EL ECO

Rituales: sobre el doblaje

Por Héctor Lontrato

TRAZOS DE SALIVA

Alguien dicta. Cierro los ojos y apoyo los dedos sobre el teclado, como me enseñaron en la Academia Pitman. El golpeteo es firme, sin mirar sobre las Underwood o Lexicon 80. Mano derecha: A-S-D-F. Mano izquierda: J-K-L-Ñ. Hacia arriba y abajo. Entre sombras, los sonidos conducen, se hacen dueños de nuestras emociones con la suavidad de una brisa. Y la voz marca su presencia ineludible. Es acto, espejo, sueño y fantasma.
¿Se puede vivir sólo de imágenes y quedar atragantado de emociones, de sentimientos de alegría y dolor, de amores, pasiones futboleras o broncas frente a la injusticia? ¿Cómo hubiera creado Jorge Luis Borges a “El Otro”? Por más cavilaciones que emprendiera, sin su voz, no hubiera mantenido aquel onírico encuentro con su alter ego, en noche de vigilia.
La voz a veces se hace eco. Y esos sonidos, por momentos, nos parecen ajenos. Pero, al final, nos acostumbramos. Se nos representan como hologramas, dibujos que vienen de las entrañas. Voz alzada y trazos de saliva para definir con precisión estricta contornos y detalles.

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SOMBRAS NADA MÁS

En el Siglo XIX, Adelebert Von Chamisso había cuestionado el valor de la sombra y el rechazo de algunos sectores de la sociedad al imperio del dinero, como único patrón moral de la humanidad. Dice en “La Maravillosa Historia de Peter Schlemihl”: “La sombra, quisiera preguntar, qué es eso,/tal como tantas veces a mí me preguntaron,/y cómo es que este mundo tan bellaco/no deja de tenerle sublime estimación./Han amanecido diecinueve mil días sobre nuestras cabezas/trayéndonos sabiduría, / y nosotros, que hemos dado a ser las sombras,/vemos a los seres como sombras desfigurarse”.
Chamisso anima a su personaje, lo alienta, y le escribe: “Sobre esto estamos bien de acuerdo, Schlemihl/Sigamos el camino y que todo siga como antes; el mundo no nos preocupa mucho, pues lo que cuenta es ser fieles a nosotros mismos,/estamos ya más cerca de nuestra meta/y por más que unos rían y los otros regañen,/al cabo de todas las tormentas, en el puerto, /y sin que nadie nos moleste, dormiremos/un sueño tranquilo”.
Las sombras constituyen en el cine una herramienta narrativa para habilitar el conjunto de imágenes y sonidos que le dan las principales características al perfil de un personaje: sensibilidad, valor, temple, capacidad de amar.
Con la llegada del sonido, en 1927, el séptimo arte experimentó un cimbronazo. Muchos cineastas se resistieron, entre ellos, Charles Chaplin: “Soy enemigo, simplemente, del “cine con palabras”. Con palabras de sobra. Lo cual es muy distinto. ¿Me pregunta usted por qué? ¡Ah, amigo mío, es muy sencillo: al mundo le sobran las palabras y le faltan sensaciones! El mundo quiere hoy silencios poéticos –y fructíferos–, y le dan ruidosas cencerradas”.
Por entonces, un desencantado Chaplin bramaba: “El mundo actual no tiene bastante con que todos los ciudadanos se hayan uniformado externamente; quiere vestirlos también, interiormente, con un ropaje único. O, cuando más, con trajes de bazar hechos en serie”.
Al igual que Chamisso, el creador de “Tiempos Modernos” se resistía a las imposiciones del mercado y a la tiranía de su moral sólo ligada a lo monetario.
Otra polémica se suscitó años más tarde, cuando los empresarios cinematográficos norteamericanos vieron amenazado el negocio por las barreras que imponía la lengua. Los puristas se opusieron al subtitulado, porque empastaba o ensuciaba la pantalla. Lejos de esa preocupación, los dueños de Holywood se alarmaron porque los espectadores de América latina no estaban de acuerdo con el nuevo formato y eso atentaba contra sus ganancias.
Entonces se presentó la opción del doblaje, la reinterpretación, una reescritura a través de la voz. A partir de 1930, hicieron punta franceses y españoles, pero los de la Península Ibérica fueron quienes se plantaron con mayor firmeza, leyes y regulaciones.

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VOZ-CUERPO

Los recuerdos hablan raro de pronto. Se entreveran con el hoy y los autitos de plástico se convierten en feroces trampas. En la cocina, los oídos se preparan para el rampante ingreso de la sirena de ese tren color marrón que iba de Lanús al centro. Patitas cortas para subir con esfuerzo y ojitos abiertos a mirar todo los posible. Emociones sin control en camino al cine “Los Ángeles”, donde daban las pelis de Disney. Vagoncitos chocados y fuelles que se hacían re chiquitos. Pinocho y su larga nariz nos esperaba.
El muñeco me hablaba raro, no como a los pibes del barrio. Pero así era Pinocho. Hasta que comencé a ver películas en la Cinemateca Argentina, después de los veinte, para mí, todos los actores hablaban en ese castellano diferente, hasta Humprey Bogart cuando, en “Casablanca”, le decía a Louis Armstrong, “tócala de nuevo Sam”.
La voz se imbricaba con la imagen y la hacía suya. Ya no sería más sólo acción. La voz daba golpes, abrazos, saltos, besos. Era una voz-cuerpo que torcía sutilmente las marcas del guión con pequeños gestos, inflexiones leves y la inconfundible identidad del silencio.
Con el paso del tiempo, vinieron los subtítulos y el sonido original que nos sometía a culturas del primer mundo sin resistencia alguna. Cierta rebeldía alimentada de antiimperialismo ineficaz nos llevó a creer que de nada servía conocer la lengua del imperio. Ellos siguieron con su plan de dominación y nosotros no entendimos ni un carajo.
Ahhh… y no fue que en nuestra rebeldía surgió el interés por aprender el portugués de los brasileños o el guaraní de los paraguayos. Muchos no queríamos ser penetrados por el imperialismo, pero tampoco nos dejamos contaminar de la cultura de los pueblos de América Latina.

POLÉMICAS

Esas voces raras se instalaron en mi cabeza y así dieron la verdadera forma a los actores de películas y series. Ya sé, ahora me van a decir que los doblajes alteran la obra de arte, que lo mejor es ver las películas el idioma original. Ahí replico: ¿Y qué pasa con la imagen empastada? ¿Qué hacemos con los chicos o los viejos que no pueden leer tan rápido, o con los analfabetos, o con quienes tienen problemas de visión?
A favor o en contra, nadie puede negar que el doblaje es un arte donde, en algunos casos, la voz se transforma en cuerpo. No hay manera de separarlos. ¡Andá a decirle a un niño pequeño o a un joven que mire a “Los Simpson” en inglés! La mayoría prefiere la versión en español, que incluye la voz del jujeño – cordobés Sebastián Llapur, quien personifica al payaso “Krusty” y trabaja, desde hace más treinta años, en una productora de México, la Meca del doblaje en la lengua del Cervantes.

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RICKY

Junto a “Pinocho”, “Bambi “y “Dumbo” fueron los primeros globos de ensayo de la industria norteamericana del cine, temerosa frente a recaudaciones que se desmoronaban porque el público latino no aceptaba la inserción de los subtítulos sobre las imágenes.
Por entonces, los actores argentinos estaban poco interesados en poner sus voces en otros cuerpos, más aun, con la certeza del pleno empleo que les proporcionaba la época de oro del cine nacional. Pasaron dos décadas hasta que, en 1960, surgió la Ley de Doblaje y comenzaron a proyectarse en la TV algunas series habladas en español, como “Yo quiero a Lucy”.
El virus ya había sido inoculado, sólo era cuestión de tiempo para que el “dubbing” se instalara con mayor fuerza a partir de los´80 y abriera paso a una fuente de trabajo muy importante para actores y locutores. Actualmente, existen en la Argentina 15 estudios de doblaje que brindan ocupación a 300 doblajistas. Los más jóvenes se recibieron en el ISER.
Entre quienes supieron aprovechar esa veta artística esta Ricky.
Una suave risa acompaña cada tanto su fraseo perfecto, como si la felicidad por lo que hace quisiera aparecer en primera escena. Sus ojos titilan cuando habla del doblaje: es su pasión, la forma en la que el actor que lleva adentro se realiza.
Ricardo Alanis cuenta sobre cómo, hace más de treinta años, hizo sus primeros doblajes de algunas frases de personajes secundarios. Le costó acostumbrarse a hablar en “neutro”. Se grababa con cinta abierta, en esos aparatos enormes, y estaban todos los actores de una escena al mismo tiempo. Era como el radioteatro, cara a cara, voz a voz, con palabras enlazadas.
“Estoy convencido: la calidad artística es superior y más rica cuando trabajaban varios actores juntos. El actor tiene otra disposición al estar con un compañero”.

 

EN SINCRO

El ingreso al estudio de doblaje tiene aspecto de organismo público. Un sistema de seguridad con tarjeta electrónica pone una barrera rígida, pero no para Ricky. Es su ámbito natural: saluda a la recepcionista y se cruza en el camino con dos ex alumnos. Camina unos pasos más y se disparan elogios y comentarios ácidos entre viejos compañeros actores y doblajistas.
Prendemos el grabador para una charla donde no hay roles. Preguntas y opiniones se cruzan, los argumentos se plantan y las historias se resisten al orden. Ricky recuerda la vida en La Pampa y los juegos en la estación de tren donde su padre era el Jefe.
Lorenzo Quintero marcó su vida a fuego. Lo formó en la actuación y le enseñó cómo moverse en el escenario multidimensional del circo. Fue así que representó a Juan Moreira en una gira por todo el país. “Como nací en el campo, la veta del gauchesco siempre me resultó fácil”, dice. Después vendrán algunos papeles en “Bairoletto”, en “La Noche de los lápices” y en “Sur”. Pero nunca hubiera imaginado que la decisión de doblar sus actuaciones en el cine le traería aparejada una carrera diferente.

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POSEÍDO

Ricky describe su debut como protagonista de doblaje en “Hook” y no puede evitar que, por un instante, el personaje lo posea. Cada vez que menciona uno de los papeles que representó, proyecta una escena a través de su voz.
Sus primeros tiempos en el doblaje habían sido duros: trabajaba un taxi que le prestaba su suegro “Mis compañeros se cagaban de risa porque estacionaba el taxi, grababa y seguía levantando pasajeros”. Pero, a partir, de “Peter Pan” su vida cambió: “Le dije a mi compañera: ahora sí vamos a vivir de este laburo”.
Los pasillos conducen a pequeños boxes donde se graba. La relación con el operador es directa e interactiva. El actor se posiciona en un atril y tiene a la vista un display, donde observa la escena a interpretar. El espacio está insonorizado y los micrófonos son tan sensibles, que registran hasta el crujir de las panzas. Detrás del vidrio, el editor observa atentamente, mira planillas y los gráficos de sonido: “Vos tenés que poner la voz a un personaje en otro idioma y estás obligado a copiar su forma de decir, su interpretación, su modo de hablar, sus pausas, sus tartamudeos, sus gritos, su risa, su llanto. Y todo en sincro, es decir: empezás y terminás con él”.

