Lopomo
Alejo Lopomo

¿Hay entonces como una ética del jazz o una actitud jazzística? Pienso en Cortázar y en lo que él rescataba del jazz, que son justamente estas cosas que vos marcás. Dice Cortázar: “Una melodía que sirve de guía, una serie de acordes que van dando los puentes, los cambios de la melodía”

No sé si hay una ética, pero si la hay no es compartida por todos los músicos de jazz. Y, en cuanto a la actitud jazzística, tampoco sé si todo el mundo la tiene. Para mí esa es una buena actitud. Hay otros músicos a los que les importan más otras cosas, que sienten que el jazz es determinada manera de interpretar el ritmo, que viene de equis tradición y que además tocan, en principio, como si los demás fueran sólo acompañantes. Entonces, esa velocidad de reacción no es tan importante para esos músicos.

Un modo más tradicional, previo al free jazz.

Tiene que ver con eso a veces, sí. Es difícil encontrar una situación de improvisación muy libre donde alguien toque así, porque está más cerca de ser desastroso, ya que no hay de dónde agarrarse. En cambio, el otro modo te deja esa opción. También son grados, alguna gente piensa al jazz como una música semi improvisada.

YO ES OTRO

“Esta noche quiero oír música. Yo iré antes a mi habitación y encenderé las velas del piano. Hace ya mucho tiempo que no se encienden. El piano, ese pobre amigo de mamá, creerá que es ella quien lo irá a tocar.”
Felisberto Hernández

Es bastante contradictoria la idea del ego, del que se destaca, con todo lo que contás. Si el momento más intenso sucede cuando hay mayor comunión….

No creo que el ego sea un problema. Es decir, lo es cuando está fuera de lugar, cuando es el ego prepotente. Pero también tu ego te hace ser tímido y la timidez es igual de mala que la prepotencia o casi peor. Creo que el ego te da una seguridad.

Para un lado o para otro, no serviría. ¿No se trata de una presencia? Tu ego en combinación con determinados músicos da una resultante que es distinta a la combinación de tu ego con otros músicos.

Bueno, para mí los más grandes músicos de jazz son aquellos que siempre pueden sonar como ellos y tocar sus cosas y funcionar en todos lados. Son muy pocos.

Un estilo.

Sí. Cuando, a la segunda nota, ya reconocés quién está tocando, en contextos totalmente

Composición para Jazz, Albert Gleizes
Composición para Jazz, Albert Gleizes

dispares. Y ellos nunca necesitan borrar ese yo para funcionar y hacer funcionar a la música en otros contextos. Dos clarísimos ejemplos de eso son Charly Haden y Paul Motian. Pueden tocar de esa manera en cualquier situación y, encima, si los mirás desde el punto de vista técnico, no son los más grandes. Pero lo que ellos tocan, en cualquier contexto, siempre le hace bien a la música. Es increíble. Se acomodan de una manera que no dejan de tener su personalidad que, para mí, es el objetivo máximo de un improvisador. Hay otros improvisadores que son más antagonistas, funcionan a la manera de antagonistas con el contexto. Tal fue el caso de Paul Bley, un gran pianista capaz de tocar algo que definitivamente no era lo que tenía que pasar ahí. Y siempre sonaba a él mismo. Pero bueno, mucha gente apreciaba eso también.

SOLO DE MÍ

“El alacrán clavándose el aguijón, harto de ser un alacrán pero necesitando de su alacranidad para acabar con el alacrán.”
Julio Cortázar “Rayuela”

Pienso cómo vincular esto en relación a la literatura….

La diferencia más grande está en que esto es grupal.

¿Y qué pasa con las improvisaciones de sólo piano, donde estás libre de todo, hasta de una estructura?

Y… Es con vos, con lo que escuchás en ese momento, lo que podés transmitirle a tus manos y lo que ellas logran hacer. No hay otra información para tener en cuenta. En un punto es más fácil y en otro punto nadie te ayuda, sobre todo, en cuanto a darle dirección a la cosa. A veces eso que fue tan fácil, cuando lo escuchás, no va para ningún lado. Por otra parte, al improvisar solo, aprendí a sentir la presencia del público. Antes de dar conciertos de piano solo, más asiduamente, yo tendía a bajar una cortina entre el grupo y el público, pero el tocar solo me ayudo a no hacerlo. Allí tenés más en cuenta la acústica del lugar, por ejemplo. Y la información que circula es lo que vos estás tocando. Si estás con un quinteto lo tuyo es más el quinteto, que está haciendo lo mismo que vos, tocando más fuerte. Solo, no te podés hacer el gil mucho rato.

Xul Solar
Xul Solar

ABRAPALABRA

“Un instrumento, tañendo tensas cuerdas que producen/Sonidos que atraviesan súbita equidad, que contienen/En su totalidad la mente, debajo de la cual no puede/Descender, fuera de la que no habrá de subir. /Debe ser el encuentro de una satisfacción, y/Quizá de un hombre patinando, /una mujer que baila, /una Mujer peinándose. El poema del acto de la mente.”
Wallace Stevens, “El poema de la mente en el acto de hallar”

Nos llamaba la atención que casi el único lugar donde aparecen las palabras en tus discos es en los títulos, además de en las citas. Hay recurrencias de, por ejemplo, cosas de la infancia: Enfant, Marionette, Los dos payasos, Los sueños…

No todos los títulos son míos. Algunos los he robado a escritores. “La palabra kilómetros” se lo robé a Néstor Sánchez, por ejemplo.

A veces los escritores nos subimos arriba de una música para escribir ¿pasa al revés? ¿Te nutrís de la literatura como un aporte de cadencias?

A mí no me pasa. Alguna vez lo intenté y no resultó ni con la poesía ni con la prosa. Hay un montón de imágenes que se presentan en la literatura y en cierto cine: ambientes, mundos que sí pude haber usado alguna vez, pero no la palabra en sí o su cadencia.

¿Cómo se pone título a un tema?

No quieras saber. Algunas veces improviso, me hago el poeta. Otras son referencias cercanas a algo del momento o agarro un libro y encuentro algo que sirve para el tema que ya tengo andando. Hay una relación que es mi asociación con la escucha del tema. La música no tiene los significados que sí tienen las palabras. Salvo que se trate de una cadencia muy puntual. Entonces, un título puede ser muchas cosas diferentes.

¿Por qué ponen títulos con palabras?

Es una cuestión jazzística. El músico de jazz que nunca les puso nombre a sus temas sino números es Anthony Braxton y era considerado, al menos al principio, una rareza. Yo no les pondría nombre a los temas, pero tampoco me molesta hacerlo. Son esas pautas contra las que no vale la pena pelearme, creo. Algunos títulos son más significativos porque el título en sí es lindo…

¿Y las citas, qué aportan en tus composiciones?

Nada, es algo que resuena ahí. Me producen una sensibilidad a mí, digamos. No pretendo que con eso le vaya a pasar algo a quien escucha, en el sentido de que se asocie la música del tema con el título de alguna manera. Quizás suceda, no sé. Pero no lo busco.

¿Y no hay palabras que te sugieran música?

