El olvido: Entrevista a Jorge Schussheim

 

Entrevista: Alicia Lapidus, Lourdes Landeira, Gabriela Stoppelman

Edición: Gabriela Stoppelman

 

“(…) hace muchísimo que no sabemos nada yo de mí ni mí de yo ¿quiero venir a casa? sí, dije yo y volvimos a encontrarnos con paz

                        Susana Thenon, “Canto nupcial”

 

 

Quién hubiera podido imaginarlo: rincones apiñados detrás de esa puerta, justo hacia el pasillo de la infancia, justo hacia el hilito aferrado –eternamente aferrado, el muy tenaz- al eco de la voz tía que siempre comienza con había una vez. Imposible de prever. Quién hubiera podido sospechar una esquina -muy oronda- bien metida en el corazón de la casa, dale caminar tus pasos, de una punta a la otra de todo el territorio, dueña y señora. A quién le habrá pedido permiso el mishigener ése, Léibchick, para meterse en tu cuarto de trabajo, servirse bebidas de tu heladerita y bajarse medio termo del café que el día preparaba para sostener tu tiempo. Por no hablar de esa ventana pintada en un cuadro, abierta en pleno invierno, sin que a nadie se le mueva un pelo. Meta derramar chorros de luz sobre mi propia lámpara, la ventanita. Es increíble cómo se mezcla la luz y te hace una ensalada de tiempo, que no figura en las recetas de ninguno de mis libros de cocina. Mirá que la biblioteca gastronómica es abundante, ¿eh? Y ya que toco el tema, por esa zona de la casa las cosas también se han puesto raras. Las páginas de los libros han comenzado a oler. Y cada aroma desemboca en otra puerta y arma una biografía de marcos y espacios que ya parece un laberinto. Mientras tanto, la única impasible en este espacio es la guitarra. Paradita en su sitial, mira toda la escena desde su posición estratégica y solo conversa, de tanto en tanto, con la mesa de la calle Olaguer, que apenas si responde con algún extraño crujir de madera contra el piso…, ¡Y andá entender qué te quiso decir! Eso sí: no se te vaya ocurrir acercarte al balcón. Recién nomás lo vi. Obstinado en un recorrido interminable, pasó un tranvía con carteles de propaganda de yerba schuscheimguitarra20170526_161045Salus. Y, aunque nadie me lo vaya a creer -porque hay que haberlo visto para creerlo- justo en la parada de acá en frente, bajó la abuela. Con el dedo dibujaba la figura de la “S” y decía: “la s es una viborita”. ¡Y para qué la habrá nombrado! Ahí nomás, el reptil salió arrastrándose y me dejó en Díaz Vélez, entre Bustamante y Bulnes, enroscado en un miedo inolvidable, del que solo pude salir de regreso a casa. Es decir, de regreso, por ejemplo, a la versión del Bolero de Ravel de Sergiu Celibidache, “una comprensión musical única…hace que te enamores”. Escuchá, ahí suena. Toda la casa está tomada por la música en un abrazo que no te suelta. Escuchá.

 

 

CASA DE CUENTOS

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.”

Casa tomada”, Julio Cortázar

 

 

¿Cómo escribir memorias sin que sea un libro de memorias?

 

No son memorias, son recuerdos. Recuerdos de chico, de adolescente, de grande, de viajes. Memorias es una palabra muy grande. Malraux podía escribir memorias, Neruda. Yo soy muy chico aún para escribirlas. Cuando sea grande lo voy a pensar.

 

Igual, no parece un libro melancólico.

 

Es que yo no soy una persona melancólica, soy muy de mi tiempo. No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Sigo siendo un moderno, nunca un post moderno. Recuerdo con dulzura, con ternura. Creo que tuve una buena vida y la sigo teniendo.

 

Hablás de tu relación con la escritura “Siempre hay un motivo para escribir, el mío es simple y complicado: para salir de la depresión y de la oscuridad”.

 

Es un chiste. Mi viejo tuvo varias quiebras en su vida hasta que, en el ’58, se hizo millonario. Pero, en la época en que yo nací, él tuvo que volver a la casa de sus padres en Corrientes y Pueyrredón, donde viví hasta mis seis años. Una casa muy grande, de muchos cuartos. Estaban mi tía soltera, mi tío soltero -el papá de Renata- mis abuelos, un inquilino, mi mamá, mi papá y yo. Mi cuna y después mi camita -hasta los seis- estaba en la biblioteca de mi abuelo. Era enorme esa biblioteca, libros del piso al techo, con una escalerita con riel. Me crié con el piano y con libros.

 

¿Era la casa donde una tía tuya tenía el oficio de contarte cuentos?

