EL ESPEJO LENTO

Deseantes: Un cuento de Richard Zimler

Traducción: Lourdes Landeira, Marcela Molina

Pedro era de Buenos Aires.

Sin embargo, fue sólo después de su muerte que paré por un momento para reflexionar sobre lo que quería decir. Estaba en Argentina por primera vez, en un congreso de ornitología, y mientras descendía la Avenida de Santa Fe me ocurrió: entonces eso es lo que vio y oyó mientras crecía. ¿Se acordó muchas veces de este lugar después de hacer el amor conmigo?

Me acompañaba una imagen de taxis negros a aproximarse, y de amplias, interminables avenidas, una sensación de deambular entre brisas perfumadas en dirección a obeliscos y monumentos militares. Pero lo importante no era el verdadero espíritu de Buenos Aires. Lo que importaba es que la ciudad era real, que estaba siempre presente estuviera yo consciente de ello o no, y que Pedro había venido de allí.

Estaba en camino a su morada de infancia (demolida para dar lugar a un monstruo de cemento utilitario) cuando todo esto se condensó dentro de mí como si saliera de la nube de un sueño olvidado. Me paré, como si se enfrenta a un enigma. Y cuando volví a mirar a mi alrededor, me ví delante de una tienda de antigüedades llena de gente. Entré para reflexionar, hice una señal al dueño y me dirigí al fondo de la tienda para alejarme de la luz. Fue allí, después de haber pasado por una estantería de libros y por varios bastoneros, que descubrí el espejo

Estaba encima de una polvorienta cómoda portuguesa del siglo XVII, en el estilo lleno de torneados que se hizo popular después del primer viaje de Vasco da Gama a la India, y me llamó la atención porque tenía la forma de una lira. Soy profesora de ornitología de profesión – con una especialización en aves fringílidas (de América del Norte (Passiformes Fringillidae) )-, pero toco laúd por placer. Y los instrumentos antiguos me fascinan. Por eso me acerqué a esta lira – espejo y pasé la mano por su marco. Y cuando vi su reflejo, descubrí un arca china de madera de alcanfor. Tenía, tallada en el frente, una serpiente con una linterna colgando de su boca. El arca estaba, precisamente, frente al espejo, sobre un extraño escritorio inglés con tiradores en lapislázuli. Esa aliteración mágica de lapislázuli, linterna, lira y laúd  me llevó a obedecer a mi instinto y hacer una oferta por el espejo. Fui capaz de regatear con el anticuario, un viejo uruguayo de Paysandú que olía a pistacho y brandy, y conseguí un precio razonable.

Esa noche, al volver a mi pequeño cuarto del Hotel Estrella, vi por primera vez en los poderes particulares de aquel espejo. Después de una ducha, me peiné para intentar  un aire decente. Desempaqué el espejo y descubrí que el arca en madera de alcanfor y el interior de la tienda de antigüedades -y no yo- componían la totalidad de su reflejo. Desde todos los ángulos, para donde me moviese, mirase o me parase en la monstruosa silla de cuarto de hotel, la superficie plateada del espejo me mostraba los diferentes recovecos de la tienda uruguaya.

Luego de un gran susto, en que casi llamé a la recepcionista, me quedé un tiempo mirando el reflejo y llegué a distintas conclusiones; la primera (y más obvia), de que no era un espejo normal; la segunda (y naturalmente más perturbadora), de que podía estar por volverme loca.

Esa noche soñé con el espejo. Imaginé que reflejaba la imagen de un mosquitero, esos pájaros de pico grueso y pecho rosa – sobre el que hice mi disertación en la Universidad de Cornell y que dio nombre a mi hija Rosalía – y lo vi revolotear entre nubes verdes que se evaporaban desde robles gigantes. Ese pájaro era un mensajero, había sido enviado por Pedro para venir a buscar a Rosalía y llevarla al cielo.

A la mañana estaba expectante de ver el reflejo del pájaro cerca de mi rostro, pero volví a encontrar la tienda de antigüedades. Por eso, no fui a la conferencia sobre la evolución del canto en pájaros paseriformes  y regresé a la tienda del uruguayo. Le hablé de las dos conclusiones  a las que había llegado.
“Puede estar segura de que no está loca, Señora”, dijo con una sonrisa de solidaridad. “Hay un desfase de tiempo. El espejo parece conservar las imágenes. Se infiltran y tardan mucho tiempo hasta que aparezcan. Le llamo ‘espejo atrasado.’ ”

¿Cuánto tiempo tarda el espejo en devolver las imágenes?, le pregunté.

El anticuario se encogió de hombros. “Me hice cargo de este establecimiento hace cuatro años, era de otro uruguayo, un hombre de Punta del Este, y el espejo todavía no reflejó nada que no sea el arca china”, dijo. “Por supuesto que también reflejó imágenes de algunas personas que lo levantaron y de personas que por casualidad pasaban para ver otras antigüedades”. Se reía mientras  se revolvía el bigote. “Pero este egoísta todavía no reflejó mi imagen. Por eso, debe estar atrasado, por lo menos, cuatro años”.

“¿Sabe de dónde lo trajeron?”

“De Brasil, creo. De fabricación portuguesa, quizás. Aunque podría ser japonés. Pudo haber sido traído por inmigrantes. Un agrónomo coreano me dijo que la moldura de la lira es de madera de arce japonés.”

El anticuario me ofreció generosamente comprar nuevamente el espejo, en caso de que yo estuviera desilusionada por sus reflejos atrasados. Pero le confirmé que lo quería igual, le agradecí la ayuda y volví al hotel.

El espejo, todavía colocado arriba del escritorio al pie de mi cama, insistía en reflejar, claro está, el arca china y la tienda de antigüedades. Al correrme más hacia la derecha, podía ver al primer anticuario uruguayo de Punta del Este, un hombre bajo, delgado, con unos anteojos pegados con cinta adhesiva. Estaba sentado atrás de una mesa en cuyo centro había un candelabro barroco con  brazos sinuosos de una diosa Hindú.  Una luz intensa, que parecía filtrada por nubes ondulantes, brillaba a través de una ventana de la que pendía un crucifijo bizantino dorado. Miré, hipnotizada, y al cabo de algún tiempo, una mujer alta, vestida de negro entró en la tienda, dio una vuelta y volvió a salir sin comprar nada. El anticuario  comía su almuerzo de una bolsa blanca, como si el contenido debiera ser guardado en secreto. Leía un libro grande, encuadernado en cuero. Un tiempo después, las sombras bien definidas de un mueble imperceptible se arrastraban por el piso como buscando la noche. Entró un hombre con un  abrigo de cuero marrón, admiró un vaso persa azul-celeste esmaltado y lo envolvió en unos pañuelos blancos que sacó de su bolso, antes de dárselo al uruguayo para empaquetar. Justo cuando estaba por cerrar la tienda, dos mujeres grandes colmadas de paquetes entraron a pedir informaciones.

Fue entonces, cuando, sola con las antigüedades, me estremecí con una repentina alegría. Era como si, al mirar a la tienda, hubiese dejado mi cuerpo atrás por un tiempo. Y ahora, volvía para descubrir la maravilla de los dedos, las manos, los labios de una mujer que podía tocar el mundo, sentir su lugar en el centro de la vida, respirar, besar, hablar. Agarré el teléfono para compartir el descubrimiento con Rosalía. Pero al oír su voz trémula, me pareció mejor preguntar por su salud.

“¿Dónde estás, finalmente?, preguntó ella.

“En Buenos Aires”

“Todavía estás ahí… entonces, ¿por qué estás llamando?

“Para saber cómo estás. Perdón si te desperté”.

Rosalía permaneció callada. Imaginé sus lágrimas como consecuencia de un mundo sepia descolorido, una niña solitaria enfrentando un bosque encantado salido de un cuento de Grimm.

Sin responder, ella colgó el teléfono. Nos quedamos sin comunicación. Me senté con la cabeza en las manos. Lamentándolo mucho. Viendo la tienda de antigüedades sumergida en la noche. El espejo era, entonces, perfectamente normal – un artefacto imposible, en verdad, y por cierto, un regalo, apenas uno entre muchos objetos imposibles que me rodeaban. Imaginaba que había sido sacado de la galera de un mago de la misma tierra invisible que diera origen a la leucemia de Rosalía y a mi propia desesperación.

El tiempo se arrastró lentamente para mí esa noche. Dormí sobresaltada, con escalofríos, sueños interminables ribeteados de agua. A la mañana, desperté agarrada de la Estrella plateada de David que Pedro había colgado de mi cuello cuando nos pusimos de novios y sentí muchas ganas de salir de allí. Me vestí con furia, corrí hacia afuera, justo a tiempo para llegar a una conferencia sobre incubación de enfermedades de trasmisión sexual masculina.

Dos días más tarde, después del cóctel de cierre del congreso, empaqué el espejo, tomé el vuelo de la noche y regresé a San Francisco.

