EL CÍRCULO MAESTRO

Ausencias: sobre cómo las letras me rescatan de las pérdidas.
Por Verónica Pérez Lambrecht

 

  A la memoria de Norita

En un largo recorrido de ausencias, las presencias parecen oasis en medio del desierto.
Dicen que, cuando uno está listo, el maestro llega.

 

PROSPERIDAD TRUNCA

La falta de tiempo hace que dejemos para más tarde lo que no llegamos a hacer hoy. Así, el sistema nos asfixia y no nos permite siquiera ese toque de dignidad. Autómatas, caminamos de la casa al trabajo, del trabajo a casa. O, peor: en bondi o en tren, en combi o en subte, hacinados para alcanzar ese mango. Si, además, el laburo que hacés o para quién lo hacés es un oprobio, la esclavitud se hace eterna. Y, en esa eternidad sin tiempo, la vida pasa, en apariencia, con más penas que gloria.

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zig-zag. HAP

¿Cuál es la solución?, ¿acaso existe?

Hasta hace no mucho, yo fui próspera en tiempo. Tenía horas y horas que no pude cabalgar porque, ahí, la ausencia era de dinero. Así vamos, en el subibaja de la falta de trabajo a la falta de tiempo. Parece un círculo cerrado al vacío. ¿Acaso las presencias están de huelga?

 

 

 

ABLACIÓN DE NEURONAS

No están de huelga las presencias, ni de vacaciones. Los derechos no se tocan. Las presencias se transfieren -como la energía-. Nos parecen idas, pero están aún dentro de las ausencias. Algunas son inquietantes, como esos pólipos y quistes que no dejan de recurrir. Ahí se ve clarito que la ablación no siempre tiene un sentido negativo: deja un lugar para encontrarse con un cuerpo más sano, al cual hay que decidir adaptarse. Sin embargo, no siempre funciona, no es tan simple establecer el adecuado punto mental para sanar, por lo que el tema no se termina de resolver. ¿Cuál es el canal mental que permite la sanación? ¿Y qué es estar sano, si a cada momento cambian las condiciones? Yo creo en el efecto placebo, considero realmente que podemos autosanarnos mediante sistemas de pensamiento que instruyan el correcto andar de las neuronas. Pero sucede que, en la congestión social, servimos más como enfermos que como hedonistas. La salud se juega todos los días. Y deviene. Como el amor y la escritura. Nos exige reeditar el acto una y otra vez. También así, la calidad de la alimentación primaria, como hacedora de salud. Aunque subidos a las urgencias, resulta improbable darse el tiempo de cocinar (ni bueno, ni menos bueno, y vamos con la fast chatarra). ¿Cómo revertirlo sin caer en el intento? No hay recetas mágicas, la varita es de cada quien, habrá que seguir la investigación. Parece un círculo cerrado al vacío. Pero tiene que haber una grieta.

 

NI UNA MENOS

En ese útero recargado, habitó la hija, la que sufriría el faltazo del padre a algún que otro evento. El nivel de conciencia de los niñ@s crece y esta vez sintió la ausencia hondamente. Las angustias se levantaron, entonces, sin pedir permiso. Se sentó en la vida y dejó que el tiempo tapara esas heridas que empezaban a marcarla. La madre la miró de lejos, un hondo dolor traspasó su pecho al saber que no podía liberarla.

¿Sabías que venimos al mundo con todos los óvulos y espermas que más tarde expulsaremos? Así es, no se desarrollan de a poco, se forman todos juntos. Entonces yo estuve y vos estuviste en la panza de las abuelas. Porque, cuando los padres estaban allí, ya tenían la configuración preliminar. Maravilloso, ¿no? ¿Argumento falaz anti-abortista? Probablemente, pero eso es otra discusión.

Pero vuelvo a la anécdota: a esta madre la interpeló esa imagen de eterna madre, de otras madres roídas por otros dolores. Madres de hij@s enferm@s, de hij@s vulnerad@s, violentad@s, desaparecid@s. Se sintió apelada por esas luchas femeninas que no aceptan más al statu quo de este mundo, que plantean cambios de fondo: no una guerra sexual, sino una sociedad empática. Cuando un@ hij@ sufre cualquier tipo de violencia -que no quiere pasar de moda- el dolor es muy fuerte y te abate. ¿Acaso es un círculo cerrado al vacío? ¿Es quizá, en las luchas, que pueda agrietarse?

Álbum Fotomontajes. Juan José Stork
Álbum Fotomontajes. Juan José Stork

 

EL ÁNGEL SINDICALISTA

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gris. HAP

Y la ausencia se hizo carne y habitó entre nosotros. Así, como si de golpe la enfermedad se hubiera interpuesto entre otras miserables modas, en unos 6 meses, se fueron cuatro seres queridos. Un desfile de dolor instaló la ausencia. Nos enojamos, nos conmovemos, lloramos o nos tragamos lágrimas, nos cuestionamos todo, ponemos blanco sobre negro y seguimos en modo gris, porque el mundo es gris, no se define. Uno continúa y honra a sus muertos en la vida. Y nos conformamos, no queda opción. No hay opción. El círculo parece cerrado al vacío. Pero, sigamos.

Y estas ausencias vienen con la manía de manifestarse en todos los malditos trámites indecorosos que toca transitar, nos interpela esa nueva otredad que somos, asolados por las partidas.

Así las cosas, en el centro neurálgico de la ciudad, mi amiga esperaba paciente a que la hagan ir de un piso a otro, y contar la historia: tras la muerte de su madre, se iniciaron los trámites de reaseguro y pensión para el padre; él estaba internado cuando le otorgaron la pensión, una semana antes que decidiera irse también de gira. Va por la cuarta o quinta vez que lo explica, ya perdió la cuenta. La soledad ahonda, hace unos meses fue con él. La soledad la ahoga. De rabiar angustia, y a un pelo convertirla en ira, había decidido irse. Entonces, apareció ese hombre. Con una potencia que la contuvo inexplicablemente, no se presentó, la abordó con conocimiento del caso y le dijo:

- Estos son tus derechos, por los que tu madre trabajó y aportó toda la vida, es lo que les corresponde a los deudos, y no es admisible que te hayan hecho pasear desde temprano porque no saben resolver.

Álbum Fotomontajes. Juan José Stork
Álbum Fotomontajes. Juan José Stork

Hablaba de la cesión del resguardo. Por su impronta, supo que se trataba de un sindicalista. En apenas un rato, la turbidez pareció disiparse, se destrabaron algunos nudos y un bálsamo le acarició tanta herida abierta, aunque no zafa, aún, de dolorosos trámites, ni consigue reorganizar las pertenencias de los padres en su departamento. Y sí, se agrieta el círculo, hasta hace unos instantes, aparentemente cerrado al vacío.

 

HUECO EN EL ALMA

En tanto, al sur, en el segundo cordón, hacemos un tour de llamadas a una larga lista de teléfonos de las obras sociales, sobreponiéndonos al enorme hueco en nuestras almas. Recién atienden a partir de las 10:00. Pero Norita “se fue” ayer a la tarde, queríamos despedirla hoy y se hace imposible con esos horarios, ¿es que no tienen guardia? Llamamos al sindicato, nada. Nadie nos da una solución.

Álbum Fotomontajes. Juan José Stork
Álbum Fotomontajes. Juan José Stork

Después de dos horas meta pasarse la pelota, parece que aportó a una causa que no era la de la propia muerte. La falta de claridad en los recibos de sueldo y en la información que dispensaron nos obligan a romper el chanchito para darle un adiós tan digno como se pueda. Y el sindicato: nada. Y no hablemos del ninguneo de médicos y de la obra social durante todo este tiempo de agonía. Si acaso cabe una definición de ausencia, es esta, donde nos dejaron cuando más los necesitábamos. Pero no se preocupen, a pesar de nosotros, a ustedes -a los sindicatos- los sabemos necesarios. Porque los derechos no se tocan. Porque ningún círculo está del todo cerrado al vacío.

 

CONECTAR LAS AUSENCIAS

El dolor físico se transformó en muerte para unos y en una idea de re-inicio para otros. No queda más que reconfigurarse, para no ser un paria, para no morir antes de que llegue la parca, para dar sentido de vida a los que nos siguen, para sobrevivir y pasarla bien en el entretanto.

abrazo. HAP
abrazo. HAP

Por eso sobreviví en la etapa de prosperidad en tiempo –y carencias económicas- a la que no le encontré la vuelta emprendedora, como me sugerían varios que parecen tenerla clara… ¿habrá sido por el contexto? El contexto completó el vacío de mi tiempo, lo saturó incluso. También trajo presencias, devino en maestr@s -por qué limitarse a un único-. Y ojalá encuentres al tuyo y lo veas así, human@-admirable. Y ojalá entiendas el momento en que deja de serlo, para saber emprender la retirada.

L@s maestr@s me trajeron palabras de mundos diferentes. Las palabras -que, por estos tiempos, lamentablemente, tiendo a jibarizar-, se hicieron tímidamente lugar y acolcharon mi caída al vacío del círculo de la vida que gira, quita y da. Y sé que sólo se desarma así: cuando te escribo, aún cargada de elipsis, aún llena de agujeros en el alma.

Dicen que, cuando estás listo, el maestro llega… y, por qué no, el discípulo se convierte en maestro del maestro, sólo si el maestro es lo suficientemente sabio, como para aprender.

 

 

Imagen de portada y registro fotográfico Juan José Stork: álbum FOTOMONTAJES




CELEBRA A TU MUERTO

Ausencia: Sobre “Muerte en un funeral”, de Frank Oz.