 

Exactamente. Corrientes 2791, ya fue demolida. Era una réplica chiquita de la casa de los sesenta balcones y ninguna flor. Nosotros vivíamos en el primer piso, que daba a Corrientes y a Pueyrredón. En la ochava, tenía un gran comedor. Yo fui el primer nieto de mi abuela nacido en schuscheim1Argentina. Encima, varón. Imaginate: el Príncipe Kalender era un boludo al lado mío. Tengo recuerdos muy vívidos de estar sentado a upa de mi abuela en esa ochava y que, abajo, por la calle Corrientes, pasaran los tranvías con carteles de propaganda de yerba Salus. Mi abuela entonces me decía “La S es una viborita” se sacaba su alianza y otra vez decía: “esta es la O”. Así que, a los tres años, sabía leer y leía John Dos Pasos, cosas tremendas. También me llevaron a tocar el piano a esa edad, así que era natural que yo saliera músico y lector. No soy escritor, escribo porque leí mucho. Era y es así.

 

 

LA CASA, DE A CUARTITOS.

 

                                               “Ventanas de mi cuarto, /de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es/ (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)”

                                               Fernando Pessoa, “La tabaquería”

 

 

¿Es cierto que te cuesta arrancar para escribir?

 

A todo el mundo le cuesta. El síndrome de la hoja en blanco es muy terrible. Pero dura una palabra, la primera. Luego, la primera palabra escribe la segunda y esas dos escriben la tercera. El tema siempre fue el tema. Una vez estaba esperando para mi sesión en Villa Freud y, sentado ahí, me dije “Quiero escribir una canción”. Pero no se me ocurría nada. Entonces escribí “No tengo nada que decir”. Y, de ahí, salió un tema bueno. Lo difícil es encontrar un tema sin tener nada para decir.

 

En estos textos -y también en Facebook, donde escribís todos los días- tu escritura es fragmentaria.

 

Mirá, yo sé muy poco de muchísimas cosas porque siempre fui muy curioso. Entonces, en una reunión de plastiqueros, me puedo excitar como loco hablando de moldes de extrusión de plásticos, porque leí sobre eso. No lo puedo hacer, claro. Soy muy disperso. Una vez justifiqué eso diciendo que el eclecticismo es también un estilo. Entonces, mi estilo es ser ecléctico. Además, me aburro muy fácil de las cosas: me pongo a hacer reflexiones políticas y, de repente, me atrae contar un chiste judío que acabo de recordar, o hacer alguna provocación. Yo soy muy provocador, me gusta mucho tirar mierda a ver qué pasa. Y me parece que Facebook es para eso. No es un medio serio. No es un medio, en realidad. A mí me gusta escribir pelotudeces, algunas serias y otras en broma, pero siempre son pelotudeces. No son cosas profundas aunque suenen como tales. Facebook es light.

 

 

Paul Klee - La casa giratoria
Paul Klee – La casa giratoria

¿Es light siempre o es rápido? ¿No es un lugar trivial donde puede aparecer algo?

 

Es muy efímero. Vos escribís y… Mirá, el otro día escribí una respuesta a Rozitchner sobre esa estúpida declaración que hizo sobre los intelectuales y los artistas populares: “La diferencia es que los artistas y los intelectuales, sentimos, pensamos y recordamos”, puse. Eso fue compartido mil cuatrocientas veces. Gracias a eso podés mantenerte algunos días, pero ya nadie se acuerda de ese posteo porque hay cientos y miles todo el tiempo. El Facebook me viene muy bien, es como un frontón donde uno va y juega al tenis, otras veces al ping pong, a veces tirás unas estocadas de esgrima, otras bailás un poco o cantás. Creo que es un tema de narcicismo. Todo el mundo escribe algo porque quiere que la gente le ponga “Me gusta”. El negro Dolina decía que uno hace todo para levantarse minas y yo creo que uno hace todo lo que hace para que te digan “te quiero”. Ese es el único propósito en la vida y Facebook es un poco eso. El narcicismo. Que te digan: “¡Ah, qué hijo de puta! ¡Qué divino! ¡Genio!” Yo no trabajé nunca con un horario. En mi época de publicitario he trabajado cuarenta y ocho o sesenta horas seguidas, pero nunca con rigor, nunca de manera sistemática. Ahora estoy todo el día en la máquina. Me levanto tarde, de ser posible de diez y media en adelante, porque me gusta dormir bien. En casa hay dos personas de servicio y tengo a la mañana un termo de café recién molido junto a la computadora. Cuando me despierto, después de hacer pis, voy a la máquina, tomo mis medicamentos del día, me meto a leer los diarios y me meto en Facebook. A la noche pongo la máquina en “dormir” -no se apaga nunca- y me meto en la cama. Puedo pasar días sin salir de casa y no me aburro nunca.

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O sea que la escritura, incluso de a cachitos, es una constante en vos.

 

Sí. Como ejercicio me viene bien.

