LATE Y GRITA

Rituales: sobre ciudadanías activas

Por Isabel D’Amico

 

TRIBU URBANA

Desde hace tres meses y a la misma hora, nos juntamos en Cabildo y Juramento, barrio de Belgrano, donde el caserón de tejas se esfumó en alturas. Javi se alejó de la vereda y dio grandes saltos hasta llegar a la calle. Él apretaba los dedos de los pies para no perder las ojotas. Había que verlo, parecía tan feliz, aun sin nada tangible que festejar esa noche. Él es así, descontrolado y el más joven de nosotros.

Éramos menos, pero más potentes, quizás porque algún resquicio de orgullo nos empujaba desde una curiosa voluntad, a pesar de la lluvia.

Rodolfo, uno de los más adultos, acompañó al ruido con su instrumento casero, envuelto en cinta adhesiva blanca y semejante a un cuerno. Su mérito es haberse acercado a nosotros desde San Fernando. Suele ocuparse de controlar el tiempo del ruidazo con un reloj gastado de espera.

Quizás por ser el más intelectual, Mario nos da letra sentida y nos envalentona, nos inyecta frases, nos interpela, así nos construye muy otros, para no repetirnos.

Ráfaga, con su pelo largo y canoso, despeina el ritmo del sistemático encuentro. Se suma apurado y siempre se va antes. De tanto irse, ya ni lo vemos.

Bajo el ala de su sombrero de cowboy, Héctor nos observa y nos cuida. No es tímido, sólo prudente. Por eso a Vainer, la brasilera, suele reprenderla cuando se cuelga del cordón de la vereda para extender su cartel, escrito con dos lenguas, obstinada en ser leída por los autos, a pesar de la lluvia. “Mimi de lejos”, así la llama Rodolfo. Ella, tan pequeña, tan perseverante, se ubica siempre en la esquina de enfrente. A veces nos sumamos unos pocos a su territorio, pero la lleva muy bien sola.

Mario y Beatriz coinciden en sus miradas intelectuales. Él también es osado, por eso, cuando el rojo detiene los autos, charla con los conductores de la primera fila, mientras Beatriz dialoga con algún peatón. Ante la luz verde, los dos regresan al cordón de la vereda entre frases convincentes, cortadas por un semáforo implacable.

 

VAMPIROS

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Ese día las palabras escritas en los carteles y las dichas a las apuradas llovieron como todos los viernes. Más allá de nuestras diferencias, tenemos algunos puntos de encuentro: el mismo lenguaje, hábitos similares y, por sobre todo, cargamos la misma preocupación.

El tarifazo es, entre otras, una “estrategia” de la asociación entre gobierno y empresas y consiste en una transfusión sanguínea, directamente de los bolsillos de los consumidores a los oligopolios hidrocarburíferos; con el agravante de que algunos miembros y ex miembros del gobierno pertenecen o pertenecieron a dichas empresas.”(*)

Sí, a nuestro pueblo lo están desangrando y, lo peor, algunos creyeron “la culpa” de haber tenido un ánimo derrochón.

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SUCCIONADOS POR LA MENTIRA

Por eso estamos en las esquinas, para hablar con los “naturalizadores seriales”, con los necios, con los ingenuos, con los tibios, con los cómodos. Por eso estamos, para escribirles en la cara lo que no quieren ver. “El gobierno de Macri, Vidal, Larreta, Santilli y sus aliados antepone la legitimidad de la renta empresaria al derecho común. Ni se incomodan ante fallos de la justicia, relevantes, por cierto. Por el contrario, dicen que la gradualidad no se vincula con porcentajes de un aumento supuestamente inevitable, sino con la relación que guarda la tarifa en función de la capacidad de pago de los usuarios. (**)

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A tanto han llegado en este 2019, que muchas familias piden préstamos para pagar los servicios o se desconectaron del gas y pasaron a tener garrafas. Otras cocinan a leña o con querosene. Y solo una lamparita los alumbra, si no es vela.

 

¡TOCÁ BOCINA!

Todos los viernes a las ocho de la noche y en algunas esquinas de la ciudad, una nueva tribu late y grita a su ritmo urbano. Nuestra danza con carteles ya es parte de una constelación celeste y blanca, mientras mutamos en objetivos y generamos la diferencia. Al compás de la bronca, nos vas a ver. Los pasos son cortos sobre las rayas blancas de la calle y el tiempo en escena también es breve, aunque contundente. Podes venir cuando quieras y, si a la papilla mediática le pones tu visión, mejor, así pensamos juntos.

En estos rituales de resistencia esperamos sembrar semillas de acción para un futuro muy próximo. Es hora de iniciar una ofensiva creativa ante este desmadre de políticas parasitarias, que solo abonan brotes de pobreza.

¿Que a veces somos pocos? ¿Y, qué? Las madres de Plaza de Mayo también lo fueron.

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(*) “Contra el Tarifazo”, Gustavo Lahoud

(**)Algunos aspectos relevantes del fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre las tarifas de gas natural en agosto 2016. “Contra el Tarifazo”, Gustavo Lahoud

 

 




NUNCA LO OLVIDES

Rituales: sobre los recitales de “la Renga”.
Por Néstor Grossi

EPÍLOGO
Lo que para algunos es costumbre, para otros es ritual. Esa es la diferencia entre la vieja y la nueva escuela, entre la generación del final y la del nuevo siglo. Ese pequeño detalle derrumbó toda una cultura, hundió el último de los continentes, donde la magia del mundo volvía a renovarse para hacerse una con el todo.
Había cierta alquimia en los rituales, algo más allá de las velas y el deseo: eran hechizos de búsqueda, conjuros de invocación; eran pactos con el otro lado de una ciudad que agonizaba mientras las cabezas de una generación esperaban la guillotina y la traición de los “Ellos” y sus costumbres.
Y entonces no se trata sólo de palabras, hay una matemática enferma que nos conecta con los astros, hay un intercambio equivalente. Por eso es preciso estar listo y predispuesto, porque no alcanzan nuestros cuerpos cuando todo el universo está ahí solo para arrancarnos a tirones la piel.

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BAILAR EN UNA PATA
El prim2842971w380er recital de “La Renga” al que fui con todos mis amigos fue en una escuela primaria de Mataderos. Después llegó el “Club Larrazábal” y la fiesta del “Condon Clu”, en la Federación de Box, donde comenzó el boca a boca.
Ya para 1990, “La Renga” era la banda under que los pibes de Otamendi y Avellaneda íbamos a ver. Al año siguiente, teníamos clarísimo que, después de “Los Redondos”: “La Renga”.
La gira del primer disco comenzó en el “Galpón del Sur”, en abril de 1991 y siguió por todos reductos rockeros de la época, como “Die Shule”, “El Viejo Correo”, “BabilonB0UQ1I7IMAAvRkkia”, el “Arpegios” y varios boliches del conurbano. El asunto siempre volvía al “Galpón”, con varias fechas seguidas. Esa gira terminó en octubre de 1993, en “Stadium”, un ex cine y templo evangélico en la zona de Almagro, sobre Avenida Rivadavia.
En 1994 llegaría lo inevitable: “Obras”, el primer recital al que fui solo.
Pero, volvamos al “Galpón”, a una esquina de Humberto primo y Entre Ríos, plagada de heavys y rockeros que bebían y fumaban entre los surtidores de la estación. O no. Mejor volvamos a la esquina de Otamendi y Avellaneda, donde comenzaba el ritual.

EL CUERVO Y SU NOCHE

Como el Bicho y el 16002899_610062545870273_6310044372522059076_nVilla vivían a media cuadra del parque, nos juntábamos ahí a las tres de la tarde y salíamos, hacía el Centenario y en caravana, en busca de nuestras pepas para la noche. Tocaba “La Renga” y nada nos podía faltar. Con el botín en una bolsita de cigarrillos, volvíamos a lo de los hermanitos macana a seccionar los dos cartones, mientras fumábamos porro y tomábamos vino con naranja. Nos separábamos a las ocho para ir a comer a nuestras casas, jurándonos que no tomaríamos el ácido antes de las diez…creo que sólo el Chelo cumplía.

D4ePEYsXkAIlr4aEntre las diez y media y la once, nos juntábamos en el kiosco a esperar el milagro, entre cervezas y porros.
Siempre era igual. Yo ni tenía que caretearla con mis padres, subía a mi habitación con un tubo de papas y una lata de medio, me quedaba hasta las diez con la guitarra en la mano, tocaba encima de la radio hasta que me ponía el cuartito sobre la palma de la lengua y me apoyaba de codos sobre el marco de la ventana.
Era una noche tranquila. Una enorme luna blanca brillaba sobre la ciudad y se estaba de puta de madre, con “The Doors” de fondo y un faso en la mano, encerrado en ese único y primer piso de la casa, mi habitación. Desde ahí, sólo podía ver las copas de los árboles, las luces de los faroles y los techos vecinos. Diez y veinte salía, ya no me aguantaba, tenía que salir. De paso, me tomaba una birrita solo y en paz. Eso sí, el Cuervo ya no estaba ahí.
Me puse la leñadora sobre la remera de Zeppelin, me calcé la riñonera, el porro en las bolas y bajé. ManoD21fRCSVAAAOYkHteé una milanesa de la heladera y salí por el pasillo devorándola. Abrí la puerta cancel y vi la silueta negra que sostenía una botella.
Era fija: cuándo salí, el Cuervo estaba sentado en el umbral de mi casa.
-Nunca más -dijo, se puso de pie y me abrazó. -Vayamos por una birra ya, Negro putazo.
—-¿Te la tomaste a las diez, vos?
-Sí, el segundo cuarto, puto — dijo y comenzó a reírse. Y se rió por el pasaje Escribano hasta doblar en Numancia, siguió riéndose y recordándome lo puto que yo era, hasta que nos detuvimos frente al tráfico de Avellaneda. Y, entonces, estalló en carcajadas, al tiempo que me señalaba el kiosco y tenía la cara roja
-Mirá negro Néstor, mirá, jajajaja: parece un muñequito sentado ahí jajajajaja, miralo con su cervecita, pobrecito jajaja”.¡Loliiii! ¡Aguante la Renga, puto!
En segundos llegaría el Chelo; en minutos, el Bichito con su hermano y novia. Dos horas más y el “Galpón del Sur” nos abriría las puertas. “La Renga” se hizo grande en ese lugar y nosotros estuvimos ahí, recital tras recital, durante todo aquel 1991 y hasta el final de ese ciclo.

La Renga
Esa noche fue la primera vez que Robinson, el armoniquista de Pappo y de la “Chevy Rockets” tocaba con ellos. “El Galpón” se llenaba, pero no del todo, aún no explotaba. Tenía un escenario bajo, más cuadrado que rectangular, frente a los baños. Es decir, para mear, siempre tenías que rodear el escenario.
Nunca tocaban antes de las dos, nosotros llegamos a la una y algo, nos terminamos una cajita de vino mientas fumábamos uno y nos confirmábamos que las putas Budas pegaban mientras juntábamos el billete para la entrada.
Adentro, lo de siempre: tema tras tema entre porros y saltar abrazado con los pibes cuando llegaba el “Juicio del Ganso” o “Negra es mi alma, negro mi corazón”. A veces nos separábamos y nos volvíamos a encontrar porque sabíamos que en Buseca y Vino tinto, el Chizzo y el Tete aparecían con dos enormes bolsas de consorcio negras cargadas de tetras que le arrojaban al público.
Robinson era lo que “La Renga” necesitaba, el saxofonista de la banda. El Chiflo, a veces tocaba pero no era lo mismo. Robinson usaba un cinturón de armónicas y sabía qué hacer con cada una de ellas. Increíble, así sonaban como una banda de verdad. menu-icono-fotosY el Cuervo lo sabía, lo sentía y estaba insoportable ya: pegado al escenario golpeaba el piso, subía al escenario a cantar con el Chizzo y se volvía a tirar. Pedía faso, un trago y agitaba en medio del pogo, mientras todos cantaban con la banda.
No recuerdo en qué tema fue: yo puteaba a Loli porque tardaba demasiado en picar, cuando vimos al Cuervo sobre el escenario que intentaba abrazar al Chizzo y cantar con él, mientras nosotros nos cagábamos de risa. Al terminar la canción, Loli le pasaba la lengua a la seda, el Cuervo le arrebató el sombrero a Robinson, se lo puso y agitó hasta tropezar y desaparecer de nuestra vista. El tema terminó y la banda no arrancaba, el Chizzo se acercó al micrófono y llamó a los amigos de Martín, el Cuervo. ¿Qué pasó?: se había caído a un costado del escenario. Los plomos contaron que estuvo un rato, ahí, entre los cables y sobre unos pies de mics que no se usaban. Iban a llamar una ambulancia, pero el Cuervo se negaba y pedía un vino: “que no había pasado nada, que no se iba una mierda hasta que el ritual terminaba”. Juramos llevarlo al hospital, pero fue imposible. La banda siguió y nosotros rockeábamos con ella. El Cuervo agitaba menos, iba y venía con un tetra en la mano. Todos estábamos tan drogados que nadie se daba cuenta de cómo a nuestro amigo comenzaba a mutarle el brazo, hasta que ya no pudo ni sostener el vino y la mano le cambió de color.
A las cinco ya estábamos afuera, con todos los pájaros del amanecer pateándonos las cabezas y con una de las tres cajas manoteadas en “buseca y vino tinoD2tJ1ZTWoAAbwGK“.
-Che, boludo— dijo Chelo,- te rompiste el brazo, infeliz. O la mano. Vayamos a un hospital, pelotudo ¿cómo vas a castigarte esta noche, si no?
Encendí un pucho.
—La puta que te parió, Cuervito, busquemos un hospital por acá, loco.
El Cuervo se rió con las pocas fuerzas que le quedaban:
— El ritual termina el parque, loco: me la re banco hasta el Durand, ni hablar. Pasame el vino, Loli.
El Villa y Novia se pusieron a juntar el billete para la birra y la Uggis de Callao. Loli entregó el tinto, el Bichito me pidió un faso, mientras el Chelo le revisaba el brazo al Cuervo y yo gatillaba el encendedor.
Bajamos del 105 con sabor a tabaco y pizza en la boca, no había dónde pegar birra y no teníamos un peso ya. Tomamos agua del bebedero y nos sentamos a fumar un porro para levantar la pepa, mientras ninguno recordaba el brazo el cuervo . Sobre Díaz Vélez, el tráfico del domingo se mezclaba con los puesteros que comenzaban a llegar.
Amanecimos en la guardia del Durand, reíamos y vomitábamos, mientras le enyesaban el brazo a nuestro amado Cuervito y planeábamos un verano letal.

