OLAVARRÍA. O EL VACÍO

Rituales: sobre el último recital del Indio Solari.

Por Ramiro Gallardo

 

Olavarría estaba envuelta por una niebla propia. Autogestionada. Rara. Como la escenografía de un sueño precario. La parte de atrás de la vida normal. Lo sucio y lo exuberante. Nos permitía ser felices. A todos.*

Fragmento de “Olavarría”, crónica incompleta de Esteban Serrano

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Brindamos con la décimo cuarta cerveza, es de noche, las calles de Olavarría explotan de gente. No fue fácil encontrar este sector de suelo libre: los lugares en los que puede hacerse un asado están casi todos ocupados. Vale todo, desde los que amontonan unos cuantos hierros e improvisan una parrilla a quienes llegaron en casa rodante, con sillas, mesas, toldos, un buen chulengo. A esto hay que sumar los cientos de puestos que armaron los vecinos para ofrecer empanadas, paty, bondiola, lomito, milanesa, agua caliente, vino, hielo. Chorizo del Indio, birra fría como culo de pingüino, Panchos Fantasma, Licuados Pantera, Vamos a volver. Nuestro brindis es por haber llegado, por sentarnos alrededor de un fuego, salir un fin de semana, juntos, detrás del Indio, aunque es mucho más que venir a ver al Indio: es calle, rock, fiesta popular, caminar y caminar, dos chicas bailando pogo entre treinta y cinco pibes, cerveza que cae como una lluvia de verano, la ruta, banderas, cantar como locos, volver a hablar de ciertas cosas, reírnos de nosotros mismos, dormir en cualquier lado, ji ji ji.

Esa noche, en Olavarría, hablábamos cosas para la posteridad, para trascender, para Dios. Vicios católicos. Como si nos hubieran estado filmando. De chico creía que Dios me grababa las 24 horas y que, cuando hacía falta dirimir alguna cuestión, se sentaba a ver mi película.*

Ahora que no toca más, ¿cómo vamos a llenar ese vacío?

 

LA RUTA. NOS MERECEMOS BELLOS MILAGROS

Se hacía de noche y los autos embanderados o tatuados de plotter se multiplicaban. Marchaban como un cardumen regando frases ricoteras. Marcas de la vida de la tribu, un discurso con velocímetro. Decenas de versos se pasaban unos a otros zigzagueando por los dos carriles de la ruta.*

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Peregrinar es errar, vagar, huir, atravesar. Ir con otros hacia un sitio cualquiera, el punto de llegada no importa demasiado: el creyente que, en la Baja Edad Media, hacía el Camino de Santiago, le dedicaba mucho más tiempo al trayecto que a visitar la cripta con los restos del apóstol o abrazar su estatua. El destino es la zanahoria, pero lo que te transforma es el camino.

¿Qué ofrendas llevamos a la misa ricotera? ¿Cuáles son nuestras promesas?

Avanzábamos felices. Comíamos pizza y tomábamos cerveza. Éramos el pueblo elegido. Escapando. Gris, inmensa, una cinta de Moebius moderna y asfaltada nos transportaba. Con la baba reflejo y espejismo vibrando en un inalcanzable punto de fuga.
La ruta era un túnel verde de árboles desparejos. Un techo incompleto, frondoso, que se me desarmaba en los ojos cuando lo miraba.  Parábamos a mear cada 20 kilómetros. Flameaban nuestros pitos, de nuevo jóvenes, al costado de la ruta.
En el auto escuchamos el mismo tema del Indio durante más de una hora: “Pabellón Séptimo”. Mauro ponía pause a cada rato para explicar o interpretar los versos. Es un teórico. El Gallo dijo que el significado del tema era re sabido, que había leído en muchos lugares la misma interpretación, casi científica, de la letra. Al rato admitió que la información provenía de una nota de Página/12. Jorge lo trató de boludo: Mauro, de burro. Nos quedamos callados, un momento, escuchando. Notamos que lo que había dicho el Gallo no era tan boludo ni tan burro. Agrandado, interrumpió el silencio señalándonos con su dedo esquelético de vieja cosechera: ¡vieron forros, se los dije!. No le contestó nadie. Tenían razón. Él y su diario.
Bajó la euforia. Escuchamos la canción, una vez más. Se congeló el silencio y nos encadenó el relato. Mauro se pasó la mano por el brazo: —se me puso la piel de gallina, boludo—. Me hice el gil, le contesté que aflojara. Me agarraron unas tremendas ganas de llorar.
El Gallo ya no se reía más. Miraba por la ventana, jugaba con un nacho de queso y con el seguro de la puerta.*