 

 

LA CASA LIBRO

 

                                    “¡Despierta, viene el día, un pájaro se suelta de los ríos, despierta! Le van quedando dos velas a la luna, vela del sur, vela del oeste, mariposa, mariposa enloquecida con su sombra descubierta. ¡No queda nadie en casa! ¡No duermas más, despierta, el agua no tiene imágenes, los caballos no imaginan!…”

                                    Arnaldo Calveyra, “Diario del fumigador de guardia” 

 

 

¿Y por qué armar un libro?

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Laura Lima – El mago desnudo

No sé, esto vino como una idea de una amiga de Facebook, muy buena mina, Gaby Conte, que trabajaba en una editorial de las españolas y un día me propuso hacer un libro de recetas judías. Yo sé bastante, tengo una biblioteca con seiscientos libros sobre gastronomía. Así que empecé a escribir recetas con anécdotas. De golpe, recordé una anécdota y la escribí, pero no tenía que ver con la gastronomía y empecé a hacer otra cosa. El libro se fue escribiendo así. Me remonté a mi primer recuerdo, era muy chiquito, en el Correo Central, donde por cinco centavos podías grabar en unos discos muy chiquitos que había, de cartón. Entonces, yo grabé algo sobre submarinos y dirigibles y dinamita. Escribí eso y, después, fui ordenando los textos cronológicamente y Marcos Meyer, mi editor, los ordenó de una manera inteligente y salió el libro.

 

¿No hiciste vos la edición del libro?

 

No. Fue Meyer.

 

Nos llamó la atención el texto final. Dice: “¿Por qué crees que un genio como De la Vega murió a los 41 años? Porque ya había dicho todo lo que tenía para decir -le contesté sin pensar.” Pensamos, qué bien pensado, vos como autor declarás que llega el final porque vos tampoco tenés más nada para decir, igual que le pasó a De La Vega.

 

Yo decidí terminar el libro en el año 2000, cuando tuve una crisis personal muy fuerte. La década 2000-2010 fue para mí una década perdida, en la que no hice nada y lo que hice lo hice mal. Entonces, decidí terminar mi vida a los sesenta años. Tengo mucho material para otro libro, pero no tiene nada que ver con los recuerdos o con las cosas que me pasaron.

 

¿No te interesó escribir una novela, por ejemplo?

 

Laura Lima - El Mago
Laura Lima – El Mago

No. Soy muy bueno para algunas cosas como estacionar, por ejemplo. Soy muy bueno escribiendo monólogos o haciendo publicidad. Soy más o menos bueno componiendo y muy malo dibujando y escribiendo diálogos. Pero, sobre todo, soy muy malo escribiendo ficción. Y una novela es ficción. Además, yo leo novelas desde muy chiquito. La última la leí hace más de diez años, fue “El último encuentro”, de Marai, que me deslumbró. La anterior fue “El nombre de la rosa”, creo que en el ’86. Me pareció aburridísima, hasta que me di cuenta que era un policial y estaba Borges y ahí me apasioné, era un viaje. Pero no leo más novelas, me aburren mucho. Leo ensayo, historia, política, economía.

 

Pero hay muchos recursos de la ficción puestos en tu escritura.

 

Puede ser. Aunque yo nunca estudié escritura. Sé escribir porque siempre fui un muy buen lector y aprendí a escribir bien porque leí a gente que escribía bien. Escribo de oído, digamos. Sé leer música, estudié eso, pero escribo de oreja.

 

A LA INTEMPERIE

                                   

Nadie pudo ver nunca la incesante morada/donde todo repite nuestros nombre más allá de latierra./mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,/por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del polvo y la tristeza,/aquello que quisimos./Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno/el porvenir se alzó como una nube del último recinto,/el oculto, el vedado,/con nuestra sombra eterna entre la sombra./Acaso lo sabían ya nuestros corazones.”

                                  Olga Orozco, “La casa”

 

 

¿Y poesía?

 

Soy lector de poesía, no muy consecuente, pero la poesía no es lo mío. No soy un poeta. Poeta es Gelman. Yo escribo letras de canciones. Es como con la publicidad, la publicidad no tiene nada de arte, usa recursos del arte: la música, el dibujo, la literatura. Las letras de las canciones también usan los recursos del arte-poesía, pero no son poesía.

 

Pero, combinada con la música, la letra puede generar arte: la canción.

 

En algunos casos, sí. ¿Discepolín u Homero Manzi eran poetas o letristas? Las cosas se confunden. Yo soy un letrista de café. Me gusta escribir en los cafés, aunque ahora soy muy vago y escribo en casa, siempre a mano.

 

El letrismo es un género en sí. Pero vuelvo a lo de antes: hay muchas referencias a lo poético en tus textos. Por ejemplo, citas a Porchia, a sus pensamientos–poemas, los versos de “mi querido amigo Quesada”, hablas de musicalizar poemas. Más allá de la poesía o de escribir versos, ¿qué es lo poético para vos?

 

No me hicieron nunca esta pregunta, no es fácil. Creo que lo poético tiene que ver con lo ético. En este caso, con no hacerle al otro lo que no querés que te hagan a vos, tiene que ver con la alteridad.