SER LO QUE PUDO SER
No sé cómo ni cuándo pero, de alguna manera, nuestro ritual terminó convirtiéndose en una simple “prevhay2ia”, en un acto vacío de búsquedas y leyendas, en un sinsentido de tragos y pastillas y de quién se coge a quién. Esta generación no sabe drogarse, creció encerrada, mientras veía a sus padres frente a una eterna hoja blanco.
Estamos jodidos. El mundo terminó cuando los hijos dejaron de huir de los padres, cuando la suma de todas las culpas y el temor destruyeron el sacro santo puente que los elevaba de una ciudad a la otra. Somos lo que pudo haber pasado y no pasó, sobrevivientes en este siglo que nació muerto y sin magia. La resistencia es el ritual, el momento donde nuestras personalidades se hacen una, un imprescindible acto individualista para después darlo todo en nombre de la revolución. Entonces, los sahumerios, las velas y el palo santo, lo necesario para alejarnos de los “Ellos” y sus parrillas cargadas de mierda. “Purple” o los “Doors” para no escuchar sus ridículas vidas frente a las putas noticias en el cable mientras masticaban en cuerpo y alma su basura de exportación.
Por eso el ritual, porque hay un instante donde somos uno con el todo, donde controlamos el tiempo y llamamos a nuestros muertos. Es el maldito momento de preguntase cuándo nos olvidamos de nosotros mismos. ¿Cuándo fue que nos traicionamos?
Durante los años que llevó en esta revista me lo pregunto, nota a nota.

Pque+Centenario+(2)




ABRAZO DE MONTAÑA

Rituales: sobre un viaje a Machu Picchu

Por Josefina Bravo

 

PRINCIPIO ES FINAL

Los primeros días de marzo comenzó un viaje muy esperado. Decir “comenzar” es señalar un “desde ahora” o un “desde acá”. Es marcar un inicio que tuvo un antes finalizado en otro “hasta acá”, donde a su vez comienza el viaje. Es decir, miles de historias se cruzaron, enredaron y desenredaron para llegar a ese instante, principio, origen y raíz de -en este caso- un viaje.

Entonces, se trata este de un viaje también resultado de otros. Con todo a cuestas y la incertidumbre ante lo nuevo -tan esperado, tan deseado- llegué a Cusco: de Qosco que, en quechua, significa “ombligo del mundo”. La antigua capital inca, el centro del imperio.

 

ARRIBITA

La altura se acomoda lenta al cuerpo, con la respiración pausada y honda de quien reclama oxígeno. Las montañas abrazan la ciudad, pero no aprietan, la elevan a un cielo cercano y silencioso, llenísimo de estrellas. De día el sol templa las lentas caminatas de los turistas por callecitas amoldadas a la montaña y se humedece en las danzas carnavalescas y coloridas de quienes tienen a Cusco por madre. La noche es un manto frío y azul, que cae sobre la ciudad de piedra con el peso del misterio.

El cristianismo y lo quechua se trenzan fuertemente en el sentir peruano y también, en la arquitectura. No es novedad el resalte de lo mestizo. La lengua quechua es resistencia que sobrevivió a la conquista; corretea de pies descalzos en cada rincón del pueblo y la montaña, ofreciendo su música.

 

A LOMO DE PIEDRA

En círculos con eje en los altos del cordón montañoso van los caminos a los pueblos del Valle Sagrado. La vegetación se vuelve más frondosa cuando Cusco queda atrás. Los conductores de esas rutas son hijos de la montaña: así, las bocinas llegan antes a las curvas, los vehículos se pegan al lomo de piedra y los ojos de quienes ven por vez primera sobrevuelan los árboles y los cerros, se detienen en los colores o en el aire quieto, interrumpido por el planear de los pájaros. 20190307_091310

Rodamos adentro del paisaje sobre bicicletas. El cielo adquiere el gris de la ruta y los verdes se vuelven más vibrantes con la lluvia. Desde arriba llega el murmullo del agua que, en hilos o en trenzas, sigue su curso sobre montaña y camino, más ancho y más angosto, con la única lógica del espacio y la caída. Los pedales van sueltos cuando las ruedas entran al agua y las piernas vuelan. La lluvia se sube al viento para castigar a los ciclistas. Y, sin embargo, el latigazo húmedo de la selva es muy bien recibido. Ya los pulmones acostumbrados a la altura, ya el cuerpo dispuesto a llevarse el valle en los ojos y en la piel.

¿Si hay algo especial? ¿Una energía, una presencia?

Los ojos se maravillan y, a la vez, no hay extrañamiento.

No se siente un lugar ajeno: la montaña abraza.

 

CAUDAL DE ARCO IRIS

Santa María es el pueblito donde pasamos la tarde y la primera noche. Digo pasamos, porque  somos un numeroso grupo de gente de distintas nacionalidades rumbo a Machu Picchu.

Toda ciudad, todo pueblito peruano tiene su mercado, donde los lugareños compran y venden sus productos. Santa María no es la excepción, ahí están los pueblerinos con sus puestitos de alimentos y ropas, cerquita a la plaza.

Un arco iris bien marcado hace su curva de montaña a montaña. Y el río, caudalolísimo y revoltoso, bien ancho a un costado y abajo del pueblo.

 

DETRÁS DEL CANTO

Al día siguiente nos levantamos antes del sol. Después de un desayuno local, damos rienda a la caminata. Vamos por un camino de tierra, bordeado de selva. 20190305_133222Desde temprano el sol se entrega a puro calor. Nuestro guía nombra los árboles, nos muestra sus frutos silvestres. Al principio parece que el trayecto va a ser interminable. Sin embargo, una vez entrados en ritmo, las piernas se amigan a las subidas y bajadas y el cuerpo se acomoda al calor. Poco a poco, la selva se nos ofrece con sus verdes y amarillos, sus azules, púrpuras, rojos y anaranjados. Las plantas se arrojan al camino para rozarnos los brazos, los frutos envian su dulzor al aire y, a veces, nos invitan con sus sabores silvestres. Los ojos se van del camino detrás del canto de los árboles o del color de los pájaros. Desde la frondosidad de las ramas, insectos y animales observan nuestros movimientos y se escabullen cuando detenemos el paso.20190305_112553

Cada tanto la selva se abre para mostrarnos la casa de algún campesino que siembra tres o cuatro hectáreas con la tecnología de las terrazas que heredaron de los incas. 20190305_103120Allí descansamos un poco del sol y tomamos o comemos algo que los lugareños nos ofrecen: cosecha de fruta o maíz, café recién horneado, té de coca o chicha morada. Recuperamos energías para retomar la caminata. Un paso y otro paso entre maizales, frutales, ramas y yuyos altos. Volvemos al ritmo.

 

 

 

 

SERPIENTE ROJA

Nos salimos del sendero de la selva para andar un tramo del camino del inca. Las piernas protestan ante semejantes escalones y el calor se pegotea en la piel, pero el paisaje retribuye. Desde la altura, el río es una serpiente roja a los pies verdes de las montañas.

Veintiún kilómetros, una mañana y una tarde después, llegamos a las termas de Aguas Calientes. Los músculos y la piel agradecen el baño, los ojos nunca se cansan de la altura y las formas de las montañas.

20190305_120932Santa Teresa es un pueblo más grande, allí cenamos y pasamos la noche. El olfato advierte la humedad y, horas más tarde, diluvia. El sueño cae tan pesado como la lluvia.

La mañana siguiente volamos el valle en tirolesa: de montaña a montaña, sobre selva y río, a puro grito. Y en la tarde caminamos desde Hidroeléctrica hasta el pueblo de Aguas Calientes. Machu Picchu se  yergue a nuestro paso, la piedra ostenta grandeza, el río canta a viva voz.

Gente que va y viene a los lados de los rieles. También pasa el tren. De camino, hay hospedajes y lugares para comer. A metros de Aguas Calientes una nube cae sobre nosotros, primero con gotas aisladas, luego con un chispeo suave y enseguida se derrumba como un gran balde sobre nuestra caminata. El río atraviesa la ciudad y su andar se escucha fuertemente por esos lares. Suena como una lluvia poderosa y constante.

Dejamos todo listo esa noche para arrancar la mañana siguiente.

 

LA MIRADA DEL CAMINO

A las 4 suena el despertador y, media hora más tarde, un montón de linternas se mueven en los dobleces de la montaña para acortar el camino desde Aguas Calientes hasta Machu Picchu. La selva no duerme, acompaña el andar con ojos abiertos, aleteos y susurros de grillo. Arriba del contorno oscuro de la montaña, las estrellas azulan el cielo. El camino tiene los ojos hacia arriba mientras es plano. Después de cruzar el río comienza la subida. Empinadísima, de escalones altos, alcanzados por montones de linternas. La escasez de aire frena el andar, allí las luces se detienen en círculos sobre la piedra. Subimos en fila, muchísimos. El silencio se interrumpe de jadeos, los ojos no van más allá del siguiente escalón.

El ascenso es lento y acompañado. Quien frena ve subir a los de atrás. Hilera humana interminable. Desde algún lugar, el cielo comienza a clarear, los árboles se vuelven verdes y el calor tiñe los rostros andantes. Entonces, la piedra y la tierra se distinguen y, de a poco, la vegetación se abre. Un último escalón y llegamos a la base, donde hacemos ronda con quienes compartimos el viaje. Hay quienes nos cambiamos de ropa para estar secos y quienes no desean detenerse un segundo más. 20190307_064715Atravesamos el último control y subimos unos escalones. Allí, desde una enorme terraza, vemos erguirse la ciudad perdida de los quechuas: imponente, entre montañas. El guía nos cuenta cómo sobrevivió a la conquista española: el Inca destruyó el camino que la unía a Cusco. Y, luego, la selva cubrió la piedra, subió por paredes y techos y creció sobre los caminos para ocultarla. La vegetación se mantuvo apretada y la montaña arisca, el tiempo suficiente hasta que el mundo estuvo listo para su preservación.

Entonces, estar en Machu Picchu hoy es respirar con la montaña. La magia y las leyendas de la antigua civilización se trenzan a la altura, a la belleza del paisaje, a su dificultoso acceso, al cansancio físico que implica llegar. Las misteriosas chincanas, pasajes cavados en el interior de las montañas que nadie sabe a dónde van y donde murieron muchos exploradores; los gentiles, hombrecitos de miniatura que viven en la montaña y practican la magia, todo, todo se mezcla en el umbral de la mirada. Incluso los recuerdos, los otros paisajes, el deseo.

Hoy las paredes se conservan sin vegetación, los jardines tienen pasto cortado y todo está muy limpio y en orden. Escucho decir por ahí: “imagínense en el tiempo de los incas, las casas estaban cubiertas de vegetación y flores coloridas, los jadines repletos de árboles y las terrazas cultivadas”. En el Templo de la Luna, en Wayna Picchu, vivían las niñas que eran ofrendadas a los dioses. “¿Cuál es la diferencia entre ofrenda y sacrificio?”, interpela nuestro silencio con la mirada. Las niñas se ofrecían, era su voluntad entregarse a su dios, su mayor orgullo. A las llamas sí se las sacrificaba, se les sacaba el corazón para ofrecerlo a los dioses. Eso ocurría en la plaza de la ciudad, el lugar de ceremonia. Machu Picchu era una estancia de relajo, de retiro del Inca. Y también funcionaba como una especie de universidad. 20190307_063917Imaginar todo eso es más fácil temprano en la mañana, cuando unos pocos caminamos el lugar. Hacia el mediodía, cuando ya subimos a la Puerta del Sol y al Puente del Inca, cuando ya vimos la ciudad, el río a sus pies y las montañas desde varios ángulos, Machu Picchu está lleno de gente. No como al principio, cuando los fantasmas de la mirada podían corretear entre las callecitas sin toparse con nadie. Sobre el mediodía, la ciudad es un hormiguero de turistas, flashes, gritos y risas. El río ya no se oye. El viento golpea suave a quienes están atentos. Los árboles duermen y los animales desaparecen por completo.

Quienes en la mañana disfrutamos el silencio acompañado, después del mediodía comenzamos el descenso, también duro y empinado. Hora y media de bajada, al menos. Y los pies -trémulos- se arrastran unos kilómetros más, hasta Aguas Calientes.

 

FINAL ES PRINCIPIO

El tiempo es una serpiente roja que pasa como un rayo -a pura intensidad y adrenalina- y también ondea, hace bucle y vuelve sobre sus pasos para seguir adelante.

Machu Picchu me esperaba hacía años. Las vueltas y los enredos que me llevaron a él se reprodujeron una y otra vez a lo largo del camino. Lo rodeé en bicicleta, en autobús, a pie y por los aires. Impregné de montaña los ojos y la piel. Saboreé sus frutos, aspiré sus olores, palpé los árboles, la humedad de la piedra, las flores. Dejé a la selva entrar en lo más hondo. Se curvó el arco iris en mi ojo y la mirada cantó y se derramó con caudal de altura para hacer trenza con la misteriosa ciudad inca. Y al valle entregué el sueño y los miedos: de esa forma, acunarme niña.

Volví un poco apretada, cosa de no desabrazarme.

Ese es, para muchos, el ritual: filiar con la tierra y el cielo, la montaña y el río; y la gente, por supuesto, la gente que acompaña o te encuentra en cada bucle del camino.

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AQUÍ, EL DIOS QUIERE BAILAR

Rituales: sobre la obra de teatro “Aquí hay leones”, dramaturgia y dirección Javier Swedzky.
Actuación: Flor Sartelli, Leonardo Volpedo

 

RETAZOS DE CIUDAD

Nuestro ritual es el radar. Que el cuerpo esté atento a los textos en tránsito. Que no nos deje de interpelar la pared que grita en un grafitti, ni la tristeza de la mujer al paso: su retacito de soliloquio, su ensimismamiento a medias, donde guarda en pudores su reclamo.

Repetir, repetir la sucesión de los ojos alertas, de las manos dispuestas a retener el temblor de un saludo saturado de biografía, de los brazos prestos a rodear el cuerpo anciano, ya hace tiempo retraído dentro de sus contornos.

La calle se ha vuelto una gran página carcomida por los sudores de las cunetas. Quienes tienen zapatillas las apuran hacia el umbral que amenaza con la pérdida de trabajo. Quienes no las tienen revuelven los containers aún sin cerrojo, para ver si pueden calzar en el número que otros han desechado. Es de madrugada en la ciudad. Las secretarias tensionan el esmero de su maquillaje sobre la piel exhausta, no pueden darse el lujo de protestar por no haber dormido lo suficiente. Los trenes se abarrotan, los estudiantes desquitan su hastío en algún jueguito de celulares, mientras exponen el aparato al voleo de algún desesperado. Madres y padres arrastran mochilas y deudas hacia la puerta de la escuela, donde se despiden de sus hijos con la mitad del cuerpo, mientras la otra mitad pasa agenda a los imperativos del día.