Por Carlos Coll

LA ESTOCADA BUSCADA

Ausencia Foto 1
Fecundación, Pablo Ramiro

Todo está listo, impecable. Los escalones seguros esperan al hermano mayor y a su esposa, que hace días ya están. El resto de la prole aún no llegó. La pareja duerme en el cuarto del este, desde donde el sol podría despertarlos con tibieza. Siempre se levantan temprano, antes de que el astro los enceguezca y los fluidos se revolucionen. Según el especialista, el momento perfecto para copular y lograr el objetivo es ese. Ella está en el período de mayor fertilidad y la hora adormece a los óvulos, ante el posible ataque delicado de algún espermatozoide debilucho y tempranero.

Como en una reiterada e incansable tarea, la ducha los refresca. El día se presenta duro y, enfrentarlo, los atemoriza. Los espera una tarea ardua y agobiante.

EL PAQUETE ADQUIRIDO

Sobre la mañana tardía, llega a la ampulosa casa, la comitiva oscura. Cuatro guardianes bajan de la camioneta, entrapados en negro y con un rictus de circunstancia en los rostros. Bajan el ataúd. Lo trasladan, desde las manijas de bronce, hasta el espacio definido en medio de la sala. Allí, los sillones y las mesas ratonas han sido corridas para darle al féretro el lugar central.

Entonces, el director de la comitiva abre la tapa de caoba lustrosa para acomodar al muerto.

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El dios Marte, Diego Velázquez

-Este no es mi papá.- Grita el hermano mayor y su voz rebota en las paredes del caserón. Su esposa se acerca.

-No es mi suegro, se equivocaron de muerto. Qué clase de servicio prestan, encima, cobran una fortuna.

Rápidamente y sin decir palabra, los guardianes recogen el paquete y se retiran como habían llegado, circunspectos y en silencio. Así comienza el film “Death at a funeral” (“Muerte en un funeral”), una comedia inglesa de humor negro, un verdadero grotesco.

A partir de este momento, el desarrollo del film se transforma en una sucesión de equivocaciones y confusiones.

Existen dos versiones de esta película: una inglesa y la otra norteamericana, bastante similares aunque, es de destacar, el humor y la flema  de la primera, que la hace más atractiva. La británica se estrenó en el año 2007 y, dirigida por Frank Oz, fue interpretada, en sus roles principales por:

Matthew Macfadyen – Daniel

Rupert Graves – Robert

Peter Dinklage – Peter

https://www.youtube.com/watch?v=I6TJPF3XjZU

EL MARCO DORADO

La familia ha llegado al funeral. En un principio, el espectador se desorienta, ya que no es fácil saber quién es quién. La esposa del difunto es la anfitriona perfecta. Organiza el catering: la comida circula a su alrededor, mientras las bebidas llenan las copas sedientas de los parientes. Entre plato y plato, asoman el llanto y el dolor contenido. La sobrina rebelde se presenta con su novio inocente y odiado por su futuro suegro, hermano del muerto. Antes pasan por la casa de su hermanito menor, el adicto. El novio no está bien y ella, siempre atenta a su deber de protectora, le da a tomar una píldora -supuestamente Valium, por lo indicado en la etiqueta-. No tiene presente la condición de su hermanito. En el frasco descansa una nueva y potente sustancia que hacer delirar y genera imágenes oníricas.

Ausencia Foto 3
Mistral I, Miguel Ángel Campano

Simultáneamente, en un auto elegante, el hijo tarambana arrastra a un tío viejo, malhumorado y maloliente, en silla de ruedas.

Por fin, el descendiente menor del patriarca atraviesa la puerta de calle. Se trata del preferido, el escritor ganador que vive en New York. La madre se derrite entre sus brazos, mientras el hermano mayor se muerde los labios.

LA PRESENCIA

Ausencia Foto 4- Pablo Picasso Enanao
Enano, Pablo Picasso

La reunión familiar presenta a cada cual en su rol, mientras se desplazan por la casa, comen, beben y conversan. La droga pega en el novio de la sobrina del muerto y su comportamiento descoloca a los invitados hasta el desquicio, cuando cree ver que el ataúd se mueve. En medio de esta confusión y a los pies del muerto, ninguno ha reparado en un enano que lo acompaña con un silencio religioso. ¿De quién se tratará? Nadie lo conoce ni sabe quién es este individuo tan particular. El hermano mayor, encargado del discurso de despedida, se retira al escritorio a repasarlo, mientras el enano va tras él. Ya en soledad, advierte a su seguidor, quien le muestras fotos, donde el hombrecito está con su padre en situaciones muy comprometidas: fueron pareja secreta desde hacía años. Con ojos llorosos, el enano pide parte de la herencia. Le corresponde, se amaban.

Así empieza el escándalo, al que va sumándose en secreto alguna parte de la familia. Tratan de contener al “amante”, inútilmente. Él está dispuesto a todo por conseguir lo que le pertenece. La esposa y la familia van a saber quién era realmente el patriarca.

ACTO DE AMOR

Todo se acelera. La droga actúa sobre el novio. El viejo paralítico se descompone y se caga encima. El enano grita, lo amordazan en el escritorio, lo golpean sin intención, lo drogan con el aparente Valium, que va tornándose en protagonista. El amante delira y cae sobre la mesa ratona. Un tajo enorme en la frente, sangre. No responde.

Y, he aquí la cuestión, ¿qué hacer con el enano muerto?

En ese momento, gritos. Por el efecto de la droga, el novio sale desnudo al tejado y se quiere tirar. Su prometida -la prima- se desespera y todos van tras el espectáculo. Las viejas se tapan la cara con las manos, pero no lo suficiente como para no espiar al desnudo por entre sus dedos.

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El David, Miguel Ángel

Entonces, lo deciden: meterán al enano en el ataúd y lo enterrarán con su padre. Y lo hacen, levantan la tapa y lo acomodan. Primero, quedan los cuerpos en una posición demasiado comprometida. Recién ahí, los giran y dejan al enano boca abajo, sobre el pecho del patriarca. Cierran la tapa justo en el momento que la gente entra a la casa. El novio es convencido por la prima, quien le confiesa su embarazo. Con un beso y ante el público en total azoramiento, bajan del tejado.

LA DESPEDIDA

Por fin, el hermano mayor intenta iniciar su discurso. Dos palabras y el ataúd entra a moverse, se abre la tapa y aparece el enano vivo y a los gritos. El cuerpo cae al piso y todo se descontrola. La madre llora y ve las fotos caer desde el bolsillo del pequeño hombre, cuya presencia ha generado el fin del grupo familiar.

Entonces, el hermano mayor reacciona por primera vez. Ordena que acomoden al muerto y comienza, por fin, su discurso. En esta ocasión, no lee lo que tiene preparado. No. Sólo recuerda a su padre, aquel gran hombre que les dio la vida, los crió y siempre les brindó todo su amor.

EL BANCO EN EL JARDÍN

Así, como en la película, garabatea a la muerte -es decir, a la ausencia- así como pasa por un tamiz todas las apariencias de una familia armónica, nuestra memoria, con el tiempo, refiere a algunos y a otros y los relega a cierto olvido.

Las separaciones siempre duelen. En un principio, tienen la apariencia del abandono, del alejamiento. Sin embargo, más tarde, nos damos cuenta de que no es solo así. Las presencias vuelven y se acercan para quedarse en nuestras vidas. Parientes, amigos queridos, familiares. Es por eso que tengo, entre otras cosas, un banco de plaza, al costado de una parcela reservada para mí en el cementerio privado de San Isidro, “Los Cipreses”.

La silla con pipa, Vincent Van Gogh
La silla con pipa, Vincent Van Gogh

Allí, justo al lado, mi maestra de teatro -mi querida Nina- ya me espera para ayudarme a recrear “El polaco” de “Un tranvía llamado deseo” que, según ella, en esta vida yo nunca hubiera podido representar, porque no me da el físico.

Eso por un lado. Por otro, si de presencias que traen las ausencias hablamos, está mi hermana del alma, Martita. Ella aparece y me recuerda que, sentada al costado del río -¿en un banco de plaza?-, me aguarda para que recordemos nuestras travesuras en la facultad de ingeniería.

Por si fuera poco, con mi gran amigo Armando, seguimos nuestra charla sobre manutención y mantenimiento para poder mejorar mi trabajo de presentación: aquel que me llevó, durante cuatro meses, al lejano Japón. Fue por aquella beca sobre packaging, ganada con esfuerzo hace algunos años.

Y, para cereza del postre, la trementina en mis fosas nasales, mientras mi Tío Horacio me guía la mano, con su experiencia de gran pintor, y maneja el pincel para dar vida a las telas en blanco de mis óleos.

Naturaleza muerta, Horacio Coll
Naturaleza muerta, Horacio Coll

Aún quedan muchos cuadros por pintar, muchas notas por florecer y muchos encuentros no pensados por celebrar.

Entre azar y camino, se fundan promesas que desplazan ausencias y multiplican otras.

En busca y hacia el futuro, el deseo promete, insiste, sugiere y reedita la apuesta.

Aunque no lo aceptemos, siempre estamos alrededor de un muerto: nosotros mismos. Siempre, entre rituales que lo desafían con renacimientos.




SALTO AL VACÍO

Rituales: sobre las ceremonias funerarias y otras yerbas.
Por Verónica Pérez Lambrecht

 

                                        “La muerte está presente en la vida bajo cualquier forma y por ello, ejerce una profunda acción dada su omnipresencia”.
Torres Delci, Los rituales funerarios como estrategias simbólicas
que regulan las relaciones entre las personas y las culturas. [1]

El ser humano es un sujeto ritual desde su más remota existencia. Ese mecanismo, entre otras cosas, dirigido a contactarnos con “eso” de lo que no tenemos mayores certezas, persigue a veces un estado más intenso. Desde los ritos más simples, como la bendición de la comida, hasta los más complejos, como los del matrimonio.
Entre esta catarata de rituales de la vida, del amor y de la muerte, surgen los iniciáticos –el bautismo-, los de enlaces conyugales y los ritos funerarios.
Los iniciáticos guardan esa noción de renacimiento, como si el propio parto del cuerpo no fuera en sí disruptivo. En muchos, el sello incluye el acto de marcar los cuerpos –circuncisión-, como puesta en valor de la cuota social: pertenecer. Así, subyace el temor instalado de que, si no estás iniciado, no estás bendecido y transitarás maldito por esta existencia.