 

Citás a Hillel, que dice que toda la ética judía se resume en ese concepto que acabas de mencionar…

 

Ah, sí. Para mí es un principio muy importante que me inculcó mi viejo cuando yo tenía unos diecisiete años y era un pendejo de mierda, soberbio. Mi viejo, en el año ’58, descubrió los transistores e inundó el país con ellos. Pasó de no tener un mango a tener un Cadillac último modelo. Una vez, volviendo del Once a casa en el Cadillac que él me dejaba manejar, veníamos por la calle Larrea, entre Tucumán y Lavalle. Adelante, había un tipo empujando un carrito. Yo le toqué la bocina, apenas. Pero mi viejo me dijo: “pará, bajáte”. Me bajé y agregó muy seriamente “Nunca te aproveches de alguien más débil que vos. Esto no se hace”. Eso me quedó para siempre. Yo descubrí que el judaísmo es eso, no hacerle al otro lo que no querés que te hagan a vos.

 

Eso sería como si uno fuera la referencia de le ética ¿la ética no sería en realidad no hacerle al otro lo que uno imagina que al otro no le gusta que le hagan?

 

Es que la ética es propia, no se inculca como la moral. En la moral no creo, creo en la ética. No es que mi viejo me enseñó ética, me abrió una puerta hacia el pensamiento ético. Así, lo que tengo de ético lo busqué y lo aprendí sólo. Una vez, a principio de los ’80, le pisé (metafóricamente) la cabeza a un tipo que había sido compañero de laburo. Él me contó una idea que tuvo, a mí me gustó mucho y me la olvidé. Luego de un año, la recordé para un cliente mío y la usé. No recordé que me la había contado este muchacho, o me acordé pero no me pareció relevante. Él me encontró un día y me lo reprochó, me dijo que yo le había sacado el único gran negocio de su vida. No supe cómo compensarlo y no me olvido más de eso, porque fue aprovecharme de un tipo más débil que yo en ese momento. No recuerdo otras veces. No soy un dechado de virtudes, en muchas ocasiones trato mal a la gente, puedo ser muy jodido, pero cosas como esa no las hago.

 

 

EN EL PROBLEMA, COMO EN CASA

“Un Tedio, desolado por crueles esperanzas/Cree aún en el supremo adiós de los pañuelos/ Aunque, tal vez, los mástiles que invitan huracanes/Son aquellos que el viento doblega en los naufragios/Perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes…/ ¡Mas, oh corazón mío, escucha la canción de los marinos!”

                          Stephan Mallarmé, “Brisa marina”

 

 

¿Y cómo vinculás eso con lo poético?

 

Quizás como un juego de palabras, yo que detesto los juegos de palabras… Pero, un gran poeta no puede ser una mala persona.

 

Schuscheim - Biblioteca
Schuscheim – Biblioteca

Sí, puede. Uno no los ha conocido, pero se podría decir que Celine, en su posición política era una mala persona. O Gabriele D’annunzio, si consideramos que ellos tomaban partido por ideas que llevaron gente a la muerte… También pueden no ser coherentes con lo que escriben. Pero igual la pregunta iba más allá del poeta, íbamos a lo poético como esa conmoción del lenguaje, como el ver en un texto algo donde el sentido se contrae, se condensa, eso que puede aparecer en una película, en un concierto…

 

Eso te puede pasar con cualquier cosa. Lo poético como obra de la imaginación sensible sucede en cualquier lado, excepto en la mesa de laburo. Yo me dediqué a imaginar toda mi vida, gracias a esa tía que me contaba cuentos y me volvió loco. He tenido algunas muy buenas ideas. No se si alguna fue en el escritorio, salvo una sola que recuerdo bien por la excitación que me dio haber resuelto el problema. Claro, después está la depresión que te da el haber resuelto el problema. Lo mejor es el problema, la solución es una mierda. Eyaculaste, se terminó y viene la depresión post coito. Lo que te mantiene vivo, la pasión, está en el problema.

 

 

LA PATRIA, DE A RINCONES

 

                                    “Bajo la patria o tierrecita/que leopoldo regó y amó/y levantaba ciudadelas/para cuidarla humanamente/y dejándose bien atrás/se puso delante de todos/y así le crecieron noches/al bueno bello verdadero/un gran silencio lo cubrió/un gran amor lo destapó /y de sus brazos descendían/calores para la mitad herida/donde se inclinaba/ pasaba como ungüentos sobre los como tristes leopardos/ que crepitan en el país”

                                                           Juan Gelman, “Caras”

 

 

En tu libro y también en tus relatos hay muchas referencias a direcciones concretas, a esquinas específicas, ¿esos lugares son un territorio especial para lo poético?

