Por Lourdes Landeira

La velocidad: De colisiones y otros frenos (o manejos)

                                                      

Accidente de tránsito

Hasta bien entrado el siglo XX, los camellos se ocupaban del transporte de gentes y cosas en la isla de Lanzarote. 

La estación, el Echadero de los Camellos, estaba en pleno centro del puerto de Arrecife. Leandro Perdomo pasaba siempre por allí, en su infancia, camino de la escuela. Veía muchos camellos, echados o de pie. Una mañana contó cuarenta, pero él no era bueno en matemática. De algo está seguro Leandro: 

img 1-En aquellos años, nadie tenía prisa.

La isla flotaba fuera del tiempo, mundo antes del mundo, y la gente tenía tiempo para perder el tiempo. 

Los camellos iban y venían, a paso lento, a través de las inmensidades del desierto de lava negra. No tenían horario, ni hora de salida ni hora de llegada, pero salían y llegaban. Y nunca hubo accidentes. Nunca, hasta que un camello sufrió un súbito ataque de nervios y arrojó por los aires a su pasajera. La infortunada se partió la cabeza contra una piedra. 

Ese camello se enloqueció cuando se le cruzó en el camino una rara cosa que tosía y echaba humo, pero no era volcán, y corría pero no tenía patas.

El primer automóvil había llegado a la isla.

EDUARDO GALEANO

 

Tiempo, espacio, velocidad: variables de una gran fórmula que se atreve a correr los límites de lo real. Si  la dirección distingue a la velocidad de la rapidez, entonces, quizás suceda que el tiempo se engulla al espacio y este desaparezca en lo inmediato de alguna pantalla o de alguna máquina. Ese tiempo se hizo oro cuando dejamos de perderlo. Y la velocidad, su gran poder. Pero, mejor, retrocedamos una línea atrás; ¿cuál es la idea encerrada en perder el tiempo y cómo sería ganarlo? La ganancia, en tiempos modernos asociada a la productividad y la eficiencia, no entiende la lógica sin agendas ni cronogramas del Echadero de Camellos de Lanzarote. En la isla, el tiempo se tenía (¿se poseía?)  y por eso podía perderse (¿usarse?). Si las cosas se invirtieron y la ecuación cambió su fórmula  (¿ahora el tiempo nos usa y nos posee?) la velocidad -aquí representada por el auto- parece dispuesta a hablar.

El cine – técnica y arte de proyectar fotogramas de forma rápida y sucesiva para crear la impresión de movimiento, según la wiki enciclopedia – propone miradas diversas en este universo de pantallas (puente y muro al mismo tiempo) y carreras con distintas metas y un único destino.

El tiempo es igual a la distancia sobre la velocidad, la distancia es igual a la velocidad por el tiempo, la velocidad es igual al tiempo sobre la distancia. El problema típico para ejercitar la ecuación propone imaginar a dos autos que salen a la misma hora en direcciones opuestas y viajan a distintas velocidades. La pregunta es a qué hora se cruzan. La respuesta resolvería el problema. Pero, ¿y si chocan? Quizás el tiempo se  detenga en ese instante.

img 2“El accidente es fecundador, no destructor; es liberador de energía sexual; canaliza la sexualidad de los que mueren con una intensidad imposible de otra forma. Mi proyecto es experimentarlo, vivirlo”. Palabra más, palabra menos, la afirmación es de Vaughan, personaje de “Crash”, quien vive en un auto y persigue accidentes para fotografiarlos y recrearlos ante un público que se excita con la puesta. En la película, dirigida en 1996 por David Cronengberg y basada en la novela de James Graham Ballard, los protagonistas habitan en ciudades dominadas por las autopistas y se erotizan con las huellas -grietas en forma de cicatrices- que los impactos dejaron en sus espacios-cuerpos cuando el encuentro de dos velocidades detuvo algún tiempo.

 

“Comprendí al fin que Vaughan repetía en fragmentos inconexos un acto sexual programado donde participarían la actriz y el camino que ella tomaba desde los estudios Shepperton. El énfasis de los gestos, el modo grotesco de sacar el brazo por la ventanilla, como si estuviera a punto de destornillárselo y arrojar el miembro sanguinolento bajo las ruedas del auto que venía detrás, el rictus de la boca cuando apretaba un pezón con los labios, parecían ensayos privado de un drama aterrador que se desarrollaba en la mente de Vaughan, el acto sexual que coronaría la última colisión”. J. G. BALLARD

 

img 3 

Si ahora se impone cambiar el ritmo, es inevitable virar la dirección y fórmula(o película).Y qué mejor que “Rush” y “Le Mans” para ingresar a la pista de los corredores. Ambas parten de una gran explosión inicial (cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia). Y nada mejor, después de un gran estallido, que empezar a correr. Para escapar de su expansión o para volver a estallar. “No busques moralidad en un hombre dispuesto a morir corriendo en un circuito”, dice uno de los protagonistas de “Rush”. La película recrea la Fórmula I de 1976 y el duelo entre Niki Lauda Y James Hunt. ¿Importa quién lo dijo? La trama enfoca la rivalidad entre ambos, así como su necesariedad. El lindo y el feo, el calculador y el improvisado juegan un solo juego; con más o menos cabeza, con todo el cuerpo. “Correr es la vida, lo demás es tiempo de espera”, le dice el Delaney de Le Mans (basada en la carrera de resistencia, 24 horas de Le Mans) a la mujer de su compañero, muerto en la competencia del año anterior. Además de ser perseguido por la muerte – hecha cuerpo en la presencia de la viuda – él también tiene un rival en la pista, siempre muy cerca. Porque la cercanía resulta condición de la rivalidad, en ese campo en el que el contacto es choque.

