EL ÚLTIMO CALDÉN DEL DÍA

La queja: sobre Teresa Pérez, vida y poesía.
Por Josefina Bravo

 

Y YA PASA LA TARDE CORDELES DEL SILENCIO

“Como si fuera fácil decir con la misma voz
lo que tantas voces han callado”
T.P.

La poesía de Teresa lleva la voz y el sentir de una minoría cuya historia, con suerte, se aprieta en una línea de algún libro que, al pasar, menciona los desmontes en La Pampa, después de la ‘Campaña al desierto’. Por entonces, después del genocidio de la población originaria de la patagonia, se buscaba ampliar las tierras productivas y, al mismo tiempo, satisfacer la demanda de leña de Buenos Aires, donde escaseaba el carbón inglés, a causa de la Segunda Guerra Mundial. Esa gente que, en condiciones paupérrimas de trabajo, vivienda, salud y muchos etcéteras, se ocupó de hachar los montes, no figura en la historia que leemos en los libros.

Yo nací en el año ’47, en un horno de ladrillos, en un rancho de adobe. Me atendió una partera de Santa Rosa, se llamaba Justa Ibarra, una idónea. ¿Viste, donde está el Barrio Escondido actualmente? Bueno, a la izquierda, había una chacra donde estaba el horno. Mis padres eran horneros. En el verano, ellos cortaban adobes y hacían los ladrillos. En el invierno, hachaban en los montes y vivían en los toldos. Se hacía el pozo veinte centímetros para abajo, se ponían los palos y pasto, puna arriba. Un pozo con un techo de pasto puna. Era una cosa totalmente precaria, imposible de imaginar hoy. La pobreza era tan grande que yo no la puedo describir. No teníamos nada. Nada es nada. Ni cama, ni silla, nada. Era una cosa terriblemente miserable, que ofendía la dignidad humana desde todo punto de vista. Y, sin embargo, era así. A mí no me duele recordar. Me duele el aprovechamiento y la explotación de esa pobre gente, entre la que estaba mi familia.

 

TODO EL HACHERITO DE NIÑEZ SIN JUEGO

Estamos sentadas alrededor de mi mesa: Teresa, Luciana, Emilce y yo. Hace tiempo queremos conversar con ella sobre las hachadas y el rol de la mujer en los campamentos de familia, por la dramaturgia de una obra en la que estamos trabajando. La charla se va por las ramas a cada rato, hablamos de poesía, de música, de amor, nos cuenta anécdotas de Bustriazo y de Juan José Sena. Tomamos café con torta, reímos. Si no supiéramos, ¿cómo imaginar las condiciones en que creció?

Hasta los siete años, yo sólo conocía gente que se agachaba mil y pico de veces por día para hacer esos adobes, que después quemaban en la hornalla, en el horno. Y también veía gente hachar. Yo creía que el mundo era eso. Toda mi familia era hachadora, por parte de madre y por parte de padre. Todos vivían en el monte. ¿Sabés cómo hachaban las mujeres? En el monte era famosa mi abuela Ramona, porque hachaba muchísimo más que mi abuelo Francisco. Y mamá era famosa porque era muy joven y hachaba muy rápido. Ahí, cuando los chicos cumplían nueve años, ya salían con el hacha al hombro.

Caldén – Ph: Alejandra Gutierrez

Y, si no, pelaban los postes que habían hachado los padres, los descascaraban, ¿alguna vez vieron cómo son los postes de los alambrados? Yo todavía tengo una tía que vive en Buenos Aires Capital, dos por tres, viene. Si ustedes la quieren conocer y preguntarle qué hacía cuando era chica en el monte, ella les va a contar. Tengo 73 años, ella debe tener cerca de 90. Había unas sierras largas, largas, con unas empuñaduras en cada extremo, unas manijas con la formita de la mano. Entonces, Gloria agarraba de un extremo la sierra y Elba -la hermana- agarraba el otro. El caldén volteado, una nena de cada lado, y serruchaban. Los hombres grandes volteaban los caldenes y, con las sierras, las nenas los seccionaban. Cada una de esas secciones se llamaba rollizos, que eran cargados en los vagones de los trenes de carga de los pueblos. Al principio, eran sacados del monte en carros, un tipo de carretas muy grandes. Más adelante, los camiones buscaban los rollizos en el monte.

 

VIBRÓ MI LLANTO DE VARA LASTIMADA

Si no la devolvemos a su historia particular o a su poesía, Teresa inserta su relato en el contexto histórico y sigue. Ella es Profesora de Historia, ya jubilada. Se ríe y nos dice que enseguida se pone a dar clase. Nosotras, de todas formas, la escuchamos con gusto.

Yo estudié historia por el fracaso de no haber podido estudiar abogacía, porque tenía que ayudar en mi casa paterna. Estuve en La Plata, en Santa Fe, pero no hubo caso, no me daba el bolsillo. Primero estudié letras y dejé, porque le mostré mi poema “El último caldén del día” a mi profesora de teoría literaria y ella me dijo que no servía. Y yo me enojé con ella. Salí enfurecida.

Lectura de “El último caldén del día”

Una mimetización del sujeto poético con el caldén, en particular, y con la naturaleza en general. Es el árbol “como un cuerpo sin sostén, sin equilibrio (…) con su verde cabeza despeinada”.  Y, cuando regresa el hombre al toldo, después de su jornada de trabajo, después de dar tanta muerte, se la trae a cuestas en su propia sombra. Es que al hachar, se hacha a sí mismo. Como si el monte le devolviera lo que el hombre le da.

En otro poema, la sangre del hachero se vuelve verde; en otro, confiesa “me confundí espesura” y también “corrieron con mi sangre bracitos de pura espina sola”.

Caldén – Ph: Alejandra Gutierrez

Tanta mano-madera, olor en la piel, en la corteza, tanto compartir las inclemencias del tiempo en esa tanta soledad. “Decime en qué otoño morías madera”. Y, en ese ‘morías’, la muerte compartida.

Sí, es él y es el caldén. El hachero se iba muriendo. Vos imagínate, esos cansancios tan terribles, ese sudor, esa ropa transpirada. Venir a tu casa y no tener dónde bañarte. Es terrible. El capataz llevaba el agua en un tambor o, si no, vendía el agua un hombre que iba en un burro con un carrito atrás de dos ruedas. Eso era para tomar y para cocinar. Y te bañabas con un trapito.

DE PEDRO SILENCIO DEL MONTE

A mi mejor amigo, mi padre

Me pregunto qué regresabas
lloviendo una huella de hachadas al sol.
El gorrión más hijo fue dolor del monte
de tanto callarte cruzando la sal.
Decime en qué otoño morías madera
gimiendo en los pasos un llanto de barro.
Decime en qué luna fue verde tu sangre
quebrada de astilla que volvió a nacer.
Todo me silencia si te nombro solo
haciendo camino, bravura, sudor.
Decime en qué vino perdiste tu sombra
de camisa abierta hasta la mitad.
Decime en qué triste llamaste tu leño
cuando alguna noche me escuches volver.

 

 

ESTE VACÍO DE MUERTE CRECIÉNDOME EN LOS PASOS

Del monte, Teresa trae recuerdos de los olores, de los ruidos, de la cruda pobreza, del trabajo duro y tan exigido que, por tantos años, hizo su familia.  Así y todo, los poemas no son quejosos. Sí hablan del dolor, del abandono, de la soledad y la orfandad de esa gente.

Algunos textos referidos a las hachadas pueden leerse en “Vuelo Plural”, una publicación que hizo junto a otros amigos poetas. Pero es sólo una parte de su primer libro, inédito, “De las hachadas”.

A ese libro lo escribí cuando tenía 17. Y estuvo perdido, 30 años. Hay libros que han desaparecido de mi biblioteca de forma desgraciada, chicas, y de eso no me quiero ni acordar. Entre ellos, este. Y, bueno, lo recuperé hace dos años y medio o tres. Le falta un relato. Pero no me importa porque está todo. No se publicó: yo nunca pude volver a enfrentar esa lectura, a corregirla. Un día, Lautaro Bentivegna me hizo una entrevista. Me preguntó si tenía algo escrito sobre esa época y le conté de este libro. ¿En dónde lo tenés?, me dijo. Ahí, arriba de la mesa, le contesté. Lo agarré y leí uno de los relatos entero, de principio a final. Y qué pasó: yo lloraba y él se conmovió.

Dibujo de los toldos

Era la primera vez que lo veía y lo abracé. Ya te digo, no puedo enfrentar eso, es demasiado doloroso. Los relatos eran cuatro, uno lo perdí y tengo tres. Uno trata acerca de una violación en esas épocas, otro es un monólogo donde habla mi papá solo y el tercero se trata de la demencia de mi abuela Paula, que comienza cuando -en el monte- pierde a su hija más chica, Angelita. De hambre se murió mi tía, la hermana de mi padre. Entonces, mi abuela empezó a perderse, a perderse, a perderse y, bueno, se perdió para siempre. Imaginate. Ahí lo único inventado es que había gallinas, esa es una influencia de la lectura de los latinoamericanos. Qué gallina va a haber en el monte. No había gallinas ni perros, aunque la narración de la violación termina con un perrito. Y es tan doloroso, tan doloroso. Mi abuelo fue el que me contó todo eso. Y mi padre. Con médicos, con farmacéuticos amigos, averigüé si era posible que una persona se muriera de hambre así. Y me dijeron que sí. La cosa era que el capataz pasaba por el toldo a levantar el pedido, la mercadería: grasa de vaca, harina, yerba -no para tomar mate, sino para hacer el mate cosido-, tabaco, fideos y muy poco de una cosa que se llamaba tomaco, una especie de salsa envasada en una latita. Después, con la harina esa, ellos hacían tortas al rescoldo -arriba de las brasas, del fogón-, porque obviamente no había cocina.

Ph: Alejandra Gutierrez

Carne no comíamos porque no se podía cazar. Prohibido. Los patrones de las hachadas impedían que hubiera perros, decían que los hachadores salían a cazar piches a la noche y, después, no trabajaban. Así que también es un invento que había perros. Los que mandaban en los obrajes eran los capataces, no el dueño del campo. El dueño del campo no tenía nada que ver. Quería que le desmontaran sus tierras para sembrar, algo lógico. Pero no trataba con los hachadores. Los capataces pagaban y hacían los pedidos de mercadería. Una vez, el capataz fue al toldo de mis abuelos y mi abuela le encargó el pedido, viste. Entonces, el capataz le dijo: “Paula, pero ustedes no tienen nada hecho”. ‘No tienen nada hecho’ quiere decir que no tenían leña, hacía una semana que no hachaban. Había unos fachinales tan inmensos -unos yuyos altos y con espinas-, que no se podía entrar al monte, por eso, no habían hachado. Primero, se tenía que sacar todo ese fachinal. Y, al no tener el producido de la leña, el capataz consideraba que mi abuela le debía a él. Bueno, a raíz de eso, de estar tanto tiempo sin comer, todos se agarraron cursiadera.