 

Son la patria, te diría. La patria son los rincones de la infancia, el lenguaje, las comidas, los olores, los lugarcitos, las relaciones. Yo no creo en la patria como concepto, me molesta mucho. Ahí está, me parece, lo poético de la vida, en el poder rescatar esas cosas. Eso no es nostalgia, es sentirse cómodo. En alemán es Gemutlichkeit es sentirse cómodo. En idish es heimlich, “cómodo en tu lugar”. Acogedor.

 

 Un mediodía del ’75, te encontraste con Abrasha Rotenberg, le preguntaste cómo estaba y él te contestó “Muchísimo mejor que el año que viene”. “Me respondió con la más perfecta síntesis”, escribiste sobre esta anécdota. ¿No hay algo de lo poético allí en esa síntesis de sentido?

 

Es como la publicidad. La publicidad usa recursos poéticos, recursos filosóficos, pero no es poesía ni filosofía. Esto es un recurso, quizás, poético. Como publicitario yo aprendí a ser sintético. Había un director rumano, Sergiu Celibidache, con una comprensión musical única. Tiene una versión del Bolero de Ravel que hace que te enamores. Recuerdo que, con Lía, íbamos a uno de los cines Santa Fe 1 y Santa Fe 2, hace cuarenta y cinco años de esto. Llovía, yo tenía un Fiat 1100, la dejé en la boletería y di la vuelta para estacionar. Puse Radio Nacional y escuché: Tum…, tum…, tum… , tuuuuuum… Nunca había escuchado un tempo así. Yo había nacido con la bestia de Toscanini, que te liquida la 5ª Sinfonía en dieciséis minutos. ¡Y esta duraba veinticuatro! Me quedé… No fui al cine, la clavé. Y un día, en mi casa, charlando con una enorme pianista, que se volvió loca y me saltó al cuello, le dije: el arte consiste en dejar caer, dejar caer, dejar caer y, cuando se está por caer, sostener. Porque yo creo que menos es más, como Mies van der Rohe. Entonces, la síntesis es eso: quitar. Y, en el momento en que se está por caer, lo sostenés. Quitar, arte no es agregar. Cualquiera puede agregar. Palabras escribe cualquiera. Por eso me volvía loco Antonio Porchia, a quien conocí. No era un poeta, era un filósofo, un gran pensador que usaba esa forma de cinco palabras. Cuando vos decís “Todo es como los ríos, obra de las pendientes” es un pensamiento de una profundidad… Creo que ahí está lo poético, la profundidad de eso dicho en cinco palabras. No hace falta más. El arte es así. En “Amadeus” el emperador Federico le dice a Mozart: “Son demasiadas notas” y Mozart le dice: “No, no hay ninguna más de las necesarias” Había muchas notas, pero él había ya sacado las que sobraban. Eso es arte: despojar.

 

Schuscheim - Escritorio
Schuscheim – Escritorio

 

AMUCHADÍSIMOS

 

                                    “Según el viento que a empujones te aparta, /se amontona la nieve en torno a la palabra.”

                                   Paul Celan, “Con llave cambiante”

 

 

¿Y el recurso de juntar las palabras quitando todos los espacios?

 

Una sola cosa hice así. “El nombre del enemigo”.

Hitlerstalincampsgoliathtorquemadaesterhaysatánpetainmasserarosenegvi delahafezelassdemngelabucodonossssorhimmlerkhomeinigoerinhezbollahs uárezmasonboriamenviellahessbattistachmielnickamanhamaslopezregaant epavelicstroesnermussoliniwalteulrichmichaeltownleyhelmuftifrancosalazar galtieribormannentasineldíngoelbbelsloshijosdeputaquevolaronlaembajadal oshijosdeputaquevolaronlaamipinochethugawastjeanmarielepenymillonesd ehijosdeputamás.

 

Y lo de las tres marquesinas que leías como una sola.

Boioslamjmauinknishesserviciodelunchbarmitzvácasamientosnoviasmadrin as tocadosviudasliquidaciónnosvamostodoalcosto

 

Eso me causó mucha gracia, fue en los años ’80. De ahí saqué el título de “Todo al costo” es muy judío. Esas cosas me parecen graciosas.

 

Otra referencia tuya respecto de juntar las palabras: “Hoy, como diría Juan Gelman, todo es “sueñonieblafantasmapoesía”

 

Es una palabra de él, del poema “El caballo de la calesita”, de su primer libro “Violín y otras cuestiones”. Yo lo descubrí a Juan en los años ’60, cuando publicó ese libro y me deslumbró. Le puse música inclusive. Les puse música a varios poetas. Ellos estaban chochos porque eso significa difusión. Luis Alberto Quesada, que murió hace poco -a los ochenta y ocho años y fue compañero de Marcos Ana, un argentino preso en la guerra civil catorce años, un tipo divino- una vez escribió una cancioncita a la que yo le puse música “Yo quiero salir y verte/ quiero salir de esta rueda/ salir en brazos, besarte/ aunque al ratito me muera”. Salió una cancioncita española, supongo que por mis raíces andaluzas. Quesada estaba chocho, Marcos Ana estaba chocho, Gelman estaba chocho cuando yo hice la música del “Llamamiento contra la preparación de una guerra atómica”. Sin embargo, yo una vez me dije: ¿Esto no es pintar esculturas? ¿La poesía no es una obra terminada? Me pareció como una irreverencia. Ahí decidí escribir, con mucho esfuerzo, mis propias letras. Supongo que Machado hubiera estado contentísimo de que Serrat haya musicalizado poemas de él, pero no corresponde.