Álbum Fotomontajes. Juan José Stork
Álbum Fotomontajes. Juan José Stork

Por su parte, los rituales vinculados a la familia someten a los seres a cierta lógica de subyugación, en pos de un amor que -en la mayoría de los casos- desaparece, para así construir masas (o masacotes), dominios de vaya a saber quiénes, y mancillar el amor en “martitimonios”. Los rituales de unión abarcan desde matrimonios álmicos (ad eternum), iniciaciones sexuales complejas (¡qué benévola!), y llegan a la separación, sólo en caso de muerte, entre tantos y tantos esquemas.


Y, aunque el ritual del matrimonio tiene un abanico de cuestiones que transitan desde lo pintoresco a lo grotesco sin respiro, los rituales funerarios guardan en sí eso que inevitablemente nos sucederá a tod@s: vamos a morir. Podemos no ser iniciados, podemos no “cazarnos”, pero tod@s, sin distinción, llegamos al final. Y ahí, las preguntas son siempre, por razones obvias, muchas y sin respuestas: rituales de la muerte.

 

EL INTROITO

Lo que no es consciente,
no es humano

G. Bataille, “Breve historia del erotismo”

La muerte es un hecho de significación social y personal profundamente disruptivo. Implica aspectos psicológicos, sociológicos y estrategias simbólicas relacionadas, sobre todo, con la necesidad de trascendencia del individuo y con la superación del dolor de quienes sobreviven al muerto. Desde el punto de vista cultural, el rito insta a promover la cohesión de la sociedad o de grupo a través de un pasaje armonioso y auspicioso para quien parte y de una contención de quienes quedan.

Álbum Fotomontajes. Juan José Stork
Álbum Fotomontajes. Juan José Stork

La concepción de la muerte, no obstante, varía de una cultura a otra. En líneas generales, para las culturas orientales, la vida y la muerte son eventos emparentados, pero en diferentes planos. En tanto, para Occidente, la vida y la muerte están contrapuestas. Asimismo, las ceremonias difieren, debido a múltiples factores, entre ellos, la religión.

Pero, antes del nacimiento de las religiones, los primeros rituales funerarios remontan al Hombre de Neandertal, en el paleolítico. ¿Qué llevaría a aquellos primeros seres en evolución a re-interpretar la muerte? Georges Bataille, en su “Breve historia del erotismo” dice, “el animal, el mono cuya sensualidad a veces se exaspera, ignora el erotismo. Lo ignora en la medida en que le falta el conocimiento de la muerte”. La consciencia de la discrecionalidad de la vida permite dar sustancia a los placeres, “el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”.

 

LA OMNIPRESENTE

        “La única cosa verdadera en la ausencia y en la presencia
es que ambas son construcciones ficcionales. (…)
Recientemente, cuando perdí a mis padres, me topé con
todo lo que sería capaz de enfrentar con esa ausencia,
tan bruta, tan irremediable. (…)
ese asunto está resuelto por la vía de una nostalgia.
Porque quienes partieron, apenas viajaron para otra dimensión.
Y esa dimensión está dentro de mí.”
Mia Couto, “Umbilical”, entrevista por El Anartista

De cara a este hito irreversible que implica la muerte, se abre paso a una danza de la vida, que apela -por qué no- a recuperar la identidad personal separada del cuerpo, y busca explicación a la partida. Los rituales celebran el puente entre la presencia y la ausencia. Así, estar-no estar, ser-no ser, entran en tensión.

de agua y sal. HAP
de agua y sal. HAP

En el Antiguo Egipto, bajo el concepto de renacimiento, se realizaba el ritual de momificación, donde el cadáver era embalsamado: se abría y se extraían las vísceras, excepto el corazón y los riñones. Luego de 70 días, se lavaba el cadáver y se envolvía. Las pirámides constituyen el monumento funerario por excelencia, para que el Faraón pudiera convertirse en dios.

Por su parte, en China, la continuidad de vida y muerte conducía al entierro del cuerpo con los objetos de uso cotidiano del difunto. También se realizaba el ritual de “castración” de los muertos, como culto a la vida.

En Indonesia, se considera que la muerte no se consuma instantáneamente, sino como parte de un proceso. Se desarrollaban, entonces, dos exequias: una provisoria y otra, en la que se le cortaba la cabeza al cadáver, también como culto a la vida.

India tiene lo suyo: la muerte es el mayor acontecimiento de la vida. El rito funerario, antiguamente, consistía en sumergir el cadáver en las aguas del Ganges, rodeado de hierbas durante 7 días para que la carne se suavizara. En la actualidad, se lo lava con estas aguas, para purificarlo. Luego, se incinera.

 

TOUR POR LA ENCICLOPEDIA

Algunos rituales mortuorios llamativos para nuestra idiosincrasia son [2]:

  • Hacer gemas con los cuerpos, en Corea del Sur;
  • Sacar al muerto, envolverlo en un nuevo sudario y hacer un baile con el cuerpo cada 7 años, en Madagascar;
  • Poner los ataúdes en los acantilados para que no se asfixien bajo tierra, en Filipinas;
  • Trozar el cuerpo y ofrecerlo a buitres, en el Tibet;
  • Contratar payasos para las exequias, en Bélgica y Holanda;
  • Consumir las cenizas luego de un año para tomar energía vital, en Amazonas.

Tal es la celebración de los muertos en México los días 1 y 2 de noviembre (2 de noviembre, día de todos los muertos para el catolicismo), que la fecha ha sido declarada por UNESCO, desde 2003, como Patrimonio inmaterial de la humanidad.

Todo dicho, ¿no?

No. Las ceremonias abundan casi tanto como pueblos, tribus, etnias.

Así, podemos hacer un brevísimo recorrido por algunas religiones [3], cuyos rituales de despedida de los cuerpos buscan esa continuidad, ese valor simbólico, capaz de vulnerar cualquier intento de escepticismo.

Imagen cementerio de Rivera. Diario de Rivera
Imagen cementerio de Rivera. Diario de Rivera

En el judaísmo, previo al entierro, el cadáver se lava a los fines de purificación entierro y se envuelve en un sudario. Si se trata de un hombre, el cuerpo se envuelve en el talit, manto que ha recibido el hombre en su Bar Mitzvá, a los trece años. Se sepulta en tierra, salvo que se trate de un entierro fuera de Israel. En tal caso, prima la ley del lugar y no la bíblica. En señal de recuerdo del precepto que indica enterrar cuerpo a tierra, se retiran los herrajes del cajón y no está permitida la cremación. En el entierro, los familiares directos se desgarran una prenda como forma de expresar su dolor. Dicha vestimenta se usa durante semanas. Algunas etapas del duelo son:
Lamentación: durante los tres primeros días tras el entierro, los deudos deben permanecer en el hogar y no responder ni a saludos. No pueden rasurarse ni arreglarse y tienen que recitar el kadish, oración fúnebre. Las mujeres no pueden usar cosméticos.
Shivá: los siete días tras el entierro. Continúa la prohibición de rasurarse, se visten las ropas rasgadas, pero ya puede relacionarse con la gente que le expresa su dolor.
Shloshim: los 30 días posteriores al entierro. El familiar ya puede salir de casa a la sociedad, pero sin llegar a hacer una vida normal. Acaba al final de este período la prohibición de rasurarse. Suele hacerse una ceremonia en el cementerio, para esa fecha.
Un año de duelo: Está prohibido participar de fiestas, tanto públicas como privadas, durante los 12 meses posteriores al entierro.

Los budistas creen en la reencarnación, como transmisión ininterrumpida de energía entre existencias y herencia de karma. El ritual funerario varía según la corriente. En líneas generales, el cuerpo se prepara con formol siete días antes de la cremación, para liberar al espíritu. En ese período, se reza. Las cenizas se suelen esparcir en un río. Familiares y amigos presentan ofrendas por 49 días.

testigo. HAP
testigo. HAP

Los católicos creen en la resurrección del cuerpo durante el Juicio Final y en la vida eterna, no así en la reencarnación vida tras vida. Se trata de un cuerpo divino, de un cuerpo otro. Previo al momento de la muerte física, se otorga el sacramento de la unción de los enfermos, para exonerar de pecados y encomendar el alma a Dios. Luego, se vela al muerto, en atención al acompañamiento socio-psicológico de los deudos y se efectúan diversos tipos de oraciones, principalmente, “el rosario”. En muchos casos, se celebran misa con el cuerpo presente, en sentido de última despedida, y el sacramento de la Eucaristía. Hasta mediados del siglo XX, se llevaba luto de uno a dos años, de acuerdo a la cercanía con el difunto, en particular, por parte de las mujeres. También se celebran misas en fechas alegóricas (meses, aniversarios).
Las primeras sepulturas de los cristianos fueron las catacumbas. Fueron concebidas como inmensos laberintos subterráneos y con enormes implicancias políticas en los primeros tiempos de esta cultura dogmática. Hoy en día, está permitida la incineración de los cadáveres -a excepción de declaración contraria en vida-, no así la disposición de las cenizas en cualquier otro lugar que no sea de culto, como en los cementerios.

Los musulmanes creen en la resurrección, no en la reencarnación. Al morir se coloca al difunto sobre el costado orientado hacia la Qibla. Se lava el cuerpo y se lo cubre con tela blanca de algodón. No está permitida la incineración, se entierra orientado hacia la Meca y se da lectura al Corán. Son rituales rápidos y sencillos.