Allí, en el interior de nuestra casa, en la Avenida 12 de Richmond District, puse el espejo atrasado arriba de mi cómoda de palisandro. Se lo mostré a Rosalía cuando despertó de la siesta. “De la ciudad de tu padre”, le dije. Me devolvió la sonrisa de modo ausente y después de mi explicación, miró por momentos la imagen reflejada y dijo, ”Es demasiado lento”..Me agarro del brazo, se negó a clarificar su comentario y volvió a la cama.

Solo más tarde comprendí lo que quería decir. No tengo tiempo para esperar a que el espejo devuelva mi imagen.

A pesar de estar ensombrecida por esa idea que me atravesó (o, tal vez, por eso mismo), comencé a  seguir con avidez la vida de la tienda de antigüedades, de manera compulsiva, debo decir. Me torné una especialista de los hábitos del uruguayo de Punta del Este y de los gustos lascivos del empleado de los sábados, un hombre muy flaco con predilección por las rubias obsesionadas en vestir de lycra. Pasé también a apreciar la idiosincrasia de algunos visitantes regulares, sobre todo la de una mujer nativa, pequeña y llena de energía, que vivía en La Boca y que iba una vez por día a olfatear el arca de madera de alcanfor por sus sinusitis (pude leerlo en sus labios una vez que se lamentaba de sus penurias con el uruguayo).

Muchas veces, al levantarme y al acostarme, seguí el cuento del espejo, y por algún tiempo eso sustituyó mis lecturas, mis salidas al cine, o el laúd. Mientras tanto, como es de imaginar, después de un año de tiendas y clientes – y del arca china, en particular- me cansé definitivamente de la vida del anticuario de Buenos Aires y puse el espejo en el piso del armario de las sábanas, donde podía espiarlo de vez en cuando, sin sentirme atravesado por su historia interminable.

Rosalía adelgazaba día a día. Y cada vez, sufría más. La quimioterapia ayudaba poco o nada. Con frecuencia, me hablaba con la voz de un ser frágil y alado que yo imaginaba prisionero de su cuerpo débil. En esos momentos, me daba cuenta de que no faltaba mucho para que su ser revolotease, desapareciendo de nuestras vidas como un hada de luz. Aun así, me asustó admitirlo, esperaba sinceramente que todo aquello sucediese con rapidez. Poco después de haber guardado el espejo, Rosalía me preguntó con voz trémula si colgaría el espejo en la pared opuesta su cama. “Algo de  lo imposible vi en él”, dijo. Se negó a decir más,  a cambio de explicación, me mostró un libro de su infancia que había mantenido escondido.

Era italiano, ilustrado con pájaros por Bruno Munari; los rojos, azules y amarillos parecían haber salido de plumas verdaderas.  Era el único libro que Pedro había traído de Argentina cuando su familia huyó perseguida por una dictadura anti-intelectual y anti-semita. Todos los demás habían quedado atrás, quizás reducidos a cenizas.

Cuando Rosalía era niña, Pedro solía sentarse con ella durante horas mostrándole las bonitas imágenes. “¿Qué viste?”, volví a preguntarle.

Rosalía se llevó los dedos a los labios, en señal de silencio, sonrió para conformarme y me apretó la mano.

Dos días después, ella murió.

La encontré sosteniendo el espejo en forma de lira junto al pecho, de cara abajo, como si tratase de fundir el reflejo plateado con su cuerpo. Abajo, estaba su libro de la infancia. Nunca comprendí cómo se  las arregló para tener la fuerza de sacar el espejo de la pared.

El pasado, después de eso, se aleja de mí, como si mi historia personal hubiese sido echada al mar por unos años. Sé que debo haber trabajado y comido y hablado con gente –debo haber hecho todas las cosas que se hacen para sobrevivir. Sin embargo, mis pensamientos de esa época están limitados por el océano negro impenetrable de una epopeya. Cuando finalmente, mi historia emerge de ese paisaje negro, es con el rostro de Rosalía en la proa; hace una semana, casi cuatro años después de su muerte, la vi reflejada en el espejo atrasado.

Miré lo que la rodeaba y pude ver que estaba de pie, delante de mi armario de sábanas. Miraba perpleja aquello que solo puedo referir como el rostro de una mujer adorando a una niña. Después de un tiempo, se alejó y besó la superficie del espejo.

Observé todo eso en su cuarto. Desde adentro de aquel abrazo etéreo que parecía hecho de lágrimas. Desde adentro de las cobijas. Porque yo había vuelto a colgar el espejo en la pared después de su muerte y comencé a dormir en su cama.

Al día siguiente, pude ver mi propio reflejo cuando llevaba el espejo para su cuarto y lo colgaba en la pared, exactamente como hice cuatro años antes.

Después de eso, reviví las últimas horas de vida de Rosalía sin parar ni para dormir. Creo que, además de cualquier otra cosa, fue paz lo que vi en su rostro. ¿Estaría la tienda de antigüedades para ayudarla? No tenía la mínima idea, hasta que la vi levantarse de la cama con aquel libro de su infancia que guardaba en la mesa de luz, y deslizarse por el piso con la facilidad de un espectro. Separó a la derecha del espejo y se quedó allí, mirando por algún tiempo; después, se subió a la cómoda y lo sacó. Lo llevó para el cuarto y se agarró a él, como quien abraza a un niño enfermo.

Momentos más tarde, solo quedaba la  penumbra de su pecho, que dejó de jadear. La noche en que fui testigo de todo esto en el espejo, viajé a Buenos Aires. Cuando llegué, tomé un taxi hasta la tienda de antigüedades. El viejo comerciante uruguayo de Paysandú todavía estaba ahí. – “El espejo atrasado, ¿no?”- preguntó apenas entré.

-“Sí, ¿puedo dar un vistazo?”

-¡Adelante, por favor!

La cómoda portuguesa colmada de bronces estaba todavía en el fondo de la tienda. Había ahí, ahora, otro espejo –un espejo normal- que reflejó mi mano cuando la levanté para probar. Me detuve en el lugar en que estuvo Rosalía, y miré con atención. Desde aquel ángulo podía ver un estante. Me pareció evidente que lo que ella había visto, lo vio desde allí. Pasé por los libros lo más rápido que pude hasta que el nombre de Munari me hizo parar. Era otro de sus libros para niños. En la tapa, un gorrión escarlata posado en un girasol. Lo apreté contra mi pecho y cerré los ojos. Una mezcla de espanto y miedo me produjo vértigo. El fuerte latido de mi corazón me hacía balancear de un lado a otro. Mis pies parecían haber echado raíces justo en el centro del mundo. Me agarré de la cómoda portuguesa por si me desmayaba.

Cuando junté coraje para agarrar el libro abierto, encontré una dedicatoria en latín para Pedro, era de su madre y estaba fechada: Purim, 14 de Adar, 5707 (1947). Leí el mensaje en un susurro. “Para mi pequeño pájaro, con amor. Lo imposible es la prueba”

La extraña sensación de que esas palabras habían sido escritas para mí parecía que iba a cortarme la respiración. Allá, bien al fondo de la armadura del cuerpo, sentí como si hubiese accedido al entendimiento del mundo basado en la fe. ¿Habría encontrado Rosalía esta fe y serenidad antes de morir? Sin duda, Pedro le habrá trasmitido las palabras de su madre años antes. ¿Le habrá asegurado que lo iba a encontrar junto a Dios?

Cuando los movimientos de otro cliente me hicieron regresar a la  tienda, pagué el libro. El comerciante dijo: “Vea cómo es de misteriosa la vida. Tuvimos es bella pieza bien a la vista durante años y nadie la compró. Ahora, que está medio escondida, usted entra aquí y la encuentra. Vaya a saber”
“Quizás esto explique algo, dije yo y le mostré la dedicatoria de libro. Frente a sus ojos abiertos de espanto y confusión, dijo él: “Es latín. Un dialecto escrito en letras hebraicas por los judíos españoles que data de antes de la Inquisición. “Le leí el mensaje de la madre de Pedro.

¿Qué cree que quiere decir?, preguntó.

Desplegué mi brazo para apuntar a la tienda, hacia la calle, hacia las antigüedades. Le señalé a él, y después a mí misma. “¿La inverosimilitud del propio mundo… o de algo absolutamente imposible que haya sucedido jamás lo hicieron sentir que hay algo más allá de lo que se ve?

“Ah, comprendo”, dijo él. Encogió los hombres  y detuvo las manos en un gesto de escepticismo pasivo. Apenas comenzó a hablar, llevé el dedo índice a los labios y le ofrecí la sonrisa suave de silencio de Rosalía.