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El OTRO

En sus primeros pasos, Ricky recurría a herramientas que lo ayudaran a componer el personaje, más aun si se trataba de un protagónico. A veces necesitaba un saco, un sombrero o una espada de plástico. De manera inversa a “La rosa púrpura del Cairo”, donde Woody Allen sale de la pantalla, nuestro doblajista se teletransporta entre píxeles.
Sin embargo, a la hora de rituales, pesan mucho más los juegos de infancia en la estación de Henry Bell -un pueblo a 35 kilómetros de Chivilcoy- donde entre caballos, vacas y grandes galpones no dejaba de admirar a su padre, cuando transmitía por un enorme el telégrafo.
Para Ricky esos recuerdos no se pueden pasar a “neutro”, porque las emociones no lo son. Resulta imposible doblar esas escaramuzas de guerra con rifles de aire comprimido agazapado sobre las bolsas de trigo o las carreras con la yegua a campo abierto.

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DE REGRESO

Con esas imágenes, nuestro doblajista me invita una vez más a subir a ese tren de chapa y asientos de madera. Ese que me llevó a ver a “Pinocho”, una experiencia única que recordaré por siempre. Los cachetes inflados por el viento y la mirada atenta a todo lo que se presentaba. El mundo estaba ahí para que lo descubriera: los escalones altos, la alegría de ida, el sueño de vuelta. y el eco de esas voces raras, mitad español neutro y mitad rioplatense, cobijadas bajo la sombra de ese otro que fui, con quien, a diferencia de Borges, no tuve aún la oportunidad de sentarme a conversar en un banco de plaza.




QUE PAREZCA UN ACCIDENTE

La sospecha: Sobre los accidentes de tránsito.
Por Héctor Lontrato

 

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MATCH POINT

La tentación de tirar de la hilacha siempre está. Y ese poder de atracción resulta similar al temor ante el devenir. A veces, simplemente, todo se desarma en un prolijo efecto dominó. Y, entonces, un desierto de arenas blancas se abre ante nosotros. Otras, devela temidas omnipresencias: la cita a la que rehuimos con finas excusas, frente a la poco atractiva oferta recibida.

Como en la película “Match Point”, nunca sabremos por qué esa pelota de tenis golpea en el fleje de la red y queda de nuestro lado. Centímetros o apenas milímetros te cambian la vida y ponen en evidencia la dimensión de esos incontrolables gestos cósmicos. Despojados de temor, las prevenciones se desmoronan y nos arrojamos a sacudir el desguarnecido hilo con inconsciente valentía. Al final del camino, todo lo que sabemos que no se debe hacer, efectivamente, se produce.

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James Corbett

COPILOTO

La ceremonia del mate es clave para un viaje ´como Dios manda´, por eso no se puede hacer de cualquier manera. Hay que cebar con poca agua para que el conductor lo liquide de una sola chupada y se distraiga lo menos posible. También está la elección de la música en algún celular o pendrive. Claro, ahí se generan las discusiones: ¿Charly? ¿Fito? ¿Calamaro?, ¿Spinetta?, ¿Ceratti? ¿Papo? O aun peor, ¿la música electrónica?

Resulta fundamental que el copiloto concite la atención del conductor: no se debe aburrir ni bostezar o estaríamos en problemas. En ese caso, habría que parar, tomar un café o, en última instancia, quedar a un costado del camino para que dormite. El tiempo es crucial. No podés tardar siete horas a la costa cuando se puede hacer en cinco. ¡Qué importa si estás con la vejiga hinchada como una pelota de rugby! Hay que seguir pese a la oscuridad, la lluvia o los vientos huracanados.

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 Marina Giménez- Zupi.co

ENCUENTRO DE CUALQUIER TIPO

Era el fin de semana del 12 de octubre y nuestros objetivos estaban claros: playa, mucha caminata, feria artesanal, pastas, pizza, picadas y algún trago con vista al mar. Momentos de intensidad con la voluntad de jugarle una triquiñuela al tiempo, henchidos de placer, de sonrisas, puestas del sol, limados por la arena y con la espalda relajada por suaves rayos de calor.

Siempre tuve presente lo sucedido a David Vincent en la famosa serie “Los invasores”, de los años´60. Desbordado por el cansancio, equivocó el camino y agarró por una ruta alternativa. De pronto, aun cegado por fulgurantes luces pudo ver el aterrizaje de una nave que encajaba perfectamente en el estereotipo del OVNI.

Algo similar experimenté en un regreso de Mar del Plata. El auto, un Fiat 128, chiquito y rápido, cargado de valijas y alfajores, daba la sensación de un karting en un circuito cerrado. La ida fue tranquila, excepto porque la aguja del tanque no funcionaba bien y nos quedamos sin nafta. Como contrapartida, la escasa dimensión del vehículo nos permitía superar, por la banquina, larga cola de autos a la altura de Dolores.

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Alejandro Burdisio – Pinterest

ABDUCCIÓN

La regla de oro del copiloto es no dormirse y darle conversación al conductor. Cumplí a rajatabla con la norma y hablamos de fútbol, de política y un poco de música. Trataba de chicanearlo para hacer algo más interesante el diálogo y mantenernos despiertos y en alerta. Así y todo, nos equivocamos en una rotonda y tomamos otra ruta, una por la cual también llegábamos a Buenos Aires, con el agregado de medio centenar de kilómetros.
Nos miramos y reímos por el despiste, sin presentir las consecuencias de ese error. Se hizo de noche y la leve llovizna cortinó el camino. Una recta larga proyectó la sombra de su monotonía sobre un habitáculo de silencios. Algún suspiro irrumpía de vez en cuando, sin pedir permiso. Los ocupantes de los asientos de atrás dormían libres de preocupaciones.
En un momento, entramos en lo que parecía un páramo. No había señales ni carteles que indicaran dónde estábamos, hasta que una curva nos abdujo. Un trompo y otro y otro más. No sé cuántos hubo, pero fui testigo de su fuerza centrípeta, desde que tomé conciencia del volantazo del conductor. Ingresamos en una espiral de vértigo, donde la única opción era cerrar los ojos y esperar a que parase, como si se hubiera tratado de una resaca.

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ALFAJORES ANFIBIOS

El Fiat se deslizó por la pendiente de césped cortado al ras. Fue hacia un canal, donde quedó perfectamente encajado y con el agua hasta el inicio de la ventanilla. Con el último golpe que acomodó el vehículo, uno de las jóvenes ocupantes soltó una ironía al ver un chorro de agua negra salpicar uno de los vidrios. “Zas…, la muerte”, dijo.

El conductor se apresuró a salir sin darse cuenta de que, al abrir la puerta, ingresaría esa corriente espesa y contaminada. A los pocos minutos, los alfajores flotaban su infructuoso intento de escape y el noventa por ciento de la ropa había quedado sumergida en fétidas aguas. A todos nos ganó la ansiedad y salimos rápidamente del auto.

No tardaron en llegar los bomberos, la policía y una ambulancia. Sacaron el auto con una grúa. Chorreaba agua, como si hubiera sido extraído del fondo del océano. Con algunas remeras y sólo dos pares de ojotas, fuimos a un hotel de sábanas raídas, pagado con los últimos pesos que logramos juntar. Como no había plata para el arreglo, sólo pudimos ofrecer el valor de la palabra. No podía ocultar, sin embargo, mi frustración, cuando el reloj de Taiwán con malla de plástico, regalado por mi vieja, resultó rechazado como garantía.

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LÍNEAS DERRAPADAS

Y, al final, tomamos conciencia: esa hilacha era un anzuelo, una trampa para pisar el palito, un camuflaje. No debías tirar de los hilos que salían de los agujeros de las sábanas de ese hotel. Ni comenzar a pegar los pedazos de las señales, seguramente, desperdigadas por las banquinas. Menos aun, pintar esas borrosas líneas del asfalto.

La sospecha frente a lo más obvio se había ocultado detrás de esos jirones, donde concentramos nuestros esfuerzos: un bloque de pensamientos, una muralla para que no saltaran a la vista las inevitables consecuencias de nuestros actos.

Si sabíamos que ahí estaba, ¿por qué no lo vimos? Hubiera bastado retroceder cuando equivocamos el camino o aflojar la velocidad, si el tránsito se hacía peligroso. Pero no.
No supimos desarmar lo que se nos presentaba ante los ojos, ni mirar más allá, ni desconfiar de las casualidades, de las chances de los accidentes. Seducidos por las inquietantes curvas de la libertad, tomamos el riesgo del desvío y nos entregamos al azar. Así, mansamente, nuestras perfectas planificaciones no fueron más que borradores desprolijos, tachados. Todo un enjambre de causalidades con el único fin de que pareciera un accidente.




SIN PATRONES, PERO CON MERCADO

Lo inesperado: Sobre las empresas recuperadas.
Por Héctor Lontrato

 

PILOTO AUTOMÁTICO

El piloto automático nos da seguridad. Aferrados a él, vamos siempre por el mismo camino. Sin pensarlo, sin detenernos. A veces, la vista al cielo, en la búsqueda de celestes imposibles o de nubes con densidad casi atómica. Otras, en actitud de inventario: no perderse ni un charco ni una baldosa floja. No importa adónde pensamos ir, ocultas fuerzas nos llevan invariablemente hacia ese destino.
Y, claro: todo lento para no despertar a nadie. Una ducha rápida sin afeitarse. La ropa preparada de la noche anterior. Tiempo suficiente para un buen mate bien preparado: con un suave agite, el exceso de polvo de la yerba se adhiere a la mano que cubre la boca de la calabaza, se forma un hueco a cuarenta y cinco grados e ingresa un poco de agua tibia. Luego, más caliente, el líquido se derrama como en un tobogán sobre la bombilla.

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,!
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello

Oración de un desocupado – Juan Gelman

 

PAYASOS

La tele se prende y queda con el sonido bajo. Canales de noticias montan pequeños escenarios donde teatralizan hasta la temperatura y el pronóstico del tiempo. ¡Qué lindo salir temprano en las mañanas de primavera! Pero deberás soportar a estos payasos de la tele, si querés conocer los cortes de calles y evitar que un viaje normal se transforme en una excursión a la costa atlántica.
Hay dos derechos, dicen los payasos, el de quienes hacen un piquete sin importar la razón -en verdad nunca se toman el tiempo para hablar del reclamo- y el de quienes vamos a laburar. Pareciera que la vida funcionara con anteojeras repartidas por los medios de comunicación, a los que aceptamos casi con amabilidad.
No cuesta nada putear a esos vagos, complicadores de tu viaje hacia el laburo y, a veces, responsables de tu pérdida del presentismo. ¡Que hagan como uno, veinte años, meta pelearla todos los días, sin quejarse!

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DERECHOS Y DERECHAS

Y un día, lo inesperado. Empezás a darte cuenta de la falta de materia prima para trabajar: un proveedor te dice que le deben tres meses y, del sindicato, te alertan: hace un año, no te depositan la jubilación. El piloto automático se desconecta y el avión se va en picada con vos adentro. Igual, te levantás temprano, te hacés el mate y seguís atento a la topografía del camino. Notás que, en algunas veredas, cambiaron las baldosas por cemento alisado: de ahí, cuesta más sacar la caca. Te ponés nervioso, todos días falta algo, una máquina, una compu, un escritorio. No tenés un mango, reclamás y sólo recibís promesas.
Ahora estás en la tele y no sabés si putearte a vos mismo a través de la pantalla o reputearte, por no haberte puesto en el lugar del otro. Los automovilistas te dicen de todo y tratás de explicarles: la empresa se rajó y nos dejó sin nada. No entienden. Es cuestión de derechos que confrontan, dicen. O de derechas.

