El mundo amarillo, Albert Espinosa

Viaje alrededor de un punto: sobre muertos y preguntas banales.

Por Cecilia Miano

La carne feroz , Francis Bacon
La carne feroz , Francis Bacon

DE TRIVIALIDADES EN LOS SALUDOS

Hace no tanto, el tiempo de la cortesía desinteresada, el espacio de los modales- de la urbanidad- necesitaba del encuentro de dos cuerpos. Las redes sociales son el territorio donde el saludo encuentra su caldo más amplio. Y también, el menos nutritivo. El “Cómo te va”, las más de las veces no se interesa por cómo te va. Y, menos aun, el “qué es de tu vida”. Porque si esa pregunta se moviera de verdad por interés, implicaría un don de tiempo del interlocutor que la rapidez y la banalidad con que se lanza, no permiten. Encima, internet agrega en tipografía lo que falta en corazón: stickers, corazoncitos, negritas y resaltadores de toda clase amplían el vacío de una frase dicha como una concesión: la curiosidad no me deja quedarme callado pero, de verdad, no se te ocurra tomarte mucho tiempo para rondar tu dolor ni tu entusiasmo.
“¿QUÉ ES DE TU VIDA, CECI?”… las letras en mayúscula se desprenden de la pantalla, un mensaje de skype.
Domingo al mediodía, abro mi computadora, apurada, porque me he perdido mucho en este letargo espantoso de reposar. En el apuro por ver, las mayúsculas- para denotar el entusiasmo de mi compañera, a quien hace años no veo- se mueven en piruetas. Pienso también rápido: qué será de mi vida. El instinto me sugiere una respuesta:” bien”, como al pasar, no le voy a contar mis penas, mis pequeñas alegrías, mis decepciones. Tanto menos en un mensaje. Elijo no escribir nada por ahora. Pero las letras quedan pegadas, se regocijan en mi mente para recodarme, la vida está en curso.

UN ESPACIO FIJO EN EL TIEMPO

Veinticinco años desde la detención en el tiempo. Parece mucho, pues para mí es nada. Ayer a la mañana, al despertarme, abruptamente mi vida- en algún sentido- se detuvo. Una tragedia, un drama eterno: mi hermano está muerto.
En ese momento, las escenas pasan lentas. Lo curioso es que los años osan seguir su curso, los relojes marchan, la gente camina, yo misma corro todo el tiempo, juego con él, me desparramo en el día incansable, pero algo no viene conmigo. O, mejor dicho, algo se quedó allá.
La secuencia es muerte, vida, lucha, carrera. Planteo un comienzo desde la muerte, ahí donde el tiempo de otro no anda más. Las palabras se pierden como las voces, los movimientos se alejan y las fotos se acercan en un ejercicio difícil. A partir de esto, la vida, la lucha y la carrera se acoplan en un plan sin mucho movimiento, en un curso estático de secuencias deshilvanadas, de mensajes inconclusos y en un soñar que la voluntad lo puede todo.
Lo más inconcebible en el tiempo de la muerte del otro es la continuidad de nuestra propia vida. Que el otro se haya quedado fuera de tiempo- sin tiempo, eternamente detenido- y uno obligado a trascurrir y a la la intensidad de una falta, que se ahonda en los instantes, los perfora, los hiere sin matarlos. Tiempo herido sin esperanza de muerte: el duelo comienza.

ASTUCIAS DEL COLOR

¿Cómo pasa el tiempo? Mis idas y vueltas son tan aceleradas en el cuerpo que, en mis recuerdos, se pierden, se confunden. Se esfuman.
La ausencia de los primeros tiempos se vuelve áspera. Son tantas las faltas que el equipaje lleva a la rastra el dolor. Falta por acá, falta ahora, falta, falta, falta.
La amputación es tan tangible, como muda de palabras. Contornos tampoco toma. Si así sucediera, con gusto la dibujaría. Aunque imagino colores vibrantes en manchas sin sentido, figuras exóticas, formas abstractas que buscan eso, eso. Lo que ya no es y está.
No todo es gris. No todo es rojo.
Los matices aparecen siempre. Hay una conspiración del matiz que elude el centro. Y el centro se mueve como un trompo. Insaciable.
¿Quién se hace cargo de este descolor?
Se sigue, las mañanas llegan, los proyectos se acomodan, las nubes se cargan de violetas, la pava y el mate se vuelven indispensables. Sigo. Comparto los momentos de entusiasmo con él. En noches de insomnio, nunca lo pienso.
Entre estas desesperaciones, aparece la furia, siempre acompañada de otros personajes. Ella irrumpe, avasalla todo, se planta sin miedo. Con el tiempo- bastante tiempo según cuenta la memoria- nos hicimos amigas. Y hoy podemos caminar juntas. Pero la furia es una devoradora del color. Y mi tiempo se ralenta para no dejarle a ella todo el festín. La furia es servidora de la muerte, a veces.
– ¿Color preferido?, ¿una comida? Tu signo es…
-Negro, rojo, gris, blanco, violeta. Ceci, ¿cuál es tu color preferido?
Mi mamá me contaba que, cuando era muy chiquita, decía el amarillo.
Mi mamá tampoco anda por este lado.
Para rescatarme, te digo “el amarillo”: de sol, de pollito, de sala del jardín, de Ceci chiquita y grande. De lo que pinta mi vida hoy. El amarillo en oriente es luto. Y, en mi imaginario, luz. Cuando lo ausente ronda, no sé por dónde amanezco.
Pero lo que me anochece antes de tiempo son las preguntas que hieren en banalidad.

