POEMA PARA LEERSE LEJOS

Reflexiones acerca de la miseria: sobre tres libros y un recital que se coló en esta nota.

Por Ramiro Gallardo.

Termino de leer “Las primas”, de Aurora Venturini, y la sensación de angustia mezclada con primavera trae a mi memoria aquel libro que escribió mi papá en 1952, tirado sobre una cama para pobres, rodeado de pobres, pobres tuberculosos moribundos, y que también terminé de leer hace unos días.

“Mis hijos van a leerme una vez muerto”, solía repetir mi viejo.

El tercer libro lo escribió un amigo y también está repleto de seres grotescos.

 

UN HILO MUY FINO O UNA RED DEMASIADO DÉBIL.

La protagonista del libro de Aurora Venturini se llama Yuna y es, probablemente, disléxica. Como el relato está escrito en primera persona y Yuna tiene serios problemas de lenguaje, a cada momento, recurre al diccionario. La rodean seres enfermos y deformes, personajes muy oscuros, no se salva nadie: si no acarrean alguna enfermedad o malformación, son monstruosos por dentro. Como ese profesor que, al principio, parece piola y termina por embarazar a la hermana deficiente, la adolescente con tres años de edad mental,  a quien no puede retener. No sé por qué Aurora habrá escrito esta novela, no la conozco, no leí reseñas o ninguna otra cosa de ella. Solo sé que, al llegar al final, se me ocurrió tejer una red, con hilos muy delgados,  entre su relato y dos libros más.

“Capacidades diferentes lo escribió un amigo, Sergio Zicovich Wilson, y también está repleto de desgraciados.  Por esa razón lo incluyo en esta trilogía. Pero, ¿cuál es el motivo de esta nota? ¿Escribir una reseña acerca de tres libros que, de alguna manera, se conectan? Por supuesto que no. Probablemente, se trate de una excusa para darme el gusto de cerrar con un poema de “Hombre caído. Un poema, una de las cosas más lindas que escribió mi viejo. También una de las más tristes. Cuando lo leí, finalmente, entendí qué es esto de la poesía. Toda mi infancia y adolescencia rodeado de escritores y nunca logré saber de qué se trataba. Hasta este libro. Hasta este poema.

Pero volvamos al libro de Sergio, que lamentablemente no está publicado. Un grupo de tullidos y seres  llenos de desdicha secuestra a la hija de un empresario de zona norte. La yunta de lisiados está compuesta por un ciego bíblico, un boxeador travesti sordomudo, un paralítico heavy metal, su ex novia renga y tuerta y una mogólica lazarillo o hija o amante del ciego. Los dirige un cana machista y golpeador, que termina culeado por el travelo. En la punta de la pirámidem un comisario cinéfilo que se cree vivísimo.

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Diario La Razón, 3 de junio de 2004.

Por supuesto, como en un buen policial, se cumple la regla de que algo sale mal, aunque en este relato disparatado prácticamente TODO sale mal. No hace falta que el bandido tropiece con el perrito justo cuando estaba por subir al avión y que salgan volando todos los dólares[1]. O que un integrante de la banda le regale un anillo robado a la prostituta que quiere seducir[2]. En esta novela todo se hace para el orto y, sin embargo, la trama avanza. La escena del secuestro, muy cinematográfica, es un desastre.  De cualquier forma, el paralítico logra llevarse a la pendeja:

“El auto no llegaba. No sabían que había quedado varado por el choque que habían oído. Apenas un roce, en realidad, pero una oportunidad para que los que manejaban se enfrascaran en una discusión tan inútil como interminable con sus autos bloqueando la calle. Algunas caras ya aparecían en las ventanas, curiosas por el jaleo que, ese anochecer, alteraba a una calle usualmente serena como un cementerio. Tras una breve vacilación, el Harley y Manuela cruzaron una mirada de acuerdo y, sin más, el paralítico se largó rodando calle abajo con Bernarda encima. La fuerte pendiente de la barranca lo hizo alcanzar velocidad inmediatamente. Manuela corrió a su lado hasta la esquina. Doblaron en direcciones opuestas y se alejaron.

El Harley -exultante por la velocidad que le regalaba un pobre remedo de su época de motoquero- frenaba, avanzaba y doblaba las esquinas en una rueda y, al mismo tiempo, hablaba por teléfono con Poli, explicándole la situación. Se pusieron de acuerdo y, unos minutos después, Poli los recogió a varias cuadras.”

La idea surgió de la mente retorcida de Sergio, pero contó con la siempre bien dispuesta colaboración de la realidad. Unas cuantas noticias del diario, como él mismo dice, lo “iluminaron”. Las dos que acá aparecen pueden verse reflejadas en los capítulos “La gran oportunidad de otro Charles Bronson” y en “Lo nuestro es el deporte”.

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Diario La Nación, viernes 6 de febrero de 2004.

 

PALO PANDOLFO EN EL CLUB TUCUMÁN, DE QUILMES

Mientras la red se iba tejiendo, con este texto a medio camino, se me ocurrió ir a un recital de Palo Pandolfo. Tocaba en Quilmes. De yapa, podía escuchar a  “Las Manos de Filipi”. Cuando salí del recital agarré el teléfono y grabé algunos audios, para no olvidar ciertos detalles. En ese momento ya sabía que Palo se había colado en esta nota.

La noche arrancó con un paralítico y terminó con una operación de hernia.

El recital estaba anunciado a las 22.30, fui con un amigo, Jorge. Como no confiábamos en la puntualidad de Palo, llegamos media hora tarde. Poca gente en la vereda, nos acercamos al tipo que cuidaba la entrada y nos dijo que todavía faltaba, estaban tocando “Peligrosos Gorriones”.  Opa, un continuado, pensé. Cruzamos hacia un kiosco y regresamos cerveza en mano. Por estas latitudes no hace falta ir a un bar si querés tomar una bebida con alcohol pasadas las 10 de la noche. Todavía se conservan algunas buenas costumbres (como decía el Flaco, “no todo tiempo pasado fue mejor”). Así que ahí estábamos, compartiendo la vereda junto a unas 7 u 8 personas que esperaban como nosotros. En eso llegó un pequeño tumulto de gente, decían figurar en una lista de diez invitados. Serían unos quince. Tras una breve discusión, el grupo se ordenó en fila india. A la cabeza, un viejo con muletas.

Lo de viejo es un decir, una especie de auto-salvataje: hasta ese momento, los jovatos éramos Jorge y yo. El resto, alta pendejada. La aparición de este tipo, de unos 50 y pico pirulos, nos ponía -o eso pretendimos- del lado del divino tesoro.

El viejo, muleta en mano, al frente de la fila de la lista de invitados. Por supuesto, lo dejaron pasar: no se niega la entrada a un viejo con muletas que dice estar en una lista. El salón estaba en un segundo piso por escalera, eso lo supe después. Y, mientras subía, pensaba en  cuánto le habría costado al viejo llegar. Pero volvamos a la vereda y a la fila. Entró un fotógrafo. De la lista, quedaban ocho. Uno, un pibe alto, grandote, con gorrita al mejor estilo wachiturro, recibió de una piba una lata de cerveza a medio empezar: no voy a llegar a tomarla, le dijo. El pibe, que también tenía su propia lata, apuró el trago. No se permite el ingreso con bebidas alcohólicas. Pero, como no llegó a liquidarlas, se nos acercó y, adelantando ambos brazos, ofreció las latas a medio empezar. Re llenas y bien frías. Un pibe agarró al toque y otro, a mi lado, aceptó la segunda. Pero, cuando ya la rozaba el grandote, se arrepintió y se la sacó. Perdón: esta, mejor para mi viejo. Besó la lata y arrojó el contenido a la cuneta. Mientras la cerveza resbalaba hacia un sumidero, el pibe se santiguó y miró hacia el cielo. Para vos, viejo.

Ya adentro, descubrí que la cosa arrancaba con una tercera banda, local: “Los Pacientes”. Un viejo canchero bailaba con un trago en una mano y un teléfono en la otra. Estaba filmando. Jeans achupinados, camiseta ajustada y zapatillas tipo All Star.  Algo me llamaba la atención, pero no llegué a dilucidar qué. ¿Era el tipo de la fila? ¿Dónde estaban las muletas? Se lo comenté a Jorge y una obsesión repentina se apoderó de mí. Tenía que encontrar las muletas. No podía regresar a casa sin saber dónde estaban las muletas.

El lugar era chico, contamos unas doscientas personas con toda la furia. No había otro viejo. No había muletas.

Salió Palo con “La Hermandad”. Contrariamente a lo que suponía, Palo era la segunda banda, el plato fuerte serían “Las Manos”. Todas las luces para “Cabra y su pandilla”.  Ya era la una de la madrugada y sentí que volví a ser un pibe, cuando iba a ver a “Los Visitantes” al Bar Bolivia o al Parakultural, a los “Redondos”, al Santa Lucía de Florencio Varela, o a “Cabra”, en la esquina de Diagonal y Florida. Sonaba “Tazas de té chino” y bailé como loco. Jorge también, los dos cuarentones, a full. Un par de pendejas con medias de red nos sacaban fotos. ¿Les  habrá causado gracia ver a dos tipos grandes, saltar desaforados al son de un hit de los 80´? Dos especímenes de aquellos tiempos, habrán pensado. Dos viejos con onda.

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Palo Pandolfo y la Hermandad en el Club Tucumán de Quilmes.

Palo pasó por lo mejor de su repertorio, sonaron todos sus éxitos. Un pendejo que llevaba una camiseta de Miguel Abuelo subió al escenario, le robó el micrófono al del bajo y cantó “Antojo”, a capela con Palo.

“Te estoy esperando ansiosamente
No puedo creer que me estés fallando.
¿Por qué no venís ya? Vení pronto, que estoy perfumado, estoy picante.”

Una pelea y unos cuantos borrachos completaron la noche. Llegados al final, Palo abrió su camisa, se levantó la remera y mostró una faja azul. “La semana pasada me operaron de la hernia. Está todo bien. Muchas gracias a todos”. Corrió un poco la faja para que se viera su torso vendado, un pedazo de momia, cuando el público pidió una más y la banda arrancó con el bis, cosa que impidió que Palo acomodara las cosas como estaban. Tocó el último tema con la faja azul y las vendas a la vista.

Mientras salíamos, tras el recital de “Las Manos de Filipi”, vimos irse al viejo. Iba lo más pancho por el Boulevard Varela camino a su casa, o andá a saber dónde.  Eran apenas las 4 de la mañana. Llevaba su muleta colgada de la espalda.

 

HOMBRE CAÍDO

En la España de 1953, caer internado en un sanatorio para tuberculosos era una sentencia segura de muerte. Si, además eras pobre, el panorama resultaba mucho peor. Y ahí estaba mi viejo, José Carlos, con 38 años y una incipiente carrera como poeta. “Hombre caído es el fruto de aquella experiencia. “Entré para morir y salí con el libro bajo el brazo”. Fue siempre su poemario más querido, probablemente, lo mejor que escribió. Es curiosoe, de todos sus libros, es el único que no está en mi biblioteca. Nunca hubo muchos ejemplares. Uno lo tiene mi mamá, se lo regaló Paco Izquierdo a mi papá, en 1984. Lo tengo ahora entre mis manos: “Don José, después de tres años tirados en busca de este ejemplar, y cuando ya lo daba por desaparecido…” La dedicatoria de otro poeta está dirigida a mi viejo en un libro escrito por él, cosa rara. Nunca entendí esto de la poesía, hasta ahora. Hasta que leí uno de los poemas de este libro. “Otoño del 53 (Poema para leerse lejos).”

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Lectura de poemas de José Carlos Gallardo en Granada, años 50´

No sé por qué, cada vez que lo leo me cae una lágrima. Probé, acaso para exorcizarme, acaso para llorar más, transcribir unos versos en un cuaderno, con lapicera. Como antes, cuando se escribía a mano.

Como antes cuando no sabía qué era esto de la poesía. Sigo sin saberlo, y ahora creo que justamente de eso se trata. “Recuerdo que vivir era besar, / y dinero, y tabaco, y la ciudad. / Vivir era tener una mujer cada día / y un dinero, también, cada momento. / Estar acompañado…” Cuando mi viejo escribía esto ya le habían dado la extremaunción. En un viejo hospital de Granada, en una sala para tuberculosos con 20 camas con 20 futuros muertos, le pedía papel y tinta a la monja que los cuidaba y escribía sobre la muerte con la sangre que le brotaba de la boca.

Acaso un día, esté escuchando / cómo se para todo en el camino, / cómo se callan las muchachas, y / cómo la vida arría el movimiento.
cómo me tiran a la tierra para / definitivamente irme olvidando. / …cómo se cierra / el mundo sobre el hombre…

Eloísa Cartonera organiza, cada tanto, unas charlas con escritores. Se titulan “¿Qué es la poesía?”. Nunca fui, pero la pregunta me resulta disparadora. Después de leer este libro, me doy cuenta: en realidad, siempre supe la respuesta. La poesía es no entender qué es la poesía, no saber  del todo qué quiso decir el poeta, no poder explicar por qué me caen estas lágrimas.

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Lectura de poemas de José Carlos Gallardo en Buenos Aires, 30 de agosto de 2004

Mi viejo se despidió de los recitales en 2007, en un salón del primer piso de “El gato negro”. Leyó, entre otras cosas, algún poema de “Hombre Caído”. Leía increíblemente bien, pero esa fue una de sus peores noches: se trababa, emocionado, ante algunos versos. Tal vez fue justo por eso una gran lectura.

Alguien, al terminar el recital, se robó el libro, justo ese libro. Quisiera que lo devuelva, me gustaría tenerlo en mi biblioteca.

 

OTOÑO DEL 53
(POEMA PARA LEERSE LEJOS)

Yo no sé quién me ha dicho que era Otoño
y que las playas se han quedado solas.
(Octubre es un pulmón del tiempo. El otro pulmón está en Abril).
Y por eso se caen las hojas, ahora,
como se cae la sangre desde algunos hombres.
Sólo porque es Octubre.
Otoño.
Porque la vida busca su última calle
y se retira, como un perro apedreado.
Sólo porque es Otoño.
Octubre.

Debemos procurar no andar descalzos.
(Octubre pone el suelo frío);
ni abrir la boca cuando salgamos del amor,
(Octubre tiene el aire frío);
ni soñar con el alma destapada,
(Octubre tiene noches frías);
ni vivir como viven los demás,
(Octubre tiene muertes frías).

Otoño.
Sólo porque es Octubre,
porque la sangre se deshoja, y cae.

Pienso en el día trece de septiembre.
Pienso en mi juventud conteniendo las ramas
de los árboles
para que no cayera ni una hoja,
para que no bajase ni una sangre,
sólo porque era Otoño.
Octubre.

Pero miro hacia ti, que tienes la Primavera
-¡antorcha, olor, ventana, corazón!-
encendida en la mano,
y me olvido de todo este silencio
tendido de cama a cama,
de hombre a hombre, de una tristeza a otra tristeza
porque estás en Abril,
¡Primavera!
Y no es el golpe ya de un cuerpo duro
que se quedó amarillo, como un árbol
dentro de Octubre.
Es el ponerse en pié
y alcanzar a tu mano,
solo por la ventana, amor, por la ventana,
para asomarme de una vez al mundo
y verlo desde ti
antes, amor, de que las hojas caigan;
antes, amor, de que los labios digan “es Octubre”.

Otoño.

 

[1] En alusión a la película de Stanley Kubric, “The killing”, 1956.

[2] En alusión a la película de Jules Dassin, “Rififí”, 1955




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Reflexiones acerca de la miseria: Sobre la juventud eterna

Por Víctor Dupont

JÓVENES DIVINOS 

Una de las hijas de Zeus y Hera se llamó Hebe. Se la conoce en la mitología griega como la personificación de la juventud. Era hacendosa. Ayudaba a su madre a cargar caballos y a bañar a su hermano, Ares. Su habilidad divina de rejuvenecer la aplicaba, obviamente, con los ancianos, pero también podía envejecer a niños. Hasta su casamiento con Heracles, su función principal era evitar que los dioses tuvieran sed. Es decir, repartía Ambrosía, néctar predilecto en el Olimpo. Con esa bebida entre manos, fue retratada en diversas escultoras, sin olvidar su mirada alegre y su sonrisa. Emblema de lo que una mujer en edad de casarse debía representar: belleza, gracia, simplicidad. Hera plasmó un sueño que persiguió a (algunos) hombres y mujeres de todos los tiempos. La juventud eterna.

Otro dios griego del palo en ese sentido fue, cuándo no, Dionisos. Entusiasmo, éxtasis y lo que -según algunos mitógrafos- era crucial en su poder: locura. Claro, ser loco es mejor de inmortal que de humano y, sin duda, en la juventud. Dionisos ha sido representado en el arte como niño o joven, su cuerpo de expresión y constitución vigorosa. En este dios, los griegos vieron también ese sueño que persiguió a (algunos) hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero ya en él existía la inteligencia de una inmortalidad que no se deterioraba, porque es posible preguntarse de qué serviría ser eternos si eternamente envejeciéramos.

 

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MISERABLE ENVEJECIMIENTO

Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro… / y a veces lloro sin querer. Rubén Darío.

El tiempo baila con destreza y, a veces, con sigilo. De su coreografía tenemos las huellas inmediatas en nuestra cara. Las arrugas. Las arrugas trazan líneas, que son testimonio. Reconstruir ese dibujo es como morder la magdalena de Proust: nos lleva a series dispersas en nuestro cuerpo, a sombras de otros días en las manos, a destellos inesperados de canas en la cabeza.

Ante eso, aceptar las huellas o esconderlas. Miserablemente. Negar las arrugas. Burlarse del bailarín malvado. Hay muchas opciones a mano. Podemos empezar, si somos jóvenes, por despreciar a aquellos que nos muestran nuestro espejo futuro. Pertenecemos a una cultura que lo hace y lo ha normalizado. De la costumbre de encerrar a los viejos -vueltos improductivos-, se pasa a fabricar una escala, una tabla de valores donde lo viejo se reduce a lo feo, lo miserable, lo desechable. Como parte de ese plan, se lo separa del erotismo y el amor se declara patrimonio de la humanidad joven. Bueno, qué no lo sería a esta altura: mercado indumentario, cultural, turístico, gastronómico. Si somos jóvenes, tenemos montada la ilusión de un mundo a nuestra medida. Despreciar a los viejos está a la mano. Así podemos empezar para burlarnos del bailarín malvado.

La cosa sigue con nuestro cuerpo. Pasan los años y la geografía de la cara comienza a transmutarse. Y ahí vienen las cirugías. Suerte de acción quirúrgica “correctora”, vamos al cuchillo y “arreglamos” el asunto. ¿De qué? Obviamente, del paso del tiempo, de sus trazas, de su estilete. De aquello que tienen nuestras facciones para contarnos de nosotros mismos.

Sí, los griegos también asociaban juventud y belleza. Pero, así como en sus dioses había de esta sazón, también mostraban una idea de la vejez muy distinta. El viejo portaba un brillo, la memoria de un pasado. La memoria de lo que fue. Y ahí se ata el nudo despreciable, negar la evidencia del paso del tiempo tiene como contrapartida la adoración del presente. La demagogia de lo juvenil se extiende en todos los ámbitos, desde el marketing hasta los discursos y los coachings políticos.

Cuando cruzamos el umbral de la juventud, sin embargo, no sabemos qué hacer.

VIEJITA DEL PAISAJE 

La Aurora una vez se enamoró.

Fue de un troyano. Y le pidió a Zeus la inmortalidad, quien se la concedió.

Aurora se olvidó de un detalle. No exigió juventud en su pedido. No reclamó lozanía en el conjuro.

Así, con sus colores a la deriva, el deterioro empezó a horadarla.

Aurora rifó el don de lo eterno. Dilapidó su inmortalidad con una vejez perpetua.

Ella, que tanto sabía amanecer, se eclipsó infinitamente en un atardecer blanco.

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CUERPO CONSERVADO 

Metrosexuales, mujeres sexies, “te ves re pendejo/a”. La caterva conocida. No hay que ser muy perspicaz para saber qué se busca con esos cuerpos: la conservación de la juventud. A ver: si el mercado amatorio y sexual se promueve desde el monopolio de lo joven, conservar la apariencia es permanecer “deseable”, “amable”, “atractivo”. La danza del tiempo se ve como amenaza letal. Y, contra esa avanzada, las ya mencionadas cirugías llegan en nuestro socorro. Una posible enumeración caótica no haría justicia a tantas opciones. Me viene a la memoria el caso del mediático Ricardo Fort, quien se sometió a 27 operaciones: la cara (prótesis en la pera, pómulos), el torso y llegó a un procedimiento en el cual se implantó tres centímetros de talones para ganar altura. Así, los últimos años de su vida los pasó en quirófanos como consecuencia de sus “arreglos”. A partir del 2010 empezaron los problemas. Una úlcera en el duodeno se le perforó y le produjo una peritonitis. En el 2013 -meses antes de morir- tuvo que ser internado y le implantaron 16 tornillos en la columna junto con dos varillas para apuntalarla. También, le pusieron anillos de metal a fin de separar sus vértebras y menguar el desgaste de sus discos. Por último, iba a ser intervenido por una fractura en el fémur. Murió víctima de una hemorragia digestiva.

Fort es un caso emblemático más sacrificado a ese ídolo miserable del cuerpo joven. Pero, ¿qué pasa cuando ese ídolo lo adoran -como lo hacen- los adolescentes?

Antes de la danza del tiempo.

Antes de las trazas de las arrugas.

El espejo de los medios se cuela en el baño y en el cuarto y empieza con sus reflejos.

“Sin panza”. “Flaquita”. “Carita divina”.

Hace buen tiempo que en Internet crecen blogs, foros donde adolescentes dan sugerencias para adelgazar y lograr:

Cuerpos con costillas sobresalidas.

Rostros achatados. Facciones cadavéricas.

Instrucciones sobre cómo vomitar.

Instrucciones sobre cómo atravesar el hambre sin dolor.

Estrategias de distracción ante familiares.

En las puertas de la juventud, el cuerpo se prepara, se moldea, se lacera; al cruzar, se conserva… ¿Se conserva?  ¿Cómo se conservan las apariencias?

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BAJA EN EL CIELO… 

El eclipse de Aurora.

Cada vez que es la hora, la viejita inmortal sale a pintar los colores del alba.

Noche le pregunta, por qué.

Aurora: este lento envilecerse 

esta manía de la transparencia

Noche: de vértigos no de verbos 

CATECISMOS NUEVOS 

Cuando Adán cometió el pecado, las cosas se pusieron espesas para Dios. Lo había hecho a imagen y semejanza al tarambana. Y este no tuvo mejor idea que desobedecer. Desobedeció, tiró todo a la basura; el paraíso, la vida edénica, el sol, la mansedumbre cósmica. Dios debió atravesar un problema difícil. Sin embargo, su decisión fue categórica y le dejó a Adán -la humanidad- su imagen sola sin sustancia divina.

Somos una apariencia, según este catecismo.

Un simulacro. Mientras que una copia guarda semejanza con el referente, un simulacro es una imagen sin semejanza con su modelo. Aunque, si nos corremos del pecado original, ¿no pasa algo parecido con los cuerpos de apariencia conservada?

¿Cómo conservar una apariencia sin convertirla en un simulacro?

Entregados a un nuevo catecismo, millones y millones de cuerpos se sacrifican por un ideal de juventud que, más allá de si conviene o no, conduce al fracaso. Inevitable. El danzarín del tiempo no deja de bailar. Y, a la larga, sus huellas nos delatan. El simulacro también tiene su potencia subversiva -¡cuánta fuerza hay en negar semejanzas con los modelos!-, pero, en estos casos, se montan existencias con simulacros débiles, fantasmas arrastrándose por conseguir la preciada e imposible similitud. Esta alucinación implica el paso del ideal al del ídolo (platonismo para todos). Ideas que sostienen desde el cuerpo simulado los otros “ídolos”, los mediáticos. El (auto) sometimiento puede ser extremo. Pero lo más extremo es que se haya hecho regla. Que estas construcciones condenadas al fracaso hayan triunfado. Y se sostengan, no sólo en los aparatos de comunicación, sino con el sacrificio de las carnes adolescentes, adultas y adultas mayores.

 

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EL ÚLTIMO AMANTE 

Para los que piensan o creen que el amor es patrimonio de la juventud, una historia:

La cosa empieza -si hay un sólo comienzo- con un pedido de autógrafo de él a ella. Él, Yann, un joven inquieto, escritor. Ella, una mujer titánica: célebre, alcohólica, genial. Marguerite Duras. Consumado el asunto, él se anima e intenta sacarle la dirección. Ella duda. Ella ya ha sido chantajeada en situaciones similares. Pero accede.

Andrea la admira: ha visto sus películas con devoción. Decide escribirle, año tras año, una carta. Todos los días. La respuesta no llega, un año tras otro año, un día tras otro día. Hasta que sí. Ella, la cineasta, la escritora le envía ni más ni menos que “El hombre sentado en el pasillo”. Pero algo pasa. Parece que él no le escribe.

MÁS TARDE: ELLA ESCRIBE 

21 de noviembre, mediodía, calle Saint-Benoît.

Yann: ¿Qué dirías de tu misma? 

Marguerite: Duras. 

Yann: ¿Qué dirías de mí?

Mareguerite: Indescifrable.

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EL ÚLTIMO AMANTE (II) 

Poco tiempo después, él recibe “Navire Night” y “Les mains negatives”. Otra vez, la escritura de ella lo embota, y ya no le escribe. Hasta que ocurre un milagro. Ahora será Marguerite quien le mande un mensaje escueto donde le cuente que bebe “para olvidar lo insoportable”, que ha leído sus cartas y, en diminuta grafía, una serie de números. Él, entonces, la llama.

MÁS TARDE: ELLA ESCRIBE (II) 

22 de noviembre, mediodía, calle Saint-Benoît.

Yann: ¿Tienes miedo a la muerte? 

Marguerite: No sé. No sé responder. Desde que he llegado al mar ya no sé nada. 

Yann: ¿Y conmigo? 

Marguerite: Antes y ahora existe el amor entre tú y yo. La muerte y el amor. Será lo que tú quieras, lo que tú seas. 

Yann: ¿Cómo te definirías? 

Marguerite: No existo, como en este momento: no se qué escribir. 

Yann: ¿Por encima de cualquier otro, tu libro predilecto? 

Marguerite: La presa, la infancia. 

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EL ÚLTIMO AMANTE (III) 

Se ven el 29 de julio de 1980. Él, sin guita, toma un colectivo a Trouville. Ella lo recibe y van a dar un paseo, cantan “Capri, c’est fini”, “Blue Moon” o “A la claire fontaine”. Se divierten. Dicen amarse para siempre. Él, Andrea, de veintiséis años. Ella, Marguerite, de sesenta y siete. Ella, envuelta en el alcohol; él, predispuesto a vivir a pleno su homosexualidad.

Marguerite lo educa. Le enseña a manejar, a beber, a ser su actor estrella. Lo convierte en el hombre atlántico, Yann Andréa Steiner, el hombre de los ojos azules, de pelo negro, el hombre del mal de la muerte, el “otro” amante. Y Nadie.

MÁS TARDE Y CERCA DEL FIN: ELLA ESCRIBE 

Yann, tengo que pedirte perdón, perdón por todo.

26 de febrero

Te he conocido muy fuerte. 

Voy a partir hacia otro grado. 

Ninguna parte. 

Fin.

A TODO O NADA 

En sus últimos años, Marguerite Duras no se guardó nada. Amó a Yann hasta vaciarse. Con su cuerpo a la vuelta de toda una vida. Con su cuerpo a todo o nada. A contracorriente de lo previsible, a contracorriente de lo que una mujer de su “edad” debe hacer. A contrapelo de las ecuaciones de erotismo y juventud, en contra del estereotipo de que solo el hombre tiene derecho a amar a chicas en su vejez. Marguerite lo dio todo. Fue lo contrario de un amarrete emocional. Lo contrario de guardarse. Lo contrario de conservar intacta la forma del cuerpo.

Difícil de procesar algo así, ahora que está de moda ser “ecológico” con uno mismo. Ahora que imperan los gurúes y sus declamaciones sobre el desapego. La cantinela está a la orden: Cursos para armonizarnos. Regímenes de meditaciones, alimentaciones para una vida en los parámetros de la New Age. Hay que resguardarse y estar en paz con uno mismo, dicen. Técnicas respiratorias que van acompañadas de diversas bajadas de línea. Todas y cada una, sin embargo, esconden una avaricia emocional repulsiva. Sutilezas de una miseria que se disfraza de retórica mística. Piruetas de una sabiduría para las clases dominantes: tropas de ravíes por el mundo enseñan cómo inhalar por una fosa nasal, con el auspicio de multinacionales y corporaciones.

Marguerite no hizo cálculos. Ni fue “ecológica” con ella misma.

Lo dio todo a Yann y a su escritura, al mismo tiempo.

Junto con su último amante, el libro de él: Ese amor. Luego de la muerte de su Marguerite, Yann escribió casi pegado a la voz de su muerta: “Repetir lo que usted ha escrito, palabra por palabra, carta tras carta, no tener vergüenza de eso, de la copia íntegra. Y así la inteligencia será mayor, y así usted y yo estamos en este mundo: aún podemos amar”. 

¿HACIA DÓNDE?

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Hay coincidencias muy curiosas. Termino este texto el mismo día que el oficialismo logró aprobar la ley de la reforma previsional. Fuera del Congreso, la represión, las balas, el gas, los vallados. Se avaló un saqueo de cien mil millones a las jubilaciones. De pronto, revisar las páginas anteriores y algunos de sus textos me hace pensar otras cosas: “De la costumbre de encerrar a los viejos -vueltos improductivos-, se pasa a fabricar una escala, una tabla de valores donde lo viejo se reduce a lo feo, lo miserable, lo desechable.” Esa frase, que apuntaba a un razonamiento distinto, se ve iluminada ahora por otra luz. Christine Lagarde, Directora Gerenta del FMI, ha declarado que “los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, ya”. ¿Hay una forma de vincular estas dos líneas?

¿Dónde empieza el desprecio?

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Empiezo a creer que toda esa glorificación de lo juvenil esconde la necesidad de desechar lo improductivo. Los viejos, sucesivamente fuera del mercado laboral, sexual, fuera de los circuitos de consumo, se vuelven una carga. Una carga para las familias. Una carga para los sistemas de salud. Una carga para las administraciones “que no tienen dinero”.

Lo que orbita en la expresión lo viejo se materializa en estas decisiones políticas.

Ahí, los viejos son adulados por una demagogia sentimental de abuelos, a quienes se debe cuidar, mientras son escupidos como variable de ajuste y ahorro para la economía global.

UN ÁGUILA GUERRERA

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Aurora: Envejecida en mi inmortalidad…

Noche: ¿De vértigos, de verbos?

Aurora: Quisiera ser como la canción, águila y guerrera.

Noche: Siempre con tus pretensiones. ¿Viste el baile de anoche?

Aurora: Me la perdí, en mi inmortalidad me las pierdo todas.

Noche: Así son los griegos.

Aurora: ¿Cómo son?

Noche: No sé. Pero te cuento: se ha visto anoche al danzarín en la tierra.

Aurora: ¿Se habrá ido cuando empecé a pintar el cielo?

Noche: Puede ser. Vieras cómo hacía bailar a todos.

Aurora: ¿Y bailaban los envejecidos, también?

Noche: Bailaban y cantaban, con sus arrugas, sus bastones. No extrañaban a Dionisos.

Aurora: Quién lo iba a decir.

Noche: Sí, entre balazos, no se puede decir mucho… Viste que bailaron entre balazos.

Aurora: Ya ni sé, cuando salgo yo, se vuelven todos.

Noche: Che, ¿en qué quedó tu amorío con el troyano?

Aurora: El troyano estiró la pata…

Noche: ¡No me digas!

Aurora: Sí, la verdad es que no recuerdo si lo jubilaron o si murió joven y bello.

Noche: Ah, claro, estos griegos… Capaz que lo jubilaron y anoche estaba en el baile.

Aurora: Uh… Capaz que lo alcanzó una bala.

Noche: ¡Nunca te enterás de nada! 

Aurora: Ya te dije: cuando yo salgo, todos vuelven.