"Aquí hay leones". Carolina Tejeda (actriz 2008) y Leonardo Volpedo.
“Aquí hay leones”. Carolina Tejeda (actriz 2008) y Leonardo Volpedo.

Por la avenida avanza un coche con vidrios polarizados. No importa no ver a través, la mirada que escribe intuye los contornos, los perfiles y las direcciones de quien conduce.  Por si nuestra imaginación no alcanzara, al llegar a la esquina, el vidrio desciende a través de una grieta en la carrocería y deja al descubierto un par de lentes, también oscuros. Un  brazo extiende su complicidad hacia la severidad de un uniforme. Valió la pena descaparazonarse para conversar unos segundos, de autoridad a autoridad. La escena es un absurdo de prepotencia, que se desvanece ni bien cambia el semáforo.

No caben en la mirada todas las escenas de este día recién amanecido y ya viejo de cansancios. Pero algo golpetea los ojos. Son pilas, pilas de colchones diseminados a las puertas de los bancos, bajo la angostura de un techo, bajo las nuevas y tan coquetas paradas de colectivos, en las entradas de las iglesias, en las sinsalidas de este tiempo, fiera que no para de acechar. Vendrá el invierno. Y los leones todavía serán gobierno. ¿Quién abraza en el mientras tanto?

 

AQUÍ HAY LEONES

Un león cazar. Peter Paul Rubens
Un león cazar. Peter Paul Rubens

Decía Federico Nietzsche que el hombre camello es aquel que carga y padece. Por su parte, el león advierte que carga, pero no hace o no puede hacer nada para cambiar sus condiciones. Aun así, dio el paso de la conciencia: no quiere ser más camello. Y el niño es el dios que baila. En “aquí hay leones” el universo está rodeado de fieras al acecho. A más invisibles, más terribles. El espacio se ha vuelto estrechísimo y la capacidad de movimiento oscila entre la torpeza y el desconcierto. Una pareja hace equilibro sobre su pila de colchones. Mueve al dolor para que no se instale. Capa tras capa, reinstala el ritual en su casa -milhojas, donde la escritura se acurruca en busca del nombre adecuado para el bebé por venir-. Libertad es lindo nombre. Aunque alrededor ruja la música, aunque la máquina de consuelo con que se abrazan no funcione, aunque los recuerditos de turismo clasemediero no respondan al hechizo del deseo, Libertad es un lindo nombre. Podría ser que si él se atreviera a laburar de astronauta, en vez de insistir en su trabajo de vendedor de inventos -un personaje a lo Roberto Arlt, aunque más contemporáneo- la prepotencia del deseo estallase contra la furia de los leones. ¿Cuándo va a terminar todo esto? Una noche de romance entre los reflejos de una mínima bola de espejitos, una abuela desclasada que descansa en una maceta, un sueño con el juicio final, que los aniña en un juego de sombras. ¿Imaginate si los leones no son más que eso: fantasmas inconsistentes manejados por el hilo de un titiritero en lo alto de la caverna? Como sea, Libertad, sin duda, es un lindo nombre.

 

LEONES ACAMELLADOS

"Aquí hay leones".  Flor Sartelli y Leonardo Volpedo.
“Aquí hay leones”. Flor Sartelli y Leonardo Volpedo.

Ay, mi querido Federico, ¿qué decir de estos leones? Como una inversión de los tuyos, estos son conscientes de cargar a otros con fardos pesadísimos. Estos han dado siempre el mismo paso hacia una conciencia sin desataduras: la de clase. Estos son leones acamellados, metidos en la jaula de sus privilegios. Lo de estas bestias es la costumbre, no el ritual: repiten para instalar siempre lo mismo.

Mientras tanto, lo que ellos llaman “el resto”, tiene que hacer equilibrio en lo alto. El ritual de sostenerse sobre tierras movedizas requiere paciencia, creatividad y nudos. La cucharita no quiere quedarse quieta sobre el platito del café. Hay que colocarla de nuevo. Pero la cucharita no quiere quedarse quieta sobre el platito del café.

Y otra vez.

Y no quiere.

Y otra vez.

Por su parte, el tío que “siempre encuentra un negocito” duerme aplastado entre dos capas de la milhojas. Sólo lo desperezan de su chatura, para que atruene con la voz de los adaptados, para que humille a los sin empleo con sus formulitas de rituales gastadísimos: “Yo presto un poco de dinero y me quedo con un punto, al que le presté presta dinero a otro y, de esa transacción, me quedo con un punto”. Punto a punto, el tejido del tío se sostiene, al final, a punta de pistola. Claro: por si, en la cadena, algún acreedor falla.

Y, si el aplastamiento del tío irrita, qué decir de la abuela venida a menos. Titiritearla ha sido una decisión brillante de quienes tramaron esta puesta en escena. Ella es el harapo de lo que supo ser. La vergüenza de no tener cuando se tuvo. El cuerpo disminuido que descansa en una maceta, como si de un ensayo de la tumba se tratara.

 

VENDAMOS EL COCHE

"Aquí hay leones". Flor Sartelli y Leonardo Volpedo.
“Aquí hay leones”. Flor Sartelli y Leonardo Volpedo.

Pero no tenemos.

La nafta, la patente, la correa, el aceite, la nafta, otra vez, la nafta. El combustible.

Pero no tenemos.

Es muy sano andar en bicicleta. Un montón de ventajas tiene andar en bicicleta. No importa si uno elige bicicletear o si le han bicicleteado el tiempo. Es muy sano, vendemos, el coche.

Pero no tenemos coche.

¿En qué se trasladan los leones?

 

RECUERDITO, RECUERDITO, DIME DÓNDE ENCONTRAMOS UN SENDERITO

¿Te acordás del souvenir que trajimos de Europa, el muñequito de plástico vestido de inglés… o era de holandés? Y el platito que compramos… no me acuerdo dónde, ¡pero quedaba tan lindo sobre la pared!, ¿te acordás cuando teníamos pared? ¿Y la bailaora española? Esa sí me acuerdo dónde la compramos, seguro fue en España.

"Aquí hay leones". Flor Sartelli y leonardo Volpedo.
“Aquí hay leones”. Flor Sartelli y leonardo Volpedo.

Ay, cómo se impregnan los objetos con la memoria. ¿O es al revés?, ¿es la memoria la que se embadurna de objetos?

Hay que hacer un altar. Pedirle a los recuerditos que dejen de atarse al pasado y nos señalen un camino.

Pero no funciona.

Si no funciona, hay que volver a pedirles.

Para qué, no funciona.

Para repetir y repetir y que se genere la diferencia. El ritual, ¿me entendés?

Ah. Y, con respecto al nombre de nuestro bebé, ¿de verdad te parece ponerle Libertad?

 

LA ADUANA DE LOS LEONES

Íbamos a irnos de viaje, teníamos todo, te lo digo: el mapa, el trayecto, el sueño. ¿Qué más? Pero pasó que, cuando llegamos al borde de la partida, estaban ellos. Después, un día, nos decidimos a ser padres, porque eso de esperar el mejor momento es una trampa, nunca llega el mejor momento. Libertad nos pareció un hermoso nombre, ¿vos qué decís? Y sí, al borde de todos los nombres merodean ellos. Otro día salí a buscar un empleo, porque eso de que los niños vienen con un pan bajo el brazo yo no me lo trago. Y, en la recepción… sí, ¡ellos! No sé cómo explicarte. A mi compañero se le ocurrió una idea brillante, él es muy creativo, ¿sabés? Una tarde vino y me dijo que debía cambiar de trabajo. Al principio, yo me opuse. Pero, cuando me largó un ¡Yo podría ser astronauta!,  me pareció que por allí habría una salida. ¿Andarán los leones por el espacio sideral?

 

PRESENTAR BATALLA

No hay mañana, no hay tarde, no hay tiempo si el hacer no lo organiza. La máquina de consolar tiene las articulaciones torpes. Hay que armar y desarmar la pila de colchones, agitar la ausencia y la falta. Si se aquieta el hueco, te morfan los leones. Y los leones son insaciables. No se van ni cuando pierden. Y, a decir verdad, tampoco hacen demasiado. Se toman vacaciones cada vez que pueden y dejan al rugido y a las garras a cargo. No, no, no. No son las sombras en la cueva de Platón. Son los que manejan aquello que proyecta sombra desde arriba de la cueva. Y, sí, es evidente: más alto que sus manos, ellos también son manejados. Es una milhojas de desgracias. ¿Y nosotros, qué?

No hay mañana, ni tarde, ni tiempo si el hacer no lo organiza, si la queja desbarata, si la nostalgia se apodera hasta de nuestras sombras.

Resistir en el ritual y aguzar el radar. Está lleno. Lleno de pilas de colchones. Tal vez, si les preguntamos a ellos, a los otros que -como nosotros- insisten y persisten, se les ocurra algún nombre. No, no puede ser ni Soledad, ni Caridad, ni Misericordia.

Tenemos que reinventar las palabras. Y que los leones se disuelvan en sus propias sombras.

MANIFIESTO DEL TEATRO CHOTO Hacemos teatro pero no sabemos para dónde ir. Estamos perdidas/os y el teatro que nos sale no tiene valor de cambio ni perspectivas. Escribimos este manifiesto a sabiendas que no lleva a ningún lado. Somos un pequeño grupo teatral y vivimos en la Argentina de hoy, pero no somos contemporáneas/os. Nuestro lenguaje es fallido, está fuera de cuadro, no responde a las expectativas de las vanguardias ni de la modernidad, menos aún a las de la crítica. Por lo que nos dimos cuenta que es, definitivamente, choto. Hacemos teatro acá, pero no hacemos teatro argentino. Tanteamos en terrenos desconocidos, guiados por nuestras ganas de divertirnos y nuestra decisión de compartir nuestras dudas. Nuestros pensamientos, elecciones y acciones no colaboran a erigir la identidad de un ser nacional, ni a la de un teatro nacional. Menos aún están pensadas para edificar un teatro argentino de títeres (que nos mira como si recibiera en su casa un sobrino borrachín y cleptómano al que se le aguanta con una sonrisa que diga cualquier barrabasada mientras se mira las pertenencias de reojo). Nos libramos de la responsabilidad de colaborar con un teatro que no terminamos de entender y que nos quiere imponer una mirada. No somos tributarias/os de las tradiciones teatrales pero tampoco las negamos; no somos, por fortuna, depositarias/os de herencias, fardos ni misiones teatrales y no tenemos legado alguno a transmitir. Estamos al margen de las conversaciones interesantes y afuera de los templos. Nos falta lustre. Financiamos nuestro trabajo con nuestro dinero. Las colaboraciones del estado o privadas para la creación de estos espectáculos son ridículas y consideran nuestros salarios de una manera menor, refregándonos en la cara que para ellos nuestro trabajo no vale nada. Esto tiene consecuencias en nuestro funcionamiento y creaciones: ensayamos poco porque es caro, pagamos todo, o con suerte casi todo, y nos queda poco o nada para nosotras/os. Por eso hacemos lo que nos viene en gana, con la complicidad de nuestras amistades, con las pocas chucherías que hemos podido conseguir y sabiendo que lo que hacemos no le importa a nadie. Las obras que producimos están muy lejos de ser obras bien hechas. Nos gustaría ser parte de una familia, la de Kantor, (a quien le copiamos la idea de hacer un manifiesto), los dadaístas, Girondo, Zappa y Bonino -y la lista sigue- pero creemos que ninguno de ellos nos hubiera prestado atención o les hubiera convencido la idea, de todas maneras nunca lo sabremos. Hoy, acá, hacemos teatro choto. Los que hacemos “Aquí hay leones”: Flor Sartelli, Leo Volpedo, Laura Cardoso, Nicolás Botte, Javier Swedzky

 

* Las escenas que se relatan en esta nota son recreadas, no textuales.

** El texto de esta obra fue escrito en base a experiencias personales de los integrantes de la compañía.




EN EL FUGAZ RESPLANDOR DE UN OJO QUE RECUERDA

Rituales: sobre un romance con Cinefilia.
Por Pablo Arahuete

A PRIMERA VISTA

Destello 1Fue algo fugaz y una chispa. Y, a partir de la chispa, la certidumbre de que algo pasaba. El flechazo con Cinefilia no podía ser en otro lugar que en un cine. Entre los rostros y la gente, la vi por primera vez en la sala. Desde ese entonces, la busco cada vez que me hago el distraído o trato de soportar, porque Cinefilia es una buena consejera y, de vez en cuando, ayuda. Ahora que lo pienso y la pienso, veo el ritual, un ritual entre luces y sombras. Y me pongo a pensar que nunca busqué una definición de qué es el cine. Pretendo no hacerlo porque, para mí, Cinefilia y el cine van de la mano. Tampoco creo que con Cinefilia sueñe, aunque estoy seguro que me desacoplo y escapo a la propuesta que Cinefilia me da. Me dejo llevar por el encanto de lo fugaz, no es otra cosa que eso. Lo fugaz tiene su encanto cuando se piensa en que todo termina alguna vez. De ahí, a lo intenso, hay un pequeño paso.

EL ESPEJO DEL TIEMPO

Entre tantos rituales que atraviesan este camino, el del cine es el que practico sin pensar. Es tal vez ese misterio de la memoria, del tiempo que no es tiempo o del espacio que se reconstruye en la mirada. Porque una pantalla es también un ojo que nos ve, además de verlo nosotros. Es el espejo donde a veces nos queremos ver. Cinefilia me entiende, no me hace preguntas. Ella no piensa tanto, porque también coquetea con lo fugaz. Yo la busco entre recuerdos y trato de convertirla en palabra para darle un cuerpo que no tiene. Cinefilia no necesita un cuerpo para ser. De vez en cuando, yo tampoco lo necesito.

LA AUTONOMÍA DE UN GLOBO ROJO

El globo rojo
El globo rojo

No sé si el cine es la verdad en veinticuatro fotogramas por segundo. Para mí, la verdad es eso en el momento en que lo veo y deja de serlo cuando se apagan las luces. Pero, con Cinefilia desentumezco el músculo quieto. Y puedo practicar el ritual de verme, la posibilidad de viajar en el espacio sin tocar el piso. Pero tampoco hablo de tocar el cielo. Este ritual implica avanzar hacia atrás, hacia adelante, es ir a un costado o al otro en un mismo lugar, en un punto.