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TODO O NADA

Una catarata de agua, cables pelados, basura acumulada de meses y una colonia de ratas recibieron a los trabajadores del Bauen, quienes tomaron el hotel, en 2003, con la idea inicial de recuperar lo que era de ellos. Por entonces, todos vivíamos como se podía: el pan horneado en casa, mucha caminata – tomar un colectivo era un lujo- y entre ferias del trueque, donde se intercambiaban cosas sobrantes por otras de máxima necesidad.
Muchos de esos trabajadores no sabían qué hacer, tenían miedo de ir presos, de que les pegaran y, peor aun, de rifar todo el esfuerzo de una vida entera. Gladis se indignaba ante el manoseo de los empresarios fugados, el Ministerio de Trabajo y los jueces. Jugaban con su trabajo y con su salud.
“Nosotros queríamos cobrar lo que era nuestro, hasta que entendimos que no íbamos a recibir ni un peso. Fue entonces – afirmó Gladis- que decidimos tomar el Bauen: era todo o nada”.

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PERONISTA DE CHÁVEZ

El panorama se veía negro. Y, entonces, entró en escena Eduardo “Vasco” Murúa, un ex dirigente metalúrgico, enfrentado a Lorenzo Miguel en la UOM y pilar de la experiencia autogestiva en IMPA. El vasco es un militante social que se sacó chispas con el kirchnerismo. En una frustrada entrevista en Casa Rosada, se quedó en el piquete dentro de la sede gubernamental frente al despacho de un funcionario y logró que el encuentro se programara para el día siguiente.
Murúa, un peronista de Perón y de Hugo Chávez, le dice a quien quiera oírlo: las empresas recuperadas son un remedio frente a un cambio en el mundo laboral, donde se destruyen puestos de trabajo cada segundo. “Las empresas -brama- hacen vaciamientos y fraudes. Y, después, quieren quedarse con todo o que las expropien. No hay que darles ni un mango”.
A medida que se involucraron, la vida de los trabajadores del Bauen cambió. Comenzaron a entender de trámites municipales, presentaciones judiciales, números, insumos, proveedores, clientes. Habían escuchado una consigna que, hasta ese momento, no era más que una fusión de palabras vacías. Luego, ellos las llenarían de contenido: ocupar, resistir y producir.

 

RAMO DE DIGNIDAD

La excitación crece y hasta el más tranquilo grita: “de acá me sacan con los pies para adelante”. Con la cabeza más despejada, algunos proponen buscar gente grosa que se solidarice: políticos, músicos, periodistas. Van por la tercera asamblea en el día y ya están hartos de escucharse ¡Hay que llamar a los medios!, pide uno de los mozos, próximo al mostrador. Otros revisan la existencia de mercadería y aseguran: tenemos para funcionar un par de días. “Lalo de Buenos Aires” es un restaurante tradicional bien porteño. Su propietario era el yerno de uno de los titulares de “Bachín”, boliche inmortalizado por Horacio Ferrer, en esa canción dedicada a un chiquilín, a quien le pide; “dame un ramo de vos/ así salgo a vender/ mis vergüenzas en flor”. Pero, clamar una balacera de rosas, para lavar sus culpas frente al hambre de ese niño, no era una opción para los trabajadores. Lejos estaban de sentarse con los brazos cruzados, mientras el patrón cambiaba la cerradura y vaciaba el restaurante.
Cada tanto, iban a la puerta de calle a ver qué pasaba. La tensión comenzó a crecer, cuando se presentó un oficial de justicia con la orden de desalojo. De inmediato, se armó la cadena y, un par de horas después, cientos de personas se agolpaban frente al local de Montevideo, entre Corrientes y Sarmiento. Había policía de la Ciudad y también estaba la Federal. Finalmente, el juez entendió que se trataba de un reclamo justo y con mucha gente que lo apoyaba. Pero, tarde o temprano, el desalojo llegaría porque el patrón debía un año de alquiler del local.

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ACORRALADOS

Hasta que no te ponen contra la pared, no sabés de qué sos capaz. Palabras más, palabras menos, Luciano García expresa el sentimiento de mozos y cocineros quienes, calzados con el ropaje de empresarios, buscaron otro local, comenzaron a hacer cuentas, negociaron con los proveedores e hicieron que funcionara.
“Muchos de nosotros -contó García- somos gente grande y pensamos ¿qué vamos a hacer ahora sin trabajo? ¿Quién nos va a tomar? Y nadie dudó: pusimos en marcha la cooperativa”.
Hoy, casi cuatro años después, celebran ser patrones de sí mismos en el contexto de una experiencia enriquecedora, que los enorgullece, aunque no los libra de conflictos: inflación, aumento descomunal de las tarifas, caída del consumo.

 

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MOLESTIA CAPITAL

Nunca dejan de pelearla, más allá de que -a veces- se generen climas de tensión. Porque laburan como siempre y retiran menos plata por la caída del consumo. Ni hablar de las recuperadas que demandan mucha energía, como Fábrica Sin Patrones (FASINPAT- ex Zanon), atrapadas en un juego de pinzas. Por un lado, la recesión. Por el otro, la imposibilidad de acceder a un crédito para salir del atraso tecnológico de sus maquinarias.
Andrés Blanco, secretario adjunto del Sindicato Ceramista de Neuquén, describe el contexto actual: “Ni el establishment ni los gobiernos -en este caso coinciden el neuquino y el Nacional- quieren que prosperen proyectos autogestivos como el nuestro. Les molesta. No es bueno para el mercado”.

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TOMAR LOS CONTROLES

Los trabajadores de las recuperadas tienen una convicción: lo único que da sentido a sus vidas es la lucha. De otra manera, ya se habrían rendido ante las presiones del poder real, empecinado en que la propiedad privada sea el único derecho vigente.
Su activo más valioso es la legitimidad social y, por encima de los vaivenes del ánimo, hay una mística del trabajo, un valor. Como señalaran varios referentes del sector, las cooperativas de trabajadores y las recuperadas forman parte de un fenómeno no episódico que llegó para quedarse. La tecnología y la globalización generan una exponencial destrucción de empleos y esos puestos de trabajo no se recuperan. Sólo los trabajadores pueden revivirlos y hacer que sus laburos localizados tengan sentido, acorde al marco teórico de Zygmunt Bauman: un mundo globalizado, que muda y cierra puestos laborales a través de fronteras desdibujadas. Una economía repleta de decisiones en dirección a ganancias rápidas y manejos financieros que hacen cada vez más injusto este mundo. Y este escenario sólo se puede enfrentar sin piloto automático.




LA INCONTROLABLE SERPIENTE

Los exilios: sobre los mayas y su cultura

Por Héctor Lontrato

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UN OSO EN PLENO ENSAYO

Me aventuro hacia el fango de la incertidumbre en un intento por zurcir algunas historias. Inasibles agujas del tiempo, a veces reparadoras. Otras, dañinas ¿Destino? ¿Devenir? Arrojado al abismo, desespero por el control. Y no puedo, prevalece el caos. El tiempo se escurre y todo se hace cuesta arriba. Las palabras se pelean, se raspan, se eliminan. Hojas y pantallas manchadas de frases dispersas, inconexas. Goma de borrar, delete, deshacer, rehacer. Las agujas del tiempo lo manejan todo.

El avión está por despegar y pienso en cuánto me cuesta escribir desde hace meses. Le esquivé el bulto al tema del “cuerpo” y ahora solo queda ensayar una nueva gambeta o entrarle al “exilio”. Me recrimino no haber puesto en palabras todo este reciente baldón de una enfermedad que me marcó en la adolescencia y que se recicla ya en las puertas de la tercera edad. Incluso, en un texto por ahí guardado, traté de describir qué sentía: “El pecho se me cerraba, habitado por un oso en pleno ensayo dispuesto a ver si aguantaba su peso o me moría. Rojo de asma por la falta de aire, la bronca secaba mi garganta y empezaba ese silbido de mierda. Cada respiración era una pulseada. Palabras sin salida. Buscaba un lugar para estar sólo y putear, casi siempre, en la cocina con la tele prendida”.
Bueno, no era momento de hablar de eso. Quizá, cuando nos ocupemos del “aire” o de “la inspiración”… Tal vez ya sea tiempo de retomar terapia.

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COLUMBO MAYA

Volvamos al avión, con destino a México, para mayores precisiones. Una película liviana surfea turbulencias contundentes sobre la Cordillera de los Andes. Con similares altibajos, me había aferrado antes a Alejandra Pizarnik y a sus poemas.
Playa del Carmen no era para mí sólo un destino de sol y mar, sino la celebración del desexilio de una de mis sobrinas, la oportunidad para hablar sin urgencias, más allá de formar parte de un numeroso grupo familiar. Así que allá fuimos, a sacarle provecho al Caribe, a sus arenas blancas con temperaturas de más de 30 grados.

Elegimos no contratar excursiones de antemano y nos sumergimos en el excitante, aunque a veces incómodo y molesto, tobogán del regateo. Así, por azar, conocimos a Alex, nuestro guía en la excursión a Tulum, una de las ruinas de la Riviera maya. Bajito, acorde al promedio de altura de sus ancestros, Alex es el fruto de la unión de una mujer originaria y un inglés. Enamorado de su cultura, encubre a un investigador y a un biólogo debajo de su disfraz de simple agente turístico.

“Les tengo que decir la verdad o lo que más se aproxima a ella”– decía con desafiante humildad – “Los mayas no desaparecieron como cultura sólo por el salvajismo de los españoles, sino por la guerra de castas. Parece que los de más abajo, los campesinos, se cansaron de vivir siempre igual y de llevar el peso de todas las malas situaciones.”

Alex reúne a un grupo de no más de diez personas y habla con tono suave, tal vez, para no alertar a colegas sobre el contraste de su relato con los folletines de las empresas de turismo. Me recuerda a Columbo, el detective de la serie televisiva de fines de los ’60, que hacía un culto de la pausa y usaba el silencio como estrategia para desentrañar crímenes. Con su gabardina vieja y sucia, avanzaba unos pasos y luego retrocedía. Justo en ese momento, soltaba una pregunta o un comentario filoso a su eventual interlocutor.
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TODOS LOS FUEGOS

Sólo vemos pirámides a las que no se puede acceder, toneladas de piedra abrazadas durante siglos por la espesa selva tropical. La serpiente se enseñorea, se desplaza de templo en templo, entre deidades y simples mortales y proyecta su luz y su sombra, fertilidad y sequía.