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LINK DE REFERENCIA PARA LAS FOTOGRAFÍAS DE LA MARCHA:

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EDITORIAL

Reflexiones acerca de la miseria

Por Gabriela Stoppelman

 

collaga, Randy Mora
collage, Randy Mora

No puedo agarrar la palabra péndulo, alguna mano miserable la puso a oscilar entre lo más pobre de lo pobre y lo más vil de lo vil, la puso a sembrar semillitas de miserables conclusiones, representaciones que se escurren del colador de la palabra, no de la vida, hilos que anudan el sentido sin consentimiento: ¿usamos la misma palabra para hablar de quien ha caído o ha sido lanzado por debajo de toda pobreza y para nombrar a un mal sujeto? Entonces, ¿pendularemos así nomás entre la idea de que un pobre siempre es un feo bicho y, por inversión de la moneda, que todo mal bicho es pobre? Buscamos a quien mueve el fiel del lenguaje y se escurre, se ha vuelto él mismo péndulo, marea rapaz que se superpone al metal y se indistingue en las pantallas multiplicadas de siempre lo mismo, de solo lo único, indetenida, la calle misma oscila, rueda, dobla, trepa una ladera, apura el paso detrás de los que huyen, un péndulo ideal está constituido por un hilo inextensible de masa despreciable, sostenido por su extremo superior de un punto fijo, con una masa puntual sujeta en su extremo inferior que oscila libremente en un plano vertical, este no es un péndulo ni de cerca ideal, el hilo se estira y deja rajaduras en el aire, está sostenido en un extremo por varios puntos disciplinadamente viles y armados y su masa puntual es de plomo, sobre ella va montado el nombre de una muerte, y uno apura el paso ladera arriba, resuello abajo y quiere llegar hasta el muchacho, desviarlo de esa trayectoria, el yuyaje y el frío acompañan, la tarde baja la altura del cielo hasta casi amarronarla de huellas, pero no hay caso, la muy maldita arremete y hace blanco, Nahuel cae dentro de su nombre, se hermanan a su agonía algunas manos, ciertos temblores, los gritos no conmueven la impavidez del péndulo que oscila sin paz, de un lado carga la pólvora, del otro la dispara, no respira, no respira el cielo terroso de este día, el frío se achicharra con el fuego que lo atraviesa, el yuyaje está mareado de dolor, sobrepasada su materia de aquello que es capaz de percibir, se desborda en contracciones que no alcanzan para evitar que la muerte circule las bala en retracciones, el contorno entero del territorio convulsiona, hay algo dentro del agua helada que denuncia una violencia de orilla, una violencia tal vez sin marcas, pero que no vengan ahora a absolver la miseria con la ausencia de “pruebas”, pendula la muerte desde la superficie hasta el fondo del río, no necesita ir muy profundo, simplemente aprieta la amenaza en el punto fijo sobre un margen y la muerte móvil en el fondo,

Lana Tustich
Lana Tustich

así Santiago es un eco que espera a su biógrafo de último momento, allí estaban de testigos los arbustos, la enramada guarda el relato en el corazón del follaje, para cuando llegue el día, para cuando sea propicio, para cuando el péndulo deje de oscilar en seco en las piletas huérfanas de Milagro Sala, para cuando ella misma reponga el agua y la buena sed entre el aire repleto de brazadas que la reclaman, para que los Inmorales caigan, de una vez por siempre, bajo el peso de su mismo péndulo, suspendidos en la bruta creencia de pensar que ellos mueven el destino sin ser movidos, obnubilados por la absurda idea de que la montaña acumulada y saqueada, cuando llega al máximo de altura, elude la muerte, porque llegará el momento, aunque no sea ya mismo, llegará el momento en que tendremos agua para despertar el cuerpo dormido en la ducha, luz para combatir el fuego del verano, gas para que la olla humee en variedades en todas las hornallas, serán entonces, “servicios” y no serviles, traerán frescura, alimento, cuidado, esta carga aliada del tirano péndulo, llegará el día en que podremos separar las aguas sin ser dioses y pasarán, sin prisa y sin desierto, los orfebres, los oficiantes de las manos, los que sudan las máquinas y trajinan los trenes, eso sí, llegará el día, siempre y cuando no pendulemos así nomás entre asociaciones mafiosas del lenguaje, mientras no cedamos el hacer obstinado en nuestro territorio- que no se trata solo de un pedazo de tierra, sino de esta página inmensa y fértil donde vamos a labrar las palabras- mientras no creamos que detendremos el péndulo solo por prepotencias del deseo, mientras el deseo no sea un punto fijo, sino ese devenir del horizonte que hace la multitud y no la masa, el abrazo y no el arreglo,

péndulo del deseo, Alex Stevenson Díaz, Colombia
péndulo del deseo, Alex Stevenson Díaz, Colombia

mientras estemos atentos y activos y, cuando el péndulo oscile, podamos apretar los dientes y decir, momentito, que un extremo es un extremo y el otro es bien otra cosa, que cuando hay gente caída por debajo de la pobreza es siempre porque algo o algunos lo han empujado y que lo otro, tal vez de carambola, sí es cierto, todo miserable es una montaña de pobreza, una montaña que terminará por cubrirlo cuando la masa puntual, sujeta en su extremo, siempre inferior, le estrelle el rostro contra la inevitable elocuencia de los mejores espejos.

 




MURO ENREDADO EN FUEGO

Reflexiones acerca de la miseria: sobre los sometimientos del laburante actual.
Por Roberto Aguilar

“A la espera que acabe la opresión,/mi cuerpo dijo basta./Se arremolinó/trepó
sobre el muro enredado en fuego./Era una tormenta del trópico./Me
trajo ramas, hojas, frutos,/un pájaro de fuego,/y escapó.”

                           

NADIE ME CHIFLARÁ EL CULO

Un día en la vida de un trabajador obediente a las reglas esclavas de los amos del siglo XXI es un día más de cansancios y largos bostezos. Pero no fue tan así en el caso de una tarde en la vida del operario Pablo Schultz. Esta resultó una tarde de verdad crepuscular, cuando Pablo apuró la noche de sus horas estresantes, bajo el yugo del patrón.

Aquella jornada laboral, Schultz ingresó a su trabajo como electricista en una fábrica de tela, situada en uno de los centros fabriles más populosos del Gran Buenos Aires. Atrás había quedado su piezucha alquilada por dos mangos, dentro de una casa chorizo y de estilo colonial a medio derrumbar. Postergó para la noche su vida en familia, los recuerdos de su ex esposa, sus hijos y su actual novia venida hacía poco del Paraguay.

Era lunes. Ni bien ingresó, desde la portería, lo pararon con un “No se cambie, no fiche. Está suspendido por un día.” Cuando escuchó estas palabras, hizo todo lo contrario, no sin antes recriminar al portero: “Que manden carta documento. A mí no me llegó nada. Esto es ilegal.” Como un rayo, pasó por encima aquella orden, fichó, se fue a cambiar y esperó en el banco su hora de ingreso.

Al llegar el portero de la tarde, Schultz estaba acostado sobre el largo asiento del vestuario y lo saludó. Le guiño un ojo, se paró y le dijo con tono de amargura: “Me quieren suspender. No se los voy a permitir ¡Con qué razón! Ni siquiera me llegó una puta carta documento. Se lo dije al ortiva de tu compañero…” Entonces, el hombre de las mil llaves le sugirió: “Pablo, esta gente se maneja mal. Te lo mandan un fin de semana cuando no hay correo. Hacen lo La única luchaque quieren. De cualquier manera, hablá con el gerente de Recursos Humanos. Quejate, pero escuchá su directiva. La carta, por ahí, te llega más tarde. Total, es un día nomás. Después seguí con tu vida normal. La tormenta pasará.” Schultz le contestó, mientras le rodeaba los hombros con uno de sus brazos: “No te preocupes, compañero. Me sé cuidar solo. Estos hijos de puta no se van a salir con la suya. No es así como se trata al obrero. Si me van a bardear, yo sé qué decirles. Y, si me quieren pisar, gritaré y nadie me chiflará el culo.”

EL NO YA LO TENÉS

La ronda de los presos - Vincent Van Gogh
La ronda de los presos – Vincent Van Gogh

Era Pablo y su rebeldía contra todo tipo de discriminación. Pablo y su continua lucha contra la persecución laboral por “vago pagado por hora” o por amigo de los delincuentes y putas del bar de la esquina. Siempre señalado como peligroso, pese a su trabajo bien hecho y a su amabilidad. Allí, en un gallinero fabricador de huevos de oro, no importaba ser honesto, sólo importaban la imagen, “la buena moral”, las costumbres pulcras y, sobre todo, la disciplina. Esto último le faltaba a Schultz. No se callaba ni se sometía a las reglas doctrinales de sus jefes y compañeros. Finalmente, era su vida privada. Pero, en un gallinero, no prevalece la dignidad del trabajo, sino la moral, el acatamiento a un dios llamado dinero y el látigo sobre la espalda del negro cosechador de granos. Contra el tedio y el látigo, estaban Schultz y sus eternas discusiones. Era Pablo, el rebelde, algunas veces en silencio y otras mientras daba pelea. Hasta que, aquella tarde, estalló contra su pequeño mundo de paredes, pasillos sucios, polvo y pozos de desechos químicos. Ese mundo que se había constituido como una cadena de persecuciones, unos días antes de la persecución, vaya a saber por qué detalle, recibió la gota que desbordó el vaso.

EL CERCO

Alertado por el portero de la mañana, el jefe de Personal llamó a todos los encargados de áreas eléctricas y de producción para que le quitasen el trabajo. El paria enfermo estaba adentro del cuerpo capitalista y había que extirparlo definitivamente de la empresa. La consigna era: no a la entrada al taller eléctrico. No al uso de herramientas u otras propiedades de la fábrica. No al diálogo o aproximación corporal con el demonio. En las mentes de sus compañeros y jefes estaba el brazo extendido a la puerta de salida y un cartel que decía: “Andate”. Pero Pablo no se amilanó, caminaba por toda la fábrica, buscaba algo para hacer y, al no encontrarlo, volvía a su taller con las puertas cerradas para él. Después, retomaba su caminata en círculos. Hasta que, debajo de una escalera, encontró las alas de su liberación: una máquina de soldar y una máscara. Tomó el carrito con aquellas herramientas, se dirigió a sus tareas y fuck you, al mundo de los mandatos, fuck you, a la injusticia y fuck you, al no.

fack you

¿QUIÉN ES EL MONSTRUO?

Schultz se encontraba en el medio del campo enemigo. Y su verdadero lugar esperaba en la calle, en los pasajes de la protesta y la rebelión. Pero en ese momento no había nadie. El desierto de las avenidas lo reclamaba y, adentro de la fábrica, ardía el infierno. Estaba más solo que nunca.

Caminó hacia el sector de producción y se encontró con el jefe de personal que lo buscaba.

-¿Sabía usted que está suspendido? Aquí no puede circular. Le recomiendo que se retire- le ordenó el de Recursos humanos.

-Yo le diría que primero me mande la carta documento- le contestó Pablo.

-La carta le va a llegar, pero ahora retírese- volvió a insistir el bulldog. Atrás de él, se acercó el jefe del taller eléctrico, quien repetía como en un eco: “Andate, andate”.

Extracción de la piedra de la locura (detalle) - Jerome Bosch, el Bosco
Extracción de la piedra de la locura (detalle) – Jerome Bosch, el Bosco

Entonces, Pablo se subió a su rebeldía como a un caballo alado y pisó a los perros que le ladraban con varios insultos. Aquellos perros huyeron despavoridos y decididos a traer una jauría. Pero las bestias no aparecieron. Bajo el ruido de la bóveda negra de aquella fábrica, el miedo al rebelde tejía, en cada operario, un silencio aplastante como respuesta a todo mandato vinculado al cartel de expulsión de la patronal. Porque alguien estaba dispuesto a quemar aquella sentencia de siglos de repetición. Schultz, con su proceder, fabricaba otra consigna: “Me quedo y exijo lo que me deben’’. Sin embargo, el mutismo de aquellos autómatas venía cargado de desprecio y odio por el distinto, por el esclavo cortador de cadenas milenarias. Tenían repulsión a su cartel de justicia y libertad. No podía haber alguien así. Sus dueños de la era moderna se los prohibían. Los antiguos patroncitos de estancias devenidos en gerentes eran Frankensteins, creadores de nuevos monstruos buenos y obedientes. De esta manera, horrible lector, cada operario lacayo se escondía detrás de cada rollo de tela, de cada máquina. Y veían pasear al rebelde con su carrito de cuatro ruedas por los pasillos de la fábrica. Y los perros llegaron:

Varios guardias de seguridad, mandados por el portero de la tarde, se escondieron también detrás de las columnas y espiaron a Schultz. Lo vigilaban. La orden era: no asustar al monstruo. No aumentar su violencia anti institucional. Pero el monstruo se espantó, ya dentro de la locura. Él presintió aquellas sombras policíacas. Él supo que aquellos insultos al jefe de personal le habían abierto el camino al barranco y entonces lo empujaban hacia allí. Estaba en el horno del Dr. Frankenstein. En el fondo,  ya se sabía despedido, era su última tarde en aquella fábrica. No había suspensión ni carta documento que lo salvara. Así que, perdido por perdido, pasó por la columna donde se encontraba el tablero eléctrico principal y bajó la palanca de su sentencia al abismo. Las máquinas de todos los sectores productivos se pararon y el monstruo, cubierta su cara con la máscara de soldar, se puso a arreglar, debajo cuerpo enredador en fuegode unos caños del tren planchador de telas, un antiguo trabajo dejado días atrás. Su mente se negaba al despido, se negaba a la falta de empleo. La carta documento no le había llegado y el monstruo tenía la opción de hacer arte. El arte de la rebeldía.

¿LOCO YO?

Sin embargo, ese arte llevado al extremo por el opresor de turno, como un sol único del universo pintado por Van Gogh, hizo caer a Schultz. En esa tensión -entre la de la rebeldía contra aquel sistema y  la sumisión a las cadenas del trabajo-, terminó por ganar el sistema y lo enloqueció. Fue inevitable: por un lado, estaba su libertad individual y por el otro, la libertad de su ex esposa, de sus dos hijos pequeños y de su novia del Paraguay. Ellos dependían de su sueldito y de su cárcel de sucias reglas laborales. Era “libre de elegir” quemar los mandatos de los dueños de su vida o seguir bajo el yugo del empresario para evitar el hambre de su familia. Pero, en verdad, no tuvo ninguna de esas dos opciones. Le hicieron tomar un atajo: el de la locura.

Y entonces era Pablo con su máscara protectora contra los ojos rojos de los demonios de sus jefes y compañeros. Pablo, y un palo de escoba convertido en fusil en la guerra interminable. AbismoPablo, abrazado a un tanque de aceite, como si de su madre se hubiera tratado. Schultz fotografiado por sus compañeros, como una bestia africana detrás de una jaula. Pablo, el loco de la escoba espanta brujos y brujas del aquelarre del gerente de Recursos Humanos. Por momentos, era también el rebelde acuclillado contra una pared, abrazado a sus piernas. Sin querer, el empujón al abismo se convirtió en el primer vuelo de su vida contra el fondo sin fondo del aquel infierno.

AL LECTOR:

Y todo lo demás es relato casi conocido: la ambulancia que llega. Una enfermera que lo convence de sacarse la máscara protectora y deponer su arma contra el enemigo. El calvario hacia la enfermería, con los brazos extendidos sobre los hombros de un guardia de seguridad y de la enfermera. Schultz arrastrado por los pasillos como los ladrones o como Cristo después de su crucifixión. Y, de golpe, ante la vista de los doctores, Pablo fue la cara del ángel caído destruida por sus pensamientos, el antifaz y las horas de aquella tarde interminable que le dejó la piel hinchada, surcos rojos y amarillos en la frente, pómulos y pupilas dilatadas. Finalmente, el loco abrió la boca en un grito sin sonido, con la espuma de un perro rabioso. Así, el cuerpo débil del demonio estaba tirado sobre una camilla del consultorio médico de la fábrica. Se trataba de un cuerpo indefenso como  el de un niño. Su mirada pedía piedad.

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¿Qué más le podemos pedir a Pablo, horrible lector? ¿Qué más le podemos pedir a ese cuerpo sanado por completo? ¿Y qué más te deseo, sino que inventés nuevos dioses o le des al dios todopoderoso de tu dinero un nuevo nombre? ¿Para qué? Para que te metas más en la locura de la esclavitud del aire que respiramos cada día. Que te sofoque y mate con desesperación. Te deseo lo peor. Tal vez, al borde del desfiladero, escucharás caer tu obsecuencia ante los poderosos. Y puede que sientas –y los que no, ya están condenados a la locura de la razón-, como Pablo, en algún momento de tu triste vida, que hay una salida donde podrías inventarte algún tipo de ala y un cuchillo redentores de tu prisión. Un ala para caer y un cuchillo para matar al dios opresor.

David y Goliat
David y Goliat – Gustave Doré




EL MUNDO TERMINA EN FLORES

Reflexiones acerca de la miseria: sobre putas de barrio

Por Néstor Grossi

 

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MANO A MANO, GUACHO

Ante todo, tengo muy muy claro el tema de la prostitución y la esclavitud en la Argentina de hoy y de siempre. No voy a hacer más declaraciones, porque esta es solo la historia de una persona que una vez fue mi amiga. Y de la noche en que ella me hizo Dios, que tuve una Claudia, una Dalma y una Yanina, nada más: goles con la mano ya tenía, y en contra también.

Como vivo en un país donde más de la mitad de los idiotas votó a un tarado, por las dudas, aclaro: No, este texto no avala la prostitución, pero si la legalización y el reconocimiento jurídico y social de un laburo que existe desde el comienzo de los tiempos.

—Desde ya, talibanes: “No a la trata”, ¿lo tengo que aclarar?

COSA DE NEGROS

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Aunque había dejado las pastillas por segunda vez, en 2010, fumaba más marihuana que en los noventa y bebía tanto, que podía emborracharme hasta dos veces en un mismo día. Entonces, me resultaba normal pensar que una buena puta era la solución para mediar el problema entre mis huevos y mi cabeza. Sí, además ya no tenía ni tiempo ni paciencia y no creía en el amor, pero, por sobre todas las cosas, los números cerraban.

Hasta ese momento, en mi legajo prostibulario sólo figuraba la señora sin diente que me había desvirgado a mis dulces catorce.

Las revoluciones tienen un costo, por sexo o por amor, entre el hombre y la mujer siempre flota un enorme signo de “pesos”.

Decisión tomada. No tenía más ganas de seguirle el juego a ninguna minita, ya me parecía estúpido todo el maldito ritual de apareamiento. Estúpido y demasiado caro. Entonces, la onda era lo de siempre: salir de “Dalton” medio puesto, fumar de camino a “Planta Alta” por Yerbal y llegar bien del culo a escuchar una banda, chamuyar con minitas sin la presión de tener que cogerlas, sin dejarme sacar tragos…

Una de esas noches, cuando el mundo terminaba en Flores, salí de “Planta Alta”, comí en la panchería de siempre, donde la birra es de litro y las chicas llevan rodete: necesitaba coger, pensé, pero quería fumarme uno antes, estaba demasiado ebrio y un par de secas vendrían bien para aclarar la mente. El porro me saca las ganas de coger, siempre. Funciono así. Ni en pedo encaraba una puta, ya no quería hablar con nadie, solo necesitaba volver a la paz de Mataderos con un trago para clavarme en casa y a la mierda. Conocía un kiosco que vendía latas a esa hora, y me quedaba a metros de la parada del 92. Fumé, mientras caminaba por Yerbal, un par de secas y encendí un pucho.

—¿Me convida uno, papi?—me dijo que había terminado su turno pero que, conmigo, podía hacer una excepción.

Que no podía ni hacerme una paja, le contesté y le pasé el atado de puchos con el encendedor.

—Voy al “Chino” por una birra ¿vamos?—  Tiré, de  puro borracho. Y ella dijo sí, que vivía en el hotel justo enfrente.

Era una negra caderona y con dos tetas enormes, usaba una musculosa y un mini short con cinturón de tres tachas, tenía el pelo corto y rubio. En la puerta del único súper abierto un sábado a las cero horas en Flores, todos me miraban. Y nos quedamos ahí, sentados en un umbral, a unos metros del Chino. Fumamos el medio faso y hablamos de todo, mientras bebíamos y nos metíamos puñados de papas pay en la boca. De fondo, sonaba esa salsa medio tecno desde el celular: la Negra era pura  buena onda. La invité a comer en “Dalton”,  el único lugar de Flores donde se puede fumar. Intercambiamos teléfonos; sí, laburaba a domicilio me contestó.

—Pero usté no se iba a ir así nomas, papi, usté ya me pagó.— Y me besó hasta que llegamos de nuevo al Chino y me metió en la pieza del hotel. Obvio, no pude. Lina me dijo que no importaba, y me abrazó. Me dormí entre los brazos de una puta que recién había conocido mientras, desde la calle, llegaba el ruido de la avenida, el murmullo de los ebrios en el súper. Cuando desperté al otro día, lo primero que hice fue encontrarme con los ojos de Lina entre mis piernas, que no bajaría la mirada hasta asegurarse de haber terminado su trabajo a la perfección.

 

NO ES TAN GRANDE EL INFIERNO

 

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Lina se movía en un mundo donde no dejaba que nadie la manejase, no le daba su dinero a ninguno. Por supuesto, que se pagaba por poder laburar, sobre todo, las extranjeras, pero ella no trabajaba para nadie, ni en ningún prostíbulo de la zona. Sólo le pagaba al poronga que hacía de intermediario con la comisaría.

—Está lleno de mierdas, la mayoría de las “casas” son lugares de gente mala ¿me entiendes, sí? yo evito todo eso, amor. Es cuestión de saber trabajar.

 

Para el ojo del ciudadano sin calle, para el imbécil que vive adentro de una pantalla, todos los puteríos son la misma cosa: lugares donde se mantiene a las chicas a base de golpes y dosis de cocaína intravenosa. Toda esa mierda se encuentra en los prostíbulos de provincia, en los departamentos privados del microcentro. La mayoría de esos lugares pertenecen a polis de altos rangos ya retirados, quienes se valen del engaño y del secuestro para llenar sus lugares.

Con Lina aprendí a caminar por sitios donde la prostitución no era marginal, donde había mujeres que les hacían creer a sus esposos que tenían laburos de oficina o de vendedoras o de promotoras o de dios sabe qué mierda, pero laburaban entre 7 u 8 horas cogiendo fuera de sus casas. Conocí chicas que trabajaban para no pedirles dinero a sus machos proveedores, para cubrir necesidades, para pagarse carreras o viajes. Uno siempre coge por algo, coger es morir o negociar.

 

UN DIOS MISERABLE

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Habíamos quedado  en un “quizás” casi improbable, iba a salir con unas amigas. así que me sorprendió el mensaje de texto:

—Si querés, pasate, vamos a estar a partir de las cinco. no creo que las chicas se queden hasta tarde—.

Joya, pensé: garchaba. Guardé el celular en el morral junto a todas las porquerías que me había comprado en el parque y le di un trago a mi heineken de medio, mientras el 92 doblaba por avenida directorio y yo me imaginaba enfiestado con lina y sus amigas.  No tenía que fumar ni una seca. Me bañé, me puse talco en los pies y mis Toppers blancas, una bermuda oliva nueva y el toque final: mi camisa narco, una angelo paolo que conservaba desde los noventa y la usaba sólo si estaba muy ebrio.

José León Suarez al 400, ahí era la onda, en pleno la paz, lejos del estúpido argento promedio, uno de los pocos lugares de este país donde aún existe el respeto y donde no me siento un criminal. Lo primero que hice al bajarme del 80 fue buscar un “Chino” y comparar una birra de medio y bien barata, forros de los texturados y un encendedor bic, porque los otros son una mierda. Hacía un calor insoportable, eran las seis y algo y el sol caía sobre los techos de un barrio que ya no era Buenos Aires. Sobre las veredas, los puestos comenzaban a levantar. El bar quedaba en el primer piso de una galería, me dijo Lina cuando la llamé desde el bondi.

Tenía razón, entré por lo que hoy llamamos una “saladita”. Pregunté y llegué hasta unas escaleras que estaban a mitad de pasillo entre puestos de ropa. Subí. El lugar estaba lleno. Lina y las chicas, sentadas al fondo, contra la ventana que daba a León Suárez. Sonaba una cumbia norteña, me acerqué al mostrador, pedí que me enviasen dos heineken heladas y señalé las ventanas, donde una negra hermosa se había parado para saludarme.

No me acuerdo el nombre de la peruana, ni el de la argentina, solo recuerdo que bebimos hasta que se hizo de noche y a la argentina se le ocurrió ir a bailar. Las otras dos ni lo dudaron, yo no estaba para eso. Pero, con tal de terminar en pelotas con las tres, acepté como un idiota.

El boliche era lo más bizarro que había visto en mi vida, una especie de salón de fiestas maquillado como una nena. Tenía un escenario que parecía un balcón con un caño a un costado. También quedaba en un primer piso, a unos metros de la terminal de ómnibus. El de seguridad nos recibió como si  hubiéramos sido los dueños. Lina me dijo que ya habían venido antes. Era un boliche boliviano, no una bailanta, un lugar donde se juntaba la comunidad joven en el país.

Ocupamos una mesa cerca del escenario. Ya me había acostumbrado a las miradas del mundo cuando estaba con ella, así que no me importaba nada, pedimos heineken, algo para picar. Me dijeron que sí, que se podía fumar. Lina se colgó de mi cuello. Las chicas no paraban de hablar. Estaban todas hermosas, pensé. Había un presentador, tocaría una banda llegada desde Bolivia para festejar el primer aniversario de x y j. Lo celebraban ese día en ese lugar. El presentador pidió un aplauso. nosotros a los gritos, nos habíamos sentado demasiado cerca de la pista de baile. Para cuando llegaron las cervezas, las rabas y las fritas para diez, ya nos habíamos corrido a una mesa más alejada del quilombo, contra la pared. Por cinco consumiciones, nuestro bizarro presentador invitó a alguna belleza a mover el culo en el caño, sobre el escenario, donde había dos plomos arrastrándose y tirando cables. Se subió una bolivianita hermosa con vestido cortito  y empezó a hacerse la gata al ritmo de la música de “nueve semanas…”. no había nada de sexy, era una pendeja  que jugaba ante sus amigos.

No sé que decían las chicas, yo tenía la boca llena de rabas. ellas reían.

—¿No te enojas, papi?— Lina se paró.

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—Cógetelos a todos—, le dije y brindé con ella. me besó y encaró el escenario. Cuando vieron una negra, los vagos estallaron. Lina se acercó al disc jockey y comenzó a sonar un reggaetón casi porno. Entonces, ella empezó a bailar, a mover esas terribles caderas dominicanas de un lado hacia el otro. No hacía piruetas ni nada, Lina sólo se sostenía del caño para agacharse, después seguía moviendo el culo sobre el escenario mientras los vagos empezaban a tirar billetes y ella se quitaba el corpiño con la musculosa puesta. Lo arrojó entre el público y la gente estalló, mientras le tiraban plata. Lina hacía señas de más y amenazaba con quedarse en tetas, mientras el disc jockey estiraba el tema y el presentador arengaba. Yo filmaba todo con un teléfono viejo de mierda. Los últimos 30 segundos del reggaetón, los bailó mostrando las tetas. Después, se bajó la musculosa, recogió los billetes con la ayuda de los plomos de la banda y, cuando bajó del escenario, me besó bien escandalosamente. Listo, era dios, y podía sentir las miradas de todo el lugar mientras volvíamos a sentarnos y a esperar mi coronación, a punto de llegar en manos del mozo del lugar. En vez de las tres consumiciones, nos dejaron un cajón de cerveza a nuestros pies, así, tal cual. No entendía por qué cada vez que queríamos una fría teníamos que cambiarla por una del cajón. No pregunté, la birra era gratis y con eso me sobraba; me quedé escuchando a las tres minitas hablar hasta que me llené la boca de comida. La banda salió a escena, las luces del lugar no se apagaron. Todo era muy bizarro. Varias veces se acercaba a nuestra mesa algún ebrio para tirar un piropo y seguir: los bolivianos siempre son respetuosos, hasta ebrios. El chabón que había capturado el corpiño de lina se acercó y pidió una foto, nos matábamos de risa. Y todos  quienes se acercaban me pedían permiso para hablarles a las chicas. Después me agradecían  y se disculpaban. Era temprano y yo estaba en pedo, tenía que ponerme media pila.

—Ya vengo—, les dije y me paré. Mientras me abría paso entre la gente, algunos me abrazaban al pasar, me felicitaban como si hubiese hecho un gol en una final de algo. Yo le pegué derecho hasta abajo, hasta donde estaba el tipo de la puerta. Lo charlé un toque y le pregunté dónde podía pegar un papel. Como a más de una raya larga o dos cortas no me animé nunca, le dejé la mitad de la falopa. Volví a la mesa duro a morir y ahí me quedé con mis amigas, echado como un dios, bebiendo la birra que bien Lina nos había regalado, mientras fumaba un philip atrás de otro.

Cuando todo el mundo ya andaba parado y daba vueltas por el lugar, la peruana y la argentina desaparecieron. Lina se quedo besándome, fumaba a medias conmigo, me llenaba el vaso.  Iban demasiado al baño, ¿estarían tomando? y los ebrios que aún llegaban a mi mesa a rendirme pleitesía.

Me vi de lejos. ahí estaba yo, recostado contra la pared con una negra adolescente entre mis brazos, una bermuda nueva y mi camisa narco. Rapado y con canas, era poli o un jodido de mierda. Era el único argentino del lugar. claro. Y con tres putas alrededor, el cuadro estaba pintado. Yo sólo quería llevarme a Lina de ahí y cogérmela de una vez. Tenía que comenzar a cerrar la noche para terminarla perfecta. Pero en el cajón, todavía quedaban 4 botellas y un saque en mi papel. Además, las chicas iban y venían todo el tiempo, bailaban. Lina se quedaba conmigo llenándome el vaso y contándome historias de cuando era pendeja en dominicana. La liberé de tener que soportar a un veterano amargado ex punk como yo, era fija que moría por ir a mover el culo con sus amigas.

Y, después, a garchar. —Te lo suplico—, le dije.

Saqué  un billete de cien, lo enrosqué y abrí el papel ahí nomas, me agaché y raquetazo hasta el final. De fondo, sonaba cumbia de los noventas, era la única señal de que todavía seguía en Buenos Aires. Liniers era el único lugar en el mundo donde no sentía deseos de matar. Y esa noche estaba como quería, pedí  otra heineken helada y entonces entendí que no era dios. Se me apareció la cara de Pablo Escobar para recordarme de qué lado estaba. Ante mi mesa se detuvo otro borracho zarpado en educación, yo me sentía un sorete porteño, pero era el dueño del lugar, al parecer. Yo le contestaba todo que sí, me había puesto el casete hasta que el tipo se sentó a mi lado y sacó la billetera. Me trataba con miedo y de usted ¿qué mierda quería?

—A una de las chicas—, me contestó—  la de pelo castaño.

—La argentina—, le contesté—hoy no están laburando, amigo, lo siento mucho.

—¿Cómo así?  las chicas me echaron del baño, usted me desprecia la plata…

Y soltó toda una historia  de que él era boliviano y yo argentino, y que estaba en mi país y bla bla. bla. Yo le hablé de Bolívar y de San Martín, de Chávez y de Néstor, de la patria grande. Pero el chabón solo quería entender por qué no iba a ponerla como el resto de sus amigos. La cosa era que las chicas estaban en el baño laburando, no le pregunté qué hacían ni en cuál de los dos baños. Sólo me disculpé, le llené un vaso y lo mandé a pasear.

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Al parecer, todas las imágenes que me habían caído entre los ojos eran por algo. Resultaba evidente que era el único que no entendía qué carajo pasaba.

Las chicas volvieron con unos vagos, dijeron que iban a bailar. Lina se me acercó.

No te enojes, papi, me besó esto es tuyo. dejó un fajo chico de billetes junto a mi vaso y se fue con sus amigas y los tres chabones hacia la pista. Sólo por ese segundo lamenté haber regalado la mitad de mi papel. No conté el billete, miré el cajón de birras, quedaban tres. Bajé a chamuyarme al tipo de seguridad: quería otro papel; y mientras el chabón llamaba al puntero, aproveché para fumar un pucho en la calle, para ver cómo Lina y las amigas bajaban por las escaleras con los vagos que habían conocido.

—Pensé que nos íbamos juntos— le dije y tiré el pucho.

—Es trabajo, papi.

Quedamos en vernos el martes, se subieron a un coche que apareció de la nada y me quedé mirando al de seguridad negar con la cabeza. Nada. Eran las cinco de la mañana y yo volvía a ser cenicienta. Estaba demasiado ebrio para seguir bebiendo; sólo necesitaba drogarme o comer algo antes de sentirme un verdadero tarado. Plata tenía. Después de todo era un cafishio barato, ¿no?

Me quedaba un porro, recordé. Lo encendí ahi nomas, en la puerta del boliche y me fui como si nada, como si hubiera llevado un phillip en la mano. Era increíble que me fuese sin coger, pensaba en eso y en una milanga completa en los puestos de comida barata sobre Rivadavia, cuando doble por Caruhé. No había un alma en la calle y me sentía un idiota marca cañón. me habían usado, el precio fue hermoso, pero yo volvía a mi casa en Mataderos con las pelotas cargadas y no era justo tener que acabar solo en el inodoro en una noche como esa.

 

Hacía calor. Llegué a Caruhé  y Falcón quemándome los dedos, apagué la tuca, encendí un pucho y me puse a mear contra un contenedor de basura. Los pájaros del amanecer cantaban como hijos de puta cuando, a lo lejos, vi la silueta de dos hermosas putas que se recortaban contra la noche de una historia perdida.

Demasiado grandotas,  pensé, a medida que las veía acercarse y me subía el cierre.

—Qué cochino, mi amor.