 

EL ACAMPE. LA CALLE. PEREGRINOS

Por 200 pesos aseguramos dos noches de sueño protegido, en pleno centro, en el salón de usos múltiples del club F. C. Ferrocarril Sud de Olavarría. Cuando llegamos, ya había 15 bolsas de dormir, cuatro carpas sin estacas y tres colchones inflables. El lugar ofrecía dos baños de uso común, higienizados periódicamente por la mismísima Comisión Directiva. Nos confiaron, además, la existencia de un baño oculto. En una ciudad que colapsaría, teníamos bastante.
En el hall, dos viejos envueltos en frazadas se peleaban por ver a quién le tocaba ir a buscar agua para el mate. Escuchaban “Maná”. Vendían pajaritos de juguete. —Son tuqueras, nabo— me explicó más tarde Jorge.
El lugar tenía el tamaño de una cancha de básquet, bastante grande. Sobre el escenario de madera del fondo una familia había instalado su carpa: era lo más VIP a lo que se podía aspirar. Sobre las paredes laterales caían unas cortinas claras, sucias y pesadas. Nos instalamos cerca de la entrada, a la derecha. Pusimos nuestras 5 bolsas de dormir, perpendiculares a la pared, vecinas a las bolsas y a los cachivaches de los vendedores de tuqueras.*

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Camino hacia ninguna parte, mato el tiempo, escucho a una banda que toca temas de “Patricio Rey”, tomo una cerveza. Una furgoneta estaciona al costado de una plaza, es de esas que sirven para transportar productos congelados: carne, pollos, lácteos. Un “camión congelador”. La parte de atrás no tiene ventanas, apenas dos puertas que se abren cuando las miro, como por arte de magia. Adentro uno, dos, cuatro, siete, pibes grandotes, morochos, musculosos, ardientes, borrachos, fumados, amigos del freezer. Se ponen de pie y, sin abandonar la caja de aislamiento térmico, saltan y cantan: “oh, soy redondo, es un sentimiento…” La furgoneta les sigue el ritmo, se balancea de izquierda a derecha, feliz.

Los temas que suenan son ricoteros, pero también se escuchan consignas políticas más explícitas. Olavarría rebosa de gente, se trata a todas luces de una fiesta popular. ¿Nacional y popular? Branca Coca $300 Macri gato. La calle, la ciudad entera, es como una gran pancarta. Incluso, el límite entre lo público y lo privado se transformó en una línea ancha y difusa, con gente acampando en las plazas, salones y jardines, vecinos que extienden el límite de sus casas sobre la vereda para vender choris o cerveza. El espacio público es un lugar de disputa, siempre. En la penumbra de sus formas se desenvuelven todo tipo de intereses contrapuestos: baño $20 ducha $50 recarga de celular $15, alquilo vereda.

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LA FIESTA. EL RECITAL. LA CEREMONIA

La ciudad estaba invadida por miles de desclasados. Miles. Chicos y chicas tomando fernet en botellas de plástico cortadas por la mitad. Muchos más chicos que chicas. 30 70, para Jorge. 25 75, para Lucas, Mauro y el Gallo. Yo no supe decir nada. Chicos con caras crudas, idos. Chicos de la popular, visitante o local, de zonas feas, de zonas peligrosas. Chicos de mal ambiente. Chicos de los que te hacen cruzar la vereda. Trapitos, negros, cabezas, monchos, villeros. Pungas y rolingas. Pibes del conurbano. Grasas, borrachos, faloperos. Desempleados, precarizados, repitentes, changarines, chicos con planes. Madres y padres solteros. Con sus bebitos sin futuro en sus cochecitos sucios de migas y yogur cortado. Gastaban sus últimos pocos mangos en comida de mierda, faso, fernet, coca cola, cocaína y birra. Bailaban, cantaban y me daban la bienvenida. Amigo, cheto, campera, dibujante. Yo llevaba mi cuaderno, me sentaba a dibujar lo que veía y me rodeaban como moscas interesadas y divertidas. Tenía puesta una campera entallada, creo que se dice así, canchera, de Bensimon. Me la regaló mi vieja, marrón, como de cuero. El Gallo me miró y me dijo: “sos el único tipo con cuellito, en todo Olavarría”. Esta era la fiesta. La recepción. La previa del apocalípsis.*

