PRELUDIO, SIEMPRE AL SOL

PRELUDIO, SIEMPRE AL SOL

Llegamos a Canal 9 mientras Víctor Hugo Morales garbaba su programa, “Bajada de línea”. Apenas terminó,  los focos artificiales que lo iluminaban se apagaron. Entonces, alguien de su producción nos indicó que esperásemos en el comedor. No llegamos a entrar, estaba lleno de gente; la conversación allí hubiera sido imposible. Teníamos nuestros – sus libros – y hojas y hojas de citas y preguntas. Anhelantes y algo desconcertador por el escenario, nos miramos en silencio. Entonces, él se acercó, toda presencia y voz y se pronunció: Vengan, hagámoslo acá, al solcito. El solcito era un espacio entre dos autos en el estacionamiento del canal. Perceptivo, de inmediato registró la situación: pueden venir a las dos a mi casa.  Antes, tengo que pasar por la biblioteca Nacional, pero ustedes no se preocupen, a las dos menos cuarto llego y los espero.

Como Víctor Hugo esperaba una llamada, persistimos bajo el sol del mediodía, en la calidez de una conversación que había empezado mucho antes, durante la lectura de sus libros, y se prolonga aún  durante esta edición y se extenderá un poco más, en  todas las lecturas posibles que pfrezca su publicación en “El anartista”.

Es difícil coordinar, porque estoy todo el tiempo haciendo alguna cosa. Mirá, tengo un programa hasta la una de la tarde, estoy ocupado, luego, de las dos de la tarde hasta las cuatro.  De las siete de la tarde hasta las nueve. Y a las diez de la noche.

¿Dónde metes todo eso? ¿De dónde sacas el tiempo, incluso, para ir a tantos espectáculos? 

Bueno, mirá, anoche fui al teatro. Hice el programa a las diez de la noche, terminó diez y media y de ahí me fui a ver una obra: “Viejo, solo y puto”. Lamentablemente, como los espectáculos no respetan los horarios, no pude hacer lo que tenía previsto para las 12: ir a ver a una cantante argentina que vive en Europa, Martina Arroyo, un fenómeno. Pero como la función de las once comenzó tarde, me robaron media hora de mi tiempo y no pude hacerlo.

Te cuento: nosotros leímos toda tu obra, recopilamos citas, buscamos todas tus recurrencias.

Capaz que me sirve a mí, entonces, ese trabajo. Tengo pensado un libro que se llama “Textualidades” , tomar todo lo textual dicho, como una especie de historia o algo por el estilo.

Bueno, tenemos unas cuarenta páginas de citas que recopilamos entre todos.

No, no puedo exponerme a este destrato hacia ustedes, yo creía que venía la hermana de Stoppelman a conversar un rato.  Cuando vi tantas personas que entraban, dije… uh.  Además no me siento destinatario de todo esto, yo pensaba que no era más que una charla. Y no es falsa modestia.

El teléfono no sonaba, las palabras insistían en pronunciarse, los cuerpos apoyados en autos ajenos, y sí, siempre bajo el sol..

Encontramos muchas cosas, ¿vos te diste cuenta que en tus textos se repiten infinitamente la palara horizonte?

Yo siempre digo lo mismo

No, no, las recurrencias no son conceptos, es la poética. Horizonte, noches y soles: en todos tus libros

Me va a interesar a mí; es una mirada que yo no podría hacer.

Leímos todos los libros, hasta Victor Hugo, por Víctor Hugo Morales, que no lo conseguíamos

Ese libro tiene una historia de vergüenza.  Ese libro no lo mencioné en mi vida. Es una vergüenza de las editoriales, que son para mí, aún más corruptas que Clarín. Es  una entrevista que me hizo Eliseo Álvarez, un tipo con quien yo hacía un programa de televisión. Después me di cuenta que es un gran negociante. Un día me dijo:” Víctor Hugo, ¿por qué no hacemos un libro de charlas y demás? A ver qué sale, vos tenés criterios.” Empezamos las charlas y,  a la segunda, le dije,” mirá, no lo hagamos.” Yo también me sobreestimé. Hablar de Reagan en una charla en un café es una cosa, pero para un libro, no. Yo no tengo vuelo ni profundidad para eso. Él me dijo, no, ya contaste algunas cosas interesantes, sigamos y vemos, cualquier cosa lo deshacemos. Por un aspecto mío- increíble para los demás, que es mi falta de personalidad- seguimos charlando, para responder a su expectativa. Una noche, en una cena con el dueño de la editorial Sudamericana, un muy buen tipo. Y les ofrezco escribir un libro. “Yo se los hago gratis, por el adelanto que ustedes me dieron”. Como son hábiles, me habían dado un adelanto. Con eso, yo ya me sentía responsable, aunque estábamos hablando de un dinero irrelevante aun en ese momento. Me dijeron, “ mirá, nosotros te vamos a presentar a vos el libro y, cuando lo veas, tomás la decisión. Me lo mandan, nos fuimos  de viaje con mi mujer y le pedí  que lo leyera  ella. Me dijo: vos sabés que está muy bien.  Eran preguntas y respuestas, un libro de charlas.

Cuando vuelvo les digo que sigo pensando que un libro mío, tiene que ser un libro escrito por mí. La palabra libro me invita a escribir. “Yo estoy arrepentido de esto, de haberle dado curso, pero bueno: háganlo”. Un día me trajeron el libro. Yo lo abro  y  empiezo a buscar dónde estaban las preguntas, no estaban. Ellos venían con una cámara de televisión. Les dije: nunca en mi vida voy a hablar de este libro, salvo mal.

Transformaron las preguntas en subtítulos, lo dice al principio

Ah, ¿lo dice? No lo sabía. Lo único que hice en mi vida con este libro fue abrirlo, hojear tres o cuatro páginas y darme cuenta de lo que habían hecho. Es una traición; una cosa es que vos leas una charla, en la que hay una pregunta y  un móvil y  otra cosa es que te hilvanen respuestas.

 

El solcito de la tarde no aflojaba. Y las palabras despabilaban la modorra de mediodía.

Un escritor que tienen que leer es Marcial Gala, un cubano. “La catedral de los negros”. Me pareció estar leyendo la manera de Rulfo. Las herramientas son otras. Pero tiene que ver con eso, negros, religión, muertos.

Recomendar y aceptar recomendaciones de libros es una de las cosas que a Víctor Hugo le ilumina la mirada. En eso estábamos, cuando él decidió no esperar su llamada, tomó el teléfono, acomodó su tiempo y nos fuimos del estacionamiento de Canal 9. Al sol de la tarde los dejamos allí, pero él quiso seguirnos hacia el reencuentro,  una par de horas después. Entonces,  en la casa de Víctor Hugo, continuamos la charla sobre horizontes, astros y noches.

Vamos.

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