En los alrededores, el público, enorme y ensordecido por el ruido de los motores, mira pasar la velocidad. Y espera. La consagración del ganador, el campeón que sobrevivió antes que ningún otro (quizás por décimas de segundos) a la inminencia del accidente, o de su posibilidad. “La felicidad es el enemigo, significa que tenés algo que perder. Si la felicidad es el enemigo, ya lo has perdido todo”, se dice en alguna de las dos: ¿importe en cuál?

 

“DEATHMOBILE” – JEAN TINGUELY
“DEATHMOBILE” – JEAN TINGUELY

 

Cabe preguntarse de quién es la falta, saber si cometió un error el hombre que conduce la máquina o si falló algún engranaje de la máquina que conduce el hombre. Sí, cabe preguntarse, buscar la respuesta que alivie, al menos por un rato, la tensión de conocer el riesgo. Intentar el volantazo, antes de frenar. Ir tras la fórmula, ensayar resultados para la ecuación.

Según las recomendaciones de la seguridad vial, entre vehículos en movimiento, es imprescindible mantener una distancia proporcional a la velocidad. Porque, cuando el conductor frene, el vehículo aún recorrerá un espacio, una distancia, antes de detenerse. Dice “Luchemos por la Vida”:

“Tenga presente que a mayor velocidad, mayor es el tiempo y la distancia que necesita para detener el vehículo y más graves las consecuencias ante cualquier falla mecánica, como el reventón de un neumático, la mala maniobra de otro conductor o cualquier otro imprevisto. La velocidad máxima permitida por las señales o la reglamentación, no es siempre la más segura. La velocidad segura, que la ley denomina “velocidad precautoria”, es aquella que “le permite al conductor tener siempre el dominio total de su vehículo y no entorpecer la circulación”.

En determinadas circunstancias es necesario disminuir la velocidad. Tenga en cuenta que:

A medida que aumenta la velocidad, aumenta su riesgo de muerte ya que, hay menos tiempo para actuar y se necesita más distancia para frenar.

Cada 15 Km/h que aumenta la velocidad, a partir de los 80 Km/h se duplica el riesgo de morir en un accidente”

 

MUSEO TINGUELY - SUIZA
MUSEO TINGUELY – SUIZA

 

Claro, siempre hay excepciones a la regla. Tal es el caso de Sandra Bullock, en “Máxima Velocidad”. Ella viajaba en colectivo porque le habían suspendido el registro por ir más rápido de lo permitido. Paradojas de la vida (o del cine) cuando, por accidente, el chofer es herido de bala (luego sabremos que también de muerte) ella debe manejar y mantener la aceleración por encima de cierto nivel. De la película, ya dijo, el filósofo de Ljubljana.

“… al principio, el descontrolado autobús (su velocidad debe mantenerse por encima de los 80 kilómetros por hora; si baja, explota la bomba…) se vive como un estado de suspenso permanente, una pesadilla infinita estresante (nuestro único deseo es que ese estado termine cuanto antes); sin embargo, tarde o temprano, el espectador toma conciencia de que la alocada marcha del autobús es una metáfora de la vida misma. En tanto que la vida también es un constante estado de tensión, una carrera cuya “velocidad” (los latidos del corazón) debe mantenerse a un determinado ritmo si queremos seguir vivos, el deseado fin de esta carrera salvaje es simplemente la muerte en sí. En resumen, lo que al principio parece una amenaza a la vida finalmente demuestra ser una metáfora de la vida misma…” SLAVOJ ZIZEK

 

Por supuesto, si transportarse en camello no es para cualquiera, tampoco lo es manejar. Hay que saber hacerlo. Aunque poder frenar no sea estrictamente necesario. De esto se ocupó Arnaldo Calveyra en “El origen de la luz”, con su cuento “El hombre que no sabía frenar”. En su “tiempo de granjas” y “noches indisciplinadas”, donde “algunos grises resistían al naufragio de la hora” y “la naturaleza decidía un silencio”, vivía Don Isaías. En el pueblo visitado por el vagabundo, quien alguna vez supo leer y escribir y quien durante aquel verano “en el que el tiempo le estaba faltando”, encontró su “silencio novísimo”. Don Isaías Berón había comprado un auto y había aprendido a manejar.

“- Aprendió a manejar, sí, pero no puede frenar – me sugirió casi una de mis hermanas, tan tímida su proposición.”

A pesar de eso, el hombre iba dos veces por semana a hacer las compras. Tenía un sistema perfecto: a la ida arrojaba los pedidos en papel y, a la vuelta, los recogía en bolsa.

“- Está bien, pero … ¿cuando vuelve al campo, cuando entra el auto al galpón… o, simplemente, cuando termina el viaje?(…)Ah – me contestó mi madre – mejor sería que fueras a su casa a saludar y presenciaras la maniobra con tus propios ojos…”(…)“Un nuevo segundo de inmovilidad primordial y la película se ponía otra vez en acción: don Isaías en persona que abría la portezuela, que abandonaba por su propia cuenta la pantalla, él, el héroe de la película, descendía en carne y hueso a saludarme, un hombre en perfecta salud y risa (“¿qué hay de nuevo, don Isaías?”, “que envejezco, che”) me abrazaba con su enorme cuerpo de emperador romano, empezaba a preguntarme por mi gente”.

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