Dibujo de un toldo

Esa palabra usaron mi papá y mi abuelo. Diarrea, sería. Entonces, estaban todos tirados en los toldos, en los trapos. No había camas ni nada. Mi abuelo y mi padre no se habían enfermado y seguían trabajando con el hacha y con el asunto de los fachinales esos. Y, bueno, así estuvieron más de una semana. Cayó de vuelta el capataz y mi abuela le pidió, por favor, que le diera algo porque se estaban muriendo. El tipo se asustó y le llevó harina y grasa. Entonces, lo primero que hizo mi abuela es poner la grasa en un tarro grande. Ella hacía unas cosas que se llamaban torrejas. Según me explicó, eran unas tortas gorditas de harina. Y era tanto el hambre que las primeras tortas estaban crudas. Como la que andaba más jodida de salud era la nena, mi abuela le dio esas torrejas y la nena se agarró un empacho, como se diría en ese tiempo. Y le cayó mal, le cayó mal, le cayó mal… y  estaban a 18 leguas. Hasta que llegaron al Hospital Lucio Molas, imagínate vos que la nena se murió. Por eso, ese relato termina con mi abuela ya loca, ya demente. Decía: “Yo sé bien que fueron las torrejas”.

 

YO NO QUERÍA ESTA DESOLACIÓN DE TAPERAS

En los poemas, se reitera la alusión a la espalda: la fuerza, el sostén. Y, también, la figura humana vista desde atrás, donde distinguir el rostro -que da la identidad- no es posible. La espalda, porque hay unos ojos que miran sin ser vistos, sin ser tenidos en cuenta, sin ser reconocidos.

La espalda es el soporte de todo trabajo y también, de toda abrumación, de cosas que te pueden pasar en la vida. Es como una mochila que llevás ahí arriba, mochila de angustia, de soledad, de des-alegrías. Y también de alegrías, que son menos. 

Ph: Alejandra Gutierrez

Gente de cabeza agachada, que lleva en su mirada gris la tristeza del monte. Gente de “sordos pasos en la huella”, sin voz, sin posibilidad de ser escuchada a causa de, como dice el poema: “la poca huella debajo de mis suelas”. El silencio, la invisibilización, eso cuentan los textos de Teresa. ¿Para qué? Para devolverlos a la historia que los dejó olvidados, porque no es posible reparar sin nombrar, sin contar su existencia.

Esto no está estudiado. En todos los libros acerca de La Pampa, apenas está tocado. Capaz, sale una foto de un vagón cargado con rollizos, pero nadie nunca habla de la gente. Salvo Pepe Prado, de Pico, que en “La fiebre del caldén”, unos artículos del año ’43, contó lo de Ingeniero Foster, donde había obrajes de hombres solos.

QUÉ SOLO ESTUVE, QUÉ SOLOS ESTUVIERON MIS HERMANOS

Desde antes de mis hijos que vendrán entre las piernas
como alientos desflorados de caldén (tallosa el alma)
traje un gredal-astilla-de-hacha (mojada la cintura).
Desde la tumba vuelta abajo sin umbrales
bajaron las pestañas del amor, ojos de vino,
y tibios se enterraron los huesos de tanto abuelo mío.
Desde la poca huella debajo de mis suelas
retumbó el dolor a ramas secas (pura noche).
Me confundí espesura y pude ver las alas verdes
del tizón escapando sin vida en las hogueras.
Pude ver de tanto, nada.
Y todo era tan nunca…
Pero sobreviví a la muerte acobardada de cobardes
y corrieron con mi sangre bracitos de pura espina sola.
Y ardí en un niño arañando estómagos amargos
con rescoldos sin sal, rota la harina en la ceniza.
Traje también una bolsa de piel llena de espanto.
Era la vida.
Siempre de atrás o volviéndome la espalda
me mostró qué solo estuve,
qué solos estuvieron mis hermanos
callando tanta noche-madera en la garganta.

 

Porque lo callado vive en el cuerpo: “vine huérfana con una herida abrazándome los ojos (…) con una procesión de cabezas, todas grises, / inclinadas de humedad en los inviernos”. Porque el dolor llaga, de generación en generación, se hace sombra y lo tiñe todo.

Ph: Alejandra Gutierrez

Por suerte, existe la palabra para decir que -entre ese montón de hachadores y hachadoras de La Pampa- hubo una Ramona, un Pedro de Lugo, otro Pedro hijo y padre, un Olivio, una Paula, una Cuantuarencia -la única-, a quien llamaban Pampa. Una Angelita, que murió de hambre en el monte. Teresa se encargó de darles voz a los callados, de devolverles la identidad. Y, al nombrarlos, los inmortalizó en sus poemas.

 

ABUELO MÍO

Para Pedro, de Lugo

Quiero que vuelvas más allá
de los opacos llantos olvidados
que se han muerto desde siempre
antes de golpear hasta mi puerta,
más allá de tu haber sido solo
cruzando tantos soles sin domingo,
que alces la lluvia entre tus brazos
y enarboles el cansancio como entonces,
cuando adorabas la sangre atardecida,
media medalla hundiéndose en el horizonte,
cuando un duelo de hachas inclinaba la cabeza
señalando que terminaba el día. Que otro día…
Que cruja a tu manera la sopa caliente en los inviernos
entre platos de aluminio, el pan de anteayer
y una escoba levante polvillo en la cocina.
Quiero que seas la sonrisa triste, abuelo mío,
con la camisa ceñida en una faja
y un poco de dolor en la cintura.
Quiero que vuelvas y me digas
dónde está la sombra de tus dedos
guardando el tabaco amargo,
dónde la abolladura de tus manos
metiéndose en la niñez de mis cabellos,
dónde el pañuelo negro delatando
la ausencia de Paula hace diez años.
Abuelo mío, quiero que respondas,
o es que debo suponer que para siempre
elegiste enterrar junto a una cruz de palo,
que el viento por ser tuya hizo de arena,
aquel invierno, las palabras y la vida?

 

 

CRUZANDO LA TRISTEZA DEL ASERRÍN AL BARRO

Nosotras somos cuatro hermanas, pero dos hermanos murieron en el monte. Los varones mayores. También, a falta de salud, de miseria. Murieron muy chiquitos, uno tenía dos años y el otro era más chico. Fue antes de que yo naciera. Cuando nos vinimos a vivir al horno, ahí al lado del escondido, era increíble. Yo escuchaba que nunca más íbamos a volver al monte. Decían eso. Y, al final, todos los inviernos teníamos que ir a parar a ahí, porque los ladrillos se hacían en verano. Después, mi padre decidió comprar un terreno en unos descampados: un rancherío -al final, final, final- de lo que es hoy la calle José ingenieros, en Villa Santillán. Él hizo semejante sacrificio y compró una casa que no tenía ni puertas ni ventanas. Ahí vivíamos.

Desde esa casa, yo iba a la escuela 180, que está en la Roque Saénz Peña. A la escuela fui ya grande, porque a mí todo me llegó tarde. Yo le enseñé a leer y a escribir a mi papá. Y mi papá, a mi mamá. Ella, ya como de 75 años, iba a la escuela. Mi mamá siempre fue una luchadora, pobre. Después de trabajar en los montes, trabajó de sirvienta. Hasta que agarró para limpiar pisos y servir café, ahí, cerca del barrio escondido, en un galpón que se llamaba Remecó. Ahí se jubiló. Un trabajo re piola.

Pampa, la mamá de Teresa, falleció el año pasado. Nunca quiso hablar del monte y  de las hachadas. Todo lo que supo Teresa lo escuchó de su padre y de su abuelo.

  

QUE NO VENGA OTRA NOCHE A SER MUERTE

Entre té, café, música, torta y charla, le preguntamos a Teresa qué poeta la deslumbró. Y, sin dudarlo, nos dice: Bustriazo. Ella compartió con él, porque los papás de sus amigos eran policías del Territorio Nacional -cuando La Pampa todavía no era provincia- y trabajaban con Juan Carlos, que también era telegrafista. En esa comisaría, pasaron a máquina ese primer libro inédito “De las hachadas”. Ella jamás había visto una máquina de escribir. Y, cuando le preguntamos en qué momento empezó con la escritura, nos dijo: desde que aprendió.

Yo fui muy lectora desde que empecé a leer. La primera vez que vi un libro fue en la escuela 180. Yo era una nena sin instrucción, pero no sé por qué me daba cuenta de todo lo que pasaba, lo percibía. Si me querían esconder que uno le había pegado una puñalada al otro, yo sabía de qué se trataba. Porque yo viví muchas cosas, chicas.

Ph: Alejandra Gutierrez

Ver a una persona tirada, muerta por alcoholismo. A otro, colgado del techo de los ranchos de los hornos, suicidado… Después, también vi tirada a una mujer que tenía una pollera plato tipo escocesa marrón a cuadros. Y resulta ser que estaba muerta, la había matado el marido. Por eso, yo nunca soñé nada. Lo único que sí siempre soñé fue no casarme. Cuando tenía 13 años, le dije a mi tía Teresa que no me iba a casar. Y la tía me contestó -voy a usar las palabras que ella utilizó-: cuando tengas 18 años y te calientes con un novio, vas a ver cómo te vas a casar. Esa palabra usó, a esa edad yo no sabía de qué hablaba. No, tía, yo no me voy a casar, le dije. Uno de mis orgullos es que soy soltera. Y no tengo hijos tampoco.

La tarde se nos fue en un pestañeo. El sol ya apoyaba su panza en el oeste, cuando empezamos a levantar las tazas del té y los restos de torta, entre intercambios de libros y algún cd de música pampeana. Atrasamos un poco la despedida porque siempre queda algo más para hablar, ¿escuchaste a este músico?, ¿leíste a este poeta?,  ¿dónde consigo tu último libro? Cualquier cosa me llaman, chicas, lo que necesiten. Y es tan difícil reeler y editar todo esto, porque la Tere se merece el mejor relato. Y está su poesía, con la belleza y la tristeza del monte, con el dolor de quien muestra su verdad y queda desnuda. Pero, también, con la necesidad de contar para sanar, para que no vuelva a suceder, para hacer del mundo un lugar mejor.

Emilce, Teresa, Luciana, Josefina.

 

Nota: todas las citas y todos los títulos corresponden a poemas de Teresa Pérez.




LUMBRE

La confianza: sobre Aurestela Mini, poeta pampeana.

Por Josefina Bravo

 

MARÍA CONTROL

En febrero hice una lista de cosas a continuar o a comenzar este año, para ordenar un poco la cabeza y focalizar. Cada tanto -demasiado seguido, según mi psicóloga- reviso todo: ¿dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?, ¿es ese mi deseo?
Por si fuera necesario pegar volantazo y redireccionar.
Resulta que, esta vez, una mano invisible me cambió el rumbo. A mí y al mundo, claro.
Tenía pensado escribir sobre una poeta pampeana a la que llegué por casualidad. O no.

Y, ahora, con la locura que nos mantiene puertas adentro y la incertidumbre de no saber hasta cuándo, ¿por qué escribir o hablar de poesía?, ¿por qué recuperar a una poeta que publicó cuatro libros, tal vez condenados al olvido, o a sobrevivir en el boca en boca de quienes la conocieron o la leyeron en ese entonces? ¿Una poeta que aparece nombrada por otros poetas en internet, pero de quien ningún poema ni libro ni foto circula en la gran biblioteca virtual?, ¿a alguien le importa?

 

CARICIA DE LUZ

 

Aquí estoy,
como un pájaro secreto,
victorioso de esplendores,
existiendo en tus raíces,
agitada hacia el tiempo!