Después de mi regreso a San Francisco, tomé el espejo y lo vendí a un comerciante de antigüedades chileno, de ojos azules brillantes, de Mission District. Y volé para Cornell. Deambulé por el bosque varios días, con los libros infantiles en las manos, sin saber qué buscaba, hasta que una flecha rosada resplandeció en mi frente. Era un pico-grueso-de-pecho-rosa, y se posó en una rama de roble rugoso arriba mío, mirando fijamente al piso. Cuando miré para abajo, descubrí un charco sobre una cama de musgo. Reflejaba la cara llorosa de una mujer de edad, una súbita visión alada de rosa atravesando las nubes verdes en dirección a un cielo soleado. Y pensé: También los sueños son imposibles. Y aún más: lo sepa o no, este bosque, este lugar, está siempre aquí.

 LEÉ LA ENTREVISTA AL ESCRITOR EN: LÁGRIMAS DE MAYO

 




ISLA EN LA ORILLA DE TUS MANOS

La celebración: entrevista a la escritora portuguesa Dulce María Cardoso

  ManoVerde

                                              Entrevista y edición: Gabriela Stoppelman

                                              Traducción: Lourdes Landeira, Marcela Molina

El agua llega justo hasta ahí y se retrae. La mano, ese archipiélago de cinco islas separadas por vacíos, no cede. Levanta la marea, por frustración o por entusiasmo, y redobla la lectura. Ahora las yemas son el mar que llega hasta la orilla de otros textos. En “campo de sangre”, de Dulce María Cardoso, encuentra  una ronda de cuatro mujeres que ventean sus cuerpos para alcanzar a un hombre- acantilado, de punta muy filosa. El tipo alguna vez soñó que era una bahía, pero se quebró del continente, de cabo a cabo. Desde entonces, no hace más que soplar correntadas que terminan en desencuentros y en engaños consentidos. La muerte y el deliro le circundan su frágil contorno. Un polvo amarillento torna rojizo y preanuncia el último tedio. Sin embargo, queda flotante entre la superficie y el fondo, porque lo profundo lo rechaza y el cielo le queda grande.

          Después, la lectura prueba pisar tierra en “El retorno”. La mirada también es un doble islote que busca un punto entre la colonia y la metrópoli, entre Angola y Portugal. Y ahí advierte que la fantasía del regreso camina detrás de su propia huella sin nunca alcanzarla. En eso se parece al archipiélago de la mano, con el tacto siempre un paso atrás de su propia orilla. El cauce no pasa de ahí hasta que un día, al cerrar el puño, siente un sudor arenoso y un rumor de agua reinventada. Entonces se desborda y escribe. En la franja de mar que se atreve entre sus vacíos, la mano arranca con silencio, se aferra a barandas carcomidas, enciende una luz tenue, pone a ritmo una luz turbia y planta el cuerpo de la letra. Entonces, en el litoral de la lectura, escribe.

ENTRE ISLAS DE NOCHE

 “Es necesario inventar todo muy bien para que la voz nunca falle, es un trabajo arduo hacer que todos los hechos coincidan, un trabajo minucioso que no admite errores, un trapecista sin red, el peligro estaba en todas partes” (*)

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  Los silencios de la mesa familiar en “El retorno” y los silencios entre Eva y el protagonista de “Campo de sangre” irrumpen en el hastío y en el terror cotidiano como una intensidad que delata la paz armada del rito. En “Campo de sangre”, el paso de un cortejo va tan sin palabras, que casi elude la muerte” la mancha negra avanzaba hacia la iglesia todas las casas le cerraron la puerta a la muerta, los hombres caminaban con los sombreros en las manos a pesar del sol, jadeaban desesperados en el camino escarpado”(…)“al regresar al banco, pasé junto al muerto con el Cuerpo de Dios pegado en el paladar, descubrí una santa que nunca había visto”: Siempre me interesaron los rituales colectivos o individuales. Pienso que es en la repetición donde damos la debida importancia a las cosas. Un hecho, un acto que nos habita, podrá nunca haber existido, precisamos de la confirmación. Por otro lado, los rituales- los religiosos o los laicos- tienen siempre que ver con una continuidad. A mí me interesa esa idea: siendo siempre los mismos, estamos siempre cambiando. En los rituales, prende siempre la repetición de uno mismo y lo que hay en nosotros siempre tan fugaz. Por eso las celebraciones que toman ese sentido repetitivo tienen que ver con mi idea del pasado. Por tanto, celebrar también es repetir.

Viaje fantasma o El hombre barco-Salvador Dalí
Viaje fantasma o El hombre barco-Salvador Dalí

Intentamos ser los mismos ya siendo otros. Y, bueno, en cuanto al silencio, él también está en muchos rituales. El silencio es terrible. Hasta puede ser una señal de extremo confort. No hay mejor intimidad que estar con alguien en silencio, si el silencio no es pesado, si no es un cuerpo. Pero también es verdad que el silencio es una negativa a llegar al otro. Somos, de hecho, inviolables. El lenguaje cumple con la totalidad de nuestra aproximación al otro, con nuestra manera de ver el mundo y ver al otro. Y, por lo tanto, si voluntariamente nos remitimos al silencio, estamos agrediendo al otro. Estamos diciendo: no quiero que llegues hasta mí, no quiero llegar hasta ti. Y, de ahí, las  situaciones de conflicto, como  la de Eva y su ex marido o la mesa de “El retorno”, que se preparaba para abandonar un país, para perder un tipo de vida, el silencio está ahí. Y ahí es el sitio donde el rompiente sobre la roca simula ser una desventura del azar. Total, es de noche en la isla, ¿quién va a encolerizarse por travesuras del viento? Entre la noche no dicha y el peso del silencio, los náufragos sostienen la superficie del mar.

EN EL PRINCIPIO FUE UNA ISLA

“¿No os acordáis del pasado/ni caéis en la cuenta de  lo antiguo?/ Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? /Pongo en el desierto un camino” Is, 43, 18-19 (Un epígrafe de “Campo de sangre”)

Una inmensa isla sobre un mar de nada no podía ni siquiera sentirse sola, porque la soledad aún no se había inventado. Era una gran oportunidad para aprovechar el tiempo y ponerse a leer, pero tampoco había tiempo ni libros. Así que no resultaba urgente ni despejar las tinieblas ni acomodar el caos, ni ninguna de esas cosas que suelen hacer los dioses en los orígenes. Había que fabricar una biblioteca. De ahí salió el tiempo, una masa inmensa que- no más nacida- se fracturó en mínimas islitas. Entre parte y parte, quedaron transcursos fuera de mundo, un aire extranjero, una inminencia de lo hostil. Una leve atmósfera Camus. Cantos de libros, orillas de las lecturas: Sinceramente yo no sé responder si los epígrafes bíblicos construyen una historia en paralelo a la novela. La Biblia fue de extrema importancia para mí. Me interesaba que en “Campo de sangre”, en “ese cementerio para extranjeros” estuviese presente, más como un sentido metafórico de lo que es la vida. Por tanto, aproveché lo  aprovechable de la Biblia para esta novela, con una lectura meramente literaria y cultural. El hecho de que mi personaje esté fuera de la ética y pueda referenciarse con “El extranjero” de Camus… sí, en cierta manera, hay la misma indiferencia. Pero yo pienso que hay la misma indiferencia en todas las personas que se apartan de las rutinas, de las repeticiones. En verdad,  somos programadas desde muy temprano para etapa: ir a la escuela, hacer un curso, casarse, tener hijos, trabajar. Evidentemente, todo esto nos da una identidad en lo social que acaba por ser nuestra identidad, acabamos por moldearnos a ella. Pero, cuando se sale de esa rutina, ¿qué sucede? El hombre de “Campo de sangre” mató. El personaje de Camus mató. Uno por motivos pasionales, el otro no. Pienso que ambos personajes podrían ser ligeramente equiparables. Pero es en la diferencia donde se atisba una chance:  Si mañana será un día diferente como sugiere  el final de araña y mosca, pues no sé qué decir “(Él) no hace nada más que observar a la mosca y a la araña y esperar el día en que en que una mosca consiga liberarse de la tela, ganarle a la araña”. Creo que podrá ser diferente, si queda algo que pueda ser diferente,  porque la inercia provoca el no cambio. Todos los cambios son asustadores. Cada pedacito del tiempo fracturado se encuadernó entre dos porciones de silencio.  Esos fueron los patriarcas de la escritura. Después, mucho después, el agua los hizo andar.

ASPAVIENTO ISLEÑO

La piel como flan casero resecado y las arrugas como caminitos de canela”.

“El hombre fuerte puso el auto en punto muerto y escupió ruidosamente por la ventanilla la sequedad de la tarde que se alojaba en su garganta”.