“Durante miles de años – cuenta Alex –, los mayas acumularon un conocimiento sobre la astronomía, que situaba a gobernantes y científicos en el lugar de semidioses. Pero los españoles no toleraron esa veneración a la serpiente y quemaron cerca de 3.000 códices.”
Encarnación de Lucifer, para los conquistadores hispánicos, la serpiente debía ser erradicada de entre las adoraciones mayas. Nada debía dar cuenta de ella, que- sigilosa- surcaba el mundo y el inframundo, como dueña de las entrañas del universo. Nunca supo de grises, se le endilgó todo lo negativo, lo perverso, lo siniestro. Ligada a la trampa y a las maquinaciones diabólicas en el imaginario bíblico y popular, hasta se le adjudica haberle quitado a Gilgamesh, el héroe sumerio, el elixir de la juventud eterna.
Serpentarias luces y sombras se esparcieron más allá de la voluntad del conquistador, entre impotentes espadas que cortaban una y otra vez lo que luego volvería a cobrar vida. Y, aun así, las veneradas partes, lejos de desaparecer, se transforman: historias suspendidas, partículas del tiempo. Un repliegue para protegerse de la incomprensión, para dar la clara señal de la eterna presencia del deseo del sol, del agua, del viento y del abrigo de la tierra.

Y, mientras más persecución y más violencia, la serpiente cambia de piel, se acicala en delicados roces. Espera, paciente, con milenarias certezas. Sabe de las urgencias colonizadoras, de su poder de destrucción, pero confía aun más en la fuerza de las presentes ausencias.

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INDOMABLE

Así las cosas y los fuegos, sólo tres libros acompañaron el exilio de la cultura maya en su propio territorio. Todo se cubrió de hispanidad, sin espacio para nada más, como en los manglares. La fe en lo desconocido, en lo indomable, que se impone a fuerza de acero y fuego.

Alex le dedica pocas frases a los españoles. Sus ojos se iluminan con el sol, que pasa por los orificios estratégicamente ubicados en los templos. Los verdaderos ojos de los mayas, anticipadores de ciclos de lluvia, sequías, fertilidad y buenaventura. Una manera de ver el mundo que trataba de entender, no de modificar. Un modo de aceptar lo incontrolable: las limitaciones humanas y la fuerza indetenible del azar y de todas las combinaciones posibles que determinan el universo.

Yo, en cambio, lo quiero controlar todo. Aunque diga que me entrego al devenir ¡Minga! Siempre trato de buscarle un sentido a lo que sucede, de anticiparme sin los conocimientos de los mayas.

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LA PARTE Y EL TODO

La reseña histórica estándar de los mayas tiene al juego de pelota como uno de sus puntales. La credulidad media del turista desafía los límites de la fe ¿Cuán verosímil puede resultar que, sin el uso de manos ni piernas, los jugadores pudieran introducir el esférico – con su hombro, su codo o su cadera- en un angosto aro a gran altura?

Alex duda de esa lectura for export y lo transmite como en secreto mientras, a escasos metros, otro guía recita a viva voz la teoría del juego y hasta detalla cuánto duraban los partidos y el destino de los atletas, a modo de ofrenda a los dioses.

Después de todo, ¿qué es el juego si no un rito, el despliegue serpenteante de lo simbólico, con el fin de entregar lo más preciado a su dios? Para el relato oficial, esa ofrenda era la cabeza. Nuestro guía estaba convencido de que no siempre se trataba de quitarse la vida, también existía la posibilidad de ofrecer partes de su cuerpo: una mano, un brazo, su miembro viril.

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EL AURA

De Playa del Carmen al aeropuerto de Cancún, lo maya se desgrana en la capa asfáltica, se disuelve en manchones de nafta y se encandila con las luces de las marquesinas. Hay que salir de la ruta y entrarle a machete limpio por los manglares.

En la búsqueda de palabras, de jeroglíficos, de glotales sonidos que teletransportan a miles de años atrás, antes de la fe cristiana y de la inquisición, recuerdo la belleza de las artesanías en obsidiana y a aquel chamán que activaba su poder energético a cambio de un aporte voluntario recibido por su asistente, a quien observé – en sus ratos libres- concentrado en la lectura del diario local.

Un exilio profundo sumerge a la cultura maya detrás de las caracterizaciones, de rituales con toques de Holywood, escenarios montados para el turismo que recubren tradiciones con la pintura sintética de la modernidad, como esas puertas de roble tapadas con blanco o gris, para ocultar lo que se percibe antiguo.

Las agujas del tiempo han tejido una espesa telaraña sobre casi todo pero, sin tener presente, el optimista reptar de la serpiente y su capacidad para filtrarse sobre y bajo la tierra. Un alivio, amarga esperanza de un pueblo asfixiado por un sistema que no deja de inyectarle cosméticos, de maquillarla “a lo occidental”. Porque, al igual que a este cronista, a los mayas les falta el aire, recuperar esencias y desechar las leyes del mercado. Entre ellas, la reproductibilidad técnica que, en palabras de Walter Benjamin, tiene un efecto inexorable: la pérdida del aura.




DE NARANJO EN NARANJO Y DE FLOR EN FLOR

Reflexiones acerca de la miseria: sobre Homero Manzi y Homero Expósito

Por Héctor Lontrato

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LOS POROS DE LA MADERA

La botella de ginebra apenas puede sostener la vertical sobre copas siempre llenas. Asomada en el codo de un bar, una mesa se ampara en luz de penumbra. Voces desesperan, carcajadas del incordio, la exultante desfachatez de la inconsciencia. El silencio brota justo ahí, se enamora de ese espacio, trepa, protege. Sólo dos hombres, uno frente al otro entre volutas de humo, por momentos, densas, a veces pixeladas en débiles nubes sobre un cielo despejado. Se miran por largos minutos, hablan, entran en pausa. Parecen secos, sin ganas de nada, cuentan los poros de la madera de la mesa, descubren las manchas de humedad en el techo. Cualquiera que los viera supondría que llevan ahí una semana. En ese lugar, se percibe otra dimensión, un tiempo sin barreras que ayuda a expurgar las traiciones, las mezquindades, el egoísmo. Y estos hombres, como almas dolientes, exponen sus espectrales angustias.

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OCHO X DIEZ

Una ginebra. Y otra. Y otra. Y otra más. Gritan menos ahora los indolentes parroquianos, sus cuerdas vocales están cascadas. Sus gargantas, rojas. Y nuestros hombres siguen ahí, como si estuvieran sentados mirando el Paraná desde la punta de una barranca. Si sus espaldas no hubieran estado tan dobladas, la luz detrás de ellos no les hubiese iluminado las caras. Hay allí más que silencios, respiran metáforas que se inhalan en ocho respiraciones y se exhalan en diez. Miran puntos en la inmensidad mientras atraviesan romances, guerras, asesinatos.
Nuestros homeros, Manzi y Expósito, siguen callados. Sus manos recorren la frente sobre un eje axial, van y vienen. Frotan sus cabezas e intentan salir de esa situación de miseria, miseria poética. Toman conciencia de que han vivido replegados sobre sus ombligos, meta reparar dolores autoinfligidos, dale teatralizar deslices para lograr un tono épico.

 

LAS UNAS Y LAS OTRAS

La ginebra se hace blanda, “más blanda que el agua” y el “Naranjo en flor”. Penélope desteje las heridas de los donjuanes que van de aventura en aventura. Hombres dominados por la histeria, quienes no se conforman con nada, no se comprometen con nadie. Y, mientras ellos toman el néctar, en Ítaca, esa mujer sigue enamorada de un fantasma que la pone a prueba.
Manzi vuelve a su pueblo natal, Añatuya, la Ítaca de Santiago del Estero. Allí se deja poseer por el Don Juan reivindicado amargamente por Joaquín Sabina. Ese que le dice a su compañera: “De sobra sabes que eres la primera”. Pero, a sabiendas que no debería hacerlo, repone: “y sin embargo/cuando pido la llave de un hotel/ y a media noche encargo/un buen champán francés/Y cenar con velitas para dos/siempre es con otra mi amor, nunca contigo”.
El bar parece vacío. Los Homeros piden otra botella. Manzi está encendido, comienza a gesticular y se pregunta: “qué le habrán hecho (sus) manos para dejarle en el pecho tanto dolor”. Expósito graba en su mente: “calle de estío, pedazo de vida, se marchó (…)”. A Manzi se le cae una lágrima, una sola, y apura otra ginebra y habla “Desde el alma”: “Fue lo que empezó una vez/lo que después dejó de ser/Lo que al final/por culpa de un error/fue noche amarga del corazón”.
Ulises rechaza el olvido, exige la castidad de Penélope. Veinte años en la búsqueda del recuerdo entre cantos de sirena y cíclopes, mientras ella tejía y destejía. En esa espera, Penélope podría haber escuchado “Fuimos”, de Manzi: “Gota de vinagre derramada/fatalmente derramada, sobre todas las heridas/Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve/rosa marchitada por la nube que no llueve/ Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza/ que no puede vislumbrar su tarde mansa/ Fuimos el viajero que no implora, que no reza/que no llora, que se echó a morir”.

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JURAMENTOS Y TRAICIONES

Pero el Don Juan se presenta como un victimario/víctima, no puede con esa compulsión a la conquista. Dice respetarlas y, a cada una de ellas, les jura “sos la única”, aunque también hay otras, porque esa es su naturaleza. Y justifica su falta de compromiso, como el Homero de Añatuya: “Vete/ ¿No comprendes que te estoy salvando?/ ¿No comprendes que te estoy amando?/ ¡No me sigas, ni me llames, ni me beses/ ni me llores, ni me quieras más!”.

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TORRENTE

Los homeros están solos con el dueño del bar. Los mozos levantan algunas sillas y las ponen sobre las mesas. Se van apagando las luces y Manzi le toma las manos a Expósito. Busca consuelo por ese “dolor de vieja arboleda” que vuelve una y otra vez. Dolor que es también goce, el disfrute de la ruptura, del adiós, de la permanente partida, de la gambeta al compromiso.
Después, qué importa del después”. Lo que interesa es el hoy, el súbito derrame de pasión. Un Don Juan histérico, que no se conforma con nada. Amor y odio se entrelazan. Solo Malena pudo con él, mientras cantaba el tango como ninguna y mantenía firme la decisión de ser actriz protagónica y no de reparto en la vida de Manzi. Para él, su canción “tiene el frío del último encuentro” y “se hace amarga en la sal del recuerdo”. Nuestro Homero rogó, imploró y prometió todo lo que no podía cumplir. Ella lo sabía y cantaba el tango como ninguna, no porque el dolor le diera una “pena de bandoneón”, sino más bien bronca, rabia por ese romance que “sólo nombra cuando se pone triste por el alcohol”. Malena no fue Penélope. No le importó lo que dijeran, ni las “vanas promesas de un amor”, se plantó desafiante ante el hombre que le imponía condiciones, puso las suyas y el Don Juan huyó.
La historia remata con una Malena fuerte, tanto que se permitió ser ella misma Don Juan, tomar lo mejor de cada flor sin conservar ninguna, bancarse las inquisidoras miradas y disfrutar del sabor de la conquista efímera. En ese disfrute del dolor demostró que son muchos los riesgos de “perder el corazón en el torrente”.

