THE CAT SHOW

Por Melisa Ortner.

Los anormales: sobre la acumuladora de gatos

SALVAR A LA ABUELITA

“En mi siguiente vida, quiero ser un gato”, dijo el escritor Charles Bukowski. “Para dormir 20 horas diarias y esperar a que me den de comer. Para no hacer nada y lamerme el culo”.

Lejos de Bukowski, los gatos de la abuela desean, aman, esconden, resisten de manera exponencial. Que duermen mucho tal vez sea cierto, pero lo de las veinte horas de Charles es una exageración. Lo de esperar, siempre. Pero también- siempre- encuentran la respuesta: la comida especial para cada quien, la caricia en el lomo al acostarse, el cuidado materno de un abrazo, el canto antes de cerrar los ojos…

CharlesEl poeta gatuno insiste: “Tener muchos gatos es bueno. Si te sientes mal, miras a los gatos y te sientes mejor porque ellos saben que todo es tal como es. No hay que ponerse nervioso por nada. Y lo saben. Son salvadores. Cuantos más gatos tengas, más vivirás. Si tienes cien gatos, vivirás diez veces más que si tienes diez. Algún día, esto se sabrá y la gente tendrá miles de gatos. Es ridículo”. Uf, cuánta verdad, ahora sí. La abuela, en sus noventa y tres, pocas veces se sintió mal y, cuando así sucedió, tener que cuidar de sus mascotas fue el motor para levantarse. La esperan, no puede fallarles. Ahí hay un pacto de fidelidad, un asunto que muy pocos entenderían, algo así como un amor maternal. Claro, tal como lo explica Bukowski, hay salvación. Y con esto afirmo: los gatos siempre terminan salvando a la abuela.

LA NOVIA ETERNA

Pocha, así la conocen en el barrio, esa es mi abuela, “la mujer de los gatos”. Nació y se crió en Villa del Parque. Ahí mismo se casó y enviudó dos veces. Por esas calles también creció su hija, es decir, mi madre, quien se fue del barrio junto a ella y quien no ha heredado ninguna pasión felina. Tal vez porque esos animales hicieron que su mamá decidiera el encierro, sólo por cuidar a algunos más, a algunos menos, hasta (¿cuarenta?) gatos en su casa. Y es bueno aclarar: modesta casa de tres ambientes con terraza y cuartito lindero. Tal vez eso de estar tan acompañada no sea cosa para cualquiera. Por esos lados, entonces, volvió a prometer amor eterno a más de uno. Sin embargo, no todos dijeron “sí, quiero” con dos palabras, sino que, a lo largo de sus siete legendarias vidas (o más), aceptaron la promesa.

A Sack RaceRespecto a la cantidad, va entre paréntesis, porque nunca pude contarlos con exactitud. Los movimientos de colas erguidas en conjunto me lo hicieron imposible. Con el tiempo, la banda se ha reducido hasta llegar a hoy. Digamos que el número de gatos fue disminuyendo proporcionalmente a la cantidad de años de la abuela. Y retomo entonces eso de “cuando más gatos tengas, más vivirás” del poeta. Quizás la abuela hoy, cerca de los (¿cien?, puf), no tenga la misma energía de cuando tenía la mitad de años (y el doble de gatos, claro). Entonces, después de todo, me pregunto cómo se llega tan lejos. Y encuentro la respuesta que maúlla entre bigotes, platitos con leche y pelos por toda la casa. Y les agradezco en silencio cada vez que los veo.

240455__painting-art-cat-five-kitten-chair-cat-kittens-kids-play-paint-painting-chair_pTHE CAT BOOK

Por su parte, Charles Bukowsky vivió 74 años de intensidad. En ese sentido, la abuela gana. “Creo que el mundo debería estar lleno de gatos y de lluvia, ya está, solo gatos y lluvia, lluvia y gatos, muy bonito, buenas noches”. Y eso. Simple y al paso.