Tenía que conectarse con un continente y a la vez fundarlo. Tenía que decidir si sería isla volcánica, arrecife coralino o si se atrevería a ser de esas que se incrustan en el canal de un río. Río, lava o coral, todo demandaba inauguraciones. Necesitaba un gesto, un abanico de gestos, ¿pero hacia dónde?, ¿pero hacia quién?: Los gestos tienen mucha importancia. Casi toda la comunicación con el otro se agota en el lenguaje. Esto tal vez sea el mayor castigo para nuestra especie. Los otros animales no hablan, es decir, no tienen un lenguaje tan elaborado, se comunican de modo completamente diferente. Nosotros estamos condenados a un lenguaje  muy insuficiente para decir lo que realmente sentimos  o pensamos. Sin embargo, está este artificio, esta idea  de que es suficiente  y más que suficiente. Si así fuera, no se entendería la soledad  en nosotros. Los gestos completan la comunicación con los otros. Por eso un gesto, una mirada puede significar más que una larga conversación. Y si de charlas hablamos, “Campo de sangre” conversa mucho con y sobre  miradas. “(las cuatro mujeres) esperan en silencio sin saber qué hacer con las manos y con los ojos (…) Los ojos, que ellas lo saben, solamente descansarán cuando estén cerrados” (…)La ex mujer dice que nadie pudo ver todo sin ser igualmente culpable”. Si así es, ¿todo “dios” es culpable? La verdad es esa, cada vez vemos, tenemos que actuar en conformidad con lo que vemos. Si sabemos de una injusticia, por ejemplo, y no hacemos nada respecto a lo visto, solo el simple hecho de haberlo visto- nuestra inacción- ya provoca culpa. De alguna manera, tenemos responsabilidad sobre lo que vemos.  Si todo dios es culpable, sí, será, evidentemente. Eso si la culpa también fuera interesante cuando habla dios. Pero no, pienso que no, la culpa casi exclusivamente nos la inventamos los humanos. Mientras la isla primera se perdía en cavilaciones, el tiempo se le colaba por las fronteras. Y tanto la agigantó, que no pudo más y se llenó de culpa. Ya eran tres en el archipiélago del origen: isla, tiempo y culpa. Detrás de todo, se agitaba un rumor de biblioteca.

 dulce2QUIROMANCIA ORILLERA

 “Las manos tienen tantas líneas donde se pueden perder, la línea de la vida, la del corazón y la de la salud, una cicatriz, líneas paralelas, perpendiculares, una encrucijada, la quemadura del horno, las uñas quebradas”

“Entrecerró el ojo izquierdo, así una mosca gusanera podía ser una mariposa verde, los sentidos son tan insensatos que debe ser por eso que los hombres perdieron la fe”

simulacro de la noche-Salvador Dalí
Simulacro de la noche – Salvador Dalí

Tanto vagar y casi sin decidirlo, la enorme isla empezó a narrar su cuerpo. El comienzo de la narración iba siempre sobre los talones del comienzo de su tiempo. Donde era posible el roce entre esos dos despuntes, algo de poesía destellaba. Y, como “nadie sabe lo que un cuerpo puede” (1), la isla- igual que el tiempo- se deshizo en quebraduras. Vuelta archipiélago, las manos fueron refugio de huellas, asomó el dolor entre las partes, mostró su rostro la insensatez de los sentidos. Y, entre todo eso, alguna voz apuntó la palabra libertad: Sí, todos los cuerpos narran cosas, con sus marcas cuentas historias. Salgo a la calle y cualquier persona que me mire podrá saber cosas mías a través de mi cuerpo. Por tanto, sí, los cuerpos cuentan historias. Ya los textos de las manos y eso de leer las líneas de las manos, aunque no tengo estudios acerca de eso, me gusta pensar que sí, que por el lado lúdico, estas tentativas humanas intentan anticipar el futuro y combatir este miedo de lo que nos espera. Y por eso en mis novelas están tantas veces estos juegos con el futuro. Porque nada más asustador que lo desconocido el futuro; por mucho que sepamos dónde estamos hoy, ahora, nunca podremos saber qué va a acontecer durante  el próximo minuto. Y eso es atemorizador. Ahora, vuelvo al cuerpo y a los sentidos. Los sentidos son la manera más espontánea de aprender la realidad, la forma más inmediata, como el nombre lo indica, del sentir. Pero la libertad tiene necesariamente que ver con el pensamiento, porque la libertad y la persona son construcciones humanas. Porque todo, el modo en que nos organizamos en términos sociales, nos aparta de esa idea de libertad, de esa idea mítica del hombre salvaje que corre libre, sin obligaciones. La vida nos lleva a la existencia de una economía, lleva a que la libertad sea muy comprometida y que existan verdaderamente esclavos. Por tanto la libertad política, social y la afectiva son conquistas y por eso tienen que ser necesariamente pensadas, y más que pensadas tienen que ser disputadas, batalladas. Sin embargo, los sentidos no son una hipótesis de la libertad. Por el contrario, creo que los sentidos son engañadores y contribuyen muchas veces a la no libertad. La biblioteca de fondo acomodó sus huecos. Tenía que moverse para no verlo todo, para no caer en la trampa de lo divino.

JADEOS ENTRE MAR Y TIERRA

                        “Le estaba agradecido por haberlo tratado a pesar de las uñas de perro…le curaron al herida pero no le cortaron las uñas, no les interesaron como enfermedad incurable, la médica le sonrió nuevamente y él tuvo lástima de ser lo que las uñas denunciaban, el enfermo se acotó en la camilla para mostrar el dolor que lo mordía y él se alejó casi llorando, fue por poco que no lloró, fue por muy poco.”

En el estreno de sus manos, la isla  probó el puñetazo, los ademanes, el saludo y la caricia. En esos juegos andaba, cuando descubrió el pulso: un latido con ritmo propio, bien proclive a cambiar con el viento. Entonces, la isla creó los vientos. Cuando yo escribo, no estoy preocupada  por el ritmo que la novela va a tener. Sucede  que el ritmo es elegido naturalmente con lo que yo tengo para decir. Nunca pensé: “ahora voy a hacer aquí un capítulo más largo”, “ahora uno más corto”.  Claro que hay diferencias de ritmos. Cuando en la novela cuento la escena acerca de cortar un pie es distinto a cuando describo un paisaje.  Por otro lado, la alternancia de otros discursos separados por comas me da rapidez. Gana más rapidez, pero no es una cosa intencional,  aparece en la escritura así. En cuanto al cuerpo y lo que el cuerpo argumenta, eso  sí.

dulce 8annette_messager_mes_troph_es_1987_2Nosotros somos animales muy resistentes y nuestros cuerpos experimentan el dolor de una forma para mí inimaginable. Lo sé por experiencia propia. Por lo tanto, de alguna manera, me fascina esa resistencia al dolor. Especialmente cuando percibí que, por ejemplo, en situación de peligro, nuestros cuerpos pasan a ver en blanco y negro para economizar energía. Eso para mí es fascinante. El dolor extremo provoca desmayo para evitar la posterior memoria del dolor, porque sería insoportable vivir la realidad con esa memoria y el miedo de que se repitiese el episodio. Y los vientos se animaron en los vacíos entre los dedos, probaron las distintas honduras de los vacíos, barrieron la memoria y acomodaron las cicatrices. Prometieron volver pronto, antes de irse hacia los confines. Allí depositaron la memoria del dolor. Lejos, pero dentro del mundo. Como quien guarda un tesoro peligroso, entre dos libros de la biblioteca.

ALBAS Y CREPÚSCULOS

 La lámpara de los cristales apagada, sólo las lámparas opacas de la pared y la luz que proyecta el televisor iluminan mínimamente  a los que están cerca de esos focos, el pelo de Goretti azulado, la cara de Francisco cadavérica, el señor Campos con redondeles de luz en las orejas”.

           “(…) pero los ojos opacos no muestran sorpresa ni enojo, los ojos opacos muestran apenas la ruina de esperar”.               

                 Ya vuelta archipiélago y con sus manos a la obra, la isla vio el nacimiento de la luz entre sus dedos.  Fue un resplandor opaco, una sustancia membranosa que se extendía entre isla e isla. Un caldo diluido de estrella: De hecho, me gusta la luz turbia, me gusta la luz velada, tensa; pero también tiene que ver con lo metafórico,  porque la luz turbia oculta, encubre, por tanto no es tan cruel como la luz blanca, por ejemplo. Por eso en esta novela está tantas veces esta luz, porque los personajes son más disimulados, tienen secretos, son distantes. Y la luz cae pesada, como tedio denso, como secuaz de toda urgencia. Sobre el tedio, el tedio es terrible, nosotros nos aburrimos mucho, por eso  estamos siempre, siempre quejándonos de que nos falta tiempo,  pero aun así incrementamos actividades, actividades, actividades  para estar siempre ocupados. Yo creo que, a pesar de ser esencialmente contemplativos por naturaleza, nos deshabituamos y contemplar pasó a ser algo  terrible, terriblemente aburrido. Pensar para muchos también es aburrido porque no lo hacemos  tanto y  estamos frenéticamente ocupados en movernos. Los tiempos modernos son tiempos de extrema ocupación porque dejamos de estar con  nuestro pensar. Una cosa es movernos para caminar y ahí sí se pude dar el pensamiento, y  otra cosa es movernos para mil actividades, normalmente en grupo  por ejemplo, en el gimnasio. Ahí se trata de otra cosa, de una huida. Y puede sonar increíble: aunque no hubo un contorno de isla igual al otro, ni un pasaje entre dos parecido a otro, en esta infancia de las cosas, siempre alguna pequeña se quejaba porque se aburría. Ahí, había que ponerse a escribir nuevas cosas, a rebuscar alguna cita entre los libros de la biblioteca o a reinventar el juego de la luz,  para que nunca se atreviera a amanecer de la misma forma.