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

Aquí estoy, en el horizonte y la curva de luz
que forma mi soledad, tu desnudez y el miedo;
la curva de luz
que labra la sangre en el incendio de los días.

Mi dolor duerme en la sed de tu garganta,
bello y dulcemente triste,
demasiado tenue,
demasiado sal,
demasiado aire cristalino,
silbando en las heridas.

Me sobra la distancia que pones
entre tu sol y el mío,
el abandono de la tarde,
el eco fugitivo,
la quietud de la nostalgia;

y me refugio silenciosa
en la paciente costumbre de esperarte.

Así se presenta la poética de Aurestela Mini, en su libro “Manifiesto de la palabra”. Una dirección que aguarda la posibilidad de tocar, de alcanzar “eso”, siempre fugitivo: la poesía, el amor, el otre. “Eso”, tan parecido, tan cercano a la luz que devela, ilumina y, al mismo tiempo, enceguece. Que, como al sol, se puede mirar apenas unos segundos, antes de que duela, porque no es más que una “fuga brevísima y profunda / con que se va en décimas, la vida”.

 

URÓBORO

 

La luz herida
es piedra rota cuando canta.

Y en el tiempo de los relojes
son espejos de oro seco,
voluntad causal,
definitiva:
como el agua vacilante
que en mitad del viento
es orilla de mar, desflecándose en espumas.

Y aún así no acabo de entender

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez


la memoria de los muertos,
su región inaccesible,
el horror incomparable;

ese otro sueño, la vigilia,
que me juzga y me mira,
desanimada y sonriente,
junto a mi sed y el frío.

Y, a pesar de sangrar la herida fundamental, su búsqueda nunca cesa. No merma el deseo de gotas de luz, en una silenciosa espera entre fogonazo y fogonazo. Porque allí también está la sal, el sabor perdido en la cronología. Por eso el anhelo de volver, como una ráfaga, donde “Sólo es instante (…) instante que murmura lentamente hacia la vida”. Pivotea la escritura entre linealidad y ese inasible fuera de tiempo, en un perpetuo círculo, donde lo extraordinario sucede para repensar lo habitual, en un intento prosaico por vencer el olvido.

 

Desde una misma distancia
espaciosa, como la vida,
rueda el peso de una lágrima.

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

Imposible contar sus ciclos,
su vuelta sobre vegetación y piel.

Es la lluvia en todas partes,
faena turbulenta
puerta que me abre hacia el regreso
y me ubica extrañamente en la nostalgia.

Y así, en esta fábula que vivo,
más allá de mí misma,
un objeto de arte
o la postal que desempolvo,
son el silencio que espera
el largo plazo del olvido.

 

LES OTRES

Hace unos años, Sergio De Matteo me invitó a una cena poética en su casa, donde compartimos lecturas y miradas sobre la poesía y la escritura, con un grupo de gente que ronda esos temas, aquí, en la provincia. Gisela Colombo cocinó unas pizzas y el resto llevamos bebida. Era noche de tormenta. Diluviaba. Las calles parecían piletas de natación y la luz blanca de los rayos iluminaba las lecturas y la charla.

Después de ese encuentro, se sucedieron otros: en mi casa, en lo de Lisa Segovia, anduvimos la ruta 35 rumbo a Castex y allí nos recibió Susana Slednew. Visitamos la casa de

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

cuento de Águeda Franco en Pico y tuvimos algún encuentro poético en el  “Centro Cultural de Ida y vuelta”, de Anguil, donde el anfitrión fue Sergio Mirabelli. Las reuniones se multiplicaron y llegamos a encontrarnos una vez al mes, la cita siempre era alrededor de la poesía. Y la comida, claro.

Con mucha de esta gente y más, hicimos recitales en bares y casas de Santa Rosa, donde compartimos escenario con talentosísimos musiques y artistas visuales de La Pampa y hasta viajamos a Madryn un finde largo de noviembre de 2018. Allí, participamos de rondas de lecturas con escritores locales, comimos cordero patagónico, nos fuimos de peña, turisteamos, algo de playa y terminamos con un recital de poesía y música en el teatro. Tomá mate.

Pero fue en mi casa de Santa Rosa, en uno de esos encuentros poéticos, donde escuché por primera vez un poema de Aurestela Mini, en la voz de Mario Lóriga. Un tiempo después, Miguel Lell, que había participado de esa reunión, me regaló un libro de la poeta: “Manifiesto de la palabra”. Una edición del Fondo Editorial Pampeano de 1996, donde no hay biografía ni foto de la autora. Solo un nombre. Y su poesía, claro.

 

Y apenas esto: pájaros de Luz en la tormenta,
fúlgidos trazos de Luz pobre,
golpeados,
caídos, y vueltos a surgir
en busca de todo esplendor,
de todo misterio…

… pájaros de luz
que tocan la fragilidad fugaz de la alegría,
y expectantes, crean con sus trinos,
la imagen jubilosa de la divinidad.

Pobres pájaros de luz pobre
heridos en el atisbo de ser sí mismos,
que se pronuncian transgrediendo sus raíces
y son la máscara de la más alta soledad,
rodando inaccesibles.

Pobres pájaros puestos a utilizar fugitivos
la realidad fragmentada de otro tiempo,
y resultan el cansancio de largas travesías
o la esperanza que calma
la sed y el sol del gran desierto…

Y en este acontecer de pájaro-luz,
en esta consecuencia de SER
está la PALABRA…

                              …”Y en el principio fue el Verbo”…

 

SUAVE VIENTO DE CIELO

Una constante en la poética de Aurestela es la luz. Un poema dice: “Aquí estoy, en el horizonte y la curva de luz / que forma mi soledad, tu desnudez y el miedo”. La luz aparece como posibilidad, justo en medio de tres elementos que vuelven al texto y a su interlocutor, vulnerables. Ahí, entre la fragilidad de la ausencia de otres, el despojo de toda máscara o simulación y la angustia que la vulnerabilidad supone, hay una curva, un movimiento que se aleja de la dirección recta o esperada, el resplandor de un horizonte distinto.

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

Y si la luz alumbra y da visibilidad, entonces, ¿qué, si está dañada, teñida de sombras? ¿Qué, con su claridad? Cuando esa luz dice -o canta- lo hace con una voz lastimosa, quebrada: “La luz herida / es piedra rota cuando canta.” Mas no calla, porque siempre hay posibilidad en la palabra.

En otro poema, la luz es en pájaros que avanzan la tormenta, vuelos que caen y se alzan, en su intento de tocar “la fragilidad fugaz de la alegría”. Y dice: “Pobres pájaros de luz pobre”, se apena de la insistencia que desestima su propia debilidad, esa incapacidad de atrapar aquello que buscan. Y, sin embargo, quizá en la búsqueda, esté la posibilidad de saciar la sed y el desierto, el deseo y la soledad.

 

ARMONIOSA CADENCIA

Mas la luz no descansa en el plano virtual de las palabras, se hace cuerpo para nombrarla a ella: “Aura” significa, entre otras acepciones, “hálito, viento suave, apacible”; y, en cuanto al término “estela” entre varios significados, posee uno que se refiere a “señal luminosa que aparece en el cielo”, escribe la profesora Diana Irene Blanco.

A ella la conocí a través de este grupo de poetas con quienes solíamos reunirnos y encontrarnos en presentaciones de libros y otros eventos culturales en La Pampa. Cuando empecé a preguntar por Aurestela Mini y su poesía, un tiempo antes del aislamiento, me recomendaron hablar con Diana. Por eso, ya en plena cuarentena, la llamé por teléfono y ella me pasó un trabajo escrito donde leí:

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

Quienes tuvimos la oportunidad de conocer a Aurestela, compartir con ella lecturas literarias -conversaciones ocasionales que se tornaban al momento, con su intervención oportuna y profunda, en diálogos cargados de contenido- recordaremos que esta mujer de mediana estatura y actitud de recogimiento se agrandaba, crecía en su decir dulce, armonioso y a la vez contundente. Sin gesticulaciones, pequeña en su anatomía, esta poeta y su pensamiento claro, rotundo, se encargaban de dar espesor y altura a todo concepto que se trataba. Y, si leía poesía, su tono elevaba un simple poema hasta convertirlo en un gran texto. Porque ese poema se convertía con su cadencia vocal en oración, en plegaria.”

 

MUDANZA

En algunos poemas algo insiste en “el desvelo incesante del espacio-tiempo”. Se sitúa en el aquí y ahora del instante, pero consciente de la proximidad de los otros planos: el sueño, la virtualidad, el espejo, la magia, la muerte. Esos por los que “anda en vísperas”, a sabiendas de que rumbear mundos es oficio divino, es ir con el fuego en las manos, sola, con su propia desnudez y la chance de ser siempre la Otra.

 

Yo, la Otra,
la del ahora sin después
en la mañana que es eco
de tácitos amigos,
diferente.

Yo, la Otra,
en el desvelo incesante del espacio-tiempo
del espejo-sueño.
Con la magia de Proteo
ando en vísperas
el sueño de los muertos.

Yo, la Otra,
la “sin memoria” en la memoria solitaria
que dispersa el sol en los ocasos
de azogues fugitivos.

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

Yo, la Otra, la rara, la loca, la única,
que entrelaza su propia desnudez
a la Palabra anunciada,
nace de nuevo, invulnerable,
sin máscaras ni agonías.
Nace de nuevo, por el Verbo herida.
Ser la Otra, con toda la multiplicidad que eso supone y todas sus consecuencias. Saber que andar entre mundos implica renuncia. Por eso se vuelve soplo, aire, se funde con el mundo. Abandona toda corporalidad, toda individualidad, para estar allí, donde todo es simultáneo, donde los planos conviven. Y luego, volver a cruzar, renacida, a un tiempo que parece no haber transcurrido, pero es finito, vulnerable y maravilloso.

 

Intemporal y leve,
SOY la otra quietud del aire,
la otra dimensión pertinaz
que renace conjunción extraña
entre ser,
       perder,
       volver,
      encontrar,

Ph: Alejandra Gutierrez
Ph: Alejandra Gutierrez

y es este principio cósmico
el yo descarnado
es la lengua áspera del tiempo
renaciéndome,
en aquello implacable
de “todo verdor perecerá”.

Porque día tras día
alguien juega en mí.
Camino a su lado y empujo con su mano
la última puerta,
el último fulgor.

Y no es nadie.
Solo mi tercera ausencia.

 

MINIBIO

Aurestela Mini nació en 1941 en Sarah, un pequeño pueblo al norte y al este de la provincia de La Pampa. Vivió en varias localidades de la provincia, donde ejerció su carrera docente, heredada de padre y madre, hasta radicarse en Eduardo Castex en 1960. Allí vivió veinte años entre su profesión, la vida familiar y la literaria. Más tarde, se mudó a la capital pampeana, donde continuó su labor literaria en estrecha relación con la Asociación Pampeana de Escritores, de la que fue miembro y donde también ocupó cargos. Coordinó talleres de escritura, revistas culturales y publicó cuatro libros de poemas: “En el nombre de esta tierra” en 1980, “Sinopsis del fuego” en 1995, “Manifiesto de la palabra” en 1996 y “Desde los signos del sueño” en 2007. Unos meses después de la última publicación, en abril de 2008, abandonó finalmente este plano, a causa de una enfermedad terminal.