La abuela nunca lo leyó. O sí, hace poco yo misma le imprimí algunos de esos poemas. Ella tiene un poco de esa linda locura ordinaria y anormal del viejo escritor. Ella también dejó un par de libros anotados. Sobre algunos de tapa dura y olor a humedad que le regalaron de joven (como si no hubiese encontrado espacios en blanco en alguna que otra libreta), registró, en puño y letra, las fechas de algunas muertes o de algunas anécdotas de sus compañeritos más allegados. Quizás siempre le haya gustado eso de amontonar: letras, gatos, tiempo, amor, lo que fuere.

louis wain 3OVILLARSE EN EL LENGUAJE

“Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”, dice el dicho popular. Si bien algunos de esos dejaron su huella en su casa, ella siempre se inclinó en cantidad por los felinos. Y entiendo que el refrán también va para los bigotudos. Vivir con tantos gatos es un camino en donde el lenguaje de las palabras queda muy lejos. Pero los movimientos lentos y los maullidos en distintas tonalidades hacen el puente. Sus cuerpos se estiran, se ovillan, se acurrucan. Y dicen…

Hay una resistencia en la abuela a vivir con humanos. Tal vez habite en ella una incapacidad de sentir el vacío y el tiempo, o el peso de las dos cosas a la vez. Y, quizás, todo ese cúmulo de patas, pelos y bigotes vino a suplir los huecos pesados. Porque de matrimonio con buenos mozos otra vez, ni hablar (le tomó el gustito a la soledad), a tomar el té, no; amigas, no; Mar del Plata, vacaciones; no. Sería un caos dejarlos solos. Después de todo, ¿qué de todas esas cosas no encuentra en su casa modesta?

Charles 1LA ESCUELA DEL RIESGO

Jamás fantaseó con abrirles la puerta. Ahí todos amontonados en el cuartito. ¿Por qué? Adentro tienen reparo ante posibles daños, tienen alimento, compañeros, un techo contra las tormentas, paredes que los protegen de los automovilistas y de algunos asquerosos que siempre los odian. Ahí está el tema. Podría decir, a grandes rasgos, que la abuela es una acumuladora de animales, una auténtica promotora de la cultura de Charles: “Son limitados, tienen diferentes/necesidades y preocupaciones. Pero los observo y aprendo. Me gusta lo poco que saben, y es tanto. Se quejan pero nunca se preocupan, andan con sorprendente dignidad, duermen con una sencillez directa que los humanos no pueden entender”. Y, además, esta cultura – este estilo de vida- no es para cualquiera. La invasión de felinos en la propia casa no deja de ser un peligro. Porque se ama con tal locura que los riesgos de perderlos pueden duplicar locamente el dolor.

Dice Bukowsky: “Estudio a estas criaturas, son mis maestros” ¡Pero, Charles!, donde quiera que andes en el cielo de los felinos: ¿cómo se le explica a la abuela que se fueron casi todos? ¿Quién aprende de quién cuando la muerte acecha? ¿Y qué me contás de criarlos para amarlos en un territorio, para que luego te abandonen como quien no quiere la cosa?

UN CASO APARTE

eldarzakirov2Hubo, dentro de todos los fabulosos que conocí, uno en particular. El Chino. Supongo que lo llamó así por su manera de ubicar sus párpados grises casi siempre llenos de lagañas. El cat apareció, sin origen cierto, sobre el toldo de chapa, en busca de alimento. Claro, siempre prevenida, la abuela dejaba un poquitito allá, un poquitito acá, por si alguno -de paso por el barrio y de techo en techo- andaba con hambre (parece mentira, quería atraerlos de todos lados). El caso es que El Chino era un gato rebelde, de los clásicos callejeros vagabundos. No había tenido “la suerte” de los de la abuela. El encierro no lo convencía. Siempre aparecía lastimado, con pedazos de carne viva a la vista. El pelaje parecía de otro mundo, no era del mundo de los gatos de la abuela (bien cuidados, bien encerrados, sin contacto con el smog de la calle). Este era un gato de arrabal, jamás hogareño.

El otro día me puse a leer el cuento de don Julio (Cortázar) sobre su gato Teodoro: “(…) A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano, vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés…”. Tal cual. Siempre recuerdo los experimentos caseros de la abuela para curar heridas gatunas. También recuerdo la vez que rescató una gata recién nacida de la calle y estuvo más de tres horas haciéndole masajes al lado del vapor del horno para rescatarla. Vaya uno a saber si daban resultado, si era eso mismo o el destino lo que los terminaba por salvar.

