El Desaliento: Sobre “El cuerpo de Foucault”, muestra de fotos de Dagna Faidutti expuesta en el Museo de Artes de La Pampa dentro de la muestra colectiva “Rastros de irrealidad”.

Por Josefina Bravo

 

EL LUGAR DE LA LIMPIEZA
En blanco y negro, una mujer desnuda se sienta al inodoro: inevitablemente, codos y antebrazos sobre piernas encorvan la espalda, las vértebras dorsales abultan la piel y se pierden hacia atrás; las cervicales doblan el cuello y hacia abajo cuelga la cabeza
y el pelo suelto.DSC_1532-2
La caída es intermitente en la foto. Un movimiento constante desdibuja la parte alta del cuerpo de la mujer y, contrasta, de esta forma, con la quietud de la parte baja.
Todo el cuarto de baño está empapelado de diarios: letra pequeña, letra grande, titulares, epígrafes, propagandas, fotos. La nitidez de las paredes y el suelo permite la lectura de algún recorte. Apenas corrida por el movimiento de la cabeza, así, la silueta de la mujer. La mirada: perdida o atada a las manos -abiertas, con todas sus líneas al descubierto, bajo el rostro oculto- o a los enunciados que contornean sus pies. Se borronea el cuerpo sobre lo explícito de los diarios. ¿Condiciona más el afuera que el adentro? DSC_1555El cuerpo da pelea a la invasión, al bombardeo normalizador. Desde el baño -precisamente, desde el inodoro- en la mayor intimidad animal biológica, el cuerpo despide por el ano lo que no procesó.

Luego, la posición cambia.Y entonces la mujer es un fantasma que, de espaldas, vuelca su cabeza al inodoro para expulsar, por la boca, otro tanto.

Sin embargo, aunque largue hasta la bilis, el vaciamiento no es posible.

Quiere lavarse los mandatos, pero el lavatorio -cual pochoclera- está repleto de bollos de diario, una montaña cada vez más alta desde donde caen
al piso
los diarios,
uno a uno,

en cascada liviana y sólida

de negro y blanco.

 

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DONDE QUIERE DESCANSAR EL DECIR
Entonces, la mujer se va a su habitación, otro espacio copado por el afuera. De nuevo las paredes, el suelo y, hasta sobre la cama, los diarios. Aún desnuda, quiere taparse. Sin embargo, la negrura de la tinta se le pega a la piel y se mueve en dibujos que forman palabras, epígrafes, titulares. Y su cuerpo termina por ser un papel donde se dice y se desdice el imaginario social.

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LO INCOMPLETO
Desnudo: sin nudos, sin ropas, sin ataduras. La falta, en la palabra desnudo, está en su nacimiento: el prefijo “des”. Por eso el cuerpo se la pasa dale intentar alcanzar aquello que, desde la gramática misma, aparece como ausencia. Como si el cuerpo estuviera incompleto e indefenso y necesitara de las ofrendas del “estado padre”, para completarse.
Y estas son sólo las faltas de un cuerpo vivo.
A partir del “Dios ha muerto” de Nietzche, Foucault propone que el hombre ha muerto. Lo que implica la muerte de un concepto de hombre que ya no es eficaz ante las nuevas condiciones históricas. La estructura de saberes y poderes caduca y no aparecen diagramas nuevos. Cada estrato histórico reclama la novedad a partir de un pliegue de la vieja tela. Estamos aún a la espera.
Pero, si el hombre ha muerto, el cuerpo es un ente vaciado y vuelto a llenar que cumple las imposiciones del “estado padre”. Si el hombre ha muerto y el cuerpo es un zombie, jamás se le verá el rostro, porque este le daría identidad. Sin rostro, el cuerpo resulta una máquina laboral, consumista y civilizada. Sin rostro, no hay ojos para ver a un Otro en su diversidad.
Aunque la ausencia de rostro podría plantear otro interrogante: sin rostro, ¿dónde queda lo que llamábamos esencia? ¿Implicará ese “no ver” la negación de lo “único”? ¿Será esa ausencia el advenimiento de lo múltiple, la mutación constante, la flexibilidad que habilita a ser varios?

 

 

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LAS CARAS DE LA IRREALIDAD

 

El poder de la palabra: crear, transformar, destruir realidades. La palabra con toda su potencia y con toda su temeridad. La cama, el sueño, el amor y la palabra, siempre la palabra.
Al dormir, el discurso -sin curso- nos atraviesa: mezcla realidad y deseo en un suceder de imágenes que luego se unen en el decir. Y uno, que a veces no quiere pensar, hila en el sueño hasta lo no dicho. Por más frazada, meditación, soledad, silencio o mente en blanco que se imponga, la palabra sigue dale hurgar el cuerpo, nombrándolo y creando realidades sobre él.

 

A CONTRA CORRIENTE
Tanto se habla del cuerpo, ¿y qué sabe el cuerpo del cuerpo?
Desde afuera hay un llamado a desatender el decir propio y en constante devenir del cuerpo. Los dolores, los ciclos, las enfermedades, el cansancio suelen ser desestimados. Es válido el cuerpo saludable -llámese fuerte, activo, listo para trabajar-. Si algo duele, molesta o no funciona como el sistema reclama, entonces es necesario concurrir al confesionario del médico para que, quien detenta la autoridad del saber dé remedio. De esa forma, con suerte, el cuerpo funciona lo más parecido posible a las pretensiones sociales. Pero, ¿qué es un cuerpo saludable? ¿Quién decide y define aquello? ¿Saludable en función a qué y según quién?

¿Qué dice el cuerpo cuando habla?

¿Y cuando calla?

Así como sucede con el decir del sueño,
también es posible atender al decir del cuerpo.
Pero escuchar su discurso podría hacernos perder el curso de la vida
social que se nos propone.
Quedarse quieto para prestar atención
puede ser una fuerte lucha a contra corriente.
Y, luego,
hay que bancarse el silencio,

el vacío

donde muy lentamente, muy atravesado por el caos y la incertidumbre,                                                                                            se trenza el decir.

 

Y, aunque sobrevivamos al vacío, tal vez no encontremos “EL curso”.
Tal vez sólo encontremos pequeños rumbos, cortados -de vez en cuando- por vacío,
donde se hará imprescindible saltar, de nuevo, hacia otros rumbos. DSC_5762-2
Y en este saltar y devenir, iremos en un constante mutar,
cambiar rostros y
probar máscaras
que nos habiliten los próximos saltos.

Libres, completamente libres, no será posible: venimos a un mundo creado por otros. Pero esto no es justificación para residir en un inamovible desaliento. Conocer y problematizar ciertas cuestiones tomadas por “naturales” permite rodear al cuerpo de otras ideas. Así, somos la palabra. No usamos la palabra.
De la herramienta al ser, un gran paso contra todo desaliento.

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