ISLAS PIRATAS

  “Le pedía perdón frecuentemente, lo que desagradaba a Eva, pues sabía que esa era la forma que él tenía para poder hacer siempre lo que quería”

 

Entre islas I-Carolina Diéguez
Entre islas I-Carolina Diéguez

       Era de esperarse: siembra hastío y cosecharás riñas. Primero, tímidamente- como quien, al inaugurar el primer daño, inaugura también el pudor con que lo ejecuta- comenzaron las rencillas. Luego la cosa se puso espesa. Las pequeñas contra las medianas, las poderosas contra las frágiles, las astutas contra las ambiciosas. Pero las peores de todas eran las reincidentes. Donde encontraban la disculpa, la gastaban hasta el fin de todas las creaciones. Hubo una que pidió tantos indultos y repitió tantas veces las mismas patrañas que, cuando pidió perdón por última vez, hasta las grandes religiones ya se habían cansado de vender indulgencias: Mi manera de pedir perdón a alguien por un comportamiento no digno es no repetir. Nuestros usos del lenguaje  nos permiten esta idea de que  si pedimos verbalmente perdón, estamos perdonados definitivamente. La iglesia católica también contribuyó a esta mal formación social. Y, por tanto, es de hecho una manipulación. Si no pensamos en no repetir la actitud, no repetir la ofensa, lo hacemos  sólo para apaciguar al otro, para que el otro continúe apreciándonos, que es de lo que se trata.  En la cortesía, en cambio, no hay manipulación. La cortesía es una manera de relacionarnos porque somos humanos y porque tenemos que vivir en conjunto. Quiero decir, evidentemente, podemos utilizar las reglas de cortesía para manipular, podemos todo, pero no veo una relación directa. Con toda amabilidad, el archipiélago se debatió entre la mano que se estrecha y la que esconde.

EN EL ESPACIO DE UN NOMBRE

“-¿Cómo será vivir en una isla?/ Tiene que ser como cualquier otro lugar/-(…)/Una isla debe tener una cosa diferente. / -Tengo mucha dificultad para pensar el mundo redondo (…) pienso más fácil en el mundo en forma de rectángulo.”

 “Le agradezco a Dulce María Loynaz  la definición de isla”

      Una isla, entonces, no era ni refugio ni aislamiento. Sólo un cierto modo de balancearse entre el peligro y la apuesta. Una isla, entonces, era el espacio donde el deseo jugaba a las escondidas con lo real. A lo real, por supuesto, siempre le tocaba contar. Cuando lo real se daba vuelta, solía no encontrar al deseo. Pero, muy de tanto en tanto, la cuenta terminaba con la cifra de un nombre.: Dulce María Loynaz  es una poeta cubana  a quien  nunca conocí, nunca tuve relación personal con ella, salvo a través de la lectura, que es una relación muy íntima. Pero un día leí una entrevista a ella, donde decía que tenía pena de morir porque perdería el nombre. Solo después de esa entrevista tan extraña, me enteré que ella no se llamaba Dulce María: había elegido ese nombre como la virgen Dulce María. Entonces yo no tenía publicada ni una sola línea y prometí que, cuando publicase, habría siempre algo de Dulce María Loynaz en mi trabajo. De ese modo, no sucedería lo que ella tanto temía: perder su nombre. Evidentemente, me gustaban sus textos. Pero hay en la imagen de la isla la referencia a una estrechez, aun límite, también al deseo de superarlo.  En el límite el deseo y lo real, entre las expectativas y realidad, siempre hay esta diferencia. Y a veces, es un camino enorme, vinculado al espacio de frustraciones que todos tenemos que tener para aprender a hacer, a generar cosas. Por eso nuestro actuar es tan doloroso, porque nos enseña ese espacio de frustración en que nada pasa como nosotros pensamos y deseamos. Hay que aprender a lidiar con esa diferencia entre lo real y el deseo. Si la isla es lo contrario al refugio o por el contrario, no me gustaría ser impertinente, sólo sé que con ese dolor brinco. No sé qué puede significar la isla para quien vive allí o para cada uno de nosotros. Sé que es diferente a un continente, sé que los isleños, las personas que nacieron en las islas, tienen un comportamiento diferente debido al espacio. Ahora, yo nunca viví en una isla, soy muy curiosa respecto a las islas, pero no sé. Y a veces las islas se cansaban de jugar a las escondidas. Entonces esperaban a que el atardecer les devolviera la luz de los comienzos y reinventaban los juegos.

¿NINGÚN HOMBRE ES UN ISLA?

Nunca se sabe cuándo comenzamos a quedar iguales a los que…a los que nos desagradan.”

“la dueña de la pensión le tenía miedo a la locura que resonaba en la caja de la escalera y la aproximaba al purgatorio”

Y así  llegaron el ajedrez, las damas y los juegos de cartas: “el truco” y  “El culo sucio” fueron los más exitosos. Por aquella época se vio que no era nada sencillo eso de que una isla fuera peón y la otra reina, que una fuera dama y otra alfil, que una tuviera la orilla con caracoles limpios y otra, el patio trasero lleno de desperdicios. Para entonces, los archipiélagos eran un montón y, entre islas y continentes, se desplegaba una infinidad de plataformas, rampas y escaleras. Así y todo, no hubo arquitectura capaz de impedir los vacíos y las fracturas. Mucho menos, las soledades. Siempre algo inasible “resonaba en  la caja de la escalera”: Los otros son quienes nos dan gran parte de identidad, nosotros somos como los otros nos ven  y también a través de los otros podemos tener idea  de lo que somos, son importantísimos en la definición del yo. Ser muchos, ser una multitud, y por lo tanto que haya muchos otros de nosotros, esa es una idea. Pero no me refería a eso. Lo que me gusta más pensar es cómo la vida de los otros nos forman, cómo la mirada de los otros nos cambia. Y es verdad que nunca sabemos cuándo comenzamos a ser  igual que aquellos que nos desagradan.  Ahora, los otros son también un tribunal, por tanto, muchas veces huimos de quienes somos o de lo que sentimos para  agradar a los otros, porque somos animales sociales y necesitamos pertenecer. ¿Y la relación de la maldad con los otros? “La maldad es un sentimiento que no necesita de los otros para existir, puede morir en nosotros”  Sí, la  maldad que no necesita de los otros es toda maldad que tenemos en nosotros mismos y que  cometemos sobre los otros Esa maldad que tiene que ser cometida sobre otro, evidentemente, precisa de otro. Parece evidente. Normalmente el otro tiene el poder de reacción, defensa, es otro ser humano en igualdad de fuerza, pero también podemos ser muy malos y ejercer la maldad sobre aquellos que no tiene poder de respuesta y aparece la maldad más seria. Y por eso intento ser vegana, esto es, intento en mi vida no causar sufrimiento alguno que pueda ser evitado aun sobre aquellos que no tienen derecho a respuesta. Los otros animales no tienen derecho respuesta. Vuelvo al tema de los “otros”, pero humanos. En “Campo de sangre” hay una pregunta que regresa una y otra vez:” ¿De qué se ríen las mujeres?” De qué se ríen las mujeres: las mujeres se ríen de todo, como los hombres. No creo que en la risa haya diferencia. Ahora, las mujeres tienen un tipo de maldad, al menos estadísticamente, que los hombres no tienen, más premeditada. En mi formación de derecho, cuando yo era estudiante, leí en derecho criminal que las mujeres matan de forma diferente, por ejemplo, con veneno. Los hombres matan al calor de una discusión. El hecho de que las mujeres maten de forma diferente, tal pueda decir que se ríen de forma diferente. Hacen todo de forma diferente. Y en los vanos, en los corredores, en los pasillos y en los entreveros de vegetación y telas de araña, se mezclaban los ecos de las risas con los gemidos, las distancias con los sofocos. Y, aunque se escribían libros a rolete, ninguna isla te sabía decir qué había sido de aquella primera biblioteca.  Hacia el origen, las manos se entumecían, llegaba la enfermedad y las moscas, como presagio, revoloteaban la sangre. Hacia el horizonte, en cambio, las manos se desperezaban de letra muerta. La luz continuaba turbia. Y el paso de cada quien seguía sin poder avanzar más allá de la orilla de su mano.