—¿Tomamos mucho negrito?—dijo la rubia que se parecía a Susana, sí, Giménez. La otra, la morocha que tenía el pelo tan planchado que no me dejo tocárselo, me aseguró que por 35 pesos me la chupaba ahí nomas, mejor que cualquier minita, que no iba a durarle ni dos minutos, y que me lo iba a acordar por siempre. Y tenía razón, me apoyó contra un coche y se agachó bajándome de una la bermuda nueva, sin sacarme el cinturón.

—Lo mío es gratis— dijo Susana y me besó mientras la morocha me la chupaba y la ciudad despertaba.

Cien metros después me reía solo. Estaba sentado en el peor lugar del planeta con una lata de medio y un sánguche de milanesa artificial; la avenida se llenaba de laburantes, era lunes ya. Le solté un billete de diez mangos al chabón que atendía y le pedí que me pusiera música en la máquina: los Redondos. Y, mientras “Motorpsico” sonaba de fondo, entre los motores de una Rivadavia que hacía de puente hacia el otro lado de la Argentina, comprendí que esa era mi última noche de putas en la ciudad y, que sí, que el mundo terminaba en Flores.

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SACÁ EL AUTO DEL GARAGE

Reflexiones acerca de la miseria: Entrevista a Miguel Benasayag.

Entrevista: Lourdes Landeira, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman

Por un ventanuco del viejo portón de hierro, espía el mundo. El recorte que ve es un instante eterno entre una noche y otra, entre una luz y otra. Lo que más ansía es recuperar la mirada que lo circulaba en el tiempo y la consistencia que arrancaba chispas al espacio. Al principio del encierro, midió los transcursos con el color de la herrumbre. Pero, después, la tierra trepó sobre  su cuerpo, como letra urgente sobre una página sitiada. Desde entonces no pudo más que leer -una y otra vez, una y otra vez- los contornos que el vegetal escribía con ritmo suave y sin pausa. Al poco, la trama se le volvió muy compleja, sin origen y sin destino, demasiado para su pensamiento de claustro: ese rectángulo vicioso, de capot a baúl, de baúl a capot. Si con las duraciones las cosas no eran sencillas, con las extensiones resultaban mucho peores. La inmensidad lo aterraba, la desmesura le impregnaba las ventanillas con hollines delirantes y las puertas chirriaban mudas si osaba imaginar un mundo sin dimensiones. Así la tensión, la escena se parecía más a la de un garage inmovilizado por  los terrores de un auto que a un auto encarcelado en un garage. Para colmo de males, el vegetal trepador había dejado expuestos varios bollos de su piel, cicatrices de antiguos choques que jamás terminaban de cerrar. Otras, rendidas ante el peso de la reclusión, pudieron desatar sus rugosidades y andaban con las ligaduras sueltas, en busca de un encuentro, de filiar con una ruta, de  enamorar una calle. Sin embargo, el rectángulo vicioso les pinchaba cualquier fantasía. Que con las cosas que pasan afuera, que vos viste cómo maneja la gente, que estacionar es una proeza, que el precio de la nafta, la contaminación ambiental, los combustibles tóxicos, la aceleración en el deshielo de los glaciares, la extinción de las ballenas… En eso andaba un día -meta pulir la queja, meta velar sus autopartes dislocadas, meta justificar su inmovilidad con retraimientos y vejeces prematuras- cuando escuchó una voz, detrás del portón de hierro: ¡Sacá el auto del garage! Era Miguel Benasayag, que por ahí pasaba. De pronto, la luz encandiló un espacio que frunció los ojos, después de tantos años de oscuridad. Algo rugió con la voz de ponerse en marcha. Y dijo:

 EL ÓRGANO INNOBLE

                                                           “Bendita seas, Virgen de la niebla que me arrinconas/ y como si mi cuerpo fuera un tajo en la hostia/me hincas nievemente de luz/ me dejas ciega/ haces de mi mudez de dromedario un breve trazo (o) un ideograma/ Y estallo en rosa en intemperie/ en palabra”

                                                                                                    Poema de Tina Elorriaga

Estuvimos hurgando por tus libros. Me llamó la atención, casi por un interés personal, lo que decís sobre que hay partes dislocadas y capturadas del cerebro. Partes que se usan hoy en día para la comunicación en internet y antes cumplían otras funciones. ¿Se pueden recuperar esas partes?

Mirá, respecto a las partes dislocadas hay dos cosas para decir. Una, relacionada al punto de vista neurofisiológico. Contrariamente a lo que uno piensa de una manera un poco inocente, cuando uno utiliza una máquina digital, no es que está uno y la máquina, sino que la máquina se conecta con segmentos del cerebro de uno. Pero eso hay que entenderlo de manera corriente: cuando  ves a alguien trabajar en la cadena de montaje, ¿te acordás de esa película de Chaplin “Tiempos modernos”?

Bueno, la cadena de montaje solicita un grupo de músculos, de huesos y sus articulaciones. El resto no está solicitado, incluso molesta si se manifiesta. En el caso de Chaplin, el tipo se pone a pensar o se rasca el culo y la máquina ignora eso, captura sólo una parte de ese cuerpo. En realidad, el “individuo unido” es un poco un mambo imaginario, porque siempre -o casi siempre- cuando uno habla, piensa, o actúa, no hay una unidad del individuo solicitada y comprometida con el movimiento. Ahora vuelvo a las partes dislocadas del cerebro. Lo que sucede con el cerebro y las máquinas digitales es que éstas no utilizan “el” cerebro, como unidad integrada con una máquina. La máquina captura ciertos sectores del cerebro, aísla otros y, por supuesto, atrofia a algunos a lo largo del tiempo. Si uno lo compara con Chaplin, allí se atrofian las partes no solicitadas del cuerpo y, en cuanto a las zonas dislocadas, sobre las que vos me preguntás, se arruinan zonas cerebrales. Cualquier persona puede pensar que un cuerpo que no se mueve se atrofia o que una persona que hace solamente un gesto puede después tener consecuencias en el esqueleto, pero la gente no piensa lo mismo acerca del cerebro. Hay una idea difusa, a la que muchos neurólogos adscriben, que es la de un cerebro integrado, tal como Occidente necesita pensarlo: el órgano noble que piensa y decide y qué sé yo. Pero, cuando uno, en neurofisiología, trabaja el modo en que el cerebro se comporta con la máquina, se da cuenta que la máquina captura ciertos segmentos y deja de lado otros. Entonces, ves que la unidad que permite que haya una identidad, en realidad, no está. Cualquier persona que trabaja en una oficina haciendo números al pedo o que está condenada a ser cajero en un supermercado sufre este tipo de cosas. La máquina digital, de forma súper acelerada y muy potente, modifica relaciones del pensamiento y de la percepción de una manera muy  fuerte, casi irreversible. O sea, no es que es la primera vez que esto sucede ni se trata tampoco de una cosa excepcional. Lo excepcional y lo original está dado por la potencia con que estas máquinas cumplen funciones que nosotros no cumplimos más. Ahí empieza el problema, cuando vos no podés más calcular, no podés más ubicarte en el espacio y en el tiempo, cuando no podés más tener un pensamiento reflexivo complejo, porque todos esos segmentos están capturados, dislocados y atrofiados.

 SOBREDOSIS DE DESCARTES

                                   “Ya ves el tren/ A qué velocidad/ Y con fantasmas

                                                      “Esto es así”, Javier Adúriz

Me quedé pensando en el tipo que trabaja como cajero. Como docente, a mis talleres de escritura,  se acerca gente que está nueve horas dale trabajar con el pensamiento lógico. Todo el tiempo, “causa-consecuencia”. Al ponerlos frente a un poema quizás pasan tres meses sin que suceda nada, pero después algo aparece. Entonces, mi idea es que las zonas dislocadas, en algunos casos, se pueden recuperar.

benasay1auto-138918_960_720Bueno, a veces sí y a veces no. He hecho trabajo terapéutico, de permitir que haya asociaciones y vi personas que lograron una aproximación permitiéndose perspectivas diferentes. En algunos casos, vos podés lograr eso. Ya el hecho de que esta gente venga a un taller de literatura implica que tenés una población no representativa. Uno de los puntos graves es que es muy difícil  pensar que la gente tiene sus capacidades de pensar, entre otras, dislocadas funcionalmente porque toda la Modernidad, las luces y el progresismo siempre han pensado que el cerebro estaba ahí. El problema era que la gente estaba diezmada y explotada pero, si uno explicaba las cosas bien, el otro entendería. Si se compara el funcionamiento del cerebro como órgano con el de cualquier otro órgano, se ve que eso no es cierto. Si le pedís  a una persona de cincuenta años, quien hace treinta que no tiene ninguna actividad física, que juegue al fútbol o al tenis, no puede, porque no están entrenados ni los músculos ni las articulaciones ni el corazón para eso. En cambio, nuestra sociedad siempre pensó, de modo muy cartesiano, escindiendo el cerebro del cuerpo, que todo el mundo podía entender un poema o un concepto de filosofía. Y la realidad, que es muy jodida, es que no. Porque depende del estado de cada quien.

Pensaba en la posibilidad de lo poético para recapturar estas zonas dislocadas. A toda esa gente muy cartesiana que vos nombrás, igual no se la ve muy feliz. Por ahí no sabe qué buscar, ni advierte que tiene un problema. Quizás suene ingenuo, pero uno podría ir a ofrecerles no escribir poemas, sino el pensamiento poético. La pregunta es si vos considerás que lo poético, venga de la pintura, de la poesía misma, de la escritura o de la vida, podría tener alguna función ahí.

Por empezar, cuando uno quiere reactivar estos circuitos, hay que entender lo siguiente: el pensamiento, contrariamente a lo que sostienen los positivistas, no son los circuitos neurales. Estos son la base material, pero el pensamiento es algo que “flota” arriba de ellos. Yo estudio lo neural. Lo neural existe, pero la mente no se puede reducir a eso. En ese sentido, si lo neural está arruinado y como la mente no es solamente lo neural, es posible, por una especie de articulación con otra gente y otras actividades, permitirle a alguien acceder a la poesía, aun si desde un punto de vista neural los circuitos necesarios están medio atrofiados. Tampoco quiero caer en la posición un poco ilusoria e idealista de que con la poesía uno puede ayudar a alguien a reactivar todo. La verdad es que no. Yo no trabajé con poesía, sería muy interesante. Trabajé con matemáticas y, a partir de determinado punto de atrofia -propio del 80% de la población-, alguien no puede entender cierto nivel de matemáticas. No puede porque no entiende más. Es como decirle a alguien de ochenta años o de noventa kilos “corré”. Yo me imagino que, en la poesía, esto no es tan radical, porque es algo que pasa por el cuerpo, que despierta imágenes y no solamente conceptos. Pienso que alguien puede efectivamente acceder a la poesía por otros medios, además de los circuitos neurales del cerebro. Me parece que, en la estructura sutil de un poema, hay algo que no está en las frases dichas, sino en ciertas consonancias, contrastes, ritmos, evocaciones apenas insinuadas, eso hace que la poesía no se pueda comparar con los estudios hechos a partir de las matemáticas. La poesía no implica solo lo racional.

CÓMO EXPLICAR QUE PARTIÓ DE MÍ UN BARCO LLEVÁNDOME (*)                    

                       “En todo caso, la Penélope de esos días ya no está, ella aparece sin cesar, como los desaparecidos, aparece en cualquier momento, no respeta nada”.                       

“La vida es una herida absurda”, Miguel Benasayag

La poesía es una conmoción del lenguaje que no viene exactamente a través de una traducción definida de algo. Yo lo vinculaba con algo que reivindicás muy claramente en una nota de Página/12 en la que hablás de la conciencia insustancial que cree en el enigma y no en el misterio. Relacioné la poesía con el misterio, con poder devolverle a alguien esa posibilidad de comprender que, para empezar, hay algo que no se va a resolver.

Sí. Es que la poesía no evoca un enigma como sí lo evocan, en general, las matemáticas. La poesía evoca un misterio: no es que la rosa tiene una espina, que la luna es linda o que yo quiero a mi novia. Lo que dice no está en el mensaje sino en una estructura que es vivencial, existencial y envuelve un montón de otras dimensiones. Entonces, para entrar en la poesía es mejor no estar sólo pensando. Bueno, hay una poesía racional como la de Borges y otros, donde hay un mensaje y algo para entender, pero mismo en esa poesía hay siempre un plus más allá. Absolutamente.

Pensaba en la relación de tu escritura con el lenguaje poético. En los libros tuyos que pudimos revisar -que no son todos-, cuando apelás al lenguaje poético está muy vinculado con los ausentes, ¿es arbitrario lo que estoy diciendo?

Fernando Maldonado - Surrealismo
Fernando Maldonado – Surrealismo

Por supuesto, sucede así con lo que no se puede evocar. En mi último trabajo, “la singularidad de lo vivo” -que aún no salió en Argentina y sigue un poco mis investigaciones sobre el cerebro-, intento definir de forma científica cuáles son las dimensiones de singularidad biológicas no reductibles a la máquina. Trato de demostrar por qué no es cierto que todo sea algorítmico. Uno de los elementos fundamentales en esta diferencia irreductible es justamente lo no representable algorítmicamente, matemáticamente. O sea que, desde el punto de vista científico y filosófico, la ausencia es fundamental para mí. No es lo que falta sino ese inefable que hace que el dicho pueda ser dicho.

BENEFICIOS COLATERALES

                        “Escribe mientras sea posible. Escribe cuando sea posible. Ama el silencio.”

                                   “Fragmentos fantásticos”, Miguel Ángel Bustos.

 ¿Y qué hacemos con la gente que no tiene el recurso del lenguaje poético, cómo llegar a ese punto del inefable si esta herramienta no existe y la otra -la de la comunicación- es limitada? ¿Se transforma eso en enfermedad?

Cadillac Art & Frame
Cadillac Art & Frame

Se transforma en una disminución del ser de la persona porque tiene menos vida. Pero es imposible tener un programa poético universal. ¿Cómo todo el mundo va a acceder a la poesía? En realidad, pienso que la función poética, la función investigadora, la función creadora como la función artística son siempre funciones de minorías que crean mundo. No creo que sea necesario ni posible que la mayoría acceda a la poesía, pero me parece que la poesía -como muchas otras cosas- es fundamental para que el mundo sea mundo y para que la vida no sea destruida. A la vez, no todos los seres humanos tendrán acceso a los elementos de producción, pero sí a un mundo donde la poesía existe, que es muy diferente a un mundo donde la poesía está atacada o desapareciendo. Entonces me parece que la cuestión “para todo el mundo”, la función democrática o socializante, no está en la producción, sino en las consecuencias sociales, ontológicas y culturales de vivir en un mundo donde la poesía tiene un lugar.

Eso en cuanto al poema. Ahora, si uno conversa un poco con la gente se da cuenta que la experiencia de lo poético como conmoción del lenguaje la tiene hasta el más aparato, sin saber que la está teniendo.

Sí, pero no sé si es universable. Creo que hay mucha gente que de manera diferente tiene acceso. Por ejemplo, el slam es una forma en que existen los juglares hoy en día, los trovadores. En mucha gente, una estrofa de un tango o de un rock desencadena esa vivencia profunda y de dimensiones complejas. Pero, si bien esa función como posibilidad está para todo el mundo, hay otra para la cual eso está cerrado. Lo fundamental es que, aun si la gente no puede producir o no puede sentir la poesía, igual se beneficia de un mundo donde existe la poesía. Creo que ahí es donde está el lado democrático o socializante. Por ejemplo, a la música experimental, electroacústica, o la música concreta, músicas muy dificilongas, hay muy poca gente que tiene un acceso sincero. Claro que hay un montón que van, escuchan ruido y ponen cara de inteligentes. Pero, el hecho de que esta actividad exista -esta actividad de margen, de exploración, que va a transgredir lo legal para ir hacia lo legítimo- esta actividad cambia el mundo, mismo si la mayoría de la gente no tiene acceso a ella. Las actividades libertarias y de exploración cambian el mundo sólo por estar.

GARAGE CERRADO, MUNDO DISMINUIDO                              

“¿Pongámonos bien la vida/ que nos pusimos del revés?/ En vez de alimentar historias de plomo/ digamos cosas fáciles./ En vez de hacer de perro del hortelano,/ o llorar a la luna porque no nos quieren,/ echemos pájaros en el jardín de las preciosidades./ Probemos saludar a desconocidos/ a ver si aparece el amor,/ pues qué delgado está el mundo,/ qué pálido, y necesita apoyo./ Aventa una palabra uno y afecta al tiempo futuro;/ por eso hay que hablar con cuidado/ y sonreír más./ Pongámonos bien la vida a ver qué pasa

“A otra cosa”, Jorge Leónidas Escudero

¿Cómo se afecta, ante la presencia de esas disciplinas, la noción de intimidad o la creencia en la intimidad? En “La vida es una herida absurda” decís “Nunca fui de escribir diarios íntimos”. ¿A quién, supuestamente, se dirigirían esos escritos íntimos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de intimidad?

Jacek Yerka - Ataque al amanecer
Jacek Yerka – Ataque al amanecer

Creo en dos tipos de intimidades. Una es cerrada, la del ombligo por decirlo así, donde uno está contando pequeños secretitos y que, en general, a pesar de lo que uno quiere, caen en la banalidad total. Y hay otra intimidad, donde uno explorándose, explora el mundo. En ese sentido, como laburo, yo sigo trabajando en psiquiatría y psicoanálisis e inclusive soy formador. No me apasiona para nada, pero lo hago. El otro día les decía a unos colegas -no les gustó ni un poco- que tengo una visión como de pedicuro del psicoanálisis.  En realidad, en el psicoanálisis hay esa cosa de creer que eso que te pasa te pasa a vos y que el otro entiende lo que te pasa a vos…. Mientras que uno esté en eso está totalmente perdido.

Como una noción de propiedad de la intimidad.

Claro, de propiedad, de extrema singularidad individual. En cambio, la apertura es cuando lo íntimo no es más yo, yo y yo. Podés decir “cosas pasan en la vida”. Yo trabajo en Milán, en una escuela de psicoterapia para formar analistas. En ese sentido, les decía a los colegas: “En realidad, aunque a ustedes les parezca mentira, a mí me parece que cada uno (psicológicamente, con su pareja, con uno mismo) se las arregla como puede”. Creo que no hay que perder demasiado tiempo tratando de arreglar el bocho, porque es un poco estúpido hacerlo. Es como que alguien se la pase arreglando un coche bárbaro en el garage. Se trata, en realidad, de agarrar tu coche y salir a ver qué pasa. Es ahí donde está la ética de Spinoza cuando dice “Nunca se sabe lo que un cuerpo puede”. Mientras que el coche está en el garage vos querés saber qué puede el cuerpo. Lo protegés, especulás sobre posibles daños. Este ejemplo del garaje puede compararse con ir al analista y hablarle de vos, y de vos, y de vos… Viste que a los analistas les encanta el poder,  adoran el poder, sobre todo, cuando se trata de un poder muy abusivo, porque en principio saben sobre vos, sobre cómo tendría que ser tu pareja, sobre todo. Son gente medio chota, ¿viste? Entonces hay un momento vinculado con la poesía, con el arte, con un compromiso libertario, con el amor, que es: mirá, vos sacá el coche del garage y andá y ya verás lo que pasa. Es decir, abandonar esa falsa intimidad, que es la intimidad psicológica. Asumir un punto de vista sobre el mundo, no sobre tu ombligo.

¿Esas son las experiencias que llevan a lo que nombrás como “pensamiento múltiple”?

Claro.

DEUS EX MACHINA

Para usted que está desesperado/ que ya no puede más/ y quiere sacar el alma por la boca/ hay una simple ordenanza/ que señala: / el piso tiene que estar limpio para caerse muerto.”          

                                                             “Prohibido escupir en el suelo”, Roberto Santoro

¿Cómo se enseña a la gente a pensar de esa manera después de tantos servicios militares que te obligan a deducir que vos podés saber qué puede hacer el auto cuando está en el garage?

bensasy36736144043_aa6ce1ff0e_bEs muy complicado porque todo en esta época va en el sentido de no sacar el auto del garage, de tener miedo, del sentimiento de inseguridad, de vivir una vida virtual en las redes y de no meter el cuerpo. Entonces, realmente es una especie de trabajo de resistencia en todos los sentidos, porque hay que atenerse a la tendencia dominante que dice, “sobre todo, no se mueva, quédese delante de su pantalla y viva una vida virtual”. Hoy en día, poner el cuerpo, desplazarse, experimentar cosas, está identificado con algo negativo, patológico y peligroso. Es terrorista, directamente. Entonces, en todas las actividades artísticas, científicas, amorosas, se trata de recrear una estética y una práctica de los cuerpos que están ahí, que nunca serán como los modelos digitales, serán cuerpos con sus lados chotos, con sus fallas, con sus lados que no funcionan, con todo eso que es la vida. Es una lucha terrible porque todo va en el sentido de “no se mueva más y controle sistemáticamente si todo está bien en el coche.”

Pensaba que, quizás, por esa tendencia a despreciar los cuerpos, a los fascistas les molestan tanto las multitudes en las plazas.

Claro. Todas las democracias actuales -porque estamos en la época de la post democracia-, son  democracias formales, queda como un gruyere democrático, adentro es puro agujeros. Efectivamente, los cuerpos molestan. Todos: los Macri, los Macrón, los nuevos tipos de gestores de la post democracia, dicen que la democracia no es algo que pase en las calles. Los que están en la calle son terroristas y pueden morir. Como dijo la Bullrich: “Si uno va a una manifestación, esa manifestación está prohibida y lo matan o lo cagan a palos, bueno…”. Esta amenaza es muy generalizada porque tiene que ver con un “retirá tu cuerpo” y el problema es que la vida es puro cuerpo. El pensamiento es simplemente una producción del  cuerpo. Y la poesía es poesía porque es cuerpo. Hay software que trata de crear poesía. Pero, claro, esa poesía creada así es una mierda, un simulacro con el que  tratan de colonizar inclusive el arte, como diciéndote: “dese usted cuenta, todo es mejor que un cuerpo”. Algo como lo que plantea el libro de la Sibilia, “El hombre postorgánico”, un proyecto muy decepcionante, llevar una vida postorgánica. De eso hablan los transhumanistas: que la vida no sea más la materia. Que uno pueda vivir en la silicona, en los algoritmos.

DESMARQUE SUJETO Y PREDICADO

Siempre quise ser boxeador/ hacer piruetas con un pantalón blanco/ y botas rojas/ Saltar con la cuerda/ hacer punching-ball con un racimo de laureles/ Pero la vida nos depara destinos menos aventureros/ estrategias de saco y corbata/ planes financieros/ calculadoras con ponzoña/ o pájaros sin alas/ Para que canten mejor”.

                                                      “Boxeo”, Néstor Ponce

Tenemos como tema en este número:“Reflexiones acerca de la miseria”, ¿quién es un miserable para vos?

Arman - Exp Centro Pompidou
Arman – Exp Centro Pompidou

Alguien que rompe todos los lazos que tiene o los utiliza para su yo. Una especie de predador fatal: soy yo, yo gozo. Después de yo, el diluvio. Es el modelo de lo que debe ser un ser humano. Nuestro mundo hoy nos propone ser soretes, individuos aislados que tienen relaciones contractuales con los otros. Eso se ve en la dificultad para formar pareja, en la dificultad  en las relaciones con los hijos, con los padres, con la sociedad y con el medio ambiente. Es un mundo en el cual nos proponen gozar como puercos cagándonos en todo. Las mismas posiciones transhumanistas plantean un “Viva sin límites. Viva sin morirse”, ¿pero, quién? Usted. Y un miserable es alguien que asimila la vida a él. Y, en realidad, la vida es algo de lo que uno participa y deberíamos comportarnos según se lee en las puertas de  los baños: “Trate de dejar este lugar tan limpio como lo encontró.”

Decías que el miserable rompe las ligaduras con el otro. Pensaba que también están los que establecen ligaduras tramposas. Decías algo de eso en “La fabricación de la información”, el libro que escribiste con Florence Aubenas: “Función fundamental de la prensa: evocar las ligaduras, las articulaciones, las casualidades, entre cosas que no las tienen forzosamente”. 

Lo que pasa es que las ligaduras no son algo que uno decida. La postmodernidad te propone crear lazos. Tenés ochenta mil amigos en Facebook y eso es pura paja porque, en realidad, nadie decide sobre esas ligaduras sino que ellas te componen, son a pesar tuyo y por eso es importante re-amigarse con el concepto de destino. Darse cuenta que uno no es un individuo aislado en un supermercado donde elige la vida y las ligaduras que va a tener. Uno es en ligaduras y tiene que asumir aquellas que se le dieron.

Formar cuerpo con lo que se te cruce.

Y con vos. El filósofo Leibnitz decía: El predicado pertenece al sujeto. Uno puede imaginarse un mundo donde Adán no haya pecado, pero no es posible en la realidad. Quiere decir que hay un determinismo que no se opone a la libertad, al contrario: es solamente asumiendo tus determinaciones que algo de la potencia, de la libertad y de la felicidad puede existir. El sorete es quien  pretende que se puede cagar en todos los predicados, en todos los lazos. Vivirá feliz su vida, pero será una vida muy chiquita.

TE ESCUCHO SIN OÍR

¿No eran ustedes las hojas de todos los árboles?, lentamente volvían, ¿su esperar paciente en todas las caras? ¿No eran ustedes las hojas caídas de todos los árboles?/ ¿Eran ustedes casi todos los árboles, las hojas nuevas, hojas cayéndose, caídas, el madurar verde?/ Espejo de estar por quedarte dormido. Pasa lo que no pasa. Transcurre lo que no pasa, pasa el agua, pasan las aguas de nuevos ríos. En espera siempre de lo mismo: desaparecerle al día/ Cosas que no oscurecen las estaciones.”

                                                               Arnaldo Calveyra

En medio de esto, ¿en qué lugar queda ese que llamás “militonto”?

Los militontos son un horror. Son todas estas gentes que saben cómo el mundo debe ser, que saben por dónde pasa la libertad, que tienen un programa en la cabeza y en el diario de su partido y que saben cómo se fabrica la máquina de crear felicidad. Como decía aquel poema de Pessoa:

Hablas de civilización, y de que no debe ser, o de que no debe ser así. Dices que todos sufren, o la mayoría de todos, con las cosas humanas por estar tal como están. Dices que si fueran diferentes sufriríamos menos. Dices que si fueran como tú quieres sería mejor. Te escucho sin oír. ¿Para qué habría de querer oír? Por oírte a ti nada sabría. Si las cosas fuesen diferentes, serían diferentes: esto es todo. Si las cosas fuesen como tú quieres, serían sólo como tú quieres. ¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida queriendo inventar la máquina de hacer felicidad! Fernando Pessoa, traducción: José Antonio Llardent)

Mirá, yo reivindico absolutamente todo lo que hice y sigo militando. Pero está toda esa basura que uno tuvo que aguantar como militante y también esta especie de horror de comisarios políticos de mierda que sabían a dónde y por dónde había que ir. Esos  que, en nombre del bien, podían hacer el mal. Eso horrible es el militante triste: el militonto. En Argentina hay muchos. En apariencia pelean contra el mismo mundo contra el que  pelea uno, pero no  buscan el mismo mundo.

Te lo planteaba para distinguir esa certeza sobre el futuro que ellos tienen con lo que vos decías del destino.

Por supuesto. El militante triste es el tipo que cree saber por dónde hay que pasar y de qué está hecho el futuro y que, sistemáticamente, cuando gana, se vuelve represor, tirano, adulador del tirano.

¿Esa adherencia al futuro no los vuelve como melancólicos al revés?

Sí. Aunque serían melancólicos si fueran un poco menos mierda, pero en realidad son dogmáticos, fanáticos convencidos de que tienen la verdad. Y como, encima, dicen que luchan por el bien y contra el mal, todos  les es  permitido.

AVES MIGRATORIAS

                                   “Antes de detenerse/ en algún sitio último que la consagre/ Todo Pensamiento emite un Golpe de Dados”   

                                               “Un golpe de dados no abolirá el azar”. Stephan Mallarmé

 O sea que ese destino del que vos hablás es más una dirección que una meta.

bensayag9andoned-placesClaro, la figura con la que yo pienso el destino es muy diferente a la de fatalidad. Vos tomá un ave migratoria. El ave es migratoria, está en su destino, pero después tiene que poder migrar. Después está la vida: si migra, si no migra, cómo migra, si se desvía. Todos tenemos nuestros destinos, pero esos destinos no son la fatalidad. El destino es lo que tenés que asumir, hay que tomarlo de una manera básica: vos tenés hijos, no podés decir como algunos pequeño-burgueses “Ay, pero yo tengo mi vida, que el chico se arregle” No, vos tenés tu vida y acá tenés tu hijo. Esas cosas estúpidas de “estoy yo y el mundo es mi decorado” No. Cuando yo entré al ERP, tocaba la batería en un grupo hippie. Pero no podía seguir tocando la batería en un grupo hippie mientras mataban a todo el mundo. El destino era decir “bueno, yo estoy por la libertad, yo necesito la libertad. A los hippies los cagan a palos., acá hay que migrar.” Y migrar significaba asumir la lucha. No digo que la única vía era la del ERP, digo que había muchas vías pero, dentro de esta batería de posibilidades, uno no podía ser libre dándole la espalda al destino común que era resistir.

¿Tiene que ver con lo que hablás de “la ola”, en “La vida es una herida absurda: “¿Cómo este personaje ha hecho esto o aquello?…, participaron de una ola, de un agenciamiento múltiple colectivo, más que humano, olas de las que también participan, las montañas, los ríos, la naturaleza”.

La ola es una cosa cómica que me pasó a la vuelta de la democracia. Yo volví a Argentina con Alfonsín. Nos habían pedido a los que estábamos en “la pesada del rocanrol” que no volviéramos inmediatamente. Algunos obedecimos. Yo esperé, no quería ser un elemento perturbador. No sé si Alfonsín tenía razón o no, pero así hice. Cuando volví, encontré a un montón de compañeros que habían tenido responsabilidades de putísima madre en el PRT-ERP, en Montoneros, con gente que me hizo preguntar “cómo puede ser que este pescado haya decidido esto y lo otro, que haya sido mi dirigente”. Ahí me di cuenta que, en cada época, hay como un ola que te lleva, que hace que individuos que tienen mil defectos participen en cosas enormes. Pero, cuando la ola se retira, esos tipos quedan en pelotas, con la panza y el culo caídos. Sin embargo, uno tiene que darse cuenta de que no hubo mentira ni engaño, sino que los pequeños individuos que nosotros somos, al participar en la ola, participamos en algo que nos superaba. Luego, lo que ya no es cómico, sino tristísimo, es que la gente que participó de la ola se queda toda su puta vida tratando de entender cómo fue que él mismo participó. El individuo, como tal, no está a la altura de las gestas de las que formó parte. Yo daba un ejemplo con los Rolling Stones. Ellos vienen de vez en cuando a tocar a París, cuando necesitan guita para pagar los impuestos o qué sé yo. Es una lágrima total. Porque Mick Jagger es Mick Jagger, ellos tocan las mismas canciones, pero no pasa nada. Para que los Stones sean los Stones, hace falta la guerra de Vietnam, hacen falta los hippies, hace falta la ola. Entonces es patético cuando alguien que participó en una ola importante y esa ola no está más, trata de ser él la ola. Una vez vi a esta porquería de Firmenich hablar frente a una cámara. Él pretendía hablar como el “Comandante Firmenich” y lo que aparecía era un gordito que se cagaba en la vida de sus compañeros, que no se daba cuenta de que estaba en bolas porque la ola no estaba más. No advertía que él había sido ese Firmenich porque había habido una ola mundial y que entonces ya no, entonces él era un gordito medio cínico que hablaba de la muerte de sus compañeros sin ningún respeto. Para la gente de mi generación, para quienes participamos de esa ola, es muy importante tratar de ver quiénes somos ahora. Porque si no, pasa lo que pasa en Argentina, que hay un montón de ex combatientes militantes que tienen que ser tratados como héroes o como estatuas y aplastan a los jóvenes diciéndoles “Yo estuve en esto”. Habrás estado en esto, pero el pasado no te pertenece.

EL ECO DE ESTE INSTANTE

La vida es prosa/ coagulada en barro,/ en piel, / en rojo tumefacto. / La vida es esta cosa doméstica/ que manoseo todos los días/ con indiferencia,/ con la pasividad de un ave de corral,sin sueños. / La vida no tiene ese color/ que se presiente de lejos, / nos hipnotiza/ con su arco iris/ de impúdica esperanza. / ¿Y después, después qué?/ Pero ahora pienso/ en la vida. / Esa prostituta.”

                                                      “Ahora”, Susana Thenon

Vos reivindicás esos ecos de las capas profundas, que hacen o forman parte de vos: Cuando algo en lo que hemos participado (…) pasa a ser parte de las próximas épocas y situaciones, algo se queda, algo se queja, es la profundidad en las capas de las época que hace que algo que tuvo que ver con ellas se transmita, (…) continúe significando, resonando”

Chatillon Car Gravetard
Chatillon Car Gravetard

Sí, forman parte de uno mientras uno no quiera apropiarse. Aquí, en Francia, a veces a la gente le extraña que yo tenga tres doctorados, sea profesor y qué sé yo, pero que siempre diga: los que más me formaron fueron los años de cárcel, la lucha y la tortura. Digo eso. Pero si tratara de apropiarme de ese pasado como si  fuera algo que me pertenece, caería en lo patético. Eso te forma mientras está ahí en el fondo y te da una perspectiva y una forma de ser, pero vos no sos eso.