Sí, pero músicas que no tienen nada que ver con eso. Al menos no concientemente.

Sin título-1

EN BLANCO Y NEGRO

“¿Quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?”
Julio Cortázar, “Rayuela”

En un momento, en la charla en el “Centro de Investigaciones…” se hace una referencia a opiniones de Adorno y de John Cage: “(…) era una música que venía de negros. Absolutamente raciales esos prejuicios. No digo que está demostrado, porque no se puede demostrar, pero está muy claro que la supremacía europea tenía que ser mantenida a toda costa. Berenice Corti, en “Jazz argentino” señala: “Esta asimilación del jazz con cierto salvajismo africano era ya una práctica discursiva usual de los críticos norteamericano blancos de las primeras décadas del XX)”. Esa idea de otro, que en los primeros tiempos aparece como prejuicio, como lo diferente, lejano, ¿no se repite en la idea de la improvisación, en la práctica de buscar siempre otra versión?

Sobre esto hay un montón de lecturas políticas de gente que, como Adorno, no hacía música. O al menos de gente que no se dedicaba a improvisar con otro. En principio creo- vos lo decías antes-, que la música de jazz está siempre considerando al otro. El jazz fue la música donde se integraron blancos y negros. Hay algunas cosas en el otro que uno no soporta o que no está dispuesto a enfrentar y eso pasa de ambos lados. Hay ciertos músicos negros de jazz que, cuando pueden elegir, prácticamente no tocan con músicos blancos. Al revés es más raro, porque hay una admiración de los blancos respecto de los músicos negros que tocan bien, es el pueblo que originó esta música y entonces los blancos tenemos una sensación de mucho respeto hacia ellos. Hay un baterista muy pero muy bueno, que tocó con medio planeta. Es blanco, judío y del Bronx. Él, que nació en el año 45, contaba que de adolescente estaba mucho con grandes músicos negros- Art Blakey o Elmo Hope o Philly Joe Jones- y que estos le daban a entender que un baterista blanco jamás va a tener el swing de uno negro. Y hay algunos músicos negros que están dispuestos a perder eso al contratar a un baterista blanco.

Eso me llama mucho la atención, que la idea de la improvisación es siempre lo otro, siempre otra cosa…

Sí. Igual, no debemos confundir al jazz con la improvisación que, en un sentido, puede ser no jazzística, aunque no se puede hacer jazz sin improvisar.

Justamente, entonces, en este modo de hacer música donde se busca siempre lo otro, aparecen estas cuestiones de prejuicios contra lo otro.

Bueno, pero los prejuicios son también parte de uno y del otro.

Ahora entiendo por qué le gustaba tanto a Cortázar este mundo, porque está lleno de contradicciones. ¿Sentís algo, en algunos cuentos de Cortázar, que tenga que ver con el modo del jazz?

No.

LOS OTROS Y NOSOTROS

“En suma, las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo (… ¡tómese otro mate!), en las situaciones límite en que los discursos de los otros movilizan enérgicamente el discurso de uno y viceversa.
Ricardo Zelarayán

¿Los músicos buscan recursos en otros lenguajes? Pienso en los ritmos de las narraciones del cine, del teatro…

El cine es un arte más cercano, por la idea de un arte temporal. No pasa con la novela, por ejemplo, que la podés leer ahora un rato y retomarla después. El cine y el jazz se hicieron arte más o menos al mismo tiempo, en el mismo momento. Conozco muchos músicos que no leen un libro ni que los maten, pero para quienes el buen cine es importante o conocen bastante de cine. No conozco a nadie que lea y no vea cine. En cuanto al ritmo, el cine es más macrorítmico, con un ritmo general en el que van apareciendo las cosas, los acontecimientos. En la música esto funciona de otra forma, salvo experimentos donde se busca eso, como los de Feldman o el minimalismo, que tienen realmente en cuenta y muy en serio el modo en que van sucediendo las cosas, las pocas cosas que van pasando.

Iimprovisacion 1913 Kandinsky
Iimprovisación 1913 Kandinsky

O por ahí es una sola cosa alrededor de la cual se gira, lo que me acerca más a la idea de ciertos cuentos que son como improvisaciones alrededor de una misma cosa que, al final, ya no se parece tanto a sí misma. Y creo que el pariente más directo del jazz es el poema.

Yo siento al poema como algo tan trabajado, que no lo veo tan así…

Es que el poema es trabajado después. En el momento en que vos lo escribís, muchas veces, una cosa trae la otra. No te das cuenta si es bueno, necesitás escuchar la grabación.

Un poco es así, pero lo que tocaste no lo podés cambiar y al poema sí.

Es cierto, pero en la producción del poema sucede algo muy similar a la improvisación. Se da a partir de líneas que ni siquiera son argumentales, no hay argumento sino líneas de posibilidad de las que vos hablabas, que se van desarrollando y convocando memorias, como vos decís. ¿Experimentás con otras artes?

Con la pintura, por ejemplo, me considero ciego. Muy pocas cosas que estén quietas y me entren por la vista me generan algo, es una tara que tengo. Sí leo libros. A la fotografía la asocio más con el cine, pero brutalmente. Es un cacho de cine quieto, digamos. Hay una posible relación vinculada a que, cuando sacás una foto, estás usando lo que los otros están haciendo. De algún modo, como en la improvisación. Un buen fotógrafo que toma una situación está interactuando con el fotografiado, aunque este no lo sepa.

INCOMODÍSIMOS

“Acomoden las coronas, murmuren sobre mi perfil, empujen mi ataúd, que navegue el maldito. Y que un velorio de estupor abra el vientre del tiempo.”
Miguel Ángel Bustos

¿Sos docente a gusto?

A veces sí y a veces no. Hace muchos años tomé la decisión de hacer eso y no hacer música que no quería. Dar clases me funciona mejor en cuanto a ganarme la vida.

Y aparte es con los otros. Siempre con los otros.

Sí.

En un momento decís “Yo me aburrí de enseñar estilo cuando doy clase. Me aburrí por completo, no sé qué hacer. Tengo una parte de mí que está convencida de que no sirve para nada, pero no se… otra cosa no se me ocurre.” ¿Qué es enseñar jazz?

Hay varias situaciones distintas para enseñar jazz. Algunos prefieren una y no las otras. Otros, ninguna. Pero todos terminan haciendo alguna porque de algo hay que vivir, ya sea en Argentina, en Estados Unidos o en Europa. Una es una situación más parecida a cómo uno aprendería con una persona de más experiencia. Te juntás a tocar y esa persona te dice más cosas o menos cosas acerca de lo que va pasando. Para mí es la más importante, el taller digamos. La otra tiene que ver con que la mayoría de la gente que hace música de jazz no tiene una formación completa de antes. Entonces, vos te encontrás enseñando armonía, ritmo, contrapunto y esas cosas a través del lenguaje del jazz.

¿Y esto del estilo?