El tema es que El Chino siempre volvía, como el Teodoro de Cortázar. Y ella, por supuesto, lo esperaba todas las tardes. No cumplía eso de que “un gato es territorio fijo”, él era la excepción a la regla. “Un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse…”. Lo que fuera, El Chino- minutos más, minutos menos- siempre se iba pero también, sin excepciones, volvía.

timthumb.phpY ya que las rutas de los textos y las de mis memorias felinas se han puesto en paralelo, continúo el espejo. Pasó un día: “(…)Pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de la vida pagana y alegre de Teodoro (…) se enamoró y eso lo tenía completamente estúpido, se paseaba por la casa con la cabeza en alto y gimiendo, por la tarde cruzaba el jardín como en un trance, flotando entre los tréboles, y una vez que lo seguí discretamente lo vi descender el sendero que llevaba a una de las granjas del valle y perderse en un atajo, gimiendo y llorando, Teodoro Werther, arrasado de amor por alguna gata de escabroso acceso…” Así, pero sin valle y sin jardín, El Chino apareció cada vez más desmejorado, no sé si por amor o por el paso del tiempo. Quizás la abuela, entendiendo bien el lenguaje de sus muecas y sus movimientos, el de sus manchas y su pesar, supo descifrar qué lo tenía tan así, con esos modos- a su entender- tan injustos.

“(…) Teodoro convertido, bautizado, ignorándome, preparándose para la vida eterna, convencido de tener un alma, quizá de noche durmiendo en la casa, la última de las humillaciones, la penitencia final, yo pecador él que jamás aceptaba una puerta cerrada…”. Seguramente, en algún lado, la abuela escribió sobre esos días. En algún hueco de esos libros debe andar el escrito sobre El Chino, sobre los últimos días tristes, sobre la incertidumbre de verlo cada vez peor, sobre sus reflexiones y la tarde que aún espera, en parcial soledad.

Louis Wain
Louis Wain

THE END

Puede que El Chino se haya ido por amor. O puede que el amor lo haya dejado partir lentamente y para siempre.

De algo sí estoy segura: fiel a sus principios, él prefería la soledad. Esa soledad a secas, sin necesidad de rodearse de montones de otros. Tan distinto a la “mujer de los gatos”, quien eligió el acompañamiento de tantos para extender su tiempo entre maullidos, quehaceres y cuidados. Y lo hizo siempre ahí encerrada, donde también existe la libertad cuando les canta por las noches.

De otra cosa también estoy segura: en su casa, siempre habrá baldosas frías en el verano, calor de horno abrazador en invierno, leche y alimento de sobra y el cuerpo ovillado en afectos para ahuyentar a la muerte.

La abuela lo sabe, El Chino anda libre por el cielo de Charles. Tal vez andan junto a Teodoro. Vagan, por ahí, entre los senderos y los valles.

TO BE CONTINUED…

louis wain 2Ahora en su casa y mientras me habla, sé que su oído- un poco dañado por el paso de los días- espera el rasgar de un par de patas sobre el toldo, santo y seña entre la abuela y los felinos. Cada dos minutos, por las dudas, se levanta lentamente y, con gran esfuerzo, abre la puerta que da a la terraza para ver si asoman esos ojos achinados. Se resiste a la ausencia, aún se sigue resistiendo.

Lo va a esperar hasta el final. Debe cumplir su promesa de amor.

 

Las citas pertenecen a algunos escritos de Charles Bukowsky, como “Mis gatos”, a y al cuento de Julio Cortázar “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”.




EL COSMONAUTA DE LA CHINA EN BUENOS AIRES

Viaje alrededor de un punto: Conversación con Esteban Ierardo

Por Melisa Ortner, Karina Caputo y Gabriela Stoppelman.