Finalmente, en este raudo recorrido por algunos ritos religiosos, nos quedan los evangélicos, quienes creen en la resurrección, en pasar a la eternidad ante la presencia de Jesucristo. Se vela el cuerpo en el tanatorio, acompañado de los líderes religiosos y los miembros de la comunidad como contención psico-social. Entre servicios de cánticos y lecturas, prima la sobriedad.

 

TRANSGRESIÓN

                       “Al separar el erotismo de la religión los hombres
la redujeron a la moral utilitaria…
El erotismo, al perder su carácter sagrado,
se volvió inmundo…

G. Bataille, “Breve historia del erotismo”

Los rituales también se modifican con el tiempo. En este último sentido, la Iglesia Católica es “vanguardista”, a los fines de mantener adeptos y casi sin alternativa, ha accedido a la cremación y al cese prematuro del luto. Sin embargo, aún sostiene que esta vida es “el valle de lágrimas” y el sentido de satisfacción y felicidad se sitúan más allá de la muerte, en la resurrección del cuerpo, en unión con el cuerpo de Cristo. Y, cuando escribo que “aún sostiene”, lo hago con consciencia exprofeso de hablar en presente. Por supuesto, siempre hay disidentes.

Álbum IG. Juan José Stork
Álbum IG. Juan José Stork

Como signo de la evolución de los tiempos, surgen voces como las de los curas en opción por los pobres. Entre ellos, el teólogo Eduardo de la Serna, reclama la necesidad de transgredir la iglesia “necrófila” y “dolorista” (sic) y volver a la fuente, al Jesús que dio vida, que dio visibilidad e identidad a los que –aún vivos- no la tenían: a los enfermos, hambrientos y pobres. Y no para sostenerlos en ese lugar de miserabilidad, sino para sacarlos de allí. Es la vida lo que defendían los curas del tercer mundo, como Carlos Angelelli. Es la vida lo que defendían los 30 mil desaparecidos. Siempre fue la vida y la dignidad en la vida.

 

EL SALTO CUÁNTICO

La muerte expone el sentido y el sinsentido de la vida. Es el salto del que nadie zafa, a un vacío que se llena de mil y un contenidos.

El único ser con consciencia de su finitud busca explicaciones. Cualquier culto o religión proveen las suyas en función de sus intereses.

La separación del cuerpo de toda consciencia es un plato no biodegradable e indigerible. Las resoluciones son más vastas que los millares de rituales expandidos por el mundo. Y, en el mismo sentido, el nihilismo tiembla ante el disruptivo rostro de la parca.

majestuosos, árboles y cielo. Patricia C. Bonjour
majestuosos, árboles y cielo. Patricia C. Bonjour

Independientemente de las religiones, las despedidas de los cuerpos tienen un impacto inexorable, ya sean rituales de pasaje o rituales de continuación. Los cuerpos nos traen relatos de sus vidas, cuando son hallados con sus menesteres personales, o cuando se logra identificarlos –apenas desde sus huesos- después de años de búsqueda. Así, se produce el cierre de etapas de agonía e incertezas. Por eso, estos rituales son tan importantes, porque nos permiten ese último espacio de conexión con lo que hemos vivido. Eso impacta en la memoria, vida y resoluciones de quienes nos quedamos.

Los muertos, sus cuerpos, son la presencia tangible de la ausencia.

E incluso, más allá de toda creencia, lo cierto es que afectamos a nuestros pares, familiares, amigos, alumnos, maestros, subordinados, pero, sobre todo, los hijos. Y ahí radica la responsabilidad de vivir de la manera que nuestra ética y valores nos interpele, en la consciencia individual de ser seres comunitarios. La vida nos trasciende en estas pequeñas o grandes influencias. Tal vez ese sea un pedacito de eternidad, que pueda durar 2, 5, 7 generaciones. O tal vez, quién sabe…

 

NOTA DE COLOR: Aquella tardecita salí del trabajo con el cansancio cruel de cada día. Subí al subte en el desagradable horario pico de la vuelta que, aun así, no es tan letal como el de la mañana. De cara al vidrio de la puerta, una calcomanía me devolvió a la consciencia, esa que me hace human@. Decía:

alegría (TICKET VÁLIDO SÓLO PARA ESTA VIDA)alegría
(TICKET VÁLIDO SÓLO PARA ESTA VIDA)

 

 

Imagen de portada y registro fotográfico Juan José Stork: Instagram JJS y álbum FOTOMONTAJES

[1] Torres Delci, Los rituales funerarios como estrategias simbólicas que regulan las relaciones entre las personas y las culturas. Sapiens. Revista Universitaria de Investigación [en linea] 2006, 7 (diciembre)

[2] 10 insólitos ritos funerarios alrededor del mundo

[3] Los ritos funerarios según la religión

 

 




APOSTAR LA VOZ

La sospecha: Sobre el estado de coma y el lenguaje.
Por Liliana Franchi

 

PLUMAS EN BUSCA DE ALAS

Un cuadrito torcido adornaba la pared descascarada de la habitación principal. Lentamente giraba, para pedir aliento a aquel ventilador lleno de polvo, sucio e inalcanzable. Sobre la almohada mullida en silencios, dormía Sara, mi madre. Sin expresión alguna y con un rictus de atención, se hundía entre las plumas. La lectura siempre había sido su fuerte, así las horas pasaban, con sucesivos cambios de lector, entre versos de Galeano, textos de Bayer, poemas de Whitman y otros seleccionados. Claro, eso cuando aún podía hacerlo. En algún rincón, su alma sonreía. Sórdidas pasaban las horas, iguales unas a otras, mientras salpicaban hastío. Una luz casi imperceptible entraba por la ventana pequeña y rústica. Bondadosamente, mostraba unas manos cansadas al costado de un cuerpo casi inerte, delgado y blanco. Cuánto de irrespetuoso tiene un final sin final.

Mientras los otros jugaban, Sara dormía. Tal vez escuchaba, quizás algún día respondiese. No es la mejor presentación de una mujer que, durante tantos años, se mantuvo digna emprendedora, tenaz, con un dominio absolutamente sensual. Pero el contraste entre las épocas hace aún más largo y lento el tiempo de descuento.

 

FLORES LEJANAS

Detrás del deseo de otros -distintos, ajenos- conocí a Sofía. Adornada, envuelta en colores, con su cabello peinado estrictamente en cola de caballo y un sutil rosado artificial en sus mejillas, yacía sobre una cama diseñada especialmente para ella. Coloridas paredes rodeaban la magia del lugar. Dos estrictos turnos acompañaban su soledad, permanente, hacía ya varios años. Ahora, esta escritura y ciertas miradas podrían resignificar este dolor en magia. Tal vez porque era muy joven, o por el recuerdo de sus pies al sortear aire, en forma emocionante, mantenía la fortaleza y la belleza de la juventud, aunque poco podía hacer con ellas. A Sofía había que hablarle, contarle rutinas cotidianas en tono de música débil, compartir y hasta escucharla. En su silencio, se podían percibir palabras.

Camino al despertar

Las flores de su cuarto no se permitían marchitarse. Pasaron años de idéntica dedicación y con la misma sospecha de un despertar entre rosas, orquídeas y margaritas. Permítanme dudar de esa sensación un poco sufrida -pero no por eso menos inflexible-, de percibir lo que el espacio centrifuga y escupe lejos. Lastima, duele, pero a la vez empuja, revive expectativas dormidas, muere y nace cada mañana. Su cuidador aseguraba que despertaría porque “el hablarle produce ese efecto”.

 

DONDE NO DUERMEN LOS TRENES

Una tarde calurosa de setiembre enterraron a Sofía, quien pareció haberse llevado todas las palabras con ella. Volaban flores perfumadas, la primavera desplegaba toda su audacia. Sólo para verla por última vez, concurrí a su adiós glamoroso, que simulaba victoria. Nada había triunfado, nada teníamos para festejar. No obstante, un brillo etéreo rondaba el aire. La gente se escondía tras unas gafas oscuras, no querían ver lo que ella tampoco había visto. Salí despacio, caminé sin sentido. Y, así, sin proponérmelo, como un inconsciente exorcismo que impidiera la repetición de las historias, mis pasos me llevaron a la casa de Sara.

Cuánto de dolor hay en un despertar y cuánto de sospecha de qué sucedería si alguien que está en coma, por fin, lo lograra. A unas flores que me habían quedado, por inercia, las puse en un viejo jarrón y comencé a leerle a Neruda.

No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,
porque, no sé decírtelo, es largo el día,
y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

 

UN DÍA MÁS

Yo quería dormirme con ella, sentirla como ella sentía, saberla presente. Con una señal hubiera bastado, con un guiño, con un apretón de mano, con un movimiento involuntario. Me conformé con la sospecha, desde siempre supe que alguna vez -en silencio- abriría los ojos y me hablaría. Entonces, continuaríamos una conversación pendiente hacía ya dos años. Lo haría sin fantasías, sin rumores, de manera simple y sencilla.

Un día más de lectura, de costumbres adquiridas. Abrir y cerrar las ventanas para que ese sol efímero entrara, cerrar las puertas para que la felicidad no se escapase, tomar su mano, elevar la voz para saludarla. Un día más, entre tantos otros.

 

EL PUJO DE LO IRREAL

Poemas de Jorge Guillen

En voz alta pensaba, ¿quién nos encadena y quién puede liberarnos?, ¿quién nos muestra el camino y quién lo cierra?, ¿quién se apodera de los otros y quién decide sobre estos?, ¿quién puede dar origen y quién, abruptamente, quitarlo?, ¿quiénes son, dónde están? Lo irreal se impone para que podamos hacerlo real, nos libera para crear y hasta para amar. Quizás, después te lo quiten, pero has conocido el sentimiento, la esperanza y otros fuegos del instante. No somos dueños de nada y, a la vez, podemos serlo de todo, ¡qué paradoja soberbia! ¡Cuánto camino hay en el camino elegido! A su vez cuan largo o cuan corto sea, ¿depende de nosotros?