Cuando digo estilo, quizás no es la palabra adecuada. Tal vez me refiero al lenguaje, un lenguaje específico que es, en un punto, una forma de aprender a hacer los palotes. Lo aprendés de lo que hicieron otros antes, cómo solucionar determinados problemas- armónicos, melódicos, rítmicos-, que también van forjando una identidad en el jazz, muy distinta a la música de tradición más europea, donde nadie quiere componer con la identidad de Bach o de Mozart. Eso no tiene el mismo uso que en el jazz.

Vos les das los palotes y las posibilidades de combinarlos. 

 José Eduardo Fischbein
José Eduardo Fischbein

Sí. Lo primero es que el jazz tiene toda una veta de tradición oral. ¿Cómo se enseña la percusión en determinados lugares de África o de la India? Se enseña uno a uno y tenés que hacer lo que hace el otro. Cuando lo hacés igual que el otro, está bien. Y ya encontrarás lo tuyo. O capaz que, para ciertas tradiciones, ni siquiera es importante encontrar lo suyo. Para el jazz, sí. Tiene esa contradicción, un roce constante. Quizás porque me estoy volviendo más viejo, pero noto que ahora -más que nunca antes- los estudiantes pretenden encontrar lo suyo antes de poder dominar más o menos bien eso. Entonces empieza a aparecer una música que, buena o mala, se aleja un poquito demasiado de esa raíz jazzística. Hablamos de algo que mantiene un tipo de nexo con lo que vino antes, y eso a veces se rompe. Y peor que romperlo, que no sería tan malo, hacen un uso superficial o medio berreta del asunto.

No se puede ser Dalí antes de Rembrandt, digamos.

Claro. Y después está el tema de cuál es el punto en el cual tenés que poder hacer esto para poder hacer lo otro. Yo, por como fui aprendiendo la música, no soy un gran creyente de “esto antes que lo otro”, pero sí creo en las dos cosas al mismo tiempo todo el tiempo, que sería ir para atrás y para adelante, casi simultáneamente. El problema de enseñar esta tradición es que, a muchos, aprender algo como eso les genera una comodidad de la que después no salen.

Y la función docente es, en un punto, impedir la comodidad.

Sí. Pero si alguien es cómodo, es cómodo. Ese es un límite. Yo intento mostrar con ejemplos que hay siempre otra opción. Entonces, aparece la confianza, el coraje, la curiosidad o la comodidad. Y también el imaginario, que se nutre de un montón de cosas: si vos no ves nunca una película, no leés nunca un libro y lo único que hiciste fue escuchar a tal saxofonista, y bueno… tu imaginario será así de limitado.

Si no leen los músicos, ¡qué se puede esperar de los alumnos!

Y tampoco es que tienen una vida de experiencia callejera donde se pueda decir que se aprendieron muchas cosas “de la vida”, ni alumnos ni músicos. Puede faltar un poco de cada cosa. A todos nos falta un poco de cada cosa. A veces los músicos son en exceso cerrados. Yo no me considero muy abierto, pero sí un curioso.

DE CÍRCULOS Y MISTERIOS

“La identidad del verano perfectamente percibido, /Y sentir su alegría campestre y sonreír/
Y ser sorprendida y temblar, mano y labio”.
Wallace Stevens, “El comienzo

¿Es una música de chetos o de elite el jazz?

No creo. No acá, al menos. Acá existe hace muchos años el jazz. En el origen ya no lo era. Pero hay de todo, definitivamente.

Cualquier persona sin ningún aprendizaje musical escuchó algo de rock, un tango tal vez, pop y por supuesto cumbia. Al jazz hay que llegar…

Sí, pero no es música de élite. Quizás de un círculo, porque si no tuviste contacto con la música del jazz por alguna razón, no la conocés porque no se difunde. Pero en una escuela pública te puede tocar un profesor de música que te muestra eso. Nos ha pasado a varios. Esas cosas suceden bastante. Este es un país donde la educación jazzística gratuita existe desde hace treinta años. El contacto con el jazz se da, mayormente, en la adolescencia. Mismo, en Estados Unidos es así.

Eso con respecto a los músicos ¿Y con respecto al público?

Eso es un misterio…Nunca sabés qué le pasa al público. Vas a tocar a un lugar, se llena de

Jodos's Cat
Jodos’s Cat

gente, está buenísimo. En el mismo lugar, otro día, también lleno de gente, hablan a los gritos. Otro día tocás en el mismo lugar: no hay nadie.

Pero eso pasa en el rock también, me imagino.

Sí. Hay gente que va a escuchar jazz por curiosidad, otros porque está en la propaganda de American Express, hay gente que va porque en la foto del cartel hay un negro, otros porque les parece que está bueno llevar a una mina a un boliche de jazz. Es raro, no sé. Está el público de jazz, que sabe quiénes son los músicos, se interesa, compra los discos o, por lo menos, escucha los temas. Eso es siempre mínimo, como el público del folclore o de cualquier música específica.

¿Cómo creés que se forma el gusto musical de la gente? Hay un debate respecto de lo nacional o lo no nacional, sobre desestimar el color local, etc.

Es raro eso, porque vos te formás en un gusto a determinada edad y después te rebelás contra eso, o quizás no. La formación del gusto en edades tempranas puede terminar yendo para un lado o para el otro.

¿Buscás en otros ritmos?

Sí, pero no necesariamente referenciándome en el origen de esos ritmos. Hay gente a la que le encanta bucear en otras culturas y ver sus ritmos. Lo mío es más abstracto en ese sentido.

Hay un planteo respecto de la colonización cultural. Uno elige entre lo que le ofrecen y, en general, hay un montón de cosas nacionales que no están en esa oferta.

No tengo muy claro eso. Yo personalmente recibí mucha información, pero algunas cosas las elegí y otras las descarté. A mí me pasa que puedo escuchar alguna música nacional y sentir el gusto por eso, pero no quiere decir que esa sea mi identidad musical. Y, a la vez, tampoco mi identidad musical está definida por lo no nacional. Uno no le puede decir al otro cuál debe ser su identidad. En la ciudad uno no crece yendo a una peña dos veces por semana porque sus viejos lo llevan. Te podés encontrar con esa música en un momento de tu vida y lamentar no haberla conocido antes, pero eso te puede pasar también en un viaje por el África. Entonces, lo nacional o no nacional da igual en ese sentido. Lo que pasa es que hay cuestiones más políticas y es ahí donde para mí la música huele raro. Pero es más el discurso sobre la música que la música misma. Que la música de acá te guste, todo bien, pero que me digas que esta música soy yo porque yo nací acá, mmmm… No sé.

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(1) “No sé dónde va el jazz. Tal vez se vaya al demonio. No podés hacer ir ninguna cosa a ninguna parte. Simplemente, sucede.”




EL TACTO DE LOS OBJETOS

El Olvido: sobre los objetos en el Museo de Salliqueló
Por Cecilia Miano

SALLIQUELÓ, AL PASO

Lo eterno resulta efímero cuando inquietudes constantes y urgencias sin límite abrazan los días. Entonces, ese fondo se vuelve escurridizo y buscamos objetos para dar cuenta de huellas: fotos, videos, objetos, lazos, cápsulas para atesorar momentos. La cronología se retrae hacia el rincón del mero transcurso.