Te dejaría sin presente, como si lo mejor de vos ya hubiera pasado.

Claro. Todos estos chotos que andan ahí hablando del pasado, pretenden que la gente los perciba como si siempre estuvieran atacando cuarteles y luchando contra los malos.

En ese sentido. se parecen mucho a los milicos.

Exacto. Lo cual es terrible. Cuando veo a los viejos militantes con las viejas categorías, a la espera de que el comunismo gane, de que reventemos a los malos, me parece oír a esos viejos nazis de Bariloche que, escondidos en el sótano, cantan canciones nazis… Patético.

El predicado pertenece al sujeto. Vos decís, muy spinoziano, que la eternidad se da entre dos minutos ¿podés citar alguna experiencia cotidiana de eso?

Sí. Es muy fácil. El todo no es la suma de partes, sino que existe en cada parte. Cuando estás amándote con alguien, el amor es el todo en ese momento. No es ni la suma de toda la gente que se ama ni la de tus experiencias. El todo, lo que Spinoza nombra la eternidad, no es la suma de los tiempos, sino lo que existe concretamente en cada momento donde esa intensidad se da.

LA YAPA

Mirá, te hago un chimento como epílogo: hoy, en Página 12, en la portada, está la foto del militante triste tonto oligofrénico, el enamorado del poder mas arquetípico. Hay muchos, pero él se gana el premio; Bernard Casen, quien ha roto el no global mouvement por amor del poder y del orden.

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https://www.pagina12.com.ar/81881-es-un-hecho-inedito-y-muy-grave

(*) Poema de Alejandra Pizarnik




EL ROSTRO DEL VACÍO

Reflexiones acerca la miseria: sobre  la muerte que ronda lo cotidiano.
Carlos Coll

EL ABANDONO

Caminar por Marrakesh resulta una aventura. Ciudad extraña, si las hay. Exótica, bella, desconcertante. Es la que le da el signo distintivo a Marruecos: color terracota, calor sofocante, el sol te perfora. La cabeza parece estallar. Ahora entiendo el porqué de las túnicas y los turbantes. Son herramientas protectoras. Andar sobre los camellos parsimoniosos tranquiliza apenas, es un modo de acunar el paso, mientras la cabeza se menea al compás.

Multitud

Y si de compás hablamos, mientras tu andar avanza, de pronto, un sonido antecede a las plegarias hacia La Meca. Las calles concurridas empujan por la feria repleta de sangre movediza. Ofrecen desde vasijas decoradas, fotos con serpientes tentadoras hasta esencias aromáticas y ropas polvorientas. En un momento es necesario huir del ataque de los comerciantes quienes, despiadados, te anestesian con sus ofertas hasta cubrirte con sus petates. Es difícil escapar.

Una vez a salvo, las calles se angostan. Mi tablet estalla en cada foto.

Súbitamente, la descubro y me detengo.

Ausencia

Está allí, en el cantero, en medio de la vereda, desde  donde emerge ese tronco raído de un árbol inexistente. Es una dentadura postiza que mordisquea rítmicamente el pasto reseco. Amarillenta, abandonada, muestra la ausencia de su antiguo dueño.

LOS RESPALDOS

La acción se despliega desde un abrir la puerta y ser recibido por ese olor a vacío, hasta meter las manos en la oscuridad de un ropero. Los colores varían de los pasteles opacos hasta el rojo y el azul de los respaldos, en las camas de la adolescencia. En un súbito sube y baja, las cortinas caen y levantan el polvo de los recuerdos. Es entonces cuando la ventana deja asomar algún tenue rayo de luz. Empezamos a ver. Somos los dos sin atrevernos a acomodar los restos en las cajas ordenadas sobre el piso vacío del comedor. Debemos despojar los restos sin vida de una casa.

Vacío

La mesa y las sillas ya no están. Han ocupado nuevos espacios recién nacidos. Lucen diferentes, ¿cómo decirlo?, renovadas, con otro olor, con otro aspecto, pero con la misma esencia.

Las camas fueron regaladas. Alguien les sacude las sombras y las acostumbra a nuevas siluetas.

Los colchones han sucumbido en algún basural.

Solo nos quedan los placares. Lo más difícil. Allí aparecerán los fantasmas.

Estamos solos los dos: ella y yo. El resto de parientes no vino. No se atreven a enfrentar la casa, a despojarla de los últimos vestigios de pasado. No importa. Las cajas se van llenando de soldaditos, proyectores de cine, películas gastadas, fotos, mechones de pelos envejecidos, dientes de leche pequeños, amor. Las levantamos con cuidado, para no contaminarlas. Se tienen que mantener intactas, no deben morir.

Sonreímos satisfechos cuando las dejamos en el baúl del auto. El resto, sobre el piso, acompaña al vacío. Terminamos. Ya nos podemos ir. Cierro la puerta. La casa ha desaparecido.

Dylan Thomas – Do not go gentle into that good night (en la voz del autor, sub. español)

LA ANSIEDAD

Corremos arrastrados por las urgencias ¿Urgencias de verdad? Me lo pregunto cada vez más a menudo. Responder un WhatsApp de inmediato. No sea que el otro piense que no lo/a tengo presente. Me angustio demasiado si no lo hago. Cumplir con la tarea de la semana, sea como sea. No dormiré hasta finalizar el deber. Y, cuando termine, sentiré un leve alivio, solo por haber cumplido. No importan el contenido ni la forma.

Es imperioso “hacer”, sí, hacer todo el tiempo. Si la máquina se para, se empastan los engranajes y dejan de funcionar. (Pero si  la máquina no para nunca, ¿no dejará de funcionar, de todos modos?). Correr en la cinta, pedalear desesperado. Apurarse en la ducha, llegar al banco. Comer. Descansar algo para poder seguir por la tarde. Todo tiene que estar en su lugar y en orden. Si las cosas las tenemos que hacer dos veces, se pierde tiempo y eso escasea, es lo que más escasea. El reloj se puso en marcha al nacer y debe funcionar ininterrumpidamente hasta el final. Hacer, hacer, eso es el secreto de la vida: accionar.

¿Es así?, ¿no será necesario bajar la velocidad de las agujas o, incluso, detenerlas algún instante para respirar, para observar, para disfrutar?

Pinté un cuadro grande. Lleno de pequeños cuadraditos de colores diferentes. Con espátula. Ninguno es del mismo color que el otro. Me obligué a dedicarle mucho tiempo, meses. Le puse un reloj que marca la hora en que nací. Se detuvo, originario y raigal, allí. Lo tengo colgado en el comedor. Me detengo mucho a observarlo. Siempre descubro una emoción diferente cuando lo miro.

"La paciencia", Carlos Coll
“La paciencia”, Carlos Coll

 

ACOMPAÑAR AL VACÍO

Pobreza es aquel lugar donde uno debe sobre-intervenir cada vez, para poder resolver. Por una especie de ADN colectivo, herencia cultural o determinación familiar- social, se ha incorporado en nosotros algo que va contra nuestro propio deseo. La necesidad que “eso” tiene de chuparnos, de parasitarnos, es muy fuerte. Y, entonces, debemos trabajar y atender el doble o el triple para no caer en la trampa. Como el alcohólico, que no puede tomar medio vaso de vino, pues  sabe que aquello que para otros es un brindis, para él puede ser el final. En un punto, es como si fuésemos adictos a nuestro progreso.

Para sobre- intervenir, algunos tienen un álbum de fotos que restituye la vida a la medida de ciertas prioridades. Para mí, esa vara está en aquello que me enfrenta con la mortalidad. Estás corriendo como un pelotudo, vas al banco, cumplís con un montón de deberes, pero un día viste una dentadura postiza, a la que le faltaba toda a cabeza y todo el hombre tirado en la calle. Y entonces te reflejaste en el espejo, cara a cara con tu propia muerte. Pero un día entraste a la pieza de tus padres y te dijiste, ¿cómo es posible que yo también me vaya a morir y mis padres no estén ese día? ¿Estuvieron allí cuando naciste y  no van a estar cuando morís? La habitación estaba vacía, completamente vacía. Y el vacío tenía un rostro inconfundible.

Por eso, el álbum de fotos de la mortalidad se me impone en medio de la urgencia y me saca de mi propia miseria. Me restituye- o debería restituirme- a una cierta mesura entre el deber y la vida. Si la vida se vuelve todo deber es una especie de complacencia absoluta a la muerte.

Y esa dentadura me gritaba:

– “Guarda, yo fui uno de esos”.

Y esa habitación vacía también gritaba:

-“Guarda, que esto termina así”.

Siempre termina mal. El punto es cómo llegamos hasta ahí. Si vamos a ir con el deber o si vamos a tender al álbum de fotos a mano, como un Gps para esquivar las trampas de todas las miserias cotidianas.




¡ABAJO EL ESTRADO!

Reflexiones acerca de la miseria: Entrevista a  Carlos Rozanski.

Entrevista: Isabel D´Amico, Noemí B. Pomi, Gabriela Stoppelman
Edición: Gabriela Stoppelman
Fotografía: Ana Blayer

 “Pero una vez la circunferencia violentó su ritmo. Se detuvo más tiempo que de costumbre: quedó parada con el perfil hacia mí y el frente hacia la línea infinita. Parecía observar en el sentido opuesto de su camino. Pasó mucho tiempo sin ver nada a lo largo de la línea infinita. Pero la intuición de la circunferencia no erró: de pronto, con otro ritmo violento, de andar brusco, de lados grandes, se acercaba un vigoroso triángulo. La circunferencia giró sobre uno de sus puntos y los demás volvieron a coincidir con los de la horizontal en el mismo sentido de antes.”

“Genealogía”, Felisberto Hernández


Cuenta un viejo relato que, al comienzo de todas las formas, las horizontales y las verticales se llevaban muy bien. La cosa era tan amable, que hasta solían intercambiar roles, para no privar a unas de la altura y a las otras, de los placeres del llano. No es que no hubiera conflictos: un mundo comenzado con explosiones, no podía estar exento de roces y conflictos. Y si alguna de las líneas  prefería el relato del jardín, la manzana y la serpiente, tampoco para ella el devenir sucedía sin rasgaduras. Cuando en las intersecciones no se producía un encuentro y en las curvas se exageraba algún desvío, las cuestiones se dirimían con la misma potencia del error, vuelto del lado del revés.  Disputas, enojos y romances movían el Universo. Pero, más allá de acuerdos y disidencias, todas las líneas se orientaban hacia la fuerza del horizonte. Allí, se concentraba una conmoción de luz y de oscuridad, que renovaba y hacía plástica la gramática de los vectores. El movimiento marchaba rico y diverso, hasta que llegaron el círculo y el cuadrado. Al principio no fue fácil identificar el cambio de rumbo que implicó la aparición de ese linaje. El círculo  había nacido del fondo de una mirada cerrada sobre sí, desprovista de todo horizonte. Y el cuadrado, de una rigidez en el alma de una línea, incapaz de respirar más allá de la simetría y la identidad de las cifras. Poco tiempo transcurrió hasta que ambas figuras se apoderaron de lo alto. El llano susurraba suspicacias y sospechas. Lejos, en esa cima sin indecibles, en ese pico sin raíces y sobre un estrado, ostentaban su codicia las dos figuras secas y prepotentes. Una decía que su llegada impartiría justicia desde una perspectiva objetiva, sin mezclarse con el barro. La otra intentaba superponerse a la primera, pero siempre le sobraban vértices y la cosa terminaba con una repetida oscuridad de eclipse. Como el estrado flotaba sin raigambre en las horizontales, un día, su material férreo comenzó a resquebrajarse. Lo advirtieron unas pocas horizontales quienes, rápidamente, hicieron correr la voz. El eco se multiplicó en los rincones de las historia. Y aún hoy circula en las esquinas donde las miradas persisten en el horizonte.  En uno de esos recodos, encontramos a Carlos Rozanski. Y conversamos así.

Honoré Daumier
Honoré Daumier


ILUMINADO EN VUELO

 “el silencio es luz/el canto sabio de la desdicha/emana tiempo primitivo/buscaba la      piedra no el pan/un himno inocente no las maldiciones/el conocimiento de mis nombres”

                                                                                 “El silencio es luz”, Alejandra Pizarnik

El libro acerca del abuso infantil lo estoy actualizando. El que les pasé es de 2003. Ahí hay muchas cosas que superan la ficción.

Como el caso del médico que citás: “Resulta ilustrativo el caso de una señora que en consulta al pediatra de sus hijos le comunicó su preocupación porque los niños habían hecho comentarios de presuntos abusos sexuales por parte de su padre biológico – separado de la madre-. El médico le indicó que no les creyera a los niños y le recomendó que “les hiciera practicar deportes…”

Sí. Y ese médico después se arrepintió cuando declaró.

“Varios años después, luego de numerosas pericias, se determinó que, en efecto, los niños habían sido abusados por su padre y el hombre fue encausado por corrupción de menores. En el juicio, el pediatra ratificó el testimonio de la madre y explicó que “como pediatra no se involucró en el tema del abuso por considerarlo inverosímil dedicándose exclusivamente a cuidar la salud orgánica de los niños” (SIC). Ante los jueces agregó que “se arrepentía de esa actitud”. Esto se vincula con una pregunta que queríamos hacerte, sobre la actitud corporativa de todos los que rodean el tema abuso

Honoré Daumier
Honoré Daumier

Bueno, pensá lo siguiente: Yo ejercí la profesión diez años quejándome del sistema, viendo los errores, los horrores, la maldad. De golpe, gané un concurso en Río Negro y pasé a ser juez de Cámara directamente,  no hice carrera judicial. Y eso influyó mucho porque, de repente, estuve en un puesto de decisión de una Cámara de juicios y de apelaciones. Ahí comprobé todo lo que sospechaba cuando ejercía como abogado: la maldad de la corporación. El libro, y todo lo que a mí me pasó, tiene que ver con aquel juicio en El Bolsón, el caso de una niña con retraso mental a la que un individuo le metió un palo por la vagina y después la penetró. Uno de los jueces le preguntó a la niña si no le había gustado y le habían dado ganas de tocarle ahí abajo. A partir de ahí comprobé que era todo un desastre. Denuncié al juez; no le hicieron nada pero eso motivó la ley que se aprobó en ese momento. Se modificó todo un modelo a partir de ese episodio. Incluso, a partir de ahí, Argentina fue el único país del mundo en que se prohibió a los jueces interrogar a un chico. Cuando se logra modificar un modelo que viene de siglos quiere decir, primero, que la motivación es enorme. Cuando hice la denuncia contra el juez – al día siguiente- se enteraron en Buenos Aires. Picheto, el diputado por Río Negro que ahora es senador y en ese entonces era diputado y no era lo que es ahora, le había contado a una diputada este asunto y ella me llamó, aunque el tema no era nacional sino provincial. Entonces, cuando me llamó, le pregunté si yo podía viajar. Viajé, se reunieron todas las comisiones y me pidieron que contara qué había pasado. Se los conté. Estaban Alfredo Bravo, Nilda Garré, diputados de distintos partidos. En el viaje de vuelta a Bariloche, algo no me cerraba en la cabeza sobre lo que había sucedido en el juicio. Lo raro no era que había un tipo perverso, porque a eso ya estaba acostumbrado. Lo que me hacía ruido era que esa nena no debió haber estado sentada en las sala de juicios. Cuando descubrí eso, vi qué era necesario  cambiar. Estuve cinco años para redactar siete hojas, esa es la letra de la ley. Tardar cinco años para escribir siete hojas requiere de una buena razón. Y es que cuidé bien las palabras, cada una, para que ni diputados ni senadores pudieran objetarla, porque siempre le buscan una vuelta. Acá no pasó.

Honoré Daumier
Honoré Daumier


PUÑALES JUDICIALES

 

                                               Tú que te inclinas en la cruz y el altar/acuérdate de mí y
apiádate de Aquel/que mi carne y mi sangre tomó por armadura/y llegó a traicionar el
vientre de mi madre.”

                                               “Antes que llamara y la carne me abriese”, Dylan Thomas


Hablás de objetar o reinterpretar usando esa típica ingeniería de los legisladores… 

El ejemplo más dramático, histórico además, de lo que decís ocurre cuando se reforma el Código Penal y se cambia el Título de “Delitos contra la Honestidad” por el de “Delitos contra la Integridad Sexual”. Marcela Rodríguez, una diputada, en aquel entonces asesora de Elisa Carrió, era una de las que manejaba esa cuestión. Ella es abogada y feminista, sumamente luchadora. Me llamó a Bariloche para ver si yo podía apoyar esa reforma en Diputados. Me mandó el proyecto y me pareció fantástico. Viajé a Buenos Aires para apoyar la reforma y, cuando estaba por entrar, Marcela Rodríguez me da los papeles y me dice que hubo un agregado al proyecto original: “No hubo más remedio”, etcétera. Era el “Avenimiento”, la figura que dice que, en todos los casos de delitos sexuales si hay un avenimiento entre la víctima y el victimario, este se queda sin causa, es decir, sin proceso y sin antecedentes. Un retroceso terrible. Ella me aclaró  que sin eso, la ley no salía. Salió pues, en Diputados, con esa figura agregada. Pero con ella y con Silvia Shejter que es feminista también, armamos un dossier muy bien editado y se lo entregamos a cada senador para que el Senado eliminara el avenimiento. Era el año 1994, imaginate. Y pasaron los años. Nosotros dijimos que iba a morir gente por esa figura. Recién en 2012 se derogó el avenimiento y fue a raíz de la muerte Carla Figueroa, una chica de 17 años, de La Pampa, violada a punta de cuchillo, al lado de la ruta. Poco tiempo después, el juzgado autorizó a que se case con su violador. El tipo, pocas semanas después, la mató de catorce puñaladas. Este año, respecto de otro femicidio, escribí un artículo para Página 12 que se llamó “16 puñaladas”. La mujer había sido asesinada de 15 puñaladas y señalé en el artículo que la número 16 “no partió del cuchillo de su marido, sino de la desidia y la irresponsabilidad de un sector de la administración del Estado”.

https://www.pagina12.com.ar/16466-16-punaladas

Pensaba en cómo todos los operadores que funcionan alrededor de estos delitos de abuso son  gente formada, como nosotros, en nuestra cultura de la especialización. ¿Cómo se hace, entonces, para abordar estos delitos que requieren de una cosa integral?

Lo que pasa es que, en el caso del abuso sexual, hay una contradicción muy fuerte. Es un tema que requiere mucho conocimiento. La brutalidad está en que el sistema judicial y, en particular, todo lo que es el pensamiento jurídico sobre el tema considera que el Derecho Penal no requiere  ni siquiera un tratamiento diferenciado para estos delitos, cuando una de sus características es que es muy distinto a los demás.

Honoré Daumier
Honoré Daumier

Sí. Y que la especialización implica un abordaje orgánico, de un montón de conocimientos.

Con un poder judicial que mantiene la misma ideología  a lo largo de los siglos, eso es literalmente imposible, salvo jueces aislados que conocen el tema y son sensibles, y los hay. Pero la inmensa mayoría no es así, son malas personas y defienden un pensamiento claramente misógino que discrimina por edad y por género. Eso se ve todos los días.


SINDROME DE ALIENACIÓN IDEOLÓGICA
 

                        “Así le había ocurrido a él: en cuanto los ojos de la víbora se clavaron en los suyos, todo el pasado acudió a su boca. La serpiente ni siquiera tuvo que morderle. Antes de hacerlo, el veneno le recorrió las entrañas, y el Tiempo empezó a pudrirse dentro de su cuerpo. Cuando, al fin, aquellos dientes afilados se clavaron en él, Silvestre ya ni siquiera veía a la criatura ponzoñosa: apenas si era un recuerdo turbio y espeso, que se deslizaba entre el rocío y las piedras. Y de este modo, uno tras otro, se sucedieron los demás recuerdos, reptantes y viscosos como serpientes. Tardíos, casi eternos, como el torrente de los ríos”
                                                                                                        “Jerusalén”, Mia Couto

Me llamó mucho la atención esta pequeña historia de la infancia que hacés al comienzo de tu libro, que nosotros cruzamos con lo que piensa Pigna sobre la necesidad de escribir una historia de la infancia. El desprecio por los chicos. Incluso vos decías en un momento que el chico es todavía un ser inmaduro. Muchas veces da la sensación de que lo tratan como un proto-hombre.

Hasta el siglo XVIII, los medios principales para relacionarse con el interior del cuerpo de los niños eran la enema y la purga. Tanto cuando estaban enfermos como cuando estaban sanos. Una autoridad del siglo XVII decía que era “conveniente purgar a los niños antes de darles de mamar, a fin de que la leche no se mezclara con las heces”. El infanticidio de hijos legítimos e ilegítimos se practicaba normalmente en la antigüedad. El de los hijos legítimos se redujo ligeramente en la edad media y se siguió asesinando a los ilegítimos hasta entrado ya el siglo XIX. Los niños eran arrojados a los ríos, echados en zanjas, “envasados” en vasijas para que se murieran de hambre y abandonados en cerros y caminos, “presas para las aves, alimento para los animales salvajes” (Eurípides, Ion, 504). En Grecia y Roma, ni la ley ni la opinión pública, ni tampoco los grandes filósofos, veían nada malo en el infanticidio. Suficientemente gráfico resulta el pensamiento de Aristipo al afirmar que un hombre podía hacer lo que quisiera con sus hijos, pues “¿no nos desprendemos de nuestra saliva, de los piojos y otras cosas que no sirven para nada y que sin embargo son engendradas y alimentadas incluso en nuestras propias personas?”

Depende. Porque, en realidad,  hay una razón por la cual la Convención sobre los Derechos del Niño establece un límite: “se es niño hasta los diecisiete años inclusive”. No se trata de una cuestión caprichosa o arbitraria, obedece a qué significan las etapas evolutivas de una criatura. Pero, por ejemplo, en los Estados Unidos, el único país del mundo que no ratifica esta Convención, el Estado, independientemente de las etapas evolutivas, decide cuándo alguien debe ser considerado niño o no, para castigarlo. 

Rozanski, C. Foto: Ana Blayer
Rozanski, C. Foto: Ana Blayer

Más allá del sistema judicial, los niños son tratados muchas veces como un proyecto de hombre, así como los viejos son restos del hombre. 

Y tratarlos de esa manera permite al adulto hacer, a lo largo de la historia, todo lo que quiera sin limitaciones. Durante siglos no necesitaron explicar nada.

 

Pero el adulto fue un niño y será un viejo.

Pero el adulto, a lo largo de los siglos, no necesitó explicar por qué maltrataba o abusaba. Lo único que tenía para decir es que los chicos mienten. Con esa simple frase se resolvía cualquier comunicación o lamento que hubiera. Recién hace veinte años, se empezó a interpelar esto. La psicología, la sociología, el trabajo social, realizan un avance geométrico. Surge de esos avances que, en primer lugar, hasta cierta edad, una criatura no puede fantasear sobre situaciones sexuales no vividas, con lo cual el argumento de la mentira ya no sirve y el sistema todo se pone en aprietos. Igualmente, a partir de ahí, tampoco se hacen mucho problema. Como ya no pueden sostener que los chicos mienten, comienzan a elaborar estrategias destructivas, no defensivas. La estrategia defensiva tradicional, lógica y bienvenida, es que todos necesitan un defensor, pero que ejerza su labor de manera licita, ética. El problema es que acá la buena defensa no alcanza. Ahí es donde se recurre a la construcción de estrategias destructivas que después derivan en el falso SAP (Síndrome de alienación parental) que es, digamos, la más sofisticada. Sintéticamente, se trata de un invento tan perverso como efectivo, elaborado por el psiquiatra norteamericano Richard Gardner. Este personaje, de inocultables inclinaciones pedófilas, instaló en escena una falsedad a la que denominó “Síndrome de Alienación Parental” (SAP)  con la cual se resolvía el ya fracasado y hoy incómodo argumento de que “los niños mienten”. En este engendro psico-jurídico, ya no se cuestiona a las niñas y niños, sino que se los considera víctimas de la “alienación” llevada a cabo por sus madres, en general, debido al resentimiento hacia sus ex parejas. Estas malvadas mujeres, según el falso SAP, “lavan” el cerebro de sus hijos,

Honoré Daumier
Honoré Daumier

implantándoles la idea de que han sido abusados por sus padres o padrastros. Afortunadamente, si bien aún hay jueces que aplican esta falsa teoría, cada día queda más en evidencia que carece de todo sustento científico y que sólo pretende continuar la histórica impunidad para los delitos más atroces.

 

PEDIDO DE CAPTURA PARA LA RESOCIALIZACIÓN

                        “De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya que te niegas a ocuparte de la parte de mí más afectada: mi alma”
                                                                            “Primera carta conyugal”, Antonin Artaud
 

Claramente, te ocupás de defender a los niños pero debés haber pensado, después de haber visto tantos casos, en la figura del abusador. ¿Cómo pensás al abusador, a la idea de que vayan presos a la misma cárcel a la que va gente por otros delitos?

En ese último punto, en uno de los casos que juzgamos en Bariloche,  condenamos a un hombre por abuso sexual de su hija. A los pocos días, el director de la Alcaldía me dijo que el tipo estaba muy golpeado, lo habían lastimado casi hasta matarlo. Entonces, fui y vi la escena. El hombre estaba en el piso medio muerto. Volví a mi despacho y di una orden al jefe de la Alcaldía para que separase a quienes estaban acusados de delitos sexuales del resto de la población penal. “¿Pero cómo hago?”, me dijo el tipo. “Es problema suyo”, le contesté.

¿No debería haber un lugar aparte para esa gente? 

Bueno, hace muchos años, cuando yo di esa orden, se dividió la Alcaldía de Bariloche con una pared y se conformaron dos sectores separados. Desde ese día hasta que yo me fui, no hubo un sólo hecho de violencia contra violadores. Ahí quedó claramente demostrado lo que vos decís, pero hizo falta que se tomara la decisión de separar a la gente. La pared debe estar todavía.

Pienso también, aparte de la pared,  en qué se les puede ofrecer a los abusadores. Se supone que no hay pena de muerte y que, si van presos, algo hay que ofrecerles. Más allá de todo lo que se hace, el sistema penitenciario y la justicia hacen mal en las cárceles. Más allá del chamuyo de la supuesta reinserción social, no es lo mismo lo que necesita un abusador que un ladrón.

En realidad, convengamos en que a nadie se le ofrece nada. Se deberían proveer diversos recursos. Fundamentalmente lo que, en teoría, se llama la resocialización. Eso no sucede en la práctica. Si partimos de esa base, tenemos que empezar a hablar de otra manera. O sea: ¿Cómo debería ser si sucediera? Evidentemente, lo que debería hacerse y que no se hace es un tratamiento adecuado al tipo de delito cometido y a la personalidad del sujeto. En este caso particular, en esta clase de delitos, la personalidad es muy complicada. En su gran mayoría, tienen una personalidad psicopática, una de las personalidades más complejas para modificar. Desde ese punto de vista la pregunta del millón es, en primer lugar, ¿esa persona puede estar en la calle sin ningún tipo de tratamiento que garantice que no va a seguir lastimando niños? Pues no. Por eso se lo encarcela. Y por eso duele tanto cuando la justicia, por esa solidaridad histórica de género, mantiene la impunidad en estos casos. Cuando

Luis Felipe Noé, "La memoria"

reproducen ese modelo de discriminación y te empiezan a interpretar  que “la niña provocó”, descalifican a la mamá e inventan teorías. Cuando vos ves que eso funciona, que teorías inexistentes tienen éxito, decís: ¿pero cómo puede tener éxito un síndrome inventado? Bueno, tiene éxito porque hay todo un plafón ideológico  conforme a eso.

 

 

ABSOLUTISTAS Y ABSOLUTORIOS,  AL CIEN POR CIEN
                                            

“Mientras tanto, los niños, bajo el dosel flotante, /hablan bajito como en las noches oscuras. /Escuchan, a lo lejos, algo como un murmullo…/y tiemblan al oír la voz clara y dorada del
timbre matinal que lanza y lanza aún/su estribillo metálico bajo el globo de vidrio”

                                                              “El aguinaldo de los huérfanos”, Arthur Rimbaud 


Ahí opera lo que llamás la disociación.
 

Sí. Lo veo desde hace muchos años en los juicios en Bariloche.  En esa época, cuando la criatura se sentaba, el fiscal le preguntaba algo y el niño miraba al techo y no contestaba nada o le salían lágrimas. Yo, entonces, iba tomando conciencia de que la criatura no tenía que estar ahí. Es algo que tienen que ver con los mecanismos de defensa y es un problema central de toda la temática del derecho penal: si uno no logra tener empatía con la víctima, para tratar de comprender o aproximarse a lo que pudo pasarle, resulta muy difícil tomar una decisión justa sobre los hechos que padeció.

Por eso te decía que no puede ser solo un especialista jurídico. 

¡No, no! Claro. Pasa que esa máquina de generar especialistas también es interesada porque, en nombre de la especialización, se mandan todas las macanas.

Honoré Daumier. "La risa republicana"
Honoré Daumier. “La risa republicana”

Ese es el sujeto que somos hoy en día.

Totalmente. Por eso no se puede trabajar en interdisciplinas. Porque se generó y se reprodujo en cada área una soberbia intelectual que impide escuchar al otro. Entonces, quien termina mandando es siempre el juez, por definición del derecho. Ahí es donde la psicóloga que quiere decir algo, la va a pasar mal si no dice lo que la corporación judicial quiere que diga. Pero, ¿cómo se contesta esto?, ¿qué psicóloga fue preparada en su Universidad para responder a la agresión de un tribunal que la trata mal?, ¿qué psicóloga está preparada para dar una respuesta a una pregunta que no debería haberse hecho? Estar, por ejemplo, dos horas explicando la metodología que utilizó en las entrevistas en un gabinete o en la cámara Gesell y, después de esas dos horas, en un juicio, enfrentarse a la pregunta “¿pero usted tiene el 100% de seguridad de que esto fue así?” Entonces, lo que yo digo es que si esa profesional no está capacitada para dar esas respuestas, va a decir que no. Y, en derecho penal, decir “no” es la absolución. Pero si está capacitada, va a decir “Mire, yo no manejo una ciencia de números. Pero, si lo que usted quiere preguntarme es si, en base a mi experiencia como psicóloga, el niño fue abusado, le digo que sí”. Y se terminó el problema. No es difícil.

DUÉRMASE MI CULPA, DUÉRMASE MI SOL, DUÉRMASE PEDAZO DE MI ABSOLUCIÓN

             El juez mismo empe­zaba a intranquilizarse, sintiéndose poco a poco perder el control sobre sus propios sueños, que se volvían cada vez más intrincados y bizarros, desafiando la interpreta­ción o el desmadejamiento, cayendo sus remedios cada vez más fuera de la letra de la ley, obligándolo a lecturas minuciosas del Código Rural que lo dejaban más perplejo que antes, alela­do, como si una bruma que nunca terminara de disiparse del todo flotara permanentemen­te sobre su cabeza, velando la vista clara y nítida del mundo exterior.”

“El sueño del juez”, Carlos Gamerro

Nosotros te mandamos las preguntas de una compañera que no pudo venir. Ella es directora de una escuela en Saliqueló y nos cuenta que hay muchos casos, en que ella está convencida de que ciertos chicos son abusados. Que ahí se requiere una preparación de ella como directora, de la maestra y una cadena  larga de formación y de coraje que debería funcionar para que eso pueda ser denunciado, con alguna ilusión de llegar a una condena. 

Bueno, tiene que ver con que durante siglos fue impune la violencia de género, de la cual esto es parte. Hay una mirada misógina. Y desandar eso desde las disciplinas científicas es casi imposible. O sea: no es del todo imposible pero es muy difícil. Requiere decisiones políticas que no se toman porque es un círculo vicioso, porque van a afectar a corporaciones a las que no les conviene y que, en general, son las mismas o piensan igual que quienes tienen que tomar esas decisiones.

Y requiere desandar el sujeto que somos, que es el de la comodidad, el de no querer meterse en un quilombo: “Si nos callamos todos, nadie se mete en un quilombo” 

Rozansky, C. Foto: Ana Blayer
Rozansky, C. Foto: Ana Blayer

Sí. Yo le puse un nombre a esa comodidad, que es el de la “comodidad emocional”. Yo pienso: el mal tipo va a hacer malos juicios y malos fallos porque es malo. Pero, ¿qué pasa con el que no es tan malo? Comprobé que muchos jueces se van a dormir más tranquilos si se convencen que el hecho no sucedió. Entonces terminan pensando: “Bueno, este chico no fue abusado, no tengo por qué angustiarme”

Es lo que hacen los medios con la realidad. 

Por supuesto. Esto lo podés transportar a cualquier otro nivel.

¿Y qué hiciste vos con tu comodidad emocional? 