Olavarría o el vacío 04Los recitales de “Los Redonditos de Ricota” anticiparon en mucho la versión popular del Himno Nacional Argentino que se corea en los Mundiales. Todo tema ricotero tiene su propio “oh oh oh”.

Al acercarse el momento del concierto, los ritos ricoteros se multiplican. No se trata sólo del final, de la comunión más grande del mundo, ese enardecimiento colectivo que llega cuando las piernas ya no te sostienen y una especie de fe delirante reactiva los cuerpos agotados. Mucho antes de que arranque el concierto, se canta, como en la cancha. Cuando “Los Redondos” todavía estaban juntos, el ritual era todavía más futbolero porque, aunque no había público visitante, las canciones iban contra el equipo contrario: “Soda”. Sonaba mucho un cantito que, tras la muerte de Cerati, todos recordamos con dolor. Había personajes que se repetían, como el falso indio que colocaba la mano sobre su boca y pegaba unos tremendos alaridos, o el paralítico heavy metal en silla de ruedas, en medio de todos los pogos. Antes de arrancar no faltaba, nunca, el “paredón paredón, paredón paredón, para todos los milicos que vendieron la nación”. En los 90, después del asesinato de Walter Bulacio, el cantito fue otro. Sonaba religiosamente: “yo sabía, yo sabía, que a Bulacio, lo mató la policía”. El himno ricotero por excelencia no tenía un tinte político: “olé olé olé, olé olé olé olá, olé olé olé, cada día te quiero más. Oh, soy redondo, es un sentimiento, no puedo parar…” Lo lindo era que la banda se prendía. Se trataba de un tema más, y sonaba varias veces en una misma noche.

Decir que no tenía un tinte político es un error: todo canto es político. El canto ricotero es político, de clase, una clase inventada: ni obrera ni burguesa ni alta ni media ni baja. O todas juntas. Es también saltitos de puños apretados, ojos entrecerrados, retozar eufórico y “ohh ohh ohh” en todos los temas. Es un alarido de alguien que hace reír a montones de gargantas desconocidas, aprovechando un momento de silencio. Es aquel tipo que estuvo todo el recital de espaldas al escenario, deletreando la letra de cada tema a su hijo de 5 años que lo miraba desde abajo, agarrado de la mano de su mamá. Es abrazarse con un desconocido. Es Jorge, que se pierde y lo encontramos al final. Desear que suene “Ropa sucia”. Montañas de zapatillas cuando el predio se vacía. Barro. El cansancio. Clavarse un chori. Dormir reventado.

Todo eso y todo lo anterior -y lo otro- se terminó en Olavarría.

¿Qué pasaría si se suspendiera de un día para el otro la Peregrinación a Luján? No más caminata, agua bendita, rezarle a la Virgen, ampollas en los pies, descanso en La Reja, promesas, ofrendas, éxtasis. ¿Y si los cristianos no recuperaban el norte de la Península Ibérica, en manos de los Moros, durante la Edad Media? ¿Qué hubiera sido de todos aquellos devotos de Santiago? No tengo dudas, se hubieran buscado otro santo. Un peregrino necesita desplazarse: hacia Compostela, Luján, Olavarría, Jerusalén o la Meca.

Ahora, para nosotros, el vacío. Necesitamos llenarlo. Ese vacío peregrino, rockero, santificado y popular. Es justo y necesario.