Entrevista: Melisa Ortner, Gabriela Stoppelman, Karina Caputo
Desgrabación y edición: Melisa Ortner
Fotografía: Milena Penstop

TESEO TE INVITA A PASEAR POR EL LABERINTO

Kuitka - Everything- tenica mixta - 4 partes 305x160cm cada una 2004
Kuitka – Everything- tenica mixta – 4 partes 305x160cm cada una 2004

Esteban Ierardo es Licenciado en Filosofía, además de autor de numerosos ensayos. Lo conocí hace un par de años, en mi paso por la Facultad de Ciencias Sociales, donde dictaba clases de “Principales Corrientes de Pensamiento Contemporáneo” y de “Historia del Arte”.
Desde la primera vez, me sorprendió su manera de hablar, su humor tímido mientras tomaba lista y su pasión irremediable por enseñar. Se pasaba las dos horas hablando sin parar. Pero todos estábamos absolutamente atentos porque sus modos hacían de sus clases una charla amena. Entonces, mientras el tiempo transcurría en los relojes, también atravesaba- intenso- nuestros cuerpos. Por esas épocas, él comenzaba con una actividad extracurricular bastante interesante: convocaba a sus alumnos y a cualquier interesado a participar de sus caminatas por la ciudad. Las citas consistían en reunir a un grupo en determinado punto de Buenos Aires y, desde allí-el gran paseador- con el único equipaje de su memoria, comenzaba el recorrido por el laberinto de los relatos. Desplegaba entonces los puntos de un mapa tejido con historias y lo deshacía en palabras. Monumentos, calles, edificios históricos, leyendas urbanas formaban la trama que urdía la melodía.
Esteban aún convoca a esta actividad. Este moderno Teseo* se calza su micrófono vincha y, como si fuera un principito aterrizado de otra galaxia, apunta la mirada sobre lo que tantas veces no miramos.
Por supuesto que, al momento de pensar a quién podía entrevistar para el primer número de “El Anartista”, no pensé en otro. ¿Quién sino Esteban, ese maestro entusiasta, el hombre inquieto por la Filosofía, el Arte, la Mitología y la Literatura? Quién si no él para otorgar una mirada duchampiana. Así como el readymade**de Duchamp despojaba a un producto de la industria de su sentido habitual, así Ierardo despejaba de puntos de vista cotidianos, a todas las miradas. No tenía dudas: aceptaría la cita. Me dijo: “nos vemos el viernes a las cinco en el bar de Santa Fe y Uriburu, el moderno, el de enfrente a uno más antiguo llamado “Los Molinos”.
Teseo me invitaba a encontrarnos en un bar sin nombre, pero con una cualidad, “el moderno”. Era propio de él: sus paseos rondan siempre, al nombrar, aquello que no podrá ser nombrado jamás.
Nos reunimos un rato antes con los “punteos” de temas a tocar en una mano, y un manojo de ganas, en la otra. Gabriela, Karina y Milena -la encargada de sacar las fotos- ya estaban, cuando llegué, en la planta alta del bar. Esteban apareció puntualmente, con una mirada extrañada, una mirada de quien ha llegado al bar de la cualidad indicada, pero no termina de encontrarse en el sitio por él mismo convenido. Se quedó inmóvil por unos segundos, hasta que bajé a recibirlo y enseguida me reconoció. Con total simpatía, me saludó y dejó atrás todo extrañamiento. Entendí: ningún lugar tiene nombre, hasta que sus cualidades lo bautizan. Nosotros éramos las cualidades. Comenzamos, entonces, a andar la palabra.
Lejos de la calma inicial, el cuerpo de Esteban parecía combatir la quietud, como Teseo ante un minotauro imaginado. Aun sentado, su cuerpo acompañaba, móvil, la conversación. Traía en su mano un libro sobre China, que llamaba la atención por su cantidad astronómica de hojas. ¿Cómo era posible leer semejante mamotreto en un viaje en colectivo? El objeto de hojas infinitas quedó ahí, sobre la mesa, al lado del café con crema, que se enfriaba rápidamente. No se daba el tiempo para hablar con cuerpo y memoria y, a la vez, ocuparse del cafecito. El minotauro aguarda.

