Deseantes: Un cuento de Richard Zimler

Traducción: Lourdes Landeira, Marcela Molina

Pedro era de Buenos Aires.

Sin embargo, fue sólo después de su muerte que paré por un momento para reflexionar sobre lo que quería decir. Estaba en Argentina por primera vez, en un congreso de ornitología, y mientras descendía la Avenida de Santa Fe me ocurrió: entonces eso es lo que vio y oyó mientras crecía. ¿Se acordó muchas veces de este lugar después de hacer el amor conmigo?

Me acompañaba una imagen de taxis negros a aproximarse, y de amplias, interminables avenidas, una sensación de deambular entre brisas perfumadas en dirección a obeliscos y monumentos militares. Pero lo importante no era el verdadero espíritu de Buenos Aires. Lo que importaba es que la ciudad era real, que estaba siempre presente estuviera yo consciente de ello o no, y que Pedro había venido de allí.

Estaba en camino a su morada de infancia (demolida para dar lugar a un monstruo de cemento utilitario) cuando todo esto se condensó dentro de mí como si saliera de la nube de un sueño olvidado. Me paré, como si se enfrenta a un enigma. Y cuando volví a mirar a mi alrededor, me ví delante de una tienda de antigüedades llena de gente. Entré para reflexionar, hice una señal al dueño y me dirigí al fondo de la tienda para alejarme de la luz. Fue allí, después de haber pasado por una estantería de libros y por varios bastoneros, que descubrí el espejo

Estaba encima de una polvorienta cómoda portuguesa del siglo XVII, en el estilo lleno de torneados que se hizo popular después del primer viaje de Vasco da Gama a la India, y me llamó la atención porque tenía la forma de una lira. Soy profesora de ornitología de profesión – con una especialización en aves fringílidas (de América del Norte (Passiformes Fringillidae) )-, pero toco laúd por placer. Y los instrumentos antiguos me fascinan. Por eso me acerqué a esta lira – espejo y pasé la mano por su marco. Y cuando vi su reflejo, descubrí un arca china de madera de alcanfor. Tenía, tallada en el frente, una serpiente con una linterna colgando de su boca. El arca estaba, precisamente, frente al espejo, sobre un extraño escritorio inglés con tiradores en lapislázuli. Esa aliteración mágica de lapislázuli, linterna, lira y laúd  me llevó a obedecer a mi instinto y hacer una oferta por el espejo. Fui capaz de regatear con el anticuario, un viejo uruguayo de Paysandú que olía a pistacho y brandy, y conseguí un precio razonable.

Esa noche, al volver a mi pequeño cuarto del Hotel Estrella, vi por primera vez en los poderes particulares de aquel espejo. Después de una ducha, me peiné para intentar  un aire decente. Desempaqué el espejo y descubrí que el arca en madera de alcanfor y el interior de la tienda de antigüedades -y no yo- componían la totalidad de su reflejo. Desde todos los ángulos, para donde me moviese, mirase o me parase en la monstruosa silla de cuarto de hotel, la superficie plateada del espejo me mostraba los diferentes recovecos de la tienda uruguaya.

Luego de un gran susto, en que casi llamé a la recepcionista, me quedé un tiempo mirando el reflejo y llegué a distintas conclusiones; la primera (y más obvia), de que no era un espejo normal; la segunda (y naturalmente más perturbadora), de que podía estar por volverme loca.

Esa noche soñé con el espejo. Imaginé que reflejaba la imagen de un mosquitero, esos pájaros de pico grueso y pecho rosa – sobre el que hice mi disertación en la Universidad de Cornell y que dio nombre a mi hija Rosalía – y lo vi revolotear entre nubes verdes que se evaporaban desde robles gigantes. Ese pájaro era un mensajero, había sido enviado por Pedro para venir a buscar a Rosalía y llevarla al cielo.

A la mañana estaba expectante de ver el reflejo del pájaro cerca de mi rostro, pero volví a encontrar la tienda de antigüedades. Por eso, no fui a la conferencia sobre la evolución del canto en pájaros paseriformes  y regresé a la tienda del uruguayo. Le hablé de las dos conclusiones  a las que había llegado.
“Puede estar segura de que no está loca, Señora”, dijo con una sonrisa de solidaridad. “Hay un desfase de tiempo. El espejo parece conservar las imágenes. Se infiltran y tardan mucho tiempo hasta que aparezcan. Le llamo ‘espejo atrasado.’ ”

¿Cuánto tiempo tarda el espejo en devolver las imágenes?, le pregunté.