 

(todos los fragmentos marcados con * son de “Olavarría”, crónica incompleta de Esteban Serrano)




LA HORA DEL CORDERO

El cuidado del otro: Sobre el Indio

Por Néstor Grossi

YO SOY NADIE, EL MONSTRUO NO MUERDE MÁS

Sí, puede que cuidarse uno mismo sea cuidar al otro. Pero, desde cierto ángulo, cuidarse uno mismo es el pilar de toda anarquía. Cuidarnos entre nosotros era no llamar la atención de la poli, siempre ahí afuera, esperándonos, no responder a las agresiones y volvernos a nuestros barrios en paz. Todo eso lo aprendimos del Indio, que, después de veintisiete años renegando desde un escenario, logró adoctrinarnos.

Hablar de todo esto a tan solo un mes de lo sucedido en Olavarría no es tomar una posición. Yo no estoy en condiciones de analizar el “fenómeno sociológico” del Indio, ni de filosofar sobre el tema. De toda esa mierda ya tuvimos lo suficiente estos últimos días. La verdad, nada me sorprendió. Ni cómo lo despedazaron al Indio ni lo que pasó durante el show. Sólo me vino a la mente el recuerdo de aquel primer “Obras” al aire libre, un gran ensayo general de lo que serían las futuras misas o, como prefiero llamarlo: el primero de todos los rituales.

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EL INFIERNO, SIEMPRE ENCANTADOR. ESA NOCHE

La primera vez que vi a los Redondos fue el 27 de octubre de 1989, en “Satisfaction pub”, un cine transformado en un boliche rockero a gran escala, sobre Lima, a dos cuadras de avenida San Juan. Comenzaba la gira de “Bang bang, estás liquidado”, una serie de conciertos que pasaría por el Estadio Obras, por el Parque Sarmiento en un par de fechas y que volvería a Obras, en diciembre de 1990, para cerrar el año y terminar la grabación del nuevo disco. Menos el que hicieron en Uruguay, creo que no me perdí ni un recital de la gira.

La noche de Satisfaction fui con el bajista de mi banda de entonces: “Asistencia Kriminal”. Y sí, éramos punks. Pero “Los Redondos” nos volaban la cabeza y nos mandamos después de haber hecho una previa en mi casa con Lexotanil y Zumuva en tetra. Recuerdo haberme subido al 86, deambular por San Telmo; recuerdo una lluvia de botellas por la lomada, que caía desde la 9 de julio hacia los patrulleros que estaban estacionados sobre Lima. Recuerdo la entrada a las corridas y que los Redondos ya estaban sobre el escenario, recuerdo “Todo preso es político” y “La Vaca”, después de “Vamos la bandas”, perdí la noción de todo.

PicsArt_04-21-09.10.09Abrí los ojos en una celda, sin mi broder bajista y con un desconocido que dormía en posición fetal sobre el cemento y sostenía una foto arrugada del Indio, todavía con bigotes y corbata. Según le dijeron en la comisaría a mi vieja, me había desmayado en el baño del lugar. Lo que no le dijeron es que me habían metido en un buzón: andaba tan violento que quise pegarle al cana que me sacó las esposas. Y, aunque no le contaron nada de eso, mi vieja me cagó a trompadas mientras salíamos de la 16 y los putos ratis se reían de mí.

En Parque Sarmiento, igual, la misma mierda, salvo que no me mandé ninguna cagada, terminé en la 49 limpiando la taquería porque un imbécil muy zarpado, rompió la luneta del bondi y fuimos todos presos. No recuerdo de qué línea era, solo que fuimos directo a la comisaría, nos bajaron y ahí quedamos.

Al menos, ya había cumplido los 18 y nadie tenía que ir a sacarme.

SOLDADITOS, BRAVOS MUCHACHITOS

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La era de Patricio Rey en Obras duró apenas dos años. Abarcó el cierre de La gira de “Bang Bang, estás liquidado” a fines del ’89, y toda la de “La mosca y la sopa”, que finalizó en diciembre de 1991 cuando se despidieron del Templo para convertirse en una mega banda. Aquella serie de conciertos fue lo mejor de los Redondos y estuve en todos. Y, de todos, solo recuerdo las previas y los primeros temas. Después caía en trance como el resto de la tribu y aparecía, sin saber cómo, en mí casa. Sin embargo, hay un Obras que jamás voy a olvidar. Fue el primer concierto al aire libre de los Redondos ante unas veinticuatro mil personas que, por supuesto, desbordaron el lugar, no cabía un rolinga más. Esa noche la avenida Libertador pasó a convertirse en el patio trasero del estadio.