 

PERMANENCIA

En este contexto de aislamiento, no tuve oportunidad de ir a ninguna biblioteca para leer otros libros de Aurestela. Tampoco pude averiguar mucho más sobre ella. Solo accedí a un texto que escribió Diana Blanco para homenajearla, cuando pusieron una placa con su nombre en el Centro Cultural de Castex.

Ahí leí que el libro “Sinopsis del fuego” fue escrito después de que la hija menor de Aurestela se quitara la vida. Diana transcribe una frase de Aurestela durante la presentación de su libro: “(…) por ahí cuando la lean sientan que es una poesía triste o dolorosa. Para mí no, porque la muerte es un principio hacia algo que todavía los seres que estamos en la materia no podemos evitar (…) En cada palabra escrita en el poema, el amor permanece, el amor de ella y el amor mío.”

Pienso en el dolor, todes libramos distintas batallas. Y este contexto mundial, que nos atraviesa y nos pone en jaque. Los planes que había hecho para este año. Los planes de todes. El aislamiento, el trabajo, la falta, los encuentros alrededor de la palabra, del arte en todas sus formas, las reuniones familiares y con amigues. Lo que ya no, lo que tal vez. La falta de concentración, la vista cansada de tanta pantalla, el día que llama de afuera y no puedo salir, los poemas de Aurestela Mini rondándome. ¿Por qué escribir sobre ella? ¿Por qué insistir en que su poesía circule?

Le pregunto a Diana Blanco si tiene una foto de Aurestela. Me dice que no, pero unos días después me escribe contándome que consiguió el teléfono de Patricia, su hija. Entonces, la llamo, le comento que estoy escribiendo sobre la poesía de su mamá, le pido la foto.

¿Y por qué escribís sobre mi mamá?
Me emocionó su poesía… Y cuando quise averiguar más sobre ella o conseguir sus libros, no fue fácil, no encontré nada en internet y poca gente que me pudiera hablar de ella. Por eso quise escribir…
Si querés venir un día a mi casa, te presto los libros, te muestro los artículos que recorté de los diarios donde escribía, no tengo problema… Gracias, Josefina, me emociona mucho que escribas sobre la poesía de mi mamá.

 

Aurestela Mini, cortesía de su hija Patricia.
Aurestela Mini, cortesía de su hija Patricia.

 

Nota1: las citas y los poemas corresponden al libro “Manifiesto de la palabra”, de Aurestela Mini.

Nota2: Alejandra Gutierrez nació en Santa Rosa y vivió en Doblas hasta los ocho años. Luego, se mudó a Bs. As. y actualmente reside en Trenque Lauquen, aunque siempre siguió un contacto estrecho con La Pampa. Es Ing. Agrónoma, tiene un doctorado en Antropología y Comunicación y hace fotografía hace veinte años. Participó de muestras colectivas e individuales en el país y en el exterior. En la actualidad continúa capacitándose en fotografía y otras disciplinas.




TEMBLADERAL

La decisión: sobre algunos poemas de “No ves que estoy ardiendo?”, libro inédito de Sergio Mirabelli.
Por Josefina Bravo.

 

 “Un pecho donde reposar la fiebre o la tormenta”.


pescado

los poemas
son
al fin
pobres pescados
aleteando epilépticos y furiosos

rémoras grises donde antes hubo
peces de deslumbrante plumaje

y donde encontrarse
sino en el hotel barato de las palabras de su agonía?

la poesía se arranca la corona de amapolas

por eso
rasga
tus venas
tus párpados de barro
tu corazón frío como un plato
mendiga en el azul camino
un pecho donde reposar la fiebre o la tormenta

golpea
golpea
golpea
clama, gime
llama a dentelladas
hasta que el sol venga a lamerte las manos
como un cachorro vibrante

desviste tus muertos
danzando bajo el mediodía
porque en tu alma
nunca hubo silencio de ángeles
sino una sombra devorando tus heridas
de la cual narras historias
para excusarte
para mecerte

el poema es la estentórea canción de un ahorcado
sobre mareas de trigo
pasan autos circos nauseas trapos
y estudiantes con bolsas de nylon y una gacela muerta en los brazos
y él sigue allí, meciéndose en su opio

quiebra ciudad esos falsos cristales
quiébrame entre tus escombros
porque me supura en los dientes tanta vergüenza
tanto cansancio de mil soles

arráncame esta brillante suicidad
por donde naufragan viejos y humos y palabras
que caen a un mar de centeno en cenizas
ciudad:
madre de asfalto
madre de botellas rotas
madre de llantos verdes y astillados
escondeme bajo mis sonrisas mis gritos
mis circos mis lamentos

porque atónitas bestias somos
luciendo suntuosos pescados entre los dientes


 

La poesía de Sergio Mirabelli nace en la memoria gris de lo que fue color: “los poemas / son / al fin / pobres pescados / aleteando epilépticos y furiosos // rémoras grises donde antes hubo / peces de deslumbrante plumaje”. grafitiNo está en peces que nadan las profundidades, ajenos al peligro, a puro ostente de matiz entre aletas y escamas. No, la poesía está en la agonía del pescado, en el sacudón que intenta repeler la muerte. Bordear el fin, saber que un día se acaba, ahí está la clave para que el poema suceda: “y donde encontrarse / sino en el hotel barato de las palabras de su agonía?”.

Se desviste la poesía de toda luz y brillo para buscar un lugar donde continuar su temblor. Porque, después de la fiebre o la tormenta, el fuego puede crecer flores de belleza inaudita o puede el sol venir “a lamerte las manos / como un cachorro vibrante”. Y esta necesidad de muerte para fundar el poema termina por supurar en los dientes, de tanta vergüenza; por saberse capaz de soportar todo dolor, si existe la palabra donde reinventar la belleza.

ciudad

Esta muerte o agonía, siempre acompañada de espanto, a veces viene desde afuera, de otres que ejercen violencia. Y, en ocasiones, también aparece desde adentro: no hay nadie ajeno a la posibilidad de bestia.

 


en estos versos no hay nadie

desde aquí
donde se hundían mis raíces
para la alcanzar las flores tras el fuego

enredado
en el cordón del tormento umbilical
en los escombros de una poética agujereada

absurdo esclerótico y joven aún
con mi sutil desarreglo de los sonidos
apresando aun
instantes atroces detrás de la voz

desde aquí,
rumio mis últimas hierbas sombrías
y guardo en estanterías mis olores

porque no quiero morirme
con la lengua verde pegada
al cromatismo criminal del vacío

sin tocar el alma de ciertos hombres
sin que me salpiquen sus cabellos


 

El yo ruega sobrevivir al “cordón del tormento umbilical”, pide arrancarse la suicidad, porque quizás la salvación pueda estar en salir al encuentro con un otre, siempre a través de la palabra: “no quiero morirme / con la lengua verde / pegada / al cromatismo criminal del vacío // sin tocar el alma de ciertos hombres / sin que me salpiquen sus cabellos”.

Avanzan los poemas del libro inédito de Mirabelli y la visión sobre el poema muta. A veces, el poema se presenta como presa entre los dientes, otras como vehículo hacia el encuentro con un otre y, otras, como una presencia casi invisible que viaja y seduce al yo hacia una orilla.

 


vaso de mar

como un aroma blindado al amanecer
como una flecha ahogada y transparente

una flecha de humo
que danza entre autos y risas

salpico espuma
si vuelco el vaso
y derramo los peces
que brillaban como promesas en el fondo

late más fresca
la muerte con sus ojos de manzana en la orilla


 

Pero el viaje, al fin, es causado por el propio sujeto poético, en ese intento de alcanzar lo que irremediablemente se escapa: “salpico espuma / si vuelco el vaso / y derramo los peces / que brillaban como promesas en el fondo”. Así, el movimiento vida-muerte se vuelve vital. Dos caras, necesarias, de una misma moneda.

Dejar morir para ver nacer: “late más fresca / la muerte con sus ojos de manzana en la orilla”. La manzana como perdición y alimento, objeto de deseo y peligro. Como también son necesarios los escombros de una poética agujereada, hundir raíces en lo sombrío y, así, subir a la gloria del poema.

 

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(sin título)

han visto el reverso de la medalla
que muestran como una joya en los días de visita?

huele a aséptico espanto esta casa
a bestias traídas desde adentro

en la luz bajo los tilos
mi corazón como un pájaro palpitante


 

Pero esa no es la verdad única de las cosas, el movimiento también sucede a la inversa: “han visto el reverso de la medalla / que muestran como una joya en los días de visita?”, pareciera que siempre en el revés del brillo está el tormento. Por eso, aunque las bestias asomen desde adentro o desde afuera, la esperanza es dar vuelta el ruedo, encontrar la palabra: “en la luz bajo los tilos / mi corazón como un pájaro palpitante”.

Y aunque tanto el poema como el encuentro con un otre sean solo una salpicadura, un roce tan liviano como una flecha de humo, siempre incompleto, la decisión es ir hacia allí: el lugar donde volver a temblar, donde volver a sentirse vivo.

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* Los cuatro poemas y las citas son de Sergio Mirabelli, poeta de la localidad de Anguil, provincia de La Pampa.

** Todas las imágenes son de Lucas Nazareno Mora Leher, también pampeano. Su instagram: ponele_mostaza.

 

 

 

 




UN HOGAR POSIBLE

Lo inesperado: Sobre las pinturas de Simon Boyd.
Por Josefina Bravo

 

BROTES DE LUZ

Ya desde lejos, las pinturas de Simon Boyd impactan por la paleta de colores. Pinceladas enérgicas, estallidos de luz y tonos cálidos se desplazan hacia el centro de los cuadros, mientras los opacos y fríos se mueven hacia los bordes.

De cerca, aparecen con mayor nitidez pájaros, árboles, lunas, soles, arcoíris, nubes, estrellas y figuras humanas, entre otros.

Así, la paleta se combina con la naturaleza: renovándola y multiplicándola.

En algunas pinturas –por la claridad en los colores o por las pinceladas curvas- la mirada puede adivinar un gran círculo adentro del marco rectangular del cuadro, como si fuese un mandala.

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Bellum Infinitum

“Los mandalas son representaciones simbólicas espirituales y rituales del macrocosmos y el microcosmos (…) Mandala significa: óvalo, círculo sagrado, círculo encantado de un conjuro, halo alrededor de la luna o el sol, etc.”(1)

En ese círculo se concentra toda la fuerza del cuadro, sin olvidar la contención indispensable de los bordes: como valla y como trampolín.

 

UNO MÁS UNO NO ES DOS

Para sentir intensidad, hay que haber experimentado primero una sensación de liviandad o pasividad.

Para que la luz impacte, por contraste, también es necesaria la oscuridad. O, al menos, los opacos. Y Simon mantiene muy bien esa tensión. Primero una base de color con acrílico para, luego, dar textura y profundidad con el óleo: “Ahí es donde empieza el desafío –cuenta Boyd– porque el óleo es más lento y más impredecible. Es donde tengo que tomar más riesgos”.