Cinefilia estaba presente el día en que me asombré, al ver en una pantalla a una persona de otro color. Y también cuando me convencí de que un globo rojo tenía autonomía, que podía interactuar con un niño y ser un globo rojo igual. Antes de Cinefilia, era algo mecánico, porque el ritual consistía en correr una manivela de plástico con fotografías o dibujos fijos y darle velocidad para imprimirle movimiento. No era lo mismo. Como tampoco esas proyecciones en la pared de mi casa de las películas súper 8 que se podían conseguir: una parte de “La Guerra de las Galaxias”, una película de “Cupido Motorizado”, y así entregarse a esa magia en casa, con gente, con amigos y con Cinefilia, siempre la gran compañía.

LA GESTA DE UN GORRIÓN

Sala de cine 1Para Cinefilia el tiempo no pasó, para mí sí. Tiene aroma a cine viejo, a espacio habitado por pares de rostros y ojos candentes. De vez en cuando aparece y, entonces, la memoria se vuelve pantalla y la pantalla, incierta aventura, y la aventura -por más incierta que resulte- es la gesta de un gorrión pequeño que aletea frente a la corriente de aire, empecinado en hacerla retroceder. Volar en un mismo espacio y lugar, no recuerdo haber visto esa imagen tan nítida desde mis primeras conquistas a la par de Cinefilia. Sentirse conquistador era una de las motivaciones que me llevaban a buscarla siempre y no necesariamente en el mismo lugar.

FANTASÍA VUELTA HORIZONTE

Ojo en la mano.En el fugaz resplandor de un ojo que recuerda, encuentro a Cinefilia, mi ritual personal. Nunca cambió ese chispazo que mueve lo inmóvil, que toca lo intangible y que, sin necesidad de olfato, huele más que esa memoria de jardines con flores multicolores o paisajes solamente para la contemplación. La imagen, desde su quietud, contempla lo que no se ve. En la pantalla hay un centro y, en cada costado, un misterio. No hay pasado de un lado ni futuro del otro lado. Ambos son la misma cosa.

Hubo un tiempo en que Cinefilia me desafió a mutar de piel y a salir del espectador al protagonista. Generosa fantasía que se volvió horizonte, como cuando ese globo rojo escapaba de las piedras que terminaron por desinflarlo. En el protagonismo hubo riesgo, igual que en esas películas de final incierto, aunque la pícara y azarosa suerte liberara la expectativa del “continuará”… Y vaya si continúa porque, aunque haya pasado el tiempo de aventuras, la pasión por “Cinefilia” aletea, late, soporta y vive para reencontrarse con resplandores. Resplandores fugaces pero intensos al fin, como cada fotograma de una imagen fija o de un ojo que recuerda. Así, se hace palabra o se impregna en un instante entre la luz y la sombra, sin espectadores que lo miren y en una sala llena de recuerdos.

Dream




CALENDARIOS DE LA ABUELA DIECINUEVE

Rituales: Entrevista al escritor africano, Ondjaki

Entrevista: Lourdes Landeira, Viviana García Arribas, Carlos Coll, Gabriela Stoppelman.
Edición: Gabriela Stoppelman.

 

 “tranquila, comadre, el fuego es como el viento, grita mucho, pero tiene
una voz pequeñita.(1)

Por una discreción sin fecha, la Abuela Diecinueve no quiere llegar a la segunda decena. Ni humilde ni bravucona, lo suyo es tentar las formas del tiempo y narrar. De día, junta el polvo del fuego y lo astilla en ecos al anochecer. Entonces, la mitad del sonido aletea en un pájaro y la otra se alía al silencio, en la curva donde se atempera la furia del río. Ahí, cerca del nacimiento, ella cuece la infancia en punto cruz y punto a través. Con ese manto, arrulla  los pequeños infinitos de sus críos, que duermen su mirada vuelta al sueño, mecidos en el ritmo de un abuelísimo andar.  Al amanecer, Diecinueve se disuelve en pan caliente y desayunos. No necesita ni su propia presencia para atreverse al día. Donde el calendario se sucede, ella dobla. 

"Pájaro memoria." Pinacoteca del teatro.
“Pájaro memoria.” Pinacoteca del teatro.

Donde el calendario proclama finales, ella recomienza. Donde  el capricho de las cronologías grita, ella atruena con su voz pequeña. La Abuela Diecinueve se cuela en todos los intersticios del sigilo y aprovecha la falta para sembrar una historia.  Sólo no acepta ser la cifra entre el dieciocho y el veinte, ni el efecto de lo ya sido ni el preámbulo del porvenir. Cuando así  pretenden detenerla, mezclada a meros cálculos, ella chisporrotea ausentes en el hueco entre dos nombres, acerca en adherencias la fluidez de la tierra y la irritación de la sal. Más que  enseñar, se mueve: de la vida a la otra parte y otra vez a regresar. Así va la abuela-infante, como si la muerte fuera apenas un cuarto de atrás. En ese balancear los tiempos, nunca olvida merodear el trazo de su nieto: a veces le multiplica los cumpleaños, otras le enrula las edades. Él la atiende en las volteretas de su perfume, en las titilaciones de su merodear. Y, recién cuando el  instante está listo, la Abuela Diecinueve descansa en el ovillo de sus calendarios y su nieto, Ondjaki , se pone a conversar.

 

LA NOTA MÍNIMA

 

“llevaba entrañado en las manos el olor caliente del pescado seco que ayudaba a acomodar”
“es que yo puedo oír el ruido de la sal dentro de las conchas”(1)

 

El uso de las sinestesias es muy frecuente en tus textos, así como la transferencia de sensaciones de los sentidos a actividades como el pensamiento.  ¿Cuándo necesitas estos recursos a la hora de describir?

Yo creo que es algo que viene, te llega. Hay que buscar otros modos- siempre nuevos, siempre tuyos-  de decir las sensaciones con las palabras. Algo como la inducción o el sueño, porque no todo cabe en las palabras. En realidad, poco cabe en las palabras. El mundo es más grande y mayor que las palabras. Pero intentamos que todo quepa. Por otro lado, las palabras son provocación para la experiencia de vivir. Creo que se debe usar la palabra para llevar más allá al ser humano.

Muchas de las referencias a sensaciones de los sentidos aparecen partidas entre dos tiempos o entre dos locaciones.  Conversemos un poco sobre este mestizaje del ruido o del olor: “mitad del ruido era de la música, la otra mitad, encantadoramente acompasado, era el tumulto de la vieja aguja del tocadiscos” (1)

Wilfredo Lam.
Wilfredo Lam.

No me había dado cuenta, pero trabajo mucho con olores, eso sí parece que es verdad. Es también porque a veces me parece que falta olor en la literatura. Igual, realmente, eso es una fantasía: no le falta nada a la literatura, es un campo de magia y hago lo que puedo. Sí me gusta trabajar libremente con todo. No tanto el lenguaje, o la forma, más bien el ritmo, el silencio, el lugar descubierto para dar voz a los ausentes. Por otro lado, lo que llamamos tiempo se pierde en los libros. No hay tanta distancia entre tiempo y espacio, entre lugar y memoria. Existen, en cambio, modos distintos de verlos, de ponerlos y de descubrirlos.

En muchas ocasiones tus textos hacen contrastar sonidos mínimos contra el silencio. Conversemos sobre estos ruidos y olores puestos a incidir en el conflicto como si fueran personajes: “el silencio intenso sólo se veía perturbado por las notas de jazz que venían del quinto piso, por las ventanas semicerradas, el goteo del grifo de la cocina a un ritmo adecuado y una luz bonita creada por los agujeros de la vieja cortina de la sala” (1)

Es que son las cosas mínimas las que hacen a otras crecer. A veces, es como mirar por un rato al silencio para escuchar qué pasa en el mundo. Me gusta explorar esa duda: ¿quién tiene la mano -o el corazón- más grande: el ruido o el silencio?

LA TEXTURA DEL OTRO

                   “¿Tú siempre fuiste pájaro?, le pregunté a uno de ellos. No, yo era una serpiente, pero siempre quise ser pájaro” (2)

¿Cómo aportan la transformación y alquimización de personas y objetos al devenir de la narración?

Eso viene, creo, de ‘quien’ cuenta la historia. A mí me da igual que sea un animal, una cosa, una nube. Para mí es natural: yo no dudo que un gato o una cama o un árbol tengan cosas que decir. Me gusta trabajar la idea y la posibilidad de transformación. Quiero que mis personajes puedan ser otras cosas fuera o dentro de sí mismos.

La noche estuvo tan tibia que respirar dejó de ser una sensación común, acercándose más a algo como la ingestión gaseosa de un mango, la caricia aterciopelada de una mano, o la piel blanda de un durazno fresco.” Los sentidos impregnan los objetos, los objetos impregnan los sentidos. ¿Qué  tipo particular de poética producen esos recursos? ¿Qué es lo poético para vos?

Es la posibilidad de contar, de narrar. Es poético escuchar, absorber, pero es poético también dejar existir el espacio del otro. ¿Qué espacio? El metafísico, el del derecho de crear memorias, el espacio donde el otro te cuenta quién es o quién quiere ser. Lo poético seria respetar más los derechos de los niños a jugar, a transcurrir en un tiempo propio más que en el tiempo forzado de los adultos. Lo poético seria respetar la naturaleza, sus texturas, sus ritmos, su tiempo. El poético es escuchar el otro. Lo poético es la posibilidad de usar tu vida y tu memoria para narrar.

¿Y  lo indecible?

Es la poesía y lo poético. Sería posible explicar a un extra terrestre cómo funcionan nuestros aviones y microondas. Pero, ¿cómo le explicarías un color?, ¿cómo le explicarías una danza? ¿Y el olor de la madrugada cerca del río adormecido por pájaros? El indecible es el cuerpo del silencio cuando hablamos porque nos gusta una persona o un paisaje.

"Pájaros en el melonar."
“Pájaros en el melonar.”

Queda el mito…

Es algo que me encanta recordar, sin saber de dónde vino.

Recordar…me trae esta otra cita: “un hombre está hecho de lo que planifica y de lo que va sintiendo, de cadenas de hierro que lo sujetan al suelo y de cadenas de aire que le atraviesan el cuerpo como ecos de poesía”  (1) Curioso: La única referencia al pasado en esta cita, son los ecos de poesía…

Es un poco la vida misma. Es que la poesía no está solo en los libros o en los poemas. Esa idea me gusta, que tienes poesía solo por existir, solo por ser humano, solo por estar cerca de los pájaros, solo porque, sin saber, también puedes leer el mar y el viento.

 

MAPAS REPENTINOS

 

                   en algún lugar de Luanda, lejos de allí, un papagayo silbó la misma melodía que emitía el tocadiscos.”(1)

 

El tema de nuestro número son los rituales, ¿existen rituales de la vista, el olfato, el gusto?

Más que rituales nacionales, me gusta observar los rituales personales. A veces, la literatura también pasa por allí: descubrir o inventar rituales para que nosotros, todos, nos podamos ver en un espejo. Esos rituales son un mapa que dejamos- o no- que los otros vean.

Y, en esos rituales interpersonales, ¿los sentidos son puentes?

"Cronos". Carlos Gallardo.
“Cronos”. Carlos Gallardo.

O mapas… los sentidos crean una red infinita de posibilidades, de caminos de memoria, de dibujos que habíamos hecho de  niños y ahora los tenemos con nosotros para toda la vida. Ahora, el olfato sí te lleva siempre a algún lugar. Es más, te lleva sin pedir autorización. Es como un poema repentino y peligroso que te toma la mano y los ojos. Como un puñetazo de box, pero casi sin tocarte.

 “(…) el VendedorDeConchas le insistió al Ciego para que pasaran nuevamente por el edificio que tenía aquella entrada de agua fresca; se había convertido en un ritual del final del día: pasar por el edificio, conversar un poco y refrescarse el cuerpo en las aguas perdidas del primer piso del Cristalino” (1) ¿Qué restituyen los rituales cotidianos?

Te dan alguna seguridad. Y te pueden enseñar nuevos caminos. Te alertan para el cambio de las pequeñas cosas, aunque parezca que todo es igual. Los rituales pueden darte nuevas tonalidades de silencio.

En muchos de tus textos los ecos actúan como un todo independiente del sonido, así como las partes (de la luz, por ejemplo) se independizan de los enteros: el sol, dividido en porciones de intensidad, caliente y perpendicular a aquella hora, el sol y sus haces de luz viajantes de distancia e inmensidad sideral” (1),  ¿Vale esa relación de la parte con el todo, si la trasladamos a lo social? ¿Cómo se da eso en Luanda?

Ondjaki
Ondjaki

Luanda es tan difícil de explicar que- creo- la mayoría de nosotros ya no lo intenta. ¿Pero puede uno vivir sin mirar, sin sentir? Hay, sí, muchas cosas que parecen aisladas. ¿Estarán? ¿Es eso posible? Es verdad que Luanda es una ciudad grande, tiene ahora cerca de 7 millones de habitantes y sigue con sus islas dentro de sí misma. ¿Víctima de la modernidad? ¿Urbe gigante que crece apretada entre las cuerdas de las tradiciones  de la globalización? Posiblemente, todo eso es verdad. Entonces, ¿qué hacemos? La contamos. Despacio, con amor y algo de odio, la vamos contando en la música, en la literatura, pero también durante días, noches y madrugadas, cada luandense la interpreta, la canta, la cuenta, la sufre, la sueña, la maltrata y la protege. Entonces, ¿cómo contarla con alguna honestidad? Se debe aceptar la diversidad de las versiones. No hay Luanda. Hay Luandas.

Vamos de tus Luandas a nuestras Argentinas. Muchos de  tus personajes soportan, cargan, persisten en no ver, hasta consumirse. En eso se parecen mucho a nuestros “personajes” latinoamericanos.  Puede parecer hasta trivial la pregunta, ¿Por qué soportamos tanto?

Es una pregunta muy amplia, que nos llevaría a mirar la historia de nuestros países y continentes. Una de las cuestiones que pienso es: ¿soportamos más que otros o soportamos otras cosas? O, ¿qué otras cosas tan bellas y grandes estamos nosotros viviendo que nos permiten soportar las cosas menos bellas que estamos ultrapasando?

¿Cuál es el mayor desamor en Luanda?

Las desigualdades sociales y los niños que sufren. A eso no me acostumbré.

CONSPIRAR  UN TIEMPO ABUELA

en mi tierra los ancianos decían que para atravesar el río es bueno conocer
las horas del caimán” (1)
“el tiempo es un lugar que también se queda parado –decía la Abuela Kunjikise” (1)

Fuera de la vivencia del tiempo cronológico, ¿qué otras vivencias del tiempo te parece importante rescatar?

Patrick Mawete.
Patrick Mawete.