 

Kuitka -Sin titulo - acrilico sobre lienzo - 193x298.2cm - 1990
Kuitka -Sin titulo – acrilico sobre lienzo – 193×298.2cm – 1990

UN CUENTO CHINO

Kuitca - Theredlist - Zurich -2002
Kuitca – Theredlist – Zurich -2002

El término taikonauta es un neologismo formado a partir del término chino 太空 (tàikōng, espacio) y del griego ναύτης (nautes, navegante), en semejanza con astronauta y cosmonauta, que derivan del griego. La palabra oficial china para un astronauta es 宇航員 (yǔhángyuán), pero el término taikonauta fue propuesto por Chiew Lee Yih, en mayo de 1998 en Internet. Y se aceptó rápidamente en el mundo anglosajón.
Enseguida me pregunto si, en alguna de las hojas de ese libraco gigante, se menciona esa palabra. El astronauta. Unos tipos especiales de astronautas, los autonautas. De esos en quienes se transforman Cortázar y Carol Dunlop en su viaje atemporal entre París y Marsella: “Los autonautas de la cosmopista”. Es que, si de viajeros se trata, Esteban comienza por convocar en la charla al gran cronopio: Justamente, Cortázar tiene un libro, lo escribió con su esposa y habla de cómo quisieron hacer una vez un viaje por la ruta, percibiendo, escribiendo y haciendo un diario, con paradas vividas no como un tiempo ni un espacio muerto. En esos lugares hay entonces un espacio lleno de detalles, de diversidad, de vida, de gente, de costumbres. Justamente ese es un ejemplo de viaje y no de traslado.
Mientras el libro grande de oriente escucha, Esteban retoma el asunto de la “cualidad” del bar donde nos encontramos, pero en ese entonces vinculada al hombre:
Sucede que el hombre moderno confunde su mayor capacidad de traslado. Para el hombre del siglo XVII, ir a la China, era una aventura realizable pero sumamente difícil. En cambio, ahora, para hacer un viaje largo te metés en un avión -si sabés soportarlo un día y medio – y te bajás en Beijing. Es decir, algo impensable para el hombre del Siglo XVII. Por lo tanto, esa mayor capacidad de traslado, vía tecnología aérea, te lleva a una ilusión: el hombre moderno cree que tiene una mayor experiencia de viaje, pero en realidad tiene mayor capacidad de traslado.

Tal vez Esteban haya viajado alguna vez a la China sin haberse tomado un avión. Quizás simplemente se sumergió entre las páginas amarillentas de su libro, al que lleva como abrigo en su mano y luego pone sobre la mesa. Seguro, viajó dentro de su casa sin moverse más allá de la puerta. El viaje, para él, depende enteramente de una actitud. O, por decirlo de otro modo, de una cualidad: esa que nada tiene que ver con el moverse, porque cuando uno se traslada lo hace con los ojos cerrados, no percibe. Es típico de la gente que viaja en colectivo mirando por la ventanilla. Parece que miran todo el tiempo un punto ciego, están como en tiempo muerto. De esto es lo que se dio cuenta Cortázar (…) Buscar símbolos es parte del viaje; estar abiertos a la percepción en lugar de un tránsito indiferente.
Sin duda, el hablar particular de Ierardo tiene una cualidad: mostrar las mesetas, las alturas y las sinuosidades del viaje con sus inflexiones y sus gestos. El hombre en viaje y su libro quieto hipnotizan nuestra atención de viajeras, en este espacio paralelo a las rutas, uno que va del centro porteño a oriente en un segundo. Mientras tanto, el gran título, “China”, es una advertencia sobre la mesa del bar.

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UN ASTRONAUTA EN PLENO BAR MODERNO

Lo mira con un interés tal, que yo me pregunto cómo hacen los astronautas para vivir así en esta tierra, tomar café frío, leer libros sobre China y mantener la atención, todo a la vez. Esteban, el gran perceptor, como tantos otros autonautas de las cosmopistas, vive en la permanente búsqueda.