Además, se percibe una visión panteísta: bosques, cielos, animales, astros y seres humanos están íntimamente imbrincados. Pueden discriminase pero, al mismo tiempo, se hallan enlazados a un movimiento onírico y divino, donde las formas se desdibujan o se superponen en un juego de mostrar y ocultar. Así, se pone en cuestión la verdad única de las cosas y se abre el sentido a múltiples interpretaciones.

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Mary’s Rainbow

Por otro lado, hay un intento de vencer lo inasible del tiempo en la insistencia de imprimir en el cuadro lo efímero del aletear de mariposas y colibríes o la corta vida del arcoíris. Y en la convivencia de lo efímero con lo onírico y con elementos más duraderos de la naturaleza como los astros, no sólo pone en duda la linealidad del tiempo, sino que apuesta a la superposición de planos en un mismo espacio temporal. Y lejos de imponer su visión en las obras, apenas la insinúa como una posibilidad, como una inquietud que, más llena de preguntas que de respuestas, sigue su movimiento adentro del cuadro.

 

ANDAR LA FUGA

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Purlieu

Recostada a orillas de unas aguas, una persona disfruta los juegos de luz y sombra del viento en los árboles, mientras la humedad de un aleteo encandila la vista y la piel escucha el borbotear lumínico del agua, que saluda al viento y sigue el nadar de los seres. Arriba el astro se esconde atrás de una nube. Y los rosados tornan violáceos, y éstos celestes y azules. Más atrás está el bosque, ¿la continuación del jardín? La persona despierta y el cuadro es la noche. Toda la luz es de luna y amarillea los verdes, los marrones follajes, las pieles desnudas, la mirada vuelta al astro. Hasta la noche atenúa su azul. Y el pájaro amarillo mira hacia otro afuera, ¿no cree en el encuentro? La escena cambia: todo es confuso, ¿dónde empieza y dónde termina el círculo? La respuesta es la aguja en el pajar, o mejor, la búsqueda. Hay un quiebre o el círculo da a luz muchos círculos, redondeles de todos los tamaños. ¿Y una persona está de cabeza?

How Does your Garden Grow?
How Does your Garden Grow?

Si se tira de La Tierra cae al cielo, al infinito, allí los círculos son órbitas pero también hay prismas, líneas de luz, cuadrados, geometrías estalladas hacia el centro, mientras la soledad de la nada y lo oscuro permanece en los bordes.

¿Dónde está entonces la persona? ¿En una habitación de paredes rectas y grises? ¿Bajo una cascada de agua fresca? ¿En el jardín?

Boyd recrea una y otra vez el jardín, se observa en la paleta de colores, en los motivos de su pintura, en los títulos de los cuadros…

Jardín: lugar donde se cultivan plantas.

Yellow Moon
Yellow Moon

Alicia, a partir de una búsqueda, cayó al jardín de las maravillas. Tom entró a medianoche.

Alejandra también quiso ver el jardín, lo concibió en su escritura. (2)

“Nos dimos / un jardín / en el beso”, dice un poema de Cecilia Pisos.

Claramente, el jardín es mucho más que una morada de plantas. Allí residen la magia, la expectativa, los deseos, los miedos, la infancia…

Cultivar: dar a la tierra y a las plantas las labores necesarias para que fructifiquen.

Algo maravilloso que también es parte de uno/una/une madura allí. Algo sin una definición muy clara, debe ser cuidado y alimentado.

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Northern Star

 

EL NO LUGAR

Es difícil separar la obra de Simon de su biografía. Él es inglés: nació y vivió la mayor parte de su vida en Londres. Allí estudió Bellas Artes y conoció a su compañera, de nacionalidad argentina, con quien tuvo dos hijos. Hace más de diez años viven en Toay, un pueblo de La Pampa, en una casa de campo rodeada de un gran jardín.

En una pequeña charla acerca de su obra, Simon comentó cómo, en sus composiciones, mezcla los paisajes de su tierra natal, los de la tierra adoptada y otros elementos que completan algunas ideas en los cuadros.

Hay quienes sienten el arraigo a su tierra como una raíz prolongada de sus pies. Otros descubren el desarraigo al alejarse, con la añoranza del clima, los sabores, los olores, los colores y la idiosincrasia de la tierra natal.

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Down by the Fall’s

Para Simon, seguramente el hogar sea aquel país donde creció y donde vive parte de su familia; pero también este, donde crecen sus hijos. El hogar oscila así entre dos mundos, como oscilan sus composiciones entre luz y oscuridad, entre lo efímero y lo duradero, entre mostrar y ocultar el decir.

Quizás aquellos que alguna vez estuvieron lejos de su tierra pueden entrar más rápido al círculo mágico que propone la pintura de Boyd, porque es allí –y en los sueños- donde puede convivir todo lo amado.

De esa forma, el cuadro termina por constituirse en el hogar más completo posible.

Entonces, ¿qué es el jardín?

“No es un lugar físico, es más bien un estado de ser. Un lugar seguro, de armonía, sin conflicto. Donde la naturaleza está cuidada de tal forma que se aumenta la belleza y se forma una especie de santuario… Es adonde trato de ir cuando pinto… Con el conflicto se aprecia el jardín con más intensidad… Creo que el jardín también es mi infancia.”,
reflexiona Simon.

Las obras de Boyd te invitan a pasear por el jardín: esa indefinición en alguna forma, esa posibilidad de leer el color, de sumergirse en la muchedad de la naturaleza y en la magia de la luz…

Caerse un poco del tiempo y de repente encontrar algo de uno/una/une allí, imbrincarse al trazo para ir hacia ese lugar no físico, ese refugio del que habla el artista, eso, ir y volver, tensión de contrastes, siempre, para la magia de lo inesperado.

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Stratosphere

 

(1) Definición de Wikipedia

(2) Referencias a “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol, “Tom´s Midnight Garden” de Philippa Pearce y a la poeta argentina Alejandra Pizarnik.

(3) Todas las imágenes corresponden a la obra de Simon Boyd.

 




EL UNIVERSO EN UNA GOTA

Los exilios: Sobre “Una presencia demasiado viva todavía en esta nada”, primera nouvelle de Miguel Ángel Lell.

Por Josefina Bravo.

 

FUERA DE FOCO

Ciudad de Santa Rosa, provincia de La Pampa. Es verano o invierno y hace un calor o un frío que raja la tierra. En una esquina de la Terminal hay una chica en ojotas o un chico en zapatillas. Qué importa. Los personajes de “Una presencia demasiado viva todavía en esta nada”, aparecen y pierden nitidez, quedan fuera de foco. Cada uno de ellos pudo haber sido otro.

Tal vez hubo una chica y también un chico. Y un bar en la esquina, de donde sale una pareja: “Ella tiene el pelo rubio y él es pelado. Quizá no, la oscuridad de la noche que está cerrada como nunca no deja ver colores de pelo, ni pelo siquiera ni si tienen puesto una remera de All Boys o de Argentino Juniors”(1). Lo importante es que el chico o la chica, desde esa esquina -en un barrio de una nitidez insoportable, de casas iguales, donde nunca pasa nada- ve caminar a un sospechoso y lo sigue. Y se convierte en testigo de un asesinato.

 

ADEMÁS, OLGA

Además, desde esa esquina donde está la Terminal de Ómnibus, sale un colectivo hacia Buenos Aires. Allí viaja un hombre solo, cuyo nombre y profesión no sabemos. El hombre en cuestión despierta en medio de la noche porque siente el aroma de una mujer desconocida. La mujer en cuestión duerme sobre su hombro. Y es nítida, extremadamente nítida: “Una mujer que tenía los ojos grandes y oscuros que se los resaltaban los lentes gruesos que siempre llevaba puestos. Su voz era ronca, pesada, pero tenía cierta melodía, una melodía insoportablemente parsimoniosa”(1).  Sus ojos, su olor, su voz son nítidos. Es, definitivamente, el personaje más consistente de la nouvelle. Y su descripción cuadra con la de Olga Orozco, o mejor, con su alter ego “Lía”, nombre con que ella solía escribirse en los relatos.Y el intertexto no se priva de su escritura ni de su poética.

 

IDENTIDAD MÚLTIPLE

A través de un narrador omnisciente los personajes desarrollan su voz.  Es decir, el narrador va y viene, entre voces. La prosa se vuelve una posta de diálogos y monólogos: “La pareja paga la cuenta, tienen dos café con leche y cuatro medialunas son msmsmbmásdoce treinta y cinco pesos chicos ahí tenés gracias vuelvan cuando quieran más vale que se apuren porque dicen que viene tormenta fuerte y acá cuando llueve llueve ok gracias no nos molesta mojarnos quedáte con el vuelto”(1). En otros casos, el mismo narrador deviene personaje. Pero cada comienzo de una nueva voz empieza con una frase de identidad múltiple, de identidad dudosa, frase que dice uno pero podría haber dicho otro.

Una situación puede mantenerse narrada sin el personaje que inicialmente la protagonizaba. O puede permanecer el personaje pero cambiar el lugar del hecho, la estación del año o el momento del día: “Un hombre está sentado en su escritorio junto a una ventana. Puede ser una mujer también. Puede ser no un escritorio sino otra cosa. Puede también estar abierta la ventana para que corra un poco de aire”(1).

"Yellow Moon" de Simon Boyd. Óleo sobre lienzo 2018.
“Yellow Moon” de Simon Boyd. Óleo sobre lienzo 2018.

Toda palabra, todo hecho vale para varios. Se hace evidente una poética filiada con la de Olga Orozco, “cada historia sucede en todas partes”(2), dice un poema de la toayense. Y Miguel Lell arremete, “cuerps que visten cualquier ropa cuerpos que pueden ser de cualquier nombre”(1). ¿Cuál es en definitiva la identidad real de cada sujeto? ¿Quién es yo si al momento de decirlo devine en una nueva persona?

No es azaroso que el personaje más nítido de la nouvelle sea el alter ego de Orozco, quien tanto en su trabajo periodístico como en su escritura asumió una gran diversidad de nombres. Y, además, desde su poética siempre aludió a la identidad múltiple: “Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras; desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscrita en el revés del alma”(2).

 

OTROS MUNDOS

En ese viaje desde Santa Rosa hacia Buenos Aires, Lía y el hombre anónimo despliegan realidades dobles, dimensiones múltiples. Y no sólo a través de la narración de sueños, donde alguien se ve desde arriba como si fuera otro o alguien es perseguido a través de un bosque y se tranquiliza en el propio sueño al reconocerse como sujeto onírico. Sino también a través de la escritura de un diario íntimo, donde la Lía adulta le escribe a una Lía niña del futuro. Y por qué no, en la conversión del narrador en una gota de transpiración sobre la cara envejecida del hombre del colectivo, que a su vez resulta ser Lía encarnada en esa gota: “Sé que sabrás que soy yo la que te recorro lentamente por tu frente arrugada tu frente y la curva de tu cráneo y recorro tu rostro rumbo a tus cejas blancas y giro y caigo ahora por encima de tu párpado cerrado y aquí me quedo un segundo para contarte que estoy acá que te des cuenta viejo achacoso que ésta soy yo soy Lía soy Claudia soy una sandía soy la quieras que sea (…) pero ni loca me desprendo de tu cuerpo esta vez”(1).