Aquí sí llegamos a un problema que, para mí, es literario y es personal también. Sigo buscando un modo de resolver el laberinto del tiempo. Puedes ir a Borges, a Gabo, a Cortázar, a Saramago, a Fernando Pessoa, a Kafka, a Luandino Vieira y a Erri De Luca, y no salir casi del mismo lugar. Porque el tiempo, como la muerte (¿ serán primos?), quieren jugar con nosotros.  Como cantaba Canserbero, de Venezuela: “al fin y al cabo la muerte va tan segura de ganar / que de ventaja te da una vida.” ¿Cuántos días entonces tenemos para rescatar (¿escapar?) un poco de lo que realmente importa? ¿Cuántas personas quieres abrazar o ayudar? ¿Cuántos silencios puedes tocar con los días o con las manos? Esa es la magia de que hablaba Abuela Kunjikise: hay que saber mirar el tiempo en el mágico instante en que él te permite que lo detengas. Personalmente, me cuesta vivir el tiempo real. Otros tiempos se procesan dentro de mí y sigo buscando un modo suave de no sufrir con eso. A mí me gusta más el pasado y otros tiempos que no viví. Así que paso los días intentando acostumbrarme a una enfermedad que se llama ‘tiempo presente’.

“Hoy hace precisamente […] años que la vieja dejó de envejecer. Empezó ese estado de intacta descomposición, y ya nunca avanzó en dirección a la muerte, a la agonía: llegó al estado y a la edad en que los días ni le iban ni le venían”. (3) Pasado, presente y futuro parecen convivir en tu escritura….

Yo no creo en esa frontera. El mejor ejemplo es que yo no debería estar en este tiempo, después del año 2000. Tenía, creo, 13 o 14 años. Pasaba muchas horas, en la cama, hablando con mi abuela Diecinueve, de su nombre real, Agnette. Escuchaba mucho, sonreíamos y llorábamos con las historias y gente que ya no estaba. ¿Pero cómo decir que no estaban si pasamos casi 3 años en esa cama hablando de ellos, invocándoles? ¿Y qué es una charla sino una obra de teatro totalmente libre?…Era eso que mi abuela quería darme. Era eso que su nieto- yo- quería recibir: la confluencia de los tiempos. Ella, la abuela Agnette, me enseñó a sobreponer tiempos y espacios. ¿Cómo? Con un mapa loco de ternura.

 

El tiempo es un lugar, “KeMunuMunu miraba hacia lo lejos, tan lejos que el Padre se dio cuenta de que no se trataba de un lugar, sino de un buen recuerdo” (4) Los lugares, ¿pueden transcurrir?

Seguramente. Es posible inventarlos como nuevos lugares o traerlos. Es necesario que otros cómplices de vida te lo permitan.

 Y hablando de habilitantes para acceder, en “Los transparentes”, la  existencia se presenta como cajas chinas, mamushkas de vidas dentro de vidas: ”es porque los jóvenes llevan viejos dentro de ellos… de tiempos más antiguos que ya sucedieron. Cuando nacemos, ese tiempo cae dentro de nosotros… y en la vida, como en los días de la infancia, nunca estamos solos” (1) ¿Cómo acceder a estas huellas que viven dentro de los cuerpos?

Se accede con auto permisión. Y, otra vez, los cómplices. Y la poesía. Y los pájaros. Los abrazos después del vino, la mirada a la lluvia, el silbar de las mariposas.

"Resonancias." Carlos Gallardo
“Resonancias.” Carlos Gallardo

Cuando hablamos de cómplices hablamos de cuerpos de otros. Nadie sabe lo que un cuerpo puede, decía Spinoza, ¿qué opinás?

Opino que estamos distraídos con el cuerpo… Y sí, puede. Pero también puede que tengamos más libertad al no querer tanto del cuerpo. Queriendo más de la parte de dentro. Pero eso hay que preguntar a los budistas.

LA PIEL DE LA MEMORIA

“confuso –como una neblina de un sueño recientemente olvidado–, sentía dentro de sí una sólida nostalgia de los colores, sabía imaginarlos: la calidez de un amarillo enrojecido, la tranquilidad de un azul cielo, el rosa fresco de la parte interna de una papaya, la suavidad de un verde seco e incluso la simplicidad implacable del blanco”(1)

 

En tus textos, el tema de la melancolía aparece con insistencia:el hombre, la esposa lo sabía, estaba fatalmente enamorado de otro tiempo” (1) ¿Por qué crees que es tan usual que las personas  en vez de  apelar al pasado para propender al futuro se vinculen con la memoria de modo melancólico?

Wilfredo Lam.
Wilfredo Lam.

No sé… Yo mismo padezco de esa epidemia en mi piel interna. Es más: muchas veces mirando al futuro veo el pasado y me pongo aburrido a no querer vivir.

¿Cuál es la relación entre memoria y deseo en la Luanda actual?

Puede que diga una grande tontería, pero me cuesta pensar (y sentir) que en la Luanda de hoy, para la gran mayoría, no hay un hilo denso de memoria. Entonces lo que deseas para el presente o futuro próximo, corre el riesgo de ser algo un poco vacío. Espero realmente estar equivocado.

“(…) el país me duele… la guerra, los desentendimientos políticos, todos nuestros desentendimientos, los de dentro y los provocados por los que son de fuera…sus ojos y su cuerpo sentían una profunda nostalgia de los paseos domingueros con la familia, cerca del mar, en el conocido BarrioDeLaIsla, aunque las calimas estuvieran despiertas y sus rostros estuvieran bañados y lamidos por las olas frías del mar de agosto”(1) ¿Cómo es posible que a determinada gente el país no le duela?

Eso realmente es uno de los misterios que pone a llorar los dioses…

"Kronos." Carlos Gallardo.
“Kronos.” Carlos Gallardo.

Les duela o no, en varias de tus tramas, parece que algo aúna a los miembros de un conjunto: “Las personas restantes vivían, cada una a su manera, recuerdos semejantes, dado que el recuerdo es una cosa tan nuestra como de todos y, en el fondo, todos tenemos el mismo tipo de recuerdos, aunque en vivencias distintas y específicas.”(3) Así como en otro momento quienes ya no viven, de algún modo están presentes en los cuerpos de los vivos, ahora la memoria- que se da de a partes- también forma un gran todo. ¿Crees en una gran memoria universal?

 

Creo en una pequeña memoria universal. ¿A cuánto accedemos? Es mejor preguntar antes: ¿a cuánto te permites acceder? O: ¿accedemos o somos parte de esa memoria? Creo que nos falta aún entender otras dinámicas humanas, más allá de las técnicas y de las muy anatómicas. Hay campos metafísicos y fronteras  por descubrir…

VENTANEAR LA HISTORIA

               “El mar a mi alrededor –no tanto una casa para vivir, como para estar. El vacío de la habitación, el sonido metálico de las teclas golpeando, el dolor de los dedos que crean, y la música desnuda, a lo lejos, de las olas en el mar.”(3)

 “(…) ahí arriba, en el lenguaje del edificio, era en la azotea” (1) ¿Cómo hablan los espacios?

Wilfredo Lam.
Wilfredo Lam.

La cuestión es otra: ¿cómo haremos para escuchar lo qué nos dicen los espacios? No sé cómo hablan. Pero sí hablan con nosotros. Es más una cuestión de escuchar

¿Tiene que ver ese saber escuchar con tu idea de “hogar”? ¿Qué es para vos un hogar?, ¿cómo se diferencia de una casa?

La mirada que te va a decir. La doble mirada: la tuya y la del hogar. Y también la mirada de dentro, sin ojos: a veces sabemos cuándo ya llegamos a un hogar. Y puede ser una ciudad. Un amor. Un abrazo. Una mirada de alguien hacia nosotros. Un minuto o dos en la vida. Incluso, una casa puede que sea un hogar…

(…) KaLua se sentó al lado de ella, poniéndose –como ella- a mirar el lago. Sentados, los dos, muy árbolmente.”(4). Hay algo que da sensación de hogar entre varios escritores de tu continente. Este trabajo de cambiar la función gramatical de las palabras, como en “árbolmente”, me recuerda tanto a Mia Couto: ¿Cuáles son los escritores africanos que dieron impulso a  tu escritura?

Manuel Couceiro Pradox.
Manuel Couceiro Pradox.

 

Creo que es lidiar con la lengua con naturalidad, afecto y amor. Mia hace eso, Luandino Vieira también. El brasileño Guimarães Rosa, también. Manoel de Barros, poeta de Brasil, también lo hizo mejor que muchos… Son las visiones, las miradas, más que ser africanos. Pero sí, fue muy importante para mí leer a Manuel Rui Monteiro , de Angola y a Luís Bernardo Honwana, de Mozambique. Sin embargo, una escritora que no escribió ningún libro también me ha sido de gran importancia: la Abuela Diecinueve.

TODO EL QUINTAL

 “(…) para que hubiera un mundo bastaba con que hubiera personas y emociones. Las emociones, lloviendo internamente en el cuerpo de las personas, desaguaban en sueños. Las personas tal vez no sean más que sueños ambulantes de emociones derretidas en la sangre contenida por las pieles de nuestros cuerpos tan humanos. A ese mundo se le puede llamar “vida”.”(1)

“Trataría de dar a la persona la fórmula que le permitiera abrir el frasquito y disfrutar de su contenido sin morir asfixiado por la efervescencia del olvido.”(4)

Exudados de emociones y sueños, ¿cuál es  su potencia? ¿Su mayor debilidad?

Su potencia, no sé. Una de las mayores debilidades es olvidar el otro. Es des-mirar al que necesita de nosotros.

Domingo Makengo
Domingo Makengo

En “Los transparentes”, leemos: “nosotros somos la continuidad de lo que nos corresponde ser. La especie avanza, mata, progresa, desencanta, permanece. La humanidad parece fea, con su aspecto sufrido y un olor fétido, pero permanece porque tiene un buen fondo.”(1) ¿Qué fondo?

El de la poesía. Lo que hay en nosotros de flor y de bicho.

Y, para acercarse a ese fondo, ¿el sueño y la memoria  podrían ser buenos lugares de encuentro?

Son casi el mismo lugar. La memoria a veces parece la parte de atrás de una casa, el quintal. Pero creo que puede ser la casa. El todo. El piso. ¿Sería el sueño su sombra?

Hoy, durante el sueño, estuvo todo el tiempo desmigajando y volviendo a desmigajar arena entre los dedos, en una tan lejana playa. No descifró rostros, pero escuchó con nitidez la mansedumbre de la voz de su madre, el tono distante, calmo, del padre, y otras entonaciones infantiles” (1) Algunos pueblos originarios argentinos le otorgan al sueño la posibilidad de otorgar conocimiento.  ¿Cómo es la mirada hacia el sueño en el imaginario de los pueblos originarios africanos?

Arnaldo Rodriguez Larrinaga.
Arnaldo Rodriguez Larrinaga.

No sé decir sobre qué lugar ocupa el sueño en los pueblos originarios africanos. Sobre todo, porque son muchos y no podría contestar por tantos pueblos… No hay una visión común, creo. Aparte,  Angola tiene realidades étnicas muy distintas con múltiples influencias.

Vamos del sueño a la imaginación, otro tópico frecuente en tus textos. “Imaginar… hacer uso de esa capacidad que nos separa de los demás seres. La piedra no imagina, espera; la flor no imagina, florece; el pájaro emigra; la ballena nada; el caballo corre. Nosotros imaginamos antes de emigrar, podemos imaginar mientras nadamos y podemos descubrir nuevas e innúmeras maneras de correr imaginando” (1). ¿En qué se diferencia esta imaginación que vos planteas del bombardeo de imágenes al que someten la publicidad, las redes, los medios?

Creo que hablaba de una imaginación mágica que nos permite ser tanta cosa adentro. Y mágica porque es humana, no por otra cosa. La otra no es imaginación, es una buena mierda.

¿Qué es la magia para vos?

Es la palabra. Es la intención. Pero hay otras, las más fuertes y metafísicas, que poco conozco. Pero que las hay, hay.

TE ESPERO DENTRO DE UN GRITO

“Papito derramó una expresión de tristeza en su sonrisa torpe. Había llegado a Luanda desde el sur y hacía años que buscaba en vano el paradero de su madre.”(1)

 

¿Qué es un pueblo huérfano para vos?

Sería uno que no se puede defender, que está preso a las manos de los políticos; a las ganas del poder. Sobre todo, lo que a veces  pasa es que pueblos o personas no saben el poder que tienen. O: no saben cómo recuperar y actuar con sus poderes.

Tiempo y memoriaLa Jiribilla,imagesHay orfandades de causas muy claras: las cosas de hace poco tiempo: llegó la falta de empleo, y de tanto buscar y no encontrar trabajo… uno deja de buscar para quedarse en casa pensando en la vida y en la familia, en el alimento de la familia. Para evitar los gastos, se come menos.”(1) A veces, se ligan al hastío de la pobreza, el hastío de la riqueza. Conversemos.

Es uno de los males de la Humanidad: la desigualdad social. Es una enfermedad, un descuido humano. No digo que sé cuál es la solución, pero pienso que tenemos que hablar más y actuar más contra eso.

“(…) ¿en Luanda hay algo que no se pueda hacer?  El Cartero se tragó la saliva de la sed y del hambre juntas, MaríaConFuerza sintió pena, pero la pena no daba dinero y la ciudad era demasiado cara para las caridades” (…) (1) Hablando de Roma, te repetimos una pregunta que le hicimos a un fiscal para este mismo número ¿falta ley o falta rebeldía ante la ley injusta?

 Igor Morski.
Igor Morski.

Realmente no sé cómo contestar… ¿Cuál es equilibrio entre esperar y gritar? ¿Cómo se separa a un ladrón de uno que tuvo que robar para sobrevivir? Sí hay leyes que son injustas, mundiales y locales. Sí hay lugares y tiempos en que la rebeldía es el único camino. ¿Qué nos faltarán? ¿Rebeldes o líderes? ¿Políticos con mayor sensibilidad? ¿Nuevos modos de pensar la distribución de riqueza? Hay algo que tiene que ser reinventado: la distribución de oportunidades. El Presidente Lula lo estaba haciendo muy bien en Brasil: inventar otras oportunidades para los que más necesitaban.

Ya que hablamos de pueblo,  te cito este diálogo de “Los transparentes”

“-¿y el pueblo es transparente?

-el pueblo es bello, bailarín, arrogante, fantasioso, loco, borracho… Luanda es una ciudad de gente que se disfraza de otra cosa

–No es el pueblo el que es transparente… –intentó la periodista

–no, no es todo el pueblo. Hay algunos que son transparentes. Creo que la ciudad habla a través de mi cuerpo…

–es esa su verdad –murmuró la joven periodista

–es preciso dejar que la verdad aparezca, aunque sea necesario desaparecer. ¿está grabando?”