MUSEO

 

En Salliqueló la historia se reconstruye en salones antiguos que pertenecieron al Ferrocarril. Ahora forman parte del Museo Histórico Regional. Pueblo chico, este punto perdido en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires abre su historia en etapas que confluyen. En ese cruce de caminos, los personajes que habitarán esta nota pensaron juntos, planificaron sus propias vidas en función de reconstruir retazos del pasado para iluminar el horizonte. Salliqueló, voz  aborigen- médanos de los zorrinos-, se queda pegada en los frunces de la memoria. Allí está, la historia con la puerta abierta a nuestro presente.

LA TRINIDAD

Gabriel Campomar Cervera es el primer entusiasta de la recolección de objetos de aborígenes que poblaron nuestros campos. Y Rodolfo, el segundo entusiasta, cuyo trabajo trascendió los límites de nuestro país. Ellos ya no están, pero sus nombres aún dan cuerpo al Museo. Voces, gestos, tonos, perfumes irrumpen en medio del día, se afirman como presencia y se resisten a ser solo nuestros queridos muertos.

Al dúo se le suma una pieza clave en esta historia, la museóloga Marta Villacampa, encargada desde hace varios años del Museo. A los tres los une la amistad con esos objetos que amplían el territorio entre vivos, muertos y nonatos.

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A VUELO DE ARCÁNGEL

Gabriel: Su nombre ya tiene ecos poderosos: en hebreo, el héroe de dios, uno de sus “muchachos de confianza”, su arcángel. Así, en honor a su nombre, en sus ratos libres, este hombre sobrevolaba los campos de médanos en busca de huellas de la vida anterior a la inmigración, anterior de la campaña del desierto, anterior a nosotros.

La devoción por atesorar para no olvidar, tal vez para dar cuenta.

Ese “ángel” se cruzó un día con Rodolfo. Y, desde entonces, algo como si el azaroso destino  cruzara su hacer con la laboriosidad de Marta quien -hormiga obrera- se fundó a sí misma como guardiana del camino.

Rodolfo se atrevió mucho más lejos que las fronteras de su pueblo natal y se hizo mundialmente famoso. Caprichoso, único, especial hasta para elegir el día de su nacimiento, porque nacer un 29 de febrero ya marca una señal de lo particular. Su currículum dice que fue Licenciado en Antropología y Doctor en Ciencias Naturales (UNLP). No perdonó ninguna institución de prestigio y se desempeñó como Investigador Superior del CONICET (PK). Tampoco iba permitir que su paso no dejara huella en los museos: Jefe del Departamento de Arqueología del Museo de La Plata y Director del mismo, desde 1996 hasta 1999. La UBA y la Universidad Nacional de La Plata también guardan el sonido de sus andar por sus pasillos.  Brilló en Washington y en Camberra. La National Geographic Society dijo: “este tipo vale la pena” y le dio varios subsidios en apoyo de sus investigaciones en los Andes Sudamericanos. No llegó a El Anartista, pero  fue Director Fundador de la revista Tawantinsuyu, representante por Argentina y Miembro del Bureau en la Union Académique Internationale. Entre misión y misión arqueológicas- dirigió un centenar- publicó más de ciento treinta obras, entre ellas “Los Inkas del Kollasuyu” y “Poblaciones Indígenas en la Argentina”. Obtuvo el Premio Nacional de Arqueología Argentina y la Mención Especial en el Premio Nacional. Para la despedida, el destino eligió por él, un 25 de mayo.

LONDRES EN CATAMARCACATAMARCA

La pasión de Rodolfo lo llevó hasta Londres, en Catamarca, pueblito en honor al lugar de nacimiento de una reina que nunca conoció sus paisajes: María Tudor de Inglaterra, esposa de Felipe II. Pero la historia tiene estos vericuetos y la cultura incaica sí dejó huellas, ocultas a simple vista, imperceptibles para inexpertos.

El Shincal de Quimivil es una ciudad precolombina ubicada en este lugar, así como lo dice el prólogo del libro con el mismo nombre: “Se trate de una aldea, un cementerio, una ciudad, la gestación de la morada del hombre en su vida y en su muerte, es el resultado de múltiples disparadores. Materia, energía y talento”. Uno no puede recuperar la plenitud del modo y del deseo del pasado, pero se puede acomodar el olfato y leer huellas: “(…) amalgamados con tecnología, demografía, ideología, guerra, acuerdos y conciliábulos. Esos mecanismos propios de la conducta humana fueron y son los gérmenes fundacionales. Así las imágenes arquitectónicas y urbanas fueron adquiriendo su fisonomía de acuerdo a diferentes normas y estilos, autóctonos o difundidos, que prevalecen en el acto fundacional y en las remodelaciones posteriores.”

Las marcas son profundas: como un boomerang, Rodolfo hizo que la historia se representase. Y ahora la historia cuidará la presencia del hombre que le devolvió la luz.

MARTA VILLACAMPA: LA VOZ A TIEMPO

Amiga personal de Rodolfo, ella abarca con sus brazos y sus labores, todos los rincones de la historia. Empeñada en poner el cuerpo para darles vida, habla hasta por los codos, con voz

PAPELsuave, con mirada profunda. Crece sin pedir permiso, puebla con historias, es generosa con su saber que parece inagotable. En su amabilidad hay un tono que salva distancias en el tiempo y los paisajes se dibujan con objetos, las personas toman vida y ahí está la magia.

LOS OBJETOS Y EL TIEMPO

El museo aloja a los objetos que impregnados de tiempo. Cada reliquia cuenta su historia real o recreada para que otros puedan trasladarse, un rato, dentro de una huella, a otros recortes de la historia.

Todos suponemos que entrar a un museo es recorrer la cultura. Sin embargo, para este pueblo pequeño es resistir, buscar muros que contengan las costumbres, las huellas, embriagar el sentido común y colgar un vestido de novia en un maniquí, dispuesto a dar a COSERbatalla a la imaginación, a descubrir escondites secretos en su historia e intentar confesar su gala. ¿Es muy pretencioso conjeturar qué cara tendría la dueña de este vestido de novia? Sí, hasta sería innecesario (pero, confesá, lector: ¿nunca se te ocurrió?) También podemos dibujar con las puntadas a mano la silueta de aquel cuerpo, encontrar en los dobleces del corset un guiño de atrevimiento. El largo de la prenda muestra la altura casi exacta y es capaz de llevar adelante la escena. Los brillos opacados por los años capitulan la mirada de quien no quiere dejar pasar la ocasión y divagar, porque se trata de armar paisajes completos con huellas rezagadas.

EL SUEÑO ALQUÍMICO

Todo se hermana, el norte llega a Salliqueló en una joya catamarqueña: disco de metal del período en el que la metalúrgica tuvo mucha importancia. ¿Habrá sido que alguna vez los pueblos originarios priorizaron en adornos? Porque, en general, se distinguen objetos de uso. ¿Habrá existido entre ellos la mera categoría decorativa, “adorno”? Lo cierto es que la aleación de los metales logró el viejo sueño de la alquimia: el bronce diluido en grandes hornos ubicados entre montañas descubría sorpresas. Primero se hacían moldes de arcilla y luego los llenaban con bronce. Desmolde y listo.

disco de metal

La pieza antiquísima fue un regalo del Dr. Raffino al Museo de Salliqueló. ¿Dónde estaría ubicado originalmente este disco de bronce? ¿A quién está dedicado tanta orfebrería? Detalles que siguen  en busca de imaginarios que los reescriban en historia.