Todo este balbuceo interrogante brotaba, por entonces, casi sin quererlo. Creo que producto de “habla sola”. Por eso, creo que de nada sirve hablar con ellos, no hay respuesta. Es un mero regodeo de sospechas alentadas por la urgencia del deseo. Leerles es otra cosa, les llega un sonido armónico que complace, sin entendimiento. Por supuesto, nada doy por cierto.

 

PALABRA DE JAZMÍN

Sospeché que lo haría. Entonces, si así hubiera sucedido, seguramente nos hubiésemos podido decir algunas cosas antes de que ella partiera. Los atajos de mis pensamientos me llevaban directo al deseo. Y así es, siempre queremos una última vez, aun después de la última. Sentía un fuego intenso en el pecho, tal vez fuera mi corazón. Algo se avecinaba. Su presencia ausente fue una dentellada a mi entendimiento y también, a mi voluntad.

Pero sucedió. Fue mientras le leía. Sin incorporarse siquiera, Sara abrió los ojos y comenzó a hablar, en una dimensión diferente. El tiempo no había pasado para ella, me di cuenta porque pidió el té que había dejado meses atrás. Hablamos con la cotidianidad habitual. Me mostré con la inconmensurable alegría de tener, al menos, ese regreso. Temor y dolor fueron mis sentires más expuestos. Allí permanecimos horas. Entre el cansancio visible y la pérdida de fuerzas, logramos comunicarnos y querernos entre palabras. ¿Qué voy a hacer ahora? Murmuré.

Estimo que, casi sin quererlo, con tono pausado y bajo, Sara inició una sutil despedida, de esas que no se notan, pero se palpitan. Me acerqué para escucharla mejor y le tomé las manos, ni siquiera logró apretarlas, sólo se dejó acariciar: “estoy muy cansada, quiero descansar”. Me atravesaron de lado a lado sus palabras, sabía qué significaba, quería acabar con el sufrimiento y partir. Entonces, le susurré: “descansá, tranquila, mami”. No obstante, no se aventuraba. Entendí entonces que faltaba algo para que por fin se permitiera su descanso. Cuando ingresó a la habitación su nieta, las dejé solas, estuvieron largo rato, apenas las escuchaba desde lejos. A los pocos instantes de aquella charla, desistió.

“Quedate conmigo”, quise gritarle. Pero la humildad de perderla pudo más que el egoísmo de saberla quebrantada. Amaba los jazmines que acompañaron su partida. Un sol débil iluminó su viaje.

 

Amarse con los ojos abiretos- Jorge Bucay

 




LA ROPA O LA VIDA

Lo inesperado: Sobre despedidas súbitas.
Por Juan Pepe Carvalho

 

UN LABURITO PAL PROVINCIANO

Coteto era un padre presente y protector con una larga biografía a cuestas. A los 14, había fallecido su padre. Un par de años después debió trasladarse con su madre, de su provincia natal -Entre Ríos- a Buenos Aires. Las luces de la gran ciudad no lo amedrentaron. Por entonces, corría el año 1916: el mundo estaba sumido en la primera guerra mundial. Como nada nunca resulta fácil, entonces tampoco lo fue. Así, Coteto ingresó al Banco de la Nación, de cadete, orgulloso de su flamante título de bachiller, egresado del renombrado Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, Entre Ríos.

 

OTRA VEZ, SOPA

Magritte . "La condicion humana." 1933
Magritte . “La condición humana.” 1933

En Buenos Aires la vida era muy distinta a los años transcurridos en una estancia de la provincia litoraleña. Ser el jefe de familia, con su madre a su cargo, tampoco resultaba sencillo. Su educación familiar había sido conservadora en tradiciones, costumbres y enseñanzas, que Coteto intentó trasladar a sus hijos años después. Por supuesto, los críos las rechazaron: “Papá, atrasás, estás hablando del siglo pasado”. A regañadientes, Coteto debió aceptar la televisión, la sopa instantánea -qué era eso de sopa de verduras sin verduras; de pollo, sin pollo-.

 

TACLES DE LA SUERTE

Los niños vinieron del matrimonio con Elisa: seis hijos. Casi hubieran sido felices, si el diablo no hubiese metido la cola: con cuarenta años de servicio, Coteto fue echado de su trabajo en su amado Banco Nación. El motivo fueron sus actividades sindicales y políticas. Abandonado a su suerte por algunos de sus amigos laborales, el sostenimiento de la paz y de la felicidad familiar se convirtió en una pesada carga, que lo llenó de hastío nostálgico. En este marco, sus defensas bajas lo llevaron a una segura enfermedad. Con 61 años, fue internado a causa de una gripe mal cuidada. Lo acompañaron dos de sus hijos adolescentes y su compañera inseparable y continua alentadora de su vida.

 

COTETO Y CONATO DE FUGA

 Jean Lisbeth pérez Silva. "Padre e hijo. "
Jean Lisbeth pérez Silva. “Padre e hijo.”

Una tarde me tocó ir a cuidarlo. Varias veces lo acerqué a los ventanales de la habitación, para que alegrara su aburrida estadía.

– Juancho, alcánzame la ropa-, me disparó sin anestesia.

– ¿Cómo, papá?, ¿qué ropa?

– Mi ropa, Juanchito.

Con veinte años, evidentemente yo ya no era un chico. No podía ceder a un pedido tan absurdo y caprichoso.

– No, papá, vos no te podés ir, los médicos no te dieron el alta.

– Juancho, soy papá y te doy una orden. No me obligues a levantarme y buscarla yo.

En eso llegó mi salvador reemplazo para el cuidado. Sin embargo, papá siguió con sus reclamos hacia mí.

– Juancho, tráeme mi ropa, me voy de aquí, ya estoy curado.

– No, papá, no te podés ir.

 

DESPLANTES

Debo decirlo. Mi relación con mi padre nunca fue ideal, siempre resultó corto en ofrecer reconocimientos. Por ejemplo, si yo me ocupaba de arreglar el jardín cuando él se iba al trabajo, a su regreso, entraba al grito de ¡cuándo alguien se va a ocupar de las plantas! Es decir, hacé de cuenta que yo no había hecho nada. Mucho tiempo después, en mi primera terapia, entendí que a veces los hijos nacemos en momentos de quiebre para los padres. Yo nací cuando mis padres se habían separado temporariamente. Mi padre regresó para mis cinco años. Durante mi infancia más fundamental, Coteto estuvo ausente.

 

BAJA EL TELÓN

Magritte. "LLave de los campos."

Pero vuelvo al hospital. Cuando a las 19 horas, mi hermano mayor me reemplazó en el cuidado de Coteto, me dio cierta alegría y tranquilidad irme. Sin embargo, sobre la madrugada, me despertaron:

– Murió papá.

Durante muchos años, me quedó grabado el pedido de mi viejo. Al solicitarme la ropa, se despedía de mí. Tenía que irse.

“Y si le hubiese dado la ropa…”, la idea me ronda aún hoy.

 


RELEVO DE PARTES

A los 69 años, yo también con seis hijos. Pasó mucha agua bajo el puente. Aún sin resolverse del todo la despedida de mi padre, ya pienso cómo será mi despedida. Recordar aquel momento no me permite modificarlo ni evitarlo. Fui capaz de enfrentar la muerte de mi padre con otra mirada. Con respecto a la mía, me asustan las repeticiones involuntarias. Ojalá lo inesperado marque una diferencia, haga una curva. Y ojalá la haga mucho antes de despedirme. En el día a día. Ojalá renueve la sagacidad de mis ojos para entender a quienes me rodean, para entenderme. Para que la muerte no sea más que uno de los hechos vividos y no el más importante.

 




TRASTUMBAR LA MEMORIA

Los exilios: sobre la muerte y sus pasajes

Por Mariana Paula Dosso

Fotografías: Mariana Paula Dosso

 

“Como cuervo: atravesé algo sin límites
el cielo y los augurios, en un ridículo
mecanismo emplumado, menudo, cerrado;
dispuesto a seducir al mundo como víctima
de una belleza negra,
de un pasajero temor.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

Si nos detenemos en la muerte y en el exilio, lo más común es pensar en el viaje del alma hacia otro tiempo-espacio. Así sucede en la película animada “Coco”, que retrata la festividad del día de los muertos, tan celebrada en México. Debo decir que un aire de enojo se apoderó de mí al verla: Hollywood puso imágenes a una experiencia tan ancestral y ¡latinoamericana! Pero, si se sortea esta desconfianza, bien vale esta película.

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En el más allá de “Coco”, han construido un mundo paralelo, que no escatima en calles, moradas, edificios voluptuosos, laberintos, divisiones geográficas según la clase social, conciertos de música y varias réplicas de una escenografía mundana. Calaveras por doquier continúan su existencia gracias a las ofrendas, amores y recuerdos, por los que los del más acá brindan el 2 de noviembre.

 

“Como lobo: creí poder nacer de mis dientes
y de mi baba, descansar en una garganta abierta,
correr con algunas vísceras, sorprendidas, humeantes
y nunca morder el corazón que ama,
repleto de llanto de opaca enfermedad.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

En nuestra cultura hegemónica occidental, la muerte suele estar asociada al final de un camino en vida. El tiempo cronológico, la insistencia entre causa y consecuencia, y la linealidad impregnada en cualquier experiencia hacen de la muerte la etapa final de un proceso acumulativo. La tensión entre la vida y la muerte o, mejor dicho, la convivencia entre ambas suele desconocerse, porque “necesitamos” establecer categorías precisas: plano de la vida y, a continuación, plano de la muerte.