Esto lo dicen tus personajes. En tu caso, ¿habla el  pueblo a través de tu cuerpo? Dar voz a tu mirada del pueblo, ¿es tu horizonte?

Depende de los libros. Creo que los libros traen voces. A veces, más internas, a veces más generales. Lo libros hablan con algunos de nosotros, los libros. Seguramente, no hablan con todo el mundo

ELSEÑORDELAPIELESCRITA

                    Pero os dejo un secreto/hoy soy un pájaro/pero siempre que me apetezca, /mañana o después, /volveré a ser delfín.”(2)

 

¿Qué te falta por andar en la escritura?

Quiero escribir más películas y más teatro. Y más libros que sirvan para niños. Me falta escribir mejores libros también.

Nelson Dominguez
Nelson Dominguez

Niños, dijiste. Y asocié con juego. Muchos de los nombres de tus personajes se superponen con su hacer o con su ser. Otros parecen juegos de palabras: MaríaConFuerza, Abuelteta, Don Cristalino, ManRiesgos  ArturArriesgadoConsciente, JoséRealmente (1),  “Me llamo Delfín, pero ahora también me llamo Pájaro” (2)  KeMunuMunu, KoTimbalo (4). ¿Crees que, como decía Borges en un poema, “en el nombre de la rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”?

Creo que hay momentos en que elijo esos nombres. Y hay momentos que escucho y espero que los personajes me digan cómo se van a llamar. Sí sé que, en algunos casos, todo cambia con esos nombres. Pero más importante es la historia, incluso, claro, cuando el nombre es parte de la historia. Hay nombres que son solo nombres, pero, como en la vida, hay nombres que son como piel.

EL ORO EN CADA INSTANTE

                   “Había en la mujer una expresión de extrañeza; más que frío, incomodidad. Necesitaba, sin duda, un té caliente, y que alguien hablase con ella en un idioma inteligible”(3)

“(…) es verdad que existe un sentimiento generalizado de que la fantasía y la celebración son obligaciones y deberes morales de cada luandés.  El ciudadano está genéticamente preparado para unirse a la fiesta, y no le importan mucho sus precedentes explicativos ni sus futuras consecuencias,” (1) ¿Qué es una fiesta auténtica potenciadora/liberadora) para vos?

"El nacimiento del Jigüe." Ever Fonseca Cerviño
“El nacimiento del Jigüe.” Ever Fonseca Cerviño

Creo que en Luanda… casi todo es fiesta. O puede ser. No es que esto sea fácil de explicar, o que esta sea la verdad absoluta. Es como elegí mirar Luanda: una gran fiesta, muchas veces, triste; o una gran fiesta, incluso mientras transcurre un funeral. En Luanda, la fiesta liberadora la veo en dos lugares poéticos muy específicos: la mirada de los niños y en el modo de bailar. Estas dos celebraciones humanas no dejan espacio para equivoco: están allí, son reales, son mágicas, tienen gotas de poesía en ellas.

Aparte de la fiesta, otro ritual que vimos mucho en tus historias es la conversación. ¿Qué valor le das en tu existencia cotidiana a la conversación?

Todo el valor… realmente me resulta difícil demostrarlo. Pero para mí es oro humano. Es uno de los gratos milagros que están siempre pasando. Es esperar un minuto y ya lo tendrás otra vez: alguien quiere hablar, alguien puede escuchar. Alguien inventa un cuento, y con ese cuento mejora la vida. No tengo dudas: es un milagro hecho de pequeñas ideas y palabras.

¿Cómo trabajás lo coloquial en tu escritura (¿qué filtrás, qué permanece de la conversación en la vida?)?

Es un resultado, siempre; no es una imitación. No es posible escribir cosas del mundo coloquial. Sí puedes imitar o recrear. Es, digamos, un nuevo teatro: parte del mundo humano, performático, para llegar a tu escritura. Es la imitación de la vida. 

Ondjaki
Ondjaki

 

  • (1) Citas de “Los transparentes”
  • (2) Citas de “El vuelo del delfín”
  • (3) Citas de “Y si mañana el miedo”
  • (4) Citas de “El silbador”



LA MECHA O LA LLAMA

Rituales: Entrevista a Karina Downie, responsable de la librería “Ritualitos”

Entrevista y edición: Nora Lomberg

 “y aferrándome de su mano pude aprender que una tarde puede durar una eternidad” Marta Gómez

Fuego sin fósforos. Manos de niñes sobre las páginas que hojean la eternidad. Un dibujo, colores fuertes, un pliegue en las palabras, un ruedo, un fleco.

Algo comienza a arder. Otro capítulo y ya el fuego es otra cosa. El despertador sacude la modorra de la cama. Una inquietud de llamas aparece en el agua. Cuadro tras cuadro, avanza el invierno. Y el viento, entonces, también foguea. Arriba y abajo son dimensiones intercambiables. A veces la leña es encendida por el fuego y no al revés. Porque jugar es la aventura del tacto que huele y del oído que murmura un secreto a este gusto por encender fogatas dentro de cualquier lenguaje. ¿Quién es la mecha y quién, la llama, en este desafío? Hay páginas que transcurren en el desierto y arropan como nido. Otras caminan sobre el hielo pero entibian el alma. Imposible aferrarse a la lógica del deber y las rutinas. Niñes de ojos atentos, miradas que hacen crujir la leña del tiempo.

HABITAR EL LIBRO

Tristecita que se me sale del alma a mí, intentando pintar recuerdos de otro color”
Marta Gómez

¿Siempre trabajaste de librera?

Hice muchísimas cosas, empecé a los 13 años, limpiaba en una peletería en San Isidro, cuidé niñes y casas y fui cajera de supermercado cuando no existían las lectoras de códigos de barras, ni los códigos de barras. También laburé en “PumperNic” hice teatro y fotografía. Un buen día empecé a militar y luego a trabajar en Madres de Plaza de Mayo. Ese fue el inicio de una etapa maravillosa. Todo por hacer: la UPMPM, el departamento de audiovisuales, la prensa, y luego me metí de lleno en la construcción de “Ediciones Madres de Plaza de Mayo”. A mis 44 años mucha agua pasó bajo el puente. Feminista, madre y lesbiana son tres palabras que le dan sentido hoy a mi existencia.

¿Qué te gusta de tu oficio?

De a poco, forjé mi quehacer. Nunca tuve “vocación” por nada más que por hacer algo que me emocione. Y como nací en un hogar pobre, ese “hacer” siempre tuvo que estar ligado a conseguir el mango. Desde muy chica, los libros fueron mi refugio, podría pensar que los libros “me salvaron la vida”. Me gusta hoy decir que soy librera, aunque a la figura del “librerx” tradicional no le arrimo el bochín siquiera. Sí me gusta el oficio que me reinventé, porque me permite hacer muchas cosas, mucho más allá de recomendar los libros que me emocionan y quiero compartir, difundir, multiplicar.

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¿Qué incluye este espacio, “Ritualitos”? ¿De dónde surge ese nombre?

“Ritualitos” es una librería especializada en literatura para niñes de todas las edades, también se pueden encontrar con juguetes y músicas que, de alguna manera, complementan la propuesta de ofrecer herramientas para habitar este mundo. Pareciera que nombrar las cosas, las personas y los proyectos es algo que me cuesta un montón, no fue fácil elegir. Con una maternidad múltiple y reciente, venía pensando nombres que pudiesen contener una idea de tribu, rituales, de ese reinventarse cuando todo se cae y una se aferra a esas pequeñas cosas simples que le dan sentido a seguir en pie. Un día una amiga me acercó la canción de Marta Gómez “Ritualitos” y todo, en ese momento, cuadró.
Paradójicamente, aunque es algo muy propio de este oficio, recordar citas y nombres no es mi fuerte. Umberto Eco, en “El nombre de la rosa”, habla de cómo nos nombramos y qué sentido le ponemos a ese nombrar. ”Ritualitos” va tomando forma y contenido en su camino, colectivamente, en el hacer cotidiano.

BELLOS Y URGENTES

El silencio de algún amigo me hizo aprender a escuchar lo que las palabras jamás dirán”
Marta Gómez

¿Cómo seleccionás el material en “Ritualitos”?

Esta es una característica que va marcando una diferencia sustancial con el resto de librerías. A esto me refería en un principio con la identificación del oficio. Generalmente, las librerías tienen una impronta forjada por el mercado. Es la manera tradicional de ejercer el oficio, reciben las novedades y, en base a lo disponible, en el mejor de los casos, seleccionan temáticas que les son afines. “Ritualitos” es diferente, no esperamos que nos llegue nada y, de hecho, la sola ubicación geográfica -al límite de Caba- hace de esta metodología un imposible. Salimos a buscar aquellos títulos de las temáticas que elegimos: feminismos, géneros, diversidad, emociones. También nos interesa todo lo abarcable por la ESI, derechos humanos, y material producido por proyectos autogestivos, colectivo y militantes para niñes de todas las edades. La misión de “Ritualitos” no es únicamente vender libros, sino -desde la periferia de la ciudad- acercar textos que nos gusta nombrar como “los libros más bellos y urgentes”.

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La uniformidad no es el camino para que la lengua que compartimos se mantenga viva”, dice Andruetto, ¿qué pensas? ¿Cómo se puede llevar este concepto a la práctica en una librería?

Absolutamente de acuerdo con La Andruetto, y es una marca fundante en nuestra librería, desde que iniciamos, tímidamente, con una valijita, en las ferias. Una anécdota que me gusta contar, y que al día de hoy se mantiene vigente, sucede en la Feria de Mataderos. Vale aclarar que es un espacio por demás tradicional, popular y al que difícilmente llegue algo que escape de lo ofrecido en el mercado. Bueno, a esa feria asistimos regularmente cada domingo desde hace unos siete años.
Cuando ahí nos piden libros de “Gaturro”, no sólo les respondemos que no tenemos, sino que además les contamos el porqué no tenemos. Y esto es, deslegitimar la uniformidad del lenguaje y mensaje que, erróneamente, se cree debe ocupar la literatura para las infancias. Casi anecdótico resulta el hecho, ya conocido por todes, del reiterado e impune plagio que el autor representa. Además, el mensaje que a las niñeces se cree debe llegar, es legitimador de un lenguaje y discurso que es posible desterrar de la oferta para niñes -que ni siquiera debiera ser llamada literaria-.

MAGIA RITUALERA

Ritualitos que tiene uno para vivir, para seguir cantando bajo este sol”
Marta Gómez

Te he visto narrar en forma oral las historias de los libros que vendés, ¿qué pasa en esos encuentros?

Pasa, justamente, que todos y cada uno de los libros de la oferta ritualera son parte de su identidad. De alguna manera, esos textos conmueven a este ser anarco y emocional, reflejan un sentir, un deseo, una búsqueda, un interrogante, una manera de ver o cuestionar un sistema. Tal vez no recuerde une sole autore, pero los textos, las ideas, las historias que narran me han conmovido y es eso mismo lo que quiero transmitir: la emoción de descubrir un texto que ponga en juego la construcción de un mundo habitable. La literatura nos acerca a la esencia de lo vivido por alguien, a entender lo universal desde las particularidades de una historia. Necesito compartir esa emoción, me maravilla el brillo en la mirada del otre cuando sucede la magia.

¿Qué es un libro para une niñe?

Un libro para une niñe no es otra cosa que un libro. La literatura como parte de una cultura formadora de representaciones sociales, de opinión y de legitimación participa en la construcción de la subjetividad del niñe y, entonces, desde ese preciso lugar, cualquier texto que represente una otredad respecto del discurso dominante es una herramienta potentísima. Es la posibilidad de ser quien se quiera ser. Es magia posible.

La tele está colmada por la estética de Disney…

Todo lo que no sea Disney es una propuesta válida o, al menos, a ser tenida en cuenta, porque cuestiona el discurso dominante.

 

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NO DESCUBRIMOS LA PÓLVORA

Musiquita que se me sale del alma a mí”
Marta Gómez

¿Cómo elegís los talleres?

Así como la librería, los talleres han ido forjando su identidad, desde el primero que iniciamos -con Mónica Zinna, “Cuentos jugados”, donde nos propusimos poner en juego cuentos prohibidos por la dictadura- hasta la actualidad. Hoy es un clásico para acercar a las niñeces textos reconocidos o no, que plantean formas de jugar, representar, encontrarse de otra manera con la literatura para les más peques, hasta propuestas que se corren del lugar común de otres talleres: taller de armado de muñecos, con Ludmila Baéz, de “Juguemos Juanitx”, que crea belleza y amor con materiales de descarte textil; Origami, con Laura Romero, de “Jugando en Papel”; Artes visuales, con Andrea Angrisani; Construcción de Fanzines, con Gisela Ahumada; “Huerta Orgánica”, con les chiques de “Proyecto Amapola”; Libros Pop Up con Lili Leguizamón; Cocina con Daniela Lusem. Seguro me olvido de varios, la propuesta es siempre aprender y abrir la mente y el corazón a la creación libre y colectiva, a la magia del hacer juntes, libres de doctrinas o disciplinamientos estancos.

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¿Cómo se van incorporando les niñes a las cuestiones de género? ¿Surgen estos temas en los talleres?

Las niñeces no se incorporan, nosotres debiéramos corrernos del adultocentrismo imperante y escucharles, atenderles, prestarles mucha, mucha atención. Abandonar la idea de que somos les adultes quienes tenemos que enseñarles algo. Con “las cuestiones de género” somos nosotres quienes tenemos que aprender todo, lo “natural” no es el patriarcado, el machismo, la misoginia, la lesbotransbifobia. Las niñeces nos están diciendo que hicimos todo, todo mal. Nosotres no descubrimos la pólvora, elles vinieron a encender la mecha.

Ritualitos queda en Pieres 103, Liniers, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Teléfono 35296503

Facebook: Ritualitos

Instagram: Ritualitos.Libros

Mail:ritualitos@gmail.com




EL ECO

Rituales: sobre el doblaje

Por Héctor Lontrato

TRAZOS DE SALIVA

Alguien dicta. Cierro los ojos y apoyo los dedos sobre el teclado, como me enseñaron en la Academia Pitman. El golpeteo es firme, sin mirar sobre las Underwood o Lexicon 80. Mano derecha: A-S-D-F. Mano izquierda: J-K-L-Ñ. Hacia arriba y abajo. Entre sombras, los sonidos conducen, se hacen dueños de nuestras emociones con la suavidad de una brisa. Y la voz marca su presencia ineludible. Es acto, espejo, sueño y fantasma.
¿Se puede vivir sólo de imágenes y quedar atragantado de emociones, de sentimientos de alegría y dolor, de amores, pasiones futboleras o broncas frente a la injusticia? ¿Cómo hubiera creado Jorge Luis Borges a “El Otro”? Por más cavilaciones que emprendiera, sin su voz, no hubiera mantenido aquel onírico encuentro con su alter ego, en noche de vigilia.
La voz a veces se hace eco. Y esos sonidos, por momentos, nos parecen ajenos. Pero, al final, nos acostumbramos. Se nos representan como hologramas, dibujos que vienen de las entrañas. Voz alzada y trazos de saliva para definir con precisión estricta contornos y detalles.