El anticuario se encogió de hombros. “Me hice cargo de este establecimiento hace cuatro años, era de otro uruguayo, un hombre de Punta del Este, y el espejo todavía no reflejó nada que no sea el arca china”, dijo. “Por supuesto que también reflejó imágenes de algunas personas que lo levantaron y de personas que por casualidad pasaban para ver otras antigüedades”. Se reía mientras  se revolvía el bigote. “Pero este egoísta todavía no reflejó mi imagen. Por eso, debe estar atrasado, por lo menos, cuatro años”.

“¿Sabe de dónde lo trajeron?”

“De Brasil, creo. De fabricación portuguesa, quizás. Aunque podría ser japonés. Pudo haber sido traído por inmigrantes. Un agrónomo coreano me dijo que la moldura de la lira es de madera de arce japonés.”

El anticuario me ofreció generosamente comprar nuevamente el espejo, en caso de que yo estuviera desilusionada por sus reflejos atrasados. Pero le confirmé que lo quería igual, le agradecí la ayuda y volví al hotel.

El espejo, todavía colocado arriba del escritorio al pie de mi cama, insistía en reflejar, claro está, el arca china y la tienda de antigüedades. Al correrme más hacia la derecha, podía ver al primer anticuario uruguayo de Punta del Este, un hombre bajo, delgado, con unos anteojos pegados con cinta adhesiva. Estaba sentado atrás de una mesa en cuyo centro había un candelabro barroco con  brazos sinuosos de una diosa Hindú.  Una luz intensa, que parecía filtrada por nubes ondulantes, brillaba a través de una ventana de la que pendía un crucifijo bizantino dorado. Miré, hipnotizada, y al cabo de algún tiempo, una mujer alta, vestida de negro entró en la tienda, dio una vuelta y volvió a salir sin comprar nada. El anticuario  comía su almuerzo de una bolsa blanca, como si el contenido debiera ser guardado en secreto. Leía un libro grande, encuadernado en cuero. Un tiempo después, las sombras bien definidas de un mueble imperceptible se arrastraban por el piso como buscando la noche. Entró un hombre con un  abrigo de cuero marrón, admiró un vaso persa azul-celeste esmaltado y lo envolvió en unos pañuelos blancos que sacó de su bolso, antes de dárselo al uruguayo para empaquetar. Justo cuando estaba por cerrar la tienda, dos mujeres grandes colmadas de paquetes entraron a pedir informaciones.

Fue entonces, cuando, sola con las antigüedades, me estremecí con una repentina alegría. Era como si, al mirar a la tienda, hubiese dejado mi cuerpo atrás por un tiempo. Y ahora, volvía para descubrir la maravilla de los dedos, las manos, los labios de una mujer que podía tocar el mundo, sentir su lugar en el centro de la vida, respirar, besar, hablar. Agarré el teléfono para compartir el descubrimiento con Rosalía. Pero al oír su voz trémula, me pareció mejor preguntar por su salud.

“¿Dónde estás, finalmente?, preguntó ella.

“En Buenos Aires”

“Todavía estás ahí… entonces, ¿por qué estás llamando?

“Para saber cómo estás. Perdón si te desperté”.

Rosalía permaneció callada. Imaginé sus lágrimas como consecuencia de un mundo sepia descolorido, una niña solitaria enfrentando un bosque encantado salido de un cuento de Grimm.

Sin responder, ella colgó el teléfono. Nos quedamos sin comunicación. Me senté con la cabeza en las manos. Lamentándolo mucho. Viendo la tienda de antigüedades sumergida en la noche. El espejo era, entonces, perfectamente normal – un artefacto imposible, en verdad, y por cierto, un regalo, apenas uno entre muchos objetos imposibles que me rodeaban. Imaginaba que había sido sacado de la galera de un mago de la misma tierra invisible que diera origen a la leucemia de Rosalía y a mi propia desesperación.

El tiempo se arrastró lentamente para mí esa noche. Dormí sobresaltada, con escalofríos, sueños interminables ribeteados de agua. A la mañana, desperté agarrada de la Estrella plateada de David que Pedro había colgado de mi cuello cuando nos pusimos de novios y sentí muchas ganas de salir de allí. Me vestí con furia, corrí hacia afuera, justo a tiempo para llegar a una conferencia sobre incubación de enfermedades de trasmisión sexual masculina.

Dos días más tarde, después del cóctel de cierre del congreso, empaqué el espejo, tomé el vuelo de la noche y regresé a San Francisco.

Allí, en el interior de nuestra casa, en la Avenida 12 de Richmond District, puse el espejo atrasado arriba de mi cómoda de palisandro. Se lo mostré a Rosalía cuando despertó de la siesta. “De la ciudad de tu padre”, le dije. Me devolvió la sonrisa de modo ausente y después de mi explicación, miró por momentos la imagen reflejada y dijo, ”Es demasiado lento”..Me agarro del brazo, se negó a clarificar su comentario y volvió a la cama.

