Viaje alrededor de un punto: Postales de una vejez

Por Gabriela Stoppelman

UNA EXTENSIÓN ENORME, ENTRE LA CAMA Y EL BAÑO

 

  1. En la antesala de la entre noche, se despierta con su cuerpo de hace diez años aún firme, ostentoso y de pie. El día húmedo y solo, tan solo como la habitación, donde la luz todavía no se anima y donde solo se huelen los perfumes de las sábanas,  las ropas y las palabras de la cuidadora. Por un instante, es esa otra. Y como esa otra se incorpora. La cadera se resiente ante el movimiento. La mano derecha grita en una punzada, porque la caída de la noche anterior ha amanecido junto a ella. Tiene seis puntos en la sien izquierda y un corte en la derecha. Ahí, en la derecha, la memoria dibuja en una línea el modo en que cayó de la cama,  dormida, hace quién sabe cuántas madrugadas. El cálculo del tiempo se le complica. El tedio y la quietud han desfasado su ritmo del ritmo de las horas.  Lenta transcurre, lenta recibe al mundo, como a una avalancha de advertencias.

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    Tres pares de zapatos, Vincent Van Gogh
  2. Se abren los postigos. El cuerpo de hace diez años se descorre con las sombras. En sólo un instante, no queda nada más de él. Ahora restan esta fragilidad llena de remiendos, la memoria y ese saber que le encandila la mirada junto a luz del pasillo: ya no maneja su cuerpo. El cuerpo se ha puesto libre para nada, libre para ya no poder, libre a costa de haberla dejado prisionera en su saber. Sabe qué no puede y nada puede con eso que sabe. La tristeza de una libertad inútil la conoce. Dosificada en insinuaciones, la probó en el cansancio después del trabajo, cuando los billetes le habilitaban un bienestar para el que rara vez tenía tiempo; la probó en el pago de cuotas y objetos para sus hijos, mientras las crías se desviaban de sus sueños y sus torpezas; la probó en la viudez temprana, cuando libre del fastidio y la siempre presencia del mismo hombre, comenzó a extrañarlo sin consuelo. Lenta transcurría. Lenta, salvo para  advertirse-impiadosa: esto es la vejez.

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    Zapatos, Vincent Van Gogh
  3. Esta es su vejez. Esta es la vejez. Esta es toda la vejez del mundo, porque no se puede pretender que- en medio de este entumecimiento tenso, hundida en esta irritación sin fuga- una comprenda que hay otros modos, porque hubieron otras vidas y cada quien envejece como vivió. Qué rápido mueven la lengua los recitadores de aforismos. Rápidos, como fuera del círculo tramposo de aquello que transcurre. Aliados incondicionales de la velocidad, tal vez les toque a ellos una vejez breve, una lentitud corta, un extinguirse súbito. Pero ahora el mundo es esta extensión enorme que hay entre el borde de la cama y el baño. La cuidadora me alza de las axilas. Si ella me suelta, no puedo nada más. Y tengo que ir al baño, a kilómetros de mis posibilidades. Quisiera empujarla, dejarme caer encima de mi vejez y volver a dormirme, aunque sea sobre el piso. Tal vez haya dejado pausado el sueño de anoche, tal vez otro golpe me devuelva al cuerpo que tuve hace diez años. Cosa de no creer, cuando me levanté lo tenía firme, ostentoso, de pie. Y ahora arrastro una pierna y la otra. La cuidadora me conversa para hacerme el trayecto más ameno. Ella no sabe, no puede saber- en su joven velocidad- lo largo e inconsolable de este viaje. Ojalá hubiese comprado algo a algún vendedor de aforismos. Una vejez jovial, la abuelita que juega con los nietos después de la cena y se apaga, imperceptible, en el medio de la noche. Ahora este es todo el universo.  A quién se le habrá ocurrido poner el baño tan pero tan lejos.

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    Foto Carolina Díeguez
  4. La danza inmóvil de un punto de luz incandescente sobre un charco de sangre. Un hermoso charco de sangre para que la incandescencia dance en su centro, fija en medio de un escenario rojo, la luz gira lenta, gira la lentitud sobre sí y para los otros. Ella dio media vuelta y se apagó durante una fracción incalculable. Una nada que la dejó en  platea, frente a luz que la baila inmóvil. La luz se apagó con ella. Juntas, en esta flojedad de ya no tenerse, titilamos. Luciérnaga unísona: la luz y la vejez, apagaron y prendieron solo por un instante. La luz ahora danza su flema rígida sobre el centro de un charco. La vejez se pregunta a deshora, ¿cómo es que estoy sobre el piso? Alguien aprieta un paño contra su sien. Un hilo de sangre llega hasta la boca y le recuerda que ese es el gusto de los vivos por dentro. Qué escándalo de  ambulancias y enfermeras sobrevendrá a la danza.  Qué audacia quieta la  danza  de esta luz.

