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La orfandad: sobre cicatrices
Por Nora Lomberg

LOS OJOS DEL BARRIO

 

Tarde cálida. El viernes 16 de marzo cambia la rutina de Floresta, un barrio bullicioso, en el oeste de la ciudad. Unos cientos, reunidos en la esquina de Rivadavia y San Nicolás, nos disponemos a marchar y a hacer Memoria en acto, por las calles, como todos los años.
Calles que cuentan historias y fantasmas.
Liturgia de vecinos y militantes en pasos cortos, “a donde vayan, los iremos a buscar”.
Doblamos en Venancio Flores. Al 3519 funcionaba, durante la última dictadura militar, el Centro Clandestino de Detención y Exterminio, Automotores Orletti. Un taller mecánico, transformado en un espacio de tormentos, frente a la estación Floresta. 300 personas fueron secuestradas y torturadas ahí.
Se ven casas bajas y comercios. Sus habitantes, en la puerta, en silencio, testigos de nuestro paso. Todos, los nosotros y los otros. Todos, en la calle. Me pregunto si, por entonces, sus padres o sus abuelos habrán escuchado algo, si alguna unión de sospecha y coraje o de sospecha y miedo dio un paso adelante o hacia atrás del horror. Tal vez, alguna señora, con su changuito y al ir de compras, escuchó el llanto de esa muchacha, Ana, que murió con un tiro en la panza, embarazada de 9 meses. Tanto horror, en pocas cuadras. Un hombre, el de la carnicería, aplaude y saluda. Es un hombre bajito, lo conozco, tiene buena carne y sé que le fía a los conocidos. ¿Sabrá algo? ¿Recordará gritos, pedidos de auxilio? Por su lado, la señora de la casa de altos baja sus persianas de sopetón. Conozco a sus hijas, van a la escuela privada “Gente Nueva”. Y, por si esto fuera poco, otras ventanas de reojo desconfían con un “váyanse de acá”. Desde otro ángulo, los de la pensión -la mayoría extranjeros- son los más sorprendidos. Sacan fotos con sus celulares. A decir verdad, eso lo hacen casi todos. Incluso, cuando nos dirigimos a la calle Corro, un taxista de enojosos bocinazos por la Avenida Rivadavia, nos empieza a filmar. Y eso molesta. No es la única incomodidad por la zona.

Nuestro canto retumba.
Duelen los silencios.
Calles de piedra,
cordones altos,
veredas con rayitas.
Madres.

 

CUMPLIR LA MUERTE

La potencia del caminar ya habla a pasos de la casa de Vicky Walsh. “El verdadero cementerio es la memoria”, escribió su padre, quien usaba la máquina de escribir como un arma. “A escribir o morir”. Cuánta orfandad compartida.
Victoria, 26 años. Era su cumpleaños el día de su muerte. “Una muerte gloriosamente suya”, escribió Rodolfo Walsh. Todavía me tiemblan las piernas. Desde el escenario, su hermana Patricia recuerda que ella y otro compañero se matan en la terraza, “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Una lúcida muerte. “Libertad fatal”, dice María Moreno. Su pequeña beba estaba abajo, sentadita en una cama. Sola, entre tanta muerte.


La Avenida Corro, empedrado testigo. Una chica en bicicleta se anima y pregunta. ¿Qué es esta marcha, señora? Por los desaparecidos del barrio, le digo. Ah, sí, le voy a avisar a mi mamá, ¿yo puedo ir con ustedes? Se suma contenta y, a mí, me viene el nudo en la garganta otra vez.
Se hace silencio. De pronto, levantamos la vista y miramos hacia la terraza.

Hacéte nube o viento
hacéte manjar para los militantes,
inspiración para pueblo sin rumbo
querida, Victoria Walsh.

El Necio- Silvio Rodriguez (2013)

 

LA FE DE LOS CAÍDOS

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Ahora ya somos muchos y apretados. Una misteriosa fuerza nos hace seguir. Veo a la piba de la bicicleta, está con otras dos, y me sonríen. Ella me señala a una señora que porta una bandera Argentina, su madre, intuyo. Este barrio está pregnado de huellas con largas cicatrices. No sé ya cuál es el rumbo, pero seguimos. Cajaravilla y Medina, nuestros cuerpos son cartografía de poder en esta placita, diminuta, en ausencia de las monjas francesas desaparecidas. El comando anti-orfandad debió instar a reponer su placa, luego de ser vandalizada. El embajador de Francia tuvo que intervenir para defender sus nombres en la plazoleta.

“Dios puso en mí una semilla
de inquietud por mis hermanos
que tienen los mismos derechos
porque dios hizo la tierra para todos.
El puso en mí las ganas de compartir
lo poquito mío como lo hizo Cristo”.
Alice Domon

 

HACIA EL OLIMPO


Dicen que le pusieron “El Olimpo” porque en ese espeluznante mundo y, mientras sometían con los más crueles vejámenes a personas inocentes, los milicos se sentían dioses.
Una pareja de ancianos y un grupo de perros cuchichean en la esquina de Olivera. Es evidente, que nos esperan quiero hablar, quiero decirles algo como “Memoria, Verdad, Justicia”. Pero cuando pasamos a su lado, no me sale. Es por este nudo otra vez.
Finalmente, les pregunto
– ¿Falta mucho para “El Olimpo”?
– Dos cuadras, señora

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Desde una ventana escucho aplausos, los conozco, son los padres de una compañera de mi hija eso me anima aun más. En la vereda de enfrente se han juntado unos niños. Juegan con los volantes caídos que habíamos echado a volar. No arrastramos tristezas, caminamos y la gente nos reconoce, sabe que cantamos contra el olvido y acompaña nuestro paso.

“Ni olvido ni perdón”

Y que retumbe
Tumbe la muerte
Y que retumbe, tumbe, retumbe.

Me fui sola, tranquila, caminé hacia casa. Unos vecinos en la esquina me dicen que me vieron en la marcha y me hacen “chau” con la mano.

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