Era el cierre de la gira de “Bang Bang” y el comienzo del caos en el mundo de Patricio Rey. Llegué a él en un bondi de línea que venía de otra realidad, donde la gente bebía y fumaba, donde los civiles no tenían lugar y donde todo el mundo alentaba a los golpes, tres cantos a los redondos y uno al chofer, hasta bajar en Belgrano, que ya estaba bajo el mando de las tribus y sus banderas.

En un bar de Juramento pedimos hielo para el vino. Doblamos por la avenida y nos unimos a todas las columnas que avanzaban por Libertador entre las explosiones de los tres tiros, los cánticos y los trapos, que empezaban a alzarse a medida que llegábamos rodeados de patrulleros.

Era el último fin de semana de los ochenta.

Esa noche del 29 de diciembre de 1989, fue el primer ritual, la primera de todas las misas y el primer concierto masivo de Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Habían montado el escenario a un costado del estadio cerrado, sobre la cancha de hockey del club. Me veo correr por el campo hacia adelante, hasta chocarme contra la valla de madera que nos separa de una estructura de caños gigante, veo un malón de gente y el Chelo que gritaba: “trepemos o nos matan”. Así como nosotros, cientos comenzaron a trepar entre los caños.

Los-Redondos

La noche empezaba a caer sobre el estadio y de los Redondos, nada. Sólo aparecían los plomos para pedir que se bajaran del escenario o la onda no empezaba… Pero era imposible. Yo estuve ahí, parado sobre un caño de metal y sosteniéndome de otro para no caer. Cuando me daba vuelta para mirar, hacia atrás solo veía un mar de cabecitas, incluso sobre los puestos de comida, que debieron cerrar.

Cuando el Indio y Skay aparecieron en escena, todo comenzó a temblar en medio de la ovación. Literalmente. Me sostuve fuerte y traté de cubrirme el oído izquierdo con el hombro. Tenía toda una columna de parlantes a un costado y a los Redondos, ahí nomás, frente a mis ojos.  A mis espaldas, dos metros abajo: las tribus, todas.

Y a medida que pasaba el recital, los monos no paraban de avanzar, de colgarse por los caños y trepar. El Indio ya no sabía cómo pedir que se bajasen, que no transformásemos una fiesta en una desgracia.

Entre tema y tema, pasaba una eternidad.

Yo estaba tan cerca que veía a la Negra Poli gesticular al tiempo que hablaba con el Indio y con Skay; algo pasaba, estaba todo mal de verdad. Había tanta gente sobre el escenario y colgada de la estructura de hierro frontal que los caños se doblaron y todo quedó en un leve pero molesto plano inclinado.

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La Negra Poli se acercó hasta el micrófono del Indio y fue al grano. Si se venía todo abajo no iban a poder seguir tocando. Los Redondos hacían un tema más y se iban al entretiempo. No sabían si iban a volver, la continuidad del show dependía de nosotros y de que el escenario soportase. Lo repitió unas veces. El Indio la siguió, se lo veía furioso. Skay se plantó en su costado del escenario y le dedicó a los idiotas un solo híper agudo y largo, que terminó en “Aurora”. Pegaron no recuerdo qué tema y se fueron sin despedirse ni advertir nada más. Las luces del estadio se encendieron todas. Desde los parlantes, una voz en off pedía a la gente que bajase de a poco del escenario o no podría continuar el show por motivos de seguridad.

Yo no podía más, los Redondos no volvían, me dolían las manos, me dolían las plantas de los pies de estar parado en un caño y, por sobre todas las cosas, necesitaba un maldito pucho y mear. Teníamos que aprovechar que la monada empezaba a bajar, le dije a Chelo. Debíamos de estar a unos dos o tres metros del suelo, me contestó… Hice un par de señas a los de abajo, grité. Y, entonces saltamos.

Una vez en tierra, nos sobró el tiempo para recomponernos como personas: meamos hasta el dolor, bebimos litros de agua del pico de las canillas y nos armamos el primer puto porro desde que habíamos llegado. Nos fumamos un cigarro tras otro sin poder creer que habíamos estados colgados ahí, en ese escenario torcido que se mantenía en pie de milagro.