 Princesa, Francis Bacon
Princesa, Francis Bacon

SALUDOS A LA FAMILIA

Cuando una familia sufre la muerte de uno de los suyos, todos quieren ayudar en la impotencia. ¿Qué modo del pensar se ajusta a la ausencia de un hermano de 16 años que estaba y ya no está? La razón se niega, la intuición se retuerce, el cuerpo está aterido.
En un primer momento, la anestesia del espanto colabora a no darse cuenta. Las palabras llegan sordas. Recuerdo mejor los gestos de consuelo. Pero, cuando el tiempo hace de las suyas y el “de afuera” considera finalizado el duelo, llega lo impensado. La pérdida de la pérdida en mirada de los otros, te deja en la intemperie. Tu dolor está solo dentro del cuerpo, pero no es tuyo. Viaja dentro de los contornos de tu silueta, casi sin moverse. Se deposita en cuevas inaccesibles para la voluntad y para el coraje. Tu dolor no es tuyo, vos sos propiedad del dolor.

¿QUÉ ES DEL MUERTO, ENTRE EL ATÚN Y LA MAYONESA?
– Y la familia, che ¿todo bien?
Una pregunta lanzada en medio del supermercado, junto a la góndola de las mayonesas y enfrente de las latas de atún, resuena como una ostentación de la eternidad frente al tiempo enfantasmado del deudo.
– No hay mal que por bien no venga…
Imaginaba José Saramago en “El año de la muerte de Ricardo Reis” que, así como tardamos nueve meses en nacer, nos lleva nueve meses terminar de morir. Durante ese tiempo, enfantasmamos. El fantasma es el vivo sin consistencia, es la muerte sin consistencia, es la advertencia de la incompletud en todo, aún en aquella vida arrogante, que se garantiza la existencia por el mero hecho de respirar
– No hay mal que…
Una señora colgó sobre mi rostro esta frase, al verme más flaca, después de la muerte de Sebastián. Fue en el almacén. En estos casos, el refranero- a diferencia de la simple banalidad de la cortesía-resuena casi como un insulto. Porque el refrán es una máxima inapelable, que une a todos los duelos en uno, como si cualquier muerto diera lo mismo y afectara de igual manera. Si algo le falta a nuestra falta es que nuestro muerto se transforme meramente en uno más. El fantasma mismo debe quedarse paralizado ante semejante audacia. El fantasma es la figura inmóvil que traslada su modo de dejar de ser entre los vivos. Ese traslado es un viaje. Ni sin contrario. Fuera de viaje, el fantasma es también el modo en que los otros esquivan la densidad de un muerto concreto y la diluyen en la muerte, en general.

LA RETAHíLA SIN FIN

¿Qué contás? Mejor, ¿no? Sí, se ve que sí. Es cuestión de tiempo nomás. Te iba a preguntar si necesitabas algo, pero te veo tan bien, che. Sos fuerte, saldrás de esta.
Todas las que se te ocurran, todas las que te hicieron sin mirarte a los ojos, todas las que dejaron caer por descuido de la mala costumbre de intentar o, mejor dicho, de querer hacerte creer que la ausencia infinita es trivialmente “acompañable”.
Las sin sentido, las obvias, las anónimas, las desaprensivas, las feamente piadosas, las lastimosamente inútiles. Solo de costado se arriman. Y no tienen el don de desaparecer, porque nunca completaron nada, como una aparición
“Todo pasa”…, menos el reino de lo banal.
La buena educación tiene en el saludo su aporía, un rincón en donde el adjetivo “buena” hace entrar en crisis al prestigioso sustantivo. Educado es, quizás, el hombre que mira su ausencia. Sin miedo a pegotearse el cuerpo con ese dolor tan pegajoso, que el tiempo no lo lleva.
Entiendo, el dolor viaja inmenso alrededor de mi pequeño cuerpo. Soy para él un punto, no un referente. Un blanco, no un objetivo.
La presencia es tan infinita como la ausencia. Y muevo al dolor.
Los colores siguen su ronda porque, mientras haya matiz, la muerte no va a instalarse, el viaje seguirá su curso.
Y la gente preguntará, siempre.

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