 

Bueno, los poemas no necesitan música, tienen la suya propia. Cuando vos les agregás música, hacés otra cosa, lo homenajeás al poeta. Es como hacer una lectura. Es otra cosa.

 

Claro. Pero yo ya dejé ese camino.

 

LA CASA MEMORIA

En el sueño eterno, la eternidad es lo mismo que un instante. Quizá yo vuelva dentro de un instante.”

            Antonio Porchia

 

 

Dijiste “decidí escribir mis propias letras”. Antes hablamos del nombre propio de las calles, de las personas, también. Hay muchas referencias en tu libro, a nombrar contra la ausencia “Cuando Bérale (pronúnciese Bernie) (…) Celia (pronúnciese Jessica) (…) Sami (pronúnciese Gonzalo) (…) Esther (pronúnciese Romina) (…) Pésaj (pronúnciese pizza, pero como aspirada) (…) afikonim (pronúnciese portafolios) Y Bérale, Cecilia, Sami y Esther (ahora sí pronúnciense sus verdaderos nombres), como si los zeides y las bobes a los que ni siquiera conocieron estuvieran presentes, y sin saber una sola palabra de hebreo, comprendieron sin entender, retrocedieron decenas, cientos, miles de años en el tiempo y por un breve momento se reunieron con vieja y distante identidad.” Pensábamos en el territorio del lenguaje y la identidad y en el hecho de nombrarlos como una manera de darles voz.

 

Es una manera de darles eternidad, vigencia. Mi viejo era un tipo extraordinariamente culto. Era un self-made-man que no terminó la escuela primaria porque mi abuelo en Polonia, era canastero y escritor, y mi viejo tenía que trabajar. Hablaba nueve idiomas correctamente. Vino acá y, a los tres meses, era jefe de ingenieros de la RCA Víctor, con lo que él sabía de radiocomunicaciones, de física…. Papá se iba a la cama con un libro de matemáticas, de cálculo infinitesimal para leer. Yo me acuerdo que pensaba: ¿qué va a pasar con todo este conocimiento cuando él se muera? Tengo un cuento que él me contó que se llama:Léibchick der Meshíguener” “Luisito, el loco”.

 

 

 

 Y yo puse ahí que el día en que se pierda la memoria de este héroe, no quedará nada ya de él. Yo no lo conocí. Lo conoció mi viejo cuando era muy chico, en su shtetl, en Galitzia. Estos polacos, vinieron acá después de la guerra, donde habían sobrevivido tres años encerrados en un sótano, en el que una tía mía tuvo un bebé, mientras estaban los nazis revisando. Al bebé tuvieron que sofocarlo hasta matarlo para que no llorara. Había cuarenta judíos escondidos en esa casa de un buen católico que después, acá, tuvo un hijo al que le pusieron Jorge, por mí. Es mi única manera de evocarlos y recordarlos. Pasa con las calles. Cuando César Tiempo escribe sobre Junín y Lavalle -una esquina prostibularia que Hugo Wast denostaba- “Baila Lavalle y reza Junín”, es una manera de mantener aquella esquina que yo tuve la fortuna de recordar y conocer. Hoy es una esquina más, pero la única manera de mantenerla en el tiempo es nombrándola. Entonces, las palabras son la manera de mantener vivas las cosas.

 

CICATRICES

En la calleja solitaria y triste de este fosco arrabal, como un ladrón acecho agazapada la ocasión de saltar sobre mi presa.”

                            César Tiempo

 

 

Esa es una vertiente de tu escritura, darle voz a los ausentes. La otra es la presencia de los bucles del tiempo. Las cosas que te suceden y, mucho tiempo después, entendés su significado. Como cuando te cruzaste con el capitancito al que le hiciste la venia burlándolo y, mucho tiempo después, te diste cuenta que era Videla.

 

Friedensreich Hundertwasser - El pequeño camino
Friedensreich Hundertwasser – El pequeño camino

No sabés el susto que tenía yo. Tendría doce o trece años. Usaba pantalón corto, era muy petiso, gordo y lleno de granos. Volvía del colegio por Díaz Vélez, por la vereda impar -no sé por qué, no era esa mi vereda- y, entre Bustamante y Bulnes, venía este tipo, flaquito, con bigotitos y con una marcialidad que a mí me causó gracia. Lo miro, me mira. Y, cuando hace tres o cuatro pasos, yo hago la venia y el tipo se da vuelta. Me cagó a gritos “¡El uniforme de la patria se respeta, carajo!”. Me aterroricé como nunca después en mi vida. La cara me quedó grabada para siempre. Yo me decía: ¡qué tipo cobarde sos! Pero un día me di cuenta: tener miedo es lógico. Hacer las cosas a pesar del miedo es ser valiente. Pocas veces tuve miedo en serio. Y creo que esa fue la vez en que tuve lo que llaman miedo cerval.

