El olvido: sobre lo que se pierde.

Por Ramiro Gallardo

Ilustraciones: Esteban Serrano

Hay una historieta que siempre tuve ganas de escribir. Arranca con un hombre parado en la cornisa de un edificio, en el último piso. En la calle, una pequeña multitud espera el momento en que se tire. En una segunda o tercera viñeta se lo ve en primer plano. Está tranquilo, diría que hasta feliz. Mira hacia adelante, pensativo. Observa su pasado.

Después de un rato salta, abre los brazos como un ángel y se deja caer. Tiene los ojos cerrados y sonríe. Disfruta del viento que choca contra su cara y del hormigueo que recorre su cuerpo, por el vértigo. Hace mucho calor y el aire fresco es un alivio. Otra vez una viñeta hace un zoom, podemos verlo de cerca, recordando. Los globitos, este recurso de la historieta con el que un personaje habla o piensa, nos muestran algunos momentos felices de su vida. Un cumpleaños en el colegio, el timbre debajo de la mesa del comedor en Arribeños, Victoria que se le declara en Villa Gesell, una madrugada al llegar a casa y el viejo escribiendo. Aparecen más y más recuerdos y más globitos, llenos de imágenes, repletos de cosas. Son su pasado, su memoria que va colmando el espacio de las viñetas. El último dibujo muestra cómo tanto globo lo salvó de reventarse contra el asfalto.

Le pido a Esteban que dibuje alguna de las viñetas.

IMAGEN 1

En la escena final de “Blade Runner”, Roy Batty se lamenta más por los recuerdos (que están) a punto de irse con él, que por su propia muerte. I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die[1]. Con Roy, se van cosas sublimes, que ustedes, gente, no podrían siquiera creer. Esas memorias irrepetibles van a desaparecer como lágrimas que se mezclan con el agua de la lluvia, tontas lágrimas, pobres, frágiles. ¿Nunca lloraste durante una tormenta por esa chica que no te dio bola? Las lágrimas usadas por Roy como metáfora son algo de todos los días, nada que hacer al lado de las naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. Pero yo quiero quedarme un rato con ellas, antes de que la lluvia se diluya en las lágrimas.

 

DONDE SE GUARDAN LOS RECUERDOS

A Roy Batty lo conoce todo el mundo, y hay demasiado escrito sobre ese monólogo maravilloso como para decir algo más. A Tomi lo conocemos unos pocos. Tomi es un amigo con quien viví hace algunos años. Una vez me dijo que los recuerdos están guardados en una repisa y, cada tanto, sin que sepamos bien cómo ni por qué, invaden nuestros sentidos. Tomi es uno de esos sabios que podés encontrar en un bar de mala muerte a las 4 de la mañana. Tuve la suerte de compartir con él muchos momentos en los que me revelaba unas chiquitas partes de su pericia y su secreto. Nocturno y versado, había mucho en él para aprender, aunque no entendía nada de cocina, opinión ésta con la que él no coincidía. ¡Al contrario!, las únicas palabras que regalaba en forma de enseñanza eran acerca de condimentos, cocción de hamburguesas gigantes o salsas boloñesas mezcladas con sopa de crema de choclo Knorr instantánea. Afirmaba que, tras cocinar un bife, jamás debe lavarse la plancha, así conserva la grasita, transmitiéndose cierto tinte gustativo día a día, semana tras semana y año tras año. Más bien tradicional a la hora del almuerzo, preferí priorizar sus comentarios nocturnos por sobre los culinarios.

Una noche de vino y de guitarra me habló de los estantes que guardan los recuerdos. Yo le contaba acerca de mi nostalgia con algunos pasajes felices de mi vida: los despierto contento, aunque sé que no podré revivirlos con aquella plenitud. Intento reconstruir paso a paso aquella noche: tu camisa azul y los jeans apretados, la charla en el balcón, el beso de tu amiga, las canciones de Creedence en el Falcon destartalado de Jero, el hielo en tu boca, agarrarte por la cintura y apretarte fuerte y después caminar un montón de cuadras hasta tu casa y que no me dejes subir, hasta mañana, te veo mañana. En el camino se pierden muchas y tantas otras músicas, risas y besos con los ojos tapados, aunque eso no me angustia. Me mata saber que mis recuerdos llegan transformados. Son una nueva intensidad, una lindísima estela, sí, radiante, pero sólo eso, apenas un vestigio si la comparo con aquel instante tuyo.