Los objetos se vuelven preciosos sólo para quien los mira con valor. Trascienden, como si en ellos se percibieran las manos que los usaron. Tal vez, sin siquiera verlos, podemos percibirlos. Por ejemplo, la vasija de barro en la estantería central del salón más importante del museo brilla sólo por obstinación, no pareciera que un voroga hubiese estado preocupado por el recipiente donde preparaba su comida. Aun así, los susurros abrazados a las capas de ese barro cuentan de su valor, de la composición familiar y de su protagonismo en las aldeas. Porque la historia está, los objetos son excusas para animarla.

SÓLO PARA EL MUSEO. TODO POR EL MUSEO

Quizás el objeto más preciado de Marta es su libro de historia, escrito en borradores desde hace años. Tal vez el ajetreado, entre los huecos de sus rutinas, su edición se haga esperar. La materia prima está más que lista, la letra corre sin pausa por los renglones de nuestra historia.

En ellas no faltará el momento en que Rodolfo llega con su medalla, fulgurosa, llena de desafíos alcanzados sólo por la terquedad de seguir un camino incierto. Él no quiso que se guardara en otro lugar, el Museo sería su guarida. Así, consumó la revancha del niño que quiere ser arqueólogo y del adulto que sostuvo estas ilusiones y la hizo el centro de su existencia. Esta medalla, tal vez represente para el pueblo la tozudez de guardar memoria en los objetos, de ir más allá de lo conocido y hacer, de cada instante, un encuentro en el laberinto de los tiempos.

HUELLAS




PASO COMPARTIDO

El olvido: sobre serie de fotografías “Antártida”, “Hierve el Agua” y “Amor”, de Adriana Lestido.
Por Mariana Paula Dosso

ANTÁRTIDA- SOLEDAD

http://www.adrianalestido.com.ar/es/antartida.php

Amanezco un tanto molesta, una revuelta de pensamientos se enredó en la almohada. Paso 1, intento disuadirlos con paisajes amigables o susurros del mar. Imposible. Paso 2, busco repartirlos en los estantes de una rutina poco previsible, tampoco logro eliminarlos. Paso 3, me adentro en la nostalgia de imágenes alguna vez visitadas: una secuencia de fotografías de “Antártida”: unas 8, cinco más que mis pasos inútiles. Una serie que recorta paisajes posibles de la soledad en un continente todavía desconocido.

Y así voy, entre la inmensidad y el detalle. Lo enorme de la nada (la “muchidad” como dice Alicia, de Lewis Carroll) se vive a través de una presencia mínima de color, o de un guiño vital: las casas, el barco, tal vez un animal perdido por ahí. De un lado del amarre, los pequeños detalles concentran y hacen foco. De la otra punta de la soga: varios puntos de fuga se expanden, crecen.

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En cuanto a las líneas, las circulares invitan a un recorrido por un lago, por montañas o por un suelo que no conoce vegetación tupida. Así, entre líneas y curvas, entre lo mínimo y lo máximo, el paisaje se presenta quieto, pero avanza e interpela al espectador: un movimiento en la orilla, una sombra apuntada hacia el frente, un camino que se pierde. Y ahí nos quedamos, las estaciones pasan hasta el desafío de buscar los detalles en los matices blancos.

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HIERVE EL AGUA- DESOLACIÓN

http://www.adrianalestido.com.ar/es/hierve_el_agua.php

Imágenes difusas en la serie “Hierve el Agua”, cierta niebla amasa los paisajes y la luz tenue se cuela en el fuera de foco: es el vapor del agua que hace de las suyas.

Entre tanta vaporización de la mirada, una mujer presiente la necesidad de contornos o la invitación a un dibujo. Sin respuestas claras, el camino se detiene en el medio y ya no se vislumbran comienzos ni finales previstos. Ahí se empecina en buscar algún mojón de nitidez. Ella se queda atrapada en la primera foto de la serie, donde puede opinar sobre las botas en el medio de la imagen. Se pierde en las fotografías de árboles solitarios bajo la resistencia de la intemperie y entre otras imágenes confusas, donde el sentido busca lugar en el espectador.

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Las botas contorneadas hacen el paso descalzo, el agua hierve, se evapora. Sin embargo, las huellas no siempre están convencidas de mostrar el andar. Otro tanto de ropa derruida en la primera imagen soslaya la desnudez de lo incierto. A tientas, se avanza.

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Ahí, un árbol, asimétrico en sus ramas limpias de brotes, despierta la esperanza de recorrer algunos contornos de las montañas o del suelo. Hierve el agua. El vapor de las fotografías siguientes nubla cualquier límite intuido en las rocas, en los árboles con copas o en los arbustos testigos del camino.

 

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Entre tanta confusión, el paso se torna compartido: dos, cuatro, seis pisadas a la par de un horizonte también incierto. El destino juega entre el final del paisaje y el avance hacia el espectador. Juega y provoca su decisión: avanzar con las personas o recibirlos de este lado de la imagen. Se detiene el espacio en esa espera y, sin enlace previsto, otra fotografía con unas rejas circulares encierra el tiempo, mojón del cuidado, ¿de qué? Acaso habrá un hueco de nitidez sobre el andar. Entre brumas, a la mirada le llegó la hora y, en la última fotografía, descansa sobre las texturas claras de un primer plano. Tan de cerca se muestra, que el “pino no permite ver el bosque”.

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AMOR- SOLEDAD COMPARTIDA

http://www.adrianalestido.com.ar/es/el_amor.php

Ahí sigue el juego de nitideces. En la primera foto y sin más, tienta la idea de un amor de pareja al estilo los “felices de Facebook”. Sin embargo, el andar circular de las restantes despista a cualquier amor tradicional y sensaciones desparejas intentan ocupar el primer plano. La serie fue realizada entre 1992-2005 y está formada por 22 fotografías. Las imágenes retratan personas, paisajes, animales. A veces, con cierta nitidez y otras con unos grises entremezclados. Quizás, la guía para recorrerlas es despojarse de figuras livianas del amor.

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La luz solo aparece para marcar alguna plenitud arrancada a lo fugaz. Entretanto, las imágenes difusas, fuera de foco o en movimiento hablan de la imposibilidad de formatear cualquier sentimiento.

A pesar de esto, alguito despunta al hacerle lugar a la presencia del amor. Así, una camisa en el respaldar de una silla delata al amante en plena madrugada. O el juego de la cercanía  entre dos cabañas inspira historias prohibidas.

Otra secuencia de cuatro fotos y una puede contornear los amores hacia los hijos, hacia una misma, hacia la oportunidad del nuevo día o en dirección a la cautela de la naturaleza.