“Esta autopista paralela que buscamos sólo existe acaso en la imaginación de quienes sueñan con ella; pero, si existe (…), no sólo comporta un espacio físico diferente, sino también otro tiempo. Cosmonautas de la autopista, a la manera de los viajeros interplanetarios que observan de lejos el rápido envejecimiento de aquellos que siguen sometidos a las leyes del tiempo terrestre, ¿qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro, tren? (…)”***

En la voz de Esteban viaja un eco de la voz de Julio, de “aquellos que no siguen sólo sometidos a las leyes del tiempo terrestre”: El hombre urbano está encerrado en su propio egoísmo, en sus problemas, en sus propias necesidades inmediatas. Y, con esto, hago una descripción de la vida cotidiana. Tendencias culturales, se trata de tendencias culturales, aclara una y otra vez Ierardo. Y sigue en su tendencia.
La supervivencia es cada vez más dura. Es comprensible. Pero también la cultura moderna hace que el hombre esté encerrado en la ciudad, aunque vaya de vacaciones a la naturaleza. En la cultura urbana, el acceso del hombrea la vida siempre está mediatizado por nuestro acceso a la tecnología, por las comunicaciones, por internet.
En su discurrir los tiempos que nos corren, Ierardo -siempre con su libro de China expectante al lado de la taza de café- reflexiona sobre la relación entre el hombre y la naturaleza. Su pensar va a saltos en el espacio, de acá para allá, como si el territorio tuviera la extensión de un mapa o la simpleza de una rayuela sobre la vereda de un barrio: En comparación con aquella que las culturas antiguas tenían, hoy el hombre está encerrado y, por lo tanto, no tiene sensibilidad para algo más grande, que es el planeta, el universo, los procesos naturales. El hombre antiguo, el del mito, perseguía las cosas (el cielo, la tierra, el agua), como naturaleza cargada de vida. Iba más allá de un lugar de descanso. Claro…, siempre hay lugar para las excepciones. Por lo tanto, lo sagrado se vincula con ese viaje que el hombre moderno puede hacer por los libros, por su propia experiencia con la naturaleza, al explorar el bosque o el mar o visitar pueblos. De ese modo puede rehacer su enseñanza, distinta a la que hemos recibió por un primera educación.

 

EL HOMBRE EN LA LUNA

Lou Beach
Lou Beach

Me sigue llamando la atención ese término chino, al astronauta, que se vincula- una y otra vez- en el imaginario, con la luna y con sus supuestos habitantes. Resulta, por arte de la cualidad de su viaje, que este Teseo moderno también da un salto hacia el gran satélite a la hora de hablar de los poetas antiguos: Yo creo que aun un poeta urbano tiene un anhelo de nostalgia de la poesía perdida, la poesía de las culturas antiguas. Esos poemas en los cuales, por ejemplo, cuando digo “luna”, me estoy uniendo con la luna, con toda su fuerza. La poesía como forma de celebración de la vida más grande de las cosas y de unión con la naturaleza, con el universo.
Pero, a no desesperar, como ya lo dijo Teseo, siempre habrá un espacio para lo sagrado en el mundo de la urbe, en cualquier espacio. Así, reafirma: El poeta, aun urbano, inconscientemente vive la nostalgia de esa poesía como forma de celebración y encuentro con la naturaleza, con los secretos de la vida, con los secretos de la muerte, con una idea más trascendente, en su expresión más pura. Creo que aun la poesía del poeta urbano tiene anhelo, sed, nostalgia inconsciente de ese encuentro por la palabra con una dimensión más grande de la realidad. Borges hablaba todo el tiempo de eso, de que el poeta moderno está buscando volver a esa potencia perdida de las palabras, donde ellas no son simplemente para comunicar, sino que constituyen una forma de reencuentro con una espiritualidad y una unión con las cosas más grandes de la vida.
Parece ser, entonces, que los recursos de la poesía- como las metáforas- son la manera de unir elementos aparentemente dispares. El hombre está en la luna y a la vez en el bar. Y eso es maravilloso.

 

UN FLÂNEUR EN BUENOS AIRES

“Por el viejo suburbio donde en chabolas cuelgan/las persianas, abrigo de secretas lujurias/ cuando el sol cruel golpea con redoblados tiros /sobre el campo y ciudad, tejados y trigales/ en mi esgrima fantástica voy solo a ejercitarme/ oliendo en los rincones el azar de la rima/ tropezando en palabras como en el pavimento/ chocándome con versos largamente soñados”****.