No la tuve. En todos los temas vinculados a  grupos vulnerables, no hay término medio en el operador. O te das cuenta o no te das cuenta. O aceptás que es así o no lo aceptás. Tu propia salud va a depender de qué lado estés, tu propia integridad, tu trabajo. Esto se da en todos los casos: en la maestra, en la vecina, en la psicóloga. En mi caso personal, nunca tuve otra opinión y siempre dije lo mismo sobre estos temas. Ahora, eso no significa que tal actitud te cubra tu propia salud. Hay una deuda cultural con esto porque tampoco fuimos preparados para estas cosas. El tema es tóxico y la toxicidad aumenta en la medida en que vos mismo no estás capacitado para que esa toxicidad te afecte menos. Yo empecé terapia a los sesenta y cinco años. Imagináte…

PALABRA SANA IN CORPORE JUDICIAL TÓXICO

                                               “Entonces ella,  la palabra/ la descarada/ la que camina en cuatro patas por el guadal y sin pudor amanece dormida en los/ burdeles/ las inequívoca de los ojos vendados/ desplegó sus alas ante mí/ y dijo calladita jamás”
                                                                                                                    Tina Elorriaga
 

¿La escritura resultó de ayuda en esto? 

Sí. La escritura de sentencias, de libros y de artículos. Pensá que la sentencia es un ámbito privilegiado. Vos estás escribiendo algo que después podrán revocar o no, pero en eso sos soberano, aunque sean tres las personas que firman, como en el caso de una Cámara o un Tribunal Federal. Yo fui dueño de cada palabra que puse durante veinticinco años y eso es claramente terapéutico. A mí me ayudó. Hice más de cuatro mil juicios, una cifra muy importante. Como les contaba antes, no hice carrera judicial, por lo cual mis veinticinco años fueron todos como juez, dictando sentencias. Eso me dio un universo de experiencia directa con los casos, todos penales. Una parte, delitos ordinarios. Gravísimos, pero ordinarios: homicidios, violaciones. Y, después, quince años en casos de la justicia federal con delitos de lesa humanidad. En ese panorama es donde yo siempre sentí que el momento de estar en mi casa, frente a la computadora, era mío. Entonces, si vos lo sentís de esa manera, lo que escribís no sólo te hace bien a vos sino que, en muchos casos, puede también estar haciéndole bien a otros.

Goya. Dibujo sobre "la justicia" en un manuscrito.
Goya. Dibujo sobre “la justicia” en un manuscrito.

Es como un servicio. 

Sí, claramente debería ser un servicio. Yo utilicé por primera vez una palabra que nunca había sido puesta en una sentencia:Genocidio.

¿Fuiste vos? 

Sí, fui yo. En el primer juicio que se hizo contra Miguel Etchecolatz, en el año 2006, luego de la inconstitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida. En ese momento me dije: “Bueno, este es el primer juicio. Si no es ahora, ¿cuándo?” Entonces puse la palabra genocidio. Fijate que, al día de hoy, en las sentencias por lesa humanidad sólo el 25% utiliza  esa palabra. Y estamos a catorce años de aquello.

Qué importante es poder decir y pronunciar las palabras. Cuando vos hablás de las víctimas de abuso sexual, muchas veces contás que no pueden hablar. Nosotros nos dedicamos a la escritura. Y nos llamó la atención el caso de Virginia Woolf. Contás en tu libro que, cuando ella logra hablar sobre el abuso que sufrió de chica, al poco tiempo se mata. Una mujer que tenía tanta relación con el lenguaje escrito, en el momento en que pone en palabras, no tuvo recursos para… 

Es que el nivel de profundidad del trauma que genera el abuso bloquea la palabra. O la bloquea y no podés hablar o te hace hablar de otra manera.

O te hace caminar sobre tus propias minas, porque ella habla y ahí…

Bueno, pero yo me refiero a la etapa anterior. Porque ahí ella habla con la verdad. Pero, antes de eso -y esto es lo que sucede en infinidad de casos-, o no se habla del todo y hay un silencio que te mata, o se habla de una manera que no modifica nada o se habla y se genera rechazo, te agreden o se destruye una familia.

Berni, "La pesadilla de los injustos"
Berni, “La pesadilla de los injustos”

Pero hay que dar condiciones al chico para hablar, porque le puede pasar como a Virginia: decir y no poder sostener eso que dijo. 

Sí, creo que lo mejor  es generar los espacios para que el chico hable. Está en el artículo 12 de la Convención, el derecho a ser escuchado. No es decirle “hablá” sino, exactamente, al revés. Muchas veces, decirle a alguien “hablá” genera el silencio, porque es una consigna literal. Esa criatura víctima se podrá expresar de acuerdo a su edad, a la etapa evolutiva que está atravesando y al nivel de profundidad del trauma que sufrió. Si vos generás espacios adecuados desde el Estado, ahí va a estar la chance de que pueda expresarse.

¿Se considera expresión un dibujo, por ejemplo? 

Sí. Un  silencio también.

¿Se considera prueba? 

Por supuesto. Lo que pasa es que para eso tenés que estar capacitado y aceptar que, cuando hablamos de expresarnos,  no hablamos de la frase literal “Me violó”, lo cual sería ridículo. Pero el sistema está preparado para darle literalidad a lo que no es literal.

Claro. Y hay una contradicción, porque pareciera que no tiene crédito lo que se mostró si no hay alguien que dicte una sentencia.

Y, a su vez, para sentenciar adecuadamente, vos tenés que tener una cantidad de requisitos que el sistema se encarga de que no tengas, y por eso se reproduce. Es perverso. El que hablaba muy bien sobre esto es Foucault, en esa  famosa charla con Chomsky, en el ’71. De ahí copié unos conceptos donde él describe el efecto de reproducción cultural que hacen los sistemas educativos para que siempre gobiernen las mismas clases sociales.

Y esto es fundamental porque, históricamente, las leyes fueron escritas, interpretadas y aplicadas por varones y, en su inmensa mayoría, violadas por varones. Yo recibo por mail una página que manda fallos sobre abuso sexual infantil dictados en cualquier parte del mundo. Hay muchos de España. Hoy había uno donde estaba la foto del rey y veinte personas más, el Consejo de la Justicia. Todos hombres. Imaginate la ideología de ese espacio. Es matemáticamente imposible que, de casualidad, sean todos hombres. Los jueces y los profesores de Derecho salen de la Facultad de Derecho. ¿Qué te van a enseñar en la Facultad de Derecho? Te enseñan que si la chica tenía la pollera corta hay que dudar. Hoy, como venían ustedes tuve que -por fin- ponerme a acomodar esta mesa, había ahí una montaña de papeles encima. Bueno, encontré un diario de Bariloche, de un caso que me partió la cabeza. Tiene que ver con lo que estamos hablando: una nota donde está la foto del fiscal; el título es que pidió la absolución de dos acusados de violación. Por supuesto, hace la aclaración de que yo estaba en contra. La chica había salido de un baile donde había tomado alcohol y le pidió  a uno de los que estaban en el lugar que la acompañase  porque estaba descompuesta. El tipo, junto con su primo, la violaron. Llegamos a juicio, no había ninguna duda de que la habían violado. Incluso ella relata cómo, mientras uno la violaba, el otro la tenía agarrada del cuello, hasta en el examen médico habían aparecido las marcas en su cuello. Está en el diario que el fiscal, cuando hace su alegato, plantea “Bueno, ¿quién dice que las marcas en el cuello no son por hacer el amor dentro del auto?”. Porque la teoría de la defensa era que el acto fue consentido. Yo miraba eso hoy, a veinte años, y sigue siendo increíble… Fueron absueltos por dos votos contra uno (el mío, claro).

Vladimir Manjuhin.
Vladimir Manjuhin.


EL HORIZONTE O LA DIGESTIÓN INCOMPLETA DE LA REVOLUCIÓN

                        “Si de algo he renegado es de la indiferencia. /No aspiro a transmutarme, /Ni me tienta el reposo. /Todavía me intrigan el absurdo, la gracia. /No estoy para lo inmóvil,
Para lo inhabitado. /Cuando venga a buscarme, /Díganle:”se ha mudado”.

                                                                                                     “Visita”, Oliverio Girondo
 

Recién recordabas a Foucault, quien hablaba de la retroalimentación del saber y el poder, donde el saber produce y reproduce poder. Para quebrar eso, hay que hacer un esfuerzo grande, pero posible.  Y yo pensaba en el final de tu libro, que tiene una reflexión muy interesante sobre las instituciones, respecto de que sin ellas viviríamos en un caos…

Pasa que yo parto de lo que Freud desarrolla en “El malestar de la cultura”. Es evidente que las personas necesitan juntarse en una comunidad y para ello ceden una parte de sus impulsos a cambio de seguridad. Para decirlo rápido, es la seguridad que da el pertenecer, la comunidad o la institución. Ahora, siempre me inquietó el pensar qué pasa cuando eso no funciona en la práctica: el ciudadano cumple con las normas, pero lo violan igual. Es algo que no se logró todavía resolver, por lo menos, en la política tradicional. Una cosa es que haga falta o sea imprescindible que se generen instituciones para regular las relaciones entre los ciudadanos y otra, muy distinta, es que en la práctica funcione.

Pasa que esas instituciones tienen fundamentos que, si se cuestionaran, dejarían de serlo para pasar a ser otra cosa que no sé cómo se llamaría, pero no institución. En todo caso, las instituciones van teniendo modificaciones que no son estructurales ni cambian los fundamentos que las sostienen, son como de maquillaje. 

Bueno, Freud explica esto desde el punto de vista psicológico, como necesidad del ser humano de vivir en comunidad. Ahora, vamos a la vida real y vemos que eso se traduce en instituciones que sólo  buscan reproducir el poder. Eso lo viví todos estos años. Hace mucho que vengo sosteniendo que cualquier institución tendría, cada tanto, que  releer sus estatutos. Algunas ONGs, por ejemplo, a los pocos días de existir, ya tienden a volverse autoritarias. Quien más claro lo explicó, históricamente, fue Trotsky, él lo vivió en la Unión Soviética: participó  en la Revolución, creyó  en ella y, al final, lo mandan a matar. Yo lo descubro a partir de una cita que Erich Fromm hace de Trotsky. Llego a la conclusión de que, cuando se habla de la Revolución Permanente, él fue el único tipo que se dio cuenta de que, cuando participás de un cambio revolucionario y formás parte de eso, el cambio te traga. Entonces, es casi imposible que puedas darte cuenta de lo que ese cambio está generando, cómo se va pareciendo a aquello que quisiste reemplazar, lo autoritario.

¿No se necesitaría una relación distinta con el lenguaje, que no sea meramente instrumental, de intercambio, para arrimar el bochín a la idea de la revolución permanente?

Rozansky, C. Foto: Ana Blayer
Rozansky, C. Foto: Ana Blayer.

Sí. Y, más aun, creo que es casi imposible ir contra eso. Trotsky termina en México y lo mandan a matar. Si vos te das cuenta  de las cosas como le pasó a él, ¿quién te va a escuchar, si toda la institución está viciada? Haría falta barajar y dar de nuevo. Por eso es tan difícil mejorar la justicia, la policía y otras instituciones.

¿Evaluás ese barajar y dar de nuevo como una utopía?

Mirá, Galeano lo explicaba maravillosamente. No es de él,  aunque siempre se lo atribuyen y él lo aclaraba: la utopía es aquello que uno no va a alcanzar, ese horizonte que se va corriendo pero al que hay que perseguir igual. Más allá, de si es o no factible de concretar, yo estoy convencido: si no buscamos eso, vamos a seguir igual. Este sistema de designación de jueces, por ejemplo, con toda la estructura reaccionaria y conservadora de la justicia, es incompatible con la vigencia de las Convenciones sobre derechos humanos.

“ALEGRÍA, HERMANOS”  VERSUS LA CARTA QUE FALTA                      

“no quiero morir bajo mi piel/bajo mi voz/para vociferar en la sombra tras esos ventanales inmensos/ empañados/donde apoyan la frente criaturas de muralla y de lluvia…”
                                                                                        “Luz de patíbulo”, Enrique Molina


En este disciplinamiento mediático que ahora está como desenfrenado, contra Gils Carbó,  contra vos, contra Rafecas, Freiler, ¿aún pensás, con cierta esperanza,  en ese horizonte que se corre y en seguir igualmente esa línea?

Ellos dan golpes muy efectivos, manejan los medios de comunicación. No sólo disciplinan, peor que eso: manipulan. Entonces, te diría lo siguiente: nosotros vivimos la dictadura del ’76 al ’83 con un nivel de violencia inédito que no conocíamos desde el exterminio de los pueblos originarios. Y se terminó, se agotó. Por las Malvinas o por lo que fuera pero se agotó. Después vinieron treinta y pico de años de democracia donde, aun en los peores gobiernos nunca pasó lo que está pasando ahora, ni aproximado. Hay datos técnicos importantísimos: en el gobierno de Menem, que es el más aproximado en cuanto a política neoliberal, la Corte Suprema ratificaba en cada fallo la doctrina de obligatoriedad de las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. No es un dato menor y por eso, a  diferencia de lo que ocurrió en los ´90, este gobierno es asimilable plenamente a la dictadura, porque tiene el mismo modelo económico aunque tenga otra vía: en la dictadura, hacía falta el exterminio físico y, en este, los objetivos se logran con  los votos y con manipulación, que es algo muy difícil de revertir. Están echando a la gente que está comunicando bien y dejan sólo a la gente de TN y Canal 13. Ahora se agrega algo que en aquella época no estaba y que tiene que ver con el coaching tomado de cierta iglesia evangélica. Eso es muy fuerte, va directo a la médula. En los videos evangelistas se ve eso. Hay uno con Macri, Rodríguez Larreta y un pastor en un evento religioso muy revelador.

 

Es impresionante. Cuando termina, están ellos más el jefe del pastor, los cuatro abrazados: “Señor, oramos para que la gente vote a estas personas”. Hay otro que es un compilado que compara a María Eugenia Vidal hablando y a una señora pastora evangélica, que es de no creer. Dicen lo mismo: “El corazón”, “juntos”, etcétera.

Uno se pregunta si es tan simple y cómo puede ser tan efectivo…

Preguntale a los brasileros. Yo vi un video de hace muy poco, del Concejo Deliberante de Río de Janeiro. Todos de pie, agarrados de la mano, oraban. Alucinante.

¿No estaría faltando una estrategia de lenguaje distinta de este lado, aunque sin un Durán Barba?

Doscientos por ciento que sí y a eso apunto. Ya sabemos de los videos, del coaching, lo que contó Sturzenegger sobre su entrenamiento con Durán Barba en Estados Unidos y demás. Ahí yo empecé a pensar lo que vos decís. Creo que acá no está faltando una respuesta política. En todo caso, la respuesta política tendría que ser el resultado de empezar a pensar que si un coaching de esa naturaleza logra la mitad de los votos de la ciudad de Buenos Aires o el 40% de los votos del país, no podemos seguir diciendo “Vamos a volver”. Después de las últimas PASO, escribí un artículo que salió en Página/12: “Danza con globos”. Estaba mirando la tele a las cuatro de la mañana y la oposición ganaba. Pero antes, a las diez de la noche, perdía. Unos días después me di cuenta que la gente se fue a dormir con la imagen de los tipos bailando y festejando un triunfo que en realidad no era tal.

https://www.pagina12.com.ar/56622-danza-con-globos

Y eso subsistió más allá de los datos.

Ganaron.

Entrevistamos a Miguel Benasayag y él dice que en el mundo actual se sustituye la representación por la experiencia. Vos no sacás el auto del garage porque te representás un montón de cosas que te pueden pasar, pero es una representación, no lo experimentás. No salís 

Es lo que llaman la postverdad. No tengo ninguna duda que a eso hay que oponerle lo que vos llamás una estrategia de lenguaje distinta…

Por eso digo, ¿tenemos nuestros especialistas en esto?

Yo no llegué a esa parte. Llegué a convencerme de que ninguna de las vías de respuesta política va a ganarle a esta gente. Entonces, hay que pensar una alternativa  previa a la respuesta política que, como dije antes, debe ser el resultado de hacer algo parecido a lo que hacen ellos, pero desde el  lado bueno.

 TOSTADITOS. QUEMADOS, NO

“¿O es que iremos totalmente pidiendo/por favor a las baldosas/una señal, un ALGO/de que agarrar la carne y revivir la rosa?”
                                                      “Posludio”, Jorge de la Cruz Agüero, poeta desaparecido                                   

El número de esta revista se llama “Reflexiones acerca de la miseria”. ¿Qué es para vos o quién sería un miserable?

El primero que se me viene a la mente es Mauricio Macri. Pero habría que definir miserable. Lo mediría en términos de prójimo: si alguien hace daño, se lo hace al prójimo. En este caso, Macri es la cara visible de muchas caras que hacen daño al prójimo. Pero no es que se proponen hacer daño al prójimo. Ese daño es el resultado inevitable de lo que hacen. Es un modelo económico que claramente va a dañar al prójimo.

Honoré Daumier
Honoré Daumier

¿Hay una consideración del prójimo? ¿Existe el otro para ellos? 

No, no. La ausencia del otro es también un requisito imprescindible porque tiene que ver con la psicopatía. Una de las características del psicópata es la falta de arrepentimiento. Hay un libro sobre psicópatas que se llama “Sin conciencia”. Si vos pensás que les bajan el sueldo a los jubilados, que un funcionario de ellos en estos días dijo que los jubilados van a recibir menos dinero, pero van a tener mayor poder adquisitivo, bueno… Hace treinta y cinco años, un cuñado mío, brillante psicoanalista, decía que la única forma de tratar con un psicópata es psicopateándolo.

¿No tendremos el “burnout” del que vos hablás en tu libro sobre abuso sexual?:Todo ello puede producir en los operadores un estado de agotamiento mental, emocional y físico conocido como “burnout” y que en español se traduce como “quemado”, “achicharrado”, “incinerado”. Este fenómeno suele tardar meses y hasta años en aparecer, y como describe Giberti quienes lo padecen “se irritan fácilmente, se muestran inquietos sin razones aparentes, y con frecuencia se sienten tristes y aún deprimidos. Surge una hipersensibilidad que los lleva a enfrentarse con sus compañeros de trabajo” 

En parte, sí. Creo que el efecto psicopático de esta gente no se da sólo respecto de los que lo votan sino con nosotros también. El tema es, partiendo de esta base, ver cómo eso nos está atravesando y cómo hacemos para generar los anticuerpos y dar una respuesta. Yo creo que se puede. Por eso citaba lo de la dictadura. En la dictadura uno pensaba: “Esto no va a terminar nunca”. Y terminó. El manejo de los medios, el apriete a los gobernadores, eso lo hacen bien. Esa es la parte positiva para ellos. La parte negativa es que, con la misma facilidad con que llegaron a ganar los votos con ese coaching, después se les viene el boomerang. El otro día, en la cena con Mirtha Legrand y Tenembaum, la vicepresidenta de la nación, habló de las armas de los mapuches combatiendo a la Gendarmería. Cuando Tenembaum le preguntó de qué armas hablaba dice: “Lanzas”. Me lo contaron. Yo tuve que escucharlo para creerlo.

Pero funciona.

Funciona, porque al que no convence es al que no iba a convencer de todas maneras. Yo voy a una peluquería en Villa Elisa. La chica que trabaja ahí lo votó a Macri porque el peluquero la convenció de que lo votara. Entonces, ahora en la conversación, se quejaba de Macri. Entonces le dije, “pero vos sabías quién era y lo votaste igual” Me respondió: “¿Y qué querías, que votara a esa chorra? Yo le pregunté: ¿Pero qué sabés del robo, de “esa chorra”? ¿Tanto sabés?”. “No”, me dijo. “Pero se robaron todo” Frente a eso, ¡qué hacer! Por eso yo coincido cien por cien en lo que decís. Si buscás una respuesta de la política tradicional, estamos en el horno.

POR LA PIEL DEL POEMA

En los ríos, al norte del futuro, /tiendo la red que tú
titubeante cargas/de escritura de piedras, /sombras.”

                                                              “En los ríos, al norte del futuro”, Paul Celan

Para ir terminando, tenemos una pregunta típica de El Anartista: ¿qué es lo poético para vos? 

Goya. "Triunfo de la justicia"
Goya. “Triunfo de la justicia”

Se vincula con la utopía. La poesía es una forma positiva e ideal de ver la realidad. Es un deseo. Aunque no leí mucha poesía, para mí lo poético es elegir todos los días con qué te quedás de la realidad. Cuando te convencen de que te quedes con lo malo, te transformás en una persona negativa y probablemente terminás votando globos de colores o te suicidás. Creo que una de las razones por las que en los regímenes autoritarios se persigue a la poesía es por eso. ¿Por qué era tan importante el ensañamiento con Lorca en España o Víctor Jara en Chile? Pasa  que lo que transmiten el poeta, el músico,  el artista, te entra por la piel.

Creo  que si se capitalizara el potencial que tiene el lenguaje poético, algo podríamos encontrar.  Quizás no escribir poemas, sino una potencia del lenguaje que, junto a otros lenguajes- conmocione. 

Creo que es uno de los elementos a tomar en cuenta. No vas a revertir un proceso histórico sólo con la poesía, pero sí hay que tomarla. Sí. Y lo uniría a lo que vivimos en la etapa de Cristina. A mí me impresionó su carisma, y eso que sólo la vi en dos o tres eventos.

En el último -público- de su mandato, sobre todo. El hecho de que una presidenta que acaba de perder  se despida con una plaza llena, con gente llorando, con una impotencia de una multitud.

Por eso. Creo que por ahí tiene que venir el camino. Ahora, cuando al mismo tiempo ves que mucha gente toma una posición contraria, te agarrás la cabeza…

Bueno, es que esa potencia genera también mucha envidia. 

Eso es una parte. Pero todos los políticos tienen, de por sí, un egocentrismo muy fuerte y se hacen la cabeza permanentemente, se ubican en ciertos lugares donde nadie pensó en ponerlos y empiezan los resentimientos. Por eso, para mí es importante lo que vos decías del servicio. Si eso no está, no hay nada. Por eso pude incorporar la palabra genocidio en una sentencia, estaba convencido. Después, quise sacar los estrados de los tribunales de Bariloche, porque sólo sirven  para que el juez esté más alto. Y me sacaron cagando. Ahí te das cuenta que, en una corporación como esa, no hay ninguna vocación de servicio.

¿Por qué gente como vos elige meterse en el mundo de la justicia?

Es que yo no la elegí para eso. Yo ejercí la profesión de abogado acá, después me fui a vivir a Bariloche, también a ejercer la profesión. Allí, puse un estudio con mi socio. Nunca pensamos en ser jueces, ninguno de los dos. Una mañana compré  el diario Río Negro y vi un edicto de concurso para juez de Cámara. Me presenté y gané.

¿Pero qué te sedujo de eso? 

Rozansky con el Anartista
Rozansky con el Anartista

Que yo no hacía la carrera judicial. Antes de ese edicto, no se me había ocurrido ser juez, porque la carrera y el sistema te terminan chupando. Podés ser juez de Cámara después de ser juez veinte años. Cuando sos juez de Cámara en veinticuatro horas, vivís otra historia. Y, en ese sentido, no me equivoqué. Al ganar el concurso, me gané la enemistad de la mitad del poder judicial de allá. Imaginate que todos querían ese puesto: Jueces de Instrucción, fiscales. Para mí era casi una obligación hacer lo que hice: si vos, pensando de una manera determinada,  tenés la posibilidad de acceder a un cargo de ese nivel de decisión, bueno… Lo que no tuve en cuenta y tal vez no hubiera podido tener en cuenta porque no tenía el diario del lunes, es que tomar ciertas decisiones sin las precauciones del caso, ponen en riesgo tu salud. Por ahí, con un poco más de prudencia, tomaba las mismas decisiones pero de otra manera.  Lo mismo cuando yo planteo el tema del abuso sexual, hago mucho hincapié en no inmolarse en la defensa de los derechos. Tenés que tener mucho cuidado y mucha inteligencia para  poder seguir la lucha, pero que no te cueste la vida.El tema es que a la gente que maneja el sistema, a los jueces, no les interesa nada. Sin embargo, hay un sector minoritario que sí.

¿Te sentís solo a veces? 

Sí. Lo estuve. A veces estoy solo. Hay un vecino a dos casas de acá, Luis Arias,  –extraordinario juez y persona, hoy perseguido -, a quien hace pocos días el Papa le mandó un rosario bendecido.

A vos no, por Rozanski… 

¡A lo mejor me manda!, me encantaría. Mirá, cuando el Papa era Arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, en el arzobispado tenían una revista cuyo nombre no recuerdo, de la que me llamaron para pedirme un artículo sobre abuso. Lo escribí, no le tocaron  una coma y lo sacaron en tapa. Eso habla bien, más allá de todas las otras cosas. Pero, en honor a la verdad, hay ciertas cosas que uno no puede dejar de decirlas: la protección a los curas abusadores es un hecho que tiene que ver con la corporación, así fue a lo largo de los siglos yhay que modificarlo con urgencia.

Por eso creemos que en todo esto que vos mencionás en tus textos sobre “la cifra negra”, los abusos que no se pueden llegar a condenar y demás, es muy importante el atravesamiento católico. 

Mirá, en primer lugar el abuso se da mayoritariamente en el ámbito familiar o de convivencia, eso es universal. En segundo lugar, si tuviera que elegir un segundo lugar, le sigue bastante de lejos el ámbito de las instituciones religiosas y otras instituciones. Y esto tiene mucho que ver, al igual que en la familia, con el poder. También, con otros factores relacionados con la religiosidad.

Claro, el desprecio al cuerpo por ejemplo.

Sí. Y los números son más que elocuentes. La iglesia de Boston quiebra por las indemnizaciones que tienen que pagar por los abusos. Eso es sabido. Cuando yo me refiero a que la revista del arzobispado publica mi texto, no estoy desconociendo los daños que una institución puede generar con la protección a pedófilos, pero valoro que, además, publique eso. Por lo mismo, sin vacilar, prefiero que el Papa sea Bergoglio y no Ratzinger.

 

Rozansky  con el Anartista
Rozansky con el Anartista

 

 

                              




ESPEJOS DE BARRO

Reflexiones acerca de la miseria: sobre el poder de “los lindos”

Por Alicia Usardi

DESCOSIDOS

Una filigrana que comienza no se sabe cuándo ni quién dio la primera puntada. Sutilmente, toma forma en manos distintas, cada vez que alguien decide un cambio. Y así los pueblos construyen su historia.

La carpeta multicolor se hace trizas. Hace tanto ruido que todo se silencia y nada sale de su lugar.  El sol encandila y desaparecen las tormentas. Algo cambió y parece que es para siempre. La lejanía se instala con ese que anda solo con sonrisa de pasta dental. Y entonces la filigrana se desarrolla sobre una figura todavía indefinida.

Xetobyte. "Above the Horizon" (Sobre el horizonte)
Xetobyte. “Above the Horizon” (Sobre el horizonte)

 

De pronto, irrumpe un botón por algún lado, un agujero por otro. A veces una protuberancia de cierto color. Pero son disrupciones de un camino que se pretende sin obstáculos. Y el empeño en la limpieza colisiona con la realidad amodorrada, con su voluntad de amaneceres. Y, después, obviamente, nos sorprende la muerte.

 

LA GUERRA DE LOS LINDOS

¡Cuánta muerte en tan  corto tiempo! Sí, comenzó la guerra. Y, por ahora, el enemigo muestra el rostro de un otro lejano quien, por decisión de los lindos, no tiene derecho a la vida. Porque esos lejanos en esas lejanías quieren vivir y brillan en su pelea para preservar el planeta vivo. ¡(H)ay, Santiago!, ¡(H)ay Nahuel!

¡Cuánta muerte en tan corto tiempo! Son 30 y pico de gendarmes muertos, enviados por Patricia Bullrich a “reducir” a la “negrada jujeña”. (H)ay , Milagro. Son 44 que fueron con los ojos abiertos a confundirse con el mar. Fueron por decisión de esos pocos: los lindos que siempre se salvan en lugares también lindos rodeados de voces lindas que susurran palabras lindas.

Y los lindos nos llevan al mundo. Nos prometen un esperanzado paseo entre otros lindos que juegan a la guerra contra los débiles.  Nunca nos enteramos si nos invitan o no a participar, pero vamos camuflados con restos de fuerza que los lindos derraman en los espejos de nuestro barro.

https://www.youtube.com/watch?v=PxzIRbXvUnc


OBRA ROJA

Contentos, miramos el juego ajeno de la destrucción. Y esa ajenidad, tan propia de la lejanía, ya no es. La palabra ya no está, el lenguaje es otro y se multiplica sin explicación.  Por fin somos actores de una obra importante escrita en rojo. Actores de segunda, de tercera línea, que nadie ve, aunque estemos. Africanos, palestinos, indígenas, migrantes lejanos de toda cercanía: la luz  llega de la mano de los lindos mutados en miserables cadáveres.

Sarolta Ban
Sarolta Ban

 




PERDIDOS Y A CONTRAMANO

Reflexiones acerca de la miseria: sobre los nombres de las calles de Buenos Aires.

Por Isabel D’Amico

MARCA REGISTRADA

Como si no estuviéramos extasiados de corrupción mediática en los tiempos que corren -no hablo de hechos de corrupción, hablo de una política integral en ese sentido- enciendo la radio y escucho a un tal Carlos Caramello, licenciado en letras, injuriar la memoria de una calle, mejor dicho de varias, con justa razón. Fue tal mi asfixia que decidí, entonces, investigar. Primero, a Rivera Indarte, como para empezar y protegerme, al menos, de algunas de las mentiras de la historia.

Como el tema urbano me interesa, desde mi biblioteca, me guiñó un ojo un libro del Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires:

“Rivera Indarte – Ordenanza del 27/11/1893 – Sesión Municipal del 26/2/1870- Flores *” ¡El hombre estaba bien registrado!

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Me gustaría haber nacido en Flores, por eso el nombre Rivera Indarte abunda entre mis cruces, mis referencias, mis andanzas. Inocente, la anduve ciento de veces, tanto de ida como de vuelta.

Había nacido en 1814 en Córdoba. Estudió en Buenos Aires y, desde muy joven, mostró afición por la poesía. Su primera obra fue una pequeña ”Oda a Rosas”, simpatizaba con él. En 1837 se unió a los jóvenes literatos de la Asociación de Mayo, por lo que pronto fue investigado por los que representaban a Rosas (a quien antes alababa) como posible aliado de los enemigos franceses. Fue procesado por estafa y falsificación de documentos. Huyó a Europa en 1839. Regresó a fines de ese año a Montevideo, donde se dedicó a atacar en la prensa al gobierno de Rosas por medio de poemas y alegatos. Entre los muchos periódicos donde publicó se destacaron sus colaboraciones en el diario “El Nacional”, desde el cual acusó a Rosas de toda clase de crímenes e inmoralidades.

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Acompañó a Florencio Varela a convencer al general Juan Lavalle de unirse a los franceses en la guerra contra su propio país. Un diplomático francés le pidió publicar un libro que incluyera una lista, lo más larga posible, de las víctimas de Rosas. Le ofreció pagar un penique por cada muerto. Famosa como Tablas de Sangre, recurrió a todos los muertos conocidos, tanto los asesinados por la Mazorca, como por orden directa de Rosas. Pero sumar peniques le resultó atractivo y completó la lista que necesitaba con fallecidos de muerte natural, individuos muertos ante de la llegada de Rosas y hombres que, muchos años más tarde, aún vivían.

Sumó 480 muertos, es decir, 480 peniques. Además de la falsedad de suponer que todos los muertos eran responsabilidad únicamente de una persona.

Esta lista fue utilizada durante décadas para acusar a Rosas de crímenes enormes. Lo acusó también de defraudación fiscal, malversación de fondos, de insultar a su madre en el lecho de muerte, de  abandonar a su esposa en sus últimos días, de tener amantes de las familias más respetables, hasta de incesto con su hija Manuelita. **

Sin ningún rigor periodístico, estas denuncias, absurdamente infladas, sustentaron la condena histórica de Rosas.

¡Un chanta este Indarte! sin bandera, sin patria. Un denunciador serial que supo facturar entre mentiras.

¿Quién decide el nombre de las calles? ¿Quién los elige?

LOS DOS INGLESITOS

Seleccionado como prócer, leemos sobre Carlos María de Alvear quien, en 1815, le ofreció a Inglaterra el Protectorado de las Provincias Unidas. Para tal ocasión, manifestó que deseábamos pertenecer al imperio de su graciosa Majestad. Pareciera que los apátridas merecen ciertas distinciones.

 

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Otro: Bernardino Rivadavia, protegido de la corona británica, se ofuscó con Manuel Belgrano por haber ordenado a sus tropas jurarle a la bandera en estos términos: “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores y la América del Sur será el templo de la Independencia y la Libertad!*** Una ofensa para Bernardino, un insulto que le mereció, entre otros hechos desgraciados, “ganarse la calle”.

¿FALCÓN O FALCON?

Era necesario apuntar el nombre de Ramón Lorenzo Falcón (1855 – 1909): “Político, militar y policía argentino, se destacó por su dureza como jefe de la Policía de la Capital. Aplastó con mano de hierro las manifestaciones obreras de comienzos del siglo XX. Fue durante  los hechos represivos de la llamada Semana Roja de 1909, en los que la policía a su mando asesinó aproximadamente 11 manifestantes pacíficos.”