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Ida y vuelta en la serie con el clic de las fechas y la sal de la bruma, la niebla al acecho y el camino apenas marcado. La nieve en lluvia o el agua en el lente son los escenarios de un animal solitario, que sólo se asoma en una imagen, para anticiparnos: su único refugio es el cuerpo de aquel hombre sentado sobre el más sereno pasto.

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 “Los hombres de alguna manera
tratamos de construir momentos eternos
nos aferramos a las cosas.
El río es el tiempo irrecuperable.
Es un paisaje del olvido,
es lo que más representa la vida del hombre.”

Haroldo Conti, 1971, en una entrevista

Fotografías de Adriana Lestido




PECHOS FRÍOS

El cuidado del otro: Sobre escenas urbanas.

Por Isabel D´Amico

SE ME COMPLICÓ EL SCRABBLE

-¡Este tipo no siente la camiseta!

-¡Mirá cómo se cuida para que no lo toquen!

-¡Ponela, cagón!

La cancha explotó de insultos a Messi. Lola escuchaba la transmisión del Mundial de Brasil desde la cocina. Preparaba una tarta para su marido y su hermano que había venido a ver el partido a su casa. Mientras escurría las verduras, se le coló entre los alimentos la frase “Pecho Frío”. No era la primera vez que esas dos palabras subidas a la ira venían desde su hermano y de su marido, descalificadores seriales del pobre Messi. Harta de escucharlos, metió la tarta en el horno y se fue al dormitorio. Sentada sobre la cama dispuso, sobre una bandeja, las palabras “Pecho” y “Frío” y, como fichas de scrablle: ubicó a una vertical, a otra horizontal, después una más abajo, otra para arriba y jugó con ellas por un rato. Para Lola, “Pecho Frío” tenía un sentido mucho más intenso, mucho más potente que el atribuido en el ámbito deportivo.

Buscó un cuaderno viejo y, sobre las hojas limpias aunque amarillas, decidió clasificar a “los pechos fríos”. Comenzó a enumerarlos a partir de las imágenes proyectadas en su memoria, a partir de repetidas escenas cotidianas que lastiman al otro.

POR LA VEREDA

Una mujer de mediana edad, parada en una esquina de Cabildo y Monroe, aproxima un folleto tras otro a las manos de los transeúntes. Antes de salir, ella pintó sus labios de rojo y remarcó sus cejas con un reseco lápiz marrón. Eligió una de sus dos polleras, la de color gris, y subió a sus zapatos de suela y taco desgastados. La mujer de mediana edad promociona ofertas a veces de celulares, fundas, cursos, otras de tarotistas, centros odontológicos, clases de salsa, tango, gym. Algunos dedos reciben la hojita impresa, la mayoría los esquiva, los desprecia.

Si al menos pudieran mirarla a los ojos, simplemente tomar el folleto y con una sonrisa decirle gracias. Desplazada la indiferencia, en el espacio restante, podríamos generar un intercambio más saludable tanto para el emisor como para el receptor. El vuelto de una sonrisa podría ser otra sonrisa.

EN EL SUBTE

En una estación cualquiera, sube el Mago Urbano. Con su potente voz ronca, se impone al filoso sonido de los rieles. Una señora lee un libro y no alza la mirada. Otro, el calvo, envía mensajes desde su celular. Varios pierden sus ojos entre diarios gratuitos, diarios con dudosas papillas informativas. Dos o tres lo escuchan al Mago Urbano, hasta que una joven se decide y, con su aplauso, acepta, definitivamente, su espectáculo. Allí, la puerta. El mago despliega su poder entre las cartas de póker y juega con el poco público. En un pase, transforma 10 pesos en 1 dólar, cuenta chistes, reflexiona. Pocos aplauden. Al terminar, pasa con su bolsa mágica entre la gente y agradece la magra atención. Se disculpa por haber interrumpido, y se lleva entre sus pases la pequeña puerta abierta a su oficio.

Pero la cosa no queda ahí. Se sabe que la vida del subte es el torbellino de un gusano subterráneo que devora y devuelve escenas sin agotarse, salvo mientras duerme, en el breve lapso de la oscuridad profunda. En una de esas, en medio de ese banquete incesante, sube el Gordo. Va de remera amarilla. Suele hacerlo de la misma manera, todos los días. Se alinea detrás de una anciana, o de algún adolescente y, apenas se abren las puertas, empuja, empuja y pisa los pies de quien se le cruce hasta llegar a un asiento. Siempre consigue uno y se duerme al instante. Bajo su párpado vive un mundo, donde el otro no existe.

LA INFANCIA SEPIA

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Foto2SEMÁFOROS DE PIROUETTES

Sobre un escenario de rayas blancas, Juan y Candela clavan malabares en el aire. El verde los apura y, en el cruce aéreo, cae algún pirouette y se levanta un mimo gracioso, para compensar el error. El lugar de encuentro, una esquina. El cielo es el techo, el telón, transparente, a veces es lluvia. Ellos y tantos otros sueñan vivir de su arte, se atreven a explorar otra forma de subsistir ante un público cautivo, por unos segundos.

Nadie tiene obligación de ver -y menos de aplaudir- lo que no buscó. Nada más exacto, nada más contundente. Y, a la vez, nada más frío.

 CALLE ADENTRO

IMG_0754IMG_0755Lola sale de la pieza para sacar la tarta del horno. Su marido sigue, dele discutir con su hermano: repasan tácticas, estrategias, jugadas y las corrigen, sin resolver nada. Ella los mira desde el hueco del pasa-platos y piensa en todas las movidas mal hechas que sumamos día a día, más simples que las de Messi.

La indiferencia es una conducta socialmente aceptada, no le cabe demasiado juicio. Es en algún modo imperceptible. Se oculta, a veces, entre las “top five” bajo la máscara del pudor, de la prudencia, de la lógica, del miedo y del peligro. Con estos recursos, nos alejamos del “otro”. Para preservarnos usamos un tapón grueso, potente, que aprisiona el amor con precauciones inútiles, burbujas irresponsables. Las mismas. Las preestablecidas desde siempre para evitar vínculos que también se pueden dar en el devenir cotidiano y porqué no, en la propia calle. El otro es un desconocido de mí de quien conozco su existencia instantánea cada día. En la duración, se vuelve amigo, amante, compañero. Pero es en el instante donde algo de la naturaleza del otro se vuelve único y primordial. Algo del don se ilumina. De la posibilidad del don. De la chance y la potencia que el don regala a quien lo practica.

Pero, claro, está el tapón. Al quitarlo, fluye de la botella mental, “la solidaridad” y entonces, “Agarrate Catalina”, la responsabilidad de tantas miserias también es tuya. Absorber el dolor del otro duele. Cuidar al otro no es tarea fácil. Tal vez ya sea tiempo de abandonar el pecho frío. La parte más raquítica de “el alma” nos lo demanda.

Lola cree: quizás este tiempo es un buen tiempo para empezar a pensar que la falta de obligatoriedad de una conducta, la más mínima que imaginemos, no la limpia de descuidos. Quizás no es tarde para armar un gran equipo, con Messi, con “el otro”.