Después del entretiempo más largo de su carrera, los Redondos volvieron sólo para conformarnos y que no terminase todo en una catástrofe peor. Hicieron unos cuantos temas y cerraron el show como siempre, con un Indio que pedía desconcentrar en paz porque afuera estaba la mierda esperándonos. Y, como siempre, se fue con el deseo de un buen año y una buena década, “no nos olvidemos de nosotros” dijo. Y desapareció.

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Todo terminó en un clima de mierda. De no ser por los talibanes que no paraban de agitar, el resto de las tribus se retiraban inconformes, faltaron temas, faltó buena onda. La gente empezó a dar vuelta los puestos de comida, de helados y gaseosas. Había algunos drogados que reían con tiras de chorizos alrededor de sus cuellos, con bolsas transparentes de hamburguesas crudas y otros que repartían latas de Pepsi y helados entre la gente.

Afuera, sobre la avenida, todo era un caos de rolingas que intercambiaban sus botines. Los Torpedos, Llolipops y alfajores helados eran free porque se derretían, pero la gaseosa serviría para el vino. La carne era carne. Y, nosotros, la generación de genios que daría a luz la cumbia villera y el rock barrial. Ahí estábamos, en plena acción; peposos y empastillados, todos fumando para nivelar mientras nos dispersábamos en busca de alcohol por una avenida arrancada de este plano. El Chelo encendió uno mientras yo terminaba mi segundo Torpedo de limón, cuando un vago con una remera de “Oktubre” y una larga tira de choris al cuello se acercó para manguearnos una seca. Odio que me pidan una seca y se lo dije, una seca no pega: se pide una fumada, así que lo invité. Nos convidó un vino con Fanta caliente y, en una esquina, le cambié un bagullo de dos o tres fasos que me quedaban por la tira de chorizos.

Entre mi amigo y yo, apenas si llegábamos a un vino y a un paquete de cigarros. Nos perdimos por Libertador hacia Belgrano, conocíamos un kiosco que vendía birra toda la noche cuando había conciertos en Obras. El chabón que atendía, al vernos en ese estado y arrastrando con nosotros 24 choris unidos x un hilo, nos dio la mejor la idea de la noche. Una hora después, en una de esas parrillitas al paso que había sobre la vereda en la estación, negociamos 20 choris para el dueño a cambio de dos birras de litro, una porción triple de papas y dos choris para cada uno. Excelente.

A pesar de que aquella noche resultó todo mal, y hasta quizás fue el peor concierto de Patricio Rey, ése fue el primer ritual, un gran ensayo lisérgico de lo que serían las futuras misas ricoteras y la década que llegaba; porque los noventas comenzaron esa noche, cuando el Indio y Skay pisaron el escenario del estadio Obras.

LA PUERTA INALCANZABLE. ADIÓS A TODO AQUELLO

893d89abdc0a1c3d1e6c6d70154d41f1Después de aquellos Obras que duraron hasta diciembre del 91, fui a verlos una vez más, al Centro Municipal de Exposiciones. Una noche fatal, un lugar que no servía para conciertos, la banda sonaba mal, la acústica era una mierda y, a los costados, estaba lleno de columnas que no facilitaban en nada la salida. El lugar había colapsado; con La mosca y la sopa, los Redondos sonaban hasta en la FM 100. El público comenzaba a cambiar y cada vez eran más y más. Recuerdo salir del lugar sin tocar el piso, presionado por una masa de gente que se movía en bloque hacia una puerta que parecía no llegar jamás.

Para mí ya estaba bien, al menos, por un tiempo. Además, cada vez se ponía más denso el ambiente. Al descontrol, se le sumaban los robos entre el mismo público, las peleas de borrachos y, por supuesto, siempre la policía, para terminar de arruinarlo todo.