 

¿Y la experiencia con Tato en la ruta?

 

Fue en el ’76, después del golpe. En el teatro del Globo hacíamos un espectáculo que se llamaba “Pobre Tato”. Y Tato quería ablandar los monólogos. Íbamos al interior: a Cipolletti, a Rosario y qué sé yo. Yo iba con la guitarrita y cantaba mientras Tato se cambiaba. En Rosario, tocaba primero el Mono Villegas. Luego íbamos nosotros y, al final, cerraba el Dúo Salgán-De Lío. Imaginate el nivel de esa época. Una y pico de la mañana. Terminamos, cobramos, volvemos. Tato tenía un Peugeot 403. Ruta 9, salíamos de Rosario, junio del ’76: boca de lobo. Vemos un retén del ejército, cuarenta tipos con ametralladoras. Tato baja la velocidad y nos pasa, justo y con prepotencia, un Torino. Era el gordo José María Muñoz, el relator de fútbol. Se nos pone adelante, lo que hizo era como para putearlo. Veo que el tipo baja la ventanilla, pasa despacito y sonríe. El soldado lo reconoce, sonríe también y Muñoz pasa. Tato, con cara de loco, baja la ventanilla y dice “¡Custodia!” y aprieta el acelerador. Le digo: “Tato, ¡nos podían haber fusilado!” “Ma, que se vayan a la puta que los parió. Me quiero ir a mi casa”, me contestó. Era un tipo muy valiente.

 

En el texto hay muchas referencias a las cicatrices que no se borran, como cuando contás que pisaste el ratoncito de lata y te dejó una cicatriz profunda.

 

Sí, en toda la planta del pie. Ahora se borró ya la cicatriz pero no su recuerdo. Fue mi primera herida. Yo tenía una cuna con barrotes y lógicamente quería rajar.

 

 

LA CASA, AL DETALLE

 

 “… si regresaba tarde a su casa era porque se quedaba dándole cuerda a la luna”

                                         César Tiempo, refiriéndose a Gardel                     

                                                          

 

Hay muchos textos tuyos que se detienen en los detalles: ”El mozo del Dora, cuando se le pedía la cuenta, la escribía con un cachito de lápiz que guardaba detrás de su oreja”

 

Como todo tipo grande, me lavo los dientes y, a los cinco minutos, no recuerdo si lo hice o no. Pero tengo una memoria absoluta de los recuerdos viejos. Lamentablemente, no sé dibujar. Pero si pudiera, te dibujaría ahora mismo la cara del mozo del Dora, por ejemplo. Tengo registro fotográfico de detalles así. Lomos de libros, como uno de leyes, polaco, encuadernado en piel humana en el año mil setecientos. Recuerdo la textura un poco rasposa, color marfil. Lo recuerdo táctilmente. Recuerdo olores, sabores, tengo esa memoria formidable.

 

¿Los cinco minutos que le pedís al público en el libro?: “Quédense cinco minutos sentados en sus asientos, / no se levanten, amigos, que les debo el último cuento, / son solo cinco minutos de atención que les pido, / no se vayan todavía, por favor, no hagan ruido…”

 

¡Ah, sí! Es una canción que no fue cantada nunca. Me la pidió Cipe Lincovsky hace como treinta años, en su casa de Viamonte y Larrea. Ella cocinaba maravillosamente. En esa época, Cipe cantaba en los boliches de Lino Patalano: “La gallina embarazada”, “El gallo cojo”, unos café concert muy famosos. Ella agarró una canción mía “Las cosas que pasan” y me pidió que se la hiciera periodística. Entonces, todas las semanas le escribía tres o cuatro estrofas sobre lo que estaba pasando. Recuerdo que Juan Pablo II viajaba mucho y yo le puse: “Pasa viajando el Santo Papa/ hace otro viaje y se cae del mapa.” La gente se cagaba de risa. Un día, estábamos en su casa y me pidió que le escribiera una canción para darle las gracias al público. Le dije: “Leí una frase de Picasso que me impresiona mucho: “La obra de arte no está terminada hasta que la ve el ojo del otro” Entonces escribí esa canción, que no era buena. Me dijo: “¡esto es una mierda!” Tenía razón. Así que le hice otra, pero me llevó un año. Se la llevé, la canté, pero es una canción que tiene un registro de dos octavas y a Cipe no le daba la voz. Nunca la cantó. Yo tampoco. Es decir, la canté en un DVD pero con el ladrido que tengo… Es como un himno muy celebratorio que va subiendo de a tono y medio, hasta que llega a una octava completa. Muy duro de cantar. Traté de dárselo a la Negra Sosa, pero no conseguí que la cantara.