Su vida se tiñó del color del falso mártir, luego de ser asesinado por el joven obrero ucraniano, Simón Radowitzky. Lo de mártir trucho parece haber borrado sus manchas de gatillo fácil y ahí lo tenemos, meta orientar a los vehículos y a los peatones -y por qué no a ciclistas- quienes repiten su nombre ingenuamente.

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DURO COMO UNA ROCA

Y ni hablar de la Av. Roca, para recordar a Julio Argentino Roca (1843-1914), quien, según la historia, fue el artífice de la Conquista del Desierto. Si no conocías la historia, hoy tenés una secuela de esta película. En este caso, la Ministra Bullrich actúa de Roca. Actúa muy mal, pero a muchos no les importa.

Me repregunto, ¿quién elige el nombre de las calles?, ¿quién los elige?

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Tampoco me gustaría orientarme con los números, como en La Plata. No conmueve transitar por la Avenida 7 o buscar un Café entre la Avenida 131 y la Calle 38. Distinto es citarte con alguien en la calle de los Cerezos y besarte justo en la esquina del Paraíso y Jilguero, por citar algunos nombres de las calles de la costa.

Hay un pueblo en el norte de la Rioja, llamado Chuquis, donde a las calles les pusieron los nombres de las canciones de su vecino más ilustre, Ramón Navarro, cuando este cumplió ochenta años. De modo que uno camina por el pueblo y pisa una “Chayita del Vidalero” o pinta el mundo en un solo color al transitar por “Mi pueblo azul” o, sin darte cuenta, podés perderte en esos balanceos hacia un lado, hacia el otro.

¡Cómo advertir a las generaciones futuras sobre nombres como Etchecolatz, Astiz, Costas, Videla, Camps o Menéndez! Depredadores de la dignidad humana.

No sabemos si el futuro cibernético nos espera con un código de barra para ubicarnos en la calle que buscamos o quizás se elijan animales para nombrarlas, como sucede en los billetes argentinos de hoy. Entonces, nos encontraríamos en esquina Yaguareté y Hornero, Av. Guanaco o La Ballena Franca Austral. De ser así, ruego a los jóvenes de hoy transmitir de boca en boca, escribir cartas a familiares confiables, enterrar en el fondo de la casa algún cofre con la siguiente recomendación:

De todos los animales posibles, jamás de los jamases elijan a un “Gato”. Para recordar a ese bicho, tendrán la reducción de haberes a los jubilados, a los héroes de Malvinas, a la Asignación Universal por Hijo, tendrán los despidos masivos, la persecución política, el estrangulamiento a la libertad de expresión, el reverdecer del hostigamiento de las fuerzas del orden y la más extraordinaria, grosera y eterna deuda externa.

* Alberto Peñero, “Las calles de Buenos Aires”.

** Biografía de José Rivera Indarte, de Juan María Gutiérrez – Publicada en 1860.

***”Libertadores de América”. “Vida y obra de nuestros revolucionarios – Manuel Belgrano”, Felipe Pigna.




LOS MÉDICOS MALDITOS

Reflexiones acerca de la miseria: sobre los médicos de ficción.

Por Alicia Lapidus

¿Quién no se ha sentido vulnerable en la enfermedad? Hasta el más valiente se acobarda frente al médico, a quien algunos creen poseedor de un saber absoluto. Chamán que, con artes más o menos oscuras, puede disponer de nuestra salud, cuando no de nuestras vidas. Las épocas fueron cambiando, el otrora almidonado guardapolvo y su portador, ubicados varios escalones sobre nosotros, ahora es un ser más coloquial, tutea y hasta puede haber abandonado el clásico uniforme. Eso sí: no cambia el desvalimiento que la enfermedad produce y, cuando el mal no mejora, genera toda clase de paranoias.

Se dice que hay dos temas sobre los cuales hablan todos los seres humanos como si fueran expertos: las enfermedades y la economía. Ambos, caros a nuestra vida cotidiana.

Con estas verdades y estos miedos arcaicos, la ficción se hizo una fiesta. Infinidad de libros y películas crearon villanos médicos, viles seres. En su mayoría, enfermos mentales, con delirios de grandeza y ávidos de probar experimentos, muchos de ellos, sobre inermes pacientes. Pero no todas las ficciones propusieron  profesionales macabros, los hay también de excelencia. Para el desquicio o para la gloria, los médicos de ficción siempre tuvieron el color de la época en la que nacieron.

Evil doctors

Ahora: algo es seguro. Estos doctores de serie, de novela o de película no creen en el juramento hipocrático. Ante la elección del bien o el mal, casi siempre optan por el lado oscuro.

Por ejemplo, el Dr. No y su plan sórdido para cometer asesinatos en masa con un rayo  atómico. El buen doctor, como muchos de sus colegas literarios, encuentra un final un tanto pegajoso: enterrado vivo en un montículo de guano.También está el bueno del Dr. Jekyll, cuyos experimentos con un suero lo convierten en el maníaco homicida, Mr Hyde. Sin mencionar al Dr. Moreau, quien crea una súper raza de híbridos humanos/animales. O el insidioso Dr. Fu Manchú. O el nigromante vendedor de almas, el Dr. Fausto.

Los psiquiatras tienen una provincia especial en este asunto. Posiblemente, el protagonista más malvado de todos los tiempos sea el Dr. Hannibal Lecter, un psiquiatra forense que puede leer a sus víctimas como si leyera un libro. En “Los hombres que no amaban a las mujeres” hay psiquiatras violadores, asesinos y abusadores (2005, Stieg Larsson). Y, más atrás en el tiempo, la maravillosa película “Atrapado sin salida”, de Ken Kesey, con la inolvidable actuación de Jack Nicholson

Sería interminable enumerarlos a todos ellos, buenos y malos. Voy a detenerme en dos que, sin duda, reflejan su época.

EL MONSTRUO Y EL PADRE

Agujas plateadas de luz caían sobre el campo quirúrgico, donde el Dr. Frankenstein suturaba los últimos puntos de su creación. Y, entonces, la criatura despertó a la vida.

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En su libro, Mary Shelley no quiso -probablemente, no podía- explicar el misterio del aliento de la vida, dejó a la imaginación del lector (y a las futuras adaptaciones) la resolución del enigma.

Mucho se ha dicho sobre el Monstruo Frankenstein. Menos mirado, en cambio, ha sido su creador, cuyo nombre fue trasvasado a la bestia. Víctor Frankenstein nació en pleno romanticismo europeo, siglo XIX. El romanticismo se caracterizó por un subjetivismo con exaltación de la personalidad individual, la oposición a las normas clásicas y una revalorización del “ánima mundi” (egipcio y presocrático): la concepción del universo como un gran animal que nos respira. Un mundo de correspondencias ente lo macro y lo micro, que vuelve a filiar al hombre escindido con la naturaleza, a la vigilia con el sueño, a la conciencia con lo inconsciente (palabra que aparece por vez primera en boca de un romántico). Reacciona “contra el modo de reaccionar” contra el oscurantismo medieval, del racionalismo del siglo XVIII y XIX. Y recupera el yo, no como afirmación del individuo, sino como espacio atravesado por fuerzas, por ejemplo, la inspiración. Por otra parte también valora lo diferente en contraposición a lo común, lo que lleva una fuerte tendencia nacionalista. Esto tuvo su costado bélico, pero también una revalorización de las culturas singulares de cada lugar, una renovado interés por leer ruinas, por reivindicar el vínculo hombre-mundo, por rescatar el panteísmo. Los sentimientos -espacio siempre andado por el arte- adquirieron un nuevo modo de ser expresados. Sobre esta base, podemos entender mejor a este “Doctor”.

Ya de joven, Frankenstein fue influenciado por las lecturas de alquimistas como Paracelso y Alberto Magno, con intenciones de descubrir el fabuloso “elixir de la vida”. Poco después, perdió el interés tanto de esta búsqueda como de la ciencia en general. La cosa fue así: la observación de los restos de un árbol al ser golpeado por un relámpago ocurrió en simultáneo con la muerte de su madre. De este modo, Frankenstein sintió lo casual de la existencia frente a la naturaleza creadora y destructora. Sin embargo, en la Universidad dedoctor_frankenstein__peter_cushing__by_pidimoro-d5rzbe0 Ingolstadt, Víctor desarrolló una fuerte pasión por la química. Se obsesionó con la idea de crear vida con técnicas artificiales, a partir de materia inanimada. Por ese motivo- aparentemente- es expulsado de la escuela. Importa anotar que Víctor no era “un Doctor”, como es típicamente retratado, de hecho, llegó a serlo. Frankenstein terminó por conseguir algo parecido a lo que buscaba: creó una criatura humanoide. No explicó si lo logró a través del zurcido de trozos de cadáveres, si empleó alguna sustancia química o ambas cosas. Se lo preguntaron, pero evadió la respuesta en tres oportunidades. Es probable que Mary Shelley, como ya se dijo, no tuviera tampoco esa respuesta. Sin embargo, el corazón del conflicto quedó expuesto cuando Frankenstein comprendió el horror de su creación y huyó del laboratorio. El “engendro”, como él lo llamaba, escapó. La “bestia” era un ser sensible y emocional, anhelaba la compañía y el afecto pero era rechazada. Su fealdad monstruosa la alejaba de toda la sociedad. En su incesante intento por relacionarse, aprendió a hablar y a escribir -algo no retratado en la mayoría de las adaptaciones posteriores- y llegó a hacerlo con gran corrección en francés, y, quizás, también en alemán y en inglés.

Ya desde su “nacimiento”, Víctor no le puso nombre, todo un símbolo de la orfandad que acompañará a la criatura, quien terminará por odiar a su creador.  Así, en su periplo, dejará muerte y desolación.

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En la novela de Mary Shelley, Frankenstein es un hombre conducido por la ambición y la curiosidad científica, incapaz de tratar las consecuencias de sus acciones en “el juego de ser Dios”, y también un ser un irresponsable y padre negligente.

El Dr. Frankenstein presenta al mundo convulsionado con la aparición de la era industrial, el peligro de una ciencia que avanza hacia la deshumanización y un naciente capitalismo que no respeta al ser humano en su individualidad. El hombre no puede ser creador sin atenerse a las consecuencias de su obra. Y su criatura, inmersa bruscamente en ese mundo, muere y mata por soledad.

 EL DR. SARCASMO

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“Todas las hazañas heroicas requieren un precio. De otra manera no son realmente heroicas. Tiene que haber un dragón. Tiene que haber un riesgo. Tiene que haber dolor. Y él mantiene ese dolor. Y combate ese dragón. Él paga ese precio de muchas maneras distintas. Y lo paga por el bien de buscar verdades más grandes” Gregory House

Viajo en el tiempo hasta la actualidad. Ahí encuentro un personaje fascinante, complejo, inasible. No es malo, no es bueno en términos convencionales, su modo duro y carente -desaprensivo, la mayoría de las veces- se volvió un signo distintivo del personaje. No pasará mucho tiempo hasta que el lenguaje lo capture y llamemos a cualquier cínico, “un Dr House”.

¿Pero quién es Gregory House? En primera instancia es un médico enfermo. Ya no sólo psíquica, sino físicamente. Es un ser dañado en lo profundo. El ovillo de su propia historia se desenvuelve a lo largo de ocho años de serie televisiva. Este hombre es hijo de un padre golpeador. Él no cree que ese sea su padre biológico. A la muerte de aquel y antes de su entierro, Gregory le extrajo un fragmento de oreja al cadáver y realizó una prueba de ADN. Así demostró que John House no era su verdadero padre, lo que confirmó su teoría. Esa es sólo una transgresión pequeña. A lo largo de los años realizará innumerables otras.

House no reconoce los límites éticos concebidos socialmente. Para él, el fin -generalmente el diagnóstico- justifica cualquier medio.

House 3Es un maltratador verbal de sus colegas, sus superiores y de sus pacientes. Su inteligencia le permite, en todo caso, exceder toda convención social. Desprecia la relación médico/paciente. “Todos mienten” es su leitmotiv al que varias veces le agrega “incluso yo”. Ante los enfermos que caen en su órbita, usa métodos poco ortodoxos y tratamientos no convencionales. Sin embargo, sorprende con diagnósticos rápidos y acertados, después de simular desatender el asunto que se le plantea. Su aparente “devaneo” es un recurso teatral narrativo sin igual para evitar que su genialidad se explique sólo por una causa o por un trauma.  Muestra su habilidad , por ejemplo, en una escena en la que House diagnostica a una sala de espera completa en menos de un minuto, mientras sale del hospital.

Su ficha clínica dice: Adicto a la hidrocodona (Vicodin), un potente analgésico. Preso de un bastón a causa de una lesión muscular en una pierna. La adicción al analgésico es, sin lugar a dudas, un signo de los tiempos. A fin de 2016, se supo que el abuso de fármacos como Oxycontin y Vicodin causó la muerte de 17,536 personas ese año en Estados Unidos.

https://www.elconfidencial.com/mundo/2017-04-12/opiaceos-adiccion-heroina-estados-unidos-epidemia_1360874/

Sus vínculos con las mujeres tienen también ese sello de fragilidad  y desencuentro. House, con frecuencia, contrata prostitutas, un hábito que su amigo Wilson le reprende. Cada relación que ha intentado termina de forma violenta y en el lapso donde solo cabe lo fugaz (excepción de una relación un poco más larga con la directora del hospital). Siempre el final es debido a una combinación de su personalidad o a causa de algún obstáculo que condimenta su ya difícil figura, con la astucia de excelentes guiones. Lo único firme en ese universo es su amigo, Wilson.

El Dr. James Wilson es el jefe de oncología del hospital donde ejerce House. Por tratarse de su mejor amigo es el único que se atreve a hablarle con sinceridad. Es atildado, pulcro, intenta parecer normal a ultranza. Sin embargo, comparte algunos de los problemas de House con las mujeres. Se casó y divorció tres veces y no tiene hijos. Eso lo convierte en el compañero ideal de las charlas con House. No participa en los diagnósticos, lo que permite abrir un escenario, dentro de la serie, más íntimo, más personal.

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Se conocieron en una convención médica, cuando House le paga la fianza a Wilson para salir de la cárcel (detenido por agredir a una persona). Con su acidez habitual, House dice que lo hizo porque el Congreso era muy aburrido y necesitaba alguien con quien ir a beber. Wilson parece un hombre más lineal, sin embargo también él lucha con sus propios fantasmas, pero sirve de contrapunto al complejo doctor.

Sherlock Holmes moderno, House no resuelve crímenes, resuelve enfermedades extrañas. No trata pacientes, se enfrenta a sus patologías. Ese es su desafío y lo que da sentido a su existencia.

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Su autor, David Shore, reconoce la inspiración en el prestigioso investigador de ficción. “Holmes” en inglés es muy parecido a “Homes” (hogar) y “House” significa casa, un juego de palabras con el que el director hace un guiño acerca del origen de su criatura.  A Wilson, su amigo, en un principio se lo había pensado como  a una especie de Watson. Ambos, Holmes y House son adictos. Sherlock, a la cocaína y Gregory, a la hidrocodona. Ambos aman la música y tocan instrumentos.

Experimental como pocos, House ha probado todo tipo de drogas, sin privarse del LSD, en un intento por curarse una “migraña”. Tampoco esquivó usar su propio cuerpo como zona de prueba de alguna teoría, como cuando intentó “casi matarse” para comprobar si en realidad existía el cielo o el infierno.

Un punto central de su personalidad está en el modo astuto, incisivo y excéntrico de su ingenio. Disfruta al sembrar conflictos entre las personas y, a menudo, se burla de sus debilidades. Pero así como goza al verlos fracasar en sus encuentros, también descifra los misteriosos caminos de la enfermedad en el cuerpo, basándose en el aspecto o en la personalidad de sus pacientes. Igual método que el de su antecesor, el detective. Su amigo, el Dr. Wilson, dice que “mientras algunos médicos tienen el complejo de Dios, Gregory tiene el complejo del ‘Cubo de Rubik’; necesita resolver el acertijo”.

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Pero no podemos dejar de preguntarnos: ¿qué tiene House que encantó al público contemporáneo?

Este personaje podría considerarse un prototipo de la cultura occidental del siglo XX. Soberbio, presuntuoso, con un gran cúmulo de conocimientos científicos, arrogante por sus posibilidades informáticas, pedante y conocedor de grandes avances médicos,  aunque – también- un discapacitado emocional, hundido en las mismas preguntas existenciales que sus antecesores de épocas no tecnológicas.

House es capaz de buscar respuestas en Internet, pero no puede encontrar la verdad en sí. Cuanto más avanza en su destreza tecnológica, más se aleja de las relaciones humanas, que sólo establece si logra imponer su propio modelo. No se compromete con una pareja, ha perdido el erotismo del amor y sólo le queda el sexo físico. Lo cierto es que no podríamos decir que House es ni un inmoral ni un amoral. El tipo tiene su propia escala de valores y, podría afirmarse, que se comporta como un anarquista dentro de un rígido sistema médico, que sólo lo tolera por su brillantez.

LA SALUD SOCIAL

La salud y la vida individual transcurren siempre en un contexto que no puede deslindarse de la sociedad. Cada médico, bueno o malo, ya sea en la literatura como en la pantalla, es un reflejo de su época. Y, muchas veces, sin ser el objetivo principal de sus autores estos personajes nos han dejado frente a frente con las realidades feroces de la humanidad. Queda en nosotros, los lectores, los espectadores, descifrar a través de estos seres -benditos y miserables-, algo de nuestro mundo.

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MISERIAS DE ESCRITORIO

Reflexiones acerca de la miseria: La vida en la oficina

Por Viviana García Arribas

 

ALGO EN COMÚN

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Derrick Lin

Pueblo chico, infierno grande. A veces, los lugares comunes sirven para ilustrar, de la manera más clara, una idea.

Y si de lugares se trata y, además, comunes, esos espacios donde se desarrolla una comunidad, -una Communitas, al decir de Antonio Esposito- podemos hablar de ese sitio que atrapa y somete a sus miembros a una convivencia obligada: la oficina. A este ámbito se pertenece en pos de un objetivo: el cumplimiento de un negocio o servicio será el interés del empleador, mientras el empleado perseguirá la obtención de un salario. Para Esposito, “común” (commun, comune, common, kommun) es lo que no es propio, que empieza allí donde lo propio termina (…). Es lo que concierne a más de uno, a muchos o a todos, y que por lo tanto es “público” en contraposición a “privado” o “general” (pero también “colectivo”) en contraste con “particular”.”(1). De ese modo, nada hay menos propio que aquello que es “común”. En el entorno del trabajo lo común coincide con las metas del empleador, mientras para el empleado pesa más la necesidad de una remuneración. Por ese motivo el espacio se le vuelve anónimo, un lugar de no pertenencia.

9b6f3d252f21874e2006d88a82426910_1404485306El microcosmos definido por el medio laboral reúne varios tipos de relación que replican la vida fuera de ese medio: el sometedor y quien se ve sojuzgado, el envidioso y el objeto de su resentimiento, la linda y su corte de seguidores. Desde ahí al infinito, cada día se movilizan los mecanismos de las relaciones en todos sus aspectos miserables y en una medida menor -mucho menor- las actitudes nobles. Quien trabaja en una oficina desde hace varios años sabe que, a diario, debe cuidar sus espaldas de todas las pequeñas miserias que sus compañeros y superiores -esos integrantes de la gran familia empresarial-  le prodigan a lo largo de la jornada.

Ese estado de naturaleza salvaje que constituye la vida de oficina coloca a cada trabajador en un ámbito en el que se encuentra a merced de los otros, donde cada persona es potencialmente peligrosa para el resto. La competencia -casi siempre desleal- activa los mecanismos más miserables. Entre otras cosas, los trabajadores deben depositar su confianza en una estructura jerárquica que los obligará a ajustarse a determinadas reglas para sobrevivir. Esto, además, propicia la generación de actitudes tendientes a ganarse el favor del jefe, aún en forma inconsciente.

AL FINAL, TODO EL TRABAJO LO HAGO YO

Una de las charlas típicas de la oficina ronda alrededor de lo poco que trabaja Fulano:

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Derrick Lin

“¡Es una vergüenza! ¿Vos lo viste ayer? Se pasó el día con los panfletitos de la convocatoria a la asamblea y el arqueo de caja tuve que hacerlo yo. Encima, se me complicó porque es un mezquino con los datos y tuve que empezar todo de cero, no me dejó nada de lo que había preparado. No me banco que reparta papelitos mientras yo me rompo el lomo todo el día para hacer el trabajo de los dos. ¡Y todo para que llegue fin de mes y cobremos lo mismo! Ya hablé varias veces con el supervisor, pero ese es otro inútil, no lo quiere tocar a Fulano porque es el delegado. ¿De qué inmunidad gremial me hablan? ¡Que se siente a laburar, viejo!” dice Mengano, desparramado en una silla, sin un papel sobre el escritorio, mientras se toma el segundo café de la mañana, luego de haber discutido sobre el partido del domingo, el precio del dólar o la última jugada de la quiniela, donde, en Uruguay, salió el número al que le habían jugado -a la cabeza y a los premios- en todas partes menos, claro, en el bendito país oriental.

Esta y otras charlas de oficina ponen de manifiesto cuánto cada uno tiene el ojo puesto en el trabajo de los demás, antes de mirar un poco el propio ombligo. Esta actitud es también fomentada por las jefaturas que -cuando llega la hora de justificar la falta de un aumento o una calificación baja- recurren a la comparación más misérrima del interlocutor de turno con cualquiera de sus compañeros. Quienes no son necesariamente mejores, por supuesto, pero los jefes siembran y abonan la competencia -esa palabra tan actual-, receta infalible para que el staff de la empresa sea, cada día, un poco más eficiente.

RODEADO DE INÚTILES

Si de jefes hablamos, uno de sus recursos favoritos es generar un sentimiento de culpa en el empleado:

“El jefe: -¿Lo tiraste? ¿Cómo que lo tiraste?

El empleado: -Vos me dijiste… habíamos quedado…

El jefe: (Cortante) -Yo no te dije que no tuvieras criterio como para deshacerte de esa documentación que ahora nos piden.”

Manga - Sun Ken Rock
Manga – Sun Ken Rock

En fin, pequeñas delicias de la vida de oficina. Quien se encuentra en una situación de mando siempre puede canalizar sus culpas en los subordinados, a quienes no les queda otro remedio que mirar alrededor -a sus iguales- y descargar su bronca ya que “el jefe siempre se la toma conmigo, por qué no se fija en el resto… Son todos unos vagos”. Es verdad que, en una estructura jerárquica, como son la mayoría de las empresas o los entes de la administración pública, el jefe tiene, a su vez, un superior por sobre su cabeza y ese a otro y así sucesivamente. Pero el último eslabón siempre es el empleado, ese que no tiene a nadie a quien maltratar.

ROMANCE EN LA OFICINA

Pocas situaciones generan tantos comentarios como un posible amorío entre los miembros del staff. Cada día se producen cuchicheos, risitas, gestos de desagrado, miradas cómplices e infinitas alusiones a la suerte de él o a la falta de escrúpulos de ella. Sí, en general, para los colegas, él es piola y ella atorranta. No faltará quien diga que él no deja títere con cabeza o que ella podría vestirse un poco más discretamente. Todos se creen con derecho a opinar porque, después de todo, “acá nos pasamos más de ocho horas al día, más tiempo que con la familia, fijate”.

IMAGEN 6Por todas partes surgen grupos que se constituyen en garantía de la moral y del bien público. Nadie entiende tanta desfachatez y desvergüenza. ¡Pobre quien se enamore de su compañera o compañero de trabajo! No hay mejor forma de caer en la hoguera de los comentarios.

¿LOBO DEL HOMBRE?

El lobo hombre - Ilustración cuentos de Boris Vian
El lobo hombre – Ilustración cuentos de Boris Vian

Sin embargo, esta organización del trabajo no hace más que reproducir la de la sociedad. Imposible no recordar a Hobbes, para quien “los hombres, por natural pasión, se inclinan a la ofensiva recíproca” (2), desconfían de sus iguales y quieren conseguir lo mejor para sí mismos. Para el filósofo esa tendencia genera la desconfianza y la necesidad de buscar un soberano que ponga orden. Sin embargo, nada parece indicar que deba ser así por naturaleza. Spinoza, por ejemplo, sostiene que cada uno es lo más perfecto que puede, según lo que lo afecta, y esas afecciones siempre son una cuestión cultural. No obstante, esta organización jerárquica se puede encontrar en todos los ámbitos de la vida: desde la familia hasta el partido de fútbol, desde el consorcio hasta la sociedad de fomento, ámbitos donde se pone en juego un equilibrio de poderes entre los miembros que, en última instancia, es resuelto por la autoridad de turno. Al menos, así ha sido históricamente en la sociedad occidental. En el trabajo, ese juego sutil de fuerzas se hace más evidente y un poco más burdo: no hay lazos afectivos que limen las diferencias, como en la familia o los grupos de amigos y el sentido de pertenencia, -“ponerse la camiseta” de la empresa- es algo bastante poco habitual. De esta forma, la autoridad del jefe, que siempre será cuestionada -aunque insoslayable-, dará lugar y aun incentivará, los celos, la envidia y la necesidad de destacarse.

Caldera del diablo, antesala del infierno, nido de víboras, la oficina, ese lugar al que todos acuden, cada día, y al que casi ninguno desearía pertenecer.

Derrick Lin
Derrick Lin

 

 

(1) Communitas, Roberto Esposito

(2) Elementos de derecho natural y político, Thomas Hobbes




EL RUIDO DE UNA LUZ

Reflexiones acerca de la miseria: Entrevista al director de cine y escritor Martín Rejtman.

Entrevista: Viviana García Arribas, Alicia Lapidus, Gabriela Stoppelman

Edición: Viviana García Arribas

Fotos: Anne Diestro Reategui y Matías Buselli

 

El faro de una moto enciende la noche. Dos jóvenes surcan la ciudad, mientras cabalgan sobre la ruidosa máquina. Atraviesan lo oscuro en perfecta armonía hasta que una nota disonante quiebra el ritmo del paseo: uno de ellos asalta al otro, le quita la moto y las zapatillas. En un cuadro del desamparo, un joven queda descalzo sobre el asfalto. En apariencia, no muy afectado, inicia el largo regreso hacia su casa. La cámara se queda con él y lo acompaña en su peregrinaje. ¿Qué pasaría si, en lugar de eso, seguimos a quien se va en la moto? Probemos… Otra vez la luz hiere la negrura. El corazón late -no mucho, lo suficiente para transmitir la excitación del momento-, las manos se cierran sobre el manubrio y conducen la moto robada. ¿El destino? Un barrio cualquiera de Buenos Aires, ni muy pobre ni muy rico. Al llegar, el ruido ronco del motor se aquieta y comienzan a escucharse otros sonidos: un televisor encendido, un teléfono que suena, la violenta estridencia de un tema musical. Tal vez viva solo, quizá lo reciban sus padres -quienes, casi seguro, apenas van a sorprenderse con la llegada del hijo-. Tal vez, la moto quede arrumbada, como un objeto sin destino, para ser robada otra vez y, así, circular y marcar el curso de otra historia. Pero, esto es solo fantasía. Quizá, la parte de la historia que Martín Rejtman decidió no contar. Sin embargo, se revela como un mundo posible dentro de su universo.

 

La primera secuencia de “Rapado” resume algunas recurrencias de su director: personajes en movimiento, un hecho fortuito que rompe la monotonía, la discordancia, el desamparo y la aparente desafección de los personajes. En nuestra charla, tratamos de acortar distancias y atenuar los ruidos, escuchar los silencios y capturar el azar. Así, armar familias casi perfectas… en función a aquello que las afecta.

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EL OÍDO OBSE

“Clay y Esteban desayunan con la sensación no de silencio sino de haberse quedado sordos, aturdidos, como si el departamento estuviera sellado, envasado al vacío. Por primera vez en mucho tiempo la falta de golpes les permitiría hablar y escucharse durante una comida, pero perdieron esa costumbre y no se dicen nada.”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Nos llamó la atención la insistencia de los ruidos en tus películas: los ringtones, los teléfonos de fondo, la música… A veces como irrupción y otras como aturdimiento.

fotolia-26710073-s-hearingchallenged-com_14696_gSoy bastante sensible a los ruidos. Vivo en una casa cuyo fondo daba a una planta del Ceamse, en Colegiales. El ruido que eso producía era terrible. Cuando llegué, contraté a una empresa para que midiera el nivel de ruidos –un servicio que me costó carísimo-, hice miles de quejas ante el Gobierno de la Ciudad junto con otro vecino, vinieron inspectores, etc. Bueno, es un ejemplo. Soy muy sensible al sonido y creo que por eso tengo más conciencia de eso que mucha gente. Incluso, el momento que más me gusta de una película es la mezcla de sonido. Me lo decía un ingeniero de sonido: yo escucho cosas que otra gente no. Pequeños errores, por ejemplo. Estoy obsesivamente atento a lo que suena.

Pero tus personajes no se alteran tanto como vos con los ruidos. Parecería que, en lo expresivo de sus cuerpos, no se alterasen casi con nada.

Sí y no. Creo que en el cuento “Eliana Goldstein”, hay un personaje que está completamente alterado por el sonido del piano que toca un vecino. Siempre me destacan que mis personajes son imperturbables, que nada los afecta. No creo que sea tan así, realmente. A lo mejor no son demostrativos o no los cambia demasiado lo que pasa, pero sí los afecta.

Es interesante lo que decís de tus personajes, que no es que no les pasa nada sino que no lo expresan con el rostro. Es cierto, no demuestran, pero finalmente entran en conflicto, se meten en problemas. Hay una tensión que no se manifiesta aunque está.

Sí. Aquello que no expresan con el rostro se transmite en acción pura. No vemos un efecto psicológico en los personajes, no a partir de las cosas que les pasan, pero sí en la progresión de la acción de las historias. Los hilos se van moviendo más por esas situaciones que por la voluntad de los personajes, quienes se ven envueltos en situaciones, en lugar de forjar o manejar su propio destino.

Esto libera del diagnóstico, digamos, de la lectura psicológica y de la causalidad.

Me parece que sí. Y también, la psicología de estos personajes se define por las cosas que hacen de maneras contradictorias, o absurdas o que no responden a una lógica clásica, pero que, al mismo tiempo, los impregna de una psicología atípica.

Una lógica inesperada. Una lógica alterada y en acción.

Exacto.

 

SILENCIOS FILMADOS, PALABRAS SOÑADAS

“¿Lo sabes, lo has pensado? … La noche fue silencio.

Precedió el silencio a la Creación.

Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio.”

“El silenciero”, Antonio Di Benedetto

 

Antonio Escalante - Ruido y silencio
Antonio Escalante – Ruido y silencio

Vuelvo al ruido, pero ahora vinculado al silencio. Hay muchas escenas muy silenciosas. En las películas y también en los textos.

Tengo menos precisión en el recuerdo de este tipo de referencias al sonido o al silencio en los diálogos o en los textos en general. Creo que tiene más que ver con pequeñas escenitas o frases. Sí lo tengo más claro en las películas.

“Debo haber soñado la palabra, no la imagen”, dice uno de los personajes de “Silvia Prieto”. 

Sí. Me pareció que era una reflexión más literaria que otra cosa.

Siendo escritor y cineasta, ¿con qué lenguaje te llevás mejor y en qué casos?

Son dos cosas muy diferentes. Empecé a escribir literatura nuevamente ayer, después de tres años. Estuve trabajando más en guiones de cine. Para escribir cine tengo que pensar un poco más en una situación visual, obviamente, pero que no sé muy bien cómo explicar. Creo que tiene más peso escribir para cine que escribir literatura. Esta es más liviana, para mí, porque tiene menos consecuencias.

¿Cuándo necesitás una u otra?

Forever bicycles - Ai Weiwei
Forever bicycles – Ai Weiwei

Necesito proyectos de cine. Cuando no tengo guión, tengo que escribir, buscar uno. Porque llevar adelante un proyecto de cine lleva mucho tiempo y necesitás el guión como herramienta para conseguir la financiación y poder filmar. Entonces, trato de no escribir literatura hasta no tener un guión de largometraje listo. Cuando tengo el guión, después sé que hay un tiempo largo hasta concretar el proyecto de la película, donde puedo escribir literatura. Lo que pasa ahora es que acabo de escribir un guión de un largo y, como sabía que iba a tardar mucho en filmarlo, escribí también un guión de un corto –algo para filmar enseguida-, cosa que no hacía desde los años ’80. Bueno, ahora estoy con eso.

 

ABSTINENCIA DE GUIÓN

“Viernes dice a domingo / quítate tú que me ponga yo /

Mas domingo ha salido de su cueva / y tapona la primavera / como mierda de perro

que ladrase tras / los martes, miércoles, jueves, sábados y lunes.”

“Nada”, Benjamin Péret


¿Qué pasaría si te quedaras sin un guión?

