ÁNGEL DE LA DESDICHA

La queja: sobre la vida y la muerte del militante anticuarentena, Ángel José Spotorno.
Por Pablo Soprano

 

He procurado diligentemente no reírme de las acciones humanas, ni llorarlas, ni abominar de ellas, sino comprenderlas
Baruch Spinoza

El mimo (1916), Man Ray

Ángel de la desdicha, campeón de la queja. Odio inoculado y esparcido por todas las virtualidades. ¿Cuándo comenzó todo? ¿Cómo se llega a ser “anti”? Plaza, en negativo de las conquistas populares. Tal vez fue ahí donde ganaron los monstruos, los innombrables, quienes jamás debieron volver. El enemigo rojo y negro cabeza que no nos deja ser como Australia. Sí, seguro todo empezó cuando corrimos a los ingleses. Pecado original rematado por setenta años de peronchos, de zurdos y de montoneros. Pesadillas impregnadas de planes y de justicia social para vagos. Porque los argentinos somos derechos y humanos. Dogmatizar la protesta al pedo en reuniones familiares y en asados para que se entienda cuánto uno se rompió el culo en la vida solo con el fin de que unos cuantos morochos se la lleven de arriba. El camino de una esquina perdida de Mataderos hasta el Obelisco estuvo empedrado de resentimiento y teorías conspirativas. Los molinos de viento taparon las prevenciones de los seres queridos: las aspas de uno de ellos eran de verdad. El virus entró sin pedir permiso por las fosas nasales o por la virtud ideológica de la estupidez. El cuerpo dijo “basta”, un día frío de junio. Alas frágiles este ángel: jamás entendió que fue consumido por algo real y no por los fantasmas del prejuicio desclasado. Una mezcla rara de neumonía y rencor, última desventura de un militante de la querella.

 

JÓVENES DE AYER

Los surrealistas (1956), Bridget Tichenor

Existe tanta diferencia entre las cabezas como entre los paladares
Baruch Spinoza

Desde 1983 hasta nuestros días, hay un hecho concreto: la poca militancia juvenil en la derecha política argentina. Independientemente de varios ex funcionarios del periodo macrista sub-40 y de otros tantos, en roles dirigenciales, entre sus filas de base hay un altísimo componente de personas mayores de 60 años. Esto no los hace ni mejores ni peores a la hora del recambio generacional. Lamentablemente, se mantienen como persistencia las ideas de exclusión y los prejuicios de clase. Durante los gobiernos de Néstor y de Cristina Kirchner, este fenómeno se incrementó. Bastaba ver las imágenes en sus marchas: señoronas y señorones de Barrio Norte y Recoleta entremezclados con otros veteranos de barrios un poquito menos acomodados, como Congreso, Caballito o Flores. Y hasta se sumaban de arrabales más periféricos, ajustados en lo económico, como Lugano o Mataderos. La queja destituyente, la querella sorda estratégicamente bien conducida por los medios de comunicación hegemónicos. Concentraciones denominadas “8F”, “8N” o “Todos somos Nisman” manifestaban no solo un descontento social, la ofuscación y el recelo anti derechos, en contra de un Estado benefactor e inclusivo o en la defensa de una causa perdida e intrincada sino, también, el derecho a una puesta en escena, en manos de una multitud de jovatos abrazados al lamento y a la protesta vana. En este contexto donde comenzó a militar, casi desde el absurdo político, Ángel José Spotorno.

No hay futuro (1985), Herbert Weinmüller-Gaiger

 

CUENTAS EN ROJO  

Es sumamente raro que los hombres cuenten una cosa simplemente como ha sucedido, sin mezclar al relato nada de su propio juicio
Baruch Spinoza

Jubilado y pensionado, con sus setenta y pico, Ángel decidió acompañar las políticas macristas. Creía que el ex mandatario era un clon suyo. Amante incondicional del desarrollismo de Arturo Frondizi -presidente de la nación entre 1958 y 1962- y del sistema de vida norteamericano, elementos claves en su parecido ideológico -según él mismo- con Macri. Era común verlo charlar con vecinosy policías de su barrio, Mataderos. Quizá para no perder tantos contactos de la calle, compulsivamente, abría, cerraba o le bloqueaban cuentas de Facebook. Administraba diferentes grupos de WhatsApp con ampulosos nombres como “Argentina no se rinde” y “La República nunca será roja”. Todo esto lo entretenía, lo mantenía vivo. Le gustaba inventarse una guerra fría anacrónica con olor a naftalina de los setentas, a puro celular y redes sociales.