Solo más tarde comprendí lo que quería decir. No tengo tiempo para esperar a que el espejo devuelva mi imagen.

A pesar de estar ensombrecida por esa idea que me atravesó (o, tal vez, por eso mismo), comencé a  seguir con avidez la vida de la tienda de antigüedades, de manera compulsiva, debo decir. Me torné una especialista de los hábitos del uruguayo de Punta del Este y de los gustos lascivos del empleado de los sábados, un hombre muy flaco con predilección por las rubias obsesionadas en vestir de lycra. Pasé también a apreciar la idiosincrasia de algunos visitantes regulares, sobre todo la de una mujer nativa, pequeña y llena de energía, que vivía en La Boca y que iba una vez por día a olfatear el arca de madera de alcanfor por sus sinusitis (pude leerlo en sus labios una vez que se lamentaba de sus penurias con el uruguayo).

Muchas veces, al levantarme y al acostarme, seguí el cuento del espejo, y por algún tiempo eso sustituyó mis lecturas, mis salidas al cine, o el laúd. Mientras tanto, como es de imaginar, después de un año de tiendas y clientes – y del arca china, en particular- me cansé definitivamente de la vida del anticuario de Buenos Aires y puse el espejo en el piso del armario de las sábanas, donde podía espiarlo de vez en cuando, sin sentirme atravesado por su historia interminable.

Rosalía adelgazaba día a día. Y cada vez, sufría más. La quimioterapia ayudaba poco o nada. Con frecuencia, me hablaba con la voz de un ser frágil y alado que yo imaginaba prisionero de su cuerpo débil. En esos momentos, me daba cuenta de que no faltaba mucho para que su ser revolotease, desapareciendo de nuestras vidas como un hada de luz. Aun así, me asustó admitirlo, esperaba sinceramente que todo aquello sucediese con rapidez. Poco después de haber guardado el espejo, Rosalía me preguntó con voz trémula si colgaría el espejo en la pared opuesta su cama. “Algo de  lo imposible vi en él”, dijo. Se negó a decir más,  a cambio de explicación, me mostró un libro de su infancia que había mantenido escondido.

Era italiano, ilustrado con pájaros por Bruno Munari; los rojos, azules y amarillos parecían haber salido de plumas verdaderas.  Era el único libro que Pedro había traído de Argentina cuando su familia huyó perseguida por una dictadura anti-intelectual y anti-semita. Todos los demás habían quedado atrás, quizás reducidos a cenizas.

Cuando Rosalía era niña, Pedro solía sentarse con ella durante horas mostrándole las bonitas imágenes. “¿Qué viste?”, volví a preguntarle.

Rosalía se llevó los dedos a los labios, en señal de silencio, sonrió para conformarme y me apretó la mano.

Dos días después, ella murió.

La encontré sosteniendo el espejo en forma de lira junto al pecho, de cara abajo, como si tratase de fundir el reflejo plateado con su cuerpo. Abajo, estaba su libro de la infancia. Nunca comprendí cómo se  las arregló para tener la fuerza de sacar el espejo de la pared.

El pasado, después de eso, se aleja de mí, como si mi historia personal hubiese sido echada al mar por unos años. Sé que debo haber trabajado y comido y hablado con gente –debo haber hecho todas las cosas que se hacen para sobrevivir. Sin embargo, mis pensamientos de esa época están limitados por el océano negro impenetrable de una epopeya. Cuando finalmente, mi historia emerge de ese paisaje negro, es con el rostro de Rosalía en la proa; hace una semana, casi cuatro años después de su muerte, la vi reflejada en el espejo atrasado.

Miré lo que la rodeaba y pude ver que estaba de pie, delante de mi armario de sábanas. Miraba perpleja aquello que solo puedo referir como el rostro de una mujer adorando a una niña. Después de un tiempo, se alejó y besó la superficie del espejo.

Observé todo eso en su cuarto. Desde adentro de aquel abrazo etéreo que parecía hecho de lágrimas. Desde adentro de las cobijas. Porque yo había vuelto a colgar el espejo en la pared después de su muerte y comencé a dormir en su cama.

Al día siguiente, pude ver mi propio reflejo cuando llevaba el espejo para su cuarto y lo colgaba en la pared, exactamente como hice cuatro años antes.