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LÁGRIMAS

Nuestros homeros actuaban como si fueran del pueblo, se sumergían en las calles de tierra con el barro hasta la rodilla. Interpretaban, vivían y sentían lo popular. Fueron la esencia de la cultura que transpira, gota a gota, de axilas quemadas el yugo. Gritaban sus verdades y también mentían, como en el más básico de los folletines. ¿Quién podría reprocharles no haber sido auténticos? Si fueron pelota de trapo y balero de lata de conserva. ¡Si hasta hacían los arcos de fútbol con las remeras! Tan auténticos fueron que, cuando se equivocaban, se parecían a uno de nosotros. Y por eso les caíamos con un vendaval de valores esclerosados, arrebatos de luna, soles enardecidos, la seca lluvia que apenas moja las manos y nos pone tan mal como si lloráramos por dentro. Lágrimas que nuestros poetas hubieran derramado si estuvieran aquí y ahora ante nuestras miserias.




RAÍZ DE MAR

Deseantes: sobre los migrantes caboverdianos

Por Héctor Lontrato

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“El mar/Dentro de nosotros todos / en la esquina de la Morna/En el cuerpo de la chicas morenas,/En los muslos ágiles de las negras,/En el deseo del viaje que queda en sueños de mucha gente”.

Jorge Barbosa

MIXTURAS

Hubo un tiempo, cuando las fronteras se derretían al calor de millones de manos. Roce de pieles enrojecidas, sudorosas. Miradas que pedían a gritos entender, ser entendidas. Oceánicos sacudones desacomodaban ideas, proyectos, entrañas. Y, entretanto, las mixturas se amasaban con el paso del tiempo.
Nunca fue fácil ser negro, escapar del hambre y agachar el lomo. La vida es dura en medio de la sequía de un archipiélago del Atlántico Norte donde, antes de convertirse en colonia portuguesa, como describe Barbosa, no había “ni flechas venenosas desde el aire/ ni gritos de alarma y de guerra/resonando por los montes”.
Cesária Evora descalza la tierra de Cabo Verde. Camina y protesta. Junta bronca y canta en los bares del puerto de San Vicente. El aguardiente la enciende. Las mornas, llenas de saudade, no frenan ni frenarán la diáspora. El tango se cuela en esas músicas negras. Es, tal vez, la carta de invitación más seductora para miles que llegaron a la Argentina, bajo la inspiración alberdiana de una nación que crecería con la simiente europea.
Y los caboverdianos no eran blancos como soñaba la generación del ’80. Pero sí, europeos. Trigueños, para los registros. Negros, para el trabajo fuerte. Hábiles para la navegación y para sostener sus raíces durante décadas, pese a la invisibilidad y los tragos amargos por la discriminación.

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PANZAS INFLADAS

Aguas azules y mantos de arenas blancas. Islas que flotan como pequeños barcos anclados en la inmensidad. Todo es sal, aspereza, sequedad. De esos barcos vinieron y, de ellos, nunca se bajarían. Se subieron a las mareas que los llevaron a Estados Unidos, a Portugal, a los vientos que los trajeron a la Argentina. Atrás quedaron años sin una sola gota de lluvia, la crujiente tierra y los ardientes surcos en caras cuarteadas. El hambre sin abstracciones, con el vientre lleno de brotes que se comen los músculos, que aletargan y dejan la vida en pausa. Una vez más, Barbosa: “El techo de paja/lo llevó/la furia del sudor./Sin batientes/las puertas y las ventanas/se quedaron escamasadas/ para esa desolación”.
De niña, Paulina Díaz, descendiente de caboverdianos, escuchaba con atención los relatos de su tío, un experto navegante de mundo. Muchas veces le había hablado sobre las hambrunas en Cabo Verde. Ella nunca pensó que eso era tan importante. Creía que se trataba del hambre de algunas horas, del hambre de medialunas de manteca, de churros con dulce de leche, de papas fritas. El marido de su prima, Adriano, le contó que, antes de llegar a Buenos Aires como polizón en un barco carguero, él había visto niños con las panzas infladas. Seguramente, Paulina pensó que se trataba de niñas embarazadas, pero no se animó a preguntar.

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El LIMBO

El desarraigo del migrante trasciende las generaciones. Durante toda su vida, Paulina se sintió como en un limbo, con un pie aquí y otro allá, como si le hubieran arrancado la tierra de sus pies. La correspondencia fue algo trascendente en su vida y en la de los caboverdianos en la Argentina. Desde pequeña, su madre solía hacer predicciones con la seguridad de un astrónomo. Y, en la mayoría de los casos, acertaba. En una ocasión le dijo a la abuela de Paulina que guardara la última carta de su esposo porque no iba a recibir ninguna más. Él estaba radicado en Bahía Blanca, donde había llegado a bordo de un buque ballenero. “Quedate tranquila, tu papá no nos va a abandonar”, fue la respuesta que la niña recibió, incrédula. Tiempo después, se desató la primera guerra mundial y los correos dejaron de funcionar. No llegó ninguna carta más. La abuela moriría unos años más tarde
A punto de quedar huérfana con sólo 14 años, la mamá de Paulina se transformó en mujer. Fue vestida y maquillada como una adulta para poder ingresar al hospital Muñiz, donde agonizaba su padre. No hubiera podido entrar de otra manera, porque allí se atendían enfermedades infecciosas. Se sentía una extraña con tacos, vestido y rouge. Una extraña dispuesta a ver a otro extraño. Esa fue la primera y la última vez que lo vio.
Otra carta que marcó la vida de Paulina fue la enviada a su abuela paterna. Un amigo de su papá, que formaba parte de la tripulación de un barco, se comprometió a llevar esas líneas a Cabo Verde y esperar alguna respuesta. Un sobre con poco pegamento pasó de puerto en puerto. Fueron meses de espera. Al regresar, el mensajero trajo la triste noticia de su muerte y devolvió intacta la carta que Paulina atesora en su caja de recuerdos.

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GUAPOS

En las primeras décadas del siglo veinte, el caudillo conservador, Alberto Barceló, era el Intendente y dueño de Avellaneda. Controlaba todo dentro y fuera de la ley. El tránsito y la prostitución. La higiene y el juego clandestino. Las grandes obras y las grandes coimas. La vida y la muerte.
Apenas recuperada de la muerte de su padre, la mamá de Paulina fue recomendada para ir a trabajar a la casa de Barceló: “Como no sabía, se sentó a comer con ellos. La dejaron en principio pero le explicaron que debía estar con los sirvientes. Después la querían adoptar”. Durante mucho tiempo, fue la dama de compañía de la esposa de Barceló, hasta que una amiga le dijo que todos los días se sentaba a comer con matones como “Rugierito”, la mano derecha de Intendente. No se presentó más a trabajar. La fueron a buscar y se negó. Con cierta picardía, diría mucho tiempo después que las tierras ganadas al río en Dock Sud habían sido rellenadas con los cadáveres de los duelos a cuchillo y los asesinatos ordenados por los conservadores.

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RONDA

Como las telenovelas que alteraban el sagrado espacio de la siesta, las cartas llegadas a Dock Sud eran muy esperadas. Los niños se hacían dueños de las calles entre pelotas y sogas de saltar: “Perseguíamos al cartero. Y si había una carta para nosotros, llegábamos a mi casa con una alegría enorme”. Era una ceremonia. Nadie hablaba mientras el padre abría con cuidado el sobre, desplegaba el papel y comenzaba a leerla. Paulina y sus tres hermanos tenían la mirada clavada en él. Si arqueaba las cejas o se mordía los labios, si dejaba salir una sonrisa o apretaba el puño. Los chicos se esforzaban por ser pacientes pero, en un momento, estallaban en la ineludible pregunta: “llovió o no llovió”. Si había llovido, todo era una fiesta y hasta se organizaba la tradicional cachupa.

“La cachupa, comida tradicional de Cabo Verde, “es a base de maíz pisado, poroto colorado, alubias, nabiza, repollo, carne salada de cerdo (pecho o codo), carne de vaca, panceta y chorizo colorado”

Pero la lectura de la carta no terminaba ahí. Como un elenco teatral que presentaba la misma obra en distintos pueblos, ese texto era leído por toda la familia y también transitaba por las calles de Dock Sud. Los padres de Paulina le pedían que la llevara a la casa de paisanos y amigos para que tuvieran noticias de Cabo Verde.

“No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo y, si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos(…).Pero si, de la pausada investigación de mi prima, surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente”.
Julio Cortázar – Conducta en los velorios

La solidaridad es otra forma de correspondencia de los caboverdianos en Dock Sud. Primos que comparten espacios comunes y reparten lo poco que tienen. El compromiso originario de la tribu, la mirada colectiva por encima de todo. Los retos y las enseñanzas de los tíos. La ayuda al paisano cuando está enfermo, los turnos para cuidarlo. Los grupos de madres que llevan a los chicos de picnic al terraplén de una obra abandonada, convertido en imaginaria montaña ante los ojos de infancia. La colaboración con el partido independentista, por medio de carteles y pancartas pintadas a mano.

Esas manos tendidas sirvieron también para preservar ciertos aspectos de su cultura, de sus comidas y hasta la forma en que despiden a sus muertos, vestidos y bañados en hierbas aromáticas por grupos de amigos. Los recuerdos de los velatorios dibujan una sonrisa en la cara de Paulina: “Los velorios se hacían en la sociedad de socorros mutuos y nosotros esperábamos a los personajes. Había lloronas. Una de ellas ya empezaba desde la puerta. Otra venía cantando, a veces cosas sin sentido, porque tenía que reflejar la historia del muerto desde que nació hasta sus últimos años. Nosotros nos tapábamos la boca y nos moríamos de risa”.

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LA FRENTE MARCHITA

El que migra nunca viene sólo. Los caboverdianos transportaron su historia y sus representaciones simbólicas. Y, esencialmente, la idea de volver, de recuperar los olores de infancia. Se hermanaron con el terruño. Ahora los suyos son tanto de aquí como de allá. Aprendieron a tomar mate y a compartir con el judío, con el polaco y con el italiano. Las mareas sacudieron sus sensaciones. Se sienten bien aquí, pero también quieren estar allá. Los envuelve el doliente sonido de la morna y los compases alegres de la coladera.
Con un pie en cada puerto, eligen quedarse. Pero se parten en dos: dos lenguas, dos miradas. Sus sueños son verdes y negros, azules y blancos. Eligieron estar cerca del agua y se quedaron a gusto. Sin embargo, no pueden dejar de ser lo que son: una planta que busca su verdadera raíz, una raíz de mar.




NANOVIOLENCIA

 

Ultraviolento: en base al libro “Huellas, Voces y trazos de nuestra memoria”, de editorial El Zócalo

Por Héctor Lontrato

 

INFANCIAS ROBADAS

Llegar a una edad en la que sos más grande que tus padres te deja en el último eslabón de la cadena y con la obligación de hacerte cargo de tu historia. Y ahí entrás a rebobinar el ovillo. Tirás y tirás hasta que el gato se hace cargo del hilo y lo destroza suave y prolijamente. De esos jirones, nacen recorridos que tienen a la infancia como punto de partida inevitable. Pero no a la infancia entendida como un momento único y hermoso colmado de felicidad. Porque hay infancias de mierda condenadas al olvido con estricta justicia. Imagino la infancia como un período de germinación, donde importan las pequeñas sensaciones: las voces que te arrullaron, el roce con la barba de papá, las mordidas en la pera de mamá, el pis en la bañera, dormir a upa en cualquier momento. Energía para correr todo el día y el sueño pronto a la hora del cansancio.