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    Foto Carolina Díeguez
  5. El doctor dice que no va a doler, tengo un corte muy profundo y apenas toca la arteria. Son unas puntaditas y se vuelve a casa. Un rocío de anestesia me cierra los ojos a la luz y al sueño. Quedo así, a mitad de camino. No voy a poder avanzar ni aunque quiera porque la cuidadora no está y el tiempo es capaz de volver a tumbarme. Es increíble cómo me mantengo en pie solita, acá, detrás de mis párpados. Soy tan leve que puedo deshacerme del dolor. La familia está afuera de la habitación, afuera de los párpados, afuera de mi tiempo. Eso es la compañía: esa manera de estar de los otros siempre afuera, ese afuera que arrasa toda estancia en una lejanía extensísima, como el trayecto entre el borde de mi cama y el baño. ¿Hay baño entre la luz y el sueño? Porque, a mi edad, yo no puedo ir a ninguna parte donde no haya baño. ¿Sabe, doctor? Me despierto seis veces durante la noche para ir al baño. Seis viajes de ida y seis de vuelta, solo para no hacerme encima. Recuerdo cuando eso le pasaba a mi madre. El olor a orín en su habitación me daba un poco de náuseas. Hacía tanto pis mientras se extinguía, que el pis se había vuelto una presencia más poderosa que ella misma. ¿Cómo oleré en este cuerpo? ¡Qué vergüenza, con el doctor presente, obligado a mis hedores por deber profesional! Será por eso que siento a todos tan lejos: apesto y me demoro. Una combinación intolerable para los urgentes. Pero yo misma a mí misma no me huelo. Menos en este entre estar debajo de mis párpados, en esta meseta blanca donde me sostengo sobre un bastón sin urgencias; justo mientras mis piernas no son más que el pilar de mi tronco y mi tronco se anima a mirar adelante, hacia la tanta meseta blanca, muchísima blancura, justo en el lugar exacto, donde antes estaba el futuro.

    Un par de botas, Vincent Van Gogh
  6. Cuando mi hija era chica, leí en “Mafalda” una tira donde Felipe se miraba en un charco con la ilusión de que, al seguir camino, algo de su imagen permaneciera en la superficie del agua. Ese era un gesto que repetía de Miguelito. Pero, a  diferencia de lo que ocurriera con su amigo, cuando Felipe retomó el paso sobre la vereda, se atravesó un auto y le salpicó gran parte de su reflejo del agua sobre su propia cara. Felipe quedó paralizado. Ese no era el remate de la tira, pero ahora sólo retengo la imagen inmóvil del rostro de Felipe contra el propio Felipe. Ya no podía continuar el camino. Así, eclipsado por sí mismo, había en el asombro de no verse una intensidad tan poderosa que le impedía toda marcha. Como una muerte lúcida, o un instante antes de la muerte, donde la muy cínica se presentase, “y, al final de tanta intriga, ésta soy yo, tan poderosa y tan quieta”. Todo se podía reducir, entonces, a eso: a mirarse dentro de un charco y no verse porque el líquido, en su espesura, se devoró su fuerza de espejo. La tristeza de la imagen no dejaba sentir que uno respiraba, pero la respiración misma se había acelerado en un vértigo troglodita y masticaba sin piedad todo tiempo entre inspiraciones.  En esa urgencia detenida, se viaja. Entre palmo y palmo de territorio, no hay demarcación ni nombre. Entre palabra y palabra, huyen  los silencios. Los sonidos se amontonan  Una nota, en su tensión de fuga, de pronto, se rompe. Y comienza a caer. Caían así las mandarinas que había en mi casa de infancia en Basavilbaso. Ahora no recuerdo haber visto jamás el instante en que se desprendía ni tampoco el momento en que llegaban al suelo. Pero el trayecto, sí. Una suma de puntos quietos entre la altura y mi mano, una insurrección de la potencia contra los apuros, contra las derivas no elegidas, contra las lentitudes a destiempo.
  7. Los enfermeros y la cuidadora ya me deben haber alzado del piso. Ninguno advierte el modo en que la fruta se posa suave sobre mi mano.  Yo tampoco lo advierto del todo. Se siente apenas húmedo y lejano, aquí: en la antesala rota de mi cuerpo niño.

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    Foto Carolina Díeguez

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