Después de eso, reviví las últimas horas de vida de Rosalía sin parar ni para dormir. Creo que, además de cualquier otra cosa, fue paz lo que vi en su rostro. ¿Estaría la tienda de antigüedades para ayudarla? No tenía la mínima idea, hasta que la vi levantarse de la cama con aquel libro de su infancia que guardaba en la mesa de luz, y deslizarse por el piso con la facilidad de un espectro. Separó a la derecha del espejo y se quedó allí, mirando por algún tiempo; después, se subió a la cómoda y lo sacó. Lo llevó para el cuarto y se agarró a él, como quien abraza a un niño enfermo.

Momentos más tarde, solo quedaba la  penumbra de su pecho, que dejó de jadear. La noche en que fui testigo de todo esto en el espejo, viajé a Buenos Aires. Cuando llegué, tomé un taxi hasta la tienda de antigüedades. El viejo comerciante uruguayo de Paysandú todavía estaba ahí. – “El espejo atrasado, ¿no?”- preguntó apenas entré.

-“Sí, ¿puedo dar un vistazo?”

-¡Adelante, por favor!

La cómoda portuguesa colmada de bronces estaba todavía en el fondo de la tienda. Había ahí, ahora, otro espejo –un espejo normal- que reflejó mi mano cuando la levanté para probar. Me detuve en el lugar en que estuvo Rosalía, y miré con atención. Desde aquel ángulo podía ver un estante. Me pareció evidente que lo que ella había visto, lo vio desde allí. Pasé por los libros lo más rápido que pude hasta que el nombre de Munari me hizo parar. Era otro de sus libros para niños. En la tapa, un gorrión escarlata posado en un girasol. Lo apreté contra mi pecho y cerré los ojos. Una mezcla de espanto y miedo me produjo vértigo. El fuerte latido de mi corazón me hacía balancear de un lado a otro. Mis pies parecían haber echado raíces justo en el centro del mundo. Me agarré de la cómoda portuguesa por si me desmayaba.

Cuando junté coraje para agarrar el libro abierto, encontré una dedicatoria en latín para Pedro, era de su madre y estaba fechada: Purim, 14 de Adar, 5707 (1947). Leí el mensaje en un susurro. “Para mi pequeño pájaro, con amor. Lo imposible es la prueba”

La extraña sensación de que esas palabras habían sido escritas para mí parecía que iba a cortarme la respiración. Allá, bien al fondo de la armadura del cuerpo, sentí como si hubiese accedido al entendimiento del mundo basado en la fe. ¿Habría encontrado Rosalía esta fe y serenidad antes de morir? Sin duda, Pedro le habrá trasmitido las palabras de su madre años antes. ¿Le habrá asegurado que lo iba a encontrar junto a Dios?

Cuando los movimientos de otro cliente me hicieron regresar a la  tienda, pagué el libro. El comerciante dijo: “Vea cómo es de misteriosa la vida. Tuvimos es bella pieza bien a la vista durante años y nadie la compró. Ahora, que está medio escondida, usted entra aquí y la encuentra. Vaya a saber”
“Quizás esto explique algo, dije yo y le mostré la dedicatoria de libro. Frente a sus ojos abiertos de espanto y confusión, dijo él: “Es latín. Un dialecto escrito en letras hebraicas por los judíos españoles que data de antes de la Inquisición. “Le leí el mensaje de la madre de Pedro.

¿Qué cree que quiere decir?, preguntó.

Desplegué mi brazo para apuntar a la tienda, hacia la calle, hacia las antigüedades. Le señalé a él, y después a mí misma. “¿La inverosimilitud del propio mundo… o de algo absolutamente imposible que haya sucedido jamás lo hicieron sentir que hay algo más allá de lo que se ve?

“Ah, comprendo”, dijo él. Encogió los hombres  y detuvo las manos en un gesto de escepticismo pasivo. Apenas comenzó a hablar, llevé el dedo índice a los labios y le ofrecí la sonrisa suave de silencio de Rosalía.

Después de mi regreso a San Francisco, tomé el espejo y lo vendí a un comerciante de antigüedades chileno, de ojos azules brillantes, de Mission District. Y volé para Cornell. Deambulé por el bosque varios días, con los libros infantiles en las manos, sin saber qué buscaba, hasta que una flecha rosada resplandeció en mi frente. Era un pico-grueso-de-pecho-rosa, y se posó en una rama de roble rugoso arriba mío, mirando fijamente al piso. Cuando miré para abajo, descubrí un charco sobre una cama de musgo. Reflejaba la cara llorosa de una mujer de edad, una súbita visión alada de rosa atravesando las nubes verdes en dirección a un cielo soleado. Y pensé: También los sueños son imposibles. Y aún más: lo sepa o no, este bosque, este lugar, está siempre aquí.

 LEÉ LA ENTREVISTA AL ESCRITOR EN: LÁGRIMAS DE MAYO

 

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