Fotos Infancia Sepia: www.erlc.com

Fotos Calle Adentro: Florencia Guzzetti




SALE CON FRITAS

El cuidado del otro: Sobre Salliqueló, lugar donde lo inverosímil hace escena.

Por Cecilia Miano

Lunes 6 de marzo de 2017

EL  BESTIARIO

Vericuetos insondables, reclamos que deberían ser derechos, derechos que se yerguen en lucha, luchas que agotan y potencian a la vez. El 2017 arranca con el guardapolvo blanco y el panorama negro. ¿Por qué un médico es casi admirado cuando logra cobrar exuberantes honorarios y cuando se trata de un maestro, todo queda bajo la sombra del abuso, la exigencia desmedida e, incluso, la vagancia? ¿Cuándo sucedió que la imagen tCEPILLOan elogiada del maestro público comenzó a ser el blanco de proyectiles desmesurados e injustos? Marchar es dejar a los alumnos sin educación. Marchar es un modo de “politizar” sin trabajar. Trabajar, trabajan poco, porque tienen dos meses de vacaciones, como nadie. ¿Cuándo se inscribió este imaginario?, ¿o debería decir, bestiario?

PUEBLO CHICO, PREPOTENCIA GRANDE

La sociedad cree que los docentes reclamamos salarios, cuando la verdad de la situación propone muchos más rizos, complejidades y baches que los vistos en los titulares de los diarios y medios virtuales. Para dar un ejemplo de cómo el derecho a huelga es visto como un exabrupto de vagos unidos, veamos qué sucedió en Salliqueló. En pleno día de paro, el ministro de educación de la provincia de Buenos Aires llega hasta este pueblo. Lo hace sin mucho preámbulo público y, con mucha celeridad, LAPICESse abalanza dentro de la única escuela del distrito que está abierta. El hecho hubiese sido un acontecimiento importante para toda la comunidad, si las condiciones para llevar adelante semejante acto, con semejante presencia ilustre, hubiesen sido distintas.  Las cosas ocurrieron así: a las ocho de la mañana, en el momento en que la escuela abría sus puertas para dar comienzo al ciclo lectivo, se anunció que el acto de inicio se realizaría a partir de las diez, porque el Intendente no podía llegar antes. A las nueve, sólo  quienes, por alguna razón, tienen cercanía con la policía o  con los medios de prensa sabían que el Ministro arribaría a las diez.

“Ministro de Justicia”, anuncian primero.

Luego, teléfono. Un breve llamado diez minutos antes del aterrizaje del avión.

Y, como salido de una galera voladora, llega al aeroclub el avión que trae a Finochiaro, ministro de educación de la provincia de Buenos Aires.

BALDAZO

Diez minutos antes de la hora prevista para el arribo del Ministro, me preguntaba en cuánto tiempo una persona es capaz de preparar la cabeza y pensar de manera ordenada ante algo que sobreviene. ¿Cómo es posible que llegue una autoridad tan importante al pueblo y nadie sepa nada?, me preguntaba, a la velocidad de quien intenta estirar cada minuto de los diez que dispone para actuar con coherencia, para no dejarse llevar por la marea de los hechos. Como es habitual, primero reaccionan los objetos. Mi guardapolvo- siempre listo- se acomoda a mí. Llego hasta la escuela céntrica del pueblo. Algunos compañeros ya están en la vereda.

LOMBROSO PARA DOCENTES

El Ministro entra a las diez horas y dos minutos. La puerta se cierra y nadie más puede entrar. ¿Quién quedó adentro?, ¿quién, afuera? En eso se acerca una conocida. Me dice que le impidieron el paso porque “tiene cara de docente”. Ella es profesora, pero no viene por su cargo. Sólo pretendía ver a su sobrino en el primer día de clases. Nada conmueve al heroico policía apostado a la puerta.

-Negativo. Nadie más puede pasar, no importa quién sea.

El desconcierto se vuelve certeza que taladra el pecho. La cosa está clara: los de adentro y los de afuera, como si fuésemos de otra raza. Como si el Ministro viviera una realidad paralela, puertas adentro, con alumnos preciados, con prácticamente ninguna familia. A decir verdad, la familia “de adentro” es, en su mayoría, la familia policial. Policía de civil. ¿Pero no íbamos a

FOCOinaugurar el ciclo lectivo? ¿Cómo es que “la cara de docente” te deja afuera de la apertura de clases en una escuela? ¿Será que cuando inauguren una comisaría nos tocará a los de guardapolvo blanco?

EL TEATRO DISCIPLINARIO

Me tomé el trabajo de escuchar, durante toda la campaña política del oficialismo, lineamientos y declamaciones acerca de que “la educación era el pilar de una sociedad, donde el maestro resultaba un ser intocable y necesario para la construcción de un futuro mejor.” Qué lindo. Aunque nada de eso condice con este acto público a puertas cerradas, con estos alumnos que preguntan, “Seño, ¿qué pasa adentro?”, con estas palmas que gritan “paritarias” y reclaman lo que ya tenían.  ¿Cómo explicarles que adentro se ha montado un teatro, donde los policías hacen de familia escolar y donde el Ministro simula que los policías de civil no son policías? ¿Dónde queda el diálogo? ¿Dónde quedan los chicos? ¿Qué les enseñamos hoy a todos? ¿Qué nos enseñaron hoy los políticos de turno?

 ¿LA VIDA ES UN DIBUJITO?

Hoy aprendimos todos que las realidades se dibujan. Ahora, si uno no se deja engañar por lo plano y lo llano del trazo, es posible ver lo “real” sin turbaciones de intereses creados por otros, en quienes no creemos y a quienes muchas veces ni siquiera conocemos.

BHUOUn pueblo como Salliqueló entra en conmoción por estas llegadas  intempestivas al pueblo de parodias y violencias nacionales. Pero también tenemos lo nuestro, lo autóctono. Un solo auto fuera de sitio, lo inesperado desequilibra todos los presupuestos de este territorio. Hago una bisagra. Salgo  hacia la puerta de la escuela. El cuidado y el descuido del otro avanzan hacia el umbral que concreta estas dos escenas. Si el lector quiere, que venga conmigo.

 DE REGRESO, MIRTA

Escena  1:

El viernes se acerca con miedo, despacito para no molestar. A brillo de lampazo, el pasillo se abre hacia la vereda. Desde allí una voz en descalabro extraña la paz de una escuela en Saliqueló.

¡Se robaron mi auto!

En este pueblito tormentoso para muchas cosas, esta noticia no puede ser real, así como así. Los vecinos casi siempre dejamos nuestros autos con las llaves puestas. Como mucho, a la hora de la siesta, debemos soportar el  rugido de los escapes de motos. Sin embargo, la voz de la vecina ha roto el precario equilibrio universal de este pequeño lugar. No me amedrento y me acerco a la vereda de la escuela, con pocos alumnos este viernes del paro docente. Allí me espera la mirada celeste espantada de Mirta.

¡Me robaron el auto!, ¡me robaron el auto!

Y su desconcierto cae hacia el asfalto.