El cuidarnos entre nosotros del Indio ya comenzaba a dejar de causar efecto. En 1992 estábamos todos muy drogados y violentos, éramos los chicos malos. Y a mí cada vez me gustaban menos las multitudes, y no soportaba el bardo al pedo. Dejé de ir a ver conciertos de rock nacional en estadios. Con los Redondos fuera de mi escena mental y con los Violadores recién separados, solo me quedaban la Renga y Pappo.

patricio-rey-y-sus-redonditos-de-ricota-2246474w640La última vez que vi a los Redondos fue en misa, con todo el circo de la mochila y la carpa. Presentaban “Luzbelito”, en el Anfiteatro de Villa Maria, Córdoba. Uno de los mejores conciertos que vi y en un lugar de película. Todo fue en un clima de paz y amor, con gente que acampaba en las plazas y a los costados de la ruta, otros dormían en las veredas. No hubo destrozos ni peleas. El mensaje del Indio parecía haber sentado al fin y todo fue una fiesta antes, durante y sobre todo después. Fue la mejor despedida que podía llevarme y mi última postal. No volvería a hacer otro viaje. Además, esa no era mi onda ya. Ni siquiera iba a ver a la Renga, que también llenaba estadios.

09FEn Abril del 2000 las tribus coparon River, fueron dos shows plagados de peleas, navajazos y robos dentro del estadio, al mismo tiempo que los Redondos estaban sobre el escenario. De nuevo otra mala noche para el Indio que se la pasó puteando y amenazaba con cortar a cada rato. Los Redondos se despidieron de Buenos Aires con ese River a luces encendidas y con heridos de armas blancas.

Un año después, presentaron su último disco, en Montevideo, dos fechas que juntaron cien mil personas. En agosto del 2001, todo terminó en el Chateau Carreras, en Córdoba. La leyenda urbana de que los Redondos se separaban se hizo realidad: no era una banda para este nuevo siglo, ni para su gente.

Al año siguiente, el rock argentino comenzó a involucionar hasta convertirse en pura mierda.

PATRICIO DISCO SHOW

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Creo que el chabón sabía que ese era su último show, que entendía que ese público no era aquel de los ’90, se perdía control, esa no era la murga de los renegados. El público rockero ya no se revienta, al menos no con aquella maldad del siglo pasado. El descontrol está en otro lado. Durante los conciertos de su etapa solista, a pesar de la híper masividad, nunca hubo problemas de tachos y cabinas telefónicas encendidas. No había enfrentamientos contra la ley ni gente cortada. Todo era paz, amor y rocanrol. Sobre el escenario, un Indio que no tenia que cabrearse, que disfrutaba del show. Abajo, todo era vino, asado, banderas y marihuana. Quien haya inventado el termino “misa” dio en el clavo, la palabra del Indio era sagrada y, sobre el aire, flotaba cierto respeto entre la gente que antes no existía. Porque “los de antes” eran rituales, no tenían la liturgia de las misas. Sólo era sexo, droga y rocanrol, el mundo olía a santería barata y ahí estaba la cuestión. Todo eso había terminado.
PicsArt_04-22-12.39.27El Indio no tenia pruebas para pensar que algo podía salir mal, al menos no hasta unos días antes del show, cuando nada podía detenerse, cuando ya había gente acampando en el lugar. En los medios apareció un comunicado donde el Indio instaba a cuidarnos entre todos, advertía que podría haber infiltrados con malas intenciones. Nada nuevo para el público de siempre, el mensaje solo alertó a la mierda amarillista de la televisión que se hizo todo un banquete hasta el hartazgo, hasta que los forenses comprobaron que los dos muertos no fueron por asfixia. Lo de los medios se tornó repulsivo. No me imagino a un Indio Solari planear la muerte de nadie junto a su contador mientras bebían whisky y trataban de dibujar números para ahorrar gastos. No puedo imaginarme al Indio diciéndole a la productora “como sea, pero que salga”.

En tres décadas que llevo en conciertos de rock de todos los géneros, nunca vi a un músico preocuparse tanto por la integridad física y mental de su público. Lo que pasó en Olavarría fue una mierda donde el descuido personal y la mala suerte se dieron la mano para llevarse por delante lo que podría haber sido la despedida de una leyenda en vida. Entonces, al Indio le pasó lo peor que podía pasarle: sus propios demonios lo alcanzaron, había llegado la hora del cordero, el lobo seguía suelto y el bosque era suyo.
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