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SOMBRAS NADA MÁS

En el Siglo XIX, Adelebert Von Chamisso había cuestionado el valor de la sombra y el rechazo de algunos sectores de la sociedad al imperio del dinero, como único patrón moral de la humanidad. Dice en “La Maravillosa Historia de Peter Schlemihl”: “La sombra, quisiera preguntar, qué es eso,/tal como tantas veces a mí me preguntaron,/y cómo es que este mundo tan bellaco/no deja de tenerle sublime estimación./Han amanecido diecinueve mil días sobre nuestras cabezas/trayéndonos sabiduría, / y nosotros, que hemos dado a ser las sombras,/vemos a los seres como sombras desfigurarse”.
Chamisso anima a su personaje, lo alienta, y le escribe: “Sobre esto estamos bien de acuerdo, Schlemihl/Sigamos el camino y que todo siga como antes; el mundo no nos preocupa mucho, pues lo que cuenta es ser fieles a nosotros mismos,/estamos ya más cerca de nuestra meta/y por más que unos rían y los otros regañen,/al cabo de todas las tormentas, en el puerto, /y sin que nadie nos moleste, dormiremos/un sueño tranquilo”.
Las sombras constituyen en el cine una herramienta narrativa para habilitar el conjunto de imágenes y sonidos que le dan las principales características al perfil de un personaje: sensibilidad, valor, temple, capacidad de amar.
Con la llegada del sonido, en 1927, el séptimo arte experimentó un cimbronazo. Muchos cineastas se resistieron, entre ellos, Charles Chaplin: “Soy enemigo, simplemente, del “cine con palabras”. Con palabras de sobra. Lo cual es muy distinto. ¿Me pregunta usted por qué? ¡Ah, amigo mío, es muy sencillo: al mundo le sobran las palabras y le faltan sensaciones! El mundo quiere hoy silencios poéticos –y fructíferos–, y le dan ruidosas cencerradas”.
Por entonces, un desencantado Chaplin bramaba: “El mundo actual no tiene bastante con que todos los ciudadanos se hayan uniformado externamente; quiere vestirlos también, interiormente, con un ropaje único. O, cuando más, con trajes de bazar hechos en serie”.
Al igual que Chamisso, el creador de “Tiempos Modernos” se resistía a las imposiciones del mercado y a la tiranía de su moral sólo ligada a lo monetario.
Otra polémica se suscitó años más tarde, cuando los empresarios cinematográficos norteamericanos vieron amenazado el negocio por las barreras que imponía la lengua. Los puristas se opusieron al subtitulado, porque empastaba o ensuciaba la pantalla. Lejos de esa preocupación, los dueños de Holywood se alarmaron porque los espectadores de América latina no estaban de acuerdo con el nuevo formato y eso atentaba contra sus ganancias.
Entonces se presentó la opción del doblaje, la reinterpretación, una reescritura a través de la voz. A partir de 1930, hicieron punta franceses y españoles, pero los de la Península Ibérica fueron quienes se plantaron con mayor firmeza, leyes y regulaciones.

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VOZ-CUERPO

Los recuerdos hablan raro de pronto. Se entreveran con el hoy y los autitos de plástico se convierten en feroces trampas. En la cocina, los oídos se preparan para el rampante ingreso de la sirena de ese tren color marrón que iba de Lanús al centro. Patitas cortas para subir con esfuerzo y ojitos abiertos a mirar todo los posible. Emociones sin control en camino al cine “Los Ángeles”, donde daban las pelis de Disney. Vagoncitos chocados y fuelles que se hacían re chiquitos. Pinocho y su larga nariz nos esperaba.
El muñeco me hablaba raro, no como a los pibes del barrio. Pero así era Pinocho. Hasta que comencé a ver películas en la Cinemateca Argentina, después de los veinte, para mí, todos los actores hablaban en ese castellano diferente, hasta Humprey Bogart cuando, en “Casablanca”, le decía a Louis Armstrong, “tócala de nuevo Sam”.
La voz se imbricaba con la imagen y la hacía suya. Ya no sería más sólo acción. La voz daba golpes, abrazos, saltos, besos. Era una voz-cuerpo que torcía sutilmente las marcas del guión con pequeños gestos, inflexiones leves y la inconfundible identidad del silencio.
Con el paso del tiempo, vinieron los subtítulos y el sonido original que nos sometía a culturas del primer mundo sin resistencia alguna. Cierta rebeldía alimentada de antiimperialismo ineficaz nos llevó a creer que de nada servía conocer la lengua del imperio. Ellos siguieron con su plan de dominación y nosotros no entendimos ni un carajo.
Ahhh… y no fue que en nuestra rebeldía surgió el interés por aprender el portugués de los brasileños o el guaraní de los paraguayos. Muchos no queríamos ser penetrados por el imperialismo, pero tampoco nos dejamos contaminar de la cultura de los pueblos de América Latina.

POLÉMICAS

Esas voces raras se instalaron en mi cabeza y así dieron la verdadera forma a los actores de películas y series. Ya sé, ahora me van a decir que los doblajes alteran la obra de arte, que lo mejor es ver las películas el idioma original. Ahí replico: ¿Y qué pasa con la imagen empastada? ¿Qué hacemos con los chicos o los viejos que no pueden leer tan rápido, o con los analfabetos, o con quienes tienen problemas de visión?
A favor o en contra, nadie puede negar que el doblaje es un arte donde, en algunos casos, la voz se transforma en cuerpo. No hay manera de separarlos. ¡Andá a decirle a un niño pequeño o a un joven que mire a “Los Simpson” en inglés! La mayoría prefiere la versión en español, que incluye la voz del jujeño – cordobés Sebastián Llapur, quien personifica al payaso “Krusty” y trabaja, desde hace más treinta años, en una productora de México, la Meca del doblaje en la lengua del Cervantes.

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RICKY

Junto a “Pinocho”, “Bambi “y “Dumbo” fueron los primeros globos de ensayo de la industria norteamericana del cine, temerosa frente a recaudaciones que se desmoronaban porque el público latino no aceptaba la inserción de los subtítulos sobre las imágenes.
Por entonces, los actores argentinos estaban poco interesados en poner sus voces en otros cuerpos, más aun, con la certeza del pleno empleo que les proporcionaba la época de oro del cine nacional. Pasaron dos décadas hasta que, en 1960, surgió la Ley de Doblaje y comenzaron a proyectarse en la TV algunas series habladas en español, como “Yo quiero a Lucy”.
El virus ya había sido inoculado, sólo era cuestión de tiempo para que el “dubbing” se instalara con mayor fuerza a partir de los´80 y abriera paso a una fuente de trabajo muy importante para actores y locutores. Actualmente, existen en la Argentina 15 estudios de doblaje que brindan ocupación a 300 doblajistas. Los más jóvenes se recibieron en el ISER.
Entre quienes supieron aprovechar esa veta artística esta Ricky.
Una suave risa acompaña cada tanto su fraseo perfecto, como si la felicidad por lo que hace quisiera aparecer en primera escena. Sus ojos titilan cuando habla del doblaje: es su pasión, la forma en la que el actor que lleva adentro se realiza.
Ricardo Alanis cuenta sobre cómo, hace más de treinta años, hizo sus primeros doblajes de algunas frases de personajes secundarios. Le costó acostumbrarse a hablar en “neutro”. Se grababa con cinta abierta, en esos aparatos enormes, y estaban todos los actores de una escena al mismo tiempo. Era como el radioteatro, cara a cara, voz a voz, con palabras enlazadas.
“Estoy convencido: la calidad artística es superior y más rica cuando trabajaban varios actores juntos. El actor tiene otra disposición al estar con un compañero”.

 

EN SINCRO

El ingreso al estudio de doblaje tiene aspecto de organismo público. Un sistema de seguridad con tarjeta electrónica pone una barrera rígida, pero no para Ricky. Es su ámbito natural: saluda a la recepcionista y se cruza en el camino con dos ex alumnos. Camina unos pasos más y se disparan elogios y comentarios ácidos entre viejos compañeros actores y doblajistas.
Prendemos el grabador para una charla donde no hay roles. Preguntas y opiniones se cruzan, los argumentos se plantan y las historias se resisten al orden. Ricky recuerda la vida en La Pampa y los juegos en la estación de tren donde su padre era el Jefe.
Lorenzo Quintero marcó su vida a fuego. Lo formó en la actuación y le enseñó cómo moverse en el escenario multidimensional del circo. Fue así que representó a Juan Moreira en una gira por todo el país. “Como nací en el campo, la veta del gauchesco siempre me resultó fácil”, dice. Después vendrán algunos papeles en “Bairoletto”, en “La Noche de los lápices” y en “Sur”. Pero nunca hubiera imaginado que la decisión de doblar sus actuaciones en el cine le traería aparejada una carrera diferente.

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POSEÍDO

Ricky describe su debut como protagonista de doblaje en “Hook” y no puede evitar que, por un instante, el personaje lo posea. Cada vez que menciona uno de los papeles que representó, proyecta una escena a través de su voz.
Sus primeros tiempos en el doblaje habían sido duros: trabajaba un taxi que le prestaba su suegro “Mis compañeros se cagaban de risa porque estacionaba el taxi, grababa y seguía levantando pasajeros”. Pero, a partir, de “Peter Pan” su vida cambió: “Le dije a mi compañera: ahora sí vamos a vivir de este laburo”.
Los pasillos conducen a pequeños boxes donde se graba. La relación con el operador es directa e interactiva. El actor se posiciona en un atril y tiene a la vista un display, donde observa la escena a interpretar. El espacio está insonorizado y los micrófonos son tan sensibles, que registran hasta el crujir de las panzas. Detrás del vidrio, el editor observa atentamente, mira planillas y los gráficos de sonido: “Vos tenés que poner la voz a un personaje en otro idioma y estás obligado a copiar su forma de decir, su interpretación, su modo de hablar, sus pausas, sus tartamudeos, sus gritos, su risa, su llanto. Y todo en sincro, es decir: empezás y terminás con él”.

BORGES EL OTRO

El OTRO

En sus primeros pasos, Ricky recurría a herramientas que lo ayudaran a componer el personaje, más aun si se trataba de un protagónico. A veces necesitaba un saco, un sombrero o una espada de plástico. De manera inversa a “La rosa púrpura del Cairo”, donde Woody Allen sale de la pantalla, nuestro doblajista se teletransporta entre píxeles.
Sin embargo, a la hora de rituales, pesan mucho más los juegos de infancia en la estación de Henry Bell -un pueblo a 35 kilómetros de Chivilcoy- donde entre caballos, vacas y grandes galpones no dejaba de admirar a su padre, cuando transmitía por un enorme el telégrafo.
Para Ricky esos recuerdos no se pueden pasar a “neutro”, porque las emociones no lo son. Resulta imposible doblar esas escaramuzas de guerra con rifles de aire comprimido agazapado sobre las bolsas de trigo o las carreras con la yegua a campo abierto.

HENRY BELL

DE REGRESO

Con esas imágenes, nuestro doblajista me invita una vez más a subir a ese tren de chapa y asientos de madera. Ese que me llevó a ver a “Pinocho”, una experiencia única que recordaré por siempre. Los cachetes inflados por el viento y la mirada atenta a todo lo que se presentaba. El mundo estaba ahí para que lo descubriera: los escalones altos, la alegría de ida, el sueño de vuelta. y el eco de esas voces raras, mitad español neutro y mitad rioplatense, cobijadas bajo la sombra de ese otro que fui, con quien, a diferencia de Borges, no tuve aún la oportunidad de sentarme a conversar en un banco de plaza.




QUÉ BONDI

Rituales: sobre rutas cotidianas.

Por Nora Lomberg

CAPICÚA

Mi padre se sabía los recorridos de todas las líneas de colectivos de la Ciudad. Cuando le conté que había conseguido mi primer trabajo, me estampó un:
-Te deja el 152 a tres cuadras.
Creo que esa manera de cartografiar la vida lo completaba: su geografía era en bondi. Se esforzaba por estar al tanto de los cambios de recorrido, incluso, de los distintos ramales, aunque no los manejaba tan finamente. Era todo un caballero: ofrecía el asiento a mujeres y ancianos y gustaba de saludar al chofer e intercambiar novedades, ya fuera el clima o cuestiones específicas de calles o paradas.

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BOLETOS

A decir verdad, a coleccionista de boletos no llegaba. Pero, a veces, intervenía la suerte:-Hoy me saqué capicúa- Y mostraba el boleto en la cena familiar, mientras sus hijas peleábamos por el trofeo.Tampoco se privaba de hacer humor con los nombres de las calles, y ni hablar de su dominio de las estaciones de subtes. Solía regalarnos sus guías y mapas de la ciudad actualizadas anualmente. Pero, preguntarle era más divertido.-¿Que me deja en Corrientes y Medrano?- Ahí se mostraba en su salsa. Te decía cuántas cuadras caminar y el horario de llegada. Era un Gps adelantado.

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COLECTIVO

“Viaje en colectivo” era el nombre del juego, inventado a instancias de mi hija. No sé como lograba transformar su camita en un ómnibus.
-¿En qué parada baja? ¿Tocó el timbre? ¿Qué asiento va a ocupar? ¿Quiere que le avise en la Avenida Gaona?”
Cosas así le divertían. Reía con poco.

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DESTINO

Al anochecer, lo recuerdo en el sillón del comedor. Sólo él lo usaba, porque mi madre nos tenía prohibido disfrutarlo. Cerraba los ojos, y se entregaba a las penumbras. Decía que pensaba cosas, ¿un poco de infinito? ¿O simplemente dormía? En esa plenitud del silencio, a mí me gustaba tocarle la oreja, y a él hacerme cosquillas. Era callado y su mano grande me enseñó a cruzar la avenida Córdoba.
Sus sueños en un maletín, viajaban cada mañana hasta el centro.
Recién al jubilarse aprendió a usar la computadora. Hacía planos. Dibujaba lugares, trazaba caminos.
Pero igual le era fiel a su Spica, que bajo la almohada cada noche lo acunaba como musa orillera.
En sus últimos días, ya internado, seguía con el tema:
-¿Viniste en el 103? ¿Dónde estacionaste el auto?
Yo le contaba detalles, como un nuevo guiño en el semáforo de la calle Laguna. Y él sonreía.