La infancia es fantasía en un tiempo y un espacio específico. Son las tortas de barro y pasto que simulan un bife con lechuga. Es el fantasma que mueve cosas de noche en el altillo. En consecuencia, quien le roba la infancia a una persona comete uno de los actos más violentos imaginables Una violencia que arranca, desampara, se apropia de imágenes, borra identidades por decreto y le pone un velo al pasado. La historia de nuestros seres queridos reducida -en muchos casos- a un papel con media docena de datos y una foto carné. Tanto dolor y tanta bronca concentrados ameritarían la invención de un término: nanoviolencia. Toda la violencia concentrada en un pequeño cachito. Atómos de dolor, desesperación, impotencia, furia, injusticia.

Esas historias son las que refleja el libro “Huellas, Voces y trazos de nuestra memoria”, de editorial El Zócalo, un texto en el que cinco hijos de desaparecidos recrean su infancia con amoroso esfuerzo. Con ilustraciones de María Giuffra, estos viscerales relatos desgranan ideas que arremeten a puro sentimiento y preguntas sin respuesta.

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MARTÍN : 4X4

Cuatro por cuatro, fotos en blanco y negro con bordes guillotinados que encuadran irregulares manchones amarillos y deshumanizan los rostros en perfecta sociedad con la desmemoria y el silencio. En esos dieciséis centímetros cuadrados se cuela una mirada ingenua, una entre tantas, la de un niño de tres años despojado de su historia, que anhela abrazos, caricias, cuentos para dormir y tostadas de pan lactal con dulce de leche.

Las dimensiones de infancia tienen otra escala. Martín Elias nos cuenta que cuando chico “la palabra desaparecido” era para él sinónimo de fotos 4×4, imagen cargada de esperanza que transmutaría a partir de la adolescencia, en largos años de bronca contra sus padres por el lugar de privilegio que le dieron a la militancia. Esas sensaciones encontradas darían finalmente paso a la reconciliación: “El contacto piel a piel con mi bebé me generó esa memoria corporal primaria y germinal, mostrándome y recordándome que yo también tuve esos primeros abrazos, ese primer contacto de la piel con mi madre y mi padre; esas horas a su lado, mirándolos, escuchándolos, hablándoles, conviviendo”.

La memoria podría ser entendida como un ovillo del que uno va tirando y, entonces, aparecen partes en perfecto estado y otras deshilachadas o a punto de romperse. La periodista y escritora Marta Dillon cree que “una vida no empieza con el nacimiento ni termina exactamente con la muerte. Hay un deseo previo, hay una historia previa que forma parte de lo que vas a ser”. Martín tardó casi cuatro décadas en tomar contacto con su historia y reconocerse en esa casa con pileta, sentado sobre una de las rodillas de su papá (en la otra, estaba su hermano Santiago). A partir de allí habló con amigos de sus padres, llegó a entender “que no era descabellado pensar en la lucha armada” en el contexto revolucionario de los ’70 y hasta descubrió a una militante que fue su ocasional niñera.

El deseo de cerrar el círculo está siempre presente. Dillon se manifiesta perpleja ante la majestuosidad del esqueleto de su madre y describe “la maravilla de encontrar unos huesos que fueron una pierna, la calavera sobre la que se hizo una toca, huesos que fueron el abrazo”. Martín quiere llenar algún día ese vacío y que llegue el momento de decirle a su hijo Milo: “aquí descansan tus abuelos, dejemos una flor”.

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EUGENIA: EL SILENCIO Y LA CAJITA

Cierra los ojos y recorre sus “Huellas” de una manera diferente. ¿Dónde están? ¿Por qué se los llevaron? ¿Qué hicieron? Desde que tenía dos años y medio y pedía por sus padres, Eugenia Azurmendi no para de hacer preguntas: “Cómo se habrá escuchado ese silencio penetrante en aquel departamento del barrio de Once después de que los milicos entraran a las patadas (…)”.

Se interna en “el silencio profundo” que siguió a la orgía de violencia, de gritos, de muebles volcados, armarios abiertos y ropa desparramada por el piso. Allí estaban ella y su hermano Manuel, de casi nueve meses, abrazados por un enorme desamparo imposible de describir: “¿Dónde se queda un bebé que se despierta de noche sin su mamá ni ningún brazo que lo acune? (…)”.

Eugenia no recuerda nada de lo vivido con sus padres, ni sus caras, ni sus voces. Le contaron que, durante un tiempo, se asustaba mucho cuando escuchaba un timbre y decía: “saltaron por la ventana, saltaron por la ventana”. Todo fue invisible ese día a los ojos de una gran mayoría. La invisibilidad a la que refiere Ralph Ellison, como el resultado de la mirada mental, esa con la que te invisibilizan.

El maravilloso misterio de los cuerpos, la sangre que fluye, los latidos, el continente de vida. Eugenia tomó conciencia a los 27 que ya tenía más años que su mamá. Ahí se inició otra historia, el deseo de ser madre y la gestación de nuevas preguntas para sus padres, entonces convertidos en futuros abuelos. La lucha contra el silencio persiste con pequeños gestos y símbolos, como esa cajita de zapatos talla 25, que atesora con un pañuelo blanco dentro: “Cada vez que se abre, nace un nuevo relato que le gana al silencio”.

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ESTEBAN: EL AMOR A LAS IDEAS

Esteban Lorenzano es un trotamundos, en principio, obligado y luego por elección. El exilio lo llevó primero a México y más tarde a Cuba. Retornó a la Argentina en 1993, pero actualmente vive en Francia. Tiene una mirada escéptica sobre la cuestión de los derechos humanos. Sus palabras suenan fuerte, con una línea argumental anclada en las entrañas de las ideas políticas de los ’70.

Le cuesta relacionarse con la historia de su madre y blinda sus sentimientos en una crónica despojada que abona con recuerdos prestados de su hermano mayor. Esteban tenía cinco años la última vez que vio a su mamá y acusa a la dictadura de robarle esas últimas imágenes: “Tengo un bloqueo mental que me impide acordarme de nada que haya pasado ese día y todos los anteriores”.

Su texto se presenta áspero, con la pretensión de tomar distancia de los hechos. Sin embargo, se deslizan entre los párrafos algunas frases que despegan de lo racional y van al encuentro de los afectos: “Se que la quise porque su idea, ya que no su recuerdo, me reconforta cuando me siento solo”.

Pese a su militancia en HIJOS en los ’90 no le interesa “la recuperación de la memoria en los términos en que se está haciendo”, aunque le concede “el valor reparador para muchos”. Se atreve a decir que no le “mueve un pelo el juicio a los milicos, ni tampoco su condena”. Y redobla la apuesta cuando afirma que se resiste a “aceptar que lo mejor que se puede hacer es este Estado, esta sociedad, este cementerio”.

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FELIPE: EL VIAJE

No resulta difícil imaginar a un niño quien, totalmente convencido, le explica a un compañerito de escuela por qué sus padres no lo vienen a buscar a la salida, por qué no están en los actos, por qué no firman el boletín de calificaciones:
– ¿Y tus viejos?
– De viaje, porque tienen trabajos muy importantes.
– ¿Qué hacen?
– No sé. Pero mis abuelos me contaron que siempre piensan en mí, me me van a traer muchos regalos.

El contraste con esa fe ciega en los mayores, de Felipe Fernández fue el afluente de un turbulento río de enojos y rebeldía que llevó ese cauce hacia los movimientos contraculturales y la lucha contra las políticas menemistas. La lógica comprensión que llega con los años trajo el perdón para sus abuelos y el reconocimiento a la protección naturalmente prodigada a un niño. Llegaron después las preguntas que se hacen carne en familiares y amigos de los desaparecidos: “¿En qué momento damos por muerto a ese ser querido? ¿En qué momento iniciamos el proceso de duelo? O más bien, ¿nos es posible iniciar un proceso de duelo?”.

Una nueva perspectiva sobre la vida le permitió a Felipe disfrutar intensamente de su abuelo Alberto hasta sus últimos momentos. Relata que de él obtuvo el aprendizaje más trascendente: “que la mejor manera de honrar la vida de nuestros antepasados es siendo felices, viviendo comprometida e intensamente, llevando bien alta la bandera de la vida, con solidaridad, honestidad y empeñando en ello hasta el último aliento”.

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PAULA: CARTA A FRANCISCA

Paula Silva Testa recupera el estilo epistolar para encarar la compleja tarea de explicar a su hija, Francisca, las historias de amor y de lucha entrecruzadas a lo largo de su vida y la importancia de contar con un relato que alivie las ausencias.

Balas y pañales se mezclan en anécdotas reparadoras, donde Paula le describe a Francisca el clima de época, con las requisas constantes y la obligación de bajar de los colectivos para que te palpen bajo la mirada atenta de soldaditos que apuntaban con un FAL: “Un día con tu abuela nos tomamos un colectivo desde Recreo hasta Santa Fe; ella debía encontrarse con unos compañeros para darles armas. Yo tenía tres meses. Ana había puesto las armas en un bolso donde tenía mi ropita de bebé y adentro de las mamaderas, papeles hechos bollitos con información. En un momento subió un policía al colectivo y pidió que le cedieran el asiento a mi mamá. Durante todo el viaje yo le sonreía y jugaba con el policía, pero el juego se interrumpió cuando el colectivo se detuvo. Mamá miró por la ventana y se dio cuenta de que lo que había parado el colectivo era un operativo policial”.

Por suerte, en esa requisa, los militares no fueron muy exhaustivos; madre e hija llegaron a destino sin problemas. Pero no sería la última situación crítica que debieron afrontar. En otra ocasión, entró a su casa un grupo de policías con armas y apuntó a la cabeza de Paula con una ametralladora: “Sabemos que es hija de Juan y Ana, ¿dónde están ellos? Si no nos lo dice, matamos a la nena”. En medio de la tensión, el abuelo logró construir una historia creíble que le permitió superar ese momento, pero no sin la promesa de nuevas visitas.

La carta parece iluminarse cuando Paula relata las visitas de madrugada de su papá: “me alzaba y me llenaba de besos. El me había puesto el apodo Ratita”. Recuerda también que la bañaba, le daba de comer y le cantaba canciones revolucionarias, como la famosa “Hasta siempre comandante”, dedicada al Che Guevara.

Paula fue arrancada de los brazos de su madre, quien permaneció presa durante un año. Pero su padre, Juan, jamás volvió. Ella rescata el acto de amor que representaba la militancia para el abuelo de Francisca y el compromiso por un mundo más justo.

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ATOMOS DE DOLOR

La nanoviolencia explota en cada una de estas historias. Se nutre de los pequeños átomos que contienen ese dolor enorme, inasible. Dolor necesitado de recortes chiquititos. Dolor que solo se puede sentir y entender a través de pequeños relatos que surgen de las entrañas, objetos convertidos en inalienables, sonidos y aromas de nuestros primeros años de vida.

En cada una de estas “Huellas” se redibuja la infancia borroneada por el silencio, la ley marcial supresora de recuerdos y la quema de álbumes de fotos. Una ardua tarea con trazos a mano alzada, desprolijos, desteñidos, pero vivos, potentes, auténticos.

Y en esos pequeños átomos está la posibilidad de ver la parte que conforma el todo y el todo que le da contexto. El hecho cierto y concreto. La oportunidad de aferrarse a evocaciones de vida, de recuperar la memoria para poder crecer y hacernos cargo de nuestra historia pensando en el conjunto: la mirada colectiva que nos constituye y nos hace visibles.