Lou Beach
Lou Beach

El fragmento pertenece a un pasaje de “Las flores del mal”, de Charles Baudelaire, él mismo un “flâneur”, un paseante solitario, el mirón de la ciudad moderna. El recorrido del flâneur no coincide con el del resto de la multitud. Lo que para el transeúnte es un camino predeterminado, para el flâneur es un laberinto que cambia de forma con cada paso, o con cada golpe de vista: Baudelaire fue testigo de los grandes cambios arquitectónicos de París, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando París deja de ser una ciudad con restos medievales- con sus calles breves- para convertirse en la ciudad moderna de los bulevares, de las calles amplias. Esa transformación edilicia fue de la mano de un aumento de la población y así se transformó en una típica sociedad de masas: velocidad y vértigo. Pero Baudelaire, como era poeta, estaba en la transición: él había conocido la otra París, la más tranquila. Y, de alguna forma, quería preservar la ciudad para que no se convirtiera en algo híper ordenado y fácilmente consumible, como una mercancía. Quería que el caminar por la ciudad pudiera ser una experiencia de encuentro con lo desconocido y con lo inesperado; que, por ejemplo, doblar en una esquina te pudiera seguir deparando la experiencia sencilla de deslumbrarte por algo nuevo en el paisaje urbano. Es decir, la ciudad- al nivel material de la visión de las calles- es una suerte de sorpresa. La cuestión está en alimentar una actitud espiritual abierta a lo desconocido. En la rutina, no hay lugar para el descubrimiento de lo distinto, para una expansión del conocimiento de la sensibilidad. Bueno, a Baudelaire le preocupaban las dos cosas. Que la ciudad no se convirtiera en algo del conocimiento rutinario. ¿Cómo caminamos, generalmente, la ciudad? Para ir al trabajo, para ir al estudio, para descansar. “Para” algo, y en ese “para algo” repetimos trayectorias. Y, en esa repetición de trayectorias, no permitimos que la ciudad sea una fuente de lo desconocido. Eso hace que uno pueda vivir en una ciudad ochenta años y no la conozca, su vida ha sido la repetición de rutinas.

Ahora bien, ¿cuál es la posibilidad que permitiría salir de la mera repetición de los traslados en la ciudad, siempre orientados a algún fin? Se puede, dice el cosmonauta. Si bien, para Esteban, mucha gente sólo se vale de lo pragmático y de lo útil, también hay muchas otras sensibilidades en juego: en el encuentro entre amigos, en el encuentro amoroso, en el valor de la belleza: Claro, hay una sensibilidad dormida- o también puede ser una actitud consciente- y eso es lo que humildemente yo busco promover en estas caminatas: ser consciente de esa otra forma de caminar dentro de la propia ciudad: viajar y no trasladarse. Valorizar el ámbito privado, valorizar el trato con los vecinos. Uno busca promover un viaje intenso, donde pone a la percepción sin necesidad de hacer un viaje a miles de kilómetros de distancia. La idea es centrarse en lo cercano: Las fachadas de las casas, los grafitis, los espacios públicos no son simplemente lo que parecen ser, también pueden ocultar otros significados simbólicos y, en ese caso, hay que percibirlo como a una mezcla de lo que uno intuye y lo que uno lee de la historia de ese lugar. El estilo artístico de una fachada de una casa admite esa lectura paralela, donde se alimenta tu percepción invisible de un significado simbólico intangible. Es una percepción mediatizada por el estudio. Por ahí, después del estudio, te asombra algo que antes te resultaba indiferente.

Siempre hay posibilidad de convertirse en un flâneur en los términos en que Baudelaire y también Borges lo plantearon: Vos, nosotros, según nuestros intereses por alguna variedad artística- sólo a partir de viajar (y no trasladarse) dentro de Monserrat, por ejemplo- podemos encontrarnos con material para un poema, para un cuento, para un ensayo. Acá no hay un determinismo del tipo” si querés viajar, tenés que ir a Europa”. Estamos hablando de llegar a lugares cotidianos de otra manera, espacios que son estímulo, esos que no se agotan en significados evidentes.
Sin duda, la idea de los paseos busca el goce, en la esperanza de que el viaje intenso es posible mediante la construcción de actitudes que incluyan al paisaje urbano como a un paseante más, como a un igual a nosotros; uno que va con nosotros, mientras nosotros lo andamos. La cuestión está en no conformarse, sino construir sentidos y riquezas o trasfondos que están ahí, pero hay que buscarlos con una actitud activa.