Angustia un poco la idea. Primero, no filmo guiones de otras personas. Además, me cuesta mucho terminar un guión, tardo un montón de tiempo.  Y, cuando estoy escribiendo, tengo siempre la duda respecto de si, de eso, va a salir algo interesante, si el guión va a estar bien o no, porque no pienso una historia de antemano, no tengo una trama previa que después desarrollaré en la escritura, sino que va surgiendo. Esto, tanto en la literatura como en los guiones, pero es más dramático en este último caso. En la literatura no dudo tanto de que voy a llegar a algo, porque hay muchas formas posibles. En cambio, la forma del cine es menos caprichosa.

¿Hay cosas que podés en la literatura y no en el cine y viceversa?

Fahrenheit magazine
Fahrenheit magazine

Sí, claro. En literatura uno puede escribir sin pensar si se va a poder producir o no. Este sí es un condicionante del cine. Igual, no escribí tampoco cuentos que sean tan caros de filmar. Aunque, en el último libro, “Tres cuentos”, sí hay muchos viajes en los cuentos. Filmar eso no sería fácil. El primero de los cuentos tiene una parte que transcurre en Los Ángeles. Yo conozco muy poco Los Ángeles. Estuve algunas veces, pero no es un lugar donde viví ni conozco el barrio donde transcurren algunas escenas del cuento. Lo escribí con el Google Maps, con las fotos. Eso me permitió viajar, ver locales, bares. Creo que se describe una especie de rotisería o lugar de comidas rápidas. Eso lo vi por internet.

 

LO INCONCLUIBLE

No quiere decir que esté triste, solo es un poco de agua en los ojos”

“Los guantes mágicos”, Martín Rejtman

 

¿Escribís poesía? Hemos visto que en tu narrativa aparece un trabajo con lo poético.

No, nunca lo hice. Pero, claro, lo poético aparece porque es inherente a cualquier obra, tiene que estar ahí. Pero la poesía es un género que, de algún modo, debería desprenderse de los otros géneros.

¿Qué es para vos lo poético?

No me lo he planteado antes… Es el misterio. Lo que uno no termina de decir, lo que queda en el aire. A veces funciona, para mí, como un adjetivo peyorativo: “exceso de poesía”, eso es algo que puedo rechazar. Trato de eludir la obviedad o la redundancia. Me parece que la única manera de que eso surja es en una especie de subtexto, en algo no dicho. Porque si no, siempre me parece un agregado de más. Trato de no enfatizar ni agregar nada, porque justamente me da miedo pasarme.

Arte con luz
Arte con luz

Me refiero no al adorno sino a lo poético como intensidad. Como cuando en una de tus películas el psicoanalista le propone al paciente novato: “hagamos un poco de diván”: la mujer se tira y está cinco minutos en silencio. Eso, el humor así dado, puede ser poético.

Sí, sí, claro. Pero lo hago involuntariamente, tratando de no poner la intención ahí. Quizás, no tanto por no recargar, sino porque no me gustaría a mí. A veces me encuentro con cosas con las que no me siento cómodo, sobre todo, cuando se trata de subrayar o poetizar con música o con una imagen muy embellecida. Son cosas con las que me sentiría como ridículo al filmarlas.

¿Leés poesía? 

A veces, pero no mucho.

Es el único género que uno no imagina filmable.

 

LA CAUSALIDAD CAPRICHOSA

“(…) cómo –/cómo cómo decir –/viendo todo esto –/todo esto esto –/

todo esto esto aquí –/locura para ver cómo –/entrever –/parecer entrever –

necesidad de parecer entrever –/desvaído a lo lejos lejos allá cómo –

una locura para necesitar parecer/entrever –/desvaído allá lejos lejos allá cómo –

cómo –/cómo decirlo –/cómo decirlo”

Cómo decirlo”, Samuel Beckett

 

Otra cuestión que nos llamó la atención son los espejos que hay en tus películas entre lo que se dice y lo que se hace. La palabra dentro de la película luego se convierte en acción, como cuando un personaje escucha el relato de un robo y después va y roba, intenta seguir los pasos de eso escuchado.

Bueno, funciona como un estímulo que lleva a la acción. Es esta cosa impulsiva que tienen los personajes de dejarse llevar por las cosas. El hacer algo, porque escuchaste que alguien habló de eso. Es medio azaroso, cualquier cosa puede ser causa de otra. No necesariamente alguien asesina a otra persona porque tiene una serie de motivos racionales o lógicos. “Dos disparos” comienza con un personaje que encuentra un revólver y se dispara dos veces. Es una cosa bien impulsiva. En ningún momento lo vi como una intención de suicidio. Es un impulso. Si uno tiene que encontrar una explicación, quizás tiene que ver más con haber estado toda la noche afuera, bailando, sin haber dormido, en una especie de trance en el que el personaje aún sigue.

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Las manos de Martín

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Hay todo un entorno de monotonía y la sensación es que él rompe con eso.

Claro. Y lo raro es que es la primera escena de la película. Cuando, en realidad, esa es la típica escena de conclusión. Para mí eso fue raro y arriesgado.

  

EL ESTRATEGA NARRATIVO

“Y, cuando está, se queda inmóvil en algún rincón y prácticamente no dice una palabra. No parece estar pensando, ni observando, ni ausente. (…) como si esperara el próximo evento del día (…)”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Aparecen mucho las discotecas en tus películas

Sí. Pero no voy a discotecas. De hecho, ahora vengo de ver locaciones para el corto que vamos a filmar y el equipo con el que estoy trabajando me acaba de mostrar la foto de una discoteca… Las personas gritan en las discotecas. Normalmente, en las películas, se adapta el nivel de la música para que puedan hablar sin gritarse.

Hay una sensación de mucha orfandad, un alto grado de desaprensión. Los ruidos afectan a los personajes, pero entre los cuerpos hay una distancia enorme.

Es una estrategia narrativa. Todas lo son: la circulación de los objetos y de los personajes, por ejemplo, algo que me permite hacer avanzar la acción. Como yo no trabajo con una trama preestablecida, ¿cómo hago para pasar a la escena siguiente, para que suceda algo? Bueno, hago circular un objeto entre personajes. Lo pienso más en ese sentido que como una cuestión psicológica. El resultado puede dar un paisaje más o menos desolador.

Francis Bacon - Three figures in a room
Francis Bacon – Three figures in a room

Sí. Ese tipo que yira y busca dónde dormir, recién llegado del extranjero. O incluso esa ausencia de a dos, de quienes nunca sonríen. Hay un efecto de desolación.

Sí. Igual las películas tienen mucho humor. Hay como dos caminos que van en sentidos opuestos. Para mí, eso crea una tensión interesante. También en ese sentido hablo de estrategias narrativas. Los contrastes arman una trama que tiene vida. Lo mismo pasa con el ritmo: hay escenas más lentas, otras más habladas. Ritmos que se chocan a veces. No son películas contemplativas de principio a fin. Me interesa la mezcla.

 

ANCLAR LA CIFRA

“Por un segundo Florencia pensó que tenía que abrazarla pero se contuvo; era una imagen que correspondía más a la escena de una película que a la situación de esa mañana.”

“El diablo”, Martín Rejtman

 

Y la mezcla de lo absurdo, del tiempo y de las cifras (“¿Cuántos cafés sirvió?”), en cuántos trozos corta el pollo.

Sí. Lo de las cifras tiene que ver con buscar que los personajes tengan un anclaje, porque si no quedan en el aire. Hace falta algo que les dé cable a tierra, una cifra o las obsesiones, como la de la chica que corta pollo todo el tiempo.

¿Y el hastío?

Hay personajes que están particularmente deprimidos. Hay un monólogo que me hace reír mucho: “Tengo todo el día por delante. Mañana todo empieza de nuevo”. Es como el lugar común de la depresión. Una persona deprimida piensa en esos términos pero, visto desde afuera, puede darte risa.

Por eso digo que, aunque sean estrategias narrativas, los resultados son tipos deprimidos, desaprensivos, desencontrados, huérfanos, solos, desamparados… y son casi caricaturas. Un poco mueven a risa en realidad. Como el que queda afuera en la puerta del boliche, porque tiene una bala en el cuerpo y suena en el detector de metales. El amigo le explica al guardia de la puerta: tiene una bala en el cuerpo. Y el guardia dice: “Ah, bueno”.

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Martín Rejtman

Sí, ¿qué podría hacer el tipo? El argentino medio haría un escándalo. Creo que mis películas van en contra del carácter argentino. Son películas introvertidas, cuando la mayoría somos extrovertidos. Son como una reacción a todo eso: la pasión, los ruidos excesivos, los gritos, exteriorizar todo el tiempo todas las cosas y discutir, discutir por todo y a los gritos. Todos -me incluyo- somos bastante así. En mis personajes hay más control. Uno puede ver eso como una situación, ideal por un lado y, por otro, como un desastre.

No se los ve como controlados sino que parecen ser así, no sobreintervienen para no descontrolar.

Bueno, es el mejor de los controles, el no necesitarlo. Una especie de estado zen, si querés. En un punto uno dice “Ojalá fuéramos todos así” y en otro “¡No! ¿por qué?” Es un mundo donde todas las cosas tienen un valor similar: las emociones, los objetos… Una especie de utopía y, al mismo tiempo, ¿no es una catástrofe que todo tenga el mismo valor? Estarías siempre girando en una línea muy delgada.

 

CLUB DE AMIGOS 

“Pero sabe que así como nadie le preguntó nada cuando llegó, a nadie le va a afectar su ausencia cuando se vaya.”

“Este-Oeste”, Martín Rejtman

 

Bueno, también hay gente mala. No hay abrazos, no hay caricias, no hay deseo… Hay traidores, abandonadores, indiferentes, siempre una distancia. En el número de esta revista, reflexionamos sobre la miseria.

sketch-1838278_960_720Siempre que hay dinero hay miseria y el cine depende del dinero. Cuando trabajás de manera profesional, en un esquema de cine más comercial, con sindicatos involucrados y demás, sucede que te encontrás con situaciones difíciles. Una vez me tocó escuchar una conversación entre algunos técnicos; decían que iban a parar la película por equis motivo, un conflicto con la producción que se podía solucionar. Pero estaban al lado mío y hablaban como si yo no existiera. En algún momento, tenía la ingenuidad de que éramos todos un grupo de amigos que está ahí haciendo una película porque quiere. Es como una ficción que me quiero creer, me gusta pensar que somos todos así, pero cuando escuché ese diálogo se me vino el alma al piso. Imaginate que el rodaje de una película son cinco, seis o siete semanas en las que convivís con todo un equipo de técnicos y de actores. Se arma una especie de falsa familia y hay algo de eso que uno se cree. En mi última película fuimos a filmar un poco más de una semana a Miramar. Como un grupo de vacaciones. En ese momento pensás que quienes están ahí son tus mejores amigos. Hacer una película para mí es trabajar en lo que quiero hacer, inventar un mundo y además, bien o mal, vivir de eso. Algo de utópico tiene ¿no? Y también hay algo utópico en los mundos que construís, porque tienen un equilibrio propio, son lo más perfecto que uno pudo hacerlos. Creo que ese equilibrio tiene que ver con la utopía.

 

¿TODO ES CUENTO?

“Con precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.”

Cómo acercarse a las fábulas”, Augusto Monterroso

 

¿En la escritura también?

Sí, también me pasa. Encontrar coincidencias, lograr simetrías en la estructura. Tomar algo del principio y hacerlo reaparecer al final de otra manera. Muchas veces me han dicho que mis cuentos no tienen final. Un escritor me dijo “Me encantan tus cuentos porque vos, cuando te cansás de escribir, dejás ahí y terminó el cuento”. Y no es así. Me acuerdo que “Eliana Goldstein” lo seguí escribiendo, y luego me di cuenta que el final ya estaba hacía dos páginas. El final es algo que cierra en la definición del personaje, en su trayectoria, porque los cuentos son la historia de un personaje que empieza en un lugar y va por un camino hacia otro. En “Este-Oeste” uno de los personajes termina en un departamento que comparte con un brasileño en Los Ángeles. Creo que termina con una reflexión bastante íntima, cuando hasta ese momento sólo habíamos visto cosas exteriores. Para mí es un cierre importante, porque si venís hablando solamente de tus acciones y en un momento llegás a una reflexión, es un cierre.

¿Como lector, hacés también esa lectura estructural? 

Sí, siempre. Y, como espectador de películas, también. Y, como di mucho tiempo clases, estoy atento a ese tipo de cosas. Si ponés algo en un lugar, lo pusiste por algo, no fue azaroso. Y si lo fue, bueno, pensá. Fijate si está bien o no el resultado. Pero no podés hacerte el distraído. Por otra parte, no podés controlar cómo va a leer otro tu trabajo. Y está bueno eso para mí. Si solamente se pudiera ver lo que yo escribí o pude leer de mí mismo, sería aburrido.

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EL DESOVILLANTE

Reflexiones acerca de la miseria: Entrevista al Ruso Verea.

                                                           Entrevista: Nicolás Sada, Gabriela Stoppelman

                                                           Edición: Nicolás Sada, Gabriela Stoppelman

                                                             Fotografía: Diego Grispo

 

“He oído que el contar de muchos años y muchos años tendrían que atestiguar un cambio. La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo.”   

                                                                                                           Dylan Thomas

 

Desovillalo, desovillalo hasta que se deshaga el último rayo del sol. Y que la voz abierta venga con la noche, acurrucada dentro de la pequeña Spica de la abuela. Que entonces la voz se expanda firme y con peso. Y que luego se entrevere a la noche con los primeros acordes de “A song for Jeffrey”. Quién sabe cuándo fue que ese ovillo se escurrió del tacto de una tía, o de la mirada de una madre. Y tan sólo por andar comenzó a pavonearse en filiaciones. Ya de movida ató 118 cabos de parientes, hizo punto cruz en el paisaje del sur y punto nido en ecos de la tía Nélida. No se privó de ascensos delirantes, atajadas inolvidables, fantasías en diagonal orientadas siempre al calado del horizonte, a la permanente tarde que no quiere ser sin luz. Pero no vaya a creer que es cosa fácil ser ovillo obstinado en desenvolturas. Entre los tramposos y los pícaros, se cuela la gambeta del servicio, esquiva el tacle miserable de los acumuladores de lana- esos que nunca ni un solo pulóver- y se hace cargo de encender los nombres de las letras- Bioy, Cioran, Macedonio- en los territorios de la música. No se detiene y, con una finta casi imperceptible, infiltra cadencias inesperadas en la solemnidad de algunas letras. El ser del ovillo es dejar de ser, mientras desenrolla la delgadez de su materia, hace una pausa, gira, levanta la cabeza al desnudo y busca al compañero mejor ubicado, pero la superficie pinta difícil para el juego, la marca es férrea entre máscaras ásperas y superpuestas, ¿dónde está el compañero para repartir el corazón de la lechuga?, ¿y el verde que rueda el alimento en la luz de la tarde? dónde,  un latir al unísono, dónde, ahora que el ovillo es prácticamente una ínfima línea, letra extendida en voz, en música y, en la profundidad del área, aquella enorme bola que soñaba ser pulóver en la cesta de la tía es ya una fina hebrita con ganas de marcar el ritmo de la Spica, está en la línea de gol, se perfila para el remate de su vida, “ovillo, hoy te convertís en héroe”, sin vacilar, con su pierna más hábil, tensa el deseo de gol, erguido, saca el imponente zurdazo. Y, en una volada inolvidable, ataja con dedos de acero el Ruso Verea.

 

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CAMAROTE VIP EN EL TITANIC

                                  

Nunca se me había ocurrido en todos los años de cárcel que la liberación era algo que podía conjugarse en singular.”

                                   Miguel Benasayag, “La vida es una herida absurda”

 

Te cuento que nosotros no somos periodistas, somos un grupo de lectores y escritores. La idea es mandarte esta entrevista editada para que la revises.

Me parece tremendamente respetuoso. Por lo general, cuando doy notas, parto de la confianza. Así es como me criaron. El tema es que hoy hay una búsqueda de títulos, por lo que las ediciones oscilan todo el tiempo entre la buena y la mala leche. Creo que lo importante es cómo se llega a algunas cosas. A lo largo del tiempo uno va eligiendo con quién habla y con quién no, más allá de que tengas más o menos cosas en común.

Ahora tenemos mucho cuidado porque las cosas están muy calientes.

Es cuando más tenemos que hablar, el problema es que no nos queremos escuchar. Hace rato que pasa eso de que el otro no quiere conversar con vos sino convencerte. Es como el levantar la voz. Hace tiempo que dejamos de hablarnos, nos gritamos. Y después,- y no sólo en los lugares de privilegio- se ve un súper ego o, una especie de “te lo digo yo”… ¡Puta madre!, ¿desde dónde me está hablando este tipo? A veces pasa con el fútbol, ves la falta de respeto en algunas comunicaciones. Y ni hablemos del error: no te podés equivocar… Te lo traslado a un campo de juego: el que compite conoce al adversario porque no lo transforma en un enemigo. Cuando te convencen de esto último, sos un idiota. El adversario, cuando te gana, te enseña que algo hiciste mal o que es superior. Entonces tenés dos caminos: o mejorás lo que hiciste mal o hacés muchas cosas más para poder lograr alcanzar al que fue superior. Eso acá está roto, porque el “cómo” no importa. Entonces, nos abrazamos a la trampa. La vida es un campo minado, esa cloaca donde no sabés qué hay abajo, mientras no metas la pata…

Hay un punto donde el otro se puede transformar en un enemigo.

Está bien… En nombre del éxito, con rivales de la selección nacional hemos hecho cosas aberrantes en el fútbol. Y eso se vendió como viveza. En nombre del éxito, cualquier cosa. Pero el hijo de puta es un hijo de puta, no es un vivo. Al vivo lo elegís, al hijo de puta, no.

Bueno, a veces lo eligen…

Creo que las opciones son cada vez menores, hay cada vez más hijos de puta de un lado y del otro. Me parece que hace rato dejamos de tener la posibilidad de la representatividad. La democracia usa un muy buen léxico, pero no una buena expresión en el día a día. Es simple, nosotros no tenemos necesidades básicas cubiertas y, en la disputa ideológica, todos perdimos el camino, perdimos todo. Y ya no es el “sálvese quien pueda”, sino llegar a tener el mejor camarote del Titanic. Es adonde arriba aquel que tiene una merma muy grande de todo, que no le molesta ni el semáforo ni qué pasa en el contexto del semáforo y tantísimas otras cosas que son señales desde hace mucho tiempo. Hace veinte o veinticinco años que nos enrejamos, que perdimos la calle, las plazas. Hoy las calles se usan para usarnos, no son nuestras.

 

HASTA LAS MANOS DE AMOR CON LOS CHORROS

 

                                               “Además que el ladrón no gusta de ser preguntado. En cuanto se le pregunta algo, tuerce el gesto como si se encontrara frente a un auxiliar y en el despacho de una comisaría

Roberto Arlt, “Conversaciones de ladrones”,  de “Aguafuertes porteñas”

 

Pensaba en la elección de la AFA. Cuando dijiste “trampa”, “no nos escuchamos”, “la ventaja”, “nadie nos representa democráticamente”,  recordé el famoso empate 38 a 38.

Si vas a querer cambiar lo que ya se institucionalizó como lógico, sos un imbécil. Lo más fácil es que el poder se muestre dejándote entrar primero y luego tirándote abajo del tren. Te explico: Cantero había sido elegido por la gente de Independiente por tres razones. La primera es que la gestión anterior resultó nefasta, se habían recaudado más de cien millones de dólares, se tiró abajo la cancha y se empezó a hacer otra. La reinauguraron tres veces y era un esqueleto. Resultaba tal la vergüenza del hincha de Independiente… A eso hay que agregar que creció allí un personaje nefasto como el Bebote (1). El hincha un día dijo basta y votó a un tipo común que tenía el mejor mensaje. Después- ineptitud más, ineptitud menos-, la realidad es que- metido en este quilombo- el poder lo dejó entrar y lo tiró bajo el tren. Agrego: a Cantero lo hicieron reunir con el Ministro del Interior, Randazzo. Lo hicieron reunir con el Jefe de Gabinete, Abal Medina. Le dijeron que tenía una aceptación pública del 80%, que su futuro estaba en la política. Le prometieron veinte, treinta, cien palos para salvar a Independiente. Y es el presidente del descenso: “con Cantero nos fuimos a la B”. La sensación en el ambiente es que no te podés pelear con la barra porque te vas al descenso. Pero la barra es la institución, la barra es ese “38 a 38”, el barrabravismo estaba en la dirigencia.

¿Y cómo salís de ese círculo en el que a Cantero se lo comen los leones y el hincha después va y vota a Moyano?

¿Por qué el hincha de Independiente votó a Comparada (2)? Porque era el empresario joven, adinerado, que supuestamente nos iba a salvar. Es el recomendado, puesto por el mismo Grondona. Comparada era el joven empresario con el que Matilde Menéndez pasó sus vacaciones en Centroamérica, en el Caribe. Cholo Comparada, su padre, era socio de Barrionuevo y de Grondona en temas de seguros y sepelios. Hay que marcar esto. El juego del poder es hacerte sentir todo el tiempo que ellos lo tienen. Desde afuera, hablar del poder es facilísimo.

Pasa que nosotros, como ciudadanos, tenemos una formación política lamentable, al punto que no podemos identificar al enemigo. La persona más sabia de mi barrio es mi verdulera, que me dijo: “Obrero no vota patrón”. Todo el resto del barrio, con más formación, escuela, universidad, no podía identificar eso y están ahora llorando por los rincones por las facturas de los servicios. No vieron al enemigo. El enemigo es el que busca tu extinción, quiere que no tengas lo que tenías, que la pases mal. De ahí en más, tendremos un montón de adversarios. No tenemos que tener miedo a ser violentos por decir la palabra “enemigo”.

Cierto. Yo te hablaba del fútbol. Te lo llevo a la vida. El enemigo es el que miente. El mayor enemigo sos vos si te enamorás de los ladrones. Pero ahí viene otra cosa que no es sólo de formación. Construida como está hoy, la vida es la entrega por la entrega misma y la sumisión por la sumisión misma, porque avanzan sobre vos infinidad de obligaciones y cada vez menos posibilidades de derechos. Y te guste o no te guste, tu vieja abrió las patas y apareciste. Y las luchas son muy grandes en lo que parece pequeño y es lo más grande: tu familia, vos mismo, tu entorno y, después, el conjunto. Y en el conjunto entra a tallar algo más terrible, que es el poder. Se somete al poder la destrucción de lo que vos creés que podés construir colectivamente. Porque, en esa construcción colectiva, el poder te deja afuera. Y otra vez volvemos a mirarnos todos y decirnos “¿Qué somos?, ¿una pandilla de boludos? ¿No nos dimos cuenta que este tipo nos cagaba?”. Y nos volvieron a cagar y nos volvieron a entregar. Entonces, las falsas izquierdas allanan el camino de las más crueles derechas. Hay una construcción durísima vinculada con todo lo que amolda al entramado que sostiene al poder. Y la idea de la revolución, que es fabulosa, está sustentada en la continuidad de la vieja expresión “la revolución permanente”. Y si la revolución es permanente, tu juego con los demás es entregar el poder y que aparezca otro. El problema es que no todos tienen la misma capacidad. Y ahí es donde el de mayor capacidad desestabiliza al de menor capacidad y ya dejamos de ser compañeros. Es hermosamente contradictorio, sería fabuloso que esto se discutiera entre las cabezas que podrían ayudar a resolverlo. El problema es que no lo queremos discutir. Y volvemos a ese otro lugar, donde se acomodaron quienes pueden llegar a pensar en hacerlo mejor y se dedican a cagarnos.

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DE TRAMPAS SOMOS

 

La desgracia constituye la trampa de todo lo que respira; pero sus modalidades han evolucionado: han compuesto esa sucesión de apariencias irreductibles a cada instante a creer que es el primero en sufrir”  

Emile Cioran, “Supremacía de lo adjetivo”, “Breviario de la podredumbre”

 verea7, foot, monólogo teatral poético

En muchas entrevistas que te hicieron el tema de “la trampa” y “la viveza” aparece una y otra vez.

Es un gran dedo en el culo que le meto al hincha argentino, porque estoy harto.

Pero no sólo en el fútbol. Citás un hermoso cuento de Bradbury que es “Un hombre cuidadoso muere”.

https://solocienciaficcion.blogspot.com.ar/2007/08/un-hombre-cuidadoso-muere-ray-bradbury.html

Allí, al tipo- un hemofílico- lo viven trampeando. Y hoy parece que todo el tiempo nos estamos defendiendo, que ocultamos nuestra parte débil para que no nos destruyan y no queda espacio para la ofensiva. ¿No hay ahí también una trampa?

Puede ser. Yo me lo planteo con mi vida, desde lo más humilde y remoto. Cuando entré al medio, lo hice como un ex futbolista y como un tipo que llegaba a conducir un programa de rock, de heavy metal, con el espíritu de que fuera divertido. Porque notaba una solemnidad tremenda en el medio. Nosotros mirábamos por arriba del hombro al guitarrista a ver cómo tocaba, y yo no toco una nota. Evaluábamos eso: qué actitud tenía o no tenía, quién era músico de verdad; quién, de mentira… Entonces, en la Rock & Pop, que a esa hora no medía un carajo, yo pensaba cómo hacer para que resultara un programa divertido. Bueno, le quité solemnidad y pasé a ser un vendido.

¿Hubo algo de revolución ahí?

¿Sabés? La revolución más grande de todas es que, dos años después, a las nueve de la mañana, sonaban Motorhead o Sepultura. Eso era el gran triunfo. Mirá, la primera vez que puse “Sepultura” en el “Heavy Rock & Pop”, los metaleros tradicionales decían “Eso es una pelea de perros, no es música”. Tres años después, “Sepultura” metió cuatro Obras. Y un padre vino y me dijo: “Soy de Purple, Ruso, de las melodías, de Richie Blackmore, de Ian Gillan, de la voz, del chabón que se tira el pelo atrás y tiene una estética. Soy de eso y vengo con mi hijo que está muerto por estos tipos… ¿Querés que te diga una cosa, Ruso? Me rompieron el culo”. Esto era lo maravilloso, porque eso era la “Heavy”. Ahí es donde está lo otro: hasta dónde el adiestramiento termina teniendo un fin, un logro y una sustancia desde donde dar. Cuando yo aparecí en los medios, era el tipo que venía de estudiar Derecho, de jugar al fútbol. Vi que el medio era una cosa de locos, que se masacraban. Me terminé yendo prácticamente de todos lados. Del único lado que no me hubiera ido, me echaron. Cuando ESPN me ofreció “Hablemos de fútbol”, me sentaron en una mesa de un restaurant y me dijeron: “Ruso, esto es así. Víctor Hugo se va y nosotros tenemos que rodear a Perfumo. Va a estar el Polaco Caimi para toda la cosa periodística, el Rulo Taquini que va a ser el conductor, un gran dador de cartas, y vamos a seguir agregando gente. Pero, de entrada, necesitamos una voz pesada, la tuya. El problema es que te tenés que disfrazar, de saco y camisa.” En esa época ya no tenía pelo, pero había llegado a tenerlo bien largo… Le pregunté si aceptar el traje implicaba que, después, tenía que aceptar el “de eso no se habla”. Me contestó: “Venimos a buscar al Ruso Verea. Si yo te digo eso, te vas. ¿Te creés que no averiguamos que ya te fuiste de todos lados? Te fuiste de América cuando tenías el cuarto sueldo más alto y recién empezabas en los medios…”. Yo, en América, comentaba los tres partidos de la B Nacional. Se armó un programa que se llamó “El pelotazo”, donde estaban Menotti y Bonadeo padre. Un día, mi viejo me sentó frente al televisor blanco y negro, donde mostraban a Bonadeo padre y me dijo: “Mirá esto. Estos son los monos que dicen cosas. Estos son los que están formados. Mirá, habla y no repite una palabra. Con un francés, habla en francés; con un inglés, en inglés; con un alemán, en alemán…”. Mi viejo era un obrero, tenía sólo la primaria. Mi vieja era mucho más “gillette” que mi viejo: si no la sabías manejar, te cortaba.

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A SONG FOR NÉLIDA

 

                                             No veo lo que no quiero ver, / no escuchas lo que no digo, / No seré lo que yo no quiero ser. / Sigo mi camino.” 

                               “A song for Jeffrey”, Jethro Tull

 

Nosotros reivindicamos a tu tía Nélida.

Ella es la que me incentivó el tema del arte. La que, de nene, me hizo conocer personajes.

Contás que el primer tema de rock que te impactó fue de Jethro Tull, “A song for Jeffrey” .

Me mató, me hizo mierda. Yo escuchaba desde Roberto Carlos hasta Carlos Bisso y su “Conexión 5”; desde “Cano y los Bulldogs” a “Pintura Fresca”. Eso sonaba en la radio a mis once años. Y no te olvides que vengo de una familia, donde mis viejos bailaban el tango, mi abuela venía con el mate en la mano y, cuando pasaba frente a la radio, se quedaba cantando un tango y se olvidaba del mate, se colgaba. A mi casa siempre vino mucha gente: miércoles, Copa Libertadores, televisor blanco y negro. “Pirucha, hoy juega River por la Libertadores” “¿Y? ¿Qué pasa, Tito?” “Nada, Pirucha… ¿Hacemos un asadito?” Tito tenía una tienda a media cuadra de casa. “Está la parrilla, Tito. No me preguntés. Hablá con Berto, compren la carne y decime cuántos son que yo preparo las ensaladas”. Esto era mi casa. En el medio de todo esto, mi tía y un padrino: Juan Perono de “Calderas Perono”, que competían contra las calderas Galimberti. Otro personaje imparable. Pero volvamos a mi tía. Hay algo que me pasa cuando escucho “A song for Jerffrey”, que es como el amor. Algo muy difícil de explicar. El día que sepa por qué me enamoré de mi mujer me tengo que ir de su lado.

Cuando leemos tu trayectoria, nos parece que hacés lo mismo que tu tía. A los pibes que sintonizaban la radio para escuchar rock les hablabas de Artaud. Metías un montón de literatura en un ámbito que es para otra cosa, igual que tu tía.

Bueno, en una gran parte soy mi tía. En otra, mi vieja. Y, también, otra parte grande viene de mi papá. Sostengo con mi espalda- más allá de la plata- un montón de cosas del esquema familiar. Y mi viejo era eso. Tengo un gran legado familiar. Lo he visto a mi viejo hablando con mi vieja por lo bajo, diciéndole: “Me acaban de cagar tres categorías porque no me subo a los camiones”. Yo era un nene. Después supe qué significaba no subirse a los camiones. Y mi vieja decía: “Y lo que es peor, si supieran que no somos ni gorilas ni antiperonistas”.

¿Todo eso recordás?

Como si fuera hoy. Mis dos abuelas: La paterna, Dominica Tomasa, era una señora toda de negro, nariz aguileña y muy rigurosa en algunos temas. Ella preparaba el café. Y yo hoy lo preparo como lo hacía ella, con el filtro de tela en el que se ponen unas cuatro cucharadas de café, un chorro de agua fría para no quemarlo y, después, va el agua hirviente. Primero en el centro y después alrededor. Mi mujer se caga de la risa porque está la cafetera al lado. Pero para mí el café tiene que ser así. Claro que no soy muy cafetero. Sólo con el café con leche, cuando lo tomo. No soy de esos del pocillo. Mirá, cuando empecé a tener mucha notoriedad, mi viejo ya tenía complicaciones con el Alzheimer. Muy joven, sesenta y poquito de años. Entonces íbamos juntos a la cancha y me paraba la gente, me pedían autógrafos, se querían sacar una foto conmigo. Y mi viejo preguntaba por qué hacían eso. Mi mamá le decía “¿Viste que el otro día lo vimos por televisión?”. Un día, cuando mi papá ya había muerto, mi vieja me dijo: “¡Si tu papá estuviese vivo y pudiera sentir el orgullo que yo siento!… Cuando hago un trámite, digo mi nombre y me preguntan si tengo algo que ver con el Ruso Verea…”. Eso es muy fuerte, tiene que ver con algo clave: que ellos se sintieran orgullosos de mí. Yo me siento muy orgulloso de mis viejos. Mi vieja daba inyecciones y no cobró nunca un peso. Mi viejo se levantaba a las cuatro de la mañana para ir a laburar. Y, si había que poner una inyección a las dos de la mañana. Él ponía el despertador a esa hora y cruzaba la calle con mi vieja para acompañarla, estuviera inundada la calle o no, porque nosotros vivíamos en Gerli, que se inundó durante muchísimo tiempo, culpa de los políticos que no hacen las cosas que hay que hacer. Claro, mientras te piden todo el tiempo que vos construyas y toda la bola. He visto a mi viejo cruzar con las botas de lluvia para ayudar a los de enfrente a levantar los muebles. Todo eso es muy fuerte en mí.

La vocación de servicio y la generosidad con el otro.

Todo el tiempo, como la casa abierta. Hoy ya no la tengo porque vivo en un departamento, en Wilde. Pero soy de provocar cosas todo el tiempo, comidas y eso.

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Quería volver a esto del legado y la pertenencia. Ver cómo eso choca con la lógica del fútbol: sentís que pertenecés a tu barrio y amás esa camiseta por sobre todo, pero pueden comprarte del equipo del otro barrio, por ejemplo.