MENTIR BAJO EL AGUA

El olvido: sobre Mark Twain y el arte de no decir la verdad.
Por Héctor Lontrato

ELLA EN MI CABEZA

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Pensé en ella justamente cuando extravié algunas líneas que, si bien no me habían conformado del todo, eran un punto de partida. Esas pérdidas que duelen a quienes vivimos aferrados a las cosas. No como ella que nada extraña y deja todo atrás con paso arrasador, sin importarle ni el pasado ni el futuro. Su presente es todo lo que cuenta. Humedece la tierra, la acaricia, la conmueve. O la deja seca cuando toma otro rumbo. El agua se filtra, desborda, se mete en las casas, se apropia de objetos y de vidas. Allí estaba cuando me senté a escribir y no sabía acerca de qué. Buscaba en mi cabeza una idea, una sola. Ella se reía de mí, estable en ese vaso de vidrio fino transparente. Sabía que la necesitaba. En algún momento la iba a beber y, a partir de allí, las sucesivas sensaciones y pasajes dependerían solo de su deseo. ¿Y si no tenía sed? También la podía derramar sobre los papeles o sobre el teclado de la computadora. Sin embargo, nada de eso sucedió. Pasó que, en el trayecto de la cocina al escritorio, derramé algo de líquido al piso, no lo vi. Y, cuando me dirigía al baño, resbalé y fui a parar contra el primer estante de la biblioteca para no caer. Ahí estaba ese libro.

TURBULENCIAS Y DESAPEGO

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El agua te deja flotar y te vuelve hacia la morada inicial, a la postura con las rodillas plegadas contra el pecho y el mentón hacia abajo. Y también te ahoga, no te deja pensar con esas corrientes fuertes, ladronas de oxígeno. Corrientes con turbulencias propias de quienes viven sin ataduras. Libres y desapegadas, hacia adelante, sin puentes, en línea recta hacia lo que viene. Ríos de tinta contaminados de ideas hegemónicas, de sentido común. Limpios y puros, con peces pequeños y grandes. Profundos, ocultan y sólo dejan ver lo que está en la superficie. Llenos de espeso barro o navegables como el Mississippi, que Mark Twain recorriera de palmo a palmo a bordo de un vapor fluvial.

EL CONVITE

Un mazacote de muerte y olvido se cierne sobre una vida como la de Samuel Clemens, su nombre verdadero, quien tuvo el suficiente temple para sobrellevar el fallecimiento de una de sus hijas y de su esposa. Pero el dolor lo ataba. En incontables ocasiones, el agua lo invitó a conocer sus entrañas y a ser parte de ese ejército que ya ha conquistado tres partes del planeta. Y él aceptó el convite. A punto de ahogarse, fue rescatado por lo menos tres veces. Muchos se asustaron. Con un supino nivel de escepticismo, su madre solía decir “los que están destinados a morir en la horca no se ahogan en un río”.

SALPICADO DE MISSISSIPPI

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Gyula Kocice.

 

La cabeza Twain, si bien transitó el vértigo del siglo veinte, fue cincelada en el diecinueve, con la marca del horror y la angustia de la guerra de secesión norteamericana. Historias como “Tom Sawyer” y “Huckleberry Finn” lo hicieron famoso y lo humedecieron de un éxito que el quebranto económico supo secar en sus últimos años. A la mitad de su vida, proyectó hacia proa imágenes inocentes y pícaras sobre su escritura. Con el agua escribía y borraba textos, que se escurrían y se manchaban  de sedimentos del Mississippi. Y, en ese ir y venir, la monotonía le arrebató el timón. Remontó su amado río con los ojos llenos de desencanto y perdió su mirada entre el enjambre de ideas que hablaban de progresismo y de las bondades de la edad dorada. No se resignó a escuchar discursos desbordantes de grandezas que empequeñecían frente a las nobles mentiras. “Nación altiva –decía hablando de toda potencia imperialista-, nación que se llama cristiana y que vuelve de sus piraterías en Kiachú y en Manchuria, en el África del Sur y en Filipinas, manchada de fango, cubierta de negruras, henchida de crímenes; con el alma llena de bajezas, el bolsillo repleto de dinero mal habido y la boca desbordante de hipocresías. Dad jabón y ropa limpia a esta gran potencia, pero ocultadle el espejo”.

VIRTUD Y PRINCIPIO

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Twain consolidó su escritura con gotas de sutileza y humor. Pero la savia de su literatura era la estética. Por eso se rebeló ante quienes no se preocupaban del “cómo” al decir las cosas. Su obsesión por las estrategias y las herramientas para presentar verdades acomodadas o puestas sobre el lecho de Procusto lo llevó a escribir “Sobre la decadencia del arte de mentir”: “Comenzaré por afirmar que la costumbre de mentir no ha sufrido interrupción o decadencia. No; la Mentira es eterna como Virtud y Principio. La Mentira como recreo, como consuelo, como refugio en la adversidad; la mentira como Cuarta Gracia, como Décima Musa, como la mejor y la más segura amiga del hombre, es inmoral y no podrá desparecer de la tierra sino cuando desapareciera el círculo.”

LA VERDAD Y LA FE

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Al igual que el agua, la mentira está presente en todas partes y en todo tiempo. Deja su marca en mitos, leyendas, refranes populares, ideologías. Sin menor esfuerzo, puede advertirse su impronta en desgastadas teorías de nuestro mundo contemporáneo. Una de ellas es la de la postverdad, según la cual los grupos de poder y los medios hegemónicos imponen presuntas verdades que no pueden ser comprobadas fácticamente y, así, los argumentos del debate se difunden por ósmosis. No importa si lo que se dice tiene asidero, sino sólo que sectores de la opinión pública estén dispuestos a creerlo. Las conciencias se sumergen de esta manera en las profundidades de una mentira burda, sin metáforas, reducida a frases revestidas con la estética del folletín.

Twain hubiera descargado toda su capacidad retórica sobre esos clichés, bien recibidos por las facilidades que ofrecen, pero que  son puro producto de la pereza intelectual. No tendría la menor consideración con los comunicólogos escudados tras los contratos tácitos con las audiencias (“lo que el público quiere”). Solía maldecir a los improvisados de mirada corta, quienes sólo piensan en ganar elecciones o impedir que representantes de otros grupos de interés los desplacen del poder.  Su faro era el rigor científico y, en esa línea, sostenía que “no hay hombre de inteligencia elevada y de sentimientos rectos que vea las mentiras torpes e inestéticas de nuestra edad sin lamentar en el fondo de su corazón la prostitución de una de las Bellas Artes”.

MENTIR CON JUICIO

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Todo escritor que no era parte de una familia adinerada debía trabajar para vivir. El autor de “El diario de Adan y Eva”, como muchos otros artistas de la pluma de entonces, veían en el periodismo una fuente digna de ingresos, aunque íntimamente lo consideraran un género menor.  Eran tiempos de alfabetización, de folletines, de industrialización y de ampliación de los horizontes de lectura. Twain enarbolaba su rebeldía antisistema contra: los señores, los duques, los soberanos, los millonarios, los clérigos y los hombres de letras bien pensantes. Como periodista, se adaptó a las urgencias y a los recortes de sentido de los diarios que, en el siglo diecinueve, no tenían- obviamente- ni la violencia ni la falta de pudor de nuestros medios contemporáneos. Twain abandonó ese corsé en incontables ocasiones y así dio cuenta de su enorme capacidad creativa. Y, en una de esas excursiones hacia zonas incómodas del pensamiento contracultural, ensayó un planteo de alta densidad sociológica que refiere a la igualdad de oportunidades: “El embustero ignorante e inhábil no tiene armas para luchar contra el embustero instruido y experto. ¿Cómo puedo yo bajar a la arena y medir mis armas con las de un abogado? Este ha cultivado una mentira juiciosa. Ahora bien; esa es la mentira que necesitamos para nuestra perfección moral, intelectual y material. Sería preferible no mentir que mentir con poco juicio. Una mentira torpe, carente de valor científico es, a veces, tan desastrosa como una verdad”.

MAL DE MUCHOS

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La mentira es, para Twain, constitutiva de la especie humana. Su acuosidad se filtra transversalmente entre todos los pliegues de la sociedad de manera solapada, sin límites de edad, clase social o sexo: “todo el mundo miente. Y miente cada día. Y miente muchas veces por hora. Miente despierto. Miente dormido. Cuando soñamos, cuando gozamos, cuando lloramos estamos mintiendo. La lengua no habla, está inmóvil. Pero ¿qué importa? Las manos, los pies, los ojos, la actitud engañan, y lo hacen con un propósito deliberado”.

Sin embargo, observa en la hipocresía un interés altruista, digno de destaque. Noble empresa la de reprimir esos pensamientos que nos gobiernan frente a visitas indeseadas, ante encuentros incordiosos o invitaciones que no supimos rechazar oportunamente. En estos casos, la cortesía transmuta en una variante de la mentira: “La mentira cortés constituye un arte encantador y amable, susceptible de cultivo. La más alta perfección de las buenas maneras está formada por un soberbio edificio que, en vez de piedras talladas, tiene como material un conjunto de mentiras inocentes, graciosamente dispuestas y adornadas con primor”.

Las ideas de Twain, acunadas por la aguas de Mississippi, sacuden toda su potencia en defensa de los embusteros magnánimos que asisten con buenos oficios a quienes padecen la desigualdad de la especie y la tiranía del inevitable destino al que nos condenara Adán: “El hombre que profiere una verdad odiosa, aun para salvar la vida, debería reflexionar que la vida de un ser desagradable no merece los sacrificios que se hacen por ella. El hombre que dice una mentira para ser útil a algún pobre diablo necesitado de ayuda, merece que los ángeles del cielo celebren sus embustes”.

Frente a la torpe y desalineada presentación de una realidad que aturde y se replica estandarizada en todo el mundo, la mentira se preserva en su obligado exilio, con elegancia y distinción. Twain le sacudió en su tiempo el polvo del olvido con el que la enchastraron los adalides de la moral. Hoy nos toca recuperar, para la memoria colectiva, el arte de mentir.




¿SE LUSTRA?

El cuidado del otro: sobre lustrabotas.

Por Héctor Lontrato

Dibujo de Natalia Andreoli
Dibujo de Natalia Andreoli

Manchada de betún, la franela recorre un territorio que conoce hace siglos. Se tensa entre el pasado y presente del zapato. Firmes manos la sostienen y la guían hacia ese brillo que la sitúa en las proximidades del éxtasis. Sin embargo, sus fibras perciben algo que la incomoda: la angustia por un futuro desdibujado que alimenta la incertidumbre. No es la primera vez que le pasa. ¡Ahora se siente más fuerte! Ese espacio vacío, ese horizonte lleno de preguntas sin respuestas, se agiganta cuando se trata del paisaje de un oficio ancestral, como el de los lustrabotas. Al momento de los diagnósticos, desde el oráculo de la pomada, las profecías se acomodan a  gusto del consumidor. Eso sí, desde hace rato, son extremas. Van del peligro de extinción al sueño (norte) americano de prosperidad. Altivo, el péndulo se mueve. Inicia en el jadeo resistente de un oficio que debe pelear su rincón con el banquito bajo el brazo, como los boxeadores. Del otro lado, roza la ambición prepotente del marketing y proyecta intangibles beneficios. Y, entre  prepotencias y luchas, están quienes salen a trabajar todos los días y sólo ruegan que no llueva para ganar el sustento diario.