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CAMPO DE AGUA. EL REGRESO

“Fijó los ojos y suspendió la respiración para que nadie se diera cuenta de que robaba tan fácilmente la belleza de aquel cuerpo”

“La belleza no se deja recordar, pide que se la mire constantemente”

“La muerte deja que la miren posada en el centro del auto (…) y se tapa con paños con galones dorados, así ataviada los que se cruzan con ella incluso la ignoran, nadie le teme, nadie grita, allí va un muerto, los autos de la muerte no tienen urgencia, tampoco prioridad, transportan lo definitivo y lo infinito”

Y, entre tanto juego, apareció “Ella”. Mientras todos se entretenían con los simulacros de eternidades, aprovechó y se llevó varias piezas y jugadores. La miraban sin verla del todo, la buscaban sin querer encontrarla, la describieron bella y obscena, seductora, atractiva y repugnante. Su espectáculo era, de cualquier modo, la caracola más misteriosa de la playa, la pieza faltante en el rompecabezas de las constelaciones, el paso más acá o más allá que destila toda palabra. La moneda oculta en la fuga de los cuerpos hacia otros cuerpos. El tono inaudible de cualquier pena: Yo no sé relacionar la muerte con la belleza. No sé ver belleza en la muerte, a no ser que en una manera específica de morir tal vez haya cierta belleza, una forma apaciguada, digamos. Pero ahora sé que la muerte es uno de los temas para escribir. De este lado, en la civilización occidental, hacemos todo para esconder la muerte – la muerte no es parte de nuestro día a día- los rituales de muerte son escondidos siempre que se pueda. Ser mortales explica toda nuestra angustia, toda nuestra prisa, toda nuestra urgencia. En mis textos hay también otro tipo de muertes, no solo físicas. Sí, es eso. Y el agua, que otra vez llega justo hasta ahí, hasta la orilla. Y se retrae.

(*) Todas las citas pertenecen a  textos de Dulce María Cardoso.

(1) Baruj Spinoza

 

 

 

 

 

 




ASOMADO SOBRE EL MUNDO, EN ALFÉIZAR FRÁGIL

Desamor: Entrevista a Gonçalo Tavares

                        “ASOMADO SOBRE EL MUNDO, EN ALFÉIZAR FRÁGIL” (*)

Entrevista: Lourdes Landeira, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman, Lourdes Landeira

Traducción: Marcela Molina  

       850649

Calvino no estaba delante de una mera alteración de las sustancias, había allí una voluntad, una fuerte voluntad, que se diría muñida de músculos frágiles. Y esa voluntad insuficiente venía del sol, el sol quería abrir los libros, su luz se concentraba  con toda la potencia en la tapa del libro porque lo quería abrir”, “El Barrio”  

“La casa donde uno vive, lo sabemos, es otra parte del cuerpo; la ropa, ésa, la casa más próxima”, “Historias falsas”

BITÁCORA DE UN LECTOR DE TAVARES

Desde el borde, rodea la silueta. Va por un lado del rectángulo hasta el hombro de la mesa y dobla.  Sobre el lomo del mueble, están dispersos los libros. Ya los ha leído a todos y, aun así, siente que recién empieza a leer. Los libros advierten algo ineficaz en la velocidad del merodeo. Un aire al país de las maravillas se enrarece:    

-¿Pasó el conejo por aquí hace cuántas lunas?

– Fue hace tanto, Alicia, que el giro lo puso justo detrás de vos.

Las agujas del reloj andan enloquecidas. Y el conejo está tan satisfecho de no haberla encontrado, que Alicia decide esconderse en ovillo debajo de su sombra.

Y, entonces, el lector ralenta el paso. Recién ahí, comienzan a titilar frente a él algunas líneas de poética, en forma de hilachas e interrogantes. El lector no puede recordar argumentos ni transcursos. Se aferra a la palabra que falta. Se sostiene de una idea ahuecada. Intenta digerir la estela de una frase. En el tracto de otras sintaxis, ¿en qué se descomponen las cadencias?  

En eso anda el lector, cuando ve a las palabras tomar una forma en el aire; ellas, que jamás han abierto la boca. Caja negra, betún para abrir fisuras y agujeros. Los textos de Tavares invitan a otra experiencia del tiempo: Palabras literalmente pegadas a las manos. Personajes que te acercan un horizonte, a la vez que el horizonte se escabulle. Y eso sí: nunca estar tan cerca como para no faltarse. ¿El luto iba delante o detrás del dolor? La última caída, ¿compensa qué ascenso y a qué altura? ¿O es esta la música de la simetría, la forma impar de ese derrumbe, eso que los vivos nombramos “muerte”?

El lector se detiene. Algo extraño ha sucedido: la mesa se ha estrechado, los libros se han amontonado o ambas cosas. Por algún artilugio de la mirada- una disidencia del idioma, un pariente del abismo, un condimento irregular en la superficie- la orfandad de cada libro aislado hace organismo con el resto de las orfandades. Las partes se engarzan sin fijeza y sin cronología. No se trata de una masa ni de un conjunto. La entidad invierte los roles: ahora es ella- desde sus contornos- la que otea al lector. El equilibrio es precario y frágil, porque los mapas refundan el barrio de la lectura en filamentos de azufre, memorias entumecidas en las manos,  ensayos de vejeces bajo el chorro de agua helada y enfermedades inversas. De cielo a tierra, todas las cifras borroneadas. Telegrama de nadie. Urgencia de nadie. Tos de tizas entre los huecos de las líneas. ¿Esa desfigura era tu casa?

Ningún lugar, ningún sitio. Sólo esa estrechez enorme, mientras se extiende la mirada.

Es inquietante este modo de leer: como si faltaran minutos para morir y todavía no hubieras decidido qué cocinar para la cena de esta noche.

Después sucede algo, con frecuencia demasiado cotidiano. Un peso enorme en un cajón vacío termina derramándose, espalda arriba. Simplemente, busca no morir. Puñados de tierra blanca en el entierro del papel. Es la palabra quien empuña la pala.  Precisa en consistencias, tiene todas las manías de un fantasma. Una vez elige un velo- un tanto ofrece, un tanto retira- y otra se reescribe, dos veces invisible.

Es ahí donde los textos de Tavares incomodan e interpelan: “Mi perseguidor pasó por aquí hace mucho tiempo”… Por aquí, ¿dónde? Vuelve el aire a Alicia, ya desovillada. En estos tránsitos, el conejo ya no se atreve con sus urgencias. La mesa estrecha a la altura de la ventana se lee como un alféizar, donde apenas se hace pie.  Así, asomado, el barrio se hace mundo y el mundo se contrae en una mirada.  De esta sístole y esta diástole, queda un resto gozoso:          

                 “Y lo que se olvida es paisaje”.

                 

el barrio de los señores- sin el tituloOTEAR A CONTRA CARAVANA

                                                       “A veces Lenz ve en la enfermedad un encuentro fortuito con un transeúnte que, después de un choque fuerte, deja en nuestras manos, distraído, una flor negra. Y cuando finalmente nos levantamos para devolvérsela, ya el transeúnte, éste, apurado, ha desaparecido”, “Aprender a rezar en la era de la técnica”                               

 

¿Cuánta oscilación de ambigüedad y certeza se requiere para escribir? ¿Y para fugar?

La ambigüedad no es algo que se planifique como se planifica una ciudad. La ambigüedad es la energía inicial del hombre, quien intenta hablar o escribir para reducirla, pero falla. Escribimos porque queremos disminuir la incerteza. Llegamos, al final, a una incerteza más clara. O, al menos, a una incerteza más rica, más fecunda. Una ambigüedad que requiere y convoca a la inteligencia de los otros. He ahí un buen resultado.

 ¿Qué hacer ante las trampas del lenguaje?: ¿combatirlas?, ¿enmarcarlas en alguna forma conocida?, ¿dejarse engañar?

El lenguaje común- el  de la calle, el de café- es un lenguaje en forma de caravana; lenguaje que une palabras como carruajes. Palabras unidas a otras, previsibles; un sustantivo  llama de inmediato a un verbo muy conocido de ese sustantivo y así continúan. Son los llamados lugares comunes, de comunidad, lugares más que conocidos. Allí se encuentran siempre las mismas palabras. Esa es la gran trampa general de la lengua: que socialmente se piense que las palabras viven juntas. Pero no, cada palabra es un ser orgánico, disponible para juntarse a cualquier otra palabra. Disponibilidad absoluta, disponibilidad amorosa de las palabras que solo es posible porque antes se quebraron los lazos fijos entre ellas, aquellos lugares comunes. Rimbaud decía que la poesía era “un encuentro extraño entre palabras”; me parece muy sensata esa definición.  

 

UN GRITO DESPLEGADO

                                                          “El perro puede ser visto como música equilibrada (armonía de la palabra) debido a sus cuatro patas (como una mesa orgánica). Pero si al perro se le corta una de las patas nuestra vida se altera, y sangra todo, como quien es traicionado por una mujer o por la muerte de su padre”,  “agua, perro, caballo, cabeza”

                          “¿Qué le llega a un pájaro de tu júbilo?”, “Viaje a la India”

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¿Hay un padre y un verdugo para cada siglo?