Hay algo interesante ahí: es el mundo que nos avanzó a nosotros y tenemos que comprenderlo. Antes, al barrio se le daba toda una cosa. Pero en el barrio hay, como en todos lados, un montón de hijos de puta, de sinvergüenzas, de buena gente, hay de todo. El tema es dónde se mueve uno. Una vez yo paraba en una esquina donde había gente que contaba qué hacía con una de las señoras más grandes del barrio, con una peluquera. Yo tenía trece años, con iniciaciones sexuales pura y exclusivamente manuales. Un día le dije a mi viejo: “Están hablando de tal cosa”, y mi viejo: “Te estás juntando con pelotudos, de las mujeres no se habla así, Ruso”.

 

DEPORTIVO SOCIAL VEREA

 

          “El prejuicio extrafutbolístico hacia el fútbol disminuyó y eso es, al mismo tiempo, una buena noticia y una mala noticia. Es producto de la fuerza de legitimación del fútbol a toda costa. El fútbol tomó una dimensión social tan enorme que es muy difícil vivir de espaldas a lo que significa”

                     Eduardo Sacheri, entrevista para “El Enganche”, por Ariel Scher

 

Leí por ahí que eran ciento dieciocho en tu familia. Y se juntaban todos. 

Bueno, eso es otro quilombo de parte de mi vieja. Ojalá hoy, con todo lo que hay de redes sociales, se pudiera construir algo como en aquellos encuentros. Nunca éramos los ciento dieciocho, porque siempre la familia se pelea. Pero, volviendo al barrio, lo que uno hace es jugar con los que tiene ganas de jugar. Un día pegás el salto de calidad. Puede pasarte con tu hijo, si lo llevás a jugar al fútbol. A esa edad no se le puede romper el hecho lúdico. Y ahí está tu intervención. Tu hijo tiene que seguir yendo a jugar. Donde vaya sólo para ganar, se lo comieron los hijos de puta. Después, está la otra: aun yendo a jugar y mostrando más condiciones que otros, seguramente, van a aparecer quienes le digan “Escuchame, ¿venís a jugar para “Parque”? Te damos una luca por partido”. El nene va a pasar a ser un sostén en la familia y a llevar a casa, el sábado o el domingo, lo que el padre no gana en la semana. A eso sigue lo otro, el mundo que nos rodea, la tentación. Con sesenta años, a mí me bombardean todos los días. Me mandan publicidad desde una campera hasta propaganda de un auto. Ante ese bombardeo, es muy factible que a tu hijo vengan y le digan “Me enteré que querías las zapatillas de Palermo. Tomá”. Eso hoy está, no digo que sea irrefrenable, pero está. Después, existe la competencia. Los padres siempre trasladaron sus frustraciones y postergaciones en los chicos. Pero hay algo mucho más terrible: hoy el padre pierde el rol de padre y asume el rol de hincha de su hijo. Y, como tal, es un energúmeno que se reputea con otro padre, con el entrenador y con el árbitro y queda absolutamente roto todo lo que rodea a ese pibe. Entonces, ese pibe vive llorando o acongojado o vive la felicidad de la Copa: “ganamos”, porque el éxito es todo. Esa copa la tengo y un día me acuesto con catorce copas y lleno de obligaciones y digo “No quiero más esto, ¿y ahora qué?”. Porque, cuando vos tenés condiciones y crecés y las seguís teniendo, la cosa se empareja cada vez más. Hay gente que no está preparada para el salto de calidad y hay otros que lo encuentran un tiempo después. Por eso los dejan libres en un lado y terminan apareciendo en otro.

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Esto de la competencia incentivada institucionalmente se ve en las escuelas, con las clases de gimnasia, matemáticas o lo que sea. El error está castigado y no es un lugar de aprendizaje.

Tal cual. Pasa en los entrenamientos, en ese patético creer que si reprimís, enseñás algo. Cuando yo entrenaba era así. Y, si vos lo discutías, te hacían callar la boca. Ese “callate la boca” estaba también en tu casa, pero ante algunas otras razones. Y es una condena que yo no viví tanto. Para volver a lo que planteabas de la pertenencia, creo que hoy, para el tipo que quiere hacer un deporte o cualquier otra cosa, la clave es su preparación. Pasa con el periodismo, por ejemplo: a mí me están llamando para dar charlas en escuelas de periodismo, en universidades. Yo no me preparé para esto. “Pero Ruso, los pibes hablan de vos, sos una referencia.” Entonces, lo primero que hago es decirles que yo no me preparé, que me enfrento a esto de dar charlas con muchísimo temor y muchísima humildad. Y no se los digo para quedar bien, sino porque supongo que en ellos debe haber una llama encendida para querer ser periodistas, que por eso se preparan. Yo primero me encontré con la posibilidad de conducir un programa, era una aventura, iba a poder pasar la música que amaba, entre muchas otras cosas. A tal punto, que el primer día puse un blues en un programa de heavy metal. Entonces, cuando doy charlas, les digo a los pibes: “Me imagino que en ustedes debe haber una fuerza sagrada, ¿o quieren ser famosos?”.

 

NIÑO ENVUELTO EN JAMÓN CRUDO, JAMÁS

 

“En cuanto a este fracaso en el escribir, se debe a esta rareza de no poder escribir seguido, sin pensar en nada. Si yo hubiera pensado antes de escribir, lo que tampoco es oportuno, apenas se notaría. Mas el lector me descubre pensando mientras escribo, nota estos intervalos de silencio y ya comprende que soy un pobre diablo- lo que sería preferible que no se advirtiera tan pronto” 

Macedonio Fernández

 

¿Vos escribís?

No. Bueno, algunas cosas hay… Pero, mirá, todos los separadores de la “Heavy Rock & Pop” son míos. Escribí algo más, como “Ya las nubes no cargan agua, llevan radioactividad”, aunque siempre cosas para la radio. Pero vuelvo a lo que estábamos conversando: me parece que la mayor pertenencia parte de uno y uno es quien tiene que largarla y provocarla. Les digo a los pibes: “¿Cómo se enfrentan a un secretario de redacción que les dice: “Escribí como un hincha”? ¿Qué hacen?, ¿van a escribir como un hincha? Díganle: “Contrate a Di Zeo, viejo. Llamelo al Bebote. No me contrate a mí. Ayúdeme. Yo me preparé, pensé en ser mejor. Déjeme escribir cincuenta líneas. Corríjame, sacúdame. Pero que sean mis cincuenta líneas.” Pero hoy está la entrega. Vos llegás a tu casa y decís: “Me echaron” y la respuesta es “¿Qué hiciste?”. Nunca, “ ¿por qué?”. Y vos: “Lo que hice es decirle a uno que no, porque me pidió que escribiera como un hincha…” “¡Es un boludo! ¡Tuvimos un boludo!”. Puedo agradecer al “Frigorífico 266” porque pone plata en nuestro programa, va a estar la picada presente, atrás está el banner, no soy tan pelotudo. Ahora, si me tengo que envolver en un jamón crudo o ponerme un collar de salamines o longanizas, no puedo. No. No puedo. Bueno… por treinta, el culo es tuyo. Por cien, el culo es de ellos. Y, entre treinta y cien, la diferencia es cómo querés vivir. Todo esto, que es bastante complicado, me tocó de grande. Si te toca de pibe, es lo mismo que yo digo: no puedo hacer ningún juicio de valor sobre la juventud y la adolescencia.

En las antípodas de esto, recién hablabas de que no podés explicar por qué estás enamorado de tu mujer. ¿Ese indecible lo podrías asociar con lo poético?

Es que yo tengo un quilombo muy grande con las letras. Me ofertan hacer libros desde hace veinte años y no quiero. Tipos como Macedonio escriben libros, no yo. Tampoco he leído todo Macedonio ni todo Borges, pero creo que no puedo escribir un libro. Hay tipos que te dicen: “Saqué un libro” ¡La puta que te parió!, ¿te animaste a sacar un libro? Vos me preguntás sobre lo poético. Yo terminé bien el secundario, no me llevé ninguna materia, todo fenómeno, fui un alumno no ejemplar, pero del que decían: “Este no es ningún pelotudo”. Y, cuando empecé a transcurrir, empecé a leer cada vez más. Después, suceden otras cosas: en los lugares donde parás, viene uno y te dice “¿Leíste a José Sbarra?” “No”. Y uno va y trata de conseguir el librito.

Lo poético es para nosotros lo que genera una conmoción en el lenguaje.

Creo que tengo una manera de decir. Que me formé y crecí con eso. En la “Heavy Rock & Pop” había gente que no podía creer que yo no escribiese lo que decía cuando arrancaba los programas. Después, pasan cosas con gente que me conoce mucho. El tipo que produce programas de fútbol, me dice: “Ruso, la verdad, volví del laburo a la noche y me metiste en una obligación de, a las cero horas, poner “Radio Cantilo” y la puta madre que te parió. Me subo al auto, y digo “Esperá que está el Ruso”. Y no me pierdo esos cinco, siete u ocho minutos que hablás vos hasta que ponés un tema…”. Y ese tema ya no es como en la “Heavy”, cuando yo buscaba que la canción explotara. Ahora pongo otras cosas. Cuando dejé de hacer la “Heavy” me dije que eso ya no lo haría más. Porque en mi casa también viví mucho el hecho nostálgico. El tango es re-nostálgico. Y los metaleros, los rockeros, también lo somos. Yo no quería saber nada de eso. Se nos murió Malcolm Young de ACDC, ¿qué hacemos? ¿el homenaje típico?, ¡no! Yo arranqué con un tema de ACDC, pero sin hablar de lo que fue Malcolm Young. Hablé de lo que creí que tenía que hablar y, cuando terminé, dije: “Ah, uno de los nuestros se fue para arriba. Si lo dejan enchufar, convierte al cielo en un infierno”. Y salió ACDC.

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EL JUEGO DESCOMUNAL: EL ROSTRO AL DESNUDO

 

 “sólo hay ajenidad y te hago señas y alguna vez hay flores o espesura de sol qué lejos estoy dentro de mí nunca te dije: soy un infinito enmascarado de hueso corre corre búscate suelta a los dioses por el rastro corre corre engéndrate suelta a las furias por el rastro”

                              Susana Thenon, de “La mirada imposible”

 

Volvemos a la poesía. El lenguaje poético lo usás, por ejemplo, cuando comentás un caño de Riquelme. Mirá si los políticos pudieran romper un poco las rigideces con un poco de vuelo poético….

Creo que el político deja de ser él y se somete a su entorno. Y que, cuando crece y se transforma en alguien con ciertas posibilidades, pasa a ser pura y exclusivamente el objeto manejado por todo un contexto que juega el juego del poder para adiestrarlo y que el tipo siga sometiéndose a ese juego. A eso, sumale los dineros que se mueven.

Eso se da en el deporte, en la música y en todos los niveles.

No te enojes. Pero, cuando Messi engancha para adentro, no lo hace porque Guardiola le dijo lo que tenía que hacer. Eso es de él, es instintivo. Cuando tira la pared con Di María y este se la devuelve, en el medio del quilombo de que quedábamos afuera del Mundial y todo lo demás, Messi levanta el cuerpo y salta porque sabe que, cuando le pegue- cara externa, bien de rastrón- la pelota no se levanta, sabe que los arqueros van a levantar los pies. Entonces, si le pega en un pie, mala leche. Pero si no, va a ser mucho más fácil que le pase por abajo. ¿Por qué al Papu Gómez, el arquero de Perú, le tapa la pelota? Primero, porque baja la cabeza. Segundo, porque patea a lo que venga. Este hijo de puta de Messi, a doscientos por hora, levantó el cuerpo, tenía todo calculado y le metió un rastrón abajo. Pero eso no lo explica nadie. ¿Y sabés por qué? Porque no es el Diego, no nos sacó campeones del mundo, no putea a los himnos rivales, ¿me entendés?

En una entrevista decías: queremos la epopeya del Diego, tenemos el orgullo de tener a Maradona y a Messi y no los podemos disfrutar.

No podemos, porque Messi tenía que ser Falucho. Porque acá no lo vimos. No lo puteamos ni con Newell’s ni con Central, ni con Boca ni con River, nada. Se envolvió en la bandera y cayó barranca abajo. Tuvo un montón de actos heroicos: transformó equipos de mierda en selecciones competitivas, puso entrenadores cagones en lugares de privilegio. Pero ahora tiene que ser San Martín. Eso también lo vivimos con los políticos, el problema es que los políticos se la terminan creyendo.

Se les pega la máscara en la cara.

El hábito hace esa norma y ellos creen que esa norma es lo que se debe hacer. Porque, cuando te sacás la máscara, jugás al poder desde el peor de los lugares posibles: mostrás. Y no sé si toda la gente tiene ganas de ver eso que mostrás. Me acuerdo la cara de todos, en mi casa, cuando salió la denuncia contra Fontana, porque le había pegado a la Tiraboschi: “Fontana, ¡no puede ser!”. Otra cosa: La gente te dice “Maestro”. Y yo no tengo ninguna vocación didáctica. La otra es “Genio” y, que yo sepa, mamá abrió las patitas, no me frotaron para salir de una lámpara. Y así un millón de cosas que vos podés terminar consumiéndotelas.

A veces, viendo algún que otro programa de “periodismo deportivo”, tengo la sensación de que ya no sienten ni esa insoportable máscara.

Es que los periodistas deportivos creen que el deporte es importante porque ellos lo cuentan y que los partidos son lindos porque ellos los relatan. Y algo peor: si ellos no hablan de vos, vos no sos nadie. Pero, bueno, el periodismo deportivo tiene, como todo mundo, sus cosas. Entonces no podés planteártelo desde otro lugar que no sea ante la derrota, la destrucción, no la construcción. Y, ante el éxito, el “todo lo puede”. Y ante el “todo lo puede”, tengo que buscar algún quilombo. ¿Y cuál es algún quilombo? El que a mí me guste. Entonces, me cae mejor este que aquel. Y por ahí este lo que hace es plantearse un montón de cosas que otros no se plantean.

Y así estamos, cavándonos la fosa. Porque eso sucede de igual forma en lo social.

Sí. Nosotros no tenemos la más mínima idea del quilombo que se va a armar, dentro de tres o cuatro años, en el fútbol argentino. Dejá de lado el endeudamiento, que vamos a estar en default otra vez dentro de diez años; dejá de lado todo lo que ya sabemos que va a pasar. Ni la más mínima idea tenemos.

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OVILLO  JAPONÉS

 

ya comprendo la verdad / estalla en mis deseos / y en mis desdichas / en mis desencuentros / en mis desequilibrios / en mis delirios / ya comprendo la verdad / ahora
a buscar la vida”

                             Alejandra Pizarnik, “Solamente”

 

Vos solés decir que el rock es un sonido, a partir del cual se construye toda una cosa. Que, cuando uno escucha el Artaud de Spinetta, hay que ir a buscar quién era Artaud. Es como desovillar a partir de un punto, descubrir toda una biblioteca a partir de un disco, ¿reconocés ese movimiento en lo que hacés?

Sí. Ahora que me lo decís, me doy cuenta que me planteo eso todo el tiempo cuando hago radio. Construyo sobre algo y me meto en ese desovillar, que es mi vida semanal. “Radio Ruido” es eso. No es mi ego y yo solo al aire. Soy yo al aire dentro del ovillo de quilombos que es mi propia vida. Y, en el medio de ese quilombo, en el medio de mis fantasías, tengo ganas de poner música. Me siento muy cómodo de esa manera. Pero esto del desovillar me parece muy importante.

Y está también el azar.

Claro. Yo vendía discos, jugaba al fútbol y hacía un montón de otras cosas. Jamás en mi vida pensé en hacer un programa. Y, de golpe, vienen y me dicen “¿Te animás a producir y musicalizar un programa?”. Y,  a las 48 horas, me ofrecen salir al aire.  Fue una aventura en un momento de mi vida, justo cuando dejaba la aventura del fútbol. Yo no viví la frustración de dejar el fútbol, me la fue dando el cuerpo y mi limitación futbolística, digamos. Sufrí cuando el Japonés vino y me dijo que se había acabado, que yo era un Fiat 1500: seis de familia, tres adelante, tres atrás y las valijas en el techo. “Cuando vas a Mar del Plata, pará en Dolores, bajate, estirá las piernas, la gente va al baño, cómanse un sandwichito, cargá nafta de vuelta, mirá el aceite y hacé los doscientos y pico de kilómetros que faltan. Si querés todo de un tirón, se te funde el coche”.

Tenés que escribir eso.

 “Japo, no me podés decir esto”, le dije. “Daría la mitad de mi vida por un partido de fútbol. Me condenás al buzo gris, el diario bajo el brazo y a caminar en la plaza, a jugar a las bochas. Me quiero matar…” “Las rodillas no te dan más, Ruso”, me dijo.

Pero encontraste otra pasión.

Te repito, no me siento frustrado. Pero no te das una idea de qué es un partido de fútbol para mí: lo previo, llegar, el nivel de concentración, las cosas que pasan en el entorno. Todo el tiempo estás en frente de improntas, de azares, es un juego descomunal. Y, de golpe, aparece algo como una respuesta que me dio mi viejo. Yo había tapado un mano a mano, decisivo para el partido. Cuando llegué a casa, cenamos y mi viejo me dijo: “¡Qué pelota tapaste! ¿Sabés lo que decía la gente?: ¿Viste cómo le tiró todo el cuerpo?, le tapó todo el arco. ¡Un fenómeno Verea!”.  Me lo contaba orgulloso. Le dije: “Papá, tuve un culo bárbaro. Me tiré para el otro lado creyendo que lo iba a tirar cruzado. Él pateó para este, me pegó en la punta del pie y se fue al córner”. Mi viejo me miró y me dijo “Por qué no te vas a la puta que te parió”.  Un partido te somete a esas cosas todo el tiempo. Al minuto de juego, te equivocaste, te hicieron un gol y vas perdiendo 1 a 0. Y, atrás, durante cuarenta y cinco minutos, tenés la condena total porque la gente vive en una crueldad que, encima, disfruta.

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 LEER EL HUECO

 

 “Ladeados por el viento íbamos, / caminábamos para inclinarnos / sobre la zanja y la oquedad.”

                                           Paul Celan, “Tenebrae”

 

Lo que contabas del error y del perder uno a cero sucede como en la escritura. La diferencia es la velocidad. La escritura es lenta, podés volver sobre lo hecho, enmendar, no está el público puteándote. Pero el azar y lo inesperado tienen que ver con la escritura.

El fútbol es muy cruel.

El fútbol tiene sus ritmos, sus tonos, es orquestado…

Sí, pero nunca lo vi como un hecho artístico. Las variantes de ritmo marcan que un equipo juegue bien, toque bien, suene bien, para seguir con tu juego de palabras. Pero la realidad es que yo, como baterista, no enfrento a otra cosa que a mi capacidad y a mi creatividad. En un partido de fútbol, me someto a esas dos cosas, pero también a rivales que van a hacer todo lo posible para que yo no pueda. Esa es la gran diferencia, tengo un adversario, un rival con quien tengo un contacto físico, muchas veces perverso- como en los foules tácticos-, que son cosas que muchas veces discuto con los árbitros. Un foul táctico termina siendo tramposo para el juego. Y no es una trampa legalmente, pero ahora hacés un foul vos, después yo, después él. Y todo para pararlo a un tercero. Y nadie va amonestado porque le metimos una patada cada uno. Y él se comió cinco.

Como periodista, desde afuera digamos, ¿vos podés ver hoy ese ritmo en el relato, corriéndote del lugar de la locura?

En esa mesa de ahí enfrente, en este bar, estábamos el profe Pellegrini, el Gringo Cingolari, Della Paolera y yo viendo River-Lanús. Acá había seis personas más. Hay algunas cosas no vinculadas con ver lo que no ven los demás, pero el haber jugado te permite otra mirada. Te das cuenta adónde va la pelota, si se la van a sacar al otro. Y le gritás: “¿Pero no te das cuenta que te la van a sacar? ¡Girá para atrás!”. Sin embargo, al tipo le dijeron que fuera para adelante. Si gira para atrás, aparece la condena. Y, por otro lado, está el relator: “La tiene Víctor y vuelve a tocar, y la tiene María, y María para el Ruso, y el Ruso para María, y María para Pepe, ¡me aburro!”. Ah, ¿te aburrís? ¡Andá al cine, pelotudo! Yo no quiero tu juicio en relación a cómo te sentís. A mí contame qué está pasando, no digas más nada, flaco. Eso es ruido, no es música. Hay momentos en que ves al jugador y pensás “Está buscando un aliado”. Y nadie se da cuenta de eso, pero vos sí. Hay momentos en que le decís al 2: “No me la des, porque hoy soy un desastre, erro todo lo que me tirés”. O bien viene el 10 y te dice “Ruso, vos le pegás bien a la pelota. Cuando cortes un centro o agarres la bola, buscame en el hueco donde estoy y tirámela. De ahí, nos movemos”. El tipo estaba en el hueco y, después, todo depende de tu capacidad de hacérsela llegar. Pero ese tipo de situaciones tienen que ver con una complicidad, con una técnica individual y con un estado de equipo. Esa composición es maravillosa. Ahora, lo explicás así y la gente no tiene ganas de escuchar eso porque está habituada a Marcelo Araujo. El relato de televisión es un relato radial, por eso los británicos son lo que son. Mirá un partido de Inglaterra relatado por un inglés. “Watson….(pausa) John Collins… (Pausa)…. Oh…..! Fantastic!”, agrega él a lo que vos ya viste. Acá te dicen: “Cambia de frente con la izquierda, ¡qué pelota que le puso!”. No, no. Acá no necesitamos el adjetivo calificativo, acá decimos: “¿Viste lo que dijo Víctor Hugo?”. Víctor Hugo hace más lindo el gol de Maradona. Ponelo en silencio y nos paramos todos. Nosotros cuatro, sordos, vemos el gol de Maradona y no paramos de abrazarnos. No le quito ningún mérito, ¿se entiende? Y, después está la cosa de la viveza, donde vos necesitás que el relator sea cómplice tuyo y vos cómplice del relator: “Me contaron que Cristiano Ronaldo se desgarró” “¿Se desgarró Ronaldito? ¡Qué alegría! ¿El próximo partido no juega, no?” ¿Cómo te vas a alegrar de que se desgarró un tipo? “Pero va a ser rival nuestro” “¿Ah, sí? ¿Y por qué entonces no le matamos toda la familia a los contrarios?”. Yo tenía entrenadores que nos decían: “El 9 nos viene a sacar la leche de nuestros hijos”.

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MÍSERABLE  CORAZÓN DE  LECHUGA

                       

            “¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed, / hasta aquí el agua?”

                                                           “Límites”, Juan Gelman

 

El tema de esta revista es “reflexiones acerca de la miseria”. ¿Quién es un miserable para vos?

Para mí la situación más miserable es la del hombre y el poder. Hablo del sujeto sin género, que juega poder, eso es lo más asqueroso y miserable. Yo tuve una parrilla. Un día venía de entrenar, serían las tres de la tarde, y me senté a comer algo. Los empleados estaban por comer y le pedí a uno una ensalada y un pedacito de vacío, ni media porción. Me trajo la ensalada y, mientras tanto, también se sirvieron ellos. Miré y mi ensalada era una ensalada. La de él, tenía el corazón de la lechuga. Yo no quiero que por ser el dueño de la parrilla me den el corazón de la lechuga pero, la puta que te parió, repartámosla. Comí, no dije nada. En un momento lo llamé y le pregunté a él solo, sin que escucharan los demás, si hacía eso mismo con los clientes, “Uh, no me di cuenta” “No, no tenés que darte cuenta. Lo que te estoy diciendo es que puedo comprar tres paquetes más de lechuga y te comés los tres corazones, pero quiero que entiendas…”. Bueno, otro tipo con poder, con el poder del dueño, actuaría de otra manera. Y esto me lo enseñó mi vieja manejando las cosas en casa. Mi viejo era más de gritar, aunque terminaba por ser un fuego que se apagaba rápidamente, se iba a laburar al fondo de casa.


ABRIR LA PALABRA

                                  

Escúchalas / sumarse / las palabras a las palabras sin palabra /
los pasos a los pasos / uno a uno”

                                                                          Samuel Beckett, “Letanías”

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¿Qué espacios quedan para descargar algo?

La masificación podemos discutirla. La descarga, no sé. Porque escuchás cosas como “Bueno, yo pago la entrada, tengo derecho a putear”. No, flaco, vos pagás una entrada para ver un partido de fútbol, no para putear ni para escupir. Mirá, cuando fui a encontrarme con managers ingleses, porque yo quería ser manager, me dijeron: “Nosotros tenemos tres o cuatro estructuras difíciles de explicar al mundo. La primera es que somos entrenadores, pero tenemos quienes entrenan por nosotros. Somos directores técnicos- porque uno decide qué equipo sale a jugar y uno es quien pone la cara en la cancha como manager general-, aunque también manejamos el presupuesto. La comisión directiva le dice que, para este año, debe generar treinta palos. Entonces, el objetivo, con treinta palos, es de la mitad de la tabla para abajo. Con cien palos, de la mitad de la tabla para arriba. Con trescientos palos, campeones o una copa. En ese lugar- me decía el tipo- yo me siento a arreglar el número con el futbolista al que le voy a exigir, al que lo voy a poner y a sacar. Esto es muy difícil porque ustedes no se mueven así, allá. Pero para eso hay también una Federación que avala un montón de cosas que ustedes allá tampoco tienen: “¿No te cerraron los números? Vas a la Cuarta División”. Otra cosa me agregó: “Acá los hooligans eran desdentados, borrachos de pub en una lucha de pertenencia. En el momento más tremendo de la desindustrialización inglesa,- con Tatcher de por medio-, el National Front y varios partidos de derecha- ultras- los tomaron como fuerzas de choque para jugar el peor de los juegos contra jamaiquinos, pakistaníes, hindúes, la mano de obra barata que necesitaba Inglaterra. Quedaban afuera ellos. Pero ninguno limpiaba el inodoro. Ahora, puestos en el fútbol, vinieron los quilombos, tuvieron dos matanzas. Se reunieron para ver qué hacer. Sacárselos de encima. No hubo vínculo de esto con la política. Acá, en Argentina, es todo lo contrario: a Cabezas lo mataron barras bravas junto a lo más granado del empresariado, lo más granado de la política y lo más granado de la policía. Veintipico de años después, a Mariano Ferreyra lo mataron barras bravas junto a lo más granado del sindicalismo, junto a lo más granado de la política y a lo más granado de la policía. Allá eso no estaba. Me lo dijo Bobby Robson: después del Mundial ’86, cuando Argentina ganó con el gol con la mano, lo encontraron a Bobby en México, en un bar, con un whisky con hielo en la mano, dijo: “A mí sólo me ganan con un gol hecho con la mano”. Para seguir con lo de los hooligans, después ellos hicieron lo que hacen los ingleses con este tipo de cosas. Decidieron: los hoolligans no pueden entrar a la cancha, tienen que ir a la comisaría, tienen que estar en sus casas. Cuando juega la selección de visitante, los hoolligans van, porque queremos que queden presos en otros lados”.

En la última entrevista que diste dijiste “El fútbol argentino necesita una revolución”.

No tienen huevos en el fútbol para hacer una revolución. Y, muchísimo menos, desde el estamento FIFA que, estatutariamente, tiene una cosa más perversa que todo lo imaginable. Entonces, vos estás sometido a sus reglas. La realidad es que acá hay un juego de poder brutal. Los equipos grandes son del poder. Los aun más chicos empiezan a ser de los poderes aleatorios y serviles y los equipos más chicos son o de las barras o de la política, a nivel intendencia, gubernamental o todo lo demás. Aparte, no hay cabeza. Don Julio era una cabeza, era lo más perverso del mundo y lo peor que te podía pasar, pero era una cabeza. Hoy sólo tenés urgencias. Y ahí es otra vez donde no se conduce, donde el juego del poder es lo más perverso. Miren, vamos a ser buenos sin que nadie se ofenda: cuando Don Julio rompe el contrato con “Torneos” y se une con “Fútbol para Todos” (FPT) a la política, al Estado, con la plata del Estado, el camino era uno sólo: el Estado controlador. Es decir, la plata bajaba. Cuando empezó el FPT, los clubes debían más de quinientos millones de pesos. Cuando terminó, después de repartir once mil millones, los clubes debían más de dos mil. Después, discutamos cómo usan la plata nuestra, que se la roban, que se la llevan a campañas políticas, que no está dentro del plan del 1% para los jubilados. No la usan, la meten toda en una bolsa y la distribuyen de otra manera. Y ahí tenemos otra discusión. Pero a ellos no los controlaron, les dieron la guita y los usaron como contra-propaganda y el vínculo con lo nacional y popular lo llevaron a los peores lugares porque arengaron a las barras, porque permitieron que armaran ONGs. Así los subieron a un lugar de privilegio: viajaban gratis, se cagaban en la justicia, en la policía y en todo. De lo peor…


Pasó algo parecido con ciertas universidades.

Cuando yo dije en una charla “La Universidad es inmaculada”, me miraban: “¿Por qué? ¿Te molesta la aparición política de la Universidad?” No, querido, la aparición política de la Universidad no me molesta. Ahora, si esa aparición política es para que la Universidad se transforme en un gueto de embanderamiento, no. La Universidad es inmaculada. Y también es inmaculada en cuanto a que vos no podés tercerizar contratos por la Universidad para lavar dinero o para aprovecharte de los laburantes a los que decís defender. Y no vamos a entrar en el juego por el cual el amor enceguece y el odio obnubila. Seamos de una vez por todas más o menos críticos y empecemos a mirarnos y ver un lugar de construcción. El 80% de nuestra pampa está inundada porque los dueños de la tierra hacen lo que se les canta las pelotas. Bueno, ahí hay un país y un país es un Estado. Todo tiene que tener un plan. ¿Y cuál era el plan? “Nos conviene la recaudación, nos convienen los commodities, bueno, saqueen todo”. Pero, flaco, mirá que los montes chupan el agua. Cuando empiece a llover, sin los montes, se nos va a inundar todo. “Dejame que, con la recaudación, hago cualquier cosa, no me importa nada”. Entonces el poder es Monsanto y los socios, la Barrik Gold y los socios, Chevron y los socios. Y, en el medio de todo ese juego, aparecen estos monos que nos gobiernan y te los tenés que comer, como si uno fuese un ser civilizado y tuviera que seguir siéndolo en pos de la democracia. Este es el juego perverso de siempre. Entonces, mirá qué nos pasa ahora. Si querés, discutimos la política de derechos humanos. Ahora, la política de derechos humanos es inviolable. ¡Estamos discutiendo la cantidad de desaparecidos! Hay un punto en que esto es decididamente re-loco. Yo siento hartazgo. No puedo… No es que no tenga energía. Pero, ¿qué me van a venir a decir? Yo no tengo toda la verdad, pero hay algunos lugares donde me voy a plantar y te voy a pelear hasta mañana. Encima, la gente responde desde la crueldad perversa y desde la ignorancia absoluta. Eso nos expone a todos. Creo que somos mucho más que eso, pero hoy ese es un lugar al cual fuimos y nadie se ruboriza ni se condena a sí mismo. Yo creo que no vamos poder arreglar el mundo ya, pero tendríamos que tener estas charlas todos los días, como en los viejos bares, donde Bioy, Borges, Macedonio- y otros con menos altura intelectual quizás- discutían cosas muy grandes. El discurso también es un acto inmaculado. Y el acto, antes del discurso, es tres veces inmaculado. ¿Y sabés por qué? Porque la norma es otra y todo el mundo está esperando tu quiebre. Esta es la típica cosa del barrio: “¿Qué hablás de mí, te miraste el culo?” Entonces, yo tengo el culo bien limpio y te lo voy a mostrar de acá hasta el final. En la política, los únicos cambios tras los cuales irá la masa tienen que ver con eso. El problema es que después se enamoran y caen rápidamente en el populismo y te hacen jugar el peor de los juegos desde su propio amor y se cae en esa cosa difusa entre lo popular y populismo. Y ahí vienen los otros grandes intereses y te hacen mierda.

 

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BONUS TRACK

Hoy nos contó una anécdota el esposo de una alumna que te encontró en un restaurant al que entraron unos chorros…

Ah, en el “Malevo”. Terminé hablando con los chorros. Les dije: “Tómensela, loco. Hace veinte minutos que nos están robando, va a venir la cana y se va armar un quilombo bárbaro acá…”. Bueno, uno de ellos me pegó con el fierro. No me lastimó ni nada, pero me dijo: “Loco, no me manejés el afano, la concha de tu madre”. Yo me saqué la alianza. Y Cristina, mi mujer, también. Tiré la billetera debajo de la mesa y dejé unos mangos arriba. Pero, lo que es peor ¡los del restaurant nos cobraron! Porque era el único que conservaba la billetera…

 

(1) Pablo Alejandro Álvarez, barra brava de Independiente.

(2) Comparada: Julio Comparada fue presidente de Independiente y uno de los testaferros de Grondona, partícipe de una estafa al PAMI a través de “El Surco” y de la mano del ex interventor del PAMI, Víctor Alderete.