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Lo inesperado: Sobre la película “Familia sumergida”, de María Alché.
Por: Pablo E. Arahuete

 

AGITACIÓN DE INTERSTICIO

Dos gotas, una roja y otra azul, separadas. Una con más soluto, la otra con más solvente. “De chiquitas, Marcela y Rina eran como dos gotas de agua”, se escucha un murmullo. pero la voz no se identifica. Dos gotas de agua, pegotas, inseparables, “jugaban con la ropa y las pelucas de la abuela”, dice otra voz. Y, entonces, lo inesperado: una danza invisible de moléculas en el intersticio -es decir, en el vacío ente las gotas- para que misteriosamente comience un movimiento. Las gotas se buscan, el rojo y azul chocan en un universo metafísico. Moléculas unidas y separadas a la vez por el capricho del tiempo. Como sucede en cualquier familia, la que uno habita desde siempre y la que a uno lo habita desde siempre.

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LA INERCIA DE LAS NO PALABRAS

Y más. Así como ese baile de moléculas se mueve por inercia, el duelo por una pérdida, también lo hace. Es la inercia de las no palabras, porque los recuerdos difusos llegan y se van sin pedir permiso. Lo mismo pasa con algunas personas vivas; se van de manera abrupta. Se ausentan con un corte seco o con un tajo en el pliegue de la vida. Una herida que desarma y sangra. “Desarma y sangra” es uno de los temas más conocidos de Charly García y, en uno de sus versos, el bicolor dice: “no existe una escuela que enseñe a vivir”. ¿Y si para vivir distinto hay que morir un poco? Desentumecerse de la modorra del juego de roles y ser libre. Sí pero, ¿a costa de cuánto? Las gotas no piensan en el cuánto, se dejan fluir desde la dinámica del juego de atracción, aunque una sea roja y la otra, azul. Marcela y Rina eran como dos gotas de agua y ahora son extrañas, fantasmas en el mundo de los vivos. Entre ellas, el vacío. Y, para llenarlo, el golpe: la ausencia de Rina.

Water backgrounds with water drops. Blue water bubbles on window glass.

 

NATURALEZA MUERTA

En su debut en el largometraje, la joven actriz María Alché nos introduce en el mundo subjetivo de Marcela. Estamos en medio de un tiempo sin tiempo, surcado por un proceso de duelo, por la muerte intempestiva de su hermana Rina. Pero Marcela, interpretada por la talentosa Mercedes Morán, se ve atravesada por dos fuerzas que la alejan de todo posible equilibrio emocional. Por un lado, la rutina de madre de tres hijos en edades difíciles. Demandantes, egocéntricos, aunque algo contenedores cuando perciben que, detrás de la impostura de una madre omnipresente, se corren los hilos que sostienen ese esqueleto de autosuficiencia. Por otro lado, la doble ausencia de un esposo por viaje de negocios, quien no puede acompañarla en momentos de fragilidad, cuando debe confrontar la ausencia de Rina en su departamento. Este espacio, repleto de plantas y objetos que forman parte de la misma naturaleza muerta, resulta irrenunciable. Abandonarlo sería como dejar que, de golpe, fluyeran el llanto o la risa empañada de recuerdos. Las tías de Lomas por ejemplo, maquilladas como muñecas de cera en el living y atraídas por la bruma de la memoria, ¿serían ellas las que pensaban que Marcela y Rina eran como dos gotas de agua?

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FÍSICA QUÍMICA

En el departamento donde lo material ocupa espacio, a pesar de las plantas, no hay oxígeno. Como si se tratara de una pecera con el agua turbia y el aireador descompuesto. Los peces boquean y los fantasmas auditivos alrededor de Marcela vociferan para romper la inercia del olvido. Porque recordar también hace mal. Entonces: es urgente conseguir oxígeno acompañado de nuevas moléculas, para renovar el aire y empezar otra vez a ser otra. En la misma casa de Rina y con la misma ausencia.

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VELOS Y MARIONETAS

El sol entra milimétricamente por las telas de la cortina, desgarradas por unas manos que son sombras sin rostro. Los velos de la memoria se enrollan como las cortinas. O se transforman en flores cerradas. Dentro de ellas, otros cuerpos, nuevas metamorfosis acompañan el duelo. Quien recuerda ya no es la que llora en la soledad del silencio, a pesar del ruido de la gimnasia doméstica, de los reclamos efímeros; eso que sólo se disipa cuando un segundo de realidad sale de la norma y vuelve a transformar ese supuesto equilibrio en una superficie acuática. Sumergirse en la familia para rescatar a la otra familia sumergida es una manera distinta de repensar un duelo, de hacer de lo inesperado. Es una chance para ganar otra vida en el juego de las marionetas de los roles.

Marcela y Rina jugaban a ser otras con pelucas y anteojos grandes, ponían voces de gente adulta, desconocida. Pero no les importaba quiénes eran, porque podían ser, siempre y cuando aceptaran las reglas del juego. Las reglas de la ausencia son distintas. Y Marcela comienza a entenderlas al regresar a un departamento casi vacío donde, sin embargo, el sol se atreve. En el reflejo y en el velo de la luz, también se encuentra la lente a la que María Alché decide cubrir con algunas telas de colores. Y así la realidad cinematográfica de su ópera prima, premiada en San Sebastián, vuelve a teñirse de matices distintos. Ahora lo difuso contrasta con la nitidez, para que las voces, los recuerdos, los enojos, los muertos y los deseos de Marcela se atraigan y se rechacen como las gotas de agua roja y azul, que se deslizan en lo inesperado. Para después fundirse una en otra. Y dejar de ser.

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