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Sin embargo, hay muchos hilos sueltos en el entramado de culturas de nuestro territorio. Las experiencias vinculadas a poblaciones originarias conllevan ceremonias, ritos, concepciones sobre “el final de la vida” que impregnan variados significados. También las religiones hacen lo suyo: aquí suelen estar más ligadas a tradiciones, no necesariamente enlazadas con un estar-ser cotidiano. Otras tramas son más nuevas y se asocian a experiencias orientales traídas en containers.

 

Sólo para desacartonar un poco la mirada sobre la muerte, hagamos presente experiencias de los pueblos originarios que suelen remitirse a íntimas vinculaciones con la naturaleza. Por ejemplo, en algunas comunidades mapuches, la celebración de sus rituales se realiza en los claros entre los árboles.  Existe el Pu-Am, un ánima universal que permea todo lo viviente. De esta manera, cada ser humano -pero también cada ser- tiene su ánima. Además, los mapuches despiden a sus muertos entre risas y anécdotas: en el velorio se actúa como si el difunto estuviese presente: si se toma mate, se le deja uno. Si se come, se le reserva un plato de alimentos. La apuesta es que emprenda el viaje mediante el festejo.

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¿Podríamos pensarnos sin la idea de la acumulación terrenal? En las comunidades guaraníes, luego de fallecimientos, los familiares del muerto destruían sus pertenencias. Si el alma quedaba en el mundo terrenal por simpatía hacia algún objeto, se transformaba en un alma en pena.

Otra vivencia es la de comunidades Kollas: en este caso, conciben el alma como un “continuar activo”, con la posibilidad de intervenir concretamente en el mundo de los vivos. La despedida del ser querido es entre bailes y danzas propias del pueblo originario. Es motivo de alegría que el difunto haya concluido con su misión en la tierra y le toque un merecido descanso.

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El día de los “fieles difuntos”, para comunidades kollas, resulta el acontecimiento de comunicación entre vivos y muertos. Entonces, los familiares esperan el alma del difunto y le ofrendan aquello que, en vida, era apreciado por él. El alma puede ser invocada para la comida servida hasta el día 2 de noviembre después del mediodía, donde se reza y pide por el descanso de las almas: una jornada para compartir lo preparado en la mesa de ofrendas y luego regresar al cielo hasta el próximo año.

¿Desde cuándo las comunidades kollas celebran el día de los muertos? La historia de conquista y colonización ha calado hondo las culturas existentes. Así, sin querer o muchas veces sin poder acceder a conocimientos más genuinos, nos apropiamos de leyendas científicas. Frente a afirmaciones que ruedan, un relato de un mapuche chileno:

“Algunas investigaciones antropológicas nos informan que habría cuatro compartimientos del mundo en la cosmovisión mapuche: cielo, mediocielo, tierra y bajo tierra. Como se puede apreciar, estas categorías se aproximan bastante a las que plantea la religión católica: cielo, purgatorio, tierra e infierno. Subyace en esta clasificación un eje vertical que conecta la tierra con el cielo (Grebe). Este eje no existe entre los mapuche, donde más bien la clasificación tiene un sentido horizontal, a través del cual el muerto no asciende, sino que camina hasta llegar al kulchenmayeu, lugar donde llega después de haberse purificado” (Dominco Curaquero*).

Este susurro de reflexiones nos invita a sospechar sobre las similitudes que se identifican entre religiones ancestrales y el catolicismo. O bien, sobre la insistencia en la búsqueda de arquetipos donde prima las similitudes sin apreciar los matices. También, entre las culturas originarias existe gran diversidad entre los territorios, comunidades y personas.

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Sobre estas texturas que, por momentos enrendan o dejan traslucir agujeros, se asienta la muerte. A veces cobijada, otras rechazada. En fin, este tejido añoso poco incide en la vivencia de la muerte para los seres mundanos occidentalizados. Así, un simple ciudadano de Buenos Aires, sin conexión con la tierra, con una comunidad religiosa y/o con una pertenencia ancestral, queda tambaleante. ¿Qué vivencias colectivas -más allá del dolor, la ausencia y los recuerdos- se presentan ante la muerte? El camino suele quedar puertas adentro: algunos recursos rejuntados afrontan el desafío de dar sentido a tal misterioso hecho. Algunas constantes animan: el arte y el intento de rodear un vacío, gestos que acaricien lo incierto y la falta de respuestas.

 

“Inserto en cada porción mortal desgrané
uno a uno los días del escuerzo, la liebre y el cerdo.
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

¿Y el cuerpo? Cada cultura, cada tradición lo acompaña a su manera. Tal es la importancia de involucrarlo en el rito de pasaje que, sin él, algunos viven la muerte como una incertidumbre pesada, donde el sufrimiento se instala. El pueblo mapuche ha recuperado, en 2015, el cuerpo de Margarita, hija del lonko (cacique) Foyel. Esta mujer, prisionera durante el genocidio en la mal llamada “Campaña del desierto”, fue luego llevada al Museo de La Plata. Ahí, junto a otras personas nativas de nuestro territorio, debía trabajar y vivir en pésimas condiciones. Luego de morir de una enfermedad curable, su cuerpo fue exhibido en las vitrinas del museo. El pueblo mapuche resiste desde las entrañas al poner en el centro de su lucha a la tierra, la naturaleza y su gente. Así, Margarita Foyel fue enterrada en su territorio.

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En ese sentido, también está la gran batalla de los familiares de detenidos desaparecidos por la última dictadura cívico militar, por recuperar los cuerpos asesinados. La vida aún habla en sus huesos. Al encontrarlos, los familiares se abrazan y lloran más historias vividas por sus seres queridos. Y muchos, recién en ese momento, comienzan a cerrar un duelo que les trae algo más de paz.

 

Pronto mi destino será un residuo de cosa viva
que desde las ávidas sombras del planeta espera
una certeza más del desamparo.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

Por otra parte, está la tradición judía que indica enterrar los cuerpos a tierra, quitar el fondo del cajón y colocar el cuerpo bañado, purificado y envuelto en su talit –chal que en muchas ocasiones, para los varones, es el mismo que recibió en sus 13 años en el Bar Mitzvá- ¿Qué pasa cuando las tradiciones no coinciden con las leyes del lugar? Las prácticas se amoldan. El judaísmo indica respetar primero la ley del lugar. Entonces en la Argentina se quitan los herrajes del cajón, como un modo de remitir a la ley judía, ante la imposibilidad de enterrarlo en tierra.

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Y después de todo este recorrido, vuelvo a mi planteo inicial. Suele identificarse a la muerte como un punto final a la vida. Para muchas otras culturas, la muerte es un continuar de la propia existencia y/o se superpone en el plano de la vida entre seres espirituales de variadas formas y naturalezas. Tal vez, lo más cercano a la continuación de la vida en nuestros pueblos es la memoria.

Con mi mayor prejuicio a una súper producción estadunidense, debo admitir que el lugar de la memoria en “Coco” –tan bastardeada desde la hegemonía consumista- es crucial. Desde el instante en que las almas no son atraídas por algún ser y no tienen lugar en la memoria individual y/o colectiva, dejan de existir en el más allá. Hay una escena de la película donde esto se manifiesta sin rodeos: una despedida conmovedora entre dos amigos, un calavera a punto de desaparecer condenada a la no presencia. Ahí se materializa un exilio sin vuelta atrás: no hay fotos, anécdotas, flores para nutrir la existencia de un ser que, en instantes, se vuelve luz.

 

Ahora, como liendre, aspiro a recalentar mi sangre
en otra sangre, a poner fin a mi aventura en el más
dulce de todos los venenos
.”
Extraído de “El carnet de las reencarnaciones”, Abel Robino

 

¿Y si el exilio fuese al revés?, ¿si habitar estos cuerpos mundanos fuese parte de los exilios?

 

 

Referencias

*Domingo Curaquero, “Creencias religiosas mapuche. Revisión crítica de interpretaciones vigentes”. Revista Chilena de Antropología No 8, 1989-1990.27-33 Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile, Santiago-Chile

http://www.vocesporlajusticia.gob.ar/construyendo-comunidad/historias/margarita-foyel/

http://www.telam.com.ar/notas/201509/119216-la-hija-del-cacique-mapuche-foyel-fallecida-en-el-museo-de-la-plata-en-1887-sera-enterrada-en-su-comunidad.html

http://www.surysur.net/el-sentido-de-la-muerte-segun-relatos-mapuche/

https://pueblosoriginarios.com/sur/bosque_atlantico/guarani/religion.html

Melina Pozo, “Representaciones sociales acerca de la muerte en pueblos originarios de la provincia de Jujuy”, Licenciatura en Ciencias Religiosas UCSE – DASS.

 




DE ESO NO SE HABLA

Exilios: Sobre la destrucción de la familia de Mabel, durante la Dictadura civico-militar argentina.

 Por Carlos Coll

EL BRILLO DE LA CAOBA

“Farmer’s child” Autor: August Sander

Imposible dormir desde hacía varios días. Mabel se levantó de la cama con dificultad, apenas se podía tener parada. Caminó lentamente y cruzó el patio sin mirar al cuarto al lado de la cocina. Un murmullo asomaba por la puerta. No le prestó atención. Entró en el baño y se encerró. No necesitó encender la luz. El sol tempranero atravesaba los vidrios e iluminaba la figura tambaleante. Se paró frente al espejo manchado sin reconocerse. Una mujer ojerosa y muy blanca la miraba. El pelo era un enjambre gris, arremolinado sobre la frente. Lo acomodó y se mojó los ojos resecos. Las lágrimas habían desaparecido. Con los pies a la rastra, dentro de las chancletas de franela, entró a la habitación. Silencio. Estaba allí, contra la pared del fondo. Se acercó entre temblores y apoyó sus manos sobre el reflejo de la caoba brillante que, de inmediato, la encegueció. Trataba de encontrarla, por eso levantó la mirada y buscó más arriba, donde la tapa abierta le ofrecía una promesa. Tomó valor, cerró los ojos y lo rodeó. Después, solo fue dejar que la eternidad la cubriera. Cuando pudo deshacerse de ella, los abrió. El aire viciado de la habitación acariciaba sus mejillas mojadas. La neblina gris se apoyaba sobre Mabel, apretándola contra el piso de machimbre. Estaba allí, hermosa, rosada con los labios carmín. No la recordaba así. La última vez la había visto pálida y con el rostro contraído. En cambio ahora, relajada, liberada, a reconoció. Era su Lilianita, aquella que había abrazado, amamantado y cuidado. Había regresado después de aquella larga ausencia. Por fin, pudo llorar.