Lell plantea la multidimensionalidad de los devenires, la eternidad del instante plural y, al mismo tiempo, su fragilidad, la temporalidad a la que nos fuerza la muerte. Y, sin embargo, la posibilidad de desafiarla a través del sueño, la escritura, la presencia constante e innegable de los ausentes, entre otros. Así lo dice una de las voces de la nouvelle: “invento, realidad, ficción, sueño, cuál es la diferencia”(1).

"Purlie" de Simon Boyd. Acrílico y pasteles sobre papel, 2017.
“Purlie” de Simon Boyd. Acrílico y pasteles sobre papel, 2017.

 

IN-FINITUD

Al fin y al cabo, ni el asesinato, ni el enredo de voces, ni el encuentro de Lía y el hombre misterioso, ni el romance corto e intenso que viven, ni los sueños ni los miedos que tienen, ni la muerte de uno de ellos, ni la reencarnación importan: “Demasiadas muertes, demasiado nihilismo, demasiados hechos que no sucedieron siquiera”(1), escribe Lell. Porque todo argumento es una excusa para explorar el lenguaje y su realidad pararela. Una excusa para demorar el tiempo en instantes de eternidad, en intensidades que detienen la cronología dentro del transcurrir de los días: “como si no pudiera ya detenerse a observar porque todo pasa tan rápido tan tan rápido que la noción de lo que se hace se pierde y se pierde la conciencia de estar vivos de estar presentes en este instante en este segundo en esta frase en esta palabra”(1).

Todo es una excusa para liberar al yo de su siempre ser idéntico a sí mismo y ser parte de algo mucho mayor: “ver la oscuridad incesante de la noche y sus pequeñas pecas brillosas desparramadas en todo su esplendor y ver y percibir y llegar a sentir en un momento en el momento de máxima percepción de los sentidos en el momento justo en que tu voz se apaga de una vez y solo quedan los sentidos y sentir que todo gira el pasto de la plaza el agua de la fuente la flor en el piso las hojas de las acaricias todo absolutamente todo se está moviendo constantemente y poder percibirlo en esa inmovilidad de estar recostado en el pasto en esa demora en ese instante eterno que deja lugar sólo a la percepción a la exacerbación de los sentidos a la ausencia de pensamiento a la ausencia total de significados. La ausencia de yo”(1).

"Norther Star", de Simon Boyd. Acrílicos y pasteles sobre papel, 2017.
“Norther Star”, de Simon Boyd. Acrílicos y pasteles sobre papel, 2017.

 

DESAPARECERSE

Cae la gota de transpiración desde los rostros y desde las latas de cerveza y de Coca-Cola. Caen al piso los muertos y los personajes de un sueño. Caen al vacío o a un espiral otros personajes del mismo sueño. Gotea incesablemente una heladera y hay una gotera adentro de una casa. Cae la lluvia y cae un rayo. Y cada recurrencia de la caída se desprende de algo más grande que lo observa caer desde arriba. En un sueño “una mano emerge desde la arena sube sube y sube”(1), nace como si fuera una planta. De repente, otra mano llega desde lo alto y le arranca un dedo a quien nacía desde la arena. La mano lastimada sacude el dolor y se aquieta, pero enseguida vuelve a moverse y un dedo nuevo rebrota. En otro escenario, nace otra mano de la arena y llega una mano desde el cielo y la acaricia. Entonces, la mano de la arena agarra a la del cielo, se hunde y se lleva consigo aquello que asía, así las dos desaparecen en la arena. Mucho después, el texto retoma: “La mano que se llevó la otra mano debajo de la arena y con ella a la persona que tenía su mano pegada eran las dos la misma mano. La persona que estaba desde arriba acariciando las yemas de los dedos de la mano que estaba naciendo desde la arena era la misma persona que estaba naciendo desde la arena (…) ¿Y dónde están ahora? ¿y dónde estarán después? Cuando su mano deje de luchar contra su propia mano”(1).

La disolución de yo a la que alude Lell obliga a entender que también somos otro. Todos somos parte de esa totalidad y conformamos juntos un mismo cuerpo. Somos lo que cae, lo que mira desde arriba y lo que está abajo.

"Stratosphere", de Simon Boyd. Acrílico y pasteles sobre papel, 2017.
“Stratosphere”, de Simon Boyd. Acrílico y pasteles sobre papel, 2017.

La Lía del diario íntimo cuida sus palabras, mientras piensa en la Lía futura, la Lía niña que puede leer esas páginas. Hay una poética del cuidado del otro: quien daña a otro, se daña a sí mismo. En ese sentido, exiliarse de sí te vuelve un ser más empático: “Dejar de buscarte. Aprender a que no regreses. Desaprenderte para que no invadas espacios que no te corresponden. Lugares a donde nadie te ha llamado. Vienes solo porque vienes, porque está en tu naturaleza. Aprender a acallarte. Chau yo”(1).

 

DE UMBRALES POSIBLES

En varias oportunidades, la nouvelle apela a la idea de que un pequeño cambio, una leve inversión en la mirada, por más insignificante que parezca, puede modificar el rumbo de una porción de realidad más grande que uno mismo. El punto es poder cruzar el umbral, que puede aparecer como una puerta literal, como una frase que intermedia de una voz hacia otra o el momento donde un personaje “realiza una imprevista variante que todo lo cambia”(1). El umbral plantea un antes y un después. Es el momento del clic, donde hay una revelación. Y, en correspondencia con ese optimismo, el narrador asevera: “sólo una sensación vence al olvido”(1). Por eso la insistencia en demorar el tiempo en las palabras, de crear sensaciones a partir de la experimentación con el lenguaje. Experiencia apropiada, tal vez, del santarroseño Bustriazo Ortiz, a quien Lell rinde homenaje a través de intertextos y de gloriosas exploraciones sobre las posibilidades de la lengua.

Sin dudas, “Una presencia demasiado viva todavía en esta nada” es una nouvelle que enriquece el acervo cultural pampeano y, en consecuencia, el argentino. Miguel Ángel Lell también editó un libro de poemas visuales con el título “Insignificantes” y promete publicar la nouvelle antes de fin de año. ¡Atentos, lectores!

 

(1) Citas de “Una presencia demasiado viva todavía en esta nada” de Miguel Ángel Lell.

(2) Citas de poemas de Olga Orozco.

*Simon Boyd (1978) estudió Bellas Artes en la universidad de Middlesex, Londres (1997-2001). Después de su graduación continuó desarrollando su pintura mientras trabajaba como diseñador gráfico de DVD en su propia empresa en Londres. Simon reside en Argentina desde el 2007 donde sigue realizando su pasión de pintar. Sus exhibiciones recientes incluyen: Parallax Art Fair – Londres, Octubre 2018; ‘Enlaces’ – EKA & MOOR Gallery, Madrid, Marzo 2018; Central Street Gallery – Londres, Enero 2018; GESTA – Fundación ICBC, ‘Twist’ Galería de Arte, Buenos Aires, Diciembre 2017; ‘Canto de Polvo’ – Centro Municipal de Cultura, Santa Rosa, 2017; Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Argentina, Buenos Aires, 2016; ‘Mirá’ Feria de Arte, Buenos Aires, 2016, Buenos Aires 2014 y ‘The Jousters Banquet’, British Arts Centre, Buenos Aires, 2009.




LA LEY DE LOS PÁRAMOS

La orfandad: sobre la obra de teatro “Alta rusticidad”

Por Cecilia Miano

 

RÚSTICO POR DOQUIER

Santa Rosa, capital de La Pampa, abre las puertas de un espacio cultural, Centro de Artes, para que la obra “Alta rusticidad” tome cuerpo. El barrio tranquilo, más allá del centro, ubica la escena- casi por descuido- enfrente de una pintoresca iglesia. Los edificios vecinos susurran guiños de bienvenida, los autos se arriman a la vereda sin mucho artilugio.

Hacia el salón, el pasillo de entrada es atravesado por un cartel de anuncio:

“HOY ALTA RUSTICIDAD 20:30HS”

Los andares se desvían un poco hasta el pasto, porque en La Pampa el césped es raro, la sequía se inserta en los tallos, los vuelve duros y casi amarillentos. Los pocos pasos hasta la entrada anuncian la escena con luces blancas, muchas. Todos los integrantes del elenco esperan al público con júbilo tranquilo, los destellos son reales, los abrazos se sienten. Las sillas dispuestas se ocupan muy rápidamente.

 

AL SERVICIO DEL ARTE

La obra propone una comedia no tan tradicional de títeres, un teatro diferente con historias del oeste pampeano, sin su río, con todo el paisaje devenido en pobre y desértica tierra. Con añoranzas de lo que fue, el territorio se ha convertido en un lugar casi inhóspito donde se encuentran la poesía, el humor en modos propios del sentir de esta zona.

Oskar Kokoshka
Oskar Kokoshka

 

 

CANTO RODADO

El canto rodado es una buena metáfora de La Pampa: gastado por el paso de un tiempo de aguas, hoy rueda por la llanura sin mucho rumbo, en magnífica orfandad, de vez en cuando, el viento lo lleva un poco, pero su existencia es su ser piedra dispuesta al ruedo. Ahora es apenas tocado por el viento, que se apiada de su raíz y sin destino apenas lo alienta hacia un incierto futuro.

Así con metáforas y poética al alcance de la mano nace esta obra original desde la voz de un poema de un escritor pampeano, Morisoli.

CRECER ES RESISTIR (Edgar Morisoli)

“Si usted no conoce el Sur, / no sabe lo que es el viento.” J. R. Nervi

Norte y pampero, grandes bramadores,
se disputan por turno los caminos del cielo
desde Agosto hasta Octubre,
y cuando ambos se toman un resuello
suele llegar el zonda, tropeando cardosrrusos con su largo arreador de
polvo y pena.

(La gente de esta tierra, desde los viejos días,
tejió canciones para el viento:
lo invocó, lo celebró, lo conjuró, supo escuchar su
errante
confesión hecha brisa o hecha ráfaga,
y hasta rogó a Watsíltsum, la giradora arcaica,
para que detuviese su cósmico bramido)

Aquí tan sólo crece
lo que resiste, lo que ha incorporado
el código genético del viento a sus raíces
desde que fue semilla. Sólo crece
si es par del viento, si es rival del viento,
si es hermano de viento.

Vieja ley de los páramos, crecer es resistir. 

Objetos animados, leyendas que toman cuerpo en objetos armados con carros de mercado para el ganado vacuno, bidón de agua para el sapo; el despliegue logra trenzar los cuerpos de las actrices que dibujan en atuendos negros, luchas con voces en castellano y en ranquel.

El personaje principal de esta historia es el viento, aire particular en La Pampa, que muta de identidad y de nombres según dónde sople el ánimo: NORTE, PAMPERO, ZONDA Y SUR. Parece raro, pero el efecto de sostener las fuerzas  de    su    furia es lo que deja fortalecidos a los habitantes de este páramo. Esa es su magia.

THEO JANSEN
Theo Jansen

Desde los primeros tiempos, el viento despliega una especie de código genético de resistencias varias: manso o colérico conecta a los todos seres para que sean sus pares, sus enemigos o sus hermanos. Opaca toda fuerza, como un dios pagano, impregna a su paso las cosas y las cautiva. Los verdaderos huérfanos de esta zona son aquellos a los que el viento no ha atravesado, aquellos no impregnados de su ímpetu en la semilla. Esos quedan por fuera del combate, el desafío es atravesar tempestades para encontrar el ser verdadero, cuando el origen no los ha tocado.

