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La orfandad: Sobre el cementerio de Alpa Corral (“Corral de piedra”, en quechua).

Por Ana Blayer

                “Amo tenderme junto a los muertos para medirme a mí mismo”

              “Memorias de Adriano”, Marguerite Yourcenar

 

TANTEAR AL SOL

Un jueves, el sol de mayo comenzaba a caer cuando mi padre murió: “la vida incluye la muerte”, dije para mis adentros, como el día a la noche.

 

Fin de semana largo, ¿dónde ir esos días de semana santa? Las sierras cordobesas fueron el destino final del viaje. Alpa Corral, un pueblito pequeño frente al inmenso paredón de los Comechingones, los antiguos que dieron vida y muerte a esa región. Allí se dirigieron.

Tras el largo viaje, la noche estrellada y diáfana, salieron a buscar un lugar donde cenar. Un par de horas más tarde, el cansancio los había vencido, cerraron sus ojos hasta la mañana siguiente, cuando el sol los invitaba ir al río, caminar por el pueblo, mirar la arquitectura, los rostros de los pobladores, por cierto, escasos.

 

GENEALOGÍAS DEL SOL

Ese viernes santo cercana la hora del crepúsculo, salieron por la calle de eucaliptos. A apenas a unos pasos de su hospedaje -una pequeña y bonita cabaña-, divisaron un arco de hormigón blanco y una reja baja. Una de las puertas estaba sin candado la abrieron. Sin volver a cerrarla, el silencio de ese lugar los acompañó a recorrer el cementerio del pueblo. Algunas bóvedas con diseño clásico moderno lucían placas en bronce, fotografías de frente y otras de tres cuartos perfil. Bisabuelos, abuelos, padres e hijos, hijos, padres, abuelos y bisabuelos se repetían en apellidos, genealogías que estimulaban las ligaduras: este es hermano de y aquella estuvo casada con. Allí estaban toditos los Sosa, los Villegas, los Rodríguez…

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LA LUZ DE LOS ANTIGUOS

Caminaron esas callecitas de tierra y baldosas entre bóvedas y nichos. La sorpresa fue hacia el final donde, la bordear el bajo tapial, fueron sorprendidos por “los antiguos”. Algunos montículos de tierra revuelta acompañados por cruces de hierro bien aferradas al suelo.20180331_172155 Otras cruces incrustadas en la tierra, semejantes a rosas de los vientos. Eran ellos, los antiguos, quienes custodiaban ese camposanto.

 

ÁNGEL EN MOVIMIENTO

No había flores frescas, salvo unos ramitos de plástico deteriorados por el paso del tiempo. Tampoco se veían seres vivos que limpiaran o quitaran algún yuyo, ni visitantes de esos muertitos.

20180331_172656Apenas unos pocos pinos altos, un ángel blanco con aire de estar en movimiento y una lánguida mirada hacia la entrada de esa necrópolis. Un estático querubín daba la bienvenida a lo eterno.

 

 

 

EL NEGATIVO DE LA LUZ

Siguieron en busca de apellidos y fechas. En algunas fotos se veían rostros sonrientes, a la espera de un reencuentro con los deudos. Esa foto que mira desde la lápida lo intenta, pero cada vez se distancia más de la imagen de la vida. Como si ella misma, la fotografía, fuera el puente que el muerto atraviesa lentamente para alejarse de esta dimensión y, a su vez, nunca ausentarse del todo. Irse y permanecer, magia de fotografía. Magia inversa, también: la imagen da muerte a esa muerte. Intacta -no en su consistencia sino en su aura- a lo largo de los años, es la memoria gráfica que resiste a la completa falta.

Más muertos que vivos habitan en Alpa Corral. El silencio del lugar, el mismo que guarda el pueblo.

 

QUIERO SER LUZ Y QUEDARME

El sol comenzó a esconderse detrás de las sierras, un airecito fresco y agradable los acompañó hasta la puerta que, por cábala -inconscientemente encubierta-, habían dejado sin cerrar.20180331_172118

El día dio lugar a la noche, donde algunas estrellas empezaron a tomar parte de la escena. Todos tenemos un muertito alojado en una estrella. Siempre es esa, la que vemos brillar con más luz.

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