Reflexiones acerca de la miseria: sobre Homero Manzi y Homero Expósito

Por Héctor Lontrato

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LOS POROS DE LA MADERA

La botella de ginebra apenas puede sostener la vertical sobre copas siempre llenas. Asomada en el codo de un bar, una mesa se ampara en luz de penumbra. Voces desesperan, carcajadas del incordio, la exultante desfachatez de la inconsciencia. El silencio brota justo ahí, se enamora de ese espacio, trepa, protege. Sólo dos hombres, uno frente al otro entre volutas de humo, por momentos, densas, a veces pixeladas en débiles nubes sobre un cielo despejado. Se miran por largos minutos, hablan, entran en pausa. Parecen secos, sin ganas de nada, cuentan los poros de la madera de la mesa, descubren las manchas de humedad en el techo. Cualquiera que los viera supondría que llevan ahí una semana. En ese lugar, se percibe otra dimensión, un tiempo sin barreras que ayuda a expurgar las traiciones, las mezquindades, el egoísmo. Y estos hombres, como almas dolientes, exponen sus espectrales angustias.

dibujo de raul ibarra sobre Manzi

OCHO X DIEZ

Una ginebra. Y otra. Y otra. Y otra más. Gritan menos ahora los indolentes parroquianos, sus cuerdas vocales están cascadas. Sus gargantas, rojas. Y nuestros hombres siguen ahí, como si estuvieran sentados mirando el Paraná desde la punta de una barranca. Si sus espaldas no hubieran estado tan dobladas, la luz detrás de ellos no les hubiese iluminado las caras. Hay allí más que silencios, respiran metáforas que se inhalan en ocho respiraciones y se exhalan en diez. Miran puntos en la inmensidad mientras atraviesan romances, guerras, asesinatos.
Nuestros homeros, Manzi y Expósito, siguen callados. Sus manos recorren la frente sobre un eje axial, van y vienen. Frotan sus cabezas e intentan salir de esa situación de miseria, miseria poética. Toman conciencia de que han vivido replegados sobre sus ombligos, meta reparar dolores autoinfligidos, dale teatralizar deslices para lograr un tono épico.

 

LAS UNAS Y LAS OTRAS

La ginebra se hace blanda, “más blanda que el agua” y el “Naranjo en flor”. Penélope desteje las heridas de los donjuanes que van de aventura en aventura. Hombres dominados por la histeria, quienes no se conforman con nada, no se comprometen con nadie. Y, mientras ellos toman el néctar, en Ítaca, esa mujer sigue enamorada de un fantasma que la pone a prueba.
Manzi vuelve a su pueblo natal, Añatuya, la Ítaca de Santiago del Estero. Allí se deja poseer por el Don Juan reivindicado amargamente por Joaquín Sabina. Ese que le dice a su compañera: “De sobra sabes que eres la primera”. Pero, a sabiendas que no debería hacerlo, repone: “y sin embargo/cuando pido la llave de un hotel/ y a media noche encargo/un buen champán francés/Y cenar con velitas para dos/siempre es con otra mi amor, nunca contigo”.
El bar parece vacío. Los Homeros piden otra botella. Manzi está encendido, comienza a gesticular y se pregunta: “qué le habrán hecho (sus) manos para dejarle en el pecho tanto dolor”. Expósito graba en su mente: “calle de estío, pedazo de vida, se marchó (…)”. A Manzi se le cae una lágrima, una sola, y apura otra ginebra y habla “Desde el alma”: “Fue lo que empezó una vez/lo que después dejó de ser/Lo que al final/por culpa de un error/fue noche amarga del corazón”.
Ulises rechaza el olvido, exige la castidad de Penélope. Veinte años en la búsqueda del recuerdo entre cantos de sirena y cíclopes, mientras ella tejía y destejía. En esa espera, Penélope podría haber escuchado “Fuimos”, de Manzi: “Gota de vinagre derramada/fatalmente derramada, sobre todas las heridas/Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve/rosa marchitada por la nube que no llueve/ Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza/ que no puede vislumbrar su tarde mansa/ Fuimos el viajero que no implora, que no reza/que no llora, que se echó a morir”.

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JURAMENTOS Y TRAICIONES

Pero el Don Juan se presenta como un victimario/víctima, no puede con esa compulsión a la conquista. Dice respetarlas y, a cada una de ellas, les jura “sos la única”, aunque también hay otras, porque esa es su naturaleza. Y justifica su falta de compromiso, como el Homero de Añatuya: “Vete/ ¿No comprendes que te estoy salvando?/ ¿No comprendes que te estoy amando?/ ¡No me sigas, ni me llames, ni me beses/ ni me llores, ni me quieras más!”.

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TORRENTE

Los homeros están solos con el dueño del bar. Los mozos levantan algunas sillas y las ponen sobre las mesas. Se van apagando las luces y Manzi le toma las manos a Expósito. Busca consuelo por ese “dolor de vieja arboleda” que vuelve una y otra vez. Dolor que es también goce, el disfrute de la ruptura, del adiós, de la permanente partida, de la gambeta al compromiso.
Después, qué importa del después”. Lo que interesa es el hoy, el súbito derrame de pasión. Un Don Juan histérico, que no se conforma con nada. Amor y odio se entrelazan. Solo Malena pudo con él, mientras cantaba el tango como ninguna y mantenía firme la decisión de ser actriz protagónica y no de reparto en la vida de Manzi. Para él, su canción “tiene el frío del último encuentro” y “se hace amarga en la sal del recuerdo”. Nuestro Homero rogó, imploró y prometió todo lo que no podía cumplir. Ella lo sabía y cantaba el tango como ninguna, no porque el dolor le diera una “pena de bandoneón”, sino más bien bronca, rabia por ese romance que “sólo nombra cuando se pone triste por el alcohol”. Malena no fue Penélope. No le importó lo que dijeran, ni las “vanas promesas de un amor”, se plantó desafiante ante el hombre que le imponía condiciones, puso las suyas y el Don Juan huyó.
La historia remata con una Malena fuerte, tanto que se permitió ser ella misma Don Juan, tomar lo mejor de cada flor sin conservar ninguna, bancarse las inquisidoras miradas y disfrutar del sabor de la conquista efímera. En ese disfrute del dolor demostró que son muchos los riesgos de “perder el corazón en el torrente”.

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LÁGRIMAS

Nuestros homeros actuaban como si fueran del pueblo, se sumergían en las calles de tierra con el barro hasta la rodilla. Interpretaban, vivían y sentían lo popular. Fueron la esencia de la cultura que transpira, gota a gota, de axilas quemadas el yugo. Gritaban sus verdades y también mentían, como en el más básico de los folletines. ¿Quién podría reprocharles no haber sido auténticos? Si fueron pelota de trapo y balero de lata de conserva. ¡Si hasta hacían los arcos de fútbol con las remeras! Tan auténticos fueron que, cuando se equivocaban, se parecían a uno de nosotros. Y por eso les caíamos con un vendaval de valores esclerosados, arrebatos de luna, soles enardecidos, la seca lluvia que apenas moja las manos y nos pone tan mal como si lloráramos por dentro. Lágrimas que nuestros poetas hubieran derramado si estuvieran aquí y ahora ante nuestras miserias.

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