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METÁFORAS

Cómo resuenan esas voces que, en incesante metáfora, ayudan a ver más claros nuestros días. El pasado está vivo en el corazón. Talismanes de la memoria mutilada, esas pequeñeces cotidianas que no se jubilan deshilan recuerdos y apuran el derecho a soñar que, alguna vez, será capicúa nuestra suerte.

 

 

 




A MI MANERA

Rituales: sobre mis  15
Por Milena Penstop

ESO NO

Algunas cosas estaban claras: no quería salón, ni velitas emotivas y dedicadas, no quería vals, no quería vestido blanco, no quería llorar, no quería muertos en el video, no quería llenar la fiesta de gente con la que no tengo relaciones muy cercanas, no quería invitar a todos mis conocidos, a todos mi compañeros de la escuela, a todos mis compañeros de la vida, a todo el barrio, a todo el mundo, solo para decir, ¡mirá cuánta gente vino a mis 15! Tampoco quería zapatos, ni estar incómoda, ni morirme de hambre mientras mis invitados comían. Para peor, no quise ir a la modista: algún vestido que me gustara tenía que haber en algún negocio. Menos que menos quería estar seis horas en la peluquería ni que me maquillaran, al punto de que ya nadie supiera si era yo o alguna inexistente hermana mayor la que cumplía años. Tenía una negación rotunda a bailar toda la noche  por obligación y quería que nadie se sintiera presionado a bailar o a hacer ninguna cosa de la que no tuviera ganas. Ah, algo más: de ningún modo, quería que los invitados se vieran forzados a venir con una ropa especial.

Así las cosas, me quedaba saber que sí quería. Para eso, partí de esta idea: no creo en los 15 como un momento de transformación de la “niña en mujer”, ni que el 15 sea un número clave ni mágico para la vida.  Es un ritual instalado entre las chicas de mi edad y yo quería aprovecharlo para hacer un cumpleaños un poco más especial.

Milena. Fotografía: Diego Grispo.
Milena. Fotografía: Diego Grispo.

ESO SÍ

El verano fue un poco extraño. Mamá, que no es una mamá utilísima, hacía todo el tiempo souvernirs. Los anartistas conspiraban en ensayos secretos que se hacían en mi jardín, durante los cuales yo debía estar encerrada con mis amigas en mi habitación. No es que sufríamos, simplemente, fueron todas una vacaciones de expectativas. ¿Con qué se vendrán estos? Un poco la culpa es mía. Ante tanto no, mamá me insistía con que aclarara que sí quería. Teatro, dije, yo. Y música. No se la hice fácil. Los anartistas no son actores, pero ahí estaban, metidos en una obra, divirtiéndose a mis espaldas.

Mi mamá no paraba de freezar alimentos en enormes cantidades. Había cajas de vinos, packs de bebidas, muchísimos palitos helados, cotillón, vasos, manteles, las bolsas se acumulaban como sin límite. La verdad estábamos todos entusiasmadísimos. La previa fue muy divertida. La fiesta se haría en el jardín de mi casa y si llovía le haríamos frente.

TÍAS POSTIZAS.

Caro, Vivi y Lourdes son amigas de mi mamá. Pero esta vez actuaron como familia.  Durante varias tardes, fuimos a mirar ropa y zapatillas para esa única noche. Como finalmente compramos el primer vestido que habíamos visto, mi conclusión es que estas salidas eran una excusa para ir a merendar, siempre a lo grande. Mientras ellas se ocupaban de la ropa, la gran party planner, Isa, pensaba en  todos los detalles de decoración, daba instrucciones sobre el orden de las comidas, y craneaba, craneaba ideas para que todo fuera bellísimo.

Milena. Fotografía: Diego Grispo.
Milena. Fotografía: Diego Grispo.

A los ensayos venía otra “tía”, July, que siempre llegaba con la valijita feliz. Hermosos colores de maquillajes, un montón de pequeñas pinturas y pincelitos. Me probaba y me sacaba, me probaba y me sacaba. Grossa, July, le puso todo.

Carlitos, Adri y Alicia no faltaban a los ensayos. Hacía calor, no importaba. Ahí estaban. Se hacía de noche, no importaba. Ahí estaban.

El novio de mi mamá se ocupaba de las luces, Varelita preparaba una sorpresa para  la mañana de mi cumpleaños. Pobre, lo habían designado de “bachero”. Y, con toda alegría, vino a lavar los platos toda la noche.

Hubo más amigos que  hicieron de mozos, de cocineros,  de ayudantes y decoradores espontáneos. Podríamos decir que, cuando la fiesta estaba por comenzar, casi todo el staff estaba reventado de cansancio.

LA ESPERA

Mile y Pau. Fotografía: Diego Grispo.
Mile y Pau. Fotografía: Diego Grispo.

Una mención especial merece “Dieguito”, el súper fotógrafo anartista,  a quien nadie le dio de comer ni de tomar en toda la noche y que laburó como una bestia. Primero, me hizo una sesión inesperada de fotos y, durante la fiesta, se ocupó de capturar aquellas imágenes  imprescindibles. ¿Cuáles? Por ejemplo, nos  sacó a todos al mirar el video. Nadie se ve mirar, nadie se ve observar a otro. Dieguito estuvo ahí.

Otra que estuvo, cómplice total, fue Paulita, “mi dama de compañía”. Debió bancarse mi ansiedad y mis nervios, a la peinadora, a July maquillándome, a Diego, meta sacarnos fotos a las dos.

No sé muy bien qué es un ritual, pero si sé que es lindo que la gente te quiera acompañar.

LA MUCHACHA PERONISTA

Me dijeron, “andá lento”. El Moncho, otro tío postizo, se ocupó de la música. Ni bien escuché el tema de Lennon elegido, empecé a bajar. A nadie le di bola. Ni al fotógrafo ni a todos los consejos previos. Le di con todo y entré. Estaba muy emocionada, muy feliz y solo quería abrazar a todos.

No se puede contar una fiesta como realmente fue, la tenés que vivir. Y tampoco puedo dejar de escribir sobre ella. Rescato, entonces, algunos momentos: mi querida profe de flauta tocó con los chicos de la querida banda “Mano a mano”. Belén cantó acompañada del bello piano de Martín. Mintcho me regaló su música brasilera y un mortal carnaval carioca. Los amigos de teatro actuaron y después me invitaron a improvisar con ellos. Mis amigas dijeron palabras hermosas al micrófono. Y, aunque mi familia es chica, no faltaron mi tía y mi tío y ¡hasta mi abuelita, que nunca quiere salir del geriátrico, se vistió hermosa y vino! ¡Qué más puedo pedir!

Como si esto fuera poco, se largó a llover. Y parte de bailar bajó la lluvia, mi amiga Paloma se tiró a la pileta, mientras cantaba la marcha peronista.

Milena. Fotografía: Diego Grispo.
Milena. Fotografía: Diego Grispo.


EPÍLÓGO

Una vez que los adultos se fueron, largó la pijamada. Ya todos nos pusimos cómodos y a descansar un poco los pies y los cuerpos. Las que no descansaron fueron las mandíbulas: nadie paró de comer. ¿Dormir? Casi nadie.

Cuando a la tarde del día siguiente, se fue la última invitada, me parecía que todo pasó muy rápido, pero también fue muy intenso. Estaba felizmente cansada.

No importa qué significan los 15 para otros, yo tuve exactamente el ritual que quería.




RECUPERAR EL ENCUENTRO CON OTRAS LÍNEAS

Rituales: sobre los encuentros amorosos y  otras hierbas.

RECUPERAR EL ENCUENTRO CON OTRAS LÍNEAS

Por Ceci Miano

DE BLANCO Y NEGRO HABLO

VLADIMIR KUSH
VLADIMIR KUSH

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las historias de amor suelen comprender la secuencia del encuentro y el desarrollo de un romance donde el tiempo deja sostener los compases, se comprende en una época señalada por la música melódica, la ropa de moda, los detalles melosos, las miradas pausadas o las manos entrelazadas. También podemos pensar en siluetas a contraluz…

RENÉ MAGRITE. LOS AMANTES
RENÉ MAGRITE. LOS AMANTES

Paremos con tanta dulzura.

Las historias de amor de hoy, las reales, se desatan de modos impensados. Para alguien como yo, de casi cincuenta años, lo conocido ya no encaja con lo actual. El boliche bailable dejó sus marcas sólo en la memoria prodigiosa de quienes lo recordamos. Las pasaditas, -pasar en auto por la casa de quien nos gusta muchas veces a lo largo del día- , habituales en los pueblos como el mío, dejaron de existir. No sé si por el costo del combustible o por el progreso, por llamarlo de algún modo.

Podría seguir con la lista de encuentros de antaño, aunque me niegue a aceptar el demasiado rápido paso del tiempo. La memoria es un relato que se narra como si fuese hoy, pero no… La plaza del pueblo era el lugar de encuentro para poder mirar tranquilos a cualquiera que estuviese a nuestro alcance, mirar lo no esperado siempre fue inusual, las parejas se armaban de acuerdo a los cánones de belleza, donde se incluía la edad, la altura, el físico, la clase social, el barrio. Todo esto parece de ciencia ficción, pero era así. Por aquellos tiempos las ilusiones se pegaban en los jeans ajustados con apretones de cintura, hasta que el calce causara estragos en los chicos adecuados, los demás quedaban al margen de las esperanzas.

Las miradas en la plaza eran el primer momento de encuentro. Lo puedo decir porque era de las adolescentes que frecuentaba ese espacio de magia amorosa. La edad me dio otro panorama de las cosas y pude descubrir que hubo muchísimos adolescentes que nunca, jamás iban a la plaza en el horario de la tardecita, era un espacio exclusivo para algunos.

ALEX HALL
ALEX HALL

La ley del pueblo.

Los que no se acercaban a la plaza en el horario del mate y las miradas, lo hacían de noche, muy tarde, generalmente llegaban en motos muy ruidosas o en grupos de amigos, casi siempre todos varones. Los policías rondaban al acecho de los chicos malos que osaban venir al centro con sus desmadres.

Parece que algunas cosas cambiaron… otras siguen igual.

 

ENREDADA

Hubiese sido bueno que alguien me lo hubiese advertido, porque los consejos de estar en un sitio de citas one line para mí resultaron inimaginables. Los mensajes en papel, lo sé perfectamente,  no van más. Pero de ahí a pensar que tengo que avisar en un perfil que estoy disponible y en busca de un candidato hay mucho trecho.

Pensé en ponerme un nombre falso y una foto falsa, sólo para sentir el juego de seducir o ser abordada, invitada, mirada. Nada me gusta. Dudo mucho. Me da miedo. Supongo salir a la calle e imaginar todas las miradas sobre mi hombro, sólo porque estoy en busca de conocer a alguien.

Hace un tiempo una amiga me dijo: “si no estás en las redes no existís”. Para alguien como yo,  no habituada a navegar en este mundo, es un fracaso anticipado.

VLADIMIR KUSH
VLADIMIR KUSH

La disposición no ayuda cuando se cree que lo que hacemos es falso. La desconfianza, la falta de conocimientos técnicos para resolver estos encuentros virtuales me dejan completamente afuera de la carrera de enamorarme con la ayuda de las redes.

Esto me resulta hasta gracioso, porque creo que como decía mi abuela, “cayó en sus redes”, así se decía antes de la era de la tecnología, como si hubiesen advertido el fin de los encuentros casuales, el fin de las miradas a la pasada, el amor a primera vista, la esperanza de recibir un llamado al teléfono fijo entre otros encuentros que hoy son muy raros o poco frecuentes.

LOS DIENTES NUNCA SON TAN BLANCOS COMO EN LAS FOTOS

El problema es que algunos creemos en los encuentros, esos reales. Las fotos con filtros, los fondos pensados con detalle, la luz potente y todo lo referente a la imagen me resuena artificial y es tan habitual como falso, según mi mirada.  Los encuentros se realizan con mensajes en redes sociales, las marcas son tan sutiles como los “me gusta” en una foto. Es difícil ponerse a tono cuando uno no tiene ni idea de los códigos.

Pero la charla con hijos enseña, deberán ser al pasar, sin demostrar mucho interés por los adultos porque la parte de enseñar a navegar en este lenguaje de encuentros se dificulta si el hijo o hija se dan cuenta de nuestra necesidad, ahí se abstienen de dar cátedra, para ellos es natural, les resulta artificial explicarlo, imagino que será como explicar lo cotidiano, se hace innecesario, absurdo.

UNA VUELTA DE TUERCA

En este tema de los encuentros amorosos modernos el ritual se vuelve diferente. Las visitas a las redes sociales, ya sean para encuentros amorosos o para mirar del acontecer de los demás, se vuelven más cercanas para mí a medida que el ejercicio del uso me habilita a sentirme con más confianza.

Me planteo si mis prejuicios con respecto a los encuentros virtuales son tan malos como me lo planteé hace un tiempo. Ahora vislumbro un dejo de verdad pura cuando un hombre o una mujer se hacen cargo de su soledad, se vuelven más confiados en que sus encuentros con la premisa de resolver algo de la vida de cada uno sin careta. Estoy solo/a y quiero conocer a alguien. Por supuesto que en los perfiles se verá lo mejor de cada uno, que las fotos o comentarios serán pensados con atención para atraer. ¿Acaso no pasa lo mismo cuando conocemos a alguien?, queremos impresionar bien siempre, no queremos que nuestros lados flacos se vean en el primer minuto. Damos gambetas y seleccionamos palabras, perfiles y miradas hasta que nos sale la espontaneidad, esa que solo asoma cuando estamos felices, cuando alcanzamos la confianza en lo que sentimos sin importar nada más.

SAROLTA BAN
SAROLTA BAN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desandar el camino propuesto por mis inseguridades se plantean hoy una nueva expectativa. La de dejar de ser como debo ser y ser tal cual soy.

OTRA VUELTA DE LA VIDA

Pareciera que los rituales de hoy no son tan sofisticados como los antiguos, eso lo digo yo. El alcance de las redes es tan masivo que hoy contactar a alguien no amerita grandes saberes. El perfil permite que la persona que busca tenga la posibilidad de hacer un comentario, mandar un sticker o compartir un comentario sugestivo. Los estilos siguen siendo infinitos, las oportunidades se sumaron a las ya conocidas y no creo que podemos distinguir entre lo antiguo y lo moderno.

Cuando el encuentro se provoca es igual en todos los tiempos.

Los rituales del amor siempre aparecen en el estómago, con dolor o mariposas, eso es universal y atemporal.

MICHAEL SUMMER
MICHAEL SUMMER