PERIQUITA

Rebelde, desde pequeña, siempre hacía lo que se le antojaba. A decir verdad, sus dos hijas mujeres le resultaron complicadas en la adolescencia. No así el varón. Sería que era el menor, el más protegido. Le contaba todo, buscaba su protección. Mabel era la gallina que levantaba sus alas y allí se refugiaba el pichón.

Portada de la revista Periquita #5 Autor: Ernie Bushmiller

Primero, Lilianita se mudó a la vuelta, a la casa de sus padres donde vive aún su herma menor, Luisa. Después, lo hizo Cora. Sin darse cuenta, Mabel las perdió de a poco. La tía las adoraba pero era demasiado floja y Mabel la dejó hacer. Le había resultado cómodo, ahora lo entendía. Cuando reaccionó, no sabía de la vida de sus hijas. No conocía sus gustos, ni sus costumbres, ni sus amigos.

Un día se enteró que, a veces, Lilianita no venía a dormir y desaparecía por días. Regresaba en las mañanas con su gran poncho salteño hasta los pies. Las ausencias se hacían cada vez más frecuentes. Aparecía en la casa paterna con amigos de su edad y mayores. Bigotes, barbas, pelos largos. Extensas noches materas, cantos, charlas en voces bajas. Luisa no hablaba y Cora la esquivaba.

Repentinamente, se esfumó. Nadie sabía dónde había ido. Mabel desgarró a su hermana y a su otra hija con preguntas. El silencio y la ignorancia ganaron la partida hasta que Mabel dejó de preguntar. Su vida continuó acallada. Las compras en busca de buenos precios, las visitas silenciosas a su primo Aníbal ahí, a unos metros de su casa. No salía del barrio, vivía enquistada entre las dos cuadras que la rodeaban, vivía dentro de su cuerpo regordete, al que arrastraba con dificultad.

 

EL SISMO

Ese domingo se había levantado temprano y se dirigía a la panadería. Al pasar por el quiosco, Don Juan la miró con angustia y le regaló el diario. No dijo una palabra, solo estiró la mano y se lo alcanzó. Mabel no entendía, se lo puso bajo el brazo y siguió su camino. Cuando llegó a la casa y entró al pasillo del PH oscuro, reparó que tenía un diario. Se sorprendió, no lo recordaba. Intrigada, trató de hojearlo. La luz no era suficiente. Entró en su casa, dejó la bolsa del pan y buscó los lentes

Un grito le arrancó la garganta y cayó al piso. Cuando despertó estaba en la cama. Luisa y Cora la miraban y le hacían oler un pañuelo con vinagre. La pieza la arrinconó entre giros urgentes. Se incorporó como un resorte y buscó el periódico. En la primera plana una foto de su Lilianita rodeada de letras oscuras:

“Una de las terroristas resultó muerta, al resistirse con armas de fuego, durante un allanamiento a una casa de Flores, efectuado por las fuerzas de seguridad”.

Fuente: Pixabay

La pieza desapareció. La noche se la tragó.

TEMBLOR BARRIAL

Mabel sobrellevó esos días de un constante gris nuboso. Le era imposible entender ni un poco qué ocurría. Su vida se convirtió en un devenir sin conciencia por las calles del barrio. No reconocía a la gente, no sentía.

“A dream on our way to death”} Autor: Foureyes

Esa mañana amaneció gris, como ella. El barrio se sobresaltó ante los golpes en la puerta y ante los gritos ahogados. Con armas y a empujones, entraron en la casa paterna, mientras destrozaban todo a su paso. Nadie supo bien qué había pasado, solo que se llevaron a Cora y a Luisa. La casa fue clausurada, enfajada. Nadie podía entrar.

Para Mabel resultó demasiado. Una hija muerta y la otra- junto a su hermana- sin destino conocido. Buscaron desesperados, revolvieron cielo y tierra. Nadie sabía nada, nadie decía nada.

Un día, esos aparecieron y sacaron las fajas. Los vecinos los vieron. Corrieron a buscar a Mabel quien, en camisón y en chancletas, trastabillaba las veredas desparejas y los acribilló a preguntas inútiles. Se marcharon. Ente lágrimas, entró a los restos de la casa dada vuelta, de altura a sótano, todo despanzurrado.

Mucho después, llegó la notificación. Estaban presas por sospecha de terrorismo. Habían encontrado armas de guerra en el sótano de la casa. Pero, ¡si estaban presas, estaban vivas! Y, desde entonces, todo fue gestión hasta lograr un permiso especial para, después de atravesar largas colas en la entrada de la cárcel, cacheos y humillación, verlas.

 

FANTASMAS

En el escenario de esa época, su querido primo Aníbal era el infaltable a visitarlas todos los domingos. Él las acompañaba en la cárcel, les llevaba dinero, noticias de Mabel, de la familia. La pobre no se atrevía a ir a verlas, a soportar aquel lugar. ¿Cuánto tiempo había pasado? No era fácil de precisar. Mabel vivió y vive en un estado de perturbación.

“Ausencia” Autora: Masipica

Un día, sin previa notificación, sin ningún aviso, aparecieron tía y sobrina en el PH de Mabel. Delgadas, calladas, ocuparon la pieza de la terraza.

No hubo comentarios ni preguntas. El barrio observaba y callaba. En silencio y en soledad, las dos mujeres arreglaron la casa de la vuelta y se volvieron a instalar. Nunca comentaron el tema con nadie. Seguramente entre huellas del tiempo pasado por las dos en la cárcel regresan salidas nocturnas sin destino definido, gritos desgarradores de los vecinos invisibles

Así las cosas, los trastornos fueron irreversibles pero la vida debía continuar y Mabel seguía y aún sigue yendo los domingos a Chacarita a visitar a su Lilianita.

 

 

EL DEVENIR

“La calandria canta
en la casa del gato”

                Elsie Vivanco

 

Mabel era calandria. Como todos nosotros, cuando cantaba, no pensaba que el gato andaba cerca. Pero, a su vez, sabía, como todos nosotros, que el gato -la muerte o su posibilidad- coexistía con ella.  Sin embargo, una cosa es la muerte y otra el asesinato de una hija y dos detenciones de otra hija y una hermana,Foto2 el exilio que bien pudieron haber terminado en muerte. Cora y Luisa regresaron. Pero algo de ellas quedó en el exilio para siempre. Un exilio que es casi un limbo, un espacio de ausencia de donde se retiró, incluso, la palabra. De eso no se habla, porque si hablamos, tal vez nos desmoronemos. Y el silencio de  quienes callan rebota en el silencio de quienes no pueden oír y necesitarían completar con lenguaje la cicatrización de tanta violencia. Mabel no pudo escuchar nada de Cora ni de Luisa. Cora y Luisa no pudieron decir. En cuanto a Liliana, su nombre en una lápida aún habla. Por no mencionar, la elocuencia casi ensordecedora de todos estos silencios.

Venimos desnudos y solos. Transcurrimos rodeándonos de sentimientos, bienes, objetos. Creemos que todo eso nos pertenece y perdurará eternamente, sin darnos cuenta que nos iremos como vinimos: en soledad y desnudos. Esquivamos al gato y siempre soñamos con matar al felino. Mientras tanto, quienes tenemos voz, cantamos. Y, al ser calandrias, probamos devolver un poco de lenguaje a quienes fueron exiliados en un silencio sin salida.

 

Foto de portada: “El presente del pasado” de Natalia Calabrese




VUELO EN BARCO ENTRE NUBES ROJAS

La orfandad: Sobre “Maracaibo”, film argentino-venezolano.

Por Carlos Coll

 

RONRONEO DE MUERTE COTIDIANA

Agobiado por el viaje pegajoso, no podía dormir. Me revolvía en el asiento incapaz de encontrar una posición. Finalmente, me rendí y encendí la pantalla. Aclaro: trato de descansar en los viajes y de no mirar películas que, en general, son divertidas pero poco interesantes.

Busqué de arriba para abajo. Me llamó la atención el nombre del film. Puse play.

Luz blanca, aguda. Agua que corre estrepitosa, mientras el cepillo arranca los restos del día. Guantes, barbijo, delantal. Ojos sin caras asoman sus exigencias, interpelan. Pantallas en perpetua oscilación. Fuelle sonoro ascendente, descendente. Entonces, aparece ese tajo celeste, donde asoma -tersa, lampiña- la piel desconocida. Bisturí filoso, sujetado con firmeza. Se acerca con precisión y sin titubeos, inicia el proceso. Gasas, pinzas, sangre. Por fin se llega al objetivo. Se arranca, se vacía, se extirpa. Queda el cierre final.

El osciloscopio se recupera, el fuelle suena bravío. Listo, a otra. Esta es la vida del doctor, no importa su nombre. Se repite hasta el infinito, por algo será el futuro jefe de cirugía del hospital.

Imagen orfandad 2

Así se inicia “Maracaibo”, film argentino-venezolano, pulcro, meticuloso, esterilizado, como una intervención médica. Una película dirigida por Miguel Ángel Rocca, protagonizada por Mercedes Morán y Jorge Marrale. Los secundan en forma impecable: Matías Mayer, Nicolás Francella, Luis Machín, Alejandro Parker y el venezolano José Joaquín Araujo. La producción, a cargo de Daniel Pensa.