 

AIRES DE VIENTO

El páramo crece gracias a la fuerza impartida por esta energía en movimiento. El agua aplaca la furia, si el padre viento no sopla la resistencia se hace más cruel, la rusticidad impregna el alma. Lo primario se vuelve torpe, áspero a la vista, amarillo al oído, polvoriento al olfato, invisible al tacto, solo aparece cuando la tierra levanta vuelo para decir, en palabras de viento, que algo muy  propio de sequías atraviesa este lugar. En plegaria infinita los seres responden con resistencia.

Theo Jansen
Theo Jansen

Este viento todopoderoso levanta la obra de teatro. Pero sumado a lo poco convencional de los títeres en escena, la noción de teatro se amplía a territorio donde la acción se vive en sonidos, movimientos y muecas para mostrar los gritos de la tierra seca, donde la supervivencia casi sin agua aún puede ser posible. Las añoranzas de tiempos pasados tornan lo infértil del páramo en un puño cerrado hacia el futuro.

 

HABLEMOS DE VERDAD COMO LA TIERRA26784674919_2e3d966b94_b

Los personajes no son ni tierra ni viento, entre ellos y con ellos, porque los seres envueltos en ráfagas ventean sus inciertos destinos en el paso sobre la tierra. Encuentran lugares únicos porque los fundan, se enredan con el paisaje y pasan inadvertidos hasta que un escenario los vuelve acción.

La danza de arena… Purum kuyúm…

Antiguos pobladores… Kuivi Keché…

El caldén…. Witrú…

Las torta fritas… kokel…

El avestruz… Choike….

El agua… Có…

El Río Atuel… Leuvú Antuel….

Los sonidos resuenan sin fin dentro del idioma, así acunan el sentido en las palabras con memoria, se abrazan para cambiar el curso de la sed, en los embates de la rusticidad.

Así como el viento sopla, la tierra se reseca, las voces persisten y se hacen poesía.

La historia se narra y el viento sopla luchas, de esas añejas.

Por aquí ha pasado “Alta rusticidad”

GUILLERMO FDEZ

 




VIAJE AL ORIGEN

La orfandad: Sobre un viaje hacia la naciente de El Atuel, testimonio de Rodolfo Serradell.
Por Josefina Bravo

El inicio del planeta fue un latido a contracción y expansión. Cuando empezó a encuerparse, La Tierra se acomodó al vientre de la galaxia, por eso giró sobre sí y alrededor del sol. Ya en su órbita, supo de hermanos cuyos círculos jamás conocería y se sintió sola. Quizás así, la Vía Láctea le acercó a la Luna. Y, de a ratos, la recién nacida olvidaba su orfandad entre juegos de ronda y de luz. Pero, a veces, recordaba. Un día de esos, levantó su lomo seco sobre las aguas del mar. Y, como no podía ser de otra manera, dentro de su cuerpo, creció su primer hijo: el firmamento. Y cantaron juntos y nacieron muchas criaturas sobre la tierra y también bajo las aguas. A veces, los latidos del planeta se volvían más rápidos o más lentos y otras tantas, La Tierra suspiraba. Ante semejante movimiento, el primogénito no sobrevivió. De a poco, de a poquito se fue fragmentando. Y el planeta lloró y sus convulsiones separaron aun más las partes, que navegaron por años, a pura orfandad, a través del magma terrestre. Y La Tierra se acostumbró a ellas y las nombró hijas. Hasta que un día, de tanta deriva, chocaron unas contra otras y fueron Uno o Una, diferentes de aquel primero. Y el planeta no supo si alegrarse o entristecerse. Era lo que debía ser. Y no pudo evitar –porque respiraba- seguirse moviendo. De ese modo aquel nuevo firmamento, luego de muchísimos años, volvió a quebrarse. Y sus nuevas partes se embarcaron otra vez en una incesante contracción y expansión hasta volverse a encontrar en choque para ser Pangea, el último supercontinente. Cuando este se fragmentó, nacieron las niñas que conocemos: América, Europa, Asia, Antártida y África. América comenzó su deriva a través del magma terrestre hasta chocar contra la fisura chilena. Y con la fuerza, la energía y la orfandad que traía, sumadas a la presión sobre la fisura, la niña levantó su lomo más alto que nunca nadie sobre La Tierra. Y, allí arriba, se arrugó. Se formó así la Cordillera de Los Andes. Podríamos decir que ese cordón montañoso es, entonces, hijo pródigo de un choque, de un movimiento que venía al continente como herencia de nacimiento. Luego, el planeta todo se enfrió y los glaciares comenzaron a moverse lentamente hasta cubrirlo todo. Sobrevino una de tantas etapas de glaciación. ¿De quién es huérfano el hielo?

Mural - Juan Manuel Gimenez
Mural – Juan Manuel Gimenez

Mucho añorar para que los glaciares se derritieran. Y un nostálgico llanto descendió desde las alturas, grandes masas de agua dulce corrieron hacia el ansiado encuentro con sus aguas hermanas, saladas de soledad. Y, en el camino hacia el mar, se formaron los grandes cañones, los médanos y las bardas. Y también los cursos de los ríos.

 

COPOS DE HELADO EN UN CUCURUCHO

Rodolfo: El Atuel nace de un glaciar que lo provee la montaña El Overo, en la región de El Sosneado -un pueblito en la ruta 40-, al límite con Chile. Sosneado significa “donde nace y muere el sol”. Y, ciertamente, como es un valle que corre de este a oeste, se ve el sol cuando nace como si estuviéramos en La Pampa. Los montañeses ven el sol a las diez de la mañana normalmente. Ese valle tiene la particularidad de que es tan de este a oeste que, al nacer el sol, lo ven. Y, cuando se pone, también lo ven.

Bueno, ahí, en pleno diciembre-enero, nace El Atuel con el deshielo. Son aguas de un gran porte.

Cortesía de Rodolfo Serradell
Cortesía de Rodolfo Serradell

Hacen unas cascadas muy bonitas, como si fueran copas de helado en un cucurucho. Cuando hay un caudal considerable, viene el agua, sube y hace muchas sombrillas. Es algo muy bonito. Ahí pusimos la bandera de “Prohibido cortar El Atuel”. Después, el agua sigue hacia una laguna muy hermosa, con colores muy particulares de la montaña, turquesas que van cambiando por la incidencia del sol.

Cortesía de Rodolfo S.
Cortesía de Rodolfo S.

Hacia abajo, el río recorre 230 km hasta que llega a Los Nihuiles, la primera represa que se hizo en el 46. Y tiene otras represas más hasta llegar a Valle Grande, el famoso Cañón del Atuel. Desde “El Sosneado” hacia el origen, El Atuel sube 1700 m para arriba en 42 km y ese es el trayecto que hicimos nosotros, muy poco concurrido, porque no hay posibilidades de hallar un camino o una senda bien marcada. Cuando vas para arriba, ves cómo es de amplio el río y los meandros que hace: hay agua por todos lados, charcos. Eso se infiltra y se pierde. Estuvimos tres días de cabalgata. Arrancamos donde termina el valle de El Sosneado. Después, en la montaña, se estrecha el río y no se puede pasar, ni con vehículo ni a caballo. Por eso hay que subir, bordear la montaña hasta que, por ahí, vuelve a aparecer El Atuel y así varias veces.

Mural - Juan Manuel Gimenez
Mural – Juan Manuel Gimenez

 

DOBLE CAPA DE SOMBREROS

Empecé a organizar el viaje en octubre de este año. Mi nieto me acompañó hasta donde pudimos llegar en camioneta: El Refugio de Soler. Ahí me contacté con arrieros, gente que sube a la montaña con cabras para darles de comer en el verano. Hablé con ellos, les pregunté si me acompañarían, si me alquilarían algunas burras, mulas o caballos para poder llegar. Y me dijeron que sí.  Entonces, de vuelta en Santa Rosa, traté de entusiasmar a un grupo de gente para hacer la travesía.  

Se anotaron dieciséis personas y quedamos siete: tres de 72 años, dos de 40 y dos de 13, mi nieto y el hijo de un amigo mío de la infancia, un veterinario a quien le insistí mucho para que fuera, ya que  es lo más cercano a un médico que hay, tanto para los caballos como para los humanos. Para este tipo de cabalgatas se debe ser respetuoso y tomar ciertos recaudos contra la insolación, como usar dos capas de sombreros. Después, el tema de hacer una dieta buena para no tener descomposturas que te desequilibren el organismo. Si sos respetuoso del frío, del calor, de la ropa, de no transpirar, de que no te enfríes de golpe, todo va de diez. El problema surge cuando tenés gente más desaprensiva. Transpirar es una espada de Damocles para el organismo en esos lugares. Tenés que vestirte como una cebolla, con capas de ropas. Te pones una camiseta, una camiseta térmica, después una camisa, un pulóver fino, una campera, un rompeviento, un poncho.

Cortesía de Rofolfo S.
Cortesía de Rofolfo S.

Entonces, empezás a tener calor y a sacarte esa ropa. Por eso íbamos con alforjas, las que llevaban los vaqueros antes. Ahí guardás la ropa cuando te sobra y la vas sacando cuando te hace falta abrigarte. La mañana es fría, el mediodía es muy caluroso, a las cinco de la tarde empieza a hacer frío y después más y más. El equipo estaba formado por Rolando Ganuza, Juan Emilio Colombo -padre e hijo-, Sebastián Muñoz, Juan Sebastián Muñoz, Luis Serradell y yo. Salimos el 26 de febrero y volvimos el 1 de marzo. Llegamos hasta los 3500 m. de altura, muy cerca del glaciar de El Atuel.

 

UN PIE, TRES PATAS

Convivimos con esta gente muy humilde y muy laboriosa, que hace un sacrificio para criar sus cabras. Gente muy curtida en dormir a la intemperie. Llevan la hacienda en el verano casi hasta la laguna de El Atuel. Las dejan allá, se vuelven y, después. van todos los meses a ver cómo andan.

El Río Atuel, hacia su origen, es transitable desde la ruta 40. Podés hacer 85 o 90km en camioneta. A partir de ahí, ya estás en plena cordillera. Esa base está a la misma altura que Las Leñas. Había una antigua fábrica de azufre que se abandonó. Ahí nos esperaron los arrieros.

Mural - Juan Manuel Gimenez
Mural – Juan Manuel Gimenez

Esa noche dormimos en un galpón viejo, preparamos todas las cosas y, al día siguiente a la mañana, salimos. Hicimos cuatro horas y pico de cabalgata y llegamos a donde nos instalamos para dormir. Teníamos que comer de día, no había nada para alumbrar. Para las seis de la tarde, ya cenábamos. Esa noche la pasamos ahí, cuando llegamos había mucho viento. Uno de los problemas de la montaña es la amplitud térmica. Quizás amanece un día precioso, a las diez de la mañana llueve, a las dos de la tarde hay un viento de locos y a las tres sale el sol. Elegí febrero para hacer la travesía porque es la fecha con clima más estable. Finalmente, salió todo como lo teníamos planeado.

Yo le pregunté a esta gente si el camino se podía hacer a pie. El vaqueano me dijo: “cuando usted levanta un pie para dar un paso, se queda parado en un pie; cuando el caballo levanta una pata, se queda parado en tres patas”.