Escena 2:

Lo inconcebible primero fue una voz. Luego, un rostro. Luego, un relato. Lo inconcebible en forma de relato dijo que a Mirta le robaron su auto. Un sismo en la llanura. Inconcebible. Un auto robado en Salliqueló, en la puerta de una escuela. Los segundos se entrelazaron con la mirada hacia la esquina, donde mis manos, independizadas de las determinaciones del reloj, se agitaron en dirección a una patrulla policial.

-Robaron un auto-  dijo mi desconcierto. Sus anteojos interceptaron la señal e hicieron reflejo en una mueca de sus labios gruesotes. Entre risa y turbación, lo inconcebible no pudo diluirse ni siquiera en el intercambio de datos.

- Mi auto es así y asá, de tal color, de tal marca- Mirta, pausada, como si  el tiempo se REVUELTOhubiese detenido sólo para dar paso a una comedia ideada por algún autor aburrido, ávido de un grotesco.

Escena 3:

Lo inconcebible se desperezó con modorra y el móvil salió con Mirta y oficial a bordo. El silencio de la calle y la mirada en busca del auto se perdieron en la incertidumbre. Los alumnos no saben. Los vecinos no saben. Sólo tres lo sabemos. Y eso le da un peso singular -más singular aun- a lo inconcebible.

-Éramos pocos y nos roban un auto- pensé para mí, como si ya no hubiera bastado esta semana con el  conflicto docente.

Mi celular suena en medio de la ronda improvisada, ahora en el SUM de la escuela, a metros de donde sacaron el auto. Jimena, docente, relata rápido cómo vio, a través de su ventana, a un señor que se subía al auto de Mirta y se iba, pancho él, con rumbo incierto.

Entonces Mirta tiene razón. Le robaron el auto. Velaremos lo inconcebible.

Las conjeturas se arman en torno al seguro, cuánto cubre, cuánto combustible tiene el auto para armar una hipótesis de hasta dónde el ladrón podría llegar. Todo en simultáneo, todo en voz baja para no alarmar a nadie… no somos más que unos docentes de primaría y algunos profesores de educación física del secundario.

Ahora, a aguantar a la falta de docentes, alumnos, padres y la intromisión del delito, la policía dentro de la escuela.

Para ser honesta todo se relaciona con todo, como decía mi abuela, la policía se vuelve protagonista como lo fue en la escuela más céntrica del pueblo, el primer día de clases. Aquella vez, con policías que simulaban ser padres, con sus manos en alto para custodiar al Ministro que, raudo, salía a pura sonrisa prestada del perchero. Me pregunto cómo será la noticia en el caso de Mirta. ¿Qué género dramático elegirán? Los chismes comienzan de a poco y, en momentos, pueblan el lugar con total naturalidad. Porque esto, señores, es Salliqueló. Y lo inconcebible se vuelve nosotros. Veremos.

Mirta no regresa.

Escena 4:

Celular, celular, celular… timbre, timbre, timbre, no sé, a lo mejor no sonó más de tres veces. Miro y atiendo al mismo tiempo. Gritos de horror dan una señal de alerta. Entre los sollozos, no encuentro espacio para imaginar la historia dentro de esa gritería. Mirta surge en medio de la escena, finita, y se mezcla con la palabra:

-No aparece, Ceci. No aparece.

Escena 5:

Siento culpa por haberla dejado ir sola a la sede policial. Le aviso que voy, pero la voz se aclara un poco y la angustia dice: circulamos por un camino vecinal, hacia la zona de Leubucó. De inmediato, el interrogante, ¿por qué Mirta está en la persecución?, ¿por qué su pelito rubio se mueve al compás de los golpes del piso arenoso y gastado por el viento?  Es NOVILLOevidente que lo inconcebible ocurre en Salliqueló. Su cuerpo delgado en bamboleo incansable por el medio del campo, en busca de su auto. Escucho el bamboleo en su voz, en su desesperación entre golpeteo y golpeteo. Imagino también la nube de tierra volar delante del móvil. ¿Cuánto puedo conjeturar en medio de tanto asombro? Pero, claro, esto es Salliqueló.

Escena 6:

-No aparece, Ceci. No aparece.

La secuencia se repite, queda como fondo. Ahora escucho la radio de la policía. El operativo es grande, la policía de la zona está alerta, toda la información se replica como rezo de PERROdomingo y Mirta logra un poco más de calma. Nos reímos juntas, siempre alivia comparar el presente con la hipótesis de una tragedia mayor: si algo ocurriera con su salud, si algo les ocurriera a sus adorados perros salchichas. Después de muchos minutos y una caminata por la escuela en busca de razones valederas para sacar la risa de Mirta, le digo:

-Mirta, con esto voy a escribir un cuento-

Y ahí sale ganadora la risa genuina, sale entre la  desesperación.

-Qué loca que sos- escucho con entusiasmo.

Cuelgo, con la promesa de llamarla más tarde.

Escena 7:

Cumplo con mis promesas siempre.

Diez o doce minutos más tarde vuelvo a llamar. El rumbo ha cambiado, el destino es Caruhé. Las imágenes vuelven a mí en un instante. El señor policía dice que no lleva toda su ropa de trabajo puesta, pero yo lo vi vestido, concluyo que… mejor no hacer conjeturas.

Mirta, en alerta, ya instalada como parte del paisaje, dice algo que no se entiende, se entrecorta la comunicación, la baja señal da el fin. Unos minutos más tarde mi celular avisa. La voz jocosa de Mirta sigue cortada. “El lavadero”, escucho como al pasar. Según cuentan mis compañeras, mis ojos se arquearon, la boca se abrió en mueca de horror y fue así cómo entendí que su auto había sido retirado de la escuela por el señor que le lava el auto a Mirta casi todas las semanas.

P.D.: el patrullero dejó a Mirta media hora más tarde. Ella, en medio del campo, llamó al lavadero y allí encontró su vehículo. Los policías ya no tenían razón de permanecer. El comisario se enteró de la noticia, en las cercanías de Trenque Lauquen. Iba en su auto particular, como parte del operativo.

¿Qué perseguían Mirta y el policía?

De regreso Mirta en el patrullero, como si nada hubiese pasado. Tal como en los grotescos, lo real se vuelve engorroso. Lo irreal nos circunda. La verdad es puro cuento. Lo único seguro es que lo inconcebible sucedió en Salliqueló.

Lo inconcebible es un descuido de lo real, una grieta que ensancha los bordes de lo esperable. Quedamos en medio de un asombro sin fronteras. Los refugios habituales no sirven, los nuevos no aparecen. Paradójicamente, el descuido cuida a nuestra mirada de volverse siempre igual a sí misma. Nos volvemos otros. Y, con esa nueva mirada, vemos a la mentira uniforme apostarse fuera de sitio, a la ilusión equivocar el rumbo, a la memoria montar sus trampas.

Mirta tiene razón.

No aparece , Ceci. No aparece, Ceci. Pero no se trata del auto. Siempre hay otro por venir.

Ya llega, Mirta. Aunque tarde. Ya llega.

PAJARO