 

PASO DE COMEDIA

Al principio sentí ganas de apagar la pantalla. No pasaba nada. Familia perfecta: casa ordenada, minimalista, jardín, árboles, piscina. Mujer comprensiva, compañera de años, hermosa. Hijo buen mozo, joven, inteligente, artista, dedicado a la creación de comics y muy querido por sus compañeros de estudios. Se reúnen en su casa, siempre, porque allí tienen todas las posibilidades: un espacio amplio, luminoso, en la planta baja, lejos de los dormitorios, allá arriba.

El doctor y su pareja se despliegan entre paseos por la ciudad, cenas con amigos, risas, calidez, amor de años. Parece no faltarles nada. El éxito los rodea en un halo de felicidad.

Imagen orfandad 1Hasta aquí, “Maracaibo” se llena de signos de interrogación. No entendemos ese nombre. Todo es demasiado perfecto. Parece un paseo por una de aquellas comedias americanas del siglo pasado, de los años cincuenta.

 

IMPLOSIÓN

¡Cómo me equivoqué! Poco a poco, se empezó a complejizar. Las miradas, los pequeños gestos en las caras de Marralle y de la Morán, generan en el espectador un sinfín de contradicciones. Y el hijo, fresco, que irradia amanecer.

Ese día el doctor llega temprano a casa. La esposa, oftalmóloga, aún no ha regresado del hospital. Todo está en silencio. Se asoma al salón de trabajo de los jóvenes. La compañera de estudios de su hijo duerme en el sillón. El doctor sube las escaleras inquieto. Ruidos, bien arriba, en el cuarto de su único descendiente.

Gemidos.

Se detiene ante la puerta.

Titubea.

No entra.

Jadeos.

De repente, la puerta se abre y aparece el joven desnudo. Se sorprende al ver al padre y se escurre en el baño. El amigo y compañero de universidad descansa boca abajo sobre la cama. El doctor enmudece: pájaro que no habló, huyó. Así, escapa y cae en un vagabundeo por la ciudad sin atreverse a volver. Cuando lo hace, su mujer ya ha llegado y él no encuentra mejor idea que interpelarla, furioso. ¿Ella lo sabía? No puede ser. No le puede pasar a él, a él no, a él no. Es espantoso. Su hijo hacía el amor con un amigo. No le podía haber tocado un hijo gay. Ella, su esposa, lo sabía. ¿Se lo había ocultado? “Además, ¿cuál es el problema?” responde su mujer.

Su vida se quiebra, se desploma. Todo su empeño, a la basura. No es posible. Se trata del derrumbe de una casa de naipes construida con cuidado.

 

EL PUNTO DE INFLEXIÓN

Las cirugías se suceden como en un sueño. Su mujer es una imagen borrosa que se aleja. Su adorado hijo, un desconocido a quien no puede mirar. Jamás lo podrá entender. En la computadora busca inútilmente algo que lo ayude.

Esa noche no puede dormir. Se revuelve en la cama. Por la tarde ha recorrido el cuarto de su hijo, ha mirado esa cama, las arrugas de la colcha, sus fotos. Mentiras. Se siente estafado, mortalmente herido. Con ese ánimo, sale a la ciudad. Necesita un helado, algo diferente. No puede dormir. Las calles se le cruzan sin sentido, los árboles, los faroles, los edificios. Por fin, para el automóvil en la puerta de su casa. Muy tarde para entrar el auto en el garage. Baja y abre la puerta. En ese momento aparecen de la nada dos sujetos: uno a cara descubierta, el otro con un pasamontaña. Solo un par de ojos azules lo encañonan y lo obligan a entrar. “¿Solo?“, pregunta el desfachatado. “Mi mujer está arriba, en el cuarto”. Uno de los sujetos sube, mientras el otro lo apunta con el revólver. Al poco, el hombre vuelve con su mujer. Plata, quieren plata, nada más. El encapuchado juguetea con su arma. Ya casi se están por ir, cuando el hijo irrumpe en la escalera, imponente, desafiante.

El tiro resulta inesperado, preciso.

El muchacho se desploma mientras los dos individuos huyen. Dejan un muerto y dos almas desamparadas, huérfanas de hijo.

 

DISPARO EN LAS TINIEBLAS

Ahí empieza el calvario del doctor. Necesita vengarse de los asesinos. Poco a poco comprende: su hijo mostró el valor que él pensó no tenía. Esa figura en lo alto de la escalera podría haberse evitado, sin embargo, ahí estaba, desafiante, interpuesta entre el doctor y los ladrones. Su cara aniñada se había transformado. En esa escena, el hijo no resultó un pequeño adolescente. El cuerpo sobre el piso, el charco de sangre: pruebas contundentes.

Las imágenes oscuras invaden la mente del doctor. El dolor lo oprime, no lo deja respirar. El peso es demasiado para él, necesita correr, que el viento borre aquellas sombras. Entonces, decide golpear. Con los desgarros, con la violencia, lograr el sosiego.

 

SOLEDAD NEGRA

El matrimonio se desgrana y deja sus restos desparramados sobre el piso. La soledad invade los cuartos, la cocina, la casa.

El doctor busca desesperadamente en las comisarías, en los despachos, en los barrios marginales. Es inútil. No es fácil encontrar a aquellos ojos azules. Cada vez habita la desesperación más en lo profundo. Hasta que una noche, lo llaman: el asesino encapuchado se ha entregado.

Llega el momento de enfrentarlo. Lo reconoce. Esos ojos son inconfundibles. La cárcel se abre para el desconocido. El doctor se regocija con cada una de las visitas, con la angustia del asesino. No puede detenerse, debe encontrar al cómplice para completar su venganza. Necesita que la sangre corra sobre los adoquines de las calles de su ciudad, busca extirpar el tumor de ese cuerpo con su hábil escalpelo.

En las sucesivas visitas al penal, presiona al delincuente. Lo acosa. Por fin, logra un nombre, una dirección.

El lugar no es un sitio donde el doctor se desplace con comodidad. Escaleras oscuras, pasillos, rejas. Por fin, una puerta. El delincuente no está. Otra vez se le escapa la presa. No vive más en ese lugar. El doctor escapa desesperado cuando, en medio de la noche, aparece aquella cara inconfundible. Aprieta el arma y apunta certero. El gatillo se endurece. No es filoso como su bisturí. No lo deja entrar en la piel de aquel cuerpo.

 

EL CIELO SE PONE COLORADO

La invitación lo hace tambalear. Se presentarán el corto de su hijo y los trabajos de sus compañeros. Sin embargo, para el doctor se trata de mucho más que del cierre de una carrera. No se atreve y, al mismo tiempo siente que asistir le podrá proporcionar cierto alivio. Las horas, las noches de insomnio lo empujan. Entra en acción como cada vez que la asistente le entrega el instrumental frente a la piel blanca. No puede detenerse.

En ese momento, mi orfandad de espectador se delata. Por suerte, todos duermen en el avión. Libre, me descargo en sollozos.

Mientras tanto, en la pantalla, los amigos honran al hijo del doctor.

 

EL LARGO CORTO DE UNA HUELLA

Imagen orfandad 5Las imágenes aparecen borrosas. Avanzan. El hijo juega en el jardín con el perro que el doctor mismo le regaló. El mismo que él le arrancara de las manos. Molestaba en la casa. Debía desaparecer. Lo cuidaría un amigo, le mintió a Hernán. Ese animal no podía seguir con ellos, se había convencido. Allí estaba ahora, en la pantalla. Los colores se suceden: la madre, Hernán, él, juntos, felices. Hernán dibuja, el doctor sonríe por detrás e intenta entender esos garabatos. Reiteradas, las nubes rojas y aquel barco navegan entre ellas: Maracaibo. Ahora lo comprende. En él, su hijo viaja, vuela por ese cielo lleno de algodones en busca de su amigo. Los reflejos se apagan, las luces se encienden. Busca a su mujer, ya no está en el salón.

 

ÁLBUM DE FOTOS PÓSTUMO

Ahí se teje un punto de la trama: la contraseña de la computadora de su hijo es Maracaibo. Vuelve solo a su casa y recorre cada ángulo, cada rincón, hasta atrevérsele a la computadora. Con temor abre la tapa, la enciende y escribe la contraseña. Allí están:

Foto 1: los tres juegan en el jardín.

Foto 2: el perro salta en los brazos de Hernán.

Foto 4: Hernán, solo, busca en el parque.

Foto 4: él abraza al hijo, su mujer sonríe.

Foto 5: el dibujo de Hernán, niño: Maracaibo navega Father hugging sonentre nubes rojas

Foto 6: su hijo, ya un hombre, lo abraza. Sonríe feliz.

El doctor lo ve. Recién entonces, lo puede ver.

 

MARACAIBO

Hay una orfandad oculta en esta infancia: la historia del perro. Escenas de belleza que solo se re significan con la muerte del hijo. Ese barquito, eso ladridos, esos dibujos le limpian la mirada al doctor, lo sanan. El doctor no cura a nadie. Se cura a un precio muy caro.

La otra orfandad terrible es la de la madre, que casi no existe. No tiene voz y esto también es obra del doctor: no se trata de un desplazado que no ha tenido oportunidades. Es un señor formado a nivel universitario. Pero su omnipotencia lo ha arrastrado hacia absolutos que prepotean el deseo de los demás. Así, deja huérfana a su mujer, empuja la desaparición irreversible del hijo.

Es como el lector de Clarín. Elije leer una “verdad” y la asume como propia. Es un huérfano de ideas que nos llena de mierda a todos.

Apago las dos pantallas. La película y la tele. Un poco angustiado, me duermo.