 

ESOS MOMENTOS INSIGNIFICANTES

A veces me detengo en una escena cotidiana, irrelevante, y casi como situándome por fuera del cuadro pienso que todo se va a perder. Entonces intento apuntar cada detalle con la certeza de que voy a fallar y, paradójicamente, sabiendo también que esta imposibilidad hace que cada recordar sea diferente: lo que queda es una imagen con poco de lo que intento retener. ¿Se trata de un fracaso? Úrsula me respondería que podré volver hacia el pasado siempre y cuando comprenda que ese punto en mi memoria es el lugar en el que nunca estuve[2].

Tomi es uno de esos eruditos de todos los días que anidan en kioscos, taxis y bares nocturnos. No los vemos, pero están ahí. Ocupados como estamos en cosas importantes, pasamos indiferentes a su lado. Sabios solitarios, pululan por la ciudad y pintan el mundo con su color. Cada uno encierra mil misterios, la historia de lo que pasa por las calles, por esa calle, banco de plaza, baldosa, reflejo en el borde pegajoso y húmedo de la vereda. Para descubrirlos, sólo tenemos que saltar de la realidad a esa otra realidad y encontrarlos ahí, en nuestras narices todo el tiempo, por todos lados. Nos acechan con indiferencia. En cuanto posemos la mirada sobre ellos nos van a atacar, pero no violentamente: asaltarán nuestros sentidos, nuestra percepción sobre lo que pasa en lo más inmediato, ahí, apenas, cruzar el umbral, salir a la vereda y abrir los ojos para dejar de ver y empezar a mirar.

Dar cuenta acá de su inquieta chispa me resulta imposible, apenas si me atrevo a transcribir alguna alegre nota acerca de sus peculiares recetas como aquella, la de la súper-hamburguesa-gigante tamaño plancha que precocinó, enharinó, carbonizó y despedazó y degustó con ánimo saliente. Pero eso ya es arena de otras páginas…

IMAGEN 2

Tomi por Esteban Serrano, 2002

 RECETA PARA COCINAR UNA SÚPER HAMBURGUESA GIGANTE.

Por Tomi.

INGREDIENTES

Carne picada freezada. Cebolla. Perejil. Condimentos a gusto.

PROCEDIMIENTO

  1. Sacás los cachos congelados del freezer, los tenés que sacar con el cuchillo, rompiendo como si fuera un cacho de hielo.
  2. El hielo se derrite más rápido con el agua que con cualquier otra cosa. Al principio metía la carne congelada en una olla con agua caliente, al fuego. Ahora simplemente agua caliente de la canilla. La sumerjo un poco y la dejo ahí, tres minutos. Cuando la ponía en el fuego directamente, se cocinaba.
  3. Se descongela perfecto, pero queda muy mojada, entonces la tenés que poner entre tus manos, apretarla fuerte y que vaya chorreando. De paso cae un poco de sangre.
  4. Antes le ponía mucha verdura, en una proporción exasperada. Ahora la cebollita va más picadita, si es que hay, y los condimentos también, son una cosa ya que ni la tengo que probar.
  5. Listo, le das la forma del tamaño de la plancha… El problema es levantarla una vez que la armaste, sacarla de donde la pusiste. De la mesada, de donde sea. Hay que improvisar.
  6. Y, a eso iba, eso es justo lo que viene. Cuando ya está cocinado un lado la das vuelta como una tortilla, la tirás para arriba.

Las tortillas… o lo hacés con un plato si no tenés el valor de animarte a dar la… ¿Nunca la diste vuelta vos que tanto hablás de la tortilla?

¿Quién te dijo que nunca en mi vida cociné una tortilla?

Pero, mil veces cociné una tortilla. Tortillas posta, de papa.

Vos sos fana de la tortilla, yo también. Me encanta hacer tortilla. Bueno, eso, un día me tuve que animar. Como la cuneta esa que no te animás a saltar con la bicicleta: también te tenés que animar.

  1. Y listo, pum, ¡schiu! Y además le das el ancho que querés. O sea, hay que calcular las cantidades de carne y todo de otra manera. Es otra concepción del asunto.

 

Ahora quedó asentado. ¿Tas seguro que era ese lado? Porque no quiero estar desgrabando un recital para hablar de una hamburguesa.  ¿Cómo que lo estamos desgrabando? ¿De quién era? Te iba a decir, sabés que no sé porqué sentía que era de Los Visitantes.

[1] He visto cosas que vosotros, gente, no creeríais: naves de ataque en llamas en el hombro de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

[2] Úrsula Le Guin en “Los desposeídos”, 1974.

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