Cortesía de Rodolfo S.
Cortesía de Rodolfo S.

Ahí me convenció, era más seguro hacerlo a caballo. Al poco andar, nos dimos cuenta de que el caballo era todo, sabía qué hacer, había que entregarse a él. Tuvimos trechos, con mucha adrenalina. Tramos dificultosos en los que el animal se resbalaba. Pero salió todo bien.

 

¿INTERVENIR UN CURSO? ¿CAMBIAR UN DESTINO?

El Atuel, hijo huérfano del deshielo, forjó su cauce sin tanta melancolía. Se sabía falto de madre pero con destino de hermanarse. Eran alegres sus aguas al recibir las de El Diamante, se revolcaban en juegos de dos hasta trenzarse al Salado. Quien, además de cambiar dulce por sal, hacia arriba mutaba nombre. ¿Sería “Desaguadero”, un presagio de orfandad? Sin embargo, hacia el origen, tan de afluentear y mezclarse corren sus aguas anchas e imponentes, con impulso hacia el sur, siempre en compañía. Pero no tanto como antes, cuando hacían cuerpo con Atuel y Diamante y entraban juntos a La Pampa, caudalosos hasta el Colorado, todos encuerpados rumbo al mar. Esos, los caminos que forjó América sobre sus aguas, a fuerza de de contracciones, expansiones y juegos de niña. Llora El Atuel su viaje sin destino, se hunde de estancamiento mientras se sala más El Salado, de llanto y falta, de pura orfandad. 

Hasta el 1700 El Atuel desembocaba en El Salado, pero unos españoles que empezaron a utilizar las aguas, lo taponaron y, así, modificaron su curso. El río Diamante nace casi junto al Atuel, tienen 25 o 30 km de diferencia. Se separan y cada uno forma una laguna. Después, los dos bajan y continúan paralelos y, en San Rafael, se juntan. Hasta el 1700. El Diamante echaba el agua en El Atuel y este en El Salado. Entonces, las pérdidas eran menores. Ahora El Diamante sigue derecho – lo zanjearon para que siguiera esa dirección- y llega a El Salado con muy poquita agua, porque en ese transcurso pierde cualquier cantidad. Al Atuel lo torcieron y sigue paralelo al Salado. Con agua dulce, uno. Con agua salada, el otro. Hasta que, en Algarrobo del Águila se juntan. Pero en esos casi 300 km se pierde cualquier cantidad de agua, por infiltración más que por evaporación, porque está bastante circunscripto, pero es muy permeable y muy meandroso. Eso hace que su recorrido en vez de ser de 300 km llegue a ser de 400 km, ponele, porque va haciendo curvas, que se llaman meandros. ¿Qué es lo que hay que hacer? Yo creo que encauzarlo para que vaya derechito o llevarlo a El Salado.

Juan Manuel Gimenez
Juan Manuel Gimenez

 

HIJOS DE TIERRA SUBIDA

Si lo llevaran al Salado, ¿el agua que entraría a La Pampa se podría aprovechar igual o sería muy salada?

Eso es una cuenca constituida por los ríos San Juan, Mendoza, Tunuyan, Diamante y Atuel. El río San Juan, el Mendoza y el Tunuyán, que echan agua al Salado – a esa altura, llamado Desaguadero- pasan por unos humedales de alta salinidad y ahí se salinizan. Tienen un afluente muy temporario de un lago paleontológico, es decir, un lago marino. Cuando la tierra subió, quedó ahí agua de mar. Al evaporarse, se formó una salina, como en San Juan, Jujuy y demás. Es sal requete pura. Como la de Salinas Grandes, de Guatraché.

Cuando América se desprende de la Pangea y choca contra la fisura chilena, la placa se empieza a arrugar y a ir para arriba, ahí se forma la Cordillera de los Andes. Con ese arrugamiento va agua también, agua de mar.

Juan Manuel Gimenez
Juan Manuel Gimenez

Porque la placa no era toda superficie, también tenía parte de agua y se movió toda. Imaginate, un flan en una asadera, el flan va hasta el borde sigue haciendo fuerza y se arruga y se va para arriba. Entonces, ese lago se llama lago paleontológico porque nace de la acumulación de agua que queda ahí arriba como un jarrón. El agua se evapora y la sal queda ahí por ciento de millones de años. Cuando llueve, ese lago se llena de agua y vierte su agua al río Salado, ahí lo saliniza del todo y no se puede tomar esa agua.

En realidad, hay una alternativa técnica para que llegue agua dulce a La Pampa. Y es que el río San Juan, el Mendoza y el Tunuyán no pasen por el Guanacate. Y que ese Bebedero – el lago paleontológico- no eche agua al Salado. Habría que canalizar estos ríos para que no se salinicen. Entonces, ahí tendríamos un gran caudal de agua dulce en La Pampa. Y, para hacer las paces con Mendoza, que tiene un problema de flete estructural, importantísimo, y en consecuencia no puede competir en el mundo por el flete, la opción sería hacer el Salado navegable hasta el Colorado. Entonces, Mendoza tendría salida al mar. El flete marítimo cuesta un 10% de lo que cuesta el terrestre. Sería muy beneficioso para ellos. Pero, para canalizar, se necesita una inversión muy grande.

 

CANALES PARA LA SED, SALVO LA DEL CHIVO

El río Salado, con la afluencia de El Atuel en su origen, desembocaba en el río Colorado con casi el mismo caudal que tiene el río Colorado.

Juan Manuel Gimenez
Juan Manuel Gimenez

De hecho, se había presentado un proyecto para hacerlo navegable. No había ninguna represa en esa época, había libre albedrío. En la época de Alsina se presentó el proyecto de navegabilidad del Salado. Y se había aprobado un presupuesto para hacer el estudio de navegabilidad. Pero nunca se cumplió, nunca se hizo.

Estuve estudiando el tema, hice dos trabajos sobre un pensamiento distinto respecto al Rio Atuel y al Río Salado. Quería informarme un poco más para  poner un contexto más cierto a mi apreciación. Por eso indagué en la historia y la geografía del lugar. Quería saber si el río era realmente recuperable como había escuchado en algunas oportunidades. Lamentablemente, muy pocos han llegado hasta la naciente y los comentarios eran bastante ambiguos. Pero sí, al canalizar, se puede recuperar agua, porque es un río que pierde mucho por evaporación y por infiltración, es decir, cuando se va para abajo, cuando se lo absorbe la tierra. Esos se llaman mallines, las infiltraciones del río.

¿Y habría forma de aprovechar todo eso?

Sí, hay que canalizarlo. Lo circunscribís a un lecho, de esa forma no tiene posibilidad de desparramarse y ahí la infiltración y la evaporación, son menores. Pasa que se altera el medio. Esta gente que vive con los chivos y demás, hay que darles otra solución, otra alternativa. Si se canaliza el río, se termina la cría de chivos. Cuando el hombre interviene en la naturaleza, está obligado a seguir eternamente con otras modificaciones, porque ya alteró el medio. Es lo que pasó cuando se cortó El Atuel.

Juan Manuel Gimenez
Juan Manuel Gimenez

Indudablemente eran otros años, no había comunicaciones. Estos no se podían quejar y los otros ni se enteraban qué les pasaba a estos. Porque esa es la realidad. Un hombre que habitaba ahí y trabajaba en el telégrafo le mandó una carta a Perón, aunque no había posibilidades de comunicarse más… Los habitantes del lugar se quejaban pero no los oía nadie, estaban condenados a perder. Había una gran avidez por sacar agua, porque a Mendoza no le sobra.

¿Creés que en algún momento los pampeanos vamos a recuperar el Atuel?

Sí, creo que sí, dudo que sea de forma permanente. Hay que invertir mucho dinero para evitar las pérdidas de agua, que son importantes.

 

CRECE, CRECE Y SE QUIEBRA

La única forma sería encauzar toda esa parte…

Claro, porque a la gente que ya vive del agua no se la podés quitar. Ellos tienen la alternativa de sacar agua del subsuelo, pero es más caro. Todo es un problema de plata. Si hubiéramos estado en un país ordenado, hace setenta años, Mendoza hubiera hecho las inversiones necesarias para evitar escurrimientos, pérdidas. Y no lo hizo. Porque, como todo el país, siempre le alcanza para hoy. Esto es como una casa, si se te llueve y no lo arreglás, si se te hace un agujero y no lo arreglás, o se te rompe una puerta y no la arreglás, después se te hace tanto que no podés. Y es lo que le pasa a los mendocinos ahora. Tienen que poner 300 o 400 millones de dólares en una provincia jugada con la plata, igual que esta. Y más impuestos es imposible poner, porque la gente no puede pagarlos. Si emitís, producís inflación. Si producís inflación, cagás al más pobre. Entonces es un dilema. ¿Qué hacemos?

Mural - Juan Manuel Gimenez
Mural – Juan Manuel Gimenez

Lo interesante es que tiene solución. En una primera etapa hay que canalizar. En una segunda etapa, impermeabilizar y, en una tercera etapa, canalizar en La Pampa. Estos ríos tienen una condición muy especial. Viste que el Perito Moreno crece, crece, crece y después se cae. Estos ríos también nacen de glaciares. Y los glaciares crecen y crecen. Y, a lo mejor, por cuestiones climáticas, pasan diez, veinte o cien años y siguen creciendo y no se quiebran, hasta que un día se les da por quebrarse. Y entonces cae tanta agua que se derrite, y se forman los famosos aluviones. ¿Qué hacen los países desarrollados? Van cortando el glaciar, lo mantienen, como si fuese una uña. Se garantizan un caudal de agua estable y se ahorran el daño y el desperdicio de agua de los aluviones.

Juan Manuel Gimenez
Juan Manuel Gimenez

Pero la realidad es que Mendoza no invirtió más que para aprovechamiento propio.

¿Y la orfandad de la tierra sin su río? Soledad de tierra abierta, de cauce sin sentido. ¿Y las criaturas? El hambre, el abandono, la sed. Las ilusiones partidas. Una tierra se agrieta sin su río. Y canta estancado el que no llega, nos trae el viento su quejido. 

 

Nota 1: Las letras cursivas corresponden al testimonio de Rodolfo y las negritas a El Anartista.

Nota 2: Todas las imágenes de murales perteneces a la obra de Juan Manuel Giménez, nacido en Santa Rosa, La Pampa, en mayo de 1976. Su formación es autodidacta. Sus primeras intervenciones artísticas en paredes fueron a principios de la década 90´, motivado por la crisis económica y social de aquellos años. En el libro “Artes visuales de La Pampa” de Rosa Audisio y Luis Abraham, figura un reconocimiento como el primero de su generación en salir a pintar murales. Tuvo participación en mas de una veintena de Encuentros de muralismo, Provinciales, Nacionales, Latinoamericanos e Internacionales. En la ciudad de Santa Rosa ha participado de murales colectivos para difundir la problemática de los ríos, a su vez, es miembro de COMP ARTE que es un proyecto de intervención barrial que busca visibilizar problemáticas a través del arte. Dicta talleres para niñxs de primaria y adolescentes, sobre muralismo y arte público. correo: juanmural0@gmail.com Facebook: juan manuel gimenez COMP ARTE