 

 

LIMPIAR LA CASA

“Para que tu tristeza muda no oyese mis palabras,
te hablé bajito.”

                                                                                               Antonio Porchia      

 

 

Otros cinco minutos son los de tu mamá: “Después de mi visita de segundos, minutos, horas, mi mamá siempre decía lo mismo: Quedate cinco minutos más… Interminables cinco minutos más.”. Y ahí aparece otro tema que también vemos picoteado por aquí y por allá, que es el de la imagen de la decadencia.

 

Era una casa muy linda en la calle Olaguer, a la cual nos mudamos el 1° de enero del ’58. Yo fui a dormir solo esa noche. Esta mesa que ven en el living era de esa casa. Mi viejo se rajó, al año siguiente, con su secretaria. Pero mantenía la casa. Mi vieja se murió de un ataque del schuscheim2escargacorazón que le duró veinte años desde que anunció por primera vez que se estaba muriendo de un ataque. Entonces dejó que todo se fuera cayendo. Había personal de servicio, con lo que la casa estaba limpia, pero el yeso se desprendía del cielorraso. Arriba de la chimenea colgaba un cuadro de Pío Collivadino, negro de humo. Un abandono total. Yo sueño con mi papá todas las noches. Con mi mamá, nunca. Quise mucho a mi viejo, no así a mi mamá. Cuando ella murió y la enterramos en Tablada -contra su voluntad, porque ella quería ser cremada. Y, aunque soy blasfemamente anti religioso, acepté un cantor por la familia y demás ritual-. Cuando la estaban bajando al cajón, el flaco me pregunta por el nombre de la difunta. “Luba”, le dije. “Luba, la perdonamos por todo lo malo que usted hizo, así como le pedimos perdón por todo lo malo que le hicimos a usted.” Recién ahí me puse a llorar, porque estaba enterrando todos mis malos recuerdos. Tengo muchos, pero ya están borrados. Decidí quedarme con los buenos. Pero esa casa me resultaba insoportable. Durara lo que durara la visita, mi vieja decía “Quedate cinco minutos más”. Y yo lo único que quería era rajarme. Tengo un primer recuerdo muy terrible, tendría menos de dos años. Estábamos en la playa, Miramar o Piriápolis, no sé. Yo quería irme al mar y mi mamá no me dejaba y me tenía. Yo sentía el olor a su teta y no podía respirar porque me tenía así. Esa casa me asfixiaba como esa teta, no sé si el olor a la leche o a un perfume o a su piel, no sé. Lo de los cinco minutos y el jarrón es cierto. Era un día de agosto frío y muy lindo. Estábamos Lía y yo solos. Pablito era chico, se había quedado con amigos, creo. Yo no voy a cementerios ni a funerales. Como dice Woody Allen “No tengo ningún problema con la muerte, pero quisiera no estar ahí cuando eso ocurra”. Además, no creo en las flores, aunque mi mujer había comprado fresias afuera. Vimos un jarroncito. Aparte, ella se robó una lata de otra tumba y puso ahí las fresias. Le dije: “Bueno, vamos”. En eso vino una ráfaga de viento y se cayeron los dos jarroncitos. Se volcó toda el agua y, como había que ir hasta la canilla a llenarlos de nuevo, pasaron esos cinco minutos más. Y nos tuvimos que quedar frente a la tumba ese tiempo. Así fue.

 

El olvido tiene mala prensa.

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Schuscheim, Reservas de alegría

 

Como el cáncer. Yo tuve tres veces cáncer y me lo tomé con humor. El humor judío es una herramienta de supervivencia. Durante el primer cáncer me hicieron tres sesiones de quimioterapia. El pelo se me raleó un poco. Pero después me creció más tupido. Así que, a mis amigos pelados, les decía: “Chicos, quimioterapia”. Me lo tomé así, no hay otra manera. ¿Encima que tenés cáncer vas a sufrir?, ¿sufrir dos veces? No.

 

¿Hay cosas que merecerían ser olvidadas?

 

No. Me puedo olvidar cosas importantes como a qué hora me lavé los dientes hoy. Cosas nimias como el recuerdo de mi mamá, no.

***

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3 Comentarios

  1. Qué joyita! Ya estaba por cerrar la tablet. Tenía sueño. Pispeaba en Facebook, y me tope con una frase tuya. La seguí, la abrí , vi el cuento El anartista, y no pare de leer .Terminé todos los cuentos, reflexiones, comentarios, relatos, los puntos y las comas, me deleitó todo! Gracias! Ahora me voy a dormir con la imágenes de tus textos y otra que surgen de mis recuerdos , todas entrelazadas. Gratas, lindas. Otra vez gracias! Hasta pronto

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