 

DE MATADEROS A LINIERS

La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre
Baruch Spinoza

Nadie oyó la tomenta (1939), Kay Sage

En su peculiar visión de la historia argentina y, a diferencia de otros correligionarios, dirigentes y funcionarios de su espacio -quienes responsabilizaban de todos los atrasos y los males económicos, políticos y sociales a “los 70 años de peronismo”- Spotorno tenía una teoría muy original: se remontaba hasta las Invasiones Inglesas (1806 – 1807) y depositaba toda la culpa en el Virrey Santiago de Liniers. “A los ingleses los teníamos que haber recibido con rosas y no tirarles aceite hirviendo. Hoy seríamos Canadá, Nueva Zelanda o Australia. Ese fue el problema” -¿Y si salía al revés?, ¿si nos convertíamos en Jamaica o en la India?-. Sumergido en una verdadera mezcolanza histórica, se definió alguna vez, al pie del Cabildoen Plaza de Mayo, como “pro capitalista”: “Lo único que existe es el capitalismo, no hay otra cosa (…). El mundo sería muy aburrido si no existieran los yanquis. Todo es yanqui. Walt Disney, el rock -que contribuyó a la caída del Muro de Berlín-; Queen en Budapest, en Hungría. Se volvieron locos los comunistas, y los húngaros tuvieron que abrir las puertas para que pasaran a Occidente. Paul McCartney contribuyó a la caída del Muro. Todo Occidente contribuyó. ¡Hasta en la Unión Soviética, cuando vieron lo que eran los vicios del capitalismo, se volvieron locos! El vicio del capitalismo es lo más grande que hay. Todo es yanqui, ¡Facebook, Twitter, Internet! Los yanquis, en cualquier lado y sin que los llamen, siempre ponen su colaboración”.

 

ALEA JACTA EST

La tristeza es el paso del hombre de una perfección mayor a una menor
Baruch Spinoza

La sombra de las cinco en punto en Disney-Dali Land (1996), Todd Schorr

Justo en lo mejor de la militancia y en el repliegue macrista ante la vuelta de populismo choriplanero, cayó un virus. De entrada, Ángel lo peleó con descrédito y desobediencia, como buen macrista. Puso en juego su buen estado físico de siempre y fue contra el aislamiento social preventivo. Nada de lo que propusiera el kirchnerismo podía ser bueno y, a partir de ese momento, pasó a ser un “anticuarentena”. Marita Riera, su prima -quien le puso tantas veces la oreja a interminables charlas telefónicas de política, a sus miedos, a sus odios y a sus berrinches cuando le bloqueaban una cuenta-, recordó: “De los 90 días que vivió en cuarentena, unos 85 habrá estado en la calle. Él siempre se cuidó mucho, no tenía ninguna enfermedad ni había tomado nada.” Era insultante que lo señalaran población de riesgo con sus 75 años y, sobre todo, por un virus inexistente. Quedaba mucho por hacer. Con su experiencia en redes sociales, organizó varias de las marchas de los sábados en el Obelisco. Desafiaba al micrófono. Desplegaba todo su bagaje demandante contra el kirchnerismo, sus enrevesamientos de la historia contada siempre como le convenía.

Ángel José Spotorno, foto de WhatsApp

Quién sabe en qué instante, rodeado de otros y variados odiadores anti todo, el bacilo lo penetró. Días después de la marcha, comenzaron los síntomas. Llamó a Marita y le dijo, como con vergüenza: “Creo que me contagié”.

 

 

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

El que se arrepiente de una acción es doblemente miserable e impotente
Baruch Spinoza

En el hospital Álvarez de Flores le tomaron la fiebre, le recetaron paracetamol y nebulizaciones. Nadie sabe si cumplió lo recetado. Como una mueca absurda de la casualidad, su hija lo encontró muerto en su casa, un sábado. La familia recibió el certificado de defunción de la morgue. “Muerte por neumonía. Covid positivo”.

Ángel partió solo. Su amado capitalismo le pasó factura en el momento preciso de demostrar si todo era mentira o no. Algunos en las redes sociales se preguntaron si habría tenido tiempo de arrepentirse de tanta política alimentada a base de odio, de prejuicios y de sordidez. Sin embargo, este militante del capitalismo y de la queja constante tuvo, cuando empezó a sentirse mal, un último gesto parecido a la contrición, a la caída de ficha, y buscó protección en el hospital público. Lástima, la suerte ya estaba echada.