 

EL HOMBRE GLORIOSO

Diane Arbus
Diane Arbus

(…) Y mientras dura mi incertidumbre /invito a la luna /a fulgurar en mis cabellos/con sus rayos de plata (…) En el poema de Ierardo “¿Dónde encontraré la gloria?”, el texto agrega:
(…) Dime, dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria? / ¿Dónde, dónde me bañaré en sangre de dragones? (…) Tal vez, en su libro mágico -objeto expectante y testigo hasta el final de nuestra charla- se mencione algo sobre esos animales mitológicos y legendarios de la China. Repite, entre sus versos: ¿Dónde está la gloria?/ ¿Dónde podré encontrarla?/ Sólo en los libros /de fatigada historia / hallo las batallas / donde defender la honra (…).
Sucede que el viajero explorador y la gloria viven una relación peculiar: Pero en el explorador no sólo late la expansión. También puede ser afectado por una retracción, por el yo que se vuelve sobre sí mismo en busca de afirmación y reconocimiento. El explorador puede ser víctima de la ilusión del ego triunfante. La tentación narcisista. A veces, la pasión por el viajar lejos y salir de sí, del propio país, de la propia historia, encubre el deseo de ser nombre aclamado. Así como el éxito, la esclavitud del éxito. ¿Y la gloria, entonces?: La gloria tiene un plus moral, es como un deseo de realizarse aportando algo valioso, en sí mismo, para la humanidad; mientras que el éxito es como una hazaña para apropiármela en términos de fortalecimiento de mi ego, del aplauso y del narcisismo personal. Un poco ahí está la diferencia entre la gloria – una idea generosa- y el éxito, el deseo de ser alabado.

La tacita de café-vacía hace rato- junto al paso de las agujas del reloj nos daban indicios distintos de cómo había transcurrido el tiempo, por lo menos, por dos vías. Fieles compañeros, Esteban y su gran libro, se despedían del encuentro. El mamotreto en sus manos, el testigo de una conversación incentivadora y amena. Los astronautas y los dragones se presentaron entre nosotros, para instalar una súper potencia de palabras, dentro de la urgencia y el apuro de la ciudad, una esperanza a lo desconocido.

Ierardo se iba lentamente del bar moderno de nombre desconocido. Continuaba su viaje, en dirección a la vereda de enfrente, donde se encontraba ese otro bar, “Los molinos”, como los que bien saben girar alrededor de un punto, como los viajes intensos, de esos que tanto nos apasionan.

*Teseo y el Minotauro
Al llegar a Creta, la princesa Ariadna se enamoró de él y propuso a Teseo ayudarlo a derrotar al Minotauro, a cambio de que se la llevara con él de vuelta a Atenas y la convirtiera en su esposa. Teseo aceptó.
La ayuda de Ariadna consistió en dar a Teseo un ovillo de hilo que este ató por uno de los extremos a la puerta del laberinto. Otra versión indica que la ayuda de Ariadna consistió en una corona que emitía un resplandor y que le había dado Dioniso, como regalo de boda; o bien que podría ser la misma corona que le había regalado Anfítrite durante el viaje a Creta.
Así, Teseo entró en el laberinto hasta encontrarse con el Minotauro, al que dio muerte a puñetazos. A continuación, recogió el hilo y así pudo salir del laberinto. De inmediato y acompañado por el resto de atenienses y por Ariadna, embarcó de vuelta a Atenas, tras hundir los barcos cretenses para impedir una posible persecución.

 

**El término “arte encontrado” –más comúnmente “objeto encontrado” (en francés objettrouvé; en inglés, found art o ready-made)– describe el arte realizado mediante el uso de objetos que normalmente no se consideran artísticos. Estos objetos, sin ocultar su origen no artístico, son modificados y resignificados. Así constituyen lo que se llama un “readymade”.Marcel Duchamp fue su creador, a principios del siglo XX.

 


***Fragmento de “Los autonautas de la cosmopista”, de Julio Cortázar.


****Fragmento de “Las flores del mal”, de Charles Baudelaire.