APALABRAR LA ORILLA

La lucha: entrevista a Sara Rus, Madre de Plaza de Mayo, Línea Fundadora y sobreviviente de los campos nazis.

Entrevista: Pablo Soprano, Gabriela Stoppelman
Edición: Gabriela Stoppelman
Fotografía: Diego Grispo

 

“Abriste los ojos – Veo vivir mi oscuridad./ La veo hasta el fondo:/ aún allí es mía y vive./ ¿Traslada como tal a la otra orilla? ¿Se despierta al hacerlo?/ ¿De quién es esta luz que sigue mi paso,/ para que aparezca un barquero?”
De oscuridad en oscuridad”, Paul Celan

 

El viejo marinero se obstinaba a orillas del mar. Entre la neblina, vio difuminarse el último perfil de una barca, ya hace tiempo zarpada. A sus pies, dos almejas, un caracol partido y la insistencia del canto porfiaban por amarrar la espuma a los caprichos del mar. Había que apalabrar la orilla, buscarle la vuelta a sus sinuosidades, decirla como la dijo el primer sol, según cuentan un lago anciano, un antiguo regocijo y algún tambor. Había que frasearla y menearla en cadencias, por si un revuelo de viento despabilaba a los ausentes. Ahí mismo, desmarcar el verso y ensanchar el idioma, justo cuando una silueta padre se esfumase en la frontera entre un tren y su partida.

Y si sucedía la acritud del tiempo, si una larga tristeza de asfalto se extendía entre la promesa del amor y su regreso, entonces renovar el pacto, zanjar el vado de los muertos y volver.

En una de esas y hoy mismo, volteretas del azar o de un intrincado destino afinen el oído de una hija, al amamantar a su madre en un rumor. O, tal vez, una madre acunada sea el vientre donde renacer los días.

O puede ser algo más simple: una ronda de escolares atentos al eco de una historia, el crujir de unas páginas que anuncian el relato de un abuelo. O la altura de un edificio, cuya cima nunca será tan firme como esta breve orilla de la voz.

Apalabrar, donar la palabra, rescatarla de esa hondura donde se ciñe el brillo de los ojos cuando convoca la memoria. Apalabrar, ajustar las formas del tiempo a las ondulaciones del paisaje. Y, cuando la orilla esté dicha, otra vez, apalabrar.

Mabel Rubli. "Escrituras II". Ténica mixta, 2008. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. “Escrituras II”. Ténica mixta, 2008. Fotografía: Julieta Steimberg.

En una de esas, en ese margen de las horas, por la mera coincidencia de una almeja y dos caracoles, la marea se alíe al ritmo de la lucha.

En una de esas, destilado lo impiadoso, justo en el amanecer del “cadis”, el mar regrese la huella que nunca debió perder vigor.

En una de esas, porque el aire es un revuelo de orfandades y porfías, el viejo marinero reencuentre la estela de su barco, los trenes sigan de largo en tenebrosas estaciones, las rutas encarrillen reencuentros y, bajo un cielo sin amenazas, un canto madre sacuda el silencio, en el idioma íntimo del primer sol. Si eso sucede, donde sucumban el miedo y la nostalgia, entonará su lucha Sara Rus.

 

UMBRAL DE INFANCIA

 

“y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje
.
“En la brisa, un momento”, Olga Orozco

 

En la película “La memoria y después” (1), cuando conversas con la dueña actual de la casa polaca de donde te llevaron al gueto de Lodz, lo hacés en polaco. Ahí hablás con total domino de tu lengua madre…

¡Ustedes vieron la película! ¡Me asombran! Mi hija estaba enloquecida con toda la situación de regreso a mi casa de infancia…

Mabel Rubli. De la serie "Espejismos", 2009. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli.

Sí. Y también nos llamó mucho la atención cómo te acordabas hasta del lugar de la casa donde estaba el sanitario.

Era lo más importante en ese momento. En la planta baja, nosotros recibimos el primer baño que se hizo en todo el edificio. Fuimos los primeros en tener un lugar como ese. Y no era grande. La casa en sí tenía sus piezas bastante cómodas. En una, mi padre trabajaba y había otra habitación para nosotros. También teníamos una cocina bastante cómoda. Afuera, en el pasillo y debajo de las escaleras, había un nicho grande, al que mi madre arregló con estantes alrededor. Y ahí guardábamos pescado para las fiestas, bien protegido para que no se lo comieran los bichos.

Era como una heladera…

Claro, como una heladera, se guardaban papas o verduras y frutas en bolsas. Y lo más lindo era cuando sacábamos alimento de ahí para regalar a los vecinos, era durante la fiesta donde es tradición hacerse regalos, no sé cómo se llama…

¿No es Hanukkah?

Sí, hanukkah. Y bueno, ¿qué querés, que me acuerde de todo?

Bastante te acordás.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

Ustedes saben los años que tengo, ¿no?

Sí.

Qué lástima que lo saben…. Este muchacho con la cámara no deja de filmarme…

No, no. Saca fotos. Ya vas a ver qué lindas, son las fotos de un poeta.

No sé si estoy vestida para eso.

Estás divina.

¿Te parece? Por eso me puse aritos. Me fui a la peluquería también.

Y tenés las uñas impecables.

¿Ah, sí? Te digo la verdad, todo el mundo me dice que mis manos no son las de una vieja de noventa años.

 

ABRAZADA A LENGUAS MADRES

 

                                   “Un sonido retumbado adentro, esculpiendo nuestro tiempo,
El pestañeo, aleteo, gorjeo de nuestro lenguaje.”
De la terrena civilización, ¿qué diremos?”, Czeslaw Milosz

 

Qué importantes fueron para vos los idiomas.

Mabel Rubli. "Escrituras V", 2009. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. “Escrituras V”, 2009. Fotografía: Julieta Steimberg.

Muy importantes. El idish, el polaco y el alemán. Sobre todo, el alemán, que me permitió -primeramente- continuar al lado de mi madre, cuando llegamos al campo de concentración. Y esto me hizo sentir una persona. Yo no le daba tanta importancia a saber alemán, era un idioma que se hablaba en mi casa y punto. Pero, cuando llegamos al campo, al SS no le parecía habitual que una joven judía y polaca de quince o dieciséis años hablara en su idioma. Y fui bastante audaz, ¿no? Muy audaz, se ve que no me importó nada acercarme a este alemán con rebenque, que todo el tiempo daba órdenes “¡Izquierda, derecha!”. Yo debía reclamar que no me separaran de mi madre. Y lo logré. Eso fue justamente a unos kilómetros de Auschwitz, en el campo Birkenau, el más sanguinario de todos, porque allá era donde se llevaba a la gente al gas y donde estaban los hornos. En ese momento inicial, nosotros no sabíamos nadaPero, bueno, volvamos al tema del idioma alemán. Yo tenía que retener a mi madre, de lo contario, ella estaba destinada a morir, no sé de qué manera, pero la iban a matar. No sabía si allí mismo o la llevaban al gas….

Esa vez las están por separar y vos reclamás quedarte con ella. Pero hubo otras ocasiones de riesgo donde, siendo la hija, la cuidaste como madre. Incluso, antes de salir para el campo, vos contás que -como tu mamá era flaquita- la rellenaban con ropa para que no pareciera tan desnutrida….

Eso fue en el gueto de Lodz, como decís, antes de salir hacia el campo. Aunque en el gueto nos redujeron todo a todos, nosotros teníamos una casa bastante cómoda, con ropero incluso. Entonces, todavía andábamos con nuestra ropa. En el traslado hacia el gueto, algo pudimos llevar

Mabel Rubli. De la serie "Espejismos", 2009. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. De la serie “Espejismos”, 2009. Fotografía: Julieta Steimberg.

En la película contás que llevaste tus cosas en una mochilita cosida por tus propias manos.

Sí, señor. Yo era chiquita y ya sabía coser.

Hay otro momento muy intenso. Vos y tu madre están en camino de un campo a otro y tu mamá se cansó, se detuvo. Otra vez el idioma te permitió entender que una de las autoridades le dijo a la otra “yo me encargo de la mayor, que se vaya la más joven.

Sí. Y yo entendí esto, en alemán. Una dijo exactamente eso, que se “encargaría” de la mayor. Yo no había dicho que era mi mamá. En esos momentos tenía miedo que, al delatar el vínculo, las cosas se pusieran peores. Y después apareció un militar, un alto jefe militar del Ejército, no tenía ninguna insignia nazi. Se veía que era un hombre ya no tan joven y nos tuvo lástima. Él preguntó a los otros alemanes “¿Qué está pasando acá?”. Le dijeron: “No sabemos qué hacer con estas dos personas, porque toda la gente que llevamos al campo ya se adelantó y ellas dos se pararon acá”. Él nos miró. Yo sostenía a mi madre, ya casi no la podía tener, se me caía. Entonces, el militar les dijo a nuestros guardias: “Váyanse ustedes con las mujeres, yo las voy a acompañar después”. Me pidió que trajera agua y refrescara a mi madre por el lado izquierdo de la cara. Yo le tiré agua por el lado derecho, por el izquierdo. Y así logré arrastrarla hasta el campo.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo

¿Tus hijos hablan alemán?

Mi hija, mis nietas y todos hablan en inglés. No hablan alemán, pero mi hija y mi yerno hablan perfecto idish. En polaco, mi hija sabe decir dos palabras que yo solía decirle “Vos sos muy linda, nena”. Esto se acuerda.

 

 

 

 

 

 

 A ORILLAS DE MI CUERPO

 

                                                               Y no había más dolor./ El viento estaba limpiando los huesos. Que resistían, plateados y necesarios./ No era mi cuerpo, no era un cuerpo de mujer, era el cuerpo de todas./ Salía caminando de la luz.”
“El ensayo de vidrio”, Anne Carson

¿Cuál es la última imagen que tenés de tu papá?

Desapareció en Birkenau, al bajar de los trenes.

¿En el tren todavía lo veías?

Claro. Estaba con nosotros en el tren. Sírvanse unas galletitas. Estas son madalenas, a mí me encantan pero no debo comer….

La comida también parece tener importancia en tu historia. En varios momentos de la película vos señalás el placer de poder compartir un pedacito de pan con el otro.

Hasta hoy no puedo tirar comida. No se debe tirar.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo

Lo mismo, con la ropa, hacés mucho hincapié en que te prestaron un tapadito y una boina para ir a ver al hombre que habías conocido en el gueto y que, después, sería tu marido…

Dentro de poquito, en enero, cumplo noventa y tres años. En el campo de concentración no tenía ropa, nos dieron un vestidito nada más. Algunas veces decían que iban a repartir bombachas, ¿sabés lo que era usar una bombacha?

Pero sí te dieron ropa al llegar a la fábrica de aviones.

Me dieron al salir de Auschwitz, de Birkenau.

¿Y recordás la sensación del cuerpo al volver a encontrarse con ropa?

¡No podía creerlo! Tan solo que, de repente, me dieran algo, aunque no fuera gran cosa, era ya todo un acontecimiento.


EL CARTERO LLAMA TANTAS VECES

“Click, clack,/ El hombre se acerca en la niebla./ ¿Quién es?”
Kobayashi Issa, poeta japonés

Vuelvo a tu relación con las palabras. No solo te salvaron, en aquellos tiempos de guerra, sino que ahora las llevas de un lado al otro sin parar. Ese es tu judaísmo primordial, la resistencia en el libro, en el lenguaje. Por más ateas que seamos, al final, las palabras vuelven.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

Creo que sí, pero no a todos nos pasa igual. Fijate que a mí me decepcionó una amiga israelí, que era argentina. Ella y su madre estuvieron en el mismo campo que yo, aunque no la conocí ahí. Mucho después, ya en este país, ella me buscó porque se enteró que había una sobreviviente. Quería saber de mí y pedirme que le firmara algunos papeles para ciertos trámites. Después nos hicimos muy amigas. Teníamos mucho en común. Las dos habíamos sobrevivido con nuestras madres, que también se hicieron amigas en Argentina. La amistad comenzó cuando empezaron a nacer nuestros hijos. Después de un tiempo, con los hijos grandes -ya abuelas y bisabuelas, como soy yo- hablamos. Cuando estuve en Israel, por supuesto, pasé por su casa. Y, si ella venía a Argentina, yo la sacaba a pasear, a comer y adonde podía. Ahora, la cuestión es que ella manejaba y maneja internet. Así buscó todo lo referente a mí: sabe que yo estoy dando charlas, qué dicen otros de mí y demás. En eso, un día me dijo: “Si no dejás de hablar, yo no te voy a hablar más”. “¿Cuál es la causa?”, le pregunté. “La gente ya tiene bastantes libros y palabras sobre estas cuestiones de los campos, yo también escribí un libro”. Después me enteré que no querían ni escucharla los israelíes. Es otra mentalidad. Yo vivo en Argentina y ella en Israel, pero me quería obligar a que yo no diera charlas. Cuando hablé por teléfono con ella la última vez, yo quería saber cómo estaba su bisnieto, sus hijos. Ellas solo estaba interesada en una cuestión: mis apariciones públicas. Y me dijo: “¿Vos estás dando charlas por una flor que te regalan?” ¡Qué tristeza! ¿A ustedes les parece? A veces vengo a casa con un ramo así de grande de flores y todos los premios que ves acá me los dio gente, de tantas provincias a las que me llevaron. Tengo las últimas revistas de Concepción del Uruguay. Salimos hasta en los diarios. En la primera página apareció mi foto y toda la noticia sobre mí.

¿Y por qué pensás que tu amiga estaba tan envidiosa?

No solamente con ella me pasa esto. Acá, con algunas amigas mías también. Pero yo lo dejo pasar. Para mí la envidia es una cosa que no tiene sentido. Algunos podrán creer que me están pagando por lo que yo hago. ¡Mirá si voy a cobrar por esta historia que yo quiero que el mundo sepa!

Las palabras escritas también tuvieron protagonismo en tu familia. Tu marido escribía unas cartas increíbles.

Mabel Rubli. "Escrituras IV", 2008. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. “Escrituras IV”, 2008. Fotografía: Julieta Steimberg.

¿Vos leíste todas sus cartas?

No. Leímos la que le escribió a Videla. Y fragmentos de la que le escribió a Evita.

¡Y las que les escribió a Masera y a otros tantos! Yo no las publiqué, las tengo guardadas. Herman Schiller conoció a mi esposo, y le propuso publicar esas cartas. Mi esposo se negó, porque todavía estábamos bajo el régimen de los milicos y era muy peligroso. Yo ya no tenía a mi hijo, ¿te das cuenta?

¿Y tenés esas cartas?

Todas. Las tengo guardadas en una caja, junto con otras muchas cosas. Cuando yo no esté, mis nietas guardarán lo que les parezca importante. Tengo una bolsita que llevé para mostrar al juez, cuando asistí al juicio que se hizo ahora contra los militares que se llevaron a mi Daniel. Era un chico increíble. Tengo en la carpeta las felicitaciones que le entregaron a los doce años, el maestro estaba enamorado de él. Parecía un nenito entonces, pero ya sabía de ciencias atómicas, que fue a lo que finalmente se dedicó.

¿Alguna vez escribiste?

No me es muy fácil escribir. Soy lectora, sí. Pero lo mío es lo oral, contar.

Pañuelo con el nombre de Daniel Rus perteneciente a Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Pañuelo con el nombre de Daniel Rus perteneciente a Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

 

USTED, PREGUNTARÁ POR QUÉ CANTAMOS

 

                                               “Cantamos porque el río está sonando/ y cuando suena el río suena el río/ cantamos porque el cruel no tiene nombre/ y en cambio tiene nombre su destino/ cantamos porque el grito no es bastante/ y no es bastante el llanto ni la bronca/ cantamos porque creemos en la gente/ y porque venceremos la derrota”
“Por qué cantamos”, Mario Benedetti

 

Me llamó la atención en “la Memoria y después”, cuando tu nieta se pregunta por el móvil que la lleva a investigar toda esta historia. Y aproxima una respuesta: “para volver al origen”, dice. Vos hablás de Daniel que buscaba el átomo, es decir, el origen de las cosas. Y en tus charlas, insistís en recuperar la memoria para no perder los orígenes. Parecería que el tema de los orígenes es una cosa de familia…

 Mabel Riubli. De la serie "La vida inmóvil", 2005. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Riubli. De la serie “La vida inmóvil”, 2005. Fotografía: Julieta Steimberg.

Se ve que sí. No había prestado atención a esto. Paula es filósofa, si uno tiene este estudio tiene otra manera de pensar más profunda, diferente.

Bernardo, tu marido, también tenía inclinaciones por la filosofía.

Mi esposo se podía sentar a buscar cosas en un diccionario, que uno ni se imagina que existen esas palabras, esas expresiones. Aunque, la verdad, no estoy tan mal con el castellano.

Estás muy bien. Toda la vida tuviste una relación de coqueteo con el arte: primero el violín, después el teatro y ahora las palabras, hacés siempre chistes… Se ve que el escenario te gusta, ¿tuviste alguna vez la fantasía de ser actriz o dedicarte a algo del arte?

Yo fui actriz en Alemania. Tengo un álbum con mis fotografías de esa época en Berlín. Casi no lo menciono esto en mis charlas, porque a veces creo que no tiene sentido mencionar esos asuntos.

Para nosotros sí, es una cosa muy vital que alguien que viene de un campo de concentración tenga ganas de hacer sketchs cómicos.

Yo hacía principalmente comedia. Todavía canto las canciones en idish de cuando actuaba de panadera. También cantaba canciones en la fábrica de aviones. Nunca conté esto… ¡viste lo que es, cómo aparece la memoria mientras hablo! Bueno, cuando los aliados bombardeaban, nos bajaban de las habitaciones a una especie de carpa, de refugio. En una de esas, una de las alemanas dijo “¿Alguien de ustedes sabe cantar algo para nosotras?” “Yo”, contesté. La canción hablaba de un viejo hombre que era marinero y ya los barcos no lo necesitaban más y estaba siempre a la orilla del mar, cantaba. Algunas palabras me acuerdo, me acordé ahora. Cómo es esto de la memoria. Aparece mientras hablo, no lo puedo creer…

Sara canción     


Esto cantaba yo a las alemanas
.

¿Y las alemanas cantaban con las prisioneras?

No. Esto fue en un momento en que ellas se sentaron con nosotras por el bombardeo. Algunas veces se hacían menos hostiles. Estábamos sentadas en el mismo lugar, sobre el piso, y querían una diversión. “¿Quién nos puede dar algo?” Yo, la prisionera, la más chiquita y seguramente la más flaca.

Qué interesante esto que decís, que mientras hablás te acordás.

Mabel Rubli. "Sic transit gloria", 2001.
Mabel Rubli. “Sic transit gloria”, 2001.

Me acordé ahora otra cosa que no lo había contado nunca. En el gueto, yo tenía un amiguito. Su familia había tendido una joyería antes de la guerra y se ve que algunas joyas pudieron llevar con ellos al gueto. Intercambiándolas, seguramente, podían conseguir algo de comida. La cuestión es que este muchacho me regaló un anillito con un brillantito muy chiquito y yo lo usaba. Cuando llegamos a Auschwitz-Birkenau, mi mamá vio que yo no tenía el anillito. Me preguntó dónde estaba “Me lo puse en la boca”, le dije. “Escupilo, te dijeron que tires todo”. En eso venía una de los sonderkommandos (2) y gritaba “tiren todo lo que tienen”. Entonces, mi mamá me sacó el anillito de la boca y lo tiró con todas las cosas. Los sonderkommandos miraban las bocas de los prisioneros y sacaban el oro, las fundas de oro de los dientes. Esto lo cuento por primera vez.

Tal vez porque hablamos del arte recordás. ¿Nunca quisiste volver a hacer teatro acá?

En el IFT. Al poco tiempo de llegar al país, en algún lugar se mostraron unas fotografías de sobrevivientes y un señor amigo de mi tío me reconoció en una de ellas. Eran fotografías sacadas en Berlín, cuando yo actuaba. Nos dirigía un alemán y nosotros actuábamos en idish

 

MAURICELE

                                                               “Un nuevo Dios es una palabra -o un nuevo sonido/ No busques ni tampoco creas: todo está oculto.”
“Navidad”, Fernando Pessoa

 

¿Cómo es tu relación con el peronismo? Por un lado, en el documental “Tengo que contar” (3), contás que en la época de Perón no pudiste entrar directamente a Buenos Aires, porque no recibían judíos. Por otro, relatás cómo Evita, al recibir la carta que le escribió tu marido, hizo todo lo necesario para que ustedes vinieran a Buenos Aires. Y, como tercera cosa, también te vimos recibir un premio de manos de Néstor y Cristina.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

A nosotros, los familiares de las víctimas de la dictadura, la situación nos exige esta relación. Porque, hasta el gobierno de los Kirchner, salvo escasas personas, ni curas, ni gobiernos, ni rabinos, nos querían escuchar. Como dije, hay excepciones: el rabino Marshall Meyer, el periodista Schiller. El rabino Dany Goldman, que me dice que yo soy su segunda mamá. Cuando estuve enferma, vino a mi casa. Muchas veces viene.

¿Sos creyente?

No. Vamos a decir que creo en la vida.

¿De chiquita eras creyente?

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

Muy creyente. Mis padres me mandaron a un jardín de infantes de los más creyentes. Yo volvía a casa y veía que era la hora de prender velas y empezaba a patalear y agritar a mi papá que “ahora viene Shabbat” y había que terminar de hacer trabajos.

Sin embargo, cuando contás que te encontrás con las Madres, decís que ese encuentro fue como una religión, ¿en qué sentido?

Yo no me acuerdo de haberlo dicho. Cuando a mí me preguntan, en los colegios judíos mayormente, si creo en Dios, contesto: “Yo te voy a contar tres historias. Y agrego: ´lo que es creer en Dios y después´”, como el título de la película sobre mi vida. La primera historia: tengo un primo hermano de mi mamá que antes de la guerra era un muchacho no creyente. En realidad no sé si creía en algo pero no era religioso. Él estuvo en el gueto. Más tarde, en los campos, mataron a su señora y a un bebé. Él quedó solo. Después perdimos contacto con él. Luego de la guerra, una prima hermana que vive en Estados Unidos, de repente, me dijo: En Brooklyn, vive nuestro primo Moishe Iosl, nombre en idish ¿no? Pero después, me enteré que en EEUU, mi primo se hacía llamar “Maurice”. Ese “Maurice” era entonces un hombre con una de las barbas más larga que te podés imaginar. Tiene dos hijos: uno psicólogo y otro que se dedica a las matemáticas o algo así. Uno sin barba y otro con barba y peies (4) así de largos. Trabajan en grandes empresas allá. Yo dije: ¿Mi primo, religioso? Con el tiempo, yo viajé a Estados Unidos, quería ver a mi familia. Ese viaje fue una maravilla. Mi prima me dio un lugar en su casa y después fui a Brooklyn a ver a mi primo, cuya hija se casaba.

Un casamiento religioso.

Mabel Rubli. De la serie "Laberinto", 2008. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. De la serie “Laberinto”. Fotografía: Julieta Steimberg.

Yo no tenía ni idea, primero quería ver a mi primo. Cuando me encontré con “Maurice”, le hablé en idish. Él me explicó que en Estados Unidos le habían puesto. Bue, dije. Pero, después, el asunto se complicó más cuando le quise dar la mano y me evitó. Le dije en idish: “Disculpame, ¿por qué te volviste tan religioso?” Me dijo: “Me casé con una mujer judía religiosa, tenemos tres hijos y ya tengo nietos y soy feliz al ser religioso. Para mí, ahora Dios es lo máximo”. De todas maneras, el hijo psicólogo le dijo a “Maurice”: “Papá, ¿viene una prima de Buenos Aires a saludarte y vos no le das la mano?” No le contestó. Pero, cuando ya no había nadie, me abrazó y me dio un beso. El hijo psicólogo, después me explicó que el religioso no puede abrazar a una mujer para no sentir deseo de ella, aunque se trate de una prima. La hija de “Maurice”, una mujer joven, también se fue para atrás cuando mi esposo le quiso dar la mano.

Esa es una historia. Dijiste que ibas a contar tres.

Mabel Rubli. "Aushwitz", 2004.
Mabel Rubli. “Aushwitz”, 2004.

La segunda no me acuerdo. Vamos a la tercera. En el colegio donde estaba contando esto, los chicos me decían “Después de lo que nos contaste de este primo religioso, queremos saber cuál es tu situación, qué sentís vos”. Les dije: “Mirá, quien quiera creer en Dios, allá él. Felicitaciones, porque por lo menos tiene a qué agarrarse, que se aferre a Dios. Yo me aferro a la vida”. Porque gracias a la vida estoy acá y puedo contar mi historia. Gracias a la vida pude volver a encontrarme con el hombre a quien quería, del que me enamoré en el gueto, a los catorce o quince años. Él me llevaba once años y medio, en esa época, era mucha diferencia. Claro, después nos fuimos emparejando.

 

GRAFÍAS DEL AIRE

 

                                               “la edad vive de cabello en cabello/ a través del aire que ha quedado huérfano/ vive como un huevo/ que empolla frutas/ sobre una cuerda tendida entre dos alas/ el aire tiene la edad de las alas/ las frutas nacen de las alas/ las hojas de las alas sangran/ sobre las colas del aire”
“Manchas en el vacío”, Jean Arp

 

En el final de la película hay una conversación con tu nieta Paula, en la que vos te referís a esto que te decía tu madre, acerca de tener un ángel, un destino. Paula te dice “Abuela, eso es azar” y le respondés “Puede ser azar, puede ser destino, pero a mí no me metieron al horno”. Sara, ¿vos creés en un destino?

Muchísimo. Para mí lo más creíble es el destino de la persona.

Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus. Fotografía: Diego Grispo.

¿Es algo escrito o se va construyendo?

Es algo que está en el aire, nadie lo puede tocar y no se puede imaginar. Estas historias que ustedes me hicieron recordar, son las historias que yo quería contar.

Parece que sí tenés razones por las que creer en el destino. Pienso en la promesa que te hizo Bernardo: si sobrevivían a la guerra, se encontrarían en Buenos Aires, frente al edificio más alto del mundo de entonces -el Kavanagh- el 5/5/1945. Y ese día llegaste a un campo, que fue liberado. Ahí llegó una carta de Bernardo que te decía que estaba vivo y te esperaba en Polonia. Así se reencontraron. Cómo no creer… ¿Qué pensaste cuando viste el Kavanagh?

Un edificio viejo.

Claro, a esa altura ya lo tenías agarrado a tu marido.

Pero con él nunca fui.

Mi esposo, cuando nos conocimos en el gueto, sabía que existía un edificio Kavanagh, que era el más alto de Buenos Aires. Esto, porque leía muchísimo. Pero esa historia no es nada al lado de la que les voy a contar. Esta que viene es la historia del destino. Es creer o reventar. Nosotros teníamos un amigo en Venezuela. Él había sido amigo de mi esposo incluso desde antes de la guerra. Este muchacho sobrevivió, lo habíamos encontrado en Polonia, donde mi esposo había llegado antes que yo y había conseguido un trabajo.

¿Puede ser que Bernardo trabajaba de agente secreto allí?

Mabel Rubli. De la serie "La vida inmóvil", 2005. Fotografía: Julieta Steimberg.
Mabel Rubli. De la serie “La vida inmóvil”, 2005. Fotografía: Julieta Steimberg.

Sí señor. En Polonia hicieron un edificio de agentes secretos y su hermano también estaba allí.

¿Pero a quién espiaban?

Y yo qué sé. Pasa que los polacos estaban bajo el régimen de los rusos. Ustedes piensen… Bueno, este venezolano había invitado a mi esposo a Venezuela. Yo ya tenía mis dos hijos. En Venezuela, este amigo trabajaba en una fábrica de camisas. Desde allí, repartían para muchas provincias, hacía corretaje con su coche. Un día -esto habrá sido antes de 1960, Daniel tenía unos siete u ocho años-, recibimos una noticia de un muy amigo de ellos, que nos dijo “¿Leyeron algo en el diario?” Pues no, no habíamos leído. La noticia era que nuestro amigo Eduardo había tenido un accidente con el coche en Venezuela. Gracias a dios, no había pasado nada con él, pero tenía que volver con toda la mercadería al lugar de distribución. Por eso tomó un avión. En el mismo lugar que había tenido el accidente con el coche se cayó el avión y Eduardo murió. ¿Y ahora qué me van a contar del destino? ¡En el mismo lugar del accidente del coche el avión cae! El diario sacó esa historia, fue muy conocida.

Impresionante.

Entonces, para mí existe el destino. Su destino quiso que él muriera en ese lugar.

 

ELLAS NO BAILAN SOLAS

“Se contonea y danza/ en el lomo de mi libro
la llama.”
“Poemas cotidianos”, Max Aub

 

Una última pregunta. Nuestra revista tiene un tema en cada número. Esta vez es “la lucha”. Con todas las que ya enfrentaste, ¿qué lucha te queda pendiente?

Encontrar algo de mi hijo.

Y los antropólogos están trabajando en eso.

Mabel Rubli. "Gestos varios y gastados". Técnica mixta, 1998.
Mabel Rubli. “Gestos varios y gastados”. Técnica mixta, 1998.

Seguramente. ¡Conocen tantas cosas mías! Cuando yo fui a hablar por Daniel, todos los amigos y amigas de él ya habían pasado por allá.

Es impresionante cómo la biografía se va armando de a pedacitos. Vos, en tu búsqueda de todos estos años, te enteraste por otros de cosas que no sabías de Daniel.

Y sí. Cuando venían a mi casa sus amigos, yo les preguntaba “Decime, ¿son profesores?” Daniel tenía una estatura normal, un poco más alto que mi esposo, era hermoso. Pero esos muchachotes eran grandotes. Él tenía su habitación y su ropero para sacar sus copas y servir lo que quisieran. Ahí se reunía con esos grandotes y conversaban.

Siempre que describís a tu hijo Daniel, mencionás que -desde muy joven- tenía la idea de ayudar a los otros. ¿Él era militante?

Yo no lo sabía. Me dicen que era peronista. Conocí a algunos de sus compañeros. Cuando se hizo el acto para poner las baldosas frente de la Comisión Atómica, hasta de Córdoba vino un amigo de Daniel. Se acercaron muchos amigos y compañeros de trabajo. Cuando a mí me preguntaban con quién militaba mi hijo, no lo sabía. Qué sé yo, para mí era un muchacho que, con nosotros, no hablaba de política.

¿Se hablaba de política en tu casa?

Alberto Reguera.
Alberto Reguera.

No mucho. Pero cuando nos pasó esto con Daniel, ya empezábamos a entender de dónde y por qué pasaban las cosas. Hasta hoy pensamos que a él llegaron por encontrar su nombre y apellido y el teléfono en una agenda. Llevaron a su amigo y, a los cinco días, desapareció Daniel. Nunca supimos dónde estuvo. Hay personas que hasta recibían llamadas de los hijos, pero nosotros no tuvimos ningún dato. Hay un director de cine, Kononovich, que hizo la primera película en que participé, que se llamaba “Kaddish”. Hace muchos años la filmó. Este señor siempre se acuerda de mí. Incluso vino a ver “La memoria y después” y estaba muy contento. La película de él fue sobre las historias de varias personas, pero a él le importaba mucho cómo yo me ponía y me sacaba el pañuelo. En ese documental, yo decía que, al no tener los restos de mi hijo, decir el kaddish, que es la oración por los muertos, no tiene sentido ¿por quién vas a decir el kaddish?, ¿tenés el cuerpo de mi hijo? Yo le dije a Kononovich que si yo un día lograba reencontrarme con los huesos de mi hijo, lo dejaría decir el kaddish. Él me dijo “Mi película se va a llamar Kaddish”. No sé si ahora él se acuerda de esto.

Es emocionante verte en la película bailar con él y con tu marido, en la filmación del cumpleaños de 15 de tu hija.

Bernardo no bailaba bien. Pero, conmigo, bailaba. Yo era el hombre y él, la mujer, aunque nadie se daba cuenta. Nosotros, los polacos, no tenemos problema de invitar a bailar. Acá, las mujeres argentinas son muy celosas. Yo tenía un amigo que bailaba muy bien y decía “Pero no puedo dejar a mi esposa en la fiesta así, sentada”, Bernardo le respondía “No te preocupes, yo ya la voy a entretener, vos andá a bailar con mi esposa”.

Creo que si el destino hubiera hecho una curvita, vos hubieras terminado en los escenarios.

Bailar era mi locura. Hace muy poquito terminé Rikudim (5). Yo me movía bien, muy graciosa, incluso, con solo mover las manos. Somos varias en el grupo y nos queremos mucho. Una baila mejor, otra peor, pero no importa. Una vez por mes nos reunimos. Ya casi ninguna puede bailar. Igual, tomamos el coche y vamos.

¿Y con las Madres seguís yendo?

Sí, sí. Hace poquito estuve con Vera, que ella también es sobreviviente. Ella se escapó antes con los padres y vino acá. Pero el abuelo no quiso venir con ellos y los alemanes lo llevaron a Auschwitz.

¿Conversabas de esas cosas con Daniel?

Él conocía toda mi historia.

Sara Rus con Gabriela Stoppelman, directora de El Anartista. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus con Gabriela Stoppelman, directora de El Anartista. Fotografía: Diego Grispo.

Tal vez de ahí venía la cuestión solidaria, de lucha.

Sí. Los amigos parecían hombres y él me decía “No, mami, son compañeros míos a quienes les ayudo en matemáticas porque les resulta, es una materia un poco pesada”.

No queremos cansarte, te agradecemos mucho.

¡Pero no comieron nada!

Estamos bárbaro, gracias.

Yo me pongo muy mal.

Entonces como un pedacito.

Por favor.

Yo soy celíaco, no puedo comer masas, gracias. Pero se nota que todo es muy rico.

Escuchame, ¿galletitas de arroz podés?

Sí, puedo, pero gracias, está bien.

Las tengo acá en el cajón.

¿Tenés galletitas para celíacos?

No, no. Las tengo porque me gustan a mí. Y acá tengo más chiquitas pero no son dulces, ¿no importa si no son dulces?, ¿querés queso blanco?

Una auténtica bobe.

Pero mis nietas me dicen Abu, y mis bisnietos me llaman Sara.

Sara Rus con El Anartista. Fotografía: Diego Grispo.
Sara Rus con El Anartista. Fotografía: Diego Grispo.

 

  1. “La Memoria y después”, documental sobre la vida de Sara Rus, de Eduardo Feller
  2. Sonderkommandos: unidades de trabajo formadas por judíos prisioneros
  3. “Tengo que contar”, documental producido por Canal Encuentro
  4. Peies, en idish. Peot, en hebreo. Bucles a los costados de las barbas, que usan los judíos religiosos
  5. Danzas judías

 

 

 

 

 




INSOMNIO EN LA URNA

Anartista Juvenil

Claroscuros: sobre mis sensaciones después de las PASO

Por Milena Penstop

 

 CASI CASI  VOTO

Los días anteriores no había casi otro tema entre  mis compañeros. Algunos estaban ansiosos porque sería la primera vez que votarían. Otros, que ya tienen 16, prefirieron no ir. A esos no los entiendo: pasaron cuatro años quejándose y, ahora que tienen la oportunidad de cambiar lo que les hace mal a ellos y a sus familias, se declaran indiferentes. Por un lado, parece una posición muy cómoda y, por otro, muy autodestructiva. ¿Cómo no te ilusiona una posibilidad de liberación?

En mi caso, por pocos meses, al momento de las votaciones, aún tenía 15. Sin embargo, me hubiera gustado adelantar el tiempo solo para ese día, así podía votar. Como no pude, me emocioné por mis amigues que sí lo hicieron. De paso, hago precalentamiento para cuando me toque. Porque, aunque todavía no me tocó, es muy lindo tener la alegría de saber que eso va a suceder. Yo sé que mucha gente luchó e incluso murió por conseguir o conservar este derecho. Y no importa si el sistema en que vivimos tiene muchas cosas tristes, votar no es para mí hacer algo, si no la señal de que hay libertad para poder hacer muchas cosas.

Más allá de las indiferentes, una amiga mía se anotó para fiscalizar los comicios. Pidió turno completo. Y, sí, cuando vi la foto en las redes, me emocioné. Fuimos juntas al jardín y a la primaria y, ahí la tenía, tan ciudadana.

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 QUÉ TARDE

En mi casa, desde la mañana, se vivían unos nervios que para qué te cuento. Mi mamá metía la cabeza en su trabajo y, a cada rato, decía: “No voy a prender la tele, no tiene sentido. Hasta la noche, no.” Por supuesto, a cada rato, prendía y apagaba, prendía y apagaba. Yo tenía una prueba de historia en los siguientes días y trataba de concentrarme, porque había que incorporar mucha información. La atmósfera inquieta de mi casa también me inquietaba. Y, al final, ¿no era esto que sucedía, también historia? Confieso. Me interesaba mucho más enterarme que se terminaba el macrismo que las revoluciones burguesas de Europa.  Estos casi cuatro años, era imposible quedarse afuera de la tristeza de mucha gente. Todas las mañanas,  cuando mi mamá me acompaña a la Avenida Rivadavia a tomar el subte, vemos la gente acurrucada bajo muy poco techo, casi tapados hasta la cabeza, como paquetes. Hace frío. A veces llueve. En la escuela, nos enteramos de padres que pierden el trabajo. En mi propia familia escucho lo difícil que es pagar la luz y el gas. ¿La luz? ¿Cómo puede ser que algo tan indispensable casi para todo lo que hacemos, cueste como un objeto de lujo?

 

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QUÉ NOCHE

A  las 20:30, mi mamá dejó de hacer como que trabajaba y yo dejé de simular que estudiaba y prendimos todo junto: la computadora, la tele y la radio. A las 21 darían los resultados. Pero ya se sentía que los números venían bien, por lo que decían los periodistas opositores a Macri. Igual, el sentimiento de que todo iba bien no alcanzaba. Para colmo,  los resultados tardaron en llegar. En un momento, anunciaron que hablaría el presidente. El tipo salió bastante tenso a decir “que a su partido le fue mal” y nos mandó a dormir. ¡A dormir! ¿Y los números? Aunque al otro día tenía colegio, ¿quién podía irse a la cama sin datos? En un momento mi mamá dijo: para mí, estos están perdiendo como en la guerra y no lo quieren decir. Y así fue. ¡Ganamos por afano! Encima, al otro día, nos enteramos que ni contar saben, ni qué hacer con el número de los votos en blanco. Así las cosas, las diferencias en Provincia y en Nación se hicieron más grandes, a medida que pasaban las horas.

EL ALBERTO Y SUS DOS MADRES

Al principio no las reconocí, porque salieron sin pañuelo. Al poco tiempo vi la sonrisa de Taty Almeida. El nombre de la otra madre me lo dijo mi mamá: Lita Boitano. Al principio no tuve tiempo de pensar, sólo me emocioné. Pero, después, me dije: claro, después de un gobierno que asesinó a Santiago Maldonado, a Rafael Nahuel  y que volvió a cuestionar el número de los desaparecidos, salir abrazado a las Madres es como decir que el próximo presidente estará al lado de los derechos humanos.

 

Alberto Fernández y las Madres, después del triunfo en las Paso 2019
Alberto Fernández y las Madres, después del triunfo en las Paso 2019

 

Estas fueron las PASO. Con estos números, Alberto Fernández seguro será presidente. Pero faltan dos meses para las elecciones. Sin embargo, estos resultados dejan la oscuridad atrás. Cuando pase el claroscuro de esta espera, empezaremos a prender la luz

 

Fotografía, Adriana Lestido
Fotografía, Adriana Lestido