ZAPATOS CON NOMBRE

lustra2descargaEl Palacio de Tribunales es un edificio de estilo ecléctico que comenzó a construirse a principios del siglo veinte. La lúgubre luz de algunas oficinas empuja a quienes disponen de tiempo a circular por los pasillos en busca de oxígeno. Yo soy uno de ellos y fue así como conocí a Daniel. Una tarde nos cruzó, entre columnas corintias, galerías y pisos con venecita,. ¿Se lustra?, me dijo y ahí nomás nos pusimos a un costado, apoyó su cajón de chapa y su banquito de madera. Primero, un zapato. Después, el otro. El cepillo para sacar el polvo, algo de tinta para los rayones y una crema especial para el brillo. Si con los zapatos ajenos busca el esplendor, cuando se trata de su propio atuendo, prefiere lo discreto: simplemente, ropa de trabajo, muy parecida a la de los encargados de edificio. A diferencia de muchos otros lustras, evita mancharse. “Trabajo como empleado en la justicia y no puedo ir todo sucio”, se excusa mientras enfunda sus manos en unos gruesos guantes de látex. Y no es el único gesto de cuidado. Una tácita solicitud de permiso antecede a cada uno de sus gestos, de sus  palabras -“si no le molesta”, “si me permite”, “si usted me deja”-.  Puesta en escena, la humildad esquiva toda pose y se acomoda en su tono de voz suave, por momentos, tembloroso. Le gusta conversar, saber qué le pasa al otro. Una sonrisa casi permanente, un ritual útil como escudo y como puente. Entonces, sin más prólogos, cada lustrada es una oportunidad para hablar de bueyes perdidos, con apenas una pausa para ir a comer a su casa, cuando termina su horario de ordenanza. Luego descansa un poco, agarra el cajón y el banquito y sale a trabajar. En una de esas charlas, hablamos mucho más que de costumbre y me surgió decirle:

¿Hacemos una nota?

No creo que tenga mucho para contar, ¿vio?, salvo que le lustraba al Dr. Menem.

¿Al ex Presidente? Con eso ya tengo para empezar ¿Y no te acordás de otra persona famosa?

Ah, el señor López Rega, cuando estaba en Bienestar Social.

CROSS A LA MANDÍBULA

El oficio del lustrabotas se remonta hacia comienzos del siglo diecinueve, en el Reino Unido. En la Argentina, los primeros calzados de cuero vinieron con los españoles y eran protegidos con grasa animal. A lo largo de la historia, se impuso como una salida laboral rápida para el pobre, una manera digna de parar la olla que se popularizó con el tiempo. Luego, la carrera se detuvo. Atrás quedaron los momentos de esplendor, cuando había al menos un limpiabotas en cada esquina de la calle Corrientes. En la castigada década de los ’90, la actividad entró en un tobogán del que aún no logra bajar. No sólo por la apertura a lo importado, sino por el cambio de hábitos de consumo y el uso masivo de zapatillas: un golpe a la quijada de los lustras.

UNA DE CAL, OTRA DE ARENA

No hay estadísticas ni censos sobre cuántos artistas de la franela prestan servicio en la Ciudad de Buenos Aires. Ni que hablar del resto del país. Andrés Ricci es dueño de una zapatería que le provee los insumos básicos a los lustrabotas. Su local está sobre la calle Uruguay, a pocos metros de Corrientes. Cien años atrás, su abuelo había instalado enfrente, un almacén de suelas. Andrés tiene la certeza que le dan sus registros de ventas, por lo que afirma que, en las últimas dos décadas, el número de “fijos” que le compran tintas, cremas y cepillos bajó a la mitad.

WP_20170405_10_53_21_ProComo todos los oficios de este tipo- a la intemperie y subordinados a la voluntad del cliente- están quiene aman lo que hacen y elijen seguir en ello toda su vida, como es el caso de Daniel, y  quienes aprecian el trabajo sólo como herramienta para el sustento y aspiran a un ascenso social: tal el caso del “Negro Wassington”. Usa un sombrero estilo bombín y delantal para atender en su coqueto puesto de Diagonal Norte y Florida. El “Negro Wassington”, como le dicen- en clara alusión a  una marca de pomada para zapatos-, lleva el oficio en la sangre. Sobre la avenida de Mayo, su padre le lustraba las botas al ex presidente Juan Perón. Agustín Gómez encaja con facilidad en el arquetipo del buscavidas. Fue plomero, pintor, cartonero, heladero y cafetero y, desde hace 20 años, sólo lustrabotas. Extrovertido, opina sobre política y cuestiones sociales. “Mueble ergonómico lustrado” es la sofisticada denominación de una especie de quiosco de diarios adaptado, donde trabaja. Allí, se destaca un sillón con la suficiente altura para que lustre de pie y ponga fin, según le gusta decir, a “doscientos años con las rodillas en el suelo”. Además, tiene conexión eléctrica, lo que le permite alimentar un secador de pelo- una excentricidad para que las cremas actúen más rápido- y un televisor.

NO HAY CASO, CHE

WP_20170405_10_53_48_ProEn la jerga judicial o policial, el “Negro Wassington” sería catalogado como un hábil declarante. Tiene parte de su puesto tapizado con reportajes publicados en Clarín y otros medios. No obstante, se siente decepcionado porque –arriesga- “me tiran del pico y después no pasa nada”. Su desazón no es para menos: Agustín creó una mutual para impulsar un proyecto con el fin de establecer puestos fijos para los lustra en toda la ciudad de Buenos Aires y brindarles servicios médicos y sociales. Tenía el apoyo de empresas de publicidad, pero no de todas las que operan en suelo porteño, por lo que una de ellas trabó la operación que le hubiera permitido a los 300 afiliados a la entidad tener su “mueble ergonómico”. Le consulto sobre el tema mientras me lustro y descarga su bronca:

 ¡No hay caso che, no te quieren dejar crecer!

 ¿Qué pasó?, ¿se metió la política?

¡No, el poder. Las empresas tienen el poder! Me dicen: tenés que ser paciente. Pero yo no tengo mucho tiempo y el último año ya se murieron cuatro limpiabotas.

INFANCIA CON NIEBLA

Daniel se instaló en Buenos Aires en 1970, con apenas siete años. Llegó de San Juan con su madre y sus dos hermanas. Dice que no recuerda mucho de su vida ahí. Instintivos mecanismos de defensa recubren con una especie de niebla su infancia en Desamparados, una localidad al oeste de la capital provincial. “Yo no tuve mucha relación con mi padre, mi mamá se vino sola con nosotros”, cuenta. Su primer hogar en la ciudad fue una casa tomada en San Telmo -Defensa y Alsina-, a una cuadra de Plaza de Mayo. Allí iba a jugar a la pelota con su amigo Corchito. Cuando  se aburría, se quedaba viendo a un viejo lustrabotas. Hasta entonces, sólo abría puertas de taxis. Pero, cuando tuvo 11 años, le dijo a su mamá que quería hacer unos pesos lustrando. Ella estuvo de acuerdo y, con sus propias manos, le armó el cajón y el banquito. Eran tiempos convulsionados. Había muerto el presidente Juan Perón y gobernaba el país María Estela Martínez. Daniel entraba en los bares, miraba a la gente con una sonrisa y señalaba los zapatos: “¿se lustra, Don?”. Se hizo amigo de gente que trabajaba en varios ministerios de la época. Así, conoció los secretos de los zapatos de dos enemigos acérrimos de esos tiempos: el ministro de Economía, José Ber Gelbard, ligado a la izquierda peronista, y el responsable de Bienestar Social, José López Rega, mentor de la organización terrorista paraestatal “Alianza Anticomunista Argentina (AAA)”, de quien guarda un recuerdo inolvidable.

Un día del niño, le pedí a López Rega una bicicleta, el sueño de todo niño. Y él me dio una autorización para que fuera a Olivos. Fui con mi mamá y ahí la vi a la señora Estela de Perón. Nos vinimos con la bicicleta en el colectivo. Y todavía la tengo.

En la Plaza de Mayo se topó accidentalmente con Carlos Menem, cuando era gobernador de la Rioja. Daniel no lo conocía. Trabó una buena relación. Desde entonces, le lustraría los zapatos a toda la comitiva del mandatario, que paraba en el Hotel República.

LAS BOTAS Y EL HORROR

Paradójicamente, las botas de los militares lo alejaron de Plaza de Mayo. Tras el golpe de 1976, ya no lo dejaban entrar a los ministerios. Comenzó a deambular por los bares y las oficinas judiciales. Por sus manos, desfilaron los calzados de jueces y ministros de la Corte Suprema. Así fue como, entre su charla y el despliegue de su orgullosa humildad, se hizo de amistades y logró entrar en el Poder Judicial.

WP_20170405_10_54_07_Pro (1)Yo fui despacito metiendo a mi mamá, mis hermanas y a mi hijo. Era cuando se podía hablar con los jueces, vio. Ahora no.

Hace más de 40 años que Daniel ejerce su oficio. Es lo que le gusta y no piensa dejarlo más allá del destino de la actividad. Mira el futuro con un relajado fatalismo. Su vida es el día a día. “Qué le vamos a hacer, hay que seguir trabajando”, suele responder cuando las cosas se le complican.

Montado en su “mueble ergonómico”, el “Negro Washington” se afilia a otros ideales asociados al mercado. Está pensando en algo más, en crecer. Tal vez, en armar un sindicato, una corporación de lustras que trabajen de una manera más estandarizada. Por eso vive el estrés de su actual frustración.

PELÍCULA INCONCLUSA

WP_20170407_15_21_12_ProEl horizonte es incierto. ¿Se convertirán zapatos de cuero en piezas del museo de la indumentaria? ¿Levitarán los humanos sin necesidad de ensuciar sus calzados? ¿Vivirán enfrascados en sus subjetividades electrónicas? ¿Resistirá, inoxidable al paso del tiempo, como desde hace dos centurias, el oficio del lustrabotas?,  ¿o se convertirá en un nuevo nicho de la mercadotecnia? Nadie lo sabe.

Los indicios de sociedades globales como la nuestra, que se empeñan en mirarse el ombligo, son poco alentadores. Poco a poco, el cuidado del otro se ha relegado entre las prioridades de la agenda pública. Ser solidario es un activo reservado para las catástrofes y la caridad, una postura cómoda, desentendida de las realidades particulares que nos rodean.

A pocos les importa qué va a pasar con los lustrabotas. Si deberán o no dejar el oficio y sumarse a la interminable legión de desocupados. Desatendemos su futuro y también el nuestro. Somos socios en una insolidaridad que nos carcome y nos priva de uno de los pocos brillos que le podemos dar a nuestra vida.

La película corre. Con su franela convertida en espada,  Daniel defiende el oficio como un caballero templario, mientras  el “negro Wassington” quiere volver al futuro y llenar la Ciudad de Buenos Aires de lujosos puestos para limpiabotas. En nuestro carácter de observadores pasivos, no terminamos de advertir que ellos cuidan de nosotros. Y nosotros, no.WP_20170407_15_25_39_Pro