Hay muchos, muchísimos. En cada hombre existe la potencia de la protección y la potencia de la amenazas. Hoy, ahora, ¿querés amenazar o proteger? Estamos siempre por responder a esa pregunta. Y, cuando no respondemos, es porque estamos en la fase neutra, indiferente. No quiero proteger ni amenazar, quiero sentarme, este es el estado del ser humano.

 

¿El grito es un recurso contra la incomodidad y el dolor? ¿Y el griterío? ¿Y el silencio  absoluto?

 El grito es el lenguaje en estado indiferenciado. El dolor existe antes que las palabras. El dolor intenta civilizarse, aprender una gramática y una sintaxis. Y muchas veces es esto: se escribe un libro porque se intenta ablandar un dolor, desplegar un grito como si fuera un paño muy doblado. Si desplegás ciertos gritos, encontrás una narrativa, una historia. Concentrá la narrativa y encontrarás un grito. La civilización del grito es, a pesar de todo, más amenazadora que la civilización de la historia, de la narrativa. Contar una historia es una manera de humanizar la violencia y la desesperación que sentimos. Es un modo de calmarnos. No grites, te voy a contar una historia. Un escritor, muchas veces, actúa como si fuese su propia madre, la madre que intenta que el hijo no piense demasiado en aquello que lo asusta. “No grites, no temas, no te asustes”: te voy a contar una historia. Muchas veces, esto es lo que un escritor se dice a sí mismo.

En el movimiento pendular entre dos opuestos, complementarios o no, ¿qué valor introduce un cromosoma de más, una trisomía? ¿De qué lado está la poesía, si es que está de alguno?

 La poesía es una diferencia en el lenguaje. No es un cromosoma de más o de menos, es una alteración radical del punto de vista del hombre sobre las palabras. Las palabras, en la poesía, dejan de estar al servicio de la ciudad y pasan a estar al servicio de algo que antecede a la polis, antecede a la política. Es; también, una vuelta los orígenes.

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HACÉ EL FAVOR, NO TE CALMES.

                                   “Cada pregunta tiene siempre dos salidas. Y cada salida tiene siempre dos preguntas/ La buena salida es aquella que comienza algo. Y cada salida es una entrada”, “Blaise Pascal”, incluido en el libro “Biblioteca”.                                         

 En “Breves notas sobre las conexiones”   la voz de quien arma el texto se une a la de las poetas y se lee como “un mapa de lecturas”. Mapa de lecturas como en “El Barrio” o “En Los señores”, ¿siempre la cartografía?  ¿Qué forma particular de organización dan los mapas?

Un mapa es una forma visual de decir: quedate tranquilo, nosotros civilizamos el espacio, nosotros le enseñamos a la naturaleza lo que debe hacer. Mapas de espacio: aquí montaña; más allá, agua. Es evidente que la gran ambición humana es tener mapas de tiempo y no de espacio. Un mapa del día de hoy, un mapa del día de mañana. El mapa nos da la ilusión de que dominamos la naturaleza, de que la clasificamos. Pero, no. La principal energía de la naturaleza es el tiempo y nosotros no conseguimos dominar el tiempo. Me gusta mucho la cartografía, pero la cartografía delirante. La cartografía, de alguna manera, es calma. Sin embargo, a mí me gusta la idea de una que sea ambigua, una cartografía casi de los misterios, que anuncie una necesidad de cambios de quien tenga el mapa en la mano.

De tus textos se desprende que hay cosas que no deben tener un nombre, cosas de las que es mejor ignorar el nombre y cosas cuyo nombre es inalcanzable. Conversemos sobre esto.

 El nombre que damos a las cosas es una forma de calmarnos, de tranquilizarnos. Es el sonido, el nombre, lo que permite hablar de lo que no está presente. El diccionario es una especie de rollo exhaustivo, de trabalenguas infantil, de  disculpa fastidiosa, semejante a las disculpas sin sentido que calman. Cálmate, recibe este diccionario –el mundo no es tan imprevisible.Ferrari-Leon_Cuadro-Escrito_1964

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OTRO FAVOR, NO TE ACOMODES

                                               “Las cajas son tantas que nadie les da importancia. Puede estar ahí una persona, hasta la que amas, pero no la ves. Ya no producen efecto. Pasas por ellas centenares de veces”, “Jerusalén”

 ¿La comprensión está más del lado de la luz o de la oscuridad?

 La comprensión está más del otro lado. Está más del lado de los ojos. Muchas veces, sombra y luz son apenas una emisión de nuestra atención, de nuestros ojos. Si quiero ver, si estoy atento, ilumino. Si no quiero ver, si estoy distraído, si no estoy atento, oscurezco. Un hombre muy atento y perseverante, si tiene ese objetivo, consigue encontrar un alfiler en un cuarto oscuro.

Fuera de la posibilidad de rondar infinitas mentiras, ¿qué espacio queda para alguna verdad?

 Una única verdad es tan peligrosa como una única mentira. Lo que salva al mundo de una violencia central es la existencia de muchas verdades en disputa o, si queremos, de muchas mentiras en disputa. Multiplicar las hipótesis de salvación, multiplicar las hipótesis de verdad. Cambiar de punto de vista es casi un presupuesto de la escritura, escribir es obligarnos  a mirar para otro lado y solo podemos mirar para otro lado si cambiamos nuestra posición de observador. Dejamos de estar en una posición, abandonamos una posición normal, común e intentamos encontrar una posición rara. De alguna manera, escribir es consecuencia de una mirada poco común  y de una posición extraña del cuerpo. Encontrar nuestra posición individual para mirar las cosas parece esencial en la escritura.

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EL CUERPO QUE VA CON EL CUERPO

                                                                              “Los ojos en el tedio, cuando ya nada hay para ver (cuando lo visible es apenas una repetición) se vuelven diabólicos.”, “Breves notas sobre las conexiones

Otra recurrencia en tus textos son las repeticiones, a veces vinculadas al hastío y a veces a la chance.  La sorpresa y el ritual.

Era interesante ritualizar la sorpresa. Un conjunto de procedimientos fijos que, al fin, nos llevaran a arribar a una sorpresa. Muchas veces, el arte adicto a la sorpresa funciona así. Ya estamos a la espera de que aparezca la sorpresa y eso elimina su fuerza y su intensidad intelectual y emocional. Me gusta mucho una frase de Ludwig Wittgenstein: “Si le decimos a alguien que cuando llegue a su casa va a tener una sorpresa y él llega a su casa y no tiene la sorpresa, estará sorprendido” Es eso.

¿Cuál es tu visión sobre las irrupciones que advienen y sobre las que, de algún modo, se buscan- ésas para las cuales uno crea condiciones de posibilidad, digamos, para que tengan dónde aterrizar si andan cerca-?

Siempre mis anotaciones, los pequeños apuntes, son géneros literarios. La pequeña nota en el cuaderno, en el medio de la confusión del día, es una interrupción de lo cotidiano y permite que la literatura entre, invada y rápidamente salga, en un día normal. Creo que la anotación, la nota, es algo que está siempre- en potencia-  en el bolsillo de atrás o en la mochila donde está el cuaderno. Por lo tanto, esa posibilidad de  una invasión por parte de la literatura,  en el cotidiano, durante unos segundos o  unos minutos,  es algo que me agrada mucho. En ese sentido, registro la anotación. En ese haber sido un cuaderno, en ese haber sido un material de la escritura que acompaña al cuerpo y que va con el cuerpo para cada lado que voy.  Podemos estar en una reunión, podemos estar en la calle y, de repente, sacamos el cuaderno de la mochila y escribimos. Esa anotación realmente coloca ese momento cotidiano en otro nivel, lo transforma en algo mucho más fuerte  

 

CUADERNO DE ANOTACIONES  PARA “EL ANARTISTA”


EN LA ENTRADA DE UN ENTRESUEÑO

Pensar una voz que no salga de las manos ni de la cabeza ni del delirio. Una voz que sale cuando estamos cerca de adormecernos.

 

POESÍA Y PROSA

Poesía, potencia de concentración. Prosa, potencia que se extiende, que abre los brazos.

 

LA POÉTICA DE LAS DISTANCIAS

Lo humano es esto: cuando queremos algo que está lejos, esa persona va a andar por la calle y sentir que alguien está mirando fijamente su nuca. Gira y no hay nadie.

 

LA DELICADEZA Y LA FUERZA

Delicadeza, la fuerza de los verdaderamente fuertes. La fuerza es presentida, es anunciada, es recordada. No precisa y sí actualizada.

Fuerza, la debilidad que no tiene otro tiempo, sino el presente. Tiene que ser fuerte ahora, porque no tiene memoria ni promesa.

 

MÚLTIPLE Y PRECISO

Como velocidad de quien no quiere caer, tan distinta de la velocidad de quien no quiere avanzar”, “Breves notas sobre las conexiones”

“Ser exacto destruye”, “Breves notas sobre las conexiones

 

Hablemos de las distintas calidades de velocidad; de la velocidad fuera de  su concepto de magnitud, de las velocidades no concertadas y de las inmovilidades.

Me gusta la idea de que hay muchas velocidades, infinitas velocidades – más lento, más rápido, 100 km por hora, 1000 por hora. Pero solo hay una inmovilidad. No se puede estar inmóvil de una manera más rápida o de una manera más lenta. La inmovilidad tiene una velocidad fija, que es cero. La  inmovilidad exige más precisión que la movilidad. Tenemos muchas formas de movernos, muchas velocidades, pero una única inmovilidad. Entrenar la inmovilidad es entrenar una forma de precisión.

 

TRAZOS EN FUGA

             “Una idea no tiene lado derecho ni izquierdo. No tiene peso o volumen, forma o color. Una idea tiene segundos, o minutos, a veces horas, o días enteros, meses. Una idea no es curva ni es una recta.”, “Breves notas sobre las conexiones”

Los gráficos y los dibujos aparecen mucho en tu obra. ¿Son pausas a lo verbal?, ¿son desesperaciones para llegar donde la palabra no alcanza?

Dibujo y escritura son dos formas de pensamiento, pensamos escribiendo y pensamos dibujando; pensamos dibujando o escribiendo números. Es común, en todo esto, el trazo, el trazo es la forma que los humanos tienen para manifestar su pensamiento. Por lo tanto, yo no distingo mucho escritura y dibujo, la escritura es una forma de dibujo, el dibujo es una forma de escritura. Podemos leer dibujos y, si no dominamos un alfabeto, podemos ver la escritura. Un alfabeto que no dominamos pasa a ser un dibujo, eso es muy claro.

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INCLINAR LA PALABRA

“Una gallina pensaba tanto y era tan culta que ganó una obstrucción interior, dejando de poner huevos. La mataron al día siguiente”, “Los señores”                                                                                                    

La sátira y la ironía, ¿cuándo se hacen necesarias en tus textos?

La ironía es una forma inclinada de hablar, es una forma inclinada de escribir, es no ir directo al asunto. Hacer un desvío es entrar lateralmente a los asuntos y, por lo tanto, la ironía es fundamental en el lenguaje. El lenguaje directo es una especie de lenguaje de los negocios, es un lenguaje cara a cara. El lenguaje irónico permite encontrar otros caminos, caminos secundarios en el lenguaje. Caminos secundarios que se vuelven esenciales, que se vuelven literarios.

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EL TIEMPO, EL GRAN CHEFF

                                  “Ver bien a lo lejos, querido amigo, es una de las grandes cualidades de la memoria, no se trata sólo de ver hacia atrás, sino también de ver al fondo”, “Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre”

       

Y en reiteradas entrevistas, marcaste la lentitud del proceso de escritura y, sobre todo, de publicación de tus libros. Conversemos sobre la “maceración” (dejar que el tiempo cocine la comida) y la lentitud como operaciones de la escritura.

Realmente hay algo semejante entre la cocina, el tratamiento de lo orgánico del alimento y el tratamiento del texto. Para mí, texto y alimento, texto y organismo son conceptos  muy próximos. El texto, mientras está siendo hecho, es realmente un organismo. Cuando está publicado, es una manera fija de ese organismo. Claro que podemos entrar en el libro que ya ha sido publicado y eso exige que el libro siga siendo un organismo. Pero, para mí, la publicación  es el final del proceso del texto. A partir de ahí, el texto pasa a ser público y, tal vez, solo continúe siendo organismo- algo que se transforma- para los lectores. Mi opción de escritura es un método volcado a la lentitud y al el texto, como organismo a lo largo de los años. Yo escribo el  material en bruto en un determinado período. Después abandono, olvido lo que escribí. Pasado un año o dos, vuelvo, corto, corrijo. Un proceso orgánico que deja que el tiempo sea, en parte, cocinero del texto. Ese cocinero- el tiempo-  permite que yo visite ese texto, de tanto en tanto y, con la ayuda de la claridad que él  me va dando, pueda corregir, de un modo que el texto se vuelva  más intenso. De alguna manera, la lentitud  hace ajustes a lo largo de los años previos a publicar. Es una especie de concentración de intensidad. Disminuyo los pasos e intento aumentar la concentración y la intensidad de los ingredientes del texto. Por lo tanto, es un proceso de juicio crítico sobre el texto, que tiene un auxiliar muy importante: el tiempo.  

 

UNA POÉTICA DE LOS RESTOS

 

                                                          “El señor Henri dijo: mi pensamiento se localiza en el espacio que existe, todavía vacío, entre las células y el absintio. Es en ese pequeño espacio, es en ese pequeño resto, que logro pensar”, “Los señores”

Por ahí, en una entrevista, dijiste que tu Breton, tu Valery, tu Calvino se construyen a partir de un “tono”, un eco que te queda de la lectura. ¿Todas las lecturas dejan esos “restos casi auditivos”?

Diría que sí, las lecturas dejan un resto, un murmullo. También lo dejan las artes plásticas, el cine, el teatro y la vida normal de la calle. A mí me gusta mucho andar por la calle y captar una especie de sonido de la ciudad: el sonido de las personas. Esos sonidos y esos restos se transforman en una masa que, más tarde, da origen a los textos. Creo que soy lector cuando estoy atento a las personas y a la forma en la que actúan en la calle. Soy un lector cuando, por ejemplo,  en un café, dejo de leer un libro, me detengo en una pareja de novios que está discutiendo. Cuando los observo, cuando los leo, me transformo en un lector humano y de humanos. Por lo tanto, creo que un escritor continúa siendo un lector aun cuando no está leyendo un libro. Un lector es alguien que intenta  pensar a partir de lo que ve: eso es un lector. Y es con esos ruidos, con  esos vestigios visuales, que se hace a un lector y eso mismo, más tarde, constituye un escritor.sombra

 La poética de los pedazos, los restos (las miniaturas)  es una de las recurrencias en tus textos. Hablemos de la potencia de los detalles.

Sí, claramente soy un entusiasta de los fragmentos, el fragmento es cualquier cosa que anuncia una reducción de tamaño, anuncia que no se va hablar del todo, anuncia que va a quedar mucha cosa afuera. Soy un entusiasta de la idea de que el fragmento, una pequeña parte, el detalle, puede salvar. No creo en la salvación por el todo, sí en una salvación por el detalle, en una salvación mínima, por un minuto, por unas horas. Creo que el detalle salva de una forma menos peligrosa que la totalidad; la totalidad que quiere salvar es una totalidad, muchas veces, peligrosa. Por eso, entre un detalle por una hora que nos calma y nos tranquiliza y una verdad universal que nos quiere tranquilizar, yo opto siempre por el detalle. Esta pequeña ambición del detalle permite que un hombre continúe existiendo debajo del detalle, al lado del detalle. Al contrario, un hombre difícilmente exista debajo o al lado de la totalidad. El detalle permite que un ser humano exista. Es muy interesante, de alguna manera el detalle nos humaniza, permite que el humano continúe siendo humano. Cuando entramos en la totalidad, en la idea de que podemos mirar y comprender todo, en la idea de que hay una teoría general sobre todos los asuntos o una verdad central, cuando entramos en eso, de alguna manera, el ser humano desaparece. Por lo tanto, los detalles son humanos y permiten que los humanos existan.

 

 

LOS NO CRUZADOS

Cópula: dos cosas distintas simulan una conexión que a cada momento está por romperse, hasta el momento en que definitivamente se rompe”,

                                                          “Breves notas sobre las conexiones”

 

El tema de nuestra revista es esta vez el desamor. El desamor y la debilidad. El desamor y el desencuentro. El desamor y el poder. Todas estas trazas aparecen en tus textos. Conversemos sobre el abanico de desamores.

Los desamores son la vida normal y la vida normal está compuesta de desencuentros, de no cruzamientos. Por eso, el amor- el encuentro, el encuentro fuerte, el encuentro intenso- es explosivo, precisamente, por ser algo raro. Creo que la vida es compuesta de 99% de desencuentros y un pequeño porcentaje de encuentros. Si los encuentros fueran mayoría, no lo soportaríamos, sería demasiado intenso.

Valery como flecha

 

 (*) “Viaje a la India”, Gonçalo Tavares.

 

El Anartista agradece la constante, simpatiquísima y amistosa ayuda brindada por Jordi Roca- de la agencia literaria “MertinWitt”  – para la realización de esta entrevista. Gracias a su disponibilidad, casi diaria, esto fue posible.

Por supuesto, cómo no agradecer -con un gran abrazo desde Buenos Aires- el tiempo, la intensidad y la dedicación afectuosa de Gonçalo, quien no escatimó ni prosa ni poesía para contestarnos.

De ida, este trabajo es el fruto de una larga y querídisma lectura de sus libros. Y, de vuelta, es una fiesta de generosidad en la palabra,  inusual en estos tiempos.

(1) Las imágenes marcadas de este modo corresponden a León Ferrari, artista argentino. El resto de las imágenes son ilustraciones del libro “El barrio”, de Gonçalo